viernes, 23 de enero de 2026

“¡Cayó el hombre, Tomasa, cayó el hombre!”

DÍA DE LA DEMOCRACIA EN VENEZUELA

Hace apenas veinte días se reavivó la esperanza de que Venezuela pueda volver a ser la democracia que merece. La captura del presidente de facto, Nicolás Maduro, por parte de los Estados Unidos marcó para muchos el inicio de una posible ruta hacia la recuperación democrática. Es un anhelo largamente esperado por la mayoría de los venezolanos, que durante años hemos padecido las consecuencias del llamado “Socialismo del Siglo XXI”, ideado por el teniente coronel Hugo Chávez y continuado por su antiguo guardaespaldas, Nicolás Maduro Moros, junto a su esposa, la abogada Cilia Flores.

Hoy, además, es 23 de enero: el Día de la Democracia en Venezuela. Esta fecha remite inevitablemente a aquel 23 de enero de 1958, cuando el general Marcos Evangelista Pérez Jiménez, presionado por el país y por su propia conciencia, decidió no derramar la sangre de sus compatriotas. Optó por abandonar el poder y salir del país en un vuelo rumbo al Caribe, evitando así una tragedia mayor. Con ese acto se abrió el camino hacia una Venezuela democrática y próspera, a la cual él mismo había contribuido desde su concepción del llamado “Nuevo Ideal Nacional” que solo ejecutó durante un lustro.

En mi familia, esta efeméride se recuerda con especial viveza. Mi abuela materna, que entonces tenía apenas trece años, vivió aquel momento con profunda emoción. Siempre nos contaba cómo su tío Juan Bautista llegó corriendo a casa y, todavía alterado y temblando por lo que acababa de escuchar en la radio, exclamó: “¡Cayó el hombre, Tomasa, cayó el hombre!”. Esa frase quedó grabada para siempre en su memoria y, cada 23 de enero, la evocaba con una emoción intacta.

Enero podría convertirse, así, en el “mes de la democracia” para Venezuela. Sin embargo, ello dependerá de que se convoquen elecciones libres, con participación de todos los candidatos, garantías de transparencia y reconocimiento de los resultados. La democracia venezolana no está en manos de Donald Trump ni de ningún actor externo, sino en las de los propios venezolanos. Solo hay democracia cuando existe sufragio universal, participación ciudadana y libertad real para elegir.

La dictadura de Maduro dista mucho de la de Pérez Jiménez. La del cucuteño de bigote es mísera y decadente; la del tachirense, en cambio, fue próspera. Lo único que ambas comparten es la feroz represión contra sus opositores. Pérez Jiménez no toleró la corrupción dentro de su gobierno, pero tampoco permitió la disidencia. Maduro, conductor de autobús devenido en político, se dejó arrastrar por la tentación del poder y de la riqueza, y persiguió sin contemplaciones a quienes se alzaron en protesta pacífica.

El dictador militar actuó con inteligencia: huyó antes de empuñar las armas. En el fondo, su decisión evidenció un doble instinto de conservación, tanto por su propia vida como por la Patria, al evitar un enfrentamiento sangriento entre venezolanos. En contraste, el sucesor de Chávez, confiado en la protección del reducido círculo de los treinta y dos cubanos que lo rodeaban, fue incapaz de aceptar la salida del país que se le ofrecía: un exilio dorado en Rusia, facilitado mediante la mediación de la Santa Sede. Hay que ser realmente necio para rechazar esa oportunidad y terminar capturado, como ocurrió en la madrugada del sábado 3 de enero de este venturoso año 2026.

Hoy, a tan solo veinte días de su captura, comienzan a llegar noticias sobre el estado de salud de Maduro, quien, al parecer, atraviesa un cuadro depresivo en su celda neoyorquina. En la soledad del encierro surge inevitable la pregunta: ¿a quién rezará en estos momentos?, ¿conservará su fe en Dios? Lo cierto es que, según pude saber, se trata de un hombre profundamente católico, asiduo a la misa y a la comunión dominical. Así me lo manifestó en su momento su propio capellán, durante una ocasión en la que me trasladé con él por las calles de Caracas en un vehículo del SEBIN, acompañado por dos funcionarios de ese cuerpo.

La moraleja que deja enero para los venezolanos es clara: las dictaduras caen, al menos en Venezuela. Ojalá pronto ocurra lo mismo en Cuba, Nicaragua y en tantos otros países despojados de su soberanía y de su libertad. Mientras tanto, seguiremos trabajando por una Venezuela libre y verdaderamente de los venezolanos.

Que este enero no sea solo una fecha en el calendario ni un recuerdo histórico, sino un compromiso activo con la democracia. La libertad no se hereda ni se decreta: se construye cada día con participación, memoria y responsabilidad ciudadana. Venezuela tiene ante sí una nueva oportunidad, y dependerá de todos nosotros que no se diluya, para que nunca más el poder se imponga sobre la voluntad del pueblo.

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