DÍA DE LA DEMOCRACIA EN VENEZUELA
Hace apenas veinte días se reavivó
la esperanza de que Venezuela pueda volver a ser la democracia que merece. La
captura del presidente de facto, Nicolás Maduro, por parte de los Estados
Unidos marcó para muchos el inicio de una posible ruta hacia la recuperación
democrática. Es un anhelo largamente esperado por la mayoría de los
venezolanos, que durante años hemos padecido las consecuencias del llamado
“Socialismo del Siglo XXI”, ideado por el teniente coronel Hugo Chávez y
continuado por su antiguo guardaespaldas, Nicolás Maduro Moros, junto a su
esposa, la abogada Cilia Flores.
Hoy, además, es 23 de enero: el Día de la Democracia en Venezuela. Esta fecha
remite inevitablemente a aquel 23 de enero de 1958, cuando el general Marcos
Evangelista Pérez Jiménez, presionado por el país y por su propia conciencia,
decidió no derramar la sangre de sus compatriotas. Optó por abandonar el poder
y salir del país en un vuelo rumbo al Caribe, evitando así una tragedia mayor.
Con ese acto se abrió el camino hacia una Venezuela democrática y próspera, a
la cual él mismo había contribuido desde su concepción del llamado “Nuevo Ideal
Nacional” que solo ejecutó durante un lustro.
En mi familia, esta efeméride se
recuerda con especial viveza. Mi abuela materna, que entonces tenía apenas
trece años, vivió aquel momento con profunda emoción. Siempre nos contaba cómo
su tío Juan Bautista llegó corriendo a casa y, todavía alterado y temblando por
lo que acababa de escuchar en la radio, exclamó: “¡Cayó
el hombre, Tomasa, cayó el hombre!”. Esa frase quedó grabada para siempre
en su memoria y, cada 23 de enero, la evocaba con una emoción intacta.
Enero podría convertirse, así, en
el “mes de la democracia” para Venezuela. Sin embargo, ello dependerá de que se
convoquen elecciones libres, con participación de todos los candidatos,
garantías de transparencia y reconocimiento de los resultados. La democracia
venezolana no está en manos de Donald Trump ni de ningún actor externo, sino en
las de los propios venezolanos. Solo hay democracia cuando existe sufragio
universal, participación ciudadana y libertad real para elegir.
La dictadura de Maduro dista mucho
de la de Pérez Jiménez. La del cucuteño de bigote es mísera y decadente; la del
tachirense, en cambio, fue próspera. Lo único que ambas comparten es la feroz
represión contra sus opositores. Pérez Jiménez no toleró la corrupción dentro
de su gobierno, pero tampoco permitió la disidencia. Maduro, conductor de
autobús devenido en político, se dejó arrastrar por la tentación del poder y de
la riqueza, y persiguió sin contemplaciones a quienes se alzaron en protesta
pacífica.
El dictador militar actuó con
inteligencia: huyó antes de empuñar las armas. En el fondo, su decisión
evidenció un doble instinto de conservación, tanto por su propia vida como por
la Patria, al evitar un enfrentamiento sangriento entre venezolanos. En contraste,
el sucesor de Chávez, confiado en la protección del reducido círculo de los
treinta y dos cubanos que lo rodeaban, fue incapaz de aceptar la salida del
país que se le ofrecía: un exilio dorado en Rusia, facilitado mediante la
mediación de la Santa Sede. Hay que ser realmente necio para rechazar esa
oportunidad y terminar capturado, como ocurrió en la madrugada del sábado 3 de
enero de este venturoso año 2026.
Hoy, a tan solo veinte días de su
captura, comienzan a llegar noticias sobre el estado de salud de Maduro, quien,
al parecer, atraviesa un cuadro depresivo en su celda neoyorquina. En la
soledad del encierro surge inevitable la pregunta: ¿a quién rezará en estos
momentos?, ¿conservará su fe en Dios? Lo cierto es que, según pude saber, se
trata de un hombre profundamente católico, asiduo a la misa y a la comunión
dominical. Así me lo manifestó en su momento su propio capellán, durante una
ocasión en la que me trasladé con él por las calles de Caracas en un vehículo
del SEBIN, acompañado por dos funcionarios de ese cuerpo.
La moraleja que deja enero para
los venezolanos es clara: las dictaduras caen, al menos en Venezuela. Ojalá
pronto ocurra lo mismo en Cuba, Nicaragua y en tantos otros países despojados
de su soberanía y de su libertad. Mientras tanto, seguiremos trabajando por una
Venezuela libre y verdaderamente de los venezolanos.
Que este enero no sea solo una
fecha en el calendario ni un recuerdo histórico, sino un compromiso activo con
la democracia. La libertad no se hereda ni se decreta: se construye cada día
con participación, memoria y responsabilidad ciudadana. Venezuela tiene ante sí
una nueva oportunidad, y dependerá de todos nosotros que no se diluya, para que
nunca más el poder se imponga sobre la voluntad del pueblo.

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