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domingo, 18 de febrero de 2024

Mi institución como Lector y Acólito de la Iglesia

MINISTERIOS LAICALES

         El viernes 16 de febrero tomé papel y lápiz para apuntar el decreto arzobispal que el obispo me dictaría, referente a mi institución como lector y acólito de la Iglesia Católica, en respuesta de mi petición escrita hecha el pasado 24 de octubre de 2023. Monseñor me había manifestado su intención de que yo participara del retiro anual de los sacerdotes en Luricocha, Huanta, para luego sí recibir ambos ministerios laicales.

         El decreto arzobispal fue el número 035-2024, y tuvo el siguiente tenor: “1. Habiendo recibido la petición de nuestro apreciado secretario Pedro Andrés García Barillas de recibir los ministerios del lectorado y acolitado para el servicio pastoral en la Arquidiócesis y atención en el Establecimiento Penitenciario de Ayacucho. 2.Escuchado el parecer de nuestra Curia Arzobispal y reconociendo sus estudios teológicos en la PUCP e investigaciones históricas. Por las presentes letras concedemos la institución de los ministerios de Lector y Acólito. Que se llevará a cabo en la Santa Iglesia Catedral Metropolitana el domingo 18 de febrero, I de la Santa Cuaresma, a las 6:00 p.m. Acompañamos este servicio eclesial con nuestra oración y apostolados. Dado en esta Curia Arzobispal, a los dieciséis días del mes de febrero del año dos mil veinticuatro. Comuníquese, regístrese y archívese. +Mons. Salvador Piñeiro García-Calderón, Arzobispo Metropolitano de Ayacucho. Pbro. Percy Quispe Misaico, Canciller”.

         Dada la proximidad de la fecha el mismo decreto escaneado y compartido por las redes sociales sirvió de invitación para conocidos y amigos. Aquel que se tomó la molestia de leer todo el documento se enteró del acontecimiento y pudo compartir conmigo la alegría de estar un poco más cerca del servicio y del altar de Dios.

         Llegado el domingo 18 de febrero, primero de Cuaresma, participé en la santa misa en el penal, acompañando al padre capellán, quien me dio la oportunidad de compartir con los internos la reflexión de la palabra de Dios de ese día. Por la mañana con ellos y por la tarde con ellas. Mis hermanos internos demostraron su alegría por la noticia que esa misma tarde se llevaría a cabo en la Catedral de la ciudad. Les prometí que les mostraría el vídeo resumen de la ceremonia, tal como lo hice el martes 20.

         A las 5:45 p.m. llegué a la catedral y me dirigí a la sacristía para revestirme. Con permiso expreso del obispo porté la sotana bajo el alba. Recé las Vísperas en la pequeña capilla del seminario y esperé que llegara el obispo y demás sacerdotes acompañantes.

         Eran las 6:00 p.m. cuando salimos de la sacristía para iniciar la procesión de entrada por un lateral de la Catedral y luego por la nave central hasta el altar. La procesión iba principiada por la Santa Cruz de madera, que era llevada en hombros por mis familiares, cuestión que me sorprendió, pues no estaba enterado de tal participación.

         Luego del Evangelio y antes de la homilía el padre rector del seminario San Cristóbal de Huamanga leyó el decreto arzobispal y seguidamente me llamó como “el que va a ser instituido lector y acólito”, para lo cual abandoné la primera banca donde estaba sentado y pasando frente al altar respondí con un claro y sonoro “presente”, mirando al obispo sentado y mitrado. La seña recibida por él me invitaba a pasar a sentarme en una silla ubicada en el presbiterio, la misma que en principio no observé y por eso caminé dudoso y desorientado hasta ella.

         La homilía del obispo estuvo centrada en las lecturas del día, con una congruente mención a mí y lo que iba a recibir. Aunque la misa estaba siendo transmitida por el canal de la Catedral, justo las palabras más hermosas y significativas hacia mí no quedaron grabadas debido a problemas comunes de conectividad, sin embargo, las recordaré siempre y las llevaré bien guardadas y memorizadas en el corazón y en la mente, pues en ese momento, mientras las escuchaba, la emoción me hizo perder por breves instantes la noción del tiempo y del espacio, pues no pasaba a creer lo que estaba viendo y escuchando. Son esos minúsculos momentos de gloria que todo ser humano necesita para poder afirmar que vale la pena perseverar.

         Culminada la reflexión procedimos al breve rito de la institución. Pasé al frente y por indicación del obispo me puse de rodillas en frente suyo. El ritual prescribe primero la institución del acolitado, en la que recibí la patena con las hostias de manos del obispo. De la oración rememoro aquí lo siguiente: “vive de tal manera que puedas servir dignamente a la mesa del Señor y de la Iglesia”. Con el lectorado recibí el Evangeliario, un hermoso libro solemnemente decorado, impactantes fueron las siguientes palabras de la oración institucional: “penetrado y transformado plenamente por la Palabra de Dios, la anuncie con fidelidad a los hermanos”.

         Puesto de pie me ubiqué a la derecha del obispo quien con una notoria sonrisa de alegría me presentó ante los fieles congregados esa noche como nuevo lector y acólito. Los aplausos de la feligresía aprueban y reciben con gozo esta nueva misión de un laico frecuente de la Basílica Catedral de Ayacucho y, además, secretario del arzobispo y del arzobispado.

         Una vez culminada la profesión de fe y las preces, me dirigía al altar y en uso de mis nuevas facultades adquiridas, extendí el corporal, coloque la patena a un lado, fuera del corporal, eché el vino sobre el cáliz y puse el purificador sobre el corporal, para luego entregar en manos del que preside la patena, seguida del cáliz para que él mismo agregue la gota de agua que se mezcla con el vino. Finalmente puse la palia sobre el cáliz y pasé a sostener el manutergio para el lavabo del obispo.

         En el rito de la paz, después de saludar a varios de los presentes alrededor del altar, el acólito acompañante me indicó que fuera a buscar la reserva del Santísimo Sacramento que está en el sagrario, bajo el altar mayor de la catedral, un lugar un tanto lúgubre y de proporciones menores a mi estatura, por lo que ingresar allí me supone un abajamiento necesario, en primer lugar porque se trata de la presencia divina del mismo Dios hecho pan por nosotros, y muy en segundo lugar porque si pretendo permanecer erguido podría dejar la frente estampada en las maderas que hacen de techo.

         El obispo tuvo el gesto de compartir con los dos acólitos que estábamos presentes un trozo de la Hostia Consagrada, para comulgar luego bajo las dos especies. Seguidamente al acólito seminarista y próximamente diácono le entregó la patena para que distribuyera la Comunión en la mitad del templo y a mi me indicó que debía hacerlo al pie del presbiterio, mientras el capellán del penal se encargó de los laterales. Durante la distribución de la Sagrada Comunión el coro polifónico de la Catedral entonó un bello canto vocacional compuesto por un sacerdote ayacuchano, fue un gesto bonito, ya que esta canción es de mi total agrado: “He conocido la Buena Nueva, y me llamas a anunciarla por todas partes. ¿El límite? Es que no hay límite; el horizonte, todo el mundo. Te seguiré, donde tú quieras, te seguiré…”. Terminada la distribución, reservé de nuevo el Santísimo. El obispo, impartida la bendición final, propició la foto de recuerdo y animo a los presentes a, en la libertad de cada uno, formar una fila para saludarme como nuevo ministro de la Iglesia desde el servicio como lector y acólito.

         El saludo de la gente fue sincero y sus abrazos muy conmovedores. Hubo quienes se acercaron pidiendo una bendición especial para superar momentos difíciles, otros solo expresaron su felicitación y bienvenida. Los más allegados me alegraron el corazón con su compañía: profesores y trabajadores del Colegio Discovery, fieles de la parroquia Santa Rosa de Lima, agentes de la pastoral carcelaria arquidiocesana y un trabajador del Arzobispado de Ayacucho. Pero el gran número de hermanos y hermanas eran personas totalmente desconocidas para mí.

         Fue un día muy especial, domingo 18 de febrero de 2024, de nunca olvidar. Fue un día para recordar que Dios tarda, pero no olvida; que Dios aprieta, pero no ahorca; que Dios hiere y venda la herida; que Dios ama y es infinitamente misericordioso con todos, con sus elegidos.

P.A

García

https://www.youtube.com/watch?v=Fjah5aaBf3o&t=1009s

lunes, 17 de junio de 2019

¿Qué dice la Ratio sobre los ministerios para los seminaristas?




Trataré a continuación tres documentos claves para entender mejor la recepción de los ministerios del Lectorado y del Acolitado por parte de los seminaristas, a saber: Ratio Fundamentalis Institutionis Sacerdotalis, Código de Derecho Canónico y Motu Proprio Ministeria quaedam. No habrá interpretación de los textos, me limito solamente a presentarlos para la comprensión personal.

La Ratio Fundamentalis Institutionis Sacerdotalis expresa en su numeral 72 lo siguiente:

“A lo largo de esta etapa (configuradora), según la madurez de cada candidato y aprovechando las posibilidades formativas, serán conferidos, a los seminaristas los ministerios del lectorado y del acolitado, de modo que puedan ejercerlos por un tiempo conveniente, disponiéndose mejor para el futuro servicio de la Palabra y del altar[1]. El lectorado propone al seminarista el “reto” de dejarse transformar por la Palabra de Dios, objeto de su oración y de su estudio. La recepción del acolitado implica una participación más profunda en el misterio de Cristo que se entrega y está presente en la Eucaristía, en la asamblea y en el hermano.

Por tanto, ambos ministerios, junto con una conveniente preparación espiritual, facilitan una vivencia más intensa de las exigencias de la etapa configuradora, dentro de la cual, por cierto, es oportuno ofrecer a los lectores y acólitos ámbitos concretos para ejercer los ministerios recibidos, no solo en la liturgia, sino también en la catequesis, la evangelización y el servicio al prójimo. […]”

Por su parte, el Código de Derecho Canónico en su canon 1035 expresa lo siguiente:

“§ 1. Antes de que alguien sea promovido al diaconado, tanto permanente como transitorio, es necesario que el candidato haya recibido y haya ejercido durante el tiempo conveniente los ministerios de lector y de acólito.

§ 2. Entre el acolitado y el diaconado debe haber un intersticio por lo menos de seis meses.”

La Carta apostólica en forma Motu Proprio Ministeria quaedam de Pablo VI es más esquemática y detallista expresando lo siguiente:

“V. El Lector queda instituido para la función, que le es propia, de leer la palabra de Dios en la asamblea litúrgica. Por lo cual proclamará las lecturas de la Sagrada Escritura, pero no el Evangelio, en la Misa y en las demás celebraciones sagradas; faltando el salmista, recitará el Salmo interleccional; proclamará las intenciones de la Oración Universal de los fieles, cuando no haya a disposición diácono o cantor; dirigirá el canto y la participación del pueblo fiel; instruirá a los fieles para recibir dignamente los Sacramentos. También podrá, cuando sea necesario, encargarse de la preparación de otros fieles a quienes se encomiende temporalmente la lectura de la Sagrada Escritura en los actos litúrgicos. Para realizar mejor y más perfectamente estas funciones, medite con asiduidad la Sagrada Escritura.

El Lector, consciente de la responsabilidad adquirida, procure con todo empeño y ponga los medios aptos para conseguir cada día más plenamente el suave y vivo amor, así como el conocimiento de la Sagrada Escritura, para llegar a ser más perfecto discípulo del Señor.

VI. El Acólito queda instituido para ayudar al diácono y prestar su servicio al sacerdote. Es propio de él cuidar el servicio del altar, asistir al diácono y al sacerdote en las funciones litúrgicas, principalmente en la celebración de la Misa; además distribuir, como ministro extraordinario, la Sagrada Comunión cuando faltan los ministros de que habla el c. 845 del C. I. C. o están imposibilitados por enfermedad, avanzada edad o ministerio pastoral, o también cuando el número de fieles que se acerca a la Sagrada Mesa es tan elevado que se alargaría demasiado la Misa. En las mismas circunstancias especiales se le podrá encargar que exponga públicamente a la adoración de los fieles el Sacramento de la Sagrada Eucaristía y hacer después la reserva; pero no que bendiga al pueblo. Podrá también -cuando sea necesario- cuidar de la instrucción de los demás fieles, que por encargo temporal ayudan al sacerdote o al diácono en los actos litúrgicos llevando el misal, la cruz, las velas, etc., o realizando otras funciones semejantes. Todas estas funciones las ejercerá más dignamente participando con piedad cada día más ardiente en la Sagrada Eucaristía, alimentándose de ella y adquiriendo un más profundo conocimiento de la misma.

El Acólito, destinado de modo particular al servicio del altar, aprenda todo aquello que pertenece al culto público divino y trate de captar su sentido íntimo y espiritual; de forma que se ofrezca diariamente a sí mismo a Dios, siendo para todos un ejemplo de seriedad y devoción en el templo sagrado y además, con sincero amor, se sienta cercano al Cuerpo Místico de Cristo o Pueblo de Dios, especialmente a los necesitados y enfermos.

VII. La institución de Lector y de Acólito, según la venerable tradición de la Iglesia, se reserva a los varones.

VIII. Para que alguien pueda ser admitido a estos ministerios se requiere:

a) petición libremente escrita y firmada por el aspirante, que ha de ser presentada al Ordinario (al Obispo y, en los Institutos clericales de perfección, al Superior Mayor) a quien corresponde la aceptación; b) edad conveniente y dotes peculiares, que deben ser determinadas por la Conferencia Episcopal; c) firme voluntad de servir fielmente a Dios y al pueblo cristiano.

IX. Los ministerios son conferidos por el Ordinario (el Obispo. y, en los Institutos clericales de perfección, el Superior Mayor) mediante el rito litúrgico «De Institutione Lectoris» y «De Institutione Acolythi», aprobado por la Sede Apostólica.

X. Deben observarse los intersticios, determinados por la Santa Sede o las Conferencias Episcopales, entre la colación del ministerio del Lectorado y del Acolitado, cuando a las mismas personas se confiere más de un ministerio.

XI. Los candidatos al Diaconado y al Sacerdocio deben recibir, si no los recibieron ya, los ministerios de Lector y Acólito y ejercerlos por un tiempo conveniente para prepararse mejor a los futuros servicios de la Palabra y del Altar. Para los mismos candidatos, la dispensa de recibir los ministerios queda reservada a la Santa Sede”.

"INITIUM SAPIENTIAE TIMOR DOMINI"

P.A
García


[1] Cfr. Pablo VI, Carta apostólica Ministeria quaedam (15 de agosto de 1972)

viernes, 20 de octubre de 2017

Dimensión Intelectual en la formación sacerdotal

DIMENSIÓN INTELECTUAL:
Resumen de los numerales # 116, 117 y 118[1]


La formación intelectual es un instrumento único que permite responder a las interrogantes de cada época, mediante la luz de la fe y de la razón, lo que ayuda a percibir mejor la verdad revelada, entrando en diálogo con el Mundo.

Esta dimensión se debe afrontar con dedicación diligente. Comprende a grandes rasgos el estudio de las ciencias filosóficas y teológicas, con una buena introducción al Derecho Canónico y a las ciencias sociales e históricas, se habla entonces de una preparación cultural de carácter general.

La dimensión intelectual es parte de la formación integral del presbítero, está al servicio del ministerio pastoral e incide en la formación humana y espiritual, además dispone para las demás áreas de la formación. Alimenta continuamente al candidato.

Esta dimensión intelectual es comunitaria porque permite tener una comprensión y acompañamiento de las personas con las cuales hacemos comunidad, con la sociedad en general.

El cumplimiento de los estudios no determina la duración del iter formativo del candidato.

La dimensión intelectual es misionera porque ofrece los instrumentos para anunciar el mensaje de manera más creíble y comprensible, mostrando su belleza y conduciendo a la obediencia de la fe.

El Concilio Vaticano II expresa que la dimensión intelectual ayuda a reconocer, discernir e interpretar, con la ayuda del Espíritu Santo, los diferentes lenguajes de nuestro tiempo y a juzgarlos a la luz de la palabra divina, para que la Verdad revelada pueda ser percibida más completamente, comprendida mejor y expresada más adecuadamente[2].

P.A
García



[1] Ratio Fundamentalis Institutionis Sacerdotalis, 2016.
[2] Gaudium et spes, n. 44: AAS 58 (1966), 1065

martes, 4 de abril de 2017

Resumen de la Nueva Ratio Fundamentalis Institutionis Sacerdotalis

EL DON DE LA VOCACIÓN PRESBITERAL
Ratio Fundamentalis Institutionis Sacerdotalis


El documento de la Congregación para el Clero, publicado en la Ciudad del Vaticano el 8 de diciembre de 2016, inicia su discurso haciendo énfasis en la necesidad de una nueva Ratio Fundamentalis Institutionis Sacerdotalis, ya que el anterior documento había sido redactado y actualizado hace ya treinta años tomando en cuenta el Código de Derecho Canónico; de igual manera agradece las aportaciones de san Juan Pablo II con la Exhortación apostólica post-sinodal Pastores Dabo Vobis (1992) y de Benedicto XVI con el motu proprio Ministrorum Institutio (2013) y no deja atrás el agradecimiento al Papa Francisco, porque este nuevo documento ha sido posible gracias a su impulso e indicaciones.

Esta nueva Ratio fundamentalis quiere describir el proceso formativo de los sacerdotes, a partir de cuatro notas características de la formación, que es presentada como única, integral, comunitaria y misionera. Las cuatro dimensiones de la formación, anteriormente mencionadas por la Pastores Dabo Vobis, humana, intelectual, espiritual y pastoral, son rescatadas y revalorizadas en este nuevo documento, ya que con todo esto se pretende que en todos los seminarios se formen discípulos y misioneros “enamorados” del Maestro, pastores con “olor a oveja”, que vivan en medio del rebaño para servirlo y llevarle la misericordia de Dios, por ende la formación integral va a ser entendida como una continua configuración con Cristo.

Un punto clave para tener en cuenta, es que dentro de esta única formación, que es integral y progresiva, se distinguen la fase inicial y la permanente; y en esta Ratio fundamentalis la formación inicial se articula en cuatro etapas: 1) etapa propedéutica, 2) de los estudios filosóficos o etapa discipular, 3) de los estudios teológicos o etapa configuradora, 4) pastoral o etapa de síntesis vocacional. El Ordo studiorum es planteado para ser aplicado en todos los seminarios, y aclara que los estudios filosóficos-teológicos deben trascurrir en el lapso considerado como sexenio. De igual manera, el documento contiene varias orientaciones de tipo teológico, espiritual, pedagógico y canónico, todo esto lo constituye como un documento realmente enriquecido por los aportes que ha tomado en cuenta.  

La Congregación para el Clero, principal encargado de la elaboración y promulgación de este tipo de documentos, promueve la pastoral vocacional, especialmente las vocaciones para las Sagradas Órdenes, y ofrece a los señores Obispos y a las respectivas Conferencias Episcopales algunos principios y normas para una adecuada formación inicial y permanente de los presbíteros.

Tomando como punto de base la nueva Ratio Fundamentalis Institutionis Sacerdotalis, cada Conferencia Episcopal deberá realizar una Ratio Nationalis Institutionis Sacerdotalis, asumiendo el compromiso de que todas las normas de la Ratio fundamentalis y de las Ratio Nationalis, sean aplicadas en los seminarios diocesanos e interdiocesanos de una nación, y estas reglas deberán pasar a formar parte de los diferentes estatutos o reglamentos de cada casa de formación.

Es necesario que estas Ratio Nationalis trabajen para unificar la formación sacerdotal de la nación, facilitando el diálogo entre Obispos y formadores, para lograr un beneficio a los seminaristas y a los mismos seminarios, ya que es preciso que cada Conferencia Episcopal elabore su plan de trabajo tomando en cuenta las realidades sociales y educativas de cada contexto.

La formación de las vocaciones al sacerdocio, debe ser considerada como una tarea delicada, pues estas vocaciones son muestra de la bondad de Cristo, y por ello deben ser tratadas con respeto, valoradas y cultivadas con toda solicitud pastoral, para que puedan florecer y madurar. Siempre se ha visto a la Iglesia como la encargada de cuidar el nacimiento, el discernimiento y el acompañamiento de las vocaciones, especialmente las vocaciones al ministerio sacerdotal, en esta misión eclesial, los Obispos son los primeros responsables.

Por su parte, en todo este proceso de formación, la finalidad de un seminario menor es ayudar a la maduración humana y cristiana de los adolescentes que muestren algunos signos de la vocación al presbiterado, con el fin de desarrollar, conforme a su edad, la libertad interior que les haga capaces de responder al designio de Dios sobre su vida. Donde no haya seminarios menores, deben aplicarse otros métodos para acompañar a estos jóvenes con inquietudes.

Si un joven desea ingresar al seminario menor, debería tener un vínculo espiritual con algún sacerdote, una intensa vida sacramental, una práctica inicial de la oración, la experiencia eclesial en una parroquia, en todo esto lo que se espera es que los formadores evalúen la idoneidad integral (espiritual, física, psíquica, moral e intelectual) de los jóvenes.

En cuanto a las vocaciones adultas, es necesario una especial dedicación, para llegar al discernimiento de los motivos por los cuales opta por la vida ministerial, de igual manera es muy conveniente que se destine un seminario propio para estos adultos llamados por Dios. Con respecto a las vocaciones indígenas, se aconseja que éstas no pierdan sus raíces culturales, y que sean formadas con el Evangelio inculturizado.

Dentro de los fundamentos de la formación está el precisar el sujeto de la formación, que es el seminarista, quien con el auxilio del Espíritu Santo va forjando su vida con la de Cristo; el seminarista tiene que estar dispuesto a salir de sí mismo, para orientar sus pasos hacia Cristo, solo en Cristo crucificado y resucitado tiene sentido este proceso de integración. La base y la finalidad de la formación es la identidad presbiteral, pero lejos de ser educados de modo que no caigan en el “clericalismo” ni busquen el aplauso popular.   

El camino de la formación debe ser presentado como un camino de configuración con Cristo, de manera que sirva este camino para una formación de la interioridad y de la comunión. Este documento presenta unos medios específicos para la formación, entre los cuales resaltan: el acompañamiento personal y el acompañamiento comunitario. Se busca también una unidad de la formación, haciendo énfasis en que es el seminarista el principal protagonista de su propia formación, ayudado por supuesto, por la personalidad madura y recia de los formadores.  

La formación, como camino único discipular y misionero, se puede dividir en dos grandes momentos, el primero la formación inicial en el Seminario, y el segundo la formación permanente en la vida sacerdotal. La formación inicial se realiza durante el tiempo que precede a la ordenación, y la formación permanente que abarca toda la vida y el ejercicio del ministerio sacerdotal.

Algo que ha parecido novedoso de este documento, ha sido la invención de la etapa de pastoral o de síntesis vocacional, la cual consiste en los momentos finales de la estancia en el seminario y la ordenación presbiteral, pasando obviamente a través de la recepción del diaconado. Esta etapa tiene una doble significación, la primera consiste en insertarse en la vida pastoral, a través de una paulatina adquisición de responsabilidades, las cuales deben ser llevadas con espíritu de servicio, y la segunda como preparación adecuada para recibir el sacramento del Orden Sacerdotal.

Para la ordenación diaconal y presbiteral, en la conclusión de los estudios realizados en el Seminario, los formadores deben estar dispuestos a ayudar a los candidatos a aceptar con docilidad la decisión del Obispo, una vez alcanzado el ministerio sacerdotal, debe formarse un enlace con la formación permanente, la cual se empieza a gestar en la familia del presbiterado, es decir, cuando se forma parte de un clero. En la formación permanente se busca garantizar la fidelidad a Cristo y al ministerio sacerdotal, en un camino de continua conversión, para reavivar el don recibido con la ordenación, en tal proceso se construye la identidad presbiteral, la cual consiste en una vivencia de la fe y de la llamada, con la presencia especial del esfuerzo por vivir más a fondo los concejos evangélicos de la pobreza, castidad y obediencia y las virtudes cardinales: prudencia, justicia, fortaleza y templanza, ya que es muy importante que los fieles puedan encontrar a sus sacerdotes maduros y bien formados e identificados con su vocación.

Como ya se ha mencionado anteriormente, hay cuatro dimensiones que comprometen la vida del formando, por su parte la dimensión humana encuentra su sentido cuando se comprende que la llamada divina interpela y compromete al ser humano en concreto, en la dimensión espiritual se orienta a alimentar y a sostener la comunión con Dios y con los hermanos, en la amistad con Jesús Buen Pastor y en una actitud de docilidad al Espíritu Santo; la formación intelectual busca que los seminaristas obtengan una sólida formación en la filosofía y la teología, al igual que una preparación cultural de carácter general, para sostener con la luz de la razón la verdad de la fe; y en la dimensión pastoral se busca el cumplimiento del objetivo de un seminario, que es preparar a los seminaristas para que sean pastores a imagen de Cristo, capaces de sentir la misma compasión, generosidad y amor por todos.

Entrando en materia de los agentes de la formación, se tiene que es la Santísima Trinidad el principal agente  de la formación sacerdotal, por su parte el Obispo diocesano es el principal responsable de la admisión al seminario y de la formación para el sacerdocio, tal responsabilidad la comparte con el presbiterio, que unidos y en comunión procuran una mejor formación para los futuros sacerdotes, los seminaristas mismos, como ya se ha dicho, son los protagonistas de su propia formación, además también se cuenta con la presencia de un equipo formador que se compone por presbíteros elegidos por su buena preparación para esta tarea de colaborar en la delicada misión de la formación sacerdotal.

Un Rector debe ser un presbítero que se distinga por su prudencia, sabiduría y equilibrio, altamente competente, y que coordine la actividad educativa en el gobierno del seminario. Esta misión debe estar acompañada por la presencia de un Vicerrector y un Director Espiritual, previamente designado por el Ordinario del lugar.

Los profesores también forman parte de los agentes de la formación, los mismos serán nombrados por el Obispo y deberán, junto con los seminaristas, de adherirse con plena fidelidad a la Palabra de Dios. La dedicación de los seminaristas al trabajo intelectual personal, debe ser considerada un criterio de discernimiento vocacional y una condición para el crecimiento gradual en la fidelidad a las responsabilidades ministeriales del futuro. Dentro de ese campo intelectual es oportuno que los especialistas de diversas materias puedan asistir a los seminarios para ofrecer su contribución, por ejemplo, en el ámbito médico, pedagógico, artístico, ecológico, administrativo y en el uso de los medios de comunicación.

La familia, la parroquia de origen o de referencia y otras realidades comunitarias no deben separarse de la formación del futuro sacerdote, mucho menos en el ejercicio de su ministerio, ya que esto fortalece la sana autoestima de los formandos, de igual manera, el seminario ha de contribuir en un plan pastoral que incluya a las familias de los seminaristas.

Deben formarse los futuros sacerdotes de manera que puedan apoyar la diversidad de los carismas dentro de la Iglesia. La presencia de la mujer en el proceso formativo es importante, ya que en la acción pastoral, son las mujeres las que representan el más alto porcentaje de participación.

La importancia de los estudios filosóficos recae en que lleva a un conocimiento y a una interpretación más profunda de la persona, de su libertad, de sus relaciones con el mundo y con Dios. Por otro lado, la teología debe llevar al candidato al sacerdocio a poseer una visión completa y unitaria de las verdades reveladas por Dios en Jesucristo, y de la experiencia de la fe en la Iglesia, la Iglesia busca una formación integral que garantice el buen desenvolvimiento del sacerdocio en estos días tan particulares. Además de estos estudios básicos, que resultan necesarios para la formación de todos los sacerdotes, el apostolado puede exigir la especialización de algunos de ellos.

Se ha comprendido desde siempre, que el Seminario no es un edificio cualquiera, por el contrario, es una comunidad formativa, por eso los seminaristas que legítimamente habiten fuera de un seminario, serán encargados a un sacerdote idóneo, para garantizar una formación espiritual y disciplinar. Explicando la admisión, expulsión y abandono del Seminario, se comprende que la Iglesia tiene el derecho de verificar, también con el recurso de la ciencia médica y la psicología, la idoneidad de los futuros presbíteros.

La salud física y psíquica de los futuros sacerdotes debe ser demostrada al Obispo y al Rector del Seminario. En este aspecto, los que presenten tendencia homosexual no pueden ser admitidos a la formación, ya que no se puede ignorar las graves consecuencias de la Ordenación de personas con homosexualidad arraigada.

En conclusión, la Iglesia ha propuesto a los sacerdotes que encuentren en la Virgen María el modelo perfecto de su propia existencia, invocándola como Madre del sumo y eterno Sacerdote, Reina de los Apóstoles, Auxilio de los Presbíteros en su ministerio. El Santo Padre Francisco ha aprobado este Decreto y ha autorizado su publicación.

P.A
García