viernes, 19 de enero de 2018

Filosofía: La idea de Dios en Eckhart


 EL MAESTRO ECKHART
LA IDEA DE DIOS


Introducción

El tema de Dios, es como su mismo objeto de estudio, es decir, infinito. El Dios oculto de la Revelación no se hace conocer solamente a través de los testimonios que da de su obra y cuyo significado desentraña la teología especulativa. Se revela también directamente al alma. Es el «Dios sensible al corazón», cuyo fuego consumió el alma de Pascal[1], pensador cristiano francés del siglo XVII, que formuló a su vez, unas expresiones que alcanzaron fama rápidamente: «el Dios de los filósofos» y «el Dios de la fe». En primer lugar, el Dios de los filósofos sería lo que llega a conocer el hombre a través de su inteligencia natural, mientras que el Dios de la fe es el que se ha revelado a los hombres en Jesucristo[2].

En el presente trabajo, se verá implicado el tema de la idea de Dios en el teólogo alemán Eckhart de Hochheim, sintetizando de manera razonable los postulados de este eminente pensador cristiano, dejando claro que, al hablar de Eckhart se está hablando de mística y escolástica; el Maestro Eckhart fue lo que anheló ser, un maestro de vida, cuyas ideas tuvieron aceptación después de ser discutidas y condenadas. Como veremos, el pensamiento del Maestro Eckhart tuvo su momento difícil, sin embargo, hoy en día es considerado un aporte valiosísimo para la filosofía y la teología.

         Biografía del Maestro Eckhart: el autor estudiado nació en la ciudad de Hochheim hacia 1260, pudo haber sido discípulo del san Alberto Magno. Falleció en Colonia en 1327[3]. Perteneció a la Orden de Predicadores, ingresando al Monasterio de Erfurt, recibió el título de Magister Sacrae Theologiae “Maestro en Sagrada Teología” en 1302[4]. El Maestro Eckhart, después de estudiar en París dedicó su vida desempeñando varios cargos como superior de la Orden Dominicana, con ello visitó numerosos monasterios lo que le dio la oportunidad de destacarse en la predicación, fundando así un nuevo movimiento místico[5].

         El maestro Eckhart fue célebre por sus enseñanzas en las universidades, además de esto su fama creció por la predicación, ya que su cualidad en los sermones era una encantadora naturalidad. Fue su cátedra un recinto verdaderamente escolástico, sin embrago, se le ha querido representar como precursor del protestantismo y del moderno panteísmo[6].

         Obras del Maestro Eckhart y controversias: A pesar de ser el iniciador del pensamiento filosófico alemán, y de haber incluido este idioma como leguaje filosófico y teológico[7], se dice que escribió la mayor parte de sus obras en latín[8]. De las obras de este autor escolástico sobresalen las siguientes: Reden der Unterweisung, Quaestiones parisienses, Libros de las consolaciones divinas, Liber benedictus, Opus tripartitum[9].Eckhart y su doctrina fueron condenados dos años después de su muerte, en 1329, sin embargo, la Iglesia reconoció el error de esta medida[10]. Más que por equivocaciones doctrinales, el Maestro Eckhart fue malinterpretado a causa de las bruscas querellas teológicas entre dominicos y franciscanos, lo que lo llevó en 1327 a comparecer ante el Arzobispo de Colonia que era de la orden contrincante, todo concluyó con la condenación de 28 proposiciones por parte del Papa Juan XXII[11], aunque su ortodoxia fue defendida por uno de sus discípulos, Henry Suso[12].

         Por esta condenación y por figurar este autor al frente de los místicos alemanes se ha llegado a creer que la doctrina católica estaba en pugna con el misticismo. Lo particular es que el misticismo alemán en Eckhart fue esencialmente intelectualista, no hablando de unión por amor sino por entendimiento[13].

         La idea de Dios en el Maestro Eckhart: al profundizar en el pensamiento sobre Dios de este teólogo conviene dejar claro desde el principio que el Maestro Eckhart predica el desinterés y lo coloca por encima del amor, esto en relación a la comunión con Dios y los hombres. Según Eckhart, una razón de ello es que aunque «lo mejor del amor es que me fuerza a amar a Dios», es mejor para mí «mover a Dios hacia mí que yo moverme hacia Él, pues mi bienaventuranza eterna consiste en que yo y Dios seamos uno, y Él puede encajarse y unificarse mejor conmigo que yo con él». En principio se está manifestando la prontitud que tiene Dios para acercarse al ser humano, para encontrarlo. Otra razón es que «el amor me obliga a sufrir por amor de Dios, en tanto que el desinterés me hace sensible únicamente a Dios» (esto me lleva a «no poder recibir sino a Dios»)[14].

Todo esto lleva a considerar al Maestro Eckhart como un místico, y, además, como un místico para el cual la teología negativa es superior a la positiva, como se verá más adelante[15].

Se ha indicado que las fuentes de la teología negativa y mística del Maestro Eckhart se hallan en la tradición neoplatónica y del Pseudo-Dionisio. Hay que tener en cuenta, sin embargo, que el Maestro Eckhart, aún si lo consideramos como un místico, no es simplemente un místico que traduce los términos de la teología en términos de alguna "experiencia personal". El Maestro Eckhart es asimismo teólogo, y no siempre su teología es "negativa". Lo que sucede es que, como consta ya en sus diversas obras, la idea que el Maestro Eckhart se hace de Dios es una idea en la que aunque hay igualdad entre el esse  de Dios y su intelligere, lo que hubo en un principio era el intelligere (el "Logos", la "Palabra"), por lo que el esse o el hecho de ser un ens no es por sí mismo un predicado suficiente. De ahí que, desde el punto de vista del "mero ser" (que no es el "pleno ser" o el "ser en pureza), Dios aparezca como algo que "no es"[16].

Pero para el pensamiento eckhartiano Dios no es simplemente ser, porque es "más que ser". Cierto que en el posterior Opus tripartitum, el Maestro Eckhart declara que Dios es esse. Pero este esse es perfecta y completa unidad, la cuales la unidad del intelligere. Ahora bien, puesto que nada hay fuera de la perfecta unidad, puede concluirse que nada hay fuera de Dios. Esta es, una de las tesis que han llevado a algunos pensadores a considerar al Maestro Eckhart como un autor panteísta, por pensar que todo está en Dios. Pero decir que "fuera de Dios no hay nada" es como decir que "fuera de la Existencia nada existe", o, si se quiere, que todo lo que existe se mide por su relación con la Existencia. Por otro lado, no hay, según el Maestro Eckhart, nada tan distinto de Dios, el Creador, como lo creado y las criaturas. Así, pues, parece que el Maestro Eckhart subraya tanto la fusión como la separación[17].

Ahora daremos un paseo por el pensamiento del Maestro Eckhart como teólogo, al respecto él tiene varias consideraciones para la idea de Dios, la primera de ellas es plantear a Dios como pensamiento puro, y es que en la doctrina sobre Dios hace Eckhart siempre hincapié en que debemos antes decir lo que no es Dios que lo que es, (esto explica la llamada teología negativa). Por ello no quiere atribuir a Dios ni siquiera el concepto de ser. Para Eckhart Dios es entendimiento y entender (intellectus et intellegere). Con ello queda Dios bien definido como algo al margen de toda la realidad creada. Sin embargo, se pensó en tiempos de Eckhart, y después también, que con esa tesis se parecía quitar el ser a Dios. Pero, como la misma historia lo manifiesta, ya Aristóteles definió así a Dios; y asimismo santo Tomás de Aquino dice que, en Dios, entendimiento y esencia son idénticos; y, en san Alberto Magno, Dios es el intellectus universaliter agens y produce, en cuanto tal, la primera inteligencia[18].

La segunda consideración del Maestro Eckhart es ver a Dios como plenitud de ser. Y es que Eckhart puede también decir que el ser es Dios: ese est Deus. Siendo esta la primera tesis de su obra Prologus generalis. Con esto quiere decir: Dios es el ser, o lo que es lo mismo, la plenitud del ser. Todo ser emana de Él. «Dios todo lo ha hecho, no de forma que queden las cosas fuera de Él, como hacen los artífices manuales, sino que lo llamó de la nada, del no ser al ser, para que encontraran este ser, lo recibieran y lo tuvieran en Él». Ahora entendemos en qué sentido es Dios la plenitud del ser[19].

Y como tercera consideración, el Maestro Eckhart hace algunas disquisiciones sobre la Existencia de Dios, donde salta a la vista el platonismo cristiano del Maestro Eckhart cuando se pregunta si Dios existe, a lo que su respuesta es en efecto: «El ser es el ser de Dios» (ese est essentia Dei sive Deus; igitur Deum ese, verum aeternum est; igitur Deus est.). Así como las cosas blancas no son blancas sin la blancura, así tampoco son las cosas que existen sin Dios. Sin Él sería el ser una nada. En este sentido tampoco esto es panteísmo, sino la aplicación de la idea de participación al mundo de la existencia. Por un lado asegura Eckhart, apoyado en la teoría de las ideas, que las cosas sólo están en Dios en su ser «esencial», es decir, ideal, ejemplar, y Dios a su vez en ellas; y por otro lado nos dice ahora que también el ser espacial y temporal participa de Dios; pues cuando habla de existencia ciertamente entiende este mundo[20].

Cosa muy parecida a los planteamientos de Platón, cuando pretende explicar el mundo de las ideas, donde está la esencia de las cosas, cuyas imágenes e imitaciones están en la tierra, es decir, en este mundo.

Nicolás de Cusa será partidario del pensamiento del Maestro Eckhart, es por ello que ellos dos verán en Cristo una vía más intuitiva para nuestro mejor «yo», ya que Cristo es la palabra encarnada. En todo esto, Eckhart considera que si el alma humana fuera solo eso, no sería creada. Pero, por participar el alma de Dios, hay algo divino en ella, pensamiento paralelo al de Clemente de Alejandría, pero por participar sólo y no ser por tanto totalmente divina, se da en ella lo creado. Es el punto donde el hombre es un medio entre dos mundos, se conoce como perteneciendo a lo divino con auténtica participación[21].  

P.A
García




[1] Daniélou, J. (2003). Dios y nosotros. Madrid España. Ediciones Cristiandad. (p. 215).
[2] Lobo, G. (2003). Dios uno y Trino. Caracas Venezuela. Ediciones RIALP. (p. 16).
[3] Enciclopedia Universal Ilustrada (1924). Tomo XVIII (Parte II). Madrid España. Espasa Calpe. (p. 2769).
[4] Ferrater. J. (1990). Diccionario de Filosofía. Tomo II. Barcelona España. Alianza Editorial. (p. 885).
[5] Hirschberger, J. (1977). Historia de la Filosofía. Tomo I. Barcelona España. Editorial Herder. (p. 432).
[6] Enciclopedia Universal Ilustrada (1924). Tomo XVIII (Parte II). Madrid España. Espasa Calpe. (p. 2770).
[7] Ferrater. J. (1990). Diccionario de Filosofía. Tomo II. Barcelona España. Alianza Editorial. (p. 886).
[8] Hirschberger, J. (1977). Historia de la Filosofía. Tomo I. Barcelona España. Editorial Herder. (p. 432).
[9] Ibídem (p.p 432-433).
[10] Ibídem (p. 432).
[11] Ferrater. J. (1990). Diccionario de Filosofía. Tomo II. Barcelona España. Alianza Editorial. (p.p 885 - 886).
[12] Copleston, F. (). Historia de la Filosofía. Tomo III.
[13] Enciclopedia Universal Ilustrada (1924). Tomo XVIII (Parte II). Madrid España. Espasa Calpe. (p. 2770).
[14] Ferrater, J. (1990). Diccionario de Filosofía. Tomo II. Barcelona España. Alianza Editorial. (p. 886).
[15] Ibídem (p.886).
[16] Ferrater, J. (1990). Diccionario de Filosofía. Tomo II. Barcelona España. Alianza Editorial. (p. 886).
[17] Ibídem (p.886).
[18] Hirschberger, J. (1977). Historia de la Filosofía. Tomo I. Barcelona España. Editorial Herder. (p. 438).
[19]Ibídem. (pp. 438-439).
[20] Ibídem (pp. 439-440).
[21] Hirschberger, J. (1977). Historia de la Filosofía. Tomo I. Barcelona España. Editorial Herder. (pp. 441-442).

Reflexión sobre el Sacramento de la Confesión

CATEQUESIS SOBRE EL SACRAMENTO DE LA PENITENCIA

Queridos hermanos, en este día, la catequesis versará sobre el sacramento de sanación que nos lava el alma para devolvernos la gracia de Dios y así ser santos.

Para emplear el remedio es necesario conocer primero la enfermedad, es por eso que el Catecismo de la Iglesia Católica, define el pecado como una “ofensa a Dios, ruptura de la comunión con él. Al mismo tiempo, atenta contra la comunión con la Iglesia. Por eso la conversión implica a la vez el perdón de Dios y la reconciliación con la Iglesia, que es lo que expresa y realiza litúrgicamente el sacramento de la Penitencia y de la Reconciliación (Cf. LG 11)”[1].
Penitencia viene del latín penitere, que quiere decir dolerse, arrepentirse. A este sacramento se le puede llamar: penitencia, porque el acto más importante de él es la penitencia o dolor de los pecados; confesión, porque está establecido que para obtener el perdón hay que confesar los pecados; sagrado tribunal, porque el acusado es el penitente; el juez, el sacerdote; y la materia de juicio los pecados acusados[2].

La institución del sacramento de la penitencia tuvo lugar principalmente cuando, después de su resurrección, Cristo dijo a sus apóstoles: «La paz con vosotros. Como el Padre me envió, también yo os envío.» Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.» (Juan 20, 21-23).

El Código de Derecho Canónico expresa que “en el sacramento de la penitencia, los fieles que confiesan sus pecados a un ministro legítimo, arrepentidos de ellos y con propósito de enmienda, obtienen de Dios el perdón de los pecados cometidos después del bautismo, mediante la absolución dada por el mismo ministro, y, al mismo tiempo, se reconcilian con la Iglesia, a la que hirieron al pecar”[3].

La confesión puede ser válida o inválida, al respecto se sabe que “si no hay verdadero arrepentimiento tampoco existe sacramento; y seguiría sin existir aunque el confesor, engañado o no, diera la absolución”[4], además de esto, es necesario conocer que son los Obispos “los moderadores de la disciplina penitencial[5]”, a ellos les compete, entonces, conceder permisos a los sacerdotes para ejercer este ministerio, sin olvidar que “todo sacerdote, aun desprovisto de facultad para confesar, absuelve válida y lícitamente a cualquier penitente que esté en peligro de muerte de cualesquiera censuras y pecados, aunque se encuentre presente un sacerdote aprobado.[6]

En la vida ministerial de nuestros sacerdotes, es común encontrar en la mayoría de ellos, no en todos, la poca disponibilidad para atender las confesiones de los fieles católicos, esto sucede a pesar de que los mismos sacerdotes son conscientes de que se santifican y “se unen con la intención y con la caridad de Cristo en la administración de los Sacramentos, cosa que realizan especialmente cuando en la administración del Sacramento de la Penitencia se muestran enteramente dispuestos, siempre que, los fieles lo piden razonablemente.[7]

Como humanos estamos muy necesitados de signos sensibles para sentir la presencia y la gracia de Dios en nosotros, es por eso que, en cuanto a la intervención del confesor, el núcleo fundamental de la fórmula de absolución que pronuncia el rito latino son estas palabras: “Yo te absuelvo de tus pecados, en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo[8]”, pero es el mismo Cristo, es Dios mismo el que perdona, a través del Sacerdote, que actúa como canal entre Dios y los hombres.

Es muy válido el preguntarnos: ¿Por qué los católicos se confiesan con los sacerdotes, que son hombres como los demás?, y ante este cuestionamiento debemos respondernos: los sacerdotes no son hombres como los demás, porque tienen un poder especial que Cristo confirió a los Apóstoles y a sus sucesores[9], además de esto, la práctica de la confesión no es invento reciente del catolicismo, lo podemos notar en la cita bíblica de Hechos de los Apóstoles 19, 18, donde “muchos de los que habían creído venían a confesar y revelar todo lo que habían hecho”

Aunque el sacramento que estamos tratando es el canal legítimo para obtener el perdón de Dios, que no se nos olvide que “también Dios perdona por un acto de perfecta contrición, o sea cuando uno se arrepiente de verdad, prometiendo a Dios confesarlos después a un sacerdote. Si yo quiero confesarme bien, tengo que hacer primero, tres cosas: recordar mis pecados mortales no confesados, arrepentirme de ellos y prometer corregirlos en adelante. Y hecho esto, voy a decir al confesor mis pecados, sin mentir ni engañar y luego hago o rezo lo que mande. Así queda limpia mi alma de pecados y me reconcilio con Dios, como un hijo con su padre[10]

En este sacramento, la penitencia que impone el sacerdote, no debería únicamente ser rezar tal cantidad de padrenuestros o avemarías, si esto sucede, debe verse como una invitación a intensificar la vida de oración, que tiene como consecuencia la unión con Dios, sin embargo, la penitencia de una confesión, a la luz del Código de Derecho Canónico, “consiste en tener que hacer una obra de religión, de piedad o de caridad[11]”, es decir, no solo orar, sino también poner por obra la caridad cristiana.

Uno puede recibir frecuentemente el sacramento de la penitencia porque una y otra vez reincide en un pecado mortal y quiere obtener de Dios su perdón. La llamada gracia sacramental, que sólo es propia del sacramento de la penitencia y que por ningún otro sacramento se produce o puede producirse, es la gracia santificante, con carácter y fuerza especial para hacer desaparecer el decaimiento causado por los pecados veniales, el déficit de fuerza, valor e impulso espiritual, para fortalecer el alma y alejar los impedimentos que se oponen a la gracia y su operación eficaz en el alma[12].

¿Tiene lógica colocarnos una ropa limpia sin antes ducharnos? No, y en este sentido, la confesión de los pecados lava el alma, y la deja digna de recibir el Cuerpo de Cristo, que es un vestido de gracia y de salvación. Por eso, antes de comulgar, debemos estar debidamente bien confesados, sin pecado mortal.

La confesión no es una dirección espiritual, en esta se dicen los pecados cometidos y el sacerdote da un consejo y luego, si es posible, da la absolución, en una dirección espiritual, aunque guarda el mismo sigilo sacramental, es decir, que no se puede revelar por ningún motivo lo allí conversado, es una plática más amigable, donde pueden venirse otros temas que no precisamente son materia de confesión.

Para algunos es difícil creer y aceptar que, a pesar de que la confesión es un sacramento del amor de Dios, no todos están en disposición de recibir la absolución, por ejemplo, los no bautizados, los que viven en concubinato o los que cometieron pecados que están reservados al Obispo o al Papa.

Hermanos, para que no se nos olvide el gran amor de Dios por nosotros culmino esta catequesis compartiéndoles el pensamiento de un santo sacerdote: “Mira qué entrañas de misericordia tiene la justicia de Dios! -Porque en los juicios humanos, se castiga al que confiesa su culpa: y, en el divino, se perdona. - Bendito sea el santo Sacramento de la Penitencia![13]

P.A
García



[1] Catecismo de la Iglesia Católica. (# 1440).
[2] Faría, R. (1942). Curso superior de religión. Editorial Librería Voluntad. Bogotá, Colombia. (pp. 362-362).
[3] Código de Derecho Canónico. (#959).
[4] Moliné, E. (1999). Los siete sacramentos. Editorial Vértice. Caracas, Venezuela. (p. 123).
[5] Concilio Vaticano II. Constitución Dogmática "Lumen Gentium" Sobre la Iglesia. (#26).
[6] Código de Derecho Canónico. (#976).
[7] Concilio Vaticano II. Decreto "Presbyterorum ordinis" Sobre el ministerio y la vida de los presbíteros. (#13)
[8] Concilio de Florencia DS 1323
[9]Amatulli, F. (1986). La Iglesia Católica y las Sectas Protestantes. Apóstoles de la Palabra. Caracas, Venezuela. (p. 54).
[10] Fernández, T. (1975). Catecismo Popular. (p.33).
[11] Código de Derecho Canónico. (#1340).
[12] Benedikt Baur, O. S. B. “La confesión frecuente”
[13] Escrivá de Balaguer, J. (1965). Camino. (#309).