viernes, 8 de mayo de 2026

Breve relato de mi llamado al sacerdocio

¿CÓMO NACIÓN MI VOCACIÓN?

Esta es una pregunta bastante emocionante porque hablar de la vocación es remontarse a la infancia.

Yo he tenido la oportunidad de haber sido bautizado a la edad de 5 años, de modo que con las fotografías en la casa y con los comentarios en la familia puedo recordar ese momento. Y ahora más que nunca estoy convencido que mi vocación ha nacido en el momento del bautismo, no solo la vocación a la vida cristiana, sino la vocación al sacerdocio.

Recuerdo que aquellos gestos del sacerdote, el hecho de ungirme o de derramar el agua sobre mi cabeza, pues me llamó muchísimo la atención y en un pequeño de 5 años aquello es como un espectáculo, el aspecto litúrgico. Estoy convencido que allí nació mi vocación.

Ciertamente, más adelante tuve oportunidad de asistir a la Eucaristía en mi pueblo y recuerdo que yo, como niño, me quedaba totalmente asombrado de lo que estaba haciendo el sacerdote allí en el altar, viéndolo y preguntándome, y preguntando también a mi familia, de qué se trata todo esto.

Más adelante tuve la oportunidad de formar parte del colegio de monaguillos y es allí donde se conoce mejor la vocación, la vida litúrgica, la participación en la Eucaristía y el hecho de estar acompañado o muy cerca con el párroco es también un punto clave, porque conviviendo con un sacerdote, ayudándole de cerca, pues pude descubrir la vocación sacerdotal.

Esto ciertamente significó para mí una experiencia que marcó mi infancia de manera muy positiva para adquirir las herramientas espirituales y así prepararme más adelante en el momento de ingresar al seminario menor.

Bueno, yo ingresé al seminario menor muy joven, a la edad de 15 años. Esto fue, lo recuerdo siempre, el 24 de junio del año 2011. Allí, compartiendo con el grupo de jóvenes o de niños que ingresábamos en ese momento, nos planteábamos el reto de perseverar, porque aquello era un cursillo vocacional en el que ciertamente se va discerniendo la vocación y van apartándose aquellos que no pudieran continuar.

Entonces, cuando se llega al seminario es aquellos nervios de perseverar, pero no solo perseverar en el cursillo y continuar en la formación, sino perseverar en la vocación como tal. Esto en el seminario menor, que ciertamente fue una experiencia inolvidable, de las más alegres, de las más plenas, porque el seminario se constituyó en una verdadera casa, con sacerdotes formadores que hacían las veces de padres y con hermanos seminaristas, jóvenes como uno mismo, con aquel mismo ideal.

De modo que el seminario menor es una experiencia de familia que me preparó para el siguiente paso: el seminario mayor. Allí ingresamos 16 jóvenes. Esto fue en septiembre del año 2013. Actualmente, ya de este grupo hay cuatro sacerdotes.

Y cuando ingresamos entonces a la etapa del propedéutico o introductorio, allí nos conseguimos con personas de distintos temperamentos, de distintas edades. Esto también significó un reto: el hecho de poder encajar todo el grupo. Los que veníamos del seminario menor éramos pocos; otros venían ya con una profesión, digamos, adultos. Pero todo esto significó un reto, el poder encajarnos como grupo, que se logró ciertamente porque tuvimos la compañía de los formadores, de los sacerdotes que nos ayudaron para dar el siguiente paso, que significó la etapa filosófica.

Fueron tres años muy rápidos. De la filosofía recuerdo la defensa de la tesis en el tercer año, que versó sobre filosofía de la educación; toda la preparación para que saliera de la mejor manera, los nervios a la hora de responder. Allí recuerdo que ciertamente todos en el grupo teníamos grandes expectativas, pero las notas no fueron como las expectativas, de modo que nos llevamos allí una pequeña desilusión. Pero fue en realidad el ánimo y el entusiasmo de prepararnos mejor y de buscar la excelencia académica junto con todas las experiencias pastorales, humanas y comunitarias que nos propone el seminario.

Y luego ya en la etapa de teología pude cursar hasta el segundo año en este mismo seminario antes de venirme acá al Perú, porque ciertamente no soy del Perú, soy venezolano y he venido a concluir aquella formación que inicié en mi país de origen: con el seminario menor, con la filosofía y con la teología.

En el año 2024, en agosto, llegué a este seminario San Pío X para completar el segundo año de teología, nuevamente el tercero en todo lo que fue el año 2025 y ahora pues iniciando este último año de la formación en el cuarto año de teología.

Bueno, con respecto a mi santo de devoción, San Josemaría Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei, fue una figura clave que me ayudó desde el propedéutico. Esto no solo desde el seminario, porque en la televisión, cuando era pequeño, cuando era monaguillo, no me perdía los domingos por la tarde, por EWTN, una de las tertulias de San Josemaría.

Pero yo veía al sacerdote y en mi conciencia era una persona que estaba allí viva; no sabía que era un santo o que al menos era una persona fallecida. Y mi encuentro dominical con San Josemaría era una cita fija, era imperdible verlo, escucharlo, porque era impactante su testimonio, su manera de predicar.

Cuando llego entonces al seminario mayor, en el propedéutico, me doy cuenta de que hay algunos libros que tienen su nombre. Por ejemplo, un libro clave es Camino, la primera publicación de San Josemaría. Y allí me di cuenta, obviamente, al investigar, que pues era un santo de la Iglesia Católica que había fundado el Opus Dei.

De inmediato me puse en contacto con los padres de la Obra para recibir de ellos la dirección espiritual y poco a poco fui conociendo, a través de la lectura de muchos libros y de la conversación con los padres de la Obra, la figura de San Josemaría como un sacerdote ejemplar, como un modelo de —como lo proclamó el mismo San Juan Pablo II— “el santo de lo ordinario”.

San Josemaría es muy completo porque tiene espiritualidad, tiene escritos, tiene libros, pero también tiene testimonio pastoral. Sirvió muchísimo interesándose por los pobres, por la formación de las personas, por llegar a todos y por hacer de este mundo un lugar mejor, desde la predicación, desde la amistad, desde la cercanía, desde la conciencia de ser hijos de Dios.

Y por eso encuentro en la espiritualidad de San Josemaría Escrivá de Balaguer un ánimo y una fortaleza para responderle al Señor y para, como él, decirle sí todos los días hasta la santidad.

Hace poco, el pasado 26 de abril, juntos con el Papa León XIV tuvimos la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, por todas las vocaciones. Evidentemente allí conseguimos la vocación sacerdotal que compartimos nosotros aquí en el seminario o la vocación religiosa, pero también está la vocación a la familia, la vocación al matrimonio, la vocación a la misión.

De modo que a todos los jóvenes que se planteen esta pregunta: “¿Qué me pide Dios? ¿Qué quiere Dios de mí?”, que se plantea en la vocación, es importante saber que el Señor lo que nos pide, nos lo va a dar, nos lo hará desear. Esta es una frase también de los santos: aquello que el Señor te quiere dar, Él mismo te lo hará desear.

Podemos ser útiles en muchas formas y de muchas maneras en la vida. Ciertamente el papel del sacerdote es insustituible, el que nos da los misterios santos, el que nos trae a Dios a este mundo, pero también las religiosas, pero también los maestros, los abogados, los militares, todos aquellos que formamos una sociedad, todas esas vocaciones son en gran medida una respuesta al llamado de Dios.

Entonces, sería en primer lugar pedir a Dios la luz para descubrir su vocación, preguntar en la oración, en la intimidad al Señor: “¿Qué me pides? ¿Qué quieres de mí?”. Y el Señor irá iluminando la mente con el Espíritu Santo, irá poniendo en el camino a las personas concretas que nos ayudarán a descubrir esa vocación.

Y si en concreto es la vida sacerdotal, la vida religiosa, pues la amistad con un sacerdote, con un seminarista, con un agente de pastoral es clave para dar los pasos necesarios en esta respuesta que requiere de mucha valentía y de mucho compromiso, dejando a un lado los miedos, aferrándose y confiando solo en Dios para responderle y para hacer lo que el Señor nos pida.

Eso les diría a los jóvenes.

viernes, 1 de mayo de 2026

Trabajo digno y tecnología al servicio del hombre

LA INTENCIÓN DE ORACIÓN DEL PAPA PARA EL MES DE MAYO

La oración posee un poder misterioso, profundo y real. Se ha dicho bellamente que es, a la vez, la debilidad de Dios y la fortaleza de los hombres. Es una tarea que corresponde a todos los cristianos. Precisamente sobre el tema del trabajo gira la intención de oración que, para este mes de mayo, nos propone el Santo Padre León XIV. Se trata de una petición cercana a la vida cotidiana de millones de personas: orar “por las oportunidades laborales para todos, para que el desarrollo tecnológico abra caminos de trabajo digno y la colaboración entre generaciones fortalezca un futuro donde cada persona pueda ofrecer sus talentos al servicio del bien común”.

Esta intención nos invita, en primer lugar, a reflexionar sobre la dignidad del trabajo humano. Trabajar no es únicamente una necesidad económica; es también una vocación, una forma concreta de participar en la obra creadora de Dios. Cuando el Papa pide oportunidades laborales para todos, nos recuerda que cada persona está llamada a aportar y a construir, a “ganarse el pan con el sudor de su frente”, no como una carga, sino como un camino de realización y servicio. El trabajo no solo sostiene la vida: la dignifica.

Como enseña la Escritura: “Cualquiera sea el trabajo de ustedes, háganlo de todo corazón, teniendo en cuenta que es para el Señor y no para los hombres. Sepan que el Señor los recompensará… Ustedes sirven a Cristo, el Señor” (Col 3, 23-24). Así, trabaja dignamente tanto quien construye carreteras como quien enseña, quien siembra la tierra como quien limpia la casa. Todo trabajo, grande o pequeño, visible o silencioso, es un medio de santificación, de encuentro con Dios.

Sin embargo, vivimos en una época marcada por avances tecnológicos vertiginosos que transforman constantemente nuestra manera de vivir, comunicarnos y trabajar. Esta realidad abre enormes posibilidades: permite afrontar enfermedades, resolver problemas complejos y mejorar la calidad de vida. Pero también plantea desafíos importantes.

Existe el riesgo de que el ser humano quede relegado, sustituido o reducido a un papel pasivo frente a una tecnología que, en lugar de servirle, termine dominándolo. Por eso es fundamental recordar un principio esencial: la tecnología está al servicio del hombre, y no el hombre al servicio de la tecnología. Cuando este orden se invierte, el ser humano puede terminar adaptándose pasivamente a la lógica de las máquinas, los algoritmos o la eficiencia, perdiendo de vista su propia dignidad.

El Papa León XIV, al pedir que el desarrollo tecnológico abra caminos de trabajo digno, nos recuerda precisamente este criterio. La tecnología no es un fin en sí misma, sino un medio cuyo valor depende del uso que hagamos de ella. Puede ser instrumento de crecimiento, encuentro y solución de grandes problemas; pero también puede generar exclusión, dependencia o incluso una silenciosa deshumanización.

Cuando el progreso técnico desplaza al trabajador sin ofrecer alternativas, reduce la creatividad humana o fomenta la pasividad, deja de estar al servicio del hombre. En cambio, cuando potencia nuestras capacidades, crea oportunidades y favorece una vida más digna, cumple su verdadera finalidad.

Por ello, el desafío no consiste en frenar la tecnología, sino en humanizarla. Se trata de orientarla con inteligencia, ética y sentido. Porque, en definitiva, ninguna innovación podrá sustituir aquello que hace único al ser humano: su capacidad de amar, crear, decidir y entregarse a los demás.

La petición del Papa es, así, clara y profundamente actual: que el desarrollo tecnológico esté siempre al servicio de la persona. No se trata de detener el progreso, sino de guiarlo. La tecnología debe abrir caminos de trabajo digno, no cerrarlos; potenciar las capacidades humanas, no anularlas. Porque, a pesar de todos los avances, hay una verdad que permanece: el ser humano es insustituible.

Finalmente, esta intención pone el acento en la colaboración entre generaciones. En un mundo que con frecuencia divide —jóvenes frente a adultos, experiencia frente a innovación— se nos invita a redescubrir el valor de caminar juntos. Cada generación tiene algo valioso que ofrecer: la sabiduría de los mayores, el dinamismo de los jóvenes y la creatividad de quienes se encuentran en medio. Solo en comunión es posible construir un futuro verdaderamente humano.

Esta visión es profundamente cristiana. Dios confió el mundo a toda la humanidad, no a unos pocos. Todos estamos llamados a participar en su cuidado, desarrollo y transformación. Nadie es indispensable por sí solo, pero todos somos necesarios en conjunto. En esa colaboración se revela la verdadera fuerza que impulsa al mundo.

Durante este mes de mayo, hagamos nuestra esta intención del Santo Padre. Unámonos a su oración para que no falte el trabajo digno, para que la tecnología sea instrumento de bien y para que aprendamos a construir juntos un futuro donde cada persona pueda poner sus talentos al servicio de todos.

Desde el Seminario San Pío X deseamos aportar, mediante nuestro trabajo académico, espiritual y pastoral. Por ello, emprendemos con entusiasmo este hermoso proyecto: un boletín mensual que busca llegar a todos y ayudar a que, a través de la lectura de estos temas de fe cristiana, cada persona pueda acercarse más a Dios.

En esta Pascua de 2026, queremos proclamar con esperanza que Dios está vivo. Y, como expresa bellamente la Liturgia de las Horas, “decid, si preguntan dónde, que Dios está sin mortaja en donde un hombre trabaja y un corazón le responde”.

Oremos con el Papa y por sus intenciones.