sábado, 31 de enero de 2026

El lugar de Dios, la Iglesia y el sacerdote en la sociedad contemporánea

ORDEN SACERDOTAL

La sociedad actual suele considerar a Dios como una realidad obsoleta, propia del pasado, debido a que se ha priorizado una comprensión científica de la realidad en la que lo trascendental parece ya no tener importancia. En este sentido, la secularización y el pluralismo religioso se presentan como horizontes de referencia para comprender el mundo contemporáneo. Sin embargo, desde estas nuevas perspectivas también se advierte un retorno a lo religioso; se cree que no es que el hombre ya no tenga fe, sino que ahora cree en todo o en cualquier cosa. Ante este panorama, el papel del sacerdote se presenta como luz, y su testimonio cobra un valor más sublime, pues de lo que el sacerdote viva y predique dependerá, en gran medida, que la sociedad entre en experiencia de Dios.

La pregunta acerca de dónde y cómo encontrar a Dios hoy puede desarrollarse desde diversos matices; sin embargo, aquí nos inclinamos más hacia el camino de la creación, pues contemplando la creación se puede conocer o encontrar a su Creador. En este mundo del hombre secularizado, el cuidado de la creación y el involucrarse en ella ha permitido introducir una nueva mentalidad capaz de reconocer en lo creado a un ser superior y trascendental. El hombre mismo, como obra de Dios y hechura de sus manos, se constituye en lugar teológico desde el cual se puede llegar a encontrar a Dios.

A propósito de esta reflexión, es propicio recordar lo que canta aquel himno de la Hora Sexta de la Liturgia de las Horas, y que busca responder la pregunta inicial sobre dónde encontrar a Dios:

“Quien diga que Dios ha muerto,
que salga a la luz y vea
si el mundo es o no tarea
de un Dios que sigue despierto.
Ya no es su sitio el desierto
ni en la montaña se esconde;
decid, si preguntan dónde,
que Dios está sin mortaja
en donde un hombre trabaja
y un corazón le responde”.

El lugar de la Iglesia en la sociedad actual pasa por las mismas circunstancias que al hablar de Dios, pues esta institución, conformada por hombres, busca responder a un mandato divino: evangelizar y llevar a todos la verdad. De ahí que la institución esté, se podría decir, entre dicho, pues si se duda de Dios o si se pone en tela de juicio al Creador, pierde todo sentido una institución que lo predica y que lo quiere hacer presente en medio del mundo. La Iglesia es, en este mundo, el testimonio de fidelidad a Dios que navega a contracorriente, luchando contra los enemigos de la vida y de la verdad del hombre. Es ahora cuando más vale la pena ser sacerdote y trabajar en la Iglesia por el Reino de Dios, del que ella misma es ya presencia misteriosa.

A partir del Concilio Ecuménico Vaticano II, convocado e inaugurado por San Juan XXIII y concluido por San Pablo VI, la constitución Presbyterorum Ordinis precisó el lugar del sacerdote en la Iglesia y en el mundo actual. Lo hizo, en primer lugar, aclarando que todo el conjunto de la Iglesia es nación santa, pueblo escogido y pueblo sacerdotal, desarrollando de este modo, y diferenciando a la vez, el sacerdocio común de los fieles, otorgado por el bautismo, del sacerdocio ministerial, que se recibe por el sacramento del Orden.

Este pueblo sacerdotal se constituye jerárquicamente según el querer divino, en donde cada miembro ocupa el lugar de servicio que le corresponde según la vocación recibida y que la Iglesia acoge en su seno. Por otra parte, la estructura interna de la comunidad cristiana responde a los diferentes carismas que Dios otorga a su Iglesia, que, con la teología paulina, conforman el Cuerpo Místico de Cristo. A todos los fieles los une la fe y la vocación a la santidad, pero no todos tienen idénticas obligaciones en su modo de responder a Dios. Sin embargo, Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad.

Profundizando un poco más en lo anteriormente expuesto, se puede precisar que el papel que juegan los ministerios y carismas en la edificación de la Iglesia es de vital importancia, en cuanto que sin ellos la vida de la comunidad no sería lo que es: una comunidad organizada y constituida jerárquicamente. En este sentido, cada cristiano responde a su llamado particular según el estilo de vida al que Dios lo ha convocado. Así, es fácil concluir que no se espera lo mismo de una monja de clausura que de una madre de familia. Ambas son hijas de Dios y llamadas a la santidad, pero sus respuestas o modos de vivir esa vocación serán muy distintos según sus propias posibilidades.

De este modo, la monja de clausura edifica a la Iglesia desde su vocación contemplativa y fiel a su carisma, mientras que la madre de familia lo hace en la atención del hogar, la crianza cristiana de sus hijos o el desarrollo profesional al que se dedique. En definitiva, todos los carismas contribuyen a la edificación de la Iglesia; todos son necesarios en esta complementariedad de vocaciones y carismas.

El sacerdote, como hombre pleno en sus potencialidades humanas y cristianas, está llamado a compaginar con su vida y ministerio la unidad antropológica de la persona, que se constituye en cuerpo y alma, y desde allí servir de testimonio de coherencia como individuo en medio de una comunidad, llevando al mundo hacia Dios. El presbítero es pontífice, es decir, puente o creador de puentes; desde la plena vivencia de su vocación sacerdotal, solo asumiendo con conciencia su propia naturaleza y debilidad, y dejándose transformar por la gracia, logrará cambiar la llamada escisión antropológica en respuesta fiel y realización humana según la voluntad de Dios.

El sacerdote es puente que une el cielo con la tierra cuando administra los sacramentos de la Iglesia y vive y considera lo que realiza. Por eso, la dimensión discipular del sacerdote resulta esencial. El discípulo no es más que su maestro, dice el Señor. En este sentido, el sacerdote nunca deja de ser discípulo de Cristo, el Maestro, pues Él lo ha llamado a seguirle. Primero va el Maestro y detrás los discípulos. El sacerdote nunca deja de ser discípulo porque nunca dejará de aprender de su Maestro; solo así podrá mantener en el horizonte la actitud humilde de aquel que se reconoce necesitado de Dios.

Junto a ello aparece también la dimensión apostólica del sacerdote. Esta dimensión discipular y apostólica sitúa al sacerdote en referencia constante a Cristo, que lo llamó y lo eligió para estar con Él y para enviarlo a predicar el Evangelio, con poder de sanar enfermos y expulsar demonios. El sacerdote que obra como discípulo y apóstol lo hace con la humildad de sentirse poca cosa en sí mismo, pero transformado por la gracia de un sacramento cuya unción es huella indeleble de la bondad y misericordia de Dios, que llama no a los mejores ni a los sabios y entendidos, sino a los pequeños y a los que saben confiar todo en Él, que, en definitiva, son los humildes.

Finalmente, una nota que siempre es importante precisar al hablar sobre el sacerdocio y su ministerio, especialmente en el marco del sacramento del Orden como asignatura de estudio, es que la vida del presbítero ha de encarnar los mismos sentimientos de Cristo y su atención preferencial por los pobres. Como se dijo una vez en el retiro de inicio de año, la atención a los pobres será el termómetro de la vocación, pues estar cerca de ellos es estar cerca de Dios mismo, que se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza.

viernes, 23 de enero de 2026

“¡Cayó el hombre, Tomasa, cayó el hombre!”

DÍA DE LA DEMOCRACIA EN VENEZUELA

Hace apenas veinte días se reavivó la esperanza de que Venezuela pueda volver a ser la democracia que merece. La captura del presidente de facto, Nicolás Maduro, por parte de los Estados Unidos marcó para muchos el inicio de una posible ruta hacia la recuperación democrática. Es un anhelo largamente esperado por la mayoría de los venezolanos, que durante años hemos padecido las consecuencias del llamado “Socialismo del Siglo XXI”, ideado por el teniente coronel Hugo Chávez y continuado por su antiguo guardaespaldas, Nicolás Maduro Moros, junto a su esposa, la abogada Cilia Flores.

Hoy, además, es 23 de enero: el Día de la Democracia en Venezuela. Esta fecha remite inevitablemente a aquel 23 de enero de 1958, cuando el general Marcos Evangelista Pérez Jiménez, presionado por el país y por su propia conciencia, decidió no derramar la sangre de sus compatriotas. Optó por abandonar el poder y salir del país en un vuelo rumbo al Caribe, evitando así una tragedia mayor. Con ese acto se abrió el camino hacia una Venezuela democrática y próspera, a la cual él mismo había contribuido desde su concepción del llamado “Nuevo Ideal Nacional” que solo ejecutó durante un lustro.

En mi familia, esta efeméride se recuerda con especial viveza. Mi abuela materna, que entonces tenía apenas trece años, vivió aquel momento con profunda emoción. Siempre nos contaba cómo su tío Juan Bautista llegó corriendo a casa y, todavía alterado y temblando por lo que acababa de escuchar en la radio, exclamó: “¡Cayó el hombre, Tomasa, cayó el hombre!”. Esa frase quedó grabada para siempre en su memoria y, cada 23 de enero, la evocaba con una emoción intacta.

Enero podría convertirse, así, en el “mes de la democracia” para Venezuela. Sin embargo, ello dependerá de que se convoquen elecciones libres, con participación de todos los candidatos, garantías de transparencia y reconocimiento de los resultados. La democracia venezolana no está en manos de Donald Trump ni de ningún actor externo, sino en las de los propios venezolanos. Solo hay democracia cuando existe sufragio universal, participación ciudadana y libertad real para elegir.

La dictadura de Maduro dista mucho de la de Pérez Jiménez. La del cucuteño de bigote es mísera y decadente; la del tachirense, en cambio, fue próspera. Lo único que ambas comparten es la feroz represión contra sus opositores. Pérez Jiménez no toleró la corrupción dentro de su gobierno, pero tampoco permitió la disidencia. Maduro, conductor de autobús devenido en político, se dejó arrastrar por la tentación del poder y de la riqueza, y persiguió sin contemplaciones a quienes se alzaron en protesta pacífica.

El dictador militar actuó con inteligencia: huyó antes de empuñar las armas. En el fondo, su decisión evidenció un doble instinto de conservación, tanto por su propia vida como por la Patria, al evitar un enfrentamiento sangriento entre venezolanos. En contraste, el sucesor de Chávez, confiado en la protección del reducido círculo de los treinta y dos cubanos que lo rodeaban, fue incapaz de aceptar la salida del país que se le ofrecía: un exilio dorado en Rusia, facilitado mediante la mediación de la Santa Sede. Hay que ser realmente necio para rechazar esa oportunidad y terminar capturado, como ocurrió en la madrugada del sábado 3 de enero de este venturoso año 2026.

Hoy, a tan solo veinte días de su captura, comienzan a llegar noticias sobre el estado de salud de Maduro, quien, al parecer, atraviesa un cuadro depresivo en su celda neoyorquina. En la soledad del encierro surge inevitable la pregunta: ¿a quién rezará en estos momentos?, ¿conservará su fe en Dios? Lo cierto es que, según pude saber, se trata de un hombre profundamente católico, asiduo a la misa y a la comunión dominical. Así me lo manifestó en su momento su propio capellán, durante una ocasión en la que me trasladé con él por las calles de Caracas en un vehículo del SEBIN, acompañado por dos funcionarios de ese cuerpo.

La moraleja que deja enero para los venezolanos es clara: las dictaduras caen, al menos en Venezuela. Ojalá pronto ocurra lo mismo en Cuba, Nicaragua y en tantos otros países despojados de su soberanía y de su libertad. Mientras tanto, seguiremos trabajando por una Venezuela libre y verdaderamente de los venezolanos.

Que este enero no sea solo una fecha en el calendario ni un recuerdo histórico, sino un compromiso activo con la democracia. La libertad no se hereda ni se decreta: se construye cada día con participación, memoria y responsabilidad ciudadana. Venezuela tiene ante sí una nueva oportunidad, y dependerá de todos nosotros que no se diluya, para que nunca más el poder se imponga sobre la voluntad del pueblo.

jueves, 15 de enero de 2026

Ayahuanquino por la gracia de Dios

AYAHUANCO, HUANTA, AYACUCHO

     El jueves 15 de enero amaneció lluvioso en San José de Secce, como en toda la zona y en gran parte del Perú y de Sudamérica, según los informes meteorológicos. La lluvia, bendición de Dios que cae sobre justos e injustos, en estas tierras no solo es signo de gracia, sino también anuncio casi seguro de dificultades: caminos de tierra amenazados por derrumbes, ríos y quebradas crecidos. Esa era precisamente la advertencia que teníamos presente cuando, muy temprano, junto al padre Yoni Palomino Bolívar, párroco de San José de Secce, y tres feligreses, nos dispusimos a partir rumbo al distrito de Ayahuanco, hacia la pequeña comunidad homónima que nos esperaba esa mañana.

 Iniciamos la travesía bien abrigados y rezando las Laudes, acompañados por un canal de YouTube que nos iba guiando en la oración matutina, mientras nuestros ojos se deleitaban con los paisajes paradisíacos de aquellas montañas verdes y escarpadas. El camino fue relativamente tranquilo, aunque fue necesario esquivar algunas rocas de considerable tamaño que habían caído sobre la carretera de tierra. La conversación fue amena y la oración constante, como suele suceder en estos viajes por los Andes peruanos junto al padre Yoni y sus fieles acompañantes.

    Nos dirigíamos a Ayahuanco por dos motivos muy concretos. El primero y más importante era celebrar la Santa Misa en aquella comunidad alejada, ubicada a dos horas y media de San José de Secce, y, junto a la Eucaristía, reunirnos con los pobladores y sus autoridades para dialogar sobre el proyecto de restauración del templo católico, bastante deteriorado desde que su techo colapsó hace más de treinta años. El segundo motivo, más personal, era conocer el lugar que figura como mi residencia ante Migraciones Perú, pues, por razones desconocidas, en mi Carnet de Extranjería no aparece Ayacucho, Huamanga, como corresponde, sino Ayahuanco, Huanta. Este detalle se lo había comentado al padre Yoni Palomino Bolívar, quien, inspirado por Dios, me prometió llevarme a conocer este lugar que forma parte de su jurisdicción parroquial.

     Ayahuanco nos recibió también bajo la lluvia. Nos dirigimos directamente a la casa del presidente de la comunidad para anunciar nuestra llegada y permitir que él convocara a los pobladores. Debido al mal tiempo, la misa y la reunión no podían realizarse al aire libre, por lo que se acordó llevarlas a cabo en la casa comunal. Mientras tanto, aprovechamos para visitar las ruinas del templo, que desde 1992 se encuentra en constante deterioro tras el desplome de su techo.

     La parroquia de San Lucas de Ayahuanco fue creada hace más de 125 años. El 24 de julio de 1901 se registra la visita pastoral del obispo de Ayacucho, monseñor Fidel Olivas Escudero, quien fue recibido por el cura interino Pedro Castillo. Durante aquella visita, el prelado constató los graves daños ocasionados al templo por el incendio de 1896. En ese momento, el techo había sido reconstruido de manera precaria con paja. El obispo ordenó entonces la mejora de la infraestructura, la adquisición de paramentos litúrgicos y la construcción de un nuevo altar. Monseñor Olivas Escudero permaneció en Ayahuanco hasta el 27 de julio, confirmando a 528 personas. En la plazuela frente a la iglesia se dejó una cruz de madera como memoria de aquella Santa Visita Pastoral, realizada luego de la visita del obispo Cristóbal de Castilla y Zamora.

     Los habitantes recuerdan con claridad los años del terrorismo, cuando la población ayahuanquina fue totalmente desplazada y el pueblo quedó desolado. No fue sino hasta 1996 que se inició el retorno de sus pobladores, quienes poco a poco reconstruyeron sus viviendas, muchas de ellas incendiadas o destruidas por el paso del tiempo. El templo, sin embargo, no corrió la misma suerte: desde entonces no ha sido restaurado y ha perdido no solo su techo, sino también una de sus torres y el muro del altar mayor. La torre que aún está firme está coronada por una secilla cruz de metal con la fecha "1970" y en su interior dos campanas, una pequeñita en buenas condiciones y la otra más grande y con rajaduras provocadas supuestamente por el impacto de balas.

     Las dimensiones del templo resultan adecuadas para la pequeña comunidad en la que se encuentra, pues Ayahuanco no debe superar los 300 habitantes, o incluso menos. Su fachada presenta diversos nichos con decoraciones en alto relieve de yeso, y su estructura está compuesta por piedra, adobe y ladrillo. La puerta original de madera yace caída, con sus dos hojas apoyadas contra el muro. En el interior, la vegetación crece de manera abundante y acelerada debido a las lluvias. Al ingresar, es inevitable pensar en las innumerables personas que allí se congregaron para orar y recibir los sacramentos. Lejos de desanimar, el estado actual del templo fortalece el ánimo y aviva la esperanza de que, al menos en este año 2026, se inicien los trabajos de movimiento de tierra y la fabricación de los diez mil adobes necesarios para la reconstrucción de sus muros.

     Tras la visita a las ruinas, nos dirigimos a la casa comunal, donde ya se encontraba reunido un pequeño grupo de pobladores, encabezados por el presidente de la comunidad, quien tomó la palabra para dar inicio a la reunión. En ella se expusieron los avances en gestiones y recursos destinados a fortalecer el Comité Pro Restauración del Templo de Ayahuanco, previamente conformado por el párroco y las autoridades comunales.

     El padre Yoni aprovechó la ocasión para compartir con los asistentes el dato curioso de mi residencia oficial en el Perú. Esto causó gran emoción entre los pobladores, quienes inmediatamente me acogieron como un ayahuanquino más, asegurando, entre bromas y buen humor, que debía quedarme para siempre en aquel lugar. Cuando se me concedió la palabra, los animé a continuar este proyecto con mucha fe, asegurándoles al menos mis oraciones para que la obra se concrete cuanto antes. Asimismo, dejé el compromiso de regresar a Ayahuanco para celebrar la Santa Misa cuando yo sea sacerdote y cuando el templo esté nuevamente operativo, dos acontecimientos que, con la gracia de Dios, no parecen lejanos. Finalmente, invitado por el padre Yoni, recé en voz alta el padrenuestro en quechua, para deleite de todos.

     Durante la celebración de la Santa Misa, que siguió a la reunión, se bautizó a un joven ayahuanquino, Luis Jaime, quedando su Primera Comunión y Confirmación para una próxima ocasión. Luego de compartir el almuerzo en la casa del presidente, el señor Yuber, emprendimos el regreso a San José de Secce, que transcurrió en un ambiente de serena gratitud. La lluvia, ya más tenue, parecía acompañar nuestros pensamientos mientras la neblina se disipaba y dejaba al descubierto la cuenca baja del Mantaro y las montañas lejanas de Huancavelica, en diálogo silencioso con las de Ayacucho. El cansancio del camino se mezclaba con la paz interior que deja el haber compartido la fe, la palabra y el pan con una comunidad pequeña en número, pero grande en esperanza y en memoria.

     Ayahuanco quedó atrás entre cerros y nubes, pero no fuera del corazón. Su templo herido, su historia marcada por el dolor y la perseverancia, y la fe sencilla de su gente se convierten en un llamado a no olvidar, a volver y a reconstruir. Con la confianza puesta en Dios, queda sembrada la certeza de que llegará el día en que esas ruinas vuelvan a ser casa de oración, y en que, reunidos nuevamente en torno al altar, la comunidad pueda celebrar no solo la restauración de un templo, sino la renovación viva de su fe.

miércoles, 14 de enero de 2026

Cayó la dictadura

POR UNA VENEZUELA LIBRE Y DE LOS VENEZOLANOS


Cuando de Maduro las trabas

el 3 de enero rompimos,

otra cosa más no hicimos

que cambiar mocos por babas.

Venezuela seguirá esclava

y presa de otra nación:

mudamos de condición

en la operación fugaz,

del poder de Nicolás

al poder de Donald Trump. 


Muchos creen que fue un favor,

pero cuánto nos costará,

pues todo se pagará

con petróleo, sí señor.

Solo hay que estar convencidos

de que el cambio se está dando;

poco a poco irán regresando

los hijos de Simón Bolívar

para iniciar nuevas vidas,

con fe en Dios y trabajando. 


Mientras tanto, se mantiene

en la presidencia “la fea”,

acatando lo que sea

cuanto Marco Rubio ordene.

A ver si más adelante

repetimos elecciones

para medir las opciones

y retomar otra vez la cima,

que ya lo hizo María Corina:

de Venezuela y la paz, la Nobel. 


En cuanto a los que estamos fuera,

seguiremos al pendiente

de todo lo que se intente

para que la dictadura muera.

Sabemos que lleva tiempo

y que ese tiempo ha llegado,

pues el hombre fue capturado,

pero allá quedaron varios

que no son más que sicarios

del clan que está desalmado.


San José de Secce, 14 de enero de 2026