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domingo, 23 de agosto de 2026

El reloj de Temu: ¿un escándalo innecesario, una compra innecesaria?

“LAS APARIENCIAS ENGAÑAN”

El pasado viernes 21 de agosto, mientras me encontraba en la cabina de emisión de Radio Cumbre 98.5 FM para nuestro segundo programa de “Código Vocación”, ocurrió un pequeño episodio que, aunque podría parecer insignificante, terminó dejándome una interesante reflexión. Tiene que ver con un reloj de Temu, un malentendido, un comentario provocador y un usuario bloqueado. Veamos.

Nuestro programa semanal no solo se transmite por las ondas radiales de la 98.5 FM en Huancayo. Al mismo tiempo, se emite a través del Facebook de la emisora y de las cuentas de TikTok del Seminario Mayor San Pío X y del Seminario Conciliar San Cristóbal de Huamanga. Y fue precisamente en esta última plataforma donde apareció el comentario que dio origen a esta historia.

Minutos antes de salir al aire, ya estábamos interactuando con quienes se habían conectado a TikTok. Mi compañero Juan Uziel se encargaba de la transmisión del San Cristóbal y yo de la cuenta del San Pío X. Sixto había dispuesto la cámara del teléfono para que cubriera mi imagen, pero era él quien tenía delante la pantalla y, por tanto, quien podía leer los comentarios y saber cuántas personas estaban conectadas. Yo, mientras tanto, bastante ajeno a todo aquello, me preparaba para el programa.

En determinado momento, Sixto me indicó que un usuario había preguntado por el reloj que llevaba puesto en mi mano izquierda: un reloj plateado, de caballero, con una esfera interior de un verde bastante llamativo. Algo así como: “¿Y ese reloj, qué?”.

Lo primero que percibí fue un comentario completamente sano, incluso un pequeño elogio a la —indiscutible, por supuesto— apariencia agradable de aquel reloj. Me reí espontáneamente y, si mal no recuerdo, no dije nada más.

Pero unos instantes después Sixto me avisó: “El mismo usuario sigue preguntando por tu reloj”. Y entonces apareció el comentario: “¿Y la pobreza dónde queda?”. Ahí sí me alarmé.

En cuestión de segundos pasaron muchas cosas por mi cabeza. Primero, una sana vergüenza: quizá había escandalizado a un hermano en las redes sociales. Pero, casi inmediatamente después, sentí una profunda paz y tranquilidad. Yo sabía perfectamente qué reloj llevaba puesto. No era una pieza de alta relojería, ni una joya, ni mucho menos un objeto de lujo. Era un reloj comprado por la aplicación Temu por S/ 9.90. Sí, nueve soles con noventa céntimos. Bueno, para ser completamente honesto, no compré uno, sino cuatro: cuatro relojes distintos, de diferentes colores, a S/ 9.90 cada uno. Antes de que alguien saque la calculadora, sí: gasté S/ 39.60 en relojes. No es una fortuna, ciertamente, pero tampoco voy a fingir que aquel reloj apareció milagrosamente en mi muñeca. Lo compré, y lo compré porque me gustaba. Un objeto que, por su calidad, probablemente tenga más vocación de ser desechable que de convertirse en una herencia familiar.

Quise indagar un poco más con Sixto para saber qué otras cosas decía Fernando, nuestro indignado interlocutor. Sin embargo, ya no hubo mayor interacción. Mi hermano seminarista decidió bloquearlo, pues la conversación había tomado otro rumbo y se había convertido en una serie de críticas provocadoras que, francamente, no nos iban a llevar a ninguna parte.

Pero el asunto del reloj se quedó conmigo. Y mientras le daba vueltas, comprendí que quizá Fernando había provocado, sin quererlo, una reflexión que yo mismo necesitaba hacer: El reloj y las apariencias.

Como ya he indicado la bajísima calidad del producto, no hace falta recalcarla demasiado. Pero sí me parece justo señalar algo: S/ 9.90 por un reloj no es precisamente una fortuna derrochada en un objeto de lujo por el que se me deba pedir cuentas. Bueno, siendo coherentes con el relato fueron S/ 39.60 en total. Ese dinero era mío; no se lo quité a nadie. Y, aun así, con S/ 39.60 difícilmente habría yo acabado con la pobreza del mundo.

Es más, si alguien quisiera juzgar mi situación económica únicamente por ese reloj, probablemente estaría viendo justamente lo contrario de lo que imaginó Fernando. Llevar un reloj chino de S/ 9.90 revela objetivamente mi propia pobreza material. No cuento con mayores recursos como para tener un reloj de S/ 1000 o más. Y, para ser sincero, tampoco lo quiero ni lo necesito.

Ahora bien, reconozco con toda franqueza las verdaderas razones por las que compré aquellos relojes: me gustaron. Evidentemente, no necesitaba cuatro relojes para saber la hora. Con uno bastaba, y probablemente con un celular habría sido suficiente. Los compré porque me gustaron, porque me parecieron bonitos y porque, por ese precio, me pareció que podía darme el gusto.

Me agradó su apariencia. Era plateado, tenía un diseño sencillo de caballero y aquella esfera verde viva me llamó la atención: “verde que te quiero verde…”. Un compañero me prestó su aplicación de Temu —porque yo, dicho sea de paso, no tengo precisamente la costumbre de comprar productos por Temu—, hice el pedido y, aproximadamente un mes después, tenía el famoso reloj en mi mano.

Cuando finalmente lo tuve delante, descubrí inmediatamente que una cosa era la fotografía de la aplicación y otra muy distinta el objeto real -como la mayoría de esos productos venidos de la China-. Lo que en la pantalla parecía un elegante reloj era, en la realidad, una especie de lata desechable con pretensiones de alta relojería. Pero decidí usarlo. Y estaba bastante orgulloso de mi compra. Miraba la hora cada vez que me venía en gana. Al fin y al cabo, para eso es un reloj: para saber ubicarse en el tiempo y en el espacio, como no.

Pero entonces comprendí algo más. El comentario de Fernando no tenía que ver realmente con el reloj. Tenía que ver con la persona que llevaba puesto el reloj. El reloj no era el problema.

Quisiera comprender a Fernando. Tal vez él no estaba viendo simplemente a un hombre con un reloj de S/ 9.90. Estaba viendo a un seminarista, es decir, a alguien que se prepara para ser sacerdote. Y, consecuentemente, esperaba de mí una vida austera, desprendida, libre de lujos, de egoísmos y de una excesiva afición por las cosas materiales. Y, si eso fue lo que pensó, déjame decirte, Fernando: tienes toda la razón.

Un seminarista y, mucho más todavía, un sacerdote, debe cuidar el testimonio que ofrece. No puede vivir de espaldas a la pobreza mientras anuncia a Cristo pobre. No puede escandalizar a los fieles con un estilo de vida incompatible con el Evangelio. No puede convertir los bienes materiales en el centro de su existencia. Nuestro Señor mismo lo dijo: El Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza (Mt 8,20). Por eso, Fernando, tu preocupación no era completamente absurda.

Lo curioso es que mi reloj de Temu te hizo caer en la misma trampa en la que yo había caído: la trampa de las apariencias. Porque aquel reloj parecía una cosa y era otra. Y quizá yo también. No porque yo pretenda esconder algo, sino porque ninguna persona puede ser conocida realmente por lo que lleva puesto. Ni un reloj, ni unos zapatos, ni una sotana, ni un automóvil, ni una fotografía en redes sociales pueden revelar por sí solos lo que hay en el corazón de una persona. Sí, Fernando, las apariencias engañan. No todo lo que brilla es oro. Y aquel reloj, desde luego, no era oro.

¿Por qué compré el reloj? Aquí la reflexión se vuelve un poco más incómoda. Porque, si soy completamente honesto, el problema no está en los soles gastados. La pregunta más interesante es otra: ¿Por qué quería yo ese reloj? ¿Era realmente necesario? ¿Lo compré porque necesitaba saber la hora? ¿O porque me gustaba cómo se veía en mi muñeca? ¿Había detrás de aquella compra un simple gusto legítimo o también un deseo de aparentar algo? Y ¿Cuatro? ¿Por qué no uno solo?

No voy a responder aquí todas esas preguntas. Sea suficiente para los interesados en saberlo que uno compra básicamente un reloj para ver la hora. Fuera de eso, ya no sé qué decir. Claro, si además de darme la hora es un objeto visualmente agradable, pues más sentido tiene comprarlo y usarlo.

Pero precisamente ahí está el punto que me interesa. La austeridad cristiana no consiste simplemente en comprar lo más barato que exista. Tampoco significa que todo objeto agradable sea automáticamente un lujo pecaminoso. La pobreza evangélica es, sobre todo, libertad frente a las cosas. No poseer las cosas hasta el punto de que ellas terminen poseyéndonos. No convertir lo material en nuestra seguridad, nuestra identidad o nuestra razón de vivir. Y esa es una lección mucho más profunda que el precio de un reloj.

Entonces, ¿qué hago con mi reloj de Temu? Al final de todo este episodio, me queda una pregunta bastante sencilla: ¿Qué hago ahora con mi reloj de Temu? ¿Será que lo dejo de usar? ¿Lo guardo en un cajón para que nadie se escandalice? ¿O, por el contrario, lo sigo usando, procurando que nadie vaya a descubrir en él una especie de símbolo de mi supuesta riqueza? Probablemente seguiré usándolo. Primero, porque todavía funciona. Segundo, porque me gusta. Y tercero, porque, después de todo este asunto, cada vez que mire la hora en aquella esfera verde recordaré algo mucho más importante que la hora.

Recordaré que las apariencias engañan. Recordaré que no debo juzgar a una persona por lo que lleva puesto. Pero también recordaré que, como seminarista y futuro sacerdote, debo ser especialmente cuidadoso con aquello que muestro y con el modo en que vivo. No porque tenga que aparentar pobreza, sino porque estoy llamado a vivir la libertad de Cristo, que no puso su corazón en las riquezas.

Así que, querido Fernando, gracias por tu comentario. Quizá no fue la forma más amable de plantearlo y quizá el bloqueo de Sixto te ahorró una conversación que no prometía terminar bien. Pero, entre la provocación y el malentendido, me dejaste una buena pregunta.

Y ahora, cada vez que mire mi reloj de S/ 9.90, intentaré recordar que el problema nunca fue realmente el reloj. El problema —o, mejor dicho, la pregunta— está siempre un poco más adentro. Porque, al final, no importa tanto qué llevamos en la muñeca como aquello que llevamos en el corazón. Y sí, Fernando: la pobreza sigue estando ahí. También en mí. Solo espero que, cuando algún día me toque anunciar el Evangelio como sacerdote, mi vida sea capaz de demostrar que lo que verdaderamente importa no es parecer pobre, sino ser libre para Cristo.

sábado, 1 de agosto de 2026

Conversación con Mons. Salvador Piñeiro por sus Bodas de Plata Episcopales

EPISCOPADO FECUNDO

Queridos amigos de mi canal de YouTube, sean bienvenidos a un nuevo video. Me encuentro en la oficina de Monseñor Salvador Piñeiro. Él es el actual arzobispo de esta arquidiócesis de Ayacucho, mi arzobispo. Y en este tiempo de vacaciones he querido encontrarme con monseñor para entrevistarlo y sobre todo para tener una conversa amena y cordial en vista de sus 25 años como obispo que se cumplirán el próximo 2 de septiembre, una fiesta en la que nos reuniremos como arquidiócesis para festejar a nuestro arzobispo por estos 25 años como pastor de la Iglesia; 16 años en Ayacucho y anteriormente como obispo castrense del Perú.

Monseñor, buenos días. ¿Cómo está?

Contento en el trabajo y sobre todo invitando a las parroquias, a las capellanías para que me acompañen con la oración y la preocupación vocacional. El mejor regalo para el obispo es ver el seminario con jóvenes que apuestan por Jesús, que quieren ser sacerdotes.

Bueno, monseñor, si usted menciona esto de los regalos, quisiera dejar claro que usted me hizo un gran regalo a mí y fue el hecho de invitarme a trabajar con usted en estas oficinas durante un año y medio aproximadamente en el año 2023 hasta mediados del 2024, cuando después decide enviarme para el seminario de Huancayo a culminar mis estudios teológicos. Entonces, que quede claro que estoy muy agradecido, monseñor, por esa oportunidad de conocer el trabajo en la curia arzobispal, de conocerlo a usted de cerca en el trabajo como su secretario y pues ahora como su seminarista.

Decíamos al principio que queremos conocer un poco más sobre su vida como obispo. Sabemos que cumplirá estos 25 años de consagración o de ordenación episcopal el próximo 2 de septiembre, pero nos gustaría, monseñor, que nos contara cómo fue este llamado al episcopado, el momento en el que usted se encuentra como párroco en Lima, como sacerdote con más de 25 años de experiencia, habiendo pasado también por la rectoría del seminario en Lima y pues cómo el Santo Padre lo llama para ejercer esta función episcopal.

Estaba de párroco en Santa Rosa de Lince, que tiene también 50 años. En esos días se fundaba una parroquia muy fraterna que cultivaba el primer colegio parroquial del Perú. Yo no tenía mucha experiencia en las cosas educativas, pero uno va aprendiendo en el camino y recibo la llamada a nunciatura, me citan a una reunión. Acudo y el nuncio de aquel entonces, monseñor Rino Pacigato, me dice al grano: “Lo he llamado porque el Santo Padre quiere que sea usted el obispo militar del Perú”.

Y le digo: “Señor Nuncio, ¿tendré cualidades para eso?” “Ya quienes lo han presentado sabrán por qué.” “¿Puedo consultar a alguien?”.

“No, no hay que consultar. Vamos a la capilla”.

Y me llevó, me hizo una oración, me dio unos documentos y me dijo: “Tenga usted la noticia en reserva porque es el único obispo en el Perú que tiene que tener el mandato, el encargo del Gobierno; hay que consultarlo al Estado. Tiene que ser peruano de nacimiento y el beneplácito del presidente de la República”, que en esos días era don Valentín Paniagua, porque ciertamente pues es un cargo especial cuidar del soldado, del policía de la patria.

11 años he caminado por todos los lugares donde ellos sirven para darnos libertad para poder vivir en democracia y acercarme a las familias de los soldados, estar en las escuelas militares, en los colegios, un trabajo muy especial, una diócesis que está en todo el Perú.

Y bueno, el nuncio me dijo: “Quiero estar con usted el día de su ordenación”. Digo: “Pues yo soy párroco de Santa Rosa”. “Ya verá otro la fiesta”. “Bueno, que sea el primer domingo de septiembre”.

Por eso muchos me preguntan por qué se ordenó el 2 de septiembre, porque el nuncio me pidió esa fecha, quería estar conmigo. Después me he enterado que es un día bonito. Ya se los comentaré.

Monseñor, cuando usted dice que le pregunta al nuncio si es que tiene cualidades, habría que recordar que durante sus más de 25 años como presbítero en la Arquidiócesis de Lima llevó cargos de gobierno, ¿no? Sobre todo, como vicario.

Acompañé al cardenal Augusto Vargas todo su pontificado. Fui su vicario general y también un año con el cardenal Cipriani me confió ese trabajo que es importante porque es acompañar a los sacerdotes, a la pastoral, es un pensar con los criterios del obispo y ayudarlo en las cosas administrativas.

Monseñor, recuérdenos ese día de su ordenación episcopal. Estamos hablando del domingo primero de septiembre, que es 2 de septiembre del año 2001. ¿Qué obispo lo ordenó y quiénes la acompañaron allí?

Fue bonito porque todos los capellanes castrenses, militares, fuimos a la iglesia de la Merced porque ella es la patrona de las armas de la patria. Y con la imagen de la Virgen de la Merced fuimos a catedral en peregrinación. Yo salía de la diócesis de Lima, le pedí que el ordenante fuera el cardenal Cipriani, el nuncio que quería estar conmigo y pedí también a monseñor Juan Luis Martín, obispo vicario apostólico en Pucallpa y le dije: “Juan Luis, quiero que tú seas de los ordenantes para agradecer a todos los misioneros, -él es canadiense-, que han venido desde lejos a trabajar en mi patria”.

Fue en la catedral de Lima. Mi catedral castrense es muy pequeña. Inmediatamente que me ordenaron obispo, tomé posesión canónica de la Iglesia castrense. Me acompañaron los altos dignatarios de las fuerzas armadas y policía. Fue una celebración muy especial porque también, como miembro del Consejo Interreligioso, asistieron de todas las confesiones, el obispo anglicano, los pastores luteranos, el rabino judío me acompañaron. Fue un acontecimiento eclesial y ecuménico.

Monseñor, ese día le acompañaron sus familiares, ¿estaban sus padres vivos?

No, ya no. Desde el cielo. Ellos me acompañaron desde el cielo, mis hermanos, la familia más cercana, por cierto, me acompañó delegaciones de las parroquias donde yo había servido, el Carmen en San Miguel, Santísima Cruz de Barranco y Santa Rosa de Lince.

Por eso en mi escudo, que es como un lema, un programa, puse la bandera patria, el monte Carmelo, la Cruz y la Rosa Heráldica. Las tres parroquias es lo que yo podía, servir a la Iglesia con la experiencia que he tenido de párroco, y como lema, el que trabajó tanto santo Toribio de Mogrovejo: “El Señor es mi fortaleza”. El salmo que nos recuerda que no estamos solos, que estas obras no son humanas, yo nunca pensé ser obispo y menos castrense, pero uno va aprendiendo, el Señor le asiste y fue el regalo que me dio san Juan Pablo II, que cuando fui a agradecerle le dije “me ha puesto usted en un momento muy especial en la patria. Han cambiado los jefes militares, hay un nuevo amanecer en la política y también como trabajo ya no hay obligación del servicio militar, con lo cual esas historias negras, esas esclavitudes fueron desapareciendo y por eso ahora el soldado, el policía, pues opta de una manera libre para servir a la patria”.

Sabemos, monseñor, que el orden sacerdotal comprende el diaconado, presbiterado y el episcopado. ¿Qué puede hacer un obispo que no hace un sacerdote?

El Obispo puede delegar muchas cosas al sacerdote, pero este no puede ordenar, no puede consagrar diáconos, presbíteros a otros hermanos. Esa es función apostólica, es un encargo muy especial del obispo.

Y en estos 25 años como obispo, habrá ordenado usted muchos diáconos, sacerdotes y obispos a su vez. Coméntenos.

Sí, muchos. Una cincuentena tendré en la lista. Cuando era obispo en Lima, pues algunas familias religiosas me pedían también que ordenase a sus estudiantes. Y entre los de gran emoción, cuando era presidente de la Conferencia Episcopal, Robert Prevost me llama y me dice: “Quiero que seas tú de los ordenantes”. Y tuve que ir a Chiclayo, emoción, ordenar al que es hoy día el Papa.

Y por eso en enero cuando fui a saludarlo con los obispos del Perú me emocionó cuando me dijo: “Salvador, ¿te acuerdas que me arrodillé delante tuyo para que me hicieras obispo? Ahora reza para que sea buen papa”.

Un corazón humilde, un hermano muy querido entre nosotros como obispo, cómo nos acompañaba en todas las actividades, jubileos, celebraciones, identificado con este Perú, por eso tiene corazón peruano.

Monseñor, me alegra muchísimo saber que esas manos que consagraron obispo al que hoy es el Papa, me consagrarán a mí como diácono el mismo día 2 de septiembre.

Es el mejor regalo para mis Bodas de Plata ordenar a dos diáconos y a un sacerdote, porque es lo único que no puedo delegar y es lo que nos hace grandes ante los ojos de Dios.

Como decía san Juan María Vianney, me postro con humildad y me levanto sacerdote, me levanto lleno de las bendiciones de Dios. Que nos acerquemos con un corazón humilde para que el Señor nos dé su bendición, su fortaleza y podamos cumplir la misión del diaconado que te voy a confiar que es tan sencillo, proclamar la Palabra, ese mensaje de Jesús que convierte, ser el servidor del altar, ser el que cuida de las obras apostólicas, especialmente de aquellas tareas, como lo haces con dedicación, donde más se necesita el consuelo y la esperanza, la cárcel, el hospital, el asilo, el puericultorio donde hay tantos hermanos que sufren y esperan.

El obispo, hemos dicho, ha recibido la plenitud del orden sacerdotal, de modo que también ha sido alguna vez ordenado diácono. Monseñor, ¿recuerda esa época en su vida?

Sí, me ordenó de diácono el cardenal Juan Landázuri, que era mi obispo de Lima y yo estaba en la parroquia de Barranco, en la Santísima Cruz. Era los que, de último año, pasábamos a hacer la pastoral en esa parroquia. Y un 2 de julio, en ese tiempo era en el calendario la fiesta de la Visitación de María. Fue el cardenal a Barranco, me ordenó, me acompañaron mis papás y estuve un año de diácono en Barranco, al lado de un gran obispo, un gran maestro de la vida apostólica, monseñor Germán Smith.

Soy testigo de su entrega, de su vida y por esas cosas de la historia, cuando él era encargado del cono sur de la gran Lima, cayó enfermo, un cáncer. Y el cardenal Vargas me dijo: “Acércate donde Germán, acompáñalo y tú te vas a encargar del trabajo que él tenía”. Y por esos 7 años también, además de ser párroco en Barranco, era el coordinador en el cono sur, lo que hoy es la diócesis de Lurín.

Monseñor. Y en el episcopado está el pastoreo de una diócesis, usted unos años como castrense y luego como arzobispo de acá de Ayacucho. ¿Qué sería lo más difícil de gobernar una iglesia?

Bueno, este es un examen que me estás tomando.

Vine aquí a los Andes traído por Benedicto XVI. Estaba trabajando en la diócesis castrense como ordinario militar del Perú y me pide venir aquí y encontrar pues una comunidad piadosa, unos Andes que nos dificultan los traslados, pero también en el corazón de todos estos fieles que han conocido las horas del terror, del odio, de la muerte. Pero un pueblo que sufre, pero que cree, que lleva la cruz de Cristo con esperanza.

Y por eso, si han habido dificultades, hemos sabido superarlas y esperamos pronto que se consuelen esos corazones entristecidos, más de 16,000 desaparecidos; que ojalá se sigan esos trabajos para aliviar el recuerdo, el dolor en el corazón de tantas madres, de tantas esposas que no pueden olvidar la memoria del esposo, los hijos. Hay mucho dolor, pero hay también esperanza.

Sabemos, monseñor, que esta carga del episcopado, del gobierno de una Iglesia, muchas veces los obispos saben sobrellevarla con la ayuda de sus sacerdotes, pero también de tantos laicos que se comprometen y que entregan su vida al servicio. Yo quisiera recordar ahora a don Alejandro Cabrera Palomino, que fue durante 30 años el síndico de este arzobispado y que hace unos días atrás hemos despedido, que ha partido a la casa del Padre. ¿Qué recuerda de don Alejandro y qué podríamos rescatar de su vida entregada al servicio de la iglesia?

Ciertamente los sacerdotes son la corona y la gloria del obispo y son sus primeros colaboradores, pero también la presencia del laicado, y muy bien que me recuerde de don Alejo. En estos días cumplió su misión, larga y pacientemente unido a la cruz de la enfermedad. Lo ungimos con el óleo santo y cerró sus ojos al mundo, pero abrió su alma al Creador. Un hombre 85 años de edad, más de 30, cuidando los bienes de la Iglesia con una generosidad y una honestidad tan grande.

Esos son los grandes valores, fortalezas en el trabajo del obispo, sus sacerdotes y laicos comprometidos, no entrometidos, sino laicos comprometidos en la obra de la Iglesia, en el cuidado de la evangelización en todas sus áreas, porque también lo administrativo, el ver los bienes, el cuidar del seminario, son tareas muy necesarias.

Esa obra de la Iglesia entendemos que es responsabilidad principal del obispo, pero de todos quienes le colaboramos y entendemos que la vocación de la Iglesia, según nuestra teología en Latinoamérica, es esa opción preferencial por los pobres. Monseñor, ¿cómo ha vivido usted este llamado, este despertar de la opción preferencial por los pobres en su época como presbítero y también como obispo?

Desde la reflexión en Medellín y sobre todo en Puebla, la opción es muy clara. No podemos olvidar esa dimensión en la pastoral del anuncio, de la celebración y del acompañamiento. Allí donde hay sufrimiento, donde hay dolor. Ese es el evangelio de Jesús. Estas son las bienaventuranzas. Trabajar para lidiar, para construir una civilización de amor, no con odios, con rencores, sino con la fuerza del perdón, el sacrificio.

San Agustín, el gran maestro de la teología, dice que el episcopado es honor y carga, honor et onus. Hay fatiga, hay trabajo, pero también hay el honor de poder servir, de poder ayudar a los hermanos.

El Santo Padre Francisco llevó, digamos, muy presente esta opción preferencial por los pobres en sus palabras y sobre todo en sus gestos. Y eso lo agradecemos mucho como Papa latinoamericano que fue. Pero también nos introdujo a esa vocación de la Iglesia del tercer milenio que es la sinodalidad. En este caso, monseñor, ¿qué tan sinodal ha sido usted como obispo y en qué hechos concretos podemos comprender que la Iglesia vive este camino de sinodalidad?

Aquella palabra griega tan antigua, caminar juntos. El obispo tiene que estar, como decía el Papa Francisco, delante llevando las ilusiones o quizás en medio acompañando o al final empujando a todos para que caminemos. El obispo es el pastor. Por eso el báculo es para llamar, para guiar, para orientar.

Es lo hermoso de la Iglesia, que prestamos nuestra voz aquí también en Ayacucho. Otoniel, Juan Luis, Luis Abilio, hoy Salvador, proclamamos la palabra de Jesús usando nuestra voz, nuestros gestos, nuestra manera de ser. Por eso agradezco tanto esa actitud de escucha de nuestro pueblo. Siempre están atentos a la llamada del obispo, a los programas que hacemos.

No son fáciles las reuniones por las distancias, por las dificultades que se presentan en el camino, pero hemos tenido buenos momentos y sobre todo mucho me han acompañado los profesores de religión, que son también las manos del obispo. Yo no puedo llegar a todas las aulas. Y ellos, a los niños, a los jóvenes, les están recordando el mensaje de Jesús, la historia de la Iglesia.

En estos 25 años de obispo, monseñor, sabemos que ha tenido muchísimas oportunidades para llevar a cabo la misión de la Iglesia. Ha conocido cuatro papas, ha estado en dos misiones episcopales, el obispado castrense y la Arquidiócesis de Ayacucho. Pero de estos 25 años, algún momento o algunos momentos culmen eh de alegría, de satisfacción en los que has sentido que realmente vale la pena entregar toda una vida a Cristo con más de 50 años también como sacerdote.

Cómo en el mundo castrense esperaban con ilusión la llegada del obispo y estaban atentos a mi mensaje. Los capellanes me preparaban el camino para celebrar. Yo creo que era el obispo que más confirmaba jóvenes en el servicio militar, en los colegios, en las academias.

Entonces, el Señor nos ha dado muchas alegrías y en estos Andes tuve oportunidad de participar en varios sínodos, como me has recordado, cuatro papas me han recibido a los que he podido darles mis confidencias, mis ilusiones. Siempre me he sentido acompañado.

Cuando alguien me preguntaba, ¿ha visto algún momento de frustración? Les soy honesto. En mis 53 años de cura nunca me he sentido frustrado. El Señor nos da fortaleza. Ciertamente hay horas de fatiga, no faltan las incomprensiones, pero también los consuelos, la bendición de Dios. Él siempre nos fortalece, nos acompaña en el camino.

Esa vida de entrega y de consagración a través del orden sacerdotal, sabemos, se hace a través de unas promesas especiales. Los religiosos hacen votos de pobreza, castidad y obediencia. Los diocesanos hacemos promesas. ¿Cuáles son estas promesas, monseñor, y cómo las ha vivido? ¿Y qué consejos también nos da los que nos vamos a adentrar a este mundo de consagración?

San Benito dice: “Todos los cristianos tenemos que tener un corazón limpio. Tenemos que ser generosos, nada de avaricias. Tenemos que ser humildes, sencillos”. Los consejos del evangelio son para todos, pero para nosotros la nupcialidad, el desposorio.

Yo me caso con mi parroquia, no voy a estar aquí por 2 años, el tiempo que Dios me permite. 16 años me tuvo en San Miguel, 8 años en Barranco, 2 años en Lince y los viví intensamente.

Aquí no es que voy a estar un tiempito, voy a ver, no, no, no. La opción es para siempre. Y escuchando la voz de nuestros superiores, cumplir el mandato de estabilidad, de verdadera entrega a la comunidad. No hay que ponerle a Dios límites. Hay que ser generosos.

Monseñor, nosotros los que hemos compartido con usted acá en la curia, en la Arquidiócesis durante estos años, damos gracias a Dios por su testimonio, por la misericordia de Dios que se derrama a través de sus manos, de sus gestos, de sus palabras. Y no nos gustan las despedidas, pero sabemos que todo lo que empieza acaba y en algún momento también el Santo Padre aceptaría la renuncia que de rigor corresponde por los años de servicio a los obispos al cumplir sus 75 años de edad. A nosotros, ciertamente, nos gustaría que permaneciera en Ayacucho todo el tiempo que sea posible, pero ¿cómo le gustaría a usted ser recordado por la Iglesia y por la Arquidiócesis de Ayacucho?

Ya cumplí lo que manda el canon. Entregué personalmente mi dimisoria al Papa Francisco y le dije: “Santidad, no voy a ser un obispo jubilado, sino jubiloso”. Y me dijo: “Me gusta, me gusta eso”. Me agradeció el trabajo. Estoy en espera de que los superiores, el Papa León, nombre a mi sucesor.

Pero no hay que ponernos plazos, límites. Ya veremos hasta cuándo. Lo que sí, regresaré a Lima por una razón, mi familia de sangre y también los años que he servido allá y dejarle libertad al que viene. Le dejamos una Iglesia unida, misionera, para que siga anunciando ese cariño, ese amor fraterno que tenemos que vivir los cristianos.

Y nosotros, los laicos y los sacerdotes y diáconos, seminaristas de la Arquidiócesis, que amamos mucho a monseñor Salvador, también recibiremos con alegría y con mucha esperanza al nuevo obispo, que el Santo Padre decida para esta iglesia arquidiocesana.

Monseñor, para ir culminando esta conversación, ¿qué mensaje nos daría usted a los que nos va a ordenar el 2 de septiembre, miércoles, a las 10 de la mañana en la catedral en las bodas de plata episcopales? Dos diáconos y un sacerdote.

El mejor regalo para el obispo son sus sacerdotes. Y que esta jornada jubilar nos haga amar al seminario. 400 años que fundaron el seminario de San Cristóbal en Ayacucho. Que sigan viniendo jóvenes que le digan sí a Jesús. Cuenta conmigo. Apuesto por la Iglesia. Quiero trabajar en nuestros Andes para que no falte el anuncio del evangelio, para que la Virgen desde Cocharcas nos siga cuidando, para que se alejen los males en el alma y en el cuerpo, porque ella es salud de los enfermos, porque ella es refugio de los pecadores.

Muchísimas gracias, monseñor, por sus palabras, por recibirnos aquí en su oficina y antes de dejarlo tranquilo para que siga trabajando, por favor impártanos su bendición y a todos aquellos que verán este video en mi canal de YouTube.

A través de la imagen televisiva, Pedro me ha confesado, pero ahora yo con mucha alegría les doy la bendición. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Amén. Muchas gracias, monseñor.

sábado, 11 de julio de 2026

Palabras en el cuatricentenario del Seminario de Ayacucho

SEMINARIO CONCILIAR SAN CRISTÓBAL DE HUAMANGA

Gracias, padre rector Jorge Miguel Palomino Roca. Agradezco también de manera especial la presencia de monseñor Salvador Piñeiro, que esta noche nos acompaña y comparte con nosotros, sus seminaristas, este momento tan significativo.

Nos encontramos en las vísperas de un nuevo aniversario de nuestro querido Seminario Conciliar San Cristóbal de Huamanga. Quienes realizamos actualmente nuestros estudios en Huancayo hemos llegado hoy a Ayacucho para iniciar nuestro tiempo de vacaciones, y qué mejor manera de hacerlo que encontrándonos nuevamente en casa y celebrando la vida y la historia de nuestra casa de formación.

Quien les habla es Pedro García, seminarista del cuarto año de Teología. Me encuentro en esta etapa final de la formación inicial, preparándome para recibir aquello que Dios ha ido poniendo y confirmando en mi corazón: el ministerio como servicio a Dios y a su pueblo. Es comenzar a ver más cerca el cumplimiento de una vocación que, durante tantos años de seminario, se ha ido formando, discerniendo y afianzando.

Estar en cuarto año de Teología significa, ante todo, dar gracias a Dios por el llamado recibido y disponerse a responder a él con humildad y valentía. Porque no caminamos solos ni llegamos hasta aquí únicamente por nuestras propias fuerzas. Es la Iglesia la que ha confiado en nosotros y es Dios quien, a través de ella, nos va abriendo las puertas para servir allí donde Él nos quiere.

Por eso, celebrar un nuevo aniversario del Seminario Conciliar San Cristóbal de Huamanga es para todos nosotros motivo de profunda alegría y de esperanza. Como bien lo ha señalado nuestro padre rector, la Iglesia ayacuchana puede mirar al futuro con esperanza porque cuenta con jóvenes que, a pesar de nuestras limitaciones, hemos querido decirle sí al Señor y estamos dispuestos a entregar nuestra vida al servicio de esta Iglesia que nos ha visto nacer y crecer en la vocación.

Que este aniversario sea también una ocasión para dar gracias por quienes nos precedieron, por quienes hicieron posible la historia de este Seminario y por todos aquellos que hoy continúan sosteniendo nuestra formación con su oración, su cercanía y su confianza.

Y que el Señor nos conceda perseverar hasta el final, para que aquello que un día puso como una inquietud en nuestro corazón llegue a convertirse plenamente en una vida entregada al servicio de Dios y de su pueblo.

miércoles, 1 de julio de 2026

Entrevista a la Madre Siomara Elena Garro, mercedaria del Niño Jesús

ENTREVISTA A LA MADRE SIOMARA

Entrevistador: Queridos amigos, acá en el Seminario San Pío X hemos contado con una grata visita: la madre Siomara, quien nos ha acompañado durante esta semana. Ha sido para nosotros realmente una bendición contar con su presencia. La madre Siomara es docente de algunos de nuestros hermanos seminaristas, y los momentos que hemos compartido con ella, así como las experiencias que nos ha transmitido, sin duda nos animan.

Por eso queremos entrevistarla en esta oportunidad.

Madre Siomara, bienvenida al Perú. Bienvenida al Seminario San Pío X.

Madre Siomara: Muchas gracias. La bendecida soy yo por conocer una tierra tan linda y una gente tan linda.

Entrevistador: Acá nos acompañan algunos de nuestros hermanos seminaristas y quisiéramos conocer, madre Siomara, desde su propia descripción: ¿quién es Siomara Elena Garro?

Madre Siomara: Bueno, en primer lugar, soy de nacionalidad argentina. Nací en una provincia muy bella de la Argentina que se llama Entre Ríos.

Pertenezco a la Congregación de Hermanas Mercedarias del Niño Jesús, una congregación fundada en Argentina por un sacerdote argentino.

El carisma fundacional tiene que ver con la redención de los cautivos; ese es el carisma de mi congregación.

Soy docente. Trabajé siempre en la escuela primaria y también en niveles superiores. Por lo tanto, toda mi vida ha estado profundamente enraizada en el servicio educativo.

Actualmente vivo en la provincia de Entre Ríos, donde nací, en una comunidad formada por cuatro hermanas. Nuestra misión está dedicada a la animación de los equipos de conducción de cinco obras educativas de la provincia, acompañando y trabajando junto con los laicos.

Entrevistador: Madre, cuando hablamos de una religiosa o de un sacerdote, inevitablemente nos preguntamos por la vocación.

En su caso, ¿cómo sintió la vocación? ¿Cómo experimentó ese llamado? ¿Hubo personas o momentos particulares que la llevaron a consagrar su vida y decirle "sí" al Señor?

Madre Siomara: Voy a tratar de sintetizar.

En primer lugar, nací y crecí en una familia no practicante. Mi padre militaba en un movimiento político claramente antieclesial. De modo que recibí una formación en valores humanos, pero no propiamente una formación cristiana o evangélica.

Nunca estudié en un colegio religioso; siempre asistí a escuelas estatales.

Cuando estaba terminando la secundaria, estudiaba en una escuela normal porque quería ser docente, como lo eran mis padres. Practicaba atletismo y tenis en un club deportivo.

En ese grupo se incorporó un muchacho muy cristiano, muy practicante, alumno de los jesuitas. Él constantemente nos preguntaba si habíamos ido a misa y nos hacía reflexionar sobre la vida cristiana.

Todo eso comenzó a inquietarme.

Un día me invitó a acompañarlo a una casa de acogida para niños con síndrome de Down.

Yo acepté casi por desafío, porque siempre fui una persona muy independiente y bastante desafiante.

Cuando llegué allí quedé profundamente impactada. Ese lugar estaba muy cerca de mi casa. Había visto muchas veces a esos niños tomando sol en verano, pero jamás se me había ocurrido entrar.

Aquella experiencia empezó a moverme interiormente. Comencé a preguntarme:

—¿Quién es Dios?

Por otra parte, estudiaba en un colegio estatal con bastante mala fama. Mis compañeras, muchas veces, antes de entrar al colegio, decidían si asistirían o no a clases.

Recuerdo perfectamente un día en que cruzaba la plaza camino al colegio. Vi a mis compañeras deliberando si entrar o no. Fue un momento muy fuerte para mí.

Allí volví a preguntarme:

—¿Quién es Dios?

Hoy, cuando leo el Evangelio, pienso que quizá esa fue una pequeña experiencia de la compasión que Jesús sintió por la humanidad.

Miré a aquellas chicas y pensé:

—¡Pobres!

Porque, al fin y al cabo, si yo no quería ir al colegio, simplemente no iba. No hacía falta "hacerse la rata", como decimos en Argentina.

Todo eso comenzó a dar vueltas dentro de mí.

Tenía una amiga llamada Susana que estudiaba en un colegio de las Hermanas Mercedarias.

Un día le pregunté:

—Vos que vas al colegio de las monjas, ¿qué hacen las monjas?

Hasta ese momento nunca había conocido de cerca una religiosa.

Ella me respondió:

—Mirá, las monjas son unas taradas...

Perdón por la expresión, pero fue exactamente lo que ella me dijo.

Después empezó a contarme que eran aburridas, que hacían esto o aquello. Claro, ella estaba obligada por sus padres a estudiar allí.

Entonces le dije:

—A mí me gustaría conocerlas.

Ella insistía:

—¿Qué vas a conocer? Son reaburridas.

Sin embargo, un día pasé frente al Colegio San Pedro Nolasco, que era el colegio de las Mercedarias donde estudiaba mi amiga. Toqué el timbre y entré.

Le dije a la portera que tenía una amiga allí y que quería conocer a las monjas.

Había una fiesta en ese momento, así que la portera me dijo que sería difícil encontrar a alguna hermana disponible, pero de todos modos llamó a una religiosa.

Apareció la hermana Carolina.

Le conté:

—Yo no sé nada de Dios, pero quiero saber quién es Dios y quiénes son las monjas. Quiero saber qué hacen ustedes.

Ella me respondió con mucha sencillez:

—Vení otro día.

Yo repetía constantemente:

—Pero yo no sé nada de Dios.

Y ella me contestaba:

—No importa.

Comencé entonces a visitarlas.

La primera vez me recibió ella sola.

Otra vez me atendieron en el comedor junto con toda la comunidad.

Y cuando entré allí sentí algo muy fuerte.

Pensé inmediatamente:

—Este es mi lugar.

Lo sentí profundamente.

A partir de entonces comencé a conversar mucho con la hermana Carolina.

Ella un día me preguntó:

—¿No querés venir en enero a hacer una experiencia con nosotras en Córdoba?

Todos los años yo iba de vacaciones a Mar del Plata.

Ese año renuncié al mar y me fui al convento.

Entré llevando solamente una muda de ropa, pensando que iba por un fin de semana para conocer la comunidad.

Nunca más regresé.

Así fue.

Por eso creo profundamente en el llamado de Dios.

Nadie influyó sobre mí.

No estaba escapando de ningún problema.

Estaba de novia, quería casarme, quería ser maestra, quería formar una familia.

Pero cuando uno se encuentra verdaderamente con Jesús y descubre la fe, comienza a reordenar todas las prioridades.

Todo aquello que era bueno y hermoso sigue siendo bueno, pero deja de ocupar el primer lugar.

Hasta el club deportivo, que era prácticamente mi vida, pasó a un segundo plano.

Y así me quedé.

Entrevistador: Madre, en todos estos años de vida consagrada, ¿podría decir que ha sido feliz?

Madre Siomara: Muy feliz.

Mirá que normalmente hago mi examen de conciencia cada noche antes de acostarme.

Como vivimos con distintos horarios pastorales, muchas veces regreso sola a la comunidad.

Y todos los días siento que tengo muchísimo que agradecerle a Dios, porque cada jornada Él siempre me regala algo.

¿Hay dificultades? Sí. ¿Hay problemas? Sí. ¿Hay cansancio? Sí. Pero el Señor nunca te abandona.

Entrevistador: Eso precisamente es lo que nosotros hemos percibido en usted.

Hay hermanos que han sido sus alumnos y otros que no, pero cuando usted llegó al comedor y saludó a todos con una sonrisa y con tanta alegría, inmediatamente pensamos:

"Esta religiosa realmente es feliz."

Y eso es precisamente lo que queremos transmitir.

Por eso es tan importante conversar con sacerdotes y religiosas.

A nosotros, los seminaristas, nos llena muchísimo escuchar su testimonio, porque nosotros también estamos caminando hacia ese ideal.

Queremos responder al Señor, y el testimonio de ustedes realmente nos anima.

Madre Siomara: Claro que sí.

Entrevistador: Gracias, madre, por su testimonio, por su alegría y por transmitirnos a Dios desde toda la experiencia que tiene.

Madre Siomara: Gracias.

Cuando hice mis primeros votos recé mucho al Señor y le pedí que me regalara un lema para toda mi vida.

Desde entonces lo tengo escrito en un cuadro en mi habitación.

Dice: "Quiero ser libre, alegre y orante." Ese es mi lema.

Cada mañana, cuando me levanto, lo miro y le digo al Señor:

—Jesús, eso es lo que quiero vivir.

Y me esfuerzo por hacerlo.

Pero también sé que todo es puro don de Dios.

Por eso me gusta compartirlo.

Los lemas ayudan mucho.

Entrevistador: Sí, ayudan mucho. Nos centran.

Madre, queremos hablar de diversos temas aprovechando su presencia y toda su experiencia.

En primer lugar, tratemos el tema de la mujer en la Iglesia. En su caso particular, como religiosa y como mujer, se suele decir que la Iglesia tiene rostro femenino. ¿Cómo entender esta expresión?

Madre Siomara: Creo que esta es una expresión con un profundo sentido teológico y pastoral.

En los documentos de la Iglesia se presenta siempre a la Iglesia como madre: una madre que engendra, alimenta y acompaña la vida.

Al mismo tiempo, aparece también la figura de la Iglesia como esposa de Cristo.

Me parece muy hermosa esa imagen de la Iglesia como esposa y como madre. Precisamente eso es lo que le da ese rostro femenino.

Entrevistador: Sabemos que la mujer aporta muchísimo a la Iglesia.

¿Qué aporta la mujer que quizá el varón no aporta?

Madre Siomara: En esto he seguido mucho al papa Francisco.

Siempre me quedó grabado cómo él habla de la presencia de la mujer en la Iglesia, resaltando especialmente su intuición, su sensibilidad, su capacidad de acompañar y su cercanía.

Todo eso hace visible, de alguna manera, la misericordia y la cercanía de Dios.

Ese creo que es el aporte específico de la mujer.

No porque el varón no pueda ser sensible, intuitivo o misericordioso, sino porque son rasgos muy propios del ser femenino.

Me alegró mucho escuchar al papa Francisco expresarse tantas veces en esos términos.

Entrevistador: Con el pontificado del papa Francisco hemos visto cambios importantes en la Iglesia.

Por ejemplo, hoy tenemos a una mujer laica al frente de un dicasterio y a una religiosa como gobernadora de la Ciudad del Vaticano.

Todo esto significa un avance y una manera de reconocer el protagonismo que la mujer siempre ha tenido en la Iglesia.

Más adelante hablaremos sobre la diaconía femenina.

Pero antes quisiera preguntarle: ¿cómo entender la diferencia entre tener poder y tener autoridad?

Madre Siomara: En la vida religiosa hacemos voto de pobreza, castidad y obediencia.

Durante mucho tiempo la autoridad fue entendida y vivida como poder.

Sin embargo, desde hace bastante tiempo la Iglesia viene reflexionando sobre esto, porque tenemos el mejor modelo: Jesús.

Él nos enseñó que la autoridad es servicio.

En mi congregación hemos trabajado mucho este tema y considero que ha sido uno de los cambios más importantes que he visto durante mi vida religiosa.

La autoridad es una mediación, un servicio que acompaña y anima la vida personal y comunitaria, buscando siempre la voluntad de Dios.

Esa es su verdadera función.

Por eso, toda forma de autoridad que pretenda imponerse sobre las personas deja de ser evangélica.

No son compatibles el poder entendido como dominio y la autoridad cristiana.

Yo fui parte del gobierno general de mi congregación durante veinticuatro años: doce años como vicaria general y luego doce años como superiora general.

Aprendí muchísimo.

Es posible vivir la autoridad como servicio, pero exige despojarse de uno mismo, comprender al otro, ponerse en su lugar y buscar juntos la voluntad de Dios.

Uno no posee toda la verdad; la buscamos comunitariamente.

Para eso sirve la autoridad.

Si no es servicio, deja de tener sentido.

Entrevistador: Entonces podríamos decir que el verdadero poder y la verdadera autoridad en la Iglesia son el servicio al Pueblo de Dios para discernir y realizar la voluntad del Señor.

Madre Siomara: Exactamente.

Entrevistador: Hablemos ahora de la vida religiosa.

Después de tantos años de experiencia, incluso como superiora general, ¿qué ha cambiado desde que usted hizo su profesión religiosa hasta hoy?

Madre Siomara: Cuando ingresé a la congregación ya había terminado el Concilio Vaticano II.

Después del Concilio, la Iglesia pidió a todas las congregaciones religiosas, masculinas y femeninas, revisar sus constituciones y directorios para adecuarlos a las orientaciones conciliares.

Por lo tanto, cuando ingresé ya existían muchas modificaciones.

Sin embargo, desde entonces hasta hoy han cambiado muchísimas cosas.

No ha cambiado lo esencial.

En nuestras constituciones existe un capítulo dedicado a la identidad de la congregación: nuestro carisma y nuestra espiritualidad.

Eso no se toca, porque forma parte del Evangelio y del don recibido por nuestro fundador.

Lo que sí cambia son las formas concretas de vivir los consejos evangélicos.

Por ejemplo, la pobreza.

Hace treinta años era muy distinta.

Nosotras hacemos voto de pobreza y todo debe ser común.

Nada es mío; todo es de todas.

Pero hoy vivimos en un mundo con cuentas bancarias, tarjetas de débito y otros sistemas económicos que antes no existían.

Cada hermana trabaja y recibe su sueldo en una cuenta personal.

Entonces aparecen desafíos nuevos para vivir realmente el compartir.

Por eso tenemos un fondo común donde todas aportamos.

Seguimos cultivando el espíritu de que todo es para el bien común y que ninguna hermana pase necesidad.

No importa quién gane más o menos.

La igualdad sigue siendo un valor fundamental.

También cambió la manera de vivir la castidad.

Cuando yo ingresé existía mucho temor frente a las expresiones afectivas.

Había desconfianza hacia las amistades particulares o las relaciones demasiado cercanas.

Todo parecía peligroso.

Eso ha cambiado mucho.

Hoy somos hermanas.

Es normal que algunas tengan una amistad más cercana con otras.

Tenemos también amigos y amigas laicos.

Naturalmente debemos cuidarnos mutuamente porque seguimos siendo personas humanas y necesitamos ayudarnos a custodiar la propia vocación.

Respecto al voto de obediencia también hubo un cambio importante.

Antes el superior tenía prácticamente la última palabra y muchas hermanas no expresaban realmente lo que pensaban.

Eso prácticamente ha desaparecido.

Incluso el modo de tratarnos ha cambiado.

Nosotras somos todas hermanas.

Existen los cargos de gobierno porque son necesarios organizativamente, pero en la vida cotidiana somos hermanas.

Antes la superiora tenía su asiento propio en el comedor, su lugar exclusivo en la capilla, y nadie podía ocuparlo.

Hoy todo es mucho más fraterno, cercano y circular.

En definitiva, han cambiado las formas, pero no la esencia.

Entrevistador: Estos cambios pueden parecer un avance e incluso hacer más atractiva la vida religiosa para los jóvenes.

Sin embargo, muchas veces se habla de una crisis vocacional.

Desde su experiencia, ¿ve esperanza para el futuro de la vida religiosa?

Madre Siomara: No sé si la esperanza la veo tanto en lo cuantitativo, pero sí la veo claramente en lo cualitativo.

En mi congregación tenemos aproximadamente diez jóvenes entre aspirantes y hermanas de votos temporales.

En Argentina eso ya es un número importante, sobre todo comparado con otras congregaciones que llevan años sin recibir ninguna vocación.

Yo observo en nuestras hermanas jóvenes un enorme deseo de vivir con fidelidad y coherencia su consagración.

Quizá lo viven de un modo distinto al nuestro.

A las generaciones mayores nos cuesta más porque fuimos formadas dentro de esquemas muy estructurados.

Ellas, en cambio, nos ayudan a descubrir maneras nuevas de vivir el mismo carisma sin perder la esencia.

Nosotras, las hermanas mayores, tratamos de recordar aquello que es irrenunciable la vida espiritual; la vida fraterna; la vida compartida; el compromiso pastoral; la responsabilidad; la corresponsabilidad en la misión de la congregación y de la Iglesia.

Eso no puede negociarse.

Ellas, por su parte, nos aportan espontaneidad, libertad para expresarse, cercanía y una manera distinta de relacionarse.

También nos ayudan a relativizar cosas que antes considerábamos fundamentales y que quizá no lo eran tanto.

Nos vamos humanizando mutuamente.

Cuando pienso en estos cambios, creo que el mayor beneficio ha sido precisamente la humanización.

Antes existían estructuras muy rígidas que, sin ser malas, podían hacernos perder humanidad.

Hoy podemos decir con naturalidad:

—Hoy estoy muy mal. Necesito un poco de silencio.

Antes eso era impensable.

Y esa posibilidad de expresar lo que vivimos también forma parte de la vida fraterna.

Entrevistador: Hace un momento usted decía que la esperanza está más en lo cualitativo que en lo cuantitativo.

Hay una frase atribuida a san Juan Pablo II que dice, aproximadamente: "La Iglesia, depositaria de la verdad, debe defenderla, aunque lleguemos a ser solamente doce."

¿Qué piensa usted de esa afirmación?

Madre Siomara: En la vida religiosa solemos repetir una expresión: "Somos pocas y pobres."

Pero eso nunca debe hacernos perder la esperanza.

Cuando hablaba de lo cuantitativo me refería precisamente a eso.

Podemos ser pocas y pobres, pero debemos renovar constantemente la centralidad de Jesucristo y del Evangelio.

Esa es la esencia de la vida religiosa.

Más que preocuparnos por cuántas somos, debemos preocuparnos por ser un signo creíble y profético del Reino de Dios.

Tampoco podemos escondernos porque seamos pocas.

El Evangelio habla de la levadura en la masa.

La levadura es pequeña, pero transforma toda la masa.

No se trata de conformarnos con ser pocas.

Se trata de seguir siendo presencia significativa.

A veces se dice que quizá un día desaparezca este modo concreto de vida religiosa.

Puede ocurrir.

Tal vez desaparezcan ciertos formatos.

Lo que nunca desaparecerá será el seguimiento radical de Jesucristo.

Quizá llegue un tiempo en que ya no existan religiosas con hábito.

Nosotras todavía lo usamos, pero podría cambiar.

La Iglesia tendrá que preguntarse de qué manera seguirá siendo presencia en un mundo cada vez más secularizado.

Habrá que repensar cómo ser levadura en medio de la sociedad.

Eso supone un gran despojo.

Antes éramos muchas y podíamos sostener solas nuestras obras.

Hoy necesitamos caminar junto a otras congregaciones.

Nosotras tenemos comunidades intercongregacionales donde religiosas de distintas familias compartimos la misión.

Trabajamos en red porque solas ya no alcanzaríamos.

Pero no creo que la vida religiosa desaparezca.

Dios sigue llamando.

La vida religiosa no es un invento humano; es un don de Dios para la Iglesia.

Por eso miro el futuro con esperanza.

Entrevistador: Ciertamente. Nosotros, en el ambiente del seminario, repetimos con frecuencia aquella petición del Evangelio: «Rueguen al dueño de la mies para que envíe obreros a su mies.» No solo sacerdotes, sino también religiosas, familias misioneras y tantos otros llamados al servicio del Reino.

Madre, dentro de todo lo que el papa Francisco ha impulsado en la Iglesia, y siendo usted argentina, seguramente siente una conexión especial con el tema de la sinodalidad.

¿Cómo debemos entenderla? ¿Qué quiso enseñarnos el Papa?

Madre Siomara: Creo que lo que ha hecho Francisco es recoger lo que ya planteó el Concilio Vaticano II.

En realidad, ninguno de estos temas es completamente nuevo. Todos los papas han ido realizando una recepción y actualización del Concilio.

Lo que Francisco nos propone es un llamado muy fuerte a renovar la Iglesia para que sea fiel al hombre y a la mujer de hoy, sin perder nunca su esencia.

Uno de los objetivos fundamentales de la sinodalidad es actualizar la presencia de Cristo Resucitado en la vida del cristiano.

Es volver a poner a Jesús en el centro.

Si uno lee el documento final del Sínodo, verá que todo está atravesado por un gran llamado a la conversión.

No habrá cambios verdaderos en la Iglesia mientras no haya conversión.

Y la primera conversión consiste en volver a la presencia del Espíritu Santo que habita en nosotros.

¿Y para qué nos convierte el Espíritu?

Para identificarnos con el proyecto redentor del Padre y asociarnos plenamente a la misión de Jesucristo.

Todos estamos llamados a eso: bautizados, ministros ordenados y personas consagradas.

Después vendrán las demás conversiones que el documento menciona: la conversión de las relaciones, la conversión de los procesos y la conversión de las estructuras.

Pero todo comienza en el corazón.

Desde ahí entiendo la sinodalidad.

Esto implica también revisar nuestra identidad bautismal.

Tenemos que preguntarnos seriamente cómo vive hoy el bautizado su fe en medio de un mundo tan complejo.

Vivimos muy influenciados por la cultura contemporánea y, casi sin darnos cuenta, podemos ir diluyendo el Evangelio.

Por eso considero que lo primero es recuperar con fuerza nuestra identidad de hijos de Dios.

Después vendrán naturalmente el caminar juntos, el escucharnos, el respetarnos y el valorarnos mutuamente.

Todo eso será consecuencia de una auténtica conversión interior.

Entrevistador: Hemos dicho que este camino sinodal fue impulsado especialmente por el papa Francisco.

¿Cree usted que el papa León XIV le está dando continuidad?

Madre Siomara: Creo que sí.

Naturalmente, con su propio estilo y con sus propios aportes.

Eso me alegra mucho.

A veces los católicos vivimos demasiado pendientes de comparar a un Papa con otro.

Nos preguntamos si continuará la misma línea, si cambiará todo o si se opondrá a lo anterior.

Yo veo que el papa León está marcando su propio estilo, pero al mismo tiempo está dando continuidad.

Y eso evita desorientar a la Iglesia.

Si un Papa impulsa una Iglesia entendida como Pueblo de Dios, corresponsable, que discierne y camina unida, y luego viniera otro diciendo que todo corresponde exclusivamente a los ministros ordenados, se produciría una ruptura muy grande.

Por eso me alegra ver que continúa promoviendo la corresponsabilidad, el trabajo conjunto y la participación de todos los bautizados.

Entrevistador: Precisamente dentro de esa participación de todos aparece también la mujer.

Ayúdenos, por favor, a distinguir entre diaconía femenina y diaconado femenino.

Son dos conceptos que hoy se escuchan mucho y que, en la práctica, suelen confundirse.

Madre Siomara: Creo que la diaconía femenina tiene que ver con un servicio pastoral específico.

Es un ministerio confiado a mujeres para realizar determinadas tareas pastorales concretas, normalmente respaldadas por un envío o una bendición de la Iglesia.

Esto ya existía en las primeras comunidades cristianas.

Las mujeres ejercían diversos servicios: acompañaban comunidades, cuidaban de los más vulnerables, trabajaban con los pobres y asumían responsabilidades pastorales importantes.

Eso pertenece al ámbito de la diaconía.

Y hoy muchas religiosas siguen realizando esas tareas, especialmente en lugares donde no hay presencia estable de sacerdotes.

Otra cosa distinta es el diaconado femenino entendido como ministerio ordenado.

Ahí entramos ya en el ámbito del sacramento del Orden.

No es simplemente desempeñar un servicio pastoral durante un tiempo, sino recibir un ministerio estable con carácter sacramental.

Francisco amplió los ministerios instituidos, como el lectorado y el acolitado, y creó también el ministerio instituido del catequista.

Incluso se habla de reconocer oficialmente otros servicios, como el de quienes trabajan en Cáritas.

Pero cuando se habla del diaconado femenino, la cuestión cambia porque ya no se trata únicamente de un ministerio instituido, sino de un ministerio ordenado.

Y ahí la reflexión todavía continúa.

Entrevistador: Ese es justamente el punto más debatido.

Madre Siomara: Exactamente. La diaconía ya existe. El problema es el ministerio ordenado.

He leído investigaciones sobre las llamadas diaconisas de los primeros siglos y sobre mujeres que colaboraban estrechamente con los obispos, llegando incluso a representarlos en determinadas comunidades.

Pero la Iglesia todavía considera que no existen todos los elementos necesarios para equiparar esas experiencias históricas con el diaconado permanente tal como hoy lo entendemos.

También pienso en otro dato.

El diaconado permanente fue restaurado después del Concilio Vaticano II.

Han pasado más de sesenta años y todavía hay lugares donde cuesta comprender plenamente su identidad y misión.

En Argentina, por ejemplo, existen diócesis donde aún genera ciertas reservas, mientras que en otras el diaconado permanente ha dado frutos extraordinarios.

Entonces, pensar ahora en un diaconado femenino requerirá también un largo proceso de reflexión eclesial.

Ojalá pueda darse, si esa es la voluntad de Dios y de la Iglesia.

Porque, en realidad, el ministerio del diácono tiene funciones concretas y limitadas.

Por ejemplo, no preside la Eucaristía.

No se trata de un ministerio que concentre todo el gobierno de la Iglesia.

Muchas de esas tareas perfectamente podrían ser realizadas por mujeres.

Pero yo no soy teóloga ni biblista.

Solo comparto mi percepción personal.

Entrevistador: En la evolución histórica de este tema, algunos estudios han sostenido que el desarrollo de la figura de Febe, la diaconisa mencionada por san Pablo, habría desembocado, de alguna manera, en la vida religiosa femenina actual.

¿Está usted de acuerdo con esa interpretación?

Madre Siomara: A medias. Reconozco que existen semejanzas.

Pero no creo que pueda hacerse una identificación completa.

Si una mujer ocupa determinados espacios únicamente para suplir la ausencia de sacerdotes, me parece que esa no es una fundamentación suficientemente sólida.

La mujer no está llamada simplemente a llenar vacíos. Eso no le da verdadero protagonismo.

Otra cosa muy distinta sería que ese ministerio surgiera naturalmente como parte del desarrollo de la vida y de la misión de la Iglesia.

Entonces sí me parecería muy interesante.

No solo para colaborar donde falta un sacerdote, sino para participar de manera estable en la vida eclesial, con voz, con presencia y con capacidad de contribuir al discernimiento y a la toma de decisiones.

Y aclaro algo. No digo esto porque sea feminista. No soy feminista. Simplemente soy mujer.

Entrevistador: Madre, usted nos ha hablado de su experiencia como docente, catequista y formadora. ¿Cómo anunciar hoy el Evangelio? ¿Cómo catequizar a una generación que vive permanentemente conectada a las redes sociales?

Madre Siomara: Primero tengo que reconocer que soy bastante analfabeta digital. Manejo solamente lo básico. Sí leo y utilizo algunas redes sociales. Aprendo mucho de ellas.

Creo que quienes las usan para evangelizar deben estar muy bien preparados para ofrecer contenidos verdaderamente valiosos.

Pero pensando en los jóvenes de hoy, creo que el desafío principal no consiste únicamente en competir con las redes.

La Iglesia nos propone construir comunidades acogedoras.

Comunidades donde cada joven se sienta reconocido, valorado y amado.

Cuando un joven encuentra una comunidad que realmente lo recibe y le da un lugar, poco a poco comienza a ordenar sus prioridades.

No se trata de demonizar las redes sociales.

No son malas en sí mismas.

El problema aparece cuando terminan absorbiendo a la persona y deshumanizándola.

Por eso insisto tanto en formar comunidades vivas, tanto en las parroquias como en los colegios y movimientos.

Cuando uno descubre su vocación sucede algo parecido.

Antes había muchas cosas importantes.

Pero cuando uno se enamora de Jesucristo, todo comienza a reorganizarse.

No es que aquello anterior fuera malo.

Simplemente deja de ocupar el primer lugar.

Creo que ese mismo proceso puede vivir un joven cuando encuentra una comunidad cristiana donde es acogido, escuchado y valorado.

Muchas veces no encuentra eso ni en su familia, ni entre sus amigos, ni en la sociedad.

Vivimos en un mundo muy competitivo y muy narcisista.

Por eso la comunidad cristiana puede convertirse en ese espacio donde la persona descubre su verdadero valor.

Entrevistador: El papa Benedicto XVI hablaba del mundo digital como un "sexto continente", un nuevo espacio que necesita ser evangelizado.

Y la primera encíclica del papa León XIV, Magnifica Humanitas, al reflexionar sobre la inteligencia artificial y la dignidad humana, nos ayuda precisamente a situarnos ante estos desafíos.

No demoniza la tecnología, pero tampoco la absolutiza.

Nos invita a usarla con discernimiento para que contribuya verdaderamente a nuestra humanización.

Ahí parece estar uno de los grandes retos de la Iglesia: formar personas capaces de usar estos medios con espíritu crítico y con una conciencia iluminada por el Evangelio.

Entrevistador: Madre, todo lo que empieza también termina. Estamos llegando al final de esta entrevista.

He preparado unas preguntas rápidas. Las preguntas serán rápidas, pero las respuestas no necesariamente tienen que serlo.

Comencemos. Un santo.

Madre Siomara: Como mercedaria tengo que decir san Pedro Nolasco. Soy una enamorada de san Pedro Nolasco. Además, fue laico, no sacerdote. Era un mercader que vio cómo muchos cristianos eran tomados como esclavos por los musulmanes. Era un hombre rico, dedicado al comercio, pero cambió completamente el rumbo de su vida y la entregó a la redención de los cautivos.

Todo lo que leo sobre san Pedro Nolasco me apasiona, porque alimenta profundamente mi propio carisma redentor.

Entrevistador: Un libro.

Madre Siomara: El mercader de la libertad, de Carlo Pronzato. Es una biografía de san Pedro Nolasco. La he leído muchísimas veces.

Me gusta mucho porque establece un paralelo muy hermoso entre el mercader de mercancías y el mercader que compra la libertad de las personas.

El lema mercedario dice: «Mi vida por tu libertad». Eso resume perfectamente la vida de san Pedro Nolasco. Pronzato lo explica de una manera extraordinaria.

Entrevistador: Ojalá podamos conseguir ese libro aquí.

Madre Siomara: Yo lo tengo digitalizado. Se los voy a enviar.

Entrevistador: Una virtud.

Madre Siomara: La esperanza.

A veces hablamos mucho de la fe y de la caridad, pero la esperanza parece quedar como la "Cenicienta" de las virtudes teologales.

Sin embargo, hace tiempo descubrí que es precisamente la esperanza la que sostiene mi fe.

El amor concreta la fe, pero es la esperanza la que me mantiene caminando hacia aquello que aún no poseo plenamente.

Por eso, para mí, la esperanza ocupa un lugar muy especial.

Entrevistador: Precisamente acabamos de vivir el Año Santo convocado por el papa Francisco bajo el signo de la esperanza.

Madre Siomara: Fue un verdadero regalo. Aunque san Pablo diga que un día pasarán la fe y la esperanza y permanecerá únicamente el amor, hoy, mientras caminamos en esta vida, es la esperanza la que nos sostiene.

Entrevistador: Un Papa.

Madre Siomara: Aquí voy a dejar hablar un poco al corazón. Diría el papa Francisco. Sobre todo, por su cercanía pastoral. Lo siento muy cercano, muy humano. Incluso entiendo perfectamente muchas expresiones propias de su lenguaje argentino cuando habla de "balconear", "ningunear" y tantas otras. Eso, para un argentino, tiene un sabor muy especial.

Entrevistador: Un pasaje del Evangelio.

Madre Siomara: La samaritana. Cuando descubrí la fe y aprendí a rezar siendo novicia, me encontré con ese pasaje del Evangelio. Recuerdo haber pensado inmediatamente: «Esta soy yo.» Me siento profundamente identificada con el camino de fe de la mujer samaritana.

Cuando celebré mis bodas de plata de vida religiosa, toda la celebración estuvo inspirada precisamente en ese relato.

Nunca me canso de leerlo, rezarlo, subrayarlo y volver sobre él.

Siempre encuentro algo nuevo.

Entrevistador: ¿Ha escrito algo sobre ese pasaje?

Madre Siomara: No exactamente. Más bien he elaborado muchos esquemas catequísticos. Mi dificultad es otra. Soy muy esquemática. Leo mucho, estudio bastante y voy organizando todo en esquemas que después utilizo en mis clases, cursos y conferencias.

Muchas personas me han insistido para que escriba. Pero me cuesta sentarme a redactar. Tengo el contenido, pero no la facilidad para convertirlo en una narración. Ese es uno de mis propósitos actuales: comenzar a escribir.

Entrevistador: Pues no parece que le cueste tanto, porque nos ha mantenido muy atentos durante toda esta conversación. Solo habría que transcribir todo lo que nos ha dicho.

Madre Siomara: (Ríe). Lo difícil es justamente sentarme a escribir. 

Entrevistador: Mate o café.

Madre Siomara: Mate. Desde siempre. Indiscutiblemente.

Entrevistador: Yo, en cambio, café. Muchas gracias, madre Siomara. Hemos disfrutado muchísimo esta entrevista. Sabemos que muchos hermanos seminaristas y muchas personas que verán este video también lo harán.

Antes de terminar, ¿qué mensaje quisiera dejar a quienes nos estamos preparando para el sacerdocio?

Madre Siomara: En primer lugar, doy gracias a Dios porque sigue llamando a jóvenes a la vida sacerdotal. Agradezco profundamente a estos muchachos que se han animado a responder al Señor en una sociedad llena de tantas propuestas y alternativas.

Dar ese paso requiere mucho coraje, mucha fe y mucha valentía. Pero no basta con comenzar.

Después hay que sostener la vocación.

Al principio uno está lleno de entusiasmo. Todo parece maravilloso.

Pero luego llegan la convivencia, los desgastes propios del ministerio, las dificultades pastorales y las pruebas de la vida. Entonces uno puede empezar a aflojar. Por eso les diría que nunca dejen de mirar a Jesucristo.

No solamente al Cristo resucitado, sino también al Jesús histórico que caminó, sufrió, lloró, compartió la vida de la gente y entregó su existencia por amor.

Ese Jesús es el que debe inspirar siempre nuestro modo de ser sacerdotes.

Solo así podrán ser verdaderos pastores, padres, hombres cercanos y profundamente humanos.

La humanidad nunca debe perderse.

También quiero insistir en algo que considero absolutamente innegociable: la formación.

No para caer en el enciclopedismo del que hablaba el papa Francisco.

No para convertirse en un sacerdote que solo acumula conocimientos.

Sino porque el estudio debe fortalecer la fe.

Si la teología no me ayuda a crecer espiritualmente, pierde su sentido.

No estudien solamente por la ciencia misma.

Estudien para conocer mejor al Señor y servir mejor al Pueblo de Dios.

Nunca dejen de sentirse discípulos. Estamos llamados a configurarnos con Jesucristo. Configurar nuestra vida con la suya. Asumir su estilo de pastor y de padre. Cuando hablo de padre, pienso en alguien que tiene un corazón lleno de misericordia, que acompaña, sostiene, escucha y ofrece seguridad.

Y cuando hablo de pastor, pienso en alguien que camina junto a su pueblo, que no se escandaliza fácilmente y que permanece cercano a las personas.

Además, les digo algo que siempre repito a los seminaristas con quienes trabajo:

Estudien mucho. Estudien teología, dogmática, patrística, Sagrada Escritura. Lean, investiguen y profundicen.

Un sacerdote necesita conocer mucho para poder anunciar bien el Evangelio.

Solo quien posee herramientas podrá traducir después todo ese conocimiento en una verdadera acción pastoral.

Cuanto más conozco, mejor preparado estoy para hacer una auténtica bajada pastoral.

La pastoral no es otra cosa que la vida concreta de la Iglesia.

Por eso, no pierdan nunca el norte.

Ustedes están aquí para vivir radicalmente el seguimiento de Jesucristo.

No basta haberlo encontrado una vez. Hay que volver a reconocerlo todos los días. Porque, poco a poco, otras cosas pueden ir ocupando su lugar. Defiendan su vocación. Vendrán tentaciones.

Llegarán noches oscuras. Habrá momentos de cansancio. Pero no abandonen el camino.

Hoy vemos que muchas personas, incluso en el matrimonio, abandonan el compromiso ante la primera dificultad.

La vocación también necesita ser defendida y cuidada.

Porque viene de Dios.

Yo estoy absolutamente convencida de eso.

Cuando alguien entra solamente por un impulso pasajero o por motivos superficiales, termina marchándose o vive una vocación mediocre.

Y también existen sacerdotes que sufren mucho.

Por ellos debemos rezar.

Entrevistador: Madre, realmente lo ha dicho todo. Muchísimas gracias por estas palabras, por su presencia y por esta visita. Ojalá podamos volver a recibirla.

Algunos de nosotros estamos terminando la formación y otros apenas comienzan este camino.

Sabemos que su oración nos ayudará mucho.

Y esta amistad que nace con su visita es un verdadero regalo para todos nosotros.

Gracias de corazón.

Madre Siomara: Gracias a ustedes. Gracias por este espacio. Siempre que compartimos la fe y dialogamos, todos salimos enriquecidos.

También les pido perdón porque uno nunca llega a ser completamente el signo que Dios quisiera que fuera.

Pero seguimos luchando.

Entrevistador: Gracias, madre.

Y gracias también a todos los que verán esta entrevista a través de las redes sociales.

Que este testimonio pueda difundirse. Que siga anunciándose la Palabra de Dios. Sabemos que el Señor nos mira siempre con misericordia, nunca nos abandona y continúa sosteniendo a su Iglesia por medio de testimonios como el suyo.

Nosotros queremos agradecerle con un fuerte aplauso.

(Aplausos.)

Madre Siomara: Muchas gracias a todos. Ha sido una alegría compartir este momento con ustedes. Que el Señor los bendiga y los acompañe siempre en su camino vocacional.