sábado, 31 de octubre de 2026

Bienaventurados los pobres de espíritu (Mt 5,3)

BEATI PAUPERES SPIRITU

Una reflexión desde la perspectiva de la teología de la liberación

En el contexto de las bienaventuranzas, presentadas por el evangelista san Mateo (Mt 5,1-13), quiero centrar mi reflexión particularmente en la primera: “Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos” (Mt 5,3).

La pobreza como una realidad negativa

En primer lugar, es necesario precisar que, desde la perspectiva de la teología de la liberación, la pobreza no es una realidad buena en sí misma. Por el contrario, constituye un mal, un signo de las consecuencias del pecado en la historia humana. La pobreza material, entendida como privación de los bienes necesarios para vivir dignamente, no debe idealizarse, sino que debe ser superada. En la teología de la liberación, la lucha es contra la pobreza y se realiza con los pobres.

Por tanto, es importante distinguir entre la pobreza material, que representa una realidad negativa, y la pobreza de espíritu, que constituye una actitud evangélica que Jesús mismo propone y encarna con su propia vida.

La pobreza de espíritu como opción personal

La bienaventuranza puede entenderse como una invitación a elegir libremente la pobreza, no en el sentido de buscar la miseria o la privación material, sino como una opción consciente y por convicción de vivir desprendidos de los bienes materiales. ¡Cuántos hay que se desviven por lo material, aun cuando ni siquiera necesitan aquello por lo que tanto se desviven! “Vanidad de vanidades, todo es vanidad”, como expresa la literatura sapiencial bíblica (Ecl 1,2).

Ser pobre de espíritu significa, desde esta perspectiva, asumir una actitud de desprendimiento, sobriedad y generosidad frente a las posesiones materiales. Es no hacer de los bienes el centro de la existencia, sino aprender a vivir con sencillez y disponibilidad para compartir.

He conocido a muchos hombres y mujeres sobrios y humildes, pero nunca descuidados ni abandonados en su apariencia personal. La pobreza de espíritu, mal entendida, puede llegar a confundirse con el abandono de uno mismo, con la irresponsabilidad en el cuidado de la propia persona o con la insensatez en el uso del tiempo y en las circunstancias de la vida.

Por tanto, no se trata de ser pobre por padecer una situación de necesidad, sino de asumir voluntariamente una forma de vida en la que los bienes materiales no constituyan un absoluto. La libertad frente a lo material y la capacidad de distinguir entre lo que necesito y lo que deseo son claves para vivir la pobreza de espíritu; es decir, ser pobre por convicción, porque se quiere y se puede vivir sobriamente.

Cristo, el pobre por excelencia

Esta pobreza de espíritu encuentra su máxima expresión en Jesucristo. Él es el pobre por excelencia, el modelo de quien vive desprendido de los bienes materiales y orientado completamente al cumplimiento de la voluntad del Padre.

Del Señor sabemos que nació en condiciones de humildad y fue recostado en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el alojamiento (Lc 2,7). Luego, en Nazaret, creció bajo el peso y la dignidad del trabajo manual, en el seno de una familia trabajadora (Mt 13,55; Mc 6,3).

De Jesús, nuestro Señor, pienso que no se podría decir que pasó necesidad material de manera permanente, pues indigente no fue. Trabajó y conoció la dignidad del trabajo con el que se gana el pan. Pero tampoco fue un rico terrateniente, sino el “hijo” de José, el constructor en Nazaret, perteneciente a la casa de David (Lc 2,4).

Jesús mismo afirma que “el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza” (Mt 8,20). Sin embargo, esto no significa necesariamente que haya vivido en una situación permanente de indigencia material, pues los Evangelios muestran que contó con personas que colaboraban con su misión y sostenían su actividad (Lc 8,1-3).

Lo fundamental es que Jesús no hizo de las posesiones materiales una preocupación central de su existencia. Su riqueza no estaba en los bienes que poseía, sino en su relación con el Padre y en su entrega a los demás.

En este sentido, Cristo es el pobre de espíritu por excelencia: el que vive desprendido, libre y generosamente entregado a su misión.

La razón de la bienaventuranza: el Reino de los cielos

Un aspecto fundamental de esta bienaventuranza se encuentra en la expresión “porque de ellos es el Reino de los cielos”.

Es importante detenerse en ese “porque”. No son bienaventurados por el simple hecho de ser pobres, sino porque de ellos es el Reino de los cielos. Es decir, la pobreza de espíritu, manifestada en el desprendimiento, la sobriedad y la generosidad, constituye una disposición para acoger y vivir conforme a las exigencias del Reino de Dios.

La dicha que Jesús proclama no se fundamenta en la situación material presente de la persona, sino en la promesa del Reino. La felicidad no procede de la privación, sino de aquello que Dios promete y comienza a realizar.

Así se comprende mejor aquella enseñanza del Señor cuando, dirigiéndose a sus discípulos, les advierte de la dificultad que tendrán los ricos para entrar en el Reino de los cielos, especialmente cuando ponen su confianza exclusivamente en las riquezas (Mt 19,23-24).

El Reino de Dios: presente y futuro

El Reino de los cielos no es una realidad que se construya exclusivamente después de la muerte. Comienza a hacerse presente aquí, en la historia, mediante la vivencia de los valores que Jesús anuncia: la justicia y la paz. Sin embargo, no alcanza su plenitud en este mundo, sino que tendrá su consumación definitiva en los cielos nuevos y la tierra nueva, según la esperanza escatológica cristiana (Ap 21,1).

Por tanto, la pobreza de espíritu, entendida como desprendimiento y generosidad, permite vivir desde ahora conforme a la lógica del Reino, aunque su realización plena todavía esté por venir.

San Pablo nos recuerda que “el Reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo” (Rom 14,17). Pero el cristiano no puede desentenderse de las necesidades materiales de los demás. No podemos desearle la bendición a un pobre, saludarlo y decirle “que Dios te bendiga”, si no le damos el pan que necesita. Así nos lo recuerda el apóstol Santiago cuando pregunta qué provecho tiene desearle a alguien que vaya en paz, que se caliente y se sacie, si no le damos lo necesario para el cuerpo (St 2,15-16).

La lógica de las bienaventuranzas: una felicidad que mira hacia el futuro

Esta misma lógica puede aplicarse a las demás bienaventuranzas. Jesús no proclama dichosos a los que lloran por el simple hecho de llorar, sino porque serán consolados. Tampoco proclama dichosos a quienes padecen hambre y sed de justicia por esa situación en sí misma, sino porque serán saciados (Mt 5,4.6).

En otras palabras, Jesús no declara buenas las situaciones de sufrimiento, privación o injusticia. La felicidad que anuncia se fundamenta en la transformación que Dios promete realizar.

Las bienaventuranzas expresan, por tanto, una esperanza: la realidad presente no es definitiva. Hay una promesa de cambio, una transformación de la historia y una instauración del Reino de Dios que ya comienza a realizarse, pero que todavía espera su plenitud.

Y en nosotros, los cristianos, está la responsabilidad de acoger el don del Reino de Dios desde la pobreza de espíritu, para luchar contra la pobreza material, injusta y deshumanizadora, procurando que todos tengan su pan cotidiano: el alimento de la Palabra y el sustento que mantiene la vida.

Que nadie diga solo “Padre nuestro” sin decir después “pan nuestro” (Mt 6,9-11).



domingo, 18 de octubre de 2026

El Señor de los Milagros: imagen de Dios, luz que guía y compromiso de vida cristiana

AL CÉSAR LO QUE ES DEL CÉSAR

Queridos hermanos y hermanas, en este domingo cuando el Señor nos da la hermosa oportunidad de contemplarle en su imagen, en la devoción al Señor de los Milagros, nuestro corazón ha de abocarse en los sentimientos que tuvo el mismo Cristo allí, en el momento de su pasión, de su muerte y de su resurrección, y también en tantos episodios de la vida del Señor en los que pudo enseñar de una manera maravillosa con su palabra y con su ejemplo.

Y es lo que vemos hoy en el Evangelio de san Mateo. La devoción al Señor de los Milagros, para todos nosotros y de manera muy especial para los miembros de la hermandad, ha de significar ese sentimiento de sentirnos acompañados por Dios, en primer lugar, porque todo aquel que lleva en su corazón la devoción al Señor de los Milagros sabe que Él lo acompaña, lo bendice y le indica el camino a seguir, convirtiéndose entonces esta devoción en, como lo cantábamos al inicio en el himno, el faro que guía, la luz que ilumina, en ese Señor que nos conduce, que nos lleva de la mano por el camino de nuestra vida.

Cuando contemplamos esta imagen, debemos preguntarnos: ¿qué sentimientos llevaron a Cristo para que muriera en la cruz?

Y sabemos que no está solo Él allí. Le acompañan de una manera muy especial el discípulo amado, el discípulo joven, san Juan, y su santísima madre, la Virgen María.

¿En dónde nos identificamos nosotros?

Allí, en esa imagen, es fácil hacerlo. Los varones, en san Juan, el que sigue, el que persevera, el que no se llena de miedo, sino que acompaña a su maestro, incluso en ese momento cruento de la cruz; y las mujeres, en la venerable imagen y en el ejemplo de la santísima Virgen, que supo acompañar en medio del dolor a su hijo Jesucristo.

Pero ese Cristo que contemplamos en la cruz, muerto, pero no derrotado, sino victorioso, es aquel que nos ha enseñado hoy en el Evangelio cómo en nuestra vida debemos identificar las prioridades.

Por eso, cuando a Jesús se le acercan para ponerlo a prueba, aunque parece que le endulzan un poquito con las palabras, con halagos —«Maestro, sabemos que sabes discernir, sabemos que lo haces todo bien»—, para ponerle luego una trampa, Jesús aprovecha esta oportunidad de fariseos y de herodianos para enseñar esto: las prioridades en la vida.

Cuando el Señor indica: «Den al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios», nos está enseñando ciertamente que para todo debemos nosotros responder como humanos, como ciudadanos insertos en esta sociedad, pero, sobre todas las cosas, nuestra primera respuesta, nuestra primera obligación ha de ser con Dios.

Primero Dios y luego el César, digamos, y luego todo lo demás. Pero hay un dato muy particular en este Evangelio del que podemos nosotros fijarnos para meditar con mayor profundidad.

Y es la pregunta que hace Jesús, tratando de responder a la pregunta capciosa de fariseos y herodianos. Tomando la moneda, pregunta: «¿De quién es la imagen y la inscripción?».

Se entiende entonces que Jesús, en el contexto de sus discípulos y de quienes le interrogan, toma una moneda, un denario, aquello que era lo más común para el comercio, para la economía, para el pago de un trabajo en la época. ¿De quién es la efigie, la imagen y la inscripción de esta moneda?

Como era un denario, supieron responderle: «Del César». Y cuando Jesús pregunta de quién es la imagen, nos está entregando también otra gran enseñanza.

Nos recuerda con esto que todos nosotros somos imagen y semejanza de Dios. Por eso, si la moneda tiene la imagen del César, pues den al César lo que es del César. Y si nosotros somos la imagen y la semejanza de Dios, pues debemos entregar nuestra vida a Dios. Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.

Nos está invitando entonces el Señor a llevar una vida santa, a llevar una vida consagrada, para que todo aquel que nos vea sepa decir: «Ese conoce a Jesucristo, ese vive su fe porque la transmite, porque la vive, porque la testimonia».

De una manera muy particular, hoy, con la imagen del Señor de los Milagros, los miembros de la hermandad y todos los devotos, los que llevamos al Señor en nuestro corazón.

Seguir al Señor de los Milagros significa entonces transmitir con nuestra vida, con nuestras obras, esa fe que profesamos en el Señor, sabiendo que lo que Él nos pide lo encontramos en el Evangelio: es hacer el bien, es amar a los hermanos, es transmitir comprensión, bondad, generosidad; que no haya en nosotros, que no exista en nuestro corazón, en nuestras familias, en esta hermandad del Señor de los Milagros, ningún tipo de odio, de rencor.

Que, por el contrario, al mirar la imagen del Crucificado, comprendamos lo que Él vivió incluso hasta el final. Sabemos que Jesús murió perdonando, amando, abriendo el cielo al buen ladrón. Y de esta manera nosotros, sus devotos, nos acercamos un poquito más a Él y nos convertimos de verdad en su imagen, en su semejanza.

Queridos hermanos y hermanas, en este Evangelio, el Señor nos enseña entonces las prioridades de nuestra vida: que lo primero sea Dios y después todo lo demás.

Por eso es muy loable esta devoción al Señor de los Milagros, a su santísima madre en la parte trasera, que acompaña también la veneración a este Cristo poderoso y milagroso, para que nosotros aboquemos nuestra vida en imitar sus virtudes, en comprender su historia, en acercarnos a Él no solo a través de su imagen, sino leyéndole, comprendiéndole y conociéndole de una manera muy especial en las Escrituras, en los Evangelios.

El verdadero devoto del Señor de los Milagros lee las Escrituras, se esfuerza por conocer a Jesús y por comprender que Él lo llevó a dar su vida por nosotros allí, en la cruz. El verdadero devoto del Señor de los Milagros conoce cómo de su costado salió sangre y agua: la sangre y el agua de los sacramentos, donde se derrama la gracia para cada uno de nosotros.

Comprendemos también que esa gracia viene a nosotros de una manera muy particular cuando la buscamos, cuando nos sentimos necesitados de Dios. Y el estar aquí presentes con fe y devoción, y luego en la procesión, dice mucho de esa necesidad que nosotros profesamos de Dios.

Busquemos a Dios con un corazón limpio.

Acerquémonos a la Iglesia todos los días con el corazón deseoso de Dios, buscando al Señor, buscando su paz, deseando de Él sus bendiciones, la fortaleza para nuestra vida, para nuestra familia, porque sabemos que, si tenemos a Dios en el corazón, podemos así superar las dificultades.

El Señor de los Milagros, en este día, nos dé la fortaleza de ser como Él, el faro y la luz que guía esta sociedad tan necesitada de Dios. Y que ese incienso, los que se encargan de venerar al Señor con el incienso, refleje entonces la profunda oración que se eleva al cielo.

«Suba, Señor, mi oración como incienso en tu presencia», nos recuerdan las Sagradas Escrituras.

Que esta devoción sea compromiso, que esta devoción sea oración y sea el testimonio de una vida convertida a los sentimientos de Cristo: sentimientos de humildad, sentimientos de paciencia, de amor y, sobre todo, de caridad para con los más necesitados.

Porque mirar la cruz de Cristo nos ha de recordar también las cruces que llevan nuestros hermanos, los más pobres, los más necesitados.

Démonos con generosidad a los demás.

Busquemos a Jesús y veamos también la imagen de Jesús en todos aquellos que sufren. Demos al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.

Que así sea.

martes, 6 de octubre de 2026

Palabras en el Centenario del Padre Pernía, el “Santo Cura de Bailadores”

PADRE RAMÓN EMILIO PERNÍA NOGUERA:

CIEN AÑOS DE UNA MEMORIA VIVA

El 6 de octubre de 2026 se cumplen cien años del nacimiento del padre Ramón Emilio Pernía Noguera, sacerdote merideño cuya vida y ministerio dejaron una huella profunda, especialmente en Bailadores y en las demás comunidades donde ejerció su ministerio sacerdotal.

Con motivo de este centenario, quiero dedicar estas palabras a quien, con el paso de los años, ha terminado ocupando un lugar muy especial en mi propia historia.

No pretendo hacer aquí una biografía completa del padre Pernía. Para eso existen estudios y testimonios mucho más amplios, como lo es el arduo trabajo de mi amigo el licenciado Néstor Abad Sánchez, a quien reconozco el principal interés por mantener viva la memoria del padre Pernía. Quiero, más bien, detenerme en algunos momentos de mi propia relación con él y contar cómo, casi sin darme cuenta, su memoria fue entrando poco a poco en mi vida.

Un primer encuentro

Mi primer recuerdo del padre Pernía se remonta al año 2008.

Yo era estudiante de primer año de bachillerato en el Liceo Bolivariano doctor Gerónimo Maldonado, en Bailadores. Era Miércoles de Ceniza y habíamos acudido al Santuario de Nuestra Señora de la Candelaria para recibir la ceniza.

Como llegamos temprano, a nuestro salón le correspondió llevar unas flores hacia un espacio ubicado junto al templo. Fue entonces cuando, de una de las habitaciones situadas detrás del santuario, salió un hombre delgado, vestido con pantalón gris, chaqueta negra y una boina.

Era el padre Ramón Emilio Pernía. Nosotros lo saludamos y él nos respondió. Eso fue todo. No hubo en aquel momento ninguna conversación especial ni podía yo imaginar que aquel encuentro tan sencillo llegaría a tener algún significado años después.

Yo era apenas un muchacho y aquella escena pasó, como pasan tantas otras cosas de la adolescencia, sin que uno sospeche que algún día volverá a ella con otros ojos.

Pero hoy, tantos años después, cuando pienso en aquel Miércoles de Ceniza, hay algo que me llama especialmente la atención: aquel sacerdote que vi salir de una habitación volvería a aparecer varias veces en mi historia. Entonces yo todavía no lo sabía.

El padre Pernía, sacerdote de Bailadores

Cuando murió, el sábado 29 de abril de 2017, escribí una primera crónica sobre él. Quise recoger allí la impresión que había dejado entre quienes lo conocieron y recordar algunos aspectos de su ministerio.

El padre Pernía fue un sacerdote profundamente vinculado a Bailadores. Su nombre quedó unido especialmente al Santuario de Nuestra Señora de la Candelaria, pero también a numerosas iniciativas realizadas en favor de la comunidad.

Su ministerio no se limitó a las actividades propiamente religiosas. Se preocupó por distintas necesidades de los pueblos donde ejerció su sacerdocio y participó en obras que buscaban mejorar las condiciones de vida de las comunidades.

Por eso, cuando se habla de su legado, su recuerdo no puede quedar reducido al templo, a los sacramentos o a las tareas propiamente pastorales. También está presente en las personas, en las obras y en las comunidades a las que dedicó toda su vida.

Entre quienes lo conocieron quedó igualmente el recuerdo de un sacerdote de carácter fuerte, exigente y riguroso, pero también preocupado por las personas y dispuesto a servir. Como sucede con toda persona que deja una huella verdadera, su recuerdo no es una imagen uniforme: está hecho de experiencias, recuerdos y testimonios diversos que, juntos, permiten acercarnos a quien fue.

Con el paso de los años también he podido comprender mejor el horizonte intelectual desde el cual el padre Pernía vivió su sacerdocio. Quienes lo conocieron de cerca destacan su profunda formación tomista y su fidelidad a la tradición teológica de la Iglesia. Su pensamiento estuvo marcado especialmente por Santo Tomás de Aquino y por el estudio de la teología y la filosofía medieval. Se cuenta incluso que tenía como disciplina cotidiana dedicar un tiempo a la lectura de la Suma Teológica, hasta hacer de ella una compañera habitual de su vida sacerdotal.

Esto me parece importante para comprender también su manera de acercarse a los pobres y a los más necesitados. Su preocupación por ellos no nació de una corriente teológica particular, sino de una concepción profundamente cristiana del sacerdocio y del servicio. El padre Pernía, desde su formación tomista y desde la tradición de la Iglesia, entendió que estar cerca de quien sufre y servir a los más necesitados forma parte de la misión de todo sacerdote.

Volver a encontrarlo

Años después de aquel primer encuentro, tuve la oportunidad de visitarlo personalmente. Fue en agosto de 2016, acompañado por mi madrina Elda Pernía.

Esta vez no era ya aquel muchacho que lo había visto pasar en 2008. Yo estaba viviendo otra etapa de mi vida, era seminarista de filosofía, y podía acercarme a él con mayor conciencia de quién era aquel sacerdote.

Lo encontramos leyendo. Recuerdo especialmente esa escena. El padre Pernía era ya un hombre anciano, pero seguía dedicado a aquello que parecía haberlo acompañado durante tantos años: leer, estudiar, pensar. Tenía libros en francés y en italiano y, durante aquella visita, llegó incluso a traducirme parte de lo que estaba leyendo.

Aquel encuentro fue muy sencillo, pero para mí tuvo un significado especial. Ya no estaba viendo simplemente al sacerdote que había conocido de lejos cuando era adolescente. Ahora podía sentarme cerca de él, escucharlo y descubrir algo más de su mundo.

Antes de despedirnos, nos dio su bendición.

Ese gesto quedó guardado en mi memoria. Con los años he comprendido que aquella visita fue una especie de segundo momento de una historia que había comenzado ocho años antes. Primero lo había visto de lejos; ahora había podido acercarme a él. Y, sin saberlo, aquel sería el único encuentro cercano que tendría con él en vida.

Su puño y letra

En 2019 publiqué otro texto dedicado al padre Pernía, esta vez a partir de algo mucho más pequeño, pero para mí igualmente significativo: su escritura.

Entre su Biblia de estudio encontré una reflexión manuscrita titulada “El problema del infortunio del justo”. Aquella hoja escrita de su puño y letra me permitió acercarme de una manera diferente al sacerdote.

Ya no se trataba solamente de recordar lo que otras personas decían de él. Allí estaba directamente su pensamiento, expresado con su propia letra, en una reflexión que había conservado entre sus papeles.

Hay algo particular en encontrarse con la escritura de una persona que ya no está. Una letra que alguna vez estuvo sobre una mesa, entre sus manos, de pronto aparece ante nosotros muchos años después. Una anotación, una firma o una página escrita pueden parecer cosas pequeñas, pero adquieren otro valor cuando se convierten en uno de los pocos rastros personales que permanecen.

La escritura también guarda memoria.

Pero, ¿qué escribió el padre Pernía sobre este tema? Aquí les dejo el texto:

La Escritura repite muchas veces, como un axioma, que Dios da a cada uno según sus obras. Todos aceptamos este principio, que es de elemental justicia, como la cosa más natural, porque responde enteramente a los sentimientos de equidad impresos en el corazón del hombre. Pero cuando se miran las cosas de tejas abajo, parece que tal principio flaquea no pocas veces, pues se ven justos en la miseria e impíos en la prosperidad. Y al flaquear el principio es como si la misma justicia divina se tambalease, viniendo a poner a dura prueba la fe de los creyentes en Dios.

En este texto, el padre reflexiona sobre el problema del sufrimiento del justo y la aparente prosperidad del impío, mostrando cómo esta realidad puede poner a prueba la fe en la justicia y providencia de Dios. Y hay algo especialmente interesante: el padre Pernía no resuelve el problema en esta nota; lo plantea desde la experiencia humana del sufrimiento. Eso le da a la reflexión un carácter muy existencial y teológico a la vez.

La biblioteca del padre Pernía

Pero la historia no terminó allí. Después de su muerte quedó pendiente una pregunta muy concreta: ¿qué sería de todo aquello que había reunido a lo largo de tantos años?

Durante un tiempo existió la posibilidad de que sus libros fueran destinados al Seminario San Buenaventura de Mérida, pero finalmente esa iniciativa no se concretó por el desinterés de dicha institución.

Yo había tenido contacto con algunos de aquellos materiales y, de alguna manera, conservaba el deseo de que no se dispersaran y pudieran seguir siendo útiles.

Finalmente, en 2022, ocurrió algo inesperado. Mi madrina Elda pasó por la entrada de San Juan de Lagunillas y se encontró con Tony, quien había cuidado al padre Pernía durante sus últimos años y conservaba sus pertenencias.

Fue entonces cuando surgió la posibilidad de que sus libros me fueran donados. Se consiguió un camión y comenzó el traslado. Yo me encontraba en el Perú y seguía todo aquello desde la distancia. Mi madrina me enviaba fotografías, videos y audios del proceso. Hasta que finalmente aquellos miles de volúmenes llegaron a mi casa en La Playa.

Recuerdo aquel momento como la llegada de una parte de la historia de una persona que, años atrás, había aparecido fugazmente en mi vida. Para mí, conservar aquella biblioteca significa conservar también una parte de su memoria. Entre esos materiales hay anotaciones, documentos y otros elementos que permiten acercarse a sus intereses, a sus lecturas y a su manera de trabajar.

Una biblioteca personal dice mucho de quien la ha formado. No solamente por los títulos que contiene, sino por las huellas que deja una persona al leer, estudiar, subrayar, anotar y volver una y otra vez sobre determinados temas.

En ese sentido, estos materiales permiten acercarnos a una dimensión importante del padre Pernía: su inquietud intelectual y su permanente interés por el estudio.

Pero precisamente por eso considero que conservarlos implica también una responsabilidad.

No se trata simplemente de guardar libros en estanterías, aunque estén ordenados y cuidados. Se trata de preservar un patrimonio que puede ayudar a conocer mejor a una persona y una época, y que merece ser estudiado con seriedad.

Esta es todavía una tarea pendiente. Y, en lo que pueda corresponderme, reitero mi total disponibilidad para colaborar en todo aquello que contribuya a que esta memoria no se pierda.

El padre Pernía, camino a los altares

En agosto de 2025 publiqué otro artículo titulado “El padre Pernía, camino a los altares”. En él recogí la noticia relacionada con el interés en Mérida por promover los procesos canónicos para que la Iglesia reconozca oficialmente la santidad del padre Pernía.

Es importante decirlo con claridad: hablar de una causa de beatificación y canonización no significa afirmar que la Iglesia haya declarado santo o beato al padre Pernía. Significa reconocer que existe un interés por estudiar su vida y su testimonio, dejando a la Iglesia el discernimiento correspondiente.

Para mí, esta posibilidad tiene un significado especial porque durante todos estos años he ido encontrando distintas huellas de su vida: testimonios, escritos, recuerdos y materiales que permiten acercarse a quien fue.

Todo ello forma parte de una memoria que merece ser conservada.

Y quizá el mayor homenaje que podemos hacer a una persona que dedicó su vida al sacerdocio no sea solamente recordar su nombre, sino procurar que aquello que vivió, enseñó y testimonió pueda seguir siendo conocido.

Una historia que también se relaciona con mi vocación

Hay, sin embargo, un aspecto de toda esta historia que para mí tiene un significado todavía más personal.

Mi relación con el padre Pernía comenzó cuando yo era apenas un adolescente que lo vio salir de una habitación. Después pude visitarlo. Recibí su bendición. Más tarde escribí sobre él. Encontré su puño y letra y fui conociendo cada vez más de su vida.

Pero mientras todo eso ocurría, también mi propia historia iba cambiando.

Aquel muchacho que lo había visto en 2008 entró al seminario. Estudió filosofía y teología. Fue descubriendo poco a poco su propia vocación y avanzando por un camino que, en aquel primer encuentro, ni siquiera podía imaginar.

El pasado 2 de septiembre de 2026 recibí la ordenación diaconal en Ayacucho, Perú. Y en aquella solemne celebración utilicé una estola que mi madrina me había regalado, vinculada de manera especial a la memoria del padre Pernía.

Para mí, llevar aquella estola en mi ordenación fue un gesto profundamente significativo. Mientras la llevaba sobre mi pecho, cruzando el corazón, pensé en el camino recorrido y en cómo aquella historia que había comenzado en Bailadores había terminado acompañando también un momento decisivo de mi propia vida.

No pretendo establecer comparaciones. Cada sacerdote tiene su propia historia, su propio camino y su propia manera de cumplir con la misión que Dios le confía.

Pero sí puedo reconocer, con gratitud, que la figura del padre Pernía ha acompañado de alguna manera mi propio recorrido.

Y eso, para mí, tiene un valor que difícilmente podría explicar solamente con palabras.

Cien años después

Hoy, al cumplirse cien años de su nacimiento, vuelvo a mirar todo este recorrido.

En 2008 lo vi por primera vez en Bailadores. En 2016 lo visité en su casa de San Juan de Lagunillas. En 2017 escribí desde el seminario de Mérida sobre su muerte. En 2019 publiqué en La Playa aquella reflexión sobre su puño y letra. En 2022, estando yo ya en el Perú, recibí en donación su biblioteca. En 2025 escribí sobre la posibilidad de su camino hacia los altares. Y en 2026 recibí la ordenación diaconal utilizando una estola del padre.

Cuando uno mira todos esos momentos por separado, quizá parezcan simplemente acontecimientos dispersos. Pero cuando los contempla con la distancia que dan los años, descubre que todos forman parte de una misma historia.

Una historia que comenzó de una manera absolutamente sencilla: un muchacho, un Miércoles de Ceniza, un sacerdote que salió de una habitación y un saludo.

Nunca imaginé que aquel encuentro tan breve terminaría acompañándome durante tantos años.

Por eso este centenario no quiero reducirlo simplemente a una fecha. Quiero que sea una ocasión para recordarlo, agradecer su vida y volver a mirar su testimonio.

Quiero también que sea una oportunidad para que las nuevas generaciones conozcan la figura de un sacerdote que dejó una huella particular en Bailadores y en la Iglesia merideña.

Porque recordar no significa vivir anclados en el pasado. Recordar también puede ser una manera de reconocer de dónde venimos y de agradecer a quienes, de una u otra forma, ayudaron a construir la historia que hoy nosotros continuamos.

Una última imagen

Si tuviera que quedarme con una sola imagen del padre Pernía, probablemente sería aquella primera.

Aquel Miércoles de Ceniza de 2008. Un sacerdote saliendo de una habitación. Una boina. Y un muchacho que lo saluda sin imaginar que aquel momento, aparentemente insignificante, quedaría guardado en su memoria.

Hoy miro aquella escena de otra manera. No porque ahora pueda darle un significado que entonces no tenía, sino porque los años me han permitido comprender que la vida está hecha muchas veces de pequeños encuentros cuyo verdadero valor descubrimos después.

Aquel día yo simplemente lo vi pasar. Años después recibí su bendición. Más tarde encontré su escritura, conocí mejor su historia y fui descubriendo, poco a poco, la dimensión de aquel sacerdote que había conocido siendo apenas un adolescente.

Por eso, al mirar hacia atrás, comprendo que lo verdaderamente importante no son las cosas que permanecen, aunque algunas de ellas nos ayuden a recordar. Lo verdaderamente importante es la vida que hay detrás de ellas.

Una hoja manuscrita nos habla de una persona que pensó y escribió. Una fotografía nos devuelve un rostro. Un objeto puede despertar un recuerdo. Pero nada de eso tendría sentido si detrás no hubiera existido una vida entregada.

El padre Pernía fue un sacerdote profundamente dedicado al estudio y a la vida intelectual, pero su sacerdocio no quedó encerrado en un escritorio. Su vida también estuvo marcada por el servicio, por su preocupación por las personas y por su entrega a las comunidades donde ejerció su ministerio.

Eso es, en definitiva, lo que permanece. Porque los objetos pueden conservarse o perderse. Los documentos pueden permanecer en un archivo o desaparecer. Los recuerdos pueden hacerse más débiles con el paso del tiempo.

Pero aquello que una persona deja en la vida de los demás puede seguir dando fruto mucho después de que esa persona ya no esté.

Por eso, al cumplirse cien años del nacimiento del padre Ramón Emilio Pernía Noguera, quiero simplemente decir:

Gracias, padre Pernía. Gracias por su sacerdocio abnegado, por su servicio, por su amor al estudio y por todo lo que dejó en Bailadores. Gracias por aquella bendición que recibí de sus manos. Y gracias porque, sin que yo pudiera imaginarlo aquel día de 2008, su historia terminó encontrándose con la mía.

Que Dios reciba en su presencia al padre Ramón Emilio Pernía Noguera y que su memoria siga siendo conservada con gratitud por quienes lo conocieron y por las generaciones que vendrán.

Padre Ramón Emilio Pernía Noguera, gracias por su vida y por su testimonio. Que descanse en paz. Amén.

Mi gratitud especial a la familia Pernía, en Bailadores y en todas las partes del mundo donde se encuentra, y mis felicitaciones por este centenario del natalicio del padre Ramón Emilio que hoy conmemoramos.

Que sigamos trabajando, amparados siempre por nuestra Madre la Iglesia, para que cada vez más personas conozcan su vida, su sacerdocio y su testimonio cristiano; para que no se pierda la memoria de quien, para muchos, fue un santo cura, el santo cura de Bailadores.

lunes, 5 de octubre de 2026

Coplas para el profesor Henry

EN EL DÍA DE SU CUMPLEAÑOS


Lo conocí hace algún tiempo,

en una diplomatura teológica;

desde el primer momento supe

de su carrera pedagógica.


Pero no es solo un profesor,

sino que ejerce varias funciones;

además de ser mi asesor,

es profundo en sus reflexiones.


De compañero de estudios

pasó a ser mi docente

de Teología latinoamericana,

donde desborda su mente.


Filósofo destacado,

amante de la sabiduría,

paciente y muy preparado,

atractiva pedagogía.


No se queda conforme con ser

un referente intelectual;

busca siempre aprender

para mantenerse actual.


Le agrada hacernos pensar,

descolocando seguridades,

más bien queriendo alumbrar

nuestras jóvenes edades.


Conferencista invitado

de la gran Continental;

allí fuimos sus alumnos

a la charla magisterial.


A sus alumnas del Rosario

sabemos que bien las atiende;

y en el San Pío sembró

la educación que defiende.


La faceta intelectual

la mezcla bien con deporte,

y al seminario viene

moviéndose con gran porte.


Elegante y generoso,

ocurrente y conversador,

nadie le hace competencia:

es el mejor profesor.


También acude gustoso

a dar charla espiritual

a catequistas y chicos

que se van a confirmar.


A ellos les habla con fuerza,

mostrándoles con pasión

y fidelidad a la Iglesia,

el compromiso y la misión.


Despertando los corazones

de todos los que le encuentran,

con gran piedad y oración

la Eucaristía frecuenta.


Los pobres son su opción,

a quien se da sin menoscabo,

siguiendo el ejemplo elocuente

del querido padre Gustavo.


Apuesta por la liberación

del pecado y su esclavitud,

buscando su abolición

para alcanzar la virtud.


Atento al sentir de la gente,

es un fino observador;

en su opinión no nos miente,

de la verdad defensor.


Denuncia las injusticias

de los modelos opresores,

y desde la Buena Noticia,

Jesús con los trabajadores.


Profeta esperanzador,

amigo de todo lo bueno,

indiscutible lector,

fiel hijo del Ser Supremo.


Gutiérrez, Ellacuría y Boff,

Cegarra, Pagola y Sobrino,

Rahner, Francisco y León

han forjado su camino.


Jaujino de nacimiento,

huancaíno por adopción,

la Palabra es su alimento

y el cielo su gran ilusión.


Pero un paraíso posible

aquí en el mundo terrenal,

el Reino de Dios lo concibe

como don sobrenatural.


Felicidades, profesor Henry,

hoy en su natalicio;

adelante y siempre alegre,

honores por su servicio.