miércoles, 1 de julio de 2026

Entrevista a la Madre Siomara Elena Garro, mercedaria del Niño Jesús

ENTREVISTA A LA MADRE SIOMARA

Entrevistador: Queridos amigos, acá en el Seminario San Pío X hemos contado con una grata visita: la madre Siomara, quien nos ha acompañado durante esta semana. Ha sido para nosotros realmente una bendición contar con su presencia. La madre Siomara es docente de algunos de nuestros hermanos seminaristas, y los momentos que hemos compartido con ella, así como las experiencias que nos ha transmitido, sin duda nos animan.

Por eso queremos entrevistarla en esta oportunidad.

Madre Siomara, bienvenida al Perú. Bienvenida al Seminario San Pío X.

Madre Siomara: Muchas gracias. La bendecida soy yo por conocer una tierra tan linda y una gente tan linda.

Entrevistador: Acá nos acompañan algunos de nuestros hermanos seminaristas y quisiéramos conocer, madre Siomara, desde su propia descripción: ¿quién es Siomara Elena Garro?

Madre Siomara: Bueno, en primer lugar, soy de nacionalidad argentina. Nací en una provincia muy bella de la Argentina que se llama Entre Ríos.

Pertenezco a la Congregación de Hermanas Mercedarias del Niño Jesús, una congregación fundada en Argentina por un sacerdote argentino.

El carisma fundacional tiene que ver con la redención de los cautivos; ese es el carisma de mi congregación.

Soy docente. Trabajé siempre en la escuela primaria y también en niveles superiores. Por lo tanto, toda mi vida ha estado profundamente enraizada en el servicio educativo.

Actualmente vivo en la provincia de Entre Ríos, donde nací, en una comunidad formada por cuatro hermanas. Nuestra misión está dedicada a la animación de los equipos de conducción de cinco obras educativas de la provincia, acompañando y trabajando junto con los laicos.

Entrevistador: Madre, cuando hablamos de una religiosa o de un sacerdote, inevitablemente nos preguntamos por la vocación.

En su caso, ¿cómo sintió la vocación? ¿Cómo experimentó ese llamado? ¿Hubo personas o momentos particulares que la llevaron a consagrar su vida y decirle "sí" al Señor?

Madre Siomara: Voy a tratar de sintetizar.

En primer lugar, nací y crecí en una familia no practicante. Mi padre militaba en un movimiento político claramente antieclesial. De modo que recibí una formación en valores humanos, pero no propiamente una formación cristiana o evangélica.

Nunca estudié en un colegio religioso; siempre asistí a escuelas estatales.

Cuando estaba terminando la secundaria, estudiaba en una escuela normal porque quería ser docente, como lo eran mis padres. Practicaba atletismo y tenis en un club deportivo.

En ese grupo se incorporó un muchacho muy cristiano, muy practicante, alumno de los jesuitas. Él constantemente nos preguntaba si habíamos ido a misa y nos hacía reflexionar sobre la vida cristiana.

Todo eso comenzó a inquietarme.

Un día me invitó a acompañarlo a una casa de acogida para niños con síndrome de Down.

Yo acepté casi por desafío, porque siempre fui una persona muy independiente y bastante desafiante.

Cuando llegué allí quedé profundamente impactada. Ese lugar estaba muy cerca de mi casa. Había visto muchas veces a esos niños tomando sol en verano, pero jamás se me había ocurrido entrar.

Aquella experiencia empezó a moverme interiormente. Comencé a preguntarme:

—¿Quién es Dios?

Por otra parte, estudiaba en un colegio estatal con bastante mala fama. Mis compañeras, muchas veces, antes de entrar al colegio, decidían si asistirían o no a clases.

Recuerdo perfectamente un día en que cruzaba la plaza camino al colegio. Vi a mis compañeras deliberando si entrar o no. Fue un momento muy fuerte para mí.

Allí volví a preguntarme:

—¿Quién es Dios?

Hoy, cuando leo el Evangelio, pienso que quizá esa fue una pequeña experiencia de la compasión que Jesús sintió por la humanidad.

Miré a aquellas chicas y pensé:

—¡Pobres!

Porque, al fin y al cabo, si yo no quería ir al colegio, simplemente no iba. No hacía falta "hacerse la rata", como decimos en Argentina.

Todo eso comenzó a dar vueltas dentro de mí.

Tenía una amiga llamada Susana que estudiaba en un colegio de las Hermanas Mercedarias.

Un día le pregunté:

—Vos que vas al colegio de las monjas, ¿qué hacen las monjas?

Hasta ese momento nunca había conocido de cerca una religiosa.

Ella me respondió:

—Mirá, las monjas son unas taradas...

Perdón por la expresión, pero fue exactamente lo que ella me dijo.

Después empezó a contarme que eran aburridas, que hacían esto o aquello. Claro, ella estaba obligada por sus padres a estudiar allí.

Entonces le dije:

—A mí me gustaría conocerlas.

Ella insistía:

—¿Qué vas a conocer? Son reaburridas.

Sin embargo, un día pasé frente al Colegio San Pedro Nolasco, que era el colegio de las Mercedarias donde estudiaba mi amiga. Toqué el timbre y entré.

Le dije a la portera que tenía una amiga allí y que quería conocer a las monjas.

Había una fiesta en ese momento, así que la portera me dijo que sería difícil encontrar a alguna hermana disponible, pero de todos modos llamó a una religiosa.

Apareció la hermana Carolina.

Le conté:

—Yo no sé nada de Dios, pero quiero saber quién es Dios y quiénes son las monjas. Quiero saber qué hacen ustedes.

Ella me respondió con mucha sencillez:

—Vení otro día.

Yo repetía constantemente:

—Pero yo no sé nada de Dios.

Y ella me contestaba:

—No importa.

Comencé entonces a visitarlas.

La primera vez me recibió ella sola.

Otra vez me atendieron en el comedor junto con toda la comunidad.

Y cuando entré allí sentí algo muy fuerte.

Pensé inmediatamente:

—Este es mi lugar.

Lo sentí profundamente.

A partir de entonces comencé a conversar mucho con la hermana Carolina.

Ella un día me preguntó:

—¿No querés venir en enero a hacer una experiencia con nosotras en Córdoba?

Todos los años yo iba de vacaciones a Mar del Plata.

Ese año renuncié al mar y me fui al convento.

Entré llevando solamente una muda de ropa, pensando que iba por un fin de semana para conocer la comunidad.

Nunca más regresé.

Así fue.

Por eso creo profundamente en el llamado de Dios.

Nadie influyó sobre mí.

No estaba escapando de ningún problema.

Estaba de novia, quería casarme, quería ser maestra, quería formar una familia.

Pero cuando uno se encuentra verdaderamente con Jesús y descubre la fe, comienza a reordenar todas las prioridades.

Todo aquello que era bueno y hermoso sigue siendo bueno, pero deja de ocupar el primer lugar.

Hasta el club deportivo, que era prácticamente mi vida, pasó a un segundo plano.

Y así me quedé.

Entrevistador: Madre, en todos estos años de vida consagrada, ¿podría decir que ha sido feliz?

Madre Siomara: Muy feliz.

Mirá que normalmente hago mi examen de conciencia cada noche antes de acostarme.

Como vivimos con distintos horarios pastorales, muchas veces regreso sola a la comunidad.

Y todos los días siento que tengo muchísimo que agradecerle a Dios, porque cada jornada Él siempre me regala algo.

¿Hay dificultades? Sí. ¿Hay problemas? Sí. ¿Hay cansancio? Sí. Pero el Señor nunca te abandona.

Entrevistador: Eso precisamente es lo que nosotros hemos percibido en usted.

Hay hermanos que han sido sus alumnos y otros que no, pero cuando usted llegó al comedor y saludó a todos con una sonrisa y con tanta alegría, inmediatamente pensamos:

"Esta religiosa realmente es feliz."

Y eso es precisamente lo que queremos transmitir.

Por eso es tan importante conversar con sacerdotes y religiosas.

A nosotros, los seminaristas, nos llena muchísimo escuchar su testimonio, porque nosotros también estamos caminando hacia ese ideal.

Queremos responder al Señor, y el testimonio de ustedes realmente nos anima.

Madre Siomara: Claro que sí.

Entrevistador: Gracias, madre, por su testimonio, por su alegría y por transmitirnos a Dios desde toda la experiencia que tiene.

Madre Siomara: Gracias.

Cuando hice mis primeros votos recé mucho al Señor y le pedí que me regalara un lema para toda mi vida.

Desde entonces lo tengo escrito en un cuadro en mi habitación.

Dice: "Quiero ser libre, alegre y orante." Ese es mi lema.

Cada mañana, cuando me levanto, lo miro y le digo al Señor:

—Jesús, eso es lo que quiero vivir.

Y me esfuerzo por hacerlo.

Pero también sé que todo es puro don de Dios.

Por eso me gusta compartirlo.

Los lemas ayudan mucho.

Entrevistador: Sí, ayudan mucho. Nos centran.

Madre, queremos hablar de diversos temas aprovechando su presencia y toda su experiencia.

En primer lugar, tratemos el tema de la mujer en la Iglesia. En su caso particular, como religiosa y como mujer, se suele decir que la Iglesia tiene rostro femenino. ¿Cómo entender esta expresión?

Madre Siomara: Creo que esta es una expresión con un profundo sentido teológico y pastoral.

En los documentos de la Iglesia se presenta siempre a la Iglesia como madre: una madre que engendra, alimenta y acompaña la vida.

Al mismo tiempo, aparece también la figura de la Iglesia como esposa de Cristo.

Me parece muy hermosa esa imagen de la Iglesia como esposa y como madre. Precisamente eso es lo que le da ese rostro femenino.

Entrevistador: Sabemos que la mujer aporta muchísimo a la Iglesia.

¿Qué aporta la mujer que quizá el varón no aporta?

Madre Siomara: En esto he seguido mucho al papa Francisco.

Siempre me quedó grabado cómo él habla de la presencia de la mujer en la Iglesia, resaltando especialmente su intuición, su sensibilidad, su capacidad de acompañar y su cercanía.

Todo eso hace visible, de alguna manera, la misericordia y la cercanía de Dios.

Ese creo que es el aporte específico de la mujer.

No porque el varón no pueda ser sensible, intuitivo o misericordioso, sino porque son rasgos muy propios del ser femenino.

Me alegró mucho escuchar al papa Francisco expresarse tantas veces en esos términos.

Entrevistador: Con el pontificado del papa Francisco hemos visto cambios importantes en la Iglesia.

Por ejemplo, hoy tenemos a una mujer laica al frente de un dicasterio y a una religiosa como gobernadora de la Ciudad del Vaticano.

Todo esto significa un avance y una manera de reconocer el protagonismo que la mujer siempre ha tenido en la Iglesia.

Más adelante hablaremos sobre la diaconía femenina.

Pero antes quisiera preguntarle: ¿cómo entender la diferencia entre tener poder y tener autoridad?

Madre Siomara: En la vida religiosa hacemos voto de pobreza, castidad y obediencia.

Durante mucho tiempo la autoridad fue entendida y vivida como poder.

Sin embargo, desde hace bastante tiempo la Iglesia viene reflexionando sobre esto, porque tenemos el mejor modelo: Jesús.

Él nos enseñó que la autoridad es servicio.

En mi congregación hemos trabajado mucho este tema y considero que ha sido uno de los cambios más importantes que he visto durante mi vida religiosa.

La autoridad es una mediación, un servicio que acompaña y anima la vida personal y comunitaria, buscando siempre la voluntad de Dios.

Esa es su verdadera función.

Por eso, toda forma de autoridad que pretenda imponerse sobre las personas deja de ser evangélica.

No son compatibles el poder entendido como dominio y la autoridad cristiana.

Yo fui parte del gobierno general de mi congregación durante veinticuatro años: doce años como vicaria general y luego doce años como superiora general.

Aprendí muchísimo.

Es posible vivir la autoridad como servicio, pero exige despojarse de uno mismo, comprender al otro, ponerse en su lugar y buscar juntos la voluntad de Dios.

Uno no posee toda la verdad; la buscamos comunitariamente.

Para eso sirve la autoridad.

Si no es servicio, deja de tener sentido.

Entrevistador: Entonces podríamos decir que el verdadero poder y la verdadera autoridad en la Iglesia son el servicio al Pueblo de Dios para discernir y realizar la voluntad del Señor.

Madre Siomara: Exactamente.

Entrevistador: Hablemos ahora de la vida religiosa.

Después de tantos años de experiencia, incluso como superiora general, ¿qué ha cambiado desde que usted hizo su profesión religiosa hasta hoy?

Madre Siomara: Cuando ingresé a la congregación ya había terminado el Concilio Vaticano II.

Después del Concilio, la Iglesia pidió a todas las congregaciones religiosas, masculinas y femeninas, revisar sus constituciones y directorios para adecuarlos a las orientaciones conciliares.

Por lo tanto, cuando ingresé ya existían muchas modificaciones.

Sin embargo, desde entonces hasta hoy han cambiado muchísimas cosas.

No ha cambiado lo esencial.

En nuestras constituciones existe un capítulo dedicado a la identidad de la congregación: nuestro carisma y nuestra espiritualidad.

Eso no se toca, porque forma parte del Evangelio y del don recibido por nuestro fundador.

Lo que sí cambia son las formas concretas de vivir los consejos evangélicos.

Por ejemplo, la pobreza.

Hace treinta años era muy distinta.

Nosotras hacemos voto de pobreza y todo debe ser común.

Nada es mío; todo es de todas.

Pero hoy vivimos en un mundo con cuentas bancarias, tarjetas de débito y otros sistemas económicos que antes no existían.

Cada hermana trabaja y recibe su sueldo en una cuenta personal.

Entonces aparecen desafíos nuevos para vivir realmente el compartir.

Por eso tenemos un fondo común donde todas aportamos.

Seguimos cultivando el espíritu de que todo es para el bien común y que ninguna hermana pase necesidad.

No importa quién gane más o menos.

La igualdad sigue siendo un valor fundamental.

También cambió la manera de vivir la castidad.

Cuando yo ingresé existía mucho temor frente a las expresiones afectivas.

Había desconfianza hacia las amistades particulares o las relaciones demasiado cercanas.

Todo parecía peligroso.

Eso ha cambiado mucho.

Hoy somos hermanas.

Es normal que algunas tengan una amistad más cercana con otras.

Tenemos también amigos y amigas laicos.

Naturalmente debemos cuidarnos mutuamente porque seguimos siendo personas humanas y necesitamos ayudarnos a custodiar la propia vocación.

Respecto al voto de obediencia también hubo un cambio importante.

Antes el superior tenía prácticamente la última palabra y muchas hermanas no expresaban realmente lo que pensaban.

Eso prácticamente ha desaparecido.

Incluso el modo de tratarnos ha cambiado.

Nosotras somos todas hermanas.

Existen los cargos de gobierno porque son necesarios organizativamente, pero en la vida cotidiana somos hermanas.

Antes la superiora tenía su asiento propio en el comedor, su lugar exclusivo en la capilla, y nadie podía ocuparlo.

Hoy todo es mucho más fraterno, cercano y circular.

En definitiva, han cambiado las formas, pero no la esencia.

Entrevistador: Estos cambios pueden parecer un avance e incluso hacer más atractiva la vida religiosa para los jóvenes.

Sin embargo, muchas veces se habla de una crisis vocacional.

Desde su experiencia, ¿ve esperanza para el futuro de la vida religiosa?

Madre Siomara: No sé si la esperanza la veo tanto en lo cuantitativo, pero sí la veo claramente en lo cualitativo.

En mi congregación tenemos aproximadamente diez jóvenes entre aspirantes y hermanas de votos temporales.

En Argentina eso ya es un número importante, sobre todo comparado con otras congregaciones que llevan años sin recibir ninguna vocación.

Yo observo en nuestras hermanas jóvenes un enorme deseo de vivir con fidelidad y coherencia su consagración.

Quizá lo viven de un modo distinto al nuestro.

A las generaciones mayores nos cuesta más porque fuimos formadas dentro de esquemas muy estructurados.

Ellas, en cambio, nos ayudan a descubrir maneras nuevas de vivir el mismo carisma sin perder la esencia.

Nosotras, las hermanas mayores, tratamos de recordar aquello que es irrenunciable la vida espiritual; la vida fraterna; la vida compartida; el compromiso pastoral; la responsabilidad; la corresponsabilidad en la misión de la congregación y de la Iglesia.

Eso no puede negociarse.

Ellas, por su parte, nos aportan espontaneidad, libertad para expresarse, cercanía y una manera distinta de relacionarse.

También nos ayudan a relativizar cosas que antes considerábamos fundamentales y que quizá no lo eran tanto.

Nos vamos humanizando mutuamente.

Cuando pienso en estos cambios, creo que el mayor beneficio ha sido precisamente la humanización.

Antes existían estructuras muy rígidas que, sin ser malas, podían hacernos perder humanidad.

Hoy podemos decir con naturalidad:

—Hoy estoy muy mal. Necesito un poco de silencio.

Antes eso era impensable.

Y esa posibilidad de expresar lo que vivimos también forma parte de la vida fraterna.

Entrevistador: Hace un momento usted decía que la esperanza está más en lo cualitativo que en lo cuantitativo.

Hay una frase atribuida a san Juan Pablo II que dice, aproximadamente: "La Iglesia, depositaria de la verdad, debe defenderla, aunque lleguemos a ser solamente doce."

¿Qué piensa usted de esa afirmación?

Madre Siomara: En la vida religiosa solemos repetir una expresión: "Somos pocas y pobres."

Pero eso nunca debe hacernos perder la esperanza.

Cuando hablaba de lo cuantitativo me refería precisamente a eso.

Podemos ser pocas y pobres, pero debemos renovar constantemente la centralidad de Jesucristo y del Evangelio.

Esa es la esencia de la vida religiosa.

Más que preocuparnos por cuántas somos, debemos preocuparnos por ser un signo creíble y profético del Reino de Dios.

Tampoco podemos escondernos porque seamos pocas.

El Evangelio habla de la levadura en la masa.

La levadura es pequeña, pero transforma toda la masa.

No se trata de conformarnos con ser pocas.

Se trata de seguir siendo presencia significativa.

A veces se dice que quizá un día desaparezca este modo concreto de vida religiosa.

Puede ocurrir.

Tal vez desaparezcan ciertos formatos.

Lo que nunca desaparecerá será el seguimiento radical de Jesucristo.

Quizá llegue un tiempo en que ya no existan religiosas con hábito.

Nosotras todavía lo usamos, pero podría cambiar.

La Iglesia tendrá que preguntarse de qué manera seguirá siendo presencia en un mundo cada vez más secularizado.

Habrá que repensar cómo ser levadura en medio de la sociedad.

Eso supone un gran despojo.

Antes éramos muchas y podíamos sostener solas nuestras obras.

Hoy necesitamos caminar junto a otras congregaciones.

Nosotras tenemos comunidades intercongregacionales donde religiosas de distintas familias compartimos la misión.

Trabajamos en red porque solas ya no alcanzaríamos.

Pero no creo que la vida religiosa desaparezca.

Dios sigue llamando.

La vida religiosa no es un invento humano; es un don de Dios para la Iglesia.

Por eso miro el futuro con esperanza.

Entrevistador: Ciertamente. Nosotros, en el ambiente del seminario, repetimos con frecuencia aquella petición del Evangelio: «Rueguen al dueño de la mies para que envíe obreros a su mies.» No solo sacerdotes, sino también religiosas, familias misioneras y tantos otros llamados al servicio del Reino.

Madre, dentro de todo lo que el papa Francisco ha impulsado en la Iglesia, y siendo usted argentina, seguramente siente una conexión especial con el tema de la sinodalidad.

¿Cómo debemos entenderla? ¿Qué quiso enseñarnos el Papa?

Madre Siomara: Creo que lo que ha hecho Francisco es recoger lo que ya planteó el Concilio Vaticano II.

En realidad, ninguno de estos temas es completamente nuevo. Todos los papas han ido realizando una recepción y actualización del Concilio.

Lo que Francisco nos propone es un llamado muy fuerte a renovar la Iglesia para que sea fiel al hombre y a la mujer de hoy, sin perder nunca su esencia.

Uno de los objetivos fundamentales de la sinodalidad es actualizar la presencia de Cristo Resucitado en la vida del cristiano.

Es volver a poner a Jesús en el centro.

Si uno lee el documento final del Sínodo, verá que todo está atravesado por un gran llamado a la conversión.

No habrá cambios verdaderos en la Iglesia mientras no haya conversión.

Y la primera conversión consiste en volver a la presencia del Espíritu Santo que habita en nosotros.

¿Y para qué nos convierte el Espíritu?

Para identificarnos con el proyecto redentor del Padre y asociarnos plenamente a la misión de Jesucristo.

Todos estamos llamados a eso: bautizados, ministros ordenados y personas consagradas.

Después vendrán las demás conversiones que el documento menciona: la conversión de las relaciones, la conversión de los procesos y la conversión de las estructuras.

Pero todo comienza en el corazón.

Desde ahí entiendo la sinodalidad.

Esto implica también revisar nuestra identidad bautismal.

Tenemos que preguntarnos seriamente cómo vive hoy el bautizado su fe en medio de un mundo tan complejo.

Vivimos muy influenciados por la cultura contemporánea y, casi sin darnos cuenta, podemos ir diluyendo el Evangelio.

Por eso considero que lo primero es recuperar con fuerza nuestra identidad de hijos de Dios.

Después vendrán naturalmente el caminar juntos, el escucharnos, el respetarnos y el valorarnos mutuamente.

Todo eso será consecuencia de una auténtica conversión interior.

Entrevistador: Hemos dicho que este camino sinodal fue impulsado especialmente por el papa Francisco.

¿Cree usted que el papa León XIV le está dando continuidad?

Madre Siomara: Creo que sí.

Naturalmente, con su propio estilo y con sus propios aportes.

Eso me alegra mucho.

A veces los católicos vivimos demasiado pendientes de comparar a un Papa con otro.

Nos preguntamos si continuará la misma línea, si cambiará todo o si se opondrá a lo anterior.

Yo veo que el papa León está marcando su propio estilo, pero al mismo tiempo está dando continuidad.

Y eso evita desorientar a la Iglesia.

Si un Papa impulsa una Iglesia entendida como Pueblo de Dios, corresponsable, que discierne y camina unida, y luego viniera otro diciendo que todo corresponde exclusivamente a los ministros ordenados, se produciría una ruptura muy grande.

Por eso me alegra ver que continúa promoviendo la corresponsabilidad, el trabajo conjunto y la participación de todos los bautizados.

Entrevistador: Precisamente dentro de esa participación de todos aparece también la mujer.

Ayúdenos, por favor, a distinguir entre diaconía femenina y diaconado femenino.

Son dos conceptos que hoy se escuchan mucho y que, en la práctica, suelen confundirse.

Madre Siomara: Creo que la diaconía femenina tiene que ver con un servicio pastoral específico.

Es un ministerio confiado a mujeres para realizar determinadas tareas pastorales concretas, normalmente respaldadas por un envío o una bendición de la Iglesia.

Esto ya existía en las primeras comunidades cristianas.

Las mujeres ejercían diversos servicios: acompañaban comunidades, cuidaban de los más vulnerables, trabajaban con los pobres y asumían responsabilidades pastorales importantes.

Eso pertenece al ámbito de la diaconía.

Y hoy muchas religiosas siguen realizando esas tareas, especialmente en lugares donde no hay presencia estable de sacerdotes.

Otra cosa distinta es el diaconado femenino entendido como ministerio ordenado.

Ahí entramos ya en el ámbito del sacramento del Orden.

No es simplemente desempeñar un servicio pastoral durante un tiempo, sino recibir un ministerio estable con carácter sacramental.

Francisco amplió los ministerios instituidos, como el lectorado y el acolitado, y creó también el ministerio instituido del catequista.

Incluso se habla de reconocer oficialmente otros servicios, como el de quienes trabajan en Cáritas.

Pero cuando se habla del diaconado femenino, la cuestión cambia porque ya no se trata únicamente de un ministerio instituido, sino de un ministerio ordenado.

Y ahí la reflexión todavía continúa.

Entrevistador: Ese es justamente el punto más debatido.

Madre Siomara: Exactamente. La diaconía ya existe. El problema es el ministerio ordenado.

He leído investigaciones sobre las llamadas diaconisas de los primeros siglos y sobre mujeres que colaboraban estrechamente con los obispos, llegando incluso a representarlos en determinadas comunidades.

Pero la Iglesia todavía considera que no existen todos los elementos necesarios para equiparar esas experiencias históricas con el diaconado permanente tal como hoy lo entendemos.

También pienso en otro dato.

El diaconado permanente fue restaurado después del Concilio Vaticano II.

Han pasado más de sesenta años y todavía hay lugares donde cuesta comprender plenamente su identidad y misión.

En Argentina, por ejemplo, existen diócesis donde aún genera ciertas reservas, mientras que en otras el diaconado permanente ha dado frutos extraordinarios.

Entonces, pensar ahora en un diaconado femenino requerirá también un largo proceso de reflexión eclesial.

Ojalá pueda darse, si esa es la voluntad de Dios y de la Iglesia.

Porque, en realidad, el ministerio del diácono tiene funciones concretas y limitadas.

Por ejemplo, no preside la Eucaristía.

No se trata de un ministerio que concentre todo el gobierno de la Iglesia.

Muchas de esas tareas perfectamente podrían ser realizadas por mujeres.

Pero yo no soy teóloga ni biblista.

Solo comparto mi percepción personal.

Entrevistador: En la evolución histórica de este tema, algunos estudios han sostenido que el desarrollo de la figura de Febe, la diaconisa mencionada por san Pablo, habría desembocado, de alguna manera, en la vida religiosa femenina actual.

¿Está usted de acuerdo con esa interpretación?

Madre Siomara: A medias. Reconozco que existen semejanzas.

Pero no creo que pueda hacerse una identificación completa.

Si una mujer ocupa determinados espacios únicamente para suplir la ausencia de sacerdotes, me parece que esa no es una fundamentación suficientemente sólida.

La mujer no está llamada simplemente a llenar vacíos. Eso no le da verdadero protagonismo.

Otra cosa muy distinta sería que ese ministerio surgiera naturalmente como parte del desarrollo de la vida y de la misión de la Iglesia.

Entonces sí me parecería muy interesante.

No solo para colaborar donde falta un sacerdote, sino para participar de manera estable en la vida eclesial, con voz, con presencia y con capacidad de contribuir al discernimiento y a la toma de decisiones.

Y aclaro algo. No digo esto porque sea feminista. No soy feminista. Simplemente soy mujer.

Entrevistador: Madre, usted nos ha hablado de su experiencia como docente, catequista y formadora. ¿Cómo anunciar hoy el Evangelio? ¿Cómo catequizar a una generación que vive permanentemente conectada a las redes sociales?

Madre Siomara: Primero tengo que reconocer que soy bastante analfabeta digital. Manejo solamente lo básico. Sí leo y utilizo algunas redes sociales. Aprendo mucho de ellas.

Creo que quienes las usan para evangelizar deben estar muy bien preparados para ofrecer contenidos verdaderamente valiosos.

Pero pensando en los jóvenes de hoy, creo que el desafío principal no consiste únicamente en competir con las redes.

La Iglesia nos propone construir comunidades acogedoras.

Comunidades donde cada joven se sienta reconocido, valorado y amado.

Cuando un joven encuentra una comunidad que realmente lo recibe y le da un lugar, poco a poco comienza a ordenar sus prioridades.

No se trata de demonizar las redes sociales.

No son malas en sí mismas.

El problema aparece cuando terminan absorbiendo a la persona y deshumanizándola.

Por eso insisto tanto en formar comunidades vivas, tanto en las parroquias como en los colegios y movimientos.

Cuando uno descubre su vocación sucede algo parecido.

Antes había muchas cosas importantes.

Pero cuando uno se enamora de Jesucristo, todo comienza a reorganizarse.

No es que aquello anterior fuera malo.

Simplemente deja de ocupar el primer lugar.

Creo que ese mismo proceso puede vivir un joven cuando encuentra una comunidad cristiana donde es acogido, escuchado y valorado.

Muchas veces no encuentra eso ni en su familia, ni entre sus amigos, ni en la sociedad.

Vivimos en un mundo muy competitivo y muy narcisista.

Por eso la comunidad cristiana puede convertirse en ese espacio donde la persona descubre su verdadero valor.

Entrevistador: El papa Benedicto XVI hablaba del mundo digital como un "sexto continente", un nuevo espacio que necesita ser evangelizado.

Y la primera encíclica del papa León XIV, Magnifica Humanitas, al reflexionar sobre la inteligencia artificial y la dignidad humana, nos ayuda precisamente a situarnos ante estos desafíos.

No demoniza la tecnología, pero tampoco la absolutiza.

Nos invita a usarla con discernimiento para que contribuya verdaderamente a nuestra humanización.

Ahí parece estar uno de los grandes retos de la Iglesia: formar personas capaces de usar estos medios con espíritu crítico y con una conciencia iluminada por el Evangelio.

Entrevistador: Madre, todo lo que empieza también termina. Estamos llegando al final de esta entrevista.

He preparado unas preguntas rápidas. Las preguntas serán rápidas, pero las respuestas no necesariamente tienen que serlo.

Comencemos. Un santo.

Madre Siomara: Como mercedaria tengo que decir san Pedro Nolasco. Soy una enamorada de san Pedro Nolasco. Además, fue laico, no sacerdote. Era un mercader que vio cómo muchos cristianos eran tomados como esclavos por los musulmanes. Era un hombre rico, dedicado al comercio, pero cambió completamente el rumbo de su vida y la entregó a la redención de los cautivos.

Todo lo que leo sobre san Pedro Nolasco me apasiona, porque alimenta profundamente mi propio carisma redentor.

Entrevistador: Un libro.

Madre Siomara: El mercader de la libertad, de Carlo Pronzato. Es una biografía de san Pedro Nolasco. La he leído muchísimas veces.

Me gusta mucho porque establece un paralelo muy hermoso entre el mercader de mercancías y el mercader que compra la libertad de las personas.

El lema mercedario dice: «Mi vida por tu libertad». Eso resume perfectamente la vida de san Pedro Nolasco. Pronzato lo explica de una manera extraordinaria.

Entrevistador: Ojalá podamos conseguir ese libro aquí.

Madre Siomara: Yo lo tengo digitalizado. Se los voy a enviar.

Entrevistador: Una virtud.

Madre Siomara: La esperanza.

A veces hablamos mucho de la fe y de la caridad, pero la esperanza parece quedar como la "Cenicienta" de las virtudes teologales.

Sin embargo, hace tiempo descubrí que es precisamente la esperanza la que sostiene mi fe.

El amor concreta la fe, pero es la esperanza la que me mantiene caminando hacia aquello que aún no poseo plenamente.

Por eso, para mí, la esperanza ocupa un lugar muy especial.

Entrevistador: Precisamente acabamos de vivir el Año Santo convocado por el papa Francisco bajo el signo de la esperanza.

Madre Siomara: Fue un verdadero regalo. Aunque san Pablo diga que un día pasarán la fe y la esperanza y permanecerá únicamente el amor, hoy, mientras caminamos en esta vida, es la esperanza la que nos sostiene.

Entrevistador: Un Papa.

Madre Siomara: Aquí voy a dejar hablar un poco al corazón. Diría el papa Francisco. Sobre todo, por su cercanía pastoral. Lo siento muy cercano, muy humano. Incluso entiendo perfectamente muchas expresiones propias de su lenguaje argentino cuando habla de "balconear", "ningunear" y tantas otras. Eso, para un argentino, tiene un sabor muy especial.

Entrevistador: Un pasaje del Evangelio.

Madre Siomara: La samaritana. Cuando descubrí la fe y aprendí a rezar siendo novicia, me encontré con ese pasaje del Evangelio. Recuerdo haber pensado inmediatamente: «Esta soy yo.» Me siento profundamente identificada con el camino de fe de la mujer samaritana.

Cuando celebré mis bodas de plata de vida religiosa, toda la celebración estuvo inspirada precisamente en ese relato.

Nunca me canso de leerlo, rezarlo, subrayarlo y volver sobre él.

Siempre encuentro algo nuevo.

Entrevistador: ¿Ha escrito algo sobre ese pasaje?

Madre Siomara: No exactamente. Más bien he elaborado muchos esquemas catequísticos. Mi dificultad es otra. Soy muy esquemática. Leo mucho, estudio bastante y voy organizando todo en esquemas que después utilizo en mis clases, cursos y conferencias.

Muchas personas me han insistido para que escriba. Pero me cuesta sentarme a redactar. Tengo el contenido, pero no la facilidad para convertirlo en una narración. Ese es uno de mis propósitos actuales: comenzar a escribir.

Entrevistador: Pues no parece que le cueste tanto, porque nos ha mantenido muy atentos durante toda esta conversación. Solo habría que transcribir todo lo que nos ha dicho.

Madre Siomara: (Ríe). Lo difícil es justamente sentarme a escribir. 

Entrevistador: Mate o café.

Madre Siomara: Mate. Desde siempre. Indiscutiblemente.

Entrevistador: Yo, en cambio, café. Muchas gracias, madre Siomara. Hemos disfrutado muchísimo esta entrevista. Sabemos que muchos hermanos seminaristas y muchas personas que verán este video también lo harán.

Antes de terminar, ¿qué mensaje quisiera dejar a quienes nos estamos preparando para el sacerdocio?

Madre Siomara: En primer lugar, doy gracias a Dios porque sigue llamando a jóvenes a la vida sacerdotal. Agradezco profundamente a estos muchachos que se han animado a responder al Señor en una sociedad llena de tantas propuestas y alternativas.

Dar ese paso requiere mucho coraje, mucha fe y mucha valentía. Pero no basta con comenzar.

Después hay que sostener la vocación.

Al principio uno está lleno de entusiasmo. Todo parece maravilloso.

Pero luego llegan la convivencia, los desgastes propios del ministerio, las dificultades pastorales y las pruebas de la vida. Entonces uno puede empezar a aflojar. Por eso les diría que nunca dejen de mirar a Jesucristo.

No solamente al Cristo resucitado, sino también al Jesús histórico que caminó, sufrió, lloró, compartió la vida de la gente y entregó su existencia por amor.

Ese Jesús es el que debe inspirar siempre nuestro modo de ser sacerdotes.

Solo así podrán ser verdaderos pastores, padres, hombres cercanos y profundamente humanos.

La humanidad nunca debe perderse.

También quiero insistir en algo que considero absolutamente innegociable: la formación.

No para caer en el enciclopedismo del que hablaba el papa Francisco.

No para convertirse en un sacerdote que solo acumula conocimientos.

Sino porque el estudio debe fortalecer la fe.

Si la teología no me ayuda a crecer espiritualmente, pierde su sentido.

No estudien solamente por la ciencia misma.

Estudien para conocer mejor al Señor y servir mejor al Pueblo de Dios.

Nunca dejen de sentirse discípulos. Estamos llamados a configurarnos con Jesucristo. Configurar nuestra vida con la suya. Asumir su estilo de pastor y de padre. Cuando hablo de padre, pienso en alguien que tiene un corazón lleno de misericordia, que acompaña, sostiene, escucha y ofrece seguridad.

Y cuando hablo de pastor, pienso en alguien que camina junto a su pueblo, que no se escandaliza fácilmente y que permanece cercano a las personas.

Además, les digo algo que siempre repito a los seminaristas con quienes trabajo:

Estudien mucho. Estudien teología, dogmática, patrística, Sagrada Escritura. Lean, investiguen y profundicen.

Un sacerdote necesita conocer mucho para poder anunciar bien el Evangelio.

Solo quien posee herramientas podrá traducir después todo ese conocimiento en una verdadera acción pastoral.

Cuanto más conozco, mejor preparado estoy para hacer una auténtica bajada pastoral.

La pastoral no es otra cosa que la vida concreta de la Iglesia.

Por eso, no pierdan nunca el norte.

Ustedes están aquí para vivir radicalmente el seguimiento de Jesucristo.

No basta haberlo encontrado una vez. Hay que volver a reconocerlo todos los días. Porque, poco a poco, otras cosas pueden ir ocupando su lugar. Defiendan su vocación. Vendrán tentaciones.

Llegarán noches oscuras. Habrá momentos de cansancio. Pero no abandonen el camino.

Hoy vemos que muchas personas, incluso en el matrimonio, abandonan el compromiso ante la primera dificultad.

La vocación también necesita ser defendida y cuidada.

Porque viene de Dios.

Yo estoy absolutamente convencida de eso.

Cuando alguien entra solamente por un impulso pasajero o por motivos superficiales, termina marchándose o vive una vocación mediocre.

Y también existen sacerdotes que sufren mucho.

Por ellos debemos rezar.

Entrevistador: Madre, realmente lo ha dicho todo. Muchísimas gracias por estas palabras, por su presencia y por esta visita. Ojalá podamos volver a recibirla.

Algunos de nosotros estamos terminando la formación y otros apenas comienzan este camino.

Sabemos que su oración nos ayudará mucho.

Y esta amistad que nace con su visita es un verdadero regalo para todos nosotros.

Gracias de corazón.

Madre Siomara: Gracias a ustedes. Gracias por este espacio. Siempre que compartimos la fe y dialogamos, todos salimos enriquecidos.

También les pido perdón porque uno nunca llega a ser completamente el signo que Dios quisiera que fuera.

Pero seguimos luchando.

Entrevistador: Gracias, madre.

Y gracias también a todos los que verán esta entrevista a través de las redes sociales.

Que este testimonio pueda difundirse. Que siga anunciándose la Palabra de Dios. Sabemos que el Señor nos mira siempre con misericordia, nunca nos abandona y continúa sosteniendo a su Iglesia por medio de testimonios como el suyo.

Nosotros queremos agradecerle con un fuerte aplauso.

(Aplausos.)

Madre Siomara: Muchas gracias a todos. Ha sido una alegría compartir este momento con ustedes. Que el Señor los bendiga y los acompañe siempre en su camino vocacional.