martes, 21 de julio de 2026

Cuarenta años de la Partnerschaft Perú – Friburgo

FRATERNIDAD

Por disposición del padre rector del Seminario Conciliar San Cristóbal de Huamanga, Pbro. Jorge Miguel Palomino Roca —quien, por cierto, hoy está de cumpleaños—, participé junto con dos hermanos seminaristas, Brewin Arroyo Prado (II de Filosofía) y Juan Uziel Remón Oré (I de Filosofía), en el encuentro por los cuarenta años de la Partnerschaft Perú–Friburgo, realizado del viernes 17 al domingo 19 de julio.

Fuimos en representación de nuestro Seminario, cuyo proyecto de hermanamiento con el Seminario de Friburgo, en Alemania, viene avanzando a través de la Partnerschaft.

Al llegar a Lima, la señora Sonia Barbarán, peruana radicada en Alemania, nos recibió con mucha cordialidad en su apartamento, ubicado frente a la Costa Verde. Allí compartimos con ella el desayuno y el almuerzo del viernes. Nos acompañaban también la joven Estefany Ramos, representante de la parroquia San Francisco de Paula de Ayacucho, y el joven Guido Barrientos, representante de la parroquia Inmaculada Concepción de Villa Canaria, en la provincia de Víctor Fajardo. Así, los cinco conformábamos la delegación de la Arquidiócesis de Ayacucho en este importante encuentro.

La jornada comenzó el viernes por la noche con la celebración de la Santa Misa en la Catedral de Lima, presidida por el señor cardenal Carlos Castillo. En su homilía destacó el valor de la fraternidad y la solidaridad entre los cristianos. Lamentablemente, muchos de los asistentes no pudieron seguirla con claridad debido a los constantes problemas de sonido en la catedral. Quienes nos encontrábamos en el presbiterio logramos escucharla un poco mejor.

Los tres seminaristas prestamos el servicio del acolitado y colaboramos en la liturgia junto con un grupo de monaguillos de la parroquia alemana de Lima. En distintos momentos de la celebración tuve también la oportunidad de servir de cerca a los pastores que presidían la Eucaristía. Sostuve el micrófono al cardenal jesuita Pedro Barreto durante una de sus intervenciones como concelebrante y, antes de esto, el lavabo de manos del señor cardenal Carlos Castillo.

Fue precisamente en ese momento cuando advertí su evidente preocupación por las constantes fallas del sistema de sonido, que impedían a gran parte de los fieles escuchar con claridad la celebración. Mientras se realizaba el lavabo, expresó con pesar esa situación al acólito de la catedral que le asistía en el rito con el manutergio, dejando ver cuánto lamentaba que un momento tan significativo no pudiera ser seguido adecuadamente por la asamblea. Pero con una serenidad de ángeles, pues no perdió la paciencia.

Aquellas dos noches nos hospedamos en la casa de retiros de la parroquia Jesús Obrero. Muy temprano el sábado fuimos en bus todo el grupo hasta la cercana parroquia San Vicente de Paúl, donde se desarrolló la mayor parte del encuentro. Fue una jornada muy enriquecedora, con conferencias, ponencias, cantos y un espacio de "sinodalidad", en el que nos reunimos en pequeños grupos para orar juntos y dialogar sobre una pregunta propuesta por los organizadores.

En mi grupo desempeñé la función de secretario, tomando nota de las reflexiones compartidas por Rocío , María, Gladys, la hermana Irma, Juan Uziel, Guido y Estefany. Posteriormente, las conclusiones fueron reunidas con las de los demás grupos y presentadas en la asamblea por uno de los representantes de los secretarios.

Ese mismo día me correspondió intervenir en nombre de la Delegación Centro de la Partnerschaft, integrada por las arquidiócesis de Ayacucho y Huancayo, junto con las diócesis de Huánuco y Tarma. Presenté brevemente las principales obras sociales que se vienen impulsando en nuestra región ante la delegación alemana, encabezada por el arzobispo de Friburgo, Mons. Stephan Burger, y su obispo auxiliar, Mons. Peter Birkhofer, quienes contaban con una traductora oficial. También formaba parte de la delegación una obispa de la Iglesia luterana.

En el stand que correspondía a nuestra delegación se exhibía una mesa con una gran variedad de dulces, comidas típicas y productos representativos de las regiones participantes. Entre ellos llamaba especialmente la atención la diversidad de papas nativas expuestas. Al verlas mientras exponía a los presentes, no pude evitar hacer un comentario en tono de broma: dije que, entre tantas variedades de papas, faltaba una muy importante, el papa León, que también era peruano. La ocurrencia arrancó sonrisas entre quienes estaban cerca y se convirtió en uno de esos pequeños momentos de distensión que hacen más agradable la convivencia.

Durante los momentos libres intenté conversar con Mons. Stephan Burger, aunque el idioma fue un obstáculo: él no habla inglés y yo no hablo alemán. Gracias a la ayuda de una amable señora alemana pudimos intercambiar algunas palabras. A él lo noté un poco incómodo y especialmente callado, pues no comprendía nada de castellano ni el básico inglés. Con Mons. Peter Birkhofer fue más sencillo, pues comprende el italiano, idioma que facilita bastante la comunicación con el español.

Hubo un detalle que me sorprendió gratamente. La noche del viernes, después de la misa en la Catedral de Lima, al saludarme por primera vez me dijo con naturalidad: «Hola, Pedro». Me llamó por mi nombre desde el primer momento, quizá porque él también lleva el nombre de Pedro. Fue un gesto sencillo, pero muy cercano. Con la señora obispa luterana también pude conversar unos minutos en inglés, lengua que ambos manejábamos lo suficiente para entendernos.

La fraternidad también se vive en los pequeños momentos. La noche del sábado, mientras conversábamos en el pabellón de varones de la casa de retiros, el hermano jesuita ayacuchano Sebastián Arévalo explicaba a Guido la diferencia entre los sacerdotes diocesanos y los religiosos. En un momento dijo: «Nosotros, los religiosos, hacemos votos de pobreza, castidad y obediencia». Sin pensarlo demasiado lo interrumpí diciendo en voz alta: «¡Y nosotros los diocesanos los cumplimos!». La ocurrencia provocó una buena carcajada entre todos. Son esos instantes sencillos los que también construyen la fraternidad.

Durante el encuentro compartimos mucho con Guido Barrientos, representante de la parroquia Inmaculada Concepción de Villa Canaria. En varias conversaciones manifestó un sincero interés por el sacerdocio y nos confió que, en algún momento de su vida, se ha sentido interpelado por la vocación sacerdotal. Conociéndolo un poco más durante esos días, pude apreciar en él a un joven generoso, servicial y con un profundo espíritu de fe.

Quizá, cuando concluya su carrera universitaria, se anime a conocer más de cerca este camino, ya sea participando en alguna convivencia vocacional o incluso ingresando al Curso Introductorio del seminario. Solo Dios conoce los tiempos y los caminos de cada llamado. Por mi parte, le deseo de corazón que, si el Señor realmente lo invita a seguirlo más de cerca, tenga la valentía de responder con generosidad. Que Dios lo guíe y, si esa es su voluntad, la Iglesia lo reciba con alegría.

El domingo 19 participamos en la Eucaristía celebrada en la parroquia San Vicente de Paúl, presidida por Mons. Jorge Enrique Izaguirre Rafael, obispo de Chosica y presidente de la Partnerschaft Perú. Después de la Santa Misa tuvimos la oportunidad de presentar nuevamente un número cultural ante la delegación alemana. Para esta ocasión, el padre Jorge viajó desde Ayacucho acompañado por cuatro jóvenes aspirantes al Seminario: Puchuri, Edu, Alexander y Troy.

Puchuri y Edu deleitaron a los presentes con la ejecución de sus instrumentos musicales, mientras que Alexander y Troy interpretaban la conocida canción "Polluelos", de Max Castro. Nosotros acompañamos la presentación con palmas y vistiendo la tradicional manta ayacuchana, sumándonos con entusiasmo a esta sencilla, pero significativa expresión de nuestra identidad cultural. Un momento muy alegre, en el que la música y el folclore de nuestra tierra se convirtieron en un lenguaje de fraternidad capaz de acercar a personas de distintas culturas y de expresar, sin necesidad de muchas palabras, la riqueza del pueblo ayacuchano.

Compartimos el almuerzo, las fotografías de rigor, los saludos de despedida y los últimos abrazos antes del regreso. Luego nos dirigimos al centro de Lima para comprar los pasajes de vuelta a Ayacucho.

Mientras recorríamos las librerías del jirón Amazonas, seguíamos por los televisores de los establecimientos la final del Mundial de fútbol. Aproveché la visita para comprar un libro de Federico García Lorca que aún no formaba parte de mi biblioteca. El desenlace de la tarde también me dejó contento: España se proclamó campeona del mundo, precisamente la selección a la que yo apoyaba. Bonito cierre para un fin de semana lleno de encuentros, aprendizajes, fraternidad y nuevas amistades.

Después de una deliciosa pizza en el centro de Lima, esa misma noche emprendimos el viaje de regreso a Ayacucho, agradecidos por haber participado en esta celebración de los cuarenta años de la Partnerschaft, una experiencia que confirmó que la fraternidad cristiana puede superar las distancias, las culturas e incluso las barreras del idioma.

La Partnerschaft es una iniciativa social de la Iglesia católica que se fundamenta en una auténtica unión eclesial de amistad y hermanamiento. Constituye un camino de fraternidad y solidaridad entre la Arquidiócesis de Friburgo, en Alemania, y la Iglesia en el Perú, a través del vínculo entre parroquias de ambas realidades.

Estas parroquias comparten sus experiencias mediante diversas formas de encuentro: visitas de delegaciones, intercambio de voluntarios y estancias prolongadas —generalmente de un año— en la realidad pastoral del otro. Todo este dinamismo se sustenta en la espiritualidad de la comunión, que reconoce que Dios nos une como hermanos, más allá de las diferencias culturales y las distancias geográficas. Esta comunión se expresa de manera concreta en la oración y en las celebraciones litúrgicas compartidas.

Para su adecuado funcionamiento, la Partnerschaft requiere una organización sólida: trabajo en equipo, apoyo mutuo y un constante intercambio de información y experiencias. Las parroquias alemanas, además, brindan apoyo económico mediante diversas iniciativas, mientras que las parroquias peruanas procuran canalizar estos recursos hacia los más necesitados, asegurando una gestión responsable y transparente.

De este modo, se encarnan los cuatro pilares fundamentales de la Partnerschaft: espiritualidad, comunicación, organización y solidaridad.

La Partnerschaft entre la Arquidiócesis de Friburgo (Alemania) y la Iglesia del Perú nació en 1986 como una expresión concreta de la comunión entre Iglesias hermanas. Su inicio oficial estuvo marcado por dos celebraciones eucarísticas: la primera, presidida por el Cardenal Juan Landázuri Ricketts el 23 de febrero de 1986 en Lima; y la segunda, celebrada el 13 de abril del mismo año por el arzobispo de Friburgo, Mons. Oskar Saier, también en la Catedral de Lima.

Durante sus primeros años, la Partnerschaft fue acompañada por un equipo de obispos de la Conferencia Episcopal Peruana, coordinado por el P. Wilfredo Voitschek, junto con representantes de ambas Iglesias. En 1989 se conformó oficialmente el Equipo de la Partnerschaft de la Arquidiócesis de Friburgo en el Perú, encargado de coordinar y fortalecer los vínculos entre las parroquias hermanadas.

Con el paso del tiempo, el crecimiento de las relaciones entre parroquias y diócesis hizo necesaria una estructura de coordinación más amplia. Por ello, a raíz de una iniciativa impulsada por Mons. Luis Bambarén, entonces presidente de la Conferencia Episcopal Peruana, se convocó en agosto de 2001 una reunión nacional en Lima con obispos, sacerdotes, religiosas y laicos comprometidos con la Partnerschaft. En ese encuentro se constituyó el Consejo Nacional de la Partnerschaft Perú–Friburgo.

Finalmente, el 7 de febrero de 2002, la Conferencia Episcopal Peruana otorgó el reconocimiento oficial al Consejo Nacional como organismo consultivo, encargado de colaborar con el Equipo de la Partnerschaft de la Arquidiócesis de Friburgo y de promover, coordinar y acompañar el camino de fraternidad, comunión y solidaridad entre las Iglesias de Friburgo y del Perú.






lunes, 13 de julio de 2026

Mi Solemne Profesión de Fe y Juramento de Fidelidad

 EN VÍAS AL DIACONADO

Como parte del camino que la Iglesia establece para quienes nos preparamos a recibir el Orden Sagrado del Diaconado, en este día 13 de julio, mi hermano seminarista Juan Sixto Choque Arias y yo realizamos la Solemne Profesión de Fe y el Juramento de Fidelidad, durante la Santa Misa de las 6:00 p. m. en la Basílica Catedral de Ayacucho, presidida por Monseñor Salvador Piñeiro García-Calderón.

Después de la homilía, el señor arzobispo nos invitó a acercarnos al altar. Desde allí pronunciamos, en primer lugar, nuestros nombres completos y leímos en voz alta la Solemne Profesión de Fe, que contiene el Credo Niceno-Constantinopolitano acompañado de las fórmulas mediante las cuales manifestamos nuestra plena adhesión a la fe de la Iglesia Católica y a las verdades que ella propone para creer.

A continuación, realizamos el Juramento de Fidelidad, mediante el cual nos comprometimos solemnemente a conservar íntegro el depósito de la fe, desempeñar con fidelidad el ministerio que la Iglesia nos confíe y mantener siempre la comunión con el Romano Pontífice y con nuestros legítimos pastores.

Concluida la lectura de ambos textos, firmamos de puño y letra los documentos sobre el altar y, finalmente, también los suscribió Monseñor Salvador Piñeiro. El acto culminó con un fraterno y emotivo abrazo de felicitación por este importante paso en nuestro camino hacia el diaconado.

Doy gracias a Dios por este momento de profunda trascendencia espiritual y eclesial. Renovar públicamente mi adhesión a la fe de la Iglesia y comprometerme a servirla con fidelidad constituye una gracia inmensa y una responsabilidad que asumo con humildad, confiando plenamente en la ayuda del Señor y en la protección de la Santísima Virgen María. Que Él, que ha comenzado esta obra en mí, la lleve a feliz término para gloria de su Nombre y servicio de su Pueblo.






domingo, 12 de julio de 2026

Anuncio de la fecha de mi ordenación diaconal

2 DE SEPTIEMBRE DE 2026

Durante la solemne celebración por el IV Centenario del Seminario Conciliar San Cristóbal de Huamanga, monseñor Salvador Piñeiro García-Calderón, arzobispo metropolitano de Ayacucho, anunció públicamente la fecha de las próximas ordenaciones diaconales y de la ordenación sacerdotal que tendrán lugar en el marco de la celebración de sus Bodas de Plata Episcopales.

Poco antes de iniciar la procesión de entrada —que partió desde el seminario hasta la Basílica Catedral de Ayacucho acompañando la imagen de san Cristóbal—, monseñor nos llamó aparte a Juan Sixto y a mí. Nos comentó que había leído los informes enviados por el rector del Seminario San Pío X de Huancayo y que, tal como este le había recordado, correspondía que fuésemos admitidos a las Sagradas Órdenes, conforme al canon 1034 del Código de Derecho Canónico.

En ese momento le indiqué que ya había recibido el rito de admisión en Venezuela, en el año 2019, de manos del cardenal Baltazar Enrique Porras Cardozo. Con la sencillez y cercanía que lo caracterizan, monseñor Salvador me respondió que no existía ningún inconveniente en conferir nuevamente este rito, ahora en la Iglesia de Ayacucho.

Al concluir la homilía, el señor arzobispo se dirigió a toda la asamblea con estas palabras: «Hoy me acompañan mis queridos seminaristas, y especialmente a dos de ellos los voy a llamar para que tengan la admisión a las Órdenes. Ya después harán el juramento que tienen que hacer y el Credo; pero qué bonito día para presentarlos a la comunidad católica. Ellos están ya en el último año de seminario, preparándose para recibir el Orden del Diaconado y dar ese paso final y definitivo hacia el sacerdocio, según el corazón de Cristo. Amén. Invito al padre rector para que los presente.»

A continuación, el padre rector pronunció nuestros nombres y fuimos llamados al presbiterio. Me situé a la derecha del señor arzobispo y Juan Sixto a su izquierda. Al escuchar nuestros nombres respondimos con un firme «Presente» y, posteriormente, a las preguntas propias del rito contestamos dos veces: «Sí, estoy dispuesto».

Después nos invitó a colocarnos frente a él para la oración conclusiva de la admisión. Fue entonces cuando, con gran alegría y ante toda la Iglesia reunida, hizo el esperado anuncio: «Les anuncio, queridos hermanos, que el 2 de septiembre los ordenaré de diáconos en la Catedral; y al hermano Ernesto, sacerdote, que está sirviendo en Querobamba. ¡Buen anuncio!»

En ese instante la catedral estalló en un prolongado aplauso. Fue un momento profundamente emotivo que permanecerá para siempre grabado en mi memoria. Mientras la alegría de la feligresía se hacía sentir en cada rincón del templo, dirigí discretamente la mirada entre los asistentes buscando un rostro familiar. Allí estaba mi papá. Bastó ese instante para que mi corazón se llenara de una inmensa gratitud, al verlo presente, compartiendo conmigo aquel momento tan esperado. Tras el anuncio profesamos solemnemente el Credo y la celebración eucarística continuó con su curso habitual.

Doy gracias a Dios por este paso decisivo en mi camino vocacional. La fecha del 2 de septiembre la he rezado muchísimo durante todo este tiempo, esta fecha queda grabada para siempre en mi corazón como el día en que, si Dios lo permite, recibiré el sagrado Orden del Diaconado y comenzaré sacramentalmente mi ministerio al servicio de Cristo y de su Iglesia.



martes, 7 de julio de 2026

El papa Francisco y Federico García Lorca

“LA CASADA INFIEL”

La educación no consiste únicamente en transmitir conocimientos; consiste, sobre todo, en despertar el deseo de conocer.

Esa convicción parece resumir una de las experiencias más hermosas de la vida docente del entonces joven jesuita Jorge Mario Bergoglio, mucho antes de convertirse en el papa Francisco. En una época en que muchos profesores se preguntan cómo lograr que los jóvenes lean, Bergoglio encontró una respuesta sencilla y profundamente humana: comenzar por aquello que despertaba su interés.

La anécdota, recordada por el propio pontífice en 2024, revela una faceta poco conocida de Francisco: la del profesor apasionado por la literatura. Entre 1964 y 1965, con apenas veintiocho años, enseñaba Literatura en un colegio jesuita de Santa Fe, Argentina. El programa académico exigía estudiar el Cantar de Mio Cid, una de las obras fundacionales de la literatura española. Sin embargo, sus alumnos mostraban escaso entusiasmo por aquel clásico medieval. Ellos querían leer otra cosa. Pedían leer a Federico García Lorca, el famoso poeta español asesinado treinta años antes. Muchos profesores habrían respondido con una negativa rotunda. El profesor Bergoglio hizo exactamente lo contrario.

En la carta Sobre el papel de la literatura en la formación, publicada el 17 de julio de 2024, el papa recuerda aquella experiencia con sorprendente naturalidad:

"Los chicos no les gustaba. Pedían leer a García Lorca. Así que decidí que estudiarían El Cid en casa, y durante las clases trataría a los autores que más les gustaban a los chicos... A medida que leían esas cosas que les atraían en ese momento, fueron teniendo un gusto más general por la literatura, por la poesía, para luego pasar a otros autores."[1]

Estas palabras revelan una intuición pedagógica extraordinaria. Francisco no renunció a enseñar los clásicos; simplemente comprendió que el camino para llegar a ellos debía comenzar por despertar el gusto por la lectura. El profesor no rebajó el nivel académico, sino que cambió el método.

En tiempos donde la educación suele reducirse al cumplimiento de programas y evaluaciones, aquella decisión resulta sorprendentemente actual. Bergoglio comprendió que nadie ama lo que primero no ha descubierto con alegría. La literatura, antes que una obligación escolar, debía convertirse en una experiencia.

No deja de llamar la atención que el autor elegido fuera Federico García Lorca. El poeta granadino no era precisamente una figura cómoda para todos los ambientes educativos de la época. Su muerte durante la Guerra Civil Española, su personalidad artística y algunos prejuicios ideológicos hicieron que durante décadas fuera visto con reservas en ciertos sectores. Sin embargo, Bergoglio supo distinguir entre las etiquetas ideológicas y la grandeza literaria. Su objetivo ciertamente no era formar partidarios de una corriente política, sino lectores capaces de emocionarse ante la belleza de un poema.

Esta convicción quedó confirmada pocos meses después de la publicación de aquella carta. El 19 de septiembre de 2024, Francisco recibió en audiencia privada al poeta español don Luis García Montero, director del Instituto Cervantes. Durante la conversación, el Papa volvió espontáneamente sobre aquellos años como profesor de literatura.

Según relató posteriormente García Montero, Francisco confesó que los poemas de García Lorca habían sido decisivos para despertar el interés de sus alumnos por la asignatura. En particular recordó, entre risas, un poema muy concreto: "La casada infiel", del Romancero gitano.[2]

No deja de sorprender que un Papa recuerde con humor haber utilizado un poema de "tono picante" para captar la atención de unos adolescentes. Sin embargo, detrás de esa anécdota hay una profunda lección educativa. Francisco conocía el mundo juvenil. Sabía que los adolescentes se sienten atraídos por aquello que despierta su curiosidad. En lugar de combatir ese interés, decidió convertirlo en un puente hacia una formación literaria más amplia. No era una estrategia improvisada, sino una auténtica pedagogía.

El papa Francisco siempre defendió la lectura de novelas y poemas como parte indispensable de la formación intelectual y espiritual. En la misma carta de 2024 sostiene que la literatura permite ampliar la experiencia humana, comprender mejor los sentimientos propios y ajenos, desarrollar la empatía y cultivar una imaginación capaz de abrirse al misterio del otro.[3]

No es casual que un sacerdote con esa visión haya terminado convirtiéndose en un Papa que insistió constantemente en la cultura del encuentro. La buena literatura enseña precisamente eso: salir de uno mismo para entrar en la vida del otro.

En un tiempo dominado por las pantallas, la velocidad y la lectura fragmentaria, la experiencia pedagógica del joven Bergoglio ofrece una enseñanza que conserva toda su vigencia. Muchos educadores siguen preguntándose cómo obligar a leer a los jóvenes. Francisco planteó la pregunta de otra manera: ¿qué desean leer los jóvenes? Y desde esa respuesta comenzó un itinerario que terminó conduciéndolos hacia los grandes clásicos. No sustituyó el Cantar de Mio Cid por García Lorca. Utilizó a García Lorca para llegar al Cantar de Mio Cid.

Esa diferencia cambia por completo la perspectiva educativa. Quizá ahí resida una de las lecciones más fecundas del profesor Bergoglio. Educar no consiste únicamente en transmitir contenidos, sino en despertar el deseo de conocer. El verdadero maestro no impone el camino; descubre dónde está el corazón de sus alumnos y, desde allí, los conduce hacia horizontes más amplios.

Federico García Lorca fue, para aquellos adolescentes argentinos de 1965, mucho más que un poeta. Fue la puerta de entrada al mundo de la literatura. Él mismo dijo “No sólo de pan vive el hombre. Yo, si tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle no pediría un pan, sino que pediría medio pan y un libro.”[4]

Y el joven profesor jesuita comprendió, mucho antes de ser Papa, que la belleza tiene una fuerza educativa que ningún programa académico puede reemplazar.

Anexo

Federico García Lorca

La casada infiel[5]

A Lydia Cabrera y a su negrita

Y que yo me la llevé al río
creyendo que era mozuela,
pero tenía marido.

Fue la noche de Santiago
y casi por compromiso.
Se apagaron los faroles
y se encendieron los grillos.
En las últimas esquinas
toqué sus pechos dormidos,
y se me abrieron de pronto
como ramos de jacintos.
El almidón de su enagua
me sonaba en el oído,
como una pieza de seda
rasgada por diez cuchillos.
Sin luz de plata en sus copas
los árboles han crecido,
y un horizonte de perros
ladra muy lejos del río.

  •  

Pasadas las zarzamoras,
los juncos y los espinos,
bajo su mata de pelo
hice un hoyo sobre el limo.
Yo me quité la corbata.
Ella se quitó el vestido.
Yo el cinturón con revólver.
Ella sus cuatro corpiños.
Ni nardos ni caracolas
tienen el cutis tan fino,
ni los cristales con luna
relumbran con ese brillo.
Sus muslos se me escapaban
como peces sorprendidos,
la mitad llenos de lumbre,
la mitad llenos de frío.
Aquella noche corrí
el mejor de los caminos,
montado en potra de nácar
sin bridas y sin estribos.
No quiero decir, por hombre,
las cosas que ella me dijo.
La luz del entendimiento
me hace ser muy comedido.
Sucia de besos y arena
yo me la llevé del río.
Con el aire se batían
las espadas de los lirios.

Me porté como quien soy.
Como un gitano legítimo.
Le regalé un costurero
grande de raso pajizo,
y no quise enamorarme
porque teniendo marido
me dijo que era mozuela
cuando la llevaba al río.



[1] Papa Francisco, Carta sobre el papel de la literatura en la formación, 17 de julio de 2024, n. 7.

[2] Luis García Montero, "El papa Francisco recibe al director del Instituto Cervantes", Instituto Cervantes, 19 de septiembre de 2024.

[3] Papa Francisco, Carta sobre el papel de la literatura en la formación, nn. 1–6.

[4] Federico García Lorca, Prosa, 1 (ed. Miguel García-Posada), Akal, Madrid, 1994, pp. 380-392. Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes

[5] Federico García Lorca, (1943), Romancero Gitano, Editorial Losada, Buenos Aires, pp. 35-39

lunes, 6 de julio de 2026

La fecundidad de la paternidad sacerdotal

no son “solterones”

El celibato sacerdotal no es una renuncia estéril, sino una forma de amor llamada a ser profundamente fecunda. En este sentido, el papa Francisco recuerda que «todos nosotros, para ser maduros, debemos sentir la alegría de la paternidad» y que, para el sacerdote, esta se realiza como «paternidad pastoral» o «paternidad espiritual», es decir, en la capacidad de dar vida a los demás.[1] El sacerdote célibe no deja de ser padre; por el contrario, su paternidad se ensancha y se expresa en el acompañamiento, la evangelización, la celebración de los sacramentos y el cuidado del Pueblo de Dios. Como Abrahán, cuya vocación estuvo marcada por el deseo de engendrar y proteger la vida, el presbítero está llamado a custodiar la vida espiritual de aquellos que el Señor le confía.

Esta dimensión encuentra un complemento luminoso en las palabras que el papa Francisco dirigió a las religiosas con ocasión de la Asamblea Plenaria de la Unión Internacional de Superioras Generales, las cuales pueden aplicarse igualmente al ministerio sacerdotal: es necesaria «una castidad fecunda, una castidad que engendre hijos espirituales en la Iglesia».[2]La consagrada es madre (el sacerdote es padre), debe ser madre (debe ser padre) y no «solterona» (y no un solterón). El celibato por el Reino no significa ausencia de afectividad, sino una afectividad madura, libre y plenamente entregada a Dios y a los hermanos. Cuando el sacerdote vive auténticamente su consagración, su corazón se hace capaz de acoger, formar, corregir, consolar y conducir a muchos hijos espirituales. Por ello, una castidad que no genera vida, cercanía y servicio corre el riesgo de reducirse a una simple condición jurídica; en cambio, una castidad vivida como don se convierte en signo de la primacía de Dios y de la fecundidad del Reino.

Esta enseñanza armoniza con el magisterio de Benedicto XVI, quien afirmó que el celibato sacerdotal manifiesta una entrega total a Cristo y a la Iglesia, configurando al sacerdote con Cristo Esposo para amar con un corazón indiviso.[3] Desde esta perspectiva, la paternidad espiritual brota de una profunda unión con Cristo y se traduce en una vida completamente entregada al servicio del Pueblo de Dios. En continuidad con esta enseñanza, el pontificado de León XIV ha insistido desde sus primeras intervenciones en la necesidad de un ministerio sacerdotal profundamente enraizado en la amistad con Cristo y cercano a las personas, para que el ministerio ordenado sea verdaderamente fecundo.

En consecuencia, la verdadera fecundidad del sacerdote no se mide por los hijos según la carne, sino por las vidas transformadas por la gracia de Dios a través de su ministerio. Allí donde un sacerdote anuncia el Evangelio, administra los sacramentos, acompaña con misericordia, forma discípulos y conduce a los fieles hacia la santidad, ejerce una auténtica paternidad espiritual. El celibato, lejos de empobrecer la capacidad de amar, la dilata hasta hacer del sacerdote un padre para todos, reflejo de la paternidad de Dios y signo vivo de la fecundidad del amor de Cristo por su Iglesia.



[1] Francisco, La alegría de la paternidad pastoral, homilía en la capilla de la Domus Sanctae Marthae, Ciudad del Vaticano, 26 de junio de 2013, en L'Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, n.º 26, 28 de junio de 2013

[2] Francisco, Discurso a la Asamblea Plenaria de la Unión Internacional de Superioras Generales, Aula Pablo VI, Ciudad del Vaticano, 8 de mayo de 2013.

[3] Benedicto XVI, Exhortación apostólica postsinodal Sacramentum Caritatis (Ciudad del Vaticano: Libreria Editrice Vaticana, 2007), n. 24.