viernes, 5 de junio de 2026

A Federico García Lorca, el poeta mártir de los marginados

FEDERICO

DEL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS

GARCÍA LORCA

 

Eres joven y eres rico,

¿qué más quieres, Federico?

 

En el pueblo de Fuente Vaqueros,

toda Granada cantará aquel día,

cuando, siendo el cinco de junio,

nació el hijo de Federico García.

 

Como su padre fue nombrado,

y del Sagrado Corazón de Jesús

doña Vicenta Lorca ha dado

a su primer hijo a la luz.

 

Luis, que murió temprano;

Francisco, María e Isabel

fueron los cuatro hermanos

que tuvo en aquel vergel.

 

En Asquerosa vivieron,

y allí estudió la primaria;

creció entre lecturas y fueron

muy propios de zona agraria.

 

Almería le vio llegar

para cursar el bachillerato,

pero hubo de enfermar,

por lo que regresó al rato.

 

Una nueva mudanza familiar,

como para acomodarse de la nada:

dejaron Valderrubio

para vivir en Granada.

 

Continuó su bachillerato

en el Colegio del Sagrado Corazón;

a la par estudiaba música,

para lo que siempre tuvo sazón.

 

Ya en la Universidad de Granada,

por Derecho, Filosofía y Letras,

estudió el poeta granadino,

formando su hábil impetra.

 

Con sus amigos en el Café

Rinconcillo, en Alameda de Granada,

surgió como poeta apócrifo

y sus primeros dibujos plasmaba.

 

Cuando escribió en prosa “Mi pueblo”,

abandonó la música, su pasión,

pues su maestro Segura

pasaba a la defunción.

 

En un viaje de estudios

a Baeza fue convocado,

y para su dicha fue propicio

conocer a Antonio Machado.

 

En un segundo periplo

conoció a Miguel de Unamuno,

y el joven García Lorca

gozaba como ninguno.

 

El paseo se mezclaba

con recital de piano

que Federico tocaba,

y de lo más cotidiano.

 

El veintinueve de junio

del diecisiete fue la ocasión

para escribir su primer poema:

“Canción. (Ensueño y confusión)”.

 

Pasando por Madrid y Palencia,

Burgos y demás parajes,

escribe en prosa el futuro libro

“Impresiones y paisajes”.

 

Libro que leyó en Granada,

en el Centro Artístico y Literario,

juntando la escritura

con su aparición en escenarios.

 

Por fin se fue a Madrid,

donde primero estuvo de pensión,

y a la Residencia de Estudiantes

llegó con gran ilusión.

 

Allí vivió ocho años,

volviendo por temporadas

a visitar a su gente

en su querida Granada.

 

Con “El maleficio de la mariposa”,

el dramaturgo fracasó;

y, a la par, con Ortega y Gasset,

en “España” poemas publicó.

 

En “La Pluma”, de Manuel Azaña,

se recogen textos, entre otros,

y su “Libro de poemas”

publica en la imprenta de Maroto.

 

Con el apoyo de varios prepara

el Concurso del Cante Jondo;

de ahí “Canciones” y “Poema...”

con el sentir más hondo.

 

Lee estas composiciones

en Granada y el Alhambra Palace Hotel;

con la “Tragicomedia de don Cristóbal y la señá Rosita”

tiene el teatro de títeres por escabel.

 

Soñador de mil ensueños,

dio por sentado y por hecho

haber terminado por fin

sus estudios de Derecho.

 

No así la Filosofía

ni las Letras de Diploma,

pero su vida fue ilustre,

canto que su letra entona.

 

Fue en aquella Residencia

de Estudiantes de Madrid

donde encarna su amistad

con Salvador Dalí.

 

Con esta familia en Gerona,

lector de sus propios poemas,

allí debutó recitando

su recién “Mariana Pineda”.

 

Y, como si esta amistad

nunca llegara a su fin,

dedica a su catalán

la “Oda a Salvador Dalí”.

 

Por fin publica “Verso y Prosa”

y también su libro “Canciones”;

estrena “Mariana Pineda”,

de Dalí las decoraciones.

 

Sus estancias con la familia

en la Huerta de San Vicente

le inspiran grandes poemas;

el peso de su fama se siente.

 

Como ilusión literaria,

con amigos publica “Gallo”;

el primer número en marzo

y el último el mismo mayo.

 

Con “Revista de Occidente”

sale el “Romancero gitano”,

el más famoso poema

que de García Lorca se ha dado.

 

Desesperado de sí,

con sus caídas de amor,

decide emprender viaje

para ir a Nueva York.

 

Hospedado en Furnald Hall,

de la Universidad de Columbia,

se matricula en inglés;

y aquel idioma le enturbia.

 

De Florida hasta La Habana,

dictando sus conferencias,

entre poetas y amigos

se cuentan sus ocurrencias.

 

A la par de sus poemas,

del arte nunca se abdujo;

publicando ya sus letras,

también lo hizo con sus dibujos.

 

Fue el teatro “Bodas de sangre”

otra de sus grandes obras;

su lectura, estreno y actuación

tienen comentarios de sobra.

 

Y “El amor de don Perlimplín

con Belisa en su jardín”

tuvo como paladín

de su talento sin fin.

 

Tanto en el verso pulido

como en la brillante prosa,

publicados por García Lorca,

como “La zapatera prodigiosa”.

 

Firmó un papel contra Hitler

y acompañó con el piano

a la gran “La Argentinita”,

quien bailó al son de sus manos.

 

Viajó a Buenos Aires,

repleto de fama onerosa;

durante el viaje trabaja

para publicar otras prosas.

 

Allí fue muy aclamado,

codeándose con escritores,

y la vida bonaerense

le rindió buenos honores.

 

En el atardecer de sus días

dejó su manuscrito mayor,

que no vio publicar en vida:

aquel “Poeta en Nueva York”.

 

Con “La casa de Bernarda Alba”

a sus vecinos “honrados”

el poeta granadino

dejó mal evidenciados.

 

Por estos malentendidos

de familias y vecinos

García Lorca se ganó

aquel trágico destino.

 

Fue amigo de unos y otros

pero más de republicanos

por eso levanta sospechas

del bando sublevado.

 

Odiado por ser hombre libre,

denunciado por homosexual;

Federico sufrió el suplicio

que le dio gloria inmortal.

 

El once de agosto, temprano,

se refugió con los Rosales;

se sentía perturbado,

pues le rodeaban los males.

 

Y el dieciséis fue apresado

el poeta de la cabeza gorda,

conducido al Gobierno Civil;

su presencia les estorba.

 

El diecinueve, en la alborada,

García Lorca fue asesinado;

mataron al gran poeta

de los pueblos marginados.

 

Solo treinta y ocho años

vivió nuestro Federico;

murió joven y afamado,

murió el pobre de los ricos.

 

Sus restos aún no aparecen,

Federico no está enterrado,

pues él vive y está presente

allí donde lo han recitado.



Después de leer este librito,

no se puede abandonar

al gran poeta Federico,

que tiene mucho por dar.

 

Cada palabra ahí escrita

transporta a quien lo ha leído;

y todo aquel que lo haga

quedará “enlorquecido”.

 

Él fue hombre del mundo

y hermano de todos;

defensor de los marginados

desde sus letras, a su modo.

 

Al gitano le hizo cantar

su dolor verde y su pena;

legítimo hombre andaluz,

la libertad fue su condena.

 

Y con “La casada infiel”

se recrea la mente con brío,

pues creyendo que era mozuela,

bajó con ella hasta el río.

 

“Verde que te quiero verde”;

“huye, luna, luna, luna”;

los gitanos y guardias civiles:

historias como ninguna.

 

Del veinticuatro al veintisiete

recopiló con sus manos;

publicó en Revista de Occidente

su primer Romancero gitano.

 

El éxito fue total

y recitado por doquier;

Federico, el granadino,

vio su gloria florecer.

 

Gracias, Federico García,

por escribir enamorado

los poemas que hoy leemos

perpetuando tu legado.

martes, 26 de mayo de 2026

Los siete dolores de la Virgen María

 NUESTRA SEÑORA DE LOS DOLORES DE TARMA


 

Madre de los Dolores,

junto a tu imagen tarmeña

quiero meditar la reseña

de tus sufrimientos y honores.

 

Ya el anciano Simeón

te profetizó, María,

que tu Hijo Jesús sería

signo de contradicción.

 

Y esta palabra imprimió

en tu santo corazón

la cruenta meditación

desde que el Verbo nació.

 

Luego, para salvar la vida,

corriste con Jesús a Egipto,

y san José de aquel edicto

que obligó a tal huida.

 

Y el Niño Jesús, crecido,

con doce años contados,

en el Templo fue encontrado

cuando en Jerusalén fue perdido.

 

Virgen buena del Rosario,

primera discípula de Cristo,

aun con todo lo previsto,

de la cuna hasta el Calvario.

 

Madre bendita, sufriste

al tener a tu Hijo Jesús

muerto, colgado en la cruz,

cuando vejado lo viste.

 

Y cuando en tus brazos reposó

aquel cuerpo ya sin aliento,

soportaste el sufrimiento

que solo Juan consoló.

 

Y en el sepulcro no arredra

presenciar la sepultura,

en cándida envoltura,

cuando rodaron la piedra.

 

Virgen María, te pido

por todas mis intenciones;

a ti elevo mis oraciones

cuando de ti me despido.

 

Gracias, Madre bondadosa,

por visitar mi habitación

y darme la bendición

de tus manos generosas.

 

Nadie pase este portal

sin que diga por su vida

que María fue concebida

sin pecado original.

 

Amén.

domingo, 17 de mayo de 2026

El llanto del sinsentido

LLORA, RAÚL, LLORA...

Como todos los domingos, debía levantarme temprano para rezar Laudes e ir al templo unos minutos antes de las 6:30 a.m., hora de la santa misa dominical en la parroquia a la que asisto los fines de semana. Durante los domingos anteriores había cumplido, casi religiosamente, la misma rutina sencilla: despertar, alistarme rápidamente, pasar por el oratorio de la casa para rezar y luego dirigirme a la sacristía, donde seguramente ya estarían los pequeños monaguillos revistiéndose para la misa.

Pero este domingo tuve una idea distinta. Una idea simple, aunque exigía madrugar todavía más: quería estar temprano en la puerta del templo para recibir a los feligreses que iban llegando. Saludarlos. Darles la bienvenida. Ver sus rostros antes de entrar a misa. Y así lo hice.

A las 6:05 a.m. me revestí con el alba y, apenas cinco minutos después, ya estaba en la puerta de la iglesia. Mientras salía de la sacristía vi a algunas personas dentro del templo, arrodilladas frente al altar de san Antonio de Padua, haciendo oración en silencio. Las saludé al pasar, pero mi objetivo estaba afuera, en la puerta principal, esperando quizá cruzar alguna palabra con quienes iban llegando.

El gélido viento jaujino me recibió de inmediato. A esa hora, la temperatura difícilmente superaba los diez grados. Por un instante pensé: ¿qué hago aquí, soportando este frío, pudiendo estar sentado adentro, tranquilo y abrigado, esperando simplemente que empiece la misa? Y lo mismo me dijo con su mirada el pequeño sacristán de la parroquia, mientras recogía algunos desperdicios de fuegos artificiales en el frontis de la iglesia.

Pero no. Yo quería estar ahí.

Quería saludar a la gente, sonreírles, hacerles sentir que alguien los esperaba. Quería también observar cómo reaccionaban al encontrar al “hermano” ya en la puerta, cumpliendo ese pequeño ministerio de acogida.

Y la experiencia fue sencilla de resumir: saludé a todos y todos respondieron con respeto y amabilidad. Algunos devolvían la sonrisa; otros asentían con la cabeza mientras apresuraban el paso para refugiarse del frío. Sin embargo, hubo una persona que rompió por completo aquel patrón sereno y cordial: Raúl.

La mayoría de los que iban entrando eran personas mayores. Algunos llegaban solos; otros, en parejas. Entraban de uno en uno o en pequeños grupos, apresurados quizá por escapar del clima inclemente o tal vez por comenzar a disponerse interiormente para la Eucaristía.

Entonces apareció él.

Venía solo, cabizbajo, abstraído en la pantalla de su teléfono móvil. Parecía escribir un mensaje, moviendo rápidamente el pulgar sobre la pantalla. Vestía un suéter negro, un blue jean y unas zapatillas deportivas blancas que le daban un aire juvenil imposible de ocultar.

Como a todos los demás, le dirigí un saludo en voz alta y amable:

—¡Buenos días! Bienvenido.

Pero él no respondió.

Ni siquiera levantó la mirada del teléfono. No hizo un gesto, no sonrió, no murmuró una respuesta obligada. Simplemente siguió caminando y entró al templo sin dejarme siquiera verle el rostro.

Extrañamente, no lo juzgué. Nosotros, que queremos racionalizarlo todo, solemos buscar explicaciones inmediatas para cada cosa que sucede; y, en ese intento, terminamos elaborando juicios, sospechas y suposiciones. Pero con Raúl no ocurrió eso. Simplemente lo vi entrar y seguí en lo mío: repartiendo sonrisas a cuanto ser humano se me pusiera enfrente.

Algunos minutos después volvió a salir.

Eso me llamó la atención inmediatamente, porque todos entraban… y nadie salía. Pero él sí.

Venía llorando.

Llevaba las manos en los bolsillos del pantalón y esta vez ya no tenía el teléfono en las manos; lo había guardado en el bolsillo trasero. Caminó directamente hacia mí y, sin siquiera saludar, me dijo:

—Estoy un poco mareado.

Confieso que mi primer pensamiento fue inmediato y poco caritativo:

“Nunca falta un borracho en misa…”

Sin embargo, mientras seguían llegando personas y aquel muchacho permanecía frente a mí, noté algo extraño: hablaba con demasiada claridad para alguien realmente ebrio. Su postura era firme. No tambaleaba. No luchaba por mantener el equilibrio.

—¿Por qué lloras? —le pregunté.

Entonces, haciendo un gran esfuerzo por contener las lágrimas, me respondió que había venido al templo para pedirle ayuda a Dios, porque se sentía muy mal. Aclaró, casi justificándose, que estaba un poco mareado, pero que eso no significaba que estuviera mal llorar.

—¿No tienes trabajo? —le pregunté, intentando encontrar la causa de aquella tristeza que parecía desbordarlo.

Él negó con la cabeza.

—No… sí trabajo. A veces nomás, pero trabajo. Ese no es el problema.

Comprendí entonces que su dolor no tenía que ver con el dinero. Había algo más profundo quebrándolo por dentro.

Aquel muchacho lloraba porque aquello que más le había pedido a Dios no se le había concedido. Tenía, a su corta edad, un sueño frustrado.

—¿Y qué le pides a Dios? —le pregunté.

Raúl levantó un poco la mirada por primera vez y respondió con una sinceridad desarmante:

—Quiero ser policía nacional… pero cuando me presenté, mi enamorada me denunció. Y yo no he hecho nada malo. Nada. Pero con esa denuncia todo se vino abajo… y yo no soy una mala persona… yo no he hecho nada malo…

Mientras hablaba, sollozaba. Se secaba las lágrimas rápidamente con las manos y luego volvía a esconderlas en los bolsillos de su pantalón, como si quisiera ocultar también su dolor.

Yo lo escuchaba en silencio.

¿Qué habrá pasado realmente con este muchacho?, pensé. Traté de no imaginar lo peor. En estos tiempos abundan historias complejas, acusaciones delicadas, verdades mezcladas con rabia, heridas y resentimientos. Pero, mientras lo veía llorar frente a mí, no encontraba en él el rostro de alguien violento, sino el de un joven confundido, derrotado y profundamente herido.

—¿Cómo te llamas? —le pregunté, tratando de acercarme más a él y de serenarlo un poco.

—Raúl. Tengo veinte años… y este martes 19 de mayo voy a cumplir veintiuno.

Lo dijo ya más calmado, aunque todavía con la voz entrecortada.

—No quiero verte llorar, Raúl —le dije—. Quiero verte sonreír. Voy a acordarme de ti en mi oración y pedirle a Dios que te ayude a cumplir tus sueños.

Entonces lo invité a quedarse en la misa.

Pero apenas mencioné la Eucaristía, respondió con cierta brusquedad:

—No… yo no creo en la misa. Yo solo creo en Dios y vengo a confiar en Él.

Intenté insistirle con suavidad.

—Quédate unos minutos. Si quieres, después puedes salir tranquilo.

Pero él seguía negando con la cabeza. No quería entrar a misa. Sin embargo, de pronto recordó la última vez que había venido al templo.

Me contó que, cuando cumplió dieciocho años —la misma época en la que había postulado sin éxito a la Policía Nacional—, también había llegado hasta aquella iglesia llorando, buscando respuestas de Dios. Tenía demasiadas preguntas y ninguna respuesta clara.

—Ese día no había nadie —me dijo—. Solo una chica… más o menos de mi edad. Ella también estaba llorando y rezando.

Hizo una pequeña pausa y añadió:

—Y no sé… eso me consoló un poco. Al menos no era el único que lloraba.

Ya acercándose el final de nuestra conversación, le hablé con firmeza, pero también con cariño:

—Quiero que estés bien, Raúl. No gastes tu dinero en alcohol y lucha por cumplir tu sueño de ser policía.

Él bajó la mirada.

—Sí… reconozco que estoy un poco mareado. Pero no hago esto siempre. Y también me siento mal por eso.

Le extendí la mano para despedirme, pensando que nuestra conversación había terminado. Pero entonces Raúl me miró nuevamente y me dijo:

—¿Puedo pedirte un favor?

—Claro, Raúl. ¿Qué necesitas?

—Quiero que me acompañes adentro… hasta donde está el agua bendita… para que me enseñes cómo hacer la señal…

Y levantó lentamente su mano derecha, intentando dibujar en el aire la señal de la cruz.

—Por supuesto —le respondí—. Vamos.

Entramos juntos al templo y nos acercamos a la fuente de agua bendita, junto a la primera columna de la entrada. Raúl metió lentamente los dedos en el agua y, mientras intentaba persignarse, yo pronuncié despacio:

—En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.

Él siguió el gesto con torpeza, pero no alcanzó a repetir las palabras.

Sin embargo, algo en su rostro había cambiado.

La tensión del llanto comenzó a desaparecer poco a poco y el rubor de sus mejillas cedió nuevamente a su tono trigueño. Parecía más tranquilo. Más liviano.

Tomando mi mano derecha entre las suyas, salimos nuevamente hacia la puerta del templo. Allí me despedí de él deseándole un feliz cumpleaños adelantado.

—Voy a venir ese día a la iglesia —me dijo—. Voy a venir a rezarle a Dios.

—Muy bien, Raúl. Que tengas éxito en tu vida.

Él no respondió más. Solo asintió levemente con la cabeza.

Después comenzó a alejarse despacio, volvió a sacar su teléfono móvil y, ya en la calle, levantó la mano para pedir un taxi.

Y se fue.

Raúl llora porque siente que la vida le arrebató aquello que más deseaba. Llora porque no entiende por qué su sueño quedó truncado. Y, aun así, busca a Dios.

Tal vez estaba “un poco mareado”, como él mismo reconocía, pero eso no hacía menos sincero su dolor. Porque hay lágrimas que nacen del alcohol… y otras que brotan del alma. Las de Raúl pertenecían a las segundas.

Estoy seguro de que Raúl es católico, aunque diga que no cree en la misa. Ha olvidado incluso cómo hacerse la señal de la cruz. Sin embargo, todavía sabe llorar delante de Dios. Y mientras exista alguien capaz de llorar así, todavía hay esperanza.

A sus veinte años vive una crisis profunda. Sufre porque no logra ser aquello que soñó. Ese es el dolor de muchos jóvenes: tener una meta clara y encontrarse, de pronto, con un muro imposible de atravesar.

Raúl buscaba a Dios… y yo terminé encontrando a Dios en él.

Precisamente, en el Evangelio de aquel domingo de la Ascensión, Jesús enviaba a sus discípulos a bautizar “en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo”. Las mismas palabras que Raúl no pudo pronunciar cuando intentó persignarse con agua bendita… pero que yo pronuncié por él.

Dios suele revelarse en circunstancias extrañas.

Llora, Raúl, llora…

Porque Dios también lloró. Y quizá hoy llora contigo el sinsentido de la vida.