Cartas Católicas
«Hombres movidos por el Espíritu Santo hablaron de parte de Dios»
(2 Pe 1, 20-21): Escritura (γραφή), inspiración y autoridad profética
Introducción
La Sagrada Escritura constituye para la fe cristiana un testimonio
privilegiado de la revelación divina. La Iglesia reconoce en ella una realidad
profundamente misteriosa: es palabra humana, nacida dentro de circunstancias
históricas concretas, pero al mismo tiempo verdadera Palabra de Dios
transmitida bajo la acción del Espíritu Santo. La pregunta sobre la inspiración
bíblica intenta precisamente explicar esta relación entre la acción divina y la
colaboración humana.
Dentro del Nuevo
Testamento, uno de los textos fundamentales para esta reflexión es 2 Pe 1, 20-21,
donde se afirma que la profecía de la Escritura no procede de iniciativa
humana, sino de hombres que hablaron “movidos por el Espíritu Santo”.
Este pasaje constituye una referencia esencial para comprender tres conceptos
centrales de la teología bíblica: γραφὴ (graphḗ) como Escritura
inspirada, la autoridad normativa de la Biblia y la naturaleza de la profecía
como palabra procedente de Dios. En este contexto, la afirmación petrina
subraya que la verdadera profecía no nace de una interpretación autónoma o
meramente humana, sino de una recepción y transmisión guiada por la acción
divina; por ello, los autores sagrados no son simples intérpretes particulares
de un mensaje religioso, sino testigos que comunican aquello que han recibido
bajo la moción del Espíritu.
El texto no
pretende ofrecer una teoría sistemática de la inspiración, sino defender la
autoridad del testimonio apostólico y profético frente a quienes cuestionaban
la esperanza cristiana. La advertencia sobre que ninguna profecía es de
“interpretación propia” responde también a la problemática de los falsos
maestros, quienes deformaban el sentido auténtico del mensaje recibido. Frente
a ellos, el autor de 2 Pedro afirma que la interpretación de la revelación
pertenece al mismo horizonte de la inspiración: Dios no solo comunica su
palabra, sino que asiste a sus testigos para comprenderla y transmitirla
fielmente. De este modo, aunque el pasaje surge en un contexto polémico
concreto, su formulación se convirtió en un fundamento decisivo para la
doctrina posterior de la Iglesia sobre la inspiración de la Sagrada Escritura[1].
El Concilio Vaticano II sintetizó esta comprensión afirmando que: “Las
verdades reveladas por Dios que se contienen y manifiestan en la Sagrada
Escritura se consignaron por inspiración del Espíritu Santo”[2]. Por
tanto, estudiar 2 Pe 1, 20-21 permite comprender cómo la Iglesia confiesa
simultáneamente a Dios como autor de la Escritura y al hombre como verdadero
autor humano.
Texto griego de 2 Pe 1, 20-21
Texto según la edición crítica Nestle-Aland 28[3]: 20
Τοῦτο πρῶτον γινώσκοντες ὅτι πᾶσα προφητεία γραφῆς ἰδίας ἐπιλύσεως οὐ γίνεται· 21
οὐ γὰρ θελήματι ἀνθρώπου ἠνέχθη ποτέ προφητεία, ἀλλ᾽ ὑπὸ πνεύματος ἁγίου
φερόμενοι ἐλάλησαν ἀπὸ θεοῦ ἄνθρωποι.
Traducción Biblia de Jerusalén (2019): 20 Pero, ante todo, tened presente que ninguna profecía de la Escritura
puede interpretarse por cuenta propia, 21 pues nunca profecía alguna fue fruto
de la voluntad humana. Los profetas fueron hombres que hablaban de parte de
Dios movidos por el Espíritu Santo[4].
Traducción Reina-Valera (1960): 20 entendiendo primero esto, que ninguna profecía de la Escritura es de
interpretación privada, 21 porque nunca la profecía fue traída por voluntad
humana, sino que los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el
Espíritu Santo[5].
Traducción Biblia de Nuestro Pueblo (2008): 20
Pero deben saber ante todo que nadie puede interpretar por sí mismo una
profecía de la Escritura, 21 porque la profecía nunca sucedió por iniciativa
humana, sino que los hombres de Dios hablaron movidos por el Espíritu Santo[6].
1. Contexto histórico y literario
La Segunda Carta de Pedro forma parte del grupo de escritos conocidos
como cartas católicas. A diferencia de las cartas dirigidas a comunidades
particulares, estos escritos poseen un horizonte más universal y buscan
responder a situaciones generales de la vida cristiana.
El contexto inmediato de 2 Pedro está marcado por la preocupación ante
falsos maestros y ante quienes cuestionaban la esperanza escatológica
cristiana, especialmente la venida gloriosa del Señor (cf. 2 Pe 3, 3-4). Johann
Michl señala que la finalidad fundamental de esta carta es fortalecer a los
creyentes en la esperanza cristiana y recordarles que dicha esperanza no se
fundamenta en invenciones humanas, sino en la acción salvadora de Dios[7].
La sección donde aparece nuestro texto (2 Pe 1, 12-21) desarrolla dos
fundamentos de la certeza cristiana: El testimonio apostólico sobre Jesucristo
(vv. 16-18); y la palabra profética de la Escritura (vv. 19-21). El autor
afirma: “No les dimos a conocer el poder y la venida de nuestro Señor
Jesucristo siguiendo mitos ingeniosos, sino como testigos oculares de su
grandeza” (2 Pe 1, 16).
En este sentido,
el autor de la carta une estrechamente la autoridad apostólica y la autoridad
profética. La expresión inicial de 2 Pe 1, 19, “tenemos también” (καὶ ἔχομεν),
indica que la palabra profética posee una autoridad que confirma el testimonio
apostólico. La revelación cristiana no se apoya en interpretaciones
particulares, sino en la continuidad entre la palabra anunciada por los
profetas y el testimonio apostólico sobre Cristo[8].
La experiencia de la Transfiguración confirma el testimonio apostólico;
pero junto a ella aparece la autoridad de la palabra profética. La Escritura no
es simplemente un recuerdo religioso del pasado, sino una palabra iluminadora: “Tenemos
más firme la palabra profética, a la cual hacen bien en prestar atención como a
lámpara que brilla en lugar oscuro” (2 Pe 1, 19).
Por ello, los versículos 20-21 explican el fundamento de dicha
autoridad: la Escritura posee origen divino porque los profetas hablaron
impulsados por el Espíritu Santo.
2. Relación de 2 Pe 1, 20-21 con el Antiguo Testamento
La afirmación de Pedro sobre la profecía está profundamente arraigada en
la comprensión veterotestamentaria del profeta. En Israel, el profeta no es
principalmente alguien que anuncia acontecimientos futuros, sino un enviado que
comunica la voluntad de Dios. Su autoridad no nace de su propio pensamiento,
sino de haber recibido una palabra divina. Esta conciencia aparece claramente
en la vocación profética: “Pondré mis palabras en su boca, y él les dirá
todo lo que yo le mande” (Dt 18, 18). También Jeremías experimenta que la
palabra profética procede de Dios: “He puesto mis palabras en tu boca” (Jr
1, 9).
La fórmula repetida en los profetas: “Así dice el Señor” expresa
precisamente que la fuente última del mensaje no es la iniciativa humana. 2 Pe
1, 21 recoge esta tradición cuando afirma: “Nunca una profecía fue traída
por voluntad humana”. La expresión no niega la participación del profeta,
sino que afirma que el origen primero del mensaje está en Dios.
La relación entre Espíritu y profecía también es fundamental en el
Antiguo Testamento: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha
ungido” (Is 61, 1). Asimismo, Joel anuncia: “Derramaré mi Espíritu sobre
toda carne; sus hijos y sus hijas profetizarán” (Jl 3, 1). La novedad de 2
Pedro consiste en unir explícitamente esta acción del Espíritu con la Escritura
escrita (graphḗ).
3. Traducción y análisis gramatical del texto griego
3.1
Γραφή (graphḗ): Escritura y autoridad
Uno de los términos centrales del pasaje es: γραφῆς (graphês) procedente
del sustantivo: γραφή (graphḗ). Literalmente significa: escrito, documento,
inscripción. Sin embargo, dentro del judaísmo helenístico y posteriormente
dentro del cristianismo primitivo, el término adquiere un significado técnico:
“la Escritura reconocida como sagrada y normativa para la comunidad creyente”.
En el Nuevo
Testamento, el término γραφή (graphḗ) adquiere progresivamente un
sentido técnico para designar los escritos reconocidos como portadores de
autoridad divina. Aunque pueden encontrarse expresiones como “Sagradas
Escrituras” (Rom 1, 2) o “Sagradas Letras” (2 Tim 3, 15), el uso más frecuente
es simplemente “la Escritura” o “las Escrituras”, indicando así la conciencia
de unidad de los diversos escritos recibidos como Palabra de Dios[9].
Por eso cuando 2 Pedro habla de “profecía de la Escritura” no se
refiere a cualquier escrito religioso, sino a un texto recibido como portador
de autoridad divina. La Escritura es considerada testimonio permanente de una
palabra que procede de Dios y que continúa iluminando la vida del creyente.
Esta comprensión aparece ya en la tradición patrística. André Paul
muestra que los Padres de la Iglesia designaron muy pronto los textos bíblicos
como “Escrituras santas” o “Escrituras divinas”, expresando así su convicción
acerca del origen sobrenatural de estos libros[10].
3.2
Πᾶσα προφητεία γραφῆς “Toda profecía de Escritura”
La expresión griega πᾶσα προφητεία γραφῆς puede traducirse literalmente
como “Toda profecía de Escritura”. El genitivo γραφῆς puede comprenderse
como “Toda profecía contenida en la Escritura”; o como “Toda
Escritura que posee carácter profético”.
En ambos casos aparece una estrecha relación entre Escritura y
revelación divina. Para 2 Pedro, la Escritura posee autoridad porque conserva
la palabra pronunciada por hombres movidos por Dios. La profecía bíblica, por
tanto, no es simplemente una reflexión religiosa humana, sino una palabra que
nace bajo la acción del Espíritu Santo.
3.3
Ἰδίας ἐπιλύσεως οὐ γίνεται “No procede de interpretación propia”
El texto griego afirma πᾶσα προφητεία γραφῆς ἰδίας ἐπιλύσεως οὐ γίνεται.
Literalmente “toda profecía de Escritura no llega a ser de interpretación
propia”. Uno de los términos más discutidos del pasaje es ἐπίλυσις
(epílysis), que puede traducirse como explicación, interpretación, solución, aclaración.
La dificultad consiste en determinar si Pedro está hablando
principalmente de la interpretación posterior de la Escritura realizada por los
lectores o del origen mismo de la profecía. Una primera interpretación entiende
el texto como una advertencia contra una lectura individualista de la
Escritura. Según esta perspectiva, la Palabra de Dios no debe ser separada de
la fe recibida por la comunidad creyente.
Desde una
perspectiva histórico-crítica, Rudolf Bultmann señala que esta advertencia
refleja la situación de la comunidad cristiana ante el riesgo de
interpretaciones arbitrarias de la Escritura. La profecía no puede ser
comprendida desde criterios puramente subjetivos, porque debe interpretarse de
acuerdo con aquello que constituye su fundamento: su origen en el Espíritu[11].
Esta lectura está en continuidad con la enseñanza católica sobre la
interpretación bíblica. El Concilio Vaticano II afirma: “La Escritura se ha
de leer e interpretar con el mismo Espíritu con que fue escrita”[12]. Sin
embargo, atendiendo al versículo siguiente (2 Pe 1, 21), numerosos exegetas
consideran que el sentido principal está relacionado con el origen de la
profecía: esta no nace de una iniciativa privada del profeta, sino de Dios.
La frase siguiente explica la anterior οὐ γὰρ θελήματι ἀνθρώπου, “porque
no por voluntad humana”. La partícula γάρ (“porque”) muestra que el
versículo 21 ofrece la razón de la afirmación del versículo 20. Así, Pedro no
está hablando únicamente de cómo interpretar la Escritura, sino principalmente
de cómo llegó a existir la Escritura profética. Sin embargo, ambas dimensiones no
se excluyen: precisamente porque la Escritura tiene su origen en el Espíritu
Santo, su interpretación debe realizarse en apertura al mismo Espíritu.
3.4
Θελήματι ἀνθρώπου “Por voluntad humana”
La expresión θελήματι ἀνθρώπου procede de θέλημα (voluntad, deseo,
decisión) y ἄνθρωπος (ser humano). El autor afirma que la profecía nunca tuvo
su origen último en una decisión humana autónoma.
Esto no significa negar la colaboración del escritor sagrado. La Biblia
no presenta al profeta como un instrumento inconsciente, sino como una persona
llamada por Dios. La inspiración no elimina la inteligencia, la libertad, la
cultura, el lenguaje ni el estilo propio del autor humano. La acción divina
actúa dentro de la historia y mediante verdaderos autores.
3.5
Ὑπὸ πνεύματος ἁγίου
φερόμενοι “Movidos por el Espíritu
Santo”
La expresión central del texto es φερόμενοι (pherómenoi), del
verbo φέρω (phérō) que significa llevar, transportar, conducir, impulsar.
Gramaticalmente es participio, presente, pasivo y plural masculino. Por tanto,
literalmente significa “siendo llevados” o “siendo impulsados”. El
pasivo indica que los profetas reciben una acción: son movidos por Dios. Pero
el presente expresa una acción dinámica, no una anulación de la persona.
El Espíritu Santo es presentado como aquel que guía la actividad
profética. Johann Michl, comentando directamente 2 Pe 1, 20-21, traduce el
sentido del texto afirmando que la profecía no fue producida por voluntad
humana, sino que los hombres hablaron de parte de Dios siendo llevados por el
Espíritu Santo[13].
4. Aporte teológico principal del texto
4.1 La inspiración de la Escritura en relación con 2 Tim 3, 16-17
La afirmación de 2 Pe 1, 20-21 encuentra una importante correspondencia
teológica en otro texto fundamental del Nuevo Testamento sobre la inspiración
bíblica: “Toda Escritura está inspirada por Dios y es útil para enseñar,
para argüir, para corregir y para educar en la justicia, a fin de que el hombre
de Dios sea perfecto y esté preparado para toda obra buena” (2 Tim 3, 16-17).
Mientras que la Segunda Carta de Pedro subraya el origen de la
Escritura, afirmando que los autores sagrados hablaron “movidos por el
Espíritu Santo” (ὑπὸ πνεύματος ἁγίου φερόμενοι), la Segunda Carta a Timoteo
destaca la naturaleza y finalidad de la Escritura mediante una expresión única θεόπνευστος
(theópneustos).
Este término procede de θεός (theós) (Dios) y πνέω (pnéō) (soplar,
respirar). Literalmente significa “soplada por Dios” o “inspirada por
Dios”. La imagen expresa que la Escritura tiene su origen en el aliento
vivificador de Dios. Así como en la creación Dios comunica vida mediante su
soplo (cf. Gn 2, 7), también la Escritura recibe su autoridad y eficacia de la
acción del Espíritu divino.
Ambos textos se iluminan mutuamente. 2 Pe 1, 21 afirma que los autores
humanos son impulsados por el Espíritu Santo. 2 Tim 3, 16 afirma que el
resultado de esta acción es una Escritura inspirada por Dios. La inspiración,
por tanto, no se limita únicamente al momento de escribir, sino que alcanza al
texto mismo recibido por la Iglesia como Palabra de Dios.
Al mismo tiempo, 2 Timoteo muestra que la inspiración está orientada
hacia una finalidad salvífica. La Escritura no ha sido entregada solamente para
transmitir información religiosa, sino para transformar la vida del creyente
mediante la enseñanza, la corrección y la formación en la justicia. Esta
perspectiva será asumida posteriormente por el Concilio Vaticano II cuando
afirma que los libros inspirados enseñan “firmemente, fielmente y sin error
la verdad que Dios quiso consignar en las sagradas letras para nuestra
salvación”[14].
Así, ambos testimonios neotestamentarios permiten una comprensión
completa de la inspiración bíblica: Dios actúa por medio del Espíritu en los
autores humanos (2 Pedro) para entregar a la Iglesia una Escritura inspirada y
eficaz para conducir al hombre hacia la salvación (2 Timoteo).
4.2
La
inspiración de la Sagrada Escritura en 2 Pe 1, 20-21
El aporte fundamental de 2 Pe 1, 20-21 consiste en afirmar el origen
divino de la Escritura. La Biblia posee una doble dimensión: es verdadera
palabra humana y es verdadera Palabra de Dios. Esta comprensión será formulada
posteriormente por la doctrina católica mediante el concepto de inspiración.
El Concilio Vaticano II enseña: “En la composición de los libros
sagrados, Dios eligió a hombres que utilizó usando ellos sus propias facultades
y capacidades, de forma que obrando Él en ellos y por ellos escribieron como
verdaderos autores todo y sólo aquello que Él quería”[15].
Esta afirmación evita dos errores: a) Reducir la Biblia a un libro
solamente humano. Según esta postura, la Escritura sería únicamente producto de
experiencias religiosas antiguas. b) Entender la inspiración como dictado
mecánico. Según esta postura, Dios habría utilizado al escritor como un
instrumento pasivo.
La comprensión católica sostiene una
cooperación entre Dios y el autor humano. Karl Rahner insiste en que los
escritores bíblicos no deben entenderse como simples copistas de un mensaje
dictado desde fuera, sino como verdaderos autores humanos dentro de la acción
salvadora de Dios[16].
4.3 La autoridad bíblica
La autoridad de la Escritura nace precisamente de su inspiración. La
Biblia no posee autoridad únicamente porque una comunidad la considere valiosa,
sino porque la Iglesia reconoce en ella una palabra nacida bajo la acción del
Espíritu Santo. La Escritura es normativa porque transmite auténticamente
aquello que Dios quiso comunicar para la salvación. Esta autoridad
aparece reflejada ya en la fórmula bíblica “está escrito”, expresión que
manifiesta que la palabra consignada en la Escritura posee una firmeza que
supera la simple palabra humana y remite finalmente a Dios como garante de sus
promesas[17].
Por esta razón, la tradición cristiana utilizó la expresión Sacra
Scriptura para expresar que estos textos poseen un carácter diferente de
cualquier otro escrito religioso. La palabra γραφὴ en el Nuevo Testamento
apunta precisamente a esta realidad: un escrito recibido como palabra
autorizada de Dios.
4.4
Profecía
e inspiración
La profecía bíblica no debe reducirse a una predicción del futuro. El
profeta es aquel que escucha la Palabra de Dios, interpreta la historia desde
Dios y comunica su voluntad al pueblo. La inspiración escrita continúa esta
dinámica profética: el mismo Espíritu que impulsó la predicación de los
profetas conduce también la conservación escrita de la revelación.
André Paul, siguiendo la reflexión de Pierre Benoit, explica que puede
distinguirse una inspiración que acompaña la historia del pueblo de Dios, una
inspiración de la palabra profética y finalmente la inspiración de la Escritura
que conserva aquello que Dios ha querido transmitir[18].
5. Principales debates interpretativos
5.1 Inspiración verbal e inspiración orgánica
Uno de los debates más importantes de la historia de la teología bíblica
ha sido explicar cómo interviene Dios en la formación de los textos. Una
comprensión demasiado rígida de la inspiración verbal puede terminar
presentando al autor humano como un simple receptor pasivo. Sin embargo, la
comprensión católica sostiene una cooperación entre Dios y el autor humano. La
inspiración no debe entenderse como una sustitución de la actividad del
escritor sagrado, sino como una acción del Espíritu que asume la totalidad de
sus capacidades humanas: inteligencia, libertad, sensibilidad literaria y modo
propio de expresión[19].
5.2
Interpretación
privada y lectura eclesial
El texto ἰδίας ἐπιλύσεως οὐ γίνεται ha sido utilizado frecuentemente en
las discusiones sobre la interpretación bíblica. La Iglesia afirma que la
Escritura debe ser estudiada científicamente, atendiendo a lenguas originales, géneros
literarios, contexto histórico y a la intención del autor. Pero también debe ser interpretada dentro de
la Tradición viva de la Iglesia. La Pontificia Comisión Bíblica recuerda que la
interpretación bíblica requiere tanto el estudio histórico-crítico como la
apertura creyente al mensaje teológico de la Escritura[20].
Esta dimensión eclesial de la interpretación aparece dentro de la misma
Segunda Carta de Pedro. El problema no consiste solamente en afirmar que la
Escritura tiene origen divino, sino también en determinar desde dónde debe ser
interpretada. Joachim Gnilka señala que 2 Pe 1, 20-21, texto utilizado
posteriormente para la doctrina de la inspiración, se encuentra originalmente
dentro de un contexto hermenéutico: la Escritura, nacida del Espíritu, debe ser
interpretada también en el Espíritu. Frente al riesgo de interpretaciones
arbitrarias, el autor de la carta remite a la fe apostólica conservada en la
comunidad eclesial[21].
5.3 Inspiración y canon bíblico
Otro debate importante consiste en la relación entre inspiración y
reconocimiento canónico. La Iglesia no convierte un libro en inspirado;
reconoce aquellos escritos que fueron recibidos como testimonio auténtico de la
revelación. En este sentido resulta significativo que 2 Pe 3, 15-16 coloque las
cartas paulinas en relación con “las demás Escrituras”, mostrando un proceso
temprano por el cual ciertos escritos apostólicos comienzan a ser reconocidos
con autoridad normativa dentro de la comunidad cristiana.
André Paul señala que desde los primeros siglos los cristianos hablaron
de las Escrituras como textos “santos” y “divinos”, porque
reconocían en ellos un origen vinculado al Espíritu Santo[22]. El
canon expresa, por tanto, la recepción eclesial de aquellos libros considerados
normativos para la fe.
5.4 Inspiración e inerrancia
Finalmente aparece la cuestión de la verdad bíblica. Si Dios inspira la
Escritura, ¿qué significa afirmar que la Biblia enseña la verdad? El Vaticano
II responde: “Los libros de la Escritura enseñan firmemente, fielmente y sin
error la verdad que Dios quiso consignar en las sagradas letras para nuestra
salvación”[23].
La finalidad principal de la Biblia no es ofrecer información científica o
histórica según criterios modernos, sino comunicar la verdad salvadora revelada
por Dios.
Conclusión
2 Pe 1, 20-21 constituye uno de los testimonios fundamentales del Nuevo
Testamento sobre la inspiración de la Sagrada Escritura. El análisis del
término γραφὴ muestra que la comunidad cristiana primitiva reconoce la
Escritura como un texto dotado de autoridad divina. En este sentido,
la γραφὴ no designa simplemente un escrito religioso, sino una realidad
recibida por la comunidad creyente como testimonio normativo de la revelación
divina.
La expresión προφητεία γραφῆς une la tradición profética de Israel con
la Escritura recibida por la Iglesia. El Dios que habló por medio de los
profetas continúa comunicándose mediante la palabra escrita.
Finalmente, el participio φερόμενοι revela el núcleo de la doctrina de
la inspiración: los autores humanos hablan verdaderamente, pero lo hacen
movidos por el Espíritu Santo. La Escritura nace del encuentro entre la
iniciativa divina y la colaboración humana. Por eso la Iglesia puede confesar
que la Biblia es plenamente palabra humana y plenamente Palabra de Dios.
Bibliografía
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[1] Jerome H. Neyrey, “Segunda carta
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Comentario Bíblico San Jerónimo: Nuevo Testamento y artículos temáticos,
trad. José Pedro Tosaus Abad et al. (Estella: Verbo Divino, 2004), 636-637.
[2] Concilio Vaticano II,
Constitución dogmática Dei Verbum, n. 11.
[3] NESTLE-ALAND, (1995), Novum Testamentum Graece, Deutsche
Bibelgesellschaft. p. 610.
[4] ESCUELA BÍBLICA Y ARQUEOLÓGICA
FRANCESA DE JERUSALÉN, Biblia de Jerusalén. Nueva edición totalmente
revisada, Bilbao: Desclée De Brouwer, 2019, p. 1922. En el comentario del v. 21, se
explica: “La forma en que aquí se invoca la inspiración de las Escrituras por
el Espíritu Santo, ver 2 Tm 3, 15-16+, sugiere que su lectura supone también la
dirección del Espíritu y la tradición apostólica. Pero el autor no tiene la
intención de desanimar de una lectura privada, personal, devota, de la Biblia”.
[6] SCHÖKEL, Luis Alonso, La
Biblia de Nuestro Pueblo, adaptación del texto y comentarios del Equipo
Internacional, XI ed., Bilbao: Ediciones Mensajero, 2008, p. 1984. A este apartado el jesuita comenta:
“El contenido de los versículos 20s ha sido funda mental en la definición de
los principios de inspiración e interpretación bíblica en la tradición de la
Iglesia. La Escritura requiere del Espíritu para su interpretación. Esto no
excluye la razón, lenguaje humano a través del cual actúa el Espíritu, ni la
comunidad eclesial, lugar privilegiado donde actúa el Espíritu”.
[7] Cf. Johann Michl, “Segunda
Carta de Pedro”, en Otto Kuss – Johann Michl, Carta a los Hebreos. Cartas
Católicas, Comentario de Ratisbona al Nuevo Testamento VIII, Herder,
Barcelona, 1977, p. 522.
[8] Armando J. Levoratti (dir.), Comentario
Bíblico Latinoamericano. Nuevo Testamento, 2.ª ed. revisada, Estella
(Navarra): Editorial Verbo Divino, 2007, pp. 1145-1146.
[9] Cf. Xavier Léon-Dufour,
Vocabulario de Teología Bíblica, Barcelona: Editorial Herder, 1965, p. 249.
[10] Cf. André Paul, La inspiración
y el canon de las Escrituras, Cuadernos Bíblicos 49, Verbo Divino, Estella,
1985, p. 14.
[11] Cf. Rudolf Bultmann, Teología
del Nuevo Testamento, Salamanca: Ediciones Sígueme, 1981, pp. 555-556.
[12] Concilio Vaticano II, Constitución dogmática Dei Verbum, n. 12.
[13] Cf. Johann Michl, “Segunda
Carta de Pedro”, en Otto Kuss – Johann Michl, Carta a los Hebreos. Cartas
Católicas, Comentario de Ratisbona al Nuevo Testamento VIII, Herder,
Barcelona, 1977, p. 542.
[14] Concilio Vaticano II, Constitución
dogmática Dei Verbum, n. 11.
[15] Ibíd.
[16] Cf. Karl Rahner, Inspiración
de la Sagrada Escritura, Herder, Barcelona, 1970, pp. 18-20.
[17] Cf. Xavier Léon-Dufour,
Vocabulario de Teología Bíblica, p. 249.
[18] Cf. André Paul, La
inspiración y el canon de las Escrituras, Cuadernos Bíblicos 49, Verbo
Divino, Estella, 1985, p. 38.
[19] Cf. Luis Alonso Schökel, La
palabra inspirada. La Biblia a la luz de la ciencia del lenguaje,
Cristiandad, Madrid, 1986, pp. 53-55.
[20] Cf. Pontificia Comisión Bíblica, La interpretación de la Biblia en la
Iglesia, 1993.
[21] Cf. Joachim Gnilka, Teología
del Nuevo Testamento, trad. Juan M. Díaz Rodelas, Madrid: Editorial
Trotta, 1998, p. 465.
[22] Cf. André Paul, La
inspiración y el canon de las Escrituras, p. 14.
[23] Concilio Vaticano II, Dei
Verbum, n. 11.
