sábado, 7 de marzo de 2026

Entrevista al Pbro. Carlos Rafael Boulanger Limonchy, operario diocesano

RECTOR DEL SEMINARIO SAN PÍO X

Padre Carlos, para las redes de nuestro seminario San Pío X y con motivo de su aniversario de ordenación sacerdotal, coméntenos, por favor, cómo nació su vocación y qué momentos o personas fueron clave para descubrir el llamado de Dios en su vida.

Bueno, gracias por esta entrevista. En primer lugar, mi vocación es algo muy paradójico, podríamos decir, porque nací en una familia con muchos valores cristianos, pero que no era muy practicante. Sin embargo, siempre me sentía atraído hacia el sacerdocio. No sé por qué; bueno, Dios sabrá.

Lo cierto es que me atraía mucho ir a misa, ver a los sacerdotes; también me atraía la figura de los santos. Mi papá tenía una librería y allí podía conseguir la vida de San Francisco de Asís, de San Ignacio de Loyola, lecturas como Quo Vadis, La imitación de Cristo… Todo esto siempre me animaba con esa ilusión del sacerdocio.

Pero, como he dicho, mi familia no era particularmente practicante y yo no me atrevía a formular la inquietud por el sacerdocio. Sin embargo, siempre me sentía atraído hacia ello. Cuando terminé el bachillerato dije: “Bueno, voy a dar el paso”. Pero pregunté a alguien que no sabía y me dijo que yo no podía ser sacerdote porque había estudiado la especialidad de ciencias y no humanidades.

Así que decidí entrar a estudiar ingeniería química. Después de empezar la carrera me di cuenta, especialmente en Navidad, de que no era lo mío, que no me hacía feliz y que no encontraba mayor gozo en lo que estaba haciendo. Hasta que, por fin, hice un retiro o una experiencia con el movimiento Cursillos de Cristiandad, que me motivó a dar el paso. Allí me acerqué a los padres operarios diocesanos… y aquí estoy.

Una cosa curiosa es que desde pequeño sentía la atracción por ser formador de sacerdotes; es decir, no solamente sacerdote, sino formador de sacerdotes. Cuando veía algo que no me gustaba en un sacerdote decía: “A este le falta formación”. Era, claro, muy presuntuoso para ser una persona con tan poco conocimiento de esto.

Por otra parte, ahora que lo veo en retrospectiva, hubo personas muy importantes. Mi mamá, que era una mujer de oración; mi abuela, mi abuela Juana; también mi madrina Regina. Mi papá quería que nos bautizáramos ya adultos, pero ella se empeñó en que debíamos bautizarnos más jóvenes. Así que me bautizaron cuando era niño, ya con cierta edad, pero no adulto.

También me marcó mucho una maestra de sexto grado, la maestra Anita. Era una mujer de oración, de buen testimonio, con una familia cristiana. Su simple testimonio como maestra —en una escuela pública— siempre comenzaba la clase rezando; nos recordaba a María Auxiliadora, a San Juan Bosco. Creaba un ambiente cristiano en la clase.

Más adelante, cuando ingresé a la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos, también fueron importantes los grandes pilares de la hermandad en esa época: el padre Cesario Gil, el padre Hermógenes Castaño y el padre Ángel Jiménez. Ellos me motivaron mucho para seguir en este camino.

Padre, cuando ya estaba con los operarios en su proceso de formación, ¿qué experiencias, aprendizajes o desafíos marcaron ese camino hacia el sacerdocio?

Bueno, la mejor experiencia del seminario no puedo reducirla a algo en particular, sino a todo en conjunto. Fue una experiencia muy positiva, especialmente la vida comunitaria que teníamos en el Centro de Estudios Mosén Sol, que es la casa de formación de los padres operarios.

Allí tuve excelentes formadores: el padre Daniel Redondo —que en paz descanse—, el padre Román Sánchez Chamoso —también ya en la casa del Padre— y el padre Paolo Borelli, un excelente sacerdote que sigue siendo un gran amigo y un gran referente de lo que es un sacerdote. Fueron personas que me ayudaron mucho en mi vocación.

Junto con esto, la vida con los hermanos seminaristas fue para mí una experiencia muy positiva y muy fructuosa. La valoro y la tengo guardada en mi corazón: esos años de formación que, para mí, pasaron muy rápido.

En el año 1995 fui enviado a Roma a estudiar. Allí también conocí otra parte de la hermandad que no conocía y seguí enamorándome más de toda esta comunidad de sacerdotes operarios, donde tengo grandes hermanos y grandes amigos.

Padre Carlos, quisiéramos conocer acerca de su ordenación. ¿Qué recuerda de ese día y qué significado tiene hoy, después de tantos años de ministerio?

Bueno, fue hace 28 años. Hay como dos aspectos muy curiosos. Desde el punto de vista de lo que yo imaginaba que iba a ser, la organización fue un desastre. Me habían ofrecido unos ornamentos que nunca llegaron; las tarjetas de invitación eran muy feas porque yo no las diseñé… En fin, todo el aspecto de organización, de fiesta y de detalles fue un caos.

Sin embargo, creo que todo eso ha sido compensado por la experiencia muy positiva que he tenido como sacerdote, gracias a Dios. He tenido una experiencia maravillosa. He tenido la oportunidad de ir a muchos países: estuve en Panamá, Venezuela, Italia, Ecuador, Argentina y ahora estoy aquí en Perú. Ha sido una gran riqueza conocer tantas culturas, tantas personas, tantas iglesias y tantos operarios.

También he estado en la Dirección General de la Hermandad como consejero, y ha sido una experiencia muy enriquecedora. Yo doy gracias a Dios por todos estos años de ministerio, por la hermandad y por la vida sacerdotal que me ha regalado.

Por eso digo que, aunque uno quisiera que todo fuera como lo había planeado, Dios tiene sus caminos. Creo que a través de eso me enseñó que lo importante no es lo exterior, sino sobre todo la vivencia espiritual de esa ceremonia. Eso es lo que más rescato.

A pesar de todos los inconvenientes que pudieron existir, lo más importante para mí fue precisamente la ordenación. Y recuerdo un momento muy significativo: cuando mis padres besaron mis manos como sacerdote. Eso es algo que tengo guardado en mi corazón. También la presencia de grandes amigos y familiares… fue algo muy bonito.

Padre, ¿qué obispo lo ordenó y dónde?

Me ordené en Caracas, en la parroquia María Madre de la Iglesia. El que me ordenó fue el cardenal Ignacio Velasco. Inicialmente iba a ser monseñor Lücker, pero finalmente fue el cardenal Velasco quien presidió la ordenación.

Padre, finalmente, después de estos 28 años de sacerdocio, ¿qué mensaje nos puede dar a nosotros, los seminaristas que nos estamos preparando para ser algún día sacerdotes?

El mensaje es que sean felices en su vocación, que se entreguen plenamente a Cristo y, sobre todo, que vivan la alegría de la fraternidad con mucha transparencia, con recta intención y con un corazón noble. Déjense guiar por Dios, porque Él los va conduciendo por caminos insospechados que nunca podrían imaginar.

Yo jamás hubiera imaginado toda la vida sacerdotal que he tenido, todos los gozos que he experimentado. Y esto es un don de Dios, un regalo de Dios.

Bueno, padre, muchas gracias por estas palabras, por esta entrevista y, de parte de la comunidad del seminario, feliz aniversario de ordenación sacerdotal.

Muchas gracias, y recen por mí, que me hace falta.

jueves, 5 de marzo de 2026

Retiro espiritual de inicio de año académico 2026 – Seminario San Pío X

RETIRO ESPIRITUAL

Charla introductoria

El abad Bernardo de Claraval escribió al papa Eugenio III para invitarlo a apartar un momento, en medio de tantas ocupaciones, para la oración y la meditación. Lo hizo con estas palabras:

“Tengo miedo, te lo confieso, de que, en medio de tus ocupaciones, que son tantas, por no poder esperar que lleguen nunca a su fin, acabes por endurecerte tú mismo y lentamente pierdas la sensibilidad…”.

Estos monjes han comprendido la importancia de la oración en medio de sus jornadas cotidianas. Es cierto que como reza un monje no puede rezar un laico, y tampoco un papa puede rezar como un monje, pues los estados de vida son variados y también lo son las posibilidades de dedicarse a la oración. Sin embargo, lo importante es buscar ese momento: apartarse un poco de las ocupaciones y ocuparse de aquello que nos hace mejores cada día, la oración.

Ahora bien, las ocupaciones de Eugenio III, como papa de la Iglesia, debieron de ser muy sanas y santas, pues eran las ocupaciones del Vicario de Cristo. Las del abad Bernardo ciertamente también lo eran: santas y loables. Pero tú y yo, ¿en qué nos ocupamos? ¿Cuáles son nuestras ocupaciones mandadas por la voluntad divina? ¿En qué ocupamos finalmente nuestro tiempo?

Porque se puede estar muy ocupado en nada, en tonterías. Se puede ocupar uno muy afanosamente en perder el tiempo con distracciones que no aportan nada positivo a la vida ni a la santidad que queremos alcanzar.

Las ocupaciones de un seminarista son estudiar, rezar, profundizar en la vida de la gracia y de la oración, iniciar el camino discipular y configurativo con Jesucristo, que nos ha llamado. Pero, ¿realmente nos ocupamos de esto? ¿O más bien es lo último que procuramos?

El consejo del abad Bernardo al papa es que, por más ocupado que se esté en las mil y una cosas del oficio, es preciso apartarse, dejar espacio, buscar a Dios, refugiarse en la oración. Pues “el que modera su actividad se hará sabio”, como dice Salomón.

Atender a todo y a todos, pero desatenderse a uno mismo —hablando de la oración y de la relación personal con Dios— no puede ser tenido por bueno. Rechazar la oración y la meditación es, en cierto modo, rechazarse a sí mismo. Y está mandado amar a Dios y al prójimo como a uno mismo.

Señor, que mis ocupaciones sean las que Tú me has dado. Que me ocupe en buscarte, en encontrarte y en amarte en mis hermanos. Que me ocupe solo de Ti y de tus cosas santas, de tus pobres, de tus ovejas: esas que un día me darás para cuidar como pastor y guía.

Señor, que no ocupe mi tiempo en cosas que no llevan a buen fin. Sabes que son muchas las distracciones de este mundo contemporáneo, pero de todas ellas puedo salvarme si procuro ocuparme de Ti.

Hagamos un trato, Señor:
yo me ocupo de Ti
y Tú te ocupas de mí. Amén.

Segunda charla: Fundamentos de la fraternidad presbiteral

Todos los presbíteros, en virtud del sacramento recibido, están unidos como hermanos en una íntima fraternidad sacramental. El trato que se deben unos a otros es, por tanto, un trato entre iguales.

Un consejo entre hermanos, si viene desde la altivez o la superioridad, por muy bueno que sea, producirá aversión en lugar de acogida. La humildad, en cambio, es lo más grande del mundo. De Moisés se dijo que era el hombre más humilde de la tierra, y por eso Dios se fijó en él para realizar grandes cosas. La humildad todo lo puede.

Es bueno pensar, de vez en cuando, en el lema episcopal y pontificio del beato Juan Pablo I (Albino Luciani), cuya sonrisa y sencillez de vida acompañaron un papado brevísimo, pero profundamente significativo, pues era la encarnación de aquello que predicaba: humilitas.

También me gusta recordar y repetirme a mí mismo lo que decía el padre Henry de la Inmaculada, Siervo del Hogar de la Madre, cuando hablaba a jóvenes en retiros espirituales. Los introducía, casi con solemnidad, diciendo: “Tres palabras, solo tres palabras: humildad, humildad y humildad”.

El capítulo 23 del evangelio de Mateo, en sus primeros versículos, nos ayuda a comprender cuál es el trato que Jesús quiere que nos demos unos a otros. Más allá de títulos y distinciones, todos somos hermanos, hijos de un mismo Padre; y aquel que quiera ser el más importante ha de ser el servidor de todos.

De ahí que la verdadera grandeza en la Iglesia la posean aquellos que más sirven o que se distinguen por el servicio desinteresado a los demás.

Pero, ¿acaso deja de ser importante quien realiza una tarea sencilla y casi insignificante? De ningún modo. También es grande aquel que se dedica a las cosas pequeñas, a lo que nadie ve o nadie nota, o que muy pocos reconocen en el momento.

El servicio no tiene escalas: sirve el grande y sirve el pequeño; pero sirve más el humilde, el que se despoja de todo y lo da todo.

Esta mañana, durante el desayuno, se me vino a la mente que un buen sinónimo de vivir es servir. Ambos verbos terminan en ir, que a su vez es también un verbo: ir. La vida es una puesta en camino, es un ir a servir. De modo que vivir es ir a servir allí donde se me necesite.

¿Qué es el vivir sino el servir? Yo sirvo porque estoy enamorado; de lo contrario, esto no sería vida.

Señor, que yo sirva siempre y que no me canse de servir.
Que yo sirva para algo, que yo sirva donde Tú quieras ser servido.
Que encuentre mi mayor alegría y satisfacción en servir con alegría.
Que, sirviendo, sea feliz y haga felices a los demás.

Que no me canse de hacer el bien y de reflejarte a los demás con mis obras y palabras. Que comprenda, de una vez y para siempre, que el sacramento del Orden al cual me has llamado es un sacramento de servicio y de misión, porque debo contribuir a la edificación del Reino de Dios, que es aquí la Iglesia. Amén.

Segunda parte de la segunda charla: La solidaridad sacerdotal

Es el papa Francisco quien, en su carta encíclica Fratelli tutti (nn. 114–117), habla del valor de la solidaridad. Allí sugiere, de algún modo, que se es verdaderamente solidario cuando, ante la adversidad del otro, uno se mantiene sólido y ayuda con solidez y autenticidad, como se espera de un sacerdote y de quienes se preparan para serlo.

Parece que la palabra solidaridad viene de sólido, pero quizá también se acerque —al menos espiritualmente— a solitario. La razón sería que muchas veces se tiene la oportunidad de ser solidario precisamente con aquel que está solitario: el que está solo, en carencia o en dificultad.

Dice el papa Francisco que la solidaridad puede expresarse concretamente en el servicio. Y servir significa, a la vez, cuidar, velar por el otro, preocuparse y ocuparse por el prójimo, por el que está próximo, por el hermano.

La solidaridad no es una generosidad esporádica, sino una lucha constante por erradicar el mal, el pecado, la pobreza y la apatía de tantos hombres y mujeres de este mundo.

El sacerdote debe ser el primero entre los hermanos que sea un “hombre de Dios solidario con su pueblo”, como decía el lema episcopal de aquel querido y recordado obispo auxiliar de Mérida que luego fue obispo de Apure. Y, en efecto, ser hombre de Dios y solidario con su pueblo es un buen propósito de praxis ministerial, pues del sacerdote se espera que refleje a Dios. Y esto solo es posible desde el amor, el servicio, la humildad y la solidaridad.

Hacer buen uso de las cosas materiales es también un signo de solidaridad. No buscar llenarse de bienes materiales manifiesta humildad y desprendimiento, propio de un alma que tiene a Dios.

Yo no tengo nada y, aun así, lo tengo todo. No tengo nada —digo— y no me hace falta nada; y, sin embargo, lo tengo todo y me sobra para dar a los demás.

Últimamente me he propuesto no considerar nada como propio, y de todo lo que se me dé o tenga compartirlo sin mezquindad con los demás, porque “dando se recibe”.

El predicador dijo una frase que para mí fue novedosa: “El que por otro pide, por sí aboga”. Y recordé entonces el caso de don Leoncio, que espera con paciencia que le sean reconocidos y remunerados, ahora en su vejez y enfermedad, los años que dedicó al servicio de los prelados ayacuchanos en tiempos de terror.

El evangelio de Mateo (25, 31–46) habla de la venida de Jesús al final de los tiempos, es decir, del juicio final. Y hay un detalle del relato que días atrás me hacía reflexionar con cierta gracia: el rey separa a unos a su izquierda y a otros a su derecha. A la izquierda quedan los desobedientes y los que no sirvieron; a la derecha, los obedientes y los que supieron servir a Dios en el prójimo pobre y necesitado.

Y pensaba, casi con una sonrisa, que si la Iglesia católica quisiera posicionarse en alguno de esos dos lados, sin duda elegiría la derecha —y no necesariamente hablando en términos políticos… o quizá también—, pues allí están los que aman a los pobres y les sirven con radicalidad, porque en ellos encuentran a Cristo el Señor.

Señor, que yo sea solidario con el solitario; que sea sólido con el que está perdiendo consistencia. Que encuentre más alegría en dar que en recibir. Que mis días sean un constante entregarme por tu Reino, por la liberación de los oprimidos
y por consolar a los tristes con el consuelo con que Tú me consuelas a mí.

Te sirvo pobre e insignificante. Señor, que mi mayor fortaleza seas Tú, y que, así como te tengo en mi vida,
te lleve también a los demás con actos concretos de amor. Señor, que quien me vea, te vea a Ti. Amén.

Tercera charla: La comunión fraterna en el amor apostólico

El sacerdote, antes de ser padre, es hermano: hermano de todos. Lo es de modo especial de sus hermanos presbíteros, con quienes forma una gran familia, una verdadera fraternidad presbiteral.

Sentirse hermanos y vivir unidos nace del amor apostólico, que es aquel amor que brota de la unción y de la misión de Jesucristo. No se trata de un amor meramente sentimental o emotivo, ni centrado en la compatibilidad personal. Estamos llamados a ser hermanos de todos, también de aquellos con quienes las diferencias son evidentes. Lo más importante es que todos apuntamos a un mismo objetivo: todos hemos sido llamados por el mismo Dios.

La lista de los Doce que presenta el evangelio de Marcos (3,13–19) nos recuerda una característica fundamental de toda vocación: el llamado es voluntad divina, no pretensión humana. Los Doce fueron llamados por Jesús para conformar una familia apostólica, en cuyo seno convivían visiones y perspectivas muy distintas acerca del Señor y del Reino que predicaba. Entre los Doce estaba también el traidor, que fue llamado igual que los demás, pero que no quiso seguir verdaderamente al Maestro.

El episodio de la curación de la hemorroísa (Mc 5,21–34) sitúa a Jesús en medio de sus apóstoles y, al mismo tiempo, de algún modo solo, pues ninguno de ellos sabe quién lo ha tocado. Sea por la multitud que lo rodeaba o por la costumbre de estar siempre tan cerca de Él, se revela aquí un peligro: por un lado, la monotonía en la que puede caer el discípulo; por otro, el descuido en la atención al Señor y a la familia en la que Él mismo nos ha insertado.

Más adelante, como haciendo un llamado particular, Jesús resucita a la hija del jefe de la sinagoga haciéndose acompañar solo por Pedro, Santiago y Juan. Esto revela también el misterio de la elección de Dios, pues ninguno de estos tres era mejor o peor que los demás. Dios elige y llama a quienes Él quiere.

Finalmente, el texto de 1 Timoteo (3,1–7) manifiesta con claridad lo que se espera de un hombre llamado por Dios para estar al frente de la comunidad como guía, padre y pastor. Entre las cualidades señaladas destaca la capacidad de hacerse cargo de su propia casa y de saber gobernar a los suyos, para que luego pueda también gobernar la Iglesia de Dios.

De ahí que el presbítero deba vivir en paz, cercanía y fraternidad con sus hermanos presbíteros, para poder después suscitar estos mismos sentimientos en la comunidad parroquial que se le confíe.

Sabemos que esta fraternidad se aprende y se cultiva desde el seminario, cuando se busca compartir con todos y no solamente con un grupo predilecto. A veces uno se refugia en el grupo que lo aplaude todo y le perdona todo, ese pequeño círculo de íntimos en el que uno se siente cómodo y donde parece poder hacer y deshacer según convenga a la propia libertad. Pero eso puede ser peligrosísimo.

Señor Jesús, hazme comprender que voy contigo por el camino de la vida, que eres Tú quien me guía por la senda del bien,
y que contigo camino mejor, acompañado de mis hermanos en la vocación.

Que, al ir contigo, ame como Tú amas, perdone como Tú perdonas
y me entregue a los demás como Tú lo hiciste, Señor.

Que sea bueno con todos, amigable, amable y respetuoso,
y que a todos les manifieste las maravillas de tu amor
con una vida santa, recta e intachable.

Señor, que sepa reconocer mis errores y que pueda levantarme pronto de mis caídas para seguirte siempre en compañía de mis hermanos. Amén.

Cuarta charla: Relaciones, acciones y gestos que se derivan de la fraternidad presbiteral

A la luz de diversos numerales de documentos del Magisterio, vimos que los sacerdotes —y también los seminaristas— deben ser hospitalarios con todos, practicando la beneficencia y la asistencia mutua. Han de preocuparse especialmente por los enfermos, los afligidos, los que están demasiado recargados de trabajo, los asilados, los exiliados y los perseguidos, sean sacerdotes o no.

Los sacerdotes deben unirse gustosa y alegremente incluso para descansar, ayudándose mutuamente en el cultivo de la vida espiritual e intelectual. Asimismo, han de fomentar formas de vida común o algún tipo de comunidad entre ellos, para librarse de los peligros que puede traer la soledad.

Más aún, los presbíteros deben sentirse especialmente obligados con aquellos hermanos que experimentan dificultades. Han de prestarles ayuda oportuna, aconsejarles discretamente cuando sea necesario y manifestar siempre amor fraterno y generosidad hacia quienes tienen o han tenido algún fallo, pidiendo a Dios por ellos y siendo verdaderos hermanos y amigos.

Meditación de la Palabra

Lucas 10, 25–37: El buen samaritano

Lo que dice el texto bíblico en sí

En el texto aparecen dos temas que convergen en un mismo propósito. En primer lugar, la pregunta del legista a Jesús sobre qué debe hacer para salvarse, y la respuesta del Señor que remite al mandamiento de amar a Dios, al prójimo y a uno mismo. Este es el gran mandamiento.

En segundo lugar, aparece la parábola del buen samaritano, que responde a la pregunta del legista acerca de quién es su prójimo. Jesús, sin embargo, no responde directamente quién es el prójimo, sino cómo hacerse prójimo, es decir, cómo volverse cercano a los demás.

El sacerdote y el levita evitan practicar el amor con el hombre herido, mientras que el samaritano —considerado hereje y extranjero— actúa de manera ejemplar. Él se hace prójimo de aquel hombre que, al bajar de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos ladrones y fue dejado medio muerto.

Lo que me dice el texto bíblico

Hay circunstancias en las que quienes parecen estar más cerca de Dios no actúan como tales. En la parábola, el comportamiento del sacerdote y del levita refleja la crítica de Jesús a la hipocresía de quienes tienen autoridad religiosa.

El Señor conoce los corazones y sabe que muchas veces quienes imponen cargas a los demás no son capaces de moverlas ni siquiera con un dedo.

Existe una gran tentación: hablar mucho de Dios, pero hablar poco con Dios. Es fácil decir a los demás lo que deben hacer y esperar obediencia total, mientras uno mismo no cumple lo que sabe que Dios manda.

¿Cómo predicar el amor si no amo? ¿Cómo hablar de los pobres si no los vemos, no los buscamos y no los ayudamos?

El samaritano se encontró con el pobre en el camino. Nosotros también encontramos muchos oprimidos en la vida. Y entonces se nos plantea la misma decisión: o ayudar como el buen samaritano, o pasar de largo como el sacerdote y el levita, de quienes se esperaba mayor compromiso.

Lo que yo le digo al Señor en respuesta a su Palabra

Señor, que vea. Que no cierre mis ojos ante la evidente necesidad que hay en el mundo.

Que no me conforme con estar bien y sentirme bien, olvidándome de los demás, de los hermanos que me has confiado.

Esta parábola siempre debe decirme algo nuevo, aunque en el fondo repita lo que ya has sembrado en mi conciencia: el amor al prójimo y la necesidad de hacerme prójimo del pobre.

Sin importar el qué dirán, y valiéndome de lo poco o de lo mucho que tenga, quiero entregarme al servicio de todos, sin excluir a nadie, haciendo una opción preferencial por los pobres y oprimidos, porque allí estás Tú, Señor Jesús.

Lo que el Señor me pide mejorar

Señor, Tú me pides que te ayude, pero reconozco que tengo un corazón egoísta, mezquino, apático y perezoso.

Me pides transformar mi corazón para que sea manso y humilde como el tuyo. Me pides afinar mi mirada para discernir los signos de los tiempos y responder en cada momento como Tú responderías: con amor, paciencia y rectitud de intención.

Me pides, como al samaritano, darlo todo por salvar la vida de los demás. Comprometerme de verdad, con alma, vida y corazón.

Me pides hacerme cargo de mis hermanos con caridad y perseverancia. Y, sobre todo, que no pase de largo ante las miserias que veo, sino que me detenga para ayudar, para servir y para ser instrumento de tu paz. Amén.

Cuarta charla – segunda parte

La caridad pastoral del presbítero

La caridad pastoral es lo que caracteriza especialmente al sacerdote diocesano. Él está llamado a vivir con el corazón de Cristo, el Buen Pastor, alimentándose de la Palabra de Dios y de la Eucaristía para alcanzar una profunda unión con Cristo.

Desde esta unión nace el amor a la Iglesia, Esposa de Cristo, y el deseo de servirla mejor.

Esta caridad pastoral tiene varias implicaciones concretas:

  • la unificación de la persona y la vida del sacerdote,
  • la donación total de sí mismo,
  • la comunión eclesial,
  • y la vivencia del celibato.

Meditación de la Palabra

Marcos 6, 30–44

Lo que dice el texto bíblico en sí

Marcos narra la primera multiplicación de los panes.
Los discípulos cuentan a Jesús lo que han hecho y enseñado.
Jesús los invita a descansar un poco. Se encuentran en un lugar descampado y una gran multitud los sigue.

Movido por la compasión, Jesús atiende a la gente y les enseña muchas cosas.

Los discípulos sugieren despedir a la multitud. Jesús les dice: “Denles ustedes de comer”.

Solo tienen cinco panes y dos peces.

Jesús manda que la gente se siente en grupos, toma los panes y los peces, pronuncia la bendición, los parte y los da a los discípulos para que los repartan. Todos comen hasta saciarse. Se recogen doce canastos de sobras. Habían comido cinco mil hombres.

Lo que me dice el texto bíblico

Yo soy discípulo del Señor.

Estoy llamado a hacer y enseñar, a estar a solas con Él, a atender con compasión a quienes acuden en busca de Dios y a darles el pan del cielo: la Eucaristía.

Estoy llamado a ser administrador de las cosas santas y testigo de los milagros de Dios.

Lo que yo le digo al Señor

Señor, yo creo en tus milagros. Creo que realmente diste de comer a cinco mil hombres.

Creo que Tú te das al mundo por medio de tus apóstoles.
Creo que haces y enseñas muchas cosas buenas, santas y necesarias para la vida de los hombres.

Quiero ser uno de tus discípulos. Envíame a dar de comer a los hambrientos.

Quiero llevar tu Palabra y tu Cuerpo y tu Sangre, para dar el alimento que otorga la vida eterna.

Lo que el Señor me pide mejorar

Como los apóstoles, a veces me aconsejo a mí mismo despedir a la gente y que se arreglen como puedan, aun cuando están en gran necesidad.

Pero si estoy con Dios, no puedo despedir a nadie con las manos vacías.

Si estoy con Dios, puedo ser instrumento de sus milagros.
Puedo ser alivio para quienes sufren.

Solo necesito más fe.

Debo creer más en la persona de Jesús que me ha llamado y que me pide atender a las multitudes que lo buscan.

Porque buscan a Dios, no me buscan a mí.

Yo solo soy instrumento —o quizá estorbo— para llevar a los hombres a Dios.

Debo renovar constantemente la presencia de Dios en mi vida, para que no olvide nunca que:

Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?

Meditación de la Palabra

1 Pedro 5, 1–5

Lo que dice el texto bíblico en sí

San Pedro exhorta a los presbíteros a apacentar la grey de Dios, vigilando voluntariamente según Dios.

No movidos por ganancias, sino con entrega sincera.

No tiranizando a los pequeños, sino siendo ejemplo para el rebaño.

A los jóvenes les pide sumisión a los presbíteros, y a todos los exhorta a revestirse de humildad.

Lo que me dice el texto bíblico

Estoy llamado, como san Pedro, a ser presbítero.

Es decir, anciano responsable de la comunidad, encargado de cuidar la grey de Dios.

Y esto es importante: el rebaño es de Dios, no mío.

Yo solo soy colaborador de Dios y a Él le rendiré cuentas.

No deben moverme las ganancias materiales ni de ningún otro tipo. Debe moverme únicamente el corazón tocado y transformado por Dios.

Debo cuidarme de no tiranizar a los pequeños ni escandalizarlos.

Estoy llamado a ser ejemplo, incluso cuando yo mismo experimente mis propias debilidades.

La grey de Dios pone sus ojos en el sacerdote para encontrar en él un reflejo de Dios.

Hace poco, conversando con un hermano del seminario sobre la formación en este último año, yo decía que debemos ser ejemplo para los más jóvenes. Pero él no estaba de acuerdo: piensa que cada uno debe vivir su vida sin preocuparse por lo que digan los demás. Yo creo que se equivoca, y esta palabra de Dios confirma la razón.

Lo que yo le digo al Señor

Te doy gracias, Señor, por haberme llamado, a mí, el más indigno de tus elegidos.

Aunque el día tan esperado se acerca, sigo sintiéndome indigno.
Por eso, Señor, solo puedo darte gracias.

Gracias también porque me confías a tus hijos, a tu rebaño, a tu pueblo santo y fiel.

Me encomiendas tu Iglesia, a los hombres y mujeres de este mundo.

Dame valentía para aceptar tu llamado, para decirte siempre que sí, para correr todos los riesgos con tal de ganar almas para el cielo.

Dame la gracia de perseverar hasta el final y de serte fiel incluso en el pensamiento.

Y al leer tu Palabra vuelvo a encontrarme con el tema de la humildad.

Sufro por no ser humilde, y cada día intento serlo más, para poder servirte mejor.

Porque Tú, Señor, rechazas el corazón soberbio.

Lo que el Señor me pide mejorar

Señor, me pides preparar mi corazón y mi humanidad para la misión que me confías.

Me pides mejorar mi manera de ser.

Me pides escuchar más y hablar menos.

Me pides fijarme más en los demás que en mí mismo.

Me pides ser generoso, disponible y siempre dispuesto al servicio.

Aunque el trabajador tiene derecho a su salario, Tú me llamas a hacerlo todo por amor, sin esperar recompensas.

Porque primero es el Reino de Dios y su justicia.

Tú me pides generosidad total, y yo te suplico valentía y pureza de intención para vivir así.

También me pides mejorar en mi modo de ser, para comportarme como un verdadero hijo tuyo y llevar con dignidad el nombre de cristiano.

Que mi vida sea imagen y reflejo del Dios que me ha creado y me ha llamado.

Y de toda esta meditación, como diría el padre Henry de la Inmaculada, Siervo del Hogar de la Madre: tres palabras, solo tres palabras: humildad, humildad y humildad. Amén.

Quinta charla: El corazón de padre y servidor fiel

La figura que encarna esta paternidad y este servicio es el casto san José, patrono de la Iglesia universal y patrono de los seminarios.

Los Evangelios no recogen ni una sola palabra de san José. No era un hombre famoso, no buscaba impactar ni hacerse notar. Su grandeza estuvo precisamente en su silencio, en su fidelidad y en su servicio oculto.

El sacerdote, como san José, está llamado a generar y regenerar la vida cada día, porque verdaderamente padre es aquel que se hace cargo de la vida que nace. Todo el que se hace responsable de la vida del otro ejerce una paternidad respecto de él.

El mundo necesita padres, no amos.

Dios me está formando como padre, no como amo, ni como dueño, ni como señor tirano o autoritario. Un padre es un modelo a imitar.

San José es el icono ejemplar de la acogida de los proyectos de Dios: una acogida activa, sin renuncias ni rendiciones. En él no hay resignación pasiva, sino protagonismo valiente y fuerte.

El Señor quiere formar el corazón de aquellos a quienes ha llamado. Dios quiere formar mi corazón para que sea capaz de amar con el mismo amor con que Él amó a su pueblo.

San José es el hombre con vocación de servicio. Solo cuando un amor es casto es un verdadero amor, recuerda el papa Francisco. De esta manera, el celibato sacerdotal es una entrega generosa a un amor incluyente, en cuyo corazón caben todos, un amor que sirve a todos y no excluye a nadie.

El centro de la vida de José fue Jesús y María. Por eso yo quiero ser otro José, porque quiero vivir y morir amando a Jesús y a María.

Meditación de la Palabra

Mateo 11, 25–30

Lo que dice el texto bíblico en sí

En estos versículos aparecen dos temáticas claramente marcadas.

La primera, en los versículos 25 al 27, muestra a Jesús alabando al Padre porque ha revelado el Evangelio a los sencillos, es decir, a los pobres. Jesús declara que el Padre le ha entregado todo y que solo el Hijo conoce verdaderamente al Padre, y que al Padre se llega a través del Hijo, nuestro Señor Jesucristo, como tantas veces escuchamos al final de las oraciones de la misa.

La segunda parte, en los versículos 28 al 30, presenta a Jesús como maestro bondadoso. Él invita a todos los que están cansados y agobiados a acudir a Él para encontrar descanso.

Jesús invita a tomar su yugo, es decir, su ley, y a aprender de Él, constituyéndose así como maestro. Él es manso y humilde de corazón, es decir, pobre.

El yugo del Señor es suave y ligero. Su ley, lejos de ser una carga insoportable, da alegría y descanso al alma.

Lo que me dice el texto bíblico

En primer lugar, este texto refuerza la conciencia de que el Evangelio no es cosa de sabios y entendidos según los criterios del mundo. No es para quienes se creen poderosos, sino para los sencillos y los pobres.

Así se cumple la profecía de Isaías: “El Señor me ha enviado para anunciar la buena nueva a los pobres”.

Jesús revela también que al Padre se llega a través de Él, que es el único mediador entre Dios y los hombres: verdadero Dios y verdadero hombre.

Me gusta detenerme a meditar cada vez que en la misa escucho la conclusión de muchas oraciones colectas: “Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que contigo vive y reina en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos”, porque la oración se eleva al Padre por medio del Hijo.

Recuerdo también una ocasión en la que oré con unos misioneros mormones. Aunque no comparten plenamente nuestra fe cristiana, me llamó la atención que terminaran su oración diciendo:
“Padre, todo esto te lo pedimos en el nombre de Jesús, tu Hijo”.

La invitación de Jesús es hermosa: es una llamada a la paz, a la serenidad y al descanso. En Él encontramos alivio porque su yugo es llevadero.

Su propuesta de vida es posible, aunque sea exigente, porque el amor todo lo puede y todo lo perdona.

La mansedumbre y la humildad de corazón de Jesús, que pueden entenderse como su pobreza radical, son el ejemplo que Él mismo propone para que aprendamos de Él.

Solo Jesús puede decir con autoridad: “Aprendan de mí”, “Síganme”, “Sean como yo”. Esto solo puede hacerlo Dios. Y Jesús es Dios y hombre verdadero.

La libertad, la alegría y la paz de Jesús están en su pobreza.

De este modo, las dos partes del texto tienen la pobreza como centro y fundamento: primero, porque el Evangelio se revela a los pobres; y segundo, porque Jesús, pobre y humilde, nos invita a ser como Él.

Lo que yo le digo al Señor en respuesta a su Palabra

Señor, me has mirado a los ojos y, sonriendo, has dicho mi nombre, como canta la piedad popular. Eso creo y eso espero.

Espero también ser sencillo y pobre para que tu Evangelio cale profundamente en mí. Porque si me lleno de cosas, ya no habrá espacio para Dios.

Ojalá esté lleno solo de Dios.

En mi devoción a tu Sacratísimo Corazón, me detengo muchas veces a repetir aquella jaculatoria tan piadosa y tan bíblica:

Jesús, manso y humilde de corazón, haz mi corazón semejante al tuyo”.

Eso es lo que espero y lo que repito cada día: que mi corazón se configure cada vez más con el tuyo, Señor.

Que sea un corazón sencillo para acoger a los sencillos,
y un corazón manso del que broten solo sentimientos buenos, traducidos en obras concretas de amor hacia los demás.

Señor, quiero ser manso y pobre como tú. Quiero dejarme conducir por ti a donde quieras llevarme.

No quiero tener planes propios: solo deseo aquello que tú pongas en mi corazón. Amén.

Lo que el Señor me pide mejorar

Qué alegría sentirme interpelado por la Palabra de Dios. Ella es como una espada de doble filo que atraviesa mi alma, que me mueve por dentro y me invita a levantarme y seguir adelante.

Señor, me pides mejorar muchas cosas. Con esta meditación siembras en mi corazón el deseo de parecerme cada vez más a ti.

Me invitas a dejar de lado mis pensamientos limitados y a hacer espacio para que tu voluntad se realice en mí.

Me pides un corazón como el tuyo.

Me pides ir a ti, descansar en ti y permanecer atento a tus enseñanzas.

Me pides dedicar más tiempo a tu presencia, estar más de rodillas en silencio que de pie hablando.

Eso es lo que me pides, y eso es lo que quiero darte.

Dame la gracia de darte lo que me pides, y pídeme lo que quieras. Amén.

Quinta charla, segunda parte: la atención a los pobres y enfermos

El Evangelio de Marcos es abundante en citas que manifiestan la actitud de Jesús hacia los pobres. Por ellos vino, a ellos dedicó más tiempo y ellos fueron su prioridad pastoral. Jesús busca erradicar el mal al acercarse a los pobres y, movido por la misericordia, soluciona sus problemas.

Jesús mismo encargó a los apóstoles sanar a los enfermos y atender a los pobres; esto es parte esencial de la misión. A Jesús le interesa sanar el cuerpo y también el alma, pues la liberación que trae es integral.

Si a todo cristiano se le pide favorecer a los pobres, mayor aún es la prioridad que deben dar a esto los presbíteros, pues ellos encarnan a Cristo, que fue el primero en optar preferencialmente por los pobres. De la manera en que actúe y se comporte un sacerdote en relación con los pobres, así lo hará también su comunidad parroquial, pues él enseña y señala con su ejemplo las prioridades de su ministerio.

El sacerdote está llamado a poner en práctica todas las iniciativas en favor de los pobres y de los enfermos. Las parroquias han de convertirse en verdaderos oasis donde puedan acudir los más necesitados y recibir consuelo y lo necesario para seguir adelante. No se puede concebir un sacerdocio íntegro y santo si no se dedica tiempo a la visita de los enfermos.

Meditación de la Palabra: Marcos 1, 40-45

Lo que dice el texto bíblico en sí

Curación de un leproso. Jesús, caminando y predicando por los pueblos y aldeas de Galilea, es encontrado por un leproso que, de rodillas, le pide su sanación. Jesús, compadecido, lo toca y lo cura. Luego lo despide prohibiéndole hablar del hecho, indicándole únicamente que se presente ante el sacerdote y ofrezca lo prescrito por la Ley.

Sin embargo, el hombre no obedece y proclama entusiasmado aquel milagro. Como consecuencia, Jesús ya no puede entrar abiertamente en los pueblos, sino que permanece en lugares solitarios, aunque de todas partes acudían a él.

Lo que me dice el texto bíblico

Jesús es un profeta itinerante: no se queda quieto, sino que va de pueblo en pueblo predicando, sanando, haciendo milagros y enseñando constantemente.

El leproso representa a todo aquel que necesita de Dios, que carga con un estigma ante la sociedad, que es marginado, pobre, desechado y tenido por menos. Él reconoce su mal y pide con humildad a Jesús la sanación. Sus palabras no son altivas, sino sugerentes, como buscando despertar la compasión del Señor: “Si quieres, puedes curarme”. Manifiesta su deseo, pero se abandona a la voluntad de Dios.

Jesús, lleno de compasión, no se limita a pronunciar unas palabras: alarga la mano, lo toca y lo sana, manifestando su voluntad: “Quiero, queda limpio”. El milagro es inmediato.

Jesús sabe que, si se difunde la noticia, muchos enfermos vendrán a él. Por eso, por un lado, ordena guardar silencio, pero por otro quiere que el hecho sirva de testimonio ante el sacerdote. Aquella prohibición revela también la tensión que provoca la irrupción del Reino de Dios.

El leproso, movido por un gran entusiasmo y consciente de lo que le ha sucedido, no puede callar y proclama la buena noticia por todas partes. Es imposible encontrarse con Jesús y no anunciarlo; es imposible recibir un milagro de Dios y no dar testimonio.

El leproso se convierte así en uno de los primeros evangelizadores. Él experimentó en carne propia la grandeza de Dios y la opción preferencial de Jesús por los pobres y los enfermos. Jesús, por su parte, continúa su ministerio desde lugares apartados, en las afueras de los poblados, a donde acuden aquellos que realmente desean conocerlo y estar con él.

Lo que yo le digo al Señor en respuesta a su Palabra

Señor, como el leproso yo también necesito de ti. Sáname, si quieres, y quedaré limpio para proclamar tu misericordia.

Pero tú, Señor, como al leproso, ya me has tocado el alma y me has sanado de todo mal. Por eso te doy gracias y quiero proclamarlo con valentía.

También yo quiero sanar la lepra de los marginados de este mundo. Quiero extender mi mano para ayudar a todo aquel que me necesite, sin asco, sin temor, con prontitud y compasión.

Señor, que yo obre los milagros que tú deseas. Amén.

Lo que el Señor me pide mejorar

Señor, me pides más compasión y atención hacia los que sufren.
Me pides extender mi mano al necesitado. Me pides mayor empatía con todos, sin dejarme llevar por prejuicios o suposiciones.

Me pides pureza en la mirada y prontitud en el actuar. Me pides valentía y audacia para hacer el bien. Me pides querer siempre el bien de los demás y procurarlo por todos los medios.

Me pides desafiar lo políticamente correcto cuando se trata de obrar la caridad. Amén.

Meditación de la Palabra: Marcos 12, 41-44

Lo que dice el texto bíblico en sí

Jesús está sentado frente al arca del Templo, donde se recibían las ofrendas, y observa cómo la gente deposita sus monedas en el cepillo. Muchos ricos echaban grandes cantidades, pero era de lo que les sobraba.

En cambio, una viuda pobre echó dos moneditas, las de más bajo valor, que representaban todo lo que tenía para vivir. Jesús alaba su gesto y afirma que ella ha dado más que todos los demás.

Lo que me dice el texto bíblico

El tema de la ofrenda es profundamente bíblico y cristiano. En este tiempo de Cuaresma se nos recuerda especialmente la práctica del ayuno, la oración y la limosna.

La viuda pobre quiere también colaborar con Dios y deja sus pequeñas monedas en el tesoro del Templo. Jesús observa que muchos ricos dan mucho, pero dan mal, porque entregan solo lo que les sobra. Dan por obligación, o para ser vistos, pero no de corazón.

Si los ricos dieran de corazón, la historia sería distinta.

La viuda, en cambio, es mujer, pobre, vulnerable, sin protección; y aun así lo da todo. Su generosidad es inmensa. Confía en la providencia divina, se abandona en las manos de Dios y vive de fe, esperanza y caridad.

La viuda posee una gran riqueza espiritual, mientras que los ricos revelan una profunda pobreza de alma.

Lo que yo le digo al Señor en respuesta a su Palabra

Señor, no soy rico, pero a veces busco riquezas.
No tengo nada, pero a veces intento llenarme de cosas tal vez innecesarias.

Tampoco soy una viuda pobre, pues tengo mis seguridades: mi familia, mi Iglesia particular, mis amistades. Ellos me sostienen en las necesidades materiales.

Pero, como esa viuda, quiero confiar plenamente en ti.
Quiero darlo todo, darme por entero.

Sin fijarme en cuánto dan los demás, quiero ser el primero en ofrendar mi vida por tu Reino, por la edificación de la Iglesia y por la salvación de las almas.

Lo que el Señor me pide mejorar

El Señor me pide revisar mi mezquindad a la hora de dar.
Me pide reconocer y admirar la grandeza de las cosas pequeñas.

Me pide no menospreciar a los demás, por más pequeños que parezcan.
Me pide estar atento a lo que otros hacen por construir un mundo mejor.

Y así me invita a involucrarme con valentía en todo lo que se refiere a la caridad pastoral. Amén.

Quinta charla, tercera parte: la prioridad de la familia y los jóvenes

El sacerdote procura, en su ministerio pastoral, la evangelización de la familia. Esto se realiza a través del discernimiento de la vocación conyugal, el acompañamiento y sostenimiento de las familias, la ayuda en la educación de los hijos, la atención a las personas divorciadas, el acompañamiento de los solteros y de los viudos, así como el cuidado pastoral de las personas con tendencia homosexual.

De igual manera, el tiempo dedicado a la pastoral juvenil y vocacional es muy valioso, pues permite tener presencia en medio de los jóvenes mediante la asesoría pastoral, el acompañamiento y la dirección espiritual. También es importante la celebración de la liturgia con los jóvenes y el impulso de la pastoral vocacional.

Meditación de la Palabra: Colosenses 3, 12-21

Lo que dice el texto bíblico en sí

San Pablo exhorta a los creyentes a vivir como elegidos de Dios, revestidos de virtudes como la misericordia, la bondad, la humildad, la mansedumbre y la paciencia, dando una clara preeminencia al perdón mutuo.

El amor aparece como el vínculo perfecto, el broche de la perfección, y se invita a que la paz de Cristo reine en los corazones, acompañada de una profunda actitud de gratitud. Asimismo, se exhorta a que la Palabra de Cristo habite abundantemente en los creyentes, manifestándose en salmos, himnos y cantos espirituales, haciendo todo en el nombre del Señor.

Finalmente, el Apóstol introduce una serie de preceptos particulares de moral familiar. Comienza con las mujeres, a quienes pide estar sujetas a sus maridos; luego se dirige a los maridos, exhortándolos a amar a sus mujeres y a no tratarlas con aspereza. Por último, pide a los hijos obedecer a sus padres y exhorta a los padres a no exasperar a sus hijos.

Lo que me dice el texto bíblico

Como se mencionó en la charla, la atención pastoral que los sacerdotes deben prestar a las familias y a los jóvenes es de vital importancia para que la Iglesia crezca y se desarrolle conforme al querer de Dios.

Por eso san Pablo ofrece con detenimiento una serie de consejos que, si fueran vividos en los ambientes familiares y sociales, evitarían muchos conflictos y divisiones entre nosotros.

La gratitud hacia Dios me parece crucial para que el alma se llene de un santo temor que la lleve a responder con generosidad por los bienes que gratuitamente ha recibido del Padre celestial.

Cuando el texto afirma que el amor es el broche de la perfección, recuerdo mi época en el seminario menor, donde se nos inculcaba que la virtud reina de la casa era la caridad, porque “Ubi caritas et amor, Deus ibi est” —donde hay caridad y amor, allí está Dios—.

Finalmente, en el ámbito familiar todos tienen compromisos que cumplir: el esposo con su esposa, la esposa con su esposo, los padres con los hijos y los hijos con los padres. La familia no está formada solo por los adultos, sino también por los hijos, quienes igualmente contribuyen a modelarla. De este modo, todos, pequeños y grandes, tenemos responsabilidades, y en nuestras manos está la serenidad y la buena convivencia de nuestras familias.

Lo que yo le digo al Señor en respuesta a su Palabra

Señor, haz que valore cada vez más el don de la familia.
Que cada vez que tenga la oportunidad pueda aprender del ambiente familiar, para así poder aconsejar mejor en el futuro.

Que predique siempre el valor de la familia, que aprecie los matrimonios y que procure orientar a las jóvenes parejas hacia la bendición del sacramento del matrimonio, que es un sacramento de servicio y constituye la célula fundamental de la sociedad.

Lo que el Señor me pide mejorar

El Señor me pide un convencimiento más profundo de que a Dios también se le encuentra en los ambientes familiares: en el amor conyugal, en medio de los jóvenes, de los niños, de los solteros y de todo aquel que necesita cercanía y acompañamiento.

Que en mi corazón sacerdotal en formación haya siempre espacio para la familia, para amar y comprender mejor esta vocación divina, la más común de todas, la base de la Iglesia y la célula de la sociedad. Amén.

Sexta charla: el cuidado de las personas consagradas

El sacerdote diocesano debe preocuparse por la vida religiosa en la Iglesia, procurando un profundo respeto hacia las personas consagradas. Esto implica también el cuidado de las vocaciones religiosas, la disponibilidad para el sacramento de la reconciliación, la dirección o acompañamiento espiritual y la atención pastoral de las comunidades religiosas.

Para ello, es necesario conocer los distintos ámbitos de la vida consagrada: la vida apostólica o activa, la vida contemplativa, la consagración secular y la consagración virginal.

De todos ellos el sacerdote está llamado a ser padre y pastor, acogiéndolos, comprendiéndolos y atendiéndolos con especial solicitud.

Meditación de la Palabra: Colosenses 1, 24 – 2, 5

Lo que dice el texto bíblico en sí

San Pablo expresa su alegría por los sufrimientos que padece por el bien de la Iglesia, pues afirma que completa en su carne lo que falta a los padecimientos de Cristo por su Cuerpo, que es la Iglesia. El Apóstol se presenta como servidor de este misterio, que durante siglos estuvo oculto y ahora ha sido revelado a los santos: Cristo en medio de ustedes, esperanza de la gloria.

Pablo anuncia, amonesta y enseña a todos para presentarlos perfectos en Cristo. Por esta misión trabaja y lucha con la fuerza que Dios le concede.

Seguidamente manifiesta su preocupación pastoral por las comunidades, aun por aquellas que no lo han visto personalmente, deseando que sus corazones sean consolados y que permanezcan unidos en el amor, alcanzando la riqueza de la plena comprensión del misterio de Dios, que es Cristo. En él están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento. Finalmente, exhorta a los creyentes a mantenerse firmes en Cristo, viviendo ordenadamente y perseverando en la fe.

Lo que me dice el texto bíblico

San Pablo muestra un profundo amor por la Iglesia, hasta el punto de alegrarse por sufrir por ella. Esto me recuerda que el servicio en la Iglesia no es solo una tarea, sino una entrega total de la vida.

El Apóstol habla del misterio de Cristo que habita en medio de nosotros. Esa presencia es la esperanza de la gloria, el fundamento de toda vocación y de todo apostolado. La vida consagrada existe precisamente para recordar al mundo que Cristo es el centro y que vale la pena entregarle la vida entera.

También me llama la atención la preocupación pastoral de san Pablo por las comunidades, incluso por aquellas que no conoce directamente. Esto me enseña que el amor pastoral no se limita a un círculo pequeño, sino que se abre a toda la Iglesia.

Por eso, el sacerdote está llamado a amar también a las personas consagradas, acompañarlas, alentarlas y sostenerlas en su misión, reconociendo que ellas, con su vida entregada a Dios, son un signo vivo del Reino de los Cielos.

Lo que yo le digo al Señor en respuesta a su Palabra

Señor, gracias por el don de la vida consagrada en tu Iglesia. Gracias por tantos hombres y mujeres que han entregado su vida por amor a ti y al servicio de los demás.

Haz que yo sepa valorar profundamente su vocación y que, cuando llegue el momento, pueda acompañarlos como un verdadero padre y pastor. Dame un corazón abierto para escuchar, comprender y sostener a quienes han consagrado su vida a ti.

Que nunca mire con indiferencia o distancia a las personas consagradas, sino que sepa reconocer en ellas un testimonio vivo de tu presencia en el mundo.

Lo que el Señor me pide mejorar

El Señor me pide crecer en el amor a la Iglesia y en el respeto hacia todas las vocaciones que existen en ella.

Me pide aprender a valorar la vida consagrada, comprender su misión y acompañar con delicadeza y prudencia a quienes viven esta vocación. También me pide cultivar un corazón pastoral más amplio, capaz de alegrarse por el bien que otros hacen en su nombre.

Me pide, además, estar dispuesto a ofrecer mi vida por la Iglesia, incluso en el sacrificio y en las dificultades, recordando siempre que Cristo es el centro de todo y que en él están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento. Amén.