jueves, 14 de mayo de 2026

La sexualidad: un regalo de Dios para amar de verdad

CHARLA PARA JÓVENES SOBRE SEXUALIDAD

Esta charla tiene como objetivo principal ayudar a los jóvenes de 4.º y 5.º de secundaria a comprender la sexualidad desde la moral católica, de manera sencilla, positiva y cercana, descubriendo que la sexualidad no es algo malo, sino un don de Dios orientado al amor verdadero, al respeto y a la dignidad de la persona.

Introducción

Queridos jóvenes, iniciemos nuestra charla formativa con una dinámica inicial. Por eso le pregunto: ¿Ǫué es lo primero que se les viene a la mente cuando escuchan la palabra “sexualidad”? ¿Creen que la Iglesia está en contra de la sexualidad? Compartamos de manera espontánea lo que creemos al respecto.

Luego de escuchar algunas respuestas de ustedes, procedo a aclarar unos puntos importantes. Lo primero que nos debe quedar claro es que la Iglesia -a la que todos pertenecemos- no está en contra de la sexualidad. La Iglesia enseña que la sexualidad es algo hermoso, creado por Dios, y que debe vivirse con amor, respeto y responsabilidad. Los animo a seguir con atención estas ideas que voy a desarrollar a continuación.

¿Ǫué es la sexualidad?

Empecemos por definir la palabra “sexualidad”. La sexualidad no es solamente “tener relaciones” o “el cuerpo”. La sexualidad incluye el cuerpo, los sentimientos, la manera de amar, la identidad como hombre o mujer, la forma de relacionarnos con los demás. La sexualidad forma parte de toda la persona. Somos seres sexuados.

Como idea clave les invito a pensar un momento en el plan de Dios, remontémonos al primer libro de la Biblia para comprender cómo Dios nos creó hombre y mujer para amar y ser amados. Vayamos a texto bíblico, busquemos en nuestras Biblias la siguiente cita bíblica Gn 1,27 “Dios creó al ser humano a su imagen; hombre y mujer los creó”.

Detengámonos un momento para pensar qué significa esto de que somos imagen de Dios y qué implicancias tiene esto para la vivencia de nuestra sexualidad. Si somos imagen de Dios, nuestra sexualidad debe vivirse de acuerdo al plan de Dios.

La dignidad del cuerpo

Ahora veamos el tema de la dignidad del cuerpo humano. Y lo primero en precisar es que el cuerpo no es un objeto. La sociedad muchas veces enseña a usar a las personas olvidando su dignidad, enseña también que hay que mostrar el cuerpo para llamar la atención, invita casi siempre a vivir relaciones superficiales. Pero la Iglesia enseña que tu cuerpo vale mucho porque tú vales mucho.

El cuerpo merece respeto, no debe ser usado, expresa quién eres. Ni nuestro cuerpo, ni el de los demás, debería ser usado como instrumento de mero placer, sin sentido, sin sobrenaturalidad. Pensemos, por ejemplo, cuando alguien ama de verdad no presiona, no obliga, no utiliza, respeta tiempos y decisiones.

Diferencia entre amor y enamoramiento

Avancemos un poco y entendamos los conceptos de “amor” y “enamoramiento”, puntos clave para la vivencia de nuestra sexualidad. Por un lado, enamoramiento hace referencia a una emoción fuerte, atracción, ilusión y esto puede cambiar rápidamente. Por otro lado, el amor verdadero busca el bien del otro, sabe esperar, respeta, es responsable, permanece incluso en dificultades. Dicho esto, podemos preguntarnos para respondernos personalmente ¿me he enamorado alguna vez? ¿he sabido amar a mis familiares y amigos?

Ǫuedémonos con esta frase sencilla: Amar no es usar a alguien para sentirse bien; amar es buscar el bien de la otra persona.

La afectividad

Para vivir bien la sexualidad, desde nuestra perspectiva de fe, es preciso analizar el tema de la afectividad, que es la capacidad de expresar sentimientos, como el cariño, la amistad, la ternura, la empatía y el respeto. Pensemos ahora, de este grupo: ¿quién es el más cariñoso? ¿Ǫuién es el más respetuoso con los demás?

Los sentimientos son buenos, pero necesitan guía. Por eso, no todo lo que siento debo hacerlo automáticamente. Por ejemplo, sentir cólera no significa golpear; sentir atracción no significa actuar impulsivamente. Es bueno actuar con prudencia y madurez, y en este sentido, la madurez consiste en aprender a pensar, decidir, dominarse y actuar correctamente. Podemos pensar en lo siguiente, para respondernos personalmente ¿alguna vez me he dejado llevar por los sentimientos? ¿Cómo me he sentido después?

Una tarea bonita sería investigar entre todos cuáles han sido los sentimientos de Cristo que se nos narran en los evangelios, para comprender como Jesús, Dios y hombre verdadero, supo vivir los afectos humanos, sin herir a nadie, haciéndolo todo bien.

La castidad: entenderla bien

Este punto, el de la castidad, es muy incomprendido, pero ustedes hoy tienen la oportunidad de comprenderlo, para vivirlo. Empecemos diciendo que muchos creen que “castidad” significa simplemente represión, prohibiciones, o “no hacer nada”. Pero no es eso. Preguntémonos, a ver si alguno puede decir algo sobre esto.

¿Ǫué es la castidad?

Y luego de escucharlos, es bueno saber que la castidad, explicado de la manera más sencilla, es aprender a amar de manera correcta y limpia. La castidad enseña autocontrol, respeto, paciencia y libertad interior. Apuntemos esta idea sencilla en nuestros cuadernos, y hagamos de ella un lema de vida: “La castidad no es “no amar”; es aprender a amar bien.”

El valor de esperar

Antes hemos dicho que la afectividad y sexualidad deben vivirse bien. Pues bien, la Iglesia enseña que la unión sexual tiene un lugar especial, que es el matrimonio. ¿Por qué? Porque la sexualidad une profundamente, implica responsabilidad, puede dar origen a una nueva vida. Las relaciones sexuales no son cosa de juego, es algo muy serio, porque Dios ha pensado que a través de ellas los seres humanos demos continuidad a su creación, al traer nuevos hijos al mundo.

Por eso la Iglesia propone esperar. No porque el sexo sea malo, sino porque es muy valioso. Y ustedes, jóvenes de secundaria, no están ahora mismo en la capacidad de desarrollar su vida sexual desde las relaciones sexuales, pues su obligación ahora es estudiar y preparase bien para poder ser más adelante buenos padres y madres para los hijos que quieran tener dentro del matrimonio.

En las relaciones sexuales se entrega lo más valioso que tenemos, nuestro cuerpo, que es sagrado, porque Dios lo ha hecho a su imagen y le ha dado ser “templo del Espíritu Santo”. Algo muy valioso no se entrega de cualquier manera.

Peligros actuales que afectan la sexualidad

Estimados jóvenes, ahora quiero hablarles con claridad y sencillez sobre los peligros actuales que afectan nuestra vida sexual. Trataré el tema de la manera más directa, explicando conceptos básicos que ustedes mismos ya deberían comprender

Pornografía. Por pornografía entendemos la representación explícita de actos sexuales que busca producir excitación; material escrito, fotográfico, audiovisual, etc. La pornografía convierte a las personas en objetos, daña la mente y el corazón, crea falsas ideas del amor y puede generar dependencia, además de que es altamente adictiva.

La pornografía ocurre cuando actos sexuales, reales o actuados, son mostrados públicamente —por videos, imágenes o internet— para que otras personas los vean con intención de provocar placer sexual. La Iglesia enseña que esto afecta la dignidad humana y el verdadero sentido de la sexualidad, porque convierte a las personas en objetos de consumo o diversión, en lugar de reconocerlas como personas valiosas y dignas de amor y respeto.

Además, la pornografía puede crear una visión falsa del amor, de las relaciones y del cuerpo humano. Muchas veces lleva a las personas a vivir la sexualidad de manera superficial, egoísta o alejada del verdadero afecto y compromiso. Por eso, la Iglesia considera que la pornografía hace daño tanto a quienes la producen como a quienes la consumen, especialmente porque puede generar dependencia, afectar la manera de relacionarse con los demás y distorsionar la idea del amor auténtico. La invitación cristiana es a cuidar la mirada, el corazón y la mente, aprendiendo a vivir la sexualidad con respeto, pureza, responsabilidad y verdadero amor.

Presión social. Muchos jóvenes hacen cosas por presión, por miedo a quedar mal, para sentirse aceptados o para experimentar deliberadamente sin ningún tipo de responsabilidad. Hay algo claro, no necesitas hacer lo que todos hacen para valer más.

Relaciones tóxicas. No es amor cuando controlan tu vida, revisan todo tu celular, manipulan, amenazan o presionan sexualmente. La libertad y la transparencia es clave para comprender las relaciones sanas.

Masturbación. Es la estimulación de los órganos genitales o las zonas erógenas con la mano o por otro medio para proporcionar goce sexual. La Iglesia enseña que la sexualidad es un regalo de Dios y que está pensada para vivirse de manera plena en el amor verdadero entre esposos. Por eso, la masturbación se entiende como buscar placer sexual a solas, usando voluntariamente el propio cuerpo fuera de la relación de amor y entrega que existe en el matrimonio.

Según la enseñanza católica, esto no corresponde al sentido completo de la sexualidad, porque separa el placer de la entrega mutua, el amor y la apertura a la vida. Por eso la Iglesia considera que no es el camino que Dios quiere para vivir la sexualidad humana. Sin embargo, la Iglesia también pide comprender a cada persona con respeto y misericordia. Antes de juzgar, hay que tener en cuenta que muchos jóvenes pueden pasar por dificultades emocionales, inseguridades, hábitos, angustias, presión social o falta de madurez afectiva. Todas estas situaciones pueden disminuir la responsabilidad personal.

Por eso, más que condenar, la Iglesia invita a los jóvenes a crecer en el dominio de sí mismos, en la pureza del corazón, en la oración y en el aprendizaje de un amor auténtico y responsable.

La libertad verdadera

Dios nos ha creado libres para ser felices. Ser libre no es “hacer lo que quiero”. Ser libre es “hacer el bien, aunque cueste”. La verdadera libertad incluye responsabilidad, conciencia, respeto y dominio propio. La libertad es la capacidad que tiene cada persona para decidir y elegir por sí misma lo que quiere hacer. Somos libres cuando podemos actuar con conciencia, escogiendo entre el bien y el mal, haciendo o dejando de hacer algo.

Dios nos creó libres porque quiere que aprendamos a amar y a actuar responsablemente, no por obligación. Por eso, la verdadera libertad no significa “hacer lo que me da la gana”, sino elegir aquello que nos hace mejores personas y que hace bien a los demás. La libertad ayuda al ser humano a crecer, madurar y vivir en la verdad y en el bien. Cuando una persona usa bien su libertad, se acerca más a Dios y encuentra una felicidad más profunda y verdadera. Por eso, la libertad alcanza su sentido más grande cuando orienta nuestra vida hacia Dios, que es quien quiere nuestro verdadero bien y nuestra felicidad.

Dios siempre acompaña

Ǫueridos jóvenes, todos somos imperfectos. Puede haber errores, heridas, caídas y malas decisiones. Pero Dios no deja de amar, perdona, sana y ayuda a comenzar de nuevo. Tu pasado no define tu valor. Dios siempre puede levantar tu vida. Dios es amor. Él no vive en soledad, sino en una perfecta comunión de amor. Por eso, cuando creó al hombre y a la mujer, los hizo a su imagen y semejanza, es decir, con la capacidad de amar, de relacionarse y de vivir en comunión con los demás.

Cada persona ha sido creada para amar y ser amada. Por eso, en el corazón humano existe el deseo de amistad, familia, entrega y compañía. Amar no es solo sentir algo por alguien, sino aprender a darse, respetar, ayudar y buscar el bien del otro. Además, Dios nos da la responsabilidad de vivir ese amor de manera auténtica y sana. La verdadera felicidad no está en el egoísmo o en usar a los demás, sino en construir relaciones basadas en el respeto, la confianza y el amor verdadero.

Conclusión

Repasemos, para finalizar esta charla, las ideas principales de todo lo que hemos dicho. En primer lugar, que la sexualidad es un regalo de Dios, no algo malo o dañino cuando se vive según el plan divino. En segundo lugar, es bueno recordar que el cuerpo tiene dignidad, porque somos hechura de Dios y él lo hizo todo bien. Como tercer punto importante, amar no es usar, sino respetar, valorar y tratar bien a los demás. En cuarto lugar, no olvidemos que la castidad es aprender a amar bien, respetándonos a nosotros mismos y a los demás. En el quinto punto vimos cómo la verdadera libertad incluye responsabilidad y es el camino para hacer siempre el bien. Y, finalmente, en sexto lugar, recordemos siempre que Dios quiere nuestra felicidad auténtica, porque nos ama y nos ha creado libres para ser felices amando.

Les dejo esta famosa frase de San Agustín de Hipona: “Ama y haz lo que quieras”. Con esta frase, San Agustín no quiere decir que una persona pueda hacer cualquier cosa sin límites. Lo que enseña es que, cuando alguien ama de verdad — a Dios y a los demás—, sus acciones buscarán el bien y no el daño.

Preguntas para diálogo final

Como lluvia de ideas en la que pueden participar libremente, les propongo responder en voz alta estas preguntas.

¿Ǫué significa amar de verdad? ¿Ǫué cosas dañan hoy la visión del amor? ¿Por qué creen que cuesta vivir la castidad? ¿Cómo podemos respetarnos más entre hombres y mujeres?

Frases cortas para proyectar o repetir

Les repartiré impresas alguna de estas frases para que la interioricen y las plasmen en sus cuadernos. También puede hacer un grafiti en alguna pared de la institución, con la autorización de los directivos.

         “Tu cuerpo tiene dignidad.”

         “El amor verdadero sabe esperar.”

         “No eres un objeto.”

         “La castidad es aprender a amar.”

         “La libertad necesita responsabilidad.”

         “Dios no te quita felicidad; te enseña a amar mejor.”

Oración final

Ǫueridos jóvenes, hagamos juntos esta oración:

SEÑOR JESÚS, GRACIAS POR LA VIDA Y POR NUESTRO CUERPO. AYÚDANOS A VALORAR NUESTRA DIGNIDAD, A RESPETARNOS UNOS A OTROS, Y A APRENDER A AMAR DE VERDAD.

DANOS UN CORAZÓN LIMPIO, LIBRE Y SINCERO, PARA VIVIR NUESTRA JUVENTUD CON ALEGRÍA Y RESPONSABILIDAD. AMÉN.



domingo, 10 de mayo de 2026

María siempre nos conduce a Cristo

DIÁLOGO CON EL PADRE GUSTAVO SOBRE LA MISERICORDIA, EL ROSARIO Y LA DEVOCIÓN MARIANA

Hoy es 10 de mayo, domingo, día del Señor y he querido venir por invitación del padre Gustavo a conocer su parroquia, la parroquia Santiago Apóstol de Chongos Bajo. El padre Gustavo ha sido mi profesor de mariología en el seminario San Pío X y por eso he querido robarle unos minutos para que hablemos en el Día de la Madre de nuestra Madre Santísima, la Virgen María.

Padre, hace unos años el Papa Francisco agregó unas letanías, específicamente en el año 2019 agregó la letanía, por ejemplo, de Madre de la Esperanza, como también Madre de la Misericordia. ¿Cómo comprender el papel de la Virgen como Madre de la Esperanza y de la Misericordia, sobre todo en estos años tan convulsos, tan rápidos a cambios, en una sociedad que es prácticamente volátil?

Sí, muchas gracias por estar acá también. Saludos a todos los de tu canal. Y bueno, comenzando, quiero comenzar diciendo lo que mencionaba también san Bernardo: María numquam satis, ¿no? De María no se puede hablar lo suficiente porque podríamos decir tantas cosas.

Y sí, en un mundo en el cual estamos caminando y viendo ciertos signos de discordias, guerras, yo creo que los mensajes últimos de la Santísima Virgen son muy importantes porque ella nos sigue cuidando. Y sobre todo en estas letanías que mencionabas, estos nuevos títulos de la Virgen como Madre de Misericordia, yo creo que es importante entender —y lo ha hecho muy bien el Papa Francisco— qué cosa es la misericordia.

No es sino el encuentro de Dios misericordioso, del amor de Dios, con la miseria del hombre. Y en ese sentido la Virgen nos acompaña, porque uno cuando siente su propia miseria, su propio pecado, sus propias limitaciones, a veces tiene un poco de vergüenza de acercarse a Dios, ¿no? Y tiene un poco de reparos en decirle: “Perdóname”, decirle: “Ayúdame”.

Yo creo que por eso el Papa Francisco le ha puesto este nuevo título, Madre de Misericordia, porque ella nos ayuda a generar esa confianza para acercarnos a Dios misericordioso, ¿no? Como buena madre, como toda buena madre, nos acompaña, nos anima, nos orienta también hacia Jesucristo, el juez misericordioso.

Que María nos acompaña, pues es una verdad innegable y sobre todo nosotros los cristianos que decimos: no estamos huérfanos, tenemos a la Virgen como madre. En mi caso particular, les comento, tengo una gran devoción por la Virgen de Coromoto, que es la patrona de Venezuela. Se dice que es una de las dos mariofanías o revelaciones de la Virgen, como Guadalupe; la de Coromoto en Venezuela, donde ella estampa su figura.

En el caso suyo en particular, padre, ¿hay alguna advocación mariana que le mueva?

Eh, propia de la comunidad también tenemos mucha devoción a la Virgen de Lourdes, ¿no? Que se apareció en Francia a santa Bernardita, ¿no?, que se celebra el 11 de febrero, día también de los enfermos. Le tengo mucha devoción, pero en general siempre desde niño, desde la infancia, desde la piedad propia de la familia, le tenemos mucha devoción, mucho amor, reverencia a la Santísima Virgen, que es una madre que en particular me ha acompañado en todos los procesos de formación como sacerdote, desde antes, en el colegio, en mi niñez, en el mismo proceso vocacional y también me sigue acompañando en este ministerio tan hermoso donde le consigo cosas a Dios a través de la Santísima Virgen, ¿no? Entonces, en ese sentido sí le tengo mucha devoción.

Rezo el rosario diariamente, a veces dos o tres por algún caso particular, pero siempre está presente en mi vida, siempre, sobre todo en los momentos difíciles. Siempre está presente y en los momentos de gratitud siempre es la primera que está presente en el pensamiento, ¿no?

Así es. El rezo del Santo Rosario, lo acaba de comentar el padre, es uno de nuestros pilares en la piedad católica. Esto es relativamente algo nuevo porque desde santo Domingo de Guzmán para acá lo hemos adquirido. Entonces, ¿qué podríamos decirles a aquellos que no tienen este hábito o que les cuesta rezar el rosario o que tal vez no comprenden de qué se trata la oración?

Sí, la piedad y el rezo del Santo Rosario lo explicó muy bien el Papa san Juan Pablo II en una encíclica y mencionaba justamente, en sus ideas principales, que es una contemplación de la vida de Cristo a través de los ojos de la Virgen, ¿no? Y eso es maravilloso porque la Virgen nunca va a querer que el foco sea centrado en ella, sino en su Hijo Jesucristo, ¿no? Entonces, como lo hizo también en las bodas de Caná: “Hagan lo que Él les diga”. Y a través de ella se consiguió este milagro maravilloso que leemos en el Evangelio.

Entonces, es justamente la centralidad de Jesucristo, ¿no? El rosario es cristocéntrico. Es contemplar los misterios maravillosos de Cristo que muchas veces no los entendemos, pero es a través de nuestra madre, la Santísima Virgen, como ella nos va diciendo: “Contempla a Cristo de esta manera, ¿no? ¿Por qué sucedió esto? ¿Por qué sucedió lo otro? ¿Y cómo te ayuda a ti también en tu vida?”.

Entonces, el rosario es cristocéntrico. El mismo Ave María también es cristocéntrico. Es pedirle a la Virgen su intercesión ante Jesucristo. Entonces, ese es el centro que nosotros debemos explicar a aquellas personas que tienen reparos a veces de rezar a la Virgen. Pero no, la Virgen siempre nos va a conducir a Jesucristo, a contemplar a Jesucristo, su vida, su pasión, muerte y resurrección, ¿no?

Ahora el Papa san Juan Pablo II introdujo los misterios luminosos. Entonces, es una nueva visión de esos misterios maravillosos de Jesucristo a través de los ojos de la Virgen, que es la mejor maestra para conducirnos a Cristo.

Padre, no podemos concluir este pequeño video sin mencionar aquello que últimamente ha revolucionado, si se puede decir, los debates en la Iglesia y es el tema de María como corredentora. ¿Cómo entender esto de acuerdo al documento vaticano y de acuerdo a la piedad? Y teniendo en cuenta esto que usted nos comentaba al principio de María numquam satis, nunca podemos decirlo todo acerca de la grandeza que corresponde a ella.

Así es. Yo creo que la principal confusión, si se puede decir así, es justamente no comprender la centralidad de Cristo en la teología mariana, ¿no? Jesucristo es el centro. Jesucristo es el único Redentor. Entonces, tenemos que ver desde esa centralidad cómo la Virgen María es corredentora, ¿no?, de qué manera.

Lo que ha hecho el documento vaticano es poner ciertas limitaciones necesarias para que el pueblo cristiano no se confunda y no ponga el foco en la centralidad de María, porque como he dicho hace un momento, María siempre nos va a conducir al único Redentor que es Jesucristo.

Padre, gracias por recibirme acá en su parroquia, por decir estas palabras tan importantes acerca de la Santísima Virgen María. Ojalá y nos animemos a rezar todos los días el Santo Rosario con piedad, con devoción. Decimos que es la oración que más le agrada a la Virgen, el rezo del Santo Rosario, que es como lo dice aquella propaganda del canal católico EWTN: rezar el Santo Rosario es repetir palabras que vienen de Dios.

Usted nos comentaba: está en la Biblia, está en los fundamentos de las Sagradas Escrituras, ese Ave María, ese saludo a aquella jovencita que dijo sí al Señor y que nos invita a nosotros también a decirle sí. Padre, unas palabras finales.

Bueno, saludar pues a todas las madres que nos están viendo, a las mamás también de los seminaristas, a todas las madres también que han entregado a sus hijos en este ministerio sacerdotal, ¿no?, que ha sido a veces en muchos casos difícil, pero que son madres de fe. Madres de fe. Aquellas también que han partido las recordamos en la Santa Misa. Que Dios las bendiga abundantemente. Gracias.



viernes, 8 de mayo de 2026

Breve relato de mi llamado al sacerdocio

¿CÓMO NACIÓN MI VOCACIÓN?

Esta es una pregunta bastante emocionante porque hablar de la vocación es remontarse a la infancia.

Yo he tenido la oportunidad de haber sido bautizado a la edad de 5 años, de modo que con las fotografías en la casa y con los comentarios en la familia puedo recordar ese momento. Y ahora más que nunca estoy convencido que mi vocación ha nacido en el momento del bautismo, no solo la vocación a la vida cristiana, sino la vocación al sacerdocio.

Recuerdo que aquellos gestos del sacerdote, el hecho de ungirme o de derramar el agua sobre mi cabeza, pues me llamó muchísimo la atención y en un pequeño de 5 años aquello es como un espectáculo, el aspecto litúrgico. Estoy convencido que allí nació mi vocación.

Ciertamente, más adelante tuve oportunidad de asistir a la Eucaristía en mi pueblo y recuerdo que yo, como niño, me quedaba totalmente asombrado de lo que estaba haciendo el sacerdote allí en el altar, viéndolo y preguntándome, y preguntando también a mi familia, de qué se trata todo esto.

Más adelante tuve la oportunidad de formar parte del colegio de monaguillos y es allí donde se conoce mejor la vocación, la vida litúrgica, la participación en la Eucaristía y el hecho de estar acompañado o muy cerca con el párroco es también un punto clave, porque conviviendo con un sacerdote, ayudándole de cerca, pues pude descubrir la vocación sacerdotal.

Esto ciertamente significó para mí una experiencia que marcó mi infancia de manera muy positiva para adquirir las herramientas espirituales y así prepararme más adelante en el momento de ingresar al seminario menor.

Bueno, yo ingresé al seminario menor muy joven, a la edad de 15 años. Esto fue, lo recuerdo siempre, el 24 de junio del año 2011. Allí, compartiendo con el grupo de jóvenes o de niños que ingresábamos en ese momento, nos planteábamos el reto de perseverar, porque aquello era un cursillo vocacional en el que ciertamente se va discerniendo la vocación y van apartándose aquellos que no pudieran continuar.

Entonces, cuando se llega al seminario es aquellos nervios de perseverar, pero no solo perseverar en el cursillo y continuar en la formación, sino perseverar en la vocación como tal. Esto en el seminario menor, que ciertamente fue una experiencia inolvidable, de las más alegres, de las más plenas, porque el seminario se constituyó en una verdadera casa, con sacerdotes formadores que hacían las veces de padres y con hermanos seminaristas, jóvenes como uno mismo, con aquel mismo ideal.

De modo que el seminario menor es una experiencia de familia que me preparó para el siguiente paso: el seminario mayor. Allí ingresamos 16 jóvenes. Esto fue en septiembre del año 2013. Actualmente, ya de este grupo hay cuatro sacerdotes.

Y cuando ingresamos entonces a la etapa del propedéutico o introductorio, allí nos conseguimos con personas de distintos temperamentos, de distintas edades. Esto también significó un reto: el hecho de poder encajar todo el grupo. Los que veníamos del seminario menor éramos pocos; otros venían ya con una profesión, digamos, adultos. Pero todo esto significó un reto, el poder encajarnos como grupo, que se logró ciertamente porque tuvimos la compañía de los formadores, de los sacerdotes que nos ayudaron para dar el siguiente paso, que significó la etapa filosófica.

Fueron tres años muy rápidos. De la filosofía recuerdo la defensa de la tesis en el tercer año, que versó sobre filosofía de la educación; toda la preparación para que saliera de la mejor manera, los nervios a la hora de responder. Allí recuerdo que ciertamente todos en el grupo teníamos grandes expectativas, pero las notas no fueron como las expectativas, de modo que nos llevamos allí una pequeña desilusión. Pero fue en realidad el ánimo y el entusiasmo de prepararnos mejor y de buscar la excelencia académica junto con todas las experiencias pastorales, humanas y comunitarias que nos propone el seminario.

Y luego ya en la etapa de teología pude cursar hasta el segundo año en este mismo seminario antes de venirme acá al Perú, porque ciertamente no soy del Perú, soy venezolano y he venido a concluir aquella formación que inicié en mi país de origen: con el seminario menor, con la filosofía y con la teología.

En el año 2024, en agosto, llegué a este seminario San Pío X para completar el segundo año de teología, nuevamente el tercero en todo lo que fue el año 2025 y ahora pues iniciando este último año de la formación en el cuarto año de teología.

Bueno, con respecto a mi santo de devoción, San Josemaría Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei, fue una figura clave que me ayudó desde el propedéutico. Esto no solo desde el seminario, porque en la televisión, cuando era pequeño, cuando era monaguillo, no me perdía los domingos por la tarde, por EWTN, una de las tertulias de San Josemaría.

Pero yo veía al sacerdote y en mi conciencia era una persona que estaba allí viva; no sabía que era un santo o que al menos era una persona fallecida. Y mi encuentro dominical con San Josemaría era una cita fija, era imperdible verlo, escucharlo, porque era impactante su testimonio, su manera de predicar.

Cuando llego entonces al seminario mayor, en el propedéutico, me doy cuenta de que hay algunos libros que tienen su nombre. Por ejemplo, un libro clave es Camino, la primera publicación de San Josemaría. Y allí me di cuenta, obviamente, al investigar, que pues era un santo de la Iglesia Católica que había fundado el Opus Dei.

De inmediato me puse en contacto con los padres de la Obra para recibir de ellos la dirección espiritual y poco a poco fui conociendo, a través de la lectura de muchos libros y de la conversación con los padres de la Obra, la figura de San Josemaría como un sacerdote ejemplar, como un modelo de —como lo proclamó el mismo San Juan Pablo II— “el santo de lo ordinario”.

San Josemaría es muy completo porque tiene espiritualidad, tiene escritos, tiene libros, pero también tiene testimonio pastoral. Sirvió muchísimo interesándose por los pobres, por la formación de las personas, por llegar a todos y por hacer de este mundo un lugar mejor, desde la predicación, desde la amistad, desde la cercanía, desde la conciencia de ser hijos de Dios.

Y por eso encuentro en la espiritualidad de San Josemaría Escrivá de Balaguer un ánimo y una fortaleza para responderle al Señor y para, como él, decirle sí todos los días hasta la santidad.

Hace poco, el pasado 26 de abril, juntos con el Papa León XIV tuvimos la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, por todas las vocaciones. Evidentemente allí conseguimos la vocación sacerdotal que compartimos nosotros aquí en el seminario o la vocación religiosa, pero también está la vocación a la familia, la vocación al matrimonio, la vocación a la misión.

De modo que a todos los jóvenes que se planteen esta pregunta: “¿Qué me pide Dios? ¿Qué quiere Dios de mí?”, que se plantea en la vocación, es importante saber que el Señor lo que nos pide, nos lo va a dar, nos lo hará desear. Esta es una frase también de los santos: aquello que el Señor te quiere dar, Él mismo te lo hará desear.

Podemos ser útiles en muchas formas y de muchas maneras en la vida. Ciertamente el papel del sacerdote es insustituible, el que nos da los misterios santos, el que nos trae a Dios a este mundo, pero también las religiosas, pero también los maestros, los abogados, los militares, todos aquellos que formamos una sociedad, todas esas vocaciones son en gran medida una respuesta al llamado de Dios.

Entonces, sería en primer lugar pedir a Dios la luz para descubrir su vocación, preguntar en la oración, en la intimidad al Señor: “¿Qué me pides? ¿Qué quieres de mí?”. Y el Señor irá iluminando la mente con el Espíritu Santo, irá poniendo en el camino a las personas concretas que nos ayudarán a descubrir esa vocación.

Y si en concreto es la vida sacerdotal, la vida religiosa, pues la amistad con un sacerdote, con un seminarista, con un agente de pastoral es clave para dar los pasos necesarios en esta respuesta que requiere de mucha valentía y de mucho compromiso, dejando a un lado los miedos, aferrándose y confiando solo en Dios para responderle y para hacer lo que el Señor nos pida.

Eso les diría a los jóvenes.

viernes, 1 de mayo de 2026

Trabajo digno y tecnología al servicio del hombre

LA INTENCIÓN DE ORACIÓN DEL PAPA PARA EL MES DE MAYO

La oración posee un poder misterioso, profundo y real. Se ha dicho bellamente que es, a la vez, la debilidad de Dios y la fortaleza de los hombres. Es una tarea que corresponde a todos los cristianos. Precisamente sobre el tema del trabajo gira la intención de oración que, para este mes de mayo, nos propone el Santo Padre León XIV. Se trata de una petición cercana a la vida cotidiana de millones de personas: orar “por las oportunidades laborales para todos, para que el desarrollo tecnológico abra caminos de trabajo digno y la colaboración entre generaciones fortalezca un futuro donde cada persona pueda ofrecer sus talentos al servicio del bien común”.

Esta intención nos invita, en primer lugar, a reflexionar sobre la dignidad del trabajo humano. Trabajar no es únicamente una necesidad económica; es también una vocación, una forma concreta de participar en la obra creadora de Dios. Cuando el Papa pide oportunidades laborales para todos, nos recuerda que cada persona está llamada a aportar y a construir, a “ganarse el pan con el sudor de su frente”, no como una carga, sino como un camino de realización y servicio. El trabajo no solo sostiene la vida: la dignifica.

Como enseña la Escritura: “Cualquiera sea el trabajo de ustedes, háganlo de todo corazón, teniendo en cuenta que es para el Señor y no para los hombres. Sepan que el Señor los recompensará… Ustedes sirven a Cristo, el Señor” (Col 3, 23-24). Así, trabaja dignamente tanto quien construye carreteras como quien enseña, quien siembra la tierra como quien limpia la casa. Todo trabajo, grande o pequeño, visible o silencioso, es un medio de santificación, de encuentro con Dios.

Sin embargo, vivimos en una época marcada por avances tecnológicos vertiginosos que transforman constantemente nuestra manera de vivir, comunicarnos y trabajar. Esta realidad abre enormes posibilidades: permite afrontar enfermedades, resolver problemas complejos y mejorar la calidad de vida. Pero también plantea desafíos importantes.

Existe el riesgo de que el ser humano quede relegado, sustituido o reducido a un papel pasivo frente a una tecnología que, en lugar de servirle, termine dominándolo. Por eso es fundamental recordar un principio esencial: la tecnología está al servicio del hombre, y no el hombre al servicio de la tecnología. Cuando este orden se invierte, el ser humano puede terminar adaptándose pasivamente a la lógica de las máquinas, los algoritmos o la eficiencia, perdiendo de vista su propia dignidad.

El Papa León XIV, al pedir que el desarrollo tecnológico abra caminos de trabajo digno, nos recuerda precisamente este criterio. La tecnología no es un fin en sí misma, sino un medio cuyo valor depende del uso que hagamos de ella. Puede ser instrumento de crecimiento, encuentro y solución de grandes problemas; pero también puede generar exclusión, dependencia o incluso una silenciosa deshumanización.

Cuando el progreso técnico desplaza al trabajador sin ofrecer alternativas, reduce la creatividad humana o fomenta la pasividad, deja de estar al servicio del hombre. En cambio, cuando potencia nuestras capacidades, crea oportunidades y favorece una vida más digna, cumple su verdadera finalidad.

Por ello, el desafío no consiste en frenar la tecnología, sino en humanizarla. Se trata de orientarla con inteligencia, ética y sentido. Porque, en definitiva, ninguna innovación podrá sustituir aquello que hace único al ser humano: su capacidad de amar, crear, decidir y entregarse a los demás.

La petición del Papa es, así, clara y profundamente actual: que el desarrollo tecnológico esté siempre al servicio de la persona. No se trata de detener el progreso, sino de guiarlo. La tecnología debe abrir caminos de trabajo digno, no cerrarlos; potenciar las capacidades humanas, no anularlas. Porque, a pesar de todos los avances, hay una verdad que permanece: el ser humano es insustituible.

Finalmente, esta intención pone el acento en la colaboración entre generaciones. En un mundo que con frecuencia divide —jóvenes frente a adultos, experiencia frente a innovación— se nos invita a redescubrir el valor de caminar juntos. Cada generación tiene algo valioso que ofrecer: la sabiduría de los mayores, el dinamismo de los jóvenes y la creatividad de quienes se encuentran en medio. Solo en comunión es posible construir un futuro verdaderamente humano.

Esta visión es profundamente cristiana. Dios confió el mundo a toda la humanidad, no a unos pocos. Todos estamos llamados a participar en su cuidado, desarrollo y transformación. Nadie es indispensable por sí solo, pero todos somos necesarios en conjunto. En esa colaboración se revela la verdadera fuerza que impulsa al mundo.

Durante este mes de mayo, hagamos nuestra esta intención del Santo Padre. Unámonos a su oración para que no falte el trabajo digno, para que la tecnología sea instrumento de bien y para que aprendamos a construir juntos un futuro donde cada persona pueda poner sus talentos al servicio de todos.

Desde el Seminario San Pío X deseamos aportar, mediante nuestro trabajo académico, espiritual y pastoral. Por ello, emprendemos con entusiasmo este hermoso proyecto: un boletín mensual que busca llegar a todos y ayudar a que, a través de la lectura de estos temas de fe cristiana, cada persona pueda acercarse más a Dios.

En esta Pascua de 2026, queremos proclamar con esperanza que Dios está vivo. Y, como expresa bellamente la Liturgia de las Horas, “decid, si preguntan dónde, que Dios está sin mortaja en donde un hombre trabaja y un corazón le responde”.

Oremos con el Papa y por sus intenciones.

jueves, 9 de abril de 2026

Los pobres son primero. Rafael López Aliaga

“DERECHA CRISTIANA”

A lo largo de sus 103 páginas, Derecha cristiana. Los pobres son primero, libro publicado por el candidato presidencial Rafael López Aliaga en coautoría con Ángelo Ramos Aguirre, los autores articulan una reflexión sobre la pobreza que no aparece como tema aislado, sino transversal a su propuesta filosófica, política y económica. Desde sus fundamentos en la política de Aristóteles hasta la influencia explícita de Rerum Novarum, el texto construye una noción del pobre, vinculada al orden moral, el bien común y la dignidad humana.

En este marco, la pobreza es presentada simultáneamente como consecuencia de desajustes éticos, fallas institucionales (como la corrupción) y limitaciones estructurales del desarrollo, pero también como un criterio prioritario para la acción pública bajo el principio de subsidiariedad y la “opción preferente por los más vulnerables”. Así, el libro no solo busca definir qué es la pobreza, sino situarla en el centro de su proyecto de “derecha cristiana”, en tensión tanto con el igualitarismo de izquierda como con el individualismo liberal.

Veamos, a continuación, una selección de párrafos en los que López Aliaga y Ramos Aguirre, hacen referencia al tema de los pobres y la pobreza y cómo lo conceptualizan según sus matices en contexto.

1. La pobreza como problema moral y estructural (no solo económico).

En la página 17 aparece una clave conceptual fuerte: la crítica simultánea a la “pobreza forzada” y a la acumulación ilimitada. Aquí la pobreza no es vista como algo inevitable, sino como resultado de desórdenes éticos (cuando el dinero se vuelve fin en sí mismo), y de una economía desvinculada del bien común. Esto sitúa la pobreza dentro de un marco moral clásico (aristotélico): no es solo falta de ingresos, sino síntoma de una sociedad mal ordenada.

Es pertinente aquí recordar la célebre afirmación de Papa Francisco, quien definió la política como “la forma más alta y más grande de la caridad”, una idea que revaloriza la acción pública como servicio al bien común y, en particular, a los más necesitados. A la luz de esta concepción, puede interpretarse que la propuesta desarrollada en Derecha cristiana. Los pobres son primero —y la propia incursión política de Rafael López Aliaga en los últimos años— busca inscribirse en esa tradición, en la que la gestión del Estado no se concibe únicamente como ejercicio de poder o administración técnica, sino como una forma de responsabilidad moral orientada a la atención de los sectores más vulnerables.

2. El pobre como sujeto de responsabilidad indirecta del Estado.

En la página 24 (subsidiariedad), el texto introduce una idea importante: El Estado no debe reemplazar a la sociedad civil, pero sí mantiene responsabilidad frente a la pobreza, informalidad y exclusión. Aquí el pobre no es concebido como completamente autónomo ni completamente dependiente, sino como alguien que debe ser apoyado cuando no puede valerse por sí mismo, pero sin caer en asistencialismo total. Esto encaja con la tradición de la doctrina social cristiana.

El principio de subsidiariedad es desarrollado en el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, particularmente en sus numerales 185 y 186 y siguientes, donde se presenta como una de las ideas centrales de esta tradición. Según este enfoque, la dignidad de la persona se protege y promueve fortaleciendo las instancias más cercanas a ella —como la familia, las asociaciones y las comunidades locales—, que constituyen el tejido vivo de la sociedad civil.

En virtud de este principio, las estructuras de orden superior, especialmente el Estado, están llamadas a ayudar, apoyar y promover a las instancias menores, pero sin sustituirlas ni absorber sus funciones. En consecuencia, resulta injusto privar a los individuos o a las comunidades de aquello que pueden realizar por sí mismos para transferirlo a niveles superiores, ya que ello debilita su autonomía, limita su desarrollo y afecta su dignidad.

3. La pobreza como objetivo a reducir mediante crecimiento “ético”.

En la página 42, la pobreza aparece como una situación que debe reducirse a través de empleo digno, ventajas comparativas y desarrollo económico. Pero con un matiz clave: esto no es solo eficiencia económica, sino una “obligación moral”. El pobre aquí es: beneficiario del crecimiento, especialmente si pertenece a “sectores vulnerables”.

Los autores así lo expresan: “Desarrollar ventajas comparativas no es solo una estrategia económica, sino una obligación moral: permitir que una nación genere empleo digno, reduzca la pobreza estructural y ofrezca oportunidades reales de progreso, especialmente a los sectores más vulnerables.”

La pobreza estructural no se entiende únicamente como falta de ingresos, sino como una situación persistente de privación originada por condiciones sociales, institucionales y morales que impiden el desarrollo integral de la persona. Desde esta perspectiva, la pobreza es “estructural” porque no depende solo de decisiones individuales, sino de un conjunto de condiciones que reproducen la desventaja en el tiempo. Sin embargo, a diferencia de enfoques más cercanos a la izquierda, la derecha cristiana no atribuye esta estructura principalmente al mercado en sí, sino a fallas éticas (corrupción, pérdida del sentido del bien común), distorsiones institucionales, y políticas inadecuadas (ya sea estatismo excesivo o liberalismo sin límites).

4. Crítica a la izquierda: el pobre como instrumento político.

En las páginas 43–44, el texto introduce una crítica ideológica, acusa a la izquierda de no querer “elevar a los más pobres”, sino de “nivelar hacia abajo”. Aquí el pobre aparece como una figura que puede ser utilizada discursivamente, y cuya situación no necesariamente mejora bajo políticas igualitaristas. Esto revela un uso polémico del concepto: el pobre también es un campo de disputa ideológica.

Se sabe que la izquierda utiliza a los pobres como instrumento político principalmente a través del discurso emocional, la promesa de soluciones fáciles y la construcción de antagonismos sociales.

En primer lugar, la izquierda presenta a “el pueblo” como una unidad homogénea y apela constantemente a emociones —amor, indignación, esperanza— para movilizar apoyo, prometiendo cambios radicales y un país ideal sin explicar cómo se lograrán. En este proceso, los pobres y la clase trabajadora son colocados en el centro del discurso, pero más como recurso retórico que como sujetos de desarrollo real.

En segundo lugar, la izquierda exagera o distorsiona los problemas sociales y atribuye la responsabilidad a grupos específicos, especialmente empresarios, fomentando la división de clases. De este modo, los pobres son presentados como víctimas de un sistema injusto, lo que facilita su adhesión política.

Asimismo, se afirma que, una vez en el poder, estos gobiernos recurren a medidas inmediatas y poco sostenibles (como la emisión de dinero o la redistribución directa), que generan dependencia en lugar de soluciones estructurales, manteniendo a la población en situación de vulnerabilidad.

Finalmente, es evidente que existe una incoherencia entre el discurso y la práctica: mientras se critica la riqueza y se habla en nombre de los pobres, los líderes acumulan poder y recursos, lo que refuerza la idea de que los pobres son utilizados como medio para alcanzar y conservar el poder, más que como un fin en sí mismo.

5. El pobre como principal víctima de la corrupción.

En la página 45 se formula una de las ideas más concretas, la corrupción afecta “de manera directa y cruel a los más pobres”. Se da una cadena causal: clara corrupción, luego falta de servicios, finalmente perjuicio directo al pobre. Aquí el pobre es el más vulnerable frente a fallas del Estado, quien sufre consecuencias materiales inmediatas (falta de hospitales, escuelas, etc.).

Esta lectura puede vincularse con lo planteado en el Documento de Puebla, en línea con la encíclica Populorum Progressio, donde se afirma que el desarrollo es condición para la paz y se advierte sobre la existencia de mecanismos que reproducen la desigualdad, haciendo que “los ricos sean cada vez más ricos a costa de los pobres cada vez más pobres”. Así, tanto la corrupción interna como las dinámicas estructurales más amplias comparten un mismo efecto: la consolidación de sistemas que profundizan la vulnerabilidad de los pobres, privándolos de condiciones básicas de desarrollo y perpetuando su exclusión.

6. Distinción implícita: pobreza material vs. pobreza espiritual.

En la página 50 aparece una idea muy relevante, una sociedad puede sobrevivir a la pobreza material, pero no al “vacío de sentido”. Esto introduce una jerarquía, la pobreza económica es grave, pero la crisis moral/espiritual es presentada como aún más profunda. Esto es típico de enfoques más conservadores en donde quizá se relativiza parcialmente la centralidad de la pobreza material.

Sin embargo, a partir del texto, la distinción entre pobreza material y pobreza espiritual se construye de manera implícita pero consistente, al establecer una jerarquía entre el bienestar económico y el sentido trascendente de la vida humana.

Por un lado, la pobreza material aparece asociada a la falta de bienes, ingresos o condiciones económicas adecuadas. El propio texto reconoce la importancia del mercado como generador de riqueza, crecimiento del PBI y movilidad social, es decir, como herramienta válida para superar este tipo de carencias. Sin embargo, también sugiere que este nivel es insuficiente para garantizar una sociedad plenamente desarrollada.

Por otro lado, se introduce la idea de una pobreza espiritual o existencial, que surge cuando la vida social pierde sus fundamentos morales, comunitarios y trascendentes. Esto se evidencia en afirmaciones como que las sociedades pueden mostrar éxito económico —“centros comerciales llenos”, “estabilidad macroeconómica”— pero estar “vacías por dentro”, con “depresión”, “desintegración familiar” y “pérdida de sentido trascendente”. En este contexto, el problema no es la falta de recursos, sino la ausencia de propósito, valores y vínculos humanos significativos.

La justificación central de la distinción radica en la crítica a la “idolatría del mercado”: cuando la economía se absolutiza y se convierte en el criterio supremo, el ser humano se reduce a productor y consumidor, y la libertad degenera en mero consumo. Así, incluso en ausencia de pobreza material, puede existir una forma más profunda de empobrecimiento: aquella que afecta el sentido de la vida, la comunidad y la moral.

De este modo, el texto establece una jerarquía clara: mientras la pobreza material es un problema real que debe ser atendido, la pobreza espiritual es presentada como más grave y determinante, ya que una sociedad puede sobrevivir a la primera, pero no al “vacío de sentido”. Esta distinción permite sostener que el verdadero desarrollo no depende únicamente de la riqueza económica, sino de su subordinación a un orden ético y trascendente.

7. El pobre como criterio técnico de política pública.

En la página 74, el concepto se vuelve operativo, se prioriza la vulnerabilidad sobre el criterio poblacional, usando indicadores como pobreza, carencias, riesgo social. Aquí el pobre es una categoría medible y administrable, base para asignación de recursos. López Aliaga y Ramos Aguirre así lo expresan: “priorizar la vulnerabilidad como criterio rector supone asumir que el presupuesto público debe ser una herramienta de corrección y no solo de mantenimiento del statu quo.”

En esta cita, junto con la siguiente, se recoge la conocida formulación de Puebla sobre la opción preferencial por los pobres. No obstante, los autores la presentan en forma de paráfrasis al referirse a “la opción preferente, aunque no excluyente, por quienes menos tienen”. A continuación, precisan: “No se trata de abandonar a los distritos con mayores ingresos ni de ignorar sus necesidades legítimas, sino de reconocer que, en una ciudad marcada por profundas brechas, la justicia distributiva exige priorizar a quienes enfrentan mayores obstáculos estructurales”. Se trata, en definitiva, de una praxis concreta de la opción preferencial por los pobres en el ámbito de la política pública.

8. El pobre como sujeto de “opción preferente”

En la página 80 aparece la formulación más cercana al lenguaje cristiano clásico “opción preferente por los más vulnerables”, romper “círculos de pobreza”. Aquí el pobre es: sujeto de prioridad ética, especialmente en la infancia (ejemplo: anemia).

La opción preferencial por los pobres no constituye una cuestión de adscripción a posturas políticas de derecha o de izquierda; se trata, más bien, de una postura eclesial surgida de la realidad latinoamericana, en respuesta a las profundas desigualdades y problemáticas estructurales del continente. Sin embargo, dado que sus desarrollos temáticos iniciales se inscriben en el marco de la Teología de la Liberación, resulta, cuando menos, llamativo que un político de derecha como López Aliaga recurra a este principio propio de la praxis liberadora. No obstante, lo hace introduciendo un matiz terminológico al sustituir el término “pobres” por “los más vulnerables”, expresión que, en gran medida, remite a una realidad equivalente. Este enfoque constituye, en esencia, el núcleo del título de su libro “Los pobres son primero”, frase que ha reiterado en sus mítines a lo largo del país.

Como hemos visto, el libro construye una visión del pobre con cuatro dimensiones principales. Moral: la pobreza surge de desórdenes éticos (no solo económicos). Política: es un problema que el Estado debe atender, pero sin reemplazar a la sociedad. Económica: se reduce mediante crecimiento con sentido social. Ideológica: es un punto de disputa frente a la izquierda.

Además, una posible tensión importante, pues, por un lado, se afirma una prioridad por los pobres (subsidiariedad, opción preferente), pero por otro, quizá se relativiza la pobreza material frente a valores como familia, moral o trascendencia.

Junto a las referencias explícitas a la pobreza, el libro desplaza progresivamente el foco hacia la noción de “vulnerabilidad”, que funciona como una categoría más amplia y operativa. En este marco, los “vulnerables” no son solo los pobres en sentido económico, sino aquellos expuestos a riesgos estructurales —desigualdad, exclusión o falta de capacidades—, lo que permite ampliar el alcance del diagnóstico sin abandonar su núcleo moral.

Así, en el plano doctrinal, la vulnerabilidad aparece vinculada al principio de solidaridad como obligación ética de no abandonar a los más débiles (p. 24); en el plano político, justifica la necesidad de la autoridad como garante del orden frente a la “ley del más fuerte” (p. 39); y en el plano económico, se convierte en criterio que legitima el desarrollo en la medida en que este reduce la pobreza estructural y genera oportunidades reales para estos sectores (p. 42).

Al mismo tiempo, la categoría de vulnerabilidad cumple una función clave en la traducción de principios abstractos a instrumentos concretos de política pública. En las secciones sobre gestión, la “prioridad por los más vulnerables” se transforma en un criterio técnico que permite focalizar el gasto, identificar territorialmente las mayores necesidades y orientar la planificación estatal (p. 74).

Esta lógica se refuerza con la reorganización del aparato público para redirigir recursos hacia obras y servicios destinados a estos sectores, combinando eficiencia administrativa con sensibilidad social (p. 76). Asimismo, se materializa en programas específicos como “Hambre Cero” y “Anemia Cero”, dirigidos a problemáticas que afectan especialmente a poblaciones vulnerables (pp. 79–80), así como en la denuncia de situaciones donde la corrupción impacta directamente sobre ciudadanos de bajos recursos (p. 92) y en políticas de protección a mujeres y niños en situación de riesgo (p. 96).

De este modo, el pobre —redefinido como vulnerable— deja de ser solo una figura moral para convertirse en un sujeto medible, priorizable y objeto de intervención estatal, sin perder su centralidad ética dentro del proyecto de la derecha cristiana.

En conjunto, el libro construye una noción de pobreza —y su correlato ampliado, la vulnerabilidad— que cumple una función estructurante dentro de su propuesta ideológica. Lejos de limitarse a una definición económica, el pobre es presentado simultáneamente como signo de un desorden moral, destinatario de una responsabilidad política limitada pero ineludible, y criterio de legitimación de la acción estatal y del desarrollo económico. Esta pluralidad de significados permite al texto articular una síntesis característica: una defensa del mercado y de la eficiencia administrativa que solo se justifica plenamente en la medida en que beneficia a los sectores más desfavorecidos. Al mismo tiempo, la sustitución progresiva del término “pobre” por “vulnerable” revela un desplazamiento conceptual que amplía el campo de intervención, pero también tecnifica la cuestión social, haciéndola susceptible de medición, focalización y gestión.

Sin embargo, esta construcción no está exenta de tensiones. Por un lado, el libro afirma con claridad una prioridad ética por los más necesitados, en línea con la tradición cristiana; por otro, parece relativizar la centralidad de la pobreza material al subordinarla a un orden moral y espiritual considerado superior. Asimismo, mientras critica tanto el asistencialismo como el igualitarismo, propone una intervención estatal selectiva cuya eficacia depende precisamente de su capacidad para identificar, clasificar y atender a los “vulnerables”.

En este sentido, la pobreza deja de ser solo una condición social para convertirse en una categoría normativa y operativa que organiza todo el proyecto de la “derecha cristiana”: un punto de convergencia —y también de tensión— entre moral, política y economía.