RETIRO ESPIRITUAL
Charla introductoria
El
abad Bernardo de Claraval escribió al papa Eugenio III para invitarlo a apartar
un momento, en medio de tantas ocupaciones, para la oración y la meditación. Lo
hizo con estas palabras:
“Tengo
miedo, te lo confieso, de que, en medio de tus ocupaciones, que son tantas, por
no poder esperar que lleguen nunca a su fin, acabes por endurecerte tú mismo y
lentamente pierdas la sensibilidad…”.
Estos
monjes han comprendido la importancia de la oración en medio de sus jornadas
cotidianas. Es cierto que como reza un monje no puede rezar un laico, y tampoco
un papa puede rezar como un monje, pues los estados de vida son variados y
también lo son las posibilidades de dedicarse a la oración. Sin embargo, lo
importante es buscar ese momento: apartarse un poco de las ocupaciones y
ocuparse de aquello que nos hace mejores cada día, la oración.
Ahora
bien, las ocupaciones de Eugenio III, como papa de la Iglesia, debieron de ser
muy sanas y santas, pues eran las ocupaciones del Vicario de Cristo. Las del
abad Bernardo ciertamente también lo eran: santas y loables. Pero tú y yo, ¿en
qué nos ocupamos? ¿Cuáles son nuestras ocupaciones mandadas por la voluntad
divina? ¿En qué ocupamos finalmente nuestro tiempo?
Porque
se puede estar muy ocupado en nada, en tonterías. Se puede ocupar uno muy
afanosamente en perder el tiempo con distracciones que no aportan nada positivo
a la vida ni a la santidad que queremos alcanzar.
Las
ocupaciones de un seminarista son estudiar, rezar, profundizar en la vida de la
gracia y de la oración, iniciar el camino discipular y configurativo con
Jesucristo, que nos ha llamado. Pero, ¿realmente nos ocupamos de esto? ¿O más
bien es lo último que procuramos?
El
consejo del abad Bernardo al papa es que, por más ocupado que se esté en las
mil y una cosas del oficio, es preciso apartarse, dejar espacio, buscar a Dios,
refugiarse en la oración. Pues “el que modera su actividad se hará sabio”, como
dice Salomón.
Atender
a todo y a todos, pero desatenderse a uno mismo —hablando de la oración y de la
relación personal con Dios— no puede ser tenido por bueno. Rechazar la oración
y la meditación es, en cierto modo, rechazarse a sí mismo. Y está mandado amar
a Dios y al prójimo como a uno mismo.
Señor,
que mis ocupaciones sean las que Tú me has dado. Que me ocupe en buscarte, en
encontrarte y en amarte en mis hermanos. Que me ocupe solo de Ti y de tus cosas
santas, de tus pobres, de tus ovejas: esas que un día me darás para cuidar como
pastor y guía.
Señor,
que no ocupe mi tiempo en cosas que no llevan a buen fin. Sabes que son muchas
las distracciones de este mundo contemporáneo, pero de todas ellas puedo
salvarme si procuro ocuparme de Ti.
Hagamos
un trato, Señor:
yo me ocupo de Ti
y Tú te ocupas de mí. Amén.
Segunda charla: Fundamentos de la
fraternidad presbiteral
Todos
los presbíteros, en virtud del sacramento recibido, están unidos como hermanos
en una íntima fraternidad sacramental. El trato que se deben unos a otros es,
por tanto, un trato entre iguales.
Un
consejo entre hermanos, si viene desde la altivez o la superioridad, por muy
bueno que sea, producirá aversión en lugar de acogida. La humildad, en cambio,
es lo más grande del mundo. De Moisés se dijo que era el hombre más humilde de
la tierra, y por eso Dios se fijó en él para realizar grandes cosas. La
humildad todo lo puede.
Es
bueno pensar, de vez en cuando, en el lema episcopal y pontificio del beato
Juan Pablo I (Albino Luciani), cuya sonrisa y sencillez de vida acompañaron un
papado brevísimo, pero profundamente significativo, pues era la encarnación de
aquello que predicaba: humilitas.
También
me gusta recordar y repetirme a mí mismo lo que decía el padre Henry de la
Inmaculada, Siervo del Hogar de la Madre, cuando hablaba a jóvenes en retiros
espirituales. Los introducía, casi con solemnidad, diciendo: “Tres palabras,
solo tres palabras: humildad, humildad y humildad”.
El
capítulo 23 del evangelio de Mateo, en sus primeros versículos, nos ayuda a
comprender cuál es el trato que Jesús quiere que nos demos unos a otros. Más
allá de títulos y distinciones, todos somos hermanos, hijos de un mismo Padre;
y aquel que quiera ser el más importante ha de ser el servidor de todos.
De
ahí que la verdadera grandeza en la Iglesia la posean aquellos que más sirven o
que se distinguen por el servicio desinteresado a los demás.
Pero,
¿acaso deja de ser importante quien realiza una tarea sencilla y casi
insignificante? De ningún modo. También es grande aquel que se dedica a las
cosas pequeñas, a lo que nadie ve o nadie nota, o que muy pocos reconocen en el
momento.
El
servicio no tiene escalas: sirve el grande y sirve el pequeño; pero sirve más
el humilde, el que se despoja de todo y lo da todo.
Esta
mañana, durante el desayuno, se me vino a la mente que un buen sinónimo de vivir es servir.
Ambos verbos terminan en ir,
que a su vez es también un verbo: ir. La vida es una puesta en camino, es un ir
a servir. De modo que vivir es ir a servir allí donde se me necesite.
¿Qué
es el vivir sino el servir? Yo sirvo porque estoy enamorado; de lo contrario,
esto no sería vida.
Señor,
que yo sirva siempre y que no me canse de servir.
Que yo sirva para algo, que yo sirva donde Tú quieras ser servido.
Que encuentre mi mayor alegría y satisfacción en servir con alegría.
Que, sirviendo, sea feliz y haga felices a los demás.
Que
no me canse de hacer el bien y de reflejarte a los demás con mis obras y
palabras. Que comprenda, de una vez y para siempre, que el sacramento del Orden
al cual me has llamado es un sacramento de servicio
y de misión, porque debo contribuir a la edificación
del Reino de Dios, que es aquí la Iglesia. Amén.
Segunda parte de la segunda
charla: La solidaridad sacerdotal
Es
el papa Francisco quien, en su carta encíclica Fratelli
tutti (nn. 114–117), habla del valor de la solidaridad. Allí
sugiere, de algún modo, que se es verdaderamente solidario cuando, ante la
adversidad del otro, uno se mantiene sólido
y ayuda con solidez y autenticidad, como se espera de un sacerdote y de quienes
se preparan para serlo.
Parece
que la palabra solidaridad viene de sólido,
pero quizá también se acerque —al menos espiritualmente— a solitario.
La razón sería que muchas veces se tiene la oportunidad de ser solidario
precisamente con aquel que está solitario: el que está solo, en carencia o en
dificultad.
Dice
el papa Francisco que la solidaridad puede expresarse concretamente en el
servicio. Y servir significa, a la vez, cuidar, velar por el otro, preocuparse
y ocuparse por el prójimo, por el que está próximo, por el hermano.
La
solidaridad no es una generosidad esporádica, sino una lucha constante por
erradicar el mal, el pecado, la pobreza y la apatía de tantos hombres y mujeres
de este mundo.
El
sacerdote debe ser el primero entre los hermanos que sea un “hombre de Dios solidario con su pueblo”, como
decía el lema episcopal de aquel querido y recordado obispo auxiliar de Mérida
que luego fue obispo de Apure. Y, en efecto, ser hombre de Dios y solidario con
su pueblo es un buen propósito de praxis ministerial, pues del sacerdote se
espera que refleje a Dios. Y esto solo es posible desde el amor, el servicio,
la humildad y la solidaridad.
Hacer
buen uso de las cosas materiales es también un signo de solidaridad. No buscar
llenarse de bienes materiales manifiesta humildad y desprendimiento, propio de
un alma que tiene a Dios.
Yo
no tengo nada y, aun así, lo tengo todo. No tengo nada —digo— y no me hace
falta nada; y, sin embargo, lo tengo todo y me sobra para dar a los demás.
Últimamente
me he propuesto no considerar nada como propio, y de todo lo que se me dé o
tenga compartirlo sin mezquindad con los demás, porque “dando se recibe”.
El
predicador dijo una frase que para mí fue novedosa: “El
que por otro pide, por sí aboga”. Y recordé entonces el caso de
don Leoncio, que espera con paciencia que le sean reconocidos y remunerados,
ahora en su vejez y enfermedad, los años que dedicó al servicio de los prelados
ayacuchanos en tiempos de terror.
El
evangelio de Mateo (25, 31–46) habla de la venida de Jesús al final de los
tiempos, es decir, del juicio final. Y hay un detalle del relato que días atrás
me hacía reflexionar con cierta gracia: el rey separa a unos a su izquierda y a
otros a su derecha. A la izquierda quedan los desobedientes y los que no
sirvieron; a la derecha, los obedientes y los que supieron servir a Dios en el
prójimo pobre y necesitado.
Y
pensaba, casi con una sonrisa, que si la Iglesia católica quisiera posicionarse
en alguno de esos dos lados, sin duda elegiría la derecha —y no necesariamente
hablando en términos políticos… o quizá también—, pues allí están los que aman
a los pobres y les sirven con radicalidad, porque en ellos encuentran a Cristo
el Señor.
Señor,
que yo sea solidario con el solitario; que sea sólido con el que está perdiendo
consistencia. Que encuentre más alegría en dar que en recibir. Que mis días
sean un constante entregarme por tu Reino, por la liberación de los oprimidos
y por consolar a los tristes con el consuelo con que Tú me consuelas a mí.
Te sirvo pobre e insignificante. Señor, que mi mayor fortaleza
seas Tú, y que, así como te tengo en mi vida,
te lleve también a los demás con actos concretos de amor. Señor, que quien me
vea, te vea a Ti. Amén.
Tercera charla: La comunión
fraterna en el amor apostólico
El
sacerdote, antes de ser padre, es hermano: hermano de todos. Lo es de modo
especial de sus hermanos presbíteros, con quienes forma una gran familia, una
verdadera fraternidad presbiteral.
Sentirse
hermanos y vivir unidos nace del amor
apostólico, que es aquel amor que brota de la unción y de la
misión de Jesucristo. No se trata de un amor meramente sentimental o emotivo,
ni centrado en la compatibilidad personal. Estamos llamados a ser hermanos de
todos, también de aquellos con quienes las diferencias son evidentes. Lo más
importante es que todos apuntamos a un mismo objetivo: todos hemos sido
llamados por el mismo Dios.
La
lista de los Doce que presenta el evangelio de Marcos (3,13–19) nos recuerda
una característica fundamental de toda vocación: el llamado es voluntad divina, no pretensión humana. Los Doce
fueron llamados por Jesús para conformar una familia apostólica, en cuyo seno
convivían visiones y perspectivas muy distintas acerca del Señor y del Reino
que predicaba. Entre los Doce estaba también el traidor, que fue llamado igual
que los demás, pero que no quiso seguir verdaderamente al Maestro.
El
episodio de la curación de la hemorroísa (Mc 5,21–34) sitúa a Jesús en medio de
sus apóstoles y, al mismo tiempo, de algún modo solo, pues ninguno de ellos
sabe quién lo ha tocado. Sea por la multitud que lo rodeaba o por la costumbre
de estar siempre tan cerca de Él, se revela aquí un peligro: por un lado, la
monotonía en la que puede caer el discípulo; por otro, el descuido en la
atención al Señor y a la familia en la que Él mismo nos ha insertado.
Más
adelante, como haciendo un llamado particular, Jesús resucita a la hija del
jefe de la sinagoga haciéndose acompañar solo por Pedro, Santiago y Juan. Esto
revela también el misterio de la elección de Dios, pues ninguno de estos tres
era mejor o peor que los demás. Dios elige y llama a quienes Él quiere.
Finalmente,
el texto de 1 Timoteo (3,1–7) manifiesta con claridad lo que se espera de un
hombre llamado por Dios para estar al frente de la comunidad como guía, padre y
pastor. Entre las cualidades señaladas destaca la capacidad de hacerse cargo de
su propia casa y de saber gobernar a los suyos, para que luego pueda también
gobernar la Iglesia de Dios.
De
ahí que el presbítero deba vivir en paz, cercanía y fraternidad con sus
hermanos presbíteros, para poder después suscitar estos mismos sentimientos en
la comunidad parroquial que se le confíe.
Sabemos
que esta fraternidad se aprende y se cultiva desde el seminario, cuando se
busca compartir con todos y no solamente con un grupo predilecto. A veces uno
se refugia en el grupo que lo aplaude todo y le perdona todo, ese pequeño
círculo de íntimos en el que uno se siente cómodo y donde parece poder hacer y
deshacer según convenga a la propia libertad. Pero eso puede ser peligrosísimo.
Señor
Jesús, hazme comprender que voy contigo por el camino de la vida, que eres Tú
quien me guía por la senda del bien,
y que contigo camino mejor, acompañado de mis hermanos en la vocación.
Que, al ir contigo, ame como Tú amas, perdone como Tú perdonas
y me entregue a los demás como Tú lo hiciste, Señor.
Que sea bueno con todos, amigable, amable y respetuoso,
y que a todos les manifieste las maravillas de tu amor
con una vida santa, recta e intachable.
Señor, que sepa reconocer mis errores y que pueda levantarme
pronto de mis caídas para seguirte siempre en compañía de mis hermanos. Amén.
Cuarta charla: Relaciones, acciones y gestos
que se derivan de la fraternidad presbiteral
A la luz de diversos numerales de documentos del
Magisterio, vimos que los sacerdotes —y también los seminaristas— deben ser
hospitalarios con todos, practicando la beneficencia y la asistencia mutua. Han
de preocuparse especialmente por los enfermos, los afligidos, los que están
demasiado recargados de trabajo, los asilados, los exiliados y los perseguidos,
sean sacerdotes o no.
Los sacerdotes deben unirse gustosa y alegremente
incluso para descansar, ayudándose mutuamente en el cultivo de la vida
espiritual e intelectual. Asimismo, han de fomentar formas de vida común o
algún tipo de comunidad entre ellos, para librarse de los peligros que puede
traer la soledad.
Más aún, los presbíteros deben sentirse
especialmente obligados con aquellos hermanos que experimentan dificultades.
Han de prestarles ayuda oportuna, aconsejarles discretamente cuando sea
necesario y manifestar siempre amor fraterno y generosidad hacia quienes tienen
o han tenido algún fallo, pidiendo a Dios por ellos y siendo verdaderos
hermanos y amigos.
Meditación de la Palabra
Lucas 10, 25–37: El buen samaritano
Lo que dice el texto bíblico en sí
En el texto aparecen dos temas que convergen en un
mismo propósito. En primer lugar, la pregunta del legista a Jesús sobre qué
debe hacer para salvarse, y la respuesta del Señor que remite al mandamiento de
amar a Dios, al prójimo y a uno mismo. Este es el gran mandamiento.
En segundo lugar, aparece la parábola del buen
samaritano, que responde a la pregunta del legista acerca de quién es su
prójimo. Jesús, sin embargo, no responde directamente quién es el prójimo, sino
cómo hacerse prójimo, es decir, cómo volverse cercano a los demás.
El sacerdote y el levita evitan practicar el amor
con el hombre herido, mientras que el samaritano —considerado hereje y
extranjero— actúa de manera ejemplar. Él se hace prójimo de aquel hombre que,
al bajar de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos ladrones y fue dejado
medio muerto.
Lo que me dice el texto bíblico
Hay circunstancias en las que quienes parecen estar
más cerca de Dios no actúan como tales. En la parábola, el comportamiento del
sacerdote y del levita refleja la crítica de Jesús a la hipocresía de quienes
tienen autoridad religiosa.
El Señor conoce los corazones y sabe que muchas
veces quienes imponen cargas a los demás no son capaces de moverlas ni siquiera
con un dedo.
Existe una gran tentación: hablar mucho de Dios,
pero hablar poco con Dios. Es fácil decir a los demás lo que deben hacer y
esperar obediencia total, mientras uno mismo no cumple lo que sabe que Dios
manda.
¿Cómo predicar el amor si no amo? ¿Cómo hablar de
los pobres si no los vemos, no los buscamos y no los ayudamos?
El samaritano se encontró con el pobre en el
camino. Nosotros también encontramos muchos oprimidos en la vida. Y entonces se
nos plantea la misma decisión: o ayudar como el buen samaritano, o pasar de
largo como el sacerdote y el levita, de quienes se esperaba mayor compromiso.
Lo que yo le digo al Señor en respuesta a su
Palabra
Señor, que vea. Que no cierre mis ojos ante la
evidente necesidad que hay en el mundo.
Que no me conforme con estar bien y sentirme bien,
olvidándome de los demás, de los hermanos que me has confiado.
Esta parábola siempre debe decirme algo nuevo,
aunque en el fondo repita lo que ya has sembrado en mi conciencia: el amor al
prójimo y la necesidad de hacerme prójimo del pobre.
Sin importar el qué dirán, y valiéndome de lo poco
o de lo mucho que tenga, quiero entregarme al servicio de todos, sin excluir a
nadie, haciendo una opción preferencial por los pobres y oprimidos, porque allí
estás Tú, Señor Jesús.
Lo que el Señor me pide mejorar
Señor, Tú me pides que te ayude, pero reconozco que
tengo un corazón egoísta, mezquino, apático y perezoso.
Me pides transformar mi corazón para que sea manso
y humilde como el tuyo. Me pides afinar mi mirada para discernir los signos de
los tiempos y responder en cada momento como Tú responderías: con amor,
paciencia y rectitud de intención.
Me pides, como al samaritano, darlo todo por salvar
la vida de los demás. Comprometerme de verdad, con alma, vida y corazón.
Me pides hacerme cargo de mis hermanos con caridad
y perseverancia. Y, sobre todo, que no pase de largo ante las miserias que veo,
sino que me detenga para ayudar, para servir y para ser instrumento de tu paz. Amén.
Cuarta charla – segunda parte
La caridad pastoral del presbítero
La caridad pastoral es lo que caracteriza
especialmente al sacerdote diocesano. Él está llamado a vivir con el corazón de
Cristo, el Buen Pastor, alimentándose de la Palabra de Dios y de la Eucaristía
para alcanzar una profunda unión con Cristo.
Desde esta unión nace el amor a la Iglesia, Esposa
de Cristo, y el deseo de servirla mejor.
Esta caridad pastoral tiene varias implicaciones
concretas:
- la unificación de la
persona y la vida del sacerdote,
- la donación total de sí
mismo,
- la comunión eclesial,
- y la vivencia del
celibato.
Meditación de la Palabra
Marcos 6, 30–44
Lo que dice el texto bíblico en sí
Marcos narra la primera multiplicación de los
panes.
Los discípulos cuentan a Jesús lo que han hecho y enseñado.
Jesús los invita a descansar un poco. Se encuentran en un lugar descampado y
una gran multitud los sigue.
Movido por la compasión, Jesús atiende a la gente y
les enseña muchas cosas.
Los discípulos sugieren despedir a la multitud. Jesús
les dice: “Denles ustedes de comer”.
Solo tienen cinco panes y dos peces.
Jesús manda que la gente se siente en grupos, toma
los panes y los peces, pronuncia la bendición, los parte y los da a los
discípulos para que los repartan. Todos comen hasta saciarse. Se recogen doce
canastos de sobras. Habían comido cinco mil hombres.
Lo que me dice el texto bíblico
Yo soy discípulo del Señor.
Estoy llamado a hacer y enseñar, a estar a
solas con Él, a atender con compasión a quienes acuden en busca de Dios y a
darles el pan del cielo: la Eucaristía.
Estoy llamado a ser administrador de las cosas
santas y testigo de los milagros de Dios.
Lo que yo le digo al Señor
Señor, yo creo en tus milagros. Creo que realmente
diste de comer a cinco mil hombres.
Creo que Tú te das al mundo por medio de tus
apóstoles.
Creo que haces y enseñas muchas cosas buenas, santas y necesarias para la vida
de los hombres.
Quiero ser uno de tus discípulos. Envíame a dar de
comer a los hambrientos.
Quiero llevar tu Palabra y tu Cuerpo y tu Sangre,
para dar el alimento que otorga la vida eterna.
Lo que el Señor me pide mejorar
Como los apóstoles, a veces me aconsejo a mí mismo
despedir a la gente y que se arreglen como puedan, aun cuando están en gran
necesidad.
Pero si estoy con Dios, no puedo despedir a nadie
con las manos vacías.
Si estoy con Dios, puedo ser instrumento de sus
milagros.
Puedo ser alivio para quienes sufren.
Solo necesito más fe.
Debo creer más en la persona de Jesús que me ha
llamado y que me pide atender a las multitudes que lo buscan.
Porque buscan a Dios, no me buscan a mí.
Yo solo soy instrumento —o quizá estorbo— para
llevar a los hombres a Dios.
Debo renovar constantemente la presencia de Dios en
mi vida, para que no olvide nunca que:
Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra
nosotros?
Meditación de la Palabra
1 Pedro 5, 1–5
Lo que dice el texto bíblico en sí
San Pedro exhorta a los presbíteros a apacentar la
grey de Dios, vigilando voluntariamente según Dios.
No movidos por ganancias, sino con entrega sincera.
No tiranizando a los pequeños, sino siendo ejemplo
para el rebaño.
A los jóvenes les pide sumisión a los presbíteros,
y a todos los exhorta a revestirse de humildad.
Lo que me dice el texto bíblico
Estoy llamado, como san Pedro, a ser presbítero.
Es decir, anciano responsable de la comunidad,
encargado de cuidar la grey de Dios.
Y esto es importante: el rebaño es de Dios, no
mío.
Yo solo soy colaborador de Dios y a Él le rendiré
cuentas.
No deben moverme las ganancias materiales ni de
ningún otro tipo. Debe moverme únicamente el corazón tocado y transformado por
Dios.
Debo cuidarme de no tiranizar a los pequeños ni
escandalizarlos.
Estoy llamado a ser ejemplo, incluso cuando yo
mismo experimente mis propias debilidades.
La grey de Dios pone sus ojos en el sacerdote para
encontrar en él un reflejo de Dios.
Hace poco, conversando con un hermano del seminario
sobre la formación en este último año, yo decía que debemos ser ejemplo para
los más jóvenes. Pero él no estaba de acuerdo: piensa que cada uno debe vivir
su vida sin preocuparse por lo que digan los demás. Yo creo que se equivoca, y
esta palabra de Dios confirma la razón.
Lo que yo le digo al Señor
Te doy gracias, Señor, por haberme llamado, a mí,
el más indigno de tus elegidos.
Aunque el día tan esperado se acerca, sigo
sintiéndome indigno.
Por eso, Señor, solo puedo darte gracias.
Gracias también porque me confías a tus hijos, a tu
rebaño, a tu pueblo santo y fiel.
Me encomiendas tu Iglesia, a los hombres y mujeres
de este mundo.
Dame valentía para aceptar tu llamado, para decirte
siempre que sí, para correr todos los riesgos con tal de ganar almas para el
cielo.
Dame la gracia de perseverar hasta el final y de
serte fiel incluso en el pensamiento.
Y al leer tu Palabra vuelvo a encontrarme con el
tema de la humildad.
Sufro por no ser humilde, y cada día intento serlo
más, para poder servirte mejor.
Porque Tú, Señor, rechazas el corazón soberbio.
Lo que el Señor me pide mejorar
Señor, me pides preparar mi corazón y mi humanidad
para la misión que me confías.
Me pides mejorar mi manera de ser.
Me pides escuchar más y hablar menos.
Me pides fijarme más en los demás que en mí mismo.
Me pides ser generoso, disponible y siempre
dispuesto al servicio.
Aunque el trabajador tiene derecho a su salario, Tú
me llamas a hacerlo todo por amor, sin esperar recompensas.
Porque primero es el Reino de Dios y su justicia.
Tú me pides generosidad total, y yo te suplico
valentía y pureza de intención para vivir así.
También me pides mejorar en mi modo de ser, para
comportarme como un verdadero hijo tuyo y llevar con dignidad el nombre de
cristiano.
Que mi vida sea imagen y reflejo del Dios que me ha
creado y me ha llamado.
Y de toda esta meditación, como diría el padre
Henry de la Inmaculada, Siervo del Hogar de la Madre: tres palabras, solo
tres palabras: humildad, humildad y humildad. Amén.
Quinta charla: El corazón de padre y servidor
fiel
La figura que encarna esta paternidad y este
servicio es el casto san José, patrono de la Iglesia universal y patrono
de los seminarios.
Los Evangelios no recogen ni una sola palabra de
san José. No era un hombre famoso, no buscaba impactar ni hacerse notar. Su
grandeza estuvo precisamente en su silencio, en su fidelidad y en su servicio
oculto.
El sacerdote, como san José, está llamado a generar
y regenerar la vida cada día, porque verdaderamente padre es aquel que se
hace cargo de la vida que nace. Todo el que se hace responsable de la vida del
otro ejerce una paternidad respecto de él.
El mundo necesita padres, no amos.
Dios me está formando como padre, no como amo, ni
como dueño, ni como señor tirano o autoritario. Un padre es un modelo a imitar.
San José es el icono ejemplar de la acogida de los
proyectos de Dios: una acogida activa, sin renuncias ni rendiciones. En él no
hay resignación pasiva, sino protagonismo valiente y fuerte.
El Señor quiere formar el corazón de aquellos a
quienes ha llamado. Dios quiere formar mi corazón para que sea capaz de amar
con el mismo amor con que Él amó a su pueblo.
San José es el hombre con vocación de servicio.
Solo cuando un amor es casto es un verdadero amor, recuerda el papa Francisco.
De esta manera, el celibato sacerdotal es una entrega generosa a un amor
incluyente, en cuyo corazón caben todos, un amor que sirve a todos y no excluye
a nadie.
El centro de la vida de José fue Jesús y María.
Por eso yo quiero ser otro José, porque quiero vivir y morir amando a Jesús y a
María.
Meditación de la Palabra
Mateo 11, 25–30
Lo que dice el texto bíblico en sí
En estos versículos aparecen dos temáticas
claramente marcadas.
La primera, en los versículos 25 al 27, muestra a
Jesús alabando al Padre porque ha revelado el Evangelio a los sencillos, es
decir, a los pobres. Jesús declara que el Padre le ha entregado todo y que solo
el Hijo conoce verdaderamente al Padre, y que al Padre se llega a través del
Hijo, nuestro Señor Jesucristo, como tantas veces escuchamos al final de las
oraciones de la misa.
La segunda parte, en los versículos 28 al 30,
presenta a Jesús como maestro bondadoso. Él invita a todos los que están
cansados y agobiados a acudir a Él para encontrar descanso.
Jesús invita a tomar su yugo, es decir, su ley, y a
aprender de Él, constituyéndose así como maestro. Él es manso y humilde de
corazón, es decir, pobre.
El yugo del Señor es suave y ligero. Su ley, lejos
de ser una carga insoportable, da alegría y descanso al alma.
Lo que me dice el texto bíblico
En primer lugar, este texto refuerza la conciencia
de que el Evangelio no es cosa de sabios y entendidos según los criterios del
mundo. No es para quienes se creen poderosos, sino para los sencillos y los
pobres.
Así se cumple la profecía de Isaías: “El Señor
me ha enviado para anunciar la buena nueva a los pobres”.
Jesús revela también que al Padre se llega a través
de Él, que es el único mediador entre Dios y los hombres: verdadero Dios y
verdadero hombre.
Me gusta detenerme a meditar cada vez que en la
misa escucho la conclusión de muchas oraciones colectas: “Por nuestro Señor
Jesucristo, tu Hijo, que contigo vive y reina en la unidad del Espíritu Santo y
es Dios por los siglos de los siglos”, porque la oración se eleva al Padre
por medio del Hijo.
Recuerdo también una ocasión en la que oré con unos
misioneros mormones. Aunque no comparten plenamente nuestra fe cristiana, me
llamó la atención que terminaran su oración diciendo:
“Padre, todo esto te lo pedimos en el nombre de Jesús, tu Hijo”.
La invitación de Jesús es hermosa: es una llamada a
la paz, a la serenidad y al descanso. En Él encontramos alivio porque su yugo
es llevadero.
Su propuesta de vida es posible, aunque sea
exigente, porque el amor todo lo puede y todo lo perdona.
La mansedumbre y la humildad de corazón de Jesús,
que pueden entenderse como su pobreza radical, son el ejemplo que Él mismo
propone para que aprendamos de Él.
Solo Jesús puede decir con autoridad: “Aprendan de
mí”, “Síganme”, “Sean como yo”. Esto solo puede hacerlo Dios. Y Jesús es Dios y
hombre verdadero.
La libertad, la alegría y la paz de Jesús están en
su pobreza.
De este modo, las dos partes del texto tienen la pobreza
como centro y fundamento: primero, porque el Evangelio se revela a los
pobres; y segundo, porque Jesús, pobre y humilde, nos invita a ser como Él.
Lo que yo le digo al Señor en respuesta a su
Palabra
Señor, me has mirado a los ojos y, sonriendo, has
dicho mi nombre, como canta la piedad popular. Eso creo y eso espero.
Espero también ser sencillo y pobre para que tu
Evangelio cale profundamente en mí. Porque si me lleno de cosas, ya no habrá
espacio para Dios.
Ojalá esté lleno solo de Dios.
En mi devoción a tu Sacratísimo Corazón, me detengo
muchas veces a repetir aquella jaculatoria tan piadosa y tan bíblica:
“Jesús, manso y humilde de corazón, haz mi
corazón semejante al tuyo”.
Eso es lo que espero y lo que repito cada día: que
mi corazón se configure cada vez más con el tuyo, Señor.
Que sea un corazón sencillo para acoger a los
sencillos,
y un corazón manso del que broten solo sentimientos buenos, traducidos en obras
concretas de amor hacia los demás.
Señor, quiero ser manso y pobre como tú. Quiero
dejarme conducir por ti a donde quieras llevarme.
No quiero tener planes propios: solo deseo aquello
que tú pongas en mi corazón. Amén.
Lo que el Señor me pide mejorar
Qué alegría sentirme interpelado por la Palabra de
Dios. Ella es como una espada de doble filo que atraviesa mi alma, que me mueve
por dentro y me invita a levantarme y seguir adelante.
Señor, me pides mejorar muchas cosas. Con esta
meditación siembras en mi corazón el deseo de parecerme cada vez más a ti.
Me invitas a dejar de lado mis pensamientos
limitados y a hacer espacio para que tu voluntad se realice en mí.
Me pides un corazón como el tuyo.
Me pides ir a ti, descansar en ti y permanecer
atento a tus enseñanzas.
Me pides dedicar más tiempo a tu presencia,
estar más de rodillas en silencio que de pie hablando.
Eso es lo que me pides, y eso es lo que quiero
darte.
Dame la gracia de darte lo que me pides, y pídeme
lo que quieras. Amén.
Quinta charla, segunda parte: la atención a
los pobres y enfermos
El Evangelio de Marcos es abundante en citas que
manifiestan la actitud de Jesús hacia los pobres. Por ellos vino, a ellos
dedicó más tiempo y ellos fueron su prioridad pastoral. Jesús busca erradicar
el mal al acercarse a los pobres y, movido por la misericordia, soluciona sus
problemas.
Jesús mismo encargó a los apóstoles sanar a los
enfermos y atender a los pobres; esto es parte esencial de la misión. A Jesús
le interesa sanar el cuerpo y también el alma, pues la liberación que trae es
integral.
Si a todo cristiano se le pide favorecer a los
pobres, mayor aún es la prioridad que deben dar a esto los presbíteros, pues
ellos encarnan a Cristo, que fue el primero en optar preferencialmente por los
pobres. De la manera en que actúe y se comporte un sacerdote en relación con
los pobres, así lo hará también su comunidad parroquial, pues él enseña y
señala con su ejemplo las prioridades de su ministerio.
El sacerdote está llamado a poner en práctica todas
las iniciativas en favor de los pobres y de los enfermos. Las parroquias han de
convertirse en verdaderos oasis donde puedan acudir los más necesitados y
recibir consuelo y lo necesario para seguir adelante. No se puede concebir un
sacerdocio íntegro y santo si no se dedica tiempo a la visita de los enfermos.
Meditación de la Palabra: Marcos 1, 40-45
Lo que dice el texto bíblico en sí
Curación de un leproso. Jesús, caminando y
predicando por los pueblos y aldeas de Galilea, es encontrado por un leproso
que, de rodillas, le pide su sanación. Jesús, compadecido, lo toca y lo cura.
Luego lo despide prohibiéndole hablar del hecho, indicándole únicamente que se
presente ante el sacerdote y ofrezca lo prescrito por la Ley.
Sin embargo, el hombre no obedece y proclama
entusiasmado aquel milagro. Como consecuencia, Jesús ya no puede entrar
abiertamente en los pueblos, sino que permanece en lugares solitarios, aunque
de todas partes acudían a él.
Lo que me dice el texto bíblico
Jesús es un profeta itinerante: no se queda quieto,
sino que va de pueblo en pueblo predicando, sanando, haciendo milagros y
enseñando constantemente.
El leproso representa a todo aquel que necesita de
Dios, que carga con un estigma ante la sociedad, que es marginado, pobre,
desechado y tenido por menos. Él reconoce su mal y pide con humildad a Jesús la
sanación. Sus palabras no son altivas, sino sugerentes, como buscando despertar
la compasión del Señor: “Si quieres, puedes curarme”. Manifiesta su
deseo, pero se abandona a la voluntad de Dios.
Jesús, lleno de compasión, no se limita a
pronunciar unas palabras: alarga la mano, lo toca y lo sana, manifestando su
voluntad: “Quiero, queda limpio”. El milagro es inmediato.
Jesús sabe que, si se difunde la noticia, muchos
enfermos vendrán a él. Por eso, por un lado, ordena guardar silencio, pero por
otro quiere que el hecho sirva de testimonio ante el sacerdote. Aquella
prohibición revela también la tensión que provoca la irrupción del Reino de
Dios.
El leproso, movido por un gran entusiasmo y
consciente de lo que le ha sucedido, no puede callar y proclama la buena
noticia por todas partes. Es imposible encontrarse con Jesús y no anunciarlo;
es imposible recibir un milagro de Dios y no dar testimonio.
El leproso se convierte así en uno de los primeros
evangelizadores. Él experimentó en carne propia la grandeza de Dios y la opción
preferencial de Jesús por los pobres y los enfermos. Jesús, por su parte,
continúa su ministerio desde lugares apartados, en las afueras de los poblados,
a donde acuden aquellos que realmente desean conocerlo y estar con él.
Lo que yo le digo al Señor en respuesta a su
Palabra
Señor, como el leproso yo también necesito de ti. Sáname,
si quieres, y quedaré limpio para proclamar tu misericordia.
Pero tú, Señor, como al leproso, ya me has tocado
el alma y me has sanado de todo mal. Por eso te doy gracias y quiero
proclamarlo con valentía.
También yo quiero sanar la lepra de los marginados
de este mundo. Quiero extender mi mano para ayudar a todo aquel que me
necesite, sin asco, sin temor, con prontitud y compasión.
Señor, que yo obre los milagros que tú deseas.
Amén.
Lo que el Señor me pide mejorar
Señor, me pides más compasión y atención hacia los
que sufren.
Me pides extender mi mano al necesitado. Me pides mayor empatía con todos, sin
dejarme llevar por prejuicios o suposiciones.
Me pides pureza en la mirada y prontitud en el
actuar. Me pides valentía y audacia para hacer el bien. Me pides querer siempre
el bien de los demás y procurarlo por todos los medios.
Me pides desafiar lo políticamente correcto cuando
se trata de obrar la caridad. Amén.
Meditación de la Palabra: Marcos 12, 41-44
Lo que dice el texto bíblico en sí
Jesús está sentado frente al arca del Templo, donde
se recibían las ofrendas, y observa cómo la gente deposita sus monedas en el
cepillo. Muchos ricos echaban grandes cantidades, pero era de lo que les
sobraba.
En cambio, una viuda pobre echó dos moneditas, las
de más bajo valor, que representaban todo lo que tenía para vivir. Jesús alaba
su gesto y afirma que ella ha dado más que todos los demás.
Lo que me dice el texto bíblico
El tema de la ofrenda es profundamente bíblico y
cristiano. En este tiempo de Cuaresma se nos recuerda especialmente la práctica
del ayuno, la oración y la limosna.
La viuda pobre quiere también colaborar con Dios y
deja sus pequeñas monedas en el tesoro del Templo. Jesús observa que muchos
ricos dan mucho, pero dan mal, porque entregan solo lo que les sobra. Dan por
obligación, o para ser vistos, pero no de corazón.
Si los ricos dieran de corazón, la historia sería
distinta.
La viuda, en cambio, es mujer, pobre, vulnerable,
sin protección; y aun así lo da todo. Su generosidad es inmensa. Confía en la
providencia divina, se abandona en las manos de Dios y vive de fe, esperanza y
caridad.
La viuda posee una gran riqueza espiritual,
mientras que los ricos revelan una profunda pobreza de alma.
Lo que yo le digo al Señor en respuesta a su
Palabra
Señor, no soy rico, pero a veces busco riquezas.
No tengo nada, pero a veces intento llenarme de cosas tal vez innecesarias.
Tampoco soy una viuda pobre, pues tengo mis
seguridades: mi familia, mi Iglesia particular, mis amistades. Ellos me
sostienen en las necesidades materiales.
Pero, como esa viuda, quiero confiar plenamente en
ti.
Quiero darlo todo, darme por entero.
Sin fijarme en cuánto dan los demás, quiero ser el
primero en ofrendar mi vida por tu Reino, por la edificación de la Iglesia y
por la salvación de las almas.
Lo que el Señor me pide mejorar
El Señor me pide revisar mi mezquindad a la hora de
dar.
Me pide reconocer y admirar la grandeza de las cosas pequeñas.
Me pide no menospreciar a los demás, por más
pequeños que parezcan.
Me pide estar atento a lo que otros hacen por construir un mundo mejor.
Y así me invita a involucrarme con valentía en todo
lo que se refiere a la caridad pastoral. Amén.
Quinta charla, tercera parte: la prioridad de
la familia y los jóvenes
El sacerdote procura, en su ministerio pastoral, la
evangelización de la familia. Esto se realiza a través del discernimiento de la
vocación conyugal, el acompañamiento y sostenimiento de las familias, la ayuda
en la educación de los hijos, la atención a las personas divorciadas, el
acompañamiento de los solteros y de los viudos, así como el cuidado pastoral de
las personas con tendencia homosexual.
De igual manera, el tiempo dedicado a la pastoral
juvenil y vocacional es muy valioso, pues permite tener presencia en medio de
los jóvenes mediante la asesoría pastoral, el acompañamiento y la dirección
espiritual. También es importante la celebración de la liturgia con los jóvenes
y el impulso de la pastoral vocacional.
Meditación de la Palabra: Colosenses 3, 12-21
Lo que dice el texto bíblico en sí
San Pablo exhorta a los creyentes a vivir como
elegidos de Dios, revestidos de virtudes como la misericordia, la bondad, la
humildad, la mansedumbre y la paciencia, dando una clara preeminencia al perdón
mutuo.
El amor aparece como el vínculo perfecto, el broche
de la perfección, y se invita a que la paz de Cristo reine en los corazones,
acompañada de una profunda actitud de gratitud. Asimismo, se exhorta a que la
Palabra de Cristo habite abundantemente en los creyentes, manifestándose en
salmos, himnos y cantos espirituales, haciendo todo en el nombre del Señor.
Finalmente, el Apóstol introduce una serie de
preceptos particulares de moral familiar. Comienza con las mujeres, a quienes
pide estar sujetas a sus maridos; luego se dirige a los maridos, exhortándolos
a amar a sus mujeres y a no tratarlas con aspereza. Por último, pide a los
hijos obedecer a sus padres y exhorta a los padres a no exasperar a sus hijos.
Lo que me dice el texto bíblico
Como se mencionó en la charla, la atención pastoral
que los sacerdotes deben prestar a las familias y a los jóvenes es de vital
importancia para que la Iglesia crezca y se desarrolle conforme al querer de
Dios.
Por eso san Pablo ofrece con detenimiento una serie
de consejos que, si fueran vividos en los ambientes familiares y sociales,
evitarían muchos conflictos y divisiones entre nosotros.
La gratitud hacia Dios me parece crucial para que
el alma se llene de un santo temor que la lleve a responder con generosidad por
los bienes que gratuitamente ha recibido del Padre celestial.
Cuando el texto afirma que el amor es el broche de
la perfección, recuerdo mi época en el seminario menor, donde se nos inculcaba
que la virtud reina de la casa era la caridad, porque “Ubi caritas et amor,
Deus ibi est” —donde hay caridad y amor, allí está Dios—.
Finalmente, en el ámbito familiar todos tienen
compromisos que cumplir: el esposo con su esposa, la esposa con su esposo, los
padres con los hijos y los hijos con los padres. La familia no está formada
solo por los adultos, sino también por los hijos, quienes igualmente
contribuyen a modelarla. De este modo, todos, pequeños y grandes, tenemos
responsabilidades, y en nuestras manos está la serenidad y la buena convivencia
de nuestras familias.
Lo que yo le digo al Señor en respuesta a su
Palabra
Señor, haz que valore cada vez más el don de la
familia.
Que cada vez que tenga la oportunidad pueda aprender del ambiente familiar,
para así poder aconsejar mejor en el futuro.
Que predique siempre el valor de la familia, que
aprecie los matrimonios y que procure orientar a las jóvenes parejas hacia la
bendición del sacramento del matrimonio, que es un sacramento de servicio y
constituye la célula fundamental de la sociedad.
Lo que el Señor me pide mejorar
El Señor me pide un convencimiento más profundo de
que a Dios también se le encuentra en los ambientes familiares: en el amor
conyugal, en medio de los jóvenes, de los niños, de los solteros y de todo
aquel que necesita cercanía y acompañamiento.
Que en mi corazón sacerdotal en formación haya
siempre espacio para la familia, para amar y comprender mejor esta vocación
divina, la más común de todas, la base de la Iglesia y la célula de la
sociedad. Amén.
Sexta charla: el cuidado de las personas
consagradas
El sacerdote diocesano debe preocuparse por la vida
religiosa en la Iglesia, procurando un profundo respeto hacia las personas
consagradas. Esto implica también el cuidado de las vocaciones religiosas, la
disponibilidad para el sacramento de la reconciliación, la dirección o
acompañamiento espiritual y la atención pastoral de las comunidades religiosas.
Para ello, es necesario conocer los distintos
ámbitos de la vida consagrada: la vida apostólica o activa, la vida
contemplativa, la consagración secular y la consagración virginal.
De todos ellos el sacerdote está llamado a ser
padre y pastor, acogiéndolos, comprendiéndolos y atendiéndolos con especial
solicitud.
Meditación de la Palabra: Colosenses 1, 24 –
2, 5
Lo que dice el texto bíblico en sí
San Pablo expresa su alegría por los sufrimientos
que padece por el bien de la Iglesia, pues afirma que completa en su carne lo
que falta a los padecimientos de Cristo por su Cuerpo, que es la Iglesia. El
Apóstol se presenta como servidor de este misterio, que durante siglos estuvo
oculto y ahora ha sido revelado a los santos: Cristo en medio de ustedes,
esperanza de la gloria.
Pablo anuncia, amonesta y enseña a todos para
presentarlos perfectos en Cristo. Por esta misión trabaja y lucha con la fuerza
que Dios le concede.
Seguidamente manifiesta su preocupación pastoral
por las comunidades, aun por aquellas que no lo han visto personalmente,
deseando que sus corazones sean consolados y que permanezcan unidos en el amor,
alcanzando la riqueza de la plena comprensión del misterio de Dios, que es
Cristo. En él están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del
conocimiento. Finalmente, exhorta a los creyentes a mantenerse firmes en
Cristo, viviendo ordenadamente y perseverando en la fe.
Lo que me dice el texto bíblico
San Pablo muestra un profundo amor por la Iglesia,
hasta el punto de alegrarse por sufrir por ella. Esto me recuerda que el
servicio en la Iglesia no es solo una tarea, sino una entrega total de la vida.
El Apóstol habla del misterio de Cristo que habita
en medio de nosotros. Esa presencia es la esperanza de la gloria, el fundamento
de toda vocación y de todo apostolado. La vida consagrada existe precisamente
para recordar al mundo que Cristo es el centro y que vale la pena entregarle la
vida entera.
También me llama la atención la preocupación
pastoral de san Pablo por las comunidades, incluso por aquellas que no conoce
directamente. Esto me enseña que el amor pastoral no se limita a un círculo
pequeño, sino que se abre a toda la Iglesia.
Por eso, el sacerdote está llamado a amar también a
las personas consagradas, acompañarlas, alentarlas y sostenerlas en su misión,
reconociendo que ellas, con su vida entregada a Dios, son un signo vivo del
Reino de los Cielos.
Lo que yo le digo al Señor en respuesta a su
Palabra
Señor, gracias por el don de la vida consagrada en
tu Iglesia. Gracias por tantos hombres y mujeres que han entregado su vida por
amor a ti y al servicio de los demás.
Haz que yo sepa valorar profundamente su vocación y
que, cuando llegue el momento, pueda acompañarlos como un verdadero padre y
pastor. Dame un corazón abierto para escuchar, comprender y sostener a quienes
han consagrado su vida a ti.
Que nunca mire con indiferencia o distancia a las
personas consagradas, sino que sepa reconocer en ellas un testimonio vivo de tu
presencia en el mundo.
Lo que el Señor me pide mejorar
El Señor me pide crecer en el amor a la Iglesia y
en el respeto hacia todas las vocaciones que existen en ella.
Me pide aprender a valorar la vida consagrada,
comprender su misión y acompañar con delicadeza y prudencia a quienes viven
esta vocación. También me pide cultivar un corazón pastoral más amplio, capaz
de alegrarse por el bien que otros hacen en su nombre.
Me pide, además, estar dispuesto a ofrecer mi vida
por la Iglesia, incluso en el sacrificio y en las dificultades, recordando
siempre que Cristo es el centro de todo y que en él están escondidos todos los
tesoros de la sabiduría y del conocimiento. Amén.