DESDE EL CONVENTO DE OCOPA
Pedro Andrés: Padre, nosotros
estamos en el Perú. Yo soy venezolano y le he escrito varias veces desde hace
años, desde que comencé el seminario, allá por 2013. Usted siempre me ha
respondido, y por eso lo primero que quiero hacer es agradecerle.
Padre Fortea: Bueno, no siempre
podré contestar, porque realmente hay tantas cosas que a veces no puedo
responder a todos. Pero no te lo tomes como que me he enfadado o que ya no te
responde por alguna razón. Simplemente, muchas veces no puedo contestar todos
los mensajes. Sin embargo, el tema de los diáconos me pareció que merecía hacer
un esfuerzo.
Pedro Andrés: Sí, padre. Por eso,
como lo he seguido bastante en su canal y también en su blog, sé que no
responde a todos. En ese sentido, permítame resaltar que a mí siempre me ha
respondido. Por eso estoy muy agradecido.
Padre Fortea: Vaya, pues puedes
considerarte afortunado. Algunas personas incluso se han enfadado un poquito por
la razón contraria. Yo hago lo que puedo.
Pedro Andrés: Sí, padre. Somos dos
seminaristas. Estoy aquí con mi compañero Juan Sixto; él es peruano y yo soy
venezolano. Ambos estamos en Ayacucho. Usted me comentó que tuvo compañeros en
Navarra que fueron a Ayacucho, sacerdotes o seminaristas.
Padre Fortea: Sí. Yo tuve varios
compañeros que fueron allí. Incluso le pregunté al rector si podía marcharme
como misionero. Pero el rector me dijo que no me veía para las misiones. Y se
acabó todo.
Pedro Andrés: Sí. Imagínate, los
hubiésemos tenido por aquí cerquita.
Padre Fortea: Sí, es verdad. Varios se
fueron a Ayacucho, incluso uno de mi curso. Cuando le pregunté al rector si
podía ser una posibilidad y si quizá Dios quería que fuera misionero, fue
cuando recibimos una visita del obispo de La Guaira, Venezuela.
Pedro Andrés: ¿Quién era el obispo
en ese entonces?
Padre Fortea: No recuerdo
exactamente. El apellido era Guruceaga. Francisco de Guruceaga Iturriza
Pedro Andrés: No lo conozco. De
repente fue algunos años atrás.
Padre Fortea: Estamos hablando de
1987 o 1988, aproximadamente.
Pedro Andrés: No habíamos nacido
todavía.
Padre Fortea: Muy bien, pues
adelante si tienes alguna duda o alguna cosa, yo sabré decir algo.
Pedro Andrés: Padre, gracias. Hemos
leído el librito sobre el diaconado y, durante estos días, también hemos estado
revisando otros folletos y documentos, entre ellos el documento de la Comisión
Teológica Internacional de 2002 que usted cita en su libro. Entendemos que
algunas de sus reflexiones parten precisamente de la lectura de ese documento. En
primer lugar, quisiera preguntarle de manera muy puntual: ¿a qué se compromete un diácono?
En nuestro caso, con el favor de Dios, pasaremos posteriormente al
presbiterado, porque somos seminaristas y recibiremos el diaconado transitorio.
Pero, concretamente, ¿a qué se compromete un diácono, tanto en las promesas
propias del rito como en el ejercicio del ministerio?
Padre Fortea: Bueno, uno se
compromete a lo que ya habéis firmado. Precisamente pedí que aquello que habéis
firmado lo meditaseis bien. Lo que habéis firmado significa que, desde ese
momento, estáis bajo la obediencia; estaréis incardinados en esa diócesis, estáis
encaminados al ministerio, sois clérigos y asumís la obligación de rezar el
Oficio Divino. Y, por último, está el compromiso de mantener el celibato. Ahora
bien, si un diácono en la etapa transitoria llega a la convicción de que no debe seguir
adelante con el sacerdocio, la dispensa se
concede con facilidad. Y, además, si un diácono permanente quisiera dejar el
camino hacia el presbiterado, se respetaría su vocación al diaconado. Hay cosas
curiosas. A cambio, la diócesis, desde el momento en que uno es diácono, ya se
compromete a mantenerlo. Es un compromiso laboral, y la remoción del puesto
sería un proceso distinto al de un seminarista. Si el obispo quiere que un
seminarista no siga, pues ya está. Pero un diácono no: ya es un clérigo de la
diócesis.
Pedro Andrés: Claro, padre. También
teníamos una duda con respecto a lo que puede hacer el diácono. Usted lo
explica bastante bien en el libro. Además, vimos un video de su canal de
YouTube en el que habló a los diáconos permanentes en México, y también lo
estuvimos revisando. Nuestra duda era la siguiente: si el diácono no es ungido
con el Santo Crisma, ¿cómo puede bautizar solemnemente? En ese caso, utilizaría
también el Santo Crisma y el óleo de los catecúmenos. Entonces, ¿cómo se
entiende esto?
Padre Fortea: Sí, realmente se
podría haber ungido a un diácono. No habría ningún problema. Incluso a los
laicos, en el sacramento del Bautismo, se les unge dos veces. No hay ningún
problema teológico. El diácono, al recibir el sacramento del Orden y, en ese
grado, realmente pasa a ser un ungido espiritual. No se puede decir que exista
una razón teológica para afirmar una cosa y negar la otra. Se ha decidido hacer
esa distinción entre la importancia del segundo y tercer grado respecto al
primero: que ellos sean ungidos. Pero no hay que darle más trascendencia al
hecho de que los diáconos no estén ungidos. Podría haber habido una unción para
cada grado. De hecho, el sacerdocio levítico en sí mismo es menor que el
sacerdocio del Nuevo Testamento, el sacerdocio de Cristo, y a los sacerdotes
levíticos sí se les ungía. Teológicamente, se concede más en el sacerdocio del
Nuevo Testamento que lo que recibían los sacerdotes cuando realizaban el ritual
que cuenta el Deuteronomio para simplemente servir en la tienda. En el fondo,
esa era una función muy diaconal: encender las velas, disponer el incienso,
poner los panes de la proposición... Son funciones que podríamos llamar
claramente diaconales.
El sacerdote propiamente dicho era el que iba
al altar de bronce y allí ofrecía lo que se había presentado, inmolaba. Esa era
una función sacerdotal, y el sumo sacerdote tenía además otras funciones, como
la unción.
En el fondo, las labores que realizaban los
distintos grados del orden levítico, salvo las funciones propiamente
sacerdotales que acabo de mencionar, eran funciones que podríamos llamar diaconales. Y eran
sacerdotes. Aunque, en sentido estricto, solo ejercían el sacerdocio los que
ofrecían la víctima en el altar. Pero también había una distribución de
funciones.
Pedro Andrés: Padre, en el caso del
diaconado, hemos visto en los materiales que, efectivamente, es sacramento y es
un grado del sacramento del Orden. Ahora bien, me parece que usted es muy
enfático en el libro y en sus reflexiones en que el diaconado es el primer grado del Orden.
No sé si hay otras perspectivas teológicas. Me parece que quizá el Catecismo o
alguna otra reflexión teológica habla del episcopado como primer grado y del
diaconado como tercer grado. ¿Es simplemente una variante para explicar cuál es
el primero y cuál es el tercero?
Padre Fortea: Terminológicamente
siempre se ha dicho que el primer grado es el diaconado, el segundo es el
presbiterado y el tercero es el episcopado. Porque «Grado» en latín significa
peldaño, como en una escalera. Por tanto, el diaconado sería el primer peldaño
que uno comienza a subir.
Pedro Andrés: Sí, padre. Y, con
respecto a lo del sacerdocio, hemos visto que el diácono participa del
sacramento del Orden, pero, como dice el Concilio Vaticano II, está ordenado al
ministerio y no al sacerdocio. Entonces, ¿ejerce algún tipo de sacerdocio el
diácono? ¿Solamente el sacerdocio común de los fieles?
Padre Fortea: Es verdad que ese
asunto, de forma natural, se ha prestado un poquito a que pudiera parecer que
se confundían las cosas. No me da apariencia, pero se prestaba a ello. No. El
diácono no tiene solamente el sacerdocio común de los fieles; ese lo tiene por
el Bautismo. El diácono tiene el primer
grado del sacerdocio de Cristo. No es simplemente una
preparación para el segundo grado. Es el primer grado, aunque para aquellos que
van a continuar hacia el presbiterado constituye también una preparación para
el segundo grado. Porque Cristo quiso darle tanta importancia al servicio. El
primer grado del sacerdocio sería precisamente ejercer esta función. En el
libro, si tenéis la última versión —creo que la subí—, explico que,
humanamente, nosotros podríamos haber organizado esto de otra manera: repartir
los sacramentos entre los tres grados. ¿Tenéis esa versión en la que digo esto?
Pedro Andrés: Sí, la tenemos.
Padre Fortea: Creo que esa fue una
añadidura que hice hace menos de un año. Humanamente, nosotros habríamos
organizado las cosas de esta manera: «Pues que el diácono haga estos
sacramentos; el presbítero, estos otros; y el obispo, estos». Pero no. Dios
tiene otra forma de distribuir las funciones porque quiere dejar claro un mensaje
de servicio.
Precisamente para poner de relieve el servicio es por lo que despoja, por así
decirlo, desnuda al primer grado de casi todo, dejándole muy pocas cosas.
Pedro Andrés: Padre, en el libro
usted menciona que su opinión es que Jesús mismo, el Señor, pudo haber pensado
en los tres grados del sacramento del Orden. Es decir, quizá Cristo no dio
instrucciones explícitas a los apóstoles sobre que existiría el diaconado con
ese nombre, pero usted considera que Jesús sí lo tuvo presente. Ahora bien, la
Comisión Teológica Internacional y, por lo que hemos leído, buena parte de los
teólogos sostienen que el diaconado habría sido una institución de la Iglesia
apostólica. Me parece que el presbiterado y el episcopado tendrían su origen
propiamente en Jesús y en los apóstoles, mientras que el diaconado habría sido
establecido posteriormente por la Iglesia.
Padre Fortea: Ese asunto, reconozco
que admite discusión. La Iglesia no ha dicho nada respecto de una cuestión tan,
tan precisa.Pero, aun sabiendo que la mayor parte de los teólogos actuales e
importantes consideran que el diaconado fue una institución de la Iglesia, yo
pienso que no fue así. Yo pienso que, desde el principio, Jesús debió mencionar
a los apóstoles que quería que hubiera tres grados. ¿Y por qué pienso eso?
Porque Jesús habló de muchísimas cosas, pero los sacramentos eran una realidad
muy importante, y mucho más todavía si hablamos del sacerdocio. Por eso, mi
opinión es que Jesús enseñó, aunque fuera de una forma muy breve, las
características esenciales de cada uno de los tres grados. Si no fuera así, si
los tres grados hubieran nacido simplemente de una disposición humana,
utilizando el poder de atar y desatar, nosotros no podríamos hacer algo tan
tremendo como establecer grados dentro de un sacramento. Porque los teólogos,
desde siempre, han dicho que el diaconado era el primer grado del sacramento del Orden,
no un paso previo, como ocurría con las órdenes menores. Entonces, claramente,
yo pienso que no. Los sacramentos fueron una disposición divina. Además, si
esto hubiera sido una disposición humana, con toda razón alguien podría decir:
«Si es humano, se han podido equivocar, aunque lo hayan aprobado con la
autoridad de Cristo». ¿A qué me refiero? A que alguien podría decir: «Hombre,
podrían haber instituido de otra manera el grado, o tal otra característica».
Es decir, entraríamos dentro de lo opinable y, en ese caso, tendrían razón. Si
Jesús no dijo nada al respecto y fue una decisión puramente humana, sería
discutible. El diaconado podría haber sido de otra manera. Podría haber habido
dos grados del Orden —presbiterado y episcopado— y que el diaconado fuera
simplemente una preparación previa. O podría haberse organizado de muchas otras
formas. Es decir, entraríamos ya en una gran cantidad de posibilidades para la
Iglesia. Yo creo que es mucho más sensato pensar que, al menos, el ADN de la Iglesia futura
ya contenía todo lo esencial de los sacramentos, incluyendo los tres grados del
sacramento del Orden. Y desde esta perspectiva mía, no cabe esa ordenación
femenina. Si la Iglesia lo aprobara, yo lo aceptaría totalmente, porque, si la
Iglesia aprueba algo, se puede hacer. Aunque yo afirmo que no se puede cambiar,
esa es mi opinión teológica. Si la Iglesia lo aprobara, yo lo aceptaría, claro
que sí. Desde el mismo momento de la aprobación, lo aceptaría. Pero tendría que
ser una aprobación oficial, no simplemente una opinión expresada en un sermón.
Pedro Andrés: Sí. Y ahí entra
también, padre, lo que señala la Comisión Teológica Internacional. Allí se
habla bastante de la historia del diaconado femenino, de Febe, en la Carta a
los Romanos, y de lo que fue posteriormente esta realidad. Creo que la
conclusión es que estas funciones fueron evolucionando hasta dar lugar a las
actuales religiosas, incluso a las abadesas, como una figura femenina de
servicio y también de autoridad.
Padre Fortea: Pero, evidentemente,
este punto puede ser discutido por muy buenos teólogos. Yo les reconozco el
derecho a discutirlo. A mí me convence más la tesis más «intervencionista» de
Jesús a este respecto.
Pedro Andrés: ¿Y eso qué significa?
Padre Fortea: Que Jesús intervino en
todo lo esencial de la Iglesia. En todo.
Pedro Andrés: Padre, con respecto al
diaconado, ¿es claro que el diácono forma parte de la jerarquía de la Iglesia?
Padre Fortea: Bueno, perdón. Eso se
decía en el Código que yo tenía en mis manos cuando era seminarista. Se decía
que el diácono formaba parte de la jerarquía y que cada uno participaba de
Cristo Cabeza, cada uno según su orden. Pero el papa Benedicto aprobó un cambio
en la formulación de los cánones a ese respecto. Allí se establece que Cristo
Cabeza corresponde solamente al presbiterado y al episcopado, mientras que los
diáconos están ordenados para servir.
Pedro Andrés: Entonces, ¿cómo
debemos entender esa diferencia?
Padre Fortea: Bueno, vamos a ver.
Ese tema no presenta ningún problema. No hay ningún problema. La primera
formulación no era heterodoxa; por eso estaba en el Código de Derecho Canónico.
No era heterodoxa. Había una forma católica de entenderla. Y la siguiente
afirmación que se hizo, yo afirmo que sí es verdadera, pero también hay una
forma de entenderla que no es contradictoria con la primera formulación. Si ya
los laicos tienen un grado de participación en el sacerdocio, aunque sea
cualitativamente distinto —no es la misma realidad: una es la realidad
sacramental del Bautismo y otra es la realidad sacramental del sacramento del
Orden—, los diáconos, por lo tanto, no están al mismo nivel que el sacerdote o
el obispo. Pero, si el laico es, en el sentido propio del sacerdocio común,
sacerdote, el diácono lo es en un sentido superior. Representa a Cristo de un
modo todavía más poderoso, más intenso. A pesar de lo anterior, los diáconos no
forman parte de la jerarquía en cuanto a Cristo Cabeza y están ordenados para
servir.
Pedro Andrés: Padre, cuando vemos
las funciones del diácono, queda claro este servicio en la Palabra, en la liturgia y en la caridad.
En el caso de la Palabra, el diácono predica. Entre sus facultades están la
proclamación del Evangelio y la predicación. ¿Esa predicación no sería, de
alguna manera, un acto propio de la jerarquía o de esa tríada de enseñar,
santificar y regir? ¿La predicación del diácono entra dentro de ese campo?
Padre Fortea: El diácono ejerce en
ese momento una función de Cristo. Es una función de Cristo, pero es una
función de un servidor al que se le da la palabra para enseñar. Eso es todo. Por
eso, propiamente hablando, no tiene derecho a predicar siempre. Si yo fuera el
párroco, habría dicho: «Vamos a predicar al 50 %», es decir, que el diácono
predicara la mitad de las veces, todos los días y en todas las fiestas, por
importantes que fueran. Pero otros párrocos pueden pensar que no debe predicar,
y ya está.
Pedro Andrés: es decir, el diácono
puede no predicar en una misa; no es que sea un derecho suyo hacerlo.
Padre Fortea: Si el diácono predica,
no lo decide él, sino el párroco o quien presida la celebración.
Pedro Andrés: Y en el caso de la
proclamación del Evangelio, si hay un diácono, ¿sí es un derecho suyo o también
es opcional?
Padre Fortea: ¿En qué caso?
Pedro Andrés: En el caso de la
proclamación del Evangelio durante la celebración eucarística.
Padre Fortea: Eso es obligatorio. Si
hay un diácono, tiene que hacerlo siempre.
Pedro Andrés: Correcto. Pero en la
predicación es diferente.
Padre Fortea: Sí. En la predicación
decide quien preside, porque quien preside es quien organiza la ceremonia. Por
tanto, si quien preside dice: «Voy a predicar yo», pues ya está.
Pedro Andrés: Padre, también de
acuerdo con esto, no sé cuál será la usanza en Europa. Acá en Latinoamérica
tampoco es muy común la presencia de diáconos permanentes. ¿El diácono ejerce
una cierta paternidad pastoral? ¿Se le llama «padre»? ¿Ejerce la cura de almas
como un sacerdote?
Padre Fortea: La cura de almas
implica muchas cosas: atender a las personas, ayudar a los pobres, hablar con
los fieles y resolver los problemas que puedan surgir en la parroquia. Lo que
pasa es que hacemos bien en ver al párroco como el padre y al diácono como el
hijo que ayuda al padre; como un hermano mayor que ayuda al padre. Yo creo que
esa visión es más adecuada. Ahora bien, en la práctica, claro que un diácono
puede ejercer una cierta paternidad espiritual. Normalmente no, porque quien
confiesa es el sacerdote, los feligreses están acostumbrados a su párroco de
toda la vida y el diácono va a estar solamente un tiempo determinado. Si un
sacerdote lleva muchos años en una parroquia, se convierte en párroco y, por
tanto, existe una paternidad. Pero un diácono transitorio que va a estar
solamente seis meses o un año en una parroquia poco podrá ejercer esa
paternidad, salvo en el ámbito de la caridad. En cambio, un diácono que llevara
muchos años en una parroquia, como puede suceder con un diácono permanente, sí
podría convertirse en un faro, en un referente, incluso en un padre espiritual.
Pero su labor, de por sí, es la de un hermano mayor que ayuda al padre en esa
familia. Después, en la práctica, uno puede convertirse en padre espiritual,
pero sigue siendo un hermano mayor que ayuda al único padre que hay en la
parroquia.
Pedro Andrés: En ese sentido, el
diácono debe mantener esa prudencia para no inmiscuirse en lo que sería propio
del párroco.
Padre Fortea: Además, en España —y
con toda la prudencia del mundo— basta decirlo: hay muchos párrocos que no
quieren diáconos. Y es verdad que, en todas partes del mundo, siempre se habla
de cierta rivalidad, de roces, de que el párroco no deja hacer nada al diácono.
Bueno, eso ha sido así desde hace muchos siglos y hay que aceptarlo. El diácono
tiene que someterse con bondad. Eso es todo. No hay que hacer un problema de
ello. Cuando llegue el momento de que tengáis una parroquia, no debería ser
así. No debería ser así, pero es así en muchísimas parroquias.
Pedro Andrés: Padre, ¿y usted ha
tenido diáconos durante su etapa como párroco?
Padre Fortea: Tuve un diácono
durante un año en el pueblo de al lado. El obispo me dijo que yo no me iba a
tener que ocupar más que de celebrar la misa los sábados y domingos y
administrar los sacramentos, porque de todo lo demás que no fueran los
sacramentos —bautizos y bodas incluidos— se iba a ocupar el diácono que vivía
allí y que sería ordenado como tal. Entonces, durante un año tuve un diácono.
La verdad es que él me ayudaba principalmente en su iglesia, donde ejercía
prácticamente como cabeza de la comunidad. Aunque formalmente era yo quien
figuraba como administrador parroquial, en la práctica no era así. En la
práctica lo llevaba todo, todo, todo aquel diácono. Es un ejemplo de cómo un
diácono puede ejercer una cierta paternidad, en este caso de una manera muy
particular.
Pedro Andrés: ¿El Código permite que
un diácono sea administrador parroquial?
Padre Fortea: Yo creo que no, que
tiene que ser un párroco. Pero, aunque a mí me nombró el obispo administrador
parroquial, me dijo: «Bueno, él se va a encargar de todo». Y, por tanto, así lo
respeté. El obispo quería que aquel diácono se encargara de todo y así lo hicimos.
Era un pueblecito de quinientos habitantes.
Pedro Andrés: Padre, ¿y su diaconado
cuánto duró? ¿Seis meses, un año?
Padre Fortea: Fue de poco más de
medio año. Y eso que yo amaba mucho el diaconado; no me hubiera importado
ejercerlo durante un año. Pero no: fue algo más de medio año, aunque no llegó a
ocho meses. Creo que fueron siete meses. Más allá de lo litúrgico, seguía
haciendo las funciones que realizaba durante los años de pastoral en aquel
lugar: organizar muchas cosas, ayudar en la liturgia, mantener el despacho y
muchísimas otras tareas, durante muchas horas y muchos días. Era una parroquia
que tenía más de cincuenta mil feligreses, muy grande para España. Entonces
seguí ejerciendo todo aquello, salvo el aspecto litúrgico propio de la misa. No
hubo grandes cambios.
Pedro Andrés: Bien, padre.
Muchísimas gracias por atendernos.
Padre Fortea: Si os he servido un
poquito para algo, me alegro. Que os vaya muy bien y que seáis muy santos.
Pedro Andrés: Padre, como nosotros
creemos, como usted, en el poder de la oración, por favor, rece por nosotros y
dénos su bendición. El miércoles 2 nos ordenamos diáconos en la Catedral de
Ayacucho. Además, el obispo de Ayacucho fue quien consagró obispo al papa León
XIV aquí, en el Perú.
Padre Fortea: Ah, vaya.
Pedro Andrés: Entonces, las manos
que hicieron obispo al actual Papa nos harán a nosotros diáconos. ¡Qué curioso!
Padre Fortea: Pues que seáis muy
felices en vuestra diaconía, primero, y después como sacerdotes. Un fuerte
abrazo.
Pedro Andrés: Gracias, padre. Muy
amable. Que esté muy bien.
Padre Fortea: Hasta luego.



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