domingo, 20 de septiembre de 2026

Reflexión de la parábola de los trabajadores de la viña.

DIOS LLAMA A TODOS

Queridos hermanos y hermanas:

En este domingo que nos regala el Señor, su Palabra propone para nosotros el mismo dilema que a los trabajadores de esta parábola: ciertamente, tratar de comprender cómo Dios, que es infinitamente bondadoso y misericordioso, propone en su infinita bondad y misericordia tratarnos por igual.

Ciertamente, la parábola que propone Jesús, la de los viñadores, quiere hacernos entender que Dios a todos nos llama.

Es muy común pensar que en la viña del Señor trabajan solo aquellos elegidos, escogidos. Incluso hay citas bíblicas que mueven a pensar esto. En el caso de la vocación sacerdotal o la vocación religiosa, solo unos pocos trabajan en la viña del Señor. Pero la parábola de hoy propone algo distinto y amplía mucho más este llamado de Dios.

Ciertamente, Dios a todos nos llama para que trabajemos en su viña, para que aportemos juntos y construyamos el Reino de justicia y de paz.

Sin embargo, Jesús propone en esta parábola unos espacios o unos tiempos en los que ha llamado a algunos y en los que ha llamado a otros. Dice que este dueño sale al amanecer, a media mañana, al mediodía, al caer la tarde y en la noche. Cinco veces sale a buscar trabajadores.

Y ese es Dios, que se preocupa por sus hijos y sale a nuestro encuentro.

En el salmo responsorial decíamos algo muy hermoso: «Cerca está el Señor de los que lo invocan». Y, en este sentido, nos invita a nosotros, sus hijos, a invocarle, a buscarle, porque cerca está el Señor de los que lo invocan.

Pero el Evangelio quiere completar esta idea y hacernos entender que, antes de que nosotros tengamos alguna iniciativa de buscar a Dios, es el mismo Dios el que viene a nuestro encuentro. Es Dios el que sale, a lo largo de nuestra vida, en la mañana, al mediodía o en la noche, a buscarnos, a contratarnos, a llamarnos, a pedirnos que trabajemos en su viña, que construyamos su Reino.

Esto es un motivo de profunda esperanza, porque en este mundo existen muchas personas que tal vez viven desorientadas, sin saber el porqué de su existencia, o tal vez, en lo que hacen, se sienten insatisfechas.

Hace falta Dios. Hace falta escuchar y ser conscientes de este maravilloso llamado de Dios para trabajar.

Y eso de que unos son llamados en la mañana y otros en la tarde quiere significar ciertamente aquella disponibilidad que podemos tener en nuestra vida para dedicarle al Señor. Algunos toda su vida, todo su tiempo; otros, en espacios menores, porque ciertamente se dedicarán a otras cuestiones: el trabajo, la familia o aquello que quieran desempeñar en la sociedad.

Pero lo cierto es que todos somos necesarios para Dios. Todos somos necesarios y todos recibimos este hermoso llamado a trabajar, a trabajar por la viña del Señor.

Y es el dilema que también nos recuerda la lectura de san Pablo a los Filipenses.

San Pablo se sentía llamado por Dios. Esto es algo indiscutible, pero también quería ya vivir con Cristo. Por eso pensaba que la muerte para él era una ganancia. Y se debatía entonces entre desear su muerte y estar ya con Cristo en la gloria, o quedarse acá, en este mundo, trabajando por el bien de los cristianos.

Utiliza también esta expresión: el trabajar, el hacer.

Y por último concluye el Apóstol que ciertamente es más provechoso, es más necesario, quedarse, evangelizar, ayudar a sus hermanos, conducirlos a Dios a través de ese hermoso apostolado de la evangelización.

San Pablo elige entonces trabajar y, en ese sentido, está respondiendo al llamado de Dios.

«Ven a trabajar a mi viña».

Al igual nosotros, queridos hermanos, cuando somos conscientes de este llamado, no podemos quedarnos de brazos cruzados. No podemos permitir una vida cristiana quieta, como si no tuviésemos nada que hacer o como si Dios no nos hubiese llamado.

No. Por el contrario, el cristiano, cuando es consciente de su llamado desde el bautismo, o desde cualquier momento de la vida en el que el Señor le haga consciente de esto, debe salir a trabajar, construir ese mundo de justicia y de paz y, por sobre todo, de misericordia, que es lo que expresa finalmente en la parábola aquel dueño de la viña.

Al final, cuando encaraba a alguno de los trabajadores que le reprochaba esa bondad, decía: «¿Acaso no puedo ser yo bueno con lo mío?».

Y esas son las palabras de Dios, que a todos nos ama, que a todos nos quiere y que apuesta por la salvación de todos.

Es por eso, queridos hermanos, que en nuestra vida cristiana, en nuestras comunidades cristianas, no deberíamos sentir ningún tipo de recelo o de envidia por aquellos que se suman a la vida de la fe luego de haber vivido de cualquier manera o, digamos, de una manera no cristiana.

Y a veces es muy sencillo verlo y juzgarlo. Aquel o aquella que ha pasado tantos años lejos de la Iglesia y ahora, ya en la ancianidad o en la madurez, quiere venir y hacer lo que no ha hecho desde la juventud.

Pues el Evangelio es claro en esto: Dios a todos nos quiere llamar. A uno habrá llamado en la juventud, a otro en la adultez, a otro en la ancianidad. Pero ese llamado de Dios tiene la misma recompensa para todos: el Reino de los cielos.

Y más misteriosas son aún aquellas palabras con las que concluye la parábola y el Evangelio de hoy: «Los últimos serán los primeros y los primeros serán los últimos».

Allí es donde el sentido de justicia, la justicia humana, digamos, sale más a flor de piel. ¿Cómo es posible que Dios opte primero por aquellos que han llegado más tarde a trabajar y que los que tal vez han llegado más temprano queden al final?

La bondad de Dios, la misericordia de Dios, es ese gran misterio al que el corazón humano debe abrirse para comprender cuánto es su amor por nosotros.

En definitiva, todos estamos llamados a gozar de Dios en el cielo, pero ese gozo en el cielo pasa necesariamente por un trabajo fructífero acá en la tierra.

Nunca es tarde para responder al llamado del Señor. Nunca es tarde para seguirlo.

Sintamos entonces, en este domingo, este hermoso llamado. El Señor nos invita, el Señor sale a nuestro encuentro y quiere que trabajemos por su viña.

El cristiano comprometido con esta vocación no se queda de brazos cruzados y hace todo lo posible por llevar a sus hermanos a la fe y por vivir él mismo una fe auténtica, con la ayuda de Dios, con la fortaleza de Dios.

En todo esto, queridos hermanos y hermanas, nos ayuda la maternal protección de María Santísima, nuestra buena Madre.

Ella fue llamada desde muy jovencita a ser la Madre del Señor y trabajó toda su vida. Desde el pesebre de Belén hasta la cruz en el Calvario, María trabajó por el Reino de los cielos junto a su Hijo.

Como ella, también nosotros, fortalecidos por su protección y por su maternal amor, vayamos al encuentro de los hermanos y trabajemos por este mundo que tanto necesita de cristianos comprometidos con la vida, con la justicia, con la misericordia y con la paz.

Que así sea.

domingo, 6 de septiembre de 2026

Homilía sobre la corrección fraterna

DIOS CORRIGE PORQUE AMA

Queridos hermanos, con la venia del padre William, que me ha pedido compartir con ustedes esta reflexión de la Palabra de Dios.

Veámonos, queridos hermanos, profundamente amados por Dios cuando nos corrige.

Y es que, ciertamente, la corrección fraterna, que es de lo que tratan las lecturas del día de hoy, nace de un corazón que sabe amar.

Nosotros decimos en nuestra vida: «El Señor me pone a prueba, el Señor endereza mi camino, el Señor me corrige en aquello en lo que he fallado, en aquello en lo que pueda estar faltando».

Esa corrección, queridos hermanos y hermanas, proviene del amor misericordioso de Dios, del amor de Dios que ama a sus hijos, porque ciertamente el que ama corrige.

Ahora bien, Jesús, en el Evangelio de hoy, que escuchamos de san Mateo, nos propone como una pequeña metodología para poder corregir al hermano que se equivoca y para no equivocarnos tampoco nosotros en esa corrección.

Y, en primer lugar, es hablar a solas o dialogar, ciertamente, con aquel que vemos que está fallando o nos está haciendo algún tipo de daño.

Ese diálogo es la clave para que la corrección sea cristiana, para que la corrección provenga realmente de un amor nuestro hacia los demás.

Ese diálogo, sin duda alguna, no pretende humillar a nadie. No viene de una actitud de altivez o de soberbia, porque aquel que corrige se cree mejor que el otro que ha fallado.

No, de ninguna manera.

Sabemos que hoy se equivocan unos, mañana nos equivocamos otros. En esta vida cristiana es preciso tener la suficiente humildad para saber que, si yo corrijo hoy, mañana otro me corregirá a mí, porque en esto consiste la vida: en saber recibir la corrección también cuando nosotros nos equivocamos.

El diálogo, entonces, en primer lugar, para acercarnos a aquel que ha fallado: un diálogo sincero, un diálogo sereno que busque realmente el bien de los demás.

Por eso, en la primera lectura del Antiguo Testamento, ya el Señor Dios pone en la misión del profeta advertir, decir allí al malvado, podemos decir ahora, dialogar con el que se equivoca para que pueda corregir esa actitud.

«Si te hace caso», le dice Dios al profeta, «has salvado tu vida y la del hermano. Si no te hace caso, él pierde su vida, pero tú has salvado la tuya».

Es, entonces, un compromiso cristiano. Es una tarea que Dios nos pone a todos nosotros, como sacerdotes, profetas y reyes que somos desde el bautismo: el advertir, el dialogar, el corregir con misericordia a aquel que se equivoca.

Sin duda alguna, esto nos enseña que somos responsables unos de otros.

Ningún cristiano puede decir en este mundo que los demás hagan lo que quieran, con tal que yo cumpla la ley de Dios. Si dice esto, ya no está cumpliendo la ley de Dios, que nos pide ir al encuentro del que se equivoca y corregirle.

Ningún cristiano en este mundo, sin duda alguna, puede decir que está solo y que vive una relación con Dios directa y personal, y que los demás no me interesan.

No, nos equivocamos.

Somos responsables unos de otros desde el amor, desde la caridad.

Y es preciso, entonces, recordar aquella pregunta que hizo Dios en el Génesis a Caín: «¿Dónde está tu hermano?».

Y la respuesta de Caín, una vez que hubo asesinado a su hermano, fue: «¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano?».

Porque había cometido el mal contra Abel. Y resulta que sí, de algún modo somos custodios, somos guardianes unos de otros, porque si nos decimos hermanos es porque venimos de un mismo Padre celestial.

Y esa fraternidad y esa filiación divina es la que nos motiva a preocuparnos y a estar pendientes unos de otros.

Ahora bien, la mejor corrección, que sin duda alguna pasa por el diálogo y por la conversación con el hermano que se equivoca, la mejor corrección es, según la pedagogía de Dios, según como Cristo actuó.

Esto significa dando el ejemplo, porque no puedo yo pretender corregir a otro en lo que yo mismo me equivoco o incluso peor que los demás.

El testimonio, el ejemplo, la vida esforzada en el cumplimiento de los mandamientos de la ley de Dios por amor es la mejor corrección para todos aquellos que se equivocan.

Ese fue el ejemplo que nos dejó Cristo: enseñar con nuestra vida lo que está bien, dejarnos iluminar por la Palabra de Dios para actuar conforme a lo que ella nos invita y, de esa manera, ser testimonio para los demás.

Queridos hermanos y hermanas, tenemos ese gran compromiso, y Jesús nos lo dijo:

«Ustedes son la luz del mundo».

Una luz que ilumina, una luz que da ejemplo, una luz que corrige con misericordia, con caridad, desde el propio testimonio cristiano, para que así no nos convirtamos en aquello que estamos denunciando, para que no pequemos de igual manera en lo que queremos corregir, en lo que pretendemos nosotros aliviar en la comunidad.

Volviendo al Evangelio de hoy, de san Mateo, Jesús indica entonces, cómo no, en primer lugar, un diálogo personal con aquel que se equivoca. Luego, si no te escucha, llama a uno o a dos testigos. Y si finalmente no escucha a la comunidad, dice Jesús en el Evangelio que pueden parecernos palabras muy drásticas: «Considéralo como un pagano o como un publicano».

¿Qué significa esto? ¿Que hay que apartarlo de la comunidad? ¿Que hay que rechazarlo?

No, todo lo contrario.

Los primeros, los privilegiados en la obra de la misericordia de Dios, eran precisamente los pecadores, los publicanos, los paganos.

Si tu hermano no te escucha a la primera, a la segunda, a la tercera, según la reunión de la comunidad, no es la última: apartarlo y rechazarlo. Todo lo contrario: amarlo cada vez más, como Cristo amó y tuvo preferencia por los pobres, por los destruidos, por los pecadores, por los publicanos.

Este es el mensaje de Dios: la misericordia, siempre; el amor, siempre; la corrección cristiana desde la caridad, siempre; y, por sobre todas las cosas, el perdón.

Eso es lo que, sin duda alguna, nos va a garantizar una comunidad cristiana unida, fraterna, que camina junta, que se equivoca, pero que se levanta con el testimonio y con el ejemplo de los santos y de tantas personas que se esfuerzan por cumplir la voluntad de Dios.

San Pablo nos lo dice en la segunda lectura de hoy, en su carta a los Romanos, y se puede resumir en esta frase: ama y haz lo que quieras.

Los mandamientos de la ley de Dios, que son diez; las obras de misericordia espirituales y corporales, que son catorce; y tantas otras ideas que tenemos en nuestra fe para obrar y para demostrar nuestro cariño por Dios y por los demás, se resumen en esto: en el amor.

Por eso san Pablo indica: amar, cumplir la ley entera. Ama y haz lo que quieras. Ama y, de esa manera, corrige a los demás.

Y tengamos también nosotros la suficiente humildad para dejarnos corregir cuando nos equivocamos.

Como decíamos al principio: hoy se equivocan unos, mañana nos equivocamos otros.

Dice Jesús: «El que esté libre de pecado, que lance la primera piedra».

Nuestra fragilidad humana nos enseña a eso: a corregir con paciencia, con misericordia, y a dejarnos corregir también con humildad, con paciencia, porque también somos débiles y nos podemos equivocar.

Queridos hermanos y hermanas, que en todo esto nos ayude la Santísima Virgen María, esa mujer perfecta, esa mujer que no pecó y que entregó su vida a Dios como ejemplo para nosotros.

Como ella, seamos dóciles a la Palabra de Dios. Como ella, seamos humildes servidores unos de otros, para que esta comunidad cristiana se afiance en el amor, en la caridad, en la corrección fraterna.

Que así sea.

 

viernes, 4 de septiembre de 2026

Entrevista post ordenación diaconal

CÓDIGO VOCACIÓN

Bueno, ya me exhibiste, no hay problema. Es parte de esa experiencia maravillosa: el retiro espiritual de cinco días que tuvimos los dos en ese maravilloso lugar que es el convento de Ocopa. Fue un encontrarnos con nosotros mismos, cada uno en particular, y un encontrarnos con Dios. Y en ese caer en la conciencia de que estoy con Dios y de que Dios me ha traído hasta este lugar, hasta ese momento allí, previo a la ordenación, fue lo que me hizo mover por dentro, la verdad, el pensamiento, el corazón, y estuve a punto de romper en llanto, como usted lo indica.

Pero ese sería un llanto de alegría, de agradecimiento, porque, sin duda alguna, lo poníamos en común: no es de ninguna manera un logro personal, no es un mérito humano. No, nos equivocamos si pensamos que es así. Esto es obra de Dios. Esto es gracias a la misericordia del Señor, que es el que se fija en nosotros, pobres, con defectos, con dificultades, pero que pone no solo el llamado, sino también la gracia para responderle.

Y ahora que ya estamos ordenados diáconos, podemos decir, con el corazón agradecido, y el mío en particular con mucha confianza en el Señor, que este camino recorrido ha sido lo que Él ha querido. Y nuestra respuesta del día miércoles es el sí definitivo para consagrarnos a Él toda la vida. No solo un instante, no solo un momento, no solo ahora en el programa radial, sino toda la vida.

De modo que, de nosotros, los diáconos, pueden esperar un servicio constante, un servicio abnegado, que se inspira no en la fuerza humana y no en el talento humano, que a veces puede faltar, sino en la gracia y en la misericordia de Dios.

Bueno, también allí nos dio una charla bien interesante un tío sacerdote que tengo en Venezuela, jesuita, el padre Numa Molina. Él nos habló de este aspecto que parece configurar el servicio concreto del diácono. Y es que, cuando en los Hechos de los Apóstoles se da la imposición de las manos sobre los siete varones elegidos, están destinados a atender a las viudas, a los pobres, a los necesitados.

Entonces, el diaconado está en estrecha relación con el servicio de los pobres, de los que no tienen nada. Incluso los que estuvimos en la ordenación ciertamente nos dimos cuenta de que, en la oración consecratoria y en ese momento de la imposición de las manos, se menciona la relación que tiene el servicio diaconal con la atención a los pobres. Y eso fue lo que nos recalcó el padre Numa Molina, sacerdote jesuita venezolano.

Bueno, ahora mismo estoy recordando que, no sé si coincido con Sixto, pero cuando llegamos a Ocopa, digamos que nos costó un poquito desencajarnos de donde veníamos: la preparación, los ornamentos, las tarjetas, el seminario, el Código Vocación, tantas cosas, para centrarnos en el silencio interior y en el silencio también exterior, como gesto de preparación para recibir estas charlas.

Entonces, ese jueves en la tarde costó bastante. Incluso nos venía un sueño como para que nos quiten una costilla, ¿no? Prácticamente, algo inaudito. Pero esa era la lucha, esa era la batalla. Ya el día viernes fue distinto. Una vez que hemos descansado ahí en Ocopa, al día siguiente, el ambiente espiritual, las charlas y el material que llevamos para preparar, estudiar y reflexionar, pues fue más propicio.

Pero ese jueves en particular nos costó bastante encajar en lo que es el retiro, que lo hacen no solo los predicadores, sino nosotros, quienes nos preparábamos y a quienes nos interesaba más vivir un buen retiro.

La última charla que tuvimos fue la del padre rector, a quien le estamos muy agradecidos. Él nos explicó con detalle el tema del ritual de la ordenación, que no lo habíamos tocado en las charlas anteriores, pero era preciso. Y esa última charla nos situó en lo que iba a suceder días después.

Vinimos entonces con el padre Boulanger, buscamos los ornamentos que estaban todavía en la sastrería y, bueno, ese preparar el viaje para Ayacucho con nuestros hermanos también de cuarto de Teología, que nos acompañaron, y uno de tercero de Teología para vivir con nosotros ese momento, fue el situarnos y el decir: gracias a Dios, llegó, y llegó ese día.

El miércoles en la mañana estuvimos muy contentos. Rezamos unas Laudes muy piadosas previas a la ordenación, porque era pedir la fuerza para vivir el momento, para disfrutarlo, y creo que de esa manera lo hicimos.

Primera homilía diaconal

 EL VINO NUEVO DE LA ORDENACIÓN


Querido monseñor Luis Alberto; padre rector; padres formadores; hermano en el diaconado; hermanos todos:

La alegría que, sin duda alguna, sentimos en estos momentos, por la ordenación y, sobre todo, por compartir con ustedes esta respuesta vocacional, es una alegría que desearíamos contagiarles y que, de seguro, ustedes perciben; por eso nos acompañan.

Es una alegría que brota de un corazón agradecido.

Hace unas horas estábamos en el programa radial y allí, con las preguntas, ya nos preparaba monseñor para este momento, cuando nos indicó que debíamos compartir un poco nuestra experiencia personal, pero, por supuesto, dejándonos iluminar por la Palabra de Dios.

Y es que allí veíamos cómo todo es don y misericordia del Señor. Nada de esto podemos pensar que se trate de un mérito personal o de un logro.

Algunas de las personas que nos conocen podrán decir: «¡Qué bueno que ya se graduó! ¡Qué bueno que ya es profesional!». Pero no entienden en lo que estamos. Esto es totalmente una gracia, un regalo de Dios: el don de la vocación. Así se llama uno de los documentos de la formación.

Y por eso mi corazón está totalmente agradecido. El Señor confirma su llamada, no nos abandona. Y aquello que, cuando pequeños, era solo una ilusión o incluso un juego —cuando jugábamos a celebrar la misa—, pues ahora vemos que es una reafirmación del llamado de Dios.

El Señor nos ha elegido y, por pura bondad y por pura misericordia, a mi hermano Sixto y a mí nos ha entregado, el día miércoles 2 de septiembre, este hermoso compromiso del Orden Sacerdotal en su primer grado: el Orden de los Diáconos.

Por eso, yo me dejo iluminar también con lo que le está diciendo san Pablo a los corintios, que hemos escuchado en la primera lectura. Les dice a los corintios, pero pareciera que se refiriera a los nuevos ordenados y también a los sacerdotes:

«Que la gente solo vea en ustedes servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios».

Esto es lo que somos los diáconos, los sacerdotes, los hombres que Dios llama para su servicio: servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios.

Pero esto no es exclusivo. San Pablo no está hablando solamente a los diáconos y a los sacerdotes. Está hablando a la comunidad de los corintios, a todos.

Por eso, queridos hermanos, ustedes seminaristas —decía al principio— que nos acompañan en esta alegría, nos acompañan también en esta reflexión.

Todos nos hemos de mover por esto que dice san Pablo: de ustedes, seminaristas; de nosotros, los diáconos y sacerdotes; del obispo, se pide que sea «servidor de Cristo y administrador de esos misterios de Dios», con fidelidad.

Y es ahí, entonces, donde está el compromiso —no la dificultad, sino el compromiso— y, digamos, el motor para seguir todos los días adelante: la fidelidad que solo la otorga Dios a un corazón que sabe confiar en Él.

En nuestras fuerzas, ni a la esquina. Con Dios lo podemos todo.

Por eso, mi corazón, en este día, de manera especial, se aboca a pensar en esto y a meditar. El ministerio diaconal que estoy iniciando, por gracia de Dios, debe llevarse y debe desarrollarse con un corazón que confía solo en Aquel que me ha llamado; no en mis fuerzas, no en mis capacidades, que son pocas y limitadas.

Para que, definitivamente, el pueblo de Dios, a quien he decidido consagrarme, pueda ver en mí esto que dice san Pablo: a un servidor de Cristo, a un administrador de sus misterios.

Mi hermano Sixto y yo, cuando estábamos en Ocopa, en el retiro espiritual, vivimos profundamente todos los temas y todas las charlas que allí recibimos. Y, entre tantas cosas, comprendimos cómo el diácono también es un representante de Cristo cuando predica la Palabra, cuando dirige la oración, cuando bautiza, cuando casa, cuando lleva el Evangelio a todos aquellos que lo necesitan.

El diácono es también el representante de Cristo diácono, que vino a este mundo a servir y no a ser servido.

Ese es el lema de los diáconos y, no solo de los diáconos, seguramente de todos los cristianos, de todos los que nos llamamos cristianos porque seguimos a Cristo.

Nuestro ideal es, cómo no, la santidad. Pero una santidad que se alcanza en esta tierra con el servicio; con el servicio humilde, con el servicio desinteresado.

Esa es la reflexión y es el motivo, por supuesto, de súplica. Una reflexión que se convierte en súplica y oración a Dios para que nos otorgue la gracia de ser humildes y perseverantes en un servicio como la Iglesia lo necesita y como el seminario nos ha preparado.

Y, en segundo lugar, quiero tomar también en cuenta lo que dice san Lucas hoy en el Evangelio. Esta parábola de Jesús, como lo menciona monseñor cuando nos otorgó la palabra: «A vino nuevo, odres nuevos».

Veo que es, sin duda alguna, el vino nuevo que hemos recibido mi hermano Sixto y yo: el Orden Diaconal.

Y para ese vino nuevo era preciso y necesario un odre nuevo.

Ese odre es la formación.

Tantos años en el seminario. Yo entré a los quince años de edad, al seminario menor, de modo que han sido bastantes años de formación. Y no acaba; esto es hasta que el Señor nos llame.

Pero ese odre nuevo necesita de Dios para que el vino no se derrame. Es la formación que nuestros padres formadores nos han dado acá, en el seminario.

Y, sin duda alguna, a vino nuevo, a ordenación nueva, como dice el Señor, corresponde también un alma, un espíritu, un hombre nuevo, configurado con Cristo para responderle como Él quiere.

Ese es el vino que también tenemos cada uno de nosotros, ustedes, queridos hermanos. Ahora también nuestros hermanos ayacuchanos, con el ministerio del lector y del acólito.

Ese también es un vino nuevo que debe depositarse sobre un odre nuevo, puro, limpio; que tenga esas ganas de servir a Dios, que tenga esas ganas de dedicar la vida a lo que es nuestra ilusión: el sacerdocio, la santidad y el servicio de las personas.

De modo que, queridos hermanos, monseñor y padres, mi espíritu se eleva en agradecimiento a Dios por el don de la vocación.

E iluminado con la Palabra de Dios, con san Pablo en su carta a los Corintios y con este Evangelio de san Lucas, comienzo, de una manera muy satisfactoria, muy feliz, muy plena, mi ministerio diaconal, que sabemos es transitorio para poder proceder al presbiterado.

Y, como diácono significa servidor, espero servir con todas mis fuerzas y con todo mi corazón, y que Dios me dé la gracia de hacerlo como la Iglesia lo necesita y como ustedes, queridos hermanos, también se lo merecen.

María Santísima nos acompaña, nos bendice. Ella es la Madre de las vocaciones, Madre sacerdotal.

El día de mañana, de una manera muy especial, caminaremos con la imagen de la Santísima Virgen hasta Sapallanga. Y en esta peregrinación pongamos todos la vocación de los nuevos diáconos, del nuevo sacerdote, de todos ustedes, queridos hermanos seminaristas.

Pidamos para que Dios nos dé la gracia de perseverar y para que nuestro corazón solo confíe en Dios.

Que así sea.

martes, 1 de septiembre de 2026

Mi experiencia del retiro espiritual previo a la ordenación diaconal

SANTA ROSA DE OCOPA

El retiro espiritual que viví con mi hermano seminarista Juan Sixto en el Convento de Ocopa fue, para mí, una experiencia maravillosa y muy significativa, un encuentro con Dios desde el estudio, el silencio y la oración. Estar durante varios días en este convento tricentenario, marcado por la piedad, la vida religiosa y la misión de tantos franciscanos, creó un ambiente especial para prepararnos interiormente antes de recibir el diaconado.

Desde el primer día, jueves 27 de agosto, el ritmo de oración, silencio, Eucaristía, meditación, estudio y lectura nos ayudó a dejar por unos días las preocupaciones habituales y a concentrarnos en lo esencial. Fue un retiro para aprender más sobre el diaconado y una oportunidad para preguntarnos delante de Dios qué significa realmente entregar nuestra vida al servicio de la Iglesia. En esta experiencia nos dejamos guiar por la lectura de un retiro para el diaconado preparado por el padre Eusebio Pascual, operario diocesano, quien había sido nuestro director espiritual, y que, con sus diez temas de meditación, no ayudó a comprender lo que íbamos a recibir. Por cierto, los apuntes de nuestras meditaciones con este material del padre Eusebio ya han sido transcritos y publicados.

Las diferentes charlas fueron enriqueciendo esta experiencia. El jueves, después de los primeros temas del retiro, tuvimos la oportunidad de conversar durante la cena con el diácono Fray Luis Miguel, O.F.M., del Convento de Ocopa. Él es diácono permanente célibe, y su testimonio, desde la experiencia concreta del servicio diaconal, nos ayudó a mirar el ministerio con sencillez y realismo. Ese día también profundizamos en el texto «El diaconado, fundamento e identidad», en la audiencia general de san Juan Pablo II del 13 de octubre de 1993, «Funciones del diácono en el ministerio pastoral», y comenzamos la lectura del documento de la Comisión Teológica Internacional, «El diaconado: evolución y perspectivas» (2002).

El viernes tuvimos un encuentro virtual muy particular con el padre José Numa Molina García, S.J., capellán de la Presidencia de la República Bolivariana de Venezuela. Su experiencia sacerdotal y pastoral nos permitió acercarnos al servicio de la Iglesia desde una perspectiva amplia y concreta. El padre Numa nos habló con énfasis del aspecto más concreto de un diaconado fructífero, que es el servicio humilde y alegre a los pobres y a todos en la Iglesia. Desde la propia perspectiva teológica y espiritual del diaconado nos animó a asemejarnos a Cristo sirviendo al hermano necesitado. Recordó a Jon Sobrino que comprendió cómo fuera de los pobres no hay salvación, además de profundizar con nosotros la parábola del buen samaritano, en la que el servicio por el que sufre se constituye en un elemento esencial de la salvación. Continuamos también con la lectura de «Apuntes en torno al diaconado», de Román Sánchez Chamoso, operario diocesano venezolano, y seguimos profundizando en «El diaconado: evolución y perspectivas» de la Comisión Teológica Internacional. Estas lecturas ayudaron a comprender que el diaconado tiene una historia y una identidad que deben ser conocidas para poder vivirlo adecuadamente en el presente.

El sábado tuvimos la oportunidad de escuchar vía Meet al padre José Antonio Fortea Cucurull, famoso sacerdote exorcista español. Su conversación fue diferente a las anteriores y aportó otra perspectiva a nuestra preparación. Con el padre Fortea tratamos aspectos más teológicos del primer grado del Orden sacerdotal que es el diaconado. El padre Fortea nos había enviado su libro sobre el Diaconado en la Iglesia y una vez leído su texto, él se conectó para escuchar nuestras dudas o inquietudes al respecto. Ese día comenzamos a trabajar con mayor profundidad el texto «El ministerio del diaconado en la Iglesia ministerial», de E. Royón Lara, que nos ayudó a reflexionar sobre el lugar del diácono dentro de una Iglesia llamada a ser verdaderamente ministerial. La jornada terminó con otro momento de formación y reflexión personal, que me permitió interiorizar mucho de lo escuchado durante el día.

El domingo fue especialmente significativo porque celebramos la Eucaristía en honor a Santa Rosa de Lima, patrona del Convento y del pueblo de Santa Rosa de Ocopa. Además de los momentos propios del retiro, tuvimos la charla virtual con nuestro queridísimo profesor el padre Gustavo Gálvez Campero, de Pro Ecclesia Sancta, cuyo testimonio y experiencia enriquecieron nuestra preparación. El padre Gustavo se enfocó también en tres cosas muy puntuales, el servicio del diácono en la Palabra, en la Liturgia y en la Caridad, y recordó cómo él mismo vivió su diaconado sirviendo en Guayaquil con la encargatura de la construcción de las bases de un templo parroquial. Ese día continuamos con «El ministerio del diaconado en la Iglesia ministerial» y nos acercamos también al texto «Sobre la historia del diaconado», de Jorge Medina E.. Estas lecturas nos ayudaron a valorar todavía más la riqueza histórica del ministerio y, al mismo tiempo, la responsabilidad de vivirlo de acuerdo con lo que la Iglesia espera de un diácono.

El lunes, finalmente, tuvimos el encuentro con nuestro padrino de ordenación y rector del seminario, el padre Carlos Boulanger, quien nos ayudó a profundizar en el ritual de la ordenación diaconal. Este último momento tuvo para mí un significado especial, porque ya no se trataba solamente de hablar sobre el diaconado en términos generales, sino de acercarnos directamente a la celebración que pronto viviríamos. Recuerdo que en esta última charla con sacerdote predicador el corazón se nos iba acelerando al ir cayendo en la cuenta de los maravilloso que íbamos a recibir. El diaconado es una ordenación, es una consagración total a Dios, ya no nos pertenecemos, ahora somos todo de Dios y de la Iglesia.

Pero, más allá de las charlas y de las lecturas, creo que lo más valioso del retiro fueron los momentos de silencio y oración. La Santa Misa, las Laudes, el Rosario, el Viacrucis, la adoración eucarística, las meditaciones personales y el examen de conciencia me permitieron mirar mi propia vida delante del Señor. Hubo momentos para agradecer, para reconocer mis limitaciones y también para volver a preguntarme con sinceridad si estoy dispuesto a servir a Dios y a los hermanos con todo lo que soy. Aunque temeroso por la debilidad humana, confiado siempre en el Señor que llama y da la gracia para seguirle.

Este retiro me ayudó a comprender que la ordenación diaconal no es simplemente recibir un ministerio o asumir nuevas responsabilidades. Es responder a una llamada de Dios y comenzar una nueva etapa de servicio. El diácono está llamado a configurarse con Cristo servidor, y eso exige humildad, disponibilidad, oración y entrega.

Me siento especialmente agradecido por haber podido vivir esta preparación junto con mi hermano seminarista Juan Sixto y en un lugar tan especial como Ocopa. Caminar por sus espacios, rezar en sus oratorios y vivir allí varios días de retiro hizo que todo tuviera un sentido particular. En un convento con tres siglos de historia, donde tantas generaciones de religiosos han buscado servir a Dios y a la Iglesia, nosotros pudimos detenernos para preparar nuestro corazón antes de recibir el diaconado. Y no solo su claustro y sus pasillos conventuales, sino también sus campos, arboledas y la caminata a la Cruz en lo alto de la montaña, rezando el Viacrucis.

Me llevo de estos días mucha gratitud y también una mayor responsabilidad. Llego a la ordenación con alegría, pero consciente de que el diaconado será un camino de entrega. Le pido al Señor que me conceda un corazón humilde y generoso, que me ayude a servir sin buscar protagonismo y que nunca me permita olvidar que, antes que cualquier función, ser diácono significa aprender a servir como Cristo.



lunes, 31 de agosto de 2026

EL Diácono, Servidor de Cristo y de sus hermanos

 Reflexiones de un retiro espiritual previo a la ordenación diaconal

1. NUESTRA PUERTA

«Estoy a la puerta y llamo: si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo» (Ap 3,20).

El retiro comienza con una primera actitud: reconocerse misericordiado por Dios. Llegar al diaconado, incluso mientras se culmina el último año de formación, no puede entenderse simplemente como un logro ni como fruto de méritos personales. Es, ante todo, una obra de la misericordia de Dios que toca el corazón y confirma una llamada.

Dios toca la puerta, pero esa puerta solo puede abrirse desde dentro. Por eso, la respuesta a la llamada nace de la libertad y de la generosidad del corazón. Como María, se aprende a decir «sí» no apoyándose únicamente en razones humanas, sino confiando en Aquel que llama.

En una carta de 2000, el entonces cardenal Bergoglio recordaba que el «sí» al servicio diaconal significa, en primer lugar, abrir las puertas al Señor. Y quien abre la puerta al Señor queda llamado también a abrir otras puertas: las puertas de la Iglesia, de la comunidad y de la propia vida a todos.

La Iglesia, decía, es «portera, no la patrona del Reino». El diácono, por tanto, no está llamado a cerrar, excluir o apropiarse, sino a abrir. Su actitud es la de quien recibe al Señor y, porque lo ha recibido, se dispone a recibir y servir a los demás.

De ahí surge una imagen sencilla pero profunda: puerta abierta, manos abiertas. Si la puerta del corazón solo puede abrirse desde dentro y las manos tienen la llave, al abrir la puerta también se liberan las manos para servir.

No basta con tener las puertas abiertas; es necesario tener también las manos disponibles. El servicio cristiano no consiste solamente en saber quién se es, sino en poner lo que se es al servicio de los demás. Dios toca la puerta; corresponde al hombre abrirla y dejar entrar a quien llama.

2. QUITARSE LAS SANDALIAS

«Quítate las sandalias, que el suelo que pisas es sagrado» (Ex 3,1-12).

El candidato al diaconado llega con sus propias sandalias: las de las preocupaciones, las limitaciones, los miedos, los prejuicios y las seguridades personales. Pero ante la presencia de Dios se escucha una invitación clara: «quítate las sandalias».

Para pisar la tierra sagrada es necesario descalzarse. Y para entrar en el servicio diaconal también se requiere dejar atrás aquello que impide caminar con libertad: las comodidades, las seguridades, las riquezas y las autosuficiencias.

La zarza arde sin consumirse. También el servicio cristiano y diaconal está llamado a arder sin consumirse: a entregarse continuamente sin perder su raíz, porque su fuerza no procede de uno mismo, sino de Dios.

Al decir «presente», se acepta una llamada cuyo camino todavía no se conoce completamente. Se conoce la voz, aunque no todos los caminos que habrá que recorrer. Así sucede con Moisés: escucha su nombre, reconoce la llamada y responde: «Aquí estoy».

Su respuesta es un acto de fe. No conoce todavía toda la misión, pero conoce a quien lo llama. Y ante Dios se descubre también la actitud de reverencia: Moisés se cubre el rostro porque reconoce que está ante el Misterio.

Entonces aparece la palabra que sostiene toda misión: «Yo estaré contigo».

Sin sandalias, sin seguridades propias, la persona queda vulnerable. Pero precisamente allí aparece la verdadera seguridad: no en las propias fuerzas, sino en la presencia de Dios. La misión será ardua, como lo fue para Moisés enfrentarse al faraón, pero basta saber que quien llama también acompaña.

Por eso, el candidato no necesita apoyarse únicamente en sus capacidades. Basta reconocer los signos de la llamada y confiar en que Aquel que elige también permanece junto a quien envía.

3. LA SANTIDAD

«Sean perfectos como su Padre celestial es perfecto» (Mt 5,48).

La santidad comienza en la entrega. Cristo se entrega a la Iglesia para santificarla, y en Él se encuentra el fundamento de toda acción pastoral.

Servir significa estar con la gente, caminar con ella y compartir su realidad. No se trata simplemente de llegar desde fuera para realizar una tarea, sino de hacerse presente. Entrega es presencia, fidelidad y amor. Entrega es vivir la caridad evangélica.

Si el ministro no se entrega a la Iglesia como Cristo se entregó, difícilmente podrá servirla y santificarla.

También aparece aquí la imagen de la puerta. Jesús es la puerta del redil y el Buen Pastor. Quien entra por Él entra para cuidar el rebaño. La ordenación diaconal puede contemplarse como una entrada al servicio del rebaño del Buen Pastor.

Surge entonces una pregunta que debe acompañar toda la vida ministerial: ¿por dónde se está entrando al rebaño?

Puede buscarse el propio beneficio, como el ladrón y el bandido que empobrecen al rebaño, o puede entrarse por Cristo, asumiendo sus mismos sentimientos y poniéndose al servicio de las ovejas.

La caridad pastoral une la llamada universal a la santidad con el seguimiento específico de Cristo en el ministerio. El ordenado está llamado a configurarse con Cristo Pastor y a convertirse en modelo del rebaño.

La caridad pastoral no se reduce a gestos o palabras. Es un corazón disponible para amar a todos, sin excluir a nadie. En el celibato se expresa también esta disponibilidad: amar con el amor del Esposo a la Iglesia, como Cristo que se entregó por todos en la cruz.

4. EL DIÁCONO EN LA IGLESIA

«Sírvanse los unos a los otros mediante la caridad» (Gál 5,13).

La misma palabra diácono remite al servicio. En la Iglesia primitiva se reconocía especialmente el servicio de las mesas y de la caridad. Este servicio es un ministerio: un encargo recibido en la Iglesia y sostenido por la gracia de Dios.

El servicio no es una tarea aislada. Está ordenado a que todos los miembros del Pueblo de Dios caminen libre y ordenadamente hacia un mismo fin: la salvación.

En el Antiguo Testamento aparece la figura del Siervo de Dios, especialmente en Isaías. En el Nuevo Testamento, san Pablo se presenta como servidor de Jesucristo. Todo servicio auténticamente cristiano tiene su origen en Cristo y se distribuye entre los fieles según la vocación recibida.

Cristo mismo muestra el camino. En el lavatorio de los pies se manifiesta que su autoridad se expresa en el servicio. Por eso, el principio fundamental del diaconado es claro: servir y no ser servido.

El diácono, sacramento de Cristo y animador de la diaconía de la Iglesia, está llamado a hacer visible este servicio en las comunidades. Su ministerio se despliega en la Palabra, la Liturgia y la Caridad, participando, como miembro del sacramento del Orden, de la misión de enseñar, santificar y regir al Pueblo de Dios.

San Ignacio de Antioquía expresó esta identidad al llamar a los diáconos «encargados del ministerio de Cristo».

5. DIÁCONO, SACRAMENTO DE CRISTO

«Haced esto en recuerdo mío» (Lc 22,19).

El signo sacramental hace presente eficazmente aquello de lo que es expresión visible. Desde esta perspectiva, el diácono, por el sacramento del Orden, es también signo de Cristo Diácono, Cristo Servidor de sus hermanos.

El lavatorio de los pies constituye una imagen fundamental. Cristo se inclina ante sus apóstoles y convierte el servicio humilde en expresión de su entrega. Allí se descubre el sentido profundo del servicio diaconal.

Por su servicio humilde y diligente, el diácono está llamado también a animar a los demás en el servicio eclesial, ayudando a que cada uno ponga al servicio de la Iglesia la vocación y el carisma que ha recibido.

La espiritualidad del diácono es, por tanto, una espiritualidad del servicio. No se trata simplemente de una asistencia humana o social, sino de un servicio cristiano capaz de inclinarse afectuosamente ante cada necesidad concreta.

El servicio encuentra su expresión más profunda en Cristo, que entrega su vida y se convierte en don. Por eso, el servicio cristiano participa del servicio de Cristo y puede convertirse en signo de salvación y sanación.

Después del Concilio Vaticano II, en el contexto de la renovación eclesial, el diácono aparece con particular claridad como animador de la diaconía de la Iglesia. Desde su propia esencia sacramental, está llamado a recordar que seguir a Cristo es también seguir a Cristo Siervo.

Su presencia debe animar a la comunidad a servir desde la Liturgia, la Palabra y la Caridad.

6. LAS FUNCIONES DEL DIÁCONO

San Policarpo: «Misericordiosos, activos, progresando en la verdad del Señor, el cual se ha hecho siervo de todos».

La misión del diácono se expresa especialmente en tres ámbitos: Palabra, Liturgia y Caridad.

Palabra

Al diácono corresponde la predicación de la Palabra de Dios y, de modo particular, la proclamación del Evangelio. Al predicar, guía y acompaña al Pueblo de Dios.

La homilía exige especial dedicación y preparación, porque en ella se tiene la oportunidad de hablar en nombre de la Iglesia y de Cristo al Pueblo de Dios.

Liturgia

El servicio del altar constituye una característica propia del diaconado. Pero el servicio litúrgico no se limita al altar. El diácono puede presidir determinadas celebraciones con presencia del pueblo, elevar las oraciones a Dios, dirigir la Liturgia de las Horas y colaborar en la alabanza de la Iglesia al Padre.

Desde este servicio, también participa en la santificación de sus hermanos.

Caridad

El servicio de las mesas conduce necesariamente al servicio de los pobres. No se puede servir el altar y descuidar a los hambrientos.

La caridad no es un elemento secundario del diaconado; es uno de sus rasgos fundamentales. Al diácono corresponde realizar y promover obras de caridad y, según el encargo recibido, organizar y administrar las ayudas sociales y caritativas de la Iglesia.

También puede prestar este servicio en diversos ámbitos de la vida eclesial, incluso en las curias, donde puede asumir responsabilidades como canciller, notario, juez o defensor del vínculo, entre otras.

7. ESPIRITUALIDAD DEL DIÁCONO

«Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando» (Jn 15,14).

Como todo cristiano, el diácono está llamado a la santidad. Sin embargo, por la consagración recibida en la ordenación, este camino adquiere una forma particular: la santidad vivida en el servicio humilde a Dios y a los hermanos.

La espiritualidad diaconal no puede permanecer en lo abstracto. Ha de hacerse vida, obra y servicio concreto. Es una espiritualidad que se nota y que se ve.

En su centro está la caridad. El diácono sirve porque contempla a Cristo Diácono, Servidor de todos, humilde y obediente. Su configuración con Cristo y su unión con el obispo lo sitúan ante el misterio del amor del Esposo por su Iglesia, su Esposa.

El diaconado es, así, servicio humilde de la caridad de Cristo a sus hermanos.

También se requiere un seguimiento humilde. El obispo ocupa el centro de la vida pastoral; el diácono, en cambio, está llamado a no buscar el centro, sino a servir. Se trata de hacerlo con humildad, prudencia y disponibilidad.

La fidelidad a las tareas encomendadas, a la oración y a los deberes ministeriales forma parte de este seguimiento. En la Palabra, la Liturgia y la Caridad se encuentra el camino de la espiritualidad diaconal, de la propia santificación y de la santificación de los hermanos.

8. MEDIOS DE LA VIDA ESPIRITUAL DEL DIÁCONO

«Señor, tú me sondeas y me conoces» (Sal 139,1).

El diácono está llamado a ser hombre del Espíritu, dejándose mover, guiar y conducir por el Espíritu Santo hacia la santidad. Para ello se necesita una disposición fundamental: dejarse guiar. Y esto exige una palabra que ha de repetirse siempre: humildad, humildad, humildad.

La vida espiritual se concreta en varios medios.

El cumplimiento fiel del ministerio. Se ha recibido una vocación específica para servir en realidades concretas. La fidelidad al llamado se expresa en la fidelidad al ministerio, procurando no descuidar aquello que ha sido confiado.

La Palabra de Dios. Es fundamento de la vida espiritual y de la vida práctica. Lo que se lee está llamado a convertirse en vida y en predicación. La Palabra es raíz del obrar y del vivir.

El ministerio de los Sacramentos. El diácono no actúa en sustitución del presbítero, sino según aquello que le corresponde por su ministerio y su capacidad de administrar la gracia de Dios. También está llamado a ser instrumento de gracia y santidad para sus hermanos.

El ministerio de la Caridad. La caridad pastoral debe hacerse concreta en la cercanía a los pobres, enfermos, marginados y sufrientes. El diácono está llamado a ser puente entre los fieles y el Altar, entre los hermanos y el padre común, el párroco o el obispo.

La oración. La vida ministerial se sostiene en la oración asidua. La fidelidad a la Liturgia de las Horas, que es la alabanza de la Iglesia y recoge las peticiones de los fieles, ocupa un lugar fundamental.

Sin oración no se puede dar fruto. El diácono necesita permanecer unido a Dios para poder permanecer disponible para los demás.

El amor a María y a la Iglesia. La devoción mariana constituye un apoyo importante para perseverar en la vocación y permanecer fiel a la Iglesia, que es Madre. El rosario diario, el amor al Papa y al propio obispo ayudan a mantener viva esta pertenencia.

Se trata de reconocerse servidor fiel y útil de la Madre Iglesia que ha acogido y enviado.

La dirección espiritual. El diácono necesita guía, acompañamiento y alguien que pueda escucharlo. Con humildad, presenta su vida al director o acompañante espiritual. No se trata de guardar zonas ocultas, sino de exponer la propia vida con sinceridad para seguir configurándose con Cristo.

Desnudar el alma ante quien puede acompañar es también una forma de buscar la gracia y crecer en fidelidad.

9. EL CRECIMIENTO COMO CAMINO DE PERSEVERANCIA

«Crecer como personas para servir como pastores» — Mons. Juan María Uriarte.

La perseverancia ministerial exige también crecimiento humano. No se puede servir bien si no se aprende a mirar a las personas con sensibilidad, madurez y libertad.

Cristo pasó por este mundo haciendo el bien y permaneciendo atento a las necesidades de los demás. También el diácono está llamado a mirar, escuchar y hacerse cercano, sin menospreciar a quienes sufren ni considerar una molestia a quienes interrumpen los propios planes.

Por eso, conviene recordar una expresión sencilla y exigente: el servicio es a las personas, no a las instituciones. Hombres al servicio de los hombres.

La formación humana requiere construir una personalidad sólida, madura, auténtica y libre. Esta madurez será también la base para vivir las renuncias y acoger el don del celibato.

Se necesita una personalidad capaz de relacionarse con todos: hombres y mujeres, niños y ancianos. Una personalidad que permita servir y amar sin excluir.

El celibato por amor a Jesucristo se comprende como un don recibido para decir sí al Señor con disponibilidad y convicción. La pureza y la castidad no son únicamente renuncia, sino también expresión de una libertad interior que permite servir a todos sin reservas.

Se trata de amar con el amor del Esposo a la Iglesia, respetando el propio cuerpo y el cuerpo de los demás.

El celibato es una renuncia grande para una promesa aún más grande. La entrega hecha por amor al Señor no queda sin recompensa: quien deja casa, hermanos, padre o madre por Él recibe ya en este mundo y, en el venidero, la vida eterna.

10. PRUDENCIA AL SERVICIO DEL MINISTERIO

«Es Yahveh el que da la sabiduría, y de su boca procede la ciencia y la prudencia» (Prov 2,6).

El ministerio exige prudencia. El diácono debe aprender a ubicarse en la vida de la Iglesia, distinguiendo y valorando aquello que realmente es importante.

Por eso, no se actúa con ligereza. Se aprende a detenerse, pensar y discernir lo que corresponde hacer, actuando por amor y teniendo presente que cada decisión tiene consecuencias.

También se necesita valorar el encargo recibido. Ningún servicio confiado por la Iglesia debe ser considerado insignificante. Todo ministerio es una responsabilidad que ha de asumirse con fidelidad y prudencia.

Finalmente, aparece una conciencia especialmente exigente: ya no hay actos privados.

El diácono es ministro de la Iglesia y, por ello, todo lo que hace o deja de hacer tiene una dimensión eclesial. Su manera de vivir, de hablar, de relacionarse y de actuar puede acercar o alejar a otros de Cristo.

Por eso, la prudencia no es simplemente una cualidad práctica; es una exigencia del ministerio.

El diácono representa a Cristo y está llamado a llevar a Cristo a los demás. Su vida entera se convierte así en un espacio de servicio y en un testimonio de la Palabra y de la Caridad.

La ordenación no hace del diácono el centro, sino servidor. No lo separa de los hermanos, sino que lo envía hacia ellos. No le entrega seguridades humanas, sino una misión sostenida por la gracia de Dios.

Por eso, después de abrir la puerta, quitarse las sandalias, entrar por Cristo y contemplar al Servidor, queda una tarea para toda la vida: servir con las manos abiertas, permanecer con el corazón disponible y caminar confiando en que Aquel que llama también acompaña.