martes, 6 de octubre de 2026

Palabras en el Centenario del Padre Pernía, el “Santo Cura de Bailadores”

PADRE RAMÓN EMILIO PERNÍA NOGUERA:

CIEN AÑOS DE UNA MEMORIA VIVA

El 6 de octubre de 2026 se cumplen cien años del nacimiento del padre Ramón Emilio Pernía Noguera, sacerdote merideño cuya vida y ministerio dejaron una huella profunda, especialmente en Bailadores y en las demás comunidades donde ejerció su ministerio sacerdotal.

Con motivo de este centenario, quiero dedicar estas palabras a quien, con el paso de los años, ha terminado ocupando un lugar muy especial en mi propia historia.

No pretendo hacer aquí una biografía completa del padre Pernía. Para eso existen estudios y testimonios mucho más amplios, como lo es el arduo trabajo de mi amigo el licenciado Néstor Abad Sánchez, a quien reconozco el principal interés por mantener viva la memoria del padre Pernía. Quiero, más bien, detenerme en algunos momentos de mi propia relación con él y contar cómo, casi sin darme cuenta, su memoria fue entrando poco a poco en mi vida.

Un primer encuentro

Mi primer recuerdo del padre Pernía se remonta al año 2008.

Yo era estudiante de primer año de bachillerato en el Liceo Bolivariano doctor Gerónimo Maldonado, en Bailadores. Era Miércoles de Ceniza y habíamos acudido al Santuario de Nuestra Señora de la Candelaria para recibir la ceniza.

Como llegamos temprano, a nuestro salón le correspondió llevar unas flores hacia un espacio ubicado junto al templo. Fue entonces cuando, de una de las habitaciones situadas detrás del santuario, salió un hombre delgado, vestido con pantalón gris, chaqueta negra y una boina.

Era el padre Ramón Emilio Pernía. Nosotros lo saludamos y él nos respondió. Eso fue todo. No hubo en aquel momento ninguna conversación especial ni podía yo imaginar que aquel encuentro tan sencillo llegaría a tener algún significado años después.

Yo era apenas un muchacho y aquella escena pasó, como pasan tantas otras cosas de la adolescencia, sin que uno sospeche que algún día volverá a ella con otros ojos.

Pero hoy, tantos años después, cuando pienso en aquel Miércoles de Ceniza, hay algo que me llama especialmente la atención: aquel sacerdote que vi salir de una habitación volvería a aparecer varias veces en mi historia. Entonces yo todavía no lo sabía.

El padre Pernía, sacerdote de Bailadores

Cuando murió, el sábado 29 de abril de 2017, escribí una primera crónica sobre él. Quise recoger allí la impresión que había dejado entre quienes lo conocieron y recordar algunos aspectos de su ministerio.

El padre Pernía fue un sacerdote profundamente vinculado a Bailadores. Su nombre quedó unido especialmente al Santuario de Nuestra Señora de la Candelaria, pero también a numerosas iniciativas realizadas en favor de la comunidad.

Su ministerio no se limitó a las actividades propiamente religiosas. Se preocupó por distintas necesidades de los pueblos donde ejerció su sacerdocio y participó en obras que buscaban mejorar las condiciones de vida de las comunidades.

Por eso, cuando se habla de su legado, su recuerdo no puede quedar reducido al templo, a los sacramentos o a las tareas propiamente pastorales. También está presente en las personas, en las obras y en las comunidades a las que dedicó toda su vida.

Entre quienes lo conocieron quedó igualmente el recuerdo de un sacerdote de carácter fuerte, exigente y riguroso, pero también preocupado por las personas y dispuesto a servir. Como sucede con toda persona que deja una huella verdadera, su recuerdo no es una imagen uniforme: está hecho de experiencias, recuerdos y testimonios diversos que, juntos, permiten acercarnos a quien fue.

Con el paso de los años también he podido comprender mejor el horizonte intelectual desde el cual el padre Pernía vivió su sacerdocio. Quienes lo conocieron de cerca destacan su profunda formación tomista y su fidelidad a la tradición teológica de la Iglesia. Su pensamiento estuvo marcado especialmente por Santo Tomás de Aquino y por el estudio de la teología y la filosofía medieval. Se cuenta incluso que tenía como disciplina cotidiana dedicar un tiempo a la lectura de la Suma Teológica, hasta hacer de ella una compañera habitual de su vida sacerdotal.

Esto me parece importante para comprender también su manera de acercarse a los pobres y a los más necesitados. Su preocupación por ellos no nació de una corriente teológica particular, sino de una concepción profundamente cristiana del sacerdocio y del servicio. El padre Pernía, desde su formación tomista y desde la tradición de la Iglesia, entendió que estar cerca de quien sufre y servir a los más necesitados forma parte de la misión de todo sacerdote.

Volver a encontrarlo

Años después de aquel primer encuentro, tuve la oportunidad de visitarlo personalmente. Fue en agosto de 2016, acompañado por mi madrina Elda Pernía.

Esta vez no era ya aquel muchacho que lo había visto pasar en 2008. Yo estaba viviendo otra etapa de mi vida, era seminarista de filosofía, y podía acercarme a él con mayor conciencia de quién era aquel sacerdote.

Lo encontramos leyendo. Recuerdo especialmente esa escena. El padre Pernía era ya un hombre anciano, pero seguía dedicado a aquello que parecía haberlo acompañado durante tantos años: leer, estudiar, pensar. Tenía libros en francés y en italiano y, durante aquella visita, llegó incluso a traducirme parte de lo que estaba leyendo.

Aquel encuentro fue muy sencillo, pero para mí tuvo un significado especial. Ya no estaba viendo simplemente al sacerdote que había conocido de lejos cuando era adolescente. Ahora podía sentarme cerca de él, escucharlo y descubrir algo más de su mundo.

Antes de despedirnos, nos dio su bendición.

Ese gesto quedó guardado en mi memoria. Con los años he comprendido que aquella visita fue una especie de segundo momento de una historia que había comenzado ocho años antes. Primero lo había visto de lejos; ahora había podido acercarme a él. Y, sin saberlo, aquel sería el único encuentro cercano que tendría con él en vida.

Su puño y letra

En 2019 publiqué otro texto dedicado al padre Pernía, esta vez a partir de algo mucho más pequeño, pero para mí igualmente significativo: su escritura.

Entre su Biblia de estudio encontré una reflexión manuscrita titulada “El problema del infortunio del justo”. Aquella hoja escrita de su puño y letra me permitió acercarme de una manera diferente al sacerdote.

Ya no se trataba solamente de recordar lo que otras personas decían de él. Allí estaba directamente su pensamiento, expresado con su propia letra, en una reflexión que había conservado entre sus papeles.

Hay algo particular en encontrarse con la escritura de una persona que ya no está. Una letra que alguna vez estuvo sobre una mesa, entre sus manos, de pronto aparece ante nosotros muchos años después. Una anotación, una firma o una página escrita pueden parecer cosas pequeñas, pero adquieren otro valor cuando se convierten en uno de los pocos rastros personales que permanecen.

La escritura también guarda memoria.

Pero, ¿qué escribió el padre Pernía sobre este tema? Aquí les dejo el texto:

La Escritura repite muchas veces, como un axioma, que Dios da a cada uno según sus obras. Todos aceptamos este principio, que es de elemental justicia, como la cosa más natural, porque responde enteramente a los sentimientos de equidad impresos en el corazón del hombre. Pero cuando se miran las cosas de tejas abajo, parece que tal principio flaquea no pocas veces, pues se ven justos en la miseria e impíos en la prosperidad. Y al flaquear el principio es como si la misma justicia divina se tambalease, viniendo a poner a dura prueba la fe de los creyentes en Dios.

En este texto, el padre reflexiona sobre el problema del sufrimiento del justo y la aparente prosperidad del impío, mostrando cómo esta realidad puede poner a prueba la fe en la justicia y providencia de Dios. Y hay algo especialmente interesante: el padre Pernía no resuelve el problema en esta nota; lo plantea desde la experiencia humana del sufrimiento. Eso le da a la reflexión un carácter muy existencial y teológico a la vez.

La biblioteca del padre Pernía

Pero la historia no terminó allí. Después de su muerte quedó pendiente una pregunta muy concreta: ¿qué sería de todo aquello que había reunido a lo largo de tantos años?

Durante un tiempo existió la posibilidad de que sus libros fueran destinados al Seminario San Buenaventura de Mérida, pero finalmente esa iniciativa no se concretó por el desinterés de dicha institución.

Yo había tenido contacto con algunos de aquellos materiales y, de alguna manera, conservaba el deseo de que no se dispersaran y pudieran seguir siendo útiles.

Finalmente, en 2022, ocurrió algo inesperado. Mi madrina Elda pasó por la entrada de San Juan de Lagunillas y se encontró con Tony, quien había cuidado al padre Pernía durante sus últimos años y conservaba sus pertenencias.

Fue entonces cuando surgió la posibilidad de que sus libros me fueran donados. Se consiguió un camión y comenzó el traslado. Yo me encontraba en el Perú y seguía todo aquello desde la distancia. Mi madrina me enviaba fotografías, videos y audios del proceso. Hasta que finalmente aquellos miles de volúmenes llegaron a mi casa en La Playa.

Recuerdo aquel momento como la llegada de una parte de la historia de una persona que, años atrás, había aparecido fugazmente en mi vida. Para mí, conservar aquella biblioteca significa conservar también una parte de su memoria. Entre esos materiales hay anotaciones, documentos y otros elementos que permiten acercarse a sus intereses, a sus lecturas y a su manera de trabajar.

Una biblioteca personal dice mucho de quien la ha formado. No solamente por los títulos que contiene, sino por las huellas que deja una persona al leer, estudiar, subrayar, anotar y volver una y otra vez sobre determinados temas.

En ese sentido, estos materiales permiten acercarnos a una dimensión importante del padre Pernía: su inquietud intelectual y su permanente interés por el estudio.

Pero precisamente por eso considero que conservarlos implica también una responsabilidad.

No se trata simplemente de guardar libros en estanterías, aunque estén ordenados y cuidados. Se trata de preservar un patrimonio que puede ayudar a conocer mejor a una persona y una época, y que merece ser estudiado con seriedad.

Esta es todavía una tarea pendiente. Y, en lo que pueda corresponderme, reitero mi total disponibilidad para colaborar en todo aquello que contribuya a que esta memoria no se pierda.

El padre Pernía, camino a los altares

En agosto de 2025 publiqué otro artículo titulado “El padre Pernía, camino a los altares”. En él recogí la noticia relacionada con el interés en Mérida por promover los procesos canónicos para que la Iglesia reconozca oficialmente la santidad del padre Pernía.

Es importante decirlo con claridad: hablar de una causa de beatificación y canonización no significa afirmar que la Iglesia haya declarado santo o beato al padre Pernía. Significa reconocer que existe un interés por estudiar su vida y su testimonio, dejando a la Iglesia el discernimiento correspondiente.

Para mí, esta posibilidad tiene un significado especial porque durante todos estos años he ido encontrando distintas huellas de su vida: testimonios, escritos, recuerdos y materiales que permiten acercarse a quien fue.

Todo ello forma parte de una memoria que merece ser conservada.

Y quizá el mayor homenaje que podemos hacer a una persona que dedicó su vida al sacerdocio no sea solamente recordar su nombre, sino procurar que aquello que vivió, enseñó y testimonió pueda seguir siendo conocido.

Una historia que también se relaciona con mi vocación

Hay, sin embargo, un aspecto de toda esta historia que para mí tiene un significado todavía más personal.

Mi relación con el padre Pernía comenzó cuando yo era apenas un adolescente que lo vio salir de una habitación. Después pude visitarlo. Recibí su bendición. Más tarde escribí sobre él. Encontré su puño y letra y fui conociendo cada vez más de su vida.

Pero mientras todo eso ocurría, también mi propia historia iba cambiando.

Aquel muchacho que lo había visto en 2008 entró al seminario. Estudió filosofía y teología. Fue descubriendo poco a poco su propia vocación y avanzando por un camino que, en aquel primer encuentro, ni siquiera podía imaginar.

El pasado 2 de septiembre de 2026 recibí la ordenación diaconal en Ayacucho, Perú. Y en aquella solemne celebración utilicé una estola que mi madrina me había regalado, vinculada de manera especial a la memoria del padre Pernía.

Para mí, llevar aquella estola en mi ordenación fue un gesto profundamente significativo. Mientras la llevaba sobre mi pecho, cruzando el corazón, pensé en el camino recorrido y en cómo aquella historia que había comenzado en Bailadores había terminado acompañando también un momento decisivo de mi propia vida.

No pretendo establecer comparaciones. Cada sacerdote tiene su propia historia, su propio camino y su propia manera de cumplir con la misión que Dios le confía.

Pero sí puedo reconocer, con gratitud, que la figura del padre Pernía ha acompañado de alguna manera mi propio recorrido.

Y eso, para mí, tiene un valor que difícilmente podría explicar solamente con palabras.

Cien años después

Hoy, al cumplirse cien años de su nacimiento, vuelvo a mirar todo este recorrido.

En 2008 lo vi por primera vez en Bailadores. En 2016 lo visité en su casa de San Juan de Lagunillas. En 2017 escribí desde el seminario de Mérida sobre su muerte. En 2019 publiqué en La Playa aquella reflexión sobre su puño y letra. En 2022, estando yo ya en el Perú, recibí en donación su biblioteca. En 2025 escribí sobre la posibilidad de su camino hacia los altares. Y en 2026 recibí la ordenación diaconal utilizando una estola del padre.

Cuando uno mira todos esos momentos por separado, quizá parezcan simplemente acontecimientos dispersos. Pero cuando los contempla con la distancia que dan los años, descubre que todos forman parte de una misma historia.

Una historia que comenzó de una manera absolutamente sencilla: un muchacho, un Miércoles de Ceniza, un sacerdote que salió de una habitación y un saludo.

Nunca imaginé que aquel encuentro tan breve terminaría acompañándome durante tantos años.

Por eso este centenario no quiero reducirlo simplemente a una fecha. Quiero que sea una ocasión para recordarlo, agradecer su vida y volver a mirar su testimonio.

Quiero también que sea una oportunidad para que las nuevas generaciones conozcan la figura de un sacerdote que dejó una huella particular en Bailadores y en la Iglesia merideña.

Porque recordar no significa vivir anclados en el pasado. Recordar también puede ser una manera de reconocer de dónde venimos y de agradecer a quienes, de una u otra forma, ayudaron a construir la historia que hoy nosotros continuamos.

Una última imagen

Si tuviera que quedarme con una sola imagen del padre Pernía, probablemente sería aquella primera.

Aquel Miércoles de Ceniza de 2008. Un sacerdote saliendo de una habitación. Una boina. Y un muchacho que lo saluda sin imaginar que aquel momento, aparentemente insignificante, quedaría guardado en su memoria.

Hoy miro aquella escena de otra manera. No porque ahora pueda darle un significado que entonces no tenía, sino porque los años me han permitido comprender que la vida está hecha muchas veces de pequeños encuentros cuyo verdadero valor descubrimos después.

Aquel día yo simplemente lo vi pasar. Años después recibí su bendición. Más tarde encontré su escritura, conocí mejor su historia y fui descubriendo, poco a poco, la dimensión de aquel sacerdote que había conocido siendo apenas un adolescente.

Por eso, al mirar hacia atrás, comprendo que lo verdaderamente importante no son las cosas que permanecen, aunque algunas de ellas nos ayuden a recordar. Lo verdaderamente importante es la vida que hay detrás de ellas.

Una hoja manuscrita nos habla de una persona que pensó y escribió. Una fotografía nos devuelve un rostro. Un objeto puede despertar un recuerdo. Pero nada de eso tendría sentido si detrás no hubiera existido una vida entregada.

El padre Pernía fue un sacerdote profundamente dedicado al estudio y a la vida intelectual, pero su sacerdocio no quedó encerrado en un escritorio. Su vida también estuvo marcada por el servicio, por su preocupación por las personas y por su entrega a las comunidades donde ejerció su ministerio.

Eso es, en definitiva, lo que permanece. Porque los objetos pueden conservarse o perderse. Los documentos pueden permanecer en un archivo o desaparecer. Los recuerdos pueden hacerse más débiles con el paso del tiempo.

Pero aquello que una persona deja en la vida de los demás puede seguir dando fruto mucho después de que esa persona ya no esté.

Por eso, al cumplirse cien años del nacimiento del padre Ramón Emilio Pernía Noguera, quiero simplemente decir:

Gracias, padre Pernía. Gracias por su sacerdocio abnegado, por su servicio, por su amor al estudio y por todo lo que dejó en Bailadores. Gracias por aquella bendición que recibí de sus manos. Y gracias porque, sin que yo pudiera imaginarlo aquel día de 2008, su historia terminó encontrándose con la mía.

Que Dios reciba en su presencia al padre Ramón Emilio Pernía Noguera y que su memoria siga siendo conservada con gratitud por quienes lo conocieron y por las generaciones que vendrán.

Padre Ramón Emilio Pernía Noguera, gracias por su vida y por su testimonio. Que descanse en paz. Amén.

Mi gratitud especial a la familia Pernía, en Bailadores y en todas las partes del mundo donde se encuentra, y mis felicitaciones por este centenario del natalicio del padre Ramón Emilio que hoy conmemoramos.

Que sigamos trabajando, amparados siempre por nuestra Madre la Iglesia, para que cada vez más personas conozcan su vida, su sacerdocio y su testimonio cristiano; para que no se pierda la memoria de quien, para muchos, fue un santo cura, el santo cura de Bailadores.

lunes, 5 de octubre de 2026

Coplas para el profesor Henry

EN EL DÍA DE SU CUMPLEAÑOS


Lo conocí hace algún tiempo,

en una diplomatura teológica;

desde el primer momento supe

de su carrera pedagógica.


Pero no es solo un profesor,

sino que ejerce varias funciones;

además de ser mi asesor,

es profundo en sus reflexiones.


De compañero de estudios

pasó a ser mi docente

de Teología latinoamericana,

donde desborda su mente.


Filósofo destacado,

amante de la sabiduría,

paciente y muy preparado,

atractiva pedagogía.


No se queda conforme con ser

un referente intelectual;

busca siempre aprender

para mantenerse actual.


Le agrada hacernos pensar,

descolocando seguridades,

más bien queriendo alumbrar

nuestras jóvenes edades.


Conferencista invitado

de la gran Continental;

allí fuimos sus alumnos

a la charla magisterial.


A sus alumnas del Rosario

sabemos que bien las atiende;

y en el San Pío sembró

la educación que defiende.


La faceta intelectual

la mezcla bien con deporte,

y al seminario viene

moviéndose con gran porte.


Elegante y generoso,

ocurrente y conversador,

nadie le hace competencia:

es el mejor profesor.


También acude gustoso

a dar charla espiritual

a catequistas y chicos

que se van a confirmar.


A ellos les habla con fuerza,

mostrándoles con pasión

y fidelidad a la Iglesia,

el compromiso y la misión.


Despertando los corazones

de todos los que le encuentran,

con gran piedad y oración

la Eucaristía frecuenta.


Los pobres son su opción,

a quien se da sin menoscabo,

siguiendo el ejemplo elocuente

del querido padre Gustavo.


Apuesta por la liberación

del pecado y su esclavitud,

buscando su abolición

para alcanzar la virtud.


Atento al sentir de la gente,

es un fino observador;

en su opinión no nos miente,

de la verdad defensor.


Denuncia las injusticias

de los modelos opresores,

y desde la Buena Noticia,

Jesús con los trabajadores.


Profeta esperanzador,

amigo de todo lo bueno,

indiscutible lector,

fiel hijo del Ser Supremo.


Gutiérrez, Ellacuría y Boff,

Cegarra, Pagola y Sobrino,

Rahner, Francisco y León

han forjado su camino.


Jaujino de nacimiento,

huancaíno por adopción,

la Palabra es su alimento

y el cielo su gran ilusión.


Pero un paraíso posible

aquí en el mundo terrenal,

el Reino de Dios lo concibe

como don sobrenatural.


Felicidades, profesor Henry,

hoy en su natalicio;

adelante y siempre alegre,

honores por su servicio.

domingo, 4 de octubre de 2026

Primer reencuentro de teólogos en la PUCP

PROMOCIÓN FUNDADORA

Entre julio de 2023 y julio de 2024 tuve la oportunidad de cursar la Diplomatura de Estudios en Teología, en el Departamento de Teología de la Pontificia Universidad Católica del Perú. Fue una experiencia renovadora, que me permitió acercarme a la Teología desde una perspectiva de fe fresca, abierta y especialmente propicia para el contexto peruano y latinoamericano.

En aquel año académico fui forjando amistades con mis compañeros de diplomatura, la mayoría de ellos profesionales de diversas áreas, docentes, religiosas, agentes de pastoral y yo, por mi parte, entonces secretario del arzobispo de Ayacucho. Dos años después de aquella primera promoción de la Diplomatura, tuve la oportunidad de participar en un reencuentro en el campus de la PUCP, el sábado 3 de octubre, durante la mañana.

Viajé desde Huancayo junto al profesor Henry Torres Esteba, quien había sido mi compañero en la Diplomatura y que ahora es mi profesor de Teología de la Liberación y, además, asesor de la tesis teológica que debo presentar este año. El viaje fue largo, al parecer debido a algunos trabajos de reparación que se estaban realizando en la vía.

Llegamos al campus de la PUCP apenas unos minutos después de la hora fijada y, por fortuna, todavía alcanzamos a degustar un poco del desayuno que ofrecían antes de iniciar formalmente el encuentro. En la entrada del campus no funcionó el QR de mi Carnet de Extranjería, por lo que tuve que pasar por otras oficinas para registrar mi ingreso; lo mismo ocurrió a la hora de salir. Cuando finalmente llegamos al lugar del encuentro, todos los asistentes estaban comiendo y conversando animadamente. Nos vieron venir desde lejos y comenzaron a dar muestras de alegría. Muchos de nosotros no nos conocíamos personalmente, sino únicamente por teléfono, por las clases y también por las conversaciones particulares que habíamos mantenido a través de WhatsApp.

Saludos, abrazos y apretones de mano por todas partes. Al saludarme, la mayoría repitió prácticamente el mismo comentario de admiración por mi estatura, pues parece que, después de tanto tiempo de conocernos a través de las pantallas, no terminaban de creer que fuera tan alto como realmente soy. Yo correspondí con humor a cada una de las ocurrencias y comentarios sobre mi talla.

El primero al que me acerqué a saludar fue al profesor Dr. Rolando Iberico Ruiz, quien, siendo el coordinador de la Diplomatura, había sido docente de varias asignaturas. Él es el principal promotor de esta experiencia, o al menos así lo percibimos quienes tuvimos la oportunidad de participar en ella. Precisamente, el tema central del encuentro estuvo a su cargo.

Luego pude conocer personalmente a los demás compañeros: Malena y Luz, quienes, además, me habían comprado el librito que publiqué en diciembre del año pasado; Miguel, el más sonriente de todos; y Juan Ansión, a quien ya conocía personalmente porque fue él quien me llevó a conocer al padre Gustavo Gutiérrez. También estaba León Luca Oba, cuyo rostro me costó un poco procesar y reconocer, pues ahora lleva barba y en los tiempos de la Diplomatura no la tenía. Finalmente, Eduardo, a quien vimos poco durante las clases, tal vez porque no encendía mucho su cámara, y el profesor antropólogo Juan Miguel Espinoza, quien era el único que rezaba antes de impartir su magistral lección. Todos los anteriores, más el profesor Henry y yo, formamos parte de la promoción fundadora de la Diplomatura de Estudios en Teología de la PUCP. Y no se me puede olvidar Rosa Quispe, quien está detrás de toda la logística y de los enlaces de comunicación para las convocatorias y demás avatares relacionados con los medios visuales, digitales y virtuales.

Acabado el desayuno, pasamos al aula, donde fuimos separados en grupos. Yo fui al grupo uno, junto con Juan Ansión y dos chicas que están cursando la Diplomatura en este 2026. Nos dieron la oportunidad de presentarnos brevemente, diciendo nuestros nombres e indicando la promoción de la Diplomatura a la que habíamos pertenecido. Nosotros, al igual que los otros tres grupos de la sala, escuchamos entonces la intervención temática central a cargo del profesor Rolando, que versó sobre “Teología y cuidado de la interioridad”. En ella desarrolló varias ideas, entre ellas la de reconocer que todo acto de educación, incluida la formación teológica, comporta un ejercicio de puesta en valor del patrimonio y de la identidad cristiana. Además, resaltó que el aprendizaje teológico no consiste solamente en adquirir conocimientos abstractos, sino que está llamado a convertirse en un sentir y un gustar ese patrimonio de la tradición cristiana, una tradición que se va enriqueciendo con el paso del tiempo y que, precisamente por ello, continúa siendo la brújula que indica la dirección por la que debemos transitar.

Ya cerca del final de su intervención, concluyó que la Teología es un redescubrir el patrimonio y que, por eso mismo, formarnos en Teología es un acto de esperanza, pues abre al cristiano a un horizonte mayor: el Reino de Dios. Formarse en Teología es también una promesa de futuro, para lo cual es necesario educar y cuidar la interioridad todos los días, bajo la premisa clásica de preguntarnos cada uno: ¿qué haría Cristo en mi lugar? Recordando al papa Francisco, indicó que “todo está conectado”: los seres humanos y la naturaleza. Por eso, la Teología ha de ser también un mirar alrededor y apostar por el cuidado de todos y de todo. Finalmente, ser cristiano es un estilo de vida que amerita poner en práctica aquella famosa frase de san Agustín de Hipona: “que me conozca para que te conozca”.

A media jornada se nos plantearon dos preguntas que fueron conversadas en cada grupo, relacionadas con la experiencia vivida y con las aplicaciones pastorales que habíamos concretado después de la Diplomatura. Seguidamente tuvimos una dinámica en la que fuimos pasando los cuatro grupos por cuatro carteleras. En cada una debíamos responder una pregunta central mediante pegatinas, ubicando nuestras ideas en una hoja bond debajo de las respectivas preguntas. De este modo, tuvimos bastante trabajo a la hora de responder lo que se nos pedía, imagino que con miras a recoger nuestras experiencias y mejorar la propuesta para las futuras ediciones de la Diplomatura.

Luego de esto hubo un pequeño sorteo de obsequios, que se reclamaban con un tique que nos habían entregado al ingresar al salón. Hubo libros para los demás y, en mi caso, me correspondió un hermoso tomatodo con las siglas de la PUCP. Después vino la foto grupal y, posteriormente, un segundo momento de compartir fuera del aula: gaseosa, dulces, panes y café, todo dispuesto como una buena excusa para fomentar la conversación mientras degustábamos algo apetitoso.

En esas circunstancias, cerca ya de las 11 de la mañana, llegó nuestra compañera Flor de María. Ella es filósofa y teóloga de profesión y, además, trabaja allí en la PUCP como jefa de prácticas de una asignatura teológica. Reparte su apretada agenda entre su Cusco natal, Lima, por cuestiones laborales, y la selva peruana, donde participa constantemente en misión. Con Flor de María había conversado bastante por WhatsApp e incluso habíamos iniciado un proyecto de podcast que, finalmente, no prosperó.

Acabado el refrigerio, fuimos el grupo completo a la sede institucional del Departamento de Teología. Allí nos tomamos algunas fotografías generales y luego los seleccionados grabamos un brevísimo mensaje sobre nuestra experiencia de estudios en la Diplomatura. Después nos fuimos a almorzar a un pequeño restaurante situado allí mismo, dentro del campus universitario y muy cerca de la capilla. Pude conocerla y, después de haber almorzado, rezamos allí un ratito.

La conversación durante el almuerzo fue larga y entretenida. Uno de los temas más picantes fue la aparente inutilidad del Código de Derecho Canónico, de donde surgió un chiste un tanto cruel que dice: “Estudia Filosofía y perderás la razón; estudia Teología y perderás la fe; estudia Derecho Canónico y perderás el tiempo…”. Había abogadas en la mesa, naturalmente interesadas por el tema. También nos acompañó durante la comida un joven literato que está cursando actualmente la Diplomatura. Antes de que se marchara, le consulté su opinión sobre Jaime Bayly, específicamente sobre sus dos últimas novelas, “Los genios” y “Los golpistas”. Confesó con toda naturalidad que no había leído ninguna de las dos, pero sí la primera de su producción, “No se lo digas a nadie”. En conclusión, me dijo que Bayly le parece un escritor de “buena prosa” y entretenido.

Finalizado el almuerzo y cancelada la deuda, fuimos a conocer la capilla del campus universitario. Es hermosa, pequeña, pero muy acogedora. Nos enteramos de que el capellán es un sacerdote diocesano, que celebra la misa todos los días a la 1:15 p. m. y que es una pena que no pueda estar más tiempo en la universidad. Entre serio y en broma, les dije que yo seré, más adelante, el capellán de la PUCP, si Dios quiere.

El profesor Henry, Flor de María y yo hicimos planes para la tarde y nos fuimos a la librería Communitas, ubicada en la avenida 2 de Mayo 1690, San Isidro. Allí nos entretuvimos largo rato revisando libros de toda índole. Yo buscaba “Libro de Poemas”, de mi amigo Federico, pero no conseguí encontrarlo. El profesor Henry, por su parte, se dio a sí mismo un regalo muy valioso con la compra de “El Jesús histórico”, de Gerd Theissen y Annete Merz, un señor volumen de 640 páginas que resultaba bastante atractivo.

De allí fuimos al centro de Lima para ver la primera procesión del Señor de los Milagros por la avenida Tacna, cuestión que logramos con facilidad. Luego de ver pasar al Señor, subimos brevemente al taller “Sincretismo”, de mi amigo Jossué Zavala, un joven artista devoto del Señor de los Milagros. Allí disfrutamos de algunas canciones criollas en honor del Cristo de las Nazarenas y, posteriormente, nos fuimos a cenar.

La pizza de la cena estuvo deliciosa y la conversación, todavía mejor. Con el profesor Henry y Flor de María hay buena química para hablar y hablar, aunque no siempre estemos de acuerdo en todo lo que se plantea. La catolicidad es así: diversidad y opiniones distintas, pero encaminadas hacia la unidad de una misma fe, de un solo Señor, como lo refiere san Pablo.

Finalizada la cena, Flor de María buscó su camino hacia su casa y el profesor Henry y yo nos dirigimos a la terminal para emprender el regreso hacia Huancayo. La jornada fue estupenda y la disfruté muchísimo. Me agradó bastante encontrarme con gente tan buena y tan inteligente, todos ellos académicos de alto nivel, con quienes pude compartir no solo conocimientos, sino también conversaciones, inquietudes, proyectos y, sobre todo, amistad.

El profesor Rolando me dejó con el profesor Henry un librito que tuvo a bien obsequiarme, pero que no pudo entregarme personalmente porque yo estaba grabando la promoción para la Diplomatura. El libro es “El concepto católico de desarrollo en América Latina hoy”, publicado por varios editores de la misma universidad.

Y así concluyó esta jornada: entre libros, amigos, conversaciones y una profunda experiencia de la bondad y la misericordia de Dios para con todos. Volver a encontrarnos después de dos años me permitió comprobar que la formación teológica no termina cuando concluyen las clases; continúa en las amistades que permanecen, en las preguntas que siguen abiertas y en el deseo compartido de servir a la Iglesia y a la sociedad desde la fe, el pensamiento y la esperanza.



jueves, 24 de septiembre de 2026

Charlando con el padre José Antonio Fortea sobre el diaconado

DESDE EL CONVENTO DE OCOPA

Pedro Andrés: Padre, nosotros estamos en el Perú. Yo soy venezolano y le he escrito varias veces desde hace años, desde que comencé el seminario, allá por 2013. Usted siempre me ha respondido, y por eso lo primero que quiero hacer es agradecerle.

Padre Fortea: Bueno, no siempre podré contestar, porque realmente hay tantas cosas que a veces no puedo responder a todos. Pero no te lo tomes como que me he enfadado o que ya no te responde por alguna razón. Simplemente, muchas veces no puedo contestar todos los mensajes. Sin embargo, el tema de los diáconos me pareció que merecía hacer un esfuerzo.

Pedro Andrés: Sí, padre. Por eso, como lo he seguido bastante en su canal y también en su blog, sé que no responde a todos. En ese sentido, permítame resaltar que a mí siempre me ha respondido. Por eso estoy muy agradecido.

Padre Fortea: Vaya, pues puedes considerarte afortunado. Algunas personas incluso se han enfadado un poquito por la razón contraria. Yo hago lo que puedo.

Pedro Andrés: Sí, padre. Somos dos seminaristas. Estoy aquí con mi compañero Juan Sixto; él es peruano y yo soy venezolano. Ambos estamos en Ayacucho. Usted me comentó que tuvo compañeros en Navarra que fueron a Ayacucho, sacerdotes o seminaristas.

Padre Fortea: Sí. Yo tuve varios compañeros que fueron allí. Incluso le pregunté al rector si podía marcharme como misionero. Pero el rector me dijo que no me veía para las misiones. Y se acabó todo.

Pedro Andrés: Sí. Imagínate, los hubiésemos tenido por aquí cerquita.

Padre Fortea: Sí, es verdad. Varios se fueron a Ayacucho, incluso uno de mi curso. Cuando le pregunté al rector si podía ser una posibilidad y si quizá Dios quería que fuera misionero, fue cuando recibimos una visita del obispo de La Guaira, Venezuela.

Pedro Andrés: ¿Quién era el obispo en ese entonces?

Padre Fortea: No recuerdo exactamente. El apellido era Guruceaga. Francisco de Guruceaga Iturriza

Pedro Andrés: No lo conozco. De repente fue algunos años atrás.

Padre Fortea: Estamos hablando de 1987 o 1988, aproximadamente.

Pedro Andrés: No habíamos nacido todavía.

Padre Fortea: Muy bien, pues adelante si tienes alguna duda o alguna cosa, yo sabré decir algo.

Pedro Andrés: Padre, gracias. Hemos leído el librito sobre el diaconado y, durante estos días, también hemos estado revisando otros folletos y documentos, entre ellos el documento de la Comisión Teológica Internacional de 2002 que usted cita en su libro. Entendemos que algunas de sus reflexiones parten precisamente de la lectura de ese documento. En primer lugar, quisiera preguntarle de manera muy puntual: ¿a qué se compromete un diácono? En nuestro caso, con el favor de Dios, pasaremos posteriormente al presbiterado, porque somos seminaristas y recibiremos el diaconado transitorio. Pero, concretamente, ¿a qué se compromete un diácono, tanto en las promesas propias del rito como en el ejercicio del ministerio?

Padre Fortea: Bueno, uno se compromete a lo que ya habéis firmado. Precisamente pedí que aquello que habéis firmado lo meditaseis bien. Lo que habéis firmado significa que, desde ese momento, estáis bajo la obediencia; estaréis incardinados en esa diócesis, estáis encaminados al ministerio, sois clérigos y asumís la obligación de rezar el Oficio Divino. Y, por último, está el compromiso de mantener el celibato. Ahora bien, si un diácono en la etapa transitoria llega a la convicción de que no debe seguir adelante con el sacerdocio, la dispensa se concede con facilidad. Y, además, si un diácono permanente quisiera dejar el camino hacia el presbiterado, se respetaría su vocación al diaconado. Hay cosas curiosas. A cambio, la diócesis, desde el momento en que uno es diácono, ya se compromete a mantenerlo. Es un compromiso laboral, y la remoción del puesto sería un proceso distinto al de un seminarista. Si el obispo quiere que un seminarista no siga, pues ya está. Pero un diácono no: ya es un clérigo de la diócesis.

Pedro Andrés: Claro, padre. También teníamos una duda con respecto a lo que puede hacer el diácono. Usted lo explica bastante bien en el libro. Además, vimos un video de su canal de YouTube en el que habló a los diáconos permanentes en México, y también lo estuvimos revisando. Nuestra duda era la siguiente: si el diácono no es ungido con el Santo Crisma, ¿cómo puede bautizar solemnemente? En ese caso, utilizaría también el Santo Crisma y el óleo de los catecúmenos. Entonces, ¿cómo se entiende esto?

Padre Fortea: Sí, realmente se podría haber ungido a un diácono. No habría ningún problema. Incluso a los laicos, en el sacramento del Bautismo, se les unge dos veces. No hay ningún problema teológico. El diácono, al recibir el sacramento del Orden y, en ese grado, realmente pasa a ser un ungido espiritual. No se puede decir que exista una razón teológica para afirmar una cosa y negar la otra. Se ha decidido hacer esa distinción entre la importancia del segundo y tercer grado respecto al primero: que ellos sean ungidos. Pero no hay que darle más trascendencia al hecho de que los diáconos no estén ungidos. Podría haber habido una unción para cada grado. De hecho, el sacerdocio levítico en sí mismo es menor que el sacerdocio del Nuevo Testamento, el sacerdocio de Cristo, y a los sacerdotes levíticos sí se les ungía. Teológicamente, se concede más en el sacerdocio del Nuevo Testamento que lo que recibían los sacerdotes cuando realizaban el ritual que cuenta el Deuteronomio para simplemente servir en la tienda. En el fondo, esa era una función muy diaconal: encender las velas, disponer el incienso, poner los panes de la proposición... Son funciones que podríamos llamar claramente diaconales.

El sacerdote propiamente dicho era el que iba al altar de bronce y allí ofrecía lo que se había presentado, inmolaba. Esa era una función sacerdotal, y el sumo sacerdote tenía además otras funciones, como la unción.

En el fondo, las labores que realizaban los distintos grados del orden levítico, salvo las funciones propiamente sacerdotales que acabo de mencionar, eran funciones que podríamos llamar diaconales. Y eran sacerdotes. Aunque, en sentido estricto, solo ejercían el sacerdocio los que ofrecían la víctima en el altar. Pero también había una distribución de funciones.

Pedro Andrés: Padre, en el caso del diaconado, hemos visto en los materiales que, efectivamente, es sacramento y es un grado del sacramento del Orden. Ahora bien, me parece que usted es muy enfático en el libro y en sus reflexiones en que el diaconado es el primer grado del Orden. No sé si hay otras perspectivas teológicas. Me parece que quizá el Catecismo o alguna otra reflexión teológica habla del episcopado como primer grado y del diaconado como tercer grado. ¿Es simplemente una variante para explicar cuál es el primero y cuál es el tercero?

Padre Fortea: Terminológicamente siempre se ha dicho que el primer grado es el diaconado, el segundo es el presbiterado y el tercero es el episcopado. Porque «Grado» en latín significa peldaño, como en una escalera. Por tanto, el diaconado sería el primer peldaño que uno comienza a subir.

Pedro Andrés: Sí, padre. Y, con respecto a lo del sacerdocio, hemos visto que el diácono participa del sacramento del Orden, pero, como dice el Concilio Vaticano II, está ordenado al ministerio y no al sacerdocio. Entonces, ¿ejerce algún tipo de sacerdocio el diácono? ¿Solamente el sacerdocio común de los fieles?

Padre Fortea: Es verdad que ese asunto, de forma natural, se ha prestado un poquito a que pudiera parecer que se confundían las cosas. No me da apariencia, pero se prestaba a ello. No. El diácono no tiene solamente el sacerdocio común de los fieles; ese lo tiene por el Bautismo. El diácono tiene el primer grado del sacerdocio de Cristo. No es simplemente una preparación para el segundo grado. Es el primer grado, aunque para aquellos que van a continuar hacia el presbiterado constituye también una preparación para el segundo grado. Porque Cristo quiso darle tanta importancia al servicio. El primer grado del sacerdocio sería precisamente ejercer esta función. En el libro, si tenéis la última versión —creo que la subí—, explico que, humanamente, nosotros podríamos haber organizado esto de otra manera: repartir los sacramentos entre los tres grados. ¿Tenéis esa versión en la que digo esto?

Pedro Andrés: Sí, la tenemos.

Padre Fortea: Creo que esa fue una añadidura que hice hace menos de un año. Humanamente, nosotros habríamos organizado las cosas de esta manera: «Pues que el diácono haga estos sacramentos; el presbítero, estos otros; y el obispo, estos». Pero no. Dios tiene otra forma de distribuir las funciones porque quiere dejar claro un mensaje de servicio. Precisamente para poner de relieve el servicio es por lo que despoja, por así decirlo, desnuda al primer grado de casi todo, dejándole muy pocas cosas.

Pedro Andrés: Padre, en el libro usted menciona que su opinión es que Jesús mismo, el Señor, pudo haber pensado en los tres grados del sacramento del Orden. Es decir, quizá Cristo no dio instrucciones explícitas a los apóstoles sobre que existiría el diaconado con ese nombre, pero usted considera que Jesús sí lo tuvo presente. Ahora bien, la Comisión Teológica Internacional y, por lo que hemos leído, buena parte de los teólogos sostienen que el diaconado habría sido una institución de la Iglesia apostólica. Me parece que el presbiterado y el episcopado tendrían su origen propiamente en Jesús y en los apóstoles, mientras que el diaconado habría sido establecido posteriormente por la Iglesia.

Padre Fortea: Ese asunto, reconozco que admite discusión. La Iglesia no ha dicho nada respecto de una cuestión tan, tan precisa.Pero, aun sabiendo que la mayor parte de los teólogos actuales e importantes consideran que el diaconado fue una institución de la Iglesia, yo pienso que no fue así. Yo pienso que, desde el principio, Jesús debió mencionar a los apóstoles que quería que hubiera tres grados. ¿Y por qué pienso eso? Porque Jesús habló de muchísimas cosas, pero los sacramentos eran una realidad muy importante, y mucho más todavía si hablamos del sacerdocio. Por eso, mi opinión es que Jesús enseñó, aunque fuera de una forma muy breve, las características esenciales de cada uno de los tres grados. Si no fuera así, si los tres grados hubieran nacido simplemente de una disposición humana, utilizando el poder de atar y desatar, nosotros no podríamos hacer algo tan tremendo como establecer grados dentro de un sacramento. Porque los teólogos, desde siempre, han dicho que el diaconado era el primer grado del sacramento del Orden, no un paso previo, como ocurría con las órdenes menores. Entonces, claramente, yo pienso que no. Los sacramentos fueron una disposición divina. Además, si esto hubiera sido una disposición humana, con toda razón alguien podría decir: «Si es humano, se han podido equivocar, aunque lo hayan aprobado con la autoridad de Cristo». ¿A qué me refiero? A que alguien podría decir: «Hombre, podrían haber instituido de otra manera el grado, o tal otra característica». Es decir, entraríamos dentro de lo opinable y, en ese caso, tendrían razón. Si Jesús no dijo nada al respecto y fue una decisión puramente humana, sería discutible. El diaconado podría haber sido de otra manera. Podría haber habido dos grados del Orden —presbiterado y episcopado— y que el diaconado fuera simplemente una preparación previa. O podría haberse organizado de muchas otras formas. Es decir, entraríamos ya en una gran cantidad de posibilidades para la Iglesia. Yo creo que es mucho más sensato pensar que, al menos, el ADN de la Iglesia futura ya contenía todo lo esencial de los sacramentos, incluyendo los tres grados del sacramento del Orden. Y desde esta perspectiva mía, no cabe esa ordenación femenina. Si la Iglesia lo aprobara, yo lo aceptaría totalmente, porque, si la Iglesia aprueba algo, se puede hacer. Aunque yo afirmo que no se puede cambiar, esa es mi opinión teológica. Si la Iglesia lo aprobara, yo lo aceptaría, claro que sí. Desde el mismo momento de la aprobación, lo aceptaría. Pero tendría que ser una aprobación oficial, no simplemente una opinión expresada en un sermón.

Pedro Andrés: Sí. Y ahí entra también, padre, lo que señala la Comisión Teológica Internacional. Allí se habla bastante de la historia del diaconado femenino, de Febe, en la Carta a los Romanos, y de lo que fue posteriormente esta realidad. Creo que la conclusión es que estas funciones fueron evolucionando hasta dar lugar a las actuales religiosas, incluso a las abadesas, como una figura femenina de servicio y también de autoridad.

Padre Fortea: Pero, evidentemente, este punto puede ser discutido por muy buenos teólogos. Yo les reconozco el derecho a discutirlo. A mí me convence más la tesis más «intervencionista» de Jesús a este respecto.

Pedro Andrés: ¿Y eso qué significa?

Padre Fortea: Que Jesús intervino en todo lo esencial de la Iglesia. En todo.

Pedro Andrés: Padre, con respecto al diaconado, ¿es claro que el diácono forma parte de la jerarquía de la Iglesia?

Padre Fortea: Bueno, perdón. Eso se decía en el Código que yo tenía en mis manos cuando era seminarista. Se decía que el diácono formaba parte de la jerarquía y que cada uno participaba de Cristo Cabeza, cada uno según su orden. Pero el papa Benedicto aprobó un cambio en la formulación de los cánones a ese respecto. Allí se establece que Cristo Cabeza corresponde solamente al presbiterado y al episcopado, mientras que los diáconos están ordenados para servir.

Pedro Andrés: Entonces, ¿cómo debemos entender esa diferencia?

Padre Fortea: Bueno, vamos a ver. Ese tema no presenta ningún problema. No hay ningún problema. La primera formulación no era heterodoxa; por eso estaba en el Código de Derecho Canónico. No era heterodoxa. Había una forma católica de entenderla. Y la siguiente afirmación que se hizo, yo afirmo que sí es verdadera, pero también hay una forma de entenderla que no es contradictoria con la primera formulación. Si ya los laicos tienen un grado de participación en el sacerdocio, aunque sea cualitativamente distinto —no es la misma realidad: una es la realidad sacramental del Bautismo y otra es la realidad sacramental del sacramento del Orden—, los diáconos, por lo tanto, no están al mismo nivel que el sacerdote o el obispo. Pero, si el laico es, en el sentido propio del sacerdocio común, sacerdote, el diácono lo es en un sentido superior. Representa a Cristo de un modo todavía más poderoso, más intenso. A pesar de lo anterior, los diáconos no forman parte de la jerarquía en cuanto a Cristo Cabeza y están ordenados para servir.

Pedro Andrés: Padre, cuando vemos las funciones del diácono, queda claro este servicio en la Palabra, en la liturgia y en la caridad. En el caso de la Palabra, el diácono predica. Entre sus facultades están la proclamación del Evangelio y la predicación. ¿Esa predicación no sería, de alguna manera, un acto propio de la jerarquía o de esa tríada de enseñar, santificar y regir? ¿La predicación del diácono entra dentro de ese campo?

Padre Fortea: El diácono ejerce en ese momento una función de Cristo. Es una función de Cristo, pero es una función de un servidor al que se le da la palabra para enseñar. Eso es todo. Por eso, propiamente hablando, no tiene derecho a predicar siempre. Si yo fuera el párroco, habría dicho: «Vamos a predicar al 50 %», es decir, que el diácono predicara la mitad de las veces, todos los días y en todas las fiestas, por importantes que fueran. Pero otros párrocos pueden pensar que no debe predicar, y ya está.

Pedro Andrés: es decir, el diácono puede no predicar en una misa; no es que sea un derecho suyo hacerlo.

Padre Fortea: Si el diácono predica, no lo decide él, sino el párroco o quien presida la celebración.

Pedro Andrés: Y en el caso de la proclamación del Evangelio, si hay un diácono, ¿sí es un derecho suyo o también es opcional?

Padre Fortea: ¿En qué caso?

Pedro Andrés: En el caso de la proclamación del Evangelio durante la celebración eucarística.

Padre Fortea: Eso es obligatorio. Si hay un diácono, tiene que hacerlo siempre.

Pedro Andrés: Correcto. Pero en la predicación es diferente.

Padre Fortea: Sí. En la predicación decide quien preside, porque quien preside es quien organiza la ceremonia. Por tanto, si quien preside dice: «Voy a predicar yo», pues ya está.

Pedro Andrés: Padre, también de acuerdo con esto, no sé cuál será la usanza en Europa. Acá en Latinoamérica tampoco es muy común la presencia de diáconos permanentes. ¿El diácono ejerce una cierta paternidad pastoral? ¿Se le llama «padre»? ¿Ejerce la cura de almas como un sacerdote?

Padre Fortea: La cura de almas implica muchas cosas: atender a las personas, ayudar a los pobres, hablar con los fieles y resolver los problemas que puedan surgir en la parroquia. Lo que pasa es que hacemos bien en ver al párroco como el padre y al diácono como el hijo que ayuda al padre; como un hermano mayor que ayuda al padre. Yo creo que esa visión es más adecuada. Ahora bien, en la práctica, claro que un diácono puede ejercer una cierta paternidad espiritual. Normalmente no, porque quien confiesa es el sacerdote, los feligreses están acostumbrados a su párroco de toda la vida y el diácono va a estar solamente un tiempo determinado. Si un sacerdote lleva muchos años en una parroquia, se convierte en párroco y, por tanto, existe una paternidad. Pero un diácono transitorio que va a estar solamente seis meses o un año en una parroquia poco podrá ejercer esa paternidad, salvo en el ámbito de la caridad. En cambio, un diácono que llevara muchos años en una parroquia, como puede suceder con un diácono permanente, sí podría convertirse en un faro, en un referente, incluso en un padre espiritual. Pero su labor, de por sí, es la de un hermano mayor que ayuda al padre en esa familia. Después, en la práctica, uno puede convertirse en padre espiritual, pero sigue siendo un hermano mayor que ayuda al único padre que hay en la parroquia.

Pedro Andrés: En ese sentido, el diácono debe mantener esa prudencia para no inmiscuirse en lo que sería propio del párroco.

Padre Fortea: Además, en España —y con toda la prudencia del mundo— basta decirlo: hay muchos párrocos que no quieren diáconos. Y es verdad que, en todas partes del mundo, siempre se habla de cierta rivalidad, de roces, de que el párroco no deja hacer nada al diácono. Bueno, eso ha sido así desde hace muchos siglos y hay que aceptarlo. El diácono tiene que someterse con bondad. Eso es todo. No hay que hacer un problema de ello. Cuando llegue el momento de que tengáis una parroquia, no debería ser así. No debería ser así, pero es así en muchísimas parroquias.

Pedro Andrés: Padre, ¿y usted ha tenido diáconos durante su etapa como párroco?

Padre Fortea: Tuve un diácono durante un año en el pueblo de al lado. El obispo me dijo que yo no me iba a tener que ocupar más que de celebrar la misa los sábados y domingos y administrar los sacramentos, porque de todo lo demás que no fueran los sacramentos —bautizos y bodas incluidos— se iba a ocupar el diácono que vivía allí y que sería ordenado como tal. Entonces, durante un año tuve un diácono. La verdad es que él me ayudaba principalmente en su iglesia, donde ejercía prácticamente como cabeza de la comunidad. Aunque formalmente era yo quien figuraba como administrador parroquial, en la práctica no era así. En la práctica lo llevaba todo, todo, todo aquel diácono. Es un ejemplo de cómo un diácono puede ejercer una cierta paternidad, en este caso de una manera muy particular.

Pedro Andrés: ¿El Código permite que un diácono sea administrador parroquial?

Padre Fortea: Yo creo que no, que tiene que ser un párroco. Pero, aunque a mí me nombró el obispo administrador parroquial, me dijo: «Bueno, él se va a encargar de todo». Y, por tanto, así lo respeté. El obispo quería que aquel diácono se encargara de todo y así lo hicimos. Era un pueblecito de quinientos habitantes.

Pedro Andrés: Padre, ¿y su diaconado cuánto duró? ¿Seis meses, un año?

Padre Fortea: Fue de poco más de medio año. Y eso que yo amaba mucho el diaconado; no me hubiera importado ejercerlo durante un año. Pero no: fue algo más de medio año, aunque no llegó a ocho meses. Creo que fueron siete meses. Más allá de lo litúrgico, seguía haciendo las funciones que realizaba durante los años de pastoral en aquel lugar: organizar muchas cosas, ayudar en la liturgia, mantener el despacho y muchísimas otras tareas, durante muchas horas y muchos días. Era una parroquia que tenía más de cincuenta mil feligreses, muy grande para España. Entonces seguí ejerciendo todo aquello, salvo el aspecto litúrgico propio de la misa. No hubo grandes cambios.

Pedro Andrés: Bien, padre. Muchísimas gracias por atendernos.

Padre Fortea: Si os he servido un poquito para algo, me alegro. Que os vaya muy bien y que seáis muy santos.

Pedro Andrés: Padre, como nosotros creemos, como usted, en el poder de la oración, por favor, rece por nosotros y dénos su bendición. El miércoles 2 nos ordenamos diáconos en la Catedral de Ayacucho. Además, el obispo de Ayacucho fue quien consagró obispo al papa León XIV aquí, en el Perú.

Padre Fortea: Ah, vaya.

Pedro Andrés: Entonces, las manos que hicieron obispo al actual Papa nos harán a nosotros diáconos. ¡Qué curioso!

Padre Fortea: Pues que seáis muy felices en vuestra diaconía, primero, y después como sacerdotes. Un fuerte abrazo.

Pedro Andrés: Gracias, padre. Muy amable. Que esté muy bien.

Padre Fortea: Hasta luego.