sábado, 31 de octubre de 2026

Bienaventurados los pobres de espíritu (Mt 5,3)

BEATI PAUPERES SPIRITU

Una reflexión desde la perspectiva de la teología de la liberación

En el contexto de las bienaventuranzas, presentadas por el evangelista san Mateo (Mt 5,1-13), quiero centrar mi reflexión particularmente en la primera: “Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos” (Mt 5,3).

La pobreza como una realidad negativa

En primer lugar, es necesario precisar que, desde la perspectiva de la teología de la liberación, la pobreza no es una realidad buena en sí misma. Por el contrario, constituye un mal, un signo de las consecuencias del pecado en la historia humana. La pobreza material, entendida como privación de los bienes necesarios para vivir dignamente, no debe idealizarse, sino que debe ser superada. En la teología de la liberación, la lucha es contra la pobreza y se realiza con los pobres.

Por tanto, es importante distinguir entre la pobreza material, que representa una realidad negativa, y la pobreza de espíritu, que constituye una actitud evangélica que Jesús mismo propone y encarna con su propia vida.

La pobreza de espíritu como opción personal

La bienaventuranza puede entenderse como una invitación a elegir libremente la pobreza, no en el sentido de buscar la miseria o la privación material, sino como una opción consciente y por convicción de vivir desprendidos de los bienes materiales. ¡Cuántos hay que se desviven por lo material, aun cuando ni siquiera necesitan aquello por lo que tanto se desviven! “Vanidad de vanidades, todo es vanidad”, como expresa la literatura sapiencial bíblica (Ecl 1,2).

Ser pobre de espíritu significa, desde esta perspectiva, asumir una actitud de desprendimiento, sobriedad y generosidad frente a las posesiones materiales. Es no hacer de los bienes el centro de la existencia, sino aprender a vivir con sencillez y disponibilidad para compartir.

He conocido a muchos hombres y mujeres sobrios y humildes, pero nunca descuidados ni abandonados en su apariencia personal. La pobreza de espíritu, mal entendida, puede llegar a confundirse con el abandono de uno mismo, con la irresponsabilidad en el cuidado de la propia persona o con la insensatez en el uso del tiempo y en las circunstancias de la vida.

Por tanto, no se trata de ser pobre por padecer una situación de necesidad, sino de asumir voluntariamente una forma de vida en la que los bienes materiales no constituyan un absoluto. La libertad frente a lo material y la capacidad de distinguir entre lo que necesito y lo que deseo son claves para vivir la pobreza de espíritu; es decir, ser pobre por convicción, porque se quiere y se puede vivir sobriamente.

Cristo, el pobre por excelencia

Esta pobreza de espíritu encuentra su máxima expresión en Jesucristo. Él es el pobre por excelencia, el modelo de quien vive desprendido de los bienes materiales y orientado completamente al cumplimiento de la voluntad del Padre.

Del Señor sabemos que nació en condiciones de humildad y fue recostado en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el alojamiento (Lc 2,7). Luego, en Nazaret, creció bajo el peso y la dignidad del trabajo manual, en el seno de una familia trabajadora (Mt 13,55; Mc 6,3).

De Jesús, nuestro Señor, pienso que no se podría decir que pasó necesidad material de manera permanente, pues indigente no fue. Trabajó y conoció la dignidad del trabajo con el que se gana el pan. Pero tampoco fue un rico terrateniente, sino el “hijo” de José, el constructor en Nazaret, perteneciente a la casa de David (Lc 2,4).

Jesús mismo afirma que “el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza” (Mt 8,20). Sin embargo, esto no significa necesariamente que haya vivido en una situación permanente de indigencia material, pues los Evangelios muestran que contó con personas que colaboraban con su misión y sostenían su actividad (Lc 8,1-3).

Lo fundamental es que Jesús no hizo de las posesiones materiales una preocupación central de su existencia. Su riqueza no estaba en los bienes que poseía, sino en su relación con el Padre y en su entrega a los demás.

En este sentido, Cristo es el pobre de espíritu por excelencia: el que vive desprendido, libre y generosamente entregado a su misión.

La razón de la bienaventuranza: el Reino de los cielos

Un aspecto fundamental de esta bienaventuranza se encuentra en la expresión “porque de ellos es el Reino de los cielos”.

Es importante detenerse en ese “porque”. No son bienaventurados por el simple hecho de ser pobres, sino porque de ellos es el Reino de los cielos. Es decir, la pobreza de espíritu, manifestada en el desprendimiento, la sobriedad y la generosidad, constituye una disposición para acoger y vivir conforme a las exigencias del Reino de Dios.

La dicha que Jesús proclama no se fundamenta en la situación material presente de la persona, sino en la promesa del Reino. La felicidad no procede de la privación, sino de aquello que Dios promete y comienza a realizar.

Así se comprende mejor aquella enseñanza del Señor cuando, dirigiéndose a sus discípulos, les advierte de la dificultad que tendrán los ricos para entrar en el Reino de los cielos, especialmente cuando ponen su confianza exclusivamente en las riquezas (Mt 19,23-24).

El Reino de Dios: presente y futuro

El Reino de los cielos no es una realidad que se construya exclusivamente después de la muerte. Comienza a hacerse presente aquí, en la historia, mediante la vivencia de los valores que Jesús anuncia: la justicia y la paz. Sin embargo, no alcanza su plenitud en este mundo, sino que tendrá su consumación definitiva en los cielos nuevos y la tierra nueva, según la esperanza escatológica cristiana (Ap 21,1).

Por tanto, la pobreza de espíritu, entendida como desprendimiento y generosidad, permite vivir desde ahora conforme a la lógica del Reino, aunque su realización plena todavía esté por venir.

San Pablo nos recuerda que “el Reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo” (Rom 14,17). Pero el cristiano no puede desentenderse de las necesidades materiales de los demás. No podemos desearle la bendición a un pobre, saludarlo y decirle “que Dios te bendiga”, si no le damos el pan que necesita. Así nos lo recuerda el apóstol Santiago cuando pregunta qué provecho tiene desearle a alguien que vaya en paz, que se caliente y se sacie, si no le damos lo necesario para el cuerpo (St 2,15-16).

La lógica de las bienaventuranzas: una felicidad que mira hacia el futuro

Esta misma lógica puede aplicarse a las demás bienaventuranzas. Jesús no proclama dichosos a los que lloran por el simple hecho de llorar, sino porque serán consolados. Tampoco proclama dichosos a quienes padecen hambre y sed de justicia por esa situación en sí misma, sino porque serán saciados (Mt 5,4.6).

En otras palabras, Jesús no declara buenas las situaciones de sufrimiento, privación o injusticia. La felicidad que anuncia se fundamenta en la transformación que Dios promete realizar.

Las bienaventuranzas expresan, por tanto, una esperanza: la realidad presente no es definitiva. Hay una promesa de cambio, una transformación de la historia y una instauración del Reino de Dios que ya comienza a realizarse, pero que todavía espera su plenitud.

Y en nosotros, los cristianos, está la responsabilidad de acoger el don del Reino de Dios desde la pobreza de espíritu, para luchar contra la pobreza material, injusta y deshumanizadora, procurando que todos tengan su pan cotidiano: el alimento de la Palabra y el sustento que mantiene la vida.

Que nadie diga solo “Padre nuestro” sin decir después “pan nuestro” (Mt 6,9-11).



jueves, 22 de octubre de 2026

Gustavo Gutiérrez: memoria, pensamiento y compromiso con los pobres

A DOS AÑOS DE FALLECIMIENTO DEL PADRE DE LA TEOLOGÍA DE LA LIBERACIÓN

Entrevista al profesor Henry Torres Esteban, con ocasión del segundo aniversario del fallecimiento del padre Gustavo Gutiérrez.

PEDRO ANDRÉS: El 22 de octubre de este año 2026 se cumplirá el segundo aniversario del fallecimiento de Gustavo Gutiérrez, sacerdote peruano y padre de la teología de la liberación. Para conmemorar esta fecha, he querido entrevistar a mi profesor, Henry Torres Esteban, magíster en Enseñanza de la Filosofía y de las Ciencias Sociales, con más de 22 años de experiencia docente y profesor de nuestro Seminario Mayor San Pío X.

Buenas tardes, profesor Henry. Bienvenido.

HENRY TORRES: Gracias. Espero que este homenaje que quieres hacerle salga de la mejor manera.

PEDRO ANDRÉS: Así es. La figura del padre Gustavo Gutiérrez genera muchísimo interés porque, como hemos dicho, es conocido como el padre de la teología de la liberación, una corriente teológica que nació propiamente con él aquí en el Perú y que se mantiene vigente hasta nuestros días. De esto vamos a hablar a profundidad más adelante.

El profesor Henry es un estudioso de la teología y del pensamiento del padre Gustavo Gutiérrez, a quien tuvo la oportunidad de conocer personalmente. Por eso, mi interés y lo que quiero mostrar a través de esta entrevista es ese lado más humano, más paternal, que usted pudo conocer y percibir en su trato con el padre Gustavo.

Profesor, coméntenos cómo se produjo ese primer encuentro: dónde estaban, en qué circunstancias se conocieron y cuál fue la primera impresión que le causó.

HENRY TORRES: Bien, yo lo conocí en los cursos de teología del Instituto Bartolomé de Las Casas. Si bien es cierto que fueron pocos días, fueron jornadas muy intensas de aprendizaje sobre teología y, sobre todo, sobre la espiritualidad de la teología de la liberación.

Como anécdota, creo que hay algo que puede retratar muy bien a Gustavo Gutiérrez. Yo lo admiraba mucho y, durante muchos años, siempre busqué conocerlo y estar cerca de él. Finalmente, esa oportunidad se presentó en aquel curso de teología.

Durante los primeros encuentros, cuando coincidíamos en los pasadizos o en el patio, yo simplemente lo saludaba: «Padre, buenos días» o «Padre, buenas tardes». Creo que fue al segundo o tercer día cuando se acercó y me dijo: «Henry, ¿somos amigos?». Yo le respondí: «Pues sí, somos amigos». Entonces me dijo: «Si somos amigos, no me digas padre; dime Gustavo».

Creo que ese pequeño gesto lo retrata muy bien en su sencillez y humildad. A veces buscamos títulos y queremos estar encumbrados, pero, con aquella sencilla expresión, me hizo comprender que era un amigo más. Esto no solo habla de la gran persona que era, sino también de la vivencia misma de su cristianismo.

PEDRO ANDRÉS: Ese lado humano, ese trato tan sencillo del padre Gustavo, es algo que recuerdan muchas personas que lo conocieron. Usted nos comenta que ya había tenido contacto con algunos de sus libros y que tenía la ilusión de conocerlo. ¿Cuál fue ese primer libro o qué lecturas lo llevaron a acercarse al pensamiento de Gustavo Gutiérrez?

HENRY TORRES: Sí, mira, tal vez pueda contarlo también en forma de anécdota. Desde la secundaria empecé a escuchar hablar sobre la teología de la liberación. Recuerdo que un profesor de Religión, Rodrigo, quien actualmente también es profesor aquí en el seminario, mencionó en alguna clase a un teólogo peruano que hablaba sobre los pobres. Eso me llamó la atención.

Luego, con el paso de los años y debido a mi interés por la filosofía y la teología, seguía escuchando hablar de la teología de la liberación, aunque todavía no me acercaba demasiado a ella.

Fue durante mis estudios superiores cuando el sacerdote Alejandro Vice me enseñó de manera más sistemática qué era la teología de la liberación. Nos presentó el libro Teología de la liberación. Perspectivas. Recuerdo también que nos mostró los libros del CEP que ya tenía y nos orientó sobre algunas lecturas. Ese fue mi primer acercamiento más profundo a esta corriente teológica.

PEDRO ANDRÉS: Precisamente, profesor, tenemos aquí ese libro. Se trata de una primera edición de Teología de la liberación. Perspectivas, publicada en 1971, cuando el padre Gustavo presentó por primera vez este trabajo.

En torno a este libro existen algunos miedos e incomprensiones, sobre todo —me atrevería a decir— por parte de quienes no lo han leído. Es muy fácil juzgar lo que no se conoce, así como es muy difícil amar lo que no se conoce.

Usted sí lo ha leído y estudiado. ¿Qué impresión le ha causado encontrarse con sus páginas? ¿Qué provecho puede sacar de esta obra quien quiera interesarse por ella y acercarse a la corriente teológica que, en buena medida, encuentra aquí uno de sus textos fundacionales?

HENRY TORRES: ¿Sabes? Hay dos cosas que quisiera señalar. En primer lugar, yo hice mi tesis de maestría precisamente sobre Gustavo Gutiérrez y la teología de la liberación. La desarrollé buscando establecer un diálogo con la filosofía, específicamente con la filosofía de la educación.

En segundo lugar, considero que el gran provecho que puede ofrecer este libro es que humaniza. El cristianismo, creo yo, tiene como uno de sus mayores aportes un humanismo radical. Esto lo decía Hans Küng: la preocupación principal del cristianismo es que seamos más humanos.

Y eso se refleja en esta obra. ¿Cómo no va a ayudarnos a ser más humanos si su preocupación principal es quienes más sufren, las personas que experimentan cotidianamente el dolor?

Creo que a las personas les puede interesar mucho porque todos, de alguna manera, somos compasivos y empáticos. En esta obra podemos contemplar nuestro cristianismo desde abajo, desde los pequeños, desde quienes sufren. Y pienso que todos estamos interesados en eso. Queremos acabar con la pobreza, queremos que haya más sonrisas y que las personas puedan vivir dignamente. La teología, a través de este libro, puede ayudarnos a caminar en esa dirección.

PEDRO ANDRÉS: Ahora bien, profesor, una de las cosas que comúnmente se repiten es que en esta obra existe una influencia del marxismo. Sabemos que el padre Gustavo Gutiérrez no solamente fue teólogo, sino que también tuvo la oportunidad de incursionar en otras disciplinas, especialmente en la sociología, que constituye uno de sus campos de interés.

En este sentido, ¿hay marxismo en este libro? ¿Se utiliza? ¿Cuál sería, digamos, la herramienta del análisis marxista que pudo haber empleado Gustavo Gutiérrez?

HENRY TORRES: Sí, Pedro. Creo que ese es uno de los principales puntos y tu pregunta es directa. ¿Qué genera tantos problemas con la teología de la liberación? Las acusaciones y controversias surgen, precisamente, por la cuestión del marxismo en la obra de Gustavo Gutiérrez.

Sin embargo, creo que es una cuestión relativamente sencilla de comprender si la pensamos bien. El marxismo, al igual que otras corrientes sociológicas o económicas, puede ayudar a entender y diagnosticar la situación de una sociedad. Gustavo Gutiérrez lo utiliza como un instrumento, como un medio. No constituye su motivación ni su punto de partida; es simplemente una herramienta que elige para analizar la realidad.

Él mismo señala que también se puede recurrir a Max Weber para realizar un diagnóstico y un análisis de la sociedad.

Pongamos un ejemplo: yo, como cristiano, puedo utilizar los aportes de Sigmund Freud, Carl Jung o Erich Fromm desde la psicología. Del mismo modo, desde la sociología y la economía puedo recurrir a economistas capitalistas, marxistas o a distintos sociólogos. Lo hago para comprender cómo está nuestra sociedad y cómo podemos solucionar el problema de la pobreza.

Ese es el punto: ¿cómo solucionamos el problema de la pobreza? El análisis marxista puede ser uno de los medios, pero no el único. El propio Gustavo Gutiérrez utiliza, por ejemplo, la teoría de la dependencia en esta obra, y nadie ha cuestionado por ello su pensamiento.

Por tanto, yo lo dejaría claro: son instrumentos de análisis. El marxismo no es la motivación ni el fin de la teología de la liberación. No debemos confundir el uso de una herramienta de análisis social con la asunción de sus presupuestos filosóficos o ideológicos.

PEDRO ANDRÉS: También es común pensar que los teólogos de la liberación quisieran presentar esta corriente como el único camino o la única herramienta para responder a Dios en la actualidad. ¿Qué opina usted al respecto?

HENRY TORRES: Antes de responder directamente, quisiera remarcar algo que considero importante y que puede ayudarnos a comprender mejor esta cuestión. Se trata de aquella conocida frase de Hélder Câmara: «Cuando doy pan a los pobres, me llaman santo; cuando pregunto por qué los pobres no tienen pan, me llaman comunista».

Creo que todos estamos preocupados por solucionar el problema de la pobreza. No queremos que haya personas pobres; queremos que todos tengan las posibilidades y libertades necesarias para educar a sus hijos y salir adelante.

La caridad y la limosna son muy buenas. La madre Teresa de Calcuta es uno de los ejemplos más grandes que hemos tenido en los últimos tiempos. Sin embargo, también es necesario preguntarnos: ¿por qué los pobres no tienen pan?, ¿qué está sucediendo en nuestra sociedad?

Gustavo Gutiérrez remarcaba muchas veces que la pobreza no es un destino. No es que Dios haya planificado así las cosas. Somos los seres humanos quienes, con nuestro egoísmo y nuestra falta de organización, hemos contribuido a crear situaciones de pobreza.

Por eso debemos preguntarnos por qué los pobres no tienen pan. Y, para responder, necesitamos servirnos de elementos provenientes de la economía, la sociología, la antropología y la psicología, entre otras disciplinas, para tratar de solucionar ese problema.

En este sentido, podemos establecer una relación con san Óscar Romero, quien también representó una forma de vivir el cristianismo. Distinta, quizá, de la de la madre Teresa, pero profundamente comprometida con aquellas preguntas: ¿por qué existe la violencia?, ¿por qué los pobres no tienen pan?

PEDRO ANDRÉS: Y, en ese sentido, ¿es la teología de la liberación el único camino o la única herramienta para responder a esta situación de los pobres?

HENRY TORRES: No, yo creo que no. No es la única. Se trata de una corriente teológica muy interesante, con diversas manifestaciones y formas de expresión. Podemos mencionar a Leonardo Boff, Jon Sobrino, la teología india, la teología de la ecología, la teología de la mujer y, en Europa, la teología política. También tenemos la teología negra.

Hay muchas maneras de abordar estas realidades. Nuestro cristianismo es tan grande y tan vasto que debemos reconocer y valorar las distintas formas de reflexión teológica. Creo que aquí también podemos hablar de la sinodalidad.

La teología de la liberación es una forma de hacer teología que, personalmente, considero muy valiosa, pero eso no significa que debamos desconocer otras perspectivas. Todas pueden ayudarnos a pensar y reflexionar para buscar, al fin y al cabo, más humanidad y un cristianismo que procure el bien de los pobres.

PEDRO ANDRÉS: Gustavo Gutiérrez planteó que la teología no es únicamente un discurso sobre Dios, sino también una reflexión crítica sobre la praxis a la luz de la Palabra de Dios.

¿Qué significa esto en la práctica? ¿Cómo cambia nuestra manera de estudiar teología cuando tomamos en serio la realidad de los pobres?

HENRY TORRES: En una entrevista, que también pueden encontrar en YouTube, Gustavo Gutiérrez remarcó este punto, que constituye uno de los aspectos principales de su pensamiento y de toda su bibliografía.

Creo que todos los que escuchan y ven este video estarán de acuerdo con algo: primero es la vida, primero es la práctica.

Yo también soy profesor de secundaria y de educación superior, y siempre escucho esa queja: los sacerdotes, las religiosas, los catequistas y los cristianos, en general, no demuestran en su vida lo que hizo Cristo.

Pues bien, Gustavo Gutiérrez nos recuerda precisamente eso: primero la vida, primero la conducta, primero la praxis. Hay que vivir nuestro cristianismo, ayudar a los pobres y ser solidarios con ellos. Primero está la práctica; después viene un segundo momento, en el que nos ponemos a pensar y reflexionar sobre lo que hemos hecho. Eso es hacer teología.

Recuerdo una clase en el seminario en la que realizamos una dinámica con algunas mímicas. Se les pedía a los seminaristas que representaran cómo trabaja un carpintero, cómo trabaja un agricultor y, finalmente, cómo trabaja un teólogo. Cuando llegamos a este último, pensamos inmediatamente que el teólogo trabaja leyendo y escribiendo.

Sin embargo, para Gustavo Gutiérrez, lo primero que hace el teólogo es vivir, servir y ser solidario. Está en su parroquia, en su catequesis, en contacto con la realidad. Primero eso. Después, en un segundo momento, quizá por la noche, se pone a leer y a reflexionar sobre lo que ha vivido.

Me parece mucho más lógico que pensar que hacer teología consiste solamente en leer y escribir. Si no vivimos primero, ¿de qué vamos a hablar?

PEDRO ANDRÉS: Recuerdo que, en la lectura de Gustavo Gutiérrez, el compromiso es lo primero y la teología viene después, como acto segundo. Esa es una de sus afirmaciones fundamentales, que desarrolla en Teología de la liberación.

Hemos dicho que este libro fue publicado en 1971, después de la Conferencia de Medellín de 1968. Para Gustavo Gutiérrez, el tema de los pobres y de la opción preferencial por ellos —que, como sabemos, es preferencial y no excluyente— ocupa un lugar fundamental.

¿De dónde procede esta opción? ¿De su formación sociológica, de su encuentro con el Evangelio o de ambas experiencias?

HENRY TORRES: Esta pregunta también nos ayuda a limpiar un poco la imagen de Gustavo Gutiérrez frente a ciertas ideas que se repiten, acusándolo únicamente de marxista o de otras cuestiones similares.

Desde este primer libro hasta sus últimas publicaciones encontramos una afirmación constante: la opción por los pobres es teocéntrica. Eso debe quedar claro.

Tú has comenzado diciendo que muchas controversias han surgido porque algunas personas no han leído sus libros ni han escuchado sus explicaciones. Él siempre sostuvo que la opción por los pobres es teocéntrica, es decir, tiene a Dios como fundamento.

¿Por qué debemos optar por los pobres? Por Dios, porque Dios es Dios. Dios ama, Dios es misericordioso. Es Dios mismo quien primero opta por los pobres. ¿Cómo podría agradarle a Dios el sufrimiento de las víctimas? No es un Dios que quiera que permanezcan esos problemas ni que continúe el dolor de las personas.

Nosotros creemos en ese Dios, en ese Abba, en ese Dios que es amor.

Quizá un ejemplo que nos puede ayudar a comprenderlo es el de una madre. Imaginemos que tiene dos hijos: uno con una discapacidad que requiere cuidados especiales y otro que se encuentra perfectamente bien. Evidentemente, nadie acusaría a esa madre de amar más a uno que al otro porque dedica más atención al hijo que tiene mayores dificultades.

Esa es la preferencia. No deja de amar al otro; lo quiere y lo ama con todo su corazón, pero el primero necesita más atención.

Del mismo modo, el Dios en quien creemos tiene una cercanía especial con quienes sufren más. Ese es uno de los puntos de partida del pensamiento de Gustavo Gutiérrez.

Por eso plantea una pregunta fundamental: ¿cómo decirle al pobre que Dios lo ama?

El comienzo de la teología de la liberación es Dios. Dios es su centro. Por eso, las acusaciones que sostienen que esta teología comienza únicamente desde la sociología no corresponden a su fundamento. Es teología, y es teología propiamente dicha.

PEDRO ANDRÉS: En ese sentido, la Palabra de Dios, la Biblia y la revelación contenida en las Escrituras constituyen la fuente principal de todo discurso teológico.

En nuestro estudio de la teología de la liberación hemos visto que es precisamente en la cuarta parte de este libro, titulada «Perspectivas», donde abundan las citas bíblicas.

Ahora bien, ¿cómo lee Gustavo Gutiérrez la Biblia? ¿Lo hace desde el punto de vista de la sociología, justificando con ella su pensamiento, o es más bien la Biblia la que le propone esa opción preferencial por los pobres y, en consecuencia, esa manera de hacer teología?

HENRY TORRES: Claro. Si partimos de que la teología de la liberación es teocéntrica, entonces la Biblia y la Palabra de Dios se convierten en su fuente fundamental. De ellas brota el fundamento bíblico para optar por los pobres.

A quienes van a ver este video les recomendaría volver a revisar, por ejemplo, el libro del Éxodo. Allí encontramos a un Dios que escucha el clamor de su pueblo e interviene para liberarlo.

El Éxodo es un libro central en esta perspectiva. También lo son los profetas, a quienes muchas veces hemos interpretado equivocadamente, pensando que su misión consiste únicamente en anunciar acontecimientos futuros. Sin embargo, el profeta es aquel que anuncia la buena noticia, pero también denuncia las injusticias.

Gustavo Gutiérrez retoma esos textos y muestra cómo los profetas ya tenían presente la preocupación por el extranjero, el huérfano y la viuda.

Después encontramos los Evangelios. Entre ellos hay algunos textos especialmente significativos para Gustavo. Uno que me gusta señalar es Mateo 25. Recomendaría que todos se acerquen a este capítulo y lean la parábola del juicio final.

Allí Dios pone a juicio a todos los pueblos. Y resulta muy interesante observar cuál es el criterio de evaluación: haber dado de comer al hambriento, haber dado de beber al sediento y haber atendido a quienes tenían necesidades concretas.

No se trata de cuestiones abstractas. Se nos pregunta si hemos hecho el bien de manera concreta. Y qué hermoso es el final del pasaje: «Cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis».

Ese es uno de los puntos esenciales de Mateo 25.

También el Apocalipsis ha sido revitalizado por esta perspectiva, no como un anuncio del fin del mundo, sino como una denuncia de las estructuras de poder y, sobre todo, como un mensaje de esperanza. Creo que necesitamos mucho esa esperanza en nuestros tiempos.

Ayer veía cómo Guillermo del Toro, el famoso director de cine, se emocionaba al hacer un pequeño diagnóstico de lo que está sucediendo con esta generación y del mundo que estamos dejando a las nuevas generaciones. Y, a pesar de todo, debemos mantener la esperanza.

En los últimos cursos de teología a los que asistí, cuando Gustavo ya era anciano, recuerdo cómo insistía constantemente en la esperanza. Eso también me ha quedado muy claro. Tal vez antes, por mi juventud, no le daba tanta importancia, pero hoy comprendo que es algo trascendental.

Vivimos en un mundo marcado por el cambio climático, por graves problemas políticos y por guerras como las de Ucrania y Gaza. A pesar de todo, debemos mantener la esperanza. Este mundo puede mejorar. No estamos llamados a pensar que todo está perdido, sino a trabajar para transformarlo. Eso forma parte de nuestro cristianismo y era algo que Gustavo Gutiérrez remarcaba constantemente.

PEDRO ANDRÉS: Sin embargo, Gustavo Gutiérrez, a diferencia de otros teólogos de la liberación, no fue excomulgado ni vetado. Tampoco fue condenado oficialmente mediante un decreto de la Congregación para la Doctrina de la Fe.

Esto no sucedió con Gustavo Gutiérrez. Su teología fue objeto de controversias y de algunos procesos de diálogo con la Iglesia, pero él nunca estuvo fuera de la comunión eclesial. Se presenta como un hombre de Iglesia, de profunda fe, que murió como sacerdote dentro de la Orden de Predicadores, a la que pertenecía.

En este sentido, profesor, ¿qué significa que Gustavo Gutiérrez nunca haya sido excomulgado ni condenado oficialmente?

HENRY TORRES: Hay que tener claro que nunca hubo una notificación ni una excomunión, como mucha gente cree. He notado, sobre todo entre personas de las parroquias y de nuestras comunidades eclesiales, cierto temor hacia Gustavo Gutiérrez. Son ideas que se han difundido, pero no corresponden a la realidad.

Hoy tenemos herramientas para investigar y comprobar estas cosas. Basta con revisar la documentación disponible para constatar que no fue excomulgado.

Una idea previa que debemos tener en cuenta es que, cuando aparecen propuestas nuevas, suelen surgir temores y pequeñas controversias. Eso ha sucedido con muchas teologías. Pensemos, por ejemplo, en santo Tomás de Aquino. No debemos creer que desde el primer momento fue aceptado sin dificultades. También hubo cuestionamientos sobre su pensamiento y sobre la incorporación de Aristóteles a la reflexión teológica.

Algo semejante sucede con los grandes teólogos que buscan hablar a los hombres y mujeres de su tiempo. Para ello, dialogan con determinadas filosofías y asumen realidades que los interpelan, buscando ofrecer respuestas nuevas.

Gustavo Gutiérrez comprendió que América Latina necesitaba una nueva manera de hacer teología y de entender el cristianismo, porque nuestra realidad era muy distinta. Hasta ese momento, muchas de las propuestas teológicas provenían de Europa y respondían principalmente a los problemas de la sociedad europea.

Por ejemplo, algunas teologías surgieron para responder al ateísmo y al agnosticismo que se desarrollaron especialmente en Europa. En América Latina, en cambio, los problemas fundamentales eran la pobreza, la discriminación y el racismo. Entonces surgía una pregunta: ¿cómo hacer una teología que responda a este contexto?

Naturalmente, podían aparecer dificultades en algunas explicaciones o planteamientos de los libros. Y precisamente por eso somos Iglesia: estamos llamados a dialogar.

Gustavo Gutiérrez hizo eso: dialogó. Durante el pontificado de Juan Pablo II aparecieron dos instrucciones de la Congregación para la Doctrina de la Fe sobre determinados aspectos de las teologías de la liberación. Muchos teólogos no se identificaron con algunas de las críticas planteadas y continuaron desarrollando sus reflexiones.

En el Perú, la Conferencia Episcopal Peruana también examinó la obra de Gustavo Gutiérrez para determinar si existían dificultades doctrinales. Se inició un diálogo con él y, finalmente, se le pidieron algunas aclaraciones.

Precisamente, he traído aquí el documento Koinonía eclesial, que también se puede encontrar en internet y que ayuda a comprender cómo se desarrolló este diálogo y cómo se abordaron las cuestiones que podían generar algún malentendido.

Alguien podría decir: «Entonces, ¿sí hubo malentendidos?». Como sucede en cualquier ámbito, pueden surgir dificultades, y por eso se dialoga. Lo importante es que ese diálogo permitió aclarar las cuestiones planteadas.

Gustavo Gutiérrez nunca dejó de ser teólogo ni de pertenecer a la Iglesia. Tal vez, como anécdota, usted recuerda que en alguna oportunidad le preguntó algo muy significativo.

Lo cuentan varias personas y yo también le pregunté para comprobar si era cierto. La pregunta era: «Gustavo, si al final tuvieras que elegir entre tu teología y la Iglesia, ¿por cuál optarías?».

Y él respondió: «Por la Iglesia».

Creo que eso dice mucho de él. También lo recuerda el papa Francisco en la carta que escribió con ocasión de su fallecimiento. Allí lo reconoce como un hombre de Iglesia y destaca que, cuando había que guardar silencio, había sabido hacerlo.

Por eso, considero importante desterrar esa idea de que Gustavo Gutiérrez fue excomulgado o condenado y que estuvo fuera de la Iglesia.

PEDRO ANDRÉS: Esto es importante aclararlo. Y ya que hemos mencionado al papa Francisco, recordemos que envió un mensaje de video cuando se enteró del fallecimiento del padre Gustavo Gutiérrez.

Antes hemos presentado uno de sus libros más importantes, Teología de la liberación. Perspectivas, y ahora tenemos también uno de sus últimos libros, Vivir y pensar el Dios de los pobres, que cuenta con un prefacio del papa Francisco.

Podríamos pensar que el papa Francisco reivindicó la teología de la liberación y la figura del padre Gustavo Gutiérrez. Durante su pontificado, ¿qué podemos percibir? ¿Podemos decir que algunas de sus propuestas son fruto de la teología de la liberación?

HENRY TORRES: Yo pensaba en las imágenes y fotografías que existen de Gustavo Gutiérrez junto al papa Francisco. Quizá podemos ver en ellas un intento de revitalizar su figura y, sobre todo, de aclarar que Gustavo siempre permaneció dentro de la Iglesia.

Creo que, más que hablar de una adhesión explícita a la teología de la liberación, en Francisco debemos destacar su propia vida.

En sus documentos, como Laudato si', Fratelli tutti y otros escritos, se percibe una preocupación profunda por los excluidos y por quienes sufren. No voy a decir que todo eso sea directamente teología de la liberación, pero sí podemos afirmar que existe una preocupación por los pobres. Y eso es también cristianismo.

En Francisco se notaba en sus gestos, en su manera de vivir, desde cambiar de residencia hasta sus declaraciones y actitudes, que siempre manifestaban una preocupación por los más necesitados.

No me atrevería a decir que fue un seguidor de la teología de la liberación en sentido estricto, pero sí que en su vida se notaba esa preocupación por los pobres.

Y creo que también podemos reconocer esa preocupación en nuestro papa León XIV, de quien esperamos su visita. En los documentos que va publicando también se percibe esa atención hacia los más necesitados. Eso es lo esencial.

La preocupación por los pobres pertenece a todo el cristianismo. La teología de la liberación no puede apropiarse de ella como si fuera exclusiva. Lo que hace es poner un énfasis particular en esa dimensión de la vida cristiana.

PEDRO ANDRÉS: Al mencionar a Francisco y a León XIV, también sería válido recordar a Benedicto XVI. En Aparecida, en el año 2007, refiriéndose a la opción preferencial por los pobres, señaló que esta debía ser una opción cristocéntrica. En este sentido, acompaña el sentir y el pensamiento del padre Gustavo Gutiérrez, quien afirmaba que la opción por los pobres es teocéntrica.

Una de las primeras encíclicas de Benedicto XVI fue Deus caritas est, donde desarrolla de una manera hermosa el amor y la caridad traducidos en acciones y obras a favor de los más necesitados.

HENRY TORRES: Sí, creo que eso fue como un espaldarazo, una confirmación para muchos teólogos de la liberación y para quienes seguían esta corriente.

A veces se ha presentado a Benedicto XVI como alguien que perseguía a los teólogos de la liberación. Sin embargo, creo que debemos comprender que estamos hablando de cristianismo puro.

En alguna oportunidad escuché a un arzobispo decir que la teología de la liberación no era otra cosa que una explicitación del Evangelio. Creo que debemos mirarla con buenos ojos.

Si alguien todavía tiene dudas sobre Gustavo Gutiérrez y la teología de la liberación, basta con revisar los documentos de la Iglesia, desde los escritos de los Padres de la Iglesia hasta los documentos de los pontífices.

También podemos leer el libro de Gustavo Gutiérrez La verdad los hará libres, donde se observa cómo encuentra en la doctrina social de la Iglesia y en los documentos de los pontífices una preocupación por las causas de la pobreza.

Esa es la pregunta que, al final, debería inquietarnos a todos: ¿por qué existe la pobreza?, ¿por qué hay exclusión?, ¿por qué hay discriminación?, ¿por qué existe violencia contra la mujer?

Tenemos que buscar las causas. Esa preocupación está presente en todo el cristianismo, desde los Padres de la Iglesia.

Por eso, debemos aprender a mirar la teología con buenos ojos, sin temor y sin prejuicios. Ya basta de contemplarla siempre con lentes oscuros. También debemos acercarnos a ella con bondad y disposición al diálogo.

PEDRO ANDRÉS: En alguna oportunidad le preguntaron al padre Gustavo Gutiérrez cómo veía su propia obra intelectual y su teología de la liberación. Me parece que se refirió a sus libros como una carta de amor a la Iglesia y al pueblo de Dios. Esto habla mucho de su sencillez y humanidad.

También decía que, si pudiera cambiar algo, lo haría desde una perspectiva distinta, porque ciertamente en 1971 tenía una edad y en 2005 tenía otra. Y, cincuenta años después de la primera edición de su obra, se publicó una nueva edición con una introducción bastante extensa, en la que el padre Gustavo, desde una perspectiva más madura y después de tantos años de ministerio, vuelve sobre su primera obra.

En ese sentido, profesor Henry, decíamos al principio que usted nos enseña aquí en el seminario la asignatura de Teología de la Liberación y Teología Latinoamericana a jóvenes seminaristas que se preparan para ser futuros sacerdotes.

Si pudiera pedirles que aprendieran una sola lección de la vida y del pensamiento del padre Gustavo Gutiérrez, ¿cuál sería?

HENRY TORRES: Es una pregunta muy difícil, porque son muchas las cosas que podríamos destacar. Pero elegiría una: vivir por los pobres.

Y eso significa tener siempre un corazón compasivo. El dolor de las víctimas y de los pobres debe interpelarnos constantemente.

Creo que los seminaristas, los catequistas, los profesores de Religión, los sacerdotes y también quienes somos profesores debemos comprender algo: el día en que se nos endurezca el corazón y deje de dolernos el sufrimiento de las personas, ese día se habrá acabado nuestro cristianismo.

La opción por los pobres nace de ese Dios que nos ama tanto, pero también de un corazón que debe mantenerse generoso y compasivo hacia los demás.

Qué interesante y qué bonito sería que, en estos tiempos en los que hablamos tanto de crisis vocacional y de que somos pocos, recordáramos que Jesús comenzó con un pequeño grupo de discípulos y, sin embargo, miren todo lo que hizo.

¿Cómo lo hicieron las primeras comunidades cristianas? Compartían sus bienes, anunciaban a Cristo y vivían su cristianismo. Eso es lo que nos corresponde hacer ahora: mantener un corazón compasivo.

Cuando Gustavo Gutiérrez analizaba la parábola del buen samaritano, remarcaba que al samaritano se le conmovieron las entrañas. Eso es algo que los seminaristas y todos nosotros debemos aprender: que se nos conmuevan las entrañas ante tanto dolor y que no nos acostumbremos a él.

Parece que estamos llegando a acostumbrarnos a las guerras y al hambre, como si dijéramos: «Sí, hay guerras, hay hambre; así es la vida». Pero no. La vida no tiene que ser así. Debemos mejorarla y, si es posible, transformarla para que se acerque a lo que Dios quiere.

Como decía César Vallejo, debemos imaginarnos a todos juntos en una misma mesa, compartiendo el pan, unidos.

A mí me gusta decirles a mis alumnos que debemos vivir con una sonrisa, todos sonrientes, todos felices, compartiendo. Por eso, les diría que mantengan siempre ese corazón compasivo, que se les conmuevan las entrañas.

Y, si me permites agregar algo más, también les hablaría de la esperanza. Como decía al inicio, Gustavo Gutiérrez insistía mucho en ella.

La esperanza no significa cruzarnos de brazos y pensar que Dios ya lo va a solucionar todo. En una entrevista, él decía que la esperanza no cae en paracaídas: la esperanza se construye, se hace.

Este mundo va a cambiar si nosotros ponemos manos a la obra. De lo contrario, las cosas seguirán igual. Nuestro cristianismo nos mueve a conmovernos ante el sufrimiento de los demás y a trabajar por mejorar nuestra sociedad.

Como profesor, me corresponde dar lo máximo; al médico le tocará hacer su parte, al economista la suya y a los sacerdotes la que les corresponde. Todos tenemos que aportar para mejorar esta sociedad.

PEDRO ANDRÉS: Llegando ya al final de esta conversación, quisiera hacerle una pregunta más personal: ¿qué le dejó a usted Gustavo Gutiérrez? ¿Qué conserva de su pensamiento como creyente, como teólogo y como hombre de Iglesia?

HENRY TORRES: Mira, yo personalmente sigo teniendo presente su pensamiento. Continúo pendiente de la teología de la liberación, sigo reinterpretándola y aprendiendo cada vez más. Siempre vuelvo a ella.

A mí me deja muy clara una cosa, y esto forma parte de aquella tesis de maestría de la que te hablé: la compasión.

El mismo Gustavo Gutiérrez cita a Emmanuel Lévinas, el filósofo, desde esta primera obra hasta sus últimos escritos. En una pequeña obra, ¿Dónde dormirán los pobres?, también desarrolla y remarca la importancia de tener en cuenta al otro.

A veces hemos pensado que somos seres individuales, y nuestra cultura ha reforzado mucho esa idea. Sin embargo, tenemos que pensar siempre en el otro, porque el otro también nos constituye.

Por eso, creo que la compasión es el punto esencial.

Me atrevo a decir que la teología de la liberación, como hemos señalado, es teocéntrica, pero dentro de ese teocentrismo se encuentra esa compasión hacia los más débiles y hacia los pobres. Se trata de reconocer al otro y optar por él.

Un amigo de Gustavo Gutiérrez, Felipe Segarra, también tiene un libro sobre Emmanuel Lévinas y la teología de la liberación. Sería interesante revisarlo.

PEDRO ANDRÉS: Muchas gracias, profesor Henry, y gracias también a todos los que nos han acompañado en esta entrevista.

Como hemos dicho al principio, este encuentro se realiza en conmemoración del segundo aniversario del fallecimiento del padre Gustavo Gutiérrez. El profesor Henry nos ha ayudado a conocer y comprender mejor su teología, pero también nos ha mostrado a la persona que hay detrás de la figura tan querida del padre Gustavo.

Muchísimas gracias, profesor.

Quisiera aprovechar también para saludar a nuestros compañeros de la Diplomatura en Teología de la Pontificia Universidad Católica del Perú, aquella primera promoción del año 2023-2024, con quienes hemos tenido la oportunidad de reencontrarnos en Lima a principios de este mes de octubre. Un saludo para todos ustedes. Esperamos que puedan ver esta entrevista.

La invitación es a acercarnos a la teología de la liberación del padre Gustavo Gutiérrez desde una perspectiva de esperanza, reconociendo en ella una herramienta para contemplar el cristianismo desde la realidad de los pobres. Esta teología, que nació aquí en el Perú, se ha extendido y desarrollado gracias a diversos teólogos en distintos países del mundo.

Se trata de aprender a amar a los pobres y a reconocer a Cristo en ellos. San Pablo VI dijo en alguna oportunidad que los pobres son sacramento de Cristo, refiriéndose precisamente a que nuestro servicio hacia ellos es un servicio al mismo Cristo.

Estas serían nuestras palabras finales. Profesor Henry, ¿desea añadir algo más?

HENRY TORRES: Primero, quiero agradecerte. ¡Qué bonito que recordemos a Gustavo Gutiérrez! También quiero enviar un saludo a todos los que te siguen en las redes sociales y a nuestros amigos de la Diplomatura en Teología.

Quedémonos con esta idea: tener siempre un corazón compasivo y optar por los pobres. Ayudarlos y ayudarnos también nosotros.

PEDRO ANDRÉS: Así es. El papa Francisco decía también, en el prólogo de este libro, que debemos tener amistad con los pobres.

La amistad con el pobre significa, ciertamente, no volver la mirada ni hacer como si no existiera. Si hay pobreza y desigualdad, desde nuestra perspectiva cristiana y profética estamos llamados a hacer algo; mejor dicho, a hacerlo todo para transformar estas situaciones.

Con el Evangelio en el corazón y con Cristo en nuestra vida, estamos llamados a llevar la Palabra de Dios y también lo necesario para que todos tengan lo indispensable y puedan llevar una vida plena, santa y alegre, una vida digna, con una sonrisa en el rostro: la sonrisa de quien tiene lo necesario y, sobre todo, lleva a Cristo en el corazón.

Gracias a todos ustedes. Gracias, profesor Henry. Nos veremos en una próxima oportunidad.