EPISCOPADO FECUNDO
Queridos amigos de mi canal de YouTube,
sean bienvenidos a un nuevo video. Me encuentro en la oficina de Monseñor
Salvador Piñeiro. Él es el actual arzobispo de esta arquidiócesis de Ayacucho,
mi arzobispo. Y en este tiempo de vacaciones he querido encontrarme con monseñor
para entrevistarlo y sobre todo para tener una conversa amena y cordial en
vista de sus 25 años como obispo que se cumplirán el próximo 2 de septiembre,
una fiesta en la que nos reuniremos como arquidiócesis para festejar a nuestro
arzobispo por estos 25 años como pastor de la Iglesia; 16 años en Ayacucho y
anteriormente como obispo castrense del Perú.
Monseñor, buenos días. ¿Cómo está?
Contento en el trabajo y sobre todo invitando a
las parroquias, a las capellanías para que me acompañen con la oración y la
preocupación vocacional. El mejor regalo para el obispo es ver el seminario con
jóvenes que apuestan por Jesús, que quieren ser sacerdotes.
Bueno, monseñor, si usted menciona esto
de los regalos, quisiera dejar claro que usted me hizo un gran regalo a mí y
fue el hecho de invitarme a trabajar con usted en estas oficinas durante un año
y medio aproximadamente en el año 2023 hasta mediados del 2024, cuando después
decide enviarme para el seminario de Huancayo a culminar mis estudios teológicos.
Entonces, que quede claro que estoy muy agradecido, monseñor, por esa
oportunidad de conocer el trabajo en la curia arzobispal, de conocerlo a usted
de cerca en el trabajo como su secretario y pues ahora como su seminarista.
Decíamos al principio que queremos
conocer un poco más sobre su vida como obispo. Sabemos que cumplirá estos 25
años de consagración o de ordenación episcopal el próximo 2 de septiembre, pero
nos gustaría, monseñor, que nos contara cómo fue este llamado al episcopado, el
momento en el que usted se encuentra como párroco en Lima, como sacerdote con
más de 25 años de experiencia, habiendo pasado también por la rectoría del
seminario en Lima y pues cómo el Santo Padre lo llama para ejercer esta función
episcopal.
Estaba de párroco en Santa Rosa de Lince, que
tiene también 50 años. En esos días se fundaba una parroquia muy fraterna que
cultivaba el primer colegio parroquial del Perú. Yo no tenía mucha experiencia
en las cosas educativas, pero uno va aprendiendo en el camino y recibo la
llamada a nunciatura, me citan a una reunión. Acudo y el nuncio de aquel
entonces, monseñor Rino Pacigato, me dice al grano: “Lo he llamado porque el
Santo Padre quiere que sea usted el obispo militar del Perú”.
Y le digo: “Señor Nuncio, ¿tendré cualidades
para eso?” “Ya quienes lo han presentado sabrán por qué.” “¿Puedo consultar a
alguien?”.
“No, no hay que consultar. Vamos a la capilla”.
Y me llevó, me hizo una oración, me dio unos
documentos y me dijo: “Tenga usted la noticia en reserva porque es el único
obispo en el Perú que tiene que tener el mandato, el encargo del Gobierno; hay
que consultarlo al Estado. Tiene que ser peruano de nacimiento y el beneplácito
del presidente de la República”, que en esos días era don Valentín Paniagua,
porque ciertamente pues es un cargo especial cuidar del soldado, del policía de
la patria.
11 años he caminado por todos los lugares donde
ellos sirven para darnos libertad para poder vivir en democracia y acercarme a
las familias de los soldados, estar en las escuelas militares, en los colegios,
un trabajo muy especial, una diócesis que está en todo el Perú.
Y bueno, el nuncio me dijo: “Quiero estar con
usted el día de su ordenación”. Digo: “Pues yo soy párroco de Santa Rosa”.
“Ya verá otro la fiesta”. “Bueno, que sea el primer domingo de
septiembre”.
Por eso muchos me preguntan por qué se ordenó
el 2 de septiembre, porque el nuncio me pidió esa fecha, quería estar conmigo.
Después me he enterado que es un día bonito. Ya se los comentaré.
Monseñor, cuando usted dice que le
pregunta al nuncio si es que tiene cualidades, habría que recordar que durante
sus más de 25 años como presbítero en la Arquidiócesis de Lima llevó cargos de
gobierno, ¿no? Sobre todo, como vicario.
Acompañé al cardenal Augusto Vargas todo su
pontificado. Fui su vicario general y también un año con el cardenal Cipriani
me confió ese trabajo que es importante porque es acompañar a los sacerdotes, a
la pastoral, es un pensar con los criterios del obispo y ayudarlo en las cosas
administrativas.
Monseñor, recuérdenos ese día de su
ordenación episcopal. Estamos hablando del domingo primero de septiembre, que
es 2 de septiembre del año 2001. ¿Qué obispo lo ordenó y quiénes la acompañaron
allí?
Fue bonito porque todos los capellanes
castrenses, militares, fuimos a la iglesia de la Merced porque ella es la
patrona de las armas de la patria. Y con la imagen de la Virgen de la Merced
fuimos a catedral en peregrinación. Yo salía de la diócesis de Lima, le pedí
que el ordenante fuera el cardenal Cipriani, el nuncio que quería estar conmigo
y pedí también a monseñor Juan Luis Martín, obispo vicario apostólico en Pucallpa
y le dije: “Juan Luis, quiero que tú seas de los ordenantes para agradecer a
todos los misioneros, -él es canadiense-, que han venido desde lejos a trabajar
en mi patria”.
Fue en la catedral de Lima. Mi catedral
castrense es muy pequeña. Inmediatamente que me ordenaron obispo, tomé posesión
canónica de la Iglesia castrense. Me acompañaron los altos dignatarios de las
fuerzas armadas y policía. Fue una celebración muy especial porque también,
como miembro del Consejo Interreligioso, asistieron de todas las confesiones,
el obispo anglicano, los pastores luteranos, el rabino judío me acompañaron.
Fue un acontecimiento eclesial y ecuménico.
Monseñor, ese día le acompañaron sus
familiares, ¿estaban sus padres vivos?
No, ya no. Desde el cielo. Ellos me acompañaron
desde el cielo, mis hermanos, la familia más cercana, por cierto, me acompañó
delegaciones de las parroquias donde yo había servido, el Carmen en San Miguel,
Santísima Cruz de Barranco y Santa Rosa de Lince.
Por eso en mi escudo, que es como un lema, un
programa, puse la bandera patria, el monte Carmelo, la Cruz y la Rosa
Heráldica. Las tres parroquias es lo que yo podía, servir a la Iglesia con la
experiencia que he tenido de párroco, y como lema, el que trabajó tanto santo
Toribio de Mogrovejo: “El Señor es mi fortaleza”. El salmo que nos recuerda que
no estamos solos, que estas obras no son humanas, yo nunca pensé ser obispo y
menos castrense, pero uno va aprendiendo, el Señor le asiste y fue el regalo
que me dio san Juan Pablo II, que cuando fui a agradecerle le dije “me ha
puesto usted en un momento muy especial en la patria. Han cambiado los jefes
militares, hay un nuevo amanecer en la política y también como trabajo ya no
hay obligación del servicio militar, con lo cual esas historias negras, esas
esclavitudes fueron desapareciendo y por eso ahora el soldado, el policía, pues
opta de una manera libre para servir a la patria”.
Sabemos, monseñor, que el orden
sacerdotal comprende el diaconado, presbiterado y el episcopado. ¿Qué puede
hacer un obispo que no hace un sacerdote?
El Obispo puede delegar muchas cosas al
sacerdote, pero este no puede ordenar, no puede consagrar diáconos, presbíteros
a otros hermanos. Esa es función apostólica, es un encargo muy especial del
obispo.
Y en estos 25 años como obispo, habrá
ordenado usted muchos diáconos, sacerdotes y obispos a su vez. Coméntenos.
Sí, muchos. Una cincuentena tendré en la lista.
Cuando era obispo en Lima, pues algunas familias religiosas me pedían también
que ordenase a sus estudiantes. Y entre los de gran emoción, cuando era
presidente de la Conferencia Episcopal, Robert Prevost me llama y me dice:
“Quiero que seas tú de los ordenantes”. Y tuve que ir a Chiclayo, emoción,
ordenar al que es hoy día el Papa.
Y por eso en enero cuando fui a saludarlo con
los obispos del Perú me emocionó cuando me dijo: “Salvador, ¿te acuerdas que me
arrodillé delante tuyo para que me hicieras obispo? Ahora reza para que sea
buen papa”.
Un corazón humilde, un hermano muy querido
entre nosotros como obispo, cómo nos acompañaba en todas las actividades,
jubileos, celebraciones, identificado con este Perú, por eso tiene corazón
peruano.
Monseñor, me alegra muchísimo saber que
esas manos que consagraron obispo al que hoy es el Papa, me consagrarán a mí
como diácono el mismo día 2 de septiembre.
Es el mejor regalo para mis Bodas de Plata
ordenar a dos diáconos y a un sacerdote, porque es lo único que no puedo
delegar y es lo que nos hace grandes ante los ojos de Dios.
Como decía san Juan María Vianney, me postro
con humildad y me levanto sacerdote, me levanto lleno de las bendiciones de
Dios. Que nos acerquemos con un corazón humilde para que el Señor nos dé su
bendición, su fortaleza y podamos cumplir la misión del diaconado que te voy a
confiar que es tan sencillo, proclamar la Palabra, ese mensaje de Jesús que
convierte, ser el servidor del altar, ser el que cuida de las obras
apostólicas, especialmente de aquellas tareas, como lo haces con dedicación,
donde más se necesita el consuelo y la esperanza, la cárcel, el hospital, el
asilo, el puericultorio donde hay tantos hermanos que sufren y esperan.
El obispo, hemos dicho, ha recibido la
plenitud del orden sacerdotal, de modo que también ha sido alguna vez ordenado
diácono. Monseñor, ¿recuerda esa época en su vida?
Sí, me ordenó de diácono el cardenal Juan Landázuri,
que era mi obispo de Lima y yo estaba en la parroquia de Barranco, en la Santísima
Cruz. Era los que, de último año, pasábamos a hacer la pastoral en esa
parroquia. Y un 2 de julio, en ese tiempo era en el calendario la fiesta de la Visitación
de María. Fue el cardenal a Barranco, me ordenó, me acompañaron mis papás y
estuve un año de diácono en Barranco, al lado de un gran obispo, un gran
maestro de la vida apostólica, monseñor Germán Smith.
Soy testigo de su entrega, de su vida y por
esas cosas de la historia, cuando él era encargado del cono sur de la gran
Lima, cayó enfermo, un cáncer. Y el cardenal Vargas me dijo: “Acércate donde
Germán, acompáñalo y tú te vas a encargar del trabajo que él tenía”. Y por esos
7 años también, además de ser párroco en Barranco, era el coordinador en el
cono sur, lo que hoy es la diócesis de Lurín.
Monseñor. Y en el episcopado está el
pastoreo de una diócesis, usted unos años como castrense y luego como arzobispo
de acá de Ayacucho. ¿Qué sería lo más difícil de gobernar una iglesia?
Bueno, este es un examen que me estás tomando.
Vine aquí a los Andes traído por Benedicto XVI.
Estaba trabajando en la diócesis castrense como ordinario militar del Perú y me
pide venir aquí y encontrar pues una comunidad piadosa, unos Andes que nos
dificultan los traslados, pero también en el corazón de todos estos fieles que
han conocido las horas del terror, del odio, de la muerte. Pero un pueblo que
sufre, pero que cree, que lleva la cruz de Cristo con esperanza.
Y por eso, si han habido dificultades, hemos
sabido superarlas y esperamos pronto que se consuelen esos corazones
entristecidos, más de 16,000 desaparecidos; que ojalá se sigan esos trabajos
para aliviar el recuerdo, el dolor en el corazón de tantas madres, de tantas
esposas que no pueden olvidar la memoria del esposo, los hijos. Hay mucho
dolor, pero hay también esperanza.
Sabemos, monseñor, que esta carga del
episcopado, del gobierno de una Iglesia, muchas veces los obispos saben
sobrellevarla con la ayuda de sus sacerdotes, pero también de tantos laicos que
se comprometen y que entregan su vida al servicio. Yo quisiera recordar ahora a
don Alejandro Cabrera Palomino, que fue durante 30 años el síndico de este
arzobispado y que hace unos días atrás hemos despedido, que ha partido a la
casa del Padre. ¿Qué recuerda de don Alejandro y qué podríamos rescatar de su
vida entregada al servicio de la iglesia?
Ciertamente los sacerdotes son la corona y la
gloria del obispo y son sus primeros colaboradores, pero también la presencia
del laicado, y muy bien que me recuerde de don Alejo. En estos días cumplió su
misión, larga y pacientemente unido a la cruz de la enfermedad. Lo ungimos con
el óleo santo y cerró sus ojos al mundo, pero abrió su alma al Creador. Un
hombre 85 años de edad, más de 30, cuidando los bienes de la Iglesia con una
generosidad y una honestidad tan grande.
Esos son los grandes valores, fortalezas en el
trabajo del obispo, sus sacerdotes y laicos comprometidos, no entrometidos,
sino laicos comprometidos en la obra de la Iglesia, en el cuidado de la
evangelización en todas sus áreas, porque también lo administrativo, el ver los
bienes, el cuidar del seminario, son tareas muy necesarias.
Esa obra de la Iglesia entendemos que es
responsabilidad principal del obispo, pero de todos quienes le colaboramos y
entendemos que la vocación de la Iglesia, según nuestra teología en
Latinoamérica, es esa opción preferencial por los pobres. Monseñor, ¿cómo ha
vivido usted este llamado, este despertar de la opción preferencial por los
pobres en su época como presbítero y también como obispo?
Desde la reflexión en Medellín y sobre todo en
Puebla, la opción es muy clara. No podemos olvidar esa dimensión en la pastoral
del anuncio, de la celebración y del acompañamiento. Allí donde hay
sufrimiento, donde hay dolor. Ese es el evangelio de Jesús. Estas son las
bienaventuranzas. Trabajar para lidiar, para construir una civilización de
amor, no con odios, con rencores, sino con la fuerza del perdón, el sacrificio.
San Agustín, el gran maestro de la teología,
dice que el episcopado es honor y carga, honor et onus. Hay fatiga, hay
trabajo, pero también hay el honor de poder servir, de poder ayudar a los
hermanos.
El Santo Padre Francisco llevó, digamos,
muy presente esta opción preferencial por los pobres en sus palabras y sobre
todo en sus gestos. Y eso lo agradecemos mucho como Papa latinoamericano que
fue. Pero también nos introdujo a esa vocación de la Iglesia del tercer milenio
que es la sinodalidad. En este caso, monseñor, ¿qué tan sinodal ha sido usted
como obispo y en qué hechos concretos podemos comprender que la Iglesia vive
este camino de sinodalidad?
Aquella palabra griega tan antigua, caminar
juntos. El obispo tiene que estar, como decía el Papa Francisco, delante
llevando las ilusiones o quizás en medio acompañando o al final empujando a
todos para que caminemos. El obispo es el pastor. Por eso el báculo es para
llamar, para guiar, para orientar.
Es lo hermoso de la Iglesia, que prestamos
nuestra voz aquí también en Ayacucho. Otoniel, Juan Luis, Luis Abilio, hoy
Salvador, proclamamos la palabra de Jesús usando nuestra voz, nuestros gestos,
nuestra manera de ser. Por eso agradezco tanto esa actitud de escucha de
nuestro pueblo. Siempre están atentos a la llamada del obispo, a los programas
que hacemos.
No son fáciles las reuniones por las
distancias, por las dificultades que se presentan en el camino, pero hemos
tenido buenos momentos y sobre todo mucho me han acompañado los profesores de
religión, que son también las manos del obispo. Yo no puedo llegar a todas las
aulas. Y ellos, a los niños, a los jóvenes, les están recordando el mensaje de
Jesús, la historia de la Iglesia.
En estos 25 años de obispo, monseñor,
sabemos que ha tenido muchísimas oportunidades para llevar a cabo la misión de
la Iglesia. Ha conocido cuatro papas, ha estado en dos misiones episcopales, el
obispado castrense y la Arquidiócesis de Ayacucho. Pero de estos 25 años, algún
momento o algunos momentos culmen eh de alegría, de satisfacción en los que has
sentido que realmente vale la pena entregar toda una vida a Cristo con más de
50 años también como sacerdote.
Cómo en el mundo castrense esperaban con
ilusión la llegada del obispo y estaban atentos a mi mensaje. Los capellanes me
preparaban el camino para celebrar. Yo creo que era el obispo que más
confirmaba jóvenes en el servicio militar, en los colegios, en las academias.
Entonces, el Señor nos ha dado muchas alegrías y
en estos Andes tuve oportunidad de participar en varios sínodos, como me has
recordado, cuatro papas me han recibido a los que he podido darles mis
confidencias, mis ilusiones. Siempre me he sentido acompañado.
Cuando alguien me preguntaba, ¿ha visto algún
momento de frustración? Les soy honesto. En mis 53 años de cura nunca me he
sentido frustrado. El Señor nos da fortaleza. Ciertamente hay horas de fatiga,
no faltan las incomprensiones, pero también los consuelos, la bendición de
Dios. Él siempre nos fortalece, nos acompaña en el camino.
Esa vida de entrega y de consagración a
través del orden sacerdotal, sabemos, se hace a través de unas promesas
especiales. Los religiosos hacen votos de pobreza, castidad y obediencia. Los
diocesanos hacemos promesas. ¿Cuáles son estas promesas, monseñor, y cómo las
ha vivido? ¿Y qué consejos también nos da los que nos vamos a adentrar a este
mundo de consagración?
San Benito dice: “Todos los cristianos tenemos
que tener un corazón limpio. Tenemos que ser generosos, nada de avaricias.
Tenemos que ser humildes, sencillos”. Los consejos del evangelio son para
todos, pero para nosotros la nupcialidad, el desposorio.
Yo me caso con mi parroquia, no voy a estar
aquí por 2 años, el tiempo que Dios me permite. 16 años me tuvo en San Miguel,
8 años en Barranco, 2 años en Lince y los viví intensamente.
Aquí no es que voy a estar un tiempito, voy a
ver, no, no, no. La opción es para siempre. Y escuchando la voz de nuestros
superiores, cumplir el mandato de estabilidad, de verdadera entrega a la
comunidad. No hay que ponerle a Dios límites. Hay que ser generosos.
Monseñor, nosotros los que hemos
compartido con usted acá en la curia, en la Arquidiócesis durante estos años, damos
gracias a Dios por su testimonio, por la misericordia de Dios que se derrama a
través de sus manos, de sus gestos, de sus palabras. Y no nos gustan las
despedidas, pero sabemos que todo lo que empieza acaba y en algún momento
también el Santo Padre aceptaría la renuncia que de rigor corresponde por los
años de servicio a los obispos al cumplir sus 75 años de edad. A nosotros,
ciertamente, nos gustaría que permaneciera en Ayacucho todo el tiempo que sea
posible, pero ¿cómo le gustaría a usted ser recordado por la Iglesia y por la
Arquidiócesis de Ayacucho?
Ya cumplí lo que manda el canon. Entregué
personalmente mi dimisoria al Papa Francisco y le dije: “Santidad, no voy a ser
un obispo jubilado, sino jubiloso”. Y me dijo: “Me gusta, me gusta eso”. Me
agradeció el trabajo. Estoy en espera de que los superiores, el Papa León,
nombre a mi sucesor.
Pero no hay que ponernos plazos, límites. Ya
veremos hasta cuándo. Lo que sí, regresaré a Lima por una razón, mi familia de
sangre y también los años que he servido allá y dejarle libertad al que viene.
Le dejamos una Iglesia unida, misionera, para que siga anunciando ese cariño,
ese amor fraterno que tenemos que vivir los cristianos.
Y nosotros, los laicos y los sacerdotes
y diáconos, seminaristas de la Arquidiócesis, que amamos mucho a monseñor
Salvador, también recibiremos con alegría y con mucha esperanza al nuevo
obispo, que el Santo Padre decida para esta iglesia arquidiocesana.
Monseñor, para ir culminando esta
conversación, ¿qué mensaje nos daría usted a los que nos va a ordenar el 2 de
septiembre, miércoles, a las 10 de la mañana en la catedral en las bodas de
plata episcopales? Dos diáconos y un sacerdote.
El mejor regalo para el obispo son sus
sacerdotes. Y que esta jornada jubilar nos haga amar al seminario. 400 años que
fundaron el seminario de San Cristóbal en Ayacucho. Que sigan viniendo jóvenes
que le digan sí a Jesús. Cuenta conmigo. Apuesto por la Iglesia. Quiero
trabajar en nuestros Andes para que no falte el anuncio del evangelio, para que
la Virgen desde Cocharcas nos siga cuidando, para que se alejen los males en el
alma y en el cuerpo, porque ella es salud de los enfermos, porque ella es
refugio de los pecadores.
Muchísimas gracias, monseñor, por sus
palabras, por recibirnos aquí en su oficina y antes de dejarlo tranquilo para
que siga trabajando, por favor impártanos su bendición y a todos aquellos que
verán este video en mi canal de YouTube.
A través de la imagen televisiva, Pedro me ha
confesado, pero ahora yo con mucha alegría les doy la bendición. En el nombre
del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Amén. Muchas gracias, monseñor.





































