martes, 3 de febrero de 2026

La excomunión como lugar teológico

EL CASO DEL PADRE NATALIO PÉREZ


Las excomuniones en la Iglesia católica constituyen la pena eclesiástica más severa, pues impiden la recepción de los sacramentos y el ejercicio de determinados actos eclesiásticos. Su absolución, en consecuencia, solo puede ser concedida, conforme al derecho canónico, por el Papa, por el obispo del lugar o por sacerdotes expresamente autorizados por ellos[1]. Estar excomulgado significa, en sentido estricto, “estar fuera de la comunión de la Iglesia”, es decir, una separación formal de la vida de la fe como sanción por una falta cometida.


A continuación, se analizará la excomunión como lugar teológico a través del personaje del padre Natalio Pérez, interpretado por Damián Alcázar en la película mexicana El crimen del padre Amaro” (2002), adaptación cinematográfica de la novela homónima publicada en 1875 por el escritor portugués José María Eça de Queirós.

Primero conviene revisar los hechos que llevaron al padre Natalio a recibir la excomunión por parte de su obispo. En el largometraje mexicano “El crimen del padre Amaro”, protagonizado por Gael García Bernal, el padre Natalio es presentado como un sacerdote identificado con la Teología de la Liberación y párroco de una comunidad periférica, ubicada en la sierra. Se trata de una población campesina constantemente amenazada por el narcotráfico; al tomar cartas en el asunto para defenderse del crimen organizado, sus habitantes son catalogados como “guerrilleros”. En este contexto, el padre Natalio, por acompañar y proteger a su comunidad, es señalado como el supuesto cabecilla y protector de la guerrilla.

En una de las escenas clave, durante una reunión de sacerdotes de la región, el padre Natalio es increpado por otro presbítero, quien intenta hacerle ver su “error” al alzarse en armas junto a sus feligreses. Asimismo, se le advierte que el obispo no aprueba la actitud que ha asumido. Paralelamente, el padre Natalio invita en reiteradas ocasiones al joven padre Amaro a pasar algunos días en la sierra, con el fin de que conozca de primera mano la dura realidad que viven los campesinos.

Tiempo después, el padre Natalio recibe una nota de su Ordinario, entregada por el propio padre Amaro, en la que se le comunica su excomunión por desobediencia. El motivo inmediato es su negativa a aceptar el traslado como capellán de una comunidad de religiosas, medida concebida como un castigo por incitar —según la autoridad eclesiástica— a sus parroquianos a defenderse de los narcotraficantes, quienes eran asiduos bienhechores del obispado. La notificación le llega al salir del funeral de un hombre asesinado por el crimen organizado. Conmovido hasta las lágrimas, pero con plena claridad de conciencia, el padre Natalio decide no abandonar el lugar y renunciar, de hecho, a su condición clerical para convertirse en uno más entre los campesinos.

La trama se complejiza aún más cuando se entiende que el padre Natalio había actuado movido también por un deseo de represalia contra el sacerdote y el obispo que lo acusaban de guerrillero. En ese contexto, envía a uno de los suyos a robar unas fotografías comprometedoras, en las que dicho sacerdote aparece participando en el bautizo de un hijo del capo del cártel. Este acto provoca la muerte del emisario. Según la lógica narrativa de la película, el padre Natalio es etiquetado como exponente de la Teología de la Liberación fundamentalmente por haber decidido tomar las armas junto a su pueblo y compartir su destino, sin embargo, el tomar las armas no es ni lo más genuino de esta corriente teológica, ni mucho menos una malinterpretación de su puesta en práctica.

Según Elsa Aguilera[2], el padre Natalio es el personaje que dignifica la figura del sacerdote en la película, a diferencia de su homónimo en la novela. En el filme, este personaje encarna los principios de la Teología de la Liberación, particularmente la “opción por los pobres”, al buscar hacerlos realidad en la práctica pastoral. Vicente Leñero, guionista de la obra, afirma que el tratamiento de Natalio —así como la construcción de su breve pero dramática historia— fue uno de los aspectos que mayor satisfacción le produjo durante la escritura del guion.

La relación del padre Natalio con la guerrilla y con la Teología de la Liberación constituye uno de los aciertos más relevantes del guion, pues otorga vigencia a la historia dentro del contexto de la realidad mexicana de la época. Natalio es reprendido y posteriormente excomulgado por negarse a participar en la corrupción eclesiástica que se expone en la cinta. En contraste, en la novela todos los personajes clericales parecen actuar del mismo lado, siendo el cinismo el rasgo común que los define.

Los valores de Natalio se sitúan por encima de los intereses políticos y económicos de la jerarquía católica. No acepta los apercibimientos del obispo y se mantiene fiel al cumplimiento del Evangelio en la comunidad rural donde predica, independientemente de los conflictos que esto le genere con sus superiores.

Jorge Ayala Blanco coincide en destacar la relevancia simbólica del personaje al describirlo como “un barbudo teólogo de la liberación bastante extemporáneo, Natalio [...], que se ha asimilado a la guerrilla en las comunidades campesinas de la sierra, desafía al obispo y le vale la excomunión, para erigirse como el único personaje digno y positivo del filme, representando sin duda la esperanza, la huella de luz hacia el final del túnel, la certeza de que no todo está podrido”.

La excomunión del padre Natalio Pérez lo sitúa en un “lugar teológico”, este concepto, desarrollado por el teólogo dominico Melchor Cano, retoma la noción aristotélica de los “topoi” como ámbitos desde los cuales se construye la argumentación teológica. En términos simples, los lugares teológicos son espacios donde se reconoce y discierne la revelación de Dios[3].

Cano distingue entre los lugares constitutivos —la Sagrada Escritura y la Tradición— y aquellos históricos e interpretativos, como la Iglesia, los concilios ecuménicos, los Padres de la Iglesia y los teólogos escolásticos, a los que hoy podría añadirse la liturgia. Aunque estos últimos no tienen el mismo rango que la Escritura y la Tradición, siguen siendo expresiones de la acción de Dios que requieren escucha y discernimiento.

El padre Natalio abre la posibilidad de comprender la excomunión no como una ruptura, sino como una elección de encarnación. Desde su conciencia, decide permanecer junto al pueblo, fiel al Evangelio y comprometido con los más desfavorecidos, antes que someterse a una orden injusta emanada de un superior corrompido y cómplice de intereses ajenos al mensaje cristiano. En este sentido, Natalio encarna el principio bíblico de “obedecer a Dios antes que a los hombres” (cf. Hch 5, 29).

Así, su decisión de permanecer excomulgado en la montaña, viviendo como uno más entre los pobres, puede interpretarse no como un acto de rebeldía contra la Iglesia, sino como la radicalización de su opción evangélica. Al asumir hasta sus últimas consecuencias la vocación recibida de Cristo, Natalio hace vida el anuncio programático del Evangelio: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar la buena nueva a los pobres; me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón, a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, a poner en libertad a los oprimidos” (Lc 4, 18-19).

Aunque la excomunión lo separa jurídicamente de la comunión sacramental, el padre Natalio decide no separarse del pueblo. Esta elección revela una comprensión de la Iglesia que no se reduce al templo ni a la estructura institucional, sino que se reconoce presente allí donde el pastor comparte la vida concreta de los pobres. Natalio no deja de “ser Iglesia” aun estando excomulgado, pues, en su condición de bautizado, permanece inserto en la comunidad cristiana que primero lo acogió como padre y pastor, y que ahora lo reconoce como hermano entre hermanos.

Si bien la excomunión supone una dolorosa ruptura a nivel institucional, en este caso no se manifiesta como una amonestación orientada a hacer consciente al implicado de un supuesto “error”, sino como un acto de injusticia, viciado en su origen y dictado más por las entrañas del poder que por la razón evangélica.

Se establece así un contraste elocuente entre la comunión canónica y la comunión vivida. Aunque el excomulgado deja de actuar oficialmente en nombre de la Iglesia que le confió la misión evangelizadora, pasa a encarnar el Evangelio de manera más radical en medio del pueblo de Dios. De este modo, la separación jurídica no implica necesariamente una ruptura real cuando la fe es auténtica y constituye el fundamento de la vida.

Es cierto que la obediencia es un valor central en la vida eclesial, incluso cuando resulta difícil o incomprensible; sin embargo, existen situaciones —como esta— en las que la conciencia se convierte en ley interior y en voz de Dios que no puede ser silenciada. En definitiva, a los sacerdotes se les forma para obedecer, pero también para pensar y discernir.

La pregunta incómoda que invita a la reflexión es la siguiente: ¿es posible estar fuera de la institución y, al mismo tiempo, permanecer dentro del espíritu del Evangelio? En este sentido, la excomunión injusta se presenta más como una herida que como un triunfo de la verdad.

Existen decisiones eclesiales que resultan incomprensibles en su momento e incluso con el paso del tiempo; determinaciones que no benefician ni al individuo ni a la comunidad. Sin embargo, esto no autoriza a sospechar o cuestionar de manera indiscriminada cualquier orden o mandato de la autoridad legítima. Se impone, por tanto, el ejercicio del discernimiento y del sentido común, que paradójicamente suele ser el menos común de los sentidos. Y ahora, en esta Iglesia sinodal, se habla más de una obediencia dialogada y discernida en el Espíritu, más que de imperativos personales.

El padre Natalio desobedece la orden de abandonar la montaña, pero acata la excomunión que le ha sido impuesta. Permanece en la comunidad no ya en calidad de sacerdote, sino “como uno más” del pueblo. De este modo, incluso en su aparente rebeldía frente a la institución, opta por obedecer la condición de estar jurídicamente incapacitado para el ejercicio del ministerio, aun cuando el propio Código de Derecho Canónico contemple que, en situaciones extremas, puede ejercer aquello que ontológicamente es para siempre: sacerdote del Dios altísimo.

La excomunión del padre Natalio, entendida como lugar teológico, se ilumina al interpretar “la montaña” tanto como espacio concreto como símbolo bíblico. La montaña es lugar de revelación (cf. Ex 34, 27), ámbito de cercanía con Dios fuera del centro del poder (cf. Lc 6, 12) y escenario desde el cual se proclaman y se enseñan las bienaventuranzas (cf. Mt 5, 1-12). La excomunión como lugar teológico es el estado de preferencia de Dios por el que encarna la "pobreza" respecto de la comunión de la Iglesia, es decir, aquellos que, por razones justas o injustas, pasan a ser degregados, discriminados y apartados de la unidad. En la excomunión se revela Dios que no se muda, que nunca abandona al acusado, al perseguido, al pecador.

Al internarse en las montañas, el padre Natalio asume una posición de pequeñez y anonimato: se hace último y aparentemente insignificante para convertirse en el primero en el servicio. La montaña pone de manifiesto la incomodidad inherente al mandato misionero, marcada por las distancias geográficas y la aspereza de los caminos, pero revela también la autenticidad de la vocación de quienes siguen a Cristo y al Evangelio, y no sus propias seguridades o comodidades.

De este modo, la montaña, como símbolo bíblico y teológico, permite comprender la excomunión como un lugar teológico en el que se discierne y se vive concretamente la voluntad de Dios, manifestada no desde el poder, sino desde el dolor, la herida de la fractura y la radicalidad del mensaje evangélico. El padre Natalio no celebra los sacramentos, pero continúa celebrando la vida compartida; no preside la liturgia, pero permanece inserto en la historia concreta de su pueblo.

Resulta doloroso constatar que existen numerosos sacerdotes que, con o sin razones válidas, han sido apartados de su ministerio. Esta realidad no puede dejarnos indiferentes, pues “la mies es mucha y los obreros pocos” (cf. Mt 9, 35). Al mismo tiempo, es innegable que la Iglesia necesita personas íntegras, probadas en virtudes, capaces de asumir la triple misión de gobernar, santificar y enseñar, misión que los obispos ejercen y comparten con sus presbíteros.

Si el padre Natalio hubiera obedecido a su obispo y abandonado a su pueblo para asumir el cargo de capellán de monjas, ¿qué habría sido de aquellos campesinos pobres? ¿Quién les habría ayudado a descubrir a Dios en medio de su lucha cotidiana? ¿Quién les habría administrado los sacramentos? Tal decisión habría podido interpretarse como un abandono por parte de la Iglesia o, peor aún, como si Dios mismo los dejara solos. Sin embargo, no es así: Natalio permanece. Ya no como sacerdote, sino como hombre, y Dios permanece con él.

En definitiva, la excomunión del padre Natalio Pérez, lejos de clausurar su experiencia de fe, se convierte en un lugar teológico privilegiado desde el cual se revela un Dios que no se identifica con el poder ni con la autosuficiencia institucional, sino con la fragilidad, la conciencia y la fidelidad al Evangelio vivido. Su permanencia en la montaña, junto al pueblo empobrecido, interpela a la Iglesia a discernir continuamente entre legalidad y justicia, entre obediencia ciega y obediencia evangélica, entre comunión jurídica y comunión real. Desde esta herida abierta, la figura de Natalio recuerda que la Iglesia no se agota en sus estructuras, sino que se realiza allí donde el Evangelio se encarna en la historia concreta de los pobres, y donde la voz de Dios sigue hablando, incluso —y a veces con mayor claridad— desde los márgenes.

Hace trece años, cuando cursaba el propedéutico en el seminario, nos presentaron la película “El crimen del padre Amaro”. En aquel momento, más que un incentivo vocacional, provocó asombro y desconcierto. Sin embargo, trece años después, la mirada es distinta y el aprendizaje, más concreto: la Iglesia es santa porque su Fundador es santo, pero está conformada por pecadores, siempre necesitados del Espíritu y de una constante conversión.



[1] Catecismo de la Iglesia católica, 1463.

[2] Elsa Georgina Aguilera Castillo, (2006), Las virtudes de una historia vigente: El crimen del padre Amaro, UNAM.

viernes, 23 de enero de 2026

“¡Cayó el hombre, Tomasa, cayó el hombre!”

DÍA DE LA DEMOCRACIA EN VENEZUELA

Hace apenas veinte días se reavivó la esperanza de que Venezuela pueda volver a ser la democracia que merece. La captura del presidente de facto, Nicolás Maduro, por parte de los Estados Unidos marcó para muchos el inicio de una posible ruta hacia la recuperación democrática. Es un anhelo largamente esperado por la mayoría de los venezolanos, que durante años hemos padecido las consecuencias del llamado “Socialismo del Siglo XXI”, ideado por el teniente coronel Hugo Chávez y continuado por su antiguo guardaespaldas, Nicolás Maduro Moros, junto a su esposa, la abogada Cilia Flores.

Hoy, además, es 23 de enero: el Día de la Democracia en Venezuela. Esta fecha remite inevitablemente a aquel 23 de enero de 1958, cuando el general Marcos Evangelista Pérez Jiménez, presionado por el país y por su propia conciencia, decidió no derramar la sangre de sus compatriotas. Optó por abandonar el poder y salir del país en un vuelo rumbo al Caribe, evitando así una tragedia mayor. Con ese acto se abrió el camino hacia una Venezuela democrática y próspera, a la cual él mismo había contribuido desde su concepción del llamado “Nuevo Ideal Nacional” que solo ejecutó durante un lustro.

En mi familia, esta efeméride se recuerda con especial viveza. Mi abuela materna, que entonces tenía apenas trece años, vivió aquel momento con profunda emoción. Siempre nos contaba cómo su tío Juan Bautista llegó corriendo a casa y, todavía alterado y temblando por lo que acababa de escuchar en la radio, exclamó: “¡Cayó el hombre, Tomasa, cayó el hombre!”. Esa frase quedó grabada para siempre en su memoria y, cada 23 de enero, la evocaba con una emoción intacta.

Enero podría convertirse, así, en el “mes de la democracia” para Venezuela. Sin embargo, ello dependerá de que se convoquen elecciones libres, con participación de todos los candidatos, garantías de transparencia y reconocimiento de los resultados. La democracia venezolana no está en manos de Donald Trump ni de ningún actor externo, sino en las de los propios venezolanos. Solo hay democracia cuando existe sufragio universal, participación ciudadana y libertad real para elegir.

La dictadura de Maduro dista mucho de la de Pérez Jiménez. La del cucuteño de bigote es mísera y decadente; la del tachirense, en cambio, fue próspera. Lo único que ambas comparten es la feroz represión contra sus opositores. Pérez Jiménez no toleró la corrupción dentro de su gobierno, pero tampoco permitió la disidencia. Maduro, conductor de autobús devenido en político, se dejó arrastrar por la tentación del poder y de la riqueza, y persiguió sin contemplaciones a quienes se alzaron en protesta pacífica.

El dictador militar actuó con inteligencia: huyó antes de empuñar las armas. En el fondo, su decisión evidenció un doble instinto de conservación, tanto por su propia vida como por la Patria, al evitar un enfrentamiento sangriento entre venezolanos. En contraste, el sucesor de Chávez, confiado en la protección del reducido círculo de los treinta y dos cubanos que lo rodeaban, fue incapaz de aceptar la salida del país que se le ofrecía: un exilio dorado en Rusia, facilitado mediante la mediación de la Santa Sede. Hay que ser realmente necio para rechazar esa oportunidad y terminar capturado, como ocurrió en la madrugada del sábado 3 de enero de este venturoso año 2026.

Hoy, a tan solo veinte días de su captura, comienzan a llegar noticias sobre el estado de salud de Maduro, quien, al parecer, atraviesa un cuadro depresivo en su celda neoyorquina. En la soledad del encierro surge inevitable la pregunta: ¿a quién rezará en estos momentos?, ¿conservará su fe en Dios? Lo cierto es que, según pude saber, se trata de un hombre profundamente católico, asiduo a la misa y a la comunión dominical. Así me lo manifestó en su momento su propio capellán, durante una ocasión en la que me trasladé con él por las calles de Caracas en un vehículo del SEBIN, acompañado por dos funcionarios de ese cuerpo.

La moraleja que deja enero para los venezolanos es clara: las dictaduras caen, al menos en Venezuela. Ojalá pronto ocurra lo mismo en Cuba, Nicaragua y en tantos otros países despojados de su soberanía y de su libertad. Mientras tanto, seguiremos trabajando por una Venezuela libre y verdaderamente de los venezolanos.

Que este enero no sea solo una fecha en el calendario ni un recuerdo histórico, sino un compromiso activo con la democracia. La libertad no se hereda ni se decreta: se construye cada día con participación, memoria y responsabilidad ciudadana. Venezuela tiene ante sí una nueva oportunidad, y dependerá de todos nosotros que no se diluya, para que nunca más el poder se imponga sobre la voluntad del pueblo.

jueves, 15 de enero de 2026

Ayahuanquino por la gracia de Dios

AYAHUANCO, HUANTA, AYACUCHO

     El jueves 15 de enero amaneció lluvioso en San José de Secce, como en toda la zona y en gran parte del Perú y de Sudamérica, según los informes meteorológicos. La lluvia, bendición de Dios que cae sobre justos e injustos, en estas tierras no solo es signo de gracia, sino también anuncio casi seguro de dificultades: caminos de tierra amenazados por derrumbes, ríos y quebradas crecidos. Esa era precisamente la advertencia que teníamos presente cuando, muy temprano, junto al padre Yoni Palomino Bolívar, párroco de San José de Secce, y tres feligreses, nos dispusimos a partir rumbo al distrito de Ayahuanco, hacia la pequeña comunidad homónima que nos esperaba esa mañana.

 Iniciamos la travesía bien abrigados y rezando las Laudes, acompañados por un canal de YouTube que nos iba guiando en la oración matutina, mientras nuestros ojos se deleitaban con los paisajes paradisíacos de aquellas montañas verdes y escarpadas. El camino fue relativamente tranquilo, aunque fue necesario esquivar algunas rocas de considerable tamaño que habían caído sobre la carretera de tierra. La conversación fue amena y la oración constante, como suele suceder en estos viajes por los Andes peruanos junto al padre Yoni y sus fieles acompañantes.

    Nos dirigíamos a Ayahuanco por dos motivos muy concretos. El primero y más importante era celebrar la Santa Misa en aquella comunidad alejada, ubicada a dos horas y media de San José de Secce, y, junto a la Eucaristía, reunirnos con los pobladores y sus autoridades para dialogar sobre el proyecto de restauración del templo católico, bastante deteriorado desde que su techo colapsó hace más de treinta años. El segundo motivo, más personal, era conocer el lugar que figura como mi residencia ante Migraciones Perú, pues, por razones desconocidas, en mi Carnet de Extranjería no aparece Ayacucho, Huamanga, como corresponde, sino Ayahuanco, Huanta. Este detalle se lo había comentado al padre Yoni Palomino Bolívar, quien, inspirado por Dios, me prometió llevarme a conocer este lugar que forma parte de su jurisdicción parroquial.

     Ayahuanco nos recibió también bajo la lluvia. Nos dirigimos directamente a la casa del presidente de la comunidad para anunciar nuestra llegada y permitir que él convocara a los pobladores. Debido al mal tiempo, la misa y la reunión no podían realizarse al aire libre, por lo que se acordó llevarlas a cabo en la casa comunal. Mientras tanto, aprovechamos para visitar las ruinas del templo, que desde 1992 se encuentra en constante deterioro tras el desplome de su techo.

     La parroquia de San Lucas de Ayahuanco fue creada hace más de 125 años. El 24 de julio de 1901 se registra la visita pastoral del obispo de Ayacucho, monseñor Fidel Olivas Escudero, quien fue recibido por el cura interino Pedro Castillo. Durante aquella visita, el prelado constató los graves daños ocasionados al templo por el incendio de 1896. En ese momento, el techo había sido reconstruido de manera precaria con paja. El obispo ordenó entonces la mejora de la infraestructura, la adquisición de paramentos litúrgicos y la construcción de un nuevo altar. Monseñor Olivas Escudero permaneció en Ayahuanco hasta el 27 de julio, confirmando a 528 personas. En la plazuela frente a la iglesia se dejó una cruz de madera como memoria de aquella Santa Visita Pastoral, realizada luego de la visita del obispo Cristóbal de Castilla y Zamora.

     Los habitantes recuerdan con claridad los años del terrorismo, cuando la población ayahuanquina fue totalmente desplazada y el pueblo quedó desolado. No fue sino hasta 1996 que se inició el retorno de sus pobladores, quienes poco a poco reconstruyeron sus viviendas, muchas de ellas incendiadas o destruidas por el paso del tiempo. El templo, sin embargo, no corrió la misma suerte: desde entonces no ha sido restaurado y ha perdido no solo su techo, sino también una de sus torres y el muro del altar mayor. La torre que aún está firme está coronada por una secilla cruz de metal con la fecha "1970" y en su interior dos campanas, una pequeñita en buenas condiciones y la otra más grande y con rajaduras provocadas supuestamente por el impacto de balas.

     Las dimensiones del templo resultan adecuadas para la pequeña comunidad en la que se encuentra, pues Ayahuanco no debe superar los 300 habitantes, o incluso menos. Su fachada presenta diversos nichos con decoraciones en alto relieve de yeso, y su estructura está compuesta por piedra, adobe y ladrillo. La puerta original de madera yace caída, con sus dos hojas apoyadas contra el muro. En el interior, la vegetación crece de manera abundante y acelerada debido a las lluvias. Al ingresar, es inevitable pensar en las innumerables personas que allí se congregaron para orar y recibir los sacramentos. Lejos de desanimar, el estado actual del templo fortalece el ánimo y aviva la esperanza de que, al menos en este año 2026, se inicien los trabajos de movimiento de tierra y la fabricación de los diez mil adobes necesarios para la reconstrucción de sus muros.

     Tras la visita a las ruinas, nos dirigimos a la casa comunal, donde ya se encontraba reunido un pequeño grupo de pobladores, encabezados por el presidente de la comunidad, quien tomó la palabra para dar inicio a la reunión. En ella se expusieron los avances en gestiones y recursos destinados a fortalecer el Comité Pro Restauración del Templo de Ayahuanco, previamente conformado por el párroco y las autoridades comunales.

     El padre Yoni aprovechó la ocasión para compartir con los asistentes el dato curioso de mi residencia oficial en el Perú. Esto causó gran emoción entre los pobladores, quienes inmediatamente me acogieron como un ayahuanquino más, asegurando, entre bromas y buen humor, que debía quedarme para siempre en aquel lugar. Cuando se me concedió la palabra, los animé a continuar este proyecto con mucha fe, asegurándoles al menos mis oraciones para que la obra se concrete cuanto antes. Asimismo, dejé el compromiso de regresar a Ayahuanco para celebrar la Santa Misa cuando yo sea sacerdote y cuando el templo esté nuevamente operativo, dos acontecimientos que, con la gracia de Dios, no parecen lejanos. Finalmente, invitado por el padre Yoni, recé en voz alta el padrenuestro en quechua, para deleite de todos.

     Durante la celebración de la Santa Misa, que siguió a la reunión, se bautizó a un joven ayahuanquino, Luis Jaime, quedando su Primera Comunión y Confirmación para una próxima ocasión. Luego de compartir el almuerzo en la casa del presidente, el señor Yuber, emprendimos el regreso a San José de Secce, que transcurrió en un ambiente de serena gratitud. La lluvia, ya más tenue, parecía acompañar nuestros pensamientos mientras la neblina se disipaba y dejaba al descubierto la cuenca baja del Mantaro y las montañas lejanas de Huancavelica, en diálogo silencioso con las de Ayacucho. El cansancio del camino se mezclaba con la paz interior que deja el haber compartido la fe, la palabra y el pan con una comunidad pequeña en número, pero grande en esperanza y en memoria.

     Ayahuanco quedó atrás entre cerros y nubes, pero no fuera del corazón. Su templo herido, su historia marcada por el dolor y la perseverancia, y la fe sencilla de su gente se convierten en un llamado a no olvidar, a volver y a reconstruir. Con la confianza puesta en Dios, queda sembrada la certeza de que llegará el día en que esas ruinas vuelvan a ser casa de oración, y en que, reunidos nuevamente en torno al altar, la comunidad pueda celebrar no solo la restauración de un templo, sino la renovación viva de su fe.

miércoles, 14 de enero de 2026

Cayó la dictadura

POR UNA VENEZUELA LIBRE Y DE LOS VENEZOLANOS


Cuando de Maduro las trabas

el 3 de enero rompimos,

otra cosa más no hicimos

que cambiar mocos por babas.

Venezuela seguirá esclava

y presa de otra nación:

mudamos de condición

en la operación fugaz,

del poder de Nicolás

al poder de Donald Trump. 


Muchos creen que fue un favor,

pero cuánto nos costará,

pues todo se pagará

con petróleo, sí señor.

Solo hay que estar convencidos

de que el cambio se está dando;

poco a poco irán regresando

los hijos de Simón Bolívar

para iniciar nuevas vidas,

con fe en Dios y trabajando. 


Mientras tanto, se mantiene

en la presidencia “la fea”,

acatando lo que sea

cuanto Marco Rubio ordene.

A ver si más adelante

repetimos elecciones

para medir las opciones

y retomar otra vez la cima,

que ya lo hizo María Corina:

de Venezuela y la paz, la Nobel. 


En cuanto a los que estamos fuera,

seguiremos al pendiente

de todo lo que se intente

para que la dictadura muera.

Sabemos que lleva tiempo

y que ese tiempo ha llegado,

pues el hombre fue capturado,

pero allá quedaron varios

que no son más que sicarios

del clan que está desalmado.


San José de Secce, 14 de enero de 2026

miércoles, 31 de diciembre de 2025

Exégesis del Salmo 22

 SALMO 22

Sufrimiento y esperanza del justo[1]

1 Del maestro de coro. Sobre “la cierva de la aurora”. Salmo. De David.

2 ¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado? Estás lejos de mi queja, de mis gritos y gemidos.

3 Clamo de día, Dios mío, y no respondes, también de noche, sin ahorrar palabras

4 ¡Pero tú eres el Santo, entronizado en medio de la alabanza de Israel!

5 En ti confiaron nuestros padres, confiaron y tú los libraste;

6 a ti clamaron y se vieron libres, en ti confiaron sin tener que arrepentirse.

7 Yo en cambio soy un gusano, no hombre, soy afrenta del vulgo, asco del pueblo;

8 todos cuantos me ven de mí se mofan, tuercen los labios y menean la cabeza:

9 “Se confió a Yahvé, ¡pues que lo libre, que lo salve si tanto lo quiere!”.

10 Fuiste tú quien del vientre me sacó, a salvo me tuviste en los pechos de mi madre;

11 a ti me confiaron al salir del seno, desde el vientre materno tú eres mi Dios.

12 ¡No te alejes de mí, que la angustia está cerca, que no hay quien me socorra!

13 Novillos sin cuento me rodean, me acosan los toros de Basán;

14 me amenazan abriendo sus fauces, como león que desgarra y ruge.

15 Como agua me derramo, mis huesos se dislocan, mi corazón, como cera, se funde en mis entrañas

16 Mi paladar está seco como teja y mi lengua pegada a mi garganta: tú me sumes en el polvo de la muerte.

17 Perros sin cuento me rodean, una banda de malvados de acorrala; mis manos y mis pies vacilan,

18 puedo contar mis huesos. Ellos me miran y remiran,

19 reparten entre sí mi ropa y se echan a suertes mi túnica.

20 Pero tú, Yahvé, no te alejes corre en mi ayuda, fuerza mía,

21 libra mi vida de la espada, mi persona de las garras de los perros;

22 sálvame de las fauces del león, mi pobre ser de los cuernos del búfalo.

23 Contaré tu fama a mis hermanos, reunido en asamblea te alabaré:

24 “Los que estáis por Yahvé, alabadlo, estirpe de Jacob, respetadlo, temedlo, estirpe de Israel.

25 Que no desprecia ni le da asco la desgracia del desgraciado; no le oculta su rostro, le escucha cuando pide auxilio”.

26 Tú inspiras mi alabanza en plena asamblea, cumpliré mis votos ante sus fieles.

27 Los pobres comerán, hartos quedarán, los que buscan a Yahvé lo alabarán: “¡Viva por siempre vuestro corazón!”.

28 Se acordarán, volverán a Yahvé todos los confines de la tierra; se postrarán en su presencia todas las familias de los pueblos.

29 Porque de Yahvé es el reino, es quien gobierna a los pueblos.

30 Ante él se postrarán los que duermen en la tierra, ante él se humillarán los que bajan al polvo. Y para aquel que ya no viva

31 su descendencia le servirá: hablará del Señor a la edad 32 venidera, contará su justicia al pueblo por nacer: “Así actuó el Señor”.

1.     Introducción[2]

El Salmo 22 presenta uno de los testimonios más intensos del sufrimiento humano en toda la literatura bíblica. En su primera parte (vv. 2–22), el yo poético aparece completamente agobiado: cercado por enemigos, debilitado por dolores, enfermo de muerte y experimentando la angustia suprema del silencio de Dios. Aunque sabe que pertenece a una tradición en la que Dios escucha el clamor de sus fieles, él se percibe como “antihistoria”: clama como sus antepasados, pero no recibe respuesta. La distancia entre Dios y el orante —«lejos de mi queja»— contrasta dramáticamente con la confesión insistente de su fe: «Dios mío», repetido tres veces. En medio de imágenes animales, acuáticas y de desintegración, el salmista se reconoce reducido a un “no-hombre”, objeto de burla y acoso.

A partir del v. 23, el salmo cambia radicalmente de tono. El lamento se transforma en una proclamación agradecida dirigida a la asamblea israelita. Ahora el centro es “el nombre” y la acción salvadora de Yahvé, quien no ha despreciado al humillado. El grito de muerte se vuelve grito de vida, y la experiencia personal de liberación se expande hasta abarcar a Israel, a todas las naciones e incluso a los muertos. El salmo culmina así en una visión universal en la que la cercanía divina sustituye a la soledad inicial y abre un horizonte de vida y esperanza.

Este movimiento —del abandono a la salvación, de la angustia extrema a la alabanza universal— convierte al Salmo 22 en una de las expresiones más profundas de la lucha contra la muerte y de la fe en la intervención vivificante de Dios.

2.     Género literario[3]

El Salmo 22 se inscribe plenamente en el género de la súplica individual, articulado en sus dos elementos clásicos: la petición de auxilio en la tribulación y la promesa de alabanza pública tras la liberación. La súplica se fundamenta en la descripción del sufrimiento extremo del orante y en la apelación a la identidad histórica y salvífica de Yahvé. Aunque la liberación es personal, el salmista se compromete a un agradecimiento comunitario y ritual.

Dentro del género, el poema destaca por su fuerte personalidad. Se trata de una súplica in extremis, nacida de repetidos clamores no escuchados, y expresada con extraordinaria urgencia e intensidad, combinando vigor retórico, imágenes hiperbólicas y descripciones que mezclan realismo y simbolismo. El orante no reconoce culpa alguna ni invoca castigos; más bien, su denuncia se expresa a través de la figura animalizada de los enemigos. La acción de gracias prevista ocupa una porción inusualmente amplia del salmo y aspira a una repercusión universal y duradera.

Por la fuerza de su dramatismo y por presentar a un inocente perseguido y luego salvado, este salmo ha ejercido una influencia decisiva en los relatos evangélicos de la pasión, y a su vez ha recibido de ellos una proyección interpretativa mayor. No obstante, el texto no debe vincularse a un individuo histórico concreto, sino que describe una situación humana típica, elaborada con un arte poético excepcional dentro del salterio.

3.     Estructura[4]

Respecto a la estructura de este salmo 22 hay diversas opiniones. Ahora presentamos el esquema de Aparicio (2005):

I.- Lamentación (vv. 2-22).

 Inicio: “¿por qué estás lejos?” (vv. 2-3).

 Primer movimiento: lejanía – cercanía (vv. 4-12).

 Segundo movimiento: animales y desmoronamiento físico (vv. 13-19).

 Final dramático: “no te alejes” (vv. 20-22).

 II.- Acción de gracias (vv. 23-27).

 Inicio: “anunciar – alabar” (v. 23).

 Enseñanza a la asamblea (vv. 24-25).

 Alabanza de un solista (v. 26).

 Final: “comer – alabar” (v. 27).

 III.- Himno a Yahvé, rey del universo (vv. 28-32).

 La realeza de Yahvé (v. 29).

           Cántico universal a Yahvé, rey (vv. 28.30-32).

            Por su parte, Alonso (1992)[5] propone un esquema bipartito para el Salmo 22, organizado en torno a elementos formales y repetitivos. El esquema puede resumirse así:

1. Primera parte: vv. 2–22 (Lamento y súplica)

Caracterizada por la repetición del término “lejos” en los vv. 2, 12 y 20, ubicados al inicio, en el centro y al final de esta sección.

Esta parte se estructura en tres momentos:

a) Primer “lejos” (v. 2) – Enunciativo

Le sigue una motivación contrastiva que recuerda lo que Dios fue para:

los antepasados (vv. 4–6), y para el orante en su infancia (vv. 7–11). 

b) Segundo “lejos” (v. 12) – Imperativo negativo

«No te quedes lejos».

Le sigue una descripción amplia del sufrimiento:

El enemigo: vv. 13–14, 17, 18b, 19 El orante: vv. 15–16, 18a 

Aquí también aparece la raíz “ayuda” en los vv. 12 y 20, reforzando la cohesión literaria.

c) Tercer “lejos” (v. 20) – Paralelo al segundo

Funciona como recapitulación de la súplica, acentuando nuevamente el poder del enemigo. Se introducen los verbos clásicos de liberación.

2. Segunda parte: vv. 23–31 (Acción de gracias y alabanza futura)

Empieza abruptamente en el v. 23 con un verbo que también aparece al final en v. 31b (narrar/contar), formando una inclusio que delimita claramente esta sección.

Aquí se desarrolla la alabanza futura y su expansión hacia:

la comunidad de Israel (“descendencia de Jacob e Israel”, v. 24), los pobres (v. 26), las naciones (vv. 28–29), y hasta “los que bajan al polvo”, es decir, los que están al borde de la muerte. 

Se observa además la repetición de la raíz “alabar” en:

v. 4 (primera parte), vv. 23, 24, 26, 27 (segunda parte). 

Esto muestra que la alabanza del pueblo antiguo se proyecta al futuro del orante, quien se integra a la tradición histórica de Israel.

4.     Exégesis[6]

El cántico de oración (v. 2-22) comienza con un repetido e insistente clamor: ¡Dios mío, Dios mío! La repetición de la invocación es señal de lo profunda que es la aflicción desde la cual el orante lanza su grito a Dios. A pesar de todo, la persona que se lamenta cree firmemente: Yahvé es «mi Dios»; ¡tengo derecho a esperar de él ayuda y salvación! El clamor atestigua que la persona ha asimilado y hecho suya la promesa del pacto, la promesa de salvación, dada a Israel.

El gravísimo e insondable sufrimiento de sentirse lejos de Dios y abandonado por él se expresa en la lamentación con un «¿por qué?» que sirve de introducción. El Dios de quien se tiene derecho a esperar ayuda y salvación es el Dios oculto y lejano (Jr 23,23). En densa yuxtaposición se hallan la invocación, llena de confianza, y el clamor desesperado “¿por qué me has abandonado?”. En el sufrimiento arquetípico del abandono por parte de Dios, aquel que se lamenta se aferra a «su Dios». Yahvé está lejos de la lamentación y del clamor del orante. En el verbo que designa el rugido del león (Is 5,29), se expresa de la manera más sombría el dolor extremo del sufrimiento. En esa profundísima aflicción de sentir se abandonado por Dios se vio sumido Cristo crucificado (Mt 27,46; Mc 15,34).

El v. 3 habla de incesante clamor y lamentación. El sufrimiento se extiende por un largo período de tiempo. Yahvé no responde. En eso consiste precisamente toda la amargura del abandono. Pero el que se lamenta no renuncia a Dios (Job 2,9). Se mantiene aferrado a «su Dios» y no calla.

El firme apoyo de la confianza, expresada en el clamor es el constante despliegue de poder y de actividad salvadora que ha hecho Yahvé en Israel (v. 4-6). Yahvé sigue siendo, inmutablemente, el mismo Dios. Está sentado en su trono como el Santo. La expresión “¡tú estás sentado en el trono como el Santo!” nos recuerda la de (Sal 99,1; 80,2), nos recuerda a aquel que tiene su trono en Sión (Sal 99,3; Is 6,3; 57,15). Yahvé está circundado de la acción de gracias y la alabanza de Israel. Yahvé es la causa, el objeto y la quintaesencia; y lo es, precisamente, porque los que confían están experimentando incesantemente, en demostraciones concretas de ayuda y salvación, el poder de Dios (v. 5). El verbo “confiar” arroja luz sobre la intención del lamento.

Está bien claro el sentido de las afirmaciones formuladas en los v. 4-6: el orante, en su lamentación, se consuela con el hecho de que Yahvé ha ayudado hasta ahora a quienes confiaban en él. La experiencia que Israel tiene de salvación (v. 4) es el consuelo del individuo. El poder de Yahvé se demostró cumplidamente en sus relaciones con los padres, y la persona que sufre se consuela con este hecho. Y, sin embargo, todo depende de la actitud que desencadena el poder salvador que se halla inmutablemente presente, actitud que significa: clamar de día y de noche, no cesar jamás (v. 3 y 6).

En el v. 7 el que se lamenta señala el hecho de que su vida 7-9 ha quedado desquiciada y que su dignidad humana está pisotea da en el polvo “he perdido toda semejanza con los hombres” (cf. Is 52,14; 53,3). Me parezco a un gusano que se arrastra por el polvo (a propósito de esta imagen, cf. Job 25,6; Is 41,14). A una persona así, humillada y desfigurada, la atacan inmediatamente los «enemigos». El escarnio y el oprobio ponen su sello de ignominia sobre aquella humillación y afirman que el que sufre está separado de Dios. “Menean la cabeza” significa un gesto de burla y escarnio (Sal 44,15; 64,9). El consejo mordaz de los «enemigos» se menciona luego en el lamento: ¡Que ponga su aflicción en manos de Yahvé! ¡Él le salvará de esa situación desesperada! ¿Acaso no le mira con simpatía? Esta recomendación de mordaz ironía nos hace escuchar en el fondo la idea de que: ¡Ayude Yahvé a quien se jacta de que Dios se complace en él!

Lo mismo que en los v. 4-6, el orante que entona la lamentación busca ahora apoyo en los v. 10.11. En el v. 10 se expresa la confianza: Tú me concediste graciosamente la vida. Y en el v. 11 esta afirmación se confirma con la viva certeza: Desde el instante mismo en que nací, mi vida se halla en tus manos. Sería concebible que en estas declaraciones del orante se escucharan prerrogativas reales, concedidas al ser «adoptado» el soberano como el «hijo de Dios». Lo que sucede es que el orante, en sus palabras que expresan confianza, adopta concepciones inspiradas en la manera en que el rey habla de su propia salvación.

En todo caso, las lamentaciones de los v. 2-11, interrumpidas dos veces por expresiones de confianza (v. 4-6 y 10-11), terminan en el v. 12 con una ardiente petición: ¡Quiera el «Dios lejano» (v. 2) poner fin al abandono de Dios en que se encuentra su siervo! La aflicción se halla cerca del orante y es como una fuerza independiente. ¡No hay nadie que pueda ayudar (con excepción de Yahvé)!

En el v. 13 comienza la descripción de esa «aflicción que está cerca» (v. 12). Y la descripción se hace por medio de imágenes y palabras simbólicas. «Toros» y «fuertes de Basán» rodean al que sufre. La expresión “fuertes de Basán” se refiere probablemente a una ganadería de toros de especial bravura que se criaban en Basán (cf. Am 4,1; Dt 32,14). Las comparaciones con las bestias no tenían nada ofensivo para la sensibilidad del mundo antiguo. Lejos de eso, el poeta, al hacer una comparación de esta clase, quiere darnos a entender únicamente que se trata de personas poderosas y principales, cuyo furor es muy de temer.

El v. 14 debe entenderse como mezcla de los más variados tipos de imágenes. Los poderes peligrosos abren amenazadoramente sus fauces; como leones, dando rugidos y zarpazos, se acercan al que sufre. Los v. 13.14 se refieren probablemente a demonios de enfermedades, como lo sugieren los v. 15s, que vienen a continuación. Los dos versículos 15 y 16 visualizan la agonía: el cuerpo se agota y se deshace bajo el ardor de la fiebre. El perfecto con sentido de presente describe el proceso con drásticas imágenes: «como agua» (cf. Jos 7,5; Ez 7,17; 21,12), «como cera» (cf. Dt 20,8; 2 Sam 17,10). Lo exterior y lo interior «se derriten». El ardor de la fiebre reseca la cavidad bucal (cf. el Sal 69,4). El que sufre se halla en el umbral mismo de la muerte.

Como una jauría de perros salvajes, “la cuadrilla de malhechores” rodea al que sufre y le ata de manos y pies. Los poderes demoníacos nos revelan de nuevo el rostro humano de los escarnecedores (v. 8.9). Caen sobre el que está enfermo de muerte. Por desgracia, el texto se halla defectuoso en este pasaje. No sabemos si lo de “me atan de manos y pies” representa una metáfora o un acontecimiento real. El que sufre ¿fue quizás apresado como trasgresor de los mandamientos de Dios? (Sal107, 10ss).

Los v. 18 y 19 nos indican que el que sufre fue despojado de sus vestiduras. Yace ahora, postrado y enflaquecido por la enfermedad y el sufrimiento (cf. Sal 102,6; Job 19,20; 33,21). Los malvados le miran con sorna. Se han apoderado de las vestiduras del moribundo encadenado y se las reparten echando suertes. A la persona marcada por el juicio de Dios, se le arrebata lo último. Lo de echar suertes sobre sus vestiduras le está diciendo al afligido: ¡Ya has muerto para nosotros! (Eclo 14,15). En un canto de Mesopotamia se dice: «Estaba abierto el féretro y cada uno se llevaba lo que le parecía bien de mis cosas preciosas; aun antes de que yo estuviera muerto, ya se había terminado la lamentación fúnebre».

En este punto en que se alcanza la máxima aflicción, escuchamos de nuevo (como en el v. 12) la petición dirigida a Yahvé de que no se quede lejos, que acuda pronto a socorrer a aquel desgraciado. La petición se extiende a lo largo de tres versículos (v. 20-22). “La espada” es, seguramente, una imagen del poder de la muerte (Sal 37,14), mientras que “perro” hace referencia al v. 17. En el fondo, el individuo que se lamenta pide que se le rescate de la mano de los poderes demoníacos que le separan de Dios. “León”, en el v. 22, hace referencia al v. 14.

La notable exclamación “¡Tú me has oído!” se halla entre las dos partes principales del salmo. Sirve de enlace entre la lamentación y el cántico de acción de gracias y de alabanza, que sigue ahora en los v. 23ss. Con una sola palabra el cantor declara: Yahvé me ha escuchado. La transición del lamento a la acción de gracias, que en algunos salmos es abrupta, se halla marcada en el Sal 22. Con ella se pone fin a la afirmación que se hacía en el v. 3 “no respondes”. Habrá que suponer que Yahvé, mediante un «oráculo de salvación», dio respuesta y concedió salvación al afligido que se lamentaba (Sal 107,20). Cuando las personas experimentan tal ayuda, «deben dar gracias a Yahvé» (Sal 107,21s). Aquí se halla claramente marcada la transición a los v. 23ss.

Las palabras “anunciaré tu nombre a mis hermanos” no son la fórmula de un voto que haga, en medio de su dolor, la persona que se lamenta, sino que son ya el comienzo del cántico de acción de gracias y de alabanza (Sal 66,16; 109,30; 107,32).

El cantor menciona el poder de Yahvé como el único tema de su cántico en presencia de la comunidad en adoración. El poder presente de Yahvé (cf. el comentario de Sal 20,2.6.8). Los oyentes del cántico son los que participan en la asamblea de culto de la comunidad de Israel (v. 4).

A todos los que han experimentado la realidad de Yahvé “los que teméis a Yahvé” se les invita a unir su voz a ese himno de alabanza. A este respecto, las construcciones en estado constructo “descendientes de Jacob” y “simiente de Israel” significan que se invita a la alabanza a todo el “verdadero Israel”. El v. 24b acentúa el estremecimiento ante el milagro en el que Yahvé manifiesta su presencia.

En el v. 25 se expresa el milagro de la salvación. Yahvé no ha menospreciado la aflicción del “pobre”. El que sufre se cuenta entre los “pobres”. A propósito de “no ha escondido de él su rostro”, podríamos preguntamos si, en el oráculo de salvación v. 22, una teofanía desempeñó también un papel auxiliar. En el v. 25b, la exclamación se expresa con las siguientes palabras “cuando él clamaba, le oyó”.

En sus actuaciones, Yahvé es un Dios que conduce a que se entonen alabanzas en su honor. A las obras de Yahvé, el hombre no puede responder sino con alabanza. La «gran asamblea» de la comunidad que se reúne con ocasión de las grandes fiestas del año. Con este motivo «se cumplen los votos». En medio de su aflicción, el que sufre promete ofrecer sacrificios (Lev 7,15-21) y dar gracias en los atrios del templo. «Semejante voto ofrecido en medio de la aflicción se entendería de manera totalmente errónea, si creyéramos que era una especie de negociación con Dios en el sentido de: 'Tú me das y yo te retribuyo'. No, sino que lo que se quiere expresar es que las relaciones entre el que ora ardientemente a Dios y Dios no terminan con el hecho de que Dios haya concedido la salvación, sino que continuarán después de experimentada la salvación, de tal manera que el que ha sido salvado proclame ante sus hermanos la salvación de que ha sido objeto».

Habrá que suponer probablemente que el cántico de alabanza 27 y de acción de gracias (v. 23-32) se entonaba probablemente con ocasión de un banquete sacrificial destinado a los pobres. Por lo menos, ésa es una buena manera de entender el v. 27. Los “pobres”, entre los que se cuenta el orante de nuestro salmo (v. 25), deben comer hasta saciarse. Ahora bien, este deseo-según el v. 27b- tiene un significado supremo: ¡Que los pobres experimenten la plenitud de vida que hay en todo momento en la cercanía de Dios!

Si ahora, en los v. 28s, se invita a todos «los confines de la tierra» y a «todos los linajes de los pueblos» a que entiendan, se conviertan y rindan homenaje, no se trata de una intensificación entusiástica del himno, sino de las tradiciones del culto de Jerusalén. El Dios que tiene su trono en Sión es el Creador y Señor del mundo entero. Ante esta realidad, válida en todos los tiempos, las naciones deben «reflexionar» y «convertirse». “Se postrarán” contiene la idea del homenaje rendido por los pueblos. Sobre todo, en el v. 29 aparece con claridad la relación con las tradiciones cultuales de Jerusalén. A Yahvé se le adora en Sión. Yahvé es el Señor del universo. Por eso, todos los pueblos tienen que tributarle alabanza.

Aun los muertos tienen que rendirle también ese gran homenaje. Esto es tanto más asombroso, cuanto más nos damos cuenta de que, según otros pasajes del antiguo testamento, existe una barrera infranqueable: los muertos no tienen ninguna conexión con Yahvé; los muertos no le alaban (cf. Sal 6,6; 88,11-13). El “Sheol” es un lugar muy alejado del culto. Pero ahora la barrera ha quedado rota. Aun los que duermen en la tierra.  (Dan 12,2) quedan incluidos en ese homenaje que se rinde a Yahvé.

En el v. 31 se da especial realce a los descendientes del que ha sido salvado. Estos deben servir a Yahvé. “Simiente” denota, como en el v. 24, la participación inmediata en la acción salvadora llevada a cabo por Dios. Se formará-nos asegura el salmista- una cadena irrompible de tradición, que trasmitirá a las generaciones venideras la noticia sobre las acciones salvadoras de Yahvé y que las proclame a las personas que todavía no han nacido. Mediante la trasmisión de la noticia sobre las grandes hazañas de Dios, las generaciones futuras herederán la certeza que el orante del Sal 32 expresaba en los v. 4-6.

5.     Lectura cristiana

Benedicto[7] XVI presenta el Salmo 22 como una de las oraciones más profundas y teológicamente ricas del Salterio, con un fuerte carácter cristológico, ya que aparece constantemente en los relatos de la pasión de Jesús. El salmo articula dos dimensiones inseparables: humillación y gloria, muerte y vida, y expresa la oración de un inocente perseguido cuya súplica se abre finalmente a la alabanza.

El papa subraya que el salmo alterna entre la realidad angustiosa del presente y la memoria consoladora de la acción de Dios en el pasado. El grito inicial, «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?», expresa el dolor por el silencio divino, pero también una radical confianza, pues el orante sigue llamando a Dios «mi Dios». Este mismo verso, citado por Jesús en la cruz, manifiesta que Cristo asume el sufrimiento humano hasta su extremo, pero no desde la desesperación, sino desde una fe que mira hacia la gloria.

El salmista evoca la fidelidad histórica de Dios con Israel y con su propia vida desde el nacimiento, lo que sostiene su esperanza aun en la situación presente de burla, agresión y aparente abandono. Las imágenes de los enemigos como fieras y de su propio cuerpo desmoronado acentúan la gravedad del peligro y evocan, proféticamente, escenas de la pasión de Cristo: la sed, el reparto de las vestiduras, el cerco hostil.

En el momento más oscuro surge la súplica decisiva: «Tú, Señor… ven en mi ayuda». Este clamor abre el paso a la intervención salvadora de Dios y transforma el lamento en alabanza: «Tú me has dado respuesta». La segunda parte del salmo se convierte así en un himno de acción de gracias que incluye al pueblo entero, a las generaciones futuras y a todas las naciones, proclamando la universalidad de la salvación.

Benedicto XVI concluye que el salmo conduce al creyente al misterio pascual: del Gólgota a la resurrección. Invita a leer la propia vida a la luz del camino de Cristo, descubriendo que incluso en el silencio y la aparente ausencia de Dios, la fe puede transformar el sufrimiento en esperanza y el grito de auxilio en canto de alabanza.

Tras mostrar cómo el Salmo 22 ilumina espiritualmente la pasión de Cristo, conviene situarlo dentro del conjunto de salmos que los evangelistas aplican al relato de la muerte de Jesús. Llama la atención, en primer lugar, la abundancia de referencias salmódicas en los relatos de la pasión: cerca de una veintena de citas o alusiones a unos diez salmos, concentradas sobre todo en los capítulos que narran la crucifixión y la muerte del Señor. Entre todos ellos, destacan de manera especial dos salmos: el Salmo 22 y el Salmo 69, utilizados masivamente para describir el misterio del Crucificado.

En el ciclo narrativo de la crucifixión, el Salmo 22 ocupa un lugar privilegiado. Todos los evangelistas —los tres sinópticos y también Juan— citan un mismo versículo del salmo (v. 19): «Se reparten mi ropa, se sortean mi túnica», viendo en él la clave para interpretar el gesto de los soldados al pie de la cruz. Del mismo modo, los evangelistas recogen diversas alusiones al versículo 8, que describe las burlas y gestos de desprecio hacia el inocente sufriente; Lucas destaca las mofas de los jefes, mientras que Marcos y Mateo evocan los meneos de cabeza de la multitud. Estos mismos evangelistas incorporan otra cita explícita del salmo (v. 9) en las palabras sarcásticas de quienes se burlan de Jesús: «Acudió al Señor; que lo ponga a salvo, si tanto lo quiere».

Pero la referencia más profunda al Salmo 22 se encuentra en los labios del propio Jesús. En Marcos y Mateo, su última palabra en la cruz es precisamente el verso inicial del salmo: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?», revelando que Jesús asume enteramente la oración del justo sufriente y la lleva a su pleno cumplimiento. Incluso la expresión «tengo sed» (Jn 19, 28) puede leerse como eco de este mismo salmo o del Salmo 69.

Así, los relatos de la pasión muestran cómo la Iglesia primitiva reconoció en el Salmo 22 —y en otros salmos del justo oprimido— la clave profética y teológica para comprender la muerte de Jesús, integrando sus padecimientos en la tradición bíblica del inocente perseguido cuya confianza inquebrantable en Dios abre el camino hacia la victoria pascual[8].

6.     Aplicación pastoral

Nuestra piedad cristiana conserva muy viva la imagen del salmo 22, pues en él reconocemos una de las siete palabras de Cristo en la cruz. Aquel “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” dirige inmediatamente nuestra mente al suplicio del Calvario, al sufrimiento del Justo y del Pobre por excelencia: Jesucristo. En la tarde del Viernes Santo, cuando los templos se llenan de fieles para la Meditación de las Siete Palabras, la cuarta de ellas resuena como un clamor profundamente humano y, al mismo tiempo, como una expresión de total confianza del Hijo en el Padre. De ahí que la interpretación unánime de la Iglesia reconozca en el salmo 22 un canto de confianza plena en el Señor.

Este salmo, que la Iglesia reza íntegro en la Liturgia de las Horas en la Hora Intermedia de los viernes de la tercera semana del salterio (bajo la numeración del Salmo 21), es a la vez un verdadero puente entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. El Señor Jesús ora con palabras que el pueblo de Israel conocía desde siglos atrás. Al pronunciarlas desde la cruz, no improvisa su testamento final, sino que hace suyo el clamor del justo sufriente y lo lleva a su pleno cumplimiento. Jesús no cita simplemente un lamento veterotestamentario: toma un salmo entero, que comienza en el desconsuelo y culmina en la más profunda confianza y alabanza por las obras de Dios.

Con este horizonte, el salmo 22 nos presenta con total claridad el clamor del abandono y la experiencia profundamente humana del sufrimiento. El salmista —y, más tarde, Jesús— pregunta angustiado: “¿por qué?”. Es la misma pregunta que brota del corazón del enfermo, del que se siente solo, del que ha fracasado o ha sido humillado. El hombre, herido por la vida, primero se interroga a sí mismo y luego dirige su pregunta hacia Dios. Cuando Jesús sufre y pronuncia ese mismo “¿por qué?”, se solidariza plenamente con todo dolor humano, porque Él mismo fue pobre, abandonado, sin apariencia atrayente, considerado por muchos un fracaso. Y, sin embargo, incluso en ese interrogante, la fe —don y virtud infundida por Dios— no elimina la pregunta, sino que la sostiene. Quien se atreve a preguntar a Dios lo hace porque, en el fondo, cree que Él escucha y que, aunque no sea inmediata, existe una respuesta.

Como se ha dicho, la confianza en Dios es la columna vertebral de este salmo. No concluye en la oscuridad ni en la muerte; por el contrario, avanza hacia la certeza de que Dios escucha, de que no abandona, y de que actúa ofreciendo salvación y liberación. En su estructura interior aparece un verdadero movimiento espiritual: del abandono a la esperanza, del gemido al canto. A este dinamismo está llamado todo ser humano, y solo se recorre plenamente cuando se aprende a entregarse con total confianza en el Señor. Este salmo, entonces, nos enseña oportunamente a rezar en la prueba siguiendo el mismo ritmo espiritual de Jesús en la cruz.

Ya mencionábamos que este salmo permanece vivo en la mente de los fieles durante la liturgia del Viernes Santo. La Iglesia lo propone como una interpretación viva del misterio de la cruz, invitándonos a no caer en la desesperación, sino a perseverar en la oración, especialmente cuando la calamidad y el dolor nos alcanzan. En este día santo, el silencio litúrgico, el clima de recogimiento y el tono espiritual que mezcla luto y esperanza en la resurrección se convierten en criterios cristianos para afrontar la prueba. Así, el salmo 22 y la celebración del Viernes Santo nos conducen juntos a contemplar la cruz desde la fe en la resurrección.

Cristo, el pobre y el justo, sufre siendo inocente; y este sufrimiento revela, al mismo tiempo, la gravedad del mal y la inmensidad del amor de Dios. Nadie le quita la vida al Señor: Él la entrega libremente, en perfecta unión con la voluntad del Padre del cielo. Por eso, cuando cualquiera de nosotros padece injustamente, puede contemplarse reflejado en Cristo y encontrar en Él un sentido para su dolor. De este modo, puede orar con el salmo 22, elevando a Dios el mismo grito que pregunta “¿por qué?”, pero que, a la vez, espera la respuesta con la confianza de que Dios no abandona y librará del mal.

Así, el sufrimiento está llamado a transformarse en misión. Este salmo —como el misterio pascual— transita del dolor a la proclamación de las maravillas de Dios. Del sufrimiento de Cristo brota la salvación para todos: Dios salva muriendo, una verdad inmensa que la fe contempla con asombro. Por eso, el fiel que sufre está invitado, como recuerda san Pablo, a “completar en su carne lo que falta a los padecimientos de Cristo”, ofreciendo sus dolores por los demás: por los enfermos, por los alejados, y por tantas necesidades que claman en nuestro mundo

Finalmente, el salmo 22 culmina con una marcada dimensión comunitaria: el sufrimiento expresado al inicio se convierte, al final, en una proclamación ante la asamblea. No se trata solo de un dolor individual, sino de una experiencia que encuentra eco en la comunidad creyente. La Iglesia, pobre y para los pobres, acompaña siempre a quienes sufren; por eso, nadie está solo en su propio “Viernes Santo”. De ningún hijo de Dios puede decirse que está abandonado, porque la comunidad de fe sostiene, abraza y anuncia que Dios permanece siempre a su lado.

7.     Bibliografía

  ÁNGEL APARICIO RODRÍGUEZ, cmf, (2005), SALMOS 1-41, Comentarios a la Nueva Biblia de Jerusalén, Desclée de Brouwer.

  BENEDICTO XVI, AUDIENCIA GENERAL, Sala Pablo VI, Miércoles 14 de septiembre de 2011.

BIBLIA DE JERUSALÉN, (2019), Desclée de Brouwer.

  HANS-JOACHIM KRAUS, (1993), LOS SALMOS Sal 1-59 vol. I, Sígueme.

  LUIS ALONSO SCHOKEL y CECILIA CARNITI, (1992), (Salmos 1-72) Traducción, introducciones y comentario, Verbo Divino.

  MICHEL GOURGUES, (1980), Los salmos y Jesús. Jesús y los salmos, Verbo Divino.

[1] BIBLIA DE JERUSALÉN, (2019), Desclée de Brouwer, pp. 737-739.

[2] ÁNGEL APARICIO RODRÍGUEZ, cmf, (2005), SALMOS 1-41, Comentarios a la Nueva Biblia de Jerusalén, Desclée de Brouwer, pp. 215-216.

[3] LUIS ALONSO SCHOKEL y CECILIA CARNITI, (1992), (Salmos 1-72) Traducción, introducciones y comentario, Verbo Divino, pp. 369-370.

[4] ÁNGEL APARICIO RODRÍGUEZ, cmf, (2005), SALMOS 1-41, Comentarios a la Nueva Biblia de Jerusalén, Desclée de Brouwer, p. 217.

[5] Páginas 370-371.

[6] HANS-JOACHIM KRAUS, (1993), LOS SALMOS Sal 1-59 vol. I, Sígueme, pp. 415-424.

[7] BENEDICTO XVI, AUDIENCIA GENERAL, Sala Pablo VI, Miércoles 14 de septiembre de 2011.

[8] MICHEL GOURGUES, (1980), Los salmos y Jesús. Jesús y los salmos, Verbo Divino, p. 24.

miércoles, 10 de diciembre de 2025

Mi cumpleaños n° 30

Inicio los treinta y a por muchos más...


Cuenta la Tradición que Cristo inició su vida pública a los treinta años, luego de haber permanecido “oculto” en Nazaret y sus alrededores, dedicado al oficio de constructor o carpintero. A partir de esa edad comenzó la predicación del Reino durante tres años, hasta su crucifixión en Jerusalén. Hoy, precisamente, he alcanzado yo también esa cifra simbólica: treinta años de vida. Veinticinco vividos intensamente en Venezuela y los últimos cinco en el Perú, tierra que me ha acogido y donde continúo mi camino vocacional.


Mi esperado 10 de diciembre comenzó muy temprano. A las 5:30 de la mañana debíamos estar listos para dirigirnos al aeropuerto de Ayacucho con destino a Lima. Viajé acompañado de mis hermanos seminaristas de Ayacucho y de mis dos padres formadores, pues se trataba del paseo de fin de año programado para estas fechas decembrinas. En Lima, sin embargo, tuve que separarme momentáneamente del grupo y adelantar mi vuelo hacia Arequipa debido a una corrección en mi segundo apellido que figuraba en el boleto. La situación fue curiosa: bajé del avión y volví a subir al mismo, esta vez con rumbo a la llamada “ciudad blanca”.

Durante el trayecto aéreo, un tanto pensativo por la fecha que celebraba, recibí una grata sorpresa por parte de la tripulación de Latam. Uno de los azafatos se acercó para felicitarme por mi cumpleaños y me entregó una pequeña bolsa con galletas junto a una tarjeta de salutación. El gesto me tomó desprevenido y me conmovió sinceramente. Aunque no se tratara de amigos cercanos o conocidos, agradecí de corazón aquella delicadeza tan humana.

Ya en Arequipa aguardé en el aeropuerto a mis hermanos, muchos de los cuales —a pesar de conocer la fecha de mi onomástico— la habían pasado por alto, para mi desánimo. Nos instalamos en el hostal y luego salimos a almorzar al centro de la ciudad, en un mercado donde degustamos comida típica de la región. Por la tarde descansamos brevemente y después nos dirigimos a la Plaza de Armas y a la Catedral. Allí realizamos una visita devota y aprovechamos para tener un momento de oración ante el Santísimo Sacramento, en la capilla del sagrario. De rodillas ante el Señor, le presenté mis deseos e intenciones en este día en que cumplía treinta años. Dios sabe lo que le pedí con fe para el año 2026; solo Él conoce lo que es verdaderamente bueno para mí, y así lo acepto.

Esa noche participamos en la Santa Misa en un templo cercano a la catedral. Pude vivirla con especial recogimiento y gratitud, agradeciendo a Dios por el don de la vida y de la vocación, ahora con treinta años y cada vez más cerca de la meta, que no es un final, sino el comienzo de una vida consagrada totalmente a Dios y a su pueblo.

Más tarde, antes de cenar en una chifa, visitamos el imponente convento-museo de Santa Catalina de Siena, en Arequipa, lugar donde vivió y se santificó la beata Sor Ana de los Ángeles Monteagudo. Ya de regreso en el hostal, me adelanté para ducharme y descansar. Sin embargo, al estar listo, me llamaron a una pequeña sala donde me esperaban todos mis hermanos seminaristas junto a los dos formadores, con una torta improvisada para cantarme el “Cumpleaños feliz”. No había vela, pero uno de ellos, con notable ingenio, colocó en su teléfono la imagen de una vela encendida; al soplarla, apagó la pantalla con el dedo, haciendo ver que efectivamente había cumplido el rito. Luego siguieron las palabras de cada uno: mensajes sinceros, atentos y cargados de buenos deseos, que agradecí profundamente al final.

Este fue otro de tantos cumpleaños lejos de la familia. Ellos, no obstante, me habían escrito desde temprano, haciéndome sentir su cercanía. Mi mejor regalo fue, sin duda, la oportunidad de conocer el sur del Perú en un periplo que terminó siendo incluso binacional.

Desde Arequipa, el día 11 de diciembre, nos dirigimos al Santuario de la Virgen de Chapi, un moderno recinto de enormes proporciones, donde celebramos la Santa Misa. Luego, por la noche, continuamos hacia Puno, a donde llegamos el día 12, visitando su catedral y el lago Titicaca con sus islas flotantes. Al día siguiente, 13 de diciembre, arribamos a Desaguadero, la frontera entre Perú y Bolivia. A pesar de la negativa inicial de las autoridades migratorias bolivianas para permitirme el ingreso, finalmente crucé junto al grupo de seminaristas y sacerdotes, rogando a Dios que no encontráramos ningún control terrestre. El Señor escuchó nuestra súplica.

En Bolivia conocimos Tiawanaco, El Alto y La Paz, donde pasamos la noche. Al día siguiente, 14 de diciembre, partimos hacia Copacabana para visitar el Santuario de la Virgen; allí alcanzamos a escuchar media misa antes de emprender el regreso a Puno. Finalmente, el 15 de diciembre, nos dirigimos a Juliaca, desde donde tomamos un vuelo a Lima y regresamos ese mismo día a Ayacucho.

Así cumplí mis treinta años con alegría, en tres ciudades distintas del Perú: Ayacucho, Lima y Arequipa, recorriendo nuevos lugares y completando, casi sin buscarlo, mi paso por los cinco países liberados por Simón Bolívar. Dios me ha concedido conocer Caracas, en Venezuela; Bogotá, en Colombia; Quito, en Ecuador; Lima, en Perú; y La Paz, en Bolivia. Un itinerario geográfico que acompaña, silenciosamente, otro más profundo: el del alma que camina, agradecida, bajo la providencia de Dios.