PADRE
RAMÓN EMILIO PERNÍA NOGUERA:
CIEN AÑOS DE UNA MEMORIA VIVA
El 6 de octubre de 2026 se cumplen cien años del nacimiento del padre
Ramón Emilio Pernía Noguera, sacerdote merideño cuya vida y ministerio dejaron
una huella profunda, especialmente en Bailadores y en las demás comunidades
donde ejerció su ministerio sacerdotal.
Con motivo de este centenario, quiero dedicar estas palabras a quien,
con el paso de los años, ha terminado ocupando un lugar muy especial en mi
propia historia.
No pretendo hacer aquí una biografía completa del padre Pernía. Para eso
existen estudios y testimonios mucho más amplios, como lo es el arduo trabajo
de mi amigo el licenciado Néstor Abad Sánchez, a quien reconozco el principal
interés por mantener viva la memoria del padre Pernía. Quiero, más bien,
detenerme en algunos momentos de mi propia relación con él y contar cómo, casi
sin darme cuenta, su memoria fue entrando poco a poco en mi vida.
Un primer encuentro
Mi primer recuerdo del padre Pernía se remonta al año 2008.
Yo era estudiante de primer año de bachillerato en el Liceo Bolivariano
doctor Gerónimo Maldonado, en Bailadores. Era Miércoles de Ceniza y habíamos
acudido al Santuario de Nuestra Señora de la Candelaria para recibir la ceniza.
Como llegamos temprano, a nuestro salón le correspondió llevar unas
flores hacia un espacio ubicado junto al templo. Fue entonces cuando, de una de
las habitaciones situadas detrás del santuario, salió un hombre delgado,
vestido con pantalón gris, chaqueta negra y una boina.
Era el padre Ramón Emilio Pernía. Nosotros lo saludamos y él nos
respondió. Eso fue todo. No hubo en aquel momento ninguna conversación especial
ni podía yo imaginar que aquel encuentro tan sencillo llegaría a tener algún
significado años después.
Yo era apenas un muchacho y aquella escena pasó, como pasan tantas otras
cosas de la adolescencia, sin que uno sospeche que algún día volverá a ella con
otros ojos.
Pero hoy, tantos años después, cuando pienso en aquel Miércoles de
Ceniza, hay algo que me llama especialmente la atención: aquel sacerdote que vi
salir de una habitación volvería a aparecer varias veces en mi historia.
Entonces yo todavía no lo sabía.
El padre Pernía, sacerdote de Bailadores
Cuando murió, el sábado 29 de abril de 2017, escribí una primera crónica
sobre él. Quise recoger allí la impresión que había dejado entre quienes lo
conocieron y recordar algunos aspectos de su ministerio.
El padre Pernía fue un sacerdote profundamente vinculado a Bailadores.
Su nombre quedó unido especialmente al Santuario de Nuestra Señora de la
Candelaria, pero también a numerosas iniciativas realizadas en favor de la
comunidad.
Su ministerio no se limitó a las actividades propiamente religiosas. Se
preocupó por distintas necesidades de los pueblos donde ejerció su sacerdocio y
participó en obras que buscaban mejorar las condiciones de vida de las
comunidades.
Por eso, cuando se habla de su legado, su recuerdo no puede quedar
reducido al templo, a los sacramentos o a las tareas propiamente pastorales.
También está presente en las personas, en las obras y en las comunidades a las
que dedicó toda su vida.
Entre quienes lo conocieron quedó igualmente el recuerdo de un sacerdote
de carácter fuerte, exigente y riguroso, pero también preocupado por las
personas y dispuesto a servir. Como sucede con toda persona que deja una huella
verdadera, su recuerdo no es una imagen uniforme: está hecho de experiencias,
recuerdos y testimonios diversos que, juntos, permiten acercarnos a quien fue.
Con el paso de los años también he podido comprender mejor el horizonte
intelectual desde el cual el padre Pernía vivió su sacerdocio. Quienes lo
conocieron de cerca destacan su profunda formación tomista y su fidelidad a la
tradición teológica de la Iglesia. Su pensamiento estuvo marcado especialmente
por Santo Tomás de Aquino y por el estudio de la teología y la filosofía
medieval. Se cuenta incluso que tenía como disciplina cotidiana dedicar un
tiempo a la lectura de la Suma Teológica, hasta hacer de ella una
compañera habitual de su vida sacerdotal.
Esto me parece importante para comprender también su manera de acercarse
a los pobres y a los más necesitados. Su preocupación por ellos no nació de una
corriente teológica particular, sino de una concepción profundamente cristiana
del sacerdocio y del servicio. El padre Pernía, desde su formación tomista y
desde la tradición de la Iglesia, entendió que estar cerca de quien sufre y
servir a los más necesitados forma parte de la misión de todo sacerdote.
Volver a encontrarlo
Años después de aquel primer encuentro, tuve la oportunidad de visitarlo
personalmente. Fue en agosto de 2016, acompañado por mi madrina Elda Pernía.
Esta vez no era ya aquel muchacho que lo había visto pasar en 2008. Yo
estaba viviendo otra etapa de mi vida, era seminarista de filosofía, y podía
acercarme a él con mayor conciencia de quién era aquel sacerdote.
Lo encontramos leyendo. Recuerdo especialmente esa escena. El padre
Pernía era ya un hombre anciano, pero seguía dedicado a aquello que parecía
haberlo acompañado durante tantos años: leer, estudiar, pensar. Tenía libros en
francés y en italiano y, durante aquella visita, llegó incluso a traducirme
parte de lo que estaba leyendo.
Aquel encuentro fue muy sencillo, pero para mí tuvo un significado
especial. Ya no estaba viendo simplemente al sacerdote que había conocido de
lejos cuando era adolescente. Ahora podía sentarme cerca de él, escucharlo y
descubrir algo más de su mundo.
Antes de despedirnos, nos dio su bendición.
Ese gesto quedó guardado en mi memoria. Con los años he comprendido que
aquella visita fue una especie de segundo momento de una historia que había
comenzado ocho años antes. Primero lo había visto de lejos; ahora había podido
acercarme a él. Y, sin saberlo, aquel sería el único encuentro cercano que
tendría con él en vida.
Su puño y letra
En 2019 publiqué otro texto dedicado al padre Pernía, esta vez a partir
de algo mucho más pequeño, pero para mí igualmente significativo: su escritura.
Entre su Biblia de estudio encontré una reflexión manuscrita titulada
“El problema del infortunio del justo”. Aquella hoja escrita de su puño y letra
me permitió acercarme de una manera diferente al sacerdote.
Ya no se trataba solamente de recordar lo que otras personas decían de
él. Allí estaba directamente su pensamiento, expresado con su propia letra, en
una reflexión que había conservado entre sus papeles.
Hay algo particular en encontrarse con la escritura de una persona que
ya no está. Una letra que alguna vez estuvo sobre una mesa, entre sus manos, de
pronto aparece ante nosotros muchos años después. Una anotación, una firma o
una página escrita pueden parecer cosas pequeñas, pero adquieren otro valor
cuando se convierten en uno de los pocos rastros personales que permanecen.
La escritura también guarda memoria.
Pero, ¿qué escribió el padre Pernía sobre este tema? Aquí les dejo el
texto:
La Escritura repite muchas veces, como un axioma, que Dios da a cada uno
según sus obras. Todos aceptamos este principio, que es de elemental justicia,
como la cosa más natural, porque responde enteramente a los sentimientos de
equidad impresos en el corazón del hombre. Pero cuando se miran las cosas de
tejas abajo, parece que tal principio flaquea no pocas veces, pues se ven
justos en la miseria e impíos en la prosperidad. Y al flaquear el principio es
como si la misma justicia divina se tambalease, viniendo a poner a dura prueba
la fe de los creyentes en Dios.
En este texto, el padre reflexiona sobre el problema del sufrimiento del
justo y la aparente prosperidad del impío, mostrando cómo esta realidad puede
poner a prueba la fe en la justicia y providencia de Dios. Y hay algo
especialmente interesante: el padre Pernía no resuelve el problema en esta
nota; lo plantea desde la experiencia humana del sufrimiento. Eso le da a la
reflexión un carácter muy existencial y teológico a la vez.
La biblioteca del padre Pernía
Pero la historia no terminó allí. Después de su muerte quedó pendiente
una pregunta muy concreta: ¿qué sería de todo aquello que había reunido a lo
largo de tantos años?
Durante un tiempo existió la posibilidad de que sus libros fueran
destinados al Seminario San Buenaventura de Mérida, pero finalmente esa
iniciativa no se concretó por el desinterés de dicha institución.
Yo había tenido contacto con algunos de aquellos materiales y, de alguna
manera, conservaba el deseo de que no se dispersaran y pudieran seguir siendo
útiles.
Finalmente, en 2022, ocurrió algo inesperado. Mi madrina Elda pasó por
la entrada de San Juan de Lagunillas y se encontró con Tony, quien había
cuidado al padre Pernía durante sus últimos años y conservaba sus pertenencias.
Fue entonces cuando surgió la posibilidad de que sus libros me fueran
donados. Se consiguió un camión y comenzó el traslado. Yo me encontraba en el
Perú y seguía todo aquello desde la distancia. Mi madrina me enviaba
fotografías, videos y audios del proceso. Hasta que finalmente aquellos miles
de volúmenes llegaron a mi casa en La Playa.
Recuerdo aquel momento como la llegada de una parte de la historia de
una persona que, años atrás, había aparecido fugazmente en mi vida. Para mí,
conservar aquella biblioteca significa conservar también una parte de su
memoria. Entre esos materiales hay anotaciones, documentos y otros elementos
que permiten acercarse a sus intereses, a sus lecturas y a su manera de
trabajar.
Una biblioteca personal dice mucho de quien la ha formado. No solamente
por los títulos que contiene, sino por las huellas que deja una persona al
leer, estudiar, subrayar, anotar y volver una y otra vez sobre determinados
temas.
En ese sentido, estos materiales permiten acercarnos a una dimensión
importante del padre Pernía: su inquietud intelectual y su permanente interés
por el estudio.
Pero precisamente por eso considero que conservarlos implica también una
responsabilidad.
No se trata simplemente de guardar libros en estanterías, aunque estén
ordenados y cuidados. Se trata de preservar un patrimonio que puede ayudar a
conocer mejor a una persona y una época, y que merece ser estudiado con
seriedad.
Esta es todavía una tarea pendiente. Y, en lo que pueda corresponderme,
reitero mi total disponibilidad para colaborar en todo aquello que contribuya a
que esta memoria no se pierda.
El padre Pernía, camino a los altares
En agosto de 2025 publiqué otro artículo titulado “El padre Pernía,
camino a los altares”. En él recogí la noticia relacionada con el interés en
Mérida por promover los procesos canónicos para que la Iglesia reconozca
oficialmente la santidad del padre Pernía.
Es importante decirlo con claridad: hablar de una causa de beatificación
y canonización no significa afirmar que la Iglesia haya declarado santo o beato
al padre Pernía. Significa reconocer que existe un interés por estudiar su vida
y su testimonio, dejando a la Iglesia el discernimiento correspondiente.
Para mí, esta posibilidad tiene un significado especial porque durante
todos estos años he ido encontrando distintas huellas de su vida: testimonios,
escritos, recuerdos y materiales que permiten acercarse a quien fue.
Todo ello forma parte de una memoria que merece ser conservada.
Y quizá el mayor homenaje que podemos hacer a una persona que dedicó su
vida al sacerdocio no sea solamente recordar su nombre, sino procurar que
aquello que vivió, enseñó y testimonió pueda seguir siendo conocido.
Una historia que también se relaciona con mi vocación
Hay, sin embargo, un aspecto de toda esta historia que para mí tiene un
significado todavía más personal.
Mi relación con el padre Pernía comenzó cuando yo era apenas un
adolescente que lo vio salir de una habitación. Después pude visitarlo. Recibí
su bendición. Más tarde escribí sobre él. Encontré su puño y letra y fui
conociendo cada vez más de su vida.
Pero mientras todo eso ocurría, también mi propia historia iba
cambiando.
Aquel muchacho que lo había visto en 2008 entró al seminario. Estudió
filosofía y teología. Fue descubriendo poco a poco su propia vocación y
avanzando por un camino que, en aquel primer encuentro, ni siquiera podía
imaginar.
El pasado 2 de septiembre de 2026 recibí la ordenación diaconal en
Ayacucho, Perú. Y en aquella solemne celebración utilicé una estola que mi
madrina me había regalado, vinculada de manera especial a la memoria del padre
Pernía.
Para mí, llevar aquella estola en mi ordenación fue un gesto
profundamente significativo. Mientras la llevaba sobre mi pecho, cruzando el
corazón, pensé en el camino recorrido y en cómo aquella historia que había
comenzado en Bailadores había terminado acompañando también un momento decisivo
de mi propia vida.
No pretendo establecer comparaciones. Cada sacerdote tiene su propia
historia, su propio camino y su propia manera de cumplir con la misión que Dios
le confía.
Pero sí puedo reconocer, con gratitud, que la figura del padre Pernía ha
acompañado de alguna manera mi propio recorrido.
Y eso, para mí, tiene un valor que difícilmente podría explicar
solamente con palabras.
Cien años después
Hoy, al cumplirse cien años de su nacimiento, vuelvo a mirar todo este
recorrido.
En 2008 lo vi por primera vez en Bailadores. En 2016 lo visité en su
casa de San Juan de Lagunillas. En 2017 escribí desde el seminario de Mérida sobre
su muerte. En 2019 publiqué en La Playa aquella reflexión sobre su puño y
letra. En 2022, estando yo ya en el Perú, recibí en donación su biblioteca. En
2025 escribí sobre la posibilidad de su camino hacia los altares. Y en 2026
recibí la ordenación diaconal utilizando una estola del padre.
Cuando uno mira todos esos momentos por separado, quizá parezcan
simplemente acontecimientos dispersos. Pero cuando los contempla con la
distancia que dan los años, descubre que todos forman parte de una misma
historia.
Una historia que comenzó de una manera absolutamente sencilla: un
muchacho, un Miércoles de Ceniza, un sacerdote que salió de una habitación y un
saludo.
Nunca imaginé que aquel encuentro tan breve terminaría acompañándome
durante tantos años.
Por eso este centenario no quiero reducirlo simplemente a una fecha.
Quiero que sea una ocasión para recordarlo, agradecer su vida y volver a mirar
su testimonio.
Quiero también que sea una oportunidad para que las nuevas generaciones
conozcan la figura de un sacerdote que dejó una huella particular en Bailadores
y en la Iglesia merideña.
Porque recordar no significa vivir anclados en el pasado. Recordar
también puede ser una manera de reconocer de dónde venimos y de agradecer a
quienes, de una u otra forma, ayudaron a construir la historia que hoy nosotros
continuamos.
Una última imagen
Si tuviera que quedarme con una sola imagen del padre Pernía,
probablemente sería aquella primera.
Aquel Miércoles de Ceniza de 2008. Un sacerdote saliendo de una
habitación. Una boina. Y un muchacho que lo saluda sin imaginar que aquel
momento, aparentemente insignificante, quedaría guardado en su memoria.
Hoy miro aquella escena de otra manera. No porque ahora pueda darle un
significado que entonces no tenía, sino porque los años me han permitido
comprender que la vida está hecha muchas veces de pequeños encuentros cuyo
verdadero valor descubrimos después.
Aquel día yo simplemente lo vi pasar. Años después recibí su bendición.
Más tarde encontré su escritura, conocí mejor su historia y fui descubriendo,
poco a poco, la dimensión de aquel sacerdote que había conocido siendo apenas
un adolescente.
Por eso, al mirar hacia atrás, comprendo que lo verdaderamente
importante no son las cosas que permanecen, aunque algunas de ellas nos ayuden
a recordar. Lo verdaderamente importante es la vida que hay detrás de ellas.
Una hoja manuscrita nos habla de una persona que pensó y escribió. Una
fotografía nos devuelve un rostro. Un objeto puede despertar un recuerdo. Pero
nada de eso tendría sentido si detrás no hubiera existido una vida entregada.
El padre Pernía fue un sacerdote profundamente dedicado al estudio y a
la vida intelectual, pero su sacerdocio no quedó encerrado en un escritorio. Su
vida también estuvo marcada por el servicio, por su preocupación por las
personas y por su entrega a las comunidades donde ejerció su ministerio.
Eso es, en definitiva, lo que permanece. Porque los objetos pueden
conservarse o perderse. Los documentos pueden permanecer en un archivo o
desaparecer. Los recuerdos pueden hacerse más débiles con el paso del tiempo.
Pero aquello que una persona deja en la vida de los demás puede seguir
dando fruto mucho después de que esa persona ya no esté.
Por eso, al cumplirse cien años del nacimiento del padre Ramón Emilio
Pernía Noguera, quiero simplemente decir:
Gracias, padre Pernía. Gracias por su sacerdocio abnegado, por su
servicio, por su amor al estudio y por todo lo que dejó en Bailadores. Gracias
por aquella bendición que recibí de sus manos. Y gracias porque, sin que yo
pudiera imaginarlo aquel día de 2008, su historia terminó encontrándose con la
mía.
Que Dios reciba en su presencia al padre Ramón Emilio Pernía Noguera y
que su memoria siga siendo conservada con gratitud por quienes lo conocieron y
por las generaciones que vendrán.
Padre Ramón Emilio Pernía Noguera, gracias por su vida y por su
testimonio. Que descanse en paz. Amén.
Mi gratitud especial a la familia Pernía, en Bailadores y en todas las
partes del mundo donde se encuentra, y mis felicitaciones por este centenario
del natalicio del padre Ramón Emilio que hoy conmemoramos.
Que sigamos trabajando, amparados siempre por nuestra Madre la Iglesia,
para que cada vez más personas conozcan su vida, su sacerdocio y su testimonio
cristiano; para que no se pierda la memoria de quien, para muchos, fue un santo
cura, el santo cura de Bailadores.




