jueves, 24 de septiembre de 2026

Charlando con el padre José Antonio Fortea sobre el diaconado

DESDE EL CONVENTO DE OCOPA

Pedro Andrés: Padre, nosotros estamos en el Perú. Yo soy venezolano y le he escrito varias veces desde hace años, desde que comencé el seminario, allá por 2013. Usted siempre me ha respondido, y por eso lo primero que quiero hacer es agradecerle.

Padre Fortea: Bueno, no siempre podré contestar, porque realmente hay tantas cosas que a veces no puedo responder a todos. Pero no te lo tomes como que me he enfadado o que ya no te responde por alguna razón. Simplemente, muchas veces no puedo contestar todos los mensajes. Sin embargo, el tema de los diáconos me pareció que merecía hacer un esfuerzo.

Pedro Andrés: Sí, padre. Por eso, como lo he seguido bastante en su canal y también en su blog, sé que no responde a todos. En ese sentido, permítame resaltar que a mí siempre me ha respondido. Por eso estoy muy agradecido.

Padre Fortea: Vaya, pues puedes considerarte afortunado. Algunas personas incluso se han enfadado un poquito por la razón contraria. Yo hago lo que puedo.

Pedro Andrés: Sí, padre. Somos dos seminaristas. Estoy aquí con mi compañero Juan Sixto; él es peruano y yo soy venezolano. Ambos estamos en Ayacucho. Usted me comentó que tuvo compañeros en Navarra que fueron a Ayacucho, sacerdotes o seminaristas.

Padre Fortea: Sí. Yo tuve varios compañeros que fueron allí. Incluso le pregunté al rector si podía marcharme como misionero. Pero el rector me dijo que no me veía para las misiones. Y se acabó todo.

Pedro Andrés: Sí. Imagínate, los hubiésemos tenido por aquí cerquita.

Padre Fortea: Sí, es verdad. Varios se fueron a Ayacucho, incluso uno de mi curso. Cuando le pregunté al rector si podía ser una posibilidad y si quizá Dios quería que fuera misionero, fue cuando recibimos una visita del obispo de La Guaira, Venezuela.

Pedro Andrés: ¿Quién era el obispo en ese entonces?

Padre Fortea: No recuerdo exactamente. El apellido era Guruceaga. Francisco de Guruceaga Iturriza

Pedro Andrés: No lo conozco. De repente fue algunos años atrás.

Padre Fortea: Estamos hablando de 1987 o 1988, aproximadamente.

Pedro Andrés: No habíamos nacido todavía.

Padre Fortea: Muy bien, pues adelante si tienes alguna duda o alguna cosa, yo sabré decir algo.

Pedro Andrés: Padre, gracias. Hemos leído el librito sobre el diaconado y, durante estos días, también hemos estado revisando otros folletos y documentos, entre ellos el documento de la Comisión Teológica Internacional de 2002 que usted cita en su libro. Entendemos que algunas de sus reflexiones parten precisamente de la lectura de ese documento. En primer lugar, quisiera preguntarle de manera muy puntual: ¿a qué se compromete un diácono? En nuestro caso, con el favor de Dios, pasaremos posteriormente al presbiterado, porque somos seminaristas y recibiremos el diaconado transitorio. Pero, concretamente, ¿a qué se compromete un diácono, tanto en las promesas propias del rito como en el ejercicio del ministerio?

Padre Fortea: Bueno, uno se compromete a lo que ya habéis firmado. Precisamente pedí que aquello que habéis firmado lo meditaseis bien. Lo que habéis firmado significa que, desde ese momento, estáis bajo la obediencia; estaréis incardinados en esa diócesis, estáis encaminados al ministerio, sois clérigos y asumís la obligación de rezar el Oficio Divino. Y, por último, está el compromiso de mantener el celibato. Ahora bien, si un diácono en la etapa transitoria llega a la convicción de que no debe seguir adelante con el sacerdocio, la dispensa se concede con facilidad. Y, además, si un diácono permanente quisiera dejar el camino hacia el presbiterado, se respetaría su vocación al diaconado. Hay cosas curiosas. A cambio, la diócesis, desde el momento en que uno es diácono, ya se compromete a mantenerlo. Es un compromiso laboral, y la remoción del puesto sería un proceso distinto al de un seminarista. Si el obispo quiere que un seminarista no siga, pues ya está. Pero un diácono no: ya es un clérigo de la diócesis.

Pedro Andrés: Claro, padre. También teníamos una duda con respecto a lo que puede hacer el diácono. Usted lo explica bastante bien en el libro. Además, vimos un video de su canal de YouTube en el que habló a los diáconos permanentes en México, y también lo estuvimos revisando. Nuestra duda era la siguiente: si el diácono no es ungido con el Santo Crisma, ¿cómo puede bautizar solemnemente? En ese caso, utilizaría también el Santo Crisma y el óleo de los catecúmenos. Entonces, ¿cómo se entiende esto?

Padre Fortea: Sí, realmente se podría haber ungido a un diácono. No habría ningún problema. Incluso a los laicos, en el sacramento del Bautismo, se les unge dos veces. No hay ningún problema teológico. El diácono, al recibir el sacramento del Orden y, en ese grado, realmente pasa a ser un ungido espiritual. No se puede decir que exista una razón teológica para afirmar una cosa y negar la otra. Se ha decidido hacer esa distinción entre la importancia del segundo y tercer grado respecto al primero: que ellos sean ungidos. Pero no hay que darle más trascendencia al hecho de que los diáconos no estén ungidos. Podría haber habido una unción para cada grado. De hecho, el sacerdocio levítico en sí mismo es menor que el sacerdocio del Nuevo Testamento, el sacerdocio de Cristo, y a los sacerdotes levíticos sí se les ungía. Teológicamente, se concede más en el sacerdocio del Nuevo Testamento que lo que recibían los sacerdotes cuando realizaban el ritual que cuenta el Deuteronomio para simplemente servir en la tienda. En el fondo, esa era una función muy diaconal: encender las velas, disponer el incienso, poner los panes de la proposición... Son funciones que podríamos llamar claramente diaconales.

El sacerdote propiamente dicho era el que iba al altar de bronce y allí ofrecía lo que se había presentado, inmolaba. Esa era una función sacerdotal, y el sumo sacerdote tenía además otras funciones, como la unción.

En el fondo, las labores que realizaban los distintos grados del orden levítico, salvo las funciones propiamente sacerdotales que acabo de mencionar, eran funciones que podríamos llamar diaconales. Y eran sacerdotes. Aunque, en sentido estricto, solo ejercían el sacerdocio los que ofrecían la víctima en el altar. Pero también había una distribución de funciones.

Pedro Andrés: Padre, en el caso del diaconado, hemos visto en los materiales que, efectivamente, es sacramento y es un grado del sacramento del Orden. Ahora bien, me parece que usted es muy enfático en el libro y en sus reflexiones en que el diaconado es el primer grado del Orden. No sé si hay otras perspectivas teológicas. Me parece que quizá el Catecismo o alguna otra reflexión teológica habla del episcopado como primer grado y del diaconado como tercer grado. ¿Es simplemente una variante para explicar cuál es el primero y cuál es el tercero?

Padre Fortea: Terminológicamente siempre se ha dicho que el primer grado es el diaconado, el segundo es el presbiterado y el tercero es el episcopado. Porque «Grado» en latín significa peldaño, como en una escalera. Por tanto, el diaconado sería el primer peldaño que uno comienza a subir.

Pedro Andrés: Sí, padre. Y, con respecto a lo del sacerdocio, hemos visto que el diácono participa del sacramento del Orden, pero, como dice el Concilio Vaticano II, está ordenado al ministerio y no al sacerdocio. Entonces, ¿ejerce algún tipo de sacerdocio el diácono? ¿Solamente el sacerdocio común de los fieles?

Padre Fortea: Es verdad que ese asunto, de forma natural, se ha prestado un poquito a que pudiera parecer que se confundían las cosas. No me da apariencia, pero se prestaba a ello. No. El diácono no tiene solamente el sacerdocio común de los fieles; ese lo tiene por el Bautismo. El diácono tiene el primer grado del sacerdocio de Cristo. No es simplemente una preparación para el segundo grado. Es el primer grado, aunque para aquellos que van a continuar hacia el presbiterado constituye también una preparación para el segundo grado. Porque Cristo quiso darle tanta importancia al servicio. El primer grado del sacerdocio sería precisamente ejercer esta función. En el libro, si tenéis la última versión —creo que la subí—, explico que, humanamente, nosotros podríamos haber organizado esto de otra manera: repartir los sacramentos entre los tres grados. ¿Tenéis esa versión en la que digo esto?

Pedro Andrés: Sí, la tenemos.

Padre Fortea: Creo que esa fue una añadidura que hice hace menos de un año. Humanamente, nosotros habríamos organizado las cosas de esta manera: «Pues que el diácono haga estos sacramentos; el presbítero, estos otros; y el obispo, estos». Pero no. Dios tiene otra forma de distribuir las funciones porque quiere dejar claro un mensaje de servicio. Precisamente para poner de relieve el servicio es por lo que despoja, por así decirlo, desnuda al primer grado de casi todo, dejándole muy pocas cosas.

Pedro Andrés: Padre, en el libro usted menciona que su opinión es que Jesús mismo, el Señor, pudo haber pensado en los tres grados del sacramento del Orden. Es decir, quizá Cristo no dio instrucciones explícitas a los apóstoles sobre que existiría el diaconado con ese nombre, pero usted considera que Jesús sí lo tuvo presente. Ahora bien, la Comisión Teológica Internacional y, por lo que hemos leído, buena parte de los teólogos sostienen que el diaconado habría sido una institución de la Iglesia apostólica. Me parece que el presbiterado y el episcopado tendrían su origen propiamente en Jesús y en los apóstoles, mientras que el diaconado habría sido establecido posteriormente por la Iglesia.

Padre Fortea: Ese asunto, reconozco que admite discusión. La Iglesia no ha dicho nada respecto de una cuestión tan, tan precisa.Pero, aun sabiendo que la mayor parte de los teólogos actuales e importantes consideran que el diaconado fue una institución de la Iglesia, yo pienso que no fue así. Yo pienso que, desde el principio, Jesús debió mencionar a los apóstoles que quería que hubiera tres grados. ¿Y por qué pienso eso? Porque Jesús habló de muchísimas cosas, pero los sacramentos eran una realidad muy importante, y mucho más todavía si hablamos del sacerdocio. Por eso, mi opinión es que Jesús enseñó, aunque fuera de una forma muy breve, las características esenciales de cada uno de los tres grados. Si no fuera así, si los tres grados hubieran nacido simplemente de una disposición humana, utilizando el poder de atar y desatar, nosotros no podríamos hacer algo tan tremendo como establecer grados dentro de un sacramento. Porque los teólogos, desde siempre, han dicho que el diaconado era el primer grado del sacramento del Orden, no un paso previo, como ocurría con las órdenes menores. Entonces, claramente, yo pienso que no. Los sacramentos fueron una disposición divina. Además, si esto hubiera sido una disposición humana, con toda razón alguien podría decir: «Si es humano, se han podido equivocar, aunque lo hayan aprobado con la autoridad de Cristo». ¿A qué me refiero? A que alguien podría decir: «Hombre, podrían haber instituido de otra manera el grado, o tal otra característica». Es decir, entraríamos dentro de lo opinable y, en ese caso, tendrían razón. Si Jesús no dijo nada al respecto y fue una decisión puramente humana, sería discutible. El diaconado podría haber sido de otra manera. Podría haber habido dos grados del Orden —presbiterado y episcopado— y que el diaconado fuera simplemente una preparación previa. O podría haberse organizado de muchas otras formas. Es decir, entraríamos ya en una gran cantidad de posibilidades para la Iglesia. Yo creo que es mucho más sensato pensar que, al menos, el ADN de la Iglesia futura ya contenía todo lo esencial de los sacramentos, incluyendo los tres grados del sacramento del Orden. Y desde esta perspectiva mía, no cabe esa ordenación femenina. Si la Iglesia lo aprobara, yo lo aceptaría totalmente, porque, si la Iglesia aprueba algo, se puede hacer. Aunque yo afirmo que no se puede cambiar, esa es mi opinión teológica. Si la Iglesia lo aprobara, yo lo aceptaría, claro que sí. Desde el mismo momento de la aprobación, lo aceptaría. Pero tendría que ser una aprobación oficial, no simplemente una opinión expresada en un sermón.

Pedro Andrés: Sí. Y ahí entra también, padre, lo que señala la Comisión Teológica Internacional. Allí se habla bastante de la historia del diaconado femenino, de Febe, en la Carta a los Romanos, y de lo que fue posteriormente esta realidad. Creo que la conclusión es que estas funciones fueron evolucionando hasta dar lugar a las actuales religiosas, incluso a las abadesas, como una figura femenina de servicio y también de autoridad.

Padre Fortea: Pero, evidentemente, este punto puede ser discutido por muy buenos teólogos. Yo les reconozco el derecho a discutirlo. A mí me convence más la tesis más «intervencionista» de Jesús a este respecto.

Pedro Andrés: ¿Y eso qué significa?

Padre Fortea: Que Jesús intervino en todo lo esencial de la Iglesia. En todo.

Pedro Andrés: Padre, con respecto al diaconado, ¿es claro que el diácono forma parte de la jerarquía de la Iglesia?

Padre Fortea: Bueno, perdón. Eso se decía en el Código que yo tenía en mis manos cuando era seminarista. Se decía que el diácono formaba parte de la jerarquía y que cada uno participaba de Cristo Cabeza, cada uno según su orden. Pero el papa Benedicto aprobó un cambio en la formulación de los cánones a ese respecto. Allí se establece que Cristo Cabeza corresponde solamente al presbiterado y al episcopado, mientras que los diáconos están ordenados para servir.

Pedro Andrés: Entonces, ¿cómo debemos entender esa diferencia?

Padre Fortea: Bueno, vamos a ver. Ese tema no presenta ningún problema. No hay ningún problema. La primera formulación no era heterodoxa; por eso estaba en el Código de Derecho Canónico. No era heterodoxa. Había una forma católica de entenderla. Y la siguiente afirmación que se hizo, yo afirmo que sí es verdadera, pero también hay una forma de entenderla que no es contradictoria con la primera formulación. Si ya los laicos tienen un grado de participación en el sacerdocio, aunque sea cualitativamente distinto —no es la misma realidad: una es la realidad sacramental del Bautismo y otra es la realidad sacramental del sacramento del Orden—, los diáconos, por lo tanto, no están al mismo nivel que el sacerdote o el obispo. Pero, si el laico es, en el sentido propio del sacerdocio común, sacerdote, el diácono lo es en un sentido superior. Representa a Cristo de un modo todavía más poderoso, más intenso. A pesar de lo anterior, los diáconos no forman parte de la jerarquía en cuanto a Cristo Cabeza y están ordenados para servir.

Pedro Andrés: Padre, cuando vemos las funciones del diácono, queda claro este servicio en la Palabra, en la liturgia y en la caridad. En el caso de la Palabra, el diácono predica. Entre sus facultades están la proclamación del Evangelio y la predicación. ¿Esa predicación no sería, de alguna manera, un acto propio de la jerarquía o de esa tríada de enseñar, santificar y regir? ¿La predicación del diácono entra dentro de ese campo?

Padre Fortea: El diácono ejerce en ese momento una función de Cristo. Es una función de Cristo, pero es una función de un servidor al que se le da la palabra para enseñar. Eso es todo. Por eso, propiamente hablando, no tiene derecho a predicar siempre. Si yo fuera el párroco, habría dicho: «Vamos a predicar al 50 %», es decir, que el diácono predicara la mitad de las veces, todos los días y en todas las fiestas, por importantes que fueran. Pero otros párrocos pueden pensar que no debe predicar, y ya está.

Pedro Andrés: es decir, el diácono puede no predicar en una misa; no es que sea un derecho suyo hacerlo.

Padre Fortea: Si el diácono predica, no lo decide él, sino el párroco o quien presida la celebración.

Pedro Andrés: Y en el caso de la proclamación del Evangelio, si hay un diácono, ¿sí es un derecho suyo o también es opcional?

Padre Fortea: ¿En qué caso?

Pedro Andrés: En el caso de la proclamación del Evangelio durante la celebración eucarística.

Padre Fortea: Eso es obligatorio. Si hay un diácono, tiene que hacerlo siempre.

Pedro Andrés: Correcto. Pero en la predicación es diferente.

Padre Fortea: Sí. En la predicación decide quien preside, porque quien preside es quien organiza la ceremonia. Por tanto, si quien preside dice: «Voy a predicar yo», pues ya está.

Pedro Andrés: Padre, también de acuerdo con esto, no sé cuál será la usanza en Europa. Acá en Latinoamérica tampoco es muy común la presencia de diáconos permanentes. ¿El diácono ejerce una cierta paternidad pastoral? ¿Se le llama «padre»? ¿Ejerce la cura de almas como un sacerdote?

Padre Fortea: La cura de almas implica muchas cosas: atender a las personas, ayudar a los pobres, hablar con los fieles y resolver los problemas que puedan surgir en la parroquia. Lo que pasa es que hacemos bien en ver al párroco como el padre y al diácono como el hijo que ayuda al padre; como un hermano mayor que ayuda al padre. Yo creo que esa visión es más adecuada. Ahora bien, en la práctica, claro que un diácono puede ejercer una cierta paternidad espiritual. Normalmente no, porque quien confiesa es el sacerdote, los feligreses están acostumbrados a su párroco de toda la vida y el diácono va a estar solamente un tiempo determinado. Si un sacerdote lleva muchos años en una parroquia, se convierte en párroco y, por tanto, existe una paternidad. Pero un diácono transitorio que va a estar solamente seis meses o un año en una parroquia poco podrá ejercer esa paternidad, salvo en el ámbito de la caridad. En cambio, un diácono que llevara muchos años en una parroquia, como puede suceder con un diácono permanente, sí podría convertirse en un faro, en un referente, incluso en un padre espiritual. Pero su labor, de por sí, es la de un hermano mayor que ayuda al padre en esa familia. Después, en la práctica, uno puede convertirse en padre espiritual, pero sigue siendo un hermano mayor que ayuda al único padre que hay en la parroquia.

Pedro Andrés: En ese sentido, el diácono debe mantener esa prudencia para no inmiscuirse en lo que sería propio del párroco.

Padre Fortea: Además, en España —y con toda la prudencia del mundo— basta decirlo: hay muchos párrocos que no quieren diáconos. Y es verdad que, en todas partes del mundo, siempre se habla de cierta rivalidad, de roces, de que el párroco no deja hacer nada al diácono. Bueno, eso ha sido así desde hace muchos siglos y hay que aceptarlo. El diácono tiene que someterse con bondad. Eso es todo. No hay que hacer un problema de ello. Cuando llegue el momento de que tengáis una parroquia, no debería ser así. No debería ser así, pero es así en muchísimas parroquias.

Pedro Andrés: Padre, ¿y usted ha tenido diáconos durante su etapa como párroco?

Padre Fortea: Tuve un diácono durante un año en el pueblo de al lado. El obispo me dijo que yo no me iba a tener que ocupar más que de celebrar la misa los sábados y domingos y administrar los sacramentos, porque de todo lo demás que no fueran los sacramentos —bautizos y bodas incluidos— se iba a ocupar el diácono que vivía allí y que sería ordenado como tal. Entonces, durante un año tuve un diácono. La verdad es que él me ayudaba principalmente en su iglesia, donde ejercía prácticamente como cabeza de la comunidad. Aunque formalmente era yo quien figuraba como administrador parroquial, en la práctica no era así. En la práctica lo llevaba todo, todo, todo aquel diácono. Es un ejemplo de cómo un diácono puede ejercer una cierta paternidad, en este caso de una manera muy particular.

Pedro Andrés: ¿El Código permite que un diácono sea administrador parroquial?

Padre Fortea: Yo creo que no, que tiene que ser un párroco. Pero, aunque a mí me nombró el obispo administrador parroquial, me dijo: «Bueno, él se va a encargar de todo». Y, por tanto, así lo respeté. El obispo quería que aquel diácono se encargara de todo y así lo hicimos. Era un pueblecito de quinientos habitantes.

Pedro Andrés: Padre, ¿y su diaconado cuánto duró? ¿Seis meses, un año?

Padre Fortea: Fue de poco más de medio año. Y eso que yo amaba mucho el diaconado; no me hubiera importado ejercerlo durante un año. Pero no: fue algo más de medio año, aunque no llegó a ocho meses. Creo que fueron siete meses. Más allá de lo litúrgico, seguía haciendo las funciones que realizaba durante los años de pastoral en aquel lugar: organizar muchas cosas, ayudar en la liturgia, mantener el despacho y muchísimas otras tareas, durante muchas horas y muchos días. Era una parroquia que tenía más de cincuenta mil feligreses, muy grande para España. Entonces seguí ejerciendo todo aquello, salvo el aspecto litúrgico propio de la misa. No hubo grandes cambios.

Pedro Andrés: Bien, padre. Muchísimas gracias por atendernos.

Padre Fortea: Si os he servido un poquito para algo, me alegro. Que os vaya muy bien y que seáis muy santos.

Pedro Andrés: Padre, como nosotros creemos, como usted, en el poder de la oración, por favor, rece por nosotros y dénos su bendición. El miércoles 2 nos ordenamos diáconos en la Catedral de Ayacucho. Además, el obispo de Ayacucho fue quien consagró obispo al papa León XIV aquí, en el Perú.

Padre Fortea: Ah, vaya.

Pedro Andrés: Entonces, las manos que hicieron obispo al actual Papa nos harán a nosotros diáconos. ¡Qué curioso!

Padre Fortea: Pues que seáis muy felices en vuestra diaconía, primero, y después como sacerdotes. Un fuerte abrazo.

Pedro Andrés: Gracias, padre. Muy amable. Que esté muy bien.

Padre Fortea: Hasta luego.

martes, 22 de septiembre de 2026

Me cuentan mi vida en coplas

POR MI ORDENACIÓN DIACONAL

        El 2 de septiembre de 2026 fue el día de mi ordenación diaconal. Esa misma tarde recibí un regalo inolvidable: un compendio de 70 vídeos recopilados por mi madre, quien había pedido a la gente de mi pueblo unas palabras de felicitación. Eran mensajes de familiares, amigos, conocidos, parroquianos y personas que me vieron crecer desde niño. Sin embargo, entre todas las muestras de cariño, una destacó por su genialidad y arte: la de la profesora Ana Emerenciana Toro. En apenas tres minutos y cuarenta y tres segundos, me dedicó 26 coplas en las que resumió mi vida con un acierto biográfico sencillamente admirable.

Paren muy bien la oreja

que les voy a contar
un cuento de resiliencia
de un muchacho ejemplar.

 

Como ya indiqué más arriba, la autora de esta hermosa dedicatoria es la profesora Ana Emerenciana Toro, docente de educación primaria y colega de mi madre en la Escuela Bolivariana Mariño de Bailadores, en Mérida, Venezuela. A ella le expreso mi más sincera gratitud por tan conmovedor homenaje. La profesora Ana me conoció desde muy niño, ya que solíamos frecuentar la escuela donde trabajaba mi madre; por ello, cada uno de sus versos es reflejo fiel de la verdad, habiendo sido ella testigo directo de lo que hoy relata con tanta gracia. A continuación, comparto algunos detalles que me gustaría comentar.

 

En la población de La Playa un niño dijo:

«Maestra, quiero ser cura»,

allí se sintió el llamado

de esa, su hermosa locura.

 

Es plenamente cierto que, desde mis años escolares, siempre respondía que quería ser «padre de la Iglesia, de los que dan la misa» cuando nos preguntaban por nuestros sueños de futuro. Aquella aspiración infantil echó raíces en mí a partir de mi bautismo, recibido en Tovar el 23 de diciembre del año 2000, cuando tenía cinco años. Como he compartido en varias ocasiones, mi vocación sacerdotal nació en ese mismo instante en que renací a la fe en las aguas bautismales.

 

En el año noventa y cinco,
el día diez de diciembre,
pujaba una mujer fuerte,
con el anhelo más ardiente.

 

Cuenta mi madre que nací un domingo a las nueve de la mañana. Estuve a punto de llegar al mundo en la casa de La Playa —¡cuánto me habría gustado que así fuera!—, pero lograron trasladarnos a tiempo al Hospital San José de Tovar en el vehículo de mi tía Coromoto. El 10 de diciembre no solo es el día de Nuestra Señora de Loreto, sino que también se celebra la Declaración Universal de los Derechos Humanos y se conmemora a santa Eulalia de Mérida y al papa san Melquiades.

 

De recibir en sus brazos
el tercer hijo de ese hogar,
ese niño tan deseado,

que ya no se quería esperar.

 

Nací del matrimonio civil de mis padres y soy el menor de tres hermanos, aunque no el más bajo de estatura. Mis hermanas mayores son Reyna Tahís y Raymar Thalía. Además, por parte de mi padre, tengo dos hermanos más: Reylis Aurisbel García Tique, quien vive en La Playa, y Reinaldo Andrés García Castro, residente en Santiago de Chile. Actualmente tengo cinco sobrinos: Paula Valeria Omaña García y Elías Andrés Yance García (hijos de mi hermana Reyna), junto con Juan David, Valery Luciana y Juan Manuel Roa García (hijos de mi hermana Reylis).

 

Pedro Andrés García Barillas,
un nombre que suena a justicia,
creció en un hogar humilde

con fe, amor, sin malicia.

 

Llevo el nombre de Pedro en honor a mi abuelo, Pedro Julián Barillas Pereira —ateo, comunista, apasionado por las armas de fuego, gran lector y conversador—, a quien no llegué a conocer pues falleció antes de mi nacimiento. Mi segundo nombre, Andrés, me fue dado a petición de mi padre en homenaje al famoso beisbolista venezolano Andrés Galarraga, ya que papá era su fiel admirador y en su juventud también practicó el deporte nacional. Qué hermosa coincidencia resulta que ahora, consagrado a Jesús como su fiel discípulo, lleve los nombres de dos de los hermanos apóstoles más entrañables del Maestro: Pedro y Andrés, los hermanos oriundos de Betsaida.

 

Soñaba con dar la misa,
con ayudar a los demás.

Entre juegos y travesuras
hizo bautizos, matrimonios y más.

Antes de ser monaguillo, viví mis primeras experiencias en la misa. La primera fue mi propio bautismo en el Santuario de Nuestra Señora de Regla, en Tovar. Le siguieron las misas de exequias de mi bisabuela Tomasa Rafaela Castillo y de mi tía María Margarita de Coromoto Salas de Calatayud, ambas en 2003. Recuerdo con precisión la homilía del anciano sacerdote en esa ocasión, que versó sobre la pesca en tiempos de Jesús. A partir de entonces jugaba a ser monaguillo, vestido de blanco y con una feligresía «obligada» a escucharme; hasta improvisé un cáliz con un recipiente de Coca-Cola. Tiempo después llegaron a mis manos los libros litúrgicos, como el Pan Diario de la Palabra que la Librería San Pablo editaba mensualmente.

Con ese librito guardo una anécdota entrañable: estando en cuarto grado, la profesora Elena Sánchez me prestó el ejemplar del mes de abril, en cuya portada figuraba san Vicente Ferrer. Me gustó tanto que decidí conservarlo sin decir nada. Aunque sentía la incomodidad de no devolver lo prestado, la profesora, con su infinita pedagogía, prefirió no reclamármelo al notar mi fascinación por el texto. Años más tarde, su mirada aún me recordaba con gracia aquel pequeño desatino. Pero, como dice el refrán: «Lo que es del cura, va para la iglesia».

Ha sido un hijo ejemplar,
responsable, educado, cariñoso,
destacado en sus estudios,
y con su madre muy amoroso.

Al ser el menor de la casa, la relación con mi madre siempre ha tenido un matiz muy especial. Sin embargo, como bien se dice, una madre quiere a todos sus hijos por igual, deteniéndose simplemente en aquellos que, en cada etapa, más lo necesitan. Hoy, al llegar al diaconado a mis treinta años de edad, valoro enormemente la presencia constante y el abrazo oportuno de mi madre. Estoy convencido de que, sin ella, el camino de mi vida habría sido infinitamente más difícil de lo que ha sido.

Su sueño de ser monaguillo
lo realizó entradito en años,
cuando a la escuela todavía
lo llevaban de la mano.

En una ocasión participé en un concurso con motivo del Encuentro de Monaguillos en el Seminario de Mérida. Para la convocatoria, elaboré junto a mi madre un pequeño folleto ilustrado con fotos donde narraba mis comienzos y mi vivencia como monaguillo. Recuerdo que adjuntamos fotografías de la misa con nuestro párroco, el padre Alfredo Uzcátegui. Mi trabajo resultó ganador y recibí como premio un balón de fútbol que nunca llegué a patear; en su lugar, lo coloqué en la vitrina como si se tratara de un auténtico trofeo. El premio me lo entregó la canciller de la Arquidiócesis de Mérida, que por aquel entonces era una religiosa. Todo esto ocurrió poco después de la dolorosa vaguada del Mocotíes de febrero de 2005. Para agosto de ese mismo año, a mis nueve años de edad, ya me había incorporado formalmente al grupo de monaguillos de La Playa.

Allí en “Flor de Maldonado”
cursó cuatro años de estudios,
y una persona sin alma
le reprochó a futuro.

De septiembre a diciembre de aquel año, durante apenas dos meses y medio, la profesora Alicia Alarcón fue mi docente de quinto grado de primaria. Sin embargo, no pude continuar mis estudios en la escuela de La Playa debido al trato hostil e injustificado que ella asumió hacia mí por el simple hecho de ser monaguillo. Fue una época de un cruel hostigamiento que me marcó profundamente. Pasé cuatro años de mi preescolar en la sede original del «Elio Castillo» en La Playa; un edificio histórico para mi familia, ya que mi abuela materna formó parte de quienes lo construyeron, y allí se destacó durante varios años como portera de la institución.

«Pa´ padres, los de familia;
pa´ curas, los aguacates;
¡vaya y dele a las campanas!
¡vaya y jale ese mecate!»

La profesora Ana logra captar en sus coplas, con un lenguaje coloquial y de gran perspicacia, lo que tuve que afrontar a diario en aquella aula. Por motivos que jamás entendí, mi condición de monaguillo le resultaba incómoda. Llegó al punto de prohibirme cantar las canciones de moda o tener cualquier actitud infantil que, a su juicio, no fuera «digna» de un monaguillo. Todo lo hacía desde la burla y el autoritarismo. Como el niño vulnerable que era, soporté en silencio esa opresión durante meses, hasta que en las fiestas de Año Nuevo abrí mi corazón con mi madre y le supliqué que me cambiara de escuela, pidiéndole que no confrontara a la maestra; un traslado que, afortunadamente, pudimos concretar.

Fue frustración el momento,
pero también fue un gran impulso;
el camino hacia Dios
no lo destruyen los impuros.

A la profesora Alicia no la volví a ver desde aquellos días. Sin embargo, el destino quiso que más adelante, durante mis años de bachillerato en Bailadores, su esposo, el profesor Bulmaro, fuera mi docente de Física, con quien me llevé muy bien. Me parece que él era sabedor de aquel episodio del pasado.

En la escuela de San Pablo
culminó su primaria,
en el Liceo Gerónimo Maldonado
hasta tercero llegaba.

En la Escuela Bolivariana San Pablo culminé el quinto y sexto grado. Mi maestra en quinto fue la profesora Carmen Aurora; mientras que, en sexto, tras una primera semana con el profesor Carlos Guerrero, asumió el grupo la profesora Nadir Montoya. Mi llegada a San Pablo no fue sencilla: la bienvenida de mis compañeros consistió en una golpiza de dos contra uno. Sin embargo, en esa misma institución tuve una maravillosa oportunidad de la mano del profesor Eduardo Moret, quien me impulsó a representar a la escuela en el centro de ciencias con la ponencia del proyecto titulado «Efectividad del método de cultivo organopónico con plantas de lechuga (Lactuca sativa americana ferri)».

Al graduarme, decidí estudiar en el liceo de Bailadores simplemente porque todos mis compañeros de promoción se iban para allá. En el Liceo Gerónimo Maldonado volví a vivir una situación similar a la de La Playa, esta vez con el profesor Luis Gómez, de Historia de Venezuela. Cuando decidí defenderme por mis propios medios ante la agresión física de un compañero, este docente me encaró públicamente cuestionando la opción sacerdotal que yo mantenía.

De allí, con muchos sacrificios,
se fue a estudiar muy lejos;
los Legionarios de Cristo
las puertas allí le abrieron.

La etapa en el Seminario Menor de la Inmaculada Concepción —conocido también como el Centro Vocacional o «La Apostólica»— fue una de las mejores de mi vida. A pesar de las incomprensiones con el padre José Gutstein, guardo una memoria sumamente positiva de aquel tiempo, pues allí se forjaron la humanidad y la espiritualidad que me sostienen hasta el día de hoy. Estoy infinitamente agradecido con los Legionarios de Cristo por todo el bien que sembraron en mi vida. Los llevo siempre en mi recuerdo y en mis oraciones, y les guardaré una gratitud eterna por el acompañamiento y las bendiciones recibidas.

Más tarde en el Seminario
Arquidiocesano San Buenaventura
estudió formación sacerdotal
con buenas asignaturas.

        Mi formación en el Seminario Arquidiocesano de Mérida comenzó el domingo 27 de septiembre de 2013, día en que ingresé al curso propedéutico en la iglesia La Tercera —Santuario de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro—. Esta importante etapa se extendió hasta el viernes 5 de julio de 2019, momento en que culminé el segundo año de Teología.

La Sagradas Escrituras,
Filosofía y Teología,
historia y labor social
configuraban sus teorías.

        Mi tesis de Filosofía se tituló «Filosofía de la educación orientada desde la paideia divina en la obra El Pedagogo de Clemente de Alejandría». Tuve como asesor formal al Pbro. Dr. Horacio Carrero, de quien recibí la orientación puntual para definir el título y delimitar el tema. Sin embargo, a partir de ese momento no obtuve observaciones ni correcciones a las entregas que le presentaba, por lo que tuve que sacar adelante la investigación por mi propia cuenta. Aquel esfuerzo en solitario culminó con una nota de 17 puntos; una calificación que, a decir verdad y para mi desdicha, sentí que merecía un mayor reconocimiento.

Allí recibió otro duro golpe
que puso a prueba su fe:
«Muchacho, usted va pa' afuera
por no apegarse a la ley».

        Como mencioné anteriormente, el viernes 5 de julio de 2019 fui convocado por el obispo auxiliar, Mons. Luis Enrique Rojas Ruiz, para la lectura de mi informe final de año. En dicho documento se concluía que no podía continuar mi formación en ese seminario ni en ningún otro, bajo el subjetivo argumento de no poseer «rectitud de intención». Por el momento reservaré los detalles de aquella expulsión; permanecen bien custodiados para ser dados a conocer cuando llegue el tiempo oportuno.

Y vinieron tiempos difíciles,
todo parecía perdido;
pero en los caminos del Señor
son incomprensibles sus designios.

        En medio de aquella tormenta, acudí en busca de auxilio a monseñor Fernando Castro Aguayo, obispo de Margarita; monseñor Alfredo Torres, obispo de San Fernando y monseñor Mario Moronta (+), obispo de San Cristóbal. No obstante, ninguno quiso o pudo extenderme una mano. La puerta providencial se abrió finalmente cuando fui llamado por Monseñor Juan de Dios Peña Rojas, obispo de El Vigía–San Carlos del Zulia, para realizar una experiencia pastoral en su jurisdicción. Fue así como participé en las misiones de diciembre en un pueblo de la Panamericana y, posteriormente, presté mi servicio de enero a julio en la Rectoría Santa Lucía de Caño Blanco, en el estado Zulia.

Un país hermano hace cinco años,

las puertas le abrió;
allá en Ayacucho, Perú,
otras batallas libró.

 

        Llegué a Ayacucho el martes 24 de noviembre de 2020. Ese mismo día asistí a la santa misa en el templo de Santa Ana, donde tuve la oportunidad de conocer al padre Yoni Palomino Bolívar, quien muy amablemente gestionó en los días posteriores mi audiencia con el arzobispo. En esos primeros diálogos se me brindó inicialmente una cordial bienvenida para concluir mis estudios teológicos; sin embargo, más adelante se determinó que permaneciera un tiempo como laico y trabajara en la zona, con el fin de insertarme y conocer de cerca la idiosincrasia del pueblo ayacuchano.

 

Como profesor de colegio,
como secretario privado,
con devoción y probidad
sirvió al obispado.

        Para marzo de 2021 me incorporé a las aulas del Colegio Discovery como docente de sexto grado. Inicié con un grupo de ocho alumnos y, debido a las restricciones de la pandemia, las primeras clases se dictaron en modalidad virtual hasta que paulatinamente pudimos retornar a la presencialidad. En 2022 asumí la formación de una nueva promoción, esta vez de 16 estudiantes, el doble del año anterior. Fue una experiencia maravillosa e inolvidable que me enseñó que la labor docente no conoce de horarios, pues requiere una dedicación profunda, exigente y delicada.

En este periplo, el padre Braulio Alarcón Contreras confió en mí desde el primer instante. Por esa estrecha fraternidad, tuvo el bien merecido gesto de acompañarme como mi padrino de ordenación, junto al padre Carlos Boulanger, sacerdote venezolano, operario diocesano y rector del Seminario de Huancayo. Fue el propio padre Braulio quien me recomendó ante el señor arzobispo para asumir la secretaría arzobispal, un cargo que ejercí con entrega desde marzo de 2023 hasta julio de 2024.

Culminó sus estudios
en teología y filosofía,
recibió en donación
la biblioteca del padre Pernía.

Un hecho providencial marcó mi vocación y amor por la lectura: la recepción de la biblioteca personal del presbítero Ramón Emilio Pernía Noguera, un valioso fondo de más de 5.000 volúmenes teológicos, filosóficos e históricos. Mi vínculo comenzó en agosto de 2016 cuando visité en San Juan de Lagunillas al anciano sacerdote —tío de mi madrina de agua, Elda Pernía—, a quien hallé leyendo en francés entre torres de libros. Tras su fallecimiento en abril de 2017 a los 91 años, la familia ofreció la colección al Seminario Arquidiocesano de Mérida; sin embargo, al no concretarse el traslado por desinterés logístico de la institución, los textos quedaron en custodia de su heredero, Tony. En una primera visita recuperé 120 ejemplares, pero el destino de la totalidad del acervo quedó pendiente por años hasta que la Providencia intervino.

En 2022, mientras residía en Perú, mi madrina se reencontró con Tony, quien decidió obsequiarme la colección completa para evitar su deterioro y en reconocimiento a mi afecto por la Iglesia. El 5 de marzo de 2022, gracias a un camión facilitado por mi cuñado Juan Alí Roa Ramírez, los libros fueron trasladados a la sala de mi casa en La Playa y organizados en estantes metálicos. Aunque permanezco a la distancia con el compromiso pendiente de catalogar cada obra, bauticé mi acervo como «Biblioteca Personal Presbítero Ramón Emilio Pernía Noguera» en homenaje a quien considero un referente sacerdotal e intelectual, conservando la ilusión de reunirme con este tesoro bibliográfico en el momento propicio.

Para moverse en sus redes,
con su canal y su blog,
resalta la formación
de Teología de la liberación.

Mi blog nació en septiembre de 2015, en medio de mi formación en el seminario, inicialmente como un ejercicio para compartir algunas reflexiones y experiencias. Con el paso de los años se convirtió en mucho más que un espacio para publicar textos: ha sido una especie de diario intelectual y espiritual, en el que he ido dejando constancia de mi camino de formación, mis inquietudes, mis lecturas, mis experiencias pastorales y los acontecimientos que han marcado mi vida. En sus páginas conviven reflexiones bíblicas y teológicas, homilías, artículos de opinión, entrevistas, crónicas, experiencias vocacionales, recuerdos personales y algunos acercamientos a la literatura. Al mirar ahora todo lo publicado, descubro que el blog también constituye una memoria de mi propio recorrido: Venezuela, el seminario, la llegada al Perú, la filosofía, la teología, la pastoral y, más recientemente, el camino hacia el diaconado y el sacerdocio.

Durante estos años he intentado que la escritura fuera también una manera de pensar y de interpretar la realidad desde la fe. La Biblia, la filosofía, la teología y la experiencia pastoral han sido algunas de las principales fuentes de mis textos, pero también he procurado acercarme a la literatura, a la historia, a la cultura y a las personas que he encontrado en el camino. Por eso, el blog ha ido adquiriendo diversos géneros y estilos: algunas entradas nacieron como reflexiones personales; otras, como trabajos académicos o pastorales; otras, como entrevistas o crónicas; y otras simplemente como el deseo de conservar por escrito una experiencia significativa. Con el tiempo también he descubierto que escribir no consiste solamente en transmitir una idea, sino en aprender a mirar, escuchar, recordar y encontrar las palabras adecuadas para comunicar aquello que he vivido o pensado. En ese sentido, el blog ha acompañado no solo mi formación académica y sacerdotal, sino también mi progresivo aprendizaje como escritor.

Hoy considero que mi blog es, sobre todo, un archivo de mi propia historia y de mi vocación convertida en escritura. No todos los textos tienen la misma calidad ni pertenecen al mismo género, pero precisamente esa diversidad permite observar mi evolución a lo largo de estos once años. Los primeros escritos tienen un carácter más formativo y explicativo; posteriormente fueron apareciendo una voz más personal, mayor libertad temática y una creciente preocupación por narrar experiencias y conservar la memoria. Literariamente, reconozco que todavía tengo mucho que aprender, especialmente en la concisión, la descripción, la construcción de escenas y el manejo de algunos recursos narrativos; sin embargo, también descubro una voz propia, marcada por la reflexión, la experiencia y el deseo de comunicar. Al releer el conjunto, comprendo que quizá el mayor valor del blog no está en cada publicación aislada, sino en la historia que todas ellas cuentan juntas: la historia de una persona que, mientras caminaba, fue aprendiendo a pensar, a creer y también a escribir.

Escritor, cantante y músico,
sus talentos particulares,
pero la defensa de los pobres
son sus grandes cualidades.

        Desde pequeño aprendí a tocar el cuatro y la guitarra, mostrando facilidad para la percusión, mientras que en el seminario aprendí a leer partituras para piano y a apreciar el canto gregoriano cultivado con los Legionarios de Cristo. Aunque no me considero un compositor profesional, la música ha sido otra forma de registrar mi vida y mis afectos. Cuento con tres composiciones documentadas: «Bolívar en Bailadores» (2016), de corte histórico e identificada con la memoria local; «Mi Doctorísimo» (2020), compuesta junto a Jorge David Morales como una fusión de fe y música campesina merideña en honor al beato José Gregorio Hernández; y «Nuestro pueblo de La Playa» (2023), creada junto a mi madre, Clara Tahís Barillas, como homenaje a nuestras raíces. En conjunto, estas piezas plasman tres dimensiones esenciales de mi identidad: la historia, la fe y la memoria.

        En el ámbito de la producción intelectual, he desarrollado una trayectoria vinculada principalmente con la historia, la cultura, la filosofía, la teología y la reflexión pastoral. He publicado seis libros: Historia básica de La Playa (2022), en coautoría con Eufemiano Antonio Oballos Ramírez; Artículos sobre La Playa (2022); Desde Ayacucho, «Santuario de la Peruanidad» (2023), una selección de 80 artículos de mi blog; Libro de Actas de Sesiones del Comité Pro Centenario de la Batalla de Ayacucho. Transcripción y comentarios (2024); Filosofía de la educación orientada desde la Paideia Divina en la obra El Pedagogo de Clemente de Alejandría (2025), fruto de una investigación realizada originalmente en 2017; y Pobres tendréis siempre con vosotros y podréis hacerles bien cuando queráis: Exégesis bíblica y pastoral de Mc 14,1-9 (2025), mi trabajo más reciente de carácter bíblico-pastoral.

También he participado en proyectos editoriales, especialmente como editor de la obra Monseñor Salvador Piñeiro García-Calderón. Un pastor con corazón de padre, publicada en 2024 con motivo de sus 50 años de ordenación sacerdotal. Paralelamente, continúo desarrollando mi producción literaria y autobiográfica. Actualmente preparo un poemario de autoría propia y Memorias de seminarista, obra en la que recojo parte de mi experiencia y trayectoria de formación sacerdotal. Ambas publicaciones están proyectadas para el año 2026 y representan una continuación de mi interés por poner por escrito la memoria, la experiencia y las reflexiones que han acompañado mi camino personal, académico y vocacional.

Hoy con alegría y orgullo
su familia y en la fe hermanos,
un pueblo está de pie
celebrando su diaconado.

        Como mencioné al inicio, cada uno de los videos recibidos ha sido un verdadero estímulo para el alma. Recordar es volver a vivir, y la vida, en definitiva, se compone de la suma de estos momentos entrañables. Expreso mi más profundo agradecimiento a todas las personas que dedicaron un instante de su tiempo para hacerme llegar sus palabras de afecto. Que estas líneas sirvan como un sincero testimonio de mi gratitud hacia cada uno de ustedes.

La Virgen de aquel salón
que entre todos compraron,
es reflejo de esperanza
para los niños que han rezado.

        Guardo un cariño muy especial por un episodio de mi infancia en tercer grado de primaria, cuando tuve como maestra a mi familiar Betsaida Barillas, con quien disfrutamos muchísimo. En aquel tiempo se me ocurrió la idea de organizar a mis compañeros de clase para reunir el dinero necesario y adquirir una pequeña imagen de Nuestra Señora de Coromoto que había visto en la tienda de don Pedro Ganga, frente a la plaza de La Playa. Gracias a mi insistencia y al valioso respaldo de mi abuela Eva, quien me acompañó junto a mi madre a hacer la diligencia, logramos el cometido. La virgencita fue entronizada en una repisa en la esquina del aula, convirtiéndose en un altar donde colocábamos estampas y flores en honor a la Madre de Dios.

Desde el cielo también sonríe
una abuela emocionada,
doña Eva Castillo,
la matrona de la casa.

        Doña Eva Angelina Castillo fue un ser incomparable y único en mi vida; una verdadera segunda madre, atenta, cariñosísima y la principal orante por mi vocación sacerdotal. La Providencia la llamó a su presencia en noviembre de 2012, una partida temprana que afronté mientras cursaba el quinto año de secundaria en el Seminario Menor. El amor que eternamente le guardaré es el de un nieto consciente de haber recibido de su abuela solo bien, bondad y ternura sin medida.

Diácono Pedro García Barillas,
un ejemplo de constancia y probidad,
siga haciendo camino al andar,
llevando esperanza, nobleza y caridad.

        Y bien, estas fueron las 26 coplas que me obsequió la profesora Ana. Como se aprecia, cada verso encierra una gracia perfecta: esa simpatía tan suya y la forma entrañable de relatarme mi propia vida convierten este texto en una auténtica obra de arte. Gracias. Infinitamente gracias por narrarnos este “cuento de resiliencia”.

domingo, 20 de septiembre de 2026

Reflexión de la parábola de los trabajadores de la viña.

DIOS LLAMA A TODOS

Queridos hermanos y hermanas:

En este domingo que nos regala el Señor, su Palabra propone para nosotros el mismo dilema que a los trabajadores de esta parábola: ciertamente, tratar de comprender cómo Dios, que es infinitamente bondadoso y misericordioso, propone en su infinita bondad y misericordia tratarnos por igual.

Ciertamente, la parábola que propone Jesús, la de los viñadores, quiere hacernos entender que Dios a todos nos llama.

Es muy común pensar que en la viña del Señor trabajan solo aquellos elegidos, escogidos. Incluso hay citas bíblicas que mueven a pensar esto. En el caso de la vocación sacerdotal o la vocación religiosa, solo unos pocos trabajan en la viña del Señor. Pero la parábola de hoy propone algo distinto y amplía mucho más este llamado de Dios.

Ciertamente, Dios a todos nos llama para que trabajemos en su viña, para que aportemos juntos y construyamos el Reino de justicia y de paz.

Sin embargo, Jesús propone en esta parábola unos espacios o unos tiempos en los que ha llamado a algunos y en los que ha llamado a otros. Dice que este dueño sale al amanecer, a media mañana, al mediodía, al caer la tarde y en la noche. Cinco veces sale a buscar trabajadores.

Y ese es Dios, que se preocupa por sus hijos y sale a nuestro encuentro.

En el salmo responsorial decíamos algo muy hermoso: «Cerca está el Señor de los que lo invocan». Y, en este sentido, nos invita a nosotros, sus hijos, a invocarle, a buscarle, porque cerca está el Señor de los que lo invocan.

Pero el Evangelio quiere completar esta idea y hacernos entender que, antes de que nosotros tengamos alguna iniciativa de buscar a Dios, es el mismo Dios el que viene a nuestro encuentro. Es Dios el que sale, a lo largo de nuestra vida, en la mañana, al mediodía o en la noche, a buscarnos, a contratarnos, a llamarnos, a pedirnos que trabajemos en su viña, que construyamos su Reino.

Esto es un motivo de profunda esperanza, porque en este mundo existen muchas personas que tal vez viven desorientadas, sin saber el porqué de su existencia, o tal vez, en lo que hacen, se sienten insatisfechas.

Hace falta Dios. Hace falta escuchar y ser conscientes de este maravilloso llamado de Dios para trabajar.

Y eso de que unos son llamados en la mañana y otros en la tarde quiere significar ciertamente aquella disponibilidad que podemos tener en nuestra vida para dedicarle al Señor. Algunos toda su vida, todo su tiempo; otros, en espacios menores, porque ciertamente se dedicarán a otras cuestiones: el trabajo, la familia o aquello que quieran desempeñar en la sociedad.

Pero lo cierto es que todos somos necesarios para Dios. Todos somos necesarios y todos recibimos este hermoso llamado a trabajar, a trabajar por la viña del Señor.

Y es el dilema que también nos recuerda la lectura de san Pablo a los Filipenses.

San Pablo se sentía llamado por Dios. Esto es algo indiscutible, pero también quería ya vivir con Cristo. Por eso pensaba que la muerte para él era una ganancia. Y se debatía entonces entre desear su muerte y estar ya con Cristo en la gloria, o quedarse acá, en este mundo, trabajando por el bien de los cristianos.

Utiliza también esta expresión: el trabajar, el hacer.

Y por último concluye el Apóstol que ciertamente es más provechoso, es más necesario, quedarse, evangelizar, ayudar a sus hermanos, conducirlos a Dios a través de ese hermoso apostolado de la evangelización.

San Pablo elige entonces trabajar y, en ese sentido, está respondiendo al llamado de Dios.

«Ven a trabajar a mi viña».

Al igual nosotros, queridos hermanos, cuando somos conscientes de este llamado, no podemos quedarnos de brazos cruzados. No podemos permitir una vida cristiana quieta, como si no tuviésemos nada que hacer o como si Dios no nos hubiese llamado.

No. Por el contrario, el cristiano, cuando es consciente de su llamado desde el bautismo, o desde cualquier momento de la vida en el que el Señor le haga consciente de esto, debe salir a trabajar, construir ese mundo de justicia y de paz y, por sobre todo, de misericordia, que es lo que expresa finalmente en la parábola aquel dueño de la viña.

Al final, cuando encaraba a alguno de los trabajadores que le reprochaba esa bondad, decía: «¿Acaso no puedo ser yo bueno con lo mío?».

Y esas son las palabras de Dios, que a todos nos ama, que a todos nos quiere y que apuesta por la salvación de todos.

Es por eso, queridos hermanos, que en nuestra vida cristiana, en nuestras comunidades cristianas, no deberíamos sentir ningún tipo de recelo o de envidia por aquellos que se suman a la vida de la fe luego de haber vivido de cualquier manera o, digamos, de una manera no cristiana.

Y a veces es muy sencillo verlo y juzgarlo. Aquel o aquella que ha pasado tantos años lejos de la Iglesia y ahora, ya en la ancianidad o en la madurez, quiere venir y hacer lo que no ha hecho desde la juventud.

Pues el Evangelio es claro en esto: Dios a todos nos quiere llamar. A uno habrá llamado en la juventud, a otro en la adultez, a otro en la ancianidad. Pero ese llamado de Dios tiene la misma recompensa para todos: el Reino de los cielos.

Y más misteriosas son aún aquellas palabras con las que concluye la parábola y el Evangelio de hoy: «Los últimos serán los primeros y los primeros serán los últimos».

Allí es donde el sentido de justicia, la justicia humana, digamos, sale más a flor de piel. ¿Cómo es posible que Dios opte primero por aquellos que han llegado más tarde a trabajar y que los que tal vez han llegado más temprano queden al final?

La bondad de Dios, la misericordia de Dios, es ese gran misterio al que el corazón humano debe abrirse para comprender cuánto es su amor por nosotros.

En definitiva, todos estamos llamados a gozar de Dios en el cielo, pero ese gozo en el cielo pasa necesariamente por un trabajo fructífero acá en la tierra.

Nunca es tarde para responder al llamado del Señor. Nunca es tarde para seguirlo.

Sintamos entonces, en este domingo, este hermoso llamado. El Señor nos invita, el Señor sale a nuestro encuentro y quiere que trabajemos por su viña.

El cristiano comprometido con esta vocación no se queda de brazos cruzados y hace todo lo posible por llevar a sus hermanos a la fe y por vivir él mismo una fe auténtica, con la ayuda de Dios, con la fortaleza de Dios.

En todo esto, queridos hermanos y hermanas, nos ayuda la maternal protección de María Santísima, nuestra buena Madre.

Ella fue llamada desde muy jovencita a ser la Madre del Señor y trabajó toda su vida. Desde el pesebre de Belén hasta la cruz en el Calvario, María trabajó por el Reino de los cielos junto a su Hijo.

Como ella, también nosotros, fortalecidos por su protección y por su maternal amor, vayamos al encuentro de los hermanos y trabajemos por este mundo que tanto necesita de cristianos comprometidos con la vida, con la justicia, con la misericordia y con la paz.

Que así sea.

domingo, 6 de septiembre de 2026

Homilía sobre la corrección fraterna

DIOS CORRIGE PORQUE AMA

Queridos hermanos, con la venia del padre William, que me ha pedido compartir con ustedes esta reflexión de la Palabra de Dios.

Veámonos, queridos hermanos, profundamente amados por Dios cuando nos corrige.

Y es que, ciertamente, la corrección fraterna, que es de lo que tratan las lecturas del día de hoy, nace de un corazón que sabe amar.

Nosotros decimos en nuestra vida: «El Señor me pone a prueba, el Señor endereza mi camino, el Señor me corrige en aquello en lo que he fallado, en aquello en lo que pueda estar faltando».

Esa corrección, queridos hermanos y hermanas, proviene del amor misericordioso de Dios, del amor de Dios que ama a sus hijos, porque ciertamente el que ama corrige.

Ahora bien, Jesús, en el Evangelio de hoy, que escuchamos de san Mateo, nos propone como una pequeña metodología para poder corregir al hermano que se equivoca y para no equivocarnos tampoco nosotros en esa corrección.

Y, en primer lugar, es hablar a solas o dialogar, ciertamente, con aquel que vemos que está fallando o nos está haciendo algún tipo de daño.

Ese diálogo es la clave para que la corrección sea cristiana, para que la corrección provenga realmente de un amor nuestro hacia los demás.

Ese diálogo, sin duda alguna, no pretende humillar a nadie. No viene de una actitud de altivez o de soberbia, porque aquel que corrige se cree mejor que el otro que ha fallado.

No, de ninguna manera.

Sabemos que hoy se equivocan unos, mañana nos equivocamos otros. En esta vida cristiana es preciso tener la suficiente humildad para saber que, si yo corrijo hoy, mañana otro me corregirá a mí, porque en esto consiste la vida: en saber recibir la corrección también cuando nosotros nos equivocamos.

El diálogo, entonces, en primer lugar, para acercarnos a aquel que ha fallado: un diálogo sincero, un diálogo sereno que busque realmente el bien de los demás.

Por eso, en la primera lectura del Antiguo Testamento, ya el Señor Dios pone en la misión del profeta advertir, decir allí al malvado, podemos decir ahora, dialogar con el que se equivoca para que pueda corregir esa actitud.

«Si te hace caso», le dice Dios al profeta, «has salvado tu vida y la del hermano. Si no te hace caso, él pierde su vida, pero tú has salvado la tuya».

Es, entonces, un compromiso cristiano. Es una tarea que Dios nos pone a todos nosotros, como sacerdotes, profetas y reyes que somos desde el bautismo: el advertir, el dialogar, el corregir con misericordia a aquel que se equivoca.

Sin duda alguna, esto nos enseña que somos responsables unos de otros.

Ningún cristiano puede decir en este mundo que los demás hagan lo que quieran, con tal que yo cumpla la ley de Dios. Si dice esto, ya no está cumpliendo la ley de Dios, que nos pide ir al encuentro del que se equivoca y corregirle.

Ningún cristiano en este mundo, sin duda alguna, puede decir que está solo y que vive una relación con Dios directa y personal, y que los demás no me interesan.

No, nos equivocamos.

Somos responsables unos de otros desde el amor, desde la caridad.

Y es preciso, entonces, recordar aquella pregunta que hizo Dios en el Génesis a Caín: «¿Dónde está tu hermano?».

Y la respuesta de Caín, una vez que hubo asesinado a su hermano, fue: «¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano?».

Porque había cometido el mal contra Abel. Y resulta que sí, de algún modo somos custodios, somos guardianes unos de otros, porque si nos decimos hermanos es porque venimos de un mismo Padre celestial.

Y esa fraternidad y esa filiación divina es la que nos motiva a preocuparnos y a estar pendientes unos de otros.

Ahora bien, la mejor corrección, que sin duda alguna pasa por el diálogo y por la conversación con el hermano que se equivoca, la mejor corrección es, según la pedagogía de Dios, según como Cristo actuó.

Esto significa dando el ejemplo, porque no puedo yo pretender corregir a otro en lo que yo mismo me equivoco o incluso peor que los demás.

El testimonio, el ejemplo, la vida esforzada en el cumplimiento de los mandamientos de la ley de Dios por amor es la mejor corrección para todos aquellos que se equivocan.

Ese fue el ejemplo que nos dejó Cristo: enseñar con nuestra vida lo que está bien, dejarnos iluminar por la Palabra de Dios para actuar conforme a lo que ella nos invita y, de esa manera, ser testimonio para los demás.

Queridos hermanos y hermanas, tenemos ese gran compromiso, y Jesús nos lo dijo:

«Ustedes son la luz del mundo».

Una luz que ilumina, una luz que da ejemplo, una luz que corrige con misericordia, con caridad, desde el propio testimonio cristiano, para que así no nos convirtamos en aquello que estamos denunciando, para que no pequemos de igual manera en lo que queremos corregir, en lo que pretendemos nosotros aliviar en la comunidad.

Volviendo al Evangelio de hoy, de san Mateo, Jesús indica entonces, cómo no, en primer lugar, un diálogo personal con aquel que se equivoca. Luego, si no te escucha, llama a uno o a dos testigos. Y si finalmente no escucha a la comunidad, dice Jesús en el Evangelio que pueden parecernos palabras muy drásticas: «Considéralo como un pagano o como un publicano».

¿Qué significa esto? ¿Que hay que apartarlo de la comunidad? ¿Que hay que rechazarlo?

No, todo lo contrario.

Los primeros, los privilegiados en la obra de la misericordia de Dios, eran precisamente los pecadores, los publicanos, los paganos.

Si tu hermano no te escucha a la primera, a la segunda, a la tercera, según la reunión de la comunidad, no es la última: apartarlo y rechazarlo. Todo lo contrario: amarlo cada vez más, como Cristo amó y tuvo preferencia por los pobres, por los destruidos, por los pecadores, por los publicanos.

Este es el mensaje de Dios: la misericordia, siempre; el amor, siempre; la corrección cristiana desde la caridad, siempre; y, por sobre todas las cosas, el perdón.

Eso es lo que, sin duda alguna, nos va a garantizar una comunidad cristiana unida, fraterna, que camina junta, que se equivoca, pero que se levanta con el testimonio y con el ejemplo de los santos y de tantas personas que se esfuerzan por cumplir la voluntad de Dios.

San Pablo nos lo dice en la segunda lectura de hoy, en su carta a los Romanos, y se puede resumir en esta frase: ama y haz lo que quieras.

Los mandamientos de la ley de Dios, que son diez; las obras de misericordia espirituales y corporales, que son catorce; y tantas otras ideas que tenemos en nuestra fe para obrar y para demostrar nuestro cariño por Dios y por los demás, se resumen en esto: en el amor.

Por eso san Pablo indica: amar, cumplir la ley entera. Ama y haz lo que quieras. Ama y, de esa manera, corrige a los demás.

Y tengamos también nosotros la suficiente humildad para dejarnos corregir cuando nos equivocamos.

Como decíamos al principio: hoy se equivocan unos, mañana nos equivocamos otros.

Dice Jesús: «El que esté libre de pecado, que lance la primera piedra».

Nuestra fragilidad humana nos enseña a eso: a corregir con paciencia, con misericordia, y a dejarnos corregir también con humildad, con paciencia, porque también somos débiles y nos podemos equivocar.

Queridos hermanos y hermanas, que en todo esto nos ayude la Santísima Virgen María, esa mujer perfecta, esa mujer que no pecó y que entregó su vida a Dios como ejemplo para nosotros.

Como ella, seamos dóciles a la Palabra de Dios. Como ella, seamos humildes servidores unos de otros, para que esta comunidad cristiana se afiance en el amor, en la caridad, en la corrección fraterna.

Que así sea.