jueves, 6 de agosto de 2026

Falleció don Alejandro Cabrera Palomino

SÍNDICO DEL ARZOBISPADO DE AYACUCHO

Cuando ingresé a trabajar en la Curia Arzobispal de Ayacucho como secretario de Mons. Salvador Piñeiro, una de las primeras personas que conocí fue don Alejandro Cabrera Palomino. Desde hacía más de treinta años se desempeñaba como administrador o síndico de la Arquidiócesis de Ayacucho, encargado de velar por los bienes materiales de la Iglesia ayacuchana. Había iniciado su labor en tiempos de Mons. Juan Luis Cipriani, quien, siendo obispo auxiliar de Ayacucho y tras ser aceptada la renuncia de Mons. Federico Richter Prada, fue nombrado primero administrador apostólico y, posteriormente, arzobispo metropolitano de Ayacucho.

Pues bien, ahí estaba todavía don Alejandro cuando llegué a la Curia: un hombre que inspiraba respeto por sus años, por las canas que peinaba y, sobre todo, por el indiscutible profesionalismo con el que durante más de tres décadas había desempeñado su labor administrativa. Era, además, notario eclesiástico adjunto, de modo que, junto con sus responsabilidades propias en la administración y la sindicatura, intervenía también en la autenticación de partidas de bautismo y confirmación, así como de otros documentos expedidos por la Curia Arzobispal.

Yo todas las mañanas llegaba muy temprano a la oficina para organizar la agenda del día y avanzar en las distintas labores de secretaría, principalmente en la redacción o transcripción de textos del señor arzobispo: decretos, constancias, licencias eclesiásticas, oficios, cartas, notas, comunicados, autorizaciones y tantos otros documentos. Todo ese mundo de la secretaría requiere especial atención y dedicación, pues cualquier error del secretario, por pequeño que sea, termina comprometiendo al mismo obispo. Por eso procuraba desempeñar mi trabajo con particular cuidado y responsabilidad.

En medio de todo aquel panorama, don Alejandro significaba una pausa serena y amena. De vez en cuando visitaba la oficina por algún requerimiento y aquellas visitas, para mi provecho, terminaban convirtiéndose casi siempre en exquisitas conversaciones. Él recordaba episodios de su trayectoria laboral desde los años de su juventud y yo lo escuchaba con especial interés, pues sus anécdotas solían terminar convirtiéndose en una suerte de exhortación moral para mí, que, siendo todavía muy joven, me encontraba desempeñando labores que exigían mucha seriedad, responsabilidad y disciplina.

De muchas de aquellas conversaciones pude tomar algunos apuntes en mi agenda personal, sobre todo cuando consideraba que había algo digno de conservar. Del miércoles 15 de marzo tengo anotado: «En la mañana estuve solo en la oficina. Subió don Alejandro Cabrera para charlar un rato conmigo; me contó parte de su vida laboral y me animó a seguir adelante en mis estudios para el sacerdocio».

El martes 18 de abril escribí: «Hoy el señor Alejandro, síndico, fue hospitalizado. Ya está enfermo, ya agotado por tantos años de trabajo. Dios le dé la salud».

Meses después, el miércoles 19 de junio de 2023, dejé constancia de un acontecimiento más alegre: «Hoy, el señor Alejandro Cabrera Palomino cumplió 32 años de servicio en el Arzobispado de Ayacucho. Actualmente se desempeña como síndico y notario eclesiástico adjunto, por lo que su firma da fe y validez a diversos documentos expedidos por el Arzobispado. Monseñor nos convocó a las 11:00 a. m. a quienes nos encontrábamos trabajando en la Curia, con el propósito de tener un sencillo momento de reconocimiento y agradecer al señor Alejandro por sus años de servicio. Como muestra de gratitud, le obsequiamos una botella de vino y un bonito reloj de pulsera. Compartimos un momento agradable, nos tomamos algunas fotografías y, posteriormente, publiqué en la página de Facebook un breve comentario con motivo de este aniversario».

Finalmente, del jueves 5 de octubre de 2023 conservo esta pequeña escena cotidiana: «Por la mañana fui a la Sindicatura para autenticar unos documentos. Al llegar, noté a don Alejandro un poco nervioso y atareado por la cantidad de documentos que tenía que atender. En medio de aquel ajetreo, tuvo un pequeño despiste y colocó incorrectamente uno de los sellos. Al final, tuvimos que sacar nuevas copias y realizar nuevamente la autenticación. Don Alejandro, algo apenado por lo sucedido, no dejaba de disculparse por su equivocación».

Don Alejandro tuvo siempre un trato muy especial hacia mí, o al menos así lo percibí; incluso me llamaba “padre”, aun cuando sabía perfectamente que todavía no lo era. Se dirigía a mí con muchísimo respeto y solía augurarme un futuro brillante, incluso en los más altos cargos de responsabilidad dentro de la Iglesia, pues según él, yo, viniendo del extranjero, me había involucrado con pasión e interés a la vida arquidiocesana. Yo simplemente sonreía y lo escuchaba con atención. Era también muy enfático al hablar de la gratitud: insistía en que había que saber agradecer y aprovechar el apoyo económico que brinda el Arzobispado para la formación de los seminaristas. Con cierta tristeza me comentaba que algunos se beneficiaban de esa formación y después tomaban otros rumbos, o sencillamente nunca mostraban gratitud, como si todo cuanto habían recibido les correspondiese necesariamente por derecho. Era una cuestión sobre la que volvía más de una vez y que consideraba muy importante.

Cuando iba a su oficina en la Curia —es decir, cuando su salud no lo obligaba a ausentarse—, le gustaba encender por un rato la fuente de agua del jardín central para que los pajaritos se acercaran a beber. Pero solo la dejaba encendida unos minutos, pues tampoco le gustaba desperdiciar el agua. Era uno de esos pequeños gestos cotidianos que formaban parte de su manera de ser.

En nuestras conversaciones me contó varias veces, y siempre con especial entusiasmo, cómo siendo joven había ingresado al área administrativa del Hospital Regional como un simple ayudante. Con el paso del tiempo fueron confiándole responsabilidades cada vez mayores, hasta que llegó a ocupar la jefatura de la administración de salud en Ayacucho, labor que recordaba con legítimo orgullo y que, según relataba, procuró desempeñar siempre con destreza y pulcritud.

También le agradaba recordar sus numerosas anécdotas con Mons. Juan Luis Cipriani, de quien había sido estrecho colaborador y por quien conservó una profunda admiración hasta los últimos días de su vida. Cuando se hicieron públicas las acusaciones de abusos contra el cardenal Cipriani, don Alejandro se mostraba profundamente afectado y le costaba creer que tales cosas se dijeran de quien había sido su antiguo jefe. No daba crédito a cuanto circulaba en las redes y, desde el conocimiento personal y la estima que conservaba por Mons. Juan Luis, manifestaba que no podía concebirlo capaz de aquellos hechos.

En su labor como síndico del Arzobispado, recordaba con frecuencia cómo había contribuido a disponer y acondicionar las oficinas de la Curia y cómo procuraba dejarlas en buenas condiciones para las futuras generaciones. Ciertamente, fue un gran impulsor de la remodelación de los distintos ambientes de aquella antigua casona, velando siempre por conjugar la estética y la funcionalidad con una razonable austeridad.

Tenía también muy presentes los innumerables procesos judiciales en los que, a lo largo de los años, había intervenido en defensa de las propiedades de la Iglesia. Se sentía satisfecho de que aquellos procesos hubieran concluido favorablemente; pero, en definitiva, quien había ganado no era él, sino la Iglesia ayacuchana. Don Alejandro había dedicado buena parte de su vida a defender lo que no era suyo, sino de la Iglesia, y precisamente por eso lo cuidó, defendió y administró con particular responsabilidad.

A los 85 años de edad, rodeado del afecto de sus familiares y amigos, falleció don Alejandro Cabrera Palomino. Sus exequias fueron presididas en la Catedral de Ayacucho por el arzobispo, Mons. Salvador Piñeiro. Después de la celebración, su féretro fue llevado en hombros hasta el frontis de la Curia Arzobispal, aquel lugar al que durante más de treinta años había acudido para servir a la Iglesia ayacuchana. Fue, de algún modo, su última visita a aquella casa a la que había dedicado tantos años de su vida y de su trabajo.

Posteriormente, sus restos fueron sepultados en el Cementerio General de Ayacucho, en el pabellón Santa Victoria, letra B, número 30. Allí fui a rezar por él al día siguiente de su sepultura, lamentando no haber podido acompañarlo en sus exequias y entierro, pues, aunque me encontraba entonces en el seminario, no llegué a enterarme a tiempo de su fallecimiento.

Días después de su muerte, durante una entrevista, pregunté a Mons. Salvador por don Alejandro. El arzobispo me respondió:

«Muy bien que me recuerde de don Alejo. En estos días cumplió su misión, larga y pacientemente unido a la cruz de la enfermedad. Lo ungimos con el óleo santo y cerró sus ojos al mundo, pero abrió su alma al Creador. Un hombre de 85 años de edad, más de 30 cuidando los bienes de la Iglesia con una generosidad y una honestidad tan grandes. Esos son los grandes valores, fortalezas en el trabajo del obispo: sus sacerdotes y laicos comprometidos; no entrometidos, sino laicos comprometidos en la obra de la Iglesia, en el cuidado de la evangelización en todas sus áreas, porque también lo administrativo, el ver los bienes, el cuidar del seminario, son tareas muy necesarias».

Varios días después de su muerte escribo estas líneas desde el Seminario San Pío X de Huancayo, dando gracias a Dios por la vida y el testimonio de don Alejandro Cabrera Palomino. Guardo con gratitud el recuerdo de aquellas conversaciones en la oficina, de sus consejos y de su ejemplo de servicio a la Iglesia. Que descanse en paz aquel hombre que, durante más de treinta años, cuidó con responsabilidad lo que no era suyo, sino de la Iglesia.

«Siervo bueno y fiel» (Mt 25, 23).



sábado, 1 de agosto de 2026

Conversación con Mons. Salvador Piñeiro por sus Bodas de Plata Episcopales

EPISCOPADO FECUNDO

Queridos amigos de mi canal de YouTube, sean bienvenidos a un nuevo video. Me encuentro en la oficina de Monseñor Salvador Piñeiro. Él es el actual arzobispo de esta arquidiócesis de Ayacucho, mi arzobispo. Y en este tiempo de vacaciones he querido encontrarme con monseñor para entrevistarlo y sobre todo para tener una conversa amena y cordial en vista de sus 25 años como obispo que se cumplirán el próximo 2 de septiembre, una fiesta en la que nos reuniremos como arquidiócesis para festejar a nuestro arzobispo por estos 25 años como pastor de la Iglesia; 16 años en Ayacucho y anteriormente como obispo castrense del Perú.

Monseñor, buenos días. ¿Cómo está?

Contento en el trabajo y sobre todo invitando a las parroquias, a las capellanías para que me acompañen con la oración y la preocupación vocacional. El mejor regalo para el obispo es ver el seminario con jóvenes que apuestan por Jesús, que quieren ser sacerdotes.

Bueno, monseñor, si usted menciona esto de los regalos, quisiera dejar claro que usted me hizo un gran regalo a mí y fue el hecho de invitarme a trabajar con usted en estas oficinas durante un año y medio aproximadamente en el año 2023 hasta mediados del 2024, cuando después decide enviarme para el seminario de Huancayo a culminar mis estudios teológicos. Entonces, que quede claro que estoy muy agradecido, monseñor, por esa oportunidad de conocer el trabajo en la curia arzobispal, de conocerlo a usted de cerca en el trabajo como su secretario y pues ahora como su seminarista.

Decíamos al principio que queremos conocer un poco más sobre su vida como obispo. Sabemos que cumplirá estos 25 años de consagración o de ordenación episcopal el próximo 2 de septiembre, pero nos gustaría, monseñor, que nos contara cómo fue este llamado al episcopado, el momento en el que usted se encuentra como párroco en Lima, como sacerdote con más de 25 años de experiencia, habiendo pasado también por la rectoría del seminario en Lima y pues cómo el Santo Padre lo llama para ejercer esta función episcopal.

Estaba de párroco en Santa Rosa de Lince, que tiene también 50 años. En esos días se fundaba una parroquia muy fraterna que cultivaba el primer colegio parroquial del Perú. Yo no tenía mucha experiencia en las cosas educativas, pero uno va aprendiendo en el camino y recibo la llamada a nunciatura, me citan a una reunión. Acudo y el nuncio de aquel entonces, monseñor Rino Pacigato, me dice al grano: “Lo he llamado porque el Santo Padre quiere que sea usted el obispo militar del Perú”.

Y le digo: “Señor Nuncio, ¿tendré cualidades para eso?” “Ya quienes lo han presentado sabrán por qué.” “¿Puedo consultar a alguien?”.

“No, no hay que consultar. Vamos a la capilla”.

Y me llevó, me hizo una oración, me dio unos documentos y me dijo: “Tenga usted la noticia en reserva porque es el único obispo en el Perú que tiene que tener el mandato, el encargo del Gobierno; hay que consultarlo al Estado. Tiene que ser peruano de nacimiento y el beneplácito del presidente de la República”, que en esos días era don Valentín Paniagua, porque ciertamente pues es un cargo especial cuidar del soldado, del policía de la patria.

11 años he caminado por todos los lugares donde ellos sirven para darnos libertad para poder vivir en democracia y acercarme a las familias de los soldados, estar en las escuelas militares, en los colegios, un trabajo muy especial, una diócesis que está en todo el Perú.

Y bueno, el nuncio me dijo: “Quiero estar con usted el día de su ordenación”. Digo: “Pues yo soy párroco de Santa Rosa”. “Ya verá otro la fiesta”. “Bueno, que sea el primer domingo de septiembre”.

Por eso muchos me preguntan por qué se ordenó el 2 de septiembre, porque el nuncio me pidió esa fecha, quería estar conmigo. Después me he enterado que es un día bonito. Ya se los comentaré.

Monseñor, cuando usted dice que le pregunta al nuncio si es que tiene cualidades, habría que recordar que durante sus más de 25 años como presbítero en la Arquidiócesis de Lima llevó cargos de gobierno, ¿no? Sobre todo, como vicario.

Acompañé al cardenal Augusto Vargas todo su pontificado. Fui su vicario general y también un año con el cardenal Cipriani me confió ese trabajo que es importante porque es acompañar a los sacerdotes, a la pastoral, es un pensar con los criterios del obispo y ayudarlo en las cosas administrativas.

Monseñor, recuérdenos ese día de su ordenación episcopal. Estamos hablando del domingo primero de septiembre, que es 2 de septiembre del año 2001. ¿Qué obispo lo ordenó y quiénes la acompañaron allí?

Fue bonito porque todos los capellanes castrenses, militares, fuimos a la iglesia de la Merced porque ella es la patrona de las armas de la patria. Y con la imagen de la Virgen de la Merced fuimos a catedral en peregrinación. Yo salía de la diócesis de Lima, le pedí que el ordenante fuera el cardenal Cipriani, el nuncio que quería estar conmigo y pedí también a monseñor Juan Luis Martín, obispo vicario apostólico en Pucallpa y le dije: “Juan Luis, quiero que tú seas de los ordenantes para agradecer a todos los misioneros, -él es canadiense-, que han venido desde lejos a trabajar en mi patria”.

Fue en la catedral de Lima. Mi catedral castrense es muy pequeña. Inmediatamente que me ordenaron obispo, tomé posesión canónica de la Iglesia castrense. Me acompañaron los altos dignatarios de las fuerzas armadas y policía. Fue una celebración muy especial porque también, como miembro del Consejo Interreligioso, asistieron de todas las confesiones, el obispo anglicano, los pastores luteranos, el rabino judío me acompañaron. Fue un acontecimiento eclesial y ecuménico.

Monseñor, ese día le acompañaron sus familiares, ¿estaban sus padres vivos?

No, ya no. Desde el cielo. Ellos me acompañaron desde el cielo, mis hermanos, la familia más cercana, por cierto, me acompañó delegaciones de las parroquias donde yo había servido, el Carmen en San Miguel, Santísima Cruz de Barranco y Santa Rosa de Lince.

Por eso en mi escudo, que es como un lema, un programa, puse la bandera patria, el monte Carmelo, la Cruz y la Rosa Heráldica. Las tres parroquias es lo que yo podía, servir a la Iglesia con la experiencia que he tenido de párroco, y como lema, el que trabajó tanto santo Toribio de Mogrovejo: “El Señor es mi fortaleza”. El salmo que nos recuerda que no estamos solos, que estas obras no son humanas, yo nunca pensé ser obispo y menos castrense, pero uno va aprendiendo, el Señor le asiste y fue el regalo que me dio san Juan Pablo II, que cuando fui a agradecerle le dije “me ha puesto usted en un momento muy especial en la patria. Han cambiado los jefes militares, hay un nuevo amanecer en la política y también como trabajo ya no hay obligación del servicio militar, con lo cual esas historias negras, esas esclavitudes fueron desapareciendo y por eso ahora el soldado, el policía, pues opta de una manera libre para servir a la patria”.

Sabemos, monseñor, que el orden sacerdotal comprende el diaconado, presbiterado y el episcopado. ¿Qué puede hacer un obispo que no hace un sacerdote?

El Obispo puede delegar muchas cosas al sacerdote, pero este no puede ordenar, no puede consagrar diáconos, presbíteros a otros hermanos. Esa es función apostólica, es un encargo muy especial del obispo.

Y en estos 25 años como obispo, habrá ordenado usted muchos diáconos, sacerdotes y obispos a su vez. Coméntenos.

Sí, muchos. Una cincuentena tendré en la lista. Cuando era obispo en Lima, pues algunas familias religiosas me pedían también que ordenase a sus estudiantes. Y entre los de gran emoción, cuando era presidente de la Conferencia Episcopal, Robert Prevost me llama y me dice: “Quiero que seas tú de los ordenantes”. Y tuve que ir a Chiclayo, emoción, ordenar al que es hoy día el Papa.

Y por eso en enero cuando fui a saludarlo con los obispos del Perú me emocionó cuando me dijo: “Salvador, ¿te acuerdas que me arrodillé delante tuyo para que me hicieras obispo? Ahora reza para que sea buen papa”.

Un corazón humilde, un hermano muy querido entre nosotros como obispo, cómo nos acompañaba en todas las actividades, jubileos, celebraciones, identificado con este Perú, por eso tiene corazón peruano.

Monseñor, me alegra muchísimo saber que esas manos que consagraron obispo al que hoy es el Papa, me consagrarán a mí como diácono el mismo día 2 de septiembre.

Es el mejor regalo para mis Bodas de Plata ordenar a dos diáconos y a un sacerdote, porque es lo único que no puedo delegar y es lo que nos hace grandes ante los ojos de Dios.

Como decía san Juan María Vianney, me postro con humildad y me levanto sacerdote, me levanto lleno de las bendiciones de Dios. Que nos acerquemos con un corazón humilde para que el Señor nos dé su bendición, su fortaleza y podamos cumplir la misión del diaconado que te voy a confiar que es tan sencillo, proclamar la Palabra, ese mensaje de Jesús que convierte, ser el servidor del altar, ser el que cuida de las obras apostólicas, especialmente de aquellas tareas, como lo haces con dedicación, donde más se necesita el consuelo y la esperanza, la cárcel, el hospital, el asilo, el puericultorio donde hay tantos hermanos que sufren y esperan.

El obispo, hemos dicho, ha recibido la plenitud del orden sacerdotal, de modo que también ha sido alguna vez ordenado diácono. Monseñor, ¿recuerda esa época en su vida?

Sí, me ordenó de diácono el cardenal Juan Landázuri, que era mi obispo de Lima y yo estaba en la parroquia de Barranco, en la Santísima Cruz. Era los que, de último año, pasábamos a hacer la pastoral en esa parroquia. Y un 2 de julio, en ese tiempo era en el calendario la fiesta de la Visitación de María. Fue el cardenal a Barranco, me ordenó, me acompañaron mis papás y estuve un año de diácono en Barranco, al lado de un gran obispo, un gran maestro de la vida apostólica, monseñor Germán Smith.

Soy testigo de su entrega, de su vida y por esas cosas de la historia, cuando él era encargado del cono sur de la gran Lima, cayó enfermo, un cáncer. Y el cardenal Vargas me dijo: “Acércate donde Germán, acompáñalo y tú te vas a encargar del trabajo que él tenía”. Y por esos 7 años también, además de ser párroco en Barranco, era el coordinador en el cono sur, lo que hoy es la diócesis de Lurín.

Monseñor. Y en el episcopado está el pastoreo de una diócesis, usted unos años como castrense y luego como arzobispo de acá de Ayacucho. ¿Qué sería lo más difícil de gobernar una iglesia?

Bueno, este es un examen que me estás tomando.

Vine aquí a los Andes traído por Benedicto XVI. Estaba trabajando en la diócesis castrense como ordinario militar del Perú y me pide venir aquí y encontrar pues una comunidad piadosa, unos Andes que nos dificultan los traslados, pero también en el corazón de todos estos fieles que han conocido las horas del terror, del odio, de la muerte. Pero un pueblo que sufre, pero que cree, que lleva la cruz de Cristo con esperanza.

Y por eso, si han habido dificultades, hemos sabido superarlas y esperamos pronto que se consuelen esos corazones entristecidos, más de 16,000 desaparecidos; que ojalá se sigan esos trabajos para aliviar el recuerdo, el dolor en el corazón de tantas madres, de tantas esposas que no pueden olvidar la memoria del esposo, los hijos. Hay mucho dolor, pero hay también esperanza.

Sabemos, monseñor, que esta carga del episcopado, del gobierno de una Iglesia, muchas veces los obispos saben sobrellevarla con la ayuda de sus sacerdotes, pero también de tantos laicos que se comprometen y que entregan su vida al servicio. Yo quisiera recordar ahora a don Alejandro Cabrera Palomino, que fue durante 30 años el síndico de este arzobispado y que hace unos días atrás hemos despedido, que ha partido a la casa del Padre. ¿Qué recuerda de don Alejandro y qué podríamos rescatar de su vida entregada al servicio de la iglesia?

Ciertamente los sacerdotes son la corona y la gloria del obispo y son sus primeros colaboradores, pero también la presencia del laicado, y muy bien que me recuerde de don Alejo. En estos días cumplió su misión, larga y pacientemente unido a la cruz de la enfermedad. Lo ungimos con el óleo santo y cerró sus ojos al mundo, pero abrió su alma al Creador. Un hombre 85 años de edad, más de 30, cuidando los bienes de la Iglesia con una generosidad y una honestidad tan grande.

Esos son los grandes valores, fortalezas en el trabajo del obispo, sus sacerdotes y laicos comprometidos, no entrometidos, sino laicos comprometidos en la obra de la Iglesia, en el cuidado de la evangelización en todas sus áreas, porque también lo administrativo, el ver los bienes, el cuidar del seminario, son tareas muy necesarias.

Esa obra de la Iglesia entendemos que es responsabilidad principal del obispo, pero de todos quienes le colaboramos y entendemos que la vocación de la Iglesia, según nuestra teología en Latinoamérica, es esa opción preferencial por los pobres. Monseñor, ¿cómo ha vivido usted este llamado, este despertar de la opción preferencial por los pobres en su época como presbítero y también como obispo?

Desde la reflexión en Medellín y sobre todo en Puebla, la opción es muy clara. No podemos olvidar esa dimensión en la pastoral del anuncio, de la celebración y del acompañamiento. Allí donde hay sufrimiento, donde hay dolor. Ese es el evangelio de Jesús. Estas son las bienaventuranzas. Trabajar para lidiar, para construir una civilización de amor, no con odios, con rencores, sino con la fuerza del perdón, el sacrificio.

San Agustín, el gran maestro de la teología, dice que el episcopado es honor y carga, honor et onus. Hay fatiga, hay trabajo, pero también hay el honor de poder servir, de poder ayudar a los hermanos.

El Santo Padre Francisco llevó, digamos, muy presente esta opción preferencial por los pobres en sus palabras y sobre todo en sus gestos. Y eso lo agradecemos mucho como Papa latinoamericano que fue. Pero también nos introdujo a esa vocación de la Iglesia del tercer milenio que es la sinodalidad. En este caso, monseñor, ¿qué tan sinodal ha sido usted como obispo y en qué hechos concretos podemos comprender que la Iglesia vive este camino de sinodalidad?

Aquella palabra griega tan antigua, caminar juntos. El obispo tiene que estar, como decía el Papa Francisco, delante llevando las ilusiones o quizás en medio acompañando o al final empujando a todos para que caminemos. El obispo es el pastor. Por eso el báculo es para llamar, para guiar, para orientar.

Es lo hermoso de la Iglesia, que prestamos nuestra voz aquí también en Ayacucho. Otoniel, Juan Luis, Luis Abilio, hoy Salvador, proclamamos la palabra de Jesús usando nuestra voz, nuestros gestos, nuestra manera de ser. Por eso agradezco tanto esa actitud de escucha de nuestro pueblo. Siempre están atentos a la llamada del obispo, a los programas que hacemos.

No son fáciles las reuniones por las distancias, por las dificultades que se presentan en el camino, pero hemos tenido buenos momentos y sobre todo mucho me han acompañado los profesores de religión, que son también las manos del obispo. Yo no puedo llegar a todas las aulas. Y ellos, a los niños, a los jóvenes, les están recordando el mensaje de Jesús, la historia de la Iglesia.

En estos 25 años de obispo, monseñor, sabemos que ha tenido muchísimas oportunidades para llevar a cabo la misión de la Iglesia. Ha conocido cuatro papas, ha estado en dos misiones episcopales, el obispado castrense y la Arquidiócesis de Ayacucho. Pero de estos 25 años, algún momento o algunos momentos culmen eh de alegría, de satisfacción en los que has sentido que realmente vale la pena entregar toda una vida a Cristo con más de 50 años también como sacerdote.

Cómo en el mundo castrense esperaban con ilusión la llegada del obispo y estaban atentos a mi mensaje. Los capellanes me preparaban el camino para celebrar. Yo creo que era el obispo que más confirmaba jóvenes en el servicio militar, en los colegios, en las academias.

Entonces, el Señor nos ha dado muchas alegrías y en estos Andes tuve oportunidad de participar en varios sínodos, como me has recordado, cuatro papas me han recibido a los que he podido darles mis confidencias, mis ilusiones. Siempre me he sentido acompañado.

Cuando alguien me preguntaba, ¿ha visto algún momento de frustración? Les soy honesto. En mis 53 años de cura nunca me he sentido frustrado. El Señor nos da fortaleza. Ciertamente hay horas de fatiga, no faltan las incomprensiones, pero también los consuelos, la bendición de Dios. Él siempre nos fortalece, nos acompaña en el camino.

Esa vida de entrega y de consagración a través del orden sacerdotal, sabemos, se hace a través de unas promesas especiales. Los religiosos hacen votos de pobreza, castidad y obediencia. Los diocesanos hacemos promesas. ¿Cuáles son estas promesas, monseñor, y cómo las ha vivido? ¿Y qué consejos también nos da los que nos vamos a adentrar a este mundo de consagración?

San Benito dice: “Todos los cristianos tenemos que tener un corazón limpio. Tenemos que ser generosos, nada de avaricias. Tenemos que ser humildes, sencillos”. Los consejos del evangelio son para todos, pero para nosotros la nupcialidad, el desposorio.

Yo me caso con mi parroquia, no voy a estar aquí por 2 años, el tiempo que Dios me permite. 16 años me tuvo en San Miguel, 8 años en Barranco, 2 años en Lince y los viví intensamente.

Aquí no es que voy a estar un tiempito, voy a ver, no, no, no. La opción es para siempre. Y escuchando la voz de nuestros superiores, cumplir el mandato de estabilidad, de verdadera entrega a la comunidad. No hay que ponerle a Dios límites. Hay que ser generosos.

Monseñor, nosotros los que hemos compartido con usted acá en la curia, en la Arquidiócesis durante estos años, damos gracias a Dios por su testimonio, por la misericordia de Dios que se derrama a través de sus manos, de sus gestos, de sus palabras. Y no nos gustan las despedidas, pero sabemos que todo lo que empieza acaba y en algún momento también el Santo Padre aceptaría la renuncia que de rigor corresponde por los años de servicio a los obispos al cumplir sus 75 años de edad. A nosotros, ciertamente, nos gustaría que permaneciera en Ayacucho todo el tiempo que sea posible, pero ¿cómo le gustaría a usted ser recordado por la Iglesia y por la Arquidiócesis de Ayacucho?

Ya cumplí lo que manda el canon. Entregué personalmente mi dimisoria al Papa Francisco y le dije: “Santidad, no voy a ser un obispo jubilado, sino jubiloso”. Y me dijo: “Me gusta, me gusta eso”. Me agradeció el trabajo. Estoy en espera de que los superiores, el Papa León, nombre a mi sucesor.

Pero no hay que ponernos plazos, límites. Ya veremos hasta cuándo. Lo que sí, regresaré a Lima por una razón, mi familia de sangre y también los años que he servido allá y dejarle libertad al que viene. Le dejamos una Iglesia unida, misionera, para que siga anunciando ese cariño, ese amor fraterno que tenemos que vivir los cristianos.

Y nosotros, los laicos y los sacerdotes y diáconos, seminaristas de la Arquidiócesis, que amamos mucho a monseñor Salvador, también recibiremos con alegría y con mucha esperanza al nuevo obispo, que el Santo Padre decida para esta iglesia arquidiocesana.

Monseñor, para ir culminando esta conversación, ¿qué mensaje nos daría usted a los que nos va a ordenar el 2 de septiembre, miércoles, a las 10 de la mañana en la catedral en las bodas de plata episcopales? Dos diáconos y un sacerdote.

El mejor regalo para el obispo son sus sacerdotes. Y que esta jornada jubilar nos haga amar al seminario. 400 años que fundaron el seminario de San Cristóbal en Ayacucho. Que sigan viniendo jóvenes que le digan sí a Jesús. Cuenta conmigo. Apuesto por la Iglesia. Quiero trabajar en nuestros Andes para que no falte el anuncio del evangelio, para que la Virgen desde Cocharcas nos siga cuidando, para que se alejen los males en el alma y en el cuerpo, porque ella es salud de los enfermos, porque ella es refugio de los pecadores.

Muchísimas gracias, monseñor, por sus palabras, por recibirnos aquí en su oficina y antes de dejarlo tranquilo para que siga trabajando, por favor impártanos su bendición y a todos aquellos que verán este video en mi canal de YouTube.

A través de la imagen televisiva, Pedro me ha confesado, pero ahora yo con mucha alegría les doy la bendición. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Amén. Muchas gracias, monseñor.

martes, 21 de julio de 2026

Cuarenta años de la Partnerschaft Perú – Friburgo

FRATERNIDAD

Por disposición del padre rector del Seminario Conciliar San Cristóbal de Huamanga, Pbro. Jorge Miguel Palomino Roca —quien, por cierto, hoy está de cumpleaños—, participé junto con dos hermanos seminaristas, Brewin Arroyo Prado (II de Filosofía) y Juan Uziel Remón Oré (I de Filosofía), en el encuentro por los cuarenta años de la Partnerschaft Perú–Friburgo, realizado del viernes 17 al domingo 19 de julio.

Fuimos en representación de nuestro Seminario, cuyo proyecto de hermanamiento con el Seminario de Friburgo, en Alemania, viene avanzando a través de la Partnerschaft.

Al llegar a Lima, la señora Sonia Barbarán, peruana radicada en Alemania, nos recibió con mucha cordialidad en su apartamento, ubicado frente a la Costa Verde. Allí compartimos con ella el desayuno y el almuerzo del viernes. Nos acompañaban también la joven Estefany Ramos, representante de la parroquia San Francisco de Paula de Ayacucho, y el joven Guido Barrientos, representante de la parroquia Inmaculada Concepción de Villa Canaria, en la provincia de Víctor Fajardo. Así, los cinco conformábamos la delegación de la Arquidiócesis de Ayacucho en este importante encuentro.

La jornada comenzó el viernes por la noche con la celebración de la Santa Misa en la Catedral de Lima, presidida por el señor cardenal Carlos Castillo. En su homilía destacó el valor de la fraternidad y la solidaridad entre los cristianos. Lamentablemente, muchos de los asistentes no pudieron seguirla con claridad debido a los constantes problemas de sonido en la catedral. Quienes nos encontrábamos en el presbiterio logramos escucharla un poco mejor.

Los tres seminaristas prestamos el servicio del acolitado y colaboramos en la liturgia junto con un grupo de monaguillos de la parroquia alemana de Lima. En distintos momentos de la celebración tuve también la oportunidad de servir de cerca a los pastores que presidían la Eucaristía. Sostuve el micrófono al cardenal jesuita Pedro Barreto durante una de sus intervenciones como concelebrante y, antes de esto, el lavabo de manos del señor cardenal Carlos Castillo.

Fue precisamente en ese momento cuando advertí su evidente preocupación por las constantes fallas del sistema de sonido, que impedían a gran parte de los fieles escuchar con claridad la celebración. Mientras se realizaba el lavabo, expresó con pesar esa situación al acólito de la catedral que le asistía en el rito con el manutergio, dejando ver cuánto lamentaba que un momento tan significativo no pudiera ser seguido adecuadamente por la asamblea. Pero con una serenidad de ángeles, pues no perdió la paciencia.

Aquellas dos noches nos hospedamos en la casa de retiros de la parroquia Jesús Obrero. Muy temprano el sábado fuimos en bus todo el grupo hasta la cercana parroquia San Vicente de Paúl, donde se desarrolló la mayor parte del encuentro. Fue una jornada muy enriquecedora, con conferencias, ponencias, cantos y un espacio de "sinodalidad", en el que nos reunimos en pequeños grupos para orar juntos y dialogar sobre una pregunta propuesta por los organizadores.

En mi grupo desempeñé la función de secretario, tomando nota de las reflexiones compartidas por Rocío , María, Gladys, la hermana Irma, Juan Uziel, Guido y Estefany. Posteriormente, las conclusiones fueron reunidas con las de los demás grupos y presentadas en la asamblea por uno de los representantes de los secretarios.

Ese mismo día me correspondió intervenir en nombre de la Delegación Centro de la Partnerschaft, integrada por las arquidiócesis de Ayacucho y Huancayo, junto con las diócesis de Huánuco y Tarma. Presenté brevemente las principales obras sociales que se vienen impulsando en nuestra región ante la delegación alemana, encabezada por el arzobispo de Friburgo, Mons. Stephan Burger, y su obispo auxiliar, Mons. Peter Birkhofer, quienes contaban con una traductora oficial. También formaba parte de la delegación una obispa de la Iglesia luterana.

En el stand que correspondía a nuestra delegación se exhibía una mesa con una gran variedad de dulces, comidas típicas y productos representativos de las regiones participantes. Entre ellos llamaba especialmente la atención la diversidad de papas nativas expuestas. Al verlas mientras exponía a los presentes, no pude evitar hacer un comentario en tono de broma: dije que, entre tantas variedades de papas, faltaba una muy importante, el papa León, que también era peruano. La ocurrencia arrancó sonrisas entre quienes estaban cerca y se convirtió en uno de esos pequeños momentos de distensión que hacen más agradable la convivencia.

Durante los momentos libres intenté conversar con Mons. Stephan Burger, aunque el idioma fue un obstáculo: él no habla inglés y yo no hablo alemán. Gracias a la ayuda de una amable señora alemana pudimos intercambiar algunas palabras. A él lo noté un poco incómodo y especialmente callado, pues no comprendía nada de castellano ni el básico inglés. Con Mons. Peter Birkhofer fue más sencillo, pues comprende el italiano, idioma que facilita bastante la comunicación con el español.

Hubo un detalle que me sorprendió gratamente. La noche del viernes, después de la misa en la Catedral de Lima, al saludarme por primera vez me dijo con naturalidad: «Hola, Pedro». Me llamó por mi nombre desde el primer momento, quizá porque él también lleva el nombre de Pedro. Fue un gesto sencillo, pero muy cercano. Con la señora obispa luterana también pude conversar unos minutos en inglés, lengua que ambos manejábamos lo suficiente para entendernos.

La fraternidad también se vive en los pequeños momentos. La noche del sábado, mientras conversábamos en el pabellón de varones de la casa de retiros, el hermano jesuita ayacuchano Sebastián Arévalo explicaba a Guido la diferencia entre los sacerdotes diocesanos y los religiosos. En un momento dijo: «Nosotros, los religiosos, hacemos votos de pobreza, castidad y obediencia». Sin pensarlo demasiado lo interrumpí diciendo en voz alta: «¡Y nosotros los diocesanos los cumplimos!». La ocurrencia provocó una buena carcajada entre todos. Son esos instantes sencillos los que también construyen la fraternidad.

Durante el encuentro compartimos mucho con Guido Barrientos, representante de la parroquia Inmaculada Concepción de Villa Canaria. En varias conversaciones manifestó un sincero interés por el sacerdocio y nos confió que, en algún momento de su vida, se ha sentido interpelado por la vocación sacerdotal. Conociéndolo un poco más durante esos días, pude apreciar en él a un joven generoso, servicial y con un profundo espíritu de fe.

Quizá, cuando concluya su carrera universitaria, se anime a conocer más de cerca este camino, ya sea participando en alguna convivencia vocacional o incluso ingresando al Curso Introductorio del seminario. Solo Dios conoce los tiempos y los caminos de cada llamado. Por mi parte, le deseo de corazón que, si el Señor realmente lo invita a seguirlo más de cerca, tenga la valentía de responder con generosidad. Que Dios lo guíe y, si esa es su voluntad, la Iglesia lo reciba con alegría.

El domingo 19 participamos en la Eucaristía celebrada en la parroquia San Vicente de Paúl, presidida por Mons. Jorge Enrique Izaguirre Rafael, obispo de Chosica y presidente de la Partnerschaft Perú. Después de la Santa Misa tuvimos la oportunidad de presentar nuevamente un número cultural ante la delegación alemana. Para esta ocasión, el padre Jorge viajó desde Ayacucho acompañado por cuatro jóvenes aspirantes al Seminario: Puchuri, Edu, Alexander y Troy.

Puchuri y Edu deleitaron a los presentes con la ejecución de sus instrumentos musicales, mientras que Alexander y Troy interpretaban la conocida canción "Polluelos", de Max Castro. Nosotros acompañamos la presentación con palmas y vistiendo la tradicional manta ayacuchana, sumándonos con entusiasmo a esta sencilla, pero significativa expresión de nuestra identidad cultural. Un momento muy alegre, en el que la música y el folclore de nuestra tierra se convirtieron en un lenguaje de fraternidad capaz de acercar a personas de distintas culturas y de expresar, sin necesidad de muchas palabras, la riqueza del pueblo ayacuchano.

Compartimos el almuerzo, las fotografías de rigor, los saludos de despedida y los últimos abrazos antes del regreso. Luego nos dirigimos al centro de Lima para comprar los pasajes de vuelta a Ayacucho.

Mientras recorríamos las librerías del jirón Amazonas, seguíamos por los televisores de los establecimientos la final del Mundial de fútbol. Aproveché la visita para comprar un libro de Federico García Lorca que aún no formaba parte de mi biblioteca. El desenlace de la tarde también me dejó contento: España se proclamó campeona del mundo, precisamente la selección a la que yo apoyaba. Bonito cierre para un fin de semana lleno de encuentros, aprendizajes, fraternidad y nuevas amistades.

Después de una deliciosa pizza en el centro de Lima, esa misma noche emprendimos el viaje de regreso a Ayacucho, agradecidos por haber participado en esta celebración de los cuarenta años de la Partnerschaft, una experiencia que confirmó que la fraternidad cristiana puede superar las distancias, las culturas e incluso las barreras del idioma.

La Partnerschaft es una iniciativa social de la Iglesia católica que se fundamenta en una auténtica unión eclesial de amistad y hermanamiento. Constituye un camino de fraternidad y solidaridad entre la Arquidiócesis de Friburgo, en Alemania, y la Iglesia en el Perú, a través del vínculo entre parroquias de ambas realidades.

Estas parroquias comparten sus experiencias mediante diversas formas de encuentro: visitas de delegaciones, intercambio de voluntarios y estancias prolongadas —generalmente de un año— en la realidad pastoral del otro. Todo este dinamismo se sustenta en la espiritualidad de la comunión, que reconoce que Dios nos une como hermanos, más allá de las diferencias culturales y las distancias geográficas. Esta comunión se expresa de manera concreta en la oración y en las celebraciones litúrgicas compartidas.

Para su adecuado funcionamiento, la Partnerschaft requiere una organización sólida: trabajo en equipo, apoyo mutuo y un constante intercambio de información y experiencias. Las parroquias alemanas, además, brindan apoyo económico mediante diversas iniciativas, mientras que las parroquias peruanas procuran canalizar estos recursos hacia los más necesitados, asegurando una gestión responsable y transparente.

De este modo, se encarnan los cuatro pilares fundamentales de la Partnerschaft: espiritualidad, comunicación, organización y solidaridad.

La Partnerschaft entre la Arquidiócesis de Friburgo (Alemania) y la Iglesia del Perú nació en 1986 como una expresión concreta de la comunión entre Iglesias hermanas. Su inicio oficial estuvo marcado por dos celebraciones eucarísticas: la primera, presidida por el Cardenal Juan Landázuri Ricketts el 23 de febrero de 1986 en Lima; y la segunda, celebrada el 13 de abril del mismo año por el arzobispo de Friburgo, Mons. Oskar Saier, también en la Catedral de Lima.

Durante sus primeros años, la Partnerschaft fue acompañada por un equipo de obispos de la Conferencia Episcopal Peruana, coordinado por el P. Wilfredo Voitschek, junto con representantes de ambas Iglesias. En 1989 se conformó oficialmente el Equipo de la Partnerschaft de la Arquidiócesis de Friburgo en el Perú, encargado de coordinar y fortalecer los vínculos entre las parroquias hermanadas.

Con el paso del tiempo, el crecimiento de las relaciones entre parroquias y diócesis hizo necesaria una estructura de coordinación más amplia. Por ello, a raíz de una iniciativa impulsada por Mons. Luis Bambarén, entonces presidente de la Conferencia Episcopal Peruana, se convocó en agosto de 2001 una reunión nacional en Lima con obispos, sacerdotes, religiosas y laicos comprometidos con la Partnerschaft. En ese encuentro se constituyó el Consejo Nacional de la Partnerschaft Perú–Friburgo.

Finalmente, el 7 de febrero de 2002, la Conferencia Episcopal Peruana otorgó el reconocimiento oficial al Consejo Nacional como organismo consultivo, encargado de colaborar con el Equipo de la Partnerschaft de la Arquidiócesis de Friburgo y de promover, coordinar y acompañar el camino de fraternidad, comunión y solidaridad entre las Iglesias de Friburgo y del Perú.






lunes, 13 de julio de 2026

Mi Solemne Profesión de Fe y Juramento de Fidelidad

 EN VÍAS AL DIACONADO

Como parte del camino que la Iglesia establece para quienes nos preparamos a recibir el Orden Sagrado del Diaconado, en este día 13 de julio, mi hermano seminarista Juan Sixto Choque Arias y yo realizamos la Solemne Profesión de Fe y el Juramento de Fidelidad, durante la Santa Misa de las 6:00 p. m. en la Basílica Catedral de Ayacucho, presidida por Monseñor Salvador Piñeiro García-Calderón.

Después de la homilía, el señor arzobispo nos invitó a acercarnos al altar. Desde allí pronunciamos, en primer lugar, nuestros nombres completos y leímos en voz alta la Solemne Profesión de Fe, que contiene el Credo Niceno-Constantinopolitano acompañado de las fórmulas mediante las cuales manifestamos nuestra plena adhesión a la fe de la Iglesia Católica y a las verdades que ella propone para creer.

A continuación, realizamos el Juramento de Fidelidad, mediante el cual nos comprometimos solemnemente a conservar íntegro el depósito de la fe, desempeñar con fidelidad el ministerio que la Iglesia nos confíe y mantener siempre la comunión con el Romano Pontífice y con nuestros legítimos pastores.

Concluida la lectura de ambos textos, firmamos de puño y letra los documentos sobre el altar y, finalmente, también los suscribió Monseñor Salvador Piñeiro. El acto culminó con un fraterno y emotivo abrazo de felicitación por este importante paso en nuestro camino hacia el diaconado.

Doy gracias a Dios por este momento de profunda trascendencia espiritual y eclesial. Renovar públicamente mi adhesión a la fe de la Iglesia y comprometerme a servirla con fidelidad constituye una gracia inmensa y una responsabilidad que asumo con humildad, confiando plenamente en la ayuda del Señor y en la protección de la Santísima Virgen María. Que Él, que ha comenzado esta obra en mí, la lleve a feliz término para gloria de su Nombre y servicio de su Pueblo.