lunes, 31 de agosto de 2026

EL Diácono, Servidor de Cristo y de sus hermanos

 Reflexiones de un retiro espiritual previo a la ordenación diaconal

1. NUESTRA PUERTA

«Estoy a la puerta y llamo: si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo» (Ap 3,20).

El retiro comienza con una primera actitud: reconocerse misericordiado por Dios. Llegar al diaconado, incluso mientras se culmina el último año de formación, no puede entenderse simplemente como un logro ni como fruto de méritos personales. Es, ante todo, una obra de la misericordia de Dios que toca el corazón y confirma una llamada.

Dios toca la puerta, pero esa puerta solo puede abrirse desde dentro. Por eso, la respuesta a la llamada nace de la libertad y de la generosidad del corazón. Como María, se aprende a decir «sí» no apoyándose únicamente en razones humanas, sino confiando en Aquel que llama.

En una carta de 2000, el entonces cardenal Bergoglio recordaba que el «sí» al servicio diaconal significa, en primer lugar, abrir las puertas al Señor. Y quien abre la puerta al Señor queda llamado también a abrir otras puertas: las puertas de la Iglesia, de la comunidad y de la propia vida a todos.

La Iglesia, decía, es «portera, no la patrona del Reino». El diácono, por tanto, no está llamado a cerrar, excluir o apropiarse, sino a abrir. Su actitud es la de quien recibe al Señor y, porque lo ha recibido, se dispone a recibir y servir a los demás.

De ahí surge una imagen sencilla pero profunda: puerta abierta, manos abiertas. Si la puerta del corazón solo puede abrirse desde dentro y las manos tienen la llave, al abrir la puerta también se liberan las manos para servir.

No basta con tener las puertas abiertas; es necesario tener también las manos disponibles. El servicio cristiano no consiste solamente en saber quién se es, sino en poner lo que se es al servicio de los demás. Dios toca la puerta; corresponde al hombre abrirla y dejar entrar a quien llama.

2. QUITARSE LAS SANDALIAS

«Quítate las sandalias, que el suelo que pisas es sagrado» (Ex 3,1-12).

El candidato al diaconado llega con sus propias sandalias: las de las preocupaciones, las limitaciones, los miedos, los prejuicios y las seguridades personales. Pero ante la presencia de Dios se escucha una invitación clara: «quítate las sandalias».

Para pisar la tierra sagrada es necesario descalzarse. Y para entrar en el servicio diaconal también se requiere dejar atrás aquello que impide caminar con libertad: las comodidades, las seguridades, las riquezas y las autosuficiencias.

La zarza arde sin consumirse. También el servicio cristiano y diaconal está llamado a arder sin consumirse: a entregarse continuamente sin perder su raíz, porque su fuerza no procede de uno mismo, sino de Dios.

Al decir «presente», se acepta una llamada cuyo camino todavía no se conoce completamente. Se conoce la voz, aunque no todos los caminos que habrá que recorrer. Así sucede con Moisés: escucha su nombre, reconoce la llamada y responde: «Aquí estoy».

Su respuesta es un acto de fe. No conoce todavía toda la misión, pero conoce a quien lo llama. Y ante Dios se descubre también la actitud de reverencia: Moisés se cubre el rostro porque reconoce que está ante el Misterio.

Entonces aparece la palabra que sostiene toda misión: «Yo estaré contigo».

Sin sandalias, sin seguridades propias, la persona queda vulnerable. Pero precisamente allí aparece la verdadera seguridad: no en las propias fuerzas, sino en la presencia de Dios. La misión será ardua, como lo fue para Moisés enfrentarse al faraón, pero basta saber que quien llama también acompaña.

Por eso, el candidato no necesita apoyarse únicamente en sus capacidades. Basta reconocer los signos de la llamada y confiar en que Aquel que elige también permanece junto a quien envía.

3. LA SANTIDAD

«Sean perfectos como su Padre celestial es perfecto» (Mt 5,48).

La santidad comienza en la entrega. Cristo se entrega a la Iglesia para santificarla, y en Él se encuentra el fundamento de toda acción pastoral.

Servir significa estar con la gente, caminar con ella y compartir su realidad. No se trata simplemente de llegar desde fuera para realizar una tarea, sino de hacerse presente. Entrega es presencia, fidelidad y amor. Entrega es vivir la caridad evangélica.

Si el ministro no se entrega a la Iglesia como Cristo se entregó, difícilmente podrá servirla y santificarla.

También aparece aquí la imagen de la puerta. Jesús es la puerta del redil y el Buen Pastor. Quien entra por Él entra para cuidar el rebaño. La ordenación diaconal puede contemplarse como una entrada al servicio del rebaño del Buen Pastor.

Surge entonces una pregunta que debe acompañar toda la vida ministerial: ¿por dónde se está entrando al rebaño?

Puede buscarse el propio beneficio, como el ladrón y el bandido que empobrecen al rebaño, o puede entrarse por Cristo, asumiendo sus mismos sentimientos y poniéndose al servicio de las ovejas.

La caridad pastoral une la llamada universal a la santidad con el seguimiento específico de Cristo en el ministerio. El ordenado está llamado a configurarse con Cristo Pastor y a convertirse en modelo del rebaño.

La caridad pastoral no se reduce a gestos o palabras. Es un corazón disponible para amar a todos, sin excluir a nadie. En el celibato se expresa también esta disponibilidad: amar con el amor del Esposo a la Iglesia, como Cristo que se entregó por todos en la cruz.

4. EL DIÁCONO EN LA IGLESIA

«Sírvanse los unos a los otros mediante la caridad» (Gál 5,13).

La misma palabra diácono remite al servicio. En la Iglesia primitiva se reconocía especialmente el servicio de las mesas y de la caridad. Este servicio es un ministerio: un encargo recibido en la Iglesia y sostenido por la gracia de Dios.

El servicio no es una tarea aislada. Está ordenado a que todos los miembros del Pueblo de Dios caminen libre y ordenadamente hacia un mismo fin: la salvación.

En el Antiguo Testamento aparece la figura del Siervo de Dios, especialmente en Isaías. En el Nuevo Testamento, san Pablo se presenta como servidor de Jesucristo. Todo servicio auténticamente cristiano tiene su origen en Cristo y se distribuye entre los fieles según la vocación recibida.

Cristo mismo muestra el camino. En el lavatorio de los pies se manifiesta que su autoridad se expresa en el servicio. Por eso, el principio fundamental del diaconado es claro: servir y no ser servido.

El diácono, sacramento de Cristo y animador de la diaconía de la Iglesia, está llamado a hacer visible este servicio en las comunidades. Su ministerio se despliega en la Palabra, la Liturgia y la Caridad, participando, como miembro del sacramento del Orden, de la misión de enseñar, santificar y regir al Pueblo de Dios.

San Ignacio de Antioquía expresó esta identidad al llamar a los diáconos «encargados del ministerio de Cristo».

5. DIÁCONO, SACRAMENTO DE CRISTO

«Haced esto en recuerdo mío» (Lc 22,19).

El signo sacramental hace presente eficazmente aquello de lo que es expresión visible. Desde esta perspectiva, el diácono, por el sacramento del Orden, es también signo de Cristo Diácono, Cristo Servidor de sus hermanos.

El lavatorio de los pies constituye una imagen fundamental. Cristo se inclina ante sus apóstoles y convierte el servicio humilde en expresión de su entrega. Allí se descubre el sentido profundo del servicio diaconal.

Por su servicio humilde y diligente, el diácono está llamado también a animar a los demás en el servicio eclesial, ayudando a que cada uno ponga al servicio de la Iglesia la vocación y el carisma que ha recibido.

La espiritualidad del diácono es, por tanto, una espiritualidad del servicio. No se trata simplemente de una asistencia humana o social, sino de un servicio cristiano capaz de inclinarse afectuosamente ante cada necesidad concreta.

El servicio encuentra su expresión más profunda en Cristo, que entrega su vida y se convierte en don. Por eso, el servicio cristiano participa del servicio de Cristo y puede convertirse en signo de salvación y sanación.

Después del Concilio Vaticano II, en el contexto de la renovación eclesial, el diácono aparece con particular claridad como animador de la diaconía de la Iglesia. Desde su propia esencia sacramental, está llamado a recordar que seguir a Cristo es también seguir a Cristo Siervo.

Su presencia debe animar a la comunidad a servir desde la Liturgia, la Palabra y la Caridad.

6. LAS FUNCIONES DEL DIÁCONO

San Policarpo: «Misericordiosos, activos, progresando en la verdad del Señor, el cual se ha hecho siervo de todos».

La misión del diácono se expresa especialmente en tres ámbitos: Palabra, Liturgia y Caridad.

Palabra

Al diácono corresponde la predicación de la Palabra de Dios y, de modo particular, la proclamación del Evangelio. Al predicar, guía y acompaña al Pueblo de Dios.

La homilía exige especial dedicación y preparación, porque en ella se tiene la oportunidad de hablar en nombre de la Iglesia y de Cristo al Pueblo de Dios.

Liturgia

El servicio del altar constituye una característica propia del diaconado. Pero el servicio litúrgico no se limita al altar. El diácono puede presidir determinadas celebraciones con presencia del pueblo, elevar las oraciones a Dios, dirigir la Liturgia de las Horas y colaborar en la alabanza de la Iglesia al Padre.

Desde este servicio, también participa en la santificación de sus hermanos.

Caridad

El servicio de las mesas conduce necesariamente al servicio de los pobres. No se puede servir el altar y descuidar a los hambrientos.

La caridad no es un elemento secundario del diaconado; es uno de sus rasgos fundamentales. Al diácono corresponde realizar y promover obras de caridad y, según el encargo recibido, organizar y administrar las ayudas sociales y caritativas de la Iglesia.

También puede prestar este servicio en diversos ámbitos de la vida eclesial, incluso en las curias, donde puede asumir responsabilidades como canciller, notario, juez o defensor del vínculo, entre otras.

7. ESPIRITUALIDAD DEL DIÁCONO

«Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando» (Jn 15,14).

Como todo cristiano, el diácono está llamado a la santidad. Sin embargo, por la consagración recibida en la ordenación, este camino adquiere una forma particular: la santidad vivida en el servicio humilde a Dios y a los hermanos.

La espiritualidad diaconal no puede permanecer en lo abstracto. Ha de hacerse vida, obra y servicio concreto. Es una espiritualidad que se nota y que se ve.

En su centro está la caridad. El diácono sirve porque contempla a Cristo Diácono, Servidor de todos, humilde y obediente. Su configuración con Cristo y su unión con el obispo lo sitúan ante el misterio del amor del Esposo por su Iglesia, su Esposa.

El diaconado es, así, servicio humilde de la caridad de Cristo a sus hermanos.

También se requiere un seguimiento humilde. El obispo ocupa el centro de la vida pastoral; el diácono, en cambio, está llamado a no buscar el centro, sino a servir. Se trata de hacerlo con humildad, prudencia y disponibilidad.

La fidelidad a las tareas encomendadas, a la oración y a los deberes ministeriales forma parte de este seguimiento. En la Palabra, la Liturgia y la Caridad se encuentra el camino de la espiritualidad diaconal, de la propia santificación y de la santificación de los hermanos.

8. MEDIOS DE LA VIDA ESPIRITUAL DEL DIÁCONO

«Señor, tú me sondeas y me conoces» (Sal 139,1).

El diácono está llamado a ser hombre del Espíritu, dejándose mover, guiar y conducir por el Espíritu Santo hacia la santidad. Para ello se necesita una disposición fundamental: dejarse guiar. Y esto exige una palabra que ha de repetirse siempre: humildad, humildad, humildad.

La vida espiritual se concreta en varios medios.

El cumplimiento fiel del ministerio. Se ha recibido una vocación específica para servir en realidades concretas. La fidelidad al llamado se expresa en la fidelidad al ministerio, procurando no descuidar aquello que ha sido confiado.

La Palabra de Dios. Es fundamento de la vida espiritual y de la vida práctica. Lo que se lee está llamado a convertirse en vida y en predicación. La Palabra es raíz del obrar y del vivir.

El ministerio de los Sacramentos. El diácono no actúa en sustitución del presbítero, sino según aquello que le corresponde por su ministerio y su capacidad de administrar la gracia de Dios. También está llamado a ser instrumento de gracia y santidad para sus hermanos.

El ministerio de la Caridad. La caridad pastoral debe hacerse concreta en la cercanía a los pobres, enfermos, marginados y sufrientes. El diácono está llamado a ser puente entre los fieles y el Altar, entre los hermanos y el padre común, el párroco o el obispo.

La oración. La vida ministerial se sostiene en la oración asidua. La fidelidad a la Liturgia de las Horas, que es la alabanza de la Iglesia y recoge las peticiones de los fieles, ocupa un lugar fundamental.

Sin oración no se puede dar fruto. El diácono necesita permanecer unido a Dios para poder permanecer disponible para los demás.

El amor a María y a la Iglesia. La devoción mariana constituye un apoyo importante para perseverar en la vocación y permanecer fiel a la Iglesia, que es Madre. El rosario diario, el amor al Papa y al propio obispo ayudan a mantener viva esta pertenencia.

Se trata de reconocerse servidor fiel y útil de la Madre Iglesia que ha acogido y enviado.

La dirección espiritual. El diácono necesita guía, acompañamiento y alguien que pueda escucharlo. Con humildad, presenta su vida al director o acompañante espiritual. No se trata de guardar zonas ocultas, sino de exponer la propia vida con sinceridad para seguir configurándose con Cristo.

Desnudar el alma ante quien puede acompañar es también una forma de buscar la gracia y crecer en fidelidad.

9. EL CRECIMIENTO COMO CAMINO DE PERSEVERANCIA

«Crecer como personas para servir como pastores» — Mons. Juan María Uriarte.

La perseverancia ministerial exige también crecimiento humano. No se puede servir bien si no se aprende a mirar a las personas con sensibilidad, madurez y libertad.

Cristo pasó por este mundo haciendo el bien y permaneciendo atento a las necesidades de los demás. También el diácono está llamado a mirar, escuchar y hacerse cercano, sin menospreciar a quienes sufren ni considerar una molestia a quienes interrumpen los propios planes.

Por eso, conviene recordar una expresión sencilla y exigente: el servicio es a las personas, no a las instituciones. Hombres al servicio de los hombres.

La formación humana requiere construir una personalidad sólida, madura, auténtica y libre. Esta madurez será también la base para vivir las renuncias y acoger el don del celibato.

Se necesita una personalidad capaz de relacionarse con todos: hombres y mujeres, niños y ancianos. Una personalidad que permita servir y amar sin excluir.

El celibato por amor a Jesucristo se comprende como un don recibido para decir sí al Señor con disponibilidad y convicción. La pureza y la castidad no son únicamente renuncia, sino también expresión de una libertad interior que permite servir a todos sin reservas.

Se trata de amar con el amor del Esposo a la Iglesia, respetando el propio cuerpo y el cuerpo de los demás.

El celibato es una renuncia grande para una promesa aún más grande. La entrega hecha por amor al Señor no queda sin recompensa: quien deja casa, hermanos, padre o madre por Él recibe ya en este mundo y, en el venidero, la vida eterna.

10. PRUDENCIA AL SERVICIO DEL MINISTERIO

«Es Yahveh el que da la sabiduría, y de su boca procede la ciencia y la prudencia» (Prov 2,6).

El ministerio exige prudencia. El diácono debe aprender a ubicarse en la vida de la Iglesia, distinguiendo y valorando aquello que realmente es importante.

Por eso, no se actúa con ligereza. Se aprende a detenerse, pensar y discernir lo que corresponde hacer, actuando por amor y teniendo presente que cada decisión tiene consecuencias.

También se necesita valorar el encargo recibido. Ningún servicio confiado por la Iglesia debe ser considerado insignificante. Todo ministerio es una responsabilidad que ha de asumirse con fidelidad y prudencia.

Finalmente, aparece una conciencia especialmente exigente: ya no hay actos privados.

El diácono es ministro de la Iglesia y, por ello, todo lo que hace o deja de hacer tiene una dimensión eclesial. Su manera de vivir, de hablar, de relacionarse y de actuar puede acercar o alejar a otros de Cristo.

Por eso, la prudencia no es simplemente una cualidad práctica; es una exigencia del ministerio.

El diácono representa a Cristo y está llamado a llevar a Cristo a los demás. Su vida entera se convierte así en un espacio de servicio y en un testimonio de la Palabra y de la Caridad.

La ordenación no hace del diácono el centro, sino servidor. No lo separa de los hermanos, sino que lo envía hacia ellos. No le entrega seguridades humanas, sino una misión sostenida por la gracia de Dios.

Por eso, después de abrir la puerta, quitarse las sandalias, entrar por Cristo y contemplar al Servidor, queda una tarea para toda la vida: servir con las manos abiertas, permanecer con el corazón disponible y caminar confiando en que Aquel que llama también acompaña.

domingo, 23 de agosto de 2026

El reloj de Temu: ¿un escándalo innecesario, una compra innecesaria?

“LAS APARIENCIAS ENGAÑAN”

El pasado viernes 21 de agosto, mientras me encontraba en la cabina de emisión de Radio Cumbre 98.5 FM para nuestro segundo programa de “Código Vocación”, ocurrió un pequeño episodio que, aunque podría parecer insignificante, terminó dejándome una interesante reflexión. Tiene que ver con un reloj de Temu, un malentendido, un comentario provocador y un usuario bloqueado. Veamos.

Nuestro programa semanal no solo se transmite por las ondas radiales de la 98.5 FM en Huancayo. Al mismo tiempo, se emite a través del Facebook de la emisora y de las cuentas de TikTok del Seminario Mayor San Pío X y del Seminario Conciliar San Cristóbal de Huamanga. Y fue precisamente en esta última plataforma donde apareció el comentario que dio origen a esta historia.

Minutos antes de salir al aire, ya estábamos interactuando con quienes se habían conectado a TikTok. Mi compañero Juan Uziel se encargaba de la transmisión del San Cristóbal y yo de la cuenta del San Pío X. Sixto había dispuesto la cámara del teléfono para que cubriera mi imagen, pero era él quien tenía delante la pantalla y, por tanto, quien podía leer los comentarios y saber cuántas personas estaban conectadas. Yo, mientras tanto, bastante ajeno a todo aquello, me preparaba para el programa.

En determinado momento, Sixto me indicó que un usuario había preguntado por el reloj que llevaba puesto en mi mano izquierda: un reloj plateado, de caballero, con una esfera interior de un verde bastante llamativo. Algo así como: “¿Y ese reloj, qué?”.

Lo primero que percibí fue un comentario completamente sano, incluso un pequeño elogio a la —indiscutible, por supuesto— apariencia agradable de aquel reloj. Me reí espontáneamente y, si mal no recuerdo, no dije nada más.

Pero unos instantes después Sixto me avisó: “El mismo usuario sigue preguntando por tu reloj”. Y entonces apareció el comentario: “¿Y la pobreza dónde queda?”. Ahí sí me alarmé.

En cuestión de segundos pasaron muchas cosas por mi cabeza. Primero, una sana vergüenza: quizá había escandalizado a un hermano en las redes sociales. Pero, casi inmediatamente después, sentí una profunda paz y tranquilidad. Yo sabía perfectamente qué reloj llevaba puesto. No era una pieza de alta relojería, ni una joya, ni mucho menos un objeto de lujo. Era un reloj comprado por la aplicación Temu por S/ 9.90. Sí, nueve soles con noventa céntimos. Bueno, para ser completamente honesto, no compré uno, sino cuatro: cuatro relojes distintos, de diferentes colores, a S/ 9.90 cada uno. Antes de que alguien saque la calculadora, sí: gasté S/ 39.60 en relojes. No es una fortuna, ciertamente, pero tampoco voy a fingir que aquel reloj apareció milagrosamente en mi muñeca. Lo compré, y lo compré porque me gustaba. Un objeto que, por su calidad, probablemente tenga más vocación de ser desechable que de convertirse en una herencia familiar.

Quise indagar un poco más con Sixto para saber qué otras cosas decía Fernando, nuestro indignado interlocutor. Sin embargo, ya no hubo mayor interacción. Mi hermano seminarista decidió bloquearlo, pues la conversación había tomado otro rumbo y se había convertido en una serie de críticas provocadoras que, francamente, no nos iban a llevar a ninguna parte.

Pero el asunto del reloj se quedó conmigo. Y mientras le daba vueltas, comprendí que quizá Fernando había provocado, sin quererlo, una reflexión que yo mismo necesitaba hacer: El reloj y las apariencias.

Como ya he indicado la bajísima calidad del producto, no hace falta recalcarla demasiado. Pero sí me parece justo señalar algo: S/ 9.90 por un reloj no es precisamente una fortuna derrochada en un objeto de lujo por el que se me deba pedir cuentas. Bueno, siendo coherentes con el relato fueron S/ 39.60 en total. Ese dinero era mío; no se lo quité a nadie. Y, aun así, con S/ 39.60 difícilmente habría yo acabado con la pobreza del mundo.

Es más, si alguien quisiera juzgar mi situación económica únicamente por ese reloj, probablemente estaría viendo justamente lo contrario de lo que imaginó Fernando. Llevar un reloj chino de S/ 9.90 revela objetivamente mi propia pobreza material. No cuento con mayores recursos como para tener un reloj de S/ 1000 o más. Y, para ser sincero, tampoco lo quiero ni lo necesito.

Ahora bien, reconozco con toda franqueza las verdaderas razones por las que compré aquellos relojes: me gustaron. Evidentemente, no necesitaba cuatro relojes para saber la hora. Con uno bastaba, y probablemente con un celular habría sido suficiente. Los compré porque me gustaron, porque me parecieron bonitos y porque, por ese precio, me pareció que podía darme el gusto.

Me agradó su apariencia. Era plateado, tenía un diseño sencillo de caballero y aquella esfera verde viva me llamó la atención: “verde que te quiero verde…”. Un compañero me prestó su aplicación de Temu —porque yo, dicho sea de paso, no tengo precisamente la costumbre de comprar productos por Temu—, hice el pedido y, aproximadamente un mes después, tenía el famoso reloj en mi mano.

Cuando finalmente lo tuve delante, descubrí inmediatamente que una cosa era la fotografía de la aplicación y otra muy distinta el objeto real -como la mayoría de esos productos venidos de la China-. Lo que en la pantalla parecía un elegante reloj era, en la realidad, una especie de lata desechable con pretensiones de alta relojería. Pero decidí usarlo. Y estaba bastante orgulloso de mi compra. Miraba la hora cada vez que me venía en gana. Al fin y al cabo, para eso es un reloj: para saber ubicarse en el tiempo y en el espacio, como no.

Pero entonces comprendí algo más. El comentario de Fernando no tenía que ver realmente con el reloj. Tenía que ver con la persona que llevaba puesto el reloj. El reloj no era el problema.

Quisiera comprender a Fernando. Tal vez él no estaba viendo simplemente a un hombre con un reloj de S/ 9.90. Estaba viendo a un seminarista, es decir, a alguien que se prepara para ser sacerdote. Y, consecuentemente, esperaba de mí una vida austera, desprendida, libre de lujos, de egoísmos y de una excesiva afición por las cosas materiales. Y, si eso fue lo que pensó, déjame decirte, Fernando: tienes toda la razón.

Un seminarista y, mucho más todavía, un sacerdote, debe cuidar el testimonio que ofrece. No puede vivir de espaldas a la pobreza mientras anuncia a Cristo pobre. No puede escandalizar a los fieles con un estilo de vida incompatible con el Evangelio. No puede convertir los bienes materiales en el centro de su existencia. Nuestro Señor mismo lo dijo: El Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza (Mt 8,20). Por eso, Fernando, tu preocupación no era completamente absurda.

Lo curioso es que mi reloj de Temu te hizo caer en la misma trampa en la que yo había caído: la trampa de las apariencias. Porque aquel reloj parecía una cosa y era otra. Y quizá yo también. No porque yo pretenda esconder algo, sino porque ninguna persona puede ser conocida realmente por lo que lleva puesto. Ni un reloj, ni unos zapatos, ni una sotana, ni un automóvil, ni una fotografía en redes sociales pueden revelar por sí solos lo que hay en el corazón de una persona. Sí, Fernando, las apariencias engañan. No todo lo que brilla es oro. Y aquel reloj, desde luego, no era oro.

¿Por qué compré el reloj? Aquí la reflexión se vuelve un poco más incómoda. Porque, si soy completamente honesto, el problema no está en los soles gastados. La pregunta más interesante es otra: ¿Por qué quería yo ese reloj? ¿Era realmente necesario? ¿Lo compré porque necesitaba saber la hora? ¿O porque me gustaba cómo se veía en mi muñeca? ¿Había detrás de aquella compra un simple gusto legítimo o también un deseo de aparentar algo? Y ¿Cuatro? ¿Por qué no uno solo?

No voy a responder aquí todas esas preguntas. Sea suficiente para los interesados en saberlo que uno compra básicamente un reloj para ver la hora. Fuera de eso, ya no sé qué decir. Claro, si además de darme la hora es un objeto visualmente agradable, pues más sentido tiene comprarlo y usarlo.

Pero precisamente ahí está el punto que me interesa. La austeridad cristiana no consiste simplemente en comprar lo más barato que exista. Tampoco significa que todo objeto agradable sea automáticamente un lujo pecaminoso. La pobreza evangélica es, sobre todo, libertad frente a las cosas. No poseer las cosas hasta el punto de que ellas terminen poseyéndonos. No convertir lo material en nuestra seguridad, nuestra identidad o nuestra razón de vivir. Y esa es una lección mucho más profunda que el precio de un reloj.

Entonces, ¿qué hago con mi reloj de Temu? Al final de todo este episodio, me queda una pregunta bastante sencilla: ¿Qué hago ahora con mi reloj de Temu? ¿Será que lo dejo de usar? ¿Lo guardo en un cajón para que nadie se escandalice? ¿O, por el contrario, lo sigo usando, procurando que nadie vaya a descubrir en él una especie de símbolo de mi supuesta riqueza? Probablemente seguiré usándolo. Primero, porque todavía funciona. Segundo, porque me gusta. Y tercero, porque, después de todo este asunto, cada vez que mire la hora en aquella esfera verde recordaré algo mucho más importante que la hora.

Recordaré que las apariencias engañan. Recordaré que no debo juzgar a una persona por lo que lleva puesto. Pero también recordaré que, como seminarista y futuro sacerdote, debo ser especialmente cuidadoso con aquello que muestro y con el modo en que vivo. No porque tenga que aparentar pobreza, sino porque estoy llamado a vivir la libertad de Cristo, que no puso su corazón en las riquezas.

Así que, querido Fernando, gracias por tu comentario. Quizá no fue la forma más amable de plantearlo y quizá el bloqueo de Sixto te ahorró una conversación que no prometía terminar bien. Pero, entre la provocación y el malentendido, me dejaste una buena pregunta.

Y ahora, cada vez que mire mi reloj de S/ 9.90, intentaré recordar que el problema nunca fue realmente el reloj. El problema —o, mejor dicho, la pregunta— está siempre un poco más adentro. Porque, al final, no importa tanto qué llevamos en la muñeca como aquello que llevamos en el corazón. Y sí, Fernando: la pobreza sigue estando ahí. También en mí. Solo espero que, cuando algún día me toque anunciar el Evangelio como sacerdote, mi vida sea capaz de demostrar que lo que verdaderamente importa no es parecer pobre, sino ser libre para Cristo.

martes, 18 de agosto de 2026

Palabreo Verde para Federico

Palabreo verde para Federico


A los 90 años de su asesinato

 

Nació el cinco de junio
aquel poeta granadino,
y el dieciocho de agosto
alcanzó el cruel destino.


Hombre de mundo y hermano

de todos, es Federico;

aunque fue de origen rico,

defensor de los gitanos,

su martirio no fue en vano.

Cuando sufrió el infortunio,

madrugada en plenilunio

vio su existencia acabada.

En Fuente Vaqueros, Granada,

nació el cinco de junio.


De pensamiento universal,

en su escritura y persona,

letra y música pregona

su libertad primordial.

Una vida pasional

forjó su propio camino;

aficionado taurino,

fue nuestro García Lorca:

voz que la muerte no ahorca,

aquel poeta granadino.


Admirador de la luna,

del jinete sin caballo;

nadie le hizo vasallo

ni le cortó la tribuna.

Valores desde la cuna;

tuvo enemigos sin costo,

de corazón nada angosto,

eso nunca lo olvidéis:

fue en el año treinta y seis

y el dieciocho de agosto.


Que quiso tanto lo verde,

cuando lo bajaba al río;

Lorca, dolor como el mío,

porque el corazón muerde

y el sentido ya se pierde.

Entre paisano y vecino,

pero, aun así, sobrevino

fusilamiento temprano;

y aquel cantor soberano

alcanzó el cruel destino.



jueves, 6 de agosto de 2026

Falleció don Alejandro Cabrera Palomino

SÍNDICO DEL ARZOBISPADO DE AYACUCHO

Cuando ingresé a trabajar en la Curia Arzobispal de Ayacucho como secretario de Mons. Salvador Piñeiro, una de las primeras personas que conocí fue don Alejandro Cabrera Palomino. Desde hacía más de treinta años se desempeñaba como administrador o síndico de la Arquidiócesis de Ayacucho, encargado de velar por los bienes materiales de la Iglesia ayacuchana. Había iniciado su labor en tiempos de Mons. Juan Luis Cipriani, quien, siendo obispo auxiliar de Ayacucho y tras ser aceptada la renuncia de Mons. Federico Richter Prada, fue nombrado primero administrador apostólico y, posteriormente, arzobispo metropolitano de Ayacucho.

Pues bien, ahí estaba todavía don Alejandro cuando llegué a la Curia: un hombre que inspiraba respeto por sus años, por las canas que peinaba y, sobre todo, por el indiscutible profesionalismo con el que durante más de tres décadas había desempeñado su labor administrativa. Era, además, notario eclesiástico adjunto, de modo que, junto con sus responsabilidades propias en la administración y la sindicatura, intervenía también en la autenticación de partidas de bautismo y confirmación, así como de otros documentos expedidos por la Curia Arzobispal.

Yo todas las mañanas llegaba muy temprano a la oficina para organizar la agenda del día y avanzar en las distintas labores de secretaría, principalmente en la redacción o transcripción de textos del señor arzobispo: decretos, constancias, licencias eclesiásticas, oficios, cartas, notas, comunicados, autorizaciones y tantos otros documentos. Todo ese mundo de la secretaría requiere especial atención y dedicación, pues cualquier error del secretario, por pequeño que sea, termina comprometiendo al mismo obispo. Por eso procuraba desempeñar mi trabajo con particular cuidado y responsabilidad.

En medio de todo aquel panorama, don Alejandro significaba una pausa serena y amena. De vez en cuando visitaba la oficina por algún requerimiento y aquellas visitas, para mi provecho, terminaban convirtiéndose casi siempre en exquisitas conversaciones. Él recordaba episodios de su trayectoria laboral desde los años de su juventud y yo lo escuchaba con especial interés, pues sus anécdotas solían terminar convirtiéndose en una suerte de exhortación moral para mí, que, siendo todavía muy joven, me encontraba desempeñando labores que exigían mucha seriedad, responsabilidad y disciplina.

De muchas de aquellas conversaciones pude tomar algunos apuntes en mi agenda personal, sobre todo cuando consideraba que había algo digno de conservar. Del miércoles 15 de marzo tengo anotado: «En la mañana estuve solo en la oficina. Subió don Alejandro Cabrera para charlar un rato conmigo; me contó parte de su vida laboral y me animó a seguir adelante en mis estudios para el sacerdocio».

El martes 18 de abril escribí: «Hoy el señor Alejandro, síndico, fue hospitalizado. Ya está enfermo, ya agotado por tantos años de trabajo. Dios le dé la salud».

Meses después, el miércoles 19 de junio de 2023, dejé constancia de un acontecimiento más alegre: «Hoy, el señor Alejandro Cabrera Palomino cumplió 32 años de servicio en el Arzobispado de Ayacucho. Actualmente se desempeña como síndico y notario eclesiástico adjunto, por lo que su firma da fe y validez a diversos documentos expedidos por el Arzobispado. Monseñor nos convocó a las 11:00 a. m. a quienes nos encontrábamos trabajando en la Curia, con el propósito de tener un sencillo momento de reconocimiento y agradecer al señor Alejandro por sus años de servicio. Como muestra de gratitud, le obsequiamos una botella de vino y un bonito reloj de pulsera. Compartimos un momento agradable, nos tomamos algunas fotografías y, posteriormente, publiqué en la página de Facebook un breve comentario con motivo de este aniversario».

Finalmente, del jueves 5 de octubre de 2023 conservo esta pequeña escena cotidiana: «Por la mañana fui a la Sindicatura para autenticar unos documentos. Al llegar, noté a don Alejandro un poco nervioso y atareado por la cantidad de documentos que tenía que atender. En medio de aquel ajetreo, tuvo un pequeño despiste y colocó incorrectamente uno de los sellos. Al final, tuvimos que sacar nuevas copias y realizar nuevamente la autenticación. Don Alejandro, algo apenado por lo sucedido, no dejaba de disculparse por su equivocación».

Don Alejandro tuvo siempre un trato muy especial hacia mí, o al menos así lo percibí; incluso me llamaba “padre”, aun cuando sabía perfectamente que todavía no lo era. Se dirigía a mí con muchísimo respeto y solía augurarme un futuro brillante, incluso en los más altos cargos de responsabilidad dentro de la Iglesia, pues según él, yo, viniendo del extranjero, me había involucrado con pasión e interés a la vida arquidiocesana. Yo simplemente sonreía y lo escuchaba con atención. Era también muy enfático al hablar de la gratitud: insistía en que había que saber agradecer y aprovechar el apoyo económico que brinda el Arzobispado para la formación de los seminaristas. Con cierta tristeza me comentaba que algunos se beneficiaban de esa formación y después tomaban otros rumbos, o sencillamente nunca mostraban gratitud, como si todo cuanto habían recibido les correspondiese necesariamente por derecho. Era una cuestión sobre la que volvía más de una vez y que consideraba muy importante.

Cuando iba a su oficina en la Curia —es decir, cuando su salud no lo obligaba a ausentarse—, le gustaba encender por un rato la fuente de agua del jardín central para que los pajaritos se acercaran a beber. Pero solo la dejaba encendida unos minutos, pues tampoco le gustaba desperdiciar el agua. Era uno de esos pequeños gestos cotidianos que formaban parte de su manera de ser.

En nuestras conversaciones me contó varias veces, y siempre con especial entusiasmo, cómo siendo joven había ingresado al área administrativa del Hospital Regional como un simple ayudante. Con el paso del tiempo fueron confiándole responsabilidades cada vez mayores, hasta que llegó a ocupar la jefatura de la administración de salud en Ayacucho, labor que recordaba con legítimo orgullo y que, según relataba, procuró desempeñar siempre con destreza y pulcritud.

También le agradaba recordar sus numerosas anécdotas con Mons. Juan Luis Cipriani, de quien había sido estrecho colaborador y por quien conservó una profunda admiración hasta los últimos días de su vida. Cuando se hicieron públicas las acusaciones de abusos contra el cardenal Cipriani, don Alejandro se mostraba profundamente afectado y le costaba creer que tales cosas se dijeran de quien había sido su antiguo jefe. No daba crédito a cuanto circulaba en las redes y, desde el conocimiento personal y la estima que conservaba por Mons. Juan Luis, manifestaba que no podía concebirlo capaz de aquellos hechos.

En su labor como síndico del Arzobispado, recordaba con frecuencia cómo había contribuido a disponer y acondicionar las oficinas de la Curia y cómo procuraba dejarlas en buenas condiciones para las futuras generaciones. Ciertamente, fue un gran impulsor de la remodelación de los distintos ambientes de aquella antigua casona, velando siempre por conjugar la estética y la funcionalidad con una razonable austeridad.

Tenía también muy presentes los innumerables procesos judiciales en los que, a lo largo de los años, había intervenido en defensa de las propiedades de la Iglesia. Se sentía satisfecho de que aquellos procesos hubieran concluido favorablemente; pero, en definitiva, quien había ganado no era él, sino la Iglesia ayacuchana. Don Alejandro había dedicado buena parte de su vida a defender lo que no era suyo, sino de la Iglesia, y precisamente por eso lo cuidó, defendió y administró con particular responsabilidad.

A los 85 años de edad, rodeado del afecto de sus familiares y amigos, falleció don Alejandro Cabrera Palomino. Sus exequias fueron presididas en la Catedral de Ayacucho por el arzobispo, Mons. Salvador Piñeiro. Después de la celebración, su féretro fue llevado en hombros hasta el frontis de la Curia Arzobispal, aquel lugar al que durante más de treinta años había acudido para servir a la Iglesia ayacuchana. Fue, de algún modo, su última visita a aquella casa a la que había dedicado tantos años de su vida y de su trabajo.

Posteriormente, sus restos fueron sepultados en el Cementerio General de Ayacucho, en el pabellón Santa Victoria, letra B, número 30. Allí fui a rezar por él al día siguiente de su sepultura, lamentando no haber podido acompañarlo en sus exequias y entierro, pues, aunque me encontraba entonces en el seminario, no llegué a enterarme a tiempo de su fallecimiento.

Días después de su muerte, durante una entrevista, pregunté a Mons. Salvador por don Alejandro. El arzobispo me respondió:

«Muy bien que me recuerde de don Alejo. En estos días cumplió su misión, larga y pacientemente unido a la cruz de la enfermedad. Lo ungimos con el óleo santo y cerró sus ojos al mundo, pero abrió su alma al Creador. Un hombre de 85 años de edad, más de 30 cuidando los bienes de la Iglesia con una generosidad y una honestidad tan grandes. Esos son los grandes valores, fortalezas en el trabajo del obispo: sus sacerdotes y laicos comprometidos; no entrometidos, sino laicos comprometidos en la obra de la Iglesia, en el cuidado de la evangelización en todas sus áreas, porque también lo administrativo, el ver los bienes, el cuidar del seminario, son tareas muy necesarias».

Varios días después de su muerte escribo estas líneas desde el Seminario San Pío X de Huancayo, dando gracias a Dios por la vida y el testimonio de don Alejandro Cabrera Palomino. Guardo con gratitud el recuerdo de aquellas conversaciones en la oficina, de sus consejos y de su ejemplo de servicio a la Iglesia. Que descanse en paz aquel hombre que, durante más de treinta años, cuidó con responsabilidad lo que no era suyo, sino de la Iglesia.

«Siervo bueno y fiel» (Mt 25, 23).