jueves, 19 de marzo de 2026

Diez décimas piadosas a san José

JOSÉ, CARPINTERO BENDITO

Oh, glorioso san José,
que recibiste aquel día
a la joven santa María,
la virgen de Nazaret,
por esposa, reina a merced,
aceptando el designio de Dios
que en sueños su Ángel te dio.
Ahora yo, humilde, te pido:
presta a mi súplica oído
y atiende mi petición.

Hombre valiente y audaz,
que, por librarlos de Herodes,
a Egipto y sus pormenores
corriste buscando paz.
Misericordioso tú, haz
que a más nadie se persiga
y que halle una mano amiga
a quien el peligro lo tiente,
y sano de cuerpo y mente
en ti consuelo consiga.

Custodio del sacerdote,
a quien Jesús obedeció,
y en tus brazos conoció
de Dios heredad y lote;
que, sin querer que se note,
pues muy humilde tú fuiste,
y en su corazón abriste
la mayor compasión y ternura,
del Padre Eterno figura;
su voluntad tú cumpliste.

José obrero paciente,
Patrono del trabajador,
apoya con tu favor
al que perdido se siente,
y que en tu ejemplo encuentre
perseverancia total,
bendición en su jornal
y el patrocinio seguro
de que, con trabajo duro,
tendrá salvación final.

Esas virtudes tuyas
las quiero yo para mí:
la castidad y el vivir
siempre en silencio, sin bulla;
pues de ti no hay rumor que fluya
o palabra en el Evangelio,
pero sí el honroso ingenio
de la humildad y el trabajo,
que levanta a los de abajo
y da gloria como premio.

Dame, José piadoso,
el amar a María y Jesús,
tu hijo muerto en la cruz,
tus dolores y tus gozos.
Dame, padre bondadoso,
esa paciencia locuaz,
un testimonio eficaz
que me transforme la vida,
me devuelva la alegría
y a mi alma dé la paz.

Con esta canción te ruego
que abrases siempre mi alma,
encendida en la calma
de tu sacrosanto fuego,
y con este don yo, luego,
trabaje con toda franqueza
para acabar la pobreza
de tantos hombres rendidos,
por el pecado hundidos
en la herida naturaleza.

José, carpintero bendito,
humilde santo glorioso,
cólmame de tus gozos,
escucha atento mi grito,
que solo pido un poquito
de tus virtudes copiosas,
y para María mil rosas,
y para Jesús mi vida,
sin procurar nunca huida
tras sus huellas amorosas.

Protector de pobres y migrantes,
y Patrono de la Iglesia universal,
protégenos de todo mal;
asiste a los agonizantes,
muestra el rumbo a los errantes,
otórganos la conversión
que nace de corazón,
aceptándose humillados
los numerosos pecados
cuando pedimos perdón.

Yo, como madera en tu mano,
espero ser bien tallado
y quedar transfigurado
como quieras, artesano.
Estate de mí cercano,
modela en mí tu dulzura,
que acabe con tal finura
los rasgos de Jesucristo;
modélame como él, insisto,
y como la Virgen Pura.

Amén.

En esta composición procuré reflejar una riqueza teológica que se sostenga con fidelidad en la tradición bíblica y espiritual sobre san José. Veamos algunos puntos que me gustaría resaltar:

1. José en el plan de la salvación (dimensión bíblica). Desde la primera décima se presenta a san José como hombre obediente al designio divino: “aceptando el designio de Dios / que en sueños su Ángel te dio”. Esto remite directamente a Evangelio según san Mateo (Mt 1,20-24), donde José recibe en sueños la revelación y responde con obediencia inmediata. Teológicamente, esto lo sitúa como justo (Mt 1,19), no solo en sentido moral, sino como hombre que vive en total apertura a la voluntad de Dios.

2. José, protector del Redentor (historia de la salvación). La huida a Egipto está bien integrada: “por librarlos de Herodes… corriste buscando paz”. Esto corresponde a Mt 2,13-15. Aquí subrayo un punto clave: José es instrumento activo en la protección del misterio de la Encarnación. No es figura pasiva, sino cooperador real en la historia de la salvación. Además, la súplica: “que a más nadie se persiga”, actualiza esa misión en clave social: José como protector de migrantes y perseguidos, una aplicación muy coherente con la teología contemporánea.

3. José como padre en el orden de la gracia. Cuando digo: “en tus brazos conoció / de Dios heredad y lote”, toco un misterio profundo: Jesús, siendo Hijo eterno del Padre, aprende humanamente la filiación en el hogar de José (cf. Lc 2,51-52 en el Evangelio según san Lucas). Aquí se refleja una idea muy trabajada en la teología: José ejerce una verdadera paternidad legal y afectiva, que tiene consecuencias reales en la humanidad de Cristo.

4. Espiritualidad del silencio y la humildad. Una de las intuiciones más finas del texto es: “no hay rumor que fluya / o palabra en el Evangelio”. Efectivamente, José no pronuncia palabras en los Evangelios. Esto ha sido interpretado por la tradición como signo de su silencio contemplativo. Esta décima conecta ese silencio con la castidad, la humildad y el trabajo. Es una síntesis lograda de la espiritualidad josefina.

5. José trabajador: teología del trabajo. “José obrero paciente… Patrono del trabajador”. Aquí se entra en la línea de la doctrina social de la Iglesia, especialmente desarrollada por san Juan Pablo II en Laborem Exercens. El trabajo aparece como medio de santificación, camino de dignidad y participación en la obra creadora. El verso: “bendición en su jornal”, refuerza la idea del trabajo como gracia, no solo como esfuerzo.

6. Dimensión pascual: dolores y gozos. “tus dolores y tus gozos”. Esto conecta con la tradición devocional de los “Siete dolores y gozos de san José”. Aunque José no presencia la cruz, la expresión: “tu hijo muerto en la cruz” es teológicamente válida en sentido espiritual: José participa anticipadamente del misterio redentor por su unión con Jesús.

7. Conversión y antropología cristiana. “otórganos la conversión / que nace de corazón”. Aquí hay una teología muy clara de la conversión como: interior, humilde y ligada al reconocimiento del pecado: “aceptándose humillados / los numerosos pecados”. Esto está en plena sintonía con la enseñanza bíblica (cf. Sal 50).

8. José como modelo de transformación espiritual. La imagen final es especialmente poderosa: “como madera en tu mano… artesano”. Aquí desarrollo una mística del tallado espiritual, donde José aparece como formador del alma, en analogía con su oficio. Esto tiene resonancias bíblicas (Jr 18, el alfarero) y cristológicas: “los rasgos de Jesucristo”. La meta es la configuración con Cristo, núcleo de la vida cristiana (cf. Rom 8,29).

9. Dimensión eclesial y universal. “Patrono de la Iglesia universal”. Este título, proclamado por Pío IX, está bien integrado en la oración. Se presenta a san José como intercesor, protector y guía espiritual para toda la Iglesia.

En conclusión, con estas décimas quise lograr una síntesis equilibrada entre: Biblia (Mateo y Lucas), tradición espiritual (silencio, humildad, dolores y gozos), teología (paternidad, trabajo, conversión, santificación) y aplicación pastoral (migrantes, pobres, trabajadores). No es solo un poema devocional, sino una catequesis poética sobre san José, con coherencia doctrinal y profundidad espiritual.




martes, 17 de marzo de 2026

Entrevista a Froy Gerardo Quispe Blas

ORDENACIÓN DIACONAL

Amigos del seminario San Pío X, bienvenidos a una nueva entrevista. En esta oportunidad nos encontramos con nuestro hermano Gerardo, quien será ordenado diácono junto a Julio el próximo jueves en la solemnidad de San José en la catedral de Huancayo. Gerardo, bienvenido al seminario. Gracias por aceptar esta entrevista con nosotros. Coméntanos acerca de tu vocación. Nos interesa siempre conocer, saber cómo nace, cómo surge la vocación en tu caso particular.

Bueno, el detalle siempre que manejo en mi vida es con respecto más desde una iniciativa propia y también planteando siempre lo que ha sido un poco de orgullo, viendo una familia que yo tengo de parte de papá que son en gran número católicos. Entonces ahí es donde empieza a surgir siempre esa perspectiva y esa idea de buscar algo más. Y en ese buscar algo más es donde surge querer conocer a Dios y se me abrieron las puertas para poder ingresar a un seminario mayor en lo que es la realidad de vida religiosa. Por ahí inició.

Y viendo también el ejemplo de un gran sacerdote, quien es el padre José Guavilazo, que él ha sido casi el promotor de mi vida vocacional. Y entre ellos también recordando al padre Belealdo, que siempre con sus palabras, con sus enseñanzas, con su sencillez, es donde ha surgido bastante en mí ese deseo primero de la vocación, pero más por un punto, como ya les explicaba, de orgullo, de ir, de conocer más, de aprender más. Entonces ahí empezó el llamado en mi vida.

Esto que nos recalca Gerardo es importante, cómo la vocación va naciendo y se va fortaleciendo con los testimonios, con la vida que compartimos. Resalta Gerardo algunos sacerdotes y por supuesto también en lo que es la formación como tal. Gerardo, ya en el seminario, ¿cómo fue este momento de estudios, este momento de la rutina propia de una casa de formación religiosa o diocesana?

Lo que siempre he detallado y admirado es la forma de la convivencia. Muchos jóvenes en la búsqueda de la vocación siempre tratan de detallar y a la vez también de llevarlo y cultivarlo en su vida. Unas experiencias distintas a lo que vivimos en la sociedad afuera, y eso se encuentra dentro, y eso lo encontré. Está el aspecto del estudio, el aspecto comunitario, pero lo que más voy a resaltar es el espiritual.

Cuando vivimos en la vida diaria, en la familia, en los amigos, siempre he visto que no le damos un detalle a la oración, pero cuando uno está dentro del seminario es parte de la vida, lo hace suyo, y eso es lo que va alimentando y eso es lo que ha alimentado dentro de mi vocación. Y con ello también dándole un rango a lo que es el estudio: conocer, indagar, investigar la vida de los santos, los testimonios de ellos, los estudios teológicos, las ramas de la teología, como también la filosofía. Ha sido parte muy importante que me ha ido dando ese deseo, ese apetito de seguir adelante, de conocer, de saber, y más todavía en la labor pastoral donde miraba muchos sacerdotes, de cómo ellos trabajaban, daban su vida, su empeño, sus enseñanzas, su momento, su tiempo. Entonces, por ahí ha surgido bastante dentro del estudio y la formación del seminario en mi vida.

Gerardo nos indica entonces que es la oración lo que sostiene, lo que mantiene y lo que afianza una vocación. Con los estudios, con la rutina, con las amistades, no puede faltar allí la oración. Ahora, Gerardo, sabemos que una vez concluyes tus estudios dedicas un espacio a la pastoral. Coméntanos en qué ha consistido este tiempo de pastoral previo a la ordenación diaconal.

Bueno, ha habido varios ámbitos donde he ido desarrollando la pastoral. Entre ellos tenemos la formación de lo que es sacramentos de iniciación, especialmente bautizo de niños. Luego también sacramentos de iniciación en los catecúmenos, que ha ayudado bastante el trabajo. Algunos temas propios para lo que es la vida matrimonial, para el sacramento del matrimonio. Entre ellos también algunos aspectos directos en lo que es el trabajo dentro de la parroquia, en los grupos parroquiales, sea de jóvenes, sean de adultos, en los grupos de oración, los grupos de liturgia, siempre presente eso.

Y algo más puntual en el trabajo que se ha dado, y lo que me ha ayudado también a alimentarme más, son los días lunes que llevamos la lectio divina, que sería algo muy importante tenerlo presente también en las parroquias, porque hay muchas personas que se alimentan y de ello también ellos van enseñando, y es una cadena en esa parte de la evangelización y el trabajo pastoral. Entonces, hay mucho mérito en eso y no dejarlo. Por otro lado también lo que es el sentido de estar al lado del Señor en la Eucaristía, los jueves, que es la adoración al Santísimo, que es la fortaleza de todos nosotros como cristianos católicos.

Así es. Esto es precisamente el trabajo en concreto de un seminarista, de un próximo diácono: la pastoral, el compartir con las familias, con las personas, adultos, jóvenes, niños en nuestras parroquias, en lo que compete, pero de una manera muy particular en la vida sacramental. Gerardo, sabemos que junto a Julio han participado de un retiro espiritual previo a la ordenación. Coméntanos un poco de esta experiencia y cómo ha fortalecido ya estos días previos a recibir el orden sagrado.

Sí, los temas que se han desarrollado en el retiro han ido por dos puntos evangélicos. El primero, Jesús en el lavatorio de los pies; y luego, la vida de San Esteban, primer diácono. Desde esos dos puntos, lo que nos ha llevado bastante a la reflexión, y más en mí, ha sido, por ejemplo, el servicio. Y creo que esa es la parte y el motor de todas las personas que se consagran, no solamente desde la vida vocacional, sino desde la vida entregada ya al seminario. Es el llamado, ya nosotros debemos estar siempre teniéndolo presente y llevándolo por un buen camino: el servicio, que es como nuestro sello indeleble. Porque todos estamos llamados siempre a servir desde Cristo, que nos enseña con su vida, con sus obras, con sus ejemplos y con su entrega, a seguir ese camino.

Todos estamos llamados a servir. Qué gran frase, hay que interiorizarla. Pero, ¿de qué manera sirve en lo concreto un diácono?

Siempre el diácono va a estar presente, como bien lo manda, desde los principios propios del trabajo del diácono en el servicio y apoyo al obispo y al presbítero, pero eso es más desde el aspecto litúrgico. Pero vamos ahora también al aspecto directamente del trabajo pastoral y también social: el servicio, enseñar, dirigir, estar con las personas que lo necesitan, escuchar. Por ejemplo, hoy en día tantas personas que necesitan ser escuchadas por distintos problemas o conflictos que pueden estar pasando. Entonces, el servicio va por ahí: siempre estar atento a ellos, a las necesidades, y más todavía espirituales.

Aunque el diácono no puede confesar, eso es propio ya del presbítero, pero siempre estar presente ahí para las personas que necesitan quizás una palabra de apoyo, que necesitan un aliento, que necesitan encontrar a Cristo desde la palabra, desde el Evangelio. Entonces ahí yo creo que vamos a dar el primer sentido de nuestro servicio: estar con ellos, ser parte de ellos y caminar con ellos, porque eso es lo que nos enseña Cristo, un líder, estar siempre cargando y estando delante de todo. Entonces yo creo que ahí el servicio siempre se va a hacer bastante grande y sobre todo va a dar muchos frutos.

El orden de los diáconos, sabemos, se puede recibir de manera transitoria, como lo será el caso de nuestro hermano Gerardo y Julio, y también de manera permanente. Esto que nos comenta Gerardo nos llama a la atención para pedir en la Iglesia la vocación al servicio, la vocación al diaconado y al sacerdocio. Hermano Gerardo, ya para finalizar esta entrevista, un mensaje final, unas palabras suyas al corazón de aquellos jóvenes que se plantean también la vocación y que están en este proceso de discernimiento.

Una frase que siempre a mí me ha llamado la atención es en las palabras del Santo Padre Juan Pablo II: el amor todo lo vence. Y eso lo vamos a tener siempre presente en nuestra vida, jóvenes. Si sienten ese pequeño deseo, ¿por qué resistirse? El amor es tan grande, te va a llamar donde estés, como estés, con quien estés. Te va a llamar desde la humildad, te va a llamar desde las pequeñas experiencias de la vida. Háganle caso. Cristo moldea el corazón, Cristo te guía. Y no solo a ti, guía a toda tu familia, guía a todas las personas cercanas y te llama a guiar también a los demás. Te quiere hacer instrumento, no te niegues. Tiende la mano, ábrele el corazón y acéptalo. Y dile sí.

Vamos a acompañar todos juntos como comunidad del seminario San Pío X, como feligresía de la Arquidiócesis de Huancayo, a nuestro hermano Gerardo y a Julio este jueves en la catedral en su sagrada ordenación diaconal. Gerardo, muchas gracias.

Gracias.

 

domingo, 15 de marzo de 2026

Entrevista a Julio Díaz

LA VOCACIÓN ES SERVIR

Amigos del seminario San Pío X de Huancayo, en esta oportunidad nos encontramos con nuestro hermano Julio, quien el próximo jueves 19 de marzo recibirá el orden del diaconado por imposición de manos de Monseñor Luis Alberto Huamán Camayo O.M.I., arzobispo de Huancayo. Nosotros, sus hermanos seminaristas, hemos querido venir hasta su parroquia, donde ha llevado un tiempo de pastoral, para conversar con él, para entrevistarle propiamente acerca de su vocación, de cómo se ha preparado para recibir este orden del diaconado y de tantas otras cosas que surgen en la vida de un candidato al sacerdocio como lo es nuestro hermano Julio. Por eso les invitamos a quedarse en esta entrevista donde conoceremos más acerca de su persona y de seguro que aquellos jóvenes que se animan también y que sienten el llamado, con el testimonio de nuestro hermano que recibirá el orden del diaconado, recibirán ese impulso para decirle sí al Señor como lo estamos haciendo nosotros, como lo hará el día jueves 19 de marzo en la catedral de Huancayo nuestro hermano Julio.

Julio, bienvenido.

Acá estamos en esta casa donde usted nos recibe con mucho gusto para entrevistarlo, para conocer un poco más de su vida, de su vocación, porque sabemos que este camino es marcado, es iniciado por la vocación. En primer lugar, coméntanos qué es para ti la vocación y cómo sentiste propiamente la vocación en tu vida, el llamado de Dios.

Bueno, muchas gracias, Pedro, por venir a mi casa para poder tener esta entrevista. En primer lugar, para mí la vocación es un llamado de Dios, es un llamado que hace Dios a todos, pero en especial ese llamado Dios me ha hecho a mí. Un llamado, un camino que yo he tenido durante todo este tiempo de formación, de proceso para llegar hoy, para llegar el gran día que es la ordenación diaconal y por supuesto seguir todavía. Y bueno, mi vocación empezó cuando yo estaba en el tercero de secundaria en mi pueblo llamado Guadalupe. Empecé ahí a ser monaguillo. Iba todos los días a ayudar al párroco de mi parroquia en la parroquia San Agustín de Guadalupe en el norte, La Libertad, provincia de Pacasmayo, distrito de Guadalupe.

Entonces, yo salía del colegio e iba a mi casa a comer, pero después iba con mis cuadernos, con mi mochila a la parroquia, a hacer mis tareas hasta esperar que el párroco hiciera la misa. No iba yo solo, también íbamos otros jóvenes que eran monaguillos. Íbamos y así surgió mi vocación. Gracias a Dios que él me fue llevando, tuvo su pedagogía conmigo durante todo este tiempo.

Entonces terminé los estudios secundarios y todavía seguía siendo monaguillo, ya grande, con 16 años seguía siendo monaguillo en mi pueblo. Después me mandaron a Lima a estudiar para la universidad, pero no terminé la carrera de sociología, la dejé y después ingresé al seminario. Pero también no es que ingresé de un día para otro, sino que hubo un proceso. Estuve un año en mi parroquia en Lima, un año en que el párroco me estaba acompañando. El siguiente año el párroco recién manda la carta para yo ir a la parroquia donde se hacían las jornadas vocacionales y después fui a la propedéutica.

Como no terminé la propedéutica porque todos se iban retirando, quedamos dos. Uno de mis compañeros ya es sacerdote en Lima. Entonces yo, por la gracia de Dios, seguí. Pero mis padres no lo tomaron con buen ánimo el hecho de ser sacerdote porque ellos querían que yo terminara la universidad. Entonces tomé valor y se los dije. Mi papá, que tenía formación militar, no quiso. En cambio, mi mamá fue comprendiendo y al final dijo que sí me apoyaba. Y con el tiempo mi papá también fue viendo mi proceso y terminó apoyándome.

Julio, has resaltado ese proceso tan significativo como lo fue la infancia y el hecho de servir en el altar en tu parroquia. En perspectiva, viendo al pequeño Julio como monaguillo, como servidor del altar, ahora próximo a la ordenación diaconal, ¿qué podrías decir? ¿Para qué te llamó el Señor en concreto?

Me llamó el Señor para servir dentro de la Santa Madre Iglesia, para servir, para salvar almas, para ser un buen sacerdote santo y para ser un sacerdote al servicio del pueblo santo de Dios, en especial en el grado del diaconado, al servicio del pueblo de Dios, al servicio de la palabra, al servicio de las mesas, de las viudas, de los huérfanos, de los abandonados y el servicio del altar y de la palabra.

Claro que sí, Julio. Sabemos que los sacerdotes no salen de la tierra ni caen del cielo, sino que vienen de las familias y se forman. Coméntenos un poco su proceso de formación, las dos etapas que conocemos en el seminario: filosófica y teológica, los estudios y la exigencia propia de estas etapas en la vida de un candidato.

Mira, yo ingresé a los 21 años al seminario, ahora tengo 36 años. Entonces es un proceso que va haciendo la Santa Madre Iglesia con el candidato. No es que ingresas, terminas la etapa filosófica, pasas a la teológica y te ordenan rápido, sino que tiene que haber un proceso.

En el proceso filosófico es más humano. Entonces la Iglesia tuvo que formarme, ayudarme en las carencias humanas que traía. Fue un proceso muy peculiar porque venía con costumbres de mi casa. En el seminario tienes que barrer, lavar, hacer servicio, y eso a mí no me gustaba. Entonces la Iglesia tuvo que formarme también en eso.

Hubo momentos en que no comprendía la formación, me preguntaba por qué tenía que hacer ciertas cosas. Pero algo que me dijeron mis formadores fue: “el que obedece nunca se equivoca”. En ese proceso también estaban los estudios filosóficos, que me costaron mucho porque no tenía base.

Luego ingresé a la teología y ahí ya vi el proceso de configuración con Cristo. La teología me gustó más porque es más cercana a Jesucristo: cristología, mariología, Trinidad. A diferencia de la filosofía que es más racional.

En el seminario la vida es muy estructurada: nos levantábamos temprano, rezábamos, estudiábamos, hacíamos labores, deporte y más estudio. Todo centrado en la formación.

La formación, como dice la Iglesia, tiene cuatro áreas: humana comunitaria, espiritual, académica y pastoral. De estas cuatro, ¿cuál fue tu fuerte?

Yo creo que un poco de cada una. Todas deben estar equilibradas. No puedes destacar solo en una y descuidar las otras.

Ya terminé mis estudios en 2024 y luego me enviaron a la parroquia Santo Cura de Ars, donde tuve todo el año 2025 de pastoral. Eso es parte de la formación: aprender del párroco, convivir con la gente, servir. Recién en 2026 me dieron la noticia de la ordenación diaconal.

¿Cómo recibiste esa noticia?

Con mucha alegría. Todo seminarista espera ese momento.

También tuviste un retiro espiritual especial para prepararte.

Sí, fue con el padre rector Carlos Bolencher Limonchi. Los temas fueron sobre el diácono San Esteban, su servicio a la palabra, a la liturgia y a las mesas. Fue muy enriquecedor.

¿Qué hace un diácono en la Iglesia?

El diácono es servidor: de los necesitados, de los enfermos. Puede llevar el viático, celebrar bautismos y matrimonios, proclamar el Evangelio, predicar y realizar exequias.

Para concluir, vemos que te acompañas de una imagen de la Virgen. Cuéntanos sobre ella.

Para mí es muy importante. Es la Virgen tres veces admirable de Schoenstatt. Me ha acompañado en todo mi proceso. La Virgen es la madre de los sacerdotes, nos acompaña en momentos alegres y difíciles. Ser sacerdote o diácono no es fácil, también hay crisis, pero la Virgen guía y educa.

Estamos muy contentos por tu testimonio. Gracias a todos los que han visto esta entrevista. Recordemos la importancia de orar por las vocaciones.

Invito a todos los jóvenes a no tener miedo, a apostar todo por Cristo, porque en Él está la verdadera felicidad. Muchas gracias.

domingo, 8 de marzo de 2026

Entrevista a tres hermanos seminaristas de Huancayo

MINISTERIOS LAICALES

Amigos que nos siguen en las redes del Seminario San Pío X, en esta oportunidad nos encontramos con tres de nuestros hermanos seminaristas pertenecientes a esta Arquidiócesis de Huancayo. Ellos son Bryan Hernán, Patricio y Jorge Luis, y nos van a contar algo muy interesante que sucederá con ellos el día domingo 8 de marzo, referente a sus vocaciones y al proceso vocacional que llevamos en esta casa de formación.

Hermanos, para introducir esta breve entrevista, ¿qué es lo que cada uno de ustedes recibirá el día de mañana y cómo se han preparado para vivir este momento?

Bryan Hernán: Bueno, mañana recibiré la institución de los ministerios de lector y acólito. Me he preparado de la mejor manera en estos días, viviendo los ejercicios espirituales aquí en el seminario y también con mucho ánimo para este día.

Patricio: Yo voy a recibir la admisión a las Sagradas Órdenes y también estuve preparándome con los ejercicios espirituales, con mucha alegría y entusiasmo.

Jorge Luis: Durante este tiempo de los ejercicios espirituales, tanto como Bryan, con quien juntos recibiremos el acolitado y el lectorado, me he preparado con mucho entusiasmo, con mucha fe y entrega para poder recibir estos ministerios. Será una gran alegría poder celebrarlo junto a mis dos hermanos aquí presentes.

Bien, Jorge Luis y Bryan Hernán recibirán los ministerios del lectorado y acolitado, y Patricio recibirá la admisión a las Sagradas Órdenes. Hermanos, para quienes no conocen estos términos, expliquemos brevemente qué significa el lectorado, el acolitado y la admisión a las Sagradas Órdenes.

Bryan Hernán: Bueno, el lectorado es un ministerio instituido. Seguimos siendo laicos en formación y recibimos, mediante un rito litúrgico, este ministerio. La función del lector es proclamar las lecturas en la celebración de la Santa Misa y en las liturgias de la palabra. Pero no solamente eso, sino también formar a los fieles que ejercen esta labor.

Patricio: La Admisión a las Sagradas Órdenes es cuando un seminarista ofrece públicamente su voluntad al servicio de la Iglesia.

Jorge Luis: Como mencionaba Bryan, el lectorado es un servicio que forma parte del proceso formativo. Al igual que este, el acolitado es un servicio más pleno en el altar, sirviendo al presbítero que preside las celebraciones y también al diácono, quien está al servicio de la Eucaristía. Nosotros nos ponemos al servicio tanto de los sacerdotes como del pueblo.

Bien, lo que recibirán los seminaristas forma parte de todo el largo proceso vocacional. Para cada uno de ustedes, ¿hay alguna experiencia, persona o momento en particular que haya marcado su vocación?

Bryan Hernán: Yo personalmente puedo hablar de las madres carmelitas del convento de San José. Recuerdo que cuando estaba terminando el primer año de filosofía, un día me acerqué al torno para comprar algunas cosas. Al tocar el timbre, me preguntaron de dónde venía. Les dije que, del seminario, me pidieron mi nombre y luego me dijeron detalles sobre mí. Me sorprendí y pregunté cómo lo sabían, y la madre me respondió: “Yo soy su capillera, la encargada de orar por usted”. Es una experiencia que recuerdo con mucha gratitud al Señor.

Patricio: En mi caso, una experiencia en misiones cuando recién comenzaba mi formación en 2022, en la parroquia San Antonio de Padua de Andamarca, donde visité a las personas y percibí la necesidad de acompañarlas y ayudarlas. Esa experiencia me marcó mucho al inicio de mi formación.

Jorge Luis: En mi caso, las pastorales que realizamos cada fin de semana en distintas parroquias de la Arquidiócesis de Huancayo han sido muy significativas. Tanto la gente de las parroquias como los jóvenes, adultos y niños me han marcado profundamente. También la necesidad pastoral que se percibe en estas comunidades ha sido muy importante en mi formación, especialmente al acompañar en catequesis y grupos parroquiales.

En eso consiste la formación: tenemos nuestros estudios y dinámica en el seminario, pero también salimos a la misión y al encuentro con las personas.

Hermanos, ¿qué les pide la Iglesia a ustedes cuando reciben estos ministerios o son admitidos a las Sagradas Órdenes?

Bryan: En el ministerio del acolitado, el rito termina cuando el obispo te entrega el cáliz y te dice que tu vida sea digna de servir al altar del Señor. Algo que cuesta mucho es ser ejemplo vivo para los demás, pero ese es el gran reto que me pide la Iglesia.

Patricio: La admisión a las Sagradas Órdenes es cuando el obispo admite públicamente a un seminarista como candidato al diaconado y al presbiterado.

Jorge Luis: Es una gracia poder recibir estos ministerios, ya que forman parte del proceso de formación. Es una bendición dar este paso dentro del llamado de Dios, para servir al pueblo que necesita sacerdotes.

Lo que comparten nuestros hermanos seminaristas refleja el sentir de una vocación que se convierte en entrega y respuesta al llamado de Dios.

Para concluir, ¿qué mensaje le darían a los jóvenes que sienten una inquietud vocacional?

Bryan Hernán: El Señor siempre nos llama a ser instrumentos suyos. Por eso, hay que responder con generosidad y compromiso, porque Él nos necesita para anunciar la Buena Nueva.

Patricio: A los jóvenes les diría que respondan con generosidad y docilidad, porque el Señor llama de muchas maneras.

Jorge Luis: Yo les diría que abran sus corazones, que no tengan miedo. Apostar por Jesús es la mayor ganancia que uno puede tener en su vida.

Bien, hermanos Bryan Hernán, Patricio y Jorge Luis, la comunidad del seminario se alegra con ustedes por este paso tan importante: la admisión a las Sagradas Órdenes en el caso de Patricio, y la institución de los ministerios de lector y acólito en el caso de Bryan y Jorge Luis.

Es una alegría acompañarlos el día domingo 8, y también que todos los que siguen las redes del seminario puedan conocer un poco más de la vida de los seminaristas, del proceso vocacional y de la alegría de seguir al Señor.

sábado, 7 de marzo de 2026

Entrevista al Pbro. Carlos Rafael Boulanger Limonchy, operario diocesano

RECTOR DEL SEMINARIO SAN PÍO X

Padre Carlos, para las redes de nuestro seminario San Pío X y con motivo de su aniversario de ordenación sacerdotal, coméntenos, por favor, cómo nació su vocación y qué momentos o personas fueron clave para descubrir el llamado de Dios en su vida.

Bueno, gracias por esta entrevista. En primer lugar, mi vocación es algo muy paradójico, podríamos decir, porque nací en una familia con muchos valores cristianos, pero que no era muy practicante. Sin embargo, siempre me sentía atraído hacia el sacerdocio. No sé por qué; bueno, Dios sabrá.

Lo cierto es que me atraía mucho ir a misa, ver a los sacerdotes; también me atraía la figura de los santos. Mi papá tenía una librería y allí podía conseguir la vida de San Francisco de Asís, de San Ignacio de Loyola, lecturas como Quo Vadis, La imitación de Cristo… Todo esto siempre me animaba con esa ilusión del sacerdocio.

Pero, como he dicho, mi familia no era particularmente practicante y yo no me atrevía a formular la inquietud por el sacerdocio. Sin embargo, siempre me sentía atraído hacia ello. Cuando terminé el bachillerato dije: “Bueno, voy a dar el paso”. Pero pregunté a alguien que no sabía y me dijo que yo no podía ser sacerdote porque había estudiado la especialidad de ciencias y no humanidades.

Así que decidí entrar a estudiar ingeniería química. Después de empezar la carrera me di cuenta, especialmente en Navidad, de que no era lo mío, que no me hacía feliz y que no encontraba mayor gozo en lo que estaba haciendo. Hasta que, por fin, hice un retiro o una experiencia con el movimiento Cursillos de Cristiandad, que me motivó a dar el paso. Allí me acerqué a los padres operarios diocesanos… y aquí estoy.

Una cosa curiosa es que desde pequeño sentía la atracción por ser formador de sacerdotes; es decir, no solamente sacerdote, sino formador de sacerdotes. Cuando veía algo que no me gustaba en un sacerdote decía: “A este le falta formación”. Era, claro, muy presuntuoso para ser una persona con tan poco conocimiento de esto.

Por otra parte, ahora que lo veo en retrospectiva, hubo personas muy importantes. Mi mamá, que era una mujer de oración; mi abuela, mi abuela Juana; también mi madrina Regina. Mi papá quería que nos bautizáramos ya adultos, pero ella se empeñó en que debíamos bautizarnos más jóvenes. Así que me bautizaron cuando era niño, ya con cierta edad, pero no adulto.

También me marcó mucho una maestra de sexto grado, la maestra Anita. Era una mujer de oración, de buen testimonio, con una familia cristiana. Su simple testimonio como maestra —en una escuela pública— siempre comenzaba la clase rezando; nos recordaba a María Auxiliadora, a San Juan Bosco. Creaba un ambiente cristiano en la clase.

Más adelante, cuando ingresé a la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos, también fueron importantes los grandes pilares de la hermandad en esa época: el padre Cesario Gil, el padre Hermógenes Castaño y el padre Ángel Jiménez. Ellos me motivaron mucho para seguir en este camino.

Padre, cuando ya estaba con los operarios en su proceso de formación, ¿qué experiencias, aprendizajes o desafíos marcaron ese camino hacia el sacerdocio?

Bueno, la mejor experiencia del seminario no puedo reducirla a algo en particular, sino a todo en conjunto. Fue una experiencia muy positiva, especialmente la vida comunitaria que teníamos en el Centro de Estudios Mosén Sol, que es la casa de formación de los padres operarios.

Allí tuve excelentes formadores: el padre Daniel Redondo —que en paz descanse—, el padre Román Sánchez Chamoso —también ya en la casa del Padre— y el padre Paolo Borelli, un excelente sacerdote que sigue siendo un gran amigo y un gran referente de lo que es un sacerdote. Fueron personas que me ayudaron mucho en mi vocación.

Junto con esto, la vida con los hermanos seminaristas fue para mí una experiencia muy positiva y muy fructuosa. La valoro y la tengo guardada en mi corazón: esos años de formación que, para mí, pasaron muy rápido.

En el año 1995 fui enviado a Roma a estudiar. Allí también conocí otra parte de la hermandad que no conocía y seguí enamorándome más de toda esta comunidad de sacerdotes operarios, donde tengo grandes hermanos y grandes amigos.

Padre Carlos, quisiéramos conocer acerca de su ordenación. ¿Qué recuerda de ese día y qué significado tiene hoy, después de tantos años de ministerio?

Bueno, fue hace 28 años. Hay como dos aspectos muy curiosos. Desde el punto de vista de lo que yo imaginaba que iba a ser, la organización fue un desastre. Me habían ofrecido unos ornamentos que nunca llegaron; las tarjetas de invitación eran muy feas porque yo no las diseñé… En fin, todo el aspecto de organización, de fiesta y de detalles fue un caos.

Sin embargo, creo que todo eso ha sido compensado por la experiencia muy positiva que he tenido como sacerdote, gracias a Dios. He tenido una experiencia maravillosa. He tenido la oportunidad de ir a muchos países: estuve en Panamá, Venezuela, Italia, Ecuador, Argentina y ahora estoy aquí en Perú. Ha sido una gran riqueza conocer tantas culturas, tantas personas, tantas iglesias y tantos operarios.

También he estado en la Dirección General de la Hermandad como consejero, y ha sido una experiencia muy enriquecedora. Yo doy gracias a Dios por todos estos años de ministerio, por la hermandad y por la vida sacerdotal que me ha regalado.

Por eso digo que, aunque uno quisiera que todo fuera como lo había planeado, Dios tiene sus caminos. Creo que a través de eso me enseñó que lo importante no es lo exterior, sino sobre todo la vivencia espiritual de esa ceremonia. Eso es lo que más rescato.

A pesar de todos los inconvenientes que pudieron existir, lo más importante para mí fue precisamente la ordenación. Y recuerdo un momento muy significativo: cuando mis padres besaron mis manos como sacerdote. Eso es algo que tengo guardado en mi corazón. También la presencia de grandes amigos y familiares… fue algo muy bonito.

Padre, ¿qué obispo lo ordenó y dónde?

Me ordené en Caracas, en la parroquia María Madre de la Iglesia. El que me ordenó fue el cardenal Ignacio Velasco. Inicialmente iba a ser monseñor Lücker, pero finalmente fue el cardenal Velasco quien presidió la ordenación.

Padre, finalmente, después de estos 28 años de sacerdocio, ¿qué mensaje nos puede dar a nosotros, los seminaristas que nos estamos preparando para ser algún día sacerdotes?

El mensaje es que sean felices en su vocación, que se entreguen plenamente a Cristo y, sobre todo, que vivan la alegría de la fraternidad con mucha transparencia, con recta intención y con un corazón noble. Déjense guiar por Dios, porque Él los va conduciendo por caminos insospechados que nunca podrían imaginar.

Yo jamás hubiera imaginado toda la vida sacerdotal que he tenido, todos los gozos que he experimentado. Y esto es un don de Dios, un regalo de Dios.

Bueno, padre, muchas gracias por estas palabras, por esta entrevista y, de parte de la comunidad del seminario, feliz aniversario de ordenación sacerdotal.

Muchas gracias, y recen por mí, que me hace falta.

jueves, 5 de marzo de 2026

Retiro espiritual de inicio de año académico 2026 – Seminario San Pío X

RETIRO ESPIRITUAL

Charla introductoria

El abad Bernardo de Claraval escribió al papa Eugenio III para invitarlo a apartar un momento, en medio de tantas ocupaciones, para la oración y la meditación. Lo hizo con estas palabras:

“Tengo miedo, te lo confieso, de que, en medio de tus ocupaciones, que son tantas, por no poder esperar que lleguen nunca a su fin, acabes por endurecerte tú mismo y lentamente pierdas la sensibilidad…”.

Estos monjes han comprendido la importancia de la oración en medio de sus jornadas cotidianas. Es cierto que como reza un monje no puede rezar un laico, y tampoco un papa puede rezar como un monje, pues los estados de vida son variados y también lo son las posibilidades de dedicarse a la oración. Sin embargo, lo importante es buscar ese momento: apartarse un poco de las ocupaciones y ocuparse de aquello que nos hace mejores cada día, la oración.

Ahora bien, las ocupaciones de Eugenio III, como papa de la Iglesia, debieron de ser muy sanas y santas, pues eran las ocupaciones del Vicario de Cristo. Las del abad Bernardo ciertamente también lo eran: santas y loables. Pero tú y yo, ¿en qué nos ocupamos? ¿Cuáles son nuestras ocupaciones mandadas por la voluntad divina? ¿En qué ocupamos finalmente nuestro tiempo?

Porque se puede estar muy ocupado en nada, en tonterías. Se puede ocupar uno muy afanosamente en perder el tiempo con distracciones que no aportan nada positivo a la vida ni a la santidad que queremos alcanzar.

Las ocupaciones de un seminarista son estudiar, rezar, profundizar en la vida de la gracia y de la oración, iniciar el camino discipular y configurativo con Jesucristo, que nos ha llamado. Pero, ¿realmente nos ocupamos de esto? ¿O más bien es lo último que procuramos?

El consejo del abad Bernardo al papa es que, por más ocupado que se esté en las mil y una cosas del oficio, es preciso apartarse, dejar espacio, buscar a Dios, refugiarse en la oración. Pues “el que modera su actividad se hará sabio”, como dice Salomón.

Atender a todo y a todos, pero desatenderse a uno mismo —hablando de la oración y de la relación personal con Dios— no puede ser tenido por bueno. Rechazar la oración y la meditación es, en cierto modo, rechazarse a sí mismo. Y está mandado amar a Dios y al prójimo como a uno mismo.

Señor, que mis ocupaciones sean las que Tú me has dado. Que me ocupe en buscarte, en encontrarte y en amarte en mis hermanos. Que me ocupe solo de Ti y de tus cosas santas, de tus pobres, de tus ovejas: esas que un día me darás para cuidar como pastor y guía.

Señor, que no ocupe mi tiempo en cosas que no llevan a buen fin. Sabes que son muchas las distracciones de este mundo contemporáneo, pero de todas ellas puedo salvarme si procuro ocuparme de Ti.

Hagamos un trato, Señor:
yo me ocupo de Ti
y Tú te ocupas de mí. Amén.

Segunda charla: Fundamentos de la fraternidad presbiteral

Todos los presbíteros, en virtud del sacramento recibido, están unidos como hermanos en una íntima fraternidad sacramental. El trato que se deben unos a otros es, por tanto, un trato entre iguales.

Un consejo entre hermanos, si viene desde la altivez o la superioridad, por muy bueno que sea, producirá aversión en lugar de acogida. La humildad, en cambio, es lo más grande del mundo. De Moisés se dijo que era el hombre más humilde de la tierra, y por eso Dios se fijó en él para realizar grandes cosas. La humildad todo lo puede.

Es bueno pensar, de vez en cuando, en el lema episcopal y pontificio del beato Juan Pablo I (Albino Luciani), cuya sonrisa y sencillez de vida acompañaron un papado brevísimo, pero profundamente significativo, pues era la encarnación de aquello que predicaba: humilitas.

También me gusta recordar y repetirme a mí mismo lo que decía el padre Henry de la Inmaculada, Siervo del Hogar de la Madre, cuando hablaba a jóvenes en retiros espirituales. Los introducía, casi con solemnidad, diciendo: “Tres palabras, solo tres palabras: humildad, humildad y humildad”.

El capítulo 23 del evangelio de Mateo, en sus primeros versículos, nos ayuda a comprender cuál es el trato que Jesús quiere que nos demos unos a otros. Más allá de títulos y distinciones, todos somos hermanos, hijos de un mismo Padre; y aquel que quiera ser el más importante ha de ser el servidor de todos.

De ahí que la verdadera grandeza en la Iglesia la posean aquellos que más sirven o que se distinguen por el servicio desinteresado a los demás.

Pero, ¿acaso deja de ser importante quien realiza una tarea sencilla y casi insignificante? De ningún modo. También es grande aquel que se dedica a las cosas pequeñas, a lo que nadie ve o nadie nota, o que muy pocos reconocen en el momento.

El servicio no tiene escalas: sirve el grande y sirve el pequeño; pero sirve más el humilde, el que se despoja de todo y lo da todo.

Esta mañana, durante el desayuno, se me vino a la mente que un buen sinónimo de vivir es servir. Ambos verbos terminan en ir, que a su vez es también un verbo: ir. La vida es una puesta en camino, es un ir a servir. De modo que vivir es ir a servir allí donde se me necesite.

¿Qué es el vivir sino el servir? Yo sirvo porque estoy enamorado; de lo contrario, esto no sería vida.

Señor, que yo sirva siempre y que no me canse de servir.
Que yo sirva para algo, que yo sirva donde Tú quieras ser servido.
Que encuentre mi mayor alegría y satisfacción en servir con alegría.
Que, sirviendo, sea feliz y haga felices a los demás.

Que no me canse de hacer el bien y de reflejarte a los demás con mis obras y palabras. Que comprenda, de una vez y para siempre, que el sacramento del Orden al cual me has llamado es un sacramento de servicio y de misión, porque debo contribuir a la edificación del Reino de Dios, que es aquí la Iglesia. Amén.

Segunda parte de la segunda charla: La solidaridad sacerdotal

Es el papa Francisco quien, en su carta encíclica Fratelli tutti (nn. 114–117), habla del valor de la solidaridad. Allí sugiere, de algún modo, que se es verdaderamente solidario cuando, ante la adversidad del otro, uno se mantiene sólido y ayuda con solidez y autenticidad, como se espera de un sacerdote y de quienes se preparan para serlo.

Parece que la palabra solidaridad viene de sólido, pero quizá también se acerque —al menos espiritualmente— a solitario. La razón sería que muchas veces se tiene la oportunidad de ser solidario precisamente con aquel que está solitario: el que está solo, en carencia o en dificultad.

Dice el papa Francisco que la solidaridad puede expresarse concretamente en el servicio. Y servir significa, a la vez, cuidar, velar por el otro, preocuparse y ocuparse por el prójimo, por el que está próximo, por el hermano.

La solidaridad no es una generosidad esporádica, sino una lucha constante por erradicar el mal, el pecado, la pobreza y la apatía de tantos hombres y mujeres de este mundo.

El sacerdote debe ser el primero entre los hermanos que sea un “hombre de Dios solidario con su pueblo”, como decía el lema episcopal de aquel querido y recordado obispo auxiliar de Mérida que luego fue obispo de Apure. Y, en efecto, ser hombre de Dios y solidario con su pueblo es un buen propósito de praxis ministerial, pues del sacerdote se espera que refleje a Dios. Y esto solo es posible desde el amor, el servicio, la humildad y la solidaridad.

Hacer buen uso de las cosas materiales es también un signo de solidaridad. No buscar llenarse de bienes materiales manifiesta humildad y desprendimiento, propio de un alma que tiene a Dios.

Yo no tengo nada y, aun así, lo tengo todo. No tengo nada —digo— y no me hace falta nada; y, sin embargo, lo tengo todo y me sobra para dar a los demás.

Últimamente me he propuesto no considerar nada como propio, y de todo lo que se me dé o tenga compartirlo sin mezquindad con los demás, porque “dando se recibe”.

El predicador dijo una frase que para mí fue novedosa: “El que por otro pide, por sí aboga”. Y recordé entonces el caso de don Leoncio, que espera con paciencia que le sean reconocidos y remunerados, ahora en su vejez y enfermedad, los años que dedicó al servicio de los prelados ayacuchanos en tiempos de terror.

El evangelio de Mateo (25, 31–46) habla de la venida de Jesús al final de los tiempos, es decir, del juicio final. Y hay un detalle del relato que días atrás me hacía reflexionar con cierta gracia: el rey separa a unos a su izquierda y a otros a su derecha. A la izquierda quedan los desobedientes y los que no sirvieron; a la derecha, los obedientes y los que supieron servir a Dios en el prójimo pobre y necesitado.

Y pensaba, casi con una sonrisa, que si la Iglesia católica quisiera posicionarse en alguno de esos dos lados, sin duda elegiría la derecha —y no necesariamente hablando en términos políticos… o quizá también—, pues allí están los que aman a los pobres y les sirven con radicalidad, porque en ellos encuentran a Cristo el Señor.

Señor, que yo sea solidario con el solitario; que sea sólido con el que está perdiendo consistencia. Que encuentre más alegría en dar que en recibir. Que mis días sean un constante entregarme por tu Reino, por la liberación de los oprimidos
y por consolar a los tristes con el consuelo con que Tú me consuelas a mí.

Te sirvo pobre e insignificante. Señor, que mi mayor fortaleza seas Tú, y que, así como te tengo en mi vida,
te lleve también a los demás con actos concretos de amor. Señor, que quien me vea, te vea a Ti. Amén.

Tercera charla: La comunión fraterna en el amor apostólico

El sacerdote, antes de ser padre, es hermano: hermano de todos. Lo es de modo especial de sus hermanos presbíteros, con quienes forma una gran familia, una verdadera fraternidad presbiteral.

Sentirse hermanos y vivir unidos nace del amor apostólico, que es aquel amor que brota de la unción y de la misión de Jesucristo. No se trata de un amor meramente sentimental o emotivo, ni centrado en la compatibilidad personal. Estamos llamados a ser hermanos de todos, también de aquellos con quienes las diferencias son evidentes. Lo más importante es que todos apuntamos a un mismo objetivo: todos hemos sido llamados por el mismo Dios.

La lista de los Doce que presenta el evangelio de Marcos (3,13–19) nos recuerda una característica fundamental de toda vocación: el llamado es voluntad divina, no pretensión humana. Los Doce fueron llamados por Jesús para conformar una familia apostólica, en cuyo seno convivían visiones y perspectivas muy distintas acerca del Señor y del Reino que predicaba. Entre los Doce estaba también el traidor, que fue llamado igual que los demás, pero que no quiso seguir verdaderamente al Maestro.

El episodio de la curación de la hemorroísa (Mc 5,21–34) sitúa a Jesús en medio de sus apóstoles y, al mismo tiempo, de algún modo solo, pues ninguno de ellos sabe quién lo ha tocado. Sea por la multitud que lo rodeaba o por la costumbre de estar siempre tan cerca de Él, se revela aquí un peligro: por un lado, la monotonía en la que puede caer el discípulo; por otro, el descuido en la atención al Señor y a la familia en la que Él mismo nos ha insertado.

Más adelante, como haciendo un llamado particular, Jesús resucita a la hija del jefe de la sinagoga haciéndose acompañar solo por Pedro, Santiago y Juan. Esto revela también el misterio de la elección de Dios, pues ninguno de estos tres era mejor o peor que los demás. Dios elige y llama a quienes Él quiere.

Finalmente, el texto de 1 Timoteo (3,1–7) manifiesta con claridad lo que se espera de un hombre llamado por Dios para estar al frente de la comunidad como guía, padre y pastor. Entre las cualidades señaladas destaca la capacidad de hacerse cargo de su propia casa y de saber gobernar a los suyos, para que luego pueda también gobernar la Iglesia de Dios.

De ahí que el presbítero deba vivir en paz, cercanía y fraternidad con sus hermanos presbíteros, para poder después suscitar estos mismos sentimientos en la comunidad parroquial que se le confíe.

Sabemos que esta fraternidad se aprende y se cultiva desde el seminario, cuando se busca compartir con todos y no solamente con un grupo predilecto. A veces uno se refugia en el grupo que lo aplaude todo y le perdona todo, ese pequeño círculo de íntimos en el que uno se siente cómodo y donde parece poder hacer y deshacer según convenga a la propia libertad. Pero eso puede ser peligrosísimo.

Señor Jesús, hazme comprender que voy contigo por el camino de la vida, que eres Tú quien me guía por la senda del bien,
y que contigo camino mejor, acompañado de mis hermanos en la vocación.

Que, al ir contigo, ame como Tú amas, perdone como Tú perdonas
y me entregue a los demás como Tú lo hiciste, Señor.

Que sea bueno con todos, amigable, amable y respetuoso,
y que a todos les manifieste las maravillas de tu amor
con una vida santa, recta e intachable.

Señor, que sepa reconocer mis errores y que pueda levantarme pronto de mis caídas para seguirte siempre en compañía de mis hermanos. Amén.

Cuarta charla: Relaciones, acciones y gestos que se derivan de la fraternidad presbiteral

A la luz de diversos numerales de documentos del Magisterio, vimos que los sacerdotes —y también los seminaristas— deben ser hospitalarios con todos, practicando la beneficencia y la asistencia mutua. Han de preocuparse especialmente por los enfermos, los afligidos, los que están demasiado recargados de trabajo, los asilados, los exiliados y los perseguidos, sean sacerdotes o no.

Los sacerdotes deben unirse gustosa y alegremente incluso para descansar, ayudándose mutuamente en el cultivo de la vida espiritual e intelectual. Asimismo, han de fomentar formas de vida común o algún tipo de comunidad entre ellos, para librarse de los peligros que puede traer la soledad.

Más aún, los presbíteros deben sentirse especialmente obligados con aquellos hermanos que experimentan dificultades. Han de prestarles ayuda oportuna, aconsejarles discretamente cuando sea necesario y manifestar siempre amor fraterno y generosidad hacia quienes tienen o han tenido algún fallo, pidiendo a Dios por ellos y siendo verdaderos hermanos y amigos.

Meditación de la Palabra

Lucas 10, 25–37: El buen samaritano

Lo que dice el texto bíblico en sí

En el texto aparecen dos temas que convergen en un mismo propósito. En primer lugar, la pregunta del legista a Jesús sobre qué debe hacer para salvarse, y la respuesta del Señor que remite al mandamiento de amar a Dios, al prójimo y a uno mismo. Este es el gran mandamiento.

En segundo lugar, aparece la parábola del buen samaritano, que responde a la pregunta del legista acerca de quién es su prójimo. Jesús, sin embargo, no responde directamente quién es el prójimo, sino cómo hacerse prójimo, es decir, cómo volverse cercano a los demás.

El sacerdote y el levita evitan practicar el amor con el hombre herido, mientras que el samaritano —considerado hereje y extranjero— actúa de manera ejemplar. Él se hace prójimo de aquel hombre que, al bajar de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos ladrones y fue dejado medio muerto.

Lo que me dice el texto bíblico

Hay circunstancias en las que quienes parecen estar más cerca de Dios no actúan como tales. En la parábola, el comportamiento del sacerdote y del levita refleja la crítica de Jesús a la hipocresía de quienes tienen autoridad religiosa.

El Señor conoce los corazones y sabe que muchas veces quienes imponen cargas a los demás no son capaces de moverlas ni siquiera con un dedo.

Existe una gran tentación: hablar mucho de Dios, pero hablar poco con Dios. Es fácil decir a los demás lo que deben hacer y esperar obediencia total, mientras uno mismo no cumple lo que sabe que Dios manda.

¿Cómo predicar el amor si no amo? ¿Cómo hablar de los pobres si no los vemos, no los buscamos y no los ayudamos?

El samaritano se encontró con el pobre en el camino. Nosotros también encontramos muchos oprimidos en la vida. Y entonces se nos plantea la misma decisión: o ayudar como el buen samaritano, o pasar de largo como el sacerdote y el levita, de quienes se esperaba mayor compromiso.

Lo que yo le digo al Señor en respuesta a su Palabra

Señor, que vea. Que no cierre mis ojos ante la evidente necesidad que hay en el mundo.

Que no me conforme con estar bien y sentirme bien, olvidándome de los demás, de los hermanos que me has confiado.

Esta parábola siempre debe decirme algo nuevo, aunque en el fondo repita lo que ya has sembrado en mi conciencia: el amor al prójimo y la necesidad de hacerme prójimo del pobre.

Sin importar el qué dirán, y valiéndome de lo poco o de lo mucho que tenga, quiero entregarme al servicio de todos, sin excluir a nadie, haciendo una opción preferencial por los pobres y oprimidos, porque allí estás Tú, Señor Jesús.

Lo que el Señor me pide mejorar

Señor, Tú me pides que te ayude, pero reconozco que tengo un corazón egoísta, mezquino, apático y perezoso.

Me pides transformar mi corazón para que sea manso y humilde como el tuyo. Me pides afinar mi mirada para discernir los signos de los tiempos y responder en cada momento como Tú responderías: con amor, paciencia y rectitud de intención.

Me pides, como al samaritano, darlo todo por salvar la vida de los demás. Comprometerme de verdad, con alma, vida y corazón.

Me pides hacerme cargo de mis hermanos con caridad y perseverancia. Y, sobre todo, que no pase de largo ante las miserias que veo, sino que me detenga para ayudar, para servir y para ser instrumento de tu paz. Amén.

Cuarta charla – segunda parte

La caridad pastoral del presbítero

La caridad pastoral es lo que caracteriza especialmente al sacerdote diocesano. Él está llamado a vivir con el corazón de Cristo, el Buen Pastor, alimentándose de la Palabra de Dios y de la Eucaristía para alcanzar una profunda unión con Cristo.

Desde esta unión nace el amor a la Iglesia, Esposa de Cristo, y el deseo de servirla mejor.

Esta caridad pastoral tiene varias implicaciones concretas:

  • la unificación de la persona y la vida del sacerdote,
  • la donación total de sí mismo,
  • la comunión eclesial,
  • y la vivencia del celibato.

Meditación de la Palabra

Marcos 6, 30–44

Lo que dice el texto bíblico en sí

Marcos narra la primera multiplicación de los panes.
Los discípulos cuentan a Jesús lo que han hecho y enseñado.
Jesús los invita a descansar un poco. Se encuentran en un lugar descampado y una gran multitud los sigue.

Movido por la compasión, Jesús atiende a la gente y les enseña muchas cosas.

Los discípulos sugieren despedir a la multitud. Jesús les dice: “Denles ustedes de comer”.

Solo tienen cinco panes y dos peces.

Jesús manda que la gente se siente en grupos, toma los panes y los peces, pronuncia la bendición, los parte y los da a los discípulos para que los repartan. Todos comen hasta saciarse. Se recogen doce canastos de sobras. Habían comido cinco mil hombres.

Lo que me dice el texto bíblico

Yo soy discípulo del Señor.

Estoy llamado a hacer y enseñar, a estar a solas con Él, a atender con compasión a quienes acuden en busca de Dios y a darles el pan del cielo: la Eucaristía.

Estoy llamado a ser administrador de las cosas santas y testigo de los milagros de Dios.

Lo que yo le digo al Señor

Señor, yo creo en tus milagros. Creo que realmente diste de comer a cinco mil hombres.

Creo que Tú te das al mundo por medio de tus apóstoles.
Creo que haces y enseñas muchas cosas buenas, santas y necesarias para la vida de los hombres.

Quiero ser uno de tus discípulos. Envíame a dar de comer a los hambrientos.

Quiero llevar tu Palabra y tu Cuerpo y tu Sangre, para dar el alimento que otorga la vida eterna.

Lo que el Señor me pide mejorar

Como los apóstoles, a veces me aconsejo a mí mismo despedir a la gente y que se arreglen como puedan, aun cuando están en gran necesidad.

Pero si estoy con Dios, no puedo despedir a nadie con las manos vacías.

Si estoy con Dios, puedo ser instrumento de sus milagros.
Puedo ser alivio para quienes sufren.

Solo necesito más fe.

Debo creer más en la persona de Jesús que me ha llamado y que me pide atender a las multitudes que lo buscan.

Porque buscan a Dios, no me buscan a mí.

Yo solo soy instrumento —o quizá estorbo— para llevar a los hombres a Dios.

Debo renovar constantemente la presencia de Dios en mi vida, para que no olvide nunca que:

Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?

Meditación de la Palabra

1 Pedro 5, 1–5

Lo que dice el texto bíblico en sí

San Pedro exhorta a los presbíteros a apacentar la grey de Dios, vigilando voluntariamente según Dios.

No movidos por ganancias, sino con entrega sincera.

No tiranizando a los pequeños, sino siendo ejemplo para el rebaño.

A los jóvenes les pide sumisión a los presbíteros, y a todos los exhorta a revestirse de humildad.

Lo que me dice el texto bíblico

Estoy llamado, como san Pedro, a ser presbítero.

Es decir, anciano responsable de la comunidad, encargado de cuidar la grey de Dios.

Y esto es importante: el rebaño es de Dios, no mío.

Yo solo soy colaborador de Dios y a Él le rendiré cuentas.

No deben moverme las ganancias materiales ni de ningún otro tipo. Debe moverme únicamente el corazón tocado y transformado por Dios.

Debo cuidarme de no tiranizar a los pequeños ni escandalizarlos.

Estoy llamado a ser ejemplo, incluso cuando yo mismo experimente mis propias debilidades.

La grey de Dios pone sus ojos en el sacerdote para encontrar en él un reflejo de Dios.

Hace poco, conversando con un hermano del seminario sobre la formación en este último año, yo decía que debemos ser ejemplo para los más jóvenes. Pero él no estaba de acuerdo: piensa que cada uno debe vivir su vida sin preocuparse por lo que digan los demás. Yo creo que se equivoca, y esta palabra de Dios confirma la razón.

Lo que yo le digo al Señor

Te doy gracias, Señor, por haberme llamado, a mí, el más indigno de tus elegidos.

Aunque el día tan esperado se acerca, sigo sintiéndome indigno.
Por eso, Señor, solo puedo darte gracias.

Gracias también porque me confías a tus hijos, a tu rebaño, a tu pueblo santo y fiel.

Me encomiendas tu Iglesia, a los hombres y mujeres de este mundo.

Dame valentía para aceptar tu llamado, para decirte siempre que sí, para correr todos los riesgos con tal de ganar almas para el cielo.

Dame la gracia de perseverar hasta el final y de serte fiel incluso en el pensamiento.

Y al leer tu Palabra vuelvo a encontrarme con el tema de la humildad.

Sufro por no ser humilde, y cada día intento serlo más, para poder servirte mejor.

Porque Tú, Señor, rechazas el corazón soberbio.

Lo que el Señor me pide mejorar

Señor, me pides preparar mi corazón y mi humanidad para la misión que me confías.

Me pides mejorar mi manera de ser.

Me pides escuchar más y hablar menos.

Me pides fijarme más en los demás que en mí mismo.

Me pides ser generoso, disponible y siempre dispuesto al servicio.

Aunque el trabajador tiene derecho a su salario, Tú me llamas a hacerlo todo por amor, sin esperar recompensas.

Porque primero es el Reino de Dios y su justicia.

Tú me pides generosidad total, y yo te suplico valentía y pureza de intención para vivir así.

También me pides mejorar en mi modo de ser, para comportarme como un verdadero hijo tuyo y llevar con dignidad el nombre de cristiano.

Que mi vida sea imagen y reflejo del Dios que me ha creado y me ha llamado.

Y de toda esta meditación, como diría el padre Henry de la Inmaculada, Siervo del Hogar de la Madre: tres palabras, solo tres palabras: humildad, humildad y humildad. Amén.

Quinta charla: El corazón de padre y servidor fiel

La figura que encarna esta paternidad y este servicio es el casto san José, patrono de la Iglesia universal y patrono de los seminarios.

Los Evangelios no recogen ni una sola palabra de san José. No era un hombre famoso, no buscaba impactar ni hacerse notar. Su grandeza estuvo precisamente en su silencio, en su fidelidad y en su servicio oculto.

El sacerdote, como san José, está llamado a generar y regenerar la vida cada día, porque verdaderamente padre es aquel que se hace cargo de la vida que nace. Todo el que se hace responsable de la vida del otro ejerce una paternidad respecto de él.

El mundo necesita padres, no amos.

Dios me está formando como padre, no como amo, ni como dueño, ni como señor tirano o autoritario. Un padre es un modelo a imitar.

San José es el icono ejemplar de la acogida de los proyectos de Dios: una acogida activa, sin renuncias ni rendiciones. En él no hay resignación pasiva, sino protagonismo valiente y fuerte.

El Señor quiere formar el corazón de aquellos a quienes ha llamado. Dios quiere formar mi corazón para que sea capaz de amar con el mismo amor con que Él amó a su pueblo.

San José es el hombre con vocación de servicio. Solo cuando un amor es casto es un verdadero amor, recuerda el papa Francisco. De esta manera, el celibato sacerdotal es una entrega generosa a un amor incluyente, en cuyo corazón caben todos, un amor que sirve a todos y no excluye a nadie.

El centro de la vida de José fue Jesús y María. Por eso yo quiero ser otro José, porque quiero vivir y morir amando a Jesús y a María.

Meditación de la Palabra

Mateo 11, 25–30

Lo que dice el texto bíblico en sí

En estos versículos aparecen dos temáticas claramente marcadas.

La primera, en los versículos 25 al 27, muestra a Jesús alabando al Padre porque ha revelado el Evangelio a los sencillos, es decir, a los pobres. Jesús declara que el Padre le ha entregado todo y que solo el Hijo conoce verdaderamente al Padre, y que al Padre se llega a través del Hijo, nuestro Señor Jesucristo, como tantas veces escuchamos al final de las oraciones de la misa.

La segunda parte, en los versículos 28 al 30, presenta a Jesús como maestro bondadoso. Él invita a todos los que están cansados y agobiados a acudir a Él para encontrar descanso.

Jesús invita a tomar su yugo, es decir, su ley, y a aprender de Él, constituyéndose así como maestro. Él es manso y humilde de corazón, es decir, pobre.

El yugo del Señor es suave y ligero. Su ley, lejos de ser una carga insoportable, da alegría y descanso al alma.

Lo que me dice el texto bíblico

En primer lugar, este texto refuerza la conciencia de que el Evangelio no es cosa de sabios y entendidos según los criterios del mundo. No es para quienes se creen poderosos, sino para los sencillos y los pobres.

Así se cumple la profecía de Isaías: “El Señor me ha enviado para anunciar la buena nueva a los pobres”.

Jesús revela también que al Padre se llega a través de Él, que es el único mediador entre Dios y los hombres: verdadero Dios y verdadero hombre.

Me gusta detenerme a meditar cada vez que en la misa escucho la conclusión de muchas oraciones colectas: “Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que contigo vive y reina en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos”, porque la oración se eleva al Padre por medio del Hijo.

Recuerdo también una ocasión en la que oré con unos misioneros mormones. Aunque no comparten plenamente nuestra fe cristiana, me llamó la atención que terminaran su oración diciendo:
“Padre, todo esto te lo pedimos en el nombre de Jesús, tu Hijo”.

La invitación de Jesús es hermosa: es una llamada a la paz, a la serenidad y al descanso. En Él encontramos alivio porque su yugo es llevadero.

Su propuesta de vida es posible, aunque sea exigente, porque el amor todo lo puede y todo lo perdona.

La mansedumbre y la humildad de corazón de Jesús, que pueden entenderse como su pobreza radical, son el ejemplo que Él mismo propone para que aprendamos de Él.

Solo Jesús puede decir con autoridad: “Aprendan de mí”, “Síganme”, “Sean como yo”. Esto solo puede hacerlo Dios. Y Jesús es Dios y hombre verdadero.

La libertad, la alegría y la paz de Jesús están en su pobreza.

De este modo, las dos partes del texto tienen la pobreza como centro y fundamento: primero, porque el Evangelio se revela a los pobres; y segundo, porque Jesús, pobre y humilde, nos invita a ser como Él.

Lo que yo le digo al Señor en respuesta a su Palabra

Señor, me has mirado a los ojos y, sonriendo, has dicho mi nombre, como canta la piedad popular. Eso creo y eso espero.

Espero también ser sencillo y pobre para que tu Evangelio cale profundamente en mí. Porque si me lleno de cosas, ya no habrá espacio para Dios.

Ojalá esté lleno solo de Dios.

En mi devoción a tu Sacratísimo Corazón, me detengo muchas veces a repetir aquella jaculatoria tan piadosa y tan bíblica:

Jesús, manso y humilde de corazón, haz mi corazón semejante al tuyo”.

Eso es lo que espero y lo que repito cada día: que mi corazón se configure cada vez más con el tuyo, Señor.

Que sea un corazón sencillo para acoger a los sencillos,
y un corazón manso del que broten solo sentimientos buenos, traducidos en obras concretas de amor hacia los demás.

Señor, quiero ser manso y pobre como tú. Quiero dejarme conducir por ti a donde quieras llevarme.

No quiero tener planes propios: solo deseo aquello que tú pongas en mi corazón. Amén.

Lo que el Señor me pide mejorar

Qué alegría sentirme interpelado por la Palabra de Dios. Ella es como una espada de doble filo que atraviesa mi alma, que me mueve por dentro y me invita a levantarme y seguir adelante.

Señor, me pides mejorar muchas cosas. Con esta meditación siembras en mi corazón el deseo de parecerme cada vez más a ti.

Me invitas a dejar de lado mis pensamientos limitados y a hacer espacio para que tu voluntad se realice en mí.

Me pides un corazón como el tuyo.

Me pides ir a ti, descansar en ti y permanecer atento a tus enseñanzas.

Me pides dedicar más tiempo a tu presencia, estar más de rodillas en silencio que de pie hablando.

Eso es lo que me pides, y eso es lo que quiero darte.

Dame la gracia de darte lo que me pides, y pídeme lo que quieras. Amén.

Quinta charla, segunda parte: la atención a los pobres y enfermos

El Evangelio de Marcos es abundante en citas que manifiestan la actitud de Jesús hacia los pobres. Por ellos vino, a ellos dedicó más tiempo y ellos fueron su prioridad pastoral. Jesús busca erradicar el mal al acercarse a los pobres y, movido por la misericordia, soluciona sus problemas.

Jesús mismo encargó a los apóstoles sanar a los enfermos y atender a los pobres; esto es parte esencial de la misión. A Jesús le interesa sanar el cuerpo y también el alma, pues la liberación que trae es integral.

Si a todo cristiano se le pide favorecer a los pobres, mayor aún es la prioridad que deben dar a esto los presbíteros, pues ellos encarnan a Cristo, que fue el primero en optar preferencialmente por los pobres. De la manera en que actúe y se comporte un sacerdote en relación con los pobres, así lo hará también su comunidad parroquial, pues él enseña y señala con su ejemplo las prioridades de su ministerio.

El sacerdote está llamado a poner en práctica todas las iniciativas en favor de los pobres y de los enfermos. Las parroquias han de convertirse en verdaderos oasis donde puedan acudir los más necesitados y recibir consuelo y lo necesario para seguir adelante. No se puede concebir un sacerdocio íntegro y santo si no se dedica tiempo a la visita de los enfermos.

Meditación de la Palabra: Marcos 1, 40-45

Lo que dice el texto bíblico en sí

Curación de un leproso. Jesús, caminando y predicando por los pueblos y aldeas de Galilea, es encontrado por un leproso que, de rodillas, le pide su sanación. Jesús, compadecido, lo toca y lo cura. Luego lo despide prohibiéndole hablar del hecho, indicándole únicamente que se presente ante el sacerdote y ofrezca lo prescrito por la Ley.

Sin embargo, el hombre no obedece y proclama entusiasmado aquel milagro. Como consecuencia, Jesús ya no puede entrar abiertamente en los pueblos, sino que permanece en lugares solitarios, aunque de todas partes acudían a él.

Lo que me dice el texto bíblico

Jesús es un profeta itinerante: no se queda quieto, sino que va de pueblo en pueblo predicando, sanando, haciendo milagros y enseñando constantemente.

El leproso representa a todo aquel que necesita de Dios, que carga con un estigma ante la sociedad, que es marginado, pobre, desechado y tenido por menos. Él reconoce su mal y pide con humildad a Jesús la sanación. Sus palabras no son altivas, sino sugerentes, como buscando despertar la compasión del Señor: “Si quieres, puedes curarme”. Manifiesta su deseo, pero se abandona a la voluntad de Dios.

Jesús, lleno de compasión, no se limita a pronunciar unas palabras: alarga la mano, lo toca y lo sana, manifestando su voluntad: “Quiero, queda limpio”. El milagro es inmediato.

Jesús sabe que, si se difunde la noticia, muchos enfermos vendrán a él. Por eso, por un lado, ordena guardar silencio, pero por otro quiere que el hecho sirva de testimonio ante el sacerdote. Aquella prohibición revela también la tensión que provoca la irrupción del Reino de Dios.

El leproso, movido por un gran entusiasmo y consciente de lo que le ha sucedido, no puede callar y proclama la buena noticia por todas partes. Es imposible encontrarse con Jesús y no anunciarlo; es imposible recibir un milagro de Dios y no dar testimonio.

El leproso se convierte así en uno de los primeros evangelizadores. Él experimentó en carne propia la grandeza de Dios y la opción preferencial de Jesús por los pobres y los enfermos. Jesús, por su parte, continúa su ministerio desde lugares apartados, en las afueras de los poblados, a donde acuden aquellos que realmente desean conocerlo y estar con él.

Lo que yo le digo al Señor en respuesta a su Palabra

Señor, como el leproso yo también necesito de ti. Sáname, si quieres, y quedaré limpio para proclamar tu misericordia.

Pero tú, Señor, como al leproso, ya me has tocado el alma y me has sanado de todo mal. Por eso te doy gracias y quiero proclamarlo con valentía.

También yo quiero sanar la lepra de los marginados de este mundo. Quiero extender mi mano para ayudar a todo aquel que me necesite, sin asco, sin temor, con prontitud y compasión.

Señor, que yo obre los milagros que tú deseas. Amén.

Lo que el Señor me pide mejorar

Señor, me pides más compasión y atención hacia los que sufren.
Me pides extender mi mano al necesitado. Me pides mayor empatía con todos, sin dejarme llevar por prejuicios o suposiciones.

Me pides pureza en la mirada y prontitud en el actuar. Me pides valentía y audacia para hacer el bien. Me pides querer siempre el bien de los demás y procurarlo por todos los medios.

Me pides desafiar lo políticamente correcto cuando se trata de obrar la caridad. Amén.

Meditación de la Palabra: Marcos 12, 41-44

Lo que dice el texto bíblico en sí

Jesús está sentado frente al arca del Templo, donde se recibían las ofrendas, y observa cómo la gente deposita sus monedas en el cepillo. Muchos ricos echaban grandes cantidades, pero era de lo que les sobraba.

En cambio, una viuda pobre echó dos moneditas, las de más bajo valor, que representaban todo lo que tenía para vivir. Jesús alaba su gesto y afirma que ella ha dado más que todos los demás.

Lo que me dice el texto bíblico

El tema de la ofrenda es profundamente bíblico y cristiano. En este tiempo de Cuaresma se nos recuerda especialmente la práctica del ayuno, la oración y la limosna.

La viuda pobre quiere también colaborar con Dios y deja sus pequeñas monedas en el tesoro del Templo. Jesús observa que muchos ricos dan mucho, pero dan mal, porque entregan solo lo que les sobra. Dan por obligación, o para ser vistos, pero no de corazón.

Si los ricos dieran de corazón, la historia sería distinta.

La viuda, en cambio, es mujer, pobre, vulnerable, sin protección; y aun así lo da todo. Su generosidad es inmensa. Confía en la providencia divina, se abandona en las manos de Dios y vive de fe, esperanza y caridad.

La viuda posee una gran riqueza espiritual, mientras que los ricos revelan una profunda pobreza de alma.

Lo que yo le digo al Señor en respuesta a su Palabra

Señor, no soy rico, pero a veces busco riquezas.
No tengo nada, pero a veces intento llenarme de cosas tal vez innecesarias.

Tampoco soy una viuda pobre, pues tengo mis seguridades: mi familia, mi Iglesia particular, mis amistades. Ellos me sostienen en las necesidades materiales.

Pero, como esa viuda, quiero confiar plenamente en ti.
Quiero darlo todo, darme por entero.

Sin fijarme en cuánto dan los demás, quiero ser el primero en ofrendar mi vida por tu Reino, por la edificación de la Iglesia y por la salvación de las almas.

Lo que el Señor me pide mejorar

El Señor me pide revisar mi mezquindad a la hora de dar.
Me pide reconocer y admirar la grandeza de las cosas pequeñas.

Me pide no menospreciar a los demás, por más pequeños que parezcan.
Me pide estar atento a lo que otros hacen por construir un mundo mejor.

Y así me invita a involucrarme con valentía en todo lo que se refiere a la caridad pastoral. Amén.

Quinta charla, tercera parte: la prioridad de la familia y los jóvenes

El sacerdote procura, en su ministerio pastoral, la evangelización de la familia. Esto se realiza a través del discernimiento de la vocación conyugal, el acompañamiento y sostenimiento de las familias, la ayuda en la educación de los hijos, la atención a las personas divorciadas, el acompañamiento de los solteros y de los viudos, así como el cuidado pastoral de las personas con tendencia homosexual.

De igual manera, el tiempo dedicado a la pastoral juvenil y vocacional es muy valioso, pues permite tener presencia en medio de los jóvenes mediante la asesoría pastoral, el acompañamiento y la dirección espiritual. También es importante la celebración de la liturgia con los jóvenes y el impulso de la pastoral vocacional.

Meditación de la Palabra: Colosenses 3, 12-21

Lo que dice el texto bíblico en sí

San Pablo exhorta a los creyentes a vivir como elegidos de Dios, revestidos de virtudes como la misericordia, la bondad, la humildad, la mansedumbre y la paciencia, dando una clara preeminencia al perdón mutuo.

El amor aparece como el vínculo perfecto, el broche de la perfección, y se invita a que la paz de Cristo reine en los corazones, acompañada de una profunda actitud de gratitud. Asimismo, se exhorta a que la Palabra de Cristo habite abundantemente en los creyentes, manifestándose en salmos, himnos y cantos espirituales, haciendo todo en el nombre del Señor.

Finalmente, el Apóstol introduce una serie de preceptos particulares de moral familiar. Comienza con las mujeres, a quienes pide estar sujetas a sus maridos; luego se dirige a los maridos, exhortándolos a amar a sus mujeres y a no tratarlas con aspereza. Por último, pide a los hijos obedecer a sus padres y exhorta a los padres a no exasperar a sus hijos.

Lo que me dice el texto bíblico

Como se mencionó en la charla, la atención pastoral que los sacerdotes deben prestar a las familias y a los jóvenes es de vital importancia para que la Iglesia crezca y se desarrolle conforme al querer de Dios.

Por eso san Pablo ofrece con detenimiento una serie de consejos que, si fueran vividos en los ambientes familiares y sociales, evitarían muchos conflictos y divisiones entre nosotros.

La gratitud hacia Dios me parece crucial para que el alma se llene de un santo temor que la lleve a responder con generosidad por los bienes que gratuitamente ha recibido del Padre celestial.

Cuando el texto afirma que el amor es el broche de la perfección, recuerdo mi época en el seminario menor, donde se nos inculcaba que la virtud reina de la casa era la caridad, porque “Ubi caritas et amor, Deus ibi est” —donde hay caridad y amor, allí está Dios—.

Finalmente, en el ámbito familiar todos tienen compromisos que cumplir: el esposo con su esposa, la esposa con su esposo, los padres con los hijos y los hijos con los padres. La familia no está formada solo por los adultos, sino también por los hijos, quienes igualmente contribuyen a modelarla. De este modo, todos, pequeños y grandes, tenemos responsabilidades, y en nuestras manos está la serenidad y la buena convivencia de nuestras familias.

Lo que yo le digo al Señor en respuesta a su Palabra

Señor, haz que valore cada vez más el don de la familia.
Que cada vez que tenga la oportunidad pueda aprender del ambiente familiar, para así poder aconsejar mejor en el futuro.

Que predique siempre el valor de la familia, que aprecie los matrimonios y que procure orientar a las jóvenes parejas hacia la bendición del sacramento del matrimonio, que es un sacramento de servicio y constituye la célula fundamental de la sociedad.

Lo que el Señor me pide mejorar

El Señor me pide un convencimiento más profundo de que a Dios también se le encuentra en los ambientes familiares: en el amor conyugal, en medio de los jóvenes, de los niños, de los solteros y de todo aquel que necesita cercanía y acompañamiento.

Que en mi corazón sacerdotal en formación haya siempre espacio para la familia, para amar y comprender mejor esta vocación divina, la más común de todas, la base de la Iglesia y la célula de la sociedad. Amén.

Sexta charla: el cuidado de las personas consagradas

El sacerdote diocesano debe preocuparse por la vida religiosa en la Iglesia, procurando un profundo respeto hacia las personas consagradas. Esto implica también el cuidado de las vocaciones religiosas, la disponibilidad para el sacramento de la reconciliación, la dirección o acompañamiento espiritual y la atención pastoral de las comunidades religiosas.

Para ello, es necesario conocer los distintos ámbitos de la vida consagrada: la vida apostólica o activa, la vida contemplativa, la consagración secular y la consagración virginal.

De todos ellos el sacerdote está llamado a ser padre y pastor, acogiéndolos, comprendiéndolos y atendiéndolos con especial solicitud.

Meditación de la Palabra: Colosenses 1, 24 – 2, 5

Lo que dice el texto bíblico en sí

San Pablo expresa su alegría por los sufrimientos que padece por el bien de la Iglesia, pues afirma que completa en su carne lo que falta a los padecimientos de Cristo por su Cuerpo, que es la Iglesia. El Apóstol se presenta como servidor de este misterio, que durante siglos estuvo oculto y ahora ha sido revelado a los santos: Cristo en medio de ustedes, esperanza de la gloria.

Pablo anuncia, amonesta y enseña a todos para presentarlos perfectos en Cristo. Por esta misión trabaja y lucha con la fuerza que Dios le concede.

Seguidamente manifiesta su preocupación pastoral por las comunidades, aun por aquellas que no lo han visto personalmente, deseando que sus corazones sean consolados y que permanezcan unidos en el amor, alcanzando la riqueza de la plena comprensión del misterio de Dios, que es Cristo. En él están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento. Finalmente, exhorta a los creyentes a mantenerse firmes en Cristo, viviendo ordenadamente y perseverando en la fe.

Lo que me dice el texto bíblico

San Pablo muestra un profundo amor por la Iglesia, hasta el punto de alegrarse por sufrir por ella. Esto me recuerda que el servicio en la Iglesia no es solo una tarea, sino una entrega total de la vida.

El Apóstol habla del misterio de Cristo que habita en medio de nosotros. Esa presencia es la esperanza de la gloria, el fundamento de toda vocación y de todo apostolado. La vida consagrada existe precisamente para recordar al mundo que Cristo es el centro y que vale la pena entregarle la vida entera.

También me llama la atención la preocupación pastoral de san Pablo por las comunidades, incluso por aquellas que no conoce directamente. Esto me enseña que el amor pastoral no se limita a un círculo pequeño, sino que se abre a toda la Iglesia.

Por eso, el sacerdote está llamado a amar también a las personas consagradas, acompañarlas, alentarlas y sostenerlas en su misión, reconociendo que ellas, con su vida entregada a Dios, son un signo vivo del Reino de los Cielos.

Lo que yo le digo al Señor en respuesta a su Palabra

Señor, gracias por el don de la vida consagrada en tu Iglesia. Gracias por tantos hombres y mujeres que han entregado su vida por amor a ti y al servicio de los demás.

Haz que yo sepa valorar profundamente su vocación y que, cuando llegue el momento, pueda acompañarlos como un verdadero padre y pastor. Dame un corazón abierto para escuchar, comprender y sostener a quienes han consagrado su vida a ti.

Que nunca mire con indiferencia o distancia a las personas consagradas, sino que sepa reconocer en ellas un testimonio vivo de tu presencia en el mundo.

Lo que el Señor me pide mejorar

El Señor me pide crecer en el amor a la Iglesia y en el respeto hacia todas las vocaciones que existen en ella.

Me pide aprender a valorar la vida consagrada, comprender su misión y acompañar con delicadeza y prudencia a quienes viven esta vocación. También me pide cultivar un corazón pastoral más amplio, capaz de alegrarse por el bien que otros hacen en su nombre.

Me pide, además, estar dispuesto a ofrecer mi vida por la Iglesia, incluso en el sacrificio y en las dificultades, recordando siempre que Cristo es el centro de todo y que en él están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento. Amén.