jueves, 9 de abril de 2026

Los pobres son primero. Rafael López Aliaga

“DERECHA CRISTIANA”

A lo largo de sus 103 páginas, Derecha cristiana. Los pobres son primero, libro publicado por el candidato presidencial Rafael López Aliaga en coautoría con Ángelo Ramos Aguirre, los autores articulan una reflexión sobre la pobreza que no aparece como tema aislado, sino transversal a su propuesta filosófica, política y económica. Desde sus fundamentos en la política de Aristóteles hasta la influencia explícita de Rerum Novarum, el texto construye una noción del pobre, vinculada al orden moral, el bien común y la dignidad humana.

En este marco, la pobreza es presentada simultáneamente como consecuencia de desajustes éticos, fallas institucionales (como la corrupción) y limitaciones estructurales del desarrollo, pero también como un criterio prioritario para la acción pública bajo el principio de subsidiariedad y la “opción preferente por los más vulnerables”. Así, el libro no solo busca definir qué es la pobreza, sino situarla en el centro de su proyecto de “derecha cristiana”, en tensión tanto con el igualitarismo de izquierda como con el individualismo liberal.

Veamos, a continuación, una selección de párrafos en los que López Aliaga y Ramos Aguirre, hacen referencia al tema de los pobres y la pobreza y cómo lo conceptualizan según sus matices en contexto.

1. La pobreza como problema moral y estructural (no solo económico).

En la página 17 aparece una clave conceptual fuerte: la crítica simultánea a la “pobreza forzada” y a la acumulación ilimitada. Aquí la pobreza no es vista como algo inevitable, sino como resultado de desórdenes éticos (cuando el dinero se vuelve fin en sí mismo), y de una economía desvinculada del bien común. Esto sitúa la pobreza dentro de un marco moral clásico (aristotélico): no es solo falta de ingresos, sino síntoma de una sociedad mal ordenada.

Es pertinente aquí recordar la célebre afirmación de Papa Francisco, quien definió la política como “la forma más alta y más grande de la caridad”, una idea que revaloriza la acción pública como servicio al bien común y, en particular, a los más necesitados. A la luz de esta concepción, puede interpretarse que la propuesta desarrollada en Derecha cristiana. Los pobres son primero —y la propia incursión política de Rafael López Aliaga en los últimos años— busca inscribirse en esa tradición, en la que la gestión del Estado no se concibe únicamente como ejercicio de poder o administración técnica, sino como una forma de responsabilidad moral orientada a la atención de los sectores más vulnerables.

2. El pobre como sujeto de responsabilidad indirecta del Estado.

En la página 24 (subsidiariedad), el texto introduce una idea importante: El Estado no debe reemplazar a la sociedad civil, pero sí mantiene responsabilidad frente a la pobreza, informalidad y exclusión. Aquí el pobre no es concebido como completamente autónomo ni completamente dependiente, sino como alguien que debe ser apoyado cuando no puede valerse por sí mismo, pero sin caer en asistencialismo total. Esto encaja con la tradición de la doctrina social cristiana.

El principio de subsidiariedad es desarrollado en el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, particularmente en sus numerales 185 y 186 y siguientes, donde se presenta como una de las ideas centrales de esta tradición. Según este enfoque, la dignidad de la persona se protege y promueve fortaleciendo las instancias más cercanas a ella —como la familia, las asociaciones y las comunidades locales—, que constituyen el tejido vivo de la sociedad civil.

En virtud de este principio, las estructuras de orden superior, especialmente el Estado, están llamadas a ayudar, apoyar y promover a las instancias menores, pero sin sustituirlas ni absorber sus funciones. En consecuencia, resulta injusto privar a los individuos o a las comunidades de aquello que pueden realizar por sí mismos para transferirlo a niveles superiores, ya que ello debilita su autonomía, limita su desarrollo y afecta su dignidad.

3. La pobreza como objetivo a reducir mediante crecimiento “ético”.

En la página 42, la pobreza aparece como una situación que debe reducirse a través de empleo digno, ventajas comparativas y desarrollo económico. Pero con un matiz clave: esto no es solo eficiencia económica, sino una “obligación moral”. El pobre aquí es: beneficiario del crecimiento, especialmente si pertenece a “sectores vulnerables”.

Los autores así lo expresan: “Desarrollar ventajas comparativas no es solo una estrategia económica, sino una obligación moral: permitir que una nación genere empleo digno, reduzca la pobreza estructural y ofrezca oportunidades reales de progreso, especialmente a los sectores más vulnerables.”

La pobreza estructural no se entiende únicamente como falta de ingresos, sino como una situación persistente de privación originada por condiciones sociales, institucionales y morales que impiden el desarrollo integral de la persona. Desde esta perspectiva, la pobreza es “estructural” porque no depende solo de decisiones individuales, sino de un conjunto de condiciones que reproducen la desventaja en el tiempo. Sin embargo, a diferencia de enfoques más cercanos a la izquierda, la derecha cristiana no atribuye esta estructura principalmente al mercado en sí, sino a fallas éticas (corrupción, pérdida del sentido del bien común), distorsiones institucionales, y políticas inadecuadas (ya sea estatismo excesivo o liberalismo sin límites).

4. Crítica a la izquierda: el pobre como instrumento político.

En las páginas 43–44, el texto introduce una crítica ideológica, acusa a la izquierda de no querer “elevar a los más pobres”, sino de “nivelar hacia abajo”. Aquí el pobre aparece como una figura que puede ser utilizada discursivamente, y cuya situación no necesariamente mejora bajo políticas igualitaristas. Esto revela un uso polémico del concepto: el pobre también es un campo de disputa ideológica.

Se sabe que la izquierda utiliza a los pobres como instrumento político principalmente a través del discurso emocional, la promesa de soluciones fáciles y la construcción de antagonismos sociales.

En primer lugar, la izquierda presenta a “el pueblo” como una unidad homogénea y apela constantemente a emociones —amor, indignación, esperanza— para movilizar apoyo, prometiendo cambios radicales y un país ideal sin explicar cómo se lograrán. En este proceso, los pobres y la clase trabajadora son colocados en el centro del discurso, pero más como recurso retórico que como sujetos de desarrollo real.

En segundo lugar, la izquierda exagera o distorsiona los problemas sociales y atribuye la responsabilidad a grupos específicos, especialmente empresarios, fomentando la división de clases. De este modo, los pobres son presentados como víctimas de un sistema injusto, lo que facilita su adhesión política.

Asimismo, se afirma que, una vez en el poder, estos gobiernos recurren a medidas inmediatas y poco sostenibles (como la emisión de dinero o la redistribución directa), que generan dependencia en lugar de soluciones estructurales, manteniendo a la población en situación de vulnerabilidad.

Finalmente, es evidente que existe una incoherencia entre el discurso y la práctica: mientras se critica la riqueza y se habla en nombre de los pobres, los líderes acumulan poder y recursos, lo que refuerza la idea de que los pobres son utilizados como medio para alcanzar y conservar el poder, más que como un fin en sí mismo.

5. El pobre como principal víctima de la corrupción.

En la página 45 se formula una de las ideas más concretas, la corrupción afecta “de manera directa y cruel a los más pobres”. Se da una cadena causal: clara corrupción, luego falta de servicios, finalmente perjuicio directo al pobre. Aquí el pobre es el más vulnerable frente a fallas del Estado, quien sufre consecuencias materiales inmediatas (falta de hospitales, escuelas, etc.).

Esta lectura puede vincularse con lo planteado en el Documento de Puebla, en línea con la encíclica Populorum Progressio, donde se afirma que el desarrollo es condición para la paz y se advierte sobre la existencia de mecanismos que reproducen la desigualdad, haciendo que “los ricos sean cada vez más ricos a costa de los pobres cada vez más pobres”. Así, tanto la corrupción interna como las dinámicas estructurales más amplias comparten un mismo efecto: la consolidación de sistemas que profundizan la vulnerabilidad de los pobres, privándolos de condiciones básicas de desarrollo y perpetuando su exclusión.

6. Distinción implícita: pobreza material vs. pobreza espiritual.

En la página 50 aparece una idea muy relevante, una sociedad puede sobrevivir a la pobreza material, pero no al “vacío de sentido”. Esto introduce una jerarquía, la pobreza económica es grave, pero la crisis moral/espiritual es presentada como aún más profunda. Esto es típico de enfoques más conservadores en donde quizá se relativiza parcialmente la centralidad de la pobreza material.

Sin embargo, a partir del texto, la distinción entre pobreza material y pobreza espiritual se construye de manera implícita pero consistente, al establecer una jerarquía entre el bienestar económico y el sentido trascendente de la vida humana.

Por un lado, la pobreza material aparece asociada a la falta de bienes, ingresos o condiciones económicas adecuadas. El propio texto reconoce la importancia del mercado como generador de riqueza, crecimiento del PBI y movilidad social, es decir, como herramienta válida para superar este tipo de carencias. Sin embargo, también sugiere que este nivel es insuficiente para garantizar una sociedad plenamente desarrollada.

Por otro lado, se introduce la idea de una pobreza espiritual o existencial, que surge cuando la vida social pierde sus fundamentos morales, comunitarios y trascendentes. Esto se evidencia en afirmaciones como que las sociedades pueden mostrar éxito económico —“centros comerciales llenos”, “estabilidad macroeconómica”— pero estar “vacías por dentro”, con “depresión”, “desintegración familiar” y “pérdida de sentido trascendente”. En este contexto, el problema no es la falta de recursos, sino la ausencia de propósito, valores y vínculos humanos significativos.

La justificación central de la distinción radica en la crítica a la “idolatría del mercado”: cuando la economía se absolutiza y se convierte en el criterio supremo, el ser humano se reduce a productor y consumidor, y la libertad degenera en mero consumo. Así, incluso en ausencia de pobreza material, puede existir una forma más profunda de empobrecimiento: aquella que afecta el sentido de la vida, la comunidad y la moral.

De este modo, el texto establece una jerarquía clara: mientras la pobreza material es un problema real que debe ser atendido, la pobreza espiritual es presentada como más grave y determinante, ya que una sociedad puede sobrevivir a la primera, pero no al “vacío de sentido”. Esta distinción permite sostener que el verdadero desarrollo no depende únicamente de la riqueza económica, sino de su subordinación a un orden ético y trascendente.

7. El pobre como criterio técnico de política pública.

En la página 74, el concepto se vuelve operativo, se prioriza la vulnerabilidad sobre el criterio poblacional, usando indicadores como pobreza, carencias, riesgo social. Aquí el pobre es una categoría medible y administrable, base para asignación de recursos. López Aliaga y Ramos Aguirre así lo expresan: “priorizar la vulnerabilidad como criterio rector supone asumir que el presupuesto público debe ser una herramienta de corrección y no solo de mantenimiento del statu quo.”

En esta cita, junto con la siguiente, se recoge la conocida formulación de Puebla sobre la opción preferencial por los pobres. No obstante, los autores la presentan en forma de paráfrasis al referirse a “la opción preferente, aunque no excluyente, por quienes menos tienen”. A continuación, precisan: “No se trata de abandonar a los distritos con mayores ingresos ni de ignorar sus necesidades legítimas, sino de reconocer que, en una ciudad marcada por profundas brechas, la justicia distributiva exige priorizar a quienes enfrentan mayores obstáculos estructurales”. Se trata, en definitiva, de una praxis concreta de la opción preferencial por los pobres en el ámbito de la política pública.

8. El pobre como sujeto de “opción preferente”

En la página 80 aparece la formulación más cercana al lenguaje cristiano clásico “opción preferente por los más vulnerables”, romper “círculos de pobreza”. Aquí el pobre es: sujeto de prioridad ética, especialmente en la infancia (ejemplo: anemia).

La opción preferencial por los pobres no constituye una cuestión de adscripción a posturas políticas de derecha o de izquierda; se trata, más bien, de una postura eclesial surgida de la realidad latinoamericana, en respuesta a las profundas desigualdades y problemáticas estructurales del continente. Sin embargo, dado que sus desarrollos temáticos iniciales se inscriben en el marco de la Teología de la Liberación, resulta, cuando menos, llamativo que un político de derecha como López Aliaga recurra a este principio propio de la praxis liberadora. No obstante, lo hace introduciendo un matiz terminológico al sustituir el término “pobres” por “los más vulnerables”, expresión que, en gran medida, remite a una realidad equivalente. Este enfoque constituye, en esencia, el núcleo del título de su libro “Los pobres son primero”, frase que ha reiterado en sus mítines a lo largo del país.

Como hemos visto, el libro construye una visión del pobre con cuatro dimensiones principales. Moral: la pobreza surge de desórdenes éticos (no solo económicos). Política: es un problema que el Estado debe atender, pero sin reemplazar a la sociedad. Económica: se reduce mediante crecimiento con sentido social. Ideológica: es un punto de disputa frente a la izquierda.

Además, una posible tensión importante, pues, por un lado, se afirma una prioridad por los pobres (subsidiariedad, opción preferente), pero por otro, quizá se relativiza la pobreza material frente a valores como familia, moral o trascendencia.

Junto a las referencias explícitas a la pobreza, el libro desplaza progresivamente el foco hacia la noción de “vulnerabilidad”, que funciona como una categoría más amplia y operativa. En este marco, los “vulnerables” no son solo los pobres en sentido económico, sino aquellos expuestos a riesgos estructurales —desigualdad, exclusión o falta de capacidades—, lo que permite ampliar el alcance del diagnóstico sin abandonar su núcleo moral.

Así, en el plano doctrinal, la vulnerabilidad aparece vinculada al principio de solidaridad como obligación ética de no abandonar a los más débiles (p. 24); en el plano político, justifica la necesidad de la autoridad como garante del orden frente a la “ley del más fuerte” (p. 39); y en el plano económico, se convierte en criterio que legitima el desarrollo en la medida en que este reduce la pobreza estructural y genera oportunidades reales para estos sectores (p. 42).

Al mismo tiempo, la categoría de vulnerabilidad cumple una función clave en la traducción de principios abstractos a instrumentos concretos de política pública. En las secciones sobre gestión, la “prioridad por los más vulnerables” se transforma en un criterio técnico que permite focalizar el gasto, identificar territorialmente las mayores necesidades y orientar la planificación estatal (p. 74).

Esta lógica se refuerza con la reorganización del aparato público para redirigir recursos hacia obras y servicios destinados a estos sectores, combinando eficiencia administrativa con sensibilidad social (p. 76). Asimismo, se materializa en programas específicos como “Hambre Cero” y “Anemia Cero”, dirigidos a problemáticas que afectan especialmente a poblaciones vulnerables (pp. 79–80), así como en la denuncia de situaciones donde la corrupción impacta directamente sobre ciudadanos de bajos recursos (p. 92) y en políticas de protección a mujeres y niños en situación de riesgo (p. 96).

De este modo, el pobre —redefinido como vulnerable— deja de ser solo una figura moral para convertirse en un sujeto medible, priorizable y objeto de intervención estatal, sin perder su centralidad ética dentro del proyecto de la derecha cristiana.

En conjunto, el libro construye una noción de pobreza —y su correlato ampliado, la vulnerabilidad— que cumple una función estructurante dentro de su propuesta ideológica. Lejos de limitarse a una definición económica, el pobre es presentado simultáneamente como signo de un desorden moral, destinatario de una responsabilidad política limitada pero ineludible, y criterio de legitimación de la acción estatal y del desarrollo económico. Esta pluralidad de significados permite al texto articular una síntesis característica: una defensa del mercado y de la eficiencia administrativa que solo se justifica plenamente en la medida en que beneficia a los sectores más desfavorecidos. Al mismo tiempo, la sustitución progresiva del término “pobre” por “vulnerable” revela un desplazamiento conceptual que amplía el campo de intervención, pero también tecnifica la cuestión social, haciéndola susceptible de medición, focalización y gestión.

Sin embargo, esta construcción no está exenta de tensiones. Por un lado, el libro afirma con claridad una prioridad ética por los más necesitados, en línea con la tradición cristiana; por otro, parece relativizar la centralidad de la pobreza material al subordinarla a un orden moral y espiritual considerado superior. Asimismo, mientras critica tanto el asistencialismo como el igualitarismo, propone una intervención estatal selectiva cuya eficacia depende precisamente de su capacidad para identificar, clasificar y atender a los “vulnerables”.

En este sentido, la pobreza deja de ser solo una condición social para convertirse en una categoría normativa y operativa que organiza todo el proyecto de la “derecha cristiana”: un punto de convergencia —y también de tensión— entre moral, política y economía.

jueves, 2 de abril de 2026

Mensaje de Jueves Santo

OREMOS POR LOS SACERDOTES

A orillas del lago, Jesús llamó a sus discípulos. Nos dice el evangelio que los llamó para que estuvieran con él, para enviarlos a predicar, pero en el contexto del lago los llamó para que fueran pescadores de hombres.

Es lo que quiero recordar en este Jueves Santo, día en el que la Iglesia conmemora la institución de la Eucaristía y ese llamado tan especial de Jesús a sus apóstoles, a ser sus seguidores, a ser pescadores de hombres.

A orillas del lago Jesús predicó. A orillas del lago Jesús llamó a sus amigos para que estuvieran con él. Y esa es entonces la vocación que recibimos todos los cristianos desde el bautismo, pero de una manera muy especial aquellos que nos sentimos llamados por Dios al sacerdocio ministerial, uno de los siete sacramentos instituidos por Cristo.

Un sacramento muy especial, el que otorga el poder de hacer presente a Dios en la Eucaristía, administrando los sacramentos, acercando la palabra de Dios.

Qué importante es que, en este día, Jueves Santo, conmemoración de la Última Cena del Señor, institución de la Eucaristía, recordemos a aquellos sacerdotes que han formado parte de nuestra vida.

El sacerdote que nos bautizó, que nos introdujo a esta gran familia de la Iglesia; el sacerdote que nos dio la primera comunión, el Cuerpo de Cristo, la Sangre de Cristo, alimento para la vida eterna; el sacerdote que perdonó nuestros pecados desde la infancia y a lo largo de toda nuestra vida, que nos acerca a la misericordia de Dios; el sacerdote o el obispo que nos confirmó en la fe, derramando sobre nosotros el gran don del Espíritu Santo; el sacerdote que nos acerca a Dios todos los días, que nos predica la palabra.

Oremos en este Jueves Santo por todos los sacerdotes, por nuestros amigos sacerdotes, por la fidelidad de todos ellos y también oremos por tantos jóvenes que sienten este llamado, por nosotros que nos estamos preparando en este camino para decirle sí al Señor.

Un sí con alegría, con generosidad, porque queremos darlo todo a Él en el servicio de su Iglesia santa, del pueblo santo de Dios.

Que en este día jueves, cuando iniciamos el Santo Triduo Pascual, aprovechemos para recordar ese gran regalo del sacerdocio, de la Eucaristía, del llamado de Dios a aquellos hombres elegidos para que estuvieran con Él, para enviarlos a predicar, para ser pescadores de hombres.

miércoles, 1 de abril de 2026

Charla sobre el Padrenuestro a los niños de Cabana

PADRE NUESTRO

Gracias, profesores; gracias, padres de familia. Nos alegra porque parte de nuestra misión es encontrarnos con todos, con ustedes de manera especial, con los alumnos. Ahora venimos del colegio, donde también estuvimos reunidos en la formación, hablando y recordando todo lo de la Semana Santa, cosas muy importantes que ya las sabemos, pero que es necesario recordarlas, volverlas a decir para poder vivirlas y estar atentos.

Ya hemos hablado suficiente de la Semana Santa. Ahora yo quisiera que meditáramos rapidito esa oración que hicimos al principio, con la que iniciamos este día. ¿Cómo se llama la oración? El Padre Nuestro, ¿verdad? ¿Quién inventó esa oración? Jesús. No la inventó ningún profesor, ningún alumno, ni nadie, sino Jesús, el Hijo de Dios. Eso significa que, si es la oración que hizo Jesús, es la mejor oración, la más perfecta, la más completa.

¿Con qué palabra comienza? “Padre nuestro”. Muy bien. ¿Dónde está ese Padre? En el cielo. Dice Jesús: “Padre nuestro que estás en el cielo”. Si Dios es nuestro Padre, ¿qué somos nosotros? Sus hijos. Y si somos hijos de Dios, ¿qué somos entre todos nosotros? Hermanos. Muy bien. Esa es la gran verdad: somos hijos de un único Padre que está en el cielo y, por tanto, todos somos hermanos.

“Padre nuestro que estás en el cielo”. ¿Qué viene después? “Santificado sea tu nombre”. Eso significa algo muy hermoso: que Dios es santo y quiere que también nosotros lo seamos. Dios es santo, Dios es bueno, Dios nos ama y quiere que también nosotros seamos santos, seamos buenos, que nos amemos, nos respetemos y nos cuidemos. Eso es el amor, eso es la santidad.

Después, ¿qué viene? “Venga a nosotros tu reino”. El reino de Dios significa que, además de ser Padre, también es Rey. ¿Y cómo es un rey? Tiene poder, gobierna, es justo, es majestuoso. Pues bien, Dios es el Rey de nuestra vida. Por eso le pedimos: “Venga a nosotros tu reino”. Y recordando la Semana Santa, a Jesús lo crucificaron y en la cruz pusieron un letrero que decía: “Jesús Nazareno, Rey de los judíos”. Jesús es Rey de los judíos y de todos nosotros.

¿Cuál es la siguiente frase? “Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo”. ¿Cuál es la voluntad de Dios? Que todos seamos felices, que vivamos alegres, que vivamos contentos, que a nadie le falte nada, que todos tengamos lo suficiente para crecer y desarrollarnos como personas. Y si tenemos un poquito más, compartir con aquel que no tiene. Esa es la voluntad de Dios. Y, por supuesto, que después de este mundo vayamos con Él en el cielo: esa es la salvación.

¿Qué otra frase tenemos? “Danos hoy nuestro pan de cada día”. El pan, la comida, el alimento que necesitamos. Pero también hay otro pan, otro alimento: la Palabra de Dios. También podemos decir que en estas aulas se recibe el alimento de la ciencia, de la sabiduría, de los aprendizajes que son necesarios para crecer. La Biblia dice: “No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que procede de la boca de Dios”. Por un lado, los alimentos; por otro, la Palabra de Dios, la ciencia y la sabiduría.

¿Qué otra frase tenemos? “Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. Eso está muy claro: hay que perdonar. Cuando algún compañero me molesta, lo perdono y no le devuelvo el mal. Cuando me sucede algo que no me gusta, trato de tomarlo con calma y perdonar. Para que Dios me perdone, yo también perdono.

Luego decimos: “No nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal”. Es decir, líbranos de todo aquello que no nos hace bien.

De modo que, queridos alumnos, cada vez que recemos el Padre Nuestro, hay que rezarlo con fuerza, que se escuche. Y lo que decimos, lo recordamos en la mente, lo meditamos, porque es la oración más perfecta, la oración que Jesucristo nos enseñó.

Muy bien. Un aplauso para Dios.

lunes, 30 de marzo de 2026

Charla de Semana Santa a los niños de Cabana

EN CABANA SEMANA SANTA ES JESÚS

Semana Santa es Jesús. Semana Santa es un tiempo que, como la palabra lo dice, dura desde el Domingo de Ramos hasta el Domingo de Resurrección, en donde se ve, se piensa, se reflexiona y se recuerda la vida de Jesús.

Ahora, ¿quién será Jesús? ¿Quién es Jesús? ¿Alguien sabe decir algo acerca de Jesús?

Jesús, cuando estaba muriendo crucificado, había dicho: “Padre, no les hagas nada, porque no saben lo que están haciendo”. Muy bien, gracias. ¿Cuál es su nombre? Dylan. Gracias, Dylan. Tome asiento. Muy bien, qué bonito.

Ahora, Dylan ha dicho muchas cosas ciertas e interesantes. En primer lugar, que Jesús murió crucificado. Hemos visto en alguna oportunidad una imagen de Jesús crucificado, ¿no?

Otro estudiante comenta que Jesús fue crucificado en una cruz junto a otros dos, y que dijo: “Hoy estarás conmigo en mi reino”. ¿Cómo es su nombre? Luis. Muy bien.

Dylan y Luis nos están recordando detalles importantes: Jesús murió en la cruz, extendió los brazos, y dijo palabras como: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”.

¿Qué más recordamos de ese momento?

Otra estudiante menciona que cuando Jesús murió, el cielo se oscureció, hubo tinieblas, la tierra tembló y las rocas se partieron. ¿Cómo es su nombre? Quillari. Muy bien, excelente.

Qué importante debió ser ese momento para que ocurrieran esos fenómenos: la tierra tembló, las rocas se partieron y el día se volvió oscuro.

Ahora pensemos: ¿por qué tuvo que morir Jesús en la cruz? Hay una razón. Por nuestros pecados. Jesús se sacrificó por nosotros.

También recuerdan las tentaciones y momentos en que le decían que se salvara a sí mismo, pero Él permaneció firme.

Entonces reflexionamos: Dios creó el mundo, ¿verdad? Y solo una vez decidió destruirlo, en el episodio del arca de Noé. Después de eso, Dios prometió que nunca más destruiría la tierra. Dios no quiere nuestra ruina, ni nuestro sufrimiento. Dios es amor.

La muerte de Cristo en la cruz tiene un sentido de salvación: murió por nuestros pecados para abrirnos el cielo. Dios no es destrucción ni castigo; es amor, bondad y misericordia.

El nombre de Jesús significa “Dios salva”. Ese es el sentido de su vida y su misión.

Entonces, ¿qué recordamos en Semana Santa? Que Jesús dio la vida por nosotros. ¿Cómo murió? Crucificado, en una cruz, con los brazos extendidos y clavados. Murió por amor, para salvarnos.

Jesús es nuestro creador y nuestro salvador. Por eso, Semana Santa es un tiempo para detenernos, hacer una pausa y pensar en Él.

Ahora, ¿quiénes crucificaron a Jesús? No fueron sus apóstoles; ellos huyeron por miedo. Solo uno permaneció cerca: Juan. Los que lo crucificaron fueron los soldados romanos y quienes no creían en Él.

Jesús hacía milagros: curaba a los enfermos, daba vista a los ciegos, hacía caminar a los paralíticos, resucitó a Lázaro, multiplicó los panes, caminó sobre el agua y perdonó los pecados.

Sin embargo, por envidia, celos y rechazo, lo llevaron a la cruz.

También hubo alguien muy importante que nunca se separó de Él: María, su madre. Ella lo acompañó hasta el final. Imaginemos el dolor de una madre viendo sufrir a su hijo. María permaneció firme, acompañándolo con amor.

Eso también lo recordamos en Semana Santa.

Por eso, queridos alumnos, durante esta Semana Santa debemos participar en las celebraciones, escuchar la palabra de Dios y reflexionar sobre todo lo que Jesús sufrió para salvarnos.

Porque Jesús significa “Dios salva”. Él muere en la cruz, pero no todo termina allí. Después, ¿qué sucede?

Resucita.

domingo, 29 de marzo de 2026

Reflexión del Domingo de Ramos en Huacaña

SEÑOR DE RAMOS

Queridos hermanos y hermanas, acabamos de escuchar este largo relato de la pasión del Señor. Cada detalle, cada episodio nos recuerda todo lo que tuvo que sufrir Jesucristo, nuestro Señor, antes de morir en la cruz, para que muriendo en ella nos alcanzara la salvación, el perdón de los pecados.

Pero antes, en la procesión con la que iniciábamos esta liturgia del Domingo de Ramos, veíamos a un Jesús entrando de manera triunfal en la ciudad santa de Jerusalén. Por eso, las palmas que llevábamos en nuestras manos, los himnos, los cantos, los salmos que escuchábamos nos recordaban el triunfo del Mesías, que entra glorioso a la ciudad santa. Los niños hebreos cantan vivas y hosanas. Los hombres y mujeres ponen sobre el suelo sus mantos, cortan ramas de olivos y palmas y alfombran aquel lugar por donde pasará el rey de los judíos.

Pero este rey, aunque ingresa triunfante, victorioso, en medio de una multitud que le alaba y que lo proclama, es a su vez un rey humilde. El evangelio con el que inicia esta procesión de ramos nos indica que Jesús mandó buscar un asno, un burrito. Y nosotros también hemos traído la imagen del Señor de Ramos sobre un burrito con su pollina. Esto significa mucho. Es un rey poderoso, pero a la vez es un rey humilde que no ingresa en los mejores animales, no ingresa a caballo, no ingresa con una multitud que le protege o que le cubre. Al contrario, entra pobre y humilde, montado sobre un burrito y con niños, hombres y mujeres humildes también que le proclaman rey, que le proclaman el hijo de David.

Ese episodio lo hemos vivido nosotros también de manera simbólica con esta imagen del Señor de Ramos, con nuestra procesión por las calles del pueblo, en cada estación rezando y escuchando un fragmento del Evangelio y de las Sagradas Escrituras para revivir y para conmemorar también nosotros, como fieles católicos, esa entrada triunfal de Jesús.

Queridos hermanos y hermanas, a propósito de esta entrada de Jesús en el burrito, el gran santo Agustín de Hipona, en uno de sus sermones recordaba y recomendaba que así como se hicieron de un pequeño animal para cargar en sus espaldas al Rey de Reyes y Señor de Señores, para que todos lo vieran, para que todos le proclamaran, así también de igual manera nosotros, los cristianos, podemos ser como ese burrito. Es decir, cargar a Jesús en nosotros, de modo que todo aquel que nos vea, vea a Jesús reflejado en nuestro testimonio, en nuestra humanidad.

Sí, queridos hermanos y hermanas, nosotros, los hombres y mujeres cristianos de este siglo XXI, podemos reflejar a Jesús, podemos llevar a Cristo con nosotros, con nuestra vida, con nuestro testimonio, con nuestras palabras y obras. Y de esta manera somos apóstoles y evangelizadores, que es la vocación que hemos recibido desde el principio cuando fuimos bautizados.

De modo que, al recordar en este Domingo de Ramos a Jesús sobre la espalda de un burrito, cargado por las calles del pueblo, por la ciudad santa de Jerusalén, hagamos el compromiso de nosotros también llevar a Jesús en nuestra vida, conocerlo a través de su palabra y vivir con las actitudes que él ha vivido, que pasó por este mundo, nos dicen las Sagradas Escrituras, haciendo el bien.

Sin embargo, queridos hermanos, en esta liturgia del Domingo de Ramos, al escuchar el largo relato de la pasión del Señor, sabemos que aquel a quien en principio alababan y gritaban vivas y hosana, finalmente terminan crucificándolo. Aquel a quien proclamaban su rey y Mesías, luego piden para él la crucifixión.

Y esta es la vida de Jesús. Estos fueron sus últimos momentos en este mundo terrenal, de la gloria que para muchos era su entrada triunfal a la verdadera gloria de la cruz, donde muriendo restaura nuestra vida, restaura nuestra humanidad pecadora y nos abre así triunfalmente las puertas del cielo.

Esto, queridos hermanos y hermanas, hay que comprenderlo. Por eso, en la Semana Santa que iniciamos hoy con el Domingo de Ramos, vamos a acompañar a Jesús paso a paso en los últimos instantes de su vida, para comprender cómo fue ese amor tan grande que nos tuvo para aceptar la cruz, para dejarse traicionar por uno de los suyos, de sus discípulos, para dejarse apresar, los azotes, los insultos, los salivazos, los golpes, las bofetadas que sufre Jesús.

Y finalmente, al extender sus brazos en la cruz, nos habla de un gran amor. El mismo evangelio lo dice: nadie tiene más amor por sus amigos que el que da la vida. Y el Señor así lo manifiesta: “A mí nadie me quita la vida —dice Jesús—, yo la doy”. Él la entrega libremente por cada uno de nosotros.

Hermanos y hermanas, meditemos en este gran regalo. Aprovechemos una vez más esta Semana Santa 2026 que hoy iniciamos para encontrarnos con Jesús, para ver en cada una de las actividades de esta semana mayor los misterios de nuestra salvación. Acudamos con confianza al Señor. Dejémonos también acompañar por la Santísima Virgen María, la Virgen de los Dolores, nuestra madre que nos acompaña, que sufre también junto a su Hijo, junto a su pueblo fiel.

Y adquiramos nosotros en nuestra vida las actitudes de humildad y de sencillez de este Jesús, que siendo rey entra triunfante en un pequeño burrito, manifestando así su humildad, su pobreza, su caridad. Que, durante esta semana, al reunirnos aquí en este sagrado templo, casa de Dios, nos adentremos con profundidad y con convencimiento de corazón en ese misterio de nuestra salvación.

Porque aquel que muere en la cruz resucita y glorioso nosotros le veremos en esa resurrección, el domingo de Pascua, cuando le veamos triunfar sobre la muerte.

Que así sea. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

jueves, 19 de marzo de 2026

Diez décimas piadosas a san José

JOSÉ, CARPINTERO BENDITO

Oh, glorioso san José,
que recibiste aquel día
a la joven santa María,
la virgen de Nazaret,
por esposa, reina a merced,
aceptando el designio de Dios
que en sueños su Ángel te dio.
Ahora yo, humilde, te pido:
presta a mi súplica oído
y atiende mi petición.

Hombre valiente y audaz,
que, por librarlos de Herodes,
a Egipto y sus pormenores
corriste buscando paz.
Misericordioso tú, haz
que a más nadie se persiga
y que halle una mano amiga
a quien el peligro lo tiente,
y sano de cuerpo y mente
en ti consuelo consiga.

Custodio del sacerdote,
a quien Jesús obedeció,
y en tus brazos conoció
de Dios heredad y lote;
que, sin querer que se note,
pues muy humilde tú fuiste,
y en su corazón abriste
la mayor compasión y ternura,
del Padre Eterno figura;
su voluntad tú cumpliste.

José obrero paciente,
Patrono del trabajador,
apoya con tu favor
al que perdido se siente,
y que en tu ejemplo encuentre
perseverancia total,
bendición en su jornal
y el patrocinio seguro
de que, con trabajo duro,
tendrá salvación final.

Esas virtudes tuyas
las quiero yo para mí:
la castidad y el vivir
siempre en silencio, sin bulla;
pues de ti no hay rumor que fluya
o palabra en el Evangelio,
pero sí el honroso ingenio
de la humildad y el trabajo,
que levanta a los de abajo
y da gloria como premio.

Dame, José piadoso,
el amar a María y Jesús,
tu hijo muerto en la cruz,
tus dolores y tus gozos.
Dame, padre bondadoso,
esa paciencia locuaz,
un testimonio eficaz
que me transforme la vida,
me devuelva la alegría
y a mi alma dé la paz.

Con esta canción te ruego
que abrases siempre mi alma,
encendida en la calma
de tu sacrosanto fuego,
y con este don yo, luego,
trabaje con toda franqueza
para acabar la pobreza
de tantos hombres rendidos,
por el pecado hundidos
en la herida naturaleza.

José, carpintero bendito,
humilde santo glorioso,
cólmame de tus gozos,
escucha atento mi grito,
que solo pido un poquito
de tus virtudes copiosas,
y para María mil rosas,
y para Jesús mi vida,
sin procurar nunca huida
tras sus huellas amorosas.

Protector de pobres y migrantes,
y Patrono de la Iglesia universal,
protégenos de todo mal;
asiste a los agonizantes,
muestra el rumbo a los errantes,
otórganos la conversión
que nace de corazón,
aceptándose humillados
los numerosos pecados
cuando pedimos perdón.

Yo, como madera en tu mano,
espero ser bien tallado
y quedar transfigurado
como quieras, artesano.
Estate de mí cercano,
modela en mí tu dulzura,
que acabe con tal finura
los rasgos de Jesucristo;
modélame como él, insisto,
y como la Virgen Pura.

Amén.

En esta composición procuré reflejar una riqueza teológica que se sostenga con fidelidad en la tradición bíblica y espiritual sobre san José. Veamos algunos puntos que me gustaría resaltar:

1. José en el plan de la salvación (dimensión bíblica). Desde la primera décima se presenta a san José como hombre obediente al designio divino: “aceptando el designio de Dios / que en sueños su Ángel te dio”. Esto remite directamente a Evangelio según san Mateo (Mt 1,20-24), donde José recibe en sueños la revelación y responde con obediencia inmediata. Teológicamente, esto lo sitúa como justo (Mt 1,19), no solo en sentido moral, sino como hombre que vive en total apertura a la voluntad de Dios.

2. José, protector del Redentor (historia de la salvación). La huida a Egipto está bien integrada: “por librarlos de Herodes… corriste buscando paz”. Esto corresponde a Mt 2,13-15. Aquí subrayo un punto clave: José es instrumento activo en la protección del misterio de la Encarnación. No es figura pasiva, sino cooperador real en la historia de la salvación. Además, la súplica: “que a más nadie se persiga”, actualiza esa misión en clave social: José como protector de migrantes y perseguidos, una aplicación muy coherente con la teología contemporánea.

3. José como padre en el orden de la gracia. Cuando digo: “en tus brazos conoció / de Dios heredad y lote”, toco un misterio profundo: Jesús, siendo Hijo eterno del Padre, aprende humanamente la filiación en el hogar de José (cf. Lc 2,51-52 en el Evangelio según san Lucas). Aquí se refleja una idea muy trabajada en la teología: José ejerce una verdadera paternidad legal y afectiva, que tiene consecuencias reales en la humanidad de Cristo.

4. Espiritualidad del silencio y la humildad. Una de las intuiciones más finas del texto es: “no hay rumor que fluya / o palabra en el Evangelio”. Efectivamente, José no pronuncia palabras en los Evangelios. Esto ha sido interpretado por la tradición como signo de su silencio contemplativo. Esta décima conecta ese silencio con la castidad, la humildad y el trabajo. Es una síntesis lograda de la espiritualidad josefina.

5. José trabajador: teología del trabajo. “José obrero paciente… Patrono del trabajador”. Aquí se entra en la línea de la doctrina social de la Iglesia, especialmente desarrollada por san Juan Pablo II en Laborem Exercens. El trabajo aparece como medio de santificación, camino de dignidad y participación en la obra creadora. El verso: “bendición en su jornal”, refuerza la idea del trabajo como gracia, no solo como esfuerzo.

6. Dimensión pascual: dolores y gozos. “tus dolores y tus gozos”. Esto conecta con la tradición devocional de los “Siete dolores y gozos de san José”. Aunque José no presencia la cruz, la expresión: “tu hijo muerto en la cruz” es teológicamente válida en sentido espiritual: José participa anticipadamente del misterio redentor por su unión con Jesús.

7. Conversión y antropología cristiana. “otórganos la conversión / que nace de corazón”. Aquí hay una teología muy clara de la conversión como: interior, humilde y ligada al reconocimiento del pecado: “aceptándose humillados / los numerosos pecados”. Esto está en plena sintonía con la enseñanza bíblica (cf. Sal 50).

8. José como modelo de transformación espiritual. La imagen final es especialmente poderosa: “como madera en tu mano… artesano”. Aquí desarrollo una mística del tallado espiritual, donde José aparece como formador del alma, en analogía con su oficio. Esto tiene resonancias bíblicas (Jr 18, el alfarero) y cristológicas: “los rasgos de Jesucristo”. La meta es la configuración con Cristo, núcleo de la vida cristiana (cf. Rom 8,29).

9. Dimensión eclesial y universal. “Patrono de la Iglesia universal”. Este título, proclamado por Pío IX, está bien integrado en la oración. Se presenta a san José como intercesor, protector y guía espiritual para toda la Iglesia.

En conclusión, con estas décimas quise lograr una síntesis equilibrada entre: Biblia (Mateo y Lucas), tradición espiritual (silencio, humildad, dolores y gozos), teología (paternidad, trabajo, conversión, santificación) y aplicación pastoral (migrantes, pobres, trabajadores). No es solo un poema devocional, sino una catequesis poética sobre san José, con coherencia doctrinal y profundidad espiritual.