martes, 26 de mayo de 2026

Los siete dolores de la Virgen María

 NUESTRA SEÑORA DE LOS DOLORES DE TARMA


 

Madre de los Dolores,

junto a tu imagen tarmeña

quiero meditar la reseña

de tus sufrimientos y honores.

 

Ya el anciano Simeón

te profetizó, María,

que tu Hijo Jesús sería

signo de contradicción.

 

Y esta palabra imprimió

en tu santo corazón

la cruenta meditación

desde que el Verbo nació.

 

Luego, para salvar la vida,

corriste con Jesús a Egipto,

y san José de aquel edicto

que obligó a tal huida.

 

Y el Niño Jesús, crecido,

con doce años contados,

en el Templo fue encontrado

cuando en Jerusalén fue perdido.

 

Virgen buena del Rosario,

primera discípula de Cristo,

aun con todo lo previsto,

de la cuna hasta el Calvario.

 

Madre bendita, sufriste

al tener a tu Hijo Jesús

muerto, colgado en la cruz,

cuando vejado lo viste.

 

Y cuando en tus brazos reposó

aquel cuerpo ya sin aliento,

soportaste el sufrimiento

que solo Juan consoló.

 

Y en el sepulcro no arredra

presenciar la sepultura,

en cándida envoltura,

cuando rodaron la piedra.

 

Virgen María, te pido

por todas mis intenciones;

a ti elevo mis oraciones

cuando de ti me despido.

 

Gracias, Madre bondadosa,

por visitar mi habitación

y darme la bendición

de tus manos generosas.

 

Nadie pase este portal

sin que diga por su vida

que María fue concebida

sin pecado original.

 

Amén.

domingo, 17 de mayo de 2026

El llanto del sinsentido

LLORA, RAÚL, LLORA...

Como todos los domingos, debía levantarme temprano para rezar Laudes e ir al templo unos minutos antes de las 6:30 a.m., hora de la santa misa dominical en la parroquia a la que asisto los fines de semana. Durante los domingos anteriores había cumplido, casi religiosamente, la misma rutina sencilla: despertar, alistarme rápidamente, pasar por el oratorio de la casa para rezar y luego dirigirme a la sacristía, donde seguramente ya estarían los pequeños monaguillos revistiéndose para la misa.

Pero este domingo tuve una idea distinta. Una idea simple, aunque exigía madrugar todavía más: quería estar temprano en la puerta del templo para recibir a los feligreses que iban llegando. Saludarlos. Darles la bienvenida. Ver sus rostros antes de entrar a misa. Y así lo hice.

A las 6:05 a.m. me revestí con el alba y, apenas cinco minutos después, ya estaba en la puerta de la iglesia. Mientras salía de la sacristía vi a algunas personas dentro del templo, arrodilladas frente al altar de san Antonio de Padua, haciendo oración en silencio. Las saludé al pasar, pero mi objetivo estaba afuera, en la puerta principal, esperando quizá cruzar alguna palabra con quienes iban llegando.

El gélido viento jaujino me recibió de inmediato. A esa hora, la temperatura difícilmente superaba los diez grados. Por un instante pensé: ¿qué hago aquí, soportando este frío, pudiendo estar sentado adentro, tranquilo y abrigado, esperando simplemente que empiece la misa? Y lo mismo me dijo con su mirada el pequeño sacristán de la parroquia, mientras recogía algunos desperdicios de fuegos artificiales en el frontis de la iglesia.

Pero no. Yo quería estar ahí.

Quería saludar a la gente, sonreírles, hacerles sentir que alguien los esperaba. Quería también observar cómo reaccionaban al encontrar al “hermano” ya en la puerta, cumpliendo ese pequeño ministerio de acogida.

Y la experiencia fue sencilla de resumir: saludé a todos y todos respondieron con respeto y amabilidad. Algunos devolvían la sonrisa; otros asentían con la cabeza mientras apresuraban el paso para refugiarse del frío. Sin embargo, hubo una persona que rompió por completo aquel patrón sereno y cordial: Raúl.

La mayoría de los que iban entrando eran personas mayores. Algunos llegaban solos; otros, en parejas. Entraban de uno en uno o en pequeños grupos, apresurados quizá por escapar del clima inclemente o tal vez por comenzar a disponerse interiormente para la Eucaristía.

Entonces apareció él.

Venía solo, cabizbajo, abstraído en la pantalla de su teléfono móvil. Parecía escribir un mensaje, moviendo rápidamente el pulgar sobre la pantalla. Vestía un suéter negro, un blue jean y unas zapatillas deportivas blancas que le daban un aire juvenil imposible de ocultar.

Como a todos los demás, le dirigí un saludo en voz alta y amable:

—¡Buenos días! Bienvenido.

Pero él no respondió.

Ni siquiera levantó la mirada del teléfono. No hizo un gesto, no sonrió, no murmuró una respuesta obligada. Simplemente siguió caminando y entró al templo sin dejarme siquiera verle el rostro.

Extrañamente, no lo juzgué. Nosotros, que queremos racionalizarlo todo, solemos buscar explicaciones inmediatas para cada cosa que sucede; y, en ese intento, terminamos elaborando juicios, sospechas y suposiciones. Pero con Raúl no ocurrió eso. Simplemente lo vi entrar y seguí en lo mío: repartiendo sonrisas a cuanto ser humano se me pusiera enfrente.

Algunos minutos después volvió a salir.

Eso me llamó la atención inmediatamente, porque todos entraban… y nadie salía. Pero él sí.

Venía llorando.

Llevaba las manos en los bolsillos del pantalón y esta vez ya no tenía el teléfono en las manos; lo había guardado en el bolsillo trasero. Caminó directamente hacia mí y, sin siquiera saludar, me dijo:

—Estoy un poco mareado.

Confieso que mi primer pensamiento fue inmediato y poco caritativo:

“Nunca falta un borracho en misa…”

Sin embargo, mientras seguían llegando personas y aquel muchacho permanecía frente a mí, noté algo extraño: hablaba con demasiada claridad para alguien realmente ebrio. Su postura era firme. No tambaleaba. No luchaba por mantener el equilibrio.

—¿Por qué lloras? —le pregunté.

Entonces, haciendo un gran esfuerzo por contener las lágrimas, me respondió que había venido al templo para pedirle ayuda a Dios, porque se sentía muy mal. Aclaró, casi justificándose, que estaba un poco mareado, pero que eso no significaba que estuviera mal llorar.

—¿No tienes trabajo? —le pregunté, intentando encontrar la causa de aquella tristeza que parecía desbordarlo.

Él negó con la cabeza.

—No… sí trabajo. A veces nomás, pero trabajo. Ese no es el problema.

Comprendí entonces que su dolor no tenía que ver con el dinero. Había algo más profundo quebrándolo por dentro.

Aquel muchacho lloraba porque aquello que más le había pedido a Dios no se le había concedido. Tenía, a su corta edad, un sueño frustrado.

—¿Y qué le pides a Dios? —le pregunté.

Raúl levantó un poco la mirada por primera vez y respondió con una sinceridad desarmante:

—Quiero ser policía nacional… pero cuando me presenté, mi enamorada me denunció. Y yo no he hecho nada malo. Nada. Pero con esa denuncia todo se vino abajo… y yo no soy una mala persona… yo no he hecho nada malo…

Mientras hablaba, sollozaba. Se secaba las lágrimas rápidamente con las manos y luego volvía a esconderlas en los bolsillos de su pantalón, como si quisiera ocultar también su dolor.

Yo lo escuchaba en silencio.

¿Qué habrá pasado realmente con este muchacho?, pensé. Traté de no imaginar lo peor. En estos tiempos abundan historias complejas, acusaciones delicadas, verdades mezcladas con rabia, heridas y resentimientos. Pero, mientras lo veía llorar frente a mí, no encontraba en él el rostro de alguien violento, sino el de un joven confundido, derrotado y profundamente herido.

—¿Cómo te llamas? —le pregunté, tratando de acercarme más a él y de serenarlo un poco.

—Raúl. Tengo veinte años… y este martes 19 de mayo voy a cumplir veintiuno.

Lo dijo ya más calmado, aunque todavía con la voz entrecortada.

—No quiero verte llorar, Raúl —le dije—. Quiero verte sonreír. Voy a acordarme de ti en mi oración y pedirle a Dios que te ayude a cumplir tus sueños.

Entonces lo invité a quedarse en la misa.

Pero apenas mencioné la Eucaristía, respondió con cierta brusquedad:

—No… yo no creo en la misa. Yo solo creo en Dios y vengo a confiar en Él.

Intenté insistirle con suavidad.

—Quédate unos minutos. Si quieres, después puedes salir tranquilo.

Pero él seguía negando con la cabeza. No quería entrar a misa. Sin embargo, de pronto recordó la última vez que había venido al templo.

Me contó que, cuando cumplió dieciocho años —la misma época en la que había postulado sin éxito a la Policía Nacional—, también había llegado hasta aquella iglesia llorando, buscando respuestas de Dios. Tenía demasiadas preguntas y ninguna respuesta clara.

—Ese día no había nadie —me dijo—. Solo una chica… más o menos de mi edad. Ella también estaba llorando y rezando.

Hizo una pequeña pausa y añadió:

—Y no sé… eso me consoló un poco. Al menos no era el único que lloraba.

Ya acercándose el final de nuestra conversación, le hablé con firmeza, pero también con cariño:

—Quiero que estés bien, Raúl. No gastes tu dinero en alcohol y lucha por cumplir tu sueño de ser policía.

Él bajó la mirada.

—Sí… reconozco que estoy un poco mareado. Pero no hago esto siempre. Y también me siento mal por eso.

Le extendí la mano para despedirme, pensando que nuestra conversación había terminado. Pero entonces Raúl me miró nuevamente y me dijo:

—¿Puedo pedirte un favor?

—Claro, Raúl. ¿Qué necesitas?

—Quiero que me acompañes adentro… hasta donde está el agua bendita… para que me enseñes cómo hacer la señal…

Y levantó lentamente su mano derecha, intentando dibujar en el aire la señal de la cruz.

—Por supuesto —le respondí—. Vamos.

Entramos juntos al templo y nos acercamos a la fuente de agua bendita, junto a la primera columna de la entrada. Raúl metió lentamente los dedos en el agua y, mientras intentaba persignarse, yo pronuncié despacio:

—En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.

Él siguió el gesto con torpeza, pero no alcanzó a repetir las palabras.

Sin embargo, algo en su rostro había cambiado.

La tensión del llanto comenzó a desaparecer poco a poco y el rubor de sus mejillas cedió nuevamente a su tono trigueño. Parecía más tranquilo. Más liviano.

Tomando mi mano derecha entre las suyas, salimos nuevamente hacia la puerta del templo. Allí me despedí de él deseándole un feliz cumpleaños adelantado.

—Voy a venir ese día a la iglesia —me dijo—. Voy a venir a rezarle a Dios.

—Muy bien, Raúl. Que tengas éxito en tu vida.

Él no respondió más. Solo asintió levemente con la cabeza.

Después comenzó a alejarse despacio, volvió a sacar su teléfono móvil y, ya en la calle, levantó la mano para pedir un taxi.

Y se fue.

Raúl llora porque siente que la vida le arrebató aquello que más deseaba. Llora porque no entiende por qué su sueño quedó truncado. Y, aun así, busca a Dios.

Tal vez estaba “un poco mareado”, como él mismo reconocía, pero eso no hacía menos sincero su dolor. Porque hay lágrimas que nacen del alcohol… y otras que brotan del alma. Las de Raúl pertenecían a las segundas.

Estoy seguro de que Raúl es católico, aunque diga que no cree en la misa. Ha olvidado incluso cómo hacerse la señal de la cruz. Sin embargo, todavía sabe llorar delante de Dios. Y mientras exista alguien capaz de llorar así, todavía hay esperanza.

A sus veinte años vive una crisis profunda. Sufre porque no logra ser aquello que soñó. Ese es el dolor de muchos jóvenes: tener una meta clara y encontrarse, de pronto, con un muro imposible de atravesar.

Raúl buscaba a Dios… y yo terminé encontrando a Dios en él.

Precisamente, en el Evangelio de aquel domingo de la Ascensión, Jesús enviaba a sus discípulos a bautizar “en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo”. Las mismas palabras que Raúl no pudo pronunciar cuando intentó persignarse con agua bendita… pero que yo pronuncié por él.

Dios suele revelarse en circunstancias extrañas.

Llora, Raúl, llora…

Porque Dios también lloró. Y quizá hoy llora contigo el sinsentido de la vida.

sábado, 16 de mayo de 2026

Charla espiritual previa a Pentecostés

VEN ESPÍRITU SANTO

Se hace una lectura pausada y meditada de los Hechos de los Apóstoles, capítulo 2, versículos del 1 al 13. Que a continuación se desarrollará en la reflexión.

La venida del Espíritu Santo no es un evento del pasado ni un recuerdo piadoso de la Iglesia; es el modelo del nacimiento de la Iglesia y de toda vocación sacerdotal. El sacerdote nace del fuego del Espíritu Santo. ¿Qué impide al Espíritu obrar en mi vida?

En Pentecostés se dice que “nace” la Iglesia, pero, sabemos que no puede “nacer” nada que antes no haya sido gestado. Por eso es que la Iglesia es una realidad prepascual, pues Cristo la constituyó en su ministerio; nació de su costado abierto en la cruz e inició la misión en Pentecostés.

Antes del fuego de Pentecostés hubo una comunidad que estaba reunida. No estaban dispersos; están unidos en comunión con María, la madre del Señor. El Espíritu Santo viene a la Iglesia reunida, a la Iglesia en comunión. La vocación cristiana es la vocación a la comunidad. Es por eso que el individualismo destruye la vocación. La vocación no es una simple autorrealización, sino donación de sí mismo y oblación para la vida plena desde la perspectiva de Dios en la comunidad.

Los carismas que da el Espíritu Santo están siempre al servicio de la Iglesia, no son bienes personales, o para el simple lucro individual, eso no es de Dios. A las personas perseverantes en la oración viene el Espíritu Santo, aunque estén “solas” o no concretamente “reunidas” en comunidad. Lo que sí es cierto es que, una persona que ora, que fiel a la Iglesia, está en comunión con ella. La Iglesia nace en oración; la Iglesia nace de rodillas. El Espíritu Santo busca personas que quieran vivir una vida de oración y de contemplación. Por ejemplo, del Papa Francisco se sabe que se levantaba temprano para hacer su oración: el Rosario, el Vía Crucis y la meditación de la Palabra de Dios todos los días, aún cuando tenía una agenda cargada de eventos. O del papa san Juan Pablo II se recuerda que en una oportunidad, después de una misa, se quedó cerca de 15 minutos en acción de gracias, mientras todo el mundo estaba ansioso esperando que saliera para saludarlo.

El Espíritu Santo busca personas que valoren el silencio en medio de una sociedad que aturde con un sinfín de distracciones; personas capaces de buscar momentos de oración y silencio, de intimidad con la Palabra de Dios y de una fuerte devoción mariana.

El Espíritu Santo imprime dinamismo, movimiento y fuerza. No se le puede encerrar. Los apóstoles estaban encerrados por el miedo, y el Espíritu Santo los libera, los saca afuera. Pentecostés es la destrucción de ese miedo y de ese encierro. El encierro no es de Dios. Precisamente en Hechos de los Apóstoles, Dios abre las puertas de las cárceles donde sus discípulos estaban encerrados, porque la Palabra de Dios no puede estar encerrada, la Palabra es libre y da libertad.

No se puede vivir paralizados por el “qué dirán”. Hay que dejarse tocar por el Espíritu; por lo menos, arriesgarse a equivocarse, convocar, intentar hacer algo. El Espíritu no forma personas cómodas o instaladas, sino testigos, gente que se arriesga en la vida. El seminarista, el cristiano comprometido con el Evangelio no se queda quieto, “hace lío”, es decir, sale, busca, piensa, idea, se propone metas, hace compromisos, todo en bien de la misión de la Iglesia. Como san Pablo, expresa todos los días: “¡Ay de mí si no evangelizare!”.

Recordamos lo que el Libro de Ezequiel en el capítulo 37 no narra acerca de la figura de los huesos secos. El Espíritu de Dios es el que da la vida; nunca se le niega a quien lo pide. El Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad. Los sacerdotes, antes de confesar, piden la ayuda del Espíritu Santo para escuchar a la gente, porque muchas veces no se tiene claro qué decir ante tantas situaciones, confusas, difíciles, penosas.

“Aparecieron lenguas como de fuego y todos quedaron llenos del Espíritu Santo”. Este fuego simboliza la iluminación: un fuego que calienta, que inflama; un fuego que purifica. Es símbolo de una purificación profunda y total. Sabemos que el agua limpia por fuera, pero el fuego lo hace por dentro. “Como oro en el crisol”.

La purificación remite a la remisión de los pecados, que se da por el Espíritu Santo. Como lo menciona la fórmula de la absolución: «Dios, Padre misericordioso, que reconcilió consigo al mundo por la muerte y la resurrección de su Hijo y derramó el Espíritu Santo para la remisión de los pecados, te conceda, por el ministerio de la Iglesia, el perdón y la paz. Y yo te absuelvo de tus pecados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo». Él enciende a la gente para ser fervientes. El fuego que calienta e inflama es el fervor. El Espíritu Santo quiere quemar nuestros pecados e impurezas; nos invita a ser apóstoles con ardor misionero.

Uno de los grandes protagonistas —o el gran protagonista— de los Hechos de los Apóstoles es precisamente el Espíritu Santo. Que guía, conduce, mueve…

En Pentecostés, el milagro de las lenguas o idiomas consiste en que todos entienden. La fidelidad de Pentecostés revierte la infidelidad de la Torre de Babel. El sacerdote debe hablar a la gente directamente a sus corazones. El Espíritu Santo no elige a personas perfectas, pero las perfecciona en la lucha de cada día.

Hemos de ser hombres espirituales, no simples profesionales de lo sagrado. La única prioridad ha de ser la santidad: cultivar la intimidad con Cristo. Hemos de aprender la obediencia a la Iglesia, que es guiada por el Espíritu de Dios. Lo que se es como seminarista marca un rumbo de lo que se será como sacerdote.

Y algo importante: María estaba en Pentecostés. Ella parece que no predica ni se dice que haya sido una gran misionera —al menos en los relatos bíblicos—, pero donde está María está el Espíritu Santo. La presencia de María es de vital importancia para la vida del cristiano. Un cristiano sin María no es un auténtico cristiano, porque el mismo Cristo no se puede concebir sin María.

Pentecostés no ha terminado, sino que continúa. La Iglesia nos necesita como sacerdotes santos, llenos del Espíritu y enamorados de Cristo. Nunca debemos perder el centro de la misión y preguntarnos: ¿dejo que el Espíritu transforme mi vida?

El Espíritu Santo quiere realizar en nosotros la obra del amor de Dios, pues para eso ha venido en Pentecostés; para eso se ha derramado sobre todos: para encender el mundo entero con la llama del amor divino. La misión del cristiano, y aún más la del sacerdote, es la de prender el fuego del amor de Dios en la frigidez del mundo actual. Hace falta mucha valentía para ponerse manos a la obra y dejarse conducir por este Santo Espíritu de Dios.

Uno de los obstáculos para que el Espíritu Santo transforme la vida es el hecho de no invocarlo con asiduidad, lo que es una falta de fe muy triste. No se le invoca porque no se tiene conciencia de su existencia, de su presencia y del gran poder que tiene sobre nosotros cuando le pedimos que venga a morar en nuestras vidas. El padre Fortea siempre repite su experiencia propia, cuando empezó a invocar al Espíritu de Dios, ya no todo fue igual en su vida. El Espíritu Santo viene si se le invoca. Y es que, si en realidad se le invocara todos los días, estaríamos mucho más dispuestos a dejar que transforme la vida para la configuración con Cristo.

La venida del Espíritu, que me hace clamar: “¡Abbá, Padre!”, me recuerda a su vez el gran compromiso que tengo para vivir auténticamente como hermano; como hermano de todos, que da la vida por los demás y que da ejemplo con sus actitudes. Cuánto me pesa no ser lo que quisiera, pero lucharé toda la vida para agradar solo a Dios y serle fiel.

La vida del cristiano en nada debe dejarse llevar por la pusilanimidad, pues el cristiano está llamado a ser caudillo, a ser sal de la tierra y luz de las naciones. De modo que, si hay algún deseo de destacar, ha de ser solo para que Jesús se luzca, para en todo dar gloria a Dios y así ser el instrumento que Él desea para instaurar el Reino de justicia y de paz, sirviendo con amor a todos, pero especialmente a los más pobres y necesitados. Si es que el cristiano quisiera destacar, debería hacerlo de este magnífico modo.

El no encerrarse interiormente implica estar siempre en comunidad: sirviendo, rezando, acompañando y haciendo el bien. El que se encierra es porque tiene miedo; tal vez miedo de los demás o, lo que es peor aún, de sí mismo. Pero donde está el Espíritu de Dios, ahí hay verdadera libertad y confianza.

Cierto es que el Espíritu Santo no llena corazones superficiales. También es cierto que el ruido interior no deja escuchar al Espíritu de Dios que mora en nosotros. Ubi caritas et amor, Deus ibi est: donde hay caridad y amor, ahí está el Señor, Dios que es amor.

Frente a la proximidad de Pentecostés, es preciso cultivar más el silencio y la oración: un silencio que deje oír la voz de Dios y una oración que le hable a Dios de todo; de la vida misma, de la alegría y la tristeza, de los planes y proyectos, para dejarlo todo y confiarlo en sus manos providentes y amorosas.

Es preciso menos redes sociales y más oración; menos música mundana y más silencio para escuchar a Dios.

El Espíritu nos convoca, como ya se dijo antes, a ser hombres de adoración, porque nunca se es más grande que cuando se pasa tiempo de rodillas. Y ese arrodillarse ha de ser también un bajarse para servir al pobre que está tirado por el camino de la vida: de rodillas para adorar y para servir, como Cristo cuando lavó los pies de sus discípulos.

Hombres de intimidad con la Palabra, que se traduce en un constante remitir o volver a ella; esa Palabra que es Cristo mismo, revelado y revelando la misericordia del Padre eterno. Palabra viva, no letra muerta; palabra eficaz, no inoperante; palabra que se actualiza todos los días y que quiere ser vivida y no solo leída. “Habla, Señor, que tu siervo escucha”.

Hombres de amor a la Eucaristía, que consideren como mayor bien el recibir sacramentado al Señor; que vivan la misa de manera fervorosa, siguiendo activamente y comprendiendo a profundidad cada gesto, cada parte y cada palabra.

Eucaristía que es presencia viva y resucitada del Señor, como con los discípulos de Emaús, cuando les explicó las Escrituras mientras caminaban, para luego partir el pan en la calidez del hogar. Eucaristía que es milagro de amor y presencia del Señor.

Finalmente, hombres de devoción mariana, porque el cristiano no está huérfano, sino que tiene a una Madre a cuyos brazos puede correr para obtener su protección. Hombres que comprendan que la verdadera devoción a la Santísima Virgen María es saber que, a través de ella, llegamos más rápido y más fácil a Jesús, porque María es el puente y el camino por el que Dios y el hombre se encuentran.

El “sí” de María trajo a Dios al mundo. La pureza, el testimonio, la santidad y la grandeza de María nos hacen comprender que Dios tiene también un plan para nosotros: la vida eterna y la felicidad.

Como María, humildes siervos y esclavos del Señor, acogiendo su Palabra y acompañando a su Hijo desde el pesebre hasta la cruz. Amén.

jueves, 14 de mayo de 2026

La sexualidad: un regalo de Dios para amar de verdad

CHARLA PARA JÓVENES SOBRE SEXUALIDAD

Esta charla tiene como objetivo principal ayudar a los jóvenes de 4.º y 5.º de secundaria a comprender la sexualidad desde la moral católica, de manera sencilla, positiva y cercana, descubriendo que la sexualidad no es algo malo, sino un don de Dios orientado al amor verdadero, al respeto y a la dignidad de la persona.

Introducción

Queridos jóvenes, iniciemos nuestra charla formativa con una dinámica inicial. Por eso le pregunto: ¿Ǫué es lo primero que se les viene a la mente cuando escuchan la palabra “sexualidad”? ¿Creen que la Iglesia está en contra de la sexualidad? Compartamos de manera espontánea lo que creemos al respecto.

Luego de escuchar algunas respuestas de ustedes, procedo a aclarar unos puntos importantes. Lo primero que nos debe quedar claro es que la Iglesia -a la que todos pertenecemos- no está en contra de la sexualidad. La Iglesia enseña que la sexualidad es algo hermoso, creado por Dios, y que debe vivirse con amor, respeto y responsabilidad. Los animo a seguir con atención estas ideas que voy a desarrollar a continuación.

¿Ǫué es la sexualidad?

Empecemos por definir la palabra “sexualidad”. La sexualidad no es solamente “tener relaciones” o “el cuerpo”. La sexualidad incluye el cuerpo, los sentimientos, la manera de amar, la identidad como hombre o mujer, la forma de relacionarnos con los demás. La sexualidad forma parte de toda la persona. Somos seres sexuados.

Como idea clave les invito a pensar un momento en el plan de Dios, remontémonos al primer libro de la Biblia para comprender cómo Dios nos creó hombre y mujer para amar y ser amados. Vayamos a texto bíblico, busquemos en nuestras Biblias la siguiente cita bíblica Gn 1,27 “Dios creó al ser humano a su imagen; hombre y mujer los creó”.

Detengámonos un momento para pensar qué significa esto de que somos imagen de Dios y qué implicancias tiene esto para la vivencia de nuestra sexualidad. Si somos imagen de Dios, nuestra sexualidad debe vivirse de acuerdo al plan de Dios.

La dignidad del cuerpo

Ahora veamos el tema de la dignidad del cuerpo humano. Y lo primero en precisar es que el cuerpo no es un objeto. La sociedad muchas veces enseña a usar a las personas olvidando su dignidad, enseña también que hay que mostrar el cuerpo para llamar la atención, invita casi siempre a vivir relaciones superficiales. Pero la Iglesia enseña que tu cuerpo vale mucho porque tú vales mucho.

El cuerpo merece respeto, no debe ser usado, expresa quién eres. Ni nuestro cuerpo, ni el de los demás, debería ser usado como instrumento de mero placer, sin sentido, sin sobrenaturalidad. Pensemos, por ejemplo, cuando alguien ama de verdad no presiona, no obliga, no utiliza, respeta tiempos y decisiones.

Diferencia entre amor y enamoramiento

Avancemos un poco y entendamos los conceptos de “amor” y “enamoramiento”, puntos clave para la vivencia de nuestra sexualidad. Por un lado, enamoramiento hace referencia a una emoción fuerte, atracción, ilusión y esto puede cambiar rápidamente. Por otro lado, el amor verdadero busca el bien del otro, sabe esperar, respeta, es responsable, permanece incluso en dificultades. Dicho esto, podemos preguntarnos para respondernos personalmente ¿me he enamorado alguna vez? ¿he sabido amar a mis familiares y amigos?

Ǫuedémonos con esta frase sencilla: Amar no es usar a alguien para sentirse bien; amar es buscar el bien de la otra persona.

La afectividad

Para vivir bien la sexualidad, desde nuestra perspectiva de fe, es preciso analizar el tema de la afectividad, que es la capacidad de expresar sentimientos, como el cariño, la amistad, la ternura, la empatía y el respeto. Pensemos ahora, de este grupo: ¿quién es el más cariñoso? ¿Ǫuién es el más respetuoso con los demás?

Los sentimientos son buenos, pero necesitan guía. Por eso, no todo lo que siento debo hacerlo automáticamente. Por ejemplo, sentir cólera no significa golpear; sentir atracción no significa actuar impulsivamente. Es bueno actuar con prudencia y madurez, y en este sentido, la madurez consiste en aprender a pensar, decidir, dominarse y actuar correctamente. Podemos pensar en lo siguiente, para respondernos personalmente ¿alguna vez me he dejado llevar por los sentimientos? ¿Cómo me he sentido después?

Una tarea bonita sería investigar entre todos cuáles han sido los sentimientos de Cristo que se nos narran en los evangelios, para comprender como Jesús, Dios y hombre verdadero, supo vivir los afectos humanos, sin herir a nadie, haciéndolo todo bien.

La castidad: entenderla bien

Este punto, el de la castidad, es muy incomprendido, pero ustedes hoy tienen la oportunidad de comprenderlo, para vivirlo. Empecemos diciendo que muchos creen que “castidad” significa simplemente represión, prohibiciones, o “no hacer nada”. Pero no es eso. Preguntémonos, a ver si alguno puede decir algo sobre esto.

¿Ǫué es la castidad?

Y luego de escucharlos, es bueno saber que la castidad, explicado de la manera más sencilla, es aprender a amar de manera correcta y limpia. La castidad enseña autocontrol, respeto, paciencia y libertad interior. Apuntemos esta idea sencilla en nuestros cuadernos, y hagamos de ella un lema de vida: “La castidad no es “no amar”; es aprender a amar bien.”

El valor de esperar

Antes hemos dicho que la afectividad y sexualidad deben vivirse bien. Pues bien, la Iglesia enseña que la unión sexual tiene un lugar especial, que es el matrimonio. ¿Por qué? Porque la sexualidad une profundamente, implica responsabilidad, puede dar origen a una nueva vida. Las relaciones sexuales no son cosa de juego, es algo muy serio, porque Dios ha pensado que a través de ellas los seres humanos demos continuidad a su creación, al traer nuevos hijos al mundo.

Por eso la Iglesia propone esperar. No porque el sexo sea malo, sino porque es muy valioso. Y ustedes, jóvenes de secundaria, no están ahora mismo en la capacidad de desarrollar su vida sexual desde las relaciones sexuales, pues su obligación ahora es estudiar y preparase bien para poder ser más adelante buenos padres y madres para los hijos que quieran tener dentro del matrimonio.

En las relaciones sexuales se entrega lo más valioso que tenemos, nuestro cuerpo, que es sagrado, porque Dios lo ha hecho a su imagen y le ha dado ser “templo del Espíritu Santo”. Algo muy valioso no se entrega de cualquier manera.

Peligros actuales que afectan la sexualidad

Estimados jóvenes, ahora quiero hablarles con claridad y sencillez sobre los peligros actuales que afectan nuestra vida sexual. Trataré el tema de la manera más directa, explicando conceptos básicos que ustedes mismos ya deberían comprender

Pornografía. Por pornografía entendemos la representación explícita de actos sexuales que busca producir excitación; material escrito, fotográfico, audiovisual, etc. La pornografía convierte a las personas en objetos, daña la mente y el corazón, crea falsas ideas del amor y puede generar dependencia, además de que es altamente adictiva.

La pornografía ocurre cuando actos sexuales, reales o actuados, son mostrados públicamente —por videos, imágenes o internet— para que otras personas los vean con intención de provocar placer sexual. La Iglesia enseña que esto afecta la dignidad humana y el verdadero sentido de la sexualidad, porque convierte a las personas en objetos de consumo o diversión, en lugar de reconocerlas como personas valiosas y dignas de amor y respeto.

Además, la pornografía puede crear una visión falsa del amor, de las relaciones y del cuerpo humano. Muchas veces lleva a las personas a vivir la sexualidad de manera superficial, egoísta o alejada del verdadero afecto y compromiso. Por eso, la Iglesia considera que la pornografía hace daño tanto a quienes la producen como a quienes la consumen, especialmente porque puede generar dependencia, afectar la manera de relacionarse con los demás y distorsionar la idea del amor auténtico. La invitación cristiana es a cuidar la mirada, el corazón y la mente, aprendiendo a vivir la sexualidad con respeto, pureza, responsabilidad y verdadero amor.

Presión social. Muchos jóvenes hacen cosas por presión, por miedo a quedar mal, para sentirse aceptados o para experimentar deliberadamente sin ningún tipo de responsabilidad. Hay algo claro, no necesitas hacer lo que todos hacen para valer más.

Relaciones tóxicas. No es amor cuando controlan tu vida, revisan todo tu celular, manipulan, amenazan o presionan sexualmente. La libertad y la transparencia es clave para comprender las relaciones sanas.

Masturbación. Es la estimulación de los órganos genitales o las zonas erógenas con la mano o por otro medio para proporcionar goce sexual. La Iglesia enseña que la sexualidad es un regalo de Dios y que está pensada para vivirse de manera plena en el amor verdadero entre esposos. Por eso, la masturbación se entiende como buscar placer sexual a solas, usando voluntariamente el propio cuerpo fuera de la relación de amor y entrega que existe en el matrimonio.

Según la enseñanza católica, esto no corresponde al sentido completo de la sexualidad, porque separa el placer de la entrega mutua, el amor y la apertura a la vida. Por eso la Iglesia considera que no es el camino que Dios quiere para vivir la sexualidad humana. Sin embargo, la Iglesia también pide comprender a cada persona con respeto y misericordia. Antes de juzgar, hay que tener en cuenta que muchos jóvenes pueden pasar por dificultades emocionales, inseguridades, hábitos, angustias, presión social o falta de madurez afectiva. Todas estas situaciones pueden disminuir la responsabilidad personal.

Por eso, más que condenar, la Iglesia invita a los jóvenes a crecer en el dominio de sí mismos, en la pureza del corazón, en la oración y en el aprendizaje de un amor auténtico y responsable.

La libertad verdadera

Dios nos ha creado libres para ser felices. Ser libre no es “hacer lo que quiero”. Ser libre es “hacer el bien, aunque cueste”. La verdadera libertad incluye responsabilidad, conciencia, respeto y dominio propio. La libertad es la capacidad que tiene cada persona para decidir y elegir por sí misma lo que quiere hacer. Somos libres cuando podemos actuar con conciencia, escogiendo entre el bien y el mal, haciendo o dejando de hacer algo.

Dios nos creó libres porque quiere que aprendamos a amar y a actuar responsablemente, no por obligación. Por eso, la verdadera libertad no significa “hacer lo que me da la gana”, sino elegir aquello que nos hace mejores personas y que hace bien a los demás. La libertad ayuda al ser humano a crecer, madurar y vivir en la verdad y en el bien. Cuando una persona usa bien su libertad, se acerca más a Dios y encuentra una felicidad más profunda y verdadera. Por eso, la libertad alcanza su sentido más grande cuando orienta nuestra vida hacia Dios, que es quien quiere nuestro verdadero bien y nuestra felicidad.

Dios siempre acompaña

Ǫueridos jóvenes, todos somos imperfectos. Puede haber errores, heridas, caídas y malas decisiones. Pero Dios no deja de amar, perdona, sana y ayuda a comenzar de nuevo. Tu pasado no define tu valor. Dios siempre puede levantar tu vida. Dios es amor. Él no vive en soledad, sino en una perfecta comunión de amor. Por eso, cuando creó al hombre y a la mujer, los hizo a su imagen y semejanza, es decir, con la capacidad de amar, de relacionarse y de vivir en comunión con los demás.

Cada persona ha sido creada para amar y ser amada. Por eso, en el corazón humano existe el deseo de amistad, familia, entrega y compañía. Amar no es solo sentir algo por alguien, sino aprender a darse, respetar, ayudar y buscar el bien del otro. Además, Dios nos da la responsabilidad de vivir ese amor de manera auténtica y sana. La verdadera felicidad no está en el egoísmo o en usar a los demás, sino en construir relaciones basadas en el respeto, la confianza y el amor verdadero.

Conclusión

Repasemos, para finalizar esta charla, las ideas principales de todo lo que hemos dicho. En primer lugar, que la sexualidad es un regalo de Dios, no algo malo o dañino cuando se vive según el plan divino. En segundo lugar, es bueno recordar que el cuerpo tiene dignidad, porque somos hechura de Dios y él lo hizo todo bien. Como tercer punto importante, amar no es usar, sino respetar, valorar y tratar bien a los demás. En cuarto lugar, no olvidemos que la castidad es aprender a amar bien, respetándonos a nosotros mismos y a los demás. En el quinto punto vimos cómo la verdadera libertad incluye responsabilidad y es el camino para hacer siempre el bien. Y, finalmente, en sexto lugar, recordemos siempre que Dios quiere nuestra felicidad auténtica, porque nos ama y nos ha creado libres para ser felices amando.

Les dejo esta famosa frase de San Agustín de Hipona: “Ama y haz lo que quieras”. Con esta frase, San Agustín no quiere decir que una persona pueda hacer cualquier cosa sin límites. Lo que enseña es que, cuando alguien ama de verdad — a Dios y a los demás—, sus acciones buscarán el bien y no el daño.

Preguntas para diálogo final

Como lluvia de ideas en la que pueden participar libremente, les propongo responder en voz alta estas preguntas.

¿Ǫué significa amar de verdad? ¿Ǫué cosas dañan hoy la visión del amor? ¿Por qué creen que cuesta vivir la castidad? ¿Cómo podemos respetarnos más entre hombres y mujeres?

Frases cortas para proyectar o repetir

Les repartiré impresas alguna de estas frases para que la interioricen y las plasmen en sus cuadernos. También puede hacer un grafiti en alguna pared de la institución, con la autorización de los directivos.

         “Tu cuerpo tiene dignidad.”

         “El amor verdadero sabe esperar.”

         “No eres un objeto.”

         “La castidad es aprender a amar.”

         “La libertad necesita responsabilidad.”

         “Dios no te quita felicidad; te enseña a amar mejor.”

Oración final

Ǫueridos jóvenes, hagamos juntos esta oración:

SEÑOR JESÚS, GRACIAS POR LA VIDA Y POR NUESTRO CUERPO. AYÚDANOS A VALORAR NUESTRA DIGNIDAD, A RESPETARNOS UNOS A OTROS, Y A APRENDER A AMAR DE VERDAD.

DANOS UN CORAZÓN LIMPIO, LIBRE Y SINCERO, PARA VIVIR NUESTRA JUVENTUD CON ALEGRÍA Y RESPONSABILIDAD. AMÉN.