ARQUIDIÓCESIS DE
MÉRIDA
SEMINARIO
ARQUIDIOCESANO SAN BUENAVENTURA
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Eucaristía con motivo de los 30 años de la visita de San Juan Pablo II a Mérida |
Mensaje a mis hermanos Seminaristas.
Muy queridos hermanos en la formación al
sacerdocio. Iluminado por el capítulo II de la Exhortación Apostólica Evangelii
Gaudium de S.S. el Papa Francisco, quiero dirigir un breve mensaje motivador a ustedes
mis hermanos seminaristas, futuros sacerdotes de la Iglesia Católica. Quiero
dar a conocer lo que nuestro amado Papa nos está diciendo, para el bienestar de
la Iglesia de Cristo.
El Santo Padre no es ciego ante el gran
trabajo que han venido realizando los agentes pastorales, dentro de los que nos
podemos incluir nosotros los seminaristas, él reconoce que en la actualidad la
Iglesia sigue trabajando positivamente por la construcción del Reino de Dios y
lo ha venido realizando con mucha alegría, la cual debe alimentarse y nunca
desmayar.
En nuestra formación al sacerdocio debemos
ir trabajando para saber manejar lo que será nuestro futuro ministerio
sacerdotal en relación a las cuestiones económicas, alejémonos de ser unos
simples trabajadores que merezcan su justo salario, para eso no nos estamos disponiendo,
no somos obreros de una gran empresa administradora de sacramentos, porque
actitudes como estas le hacen mucho daño a la Iglesia y el Santo Padre ya ha
advertido suficiente sobre esto. Queremos una Iglesia pobre para los pobres.
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Luis Alejandro Campo, José Abrahan Rangel, Pedro Andrés García, Eudes Ovidio Puentes |
Hermanos seminaristas, mantengámonos
siempre alejados de las tentaciones más fuertes a la que somos sometidos con
frecuencia, estas son el individualismo, la crisis de identidad y la caída del
fervor, todas estas evaluadas con la perspectiva puesta hacia el encuentro con
los demás, ya que a veces actúan obstaculizando nuestra común vocación de
cristianos, de amarnos los unos a los otros como el Señor nos ha amado.
Cuando nos dejamos atacar por el mundo,
podemos caer en la infelicidad, pues es muy fuerte el llamado mundano a ser
como los demás y a tener todo lo que los demás tienen, la misma identidad
cristiana se pierde y esto hace que nuestra vocación vacile o no sea totalmente
aceptada.
El llamado misionero, que es tan antiguo y
tan novedoso como el Evangelio, es esa fuente inagotable a la que nosotros,
motivados por el Papa, debemos acudir siempre, porque es en una Iglesia en
salida donde la alegría del Evangelio se hace más palpable y nosotros, los
seminaristas, en este tiempo nos estamos preparando para trabajar en una
Iglesia que cada día exige más y más, porque para nadie es un secreto que los
tiempos cambian y cada vez hay más retos que afrontar a la luz de la fe.
En
nosotros hay un peligro grave, y es el de temerle a cualquier obra
evangelizadora, esto sucede cuando en vez de entregarnos por completo a la
misión, optamos descaradamente por cuidar de nuestros espacios personales y no
responder al amor de Dios que es contagiante. Estamos convirtiendo nuestra
vocación de evangelizadores en exclusivamente un activismo que nos enmarca en
un crudo horario. He escuchado a varios de mis hermanos decir que en tiempos de
misiones les queda tiempo para la siesta y esto lo quieren hacer aceptable con
una falsa organización del tiempo, pero no es así, a esto hay que temerle, pues
si apenas como seminaristas no somos capaces de desgastarnos por la misión,
¿qué será de nosotros como sacerdotes? Nos estamos convirtiendo en unos hombres
perezosos incapaces de sacrificarnos por los demás. El Papa Francisco, después
de Cristo, es el mejor ejemplo de trabajo sin descanso por amor a Dios, a los
demás y a la propia vocación.
Nuestras
actividades dentro y fuera del seminario siempre deben hacerse con una
motivación sobrenatural, con un espíritu capaz de aceptar las cruces que se
sobrevengan. Nunca podemos caer en el afán de hacer por hacer, es decir, de
emprender proyectos que se queden solamente en lo posiblemente realizable.
Tampoco en hacer las cosas para que los demás nos vean y alaben. Dependiendo
del amor por las cosas de Dios será nuestro rendimiento como misioneros y
futuros pastores del rebaño del Buen Pastor.
¡No nos dejemos robar la alegría
evangelizadora! (EG 83) nos anima el papa Francisco, haciendo hincapié en
la actitud que debemos tener los cristianos al momento de presentar al mundo a
Jesucristo, nuestro Salvador y Redentor.
No es
motivo para desanimarnos, el reconocer que en nuestra Iglesia hay grandes
pecados y errores, al contrario debemos confiar en Dios y saber que la luz del
Espíritu Santo siempre iluminará a la Iglesia en su camino de santificación,
porque así nos lo recuerda el Apóstol “donde
abundó el pecado sobreabundó la gracia” (Rm 5,20). La lucha por la santidad en la Iglesia debe ser continua
y perseverante, nosotros como seminaristas podemos iniciar, desde nuestra etapa
de formación, con el deseo firme de ser mejores cada día, reconociendo aquello que
dijo el Señor a Pablo “Te basta mi
gracia, porque mi fuerza se demuestra en la debilidad” (2 Co 12,9).
En estos
momentos, en que la juventud se ve atacada por una exagerada llamada al
consumismo, es necesario que nosotros como jóvenes que somos, sepamos dar
ejemplo de una cristiana austeridad, que nos lleve a tener lo que es necesario
para la vocación y las comodidades primarias, sin caer en la competencia de
tener todo lo que el mundo nos ofrece a cada rato, estamos llamados a ser
pobres de corazón, es decir, que nos nazca en las entrañas ser pobres como lo
fue Cristo.
El Santo Padre nos recuerda que no debe haber
peleas entre nosotros mismos, esto nace cuando surgen grupos dentro de la misma
Iglesia que se consideran los mejores, y no son capaces de compartir la gran
riqueza escondida en la diversidad de carisma que posee el Cuerpo Místico de
Cristo.
Como
laicos que somos, animemos a los demás laicos a optar por una misión
evangelizadora, que les permita reencontrarse con la Alegría del Evangelio y ser
también discípulos y misioneros del Señor, en el mundo actual, porque son los
laicos la inmensa mayoría del pueblo de Dios y junto con los ministros
ordenados podemos trabajar por el Reino de Dios y por su gloria, no por la
nuestra.
Por
ultimo hermanos seminaristas, veamos a la mujer con la misma dignidad que el
hombre, pues esta dignidad de ser hijos de Dios, la tenemos todos los
cristianos en el bautismo. Reconozcamos que ella juega un papel muy importante
dentro de la vida eclesial, pues en su mayoría, las personas con las que
interactuamos en nuestras pastorales son mujeres.
Somos
nosotros los principales promotores vocacionales, con nuestro testimonio de
vida, porque joven llama a joven y es así como daremos un rostro joven a
nuestra Iglesia Católica.
Señor danos
sacerdotes.
Señor danos
sacerdotes santos.
Señor danos muchos
sacerdotes santos.
Amén.
P.A
García