LIBRUM
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La mejor mezcla: libros y gatos. |
Festejo
este 23 de abril de 2023, “Día Internacional del Libro” con un inventario de
exactamente dos mil libros indexados, de los cuales 1825 están en mi casa en
Venezuela, y el resto, 175 están conmigo en el Perú. De los 1825 en Venezuela,
el primero en indexar fue “Plaza de Santo Domingo”, de Manuel Capetillo, un
libro de la Editorial Harla, publicado en México D.F. en 1987, con el ISBN 968-6034
82-X, y el último en agregar antes de venirme para el Perú fue “La Trinidad y
la Familia” del padre Román Sánchez Chamoso, un libro publicado por la
editorial de los Operarios Diocesanos “Trípode”, en Caracas en 2015, con el
ISBN 978-980-208-545-3; ambos textos de tapa blanda.
De
los 175 libros indexados en el Perú, el primero fue “One Direction. La
Historia. Biografía no autorizada” de Danny White en 2013, por la editorial B
de Blok en Barcelona con el ISBN 978-84-15579-15-1, y el último en ser indexado
al inventario es “Ayacucho y su riqueza cultual” de Mario Teodoro Cueto Cárdenas,
publicado en 2017 en Ayacucho. Por lo que se encuentran títulos de las más
diversas temáticas.
Ya
he dicho anteriormente que recibí una enorme donación de libros, en realidad la
biblioteca completa que fue del padre Ramón Emilio Pernía Noguera, es así como
a los dos mil libros inventariados que tengo en mi computadora, debo agregar
los cinco mil aproximados que me cayeron del cielo, para dicha de todos, pero
especialmente para dicha mía. Hablemos entonces de un patrimonio cultural y
bibliográfico de por lo menos siete mil volúmenes.
Ahora
bien, toda persona que ve tal cantidad de textos se le ocurre la misma
pregunta: ¿y los has leído todos? Ya perdí la cuenta de cuántas veces me han
interrogado con la misma fórmula, y naturalmente la respuesta es negativa,
pues, le faltan horas al día para dedicarse única y exclusivamente a la lectura
de libros, sin saber que se come, se duerme, se trabaja y se vive a la par de
la misma lectura.
Hace poco
supe que el gran bibliófilo italiano Umberto Eco acumuló más de cincuenta mil
libros, y cuando le hacían la incómoda pregunta de cuántos de ellos había leído,
respondía algo así como que tenía que vivir varias vidas para poder tener el
tiempo suficiente de ojear y hojear tantas y tantas páginas.
Dejando a
un lado la biblioteca de Eco y volviendo a la mía, me gusta alardear de los
tesoros que tengo. Son muchos, que no puedo precisar, pero sí hay uno fácil de
asir, el libro más antiguo que poseo, al que ya le he dedicado un artículo
completo, sin embargo, solo deseo mencionarlo de pasada aquí, pues se trata del
tomo segundo del “Diccionario Geográfico Universal. G-O” por el militar,
filósofo, historiador, economista y político español Antonio Capmany Surís y de
Montpaláu, cuyo nombre es resumido en el libro como Antonio Montpaláu, en la ciudad
de Madrid en 1793, en la imprenta Real Compañía de Impresores, de tan solo 424
páginas. Este libro lo compré aquí en la ciudad de Ayacucho, Perú.
Hace
algunos meses publiqué la noticia de que mi libro escrito en coautoría sobre la
historia de mi pueblo ya sería publicado, sin embargo, a estas alturas no he
recibido más información al respecto, de cualquier manera, ya el proyecto está
listo y solo falta que vea la luz pública en físico o en digital, que también vale.
También
me he puesto a pensar qué saldría de todo esto que he escrito y publicado en mi
blog desde 2015, y es que ya son, con este, 496 artículos o entradas
publicadas, y haciendo números con ellos, cada artículo tiene como mínimo tres
paginas Word, que vienen a ser unas seis páginas de un libro formato convencional,
es decir, aproximadamente más de tres mil páginas de un libro impreso,
superando prodigiosamente a la mismísima Biblia, aunque toda comparación con la
Biblia es absurda, por razones obvias, aquí hablo solo de números, no de
contenido, y también a propósito de esto reconozco que vale más la calidad que
la cantidad.
Siempre me
ha gustado regalar libros, porque yo también los he recibido obsequiados, y no
de a uno, sino de a montones. Recuerdo que un profesor universitario de Mérida
llamado Bernardo Moncada me obsequió varias cajas de sus libros, creo que eran
más de cien textos, esa vez estaba en Mérida con mi amigo José Gregorio Parra
Jiménez, quien me ayudó a pujar con ellos, el padre Jaime Molina, mi director
espiritual hizo de transporte en aquella ocasión; le agradecí con una caja de
aguacates y limones al profesor Bernardo y su esposa Margarita. Mi amigo José
Alfonso Morales Rosales también me regaló gran cantidad de sus libros, sobre
todo de índole religiosa y filosófica, pasaban del ciento. Mi amiga Rocío
Santos, peruana y dueña de una librería en Mérida también me ha obsequiado cajas
y cajas de libros, a ella le compré varios de mis textos base para la tesis de
Filosofía. El licenciado Néstor Abad Sánchez no se ha quedado atrás con algunos
textos importantes que me ha cedido.
Pero los
primeros libros son siempre los mejores, esos que fueron releídos casi hasta la
memorización. A mi padrino de bautizo William Riobó siempre le agradeceré el
libro “El Pueblo Encantado”, con dos niños como protagonistas, Julián y Laura,
una historia mágica y atrayente para un infante de seis años de edad, que recién
ha aprendido a leer y quiere leer todo lo que ve. El señor José Barreto, de
Valencia, Venezuela, me obsequió un buen libro sobre la “Historia del Cuatro”,
ese instrumento típico venezolano que aprendí a ejecutar desde pequeño, con un
ejemplar que me regalaron en el año 2003 y que todavía conservo en mi casa en
Venezuela.
La pasión
por los libros y la lectura me viene heredada de mi madre y de mi abuelo Pedro
Barillas, que fue un asiduo lector. Uno de sus libros que yo conservo y ya he
leído es “Un latinoamericano en Vietnam”. Ayer participé en una reunión por Google
Meet en la que se nos preguntó a cada uno por los libros que habíamos leído del
Nobel Gabriel García Márquez, varias personas mencionaron dos o tres de sus
novelas más famosas, y cuando llegó mi turno tuve que decir con la mayor
sinceridad que el único libro de García Márquez que he leído en su totalidad ha
sido “El coronel no tiene quien le escriba”, en la clase de Castellano y
Literatura de la profesora Helda Rosa Rodríguez, playense como yo.
Una última
cuestión, ya para despedirme, porque esto parece no tener fin si no me lo
propongo. Estando en segundo año de bachillerato (secundaria), escribí un largo
cuento para la asignatura de Castellano y Literatura, el título era “El Rey de
los Andes”, en referencia al cóndor andino, una historia de cómo esta ave logró
captar la atención y respeto de todos los habitantes de la Sierra Nevada de
Mérida en épocas pretéritas. Pues bien, este cuento fue tan largo y de notable
nivel, que la profesora Marisol Salcedo nunca creyó que fuera creación mía, pues aseguraba que
lo había bajado de internet. Jamás lo recuperé, pues lo escribí a mano para
ella y no me lo quiso devolver a pesar de que se lo pedí varias veces.
Estando con
los Legionario de Cristo empecé a escribir una “novela”, o al menos esa era mi excelsa
pretensión inicial, sobre un personaje masculino orientado hacia el sacerdocio,
solo escribí 20 páginas en una agenda, el cuento está notablemente inconcluso y
confuso. Lo tengo por ahí, listo para transcribirlo y subirlo en esta bondadosa
plataforma que lo soporta todo, lo aguanta todo, por suerte.
Creo que
por donde voy no seré nunca un gran escritor, sino un habilidoso escribidor,
que no es lo mismo. Pero no importa el qué dirán, porque de los errores se
aprende y por algo hay que empezar, aunque yo ya llevo más de siete años
empezando y nunca termino de empezar. Al buen entendedor pocas palabras bastan.
Ahora sí,
por fin, a mis lectores y a todo curioso que llegue hasta aquí: “Feliz Día Internacional
del Libro”.
P.A
García