domingo, 30 de junio de 2024

Laudato si, educación y espiritualidad ecológica

Síntesis. Capítulo sexto “EDUCACIÓN Y ESPIRITUALIDAD ECOLÓGICA de la Carta Encíclica Laudato si del Santo Padre Francisco.

Necesario es que comprendamos que todos necesitamos cambiar, y evidentemente hay mucho que cambiar. Compartimos un origen común y nos encaminamos hacia un futuro común, solo siendo conscientes de esto podemos caminar juntos en la reforma de nuestras vidas y facilitar el cambio de actitudes, a esto nos invita el Santo Padre.

I. Apostar por otro estilo de vida: el Santo Padre reconoce que el mercado nos impulsa al consumismo y que la técnica y la economía nos estructuran la vida hacia el libertinaje del consumismo, pero no se contenta solo en describir una realidad pesimista, sino que, plantea positivamente la posibilidad de que seamos los mismos seres humanos quienes con nuestros hábitos y alejándonos cada vez más de las compras innecesarias, delimitemos el camino que las empresas recorran para ofrecernos un consumo amigable con la economía y con el medio ambiente. El consumismo es egoísmo puro, y Dios todavía puede trabajar en nuestro corazón para revertir esta tendencia.

II. Educación para la alianza entre la humanidad y el ambiente: no solo la información sobre la ecología logra los objetivos de una educación ecológica, hace falta ir más allá, es decir crear hábitos desde las virtudes humanas y cristianas que nos recuerdan el valor de la creación de Dios, porque depender menos del mercado nos ayuda a vivir más por un deseo profundo del corazón. Desde lo sencillo y cotidiano de la vida, como lo es el apagar las luces que no necesitan estar encendidas, se inicia el cambio que queremos lograr; esto hay que inyectarlo no solo desde la escuela y la casa, sino también desde los ámbitos eclesiales como la catequesis; pero, en todo esto, cobra mayor relevancia la familia, que forma seres integrales, porque se trata de pequeñas tareas que tienen grandes efectos. Es preciso controlarnos y educarnos unos a otros, con sentido de corresponsabilidad, pero sin creernos más que los demás.

III. Conversión ecológica: el Evangelio tiene sus implicancias en cómo pensamos y vivimos. La conversión ecológica es dejar traslucir al Jesús que llevamos dentro en nuestra relación con el mundo que nos rodea, como lo hizo san Francisco de Asís, aunque hace falta más una conversión comunitaria que, lejos de los individualismos naufragantes, pueda reunir la fuerza de todos para llevar adelante una nueva manera de ver el mundo, con respeto y dignidad, como regalo de Dios que es para nosotros, porque la gratitud y la gratuidad son valores que nos recuerdan lo que somos y lo que tenemos. Es claro que la doctrina sin mística no es suficiente, el ejemplo de los santos nos motiva a vivir nuestra vocación de protectores de la obra de Dios, pasando por el examen de nuestras conciencias para reconocer que efectivamente hemos fallado por hacer el mal o por no hacer el bien a nuestra Casa común.

IV. Gozo y paz: el dicho es muy cierto, “menos es más”, lo que invita y motiva a una simplicidad de vida que nos permita vivir libres, sin apegos materialistas, sin pensamientos de consumismo y placeres fugaces, porque cuando acumulamos mucho se distrae nuestro corazón. Una verdad innegable es que nuestra fe propone la felicidad desde la sobriedad y la capacidad de gozar con poco, pues también se puede ser feliz en el servicio, en el encuentro con los demás, en la oración… la felicidad sería saber limitar nuestras supuestas necesidades y estar abiertos a las diversas posibilidades que nos da la vida, para esto es preciso tener en cuenta la humildad y la sobriedad como valores correlacionados con el vivir integral del ser humano en el mundo. La paz interior es una puerta segura al contemplar genuino de Dios en su naturaleza y en contacto con nosotros, pues desde el agradecerle por los alimentos que consumimos estamos reconociendo que no somos autorreferenciales y que dependemos de él en todo.

V. Amor civil y político: el amor siempre es gratuito, y la Iglesia en este sentido ha propuesto la implantación de la “civilización del amor”, con esto quiere involucrar un amor civil y político que oriente y guie las acciones en beneficio de una fraternidad universal con una cultura del cuidado, porque se crea conciencia de que nos necesitamos mutuamente y de que habitamos en una casa común, que es obra de Dios; este amor en la sociedad, dice el Papa, puede llegar a ser una auténtica expresión de espiritualidad y encamina a la santidad. Amando nuestra sociedad y comprometiéndonos en favor del bien común ejercemos una buena caridad, y esto debe ser la acción política, porque esta no se reduce a la política partidaria, y todos podemos intervenir en el bien común.

De las cinco líneas expuestas, me llama la atención la segunda, sobre una educación para la alianza entre la humanidad y el ambiente, pues plantea una realidad muy fácil de comprender, ya que, yendo a los detalles de la vida -de esos que marcan la diferencia- nos anima a seguir adelante con aquellos pequeños hábitos que no saben los demás pero que hacemos con la convicción de que aportan a la construcción de un mundo mejor. El Santo Padre expresa cómo, por ejemplo, ante el frío, abrigarse más en vez de encender la calefacción, es un signo de genuino trato amigable con el medio ambiente, pues hay en esto una mezcla hermosa de conciencia ecológica con humildad y sobriedad, valores que reclaman una mayor presencia en nuestra sociedad.

Francisco describe con rapidez algunos ejemplos de pequeñas tareas que tienen grandes efectos, por ejemplo, evitar el uso de plásticos y papeles, reducir el consumo de agua, separar residuos, tratar con cuidado a los seres vivos, usar transporte público, reforestar, encender solo las luces que necesitamos y reutilizar en vez de desechar.

Las acciones pequeñas, en su perseverancia, pueden llegar a ser estilos de vida, que se contagian y que sin duda aportan en la conformación de una ciudadanía ecológica. Las cosas pequeñas sí importan y sí suman en un objetivo común, no es arar en el mar, es poner nuestro granito de arena que junto al granito de los demás puede llegar a ser una gran obra.

Nos dice el Papa que este bien silencioso tiende a difundirse y llega incluso a dar razones para valorar nuestro paso por este mundo, con la dignidad y responsabilidad propias de un hijo de Dios. Que en nuestras casas, escuelas e iglesias se fomente este modelo de vivir ecológico, para que actuemos según el plan de Dios de ser los buenos administradores de su creación.


P.A

García

sábado, 29 de junio de 2024

Mi viaje al VRAEM

PUCHITAQUIGUIATO

         En la zona selvática del departamento de Ayacucho se encuentra una parte del valle de los ríos Apurímac, Ene y Mantaro (VRAEM), que comparte fluviales con los departamentos vecinos; una zona de especial consideración por la rastrera presencia de Sendero Luminoso, grupo narcoterrorista que se esfuerza por mantenerse en lo incógnito teniendo como principal eje económico la siembra de coca, la producción de cocaína y su eventual distribución.

         Este relato no se desarrollará en lo trágico de una situación como la anteriormente descrita, sino que presentará un bosquejo a vuelo de pájaro de lo que es la vida de una de las comunidades indígenas de las etnias matshiguengas y asháninkas, ya que el contacto tenido el día jueves 27 de junio se centró en la minúscula comunidad nativa matshiguenga de Puchitaquiguiato.

         Por invitación del padre David Samaniego Gutiérrez S.J. participé de una visita de rutina que realiza el “Centro Loyola Ayacucho” a las comunidades nativas indígenas de la selva ayacuchana en favor de la defensa de sus derechos y el cuidado especial de sus territorios.

         El miércoles 26 de junio salimos de la ciudad de Ayacucho rumbo al VRAEM los cinco integrantes de la comitiva, a saber: R. P. David Samaniego Gutiérrez, sacerdote jesuita y antropólogo; Kenny Chuchón, antropólogo también; y Manuel, el chofer; ellos tres miembros del “Centro Loyola Ayacucho”, y nos sumamos en calidad de invitados la madre Julia Huiman, de las Hermanas de la Caridad de Leavenworth y yo.

         Fueron poquísimos los momentos de silencio durante el viaje de ida y de regreso, pues ante el variado y gozoso repertorio musical del USB no nos quedó más opción que cantar a todo pulmón la mayoría de las canciones que nos eran conocidas a todos. Cómo no, sí que hubo un profundo contemplar de la hermosa naturaleza comprendida por verdosos valles templados y rocosos riscos helados antes de adentrarnos en la exuberante vegetación de lo que algunos llaman la “ceja de selva”.

         Yendo tuvimos la dicha de encontrarnos posado sobre una roca a un maravilloso y joven ejemplar del cóndor andino, el cual logramos fotografiar antes de verlo alzarse en vuelo liberto sobre la peña que él mismo admiraba hacia el horizonte; y viniendo nos topamos con dos monos inquietos que, al percatarse de nuestra presencia y por el inevitable ruido del vehículo, saltaron rápidamente de rama en rama hasta perderse de nuestra vista sin darnos la oportunidad de capturar imagen alguna con nuestros móviles en mano. Definitivamente, la flora y la fauna son tan variadas en el recorrido que daría para un libro entero su precisa descripción.

         Por el camino la comitiva del “Centro Loyola Ayacucho” repartió caramelos y galletas a los niños, especialmente a quienes se hallaban cuidando sus rebaños o cosechando con sus padres las tierras. Sus rostros se iluminaban cuando extendían las manos para recibir el obsequio que con mucho cariño el padre David les entregaba. A las señoras y señores mayores les entregó arroz fortificado, una donación importante de casi 30 kilogramos repartidos entre ida y vuelta. Ancianas sentadas tejiendo, otras caminando en medio de la nada en la soledad característica de las alturas donde solo son bien vistas las ovejas, recibieron con gratitud el regalo ofrecido. Es así como la caridad y la gratitud tuvieron rostro en este sencillo gesto de desprendimiento. El sacerdote, en el puesto al lado del chofer, se encargó de saludar a todo transeúnte, obviamente desconocidos todos, pero con ese saludo amable, sabemos, impartía también su bendición sacerdotal.

         Como mencioné anteriormente nuestro viaje tenía por único objetivo visitar la comunidad nativa matshiguenga de Puchitaquiguiato, pero antes llegamos y nos hospedamos en el centro poblado de San Antonio, del distrito Unión Progreso de la provincia de La Mar, localidad ubicada a la margen izquierda del imponente río Apurímac, el mismo que hace de límite entre los departamentos del Cusco y Ayacucho.

         San Antonio o Puerto San Antonio como también se deja leer en algunos avisos, es un centro poblado bastante cómo para visitar. Varias de sus calles principales están asfaltadas o pavimentadas. Tiene buen número de locales comerciales y, sobre todo, agradables hospedajes con los servicios básicos. Una olvidada capilla católica de suficientes proporciones, y otros tantos locales para el culto protestante. En la plazuela del pueblo se reconoce la figura del fraile portugués Fernando de Lisboa, mejor conocido como san Antonio de Padua.

         La tarde en la que llegamos al pueblo se vivió un curioso movimiento en el ambiente que no vimos el día siguiente, y es que esa noche se llevó a cabo el partido de fútbol de las selecciones de México y Venezuela, motivo para concentrarse expectantes frente a las pantallas de TV de los restaurantes, para comer y beber mientras se observó la derrota dolorosa del equipo mexicano frente al orgullo y emoción del venezolano. Las probabilidades de ganar para el país azteca eran mayores que para el pueblo bolivariano según las estadísticas, sin embargo, luego de un gol venezolano y un equívoco en el penalti mexicano, la victoria se selló a favor del tricolor suramericano, después de un eterno y casi agonizante partido, en el que los minutos pasaron como horas.

         El jueves 27 partimos, luego de desayunar, a la comunidad nativa matshiguenga de Puchitaquiguiato, allí nos esperaba el jefe de la comunidad con algunos de sus habitantes. La reunión se llevó a cabo en el local comunal que sirve de inicial para los niños. La maestra fue receptiva y siendo las 10 de la mañana se dio inicio al encuentro.

         El padre David y Kenny, antropólogos, desarrollaron un FODA, es decir, una conversación preliminar que dará como resultado la formulación de un proyecto de trabajo en beneficio de esta comunidad, con la metodología de precisar en primera instancia las Fortalezas, Oportunidades, Debilidades y Amenazas (FODA).

         De lo que puedo recordar rescato que la comunidad es muy pequeña, de solo siete familias, pocos adultos mayores y pocos niños; en total no creo que superen las dos docenas, sin embargo, ellos tienen los mismos derechos que una gran multitud. Son la comunidad más lejana que visita el “Centro Loyola Ayacucho”, y el principal motivo, pero no el único, es ayudarles en la titulación de su territorio, para que vivan protegidos y lejos de las amenazas de foráneos que pueden apropiarse de la selva para deforestar y dedicarla a cultivos.

         Los “colonos” como ellos llaman a las personas ajenas a la comunidad nativa, parecen estar comprando u ocupando tierras que sirven de reserva forestal y faunística, lo que deja en desventaja la preservación de sus costumbres y tradiciones. Los matshiguengas son conscientes de su riqueza cultural, étnica, lingüística y tradicional, de ahí que se interesen en ser guiados por el “Centro Loyola Ayacucho” para lograr sus objetivos: una comunidad nativa reconocida por el Estado peruano, con límites precisos y tomados en cuenta en las diversas actividades interculturales de la zona.

         La reunión se efectuó en un clima amigable, aunque costó un poquito hacerlos participar y concretar ideas. La metodología del FODA es muy específica y lo que se salga de ahí retarda su objetivo, sin embargo, todo lo expresado fue tomado en cuenta y apuntado por los antropólogos.

         La barrera idiomática estuvo presente, pero esta fue absuelta con la posterior interpretación de Kenny, quien resumió a grandes rasgos la larga intervención de uno de los participantes que, desde un principio manifestó sentirse más cómo opinando en lengua quechua; aunque aquello fue más una mezcla de castellano y quechua, lo que facilitó la fugaz comprensión por asimilación de los que no hablamos el quechua.

         En resumidas cuentas, los pobladores de Puchitaquiguiato saben que son una comunidad joven y marginada, pero con grandes avances en su desarrollo y encaminadas a lograr más cosas. Su jefe es un hombre joven que se debate entre permanecer en la comunidad con los suyos, luchando por un proyecto común, o marcharse al otro lado del Apurímac para probar suerte en trabajos que le suministren mayor remuneración. La pobreza material es evidente, casi tanto como la intelectual, sin catalogar a nadie de ignorante, porque ellos saben muchísimas cosas que nosotros ignoramos. Cada quien es ignorante en la medida en que se pongan a prueba sus conocimientos.

         Finalizada la reunión se entregaron unas mantas para el frío a cada familia, dos por padre de familia, y unos kilos de arroz fortificado, el mismo que se repartió por el camino. Luego vino el almuerzo, tan sencillo como delicioso, se trató de yuca con pescado y masato, bebida tradicional de los matshiguengas y asháninkas a base de yuca, una especie de chicha fuerte de contextura gruesa, agradable al paladar. En la mesa estuvimos solo los varones; las mujeres y los niños comieron a parte; con nosotros solo estuvo la madre Julia y, en el mismo salón comunal, aunque no en la mesa, la profesora que también participó de la conversación mientas comíamos.

         Como donación del “Centro Loyola Ayacucho” se obsequiaron a la comunidad varias láminas de calamina para techar la cocina y depósito del salón comunal, pues los alimentos del programa estatal Qali Warma exigen unas condiciones mínimas para el manejo de alimentos, especialmente de los niños, en la erradicación de la anemia.

         Cuántos lugares en este mundo que debemos conocer, cuántas realidades que hay que experimentar. La vida en la ciudad tiene sus ventajas y desventajas, de igual manera en el campo, aunque, es evidente que, respecto al acceso a la salud, la alimentación y a la educación, solo por poner un ejemplo, estas comunidades indígenas se ven en notable detrimento. Son felices a su modo de ver el mundo, pero se reconocen cruzados de brazos ante un mundo cada vez más desarrollado y donde el ser humano y sus capacidades son más tomadas en cuenta.

         ¿Será que estas pequeñas comunidades están destinadas a desaparecer? No lo sabemos, ni lo deseamos, lo que sí podemos advertir es que el asfixiante materialismo, sin menospreciar los derechos humanos, cundirá como pólvora en las conciencias de los más débiles.

         La Iglesia católica, a través del trabajo de la Compañía de Jesús, los padres jesuitas, hace extensiva la voz del Romano Pontífice que quiere bendecir a todos sus hijos repartidos por el mundo entero, allí donde se encuentren, en sus faenas diarias, en sana relación con el medio ambiente, la casa común que debemos conocer para amar y cuidar.

P.A

García










Exégesis de Filipenses 1, 19-26

 “PARA MÍ LA VIDA ES CRISTO Y EL MORIR UNA GANANCIA”

INTRODUCCIÓN

La elección del texto de la Carta a los Filipenses (1, 19-26) encuentra su razón en un testimonio sacerdotal, y desde preguntas constantes en la vida propia, como; ¿Qué es la vida? ¿Qué sentido tiene la vida? ¿Por qué san Pablo decía que la vida para él es Cristo?, cuestionamientos firmes que forman parte de vida vocacional, interrogantes que fueron clave para elegir este camino. Así mismo, el testimonio de un sacerdote que decía con mucha convicción, que para él “la vida es Cristo…”; eso me generó mucha atracción, de cómo así llegó a tal punto de repetir las mismas palabras de Pablo. Desde luego, la pregunta seguía presente cuando tenía momentos existenciales o crisis de carácter vocacional. De igual modo, por la profundidad y radicalidad del texto con respecto a la vivencia en la fe. En ese sentido, quiero profundizar en estos versículos y entrar en sintonía con la vida de fe en Cristo, como lo vivió el Apóstol de los gentiles, san Pablo, a quien festejaremos el próximo sábado 29 de junio.

 

PROFUNDIZACIÓN

 

El texto elegido Flp. 1, 19-26 en griego koiné:

 

19 οδα Γγρ τι τοτό μοι άπο- βήσεται ες σωτηρίαν δι τς μν δεήσεως κα πιχορη- γίας το πνεύματος ησο Χριστο

20 κατ τν Γπο- καραδοκίαν κα λπίδα μου, τι ν οδεν ασχυνθήσο- μαι λλ' ν πάση παρρησί ς πάντοτε κα νν μεγαλυν- θήσεται Χριστς ν τ σώματί μου, ετε δι ζως ετε διά θανάτου.

21 μο γρ τ ζν Χριστς κα τ ποθανεν κέρδος.

22 δ τ ζν ν σαρκί, τοτό μοι καρπς ργου, κα τί Γαρήσομαι ο γνωρίζω.

23 συν- έχομαι δ κ τν δύο, τν πιθυμίαν χων Θες τ να- λσαι κα σν Χριστ εναι, πολλ [γάρ] μλλον) κρεσσον·

24 τ δ Γπιμένειν ο[ν] τ σαρκ ναγκαι- ότερον δι' μς.

25 κα τοτο πεποιθώς οδα Γτι μεν κα παραμεν πσιν μν ες τν μν προκοπν κα χαρν τς πίστεως,

26 να τ καύχημα μν περισσεύ ν Χριστ ησο ν μο δι τς μς παρουσίας πάλιν πρς μς

 

Para el desarrollo del presente trabajo exegético, utilizaremos la cuarta edición, totalmente revisada, de la Biblia de Jerusalén de la Conferencia Episcopal Española, aprobada el 18 de febrero de 2009.

19 yo sé que esto servirá para mi salvación, gracias a vuestras oraciones y a la ayuda prestada por el Espíritu de Jesucristo

20 pues espero firmemente no sentirme en modo alguno fracasado. Por el contrario, tengo la plena seguridad, ahora como siempre, de que Cristo será glorificado en mi cuerpo, por mi vida o por mi muerte

21 pues para mí la vida es Cristo, y el morir una ganancia.

22 pero si el vivir en el cuerpo significa para mi trabajo fecundo, no sé qué escoger…

23 me siento apremiado por ambos extremos. Por un lado, desearía partir y estar con Cristo, lo cual, ciertamente, es con mucho lo mejor;

24 más, por otro, quedarme en el cuerpo es más necesario para vosotros.

25 con esta convicción, sé que me quedaré y seguiré con vosotros para progreso y gozo de fe,

26 a fin de que tengáis por mi causa un nuevo motivo de satisfacción en Cristo Jesús, cuando yo vuelva estar entre vosotros.

 

UBICACIÓN DEL TEXTO (1, 19-26) EN EL CONTEXTO DE LA CARTA A LOS FILIPENSES

Este apartado lo desarrollaremos en cuatro aspectos importantes: la situación epistolar o de la comunidad; quién es el autor de la carta, su autenticidad y su remitente; cuál es la tesis general y los temas de la carta; y finalmente, cuál es la estructura de la misma y cómo podemos ubicar nuestra perícopa en ella.

Autor y fecha

La mayoría de los exegetas confluyen en que Pablo escribió esta carta hacia el año 56 en Éfeso[1], sin embargo, hay quienes mencionan que pudo hacerlo hacia el 61-63 desde Roma, o incluso antes, por los años 58-60 desde Cesarea[2]. Está dirigida a la comunidad de los cristianos de Filipos, una colonia romana (como lo refiere Hch. 17, 12) en donde los veteranos recibieron tierras para asentarse tras las batallas de las guerras civiles (42. a.C.). Como Tesalónica (situada más a Occidente), era Filipos un importante centro comercial en la Via Egnatia. Esta comunidad fue evangelizada por Pablo hacia el año 50 en su segundo viaje misionero. En la misma línea, Filipos se encuentra en la actual Grecia, a 180 m.s.n.m. Fue conquistada por el rey macedonio Filipo II de Macedonia (padre de Alejandro Magno) y en el 360 a.C. fue tomada de los tasios por ser estratégicamente un paso de control de las minas de oro de la zona, la ciudad tenía una mina aurífera importante, por lo cual fue motivo de grandes batallas[3].

En Filipos no había sinagogas judías, ni comerciantes judíos por la zona, posiblemente por ser muy conflictiva. En el aspecto religioso la ciudad era considerada como un lugar de profunda presencia pagana y supersticiosa[4]. Sin embargo, Pablo, apóstol destacado para la fecha, tal como hace mención, se encuentra en prisión, no se sabe con exactitud ni dónde ni cuándo, pero sí que se encuentra bajo una situación de privación de su libertad. La situación lo lleva a pensar sobre su “herencia” y la alegría, aún en la adversidad. Invita a los filipenses a seguir su ejemplo, y mejor, a seguir el ejemplo de Cristo[5].

Autoría de san pablo

La Carta a los Filipenses en cuanto a su autoría no se puede dudar de su autenticidad, pues efectivamente Pablo la escribió, o más precisamente la dictó; y con respecto a la unidad textual, ciertamente hay muchas discuciones frente a ello, incluso los investigadores están divididos al cincuenta por ciento, es decir, se encuentran repartidos en dos grupos, es así como hay quienes defienden que un redactor combinó dos o tres cartas para formar Flp, pero la defensa de la unidad tiene también argumentos muy fiables[6].

 

JUSTIFICACIÓN DE LA UNIDAD LITERARIA

Pablo se expresa aquí momentáneamente, como si no estuviera prisionero de los romanos. Su decisión, sus proyectos no proceden de un análisis empírico de la situación, sino de una necesidad religiosa, de un imperativo salvífico que siente él que, ante todo es apóstol del Evangelio. Quizás se le pueda reprochar su falta de sentido práctico, pero no es posible dejar de admirar el celo que saca de su fe[7].

La dicotomía, prisión - libertad o muerte - vida, es analizada por Pablo en (Flp 1, 19-26) como dos posibilidades idénticas de vivir en Cristo. Por eso, la lectura general del texto escogido es de una profunda fe y esperanza en el Señor, pues ante cualquier circunstancia, desde la prisión o volviendo a compartir con los filipenses, desde una muerte martirizada -que finalmente padeció Pablo- o desde una salvación (libertad) de las cadenas, Pablo encuentra su plena realización, el sentido de su existencia en la glorificación de Cristo a través de él, de su vida como de su muerte[8].

 

ESTRUCTURA DE LA CARTA

 

Saludo (1,1-2).
Acción de gracias y súplica (1,3-11).
Situación personal de Pablo (1,12-26).
Lucha por la fe (1,27-30).
Unidad en la humildad. La “kénosis” (2,1-11).
Trabajar en la obra de la salvación (2,12-18).
Misión de Timoteo y Epafrodito (2,19-30).
El verdadero camino de la salvación cristiana (3,1-4,1).

Últimos consejos (4,2-9).
Agradecimiento por la ayuda recibida (4,10-20).

Despedida (4,21-23)[9].

 

La perícopa tomada (1, 19 – 26) plantea la línea general de la Carta a los Filipenses, donde Pablo es totalmente consciente de las exigencias de la llamada y se plantea la disyuntiva de optar por Cristo definitivamente con la muerte o servir a la comunidad de la cual se siente responsable.

 

EXÉGESIS POR VERSÍCULO

 

Filipenses 1, 19-26 es un pasaje del Nuevo Testamento que contiene las palabras del apóstol Pablo, donde expresa su confianza en el propósito divino a través de las dificultades que enfrenta. Vamos a proceder con una exégesis del pasaje, fruto de la reflexión personal y en sintonía con las principales interpretaciones sobre esta perícopa paulina. El versículo, enunciado con el número encarnado se presentará en cursiva, y la reflexión posterior en redonda.

 

19 yo sé que esto servirá para mi salvación, gracias a vuestras oraciones y a la ayuda prestada por el Espíritu de Jesucristo

 

Pablo, citando a el libro de Job 13, 16 comienza expresando su confianza en que su situación (probablemente su encarcelamiento) cambiará debido a las oraciones de los filipenses y la provisión del Espíritu Santo. Esto muestra su firme creencia en el poder de la oración y la intervención divina. Aunque privado de su libertad, no se reconoce solo, todo lo contrario, la presencia de Dios y los suyos a quienes escribe le hacen de compañía.

 

20 pues espero firmemente no sentirme en modo alguno fracasado. Por el contrario, tengo la plena seguridad, ahora como siempre, de que Cristo será glorificado en mi cuerpo, por mi vida o por mi muerte

 

Aquí Pablo revela su motivación principal: “que Cristo sea glorificado”, ya sea que continúe viviendo o que muera. Su enfoque principal no está en su propia situación, sino en cómo su vida puede reflejar la gloria de Cristo, independientemente del resultado. La cárcel plantea a Pablo una hipotética derrota de su ministerio, pensamiento que no prospera pues está seguro de que su opción por el evangelio, dando testimonio con su muerte o continuando con la predicación a las comunidades, tendrá el éxito de los trabajan para Dios.

 

21 pues para mí la vida es Cristo, y el morir una ganancia.

 

Este verso es uno de los más famosos de san Pablo en la Carta a los Filipenses. En él el autor expresa su convicción de que vivir significa servir a Cristo y que morir significaría estar con Él en su plenitud, lo cual considera una ganancia superior. Como lo refiere más adelante en el capítulo 3, versículo 8, todo lo considera basura con tal de poseer Cristo, y con esto se refiere el Apóstol a un vínculo vital íntimo. El pensamiento fariseo del autor le asegura la vida después de la muerte y esto sin duda compagina con la propuesta central de la predicación de Jesús de Nazaret. Frases como esta compendian del Corpus Paulino toda la existencia de su autor; ciertamente ha sido el texto elegido para el epitafio de san pablo en Roma. Ahora bien, nosotros nos preguntamos: ¿por qué la muerte es ganancia para Pablo?, y nos respondemos sabiendo que desde la perspectiva cristiana, el trance de la muerte no es simplemente el fin de la vida terrena, sino que es propiamente la entrada en el gozo de Dios, la posesión total de Jesucristo, ya no por la fe sino en visión cara a cara[10].

 

22 pero si el vivir en el cuerpo significa para mi trabajo fecundo, no sé qué escoger…

 

Aquí Pablo reflexiona sobre la dualidad de su deseo: por un lado, le gustaría morir y estar con Cristo, pero, por otro lado, ve que su vida en la tierra aún puede ser útil para el ministerio y la obra de Dios. La intuición profética de Pablo nunca descartó la posibilidad del martirio, sin embargo, todo apunta a una preferencia por la vida debido al provecho espiritual de los filipenses y de otras comunidades fundadas por él y en estrecha relación epistolar.

 

23 me siento apremiado por ambos extremos. Por un lado, desearía partir y estar con Cristo, lo cual, ciertamente, es con mucho lo mejor;

 

Pablo revela su inclinación personal hacia la muerte, porque sabe que esto significaría estar con Cristo, lo cual considera extremadamente superior a cualquier cosa que esta vida pueda ofrecer. Vida y muerte son dos modos de estar con Cristo. Lo característico de este versículo sería la profunda convicción de Pablo de sentirse, a través de la muerte, encaminado de inmediato a la gloria del Señor sin esperar la resurrección universal final, de la cual desarrolla él mismo su teología.

 

24 más, por otro, quedarme en el cuerpo es más necesario para vosotros.

 

A pesar de su preferencia personal por estar con Cristo, reconoce que es más necesario para la iglesia en Filipos que él permanezca en la tierra para continuar ministrando y fortaleciendo a los creyentes. Pablo, fundador de comunidades, fomentó un vínculo paternalista o pastoral que lo llevó a desarrollar una comunicación eficaz a través de sus cartas, en las que, tratando diversos temas teológicos, no dejó de manifestar su amor por aquellos a quienes había engendrado en el Evangelio.

 

25 con esta convicción, sé que me quedaré y seguiré con vosotros para progreso y gozo de fe,

 

Pablo concluye diciendo que está seguro de que permanecerá con ellos para contribuir a su crecimiento espiritual y su alegría en la fe cristiana. El deseo del Apóstol de regresar personalmente a Filipos es evidente en este versículo pues, escribiendo desde Éfeso, (o Roma o Cesárea), deja abierta la intención de seguir construyendo la fe de los filipenses con su presencia; lejos de sentirse el protagonista, Pablo actúa siempre en referencia a Cristo, su norte, su vida, el motor de su existir.

 

26 a fin de que tengáis por mi causa un nuevo motivo de satisfacción en Cristo Jesús, cuando yo vuelva estar entre vosotros

 

Finalmente, Pablo expresa su deseo de que la presencia y el ministerio continuado entre ellos resulten en una mayor gloria para Cristo, mostrando cómo su vida y servicio pueden ser un testimonio poderoso para la iglesia en Filipos. El orgullo que Pablo quería, para los filipenses, concebido por su presencia entre ellos, se tradujo después en que fue la vida testimonial de esta comunidad la fuente del orgullo de Pablo.

 

En resumen, Filipenses 1, 19-26 muestra la profunda fe y la perspectiva centrada en Cristo de Pablo, así como su disposición a enfrentar la vida o la muerte con confianza, sabiendo que ambas situaciones están bajo el cuidado y el propósito divino, sintiendo su protección y la cercanía de la oración de los suyos.

 

SÍNTESIS TEOLÓGICA

 

¿Qué es la vida y la muerte para el Apóstol?

 

Pablo ve toda su vida como una vida consagrada al servicio de Cristo. La muerte es una aparente pérdida. Pero Pablo la ve como una ganancia, porque significa tener para siempre a Cristo, como lo plasmó en su Carta a los Gálatas 2, 20: Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí. Pablo manifestó la intención de permanecer con vida hasta la parusía. En Flp reconoce que, vivo o muerto, igual gozará de Cristo. La inmediatez que expresa el Apóstol es característica y determinante en la interpretación de su fe. Para su bien propio Pablo prefiere la muerte, pero en bien de las necesidades apostólicas prefiere estar con vida. Pablo cree que Dios quiere esto último, que siga viviendo.

 

¿En qué sentido es la muerte una ganancia?

 

No sentido filosófico, que creía liberarse de la corporeidad, sino en la intensificación de la unión con Cristo, unión que Pablo ya vive desde su bautismo. Jesucristo confiere sentido a la existencia del Apóstol, pues para el la vida es Cristo, es decir, el sentido de la existencia. Dejar la vida para Pablo no es una opción voluntaria, sino que es disposición del Señor. Para Pablo vivir significa ir multiplicando los frutos del Evangelio. Mientras que morir es solo una ganancia personal. Ambas cuestiones se encuentran en la carrera cristocéntrica del Apóstol. La muerte para Pablo es la introducción en el perfecto conocimiento de Cristo, y en la unión completa con él.

 

La muerte no es la simple liberación de los males. La vida en sí misma no es atrayente para él, sino el bien que puede obrar en beneficio del prójimo, Pablo afirma que la vida es un bien no solo del tiempo presente, sino también venidero, como lo refiere en Rm 6, 1-11. La verdadera vida no se sujeta a los límites del mundo presente, apuntó en Rm 7, 1-13.

 

APLICACIÓN PASTORAL

 

En su epistolario Pablo demostró cuán convencido estaba de su llamada, por eso desde su encuentro personal con Cristo, cambió radicalmente, hasta de nombre, dejando de ser Saulo de Tarso, para llamarse Pablo, el Apóstol de los gentiles, a quienes engendró en el Evangelio y comunicó su pasión por el Señor.

 

La vocación del Apóstol es, sin lugar a duda, un ejemplo para los que se sienten actualmente llamados por Dios a desarrollar una tarea específica en la Iglesia desde el ministerio sacerdotal ordenado. Pablo procura llevar a cabo su vocación y mantiene firme su esperanza en no sentirse fracasado (Flp 1, 20). La posibilidad del fracaso en la vocación puede ser una barrera para que ella misma tenga la posibilidad de abrirse camino en la vida de los llamados.

 

La configuración total con la persona de Cristo a la que están invitados los que se preparan al sacerdocio, fue aquella que experimentó san Pablo en su vida, y fue tal el nivel de identificación con el Señor, que estuvo seguro de que en su vida o en su muerte, Cristo mismo sería glorificado (Flp 1, 20), he aquí un eje primordial que no se puede perder de vista: no es Pablo el que se gloría en Cristo, sino Cristo mismo a través del cuerpo (vida-testimonio) de Pablo, ya sea en vida o en muerte.

 

El fin último de nuestra vocación cristiana es la santidad, es decir, la salvación, en lo que se gloría Dios que nos ha creado para que tengamos vida, y la tengamos en abundancia (Jn 10, 10). Cristo mismo dijo de sí que él era el camino, la verdad y la vida (Jn 14, 6). San Pablo reflexiona a cerca de esta aseveración evangélica y joánica, por eso concluye que, efectivamente, para él la vida es Cristo (Flp 1, 21).

 

En el versículo 22, Pablo menciona un vivir, el del cuerpo, dando a entender que existe otro vivir, el del espíritu. La vida que Cristo ofrece es plena, en cuerpo y espíritu. Ciertamente hemos sido creados para ser plenos en Dios, y para eso es necesario traspasar la temporalidad y mortalidad de nuestros cuerpos, para gozar de la visión beatífica que solo en el cielo se puede obtener, de ahí que, para Pablo, la muerte sea una verdadera ganancia (Flp 1, 21).

 

Ahora, bien, ¿creemos en la actualidad en un mensaje tan esperanzador? La realidad de nuestras vidas nos indica que estamos muy lejos de esta teología paulina, pues es común pensar en la muerte solo como aquel trance de sufrimiento y fatalidad para los seres queridos, e incluso para aquellos que la han experimentado, es decir, de ninguna manera vemos el lado positivo de la muerte corporal, ¿será que se nos olvida el mensaje de la resurrección?

 

El credo nos lo recuerda constantemente, cuando en las eucaristías dominicales, previo a la petición de los fieles, renovamos nuestra fe en la profesión del Credo, cuando conscientes o inconscientes repetimos “creo en la resurrección de la carne y en la vida eterna...”.

 

Pablo en su discurso en el Areópago (Hch 17, 28) profetizó lo que más adelante en su vida habría de testimoniar, que la existencia plena, el moverse, el vivir está solo en Dios, “en él vivimos, nos movemos y existimos”, así, pues, la existencia del cristiano es una constante invitación a descubrir a Cristo en sus hermanos, sobre todo, desde el servicio desinteresado en la medida en que hayamos recibido de Dios los dones que él nos quiso dar para servirle gratuitamente.

 

La vida es, en definitiva, el espacio temporal que Dios nos otorga para demostrarle nuestro amor en una entrega desinteresada y constante por los demás, desde cada misión o vocación especial que tengamos en el corazón. Esta corresponsabilidad en la obra salvífica de Cristo, la compartimos con el pensamiento de san Pablo, cuando supo concluir que “quedarme en el cuerpo es más necesario para vosotros” (Flp 1, 24), pues consciente de su misión evangelizadora, prefería permanecer, o al menos manifestar a los filipenses su intención de volverlos a ver, para da continuidad a la obra que Dios le había permitido iniciar en esta comunidad cristiana, como en tantas otras a las que también dedicó sus epístolas. Ciertamente, una vida y una vocación bien vivida es, para Dios y para el pueblo fiel, un motivo de satisfacción (Flp 1, 26).

 

En conclusión, hemos de encaminarnos también nosotros a desear, como Pablo, que el Señor que nos llamó sea glorificado cada día en nuestra entrega y servicio, en el ejercicio de nuestra vocación, solo así podríamos pronunciar con san Pablo que nuestra vida es Cristo y el estar con él, en vida o en muerte, es la mejor de las ganancias.

 

BIBLIOGRAFÍA

 

Biblia de Jerusalén (2009), Conferencia Episcopal Española, Barcelona, España.

Federico, P. (2009), Corpus Paulino II, Desclée de Brouwer, Heano, España.

Gnilka, J. (1998) Teología del Nuevo Testamento, Trotta, Madrid, España.

Gordon, F. (2004) Comentario de la Epístola a los Filipenses, Clie, Barcelona, España.

Leal, J. et. al. (1965) La Sagrada Escritura, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, España.

Légasse, S. (1981), La Carta a los Filipenses, Verbo Divino, Pamplona, España.

Vanni, U. (2002) Las Cartas de Pablo, Claretiana, Buenos Aires, Argentina.

 

Autores: CHOQUE ARIAS, Juan Sixto y GARCÍA BARILLAS, Pedro Andrés



[1] Cf. Federico, P. (2009), Corpus Paulino II, Desclée de Brouwer, Heano, España, p. 64.

[2] Cf. Ibidem

[3]  Cf. Légasse, S. (1981), La Carta a los Filipenses, Verbo Divino, Pamplona, España, pp. 3-4.

[4] Cf. Gordon, F. (2004) Comentario de la Epístola a los Filipenses, Clie, Barcelona, España, p. 61.

[5]  Cf. Vanni, U. (2002) Las Cartas de Pablo, Claretiana, Buenos Aires, Argentina, p. 80.

[6]  Cf. Gordon, F. (2004) Comentario de la Epístola a los Filipenses, Clie, Barcelona, España, p. 72.

[7] Cf Biblia de Jerusalén (2009), Conferencia Episcopal Española, Barcelona, España, p.

[8] Cf. Gnilka, J. (1998) Teología del Nuevo Testamento, Trotta, Madrid, España, p. 21.

[9] Federico, P. (2009), Corpus Paulino II, Desclée de Brouwer, Heano, España, p. 64.

[10] Leal, J. et. al. (1965) La Sagrada Escritura, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, España, p. 60.