SÍ A LA VIDA
Los católicos iniciamos un
nuevo año litúrgico con el tiempo del Adviento, un período de
preparación interior para el nacimiento del Niño Dios. Este tiempo nos
invita a abrir el corazón, a disponernos con esperanza y alegría al misterio de
la Encarnación. Recordamos con admiración a la humilde Virgen de Nazaret, que
supo dejarse encontrar por Dios y aceptar su voluntad con fe total. En su seno
llevó al Emmanuel, al “Dios con nosotros”, quien vendría a salvar al
mundo. María, joven sencilla, comprometida con un carpintero pobre, pronunció
su “sí” sin reservas, aceptando la misión más sublime: ser la Madre de Dios.
Con ese acto de fe y obediencia, colaboró de manera única en la obra de la
Redención realizada por su Hijo Jesús.
Durante el Adviento, María
no se mantiene pasiva; al contrario, su espera es activa y servicial. Al
recibir el anuncio del ángel, acude presurosa a servir a su prima Isabel, quien
también espera un hijo. Su espera está marcada por el servicio, el amor y la
disponibilidad. Luego, regresa a Nazaret, pero poco después debe emprender
camino a Belén con José, obedeciendo un decreto imperial que ordenaba el
empadronamiento. Así, el Adviento de María es una espera gozosa en medio del
camino y del servicio, una vivencia profunda de fe y de entrega a la
voluntad de Dios. María espera a Dios mismo, al que lleva en su seno, mientras
camina y sirve, haciendo de su vida un verdadero testimonio de esperanza
activa.
Los Evangelios narran con
ternura el nacimiento del Hijo de Dios en una noche sencilla, en medio de la
pobreza de un pesebre. En aquel lugar humilde, rodeados de animales, José y
María reciben al Niño Jesús, cuyo nombre significa “Salvación de
Dios”. Los pastores son los primeros testigos de este acontecimiento, signo
de que la salvación se ofrece a todos, especialmente a los humildes. Este
nacimiento nos revela que la vida de Jesús es en sí misma salvación y
redención, un don divino que transforma la historia humana. En Él, Dios
asume la fragilidad de la vida para dignificarla y rescatarla.
La maternidad virginal de
María, la joven de Nazaret que nunca imaginó ser Madre del Rey de reyes, nos
invita a reflexionar en este tiempo de Adviento sobre tantas mujeres jóvenes
que, sin haberlo planeado, se enfrentan al don y al desafío de la maternidad.
Muchas de ellas ven sus planes transformados radicalmente y, en medio de la
confusión o el miedo, se debaten entre acoger la vida o rechazarla. El
ejemplo de María nos recuerda que la vida no es una decisión privada ni una
carga impuesta, sino un regalo divino que nos trasciende, porque su
autor es Dios, el Creador de toda vida.
El Adviento también nos
mueve a reconocer y valorar el coraje de aquellas mujeres valientes que,
a pesar de las dificultades, deciden seguir adelante con su embarazo. Imitando
a María, enfrentan con esperanza los retos de la pobreza, la soledad o la
incomprensión, y llevan a término la vocación más sublime: dar vida.
Ellas se convierten en signo visible del amor creador de Dios, porque
participar en la creación de una nueva vida es prolongar el acto mismo de la
creación divina.
Sin embargo, no podemos
ignorar la dura realidad de muchas jóvenes que, desorientadas o sin apoyo,
contemplan el aborto como una salida. En su soledad, la desesperanza les hace
olvidar que en su vientre habita una vida inocente, un alma creada y amada por
Dios. Toda vida humana, desde su concepción, es signo de bendición,
nunca de maldición. Dios no se equivoca al dar la vida; cada niño concebido es
expresión de su amor infinito, aun cuando las circunstancias parezcan adversas
o contradictorias. Defender la vida, especialmente la más frágil e indefensa,
es decirle sí al plan de Dios, como lo hizo María.
El Adviento,
entonces, es una invitación profunda a decirle sí a la vida, siguiendo
el ejemplo de la Santísima Virgen. Ella también enfrentó el cansancio, la
pobreza, la incertidumbre y el dolor, pero nunca perdió la confianza en Dios.
Caminó desde Nazaret hasta Belén, soportando las incomodidades del viaje, y dio
a luz al Salvador en la más absoluta sencillez. Con su ejemplo, las madres
gestantes de hoy pueden encontrar fortaleza y esperanza. Aunque el entorno sea
difícil, aunque falten recursos o apoyo, Dios no las abandona: Él camina
con ellas, como caminó con María y José.
Que este Adviento del
2025, Año de la Esperanza, nos impulse a comprometernos concretamente con
el acompañamiento y apoyo a las mujeres embarazadas, especialmente a las
más vulnerables. Que nuestra solidaridad sea signo del amor providente de Dios,
para que toda mujer que espera una vida nueva pueda descubrir, en la ayuda de
la comunidad cristiana, la presencia amorosa del Señor que no deja sola
a ninguna de sus hijas. Digámosle, como María junto a José, un sí confiado a
la vida, porque en cada nacimiento Dios vuelve a pronunciar su palabra
creadora y su promesa de salvación.

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