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domingo, 23 de agosto de 2026

El reloj de Temu: ¿un escándalo innecesario, una compra innecesaria?

“LAS APARIENCIAS ENGAÑAN”

El pasado viernes 21 de agosto, mientras me encontraba en la cabina de emisión de Radio Cumbre 98.5 FM para nuestro segundo programa de “Código Vocación”, ocurrió un pequeño episodio que, aunque podría parecer insignificante, terminó dejándome una interesante reflexión. Tiene que ver con un reloj de Temu, un malentendido, un comentario provocador y un usuario bloqueado. Veamos.

Nuestro programa semanal no solo se transmite por las ondas radiales de la 98.5 FM en Huancayo. Al mismo tiempo, se emite a través del Facebook de la emisora y de las cuentas de TikTok del Seminario Mayor San Pío X y del Seminario Conciliar San Cristóbal de Huamanga. Y fue precisamente en esta última plataforma donde apareció el comentario que dio origen a esta historia.

Minutos antes de salir al aire, ya estábamos interactuando con quienes se habían conectado a TikTok. Mi compañero Juan Uziel se encargaba de la transmisión del San Cristóbal y yo de la cuenta del San Pío X. Sixto había dispuesto la cámara del teléfono para que cubriera mi imagen, pero era él quien tenía delante la pantalla y, por tanto, quien podía leer los comentarios y saber cuántas personas estaban conectadas. Yo, mientras tanto, bastante ajeno a todo aquello, me preparaba para el programa.

En determinado momento, Sixto me indicó que un usuario había preguntado por el reloj que llevaba puesto en mi mano izquierda: un reloj plateado, de caballero, con una esfera interior de un verde bastante llamativo. Algo así como: “¿Y ese reloj, qué?”.

Lo primero que percibí fue un comentario completamente sano, incluso un pequeño elogio a la —indiscutible, por supuesto— apariencia agradable de aquel reloj. Me reí espontáneamente y, si mal no recuerdo, no dije nada más.

Pero unos instantes después Sixto me avisó: “El mismo usuario sigue preguntando por tu reloj”. Y entonces apareció el comentario: “¿Y la pobreza dónde queda?”. Ahí sí me alarmé.

En cuestión de segundos pasaron muchas cosas por mi cabeza. Primero, una sana vergüenza: quizá había escandalizado a un hermano en las redes sociales. Pero, casi inmediatamente después, sentí una profunda paz y tranquilidad. Yo sabía perfectamente qué reloj llevaba puesto. No era una pieza de alta relojería, ni una joya, ni mucho menos un objeto de lujo. Era un reloj comprado por la aplicación Temu por S/ 9.90. Sí, nueve soles con noventa céntimos. Bueno, para ser completamente honesto, no compré uno, sino cuatro: cuatro relojes distintos, de diferentes colores, a S/ 9.90 cada uno. Antes de que alguien saque la calculadora, sí: gasté S/ 39.60 en relojes. No es una fortuna, ciertamente, pero tampoco voy a fingir que aquel reloj apareció milagrosamente en mi muñeca. Lo compré, y lo compré porque me gustaba. Un objeto que, por su calidad, probablemente tenga más vocación de ser desechable que de convertirse en una herencia familiar.

Quise indagar un poco más con Sixto para saber qué otras cosas decía Fernando, nuestro indignado interlocutor. Sin embargo, ya no hubo mayor interacción. Mi hermano seminarista decidió bloquearlo, pues la conversación había tomado otro rumbo y se había convertido en una serie de críticas provocadoras que, francamente, no nos iban a llevar a ninguna parte.

Pero el asunto del reloj se quedó conmigo. Y mientras le daba vueltas, comprendí que quizá Fernando había provocado, sin quererlo, una reflexión que yo mismo necesitaba hacer: El reloj y las apariencias.

Como ya he indicado la bajísima calidad del producto, no hace falta recalcarla demasiado. Pero sí me parece justo señalar algo: S/ 9.90 por un reloj no es precisamente una fortuna derrochada en un objeto de lujo por el que se me deba pedir cuentas. Bueno, siendo coherentes con el relato fueron S/ 39.60 en total. Ese dinero era mío; no se lo quité a nadie. Y, aun así, con S/ 39.60 difícilmente habría yo acabado con la pobreza del mundo.

Es más, si alguien quisiera juzgar mi situación económica únicamente por ese reloj, probablemente estaría viendo justamente lo contrario de lo que imaginó Fernando. Llevar un reloj chino de S/ 9.90 revela objetivamente mi propia pobreza material. No cuento con mayores recursos como para tener un reloj de S/ 1000 o más. Y, para ser sincero, tampoco lo quiero ni lo necesito.

Ahora bien, reconozco con toda franqueza las verdaderas razones por las que compré aquellos relojes: me gustaron. Evidentemente, no necesitaba cuatro relojes para saber la hora. Con uno bastaba, y probablemente con un celular habría sido suficiente. Los compré porque me gustaron, porque me parecieron bonitos y porque, por ese precio, me pareció que podía darme el gusto.

Me agradó su apariencia. Era plateado, tenía un diseño sencillo de caballero y aquella esfera verde viva me llamó la atención: “verde que te quiero verde…”. Un compañero me prestó su aplicación de Temu —porque yo, dicho sea de paso, no tengo precisamente la costumbre de comprar productos por Temu—, hice el pedido y, aproximadamente un mes después, tenía el famoso reloj en mi mano.

Cuando finalmente lo tuve delante, descubrí inmediatamente que una cosa era la fotografía de la aplicación y otra muy distinta el objeto real -como la mayoría de esos productos venidos de la China-. Lo que en la pantalla parecía un elegante reloj era, en la realidad, una especie de lata desechable con pretensiones de alta relojería. Pero decidí usarlo. Y estaba bastante orgulloso de mi compra. Miraba la hora cada vez que me venía en gana. Al fin y al cabo, para eso es un reloj: para saber ubicarse en el tiempo y en el espacio, como no.

Pero entonces comprendí algo más. El comentario de Fernando no tenía que ver realmente con el reloj. Tenía que ver con la persona que llevaba puesto el reloj. El reloj no era el problema.

Quisiera comprender a Fernando. Tal vez él no estaba viendo simplemente a un hombre con un reloj de S/ 9.90. Estaba viendo a un seminarista, es decir, a alguien que se prepara para ser sacerdote. Y, consecuentemente, esperaba de mí una vida austera, desprendida, libre de lujos, de egoísmos y de una excesiva afición por las cosas materiales. Y, si eso fue lo que pensó, déjame decirte, Fernando: tienes toda la razón.

Un seminarista y, mucho más todavía, un sacerdote, debe cuidar el testimonio que ofrece. No puede vivir de espaldas a la pobreza mientras anuncia a Cristo pobre. No puede escandalizar a los fieles con un estilo de vida incompatible con el Evangelio. No puede convertir los bienes materiales en el centro de su existencia. Nuestro Señor mismo lo dijo: El Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza (Mt 8,20). Por eso, Fernando, tu preocupación no era completamente absurda.

Lo curioso es que mi reloj de Temu te hizo caer en la misma trampa en la que yo había caído: la trampa de las apariencias. Porque aquel reloj parecía una cosa y era otra. Y quizá yo también. No porque yo pretenda esconder algo, sino porque ninguna persona puede ser conocida realmente por lo que lleva puesto. Ni un reloj, ni unos zapatos, ni una sotana, ni un automóvil, ni una fotografía en redes sociales pueden revelar por sí solos lo que hay en el corazón de una persona. Sí, Fernando, las apariencias engañan. No todo lo que brilla es oro. Y aquel reloj, desde luego, no era oro.

¿Por qué compré el reloj? Aquí la reflexión se vuelve un poco más incómoda. Porque, si soy completamente honesto, el problema no está en los soles gastados. La pregunta más interesante es otra: ¿Por qué quería yo ese reloj? ¿Era realmente necesario? ¿Lo compré porque necesitaba saber la hora? ¿O porque me gustaba cómo se veía en mi muñeca? ¿Había detrás de aquella compra un simple gusto legítimo o también un deseo de aparentar algo? Y ¿Cuatro? ¿Por qué no uno solo?

No voy a responder aquí todas esas preguntas. Sea suficiente para los interesados en saberlo que uno compra básicamente un reloj para ver la hora. Fuera de eso, ya no sé qué decir. Claro, si además de darme la hora es un objeto visualmente agradable, pues más sentido tiene comprarlo y usarlo.

Pero precisamente ahí está el punto que me interesa. La austeridad cristiana no consiste simplemente en comprar lo más barato que exista. Tampoco significa que todo objeto agradable sea automáticamente un lujo pecaminoso. La pobreza evangélica es, sobre todo, libertad frente a las cosas. No poseer las cosas hasta el punto de que ellas terminen poseyéndonos. No convertir lo material en nuestra seguridad, nuestra identidad o nuestra razón de vivir. Y esa es una lección mucho más profunda que el precio de un reloj.

Entonces, ¿qué hago con mi reloj de Temu? Al final de todo este episodio, me queda una pregunta bastante sencilla: ¿Qué hago ahora con mi reloj de Temu? ¿Será que lo dejo de usar? ¿Lo guardo en un cajón para que nadie se escandalice? ¿O, por el contrario, lo sigo usando, procurando que nadie vaya a descubrir en él una especie de símbolo de mi supuesta riqueza? Probablemente seguiré usándolo. Primero, porque todavía funciona. Segundo, porque me gusta. Y tercero, porque, después de todo este asunto, cada vez que mire la hora en aquella esfera verde recordaré algo mucho más importante que la hora.

Recordaré que las apariencias engañan. Recordaré que no debo juzgar a una persona por lo que lleva puesto. Pero también recordaré que, como seminarista y futuro sacerdote, debo ser especialmente cuidadoso con aquello que muestro y con el modo en que vivo. No porque tenga que aparentar pobreza, sino porque estoy llamado a vivir la libertad de Cristo, que no puso su corazón en las riquezas.

Así que, querido Fernando, gracias por tu comentario. Quizá no fue la forma más amable de plantearlo y quizá el bloqueo de Sixto te ahorró una conversación que no prometía terminar bien. Pero, entre la provocación y el malentendido, me dejaste una buena pregunta.

Y ahora, cada vez que mire mi reloj de S/ 9.90, intentaré recordar que el problema nunca fue realmente el reloj. El problema —o, mejor dicho, la pregunta— está siempre un poco más adentro. Porque, al final, no importa tanto qué llevamos en la muñeca como aquello que llevamos en el corazón. Y sí, Fernando: la pobreza sigue estando ahí. También en mí. Solo espero que, cuando algún día me toque anunciar el Evangelio como sacerdote, mi vida sea capaz de demostrar que lo que verdaderamente importa no es parecer pobre, sino ser libre para Cristo.

jueves, 6 de agosto de 2026

Falleció don Alejandro Cabrera Palomino

SÍNDICO DEL ARZOBISPADO DE AYACUCHO

Cuando ingresé a trabajar en la Curia Arzobispal de Ayacucho como secretario de Mons. Salvador Piñeiro, una de las primeras personas que conocí fue don Alejandro Cabrera Palomino. Desde hacía más de treinta años se desempeñaba como administrador o síndico de la Arquidiócesis de Ayacucho, encargado de velar por los bienes materiales de la Iglesia ayacuchana. Había iniciado su labor en tiempos de Mons. Juan Luis Cipriani, quien, siendo obispo auxiliar de Ayacucho y tras ser aceptada la renuncia de Mons. Federico Richter Prada, fue nombrado primero administrador apostólico y, posteriormente, arzobispo metropolitano de Ayacucho.

Pues bien, ahí estaba todavía don Alejandro cuando llegué a la Curia: un hombre que inspiraba respeto por sus años, por las canas que peinaba y, sobre todo, por el indiscutible profesionalismo con el que durante más de tres décadas había desempeñado su labor administrativa. Era, además, notario eclesiástico adjunto, de modo que, junto con sus responsabilidades propias en la administración y la sindicatura, intervenía también en la autenticación de partidas de bautismo y confirmación, así como de otros documentos expedidos por la Curia Arzobispal.

Yo todas las mañanas llegaba muy temprano a la oficina para organizar la agenda del día y avanzar en las distintas labores de secretaría, principalmente en la redacción o transcripción de textos del señor arzobispo: decretos, constancias, licencias eclesiásticas, oficios, cartas, notas, comunicados, autorizaciones y tantos otros documentos. Todo ese mundo de la secretaría requiere especial atención y dedicación, pues cualquier error del secretario, por pequeño que sea, termina comprometiendo al mismo obispo. Por eso procuraba desempeñar mi trabajo con particular cuidado y responsabilidad.

En medio de todo aquel panorama, don Alejandro significaba una pausa serena y amena. De vez en cuando visitaba la oficina por algún requerimiento y aquellas visitas, para mi provecho, terminaban convirtiéndose casi siempre en exquisitas conversaciones. Él recordaba episodios de su trayectoria laboral desde los años de su juventud y yo lo escuchaba con especial interés, pues sus anécdotas solían terminar convirtiéndose en una suerte de exhortación moral para mí, que, siendo todavía muy joven, me encontraba desempeñando labores que exigían mucha seriedad, responsabilidad y disciplina.

De muchas de aquellas conversaciones pude tomar algunos apuntes en mi agenda personal, sobre todo cuando consideraba que había algo digno de conservar. Del miércoles 15 de marzo tengo anotado: «En la mañana estuve solo en la oficina. Subió don Alejandro Cabrera para charlar un rato conmigo; me contó parte de su vida laboral y me animó a seguir adelante en mis estudios para el sacerdocio».

El martes 18 de abril escribí: «Hoy el señor Alejandro, síndico, fue hospitalizado. Ya está enfermo, ya agotado por tantos años de trabajo. Dios le dé la salud».

Meses después, el miércoles 19 de junio de 2023, dejé constancia de un acontecimiento más alegre: «Hoy, el señor Alejandro Cabrera Palomino cumplió 32 años de servicio en el Arzobispado de Ayacucho. Actualmente se desempeña como síndico y notario eclesiástico adjunto, por lo que su firma da fe y validez a diversos documentos expedidos por el Arzobispado. Monseñor nos convocó a las 11:00 a. m. a quienes nos encontrábamos trabajando en la Curia, con el propósito de tener un sencillo momento de reconocimiento y agradecer al señor Alejandro por sus años de servicio. Como muestra de gratitud, le obsequiamos una botella de vino y un bonito reloj de pulsera. Compartimos un momento agradable, nos tomamos algunas fotografías y, posteriormente, publiqué en la página de Facebook un breve comentario con motivo de este aniversario».

Finalmente, del jueves 5 de octubre de 2023 conservo esta pequeña escena cotidiana: «Por la mañana fui a la Sindicatura para autenticar unos documentos. Al llegar, noté a don Alejandro un poco nervioso y atareado por la cantidad de documentos que tenía que atender. En medio de aquel ajetreo, tuvo un pequeño despiste y colocó incorrectamente uno de los sellos. Al final, tuvimos que sacar nuevas copias y realizar nuevamente la autenticación. Don Alejandro, algo apenado por lo sucedido, no dejaba de disculparse por su equivocación».

Don Alejandro tuvo siempre un trato muy especial hacia mí, o al menos así lo percibí; incluso me llamaba “padre”, aun cuando sabía perfectamente que todavía no lo era. Se dirigía a mí con muchísimo respeto y solía augurarme un futuro brillante, incluso en los más altos cargos de responsabilidad dentro de la Iglesia, pues según él, yo, viniendo del extranjero, me había involucrado con pasión e interés a la vida arquidiocesana. Yo simplemente sonreía y lo escuchaba con atención. Era también muy enfático al hablar de la gratitud: insistía en que había que saber agradecer y aprovechar el apoyo económico que brinda el Arzobispado para la formación de los seminaristas. Con cierta tristeza me comentaba que algunos se beneficiaban de esa formación y después tomaban otros rumbos, o sencillamente nunca mostraban gratitud, como si todo cuanto habían recibido les correspondiese necesariamente por derecho. Era una cuestión sobre la que volvía más de una vez y que consideraba muy importante.

Cuando iba a su oficina en la Curia —es decir, cuando su salud no lo obligaba a ausentarse—, le gustaba encender por un rato la fuente de agua del jardín central para que los pajaritos se acercaran a beber. Pero solo la dejaba encendida unos minutos, pues tampoco le gustaba desperdiciar el agua. Era uno de esos pequeños gestos cotidianos que formaban parte de su manera de ser.

En nuestras conversaciones me contó varias veces, y siempre con especial entusiasmo, cómo siendo joven había ingresado al área administrativa del Hospital Regional como un simple ayudante. Con el paso del tiempo fueron confiándole responsabilidades cada vez mayores, hasta que llegó a ocupar la jefatura de la administración de salud en Ayacucho, labor que recordaba con legítimo orgullo y que, según relataba, procuró desempeñar siempre con destreza y pulcritud.

También le agradaba recordar sus numerosas anécdotas con Mons. Juan Luis Cipriani, de quien había sido estrecho colaborador y por quien conservó una profunda admiración hasta los últimos días de su vida. Cuando se hicieron públicas las acusaciones de abusos contra el cardenal Cipriani, don Alejandro se mostraba profundamente afectado y le costaba creer que tales cosas se dijeran de quien había sido su antiguo jefe. No daba crédito a cuanto circulaba en las redes y, desde el conocimiento personal y la estima que conservaba por Mons. Juan Luis, manifestaba que no podía concebirlo capaz de aquellos hechos.

En su labor como síndico del Arzobispado, recordaba con frecuencia cómo había contribuido a disponer y acondicionar las oficinas de la Curia y cómo procuraba dejarlas en buenas condiciones para las futuras generaciones. Ciertamente, fue un gran impulsor de la remodelación de los distintos ambientes de aquella antigua casona, velando siempre por conjugar la estética y la funcionalidad con una razonable austeridad.

Tenía también muy presentes los innumerables procesos judiciales en los que, a lo largo de los años, había intervenido en defensa de las propiedades de la Iglesia. Se sentía satisfecho de que aquellos procesos hubieran concluido favorablemente; pero, en definitiva, quien había ganado no era él, sino la Iglesia ayacuchana. Don Alejandro había dedicado buena parte de su vida a defender lo que no era suyo, sino de la Iglesia, y precisamente por eso lo cuidó, defendió y administró con particular responsabilidad.

A los 85 años de edad, rodeado del afecto de sus familiares y amigos, falleció don Alejandro Cabrera Palomino. Sus exequias fueron presididas en la Catedral de Ayacucho por el arzobispo, Mons. Salvador Piñeiro. Después de la celebración, su féretro fue llevado en hombros hasta el frontis de la Curia Arzobispal, aquel lugar al que durante más de treinta años había acudido para servir a la Iglesia ayacuchana. Fue, de algún modo, su última visita a aquella casa a la que había dedicado tantos años de su vida y de su trabajo.

Posteriormente, sus restos fueron sepultados en el Cementerio General de Ayacucho, en el pabellón Santa Victoria, letra B, número 30. Allí fui a rezar por él al día siguiente de su sepultura, lamentando no haber podido acompañarlo en sus exequias y entierro, pues, aunque me encontraba entonces en el seminario, no llegué a enterarme a tiempo de su fallecimiento.

Días después de su muerte, durante una entrevista, pregunté a Mons. Salvador por don Alejandro. El arzobispo me respondió:

«Muy bien que me recuerde de don Alejo. En estos días cumplió su misión, larga y pacientemente unido a la cruz de la enfermedad. Lo ungimos con el óleo santo y cerró sus ojos al mundo, pero abrió su alma al Creador. Un hombre de 85 años de edad, más de 30 cuidando los bienes de la Iglesia con una generosidad y una honestidad tan grandes. Esos son los grandes valores, fortalezas en el trabajo del obispo: sus sacerdotes y laicos comprometidos; no entrometidos, sino laicos comprometidos en la obra de la Iglesia, en el cuidado de la evangelización en todas sus áreas, porque también lo administrativo, el ver los bienes, el cuidar del seminario, son tareas muy necesarias».

Varios días después de su muerte escribo estas líneas desde el Seminario San Pío X de Huancayo, dando gracias a Dios por la vida y el testimonio de don Alejandro Cabrera Palomino. Guardo con gratitud el recuerdo de aquellas conversaciones en la oficina, de sus consejos y de su ejemplo de servicio a la Iglesia. Que descanse en paz aquel hombre que, durante más de treinta años, cuidó con responsabilidad lo que no era suyo, sino de la Iglesia.

«Siervo bueno y fiel» (Mt 25, 23).



martes, 21 de julio de 2026

Cuarenta años de la Partnerschaft Perú – Friburgo

FRATERNIDAD

Por disposición del padre rector del Seminario Conciliar San Cristóbal de Huamanga, Pbro. Jorge Miguel Palomino Roca —quien, por cierto, hoy está de cumpleaños—, participé junto con dos hermanos seminaristas, Brewin Arroyo Prado (II de Filosofía) y Juan Uziel Remón Oré (I de Filosofía), en el encuentro por los cuarenta años de la Partnerschaft Perú–Friburgo, realizado del viernes 17 al domingo 19 de julio.

Fuimos en representación de nuestro Seminario, cuyo proyecto de hermanamiento con el Seminario de Friburgo, en Alemania, viene avanzando a través de la Partnerschaft.

Al llegar a Lima, la señora Sonia Barbarán, peruana radicada en Alemania, nos recibió con mucha cordialidad en su apartamento, ubicado frente a la Costa Verde. Allí compartimos con ella el desayuno y el almuerzo del viernes. Nos acompañaban también la joven Estefany Ramos, representante de la parroquia San Francisco de Paula de Ayacucho, y el joven Guido Barrientos, representante de la parroquia Inmaculada Concepción de Villa Canaria, en la provincia de Víctor Fajardo. Así, los cinco conformábamos la delegación de la Arquidiócesis de Ayacucho en este importante encuentro.

La jornada comenzó el viernes por la noche con la celebración de la Santa Misa en la Catedral de Lima, presidida por el señor cardenal Carlos Castillo. En su homilía destacó el valor de la fraternidad y la solidaridad entre los cristianos. Lamentablemente, muchos de los asistentes no pudieron seguirla con claridad debido a los constantes problemas de sonido en la catedral. Quienes nos encontrábamos en el presbiterio logramos escucharla un poco mejor.

Los tres seminaristas prestamos el servicio del acolitado y colaboramos en la liturgia junto con un grupo de monaguillos de la parroquia alemana de Lima. En distintos momentos de la celebración tuve también la oportunidad de servir de cerca a los pastores que presidían la Eucaristía. Sostuve el micrófono al cardenal jesuita Pedro Barreto durante una de sus intervenciones como concelebrante y, antes de esto, el lavabo de manos del señor cardenal Carlos Castillo.

Fue precisamente en ese momento cuando advertí su evidente preocupación por las constantes fallas del sistema de sonido, que impedían a gran parte de los fieles escuchar con claridad la celebración. Mientras se realizaba el lavabo, expresó con pesar esa situación al acólito de la catedral que le asistía en el rito con el manutergio, dejando ver cuánto lamentaba que un momento tan significativo no pudiera ser seguido adecuadamente por la asamblea. Pero con una serenidad de ángeles, pues no perdió la paciencia.

Aquellas dos noches nos hospedamos en la casa de retiros de la parroquia Jesús Obrero. Muy temprano el sábado fuimos en bus todo el grupo hasta la cercana parroquia San Vicente de Paúl, donde se desarrolló la mayor parte del encuentro. Fue una jornada muy enriquecedora, con conferencias, ponencias, cantos y un espacio de "sinodalidad", en el que nos reunimos en pequeños grupos para orar juntos y dialogar sobre una pregunta propuesta por los organizadores.

En mi grupo desempeñé la función de secretario, tomando nota de las reflexiones compartidas por Rocío , María, Gladys, la hermana Irma, Juan Uziel, Guido y Estefany. Posteriormente, las conclusiones fueron reunidas con las de los demás grupos y presentadas en la asamblea por uno de los representantes de los secretarios.

Ese mismo día me correspondió intervenir en nombre de la Delegación Centro de la Partnerschaft, integrada por las arquidiócesis de Ayacucho y Huancayo, junto con las diócesis de Huánuco y Tarma. Presenté brevemente las principales obras sociales que se vienen impulsando en nuestra región ante la delegación alemana, encabezada por el arzobispo de Friburgo, Mons. Stephan Burger, y su obispo auxiliar, Mons. Peter Birkhofer, quienes contaban con una traductora oficial. También formaba parte de la delegación una obispa de la Iglesia luterana.

En el stand que correspondía a nuestra delegación se exhibía una mesa con una gran variedad de dulces, comidas típicas y productos representativos de las regiones participantes. Entre ellos llamaba especialmente la atención la diversidad de papas nativas expuestas. Al verlas mientras exponía a los presentes, no pude evitar hacer un comentario en tono de broma: dije que, entre tantas variedades de papas, faltaba una muy importante, el papa León, que también era peruano. La ocurrencia arrancó sonrisas entre quienes estaban cerca y se convirtió en uno de esos pequeños momentos de distensión que hacen más agradable la convivencia.

Durante los momentos libres intenté conversar con Mons. Stephan Burger, aunque el idioma fue un obstáculo: él no habla inglés y yo no hablo alemán. Gracias a la ayuda de una amable señora alemana pudimos intercambiar algunas palabras. A él lo noté un poco incómodo y especialmente callado, pues no comprendía nada de castellano ni el básico inglés. Con Mons. Peter Birkhofer fue más sencillo, pues comprende el italiano, idioma que facilita bastante la comunicación con el español.

Hubo un detalle que me sorprendió gratamente. La noche del viernes, después de la misa en la Catedral de Lima, al saludarme por primera vez me dijo con naturalidad: «Hola, Pedro». Me llamó por mi nombre desde el primer momento, quizá porque él también lleva el nombre de Pedro. Fue un gesto sencillo, pero muy cercano. Con la señora obispa luterana también pude conversar unos minutos en inglés, lengua que ambos manejábamos lo suficiente para entendernos.

La fraternidad también se vive en los pequeños momentos. La noche del sábado, mientras conversábamos en el pabellón de varones de la casa de retiros, el hermano jesuita ayacuchano Sebastián Arévalo explicaba a Guido la diferencia entre los sacerdotes diocesanos y los religiosos. En un momento dijo: «Nosotros, los religiosos, hacemos votos de pobreza, castidad y obediencia». Sin pensarlo demasiado lo interrumpí diciendo en voz alta: «¡Y nosotros los diocesanos los cumplimos!». La ocurrencia provocó una buena carcajada entre todos. Son esos instantes sencillos los que también construyen la fraternidad.

Durante el encuentro compartimos mucho con Guido Barrientos, representante de la parroquia Inmaculada Concepción de Villa Canaria. En varias conversaciones manifestó un sincero interés por el sacerdocio y nos confió que, en algún momento de su vida, se ha sentido interpelado por la vocación sacerdotal. Conociéndolo un poco más durante esos días, pude apreciar en él a un joven generoso, servicial y con un profundo espíritu de fe.

Quizá, cuando concluya su carrera universitaria, se anime a conocer más de cerca este camino, ya sea participando en alguna convivencia vocacional o incluso ingresando al Curso Introductorio del seminario. Solo Dios conoce los tiempos y los caminos de cada llamado. Por mi parte, le deseo de corazón que, si el Señor realmente lo invita a seguirlo más de cerca, tenga la valentía de responder con generosidad. Que Dios lo guíe y, si esa es su voluntad, la Iglesia lo reciba con alegría.

El domingo 19 participamos en la Eucaristía celebrada en la parroquia San Vicente de Paúl, presidida por Mons. Jorge Enrique Izaguirre Rafael, obispo de Chosica y presidente de la Partnerschaft Perú. Después de la Santa Misa tuvimos la oportunidad de presentar nuevamente un número cultural ante la delegación alemana. Para esta ocasión, el padre Jorge viajó desde Ayacucho acompañado por cuatro jóvenes aspirantes al Seminario: Puchuri, Edu, Alexander y Troy.

Puchuri y Edu deleitaron a los presentes con la ejecución de sus instrumentos musicales, mientras que Alexander y Troy interpretaban la conocida canción "Polluelos", de Max Castro. Nosotros acompañamos la presentación con palmas y vistiendo la tradicional manta ayacuchana, sumándonos con entusiasmo a esta sencilla, pero significativa expresión de nuestra identidad cultural. Un momento muy alegre, en el que la música y el folclore de nuestra tierra se convirtieron en un lenguaje de fraternidad capaz de acercar a personas de distintas culturas y de expresar, sin necesidad de muchas palabras, la riqueza del pueblo ayacuchano.

Compartimos el almuerzo, las fotografías de rigor, los saludos de despedida y los últimos abrazos antes del regreso. Luego nos dirigimos al centro de Lima para comprar los pasajes de vuelta a Ayacucho.

Mientras recorríamos las librerías del jirón Amazonas, seguíamos por los televisores de los establecimientos la final del Mundial de fútbol. Aproveché la visita para comprar un libro de Federico García Lorca que aún no formaba parte de mi biblioteca. El desenlace de la tarde también me dejó contento: España se proclamó campeona del mundo, precisamente la selección a la que yo apoyaba. Bonito cierre para un fin de semana lleno de encuentros, aprendizajes, fraternidad y nuevas amistades.

Después de una deliciosa pizza en el centro de Lima, esa misma noche emprendimos el viaje de regreso a Ayacucho, agradecidos por haber participado en esta celebración de los cuarenta años de la Partnerschaft, una experiencia que confirmó que la fraternidad cristiana puede superar las distancias, las culturas e incluso las barreras del idioma.

La Partnerschaft es una iniciativa social de la Iglesia católica que se fundamenta en una auténtica unión eclesial de amistad y hermanamiento. Constituye un camino de fraternidad y solidaridad entre la Arquidiócesis de Friburgo, en Alemania, y la Iglesia en el Perú, a través del vínculo entre parroquias de ambas realidades.

Estas parroquias comparten sus experiencias mediante diversas formas de encuentro: visitas de delegaciones, intercambio de voluntarios y estancias prolongadas —generalmente de un año— en la realidad pastoral del otro. Todo este dinamismo se sustenta en la espiritualidad de la comunión, que reconoce que Dios nos une como hermanos, más allá de las diferencias culturales y las distancias geográficas. Esta comunión se expresa de manera concreta en la oración y en las celebraciones litúrgicas compartidas.

Para su adecuado funcionamiento, la Partnerschaft requiere una organización sólida: trabajo en equipo, apoyo mutuo y un constante intercambio de información y experiencias. Las parroquias alemanas, además, brindan apoyo económico mediante diversas iniciativas, mientras que las parroquias peruanas procuran canalizar estos recursos hacia los más necesitados, asegurando una gestión responsable y transparente.

De este modo, se encarnan los cuatro pilares fundamentales de la Partnerschaft: espiritualidad, comunicación, organización y solidaridad.

La Partnerschaft entre la Arquidiócesis de Friburgo (Alemania) y la Iglesia del Perú nació en 1986 como una expresión concreta de la comunión entre Iglesias hermanas. Su inicio oficial estuvo marcado por dos celebraciones eucarísticas: la primera, presidida por el Cardenal Juan Landázuri Ricketts el 23 de febrero de 1986 en Lima; y la segunda, celebrada el 13 de abril del mismo año por el arzobispo de Friburgo, Mons. Oskar Saier, también en la Catedral de Lima.

Durante sus primeros años, la Partnerschaft fue acompañada por un equipo de obispos de la Conferencia Episcopal Peruana, coordinado por el P. Wilfredo Voitschek, junto con representantes de ambas Iglesias. En 1989 se conformó oficialmente el Equipo de la Partnerschaft de la Arquidiócesis de Friburgo en el Perú, encargado de coordinar y fortalecer los vínculos entre las parroquias hermanadas.

Con el paso del tiempo, el crecimiento de las relaciones entre parroquias y diócesis hizo necesaria una estructura de coordinación más amplia. Por ello, a raíz de una iniciativa impulsada por Mons. Luis Bambarén, entonces presidente de la Conferencia Episcopal Peruana, se convocó en agosto de 2001 una reunión nacional en Lima con obispos, sacerdotes, religiosas y laicos comprometidos con la Partnerschaft. En ese encuentro se constituyó el Consejo Nacional de la Partnerschaft Perú–Friburgo.

Finalmente, el 7 de febrero de 2002, la Conferencia Episcopal Peruana otorgó el reconocimiento oficial al Consejo Nacional como organismo consultivo, encargado de colaborar con el Equipo de la Partnerschaft de la Arquidiócesis de Friburgo y de promover, coordinar y acompañar el camino de fraternidad, comunión y solidaridad entre las Iglesias de Friburgo y del Perú.






martes, 7 de julio de 2026

El papa Francisco y Federico García Lorca

“LA CASADA INFIEL”

La educación no consiste únicamente en transmitir conocimientos; consiste, sobre todo, en despertar el deseo de conocer.

Esa convicción parece resumir una de las experiencias más hermosas de la vida docente del entonces joven jesuita Jorge Mario Bergoglio, mucho antes de convertirse en el papa Francisco. En una época en que muchos profesores se preguntan cómo lograr que los jóvenes lean, Bergoglio encontró una respuesta sencilla y profundamente humana: comenzar por aquello que despertaba su interés.

La anécdota, recordada por el propio pontífice en 2024, revela una faceta poco conocida de Francisco: la del profesor apasionado por la literatura. Entre 1964 y 1965, con apenas veintiocho años, enseñaba Literatura en un colegio jesuita de Santa Fe, Argentina. El programa académico exigía estudiar el Cantar de Mio Cid, una de las obras fundacionales de la literatura española. Sin embargo, sus alumnos mostraban escaso entusiasmo por aquel clásico medieval. Ellos querían leer otra cosa. Pedían leer a Federico García Lorca, el famoso poeta español asesinado treinta años antes. Muchos profesores habrían respondido con una negativa rotunda. El profesor Bergoglio hizo exactamente lo contrario.

En la carta Sobre el papel de la literatura en la formación, publicada el 17 de julio de 2024, el papa recuerda aquella experiencia con sorprendente naturalidad:

"Los chicos no les gustaba. Pedían leer a García Lorca. Así que decidí que estudiarían El Cid en casa, y durante las clases trataría a los autores que más les gustaban a los chicos... A medida que leían esas cosas que les atraían en ese momento, fueron teniendo un gusto más general por la literatura, por la poesía, para luego pasar a otros autores."[1]

Estas palabras revelan una intuición pedagógica extraordinaria. Francisco no renunció a enseñar los clásicos; simplemente comprendió que el camino para llegar a ellos debía comenzar por despertar el gusto por la lectura. El profesor no rebajó el nivel académico, sino que cambió el método.

En tiempos donde la educación suele reducirse al cumplimiento de programas y evaluaciones, aquella decisión resulta sorprendentemente actual. Bergoglio comprendió que nadie ama lo que primero no ha descubierto con alegría. La literatura, antes que una obligación escolar, debía convertirse en una experiencia.

No deja de llamar la atención que el autor elegido fuera Federico García Lorca. El poeta granadino no era precisamente una figura cómoda para todos los ambientes educativos de la época. Su muerte durante la Guerra Civil Española, su personalidad artística y algunos prejuicios ideológicos hicieron que durante décadas fuera visto con reservas en ciertos sectores. Sin embargo, Bergoglio supo distinguir entre las etiquetas ideológicas y la grandeza literaria. Su objetivo ciertamente no era formar partidarios de una corriente política, sino lectores capaces de emocionarse ante la belleza de un poema.

Esta convicción quedó confirmada pocos meses después de la publicación de aquella carta. El 19 de septiembre de 2024, Francisco recibió en audiencia privada al poeta español don Luis García Montero, director del Instituto Cervantes. Durante la conversación, el Papa volvió espontáneamente sobre aquellos años como profesor de literatura.

Según relató posteriormente García Montero, Francisco confesó que los poemas de García Lorca habían sido decisivos para despertar el interés de sus alumnos por la asignatura. En particular recordó, entre risas, un poema muy concreto: "La casada infiel", del Romancero gitano.[2]

No deja de sorprender que un Papa recuerde con humor haber utilizado un poema de "tono picante" para captar la atención de unos adolescentes. Sin embargo, detrás de esa anécdota hay una profunda lección educativa. Francisco conocía el mundo juvenil. Sabía que los adolescentes se sienten atraídos por aquello que despierta su curiosidad. En lugar de combatir ese interés, decidió convertirlo en un puente hacia una formación literaria más amplia. No era una estrategia improvisada, sino una auténtica pedagogía.

El papa Francisco siempre defendió la lectura de novelas y poemas como parte indispensable de la formación intelectual y espiritual. En la misma carta de 2024 sostiene que la literatura permite ampliar la experiencia humana, comprender mejor los sentimientos propios y ajenos, desarrollar la empatía y cultivar una imaginación capaz de abrirse al misterio del otro.[3]

No es casual que un sacerdote con esa visión haya terminado convirtiéndose en un Papa que insistió constantemente en la cultura del encuentro. La buena literatura enseña precisamente eso: salir de uno mismo para entrar en la vida del otro.

En un tiempo dominado por las pantallas, la velocidad y la lectura fragmentaria, la experiencia pedagógica del joven Bergoglio ofrece una enseñanza que conserva toda su vigencia. Muchos educadores siguen preguntándose cómo obligar a leer a los jóvenes. Francisco planteó la pregunta de otra manera: ¿qué desean leer los jóvenes? Y desde esa respuesta comenzó un itinerario que terminó conduciéndolos hacia los grandes clásicos. No sustituyó el Cantar de Mio Cid por García Lorca. Utilizó a García Lorca para llegar al Cantar de Mio Cid.

Esa diferencia cambia por completo la perspectiva educativa. Quizá ahí resida una de las lecciones más fecundas del profesor Bergoglio. Educar no consiste únicamente en transmitir contenidos, sino en despertar el deseo de conocer. El verdadero maestro no impone el camino; descubre dónde está el corazón de sus alumnos y, desde allí, los conduce hacia horizontes más amplios.

Federico García Lorca fue, para aquellos adolescentes argentinos de 1965, mucho más que un poeta. Fue la puerta de entrada al mundo de la literatura. Él mismo dijo “No sólo de pan vive el hombre. Yo, si tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle no pediría un pan, sino que pediría medio pan y un libro.”[4]

Y el joven profesor jesuita comprendió, mucho antes de ser Papa, que la belleza tiene una fuerza educativa que ningún programa académico puede reemplazar.

Anexo

Federico García Lorca

La casada infiel[5]

A Lydia Cabrera y a su negrita

Y que yo me la llevé al río
creyendo que era mozuela,
pero tenía marido.

Fue la noche de Santiago
y casi por compromiso.
Se apagaron los faroles
y se encendieron los grillos.
En las últimas esquinas
toqué sus pechos dormidos,
y se me abrieron de pronto
como ramos de jacintos.
El almidón de su enagua
me sonaba en el oído,
como una pieza de seda
rasgada por diez cuchillos.
Sin luz de plata en sus copas
los árboles han crecido,
y un horizonte de perros
ladra muy lejos del río.

  •  

Pasadas las zarzamoras,
los juncos y los espinos,
bajo su mata de pelo
hice un hoyo sobre el limo.
Yo me quité la corbata.
Ella se quitó el vestido.
Yo el cinturón con revólver.
Ella sus cuatro corpiños.
Ni nardos ni caracolas
tienen el cutis tan fino,
ni los cristales con luna
relumbran con ese brillo.
Sus muslos se me escapaban
como peces sorprendidos,
la mitad llenos de lumbre,
la mitad llenos de frío.
Aquella noche corrí
el mejor de los caminos,
montado en potra de nácar
sin bridas y sin estribos.
No quiero decir, por hombre,
las cosas que ella me dijo.
La luz del entendimiento
me hace ser muy comedido.
Sucia de besos y arena
yo me la llevé del río.
Con el aire se batían
las espadas de los lirios.

Me porté como quien soy.
Como un gitano legítimo.
Le regalé un costurero
grande de raso pajizo,
y no quise enamorarme
porque teniendo marido
me dijo que era mozuela
cuando la llevaba al río.



[1] Papa Francisco, Carta sobre el papel de la literatura en la formación, 17 de julio de 2024, n. 7.

[2] Luis García Montero, "El papa Francisco recibe al director del Instituto Cervantes", Instituto Cervantes, 19 de septiembre de 2024.

[3] Papa Francisco, Carta sobre el papel de la literatura en la formación, nn. 1–6.

[4] Federico García Lorca, Prosa, 1 (ed. Miguel García-Posada), Akal, Madrid, 1994, pp. 380-392. Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes

[5] Federico García Lorca, (1943), Romancero Gitano, Editorial Losada, Buenos Aires, pp. 35-39