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martes, 6 de octubre de 2026

Palabras en el Centenario del Padre Pernía, el “Santo Cura de Bailadores”

PADRE RAMÓN EMILIO PERNÍA NOGUERA:

CIEN AÑOS DE UNA MEMORIA VIVA

El 6 de octubre de 2026 se cumplen cien años del nacimiento del padre Ramón Emilio Pernía Noguera, sacerdote merideño cuya vida y ministerio dejaron una huella profunda, especialmente en Bailadores y en las demás comunidades donde ejerció su ministerio sacerdotal.

Con motivo de este centenario, quiero dedicar estas palabras a quien, con el paso de los años, ha terminado ocupando un lugar muy especial en mi propia historia.

No pretendo hacer aquí una biografía completa del padre Pernía. Para eso existen estudios y testimonios mucho más amplios, como lo es el arduo trabajo de mi amigo el licenciado Néstor Abad Sánchez, a quien reconozco el principal interés por mantener viva la memoria del padre Pernía. Quiero, más bien, detenerme en algunos momentos de mi propia relación con él y contar cómo, casi sin darme cuenta, su memoria fue entrando poco a poco en mi vida.

Un primer encuentro

Mi primer recuerdo del padre Pernía se remonta al año 2008.

Yo era estudiante de primer año de bachillerato en el Liceo Bolivariano doctor Gerónimo Maldonado, en Bailadores. Era Miércoles de Ceniza y habíamos acudido al Santuario de Nuestra Señora de la Candelaria para recibir la ceniza.

Como llegamos temprano, a nuestro salón le correspondió llevar unas flores hacia un espacio ubicado junto al templo. Fue entonces cuando, de una de las habitaciones situadas detrás del santuario, salió un hombre delgado, vestido con pantalón gris, chaqueta negra y una boina.

Era el padre Ramón Emilio Pernía. Nosotros lo saludamos y él nos respondió. Eso fue todo. No hubo en aquel momento ninguna conversación especial ni podía yo imaginar que aquel encuentro tan sencillo llegaría a tener algún significado años después.

Yo era apenas un muchacho y aquella escena pasó, como pasan tantas otras cosas de la adolescencia, sin que uno sospeche que algún día volverá a ella con otros ojos.

Pero hoy, tantos años después, cuando pienso en aquel Miércoles de Ceniza, hay algo que me llama especialmente la atención: aquel sacerdote que vi salir de una habitación volvería a aparecer varias veces en mi historia. Entonces yo todavía no lo sabía.

El padre Pernía, sacerdote de Bailadores

Cuando murió, el sábado 29 de abril de 2017, escribí una primera crónica sobre él. Quise recoger allí la impresión que había dejado entre quienes lo conocieron y recordar algunos aspectos de su ministerio.

El padre Pernía fue un sacerdote profundamente vinculado a Bailadores. Su nombre quedó unido especialmente al Santuario de Nuestra Señora de la Candelaria, pero también a numerosas iniciativas realizadas en favor de la comunidad.

Su ministerio no se limitó a las actividades propiamente religiosas. Se preocupó por distintas necesidades de los pueblos donde ejerció su sacerdocio y participó en obras que buscaban mejorar las condiciones de vida de las comunidades.

Por eso, cuando se habla de su legado, su recuerdo no puede quedar reducido al templo, a los sacramentos o a las tareas propiamente pastorales. También está presente en las personas, en las obras y en las comunidades a las que dedicó toda su vida.

Entre quienes lo conocieron quedó igualmente el recuerdo de un sacerdote de carácter fuerte, exigente y riguroso, pero también preocupado por las personas y dispuesto a servir. Como sucede con toda persona que deja una huella verdadera, su recuerdo no es una imagen uniforme: está hecho de experiencias, recuerdos y testimonios diversos que, juntos, permiten acercarnos a quien fue.

Con el paso de los años también he podido comprender mejor el horizonte intelectual desde el cual el padre Pernía vivió su sacerdocio. Quienes lo conocieron de cerca destacan su profunda formación tomista y su fidelidad a la tradición teológica de la Iglesia. Su pensamiento estuvo marcado especialmente por Santo Tomás de Aquino y por el estudio de la teología y la filosofía medieval. Se cuenta incluso que tenía como disciplina cotidiana dedicar un tiempo a la lectura de la Suma Teológica, hasta hacer de ella una compañera habitual de su vida sacerdotal.

Esto me parece importante para comprender también su manera de acercarse a los pobres y a los más necesitados. Su preocupación por ellos no nació de una corriente teológica particular, sino de una concepción profundamente cristiana del sacerdocio y del servicio. El padre Pernía, desde su formación tomista y desde la tradición de la Iglesia, entendió que estar cerca de quien sufre y servir a los más necesitados forma parte de la misión de todo sacerdote.

Volver a encontrarlo

Años después de aquel primer encuentro, tuve la oportunidad de visitarlo personalmente. Fue en agosto de 2016, acompañado por mi madrina Elda Pernía.

Esta vez no era ya aquel muchacho que lo había visto pasar en 2008. Yo estaba viviendo otra etapa de mi vida, era seminarista de filosofía, y podía acercarme a él con mayor conciencia de quién era aquel sacerdote.

Lo encontramos leyendo. Recuerdo especialmente esa escena. El padre Pernía era ya un hombre anciano, pero seguía dedicado a aquello que parecía haberlo acompañado durante tantos años: leer, estudiar, pensar. Tenía libros en francés y en italiano y, durante aquella visita, llegó incluso a traducirme parte de lo que estaba leyendo.

Aquel encuentro fue muy sencillo, pero para mí tuvo un significado especial. Ya no estaba viendo simplemente al sacerdote que había conocido de lejos cuando era adolescente. Ahora podía sentarme cerca de él, escucharlo y descubrir algo más de su mundo.

Antes de despedirnos, nos dio su bendición.

Ese gesto quedó guardado en mi memoria. Con los años he comprendido que aquella visita fue una especie de segundo momento de una historia que había comenzado ocho años antes. Primero lo había visto de lejos; ahora había podido acercarme a él. Y, sin saberlo, aquel sería el único encuentro cercano que tendría con él en vida.

Su puño y letra

En 2019 publiqué otro texto dedicado al padre Pernía, esta vez a partir de algo mucho más pequeño, pero para mí igualmente significativo: su escritura.

Entre su Biblia de estudio encontré una reflexión manuscrita titulada “El problema del infortunio del justo”. Aquella hoja escrita de su puño y letra me permitió acercarme de una manera diferente al sacerdote.

Ya no se trataba solamente de recordar lo que otras personas decían de él. Allí estaba directamente su pensamiento, expresado con su propia letra, en una reflexión que había conservado entre sus papeles.

Hay algo particular en encontrarse con la escritura de una persona que ya no está. Una letra que alguna vez estuvo sobre una mesa, entre sus manos, de pronto aparece ante nosotros muchos años después. Una anotación, una firma o una página escrita pueden parecer cosas pequeñas, pero adquieren otro valor cuando se convierten en uno de los pocos rastros personales que permanecen.

La escritura también guarda memoria.

Pero, ¿qué escribió el padre Pernía sobre este tema? Aquí les dejo el texto:

La Escritura repite muchas veces, como un axioma, que Dios da a cada uno según sus obras. Todos aceptamos este principio, que es de elemental justicia, como la cosa más natural, porque responde enteramente a los sentimientos de equidad impresos en el corazón del hombre. Pero cuando se miran las cosas de tejas abajo, parece que tal principio flaquea no pocas veces, pues se ven justos en la miseria e impíos en la prosperidad. Y al flaquear el principio es como si la misma justicia divina se tambalease, viniendo a poner a dura prueba la fe de los creyentes en Dios.

En este texto, el padre reflexiona sobre el problema del sufrimiento del justo y la aparente prosperidad del impío, mostrando cómo esta realidad puede poner a prueba la fe en la justicia y providencia de Dios. Y hay algo especialmente interesante: el padre Pernía no resuelve el problema en esta nota; lo plantea desde la experiencia humana del sufrimiento. Eso le da a la reflexión un carácter muy existencial y teológico a la vez.

La biblioteca del padre Pernía

Pero la historia no terminó allí. Después de su muerte quedó pendiente una pregunta muy concreta: ¿qué sería de todo aquello que había reunido a lo largo de tantos años?

Durante un tiempo existió la posibilidad de que sus libros fueran destinados al Seminario San Buenaventura de Mérida, pero finalmente esa iniciativa no se concretó por el desinterés de dicha institución.

Yo había tenido contacto con algunos de aquellos materiales y, de alguna manera, conservaba el deseo de que no se dispersaran y pudieran seguir siendo útiles.

Finalmente, en 2022, ocurrió algo inesperado. Mi madrina Elda pasó por la entrada de San Juan de Lagunillas y se encontró con Tony, quien había cuidado al padre Pernía durante sus últimos años y conservaba sus pertenencias.

Fue entonces cuando surgió la posibilidad de que sus libros me fueran donados. Se consiguió un camión y comenzó el traslado. Yo me encontraba en el Perú y seguía todo aquello desde la distancia. Mi madrina me enviaba fotografías, videos y audios del proceso. Hasta que finalmente aquellos miles de volúmenes llegaron a mi casa en La Playa.

Recuerdo aquel momento como la llegada de una parte de la historia de una persona que, años atrás, había aparecido fugazmente en mi vida. Para mí, conservar aquella biblioteca significa conservar también una parte de su memoria. Entre esos materiales hay anotaciones, documentos y otros elementos que permiten acercarse a sus intereses, a sus lecturas y a su manera de trabajar.

Una biblioteca personal dice mucho de quien la ha formado. No solamente por los títulos que contiene, sino por las huellas que deja una persona al leer, estudiar, subrayar, anotar y volver una y otra vez sobre determinados temas.

En ese sentido, estos materiales permiten acercarnos a una dimensión importante del padre Pernía: su inquietud intelectual y su permanente interés por el estudio.

Pero precisamente por eso considero que conservarlos implica también una responsabilidad.

No se trata simplemente de guardar libros en estanterías, aunque estén ordenados y cuidados. Se trata de preservar un patrimonio que puede ayudar a conocer mejor a una persona y una época, y que merece ser estudiado con seriedad.

Esta es todavía una tarea pendiente. Y, en lo que pueda corresponderme, reitero mi total disponibilidad para colaborar en todo aquello que contribuya a que esta memoria no se pierda.

El padre Pernía, camino a los altares

En agosto de 2025 publiqué otro artículo titulado “El padre Pernía, camino a los altares”. En él recogí la noticia relacionada con el interés en Mérida por promover los procesos canónicos para que la Iglesia reconozca oficialmente la santidad del padre Pernía.

Es importante decirlo con claridad: hablar de una causa de beatificación y canonización no significa afirmar que la Iglesia haya declarado santo o beato al padre Pernía. Significa reconocer que existe un interés por estudiar su vida y su testimonio, dejando a la Iglesia el discernimiento correspondiente.

Para mí, esta posibilidad tiene un significado especial porque durante todos estos años he ido encontrando distintas huellas de su vida: testimonios, escritos, recuerdos y materiales que permiten acercarse a quien fue.

Todo ello forma parte de una memoria que merece ser conservada.

Y quizá el mayor homenaje que podemos hacer a una persona que dedicó su vida al sacerdocio no sea solamente recordar su nombre, sino procurar que aquello que vivió, enseñó y testimonió pueda seguir siendo conocido.

Una historia que también se relaciona con mi vocación

Hay, sin embargo, un aspecto de toda esta historia que para mí tiene un significado todavía más personal.

Mi relación con el padre Pernía comenzó cuando yo era apenas un adolescente que lo vio salir de una habitación. Después pude visitarlo. Recibí su bendición. Más tarde escribí sobre él. Encontré su puño y letra y fui conociendo cada vez más de su vida.

Pero mientras todo eso ocurría, también mi propia historia iba cambiando.

Aquel muchacho que lo había visto en 2008 entró al seminario. Estudió filosofía y teología. Fue descubriendo poco a poco su propia vocación y avanzando por un camino que, en aquel primer encuentro, ni siquiera podía imaginar.

El pasado 2 de septiembre de 2026 recibí la ordenación diaconal en Ayacucho, Perú. Y en aquella solemne celebración utilicé una estola que mi madrina me había regalado, vinculada de manera especial a la memoria del padre Pernía.

Para mí, llevar aquella estola en mi ordenación fue un gesto profundamente significativo. Mientras la llevaba sobre mi pecho, cruzando el corazón, pensé en el camino recorrido y en cómo aquella historia que había comenzado en Bailadores había terminado acompañando también un momento decisivo de mi propia vida.

No pretendo establecer comparaciones. Cada sacerdote tiene su propia historia, su propio camino y su propia manera de cumplir con la misión que Dios le confía.

Pero sí puedo reconocer, con gratitud, que la figura del padre Pernía ha acompañado de alguna manera mi propio recorrido.

Y eso, para mí, tiene un valor que difícilmente podría explicar solamente con palabras.

Cien años después

Hoy, al cumplirse cien años de su nacimiento, vuelvo a mirar todo este recorrido.

En 2008 lo vi por primera vez en Bailadores. En 2016 lo visité en su casa de San Juan de Lagunillas. En 2017 escribí desde el seminario de Mérida sobre su muerte. En 2019 publiqué en La Playa aquella reflexión sobre su puño y letra. En 2022, estando yo ya en el Perú, recibí en donación su biblioteca. En 2025 escribí sobre la posibilidad de su camino hacia los altares. Y en 2026 recibí la ordenación diaconal utilizando una estola del padre.

Cuando uno mira todos esos momentos por separado, quizá parezcan simplemente acontecimientos dispersos. Pero cuando los contempla con la distancia que dan los años, descubre que todos forman parte de una misma historia.

Una historia que comenzó de una manera absolutamente sencilla: un muchacho, un Miércoles de Ceniza, un sacerdote que salió de una habitación y un saludo.

Nunca imaginé que aquel encuentro tan breve terminaría acompañándome durante tantos años.

Por eso este centenario no quiero reducirlo simplemente a una fecha. Quiero que sea una ocasión para recordarlo, agradecer su vida y volver a mirar su testimonio.

Quiero también que sea una oportunidad para que las nuevas generaciones conozcan la figura de un sacerdote que dejó una huella particular en Bailadores y en la Iglesia merideña.

Porque recordar no significa vivir anclados en el pasado. Recordar también puede ser una manera de reconocer de dónde venimos y de agradecer a quienes, de una u otra forma, ayudaron a construir la historia que hoy nosotros continuamos.

Una última imagen

Si tuviera que quedarme con una sola imagen del padre Pernía, probablemente sería aquella primera.

Aquel Miércoles de Ceniza de 2008. Un sacerdote saliendo de una habitación. Una boina. Y un muchacho que lo saluda sin imaginar que aquel momento, aparentemente insignificante, quedaría guardado en su memoria.

Hoy miro aquella escena de otra manera. No porque ahora pueda darle un significado que entonces no tenía, sino porque los años me han permitido comprender que la vida está hecha muchas veces de pequeños encuentros cuyo verdadero valor descubrimos después.

Aquel día yo simplemente lo vi pasar. Años después recibí su bendición. Más tarde encontré su escritura, conocí mejor su historia y fui descubriendo, poco a poco, la dimensión de aquel sacerdote que había conocido siendo apenas un adolescente.

Por eso, al mirar hacia atrás, comprendo que lo verdaderamente importante no son las cosas que permanecen, aunque algunas de ellas nos ayuden a recordar. Lo verdaderamente importante es la vida que hay detrás de ellas.

Una hoja manuscrita nos habla de una persona que pensó y escribió. Una fotografía nos devuelve un rostro. Un objeto puede despertar un recuerdo. Pero nada de eso tendría sentido si detrás no hubiera existido una vida entregada.

El padre Pernía fue un sacerdote profundamente dedicado al estudio y a la vida intelectual, pero su sacerdocio no quedó encerrado en un escritorio. Su vida también estuvo marcada por el servicio, por su preocupación por las personas y por su entrega a las comunidades donde ejerció su ministerio.

Eso es, en definitiva, lo que permanece. Porque los objetos pueden conservarse o perderse. Los documentos pueden permanecer en un archivo o desaparecer. Los recuerdos pueden hacerse más débiles con el paso del tiempo.

Pero aquello que una persona deja en la vida de los demás puede seguir dando fruto mucho después de que esa persona ya no esté.

Por eso, al cumplirse cien años del nacimiento del padre Ramón Emilio Pernía Noguera, quiero simplemente decir:

Gracias, padre Pernía. Gracias por su sacerdocio abnegado, por su servicio, por su amor al estudio y por todo lo que dejó en Bailadores. Gracias por aquella bendición que recibí de sus manos. Y gracias porque, sin que yo pudiera imaginarlo aquel día de 2008, su historia terminó encontrándose con la mía.

Que Dios reciba en su presencia al padre Ramón Emilio Pernía Noguera y que su memoria siga siendo conservada con gratitud por quienes lo conocieron y por las generaciones que vendrán.

Padre Ramón Emilio Pernía Noguera, gracias por su vida y por su testimonio. Que descanse en paz. Amén.

Mi gratitud especial a la familia Pernía, en Bailadores y en todas las partes del mundo donde se encuentra, y mis felicitaciones por este centenario del natalicio del padre Ramón Emilio que hoy conmemoramos.

Que sigamos trabajando, amparados siempre por nuestra Madre la Iglesia, para que cada vez más personas conozcan su vida, su sacerdocio y su testimonio cristiano; para que no se pierda la memoria de quien, para muchos, fue un santo cura, el santo cura de Bailadores.

lunes, 5 de octubre de 2026

Coplas para el profesor Henry

EN EL DÍA DE SU CUMPLEAÑOS


Lo conocí hace algún tiempo,

en una diplomatura teológica;

desde el primer momento supe

de su carrera pedagógica.


Pero no es solo un profesor,

sino que ejerce varias funciones;

además de ser mi asesor,

es profundo en sus reflexiones.


De compañero de estudios

pasó a ser mi docente

de Teología latinoamericana,

donde desborda su mente.


Filósofo destacado,

amante de la sabiduría,

paciente y muy preparado,

atractiva pedagogía.


No se queda conforme con ser

un referente intelectual;

busca siempre aprender

para mantenerse actual.


Le agrada hacernos pensar,

descolocando seguridades,

más bien queriendo alumbrar

nuestras jóvenes edades.


Conferencista invitado

de la gran Continental;

allí fuimos sus alumnos

a la charla magisterial.


A sus alumnas del Rosario

sabemos que bien las atiende;

y en el San Pío sembró

la educación que defiende.


La faceta intelectual

la mezcla bien con deporte,

y al seminario viene

moviéndose con gran porte.


Elegante y generoso,

ocurrente y conversador,

nadie le hace competencia:

es el mejor profesor.


También acude gustoso

a dar charla espiritual

a catequistas y chicos

que se van a confirmar.


A ellos les habla con fuerza,

mostrándoles con pasión

y fidelidad a la Iglesia,

el compromiso y la misión.


Despertando los corazones

de todos los que le encuentran,

con gran piedad y oración

la Eucaristía frecuenta.


Los pobres son su opción,

a quien se da sin menoscabo,

siguiendo el ejemplo elocuente

del querido padre Gustavo.


Apuesta por la liberación

del pecado y su esclavitud,

buscando su abolición

para alcanzar la virtud.


Atento al sentir de la gente,

es un fino observador;

en su opinión no nos miente,

de la verdad defensor.


Denuncia las injusticias

de los modelos opresores,

y desde la Buena Noticia,

Jesús con los trabajadores.


Profeta esperanzador,

amigo de todo lo bueno,

indiscutible lector,

fiel hijo del Ser Supremo.


Gutiérrez, Ellacuría y Boff,

Cegarra, Pagola y Sobrino,

Rahner, Francisco y León

han forjado su camino.


Jaujino de nacimiento,

huancaíno por adopción,

la Palabra es su alimento

y el cielo su gran ilusión.


Pero un paraíso posible

aquí en el mundo terrenal,

el Reino de Dios lo concibe

como don sobrenatural.


Felicidades, profesor Henry,

hoy en su natalicio;

adelante y siempre alegre,

honores por su servicio.

domingo, 4 de octubre de 2026

Primer reencuentro de teólogos en la PUCP

PROMOCIÓN FUNDADORA

Entre julio de 2023 y julio de 2024 tuve la oportunidad de cursar la Diplomatura de Estudios en Teología, en el Departamento de Teología de la Pontificia Universidad Católica del Perú. Fue una experiencia renovadora, que me permitió acercarme a la Teología desde una perspectiva de fe fresca, abierta y especialmente propicia para el contexto peruano y latinoamericano.

En aquel año académico fui forjando amistades con mis compañeros de diplomatura, la mayoría de ellos profesionales de diversas áreas, docentes, religiosas, agentes de pastoral y yo, por mi parte, entonces secretario del arzobispo de Ayacucho. Dos años después de aquella primera promoción de la Diplomatura, tuve la oportunidad de participar en un reencuentro en el campus de la PUCP, el sábado 3 de octubre, durante la mañana.

Viajé desde Huancayo junto al profesor Henry Torres Esteba, quien había sido mi compañero en la Diplomatura y que ahora es mi profesor de Teología de la Liberación y, además, asesor de la tesis teológica que debo presentar este año. El viaje fue largo, al parecer debido a algunos trabajos de reparación que se estaban realizando en la vía.

Llegamos al campus de la PUCP apenas unos minutos después de la hora fijada y, por fortuna, todavía alcanzamos a degustar un poco del desayuno que ofrecían antes de iniciar formalmente el encuentro. En la entrada del campus no funcionó el QR de mi Carnet de Extranjería, por lo que tuve que pasar por otras oficinas para registrar mi ingreso; lo mismo ocurrió a la hora de salir. Cuando finalmente llegamos al lugar del encuentro, todos los asistentes estaban comiendo y conversando animadamente. Nos vieron venir desde lejos y comenzaron a dar muestras de alegría. Muchos de nosotros no nos conocíamos personalmente, sino únicamente por teléfono, por las clases y también por las conversaciones particulares que habíamos mantenido a través de WhatsApp.

Saludos, abrazos y apretones de mano por todas partes. Al saludarme, la mayoría repitió prácticamente el mismo comentario de admiración por mi estatura, pues parece que, después de tanto tiempo de conocernos a través de las pantallas, no terminaban de creer que fuera tan alto como realmente soy. Yo correspondí con humor a cada una de las ocurrencias y comentarios sobre mi talla.

El primero al que me acerqué a saludar fue al profesor Dr. Rolando Iberico Ruiz, quien, siendo el coordinador de la Diplomatura, había sido docente de varias asignaturas. Él es el principal promotor de esta experiencia, o al menos así lo percibimos quienes tuvimos la oportunidad de participar en ella. Precisamente, el tema central del encuentro estuvo a su cargo.

Luego pude conocer personalmente a los demás compañeros: Malena y Luz, quienes, además, me habían comprado el librito que publiqué en diciembre del año pasado; Miguel, el más sonriente de todos; y Juan Ansión, a quien ya conocía personalmente porque fue él quien me llevó a conocer al padre Gustavo Gutiérrez. También estaba León Luca Oba, cuyo rostro me costó un poco procesar y reconocer, pues ahora lleva barba y en los tiempos de la Diplomatura no la tenía. Finalmente, Eduardo, a quien vimos poco durante las clases, tal vez porque no encendía mucho su cámara, y el profesor antropólogo Juan Miguel Espinoza, quien era el único que rezaba antes de impartir su magistral lección. Todos los anteriores, más el profesor Henry y yo, formamos parte de la promoción fundadora de la Diplomatura de Estudios en Teología de la PUCP. Y no se me puede olvidar Rosa Quispe, quien está detrás de toda la logística y de los enlaces de comunicación para las convocatorias y demás avatares relacionados con los medios visuales, digitales y virtuales.

Acabado el desayuno, pasamos al aula, donde fuimos separados en grupos. Yo fui al grupo uno, junto con Juan Ansión y dos chicas que están cursando la Diplomatura en este 2026. Nos dieron la oportunidad de presentarnos brevemente, diciendo nuestros nombres e indicando la promoción de la Diplomatura a la que habíamos pertenecido. Nosotros, al igual que los otros tres grupos de la sala, escuchamos entonces la intervención temática central a cargo del profesor Rolando, que versó sobre “Teología y cuidado de la interioridad”. En ella desarrolló varias ideas, entre ellas la de reconocer que todo acto de educación, incluida la formación teológica, comporta un ejercicio de puesta en valor del patrimonio y de la identidad cristiana. Además, resaltó que el aprendizaje teológico no consiste solamente en adquirir conocimientos abstractos, sino que está llamado a convertirse en un sentir y un gustar ese patrimonio de la tradición cristiana, una tradición que se va enriqueciendo con el paso del tiempo y que, precisamente por ello, continúa siendo la brújula que indica la dirección por la que debemos transitar.

Ya cerca del final de su intervención, concluyó que la Teología es un redescubrir el patrimonio y que, por eso mismo, formarnos en Teología es un acto de esperanza, pues abre al cristiano a un horizonte mayor: el Reino de Dios. Formarse en Teología es también una promesa de futuro, para lo cual es necesario educar y cuidar la interioridad todos los días, bajo la premisa clásica de preguntarnos cada uno: ¿qué haría Cristo en mi lugar? Recordando al papa Francisco, indicó que “todo está conectado”: los seres humanos y la naturaleza. Por eso, la Teología ha de ser también un mirar alrededor y apostar por el cuidado de todos y de todo. Finalmente, ser cristiano es un estilo de vida que amerita poner en práctica aquella famosa frase de san Agustín de Hipona: “que me conozca para que te conozca”.

A media jornada se nos plantearon dos preguntas que fueron conversadas en cada grupo, relacionadas con la experiencia vivida y con las aplicaciones pastorales que habíamos concretado después de la Diplomatura. Seguidamente tuvimos una dinámica en la que fuimos pasando los cuatro grupos por cuatro carteleras. En cada una debíamos responder una pregunta central mediante pegatinas, ubicando nuestras ideas en una hoja bond debajo de las respectivas preguntas. De este modo, tuvimos bastante trabajo a la hora de responder lo que se nos pedía, imagino que con miras a recoger nuestras experiencias y mejorar la propuesta para las futuras ediciones de la Diplomatura.

Luego de esto hubo un pequeño sorteo de obsequios, que se reclamaban con un tique que nos habían entregado al ingresar al salón. Hubo libros para los demás y, en mi caso, me correspondió un hermoso tomatodo con las siglas de la PUCP. Después vino la foto grupal y, posteriormente, un segundo momento de compartir fuera del aula: gaseosa, dulces, panes y café, todo dispuesto como una buena excusa para fomentar la conversación mientras degustábamos algo apetitoso.

En esas circunstancias, cerca ya de las 11 de la mañana, llegó nuestra compañera Flor de María. Ella es filósofa y teóloga de profesión y, además, trabaja allí en la PUCP como jefa de prácticas de una asignatura teológica. Reparte su apretada agenda entre su Cusco natal, Lima, por cuestiones laborales, y la selva peruana, donde participa constantemente en misión. Con Flor de María había conversado bastante por WhatsApp e incluso habíamos iniciado un proyecto de podcast que, finalmente, no prosperó.

Acabado el refrigerio, fuimos el grupo completo a la sede institucional del Departamento de Teología. Allí nos tomamos algunas fotografías generales y luego los seleccionados grabamos un brevísimo mensaje sobre nuestra experiencia de estudios en la Diplomatura. Después nos fuimos a almorzar a un pequeño restaurante situado allí mismo, dentro del campus universitario y muy cerca de la capilla. Pude conocerla y, después de haber almorzado, rezamos allí un ratito.

La conversación durante el almuerzo fue larga y entretenida. Uno de los temas más picantes fue la aparente inutilidad del Código de Derecho Canónico, de donde surgió un chiste un tanto cruel que dice: “Estudia Filosofía y perderás la razón; estudia Teología y perderás la fe; estudia Derecho Canónico y perderás el tiempo…”. Había abogadas en la mesa, naturalmente interesadas por el tema. También nos acompañó durante la comida un joven literato que está cursando actualmente la Diplomatura. Antes de que se marchara, le consulté su opinión sobre Jaime Bayly, específicamente sobre sus dos últimas novelas, “Los genios” y “Los golpistas”. Confesó con toda naturalidad que no había leído ninguna de las dos, pero sí la primera de su producción, “No se lo digas a nadie”. En conclusión, me dijo que Bayly le parece un escritor de “buena prosa” y entretenido.

Finalizado el almuerzo y cancelada la deuda, fuimos a conocer la capilla del campus universitario. Es hermosa, pequeña, pero muy acogedora. Nos enteramos de que el capellán es un sacerdote diocesano, que celebra la misa todos los días a la 1:15 p. m. y que es una pena que no pueda estar más tiempo en la universidad. Entre serio y en broma, les dije que yo seré, más adelante, el capellán de la PUCP, si Dios quiere.

El profesor Henry, Flor de María y yo hicimos planes para la tarde y nos fuimos a la librería Communitas, ubicada en la avenida 2 de Mayo 1690, San Isidro. Allí nos entretuvimos largo rato revisando libros de toda índole. Yo buscaba “Libro de Poemas”, de mi amigo Federico, pero no conseguí encontrarlo. El profesor Henry, por su parte, se dio a sí mismo un regalo muy valioso con la compra de “El Jesús histórico”, de Gerd Theissen y Annete Merz, un señor volumen de 640 páginas que resultaba bastante atractivo.

De allí fuimos al centro de Lima para ver la primera procesión del Señor de los Milagros por la avenida Tacna, cuestión que logramos con facilidad. Luego de ver pasar al Señor, subimos brevemente al taller “Sincretismo”, de mi amigo Jossué Zavala, un joven artista devoto del Señor de los Milagros. Allí disfrutamos de algunas canciones criollas en honor del Cristo de las Nazarenas y, posteriormente, nos fuimos a cenar.

La pizza de la cena estuvo deliciosa y la conversación, todavía mejor. Con el profesor Henry y Flor de María hay buena química para hablar y hablar, aunque no siempre estemos de acuerdo en todo lo que se plantea. La catolicidad es así: diversidad y opiniones distintas, pero encaminadas hacia la unidad de una misma fe, de un solo Señor, como lo refiere san Pablo.

Finalizada la cena, Flor de María buscó su camino hacia su casa y el profesor Henry y yo nos dirigimos a la terminal para emprender el regreso hacia Huancayo. La jornada fue estupenda y la disfruté muchísimo. Me agradó bastante encontrarme con gente tan buena y tan inteligente, todos ellos académicos de alto nivel, con quienes pude compartir no solo conocimientos, sino también conversaciones, inquietudes, proyectos y, sobre todo, amistad.

El profesor Rolando me dejó con el profesor Henry un librito que tuvo a bien obsequiarme, pero que no pudo entregarme personalmente porque yo estaba grabando la promoción para la Diplomatura. El libro es “El concepto católico de desarrollo en América Latina hoy”, publicado por varios editores de la misma universidad.

Y así concluyó esta jornada: entre libros, amigos, conversaciones y una profunda experiencia de la bondad y la misericordia de Dios para con todos. Volver a encontrarnos después de dos años me permitió comprobar que la formación teológica no termina cuando concluyen las clases; continúa en las amistades que permanecen, en las preguntas que siguen abiertas y en el deseo compartido de servir a la Iglesia y a la sociedad desde la fe, el pensamiento y la esperanza.



miércoles, 1 de julio de 2026

Entrevista a la Madre Siomara Elena Garro, mercedaria del Niño Jesús

ENTREVISTA A LA MADRE SIOMARA

Entrevistador: Queridos amigos, acá en el Seminario San Pío X hemos contado con una grata visita: la madre Siomara, quien nos ha acompañado durante esta semana. Ha sido para nosotros realmente una bendición contar con su presencia. La madre Siomara es docente de algunos de nuestros hermanos seminaristas, y los momentos que hemos compartido con ella, así como las experiencias que nos ha transmitido, sin duda nos animan.

Por eso queremos entrevistarla en esta oportunidad.

Madre Siomara, bienvenida al Perú. Bienvenida al Seminario San Pío X.

Madre Siomara: Muchas gracias. La bendecida soy yo por conocer una tierra tan linda y una gente tan linda.

Entrevistador: Acá nos acompañan algunos de nuestros hermanos seminaristas y quisiéramos conocer, madre Siomara, desde su propia descripción: ¿quién es Siomara Elena Garro?

Madre Siomara: Bueno, en primer lugar, soy de nacionalidad argentina. Nací en una provincia muy bella de la Argentina que se llama Entre Ríos.

Pertenezco a la Congregación de Hermanas Mercedarias del Niño Jesús, una congregación fundada en Argentina por un sacerdote argentino.

El carisma fundacional tiene que ver con la redención de los cautivos; ese es el carisma de mi congregación.

Soy docente. Trabajé siempre en la escuela primaria y también en niveles superiores. Por lo tanto, toda mi vida ha estado profundamente enraizada en el servicio educativo.

Actualmente vivo en la provincia de Entre Ríos, donde nací, en una comunidad formada por cuatro hermanas. Nuestra misión está dedicada a la animación de los equipos de conducción de cinco obras educativas de la provincia, acompañando y trabajando junto con los laicos.

Entrevistador: Madre, cuando hablamos de una religiosa o de un sacerdote, inevitablemente nos preguntamos por la vocación.

En su caso, ¿cómo sintió la vocación? ¿Cómo experimentó ese llamado? ¿Hubo personas o momentos particulares que la llevaron a consagrar su vida y decirle "sí" al Señor?

Madre Siomara: Voy a tratar de sintetizar.

En primer lugar, nací y crecí en una familia no practicante. Mi padre militaba en un movimiento político claramente antieclesial. De modo que recibí una formación en valores humanos, pero no propiamente una formación cristiana o evangélica.

Nunca estudié en un colegio religioso; siempre asistí a escuelas estatales.

Cuando estaba terminando la secundaria, estudiaba en una escuela normal porque quería ser docente, como lo eran mis padres. Practicaba atletismo y tenis en un club deportivo.

En ese grupo se incorporó un muchacho muy cristiano, muy practicante, alumno de los jesuitas. Él constantemente nos preguntaba si habíamos ido a misa y nos hacía reflexionar sobre la vida cristiana.

Todo eso comenzó a inquietarme.

Un día me invitó a acompañarlo a una casa de acogida para niños con síndrome de Down.

Yo acepté casi por desafío, porque siempre fui una persona muy independiente y bastante desafiante.

Cuando llegué allí quedé profundamente impactada. Ese lugar estaba muy cerca de mi casa. Había visto muchas veces a esos niños tomando sol en verano, pero jamás se me había ocurrido entrar.

Aquella experiencia empezó a moverme interiormente. Comencé a preguntarme:

—¿Quién es Dios?

Por otra parte, estudiaba en un colegio estatal con bastante mala fama. Mis compañeras, muchas veces, antes de entrar al colegio, decidían si asistirían o no a clases.

Recuerdo perfectamente un día en que cruzaba la plaza camino al colegio. Vi a mis compañeras deliberando si entrar o no. Fue un momento muy fuerte para mí.

Allí volví a preguntarme:

—¿Quién es Dios?

Hoy, cuando leo el Evangelio, pienso que quizá esa fue una pequeña experiencia de la compasión que Jesús sintió por la humanidad.

Miré a aquellas chicas y pensé:

—¡Pobres!

Porque, al fin y al cabo, si yo no quería ir al colegio, simplemente no iba. No hacía falta "hacerse la rata", como decimos en Argentina.

Todo eso comenzó a dar vueltas dentro de mí.

Tenía una amiga llamada Susana que estudiaba en un colegio de las Hermanas Mercedarias.

Un día le pregunté:

—Vos que vas al colegio de las monjas, ¿qué hacen las monjas?

Hasta ese momento nunca había conocido de cerca una religiosa.

Ella me respondió:

—Mirá, las monjas son unas taradas...

Perdón por la expresión, pero fue exactamente lo que ella me dijo.

Después empezó a contarme que eran aburridas, que hacían esto o aquello. Claro, ella estaba obligada por sus padres a estudiar allí.

Entonces le dije:

—A mí me gustaría conocerlas.

Ella insistía:

—¿Qué vas a conocer? Son reaburridas.

Sin embargo, un día pasé frente al Colegio San Pedro Nolasco, que era el colegio de las Mercedarias donde estudiaba mi amiga. Toqué el timbre y entré.

Le dije a la portera que tenía una amiga allí y que quería conocer a las monjas.

Había una fiesta en ese momento, así que la portera me dijo que sería difícil encontrar a alguna hermana disponible, pero de todos modos llamó a una religiosa.

Apareció la hermana Carolina.

Le conté:

—Yo no sé nada de Dios, pero quiero saber quién es Dios y quiénes son las monjas. Quiero saber qué hacen ustedes.

Ella me respondió con mucha sencillez:

—Vení otro día.

Yo repetía constantemente:

—Pero yo no sé nada de Dios.

Y ella me contestaba:

—No importa.

Comencé entonces a visitarlas.

La primera vez me recibió ella sola.

Otra vez me atendieron en el comedor junto con toda la comunidad.

Y cuando entré allí sentí algo muy fuerte.

Pensé inmediatamente:

—Este es mi lugar.

Lo sentí profundamente.

A partir de entonces comencé a conversar mucho con la hermana Carolina.

Ella un día me preguntó:

—¿No querés venir en enero a hacer una experiencia con nosotras en Córdoba?

Todos los años yo iba de vacaciones a Mar del Plata.

Ese año renuncié al mar y me fui al convento.

Entré llevando solamente una muda de ropa, pensando que iba por un fin de semana para conocer la comunidad.

Nunca más regresé.

Así fue.

Por eso creo profundamente en el llamado de Dios.

Nadie influyó sobre mí.

No estaba escapando de ningún problema.

Estaba de novia, quería casarme, quería ser maestra, quería formar una familia.

Pero cuando uno se encuentra verdaderamente con Jesús y descubre la fe, comienza a reordenar todas las prioridades.

Todo aquello que era bueno y hermoso sigue siendo bueno, pero deja de ocupar el primer lugar.

Hasta el club deportivo, que era prácticamente mi vida, pasó a un segundo plano.

Y así me quedé.

Entrevistador: Madre, en todos estos años de vida consagrada, ¿podría decir que ha sido feliz?

Madre Siomara: Muy feliz.

Mirá que normalmente hago mi examen de conciencia cada noche antes de acostarme.

Como vivimos con distintos horarios pastorales, muchas veces regreso sola a la comunidad.

Y todos los días siento que tengo muchísimo que agradecerle a Dios, porque cada jornada Él siempre me regala algo.

¿Hay dificultades? Sí. ¿Hay problemas? Sí. ¿Hay cansancio? Sí. Pero el Señor nunca te abandona.

Entrevistador: Eso precisamente es lo que nosotros hemos percibido en usted.

Hay hermanos que han sido sus alumnos y otros que no, pero cuando usted llegó al comedor y saludó a todos con una sonrisa y con tanta alegría, inmediatamente pensamos:

"Esta religiosa realmente es feliz."

Y eso es precisamente lo que queremos transmitir.

Por eso es tan importante conversar con sacerdotes y religiosas.

A nosotros, los seminaristas, nos llena muchísimo escuchar su testimonio, porque nosotros también estamos caminando hacia ese ideal.

Queremos responder al Señor, y el testimonio de ustedes realmente nos anima.

Madre Siomara: Claro que sí.

Entrevistador: Gracias, madre, por su testimonio, por su alegría y por transmitirnos a Dios desde toda la experiencia que tiene.

Madre Siomara: Gracias.

Cuando hice mis primeros votos recé mucho al Señor y le pedí que me regalara un lema para toda mi vida.

Desde entonces lo tengo escrito en un cuadro en mi habitación.

Dice: "Quiero ser libre, alegre y orante." Ese es mi lema.

Cada mañana, cuando me levanto, lo miro y le digo al Señor:

—Jesús, eso es lo que quiero vivir.

Y me esfuerzo por hacerlo.

Pero también sé que todo es puro don de Dios.

Por eso me gusta compartirlo.

Los lemas ayudan mucho.

Entrevistador: Sí, ayudan mucho. Nos centran.

Madre, queremos hablar de diversos temas aprovechando su presencia y toda su experiencia.

En primer lugar, tratemos el tema de la mujer en la Iglesia. En su caso particular, como religiosa y como mujer, se suele decir que la Iglesia tiene rostro femenino. ¿Cómo entender esta expresión?

Madre Siomara: Creo que esta es una expresión con un profundo sentido teológico y pastoral.

En los documentos de la Iglesia se presenta siempre a la Iglesia como madre: una madre que engendra, alimenta y acompaña la vida.

Al mismo tiempo, aparece también la figura de la Iglesia como esposa de Cristo.

Me parece muy hermosa esa imagen de la Iglesia como esposa y como madre. Precisamente eso es lo que le da ese rostro femenino.

Entrevistador: Sabemos que la mujer aporta muchísimo a la Iglesia.

¿Qué aporta la mujer que quizá el varón no aporta?

Madre Siomara: En esto he seguido mucho al papa Francisco.

Siempre me quedó grabado cómo él habla de la presencia de la mujer en la Iglesia, resaltando especialmente su intuición, su sensibilidad, su capacidad de acompañar y su cercanía.

Todo eso hace visible, de alguna manera, la misericordia y la cercanía de Dios.

Ese creo que es el aporte específico de la mujer.

No porque el varón no pueda ser sensible, intuitivo o misericordioso, sino porque son rasgos muy propios del ser femenino.

Me alegró mucho escuchar al papa Francisco expresarse tantas veces en esos términos.

Entrevistador: Con el pontificado del papa Francisco hemos visto cambios importantes en la Iglesia.

Por ejemplo, hoy tenemos a una mujer laica al frente de un dicasterio y a una religiosa como gobernadora de la Ciudad del Vaticano.

Todo esto significa un avance y una manera de reconocer el protagonismo que la mujer siempre ha tenido en la Iglesia.

Más adelante hablaremos sobre la diaconía femenina.

Pero antes quisiera preguntarle: ¿cómo entender la diferencia entre tener poder y tener autoridad?

Madre Siomara: En la vida religiosa hacemos voto de pobreza, castidad y obediencia.

Durante mucho tiempo la autoridad fue entendida y vivida como poder.

Sin embargo, desde hace bastante tiempo la Iglesia viene reflexionando sobre esto, porque tenemos el mejor modelo: Jesús.

Él nos enseñó que la autoridad es servicio.

En mi congregación hemos trabajado mucho este tema y considero que ha sido uno de los cambios más importantes que he visto durante mi vida religiosa.

La autoridad es una mediación, un servicio que acompaña y anima la vida personal y comunitaria, buscando siempre la voluntad de Dios.

Esa es su verdadera función.

Por eso, toda forma de autoridad que pretenda imponerse sobre las personas deja de ser evangélica.

No son compatibles el poder entendido como dominio y la autoridad cristiana.

Yo fui parte del gobierno general de mi congregación durante veinticuatro años: doce años como vicaria general y luego doce años como superiora general.

Aprendí muchísimo.

Es posible vivir la autoridad como servicio, pero exige despojarse de uno mismo, comprender al otro, ponerse en su lugar y buscar juntos la voluntad de Dios.

Uno no posee toda la verdad; la buscamos comunitariamente.

Para eso sirve la autoridad.

Si no es servicio, deja de tener sentido.

Entrevistador: Entonces podríamos decir que el verdadero poder y la verdadera autoridad en la Iglesia son el servicio al Pueblo de Dios para discernir y realizar la voluntad del Señor.

Madre Siomara: Exactamente.

Entrevistador: Hablemos ahora de la vida religiosa.

Después de tantos años de experiencia, incluso como superiora general, ¿qué ha cambiado desde que usted hizo su profesión religiosa hasta hoy?

Madre Siomara: Cuando ingresé a la congregación ya había terminado el Concilio Vaticano II.

Después del Concilio, la Iglesia pidió a todas las congregaciones religiosas, masculinas y femeninas, revisar sus constituciones y directorios para adecuarlos a las orientaciones conciliares.

Por lo tanto, cuando ingresé ya existían muchas modificaciones.

Sin embargo, desde entonces hasta hoy han cambiado muchísimas cosas.

No ha cambiado lo esencial.

En nuestras constituciones existe un capítulo dedicado a la identidad de la congregación: nuestro carisma y nuestra espiritualidad.

Eso no se toca, porque forma parte del Evangelio y del don recibido por nuestro fundador.

Lo que sí cambia son las formas concretas de vivir los consejos evangélicos.

Por ejemplo, la pobreza.

Hace treinta años era muy distinta.

Nosotras hacemos voto de pobreza y todo debe ser común.

Nada es mío; todo es de todas.

Pero hoy vivimos en un mundo con cuentas bancarias, tarjetas de débito y otros sistemas económicos que antes no existían.

Cada hermana trabaja y recibe su sueldo en una cuenta personal.

Entonces aparecen desafíos nuevos para vivir realmente el compartir.

Por eso tenemos un fondo común donde todas aportamos.

Seguimos cultivando el espíritu de que todo es para el bien común y que ninguna hermana pase necesidad.

No importa quién gane más o menos.

La igualdad sigue siendo un valor fundamental.

También cambió la manera de vivir la castidad.

Cuando yo ingresé existía mucho temor frente a las expresiones afectivas.

Había desconfianza hacia las amistades particulares o las relaciones demasiado cercanas.

Todo parecía peligroso.

Eso ha cambiado mucho.

Hoy somos hermanas.

Es normal que algunas tengan una amistad más cercana con otras.

Tenemos también amigos y amigas laicos.

Naturalmente debemos cuidarnos mutuamente porque seguimos siendo personas humanas y necesitamos ayudarnos a custodiar la propia vocación.

Respecto al voto de obediencia también hubo un cambio importante.

Antes el superior tenía prácticamente la última palabra y muchas hermanas no expresaban realmente lo que pensaban.

Eso prácticamente ha desaparecido.

Incluso el modo de tratarnos ha cambiado.

Nosotras somos todas hermanas.

Existen los cargos de gobierno porque son necesarios organizativamente, pero en la vida cotidiana somos hermanas.

Antes la superiora tenía su asiento propio en el comedor, su lugar exclusivo en la capilla, y nadie podía ocuparlo.

Hoy todo es mucho más fraterno, cercano y circular.

En definitiva, han cambiado las formas, pero no la esencia.

Entrevistador: Estos cambios pueden parecer un avance e incluso hacer más atractiva la vida religiosa para los jóvenes.

Sin embargo, muchas veces se habla de una crisis vocacional.

Desde su experiencia, ¿ve esperanza para el futuro de la vida religiosa?

Madre Siomara: No sé si la esperanza la veo tanto en lo cuantitativo, pero sí la veo claramente en lo cualitativo.

En mi congregación tenemos aproximadamente diez jóvenes entre aspirantes y hermanas de votos temporales.

En Argentina eso ya es un número importante, sobre todo comparado con otras congregaciones que llevan años sin recibir ninguna vocación.

Yo observo en nuestras hermanas jóvenes un enorme deseo de vivir con fidelidad y coherencia su consagración.

Quizá lo viven de un modo distinto al nuestro.

A las generaciones mayores nos cuesta más porque fuimos formadas dentro de esquemas muy estructurados.

Ellas, en cambio, nos ayudan a descubrir maneras nuevas de vivir el mismo carisma sin perder la esencia.

Nosotras, las hermanas mayores, tratamos de recordar aquello que es irrenunciable la vida espiritual; la vida fraterna; la vida compartida; el compromiso pastoral; la responsabilidad; la corresponsabilidad en la misión de la congregación y de la Iglesia.

Eso no puede negociarse.

Ellas, por su parte, nos aportan espontaneidad, libertad para expresarse, cercanía y una manera distinta de relacionarse.

También nos ayudan a relativizar cosas que antes considerábamos fundamentales y que quizá no lo eran tanto.

Nos vamos humanizando mutuamente.

Cuando pienso en estos cambios, creo que el mayor beneficio ha sido precisamente la humanización.

Antes existían estructuras muy rígidas que, sin ser malas, podían hacernos perder humanidad.

Hoy podemos decir con naturalidad:

—Hoy estoy muy mal. Necesito un poco de silencio.

Antes eso era impensable.

Y esa posibilidad de expresar lo que vivimos también forma parte de la vida fraterna.

Entrevistador: Hace un momento usted decía que la esperanza está más en lo cualitativo que en lo cuantitativo.

Hay una frase atribuida a san Juan Pablo II que dice, aproximadamente: "La Iglesia, depositaria de la verdad, debe defenderla, aunque lleguemos a ser solamente doce."

¿Qué piensa usted de esa afirmación?

Madre Siomara: En la vida religiosa solemos repetir una expresión: "Somos pocas y pobres."

Pero eso nunca debe hacernos perder la esperanza.

Cuando hablaba de lo cuantitativo me refería precisamente a eso.

Podemos ser pocas y pobres, pero debemos renovar constantemente la centralidad de Jesucristo y del Evangelio.

Esa es la esencia de la vida religiosa.

Más que preocuparnos por cuántas somos, debemos preocuparnos por ser un signo creíble y profético del Reino de Dios.

Tampoco podemos escondernos porque seamos pocas.

El Evangelio habla de la levadura en la masa.

La levadura es pequeña, pero transforma toda la masa.

No se trata de conformarnos con ser pocas.

Se trata de seguir siendo presencia significativa.

A veces se dice que quizá un día desaparezca este modo concreto de vida religiosa.

Puede ocurrir.

Tal vez desaparezcan ciertos formatos.

Lo que nunca desaparecerá será el seguimiento radical de Jesucristo.

Quizá llegue un tiempo en que ya no existan religiosas con hábito.

Nosotras todavía lo usamos, pero podría cambiar.

La Iglesia tendrá que preguntarse de qué manera seguirá siendo presencia en un mundo cada vez más secularizado.

Habrá que repensar cómo ser levadura en medio de la sociedad.

Eso supone un gran despojo.

Antes éramos muchas y podíamos sostener solas nuestras obras.

Hoy necesitamos caminar junto a otras congregaciones.

Nosotras tenemos comunidades intercongregacionales donde religiosas de distintas familias compartimos la misión.

Trabajamos en red porque solas ya no alcanzaríamos.

Pero no creo que la vida religiosa desaparezca.

Dios sigue llamando.

La vida religiosa no es un invento humano; es un don de Dios para la Iglesia.

Por eso miro el futuro con esperanza.

Entrevistador: Ciertamente. Nosotros, en el ambiente del seminario, repetimos con frecuencia aquella petición del Evangelio: «Rueguen al dueño de la mies para que envíe obreros a su mies.» No solo sacerdotes, sino también religiosas, familias misioneras y tantos otros llamados al servicio del Reino.

Madre, dentro de todo lo que el papa Francisco ha impulsado en la Iglesia, y siendo usted argentina, seguramente siente una conexión especial con el tema de la sinodalidad.

¿Cómo debemos entenderla? ¿Qué quiso enseñarnos el Papa?

Madre Siomara: Creo que lo que ha hecho Francisco es recoger lo que ya planteó el Concilio Vaticano II.

En realidad, ninguno de estos temas es completamente nuevo. Todos los papas han ido realizando una recepción y actualización del Concilio.

Lo que Francisco nos propone es un llamado muy fuerte a renovar la Iglesia para que sea fiel al hombre y a la mujer de hoy, sin perder nunca su esencia.

Uno de los objetivos fundamentales de la sinodalidad es actualizar la presencia de Cristo Resucitado en la vida del cristiano.

Es volver a poner a Jesús en el centro.

Si uno lee el documento final del Sínodo, verá que todo está atravesado por un gran llamado a la conversión.

No habrá cambios verdaderos en la Iglesia mientras no haya conversión.

Y la primera conversión consiste en volver a la presencia del Espíritu Santo que habita en nosotros.

¿Y para qué nos convierte el Espíritu?

Para identificarnos con el proyecto redentor del Padre y asociarnos plenamente a la misión de Jesucristo.

Todos estamos llamados a eso: bautizados, ministros ordenados y personas consagradas.

Después vendrán las demás conversiones que el documento menciona: la conversión de las relaciones, la conversión de los procesos y la conversión de las estructuras.

Pero todo comienza en el corazón.

Desde ahí entiendo la sinodalidad.

Esto implica también revisar nuestra identidad bautismal.

Tenemos que preguntarnos seriamente cómo vive hoy el bautizado su fe en medio de un mundo tan complejo.

Vivimos muy influenciados por la cultura contemporánea y, casi sin darnos cuenta, podemos ir diluyendo el Evangelio.

Por eso considero que lo primero es recuperar con fuerza nuestra identidad de hijos de Dios.

Después vendrán naturalmente el caminar juntos, el escucharnos, el respetarnos y el valorarnos mutuamente.

Todo eso será consecuencia de una auténtica conversión interior.

Entrevistador: Hemos dicho que este camino sinodal fue impulsado especialmente por el papa Francisco.

¿Cree usted que el papa León XIV le está dando continuidad?

Madre Siomara: Creo que sí.

Naturalmente, con su propio estilo y con sus propios aportes.

Eso me alegra mucho.

A veces los católicos vivimos demasiado pendientes de comparar a un Papa con otro.

Nos preguntamos si continuará la misma línea, si cambiará todo o si se opondrá a lo anterior.

Yo veo que el papa León está marcando su propio estilo, pero al mismo tiempo está dando continuidad.

Y eso evita desorientar a la Iglesia.

Si un Papa impulsa una Iglesia entendida como Pueblo de Dios, corresponsable, que discierne y camina unida, y luego viniera otro diciendo que todo corresponde exclusivamente a los ministros ordenados, se produciría una ruptura muy grande.

Por eso me alegra ver que continúa promoviendo la corresponsabilidad, el trabajo conjunto y la participación de todos los bautizados.

Entrevistador: Precisamente dentro de esa participación de todos aparece también la mujer.

Ayúdenos, por favor, a distinguir entre diaconía femenina y diaconado femenino.

Son dos conceptos que hoy se escuchan mucho y que, en la práctica, suelen confundirse.

Madre Siomara: Creo que la diaconía femenina tiene que ver con un servicio pastoral específico.

Es un ministerio confiado a mujeres para realizar determinadas tareas pastorales concretas, normalmente respaldadas por un envío o una bendición de la Iglesia.

Esto ya existía en las primeras comunidades cristianas.

Las mujeres ejercían diversos servicios: acompañaban comunidades, cuidaban de los más vulnerables, trabajaban con los pobres y asumían responsabilidades pastorales importantes.

Eso pertenece al ámbito de la diaconía.

Y hoy muchas religiosas siguen realizando esas tareas, especialmente en lugares donde no hay presencia estable de sacerdotes.

Otra cosa distinta es el diaconado femenino entendido como ministerio ordenado.

Ahí entramos ya en el ámbito del sacramento del Orden.

No es simplemente desempeñar un servicio pastoral durante un tiempo, sino recibir un ministerio estable con carácter sacramental.

Francisco amplió los ministerios instituidos, como el lectorado y el acolitado, y creó también el ministerio instituido del catequista.

Incluso se habla de reconocer oficialmente otros servicios, como el de quienes trabajan en Cáritas.

Pero cuando se habla del diaconado femenino, la cuestión cambia porque ya no se trata únicamente de un ministerio instituido, sino de un ministerio ordenado.

Y ahí la reflexión todavía continúa.

Entrevistador: Ese es justamente el punto más debatido.

Madre Siomara: Exactamente. La diaconía ya existe. El problema es el ministerio ordenado.

He leído investigaciones sobre las llamadas diaconisas de los primeros siglos y sobre mujeres que colaboraban estrechamente con los obispos, llegando incluso a representarlos en determinadas comunidades.

Pero la Iglesia todavía considera que no existen todos los elementos necesarios para equiparar esas experiencias históricas con el diaconado permanente tal como hoy lo entendemos.

También pienso en otro dato.

El diaconado permanente fue restaurado después del Concilio Vaticano II.

Han pasado más de sesenta años y todavía hay lugares donde cuesta comprender plenamente su identidad y misión.

En Argentina, por ejemplo, existen diócesis donde aún genera ciertas reservas, mientras que en otras el diaconado permanente ha dado frutos extraordinarios.

Entonces, pensar ahora en un diaconado femenino requerirá también un largo proceso de reflexión eclesial.

Ojalá pueda darse, si esa es la voluntad de Dios y de la Iglesia.

Porque, en realidad, el ministerio del diácono tiene funciones concretas y limitadas.

Por ejemplo, no preside la Eucaristía.

No se trata de un ministerio que concentre todo el gobierno de la Iglesia.

Muchas de esas tareas perfectamente podrían ser realizadas por mujeres.

Pero yo no soy teóloga ni biblista.

Solo comparto mi percepción personal.

Entrevistador: En la evolución histórica de este tema, algunos estudios han sostenido que el desarrollo de la figura de Febe, la diaconisa mencionada por san Pablo, habría desembocado, de alguna manera, en la vida religiosa femenina actual.

¿Está usted de acuerdo con esa interpretación?

Madre Siomara: A medias. Reconozco que existen semejanzas.

Pero no creo que pueda hacerse una identificación completa.

Si una mujer ocupa determinados espacios únicamente para suplir la ausencia de sacerdotes, me parece que esa no es una fundamentación suficientemente sólida.

La mujer no está llamada simplemente a llenar vacíos. Eso no le da verdadero protagonismo.

Otra cosa muy distinta sería que ese ministerio surgiera naturalmente como parte del desarrollo de la vida y de la misión de la Iglesia.

Entonces sí me parecería muy interesante.

No solo para colaborar donde falta un sacerdote, sino para participar de manera estable en la vida eclesial, con voz, con presencia y con capacidad de contribuir al discernimiento y a la toma de decisiones.

Y aclaro algo. No digo esto porque sea feminista. No soy feminista. Simplemente soy mujer.

Entrevistador: Madre, usted nos ha hablado de su experiencia como docente, catequista y formadora. ¿Cómo anunciar hoy el Evangelio? ¿Cómo catequizar a una generación que vive permanentemente conectada a las redes sociales?

Madre Siomara: Primero tengo que reconocer que soy bastante analfabeta digital. Manejo solamente lo básico. Sí leo y utilizo algunas redes sociales. Aprendo mucho de ellas.

Creo que quienes las usan para evangelizar deben estar muy bien preparados para ofrecer contenidos verdaderamente valiosos.

Pero pensando en los jóvenes de hoy, creo que el desafío principal no consiste únicamente en competir con las redes.

La Iglesia nos propone construir comunidades acogedoras.

Comunidades donde cada joven se sienta reconocido, valorado y amado.

Cuando un joven encuentra una comunidad que realmente lo recibe y le da un lugar, poco a poco comienza a ordenar sus prioridades.

No se trata de demonizar las redes sociales.

No son malas en sí mismas.

El problema aparece cuando terminan absorbiendo a la persona y deshumanizándola.

Por eso insisto tanto en formar comunidades vivas, tanto en las parroquias como en los colegios y movimientos.

Cuando uno descubre su vocación sucede algo parecido.

Antes había muchas cosas importantes.

Pero cuando uno se enamora de Jesucristo, todo comienza a reorganizarse.

No es que aquello anterior fuera malo.

Simplemente deja de ocupar el primer lugar.

Creo que ese mismo proceso puede vivir un joven cuando encuentra una comunidad cristiana donde es acogido, escuchado y valorado.

Muchas veces no encuentra eso ni en su familia, ni entre sus amigos, ni en la sociedad.

Vivimos en un mundo muy competitivo y muy narcisista.

Por eso la comunidad cristiana puede convertirse en ese espacio donde la persona descubre su verdadero valor.

Entrevistador: El papa Benedicto XVI hablaba del mundo digital como un "sexto continente", un nuevo espacio que necesita ser evangelizado.

Y la primera encíclica del papa León XIV, Magnifica Humanitas, al reflexionar sobre la inteligencia artificial y la dignidad humana, nos ayuda precisamente a situarnos ante estos desafíos.

No demoniza la tecnología, pero tampoco la absolutiza.

Nos invita a usarla con discernimiento para que contribuya verdaderamente a nuestra humanización.

Ahí parece estar uno de los grandes retos de la Iglesia: formar personas capaces de usar estos medios con espíritu crítico y con una conciencia iluminada por el Evangelio.

Entrevistador: Madre, todo lo que empieza también termina. Estamos llegando al final de esta entrevista.

He preparado unas preguntas rápidas. Las preguntas serán rápidas, pero las respuestas no necesariamente tienen que serlo.

Comencemos. Un santo.

Madre Siomara: Como mercedaria tengo que decir san Pedro Nolasco. Soy una enamorada de san Pedro Nolasco. Además, fue laico, no sacerdote. Era un mercader que vio cómo muchos cristianos eran tomados como esclavos por los musulmanes. Era un hombre rico, dedicado al comercio, pero cambió completamente el rumbo de su vida y la entregó a la redención de los cautivos.

Todo lo que leo sobre san Pedro Nolasco me apasiona, porque alimenta profundamente mi propio carisma redentor.

Entrevistador: Un libro.

Madre Siomara: El mercader de la libertad, de Carlo Pronzato. Es una biografía de san Pedro Nolasco. La he leído muchísimas veces.

Me gusta mucho porque establece un paralelo muy hermoso entre el mercader de mercancías y el mercader que compra la libertad de las personas.

El lema mercedario dice: «Mi vida por tu libertad». Eso resume perfectamente la vida de san Pedro Nolasco. Pronzato lo explica de una manera extraordinaria.

Entrevistador: Ojalá podamos conseguir ese libro aquí.

Madre Siomara: Yo lo tengo digitalizado. Se los voy a enviar.

Entrevistador: Una virtud.

Madre Siomara: La esperanza.

A veces hablamos mucho de la fe y de la caridad, pero la esperanza parece quedar como la "Cenicienta" de las virtudes teologales.

Sin embargo, hace tiempo descubrí que es precisamente la esperanza la que sostiene mi fe.

El amor concreta la fe, pero es la esperanza la que me mantiene caminando hacia aquello que aún no poseo plenamente.

Por eso, para mí, la esperanza ocupa un lugar muy especial.

Entrevistador: Precisamente acabamos de vivir el Año Santo convocado por el papa Francisco bajo el signo de la esperanza.

Madre Siomara: Fue un verdadero regalo. Aunque san Pablo diga que un día pasarán la fe y la esperanza y permanecerá únicamente el amor, hoy, mientras caminamos en esta vida, es la esperanza la que nos sostiene.

Entrevistador: Un Papa.

Madre Siomara: Aquí voy a dejar hablar un poco al corazón. Diría el papa Francisco. Sobre todo, por su cercanía pastoral. Lo siento muy cercano, muy humano. Incluso entiendo perfectamente muchas expresiones propias de su lenguaje argentino cuando habla de "balconear", "ningunear" y tantas otras. Eso, para un argentino, tiene un sabor muy especial.

Entrevistador: Un pasaje del Evangelio.

Madre Siomara: La samaritana. Cuando descubrí la fe y aprendí a rezar siendo novicia, me encontré con ese pasaje del Evangelio. Recuerdo haber pensado inmediatamente: «Esta soy yo.» Me siento profundamente identificada con el camino de fe de la mujer samaritana.

Cuando celebré mis bodas de plata de vida religiosa, toda la celebración estuvo inspirada precisamente en ese relato.

Nunca me canso de leerlo, rezarlo, subrayarlo y volver sobre él.

Siempre encuentro algo nuevo.

Entrevistador: ¿Ha escrito algo sobre ese pasaje?

Madre Siomara: No exactamente. Más bien he elaborado muchos esquemas catequísticos. Mi dificultad es otra. Soy muy esquemática. Leo mucho, estudio bastante y voy organizando todo en esquemas que después utilizo en mis clases, cursos y conferencias.

Muchas personas me han insistido para que escriba. Pero me cuesta sentarme a redactar. Tengo el contenido, pero no la facilidad para convertirlo en una narración. Ese es uno de mis propósitos actuales: comenzar a escribir.

Entrevistador: Pues no parece que le cueste tanto, porque nos ha mantenido muy atentos durante toda esta conversación. Solo habría que transcribir todo lo que nos ha dicho.

Madre Siomara: (Ríe). Lo difícil es justamente sentarme a escribir. 

Entrevistador: Mate o café.

Madre Siomara: Mate. Desde siempre. Indiscutiblemente.

Entrevistador: Yo, en cambio, café. Muchas gracias, madre Siomara. Hemos disfrutado muchísimo esta entrevista. Sabemos que muchos hermanos seminaristas y muchas personas que verán este video también lo harán.

Antes de terminar, ¿qué mensaje quisiera dejar a quienes nos estamos preparando para el sacerdocio?

Madre Siomara: En primer lugar, doy gracias a Dios porque sigue llamando a jóvenes a la vida sacerdotal. Agradezco profundamente a estos muchachos que se han animado a responder al Señor en una sociedad llena de tantas propuestas y alternativas.

Dar ese paso requiere mucho coraje, mucha fe y mucha valentía. Pero no basta con comenzar.

Después hay que sostener la vocación.

Al principio uno está lleno de entusiasmo. Todo parece maravilloso.

Pero luego llegan la convivencia, los desgastes propios del ministerio, las dificultades pastorales y las pruebas de la vida. Entonces uno puede empezar a aflojar. Por eso les diría que nunca dejen de mirar a Jesucristo.

No solamente al Cristo resucitado, sino también al Jesús histórico que caminó, sufrió, lloró, compartió la vida de la gente y entregó su existencia por amor.

Ese Jesús es el que debe inspirar siempre nuestro modo de ser sacerdotes.

Solo así podrán ser verdaderos pastores, padres, hombres cercanos y profundamente humanos.

La humanidad nunca debe perderse.

También quiero insistir en algo que considero absolutamente innegociable: la formación.

No para caer en el enciclopedismo del que hablaba el papa Francisco.

No para convertirse en un sacerdote que solo acumula conocimientos.

Sino porque el estudio debe fortalecer la fe.

Si la teología no me ayuda a crecer espiritualmente, pierde su sentido.

No estudien solamente por la ciencia misma.

Estudien para conocer mejor al Señor y servir mejor al Pueblo de Dios.

Nunca dejen de sentirse discípulos. Estamos llamados a configurarnos con Jesucristo. Configurar nuestra vida con la suya. Asumir su estilo de pastor y de padre. Cuando hablo de padre, pienso en alguien que tiene un corazón lleno de misericordia, que acompaña, sostiene, escucha y ofrece seguridad.

Y cuando hablo de pastor, pienso en alguien que camina junto a su pueblo, que no se escandaliza fácilmente y que permanece cercano a las personas.

Además, les digo algo que siempre repito a los seminaristas con quienes trabajo:

Estudien mucho. Estudien teología, dogmática, patrística, Sagrada Escritura. Lean, investiguen y profundicen.

Un sacerdote necesita conocer mucho para poder anunciar bien el Evangelio.

Solo quien posee herramientas podrá traducir después todo ese conocimiento en una verdadera acción pastoral.

Cuanto más conozco, mejor preparado estoy para hacer una auténtica bajada pastoral.

La pastoral no es otra cosa que la vida concreta de la Iglesia.

Por eso, no pierdan nunca el norte.

Ustedes están aquí para vivir radicalmente el seguimiento de Jesucristo.

No basta haberlo encontrado una vez. Hay que volver a reconocerlo todos los días. Porque, poco a poco, otras cosas pueden ir ocupando su lugar. Defiendan su vocación. Vendrán tentaciones.

Llegarán noches oscuras. Habrá momentos de cansancio. Pero no abandonen el camino.

Hoy vemos que muchas personas, incluso en el matrimonio, abandonan el compromiso ante la primera dificultad.

La vocación también necesita ser defendida y cuidada.

Porque viene de Dios.

Yo estoy absolutamente convencida de eso.

Cuando alguien entra solamente por un impulso pasajero o por motivos superficiales, termina marchándose o vive una vocación mediocre.

Y también existen sacerdotes que sufren mucho.

Por ellos debemos rezar.

Entrevistador: Madre, realmente lo ha dicho todo. Muchísimas gracias por estas palabras, por su presencia y por esta visita. Ojalá podamos volver a recibirla.

Algunos de nosotros estamos terminando la formación y otros apenas comienzan este camino.

Sabemos que su oración nos ayudará mucho.

Y esta amistad que nace con su visita es un verdadero regalo para todos nosotros.

Gracias de corazón.

Madre Siomara: Gracias a ustedes. Gracias por este espacio. Siempre que compartimos la fe y dialogamos, todos salimos enriquecidos.

También les pido perdón porque uno nunca llega a ser completamente el signo que Dios quisiera que fuera.

Pero seguimos luchando.

Entrevistador: Gracias, madre.

Y gracias también a todos los que verán esta entrevista a través de las redes sociales.

Que este testimonio pueda difundirse. Que siga anunciándose la Palabra de Dios. Sabemos que el Señor nos mira siempre con misericordia, nunca nos abandona y continúa sosteniendo a su Iglesia por medio de testimonios como el suyo.

Nosotros queremos agradecerle con un fuerte aplauso.

(Aplausos.)

Madre Siomara: Muchas gracias a todos. Ha sido una alegría compartir este momento con ustedes. Que el Señor los bendiga y los acompañe siempre en su camino vocacional.