AYAHUANCO, HUANTA, AYACUCHO
El jueves 15 de enero amaneció lluvioso en San José de Secce, como en toda la zona y en gran parte del Perú y de Sudamérica, según los informes meteorológicos. La lluvia, bendición de Dios que cae sobre justos e injustos, en estas tierras no solo es signo de gracia, sino también anuncio casi seguro de dificultades: caminos de tierra amenazados por derrumbes, ríos y quebradas crecidos. Esa era precisamente la advertencia que teníamos presente cuando, muy temprano, junto al padre Yoni Palomino Bolívar, párroco de San José de Secce, y tres feligreses, nos dispusimos a partir rumbo al distrito de Ayahuanco, hacia la pequeña comunidad homónima que nos esperaba esa mañana.
Iniciamos la travesía bien abrigados y rezando las Laudes, acompañados por un canal de YouTube que nos iba guiando en la oración matutina, mientras nuestros ojos se deleitaban con los paisajes paradisíacos de aquellas montañas verdes y escarpadas. El camino fue relativamente tranquilo, aunque fue necesario esquivar algunas rocas de considerable tamaño que habían caído sobre la carretera de tierra. La conversación fue amena y la oración constante, como suele suceder en estos viajes por los Andes peruanos junto al padre Yoni y sus fieles acompañantes.
Nos dirigíamos a Ayahuanco por dos motivos muy concretos. El primero y más importante era celebrar la Santa Misa en aquella comunidad alejada, ubicada a dos horas y media de San José de Secce, y, junto a la Eucaristía, reunirnos con los pobladores y sus autoridades para dialogar sobre el proyecto de restauración del templo católico, bastante deteriorado desde que su techo colapsó hace más de treinta años. El segundo motivo, más personal, era conocer el lugar que figura como mi residencia ante Migraciones Perú, pues, por razones desconocidas, en mi Carnet de Extranjería no aparece Ayacucho, Huamanga, como corresponde, sino Ayahuanco, Huanta. Este detalle se lo había comentado al padre Yoni Palomino Bolívar, quien, inspirado por Dios, me prometió llevarme a conocer este lugar que forma parte de su jurisdicción parroquial.
Ayahuanco nos recibió también bajo la lluvia. Nos dirigimos directamente a la casa del presidente de la comunidad para anunciar nuestra llegada y permitir que él convocara a los pobladores. Debido al mal tiempo, la misa y la reunión no podían realizarse al aire libre, por lo que se acordó llevarlas a cabo en la casa comunal. Mientras tanto, aprovechamos para visitar las ruinas del templo, que desde 1992 se encuentra en constante deterioro tras el desplome de su techo.
La parroquia de San Lucas de Ayahuanco fue creada hace más de 125 años. El 24 de julio de 1901 se registra la visita pastoral del obispo de Ayacucho, monseñor Fidel Olivas Escudero, quien fue recibido por el cura interino Pedro Castillo. Durante aquella visita, el prelado constató los graves daños ocasionados al templo por el incendio de 1896. En ese momento, el techo había sido reconstruido de manera precaria con paja. El obispo ordenó entonces la mejora de la infraestructura, la adquisición de paramentos litúrgicos y la construcción de un nuevo altar. Monseñor Olivas Escudero permaneció en Ayahuanco hasta el 27 de julio, confirmando a 528 personas. En la plazuela frente a la iglesia se dejó una cruz de madera como memoria de aquella Santa Visita Pastoral, realizada luego de la visita del obispo Cristóbal de Castilla y Zamora.
Los habitantes recuerdan con claridad los años del terrorismo, cuando la población ayahuanquina fue totalmente desplazada y el pueblo quedó desolado. No fue sino hasta 1996 que se inició el retorno de sus pobladores, quienes poco a poco reconstruyeron sus viviendas, muchas de ellas incendiadas o destruidas por el paso del tiempo. El templo, sin embargo, no corrió la misma suerte: desde entonces no ha sido restaurado y ha perdido no solo su techo, sino también una de sus torres y el muro del altar mayor. La torre que aún está firme está coronada por una secilla cruz de metal con la fecha "1970" y en su interior dos campanas, una pequeñita en buenas condiciones y la otra más grande y con rajaduras provocadas supuestamente por el impacto de balas.
Las dimensiones del templo resultan adecuadas para la pequeña comunidad en la que se encuentra, pues Ayahuanco no debe superar los 300 habitantes, o incluso menos. Su fachada presenta diversos nichos con decoraciones en alto relieve de yeso, y su estructura está compuesta por piedra, adobe y ladrillo. La puerta original de madera yace caída, con sus dos hojas apoyadas contra el muro. En el interior, la vegetación crece de manera abundante y acelerada debido a las lluvias. Al ingresar, es inevitable pensar en las innumerables personas que allí se congregaron para orar y recibir los sacramentos. Lejos de desanimar, el estado actual del templo fortalece el ánimo y aviva la esperanza de que, al menos en este año 2026, se inicien los trabajos de movimiento de tierra y la fabricación de los diez mil adobes necesarios para la reconstrucción de sus muros.
Tras la visita a las ruinas, nos dirigimos a la casa comunal, donde ya se encontraba reunido un pequeño grupo de pobladores, encabezados por el presidente de la comunidad, quien tomó la palabra para dar inicio a la reunión. En ella se expusieron los avances en gestiones y recursos destinados a fortalecer el Comité Pro Restauración del Templo de Ayahuanco, previamente conformado por el párroco y las autoridades comunales.
El padre Yoni aprovechó la ocasión para compartir con los asistentes el dato curioso de mi residencia oficial en el Perú. Esto causó gran emoción entre los pobladores, quienes inmediatamente me acogieron como un ayahuanquino más, asegurando, entre bromas y buen humor, que debía quedarme para siempre en aquel lugar. Cuando se me concedió la palabra, los animé a continuar este proyecto con mucha fe, asegurándoles al menos mis oraciones para que la obra se concrete cuanto antes. Asimismo, dejé el compromiso de regresar a Ayahuanco para celebrar la Santa Misa cuando yo sea sacerdote y cuando el templo esté nuevamente operativo, dos acontecimientos que, con la gracia de Dios, no parecen lejanos. Finalmente, invitado por el padre Yoni, recé en voz alta el padrenuestro en quechua, para deleite de todos.
Durante la celebración de la Santa Misa, que siguió a la reunión, se bautizó a un joven ayahuanquino, Luis Jaime, quedando su Primera Comunión y Confirmación para una próxima ocasión. Luego de compartir el almuerzo en la casa del presidente, el señor Yuber, emprendimos el regreso a San José de Secce, que transcurrió en un ambiente de serena gratitud. La lluvia, ya más tenue, parecía acompañar nuestros pensamientos mientras la neblina se disipaba y dejaba al descubierto la cuenca baja del Mantaro y las montañas lejanas de Huancavelica, en diálogo silencioso con las de Ayacucho. El cansancio del camino se mezclaba con la paz interior que deja el haber compartido la fe, la palabra y el pan con una comunidad pequeña en número, pero grande en esperanza y en memoria.
Ayahuanco quedó atrás entre cerros y nubes, pero no fuera del corazón. Su templo herido, su historia marcada por el dolor y la perseverancia, y la fe sencilla de su gente se convierten en un llamado a no olvidar, a volver y a reconstruir. Con la confianza puesta en Dios, queda sembrada la certeza de que llegará el día en que esas ruinas vuelvan a ser casa de oración, y en que, reunidos nuevamente en torno al altar, la comunidad pueda celebrar no solo la restauración de un templo, sino la renovación viva de su fe.




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