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martes, 6 de octubre de 2026

Palabras en el Centenario del Padre Pernía, el “Santo Cura de Bailadores”

PADRE RAMÓN EMILIO PERNÍA NOGUERA:

CIEN AÑOS DE UNA MEMORIA VIVA

El 6 de octubre de 2026 se cumplen cien años del nacimiento del padre Ramón Emilio Pernía Noguera, sacerdote merideño cuya vida y ministerio dejaron una huella profunda, especialmente en Bailadores y en las demás comunidades donde ejerció su ministerio sacerdotal.

Con motivo de este centenario, quiero dedicar estas palabras a quien, con el paso de los años, ha terminado ocupando un lugar muy especial en mi propia historia.

No pretendo hacer aquí una biografía completa del padre Pernía. Para eso existen estudios y testimonios mucho más amplios, como lo es el arduo trabajo de mi amigo el licenciado Néstor Abad Sánchez, a quien reconozco el principal interés por mantener viva la memoria del padre Pernía. Quiero, más bien, detenerme en algunos momentos de mi propia relación con él y contar cómo, casi sin darme cuenta, su memoria fue entrando poco a poco en mi vida.

Un primer encuentro

Mi primer recuerdo del padre Pernía se remonta al año 2008.

Yo era estudiante de primer año de bachillerato en el Liceo Bolivariano doctor Gerónimo Maldonado, en Bailadores. Era Miércoles de Ceniza y habíamos acudido al Santuario de Nuestra Señora de la Candelaria para recibir la ceniza.

Como llegamos temprano, a nuestro salón le correspondió llevar unas flores hacia un espacio ubicado junto al templo. Fue entonces cuando, de una de las habitaciones situadas detrás del santuario, salió un hombre delgado, vestido con pantalón gris, chaqueta negra y una boina.

Era el padre Ramón Emilio Pernía. Nosotros lo saludamos y él nos respondió. Eso fue todo. No hubo en aquel momento ninguna conversación especial ni podía yo imaginar que aquel encuentro tan sencillo llegaría a tener algún significado años después.

Yo era apenas un muchacho y aquella escena pasó, como pasan tantas otras cosas de la adolescencia, sin que uno sospeche que algún día volverá a ella con otros ojos.

Pero hoy, tantos años después, cuando pienso en aquel Miércoles de Ceniza, hay algo que me llama especialmente la atención: aquel sacerdote que vi salir de una habitación volvería a aparecer varias veces en mi historia. Entonces yo todavía no lo sabía.

El padre Pernía, sacerdote de Bailadores

Cuando murió, el sábado 29 de abril de 2017, escribí una primera crónica sobre él. Quise recoger allí la impresión que había dejado entre quienes lo conocieron y recordar algunos aspectos de su ministerio.

El padre Pernía fue un sacerdote profundamente vinculado a Bailadores. Su nombre quedó unido especialmente al Santuario de Nuestra Señora de la Candelaria, pero también a numerosas iniciativas realizadas en favor de la comunidad.

Su ministerio no se limitó a las actividades propiamente religiosas. Se preocupó por distintas necesidades de los pueblos donde ejerció su sacerdocio y participó en obras que buscaban mejorar las condiciones de vida de las comunidades.

Por eso, cuando se habla de su legado, su recuerdo no puede quedar reducido al templo, a los sacramentos o a las tareas propiamente pastorales. También está presente en las personas, en las obras y en las comunidades a las que dedicó toda su vida.

Entre quienes lo conocieron quedó igualmente el recuerdo de un sacerdote de carácter fuerte, exigente y riguroso, pero también preocupado por las personas y dispuesto a servir. Como sucede con toda persona que deja una huella verdadera, su recuerdo no es una imagen uniforme: está hecho de experiencias, recuerdos y testimonios diversos que, juntos, permiten acercarnos a quien fue.

Con el paso de los años también he podido comprender mejor el horizonte intelectual desde el cual el padre Pernía vivió su sacerdocio. Quienes lo conocieron de cerca destacan su profunda formación tomista y su fidelidad a la tradición teológica de la Iglesia. Su pensamiento estuvo marcado especialmente por Santo Tomás de Aquino y por el estudio de la teología y la filosofía medieval. Se cuenta incluso que tenía como disciplina cotidiana dedicar un tiempo a la lectura de la Suma Teológica, hasta hacer de ella una compañera habitual de su vida sacerdotal.

Esto me parece importante para comprender también su manera de acercarse a los pobres y a los más necesitados. Su preocupación por ellos no nació de una corriente teológica particular, sino de una concepción profundamente cristiana del sacerdocio y del servicio. El padre Pernía, desde su formación tomista y desde la tradición de la Iglesia, entendió que estar cerca de quien sufre y servir a los más necesitados forma parte de la misión de todo sacerdote.

Volver a encontrarlo

Años después de aquel primer encuentro, tuve la oportunidad de visitarlo personalmente. Fue en agosto de 2016, acompañado por mi madrina Elda Pernía.

Esta vez no era ya aquel muchacho que lo había visto pasar en 2008. Yo estaba viviendo otra etapa de mi vida, era seminarista de filosofía, y podía acercarme a él con mayor conciencia de quién era aquel sacerdote.

Lo encontramos leyendo. Recuerdo especialmente esa escena. El padre Pernía era ya un hombre anciano, pero seguía dedicado a aquello que parecía haberlo acompañado durante tantos años: leer, estudiar, pensar. Tenía libros en francés y en italiano y, durante aquella visita, llegó incluso a traducirme parte de lo que estaba leyendo.

Aquel encuentro fue muy sencillo, pero para mí tuvo un significado especial. Ya no estaba viendo simplemente al sacerdote que había conocido de lejos cuando era adolescente. Ahora podía sentarme cerca de él, escucharlo y descubrir algo más de su mundo.

Antes de despedirnos, nos dio su bendición.

Ese gesto quedó guardado en mi memoria. Con los años he comprendido que aquella visita fue una especie de segundo momento de una historia que había comenzado ocho años antes. Primero lo había visto de lejos; ahora había podido acercarme a él. Y, sin saberlo, aquel sería el único encuentro cercano que tendría con él en vida.

Su puño y letra

En 2019 publiqué otro texto dedicado al padre Pernía, esta vez a partir de algo mucho más pequeño, pero para mí igualmente significativo: su escritura.

Entre su Biblia de estudio encontré una reflexión manuscrita titulada “El problema del infortunio del justo”. Aquella hoja escrita de su puño y letra me permitió acercarme de una manera diferente al sacerdote.

Ya no se trataba solamente de recordar lo que otras personas decían de él. Allí estaba directamente su pensamiento, expresado con su propia letra, en una reflexión que había conservado entre sus papeles.

Hay algo particular en encontrarse con la escritura de una persona que ya no está. Una letra que alguna vez estuvo sobre una mesa, entre sus manos, de pronto aparece ante nosotros muchos años después. Una anotación, una firma o una página escrita pueden parecer cosas pequeñas, pero adquieren otro valor cuando se convierten en uno de los pocos rastros personales que permanecen.

La escritura también guarda memoria.

Pero, ¿qué escribió el padre Pernía sobre este tema? Aquí les dejo el texto:

La Escritura repite muchas veces, como un axioma, que Dios da a cada uno según sus obras. Todos aceptamos este principio, que es de elemental justicia, como la cosa más natural, porque responde enteramente a los sentimientos de equidad impresos en el corazón del hombre. Pero cuando se miran las cosas de tejas abajo, parece que tal principio flaquea no pocas veces, pues se ven justos en la miseria e impíos en la prosperidad. Y al flaquear el principio es como si la misma justicia divina se tambalease, viniendo a poner a dura prueba la fe de los creyentes en Dios.

En este texto, el padre reflexiona sobre el problema del sufrimiento del justo y la aparente prosperidad del impío, mostrando cómo esta realidad puede poner a prueba la fe en la justicia y providencia de Dios. Y hay algo especialmente interesante: el padre Pernía no resuelve el problema en esta nota; lo plantea desde la experiencia humana del sufrimiento. Eso le da a la reflexión un carácter muy existencial y teológico a la vez.

La biblioteca del padre Pernía

Pero la historia no terminó allí. Después de su muerte quedó pendiente una pregunta muy concreta: ¿qué sería de todo aquello que había reunido a lo largo de tantos años?

Durante un tiempo existió la posibilidad de que sus libros fueran destinados al Seminario San Buenaventura de Mérida, pero finalmente esa iniciativa no se concretó por el desinterés de dicha institución.

Yo había tenido contacto con algunos de aquellos materiales y, de alguna manera, conservaba el deseo de que no se dispersaran y pudieran seguir siendo útiles.

Finalmente, en 2022, ocurrió algo inesperado. Mi madrina Elda pasó por la entrada de San Juan de Lagunillas y se encontró con Tony, quien había cuidado al padre Pernía durante sus últimos años y conservaba sus pertenencias.

Fue entonces cuando surgió la posibilidad de que sus libros me fueran donados. Se consiguió un camión y comenzó el traslado. Yo me encontraba en el Perú y seguía todo aquello desde la distancia. Mi madrina me enviaba fotografías, videos y audios del proceso. Hasta que finalmente aquellos miles de volúmenes llegaron a mi casa en La Playa.

Recuerdo aquel momento como la llegada de una parte de la historia de una persona que, años atrás, había aparecido fugazmente en mi vida. Para mí, conservar aquella biblioteca significa conservar también una parte de su memoria. Entre esos materiales hay anotaciones, documentos y otros elementos que permiten acercarse a sus intereses, a sus lecturas y a su manera de trabajar.

Una biblioteca personal dice mucho de quien la ha formado. No solamente por los títulos que contiene, sino por las huellas que deja una persona al leer, estudiar, subrayar, anotar y volver una y otra vez sobre determinados temas.

En ese sentido, estos materiales permiten acercarnos a una dimensión importante del padre Pernía: su inquietud intelectual y su permanente interés por el estudio.

Pero precisamente por eso considero que conservarlos implica también una responsabilidad.

No se trata simplemente de guardar libros en estanterías, aunque estén ordenados y cuidados. Se trata de preservar un patrimonio que puede ayudar a conocer mejor a una persona y una época, y que merece ser estudiado con seriedad.

Esta es todavía una tarea pendiente. Y, en lo que pueda corresponderme, reitero mi total disponibilidad para colaborar en todo aquello que contribuya a que esta memoria no se pierda.

El padre Pernía, camino a los altares

En agosto de 2025 publiqué otro artículo titulado “El padre Pernía, camino a los altares”. En él recogí la noticia relacionada con el interés en Mérida por promover los procesos canónicos para que la Iglesia reconozca oficialmente la santidad del padre Pernía.

Es importante decirlo con claridad: hablar de una causa de beatificación y canonización no significa afirmar que la Iglesia haya declarado santo o beato al padre Pernía. Significa reconocer que existe un interés por estudiar su vida y su testimonio, dejando a la Iglesia el discernimiento correspondiente.

Para mí, esta posibilidad tiene un significado especial porque durante todos estos años he ido encontrando distintas huellas de su vida: testimonios, escritos, recuerdos y materiales que permiten acercarse a quien fue.

Todo ello forma parte de una memoria que merece ser conservada.

Y quizá el mayor homenaje que podemos hacer a una persona que dedicó su vida al sacerdocio no sea solamente recordar su nombre, sino procurar que aquello que vivió, enseñó y testimonió pueda seguir siendo conocido.

Una historia que también se relaciona con mi vocación

Hay, sin embargo, un aspecto de toda esta historia que para mí tiene un significado todavía más personal.

Mi relación con el padre Pernía comenzó cuando yo era apenas un adolescente que lo vio salir de una habitación. Después pude visitarlo. Recibí su bendición. Más tarde escribí sobre él. Encontré su puño y letra y fui conociendo cada vez más de su vida.

Pero mientras todo eso ocurría, también mi propia historia iba cambiando.

Aquel muchacho que lo había visto en 2008 entró al seminario. Estudió filosofía y teología. Fue descubriendo poco a poco su propia vocación y avanzando por un camino que, en aquel primer encuentro, ni siquiera podía imaginar.

El pasado 2 de septiembre de 2026 recibí la ordenación diaconal en Ayacucho, Perú. Y en aquella solemne celebración utilicé una estola que mi madrina me había regalado, vinculada de manera especial a la memoria del padre Pernía.

Para mí, llevar aquella estola en mi ordenación fue un gesto profundamente significativo. Mientras la llevaba sobre mi pecho, cruzando el corazón, pensé en el camino recorrido y en cómo aquella historia que había comenzado en Bailadores había terminado acompañando también un momento decisivo de mi propia vida.

No pretendo establecer comparaciones. Cada sacerdote tiene su propia historia, su propio camino y su propia manera de cumplir con la misión que Dios le confía.

Pero sí puedo reconocer, con gratitud, que la figura del padre Pernía ha acompañado de alguna manera mi propio recorrido.

Y eso, para mí, tiene un valor que difícilmente podría explicar solamente con palabras.

Cien años después

Hoy, al cumplirse cien años de su nacimiento, vuelvo a mirar todo este recorrido.

En 2008 lo vi por primera vez en Bailadores. En 2016 lo visité en su casa de San Juan de Lagunillas. En 2017 escribí desde el seminario de Mérida sobre su muerte. En 2019 publiqué en La Playa aquella reflexión sobre su puño y letra. En 2022, estando yo ya en el Perú, recibí en donación su biblioteca. En 2025 escribí sobre la posibilidad de su camino hacia los altares. Y en 2026 recibí la ordenación diaconal utilizando una estola del padre.

Cuando uno mira todos esos momentos por separado, quizá parezcan simplemente acontecimientos dispersos. Pero cuando los contempla con la distancia que dan los años, descubre que todos forman parte de una misma historia.

Una historia que comenzó de una manera absolutamente sencilla: un muchacho, un Miércoles de Ceniza, un sacerdote que salió de una habitación y un saludo.

Nunca imaginé que aquel encuentro tan breve terminaría acompañándome durante tantos años.

Por eso este centenario no quiero reducirlo simplemente a una fecha. Quiero que sea una ocasión para recordarlo, agradecer su vida y volver a mirar su testimonio.

Quiero también que sea una oportunidad para que las nuevas generaciones conozcan la figura de un sacerdote que dejó una huella particular en Bailadores y en la Iglesia merideña.

Porque recordar no significa vivir anclados en el pasado. Recordar también puede ser una manera de reconocer de dónde venimos y de agradecer a quienes, de una u otra forma, ayudaron a construir la historia que hoy nosotros continuamos.

Una última imagen

Si tuviera que quedarme con una sola imagen del padre Pernía, probablemente sería aquella primera.

Aquel Miércoles de Ceniza de 2008. Un sacerdote saliendo de una habitación. Una boina. Y un muchacho que lo saluda sin imaginar que aquel momento, aparentemente insignificante, quedaría guardado en su memoria.

Hoy miro aquella escena de otra manera. No porque ahora pueda darle un significado que entonces no tenía, sino porque los años me han permitido comprender que la vida está hecha muchas veces de pequeños encuentros cuyo verdadero valor descubrimos después.

Aquel día yo simplemente lo vi pasar. Años después recibí su bendición. Más tarde encontré su escritura, conocí mejor su historia y fui descubriendo, poco a poco, la dimensión de aquel sacerdote que había conocido siendo apenas un adolescente.

Por eso, al mirar hacia atrás, comprendo que lo verdaderamente importante no son las cosas que permanecen, aunque algunas de ellas nos ayuden a recordar. Lo verdaderamente importante es la vida que hay detrás de ellas.

Una hoja manuscrita nos habla de una persona que pensó y escribió. Una fotografía nos devuelve un rostro. Un objeto puede despertar un recuerdo. Pero nada de eso tendría sentido si detrás no hubiera existido una vida entregada.

El padre Pernía fue un sacerdote profundamente dedicado al estudio y a la vida intelectual, pero su sacerdocio no quedó encerrado en un escritorio. Su vida también estuvo marcada por el servicio, por su preocupación por las personas y por su entrega a las comunidades donde ejerció su ministerio.

Eso es, en definitiva, lo que permanece. Porque los objetos pueden conservarse o perderse. Los documentos pueden permanecer en un archivo o desaparecer. Los recuerdos pueden hacerse más débiles con el paso del tiempo.

Pero aquello que una persona deja en la vida de los demás puede seguir dando fruto mucho después de que esa persona ya no esté.

Por eso, al cumplirse cien años del nacimiento del padre Ramón Emilio Pernía Noguera, quiero simplemente decir:

Gracias, padre Pernía. Gracias por su sacerdocio abnegado, por su servicio, por su amor al estudio y por todo lo que dejó en Bailadores. Gracias por aquella bendición que recibí de sus manos. Y gracias porque, sin que yo pudiera imaginarlo aquel día de 2008, su historia terminó encontrándose con la mía.

Que Dios reciba en su presencia al padre Ramón Emilio Pernía Noguera y que su memoria siga siendo conservada con gratitud por quienes lo conocieron y por las generaciones que vendrán.

Padre Ramón Emilio Pernía Noguera, gracias por su vida y por su testimonio. Que descanse en paz. Amén.

Mi gratitud especial a la familia Pernía, en Bailadores y en todas las partes del mundo donde se encuentra, y mis felicitaciones por este centenario del natalicio del padre Ramón Emilio que hoy conmemoramos.

Que sigamos trabajando, amparados siempre por nuestra Madre la Iglesia, para que cada vez más personas conozcan su vida, su sacerdocio y su testimonio cristiano; para que no se pierda la memoria de quien, para muchos, fue un santo cura, el santo cura de Bailadores.

lunes, 5 de octubre de 2026

Coplas para el profesor Henry

EN EL DÍA DE SU CUMPLEAÑOS


Lo conocí hace algún tiempo,

en una diplomatura teológica;

desde el primer momento supe

de su carrera pedagógica.


Pero no es solo un profesor,

sino que ejerce varias funciones;

además de ser mi asesor,

es profundo en sus reflexiones.


De compañero de estudios

pasó a ser mi docente

de Teología latinoamericana,

donde desborda su mente.


Filósofo destacado,

amante de la sabiduría,

paciente y muy preparado,

atractiva pedagogía.


No se queda conforme con ser

un referente intelectual;

busca siempre aprender

para mantenerse actual.


Le agrada hacernos pensar,

descolocando seguridades,

más bien queriendo alumbrar

nuestras jóvenes edades.


Conferencista invitado

de la gran Continental;

allí fuimos sus alumnos

a la charla magisterial.


A sus alumnas del Rosario

sabemos que bien las atiende;

y en el San Pío sembró

la educación que defiende.


La faceta intelectual

la mezcla bien con deporte,

y al seminario viene

moviéndose con gran porte.


Elegante y generoso,

ocurrente y conversador,

nadie le hace competencia:

es el mejor profesor.


También acude gustoso

a dar charla espiritual

a catequistas y chicos

que se van a confirmar.


A ellos les habla con fuerza,

mostrándoles con pasión

y fidelidad a la Iglesia,

el compromiso y la misión.


Despertando los corazones

de todos los que le encuentran,

con gran piedad y oración

la Eucaristía frecuenta.


Los pobres son su opción,

a quien se da sin menoscabo,

siguiendo el ejemplo elocuente

del querido padre Gustavo.


Apuesta por la liberación

del pecado y su esclavitud,

buscando su abolición

para alcanzar la virtud.


Atento al sentir de la gente,

es un fino observador;

en su opinión no nos miente,

de la verdad defensor.


Denuncia las injusticias

de los modelos opresores,

y desde la Buena Noticia,

Jesús con los trabajadores.


Profeta esperanzador,

amigo de todo lo bueno,

indiscutible lector,

fiel hijo del Ser Supremo.


Gutiérrez, Ellacuría y Boff,

Cegarra, Pagola y Sobrino,

Rahner, Francisco y León

han forjado su camino.


Jaujino de nacimiento,

huancaíno por adopción,

la Palabra es su alimento

y el cielo su gran ilusión.


Pero un paraíso posible

aquí en el mundo terrenal,

el Reino de Dios lo concibe

como don sobrenatural.


Felicidades, profesor Henry,

hoy en su natalicio;

adelante y siempre alegre,

honores por su servicio.

domingo, 4 de octubre de 2026

Primer reencuentro de teólogos en la PUCP

PROMOCIÓN FUNDADORA

Entre julio de 2023 y julio de 2024 tuve la oportunidad de cursar la Diplomatura de Estudios en Teología, en el Departamento de Teología de la Pontificia Universidad Católica del Perú. Fue una experiencia renovadora, que me permitió acercarme a la Teología desde una perspectiva de fe fresca, abierta y especialmente propicia para el contexto peruano y latinoamericano.

En aquel año académico fui forjando amistades con mis compañeros de diplomatura, la mayoría de ellos profesionales de diversas áreas, docentes, religiosas, agentes de pastoral y yo, por mi parte, entonces secretario del arzobispo de Ayacucho. Dos años después de aquella primera promoción de la Diplomatura, tuve la oportunidad de participar en un reencuentro en el campus de la PUCP, el sábado 3 de octubre, durante la mañana.

Viajé desde Huancayo junto al profesor Henry Torres Esteba, quien había sido mi compañero en la Diplomatura y que ahora es mi profesor de Teología de la Liberación y, además, asesor de la tesis teológica que debo presentar este año. El viaje fue largo, al parecer debido a algunos trabajos de reparación que se estaban realizando en la vía.

Llegamos al campus de la PUCP apenas unos minutos después de la hora fijada y, por fortuna, todavía alcanzamos a degustar un poco del desayuno que ofrecían antes de iniciar formalmente el encuentro. En la entrada del campus no funcionó el QR de mi Carnet de Extranjería, por lo que tuve que pasar por otras oficinas para registrar mi ingreso; lo mismo ocurrió a la hora de salir. Cuando finalmente llegamos al lugar del encuentro, todos los asistentes estaban comiendo y conversando animadamente. Nos vieron venir desde lejos y comenzaron a dar muestras de alegría. Muchos de nosotros no nos conocíamos personalmente, sino únicamente por teléfono, por las clases y también por las conversaciones particulares que habíamos mantenido a través de WhatsApp.

Saludos, abrazos y apretones de mano por todas partes. Al saludarme, la mayoría repitió prácticamente el mismo comentario de admiración por mi estatura, pues parece que, después de tanto tiempo de conocernos a través de las pantallas, no terminaban de creer que fuera tan alto como realmente soy. Yo correspondí con humor a cada una de las ocurrencias y comentarios sobre mi talla.

El primero al que me acerqué a saludar fue al profesor Dr. Rolando Iberico Ruiz, quien, siendo el coordinador de la Diplomatura, había sido docente de varias asignaturas. Él es el principal promotor de esta experiencia, o al menos así lo percibimos quienes tuvimos la oportunidad de participar en ella. Precisamente, el tema central del encuentro estuvo a su cargo.

Luego pude conocer personalmente a los demás compañeros: Malena y Luz, quienes, además, me habían comprado el librito que publiqué en diciembre del año pasado; Miguel, el más sonriente de todos; y Juan Ansión, a quien ya conocía personalmente porque fue él quien me llevó a conocer al padre Gustavo Gutiérrez. También estaba León Luca Oba, cuyo rostro me costó un poco procesar y reconocer, pues ahora lleva barba y en los tiempos de la Diplomatura no la tenía. Finalmente, Eduardo, a quien vimos poco durante las clases, tal vez porque no encendía mucho su cámara, y el profesor antropólogo Juan Miguel Espinoza, quien era el único que rezaba antes de impartir su magistral lección. Todos los anteriores, más el profesor Henry y yo, formamos parte de la promoción fundadora de la Diplomatura de Estudios en Teología de la PUCP. Y no se me puede olvidar Rosa Quispe, quien está detrás de toda la logística y de los enlaces de comunicación para las convocatorias y demás avatares relacionados con los medios visuales, digitales y virtuales.

Acabado el desayuno, pasamos al aula, donde fuimos separados en grupos. Yo fui al grupo uno, junto con Juan Ansión y dos chicas que están cursando la Diplomatura en este 2026. Nos dieron la oportunidad de presentarnos brevemente, diciendo nuestros nombres e indicando la promoción de la Diplomatura a la que habíamos pertenecido. Nosotros, al igual que los otros tres grupos de la sala, escuchamos entonces la intervención temática central a cargo del profesor Rolando, que versó sobre “Teología y cuidado de la interioridad”. En ella desarrolló varias ideas, entre ellas la de reconocer que todo acto de educación, incluida la formación teológica, comporta un ejercicio de puesta en valor del patrimonio y de la identidad cristiana. Además, resaltó que el aprendizaje teológico no consiste solamente en adquirir conocimientos abstractos, sino que está llamado a convertirse en un sentir y un gustar ese patrimonio de la tradición cristiana, una tradición que se va enriqueciendo con el paso del tiempo y que, precisamente por ello, continúa siendo la brújula que indica la dirección por la que debemos transitar.

Ya cerca del final de su intervención, concluyó que la Teología es un redescubrir el patrimonio y que, por eso mismo, formarnos en Teología es un acto de esperanza, pues abre al cristiano a un horizonte mayor: el Reino de Dios. Formarse en Teología es también una promesa de futuro, para lo cual es necesario educar y cuidar la interioridad todos los días, bajo la premisa clásica de preguntarnos cada uno: ¿qué haría Cristo en mi lugar? Recordando al papa Francisco, indicó que “todo está conectado”: los seres humanos y la naturaleza. Por eso, la Teología ha de ser también un mirar alrededor y apostar por el cuidado de todos y de todo. Finalmente, ser cristiano es un estilo de vida que amerita poner en práctica aquella famosa frase de san Agustín de Hipona: “que me conozca para que te conozca”.

A media jornada se nos plantearon dos preguntas que fueron conversadas en cada grupo, relacionadas con la experiencia vivida y con las aplicaciones pastorales que habíamos concretado después de la Diplomatura. Seguidamente tuvimos una dinámica en la que fuimos pasando los cuatro grupos por cuatro carteleras. En cada una debíamos responder una pregunta central mediante pegatinas, ubicando nuestras ideas en una hoja bond debajo de las respectivas preguntas. De este modo, tuvimos bastante trabajo a la hora de responder lo que se nos pedía, imagino que con miras a recoger nuestras experiencias y mejorar la propuesta para las futuras ediciones de la Diplomatura.

Luego de esto hubo un pequeño sorteo de obsequios, que se reclamaban con un tique que nos habían entregado al ingresar al salón. Hubo libros para los demás y, en mi caso, me correspondió un hermoso tomatodo con las siglas de la PUCP. Después vino la foto grupal y, posteriormente, un segundo momento de compartir fuera del aula: gaseosa, dulces, panes y café, todo dispuesto como una buena excusa para fomentar la conversación mientras degustábamos algo apetitoso.

En esas circunstancias, cerca ya de las 11 de la mañana, llegó nuestra compañera Flor de María. Ella es filósofa y teóloga de profesión y, además, trabaja allí en la PUCP como jefa de prácticas de una asignatura teológica. Reparte su apretada agenda entre su Cusco natal, Lima, por cuestiones laborales, y la selva peruana, donde participa constantemente en misión. Con Flor de María había conversado bastante por WhatsApp e incluso habíamos iniciado un proyecto de podcast que, finalmente, no prosperó.

Acabado el refrigerio, fuimos el grupo completo a la sede institucional del Departamento de Teología. Allí nos tomamos algunas fotografías generales y luego los seleccionados grabamos un brevísimo mensaje sobre nuestra experiencia de estudios en la Diplomatura. Después nos fuimos a almorzar a un pequeño restaurante situado allí mismo, dentro del campus universitario y muy cerca de la capilla. Pude conocerla y, después de haber almorzado, rezamos allí un ratito.

La conversación durante el almuerzo fue larga y entretenida. Uno de los temas más picantes fue la aparente inutilidad del Código de Derecho Canónico, de donde surgió un chiste un tanto cruel que dice: “Estudia Filosofía y perderás la razón; estudia Teología y perderás la fe; estudia Derecho Canónico y perderás el tiempo…”. Había abogadas en la mesa, naturalmente interesadas por el tema. También nos acompañó durante la comida un joven literato que está cursando actualmente la Diplomatura. Antes de que se marchara, le consulté su opinión sobre Jaime Bayly, específicamente sobre sus dos últimas novelas, “Los genios” y “Los golpistas”. Confesó con toda naturalidad que no había leído ninguna de las dos, pero sí la primera de su producción, “No se lo digas a nadie”. En conclusión, me dijo que Bayly le parece un escritor de “buena prosa” y entretenido.

Finalizado el almuerzo y cancelada la deuda, fuimos a conocer la capilla del campus universitario. Es hermosa, pequeña, pero muy acogedora. Nos enteramos de que el capellán es un sacerdote diocesano, que celebra la misa todos los días a la 1:15 p. m. y que es una pena que no pueda estar más tiempo en la universidad. Entre serio y en broma, les dije que yo seré, más adelante, el capellán de la PUCP, si Dios quiere.

El profesor Henry, Flor de María y yo hicimos planes para la tarde y nos fuimos a la librería Communitas, ubicada en la avenida 2 de Mayo 1690, San Isidro. Allí nos entretuvimos largo rato revisando libros de toda índole. Yo buscaba “Libro de Poemas”, de mi amigo Federico, pero no conseguí encontrarlo. El profesor Henry, por su parte, se dio a sí mismo un regalo muy valioso con la compra de “El Jesús histórico”, de Gerd Theissen y Annete Merz, un señor volumen de 640 páginas que resultaba bastante atractivo.

De allí fuimos al centro de Lima para ver la primera procesión del Señor de los Milagros por la avenida Tacna, cuestión que logramos con facilidad. Luego de ver pasar al Señor, subimos brevemente al taller “Sincretismo”, de mi amigo Jossué Zavala, un joven artista devoto del Señor de los Milagros. Allí disfrutamos de algunas canciones criollas en honor del Cristo de las Nazarenas y, posteriormente, nos fuimos a cenar.

La pizza de la cena estuvo deliciosa y la conversación, todavía mejor. Con el profesor Henry y Flor de María hay buena química para hablar y hablar, aunque no siempre estemos de acuerdo en todo lo que se plantea. La catolicidad es así: diversidad y opiniones distintas, pero encaminadas hacia la unidad de una misma fe, de un solo Señor, como lo refiere san Pablo.

Finalizada la cena, Flor de María buscó su camino hacia su casa y el profesor Henry y yo nos dirigimos a la terminal para emprender el regreso hacia Huancayo. La jornada fue estupenda y la disfruté muchísimo. Me agradó bastante encontrarme con gente tan buena y tan inteligente, todos ellos académicos de alto nivel, con quienes pude compartir no solo conocimientos, sino también conversaciones, inquietudes, proyectos y, sobre todo, amistad.

El profesor Rolando me dejó con el profesor Henry un librito que tuvo a bien obsequiarme, pero que no pudo entregarme personalmente porque yo estaba grabando la promoción para la Diplomatura. El libro es “El concepto católico de desarrollo en América Latina hoy”, publicado por varios editores de la misma universidad.

Y así concluyó esta jornada: entre libros, amigos, conversaciones y una profunda experiencia de la bondad y la misericordia de Dios para con todos. Volver a encontrarnos después de dos años me permitió comprobar que la formación teológica no termina cuando concluyen las clases; continúa en las amistades que permanecen, en las preguntas que siguen abiertas y en el deseo compartido de servir a la Iglesia y a la sociedad desde la fe, el pensamiento y la esperanza.



martes, 22 de septiembre de 2026

Me cuentan mi vida en coplas

POR MI ORDENACIÓN DIACONAL

        El 2 de septiembre de 2026 fue el día de mi ordenación diaconal. Esa misma tarde recibí un regalo inolvidable: un compendio de 70 vídeos recopilados por mi madre, quien había pedido a la gente de mi pueblo unas palabras de felicitación. Eran mensajes de familiares, amigos, conocidos, parroquianos y personas que me vieron crecer desde niño. Sin embargo, entre todas las muestras de cariño, una destacó por su genialidad y arte: la de la profesora Ana Emerenciana Toro. En apenas tres minutos y cuarenta y tres segundos, me dedicó 26 coplas en las que resumió mi vida con un acierto biográfico sencillamente admirable.

Paren muy bien la oreja

que les voy a contar
un cuento de resiliencia
de un muchacho ejemplar.

 

Como ya indiqué más arriba, la autora de esta hermosa dedicatoria es la profesora Ana Emerenciana Toro, docente de educación primaria y colega de mi madre en la Escuela Bolivariana Mariño de Bailadores, en Mérida, Venezuela. A ella le expreso mi más sincera gratitud por tan conmovedor homenaje. La profesora Ana me conoció desde muy niño, ya que solíamos frecuentar la escuela donde trabajaba mi madre; por ello, cada uno de sus versos es reflejo fiel de la verdad, habiendo sido ella testigo directo de lo que hoy relata con tanta gracia. A continuación, comparto algunos detalles que me gustaría comentar.

 

En la población de La Playa un niño dijo:

«Maestra, quiero ser cura»,

allí se sintió el llamado

de esa, su hermosa locura.

 

Es plenamente cierto que, desde mis años escolares, siempre respondía que quería ser «padre de la Iglesia, de los que dan la misa» cuando nos preguntaban por nuestros sueños de futuro. Aquella aspiración infantil echó raíces en mí a partir de mi bautismo, recibido en Tovar el 23 de diciembre del año 2000, cuando tenía cinco años. Como he compartido en varias ocasiones, mi vocación sacerdotal nació en ese mismo instante en que renací a la fe en las aguas bautismales.

 

En el año noventa y cinco,
el día diez de diciembre,
pujaba una mujer fuerte,
con el anhelo más ardiente.

 

Cuenta mi madre que nací un domingo a las nueve de la mañana. Estuve a punto de llegar al mundo en la casa de La Playa —¡cuánto me habría gustado que así fuera!—, pero lograron trasladarnos a tiempo al Hospital San José de Tovar en el vehículo de mi tía Coromoto. El 10 de diciembre no solo es el día de Nuestra Señora de Loreto, sino que también se celebra la Declaración Universal de los Derechos Humanos y se conmemora a santa Eulalia de Mérida y al papa san Melquiades.

 

De recibir en sus brazos
el tercer hijo de ese hogar,
ese niño tan deseado,

que ya no se quería esperar.

 

Nací del matrimonio civil de mis padres y soy el menor de tres hermanos, aunque no el más bajo de estatura. Mis hermanas mayores son Reyna Tahís y Raymar Thalía. Además, por parte de mi padre, tengo dos hermanos más: Reylis Aurisbel García Tique, quien vive en La Playa, y Reinaldo Andrés García Castro, residente en Santiago de Chile. Actualmente tengo cinco sobrinos: Paula Valeria Omaña García y Elías Andrés Yance García (hijos de mi hermana Reyna), junto con Juan David, Valery Luciana y Juan Manuel Roa García (hijos de mi hermana Reylis).

 

Pedro Andrés García Barillas,
un nombre que suena a justicia,
creció en un hogar humilde

con fe, amor, sin malicia.

 

Llevo el nombre de Pedro en honor a mi abuelo, Pedro Julián Barillas Pereira —ateo, comunista, apasionado por las armas de fuego, gran lector y conversador—, a quien no llegué a conocer pues falleció antes de mi nacimiento. Mi segundo nombre, Andrés, me fue dado a petición de mi padre en homenaje al famoso beisbolista venezolano Andrés Galarraga, ya que papá era su fiel admirador y en su juventud también practicó el deporte nacional. Qué hermosa coincidencia resulta que ahora, consagrado a Jesús como su fiel discípulo, lleve los nombres de dos de los hermanos apóstoles más entrañables del Maestro: Pedro y Andrés, los hermanos oriundos de Betsaida.

 

Soñaba con dar la misa,
con ayudar a los demás.

Entre juegos y travesuras
hizo bautizos, matrimonios y más.

Antes de ser monaguillo, viví mis primeras experiencias en la misa. La primera fue mi propio bautismo en el Santuario de Nuestra Señora de Regla, en Tovar. Le siguieron las misas de exequias de mi bisabuela Tomasa Rafaela Castillo y de mi tía María Margarita de Coromoto Salas de Calatayud, ambas en 2003. Recuerdo con precisión la homilía del anciano sacerdote en esa ocasión, que versó sobre la pesca en tiempos de Jesús. A partir de entonces jugaba a ser monaguillo, vestido de blanco y con una feligresía «obligada» a escucharme; hasta improvisé un cáliz con un recipiente de Coca-Cola. Tiempo después llegaron a mis manos los libros litúrgicos, como el Pan Diario de la Palabra que la Librería San Pablo editaba mensualmente.

Con ese librito guardo una anécdota entrañable: estando en cuarto grado, la profesora Elena Sánchez me prestó el ejemplar del mes de abril, en cuya portada figuraba san Vicente Ferrer. Me gustó tanto que decidí conservarlo sin decir nada. Aunque sentía la incomodidad de no devolver lo prestado, la profesora, con su infinita pedagogía, prefirió no reclamármelo al notar mi fascinación por el texto. Años más tarde, su mirada aún me recordaba con gracia aquel pequeño desatino. Pero, como dice el refrán: «Lo que es del cura, va para la iglesia».

Ha sido un hijo ejemplar,
responsable, educado, cariñoso,
destacado en sus estudios,
y con su madre muy amoroso.

Al ser el menor de la casa, la relación con mi madre siempre ha tenido un matiz muy especial. Sin embargo, como bien se dice, una madre quiere a todos sus hijos por igual, deteniéndose simplemente en aquellos que, en cada etapa, más lo necesitan. Hoy, al llegar al diaconado a mis treinta años de edad, valoro enormemente la presencia constante y el abrazo oportuno de mi madre. Estoy convencido de que, sin ella, el camino de mi vida habría sido infinitamente más difícil de lo que ha sido.

Su sueño de ser monaguillo
lo realizó entradito en años,
cuando a la escuela todavía
lo llevaban de la mano.

En una ocasión participé en un concurso con motivo del Encuentro de Monaguillos en el Seminario de Mérida. Para la convocatoria, elaboré junto a mi madre un pequeño folleto ilustrado con fotos donde narraba mis comienzos y mi vivencia como monaguillo. Recuerdo que adjuntamos fotografías de la misa con nuestro párroco, el padre Alfredo Uzcátegui. Mi trabajo resultó ganador y recibí como premio un balón de fútbol que nunca llegué a patear; en su lugar, lo coloqué en la vitrina como si se tratara de un auténtico trofeo. El premio me lo entregó la canciller de la Arquidiócesis de Mérida, que por aquel entonces era una religiosa. Todo esto ocurrió poco después de la dolorosa vaguada del Mocotíes de febrero de 2005. Para agosto de ese mismo año, a mis nueve años de edad, ya me había incorporado formalmente al grupo de monaguillos de La Playa.

Allí en “Flor de Maldonado”
cursó cuatro años de estudios,
y una persona sin alma
le reprochó a futuro.

De septiembre a diciembre de aquel año, durante apenas dos meses y medio, la profesora Alicia Alarcón fue mi docente de quinto grado de primaria. Sin embargo, no pude continuar mis estudios en la escuela de La Playa debido al trato hostil e injustificado que ella asumió hacia mí por el simple hecho de ser monaguillo. Fue una época de un cruel hostigamiento que me marcó profundamente. Pasé cuatro años de mi preescolar en la sede original del «Elio Castillo» en La Playa; un edificio histórico para mi familia, ya que mi abuela materna formó parte de quienes lo construyeron, y allí se destacó durante varios años como portera de la institución.

«Pa´ padres, los de familia;
pa´ curas, los aguacates;
¡vaya y dele a las campanas!
¡vaya y jale ese mecate!»

La profesora Ana logra captar en sus coplas, con un lenguaje coloquial y de gran perspicacia, lo que tuve que afrontar a diario en aquella aula. Por motivos que jamás entendí, mi condición de monaguillo le resultaba incómoda. Llegó al punto de prohibirme cantar las canciones de moda o tener cualquier actitud infantil que, a su juicio, no fuera «digna» de un monaguillo. Todo lo hacía desde la burla y el autoritarismo. Como el niño vulnerable que era, soporté en silencio esa opresión durante meses, hasta que en las fiestas de Año Nuevo abrí mi corazón con mi madre y le supliqué que me cambiara de escuela, pidiéndole que no confrontara a la maestra; un traslado que, afortunadamente, pudimos concretar.

Fue frustración el momento,
pero también fue un gran impulso;
el camino hacia Dios
no lo destruyen los impuros.

A la profesora Alicia no la volví a ver desde aquellos días. Sin embargo, el destino quiso que más adelante, durante mis años de bachillerato en Bailadores, su esposo, el profesor Bulmaro, fuera mi docente de Física, con quien me llevé muy bien. Me parece que él era sabedor de aquel episodio del pasado.

En la escuela de San Pablo
culminó su primaria,
en el Liceo Gerónimo Maldonado
hasta tercero llegaba.

En la Escuela Bolivariana San Pablo culminé el quinto y sexto grado. Mi maestra en quinto fue la profesora Carmen Aurora; mientras que, en sexto, tras una primera semana con el profesor Carlos Guerrero, asumió el grupo la profesora Nadir Montoya. Mi llegada a San Pablo no fue sencilla: la bienvenida de mis compañeros consistió en una golpiza de dos contra uno. Sin embargo, en esa misma institución tuve una maravillosa oportunidad de la mano del profesor Eduardo Moret, quien me impulsó a representar a la escuela en el centro de ciencias con la ponencia del proyecto titulado «Efectividad del método de cultivo organopónico con plantas de lechuga (Lactuca sativa americana ferri)».

Al graduarme, decidí estudiar en el liceo de Bailadores simplemente porque todos mis compañeros de promoción se iban para allá. En el Liceo Gerónimo Maldonado volví a vivir una situación similar a la de La Playa, esta vez con el profesor Luis Gómez, de Historia de Venezuela. Cuando decidí defenderme por mis propios medios ante la agresión física de un compañero, este docente me encaró públicamente cuestionando la opción sacerdotal que yo mantenía.

De allí, con muchos sacrificios,
se fue a estudiar muy lejos;
los Legionarios de Cristo
las puertas allí le abrieron.

La etapa en el Seminario Menor de la Inmaculada Concepción —conocido también como el Centro Vocacional o «La Apostólica»— fue una de las mejores de mi vida. A pesar de las incomprensiones con el padre José Gutstein, guardo una memoria sumamente positiva de aquel tiempo, pues allí se forjaron la humanidad y la espiritualidad que me sostienen hasta el día de hoy. Estoy infinitamente agradecido con los Legionarios de Cristo por todo el bien que sembraron en mi vida. Los llevo siempre en mi recuerdo y en mis oraciones, y les guardaré una gratitud eterna por el acompañamiento y las bendiciones recibidas.

Más tarde en el Seminario
Arquidiocesano San Buenaventura
estudió formación sacerdotal
con buenas asignaturas.

        Mi formación en el Seminario Arquidiocesano de Mérida comenzó el domingo 27 de septiembre de 2013, día en que ingresé al curso propedéutico en la iglesia La Tercera —Santuario de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro—. Esta importante etapa se extendió hasta el viernes 5 de julio de 2019, momento en que culminé el segundo año de Teología.

La Sagradas Escrituras,
Filosofía y Teología,
historia y labor social
configuraban sus teorías.

        Mi tesis de Filosofía se tituló «Filosofía de la educación orientada desde la paideia divina en la obra El Pedagogo de Clemente de Alejandría». Tuve como asesor formal al Pbro. Dr. Horacio Carrero, de quien recibí la orientación puntual para definir el título y delimitar el tema. Sin embargo, a partir de ese momento no obtuve observaciones ni correcciones a las entregas que le presentaba, por lo que tuve que sacar adelante la investigación por mi propia cuenta. Aquel esfuerzo en solitario culminó con una nota de 17 puntos; una calificación que, a decir verdad y para mi desdicha, sentí que merecía un mayor reconocimiento.

Allí recibió otro duro golpe
que puso a prueba su fe:
«Muchacho, usted va pa' afuera
por no apegarse a la ley».

        Como mencioné anteriormente, el viernes 5 de julio de 2019 fui convocado por el obispo auxiliar, Mons. Luis Enrique Rojas Ruiz, para la lectura de mi informe final de año. En dicho documento se concluía que no podía continuar mi formación en ese seminario ni en ningún otro, bajo el subjetivo argumento de no poseer «rectitud de intención». Por el momento reservaré los detalles de aquella expulsión; permanecen bien custodiados para ser dados a conocer cuando llegue el tiempo oportuno.

Y vinieron tiempos difíciles,
todo parecía perdido;
pero en los caminos del Señor
son incomprensibles sus designios.

        En medio de aquella tormenta, acudí en busca de auxilio a monseñor Fernando Castro Aguayo, obispo de Margarita; monseñor Alfredo Torres, obispo de San Fernando y monseñor Mario Moronta (+), obispo de San Cristóbal. No obstante, ninguno quiso o pudo extenderme una mano. La puerta providencial se abrió finalmente cuando fui llamado por Monseñor Juan de Dios Peña Rojas, obispo de El Vigía–San Carlos del Zulia, para realizar una experiencia pastoral en su jurisdicción. Fue así como participé en las misiones de diciembre en un pueblo de la Panamericana y, posteriormente, presté mi servicio de enero a julio en la Rectoría Santa Lucía de Caño Blanco, en el estado Zulia.

Un país hermano hace cinco años,

las puertas le abrió;
allá en Ayacucho, Perú,
otras batallas libró.

 

        Llegué a Ayacucho el martes 24 de noviembre de 2020. Ese mismo día asistí a la santa misa en el templo de Santa Ana, donde tuve la oportunidad de conocer al padre Yoni Palomino Bolívar, quien muy amablemente gestionó en los días posteriores mi audiencia con el arzobispo. En esos primeros diálogos se me brindó inicialmente una cordial bienvenida para concluir mis estudios teológicos; sin embargo, más adelante se determinó que permaneciera un tiempo como laico y trabajara en la zona, con el fin de insertarme y conocer de cerca la idiosincrasia del pueblo ayacuchano.

 

Como profesor de colegio,
como secretario privado,
con devoción y probidad
sirvió al obispado.

        Para marzo de 2021 me incorporé a las aulas del Colegio Discovery como docente de sexto grado. Inicié con un grupo de ocho alumnos y, debido a las restricciones de la pandemia, las primeras clases se dictaron en modalidad virtual hasta que paulatinamente pudimos retornar a la presencialidad. En 2022 asumí la formación de una nueva promoción, esta vez de 16 estudiantes, el doble del año anterior. Fue una experiencia maravillosa e inolvidable que me enseñó que la labor docente no conoce de horarios, pues requiere una dedicación profunda, exigente y delicada.

En este periplo, el padre Braulio Alarcón Contreras confió en mí desde el primer instante. Por esa estrecha fraternidad, tuvo el bien merecido gesto de acompañarme como mi padrino de ordenación, junto al padre Carlos Boulanger, sacerdote venezolano, operario diocesano y rector del Seminario de Huancayo. Fue el propio padre Braulio quien me recomendó ante el señor arzobispo para asumir la secretaría arzobispal, un cargo que ejercí con entrega desde marzo de 2023 hasta julio de 2024.

Culminó sus estudios
en teología y filosofía,
recibió en donación
la biblioteca del padre Pernía.

Un hecho providencial marcó mi vocación y amor por la lectura: la recepción de la biblioteca personal del presbítero Ramón Emilio Pernía Noguera, un valioso fondo de más de 5.000 volúmenes teológicos, filosóficos e históricos. Mi vínculo comenzó en agosto de 2016 cuando visité en San Juan de Lagunillas al anciano sacerdote —tío de mi madrina de agua, Elda Pernía—, a quien hallé leyendo en francés entre torres de libros. Tras su fallecimiento en abril de 2017 a los 91 años, la familia ofreció la colección al Seminario Arquidiocesano de Mérida; sin embargo, al no concretarse el traslado por desinterés logístico de la institución, los textos quedaron en custodia de su heredero, Tony. En una primera visita recuperé 120 ejemplares, pero el destino de la totalidad del acervo quedó pendiente por años hasta que la Providencia intervino.

En 2022, mientras residía en Perú, mi madrina se reencontró con Tony, quien decidió obsequiarme la colección completa para evitar su deterioro y en reconocimiento a mi afecto por la Iglesia. El 5 de marzo de 2022, gracias a un camión facilitado por mi cuñado Juan Alí Roa Ramírez, los libros fueron trasladados a la sala de mi casa en La Playa y organizados en estantes metálicos. Aunque permanezco a la distancia con el compromiso pendiente de catalogar cada obra, bauticé mi acervo como «Biblioteca Personal Presbítero Ramón Emilio Pernía Noguera» en homenaje a quien considero un referente sacerdotal e intelectual, conservando la ilusión de reunirme con este tesoro bibliográfico en el momento propicio.

Para moverse en sus redes,
con su canal y su blog,
resalta la formación
de Teología de la liberación.

Mi blog nació en septiembre de 2015, en medio de mi formación en el seminario, inicialmente como un ejercicio para compartir algunas reflexiones y experiencias. Con el paso de los años se convirtió en mucho más que un espacio para publicar textos: ha sido una especie de diario intelectual y espiritual, en el que he ido dejando constancia de mi camino de formación, mis inquietudes, mis lecturas, mis experiencias pastorales y los acontecimientos que han marcado mi vida. En sus páginas conviven reflexiones bíblicas y teológicas, homilías, artículos de opinión, entrevistas, crónicas, experiencias vocacionales, recuerdos personales y algunos acercamientos a la literatura. Al mirar ahora todo lo publicado, descubro que el blog también constituye una memoria de mi propio recorrido: Venezuela, el seminario, la llegada al Perú, la filosofía, la teología, la pastoral y, más recientemente, el camino hacia el diaconado y el sacerdocio.

Durante estos años he intentado que la escritura fuera también una manera de pensar y de interpretar la realidad desde la fe. La Biblia, la filosofía, la teología y la experiencia pastoral han sido algunas de las principales fuentes de mis textos, pero también he procurado acercarme a la literatura, a la historia, a la cultura y a las personas que he encontrado en el camino. Por eso, el blog ha ido adquiriendo diversos géneros y estilos: algunas entradas nacieron como reflexiones personales; otras, como trabajos académicos o pastorales; otras, como entrevistas o crónicas; y otras simplemente como el deseo de conservar por escrito una experiencia significativa. Con el tiempo también he descubierto que escribir no consiste solamente en transmitir una idea, sino en aprender a mirar, escuchar, recordar y encontrar las palabras adecuadas para comunicar aquello que he vivido o pensado. En ese sentido, el blog ha acompañado no solo mi formación académica y sacerdotal, sino también mi progresivo aprendizaje como escritor.

Hoy considero que mi blog es, sobre todo, un archivo de mi propia historia y de mi vocación convertida en escritura. No todos los textos tienen la misma calidad ni pertenecen al mismo género, pero precisamente esa diversidad permite observar mi evolución a lo largo de estos once años. Los primeros escritos tienen un carácter más formativo y explicativo; posteriormente fueron apareciendo una voz más personal, mayor libertad temática y una creciente preocupación por narrar experiencias y conservar la memoria. Literariamente, reconozco que todavía tengo mucho que aprender, especialmente en la concisión, la descripción, la construcción de escenas y el manejo de algunos recursos narrativos; sin embargo, también descubro una voz propia, marcada por la reflexión, la experiencia y el deseo de comunicar. Al releer el conjunto, comprendo que quizá el mayor valor del blog no está en cada publicación aislada, sino en la historia que todas ellas cuentan juntas: la historia de una persona que, mientras caminaba, fue aprendiendo a pensar, a creer y también a escribir.

Escritor, cantante y músico,
sus talentos particulares,
pero la defensa de los pobres
son sus grandes cualidades.

        Desde pequeño aprendí a tocar el cuatro y la guitarra, mostrando facilidad para la percusión, mientras que en el seminario aprendí a leer partituras para piano y a apreciar el canto gregoriano cultivado con los Legionarios de Cristo. Aunque no me considero un compositor profesional, la música ha sido otra forma de registrar mi vida y mis afectos. Cuento con tres composiciones documentadas: «Bolívar en Bailadores» (2016), de corte histórico e identificada con la memoria local; «Mi Doctorísimo» (2020), compuesta junto a Jorge David Morales como una fusión de fe y música campesina merideña en honor al beato José Gregorio Hernández; y «Nuestro pueblo de La Playa» (2023), creada junto a mi madre, Clara Tahís Barillas, como homenaje a nuestras raíces. En conjunto, estas piezas plasman tres dimensiones esenciales de mi identidad: la historia, la fe y la memoria.

        En el ámbito de la producción intelectual, he desarrollado una trayectoria vinculada principalmente con la historia, la cultura, la filosofía, la teología y la reflexión pastoral. He publicado seis libros: Historia básica de La Playa (2022), en coautoría con Eufemiano Antonio Oballos Ramírez; Artículos sobre La Playa (2022); Desde Ayacucho, «Santuario de la Peruanidad» (2023), una selección de 80 artículos de mi blog; Libro de Actas de Sesiones del Comité Pro Centenario de la Batalla de Ayacucho. Transcripción y comentarios (2024); Filosofía de la educación orientada desde la Paideia Divina en la obra El Pedagogo de Clemente de Alejandría (2025), fruto de una investigación realizada originalmente en 2017; y Pobres tendréis siempre con vosotros y podréis hacerles bien cuando queráis: Exégesis bíblica y pastoral de Mc 14,1-9 (2025), mi trabajo más reciente de carácter bíblico-pastoral.

También he participado en proyectos editoriales, especialmente como editor de la obra Monseñor Salvador Piñeiro García-Calderón. Un pastor con corazón de padre, publicada en 2024 con motivo de sus 50 años de ordenación sacerdotal. Paralelamente, continúo desarrollando mi producción literaria y autobiográfica. Actualmente preparo un poemario de autoría propia y Memorias de seminarista, obra en la que recojo parte de mi experiencia y trayectoria de formación sacerdotal. Ambas publicaciones están proyectadas para el año 2026 y representan una continuación de mi interés por poner por escrito la memoria, la experiencia y las reflexiones que han acompañado mi camino personal, académico y vocacional.

Hoy con alegría y orgullo
su familia y en la fe hermanos,
un pueblo está de pie
celebrando su diaconado.

        Como mencioné al inicio, cada uno de los videos recibidos ha sido un verdadero estímulo para el alma. Recordar es volver a vivir, y la vida, en definitiva, se compone de la suma de estos momentos entrañables. Expreso mi más profundo agradecimiento a todas las personas que dedicaron un instante de su tiempo para hacerme llegar sus palabras de afecto. Que estas líneas sirvan como un sincero testimonio de mi gratitud hacia cada uno de ustedes.

La Virgen de aquel salón
que entre todos compraron,
es reflejo de esperanza
para los niños que han rezado.

        Guardo un cariño muy especial por un episodio de mi infancia en tercer grado de primaria, cuando tuve como maestra a mi familiar Betsaida Barillas, con quien disfrutamos muchísimo. En aquel tiempo se me ocurrió la idea de organizar a mis compañeros de clase para reunir el dinero necesario y adquirir una pequeña imagen de Nuestra Señora de Coromoto que había visto en la tienda de don Pedro Ganga, frente a la plaza de La Playa. Gracias a mi insistencia y al valioso respaldo de mi abuela Eva, quien me acompañó junto a mi madre a hacer la diligencia, logramos el cometido. La virgencita fue entronizada en una repisa en la esquina del aula, convirtiéndose en un altar donde colocábamos estampas y flores en honor a la Madre de Dios.

Desde el cielo también sonríe
una abuela emocionada,
doña Eva Castillo,
la matrona de la casa.

        Doña Eva Angelina Castillo fue un ser incomparable y único en mi vida; una verdadera segunda madre, atenta, cariñosísima y la principal orante por mi vocación sacerdotal. La Providencia la llamó a su presencia en noviembre de 2012, una partida temprana que afronté mientras cursaba el quinto año de secundaria en el Seminario Menor. El amor que eternamente le guardaré es el de un nieto consciente de haber recibido de su abuela solo bien, bondad y ternura sin medida.

Diácono Pedro García Barillas,
un ejemplo de constancia y probidad,
siga haciendo camino al andar,
llevando esperanza, nobleza y caridad.

        Y bien, estas fueron las 26 coplas que me obsequió la profesora Ana. Como se aprecia, cada verso encierra una gracia perfecta: esa simpatía tan suya y la forma entrañable de relatarme mi propia vida convierten este texto en una auténtica obra de arte. Gracias. Infinitamente gracias por narrarnos este “cuento de resiliencia”.