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sábado, 31 de enero de 2026

El lugar de Dios, la Iglesia y el sacerdote en la sociedad contemporánea

ORDEN SACERDOTAL

La sociedad actual suele considerar a Dios como una realidad obsoleta, propia del pasado, debido a que se ha priorizado una comprensión científica de la realidad en la que lo trascendental parece ya no tener importancia. En este sentido, la secularización y el pluralismo religioso se presentan como horizontes de referencia para comprender el mundo contemporáneo. Sin embargo, desde estas nuevas perspectivas también se advierte un retorno a lo religioso; se cree que no es que el hombre ya no tenga fe, sino que ahora cree en todo o en cualquier cosa. Ante este panorama, el papel del sacerdote se presenta como luz, y su testimonio cobra un valor más sublime, pues de lo que el sacerdote viva y predique dependerá, en gran medida, que la sociedad entre en experiencia de Dios.

La pregunta acerca de dónde y cómo encontrar a Dios hoy puede desarrollarse desde diversos matices; sin embargo, aquí nos inclinamos más hacia el camino de la creación, pues contemplando la creación se puede conocer o encontrar a su Creador. En este mundo del hombre secularizado, el cuidado de la creación y el involucrarse en ella ha permitido introducir una nueva mentalidad capaz de reconocer en lo creado a un ser superior y trascendental. El hombre mismo, como obra de Dios y hechura de sus manos, se constituye en lugar teológico desde el cual se puede llegar a encontrar a Dios.

A propósito de esta reflexión, es propicio recordar lo que canta aquel himno de la Hora Sexta de la Liturgia de las Horas, y que busca responder la pregunta inicial sobre dónde encontrar a Dios:

“Quien diga que Dios ha muerto,
que salga a la luz y vea
si el mundo es o no tarea
de un Dios que sigue despierto.
Ya no es su sitio el desierto
ni en la montaña se esconde;
decid, si preguntan dónde,
que Dios está sin mortaja
en donde un hombre trabaja
y un corazón le responde”.

El lugar de la Iglesia en la sociedad actual pasa por las mismas circunstancias que al hablar de Dios, pues esta institución, conformada por hombres, busca responder a un mandato divino: evangelizar y llevar a todos la verdad. De ahí que la institución esté, se podría decir, entre dicho, pues si se duda de Dios o si se pone en tela de juicio al Creador, pierde todo sentido una institución que lo predica y que lo quiere hacer presente en medio del mundo. La Iglesia es, en este mundo, el testimonio de fidelidad a Dios que navega a contracorriente, luchando contra los enemigos de la vida y de la verdad del hombre. Es ahora cuando más vale la pena ser sacerdote y trabajar en la Iglesia por el Reino de Dios, del que ella misma es ya presencia misteriosa.

A partir del Concilio Ecuménico Vaticano II, convocado e inaugurado por San Juan XXIII y concluido por San Pablo VI, la constitución Presbyterorum Ordinis precisó el lugar del sacerdote en la Iglesia y en el mundo actual. Lo hizo, en primer lugar, aclarando que todo el conjunto de la Iglesia es nación santa, pueblo escogido y pueblo sacerdotal, desarrollando de este modo, y diferenciando a la vez, el sacerdocio común de los fieles, otorgado por el bautismo, del sacerdocio ministerial, que se recibe por el sacramento del Orden.

Este pueblo sacerdotal se constituye jerárquicamente según el querer divino, en donde cada miembro ocupa el lugar de servicio que le corresponde según la vocación recibida y que la Iglesia acoge en su seno. Por otra parte, la estructura interna de la comunidad cristiana responde a los diferentes carismas que Dios otorga a su Iglesia, que, con la teología paulina, conforman el Cuerpo Místico de Cristo. A todos los fieles los une la fe y la vocación a la santidad, pero no todos tienen idénticas obligaciones en su modo de responder a Dios. Sin embargo, Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad.

Profundizando un poco más en lo anteriormente expuesto, se puede precisar que el papel que juegan los ministerios y carismas en la edificación de la Iglesia es de vital importancia, en cuanto que sin ellos la vida de la comunidad no sería lo que es: una comunidad organizada y constituida jerárquicamente. En este sentido, cada cristiano responde a su llamado particular según el estilo de vida al que Dios lo ha convocado. Así, es fácil concluir que no se espera lo mismo de una monja de clausura que de una madre de familia. Ambas son hijas de Dios y llamadas a la santidad, pero sus respuestas o modos de vivir esa vocación serán muy distintos según sus propias posibilidades.

De este modo, la monja de clausura edifica a la Iglesia desde su vocación contemplativa y fiel a su carisma, mientras que la madre de familia lo hace en la atención del hogar, la crianza cristiana de sus hijos o el desarrollo profesional al que se dedique. En definitiva, todos los carismas contribuyen a la edificación de la Iglesia; todos son necesarios en esta complementariedad de vocaciones y carismas.

El sacerdote, como hombre pleno en sus potencialidades humanas y cristianas, está llamado a compaginar con su vida y ministerio la unidad antropológica de la persona, que se constituye en cuerpo y alma, y desde allí servir de testimonio de coherencia como individuo en medio de una comunidad, llevando al mundo hacia Dios. El presbítero es pontífice, es decir, puente o creador de puentes; desde la plena vivencia de su vocación sacerdotal, solo asumiendo con conciencia su propia naturaleza y debilidad, y dejándose transformar por la gracia, logrará cambiar la llamada escisión antropológica en respuesta fiel y realización humana según la voluntad de Dios.

El sacerdote es puente que une el cielo con la tierra cuando administra los sacramentos de la Iglesia y vive y considera lo que realiza. Por eso, la dimensión discipular del sacerdote resulta esencial. El discípulo no es más que su maestro, dice el Señor. En este sentido, el sacerdote nunca deja de ser discípulo de Cristo, el Maestro, pues Él lo ha llamado a seguirle. Primero va el Maestro y detrás los discípulos. El sacerdote nunca deja de ser discípulo porque nunca dejará de aprender de su Maestro; solo así podrá mantener en el horizonte la actitud humilde de aquel que se reconoce necesitado de Dios.

Junto a ello aparece también la dimensión apostólica del sacerdote. Esta dimensión discipular y apostólica sitúa al sacerdote en referencia constante a Cristo, que lo llamó y lo eligió para estar con Él y para enviarlo a predicar el Evangelio, con poder de sanar enfermos y expulsar demonios. El sacerdote que obra como discípulo y apóstol lo hace con la humildad de sentirse poca cosa en sí mismo, pero transformado por la gracia de un sacramento cuya unción es huella indeleble de la bondad y misericordia de Dios, que llama no a los mejores ni a los sabios y entendidos, sino a los pequeños y a los que saben confiar todo en Él, que, en definitiva, son los humildes.

Finalmente, una nota que siempre es importante precisar al hablar sobre el sacerdocio y su ministerio, especialmente en el marco del sacramento del Orden como asignatura de estudio, es que la vida del presbítero ha de encarnar los mismos sentimientos de Cristo y su atención preferencial por los pobres. Como se dijo una vez en el retiro de inicio de año, la atención a los pobres será el termómetro de la vocación, pues estar cerca de ellos es estar cerca de Dios mismo, que se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza.

jueves, 15 de enero de 2026

Ayahuanquino por la gracia de Dios

AYAHUANCO, HUANTA, AYACUCHO

     El jueves 15 de enero amaneció lluvioso en San José de Secce, como en toda la zona y en gran parte del Perú y de Sudamérica, según los informes meteorológicos. La lluvia, bendición de Dios que cae sobre justos e injustos, en estas tierras no solo es signo de gracia, sino también anuncio casi seguro de dificultades: caminos de tierra amenazados por derrumbes, ríos y quebradas crecidos. Esa era precisamente la advertencia que teníamos presente cuando, muy temprano, junto al padre Yoni Palomino Bolívar, párroco de San José de Secce, y tres feligreses, nos dispusimos a partir rumbo al distrito de Ayahuanco, hacia la pequeña comunidad homónima que nos esperaba esa mañana.

 Iniciamos la travesía bien abrigados y rezando las Laudes, acompañados por un canal de YouTube que nos iba guiando en la oración matutina, mientras nuestros ojos se deleitaban con los paisajes paradisíacos de aquellas montañas verdes y escarpadas. El camino fue relativamente tranquilo, aunque fue necesario esquivar algunas rocas de considerable tamaño que habían caído sobre la carretera de tierra. La conversación fue amena y la oración constante, como suele suceder en estos viajes por los Andes peruanos junto al padre Yoni y sus fieles acompañantes.

    Nos dirigíamos a Ayahuanco por dos motivos muy concretos. El primero y más importante era celebrar la Santa Misa en aquella comunidad alejada, ubicada a dos horas y media de San José de Secce, y, junto a la Eucaristía, reunirnos con los pobladores y sus autoridades para dialogar sobre el proyecto de restauración del templo católico, bastante deteriorado desde que su techo colapsó hace más de treinta años. El segundo motivo, más personal, era conocer el lugar que figura como mi residencia ante Migraciones Perú, pues, por razones desconocidas, en mi Carnet de Extranjería no aparece Ayacucho, Huamanga, como corresponde, sino Ayahuanco, Huanta. Este detalle se lo había comentado al padre Yoni Palomino Bolívar, quien, inspirado por Dios, me prometió llevarme a conocer este lugar que forma parte de su jurisdicción parroquial.

     Ayahuanco nos recibió también bajo la lluvia. Nos dirigimos directamente a la casa del presidente de la comunidad para anunciar nuestra llegada y permitir que él convocara a los pobladores. Debido al mal tiempo, la misa y la reunión no podían realizarse al aire libre, por lo que se acordó llevarlas a cabo en la casa comunal. Mientras tanto, aprovechamos para visitar las ruinas del templo, que desde 1992 se encuentra en constante deterioro tras el desplome de su techo.

     La parroquia de San Lucas de Ayahuanco fue creada hace más de 125 años. El 24 de julio de 1901 se registra la visita pastoral del obispo de Ayacucho, monseñor Fidel Olivas Escudero, quien fue recibido por el cura interino Pedro Castillo. Durante aquella visita, el prelado constató los graves daños ocasionados al templo por el incendio de 1896. En ese momento, el techo había sido reconstruido de manera precaria con paja. El obispo ordenó entonces la mejora de la infraestructura, la adquisición de paramentos litúrgicos y la construcción de un nuevo altar. Monseñor Olivas Escudero permaneció en Ayahuanco hasta el 27 de julio, confirmando a 528 personas. En la plazuela frente a la iglesia se dejó una cruz de madera como memoria de aquella Santa Visita Pastoral, realizada luego de la visita del obispo Cristóbal de Castilla y Zamora.

     Los habitantes recuerdan con claridad los años del terrorismo, cuando la población ayahuanquina fue totalmente desplazada y el pueblo quedó desolado. No fue sino hasta 1996 que se inició el retorno de sus pobladores, quienes poco a poco reconstruyeron sus viviendas, muchas de ellas incendiadas o destruidas por el paso del tiempo. El templo, sin embargo, no corrió la misma suerte: desde entonces no ha sido restaurado y ha perdido no solo su techo, sino también una de sus torres y el muro del altar mayor. La torre que aún está firme está coronada por una secilla cruz de metal con la fecha "1970" y en su interior dos campanas, una pequeñita en buenas condiciones y la otra más grande y con rajaduras provocadas supuestamente por el impacto de balas.

     Las dimensiones del templo resultan adecuadas para la pequeña comunidad en la que se encuentra, pues Ayahuanco no debe superar los 300 habitantes, o incluso menos. Su fachada presenta diversos nichos con decoraciones en alto relieve de yeso, y su estructura está compuesta por piedra, adobe y ladrillo. La puerta original de madera yace caída, con sus dos hojas apoyadas contra el muro. En el interior, la vegetación crece de manera abundante y acelerada debido a las lluvias. Al ingresar, es inevitable pensar en las innumerables personas que allí se congregaron para orar y recibir los sacramentos. Lejos de desanimar, el estado actual del templo fortalece el ánimo y aviva la esperanza de que, al menos en este año 2026, se inicien los trabajos de movimiento de tierra y la fabricación de los diez mil adobes necesarios para la reconstrucción de sus muros.

     Tras la visita a las ruinas, nos dirigimos a la casa comunal, donde ya se encontraba reunido un pequeño grupo de pobladores, encabezados por el presidente de la comunidad, quien tomó la palabra para dar inicio a la reunión. En ella se expusieron los avances en gestiones y recursos destinados a fortalecer el Comité Pro Restauración del Templo de Ayahuanco, previamente conformado por el párroco y las autoridades comunales.

     El padre Yoni aprovechó la ocasión para compartir con los asistentes el dato curioso de mi residencia oficial en el Perú. Esto causó gran emoción entre los pobladores, quienes inmediatamente me acogieron como un ayahuanquino más, asegurando, entre bromas y buen humor, que debía quedarme para siempre en aquel lugar. Cuando se me concedió la palabra, los animé a continuar este proyecto con mucha fe, asegurándoles al menos mis oraciones para que la obra se concrete cuanto antes. Asimismo, dejé el compromiso de regresar a Ayahuanco para celebrar la Santa Misa cuando yo sea sacerdote y cuando el templo esté nuevamente operativo, dos acontecimientos que, con la gracia de Dios, no parecen lejanos. Finalmente, invitado por el padre Yoni, recé en voz alta el padrenuestro en quechua, para deleite de todos.

     Durante la celebración de la Santa Misa, que siguió a la reunión, se bautizó a un joven ayahuanquino, Luis Jaime, quedando su Primera Comunión y Confirmación para una próxima ocasión. Luego de compartir el almuerzo en la casa del presidente, el señor Yuber, emprendimos el regreso a San José de Secce, que transcurrió en un ambiente de serena gratitud. La lluvia, ya más tenue, parecía acompañar nuestros pensamientos mientras la neblina se disipaba y dejaba al descubierto la cuenca baja del Mantaro y las montañas lejanas de Huancavelica, en diálogo silencioso con las de Ayacucho. El cansancio del camino se mezclaba con la paz interior que deja el haber compartido la fe, la palabra y el pan con una comunidad pequeña en número, pero grande en esperanza y en memoria.

     Ayahuanco quedó atrás entre cerros y nubes, pero no fuera del corazón. Su templo herido, su historia marcada por el dolor y la perseverancia, y la fe sencilla de su gente se convierten en un llamado a no olvidar, a volver y a reconstruir. Con la confianza puesta en Dios, queda sembrada la certeza de que llegará el día en que esas ruinas vuelvan a ser casa de oración, y en que, reunidos nuevamente en torno al altar, la comunidad pueda celebrar no solo la restauración de un templo, sino la renovación viva de su fe.

lunes, 4 de agosto de 2025

Ha muerto Mons. Mario Moronta, obispo emérito de San Cristóbal

DEVOTO DEL CRISTO DEL ROSTRO SERENO DE LA GRITA

Con profunda tristeza recibí la noticia del fallecimiento de monseñor Mario del Valle Moronta Rodríguez, obispo emérito de San Cristóbal, ocurrido hoy 4 de agosto de 2025, a los 76 años de edad. Ayer, como de costumbre, lo había encomendado en mi rezo diario del santo rosario, donde incluyo a una lista de prelados venezolanos por quienes oro con devoción todos los días.

Tuve el privilegio de conocer personalmente a monseñor Moronta el miércoles 31 de julio de 2019. Días antes le había escrito por correo electrónico y por WhatsApp solicitándole una entrevista, y él, con su conocida generosidad pastoral, accedió gustosamente. Me respondió lo siguiente:

Mario Moronta [mvmr1949@gmail.com] Lunes, 29 de julio de 2019, 19:46. Saludos. Yo estoy en La Grita hasta el 7 de agosto. Si te queda fácil venir hasta el santuario nuevo, avísame qué día podría ser para cuadrar la entrevista.

+Mario Moronta

Ese mismo miércoles salimos muy temprano desde La Playa en el vehículo del señor Gerardo Jaimes (†), quien se ofreció generosamente a llevarnos a Carlos Vivas, a mi mamá y a mí. Solo debía encargarme de conseguir la gasolina, lo cual logré hablando con la persona encargada del registro y distribución de combustible en la Estación de Servicio El Dique. Gracias a su disposición, pude llenar completamente el tanque de uno de los camiones 350 del señor Gerardo, diciendo que el viaje sería hasta la ciudad de San Cristóbal.

En agradecimiento, mi mamá y yo preparamos una jarra grande de jugo de limón, bien dulce y con bastante hielo, que llevamos al personal de la estación como gesto de gratitud. En aquellos días de escasez, las colas para conseguir gasolina eran interminables y cualquier colaboración era un alivio.

Fuimos cuatro en el trayecto: Gerardo al volante, yo a su lado, y en el asiento trasero, Carlos Vivas y mi madre. Al llegar a La Grita, nos dirigimos directamente al nuevo santuario del Santo Cristo. Al entrar, informamos que teníamos una entrevista pautada con monseñor Moronta. Él nos esperaba y salió a recibirnos cordialmente.

Nos condujo hasta una pequeña sala de recibo, donde me recibió a solas para la entrevista. Escuchó con atención e interés las razones de mi solicitud. Fue sincero en sus respuestas: no ofreció falsas esperanzas respecto a lo que le pedía, pero el hecho de haber sido escuchado por él, en aquellos días de tanta turbulencia espiritual y humana, fue suficiente para traerme paz.

Días después, el 6 de agosto de 2019, tuve la dicha de escucharle predicar durante la solemnidad del Santo Cristo de La Grita, en ese mismo santuario, ante miles de devotos. Fue una homilía profundamente sentida y teológicamente bien fundamentada, como solía ser su estilo.

Después de aquel encuentro, no volví a verlo en persona, pero mantuvimos cierta comunicación por WhatsApp. Me enviaba con frecuencia los videos de sus reflexiones evangélicas, grabadas para la pastoral vocacional de su diócesis. A veces respondía brevemente a mis comentarios. En mi correo electrónico conservo su última entrega: su Mensaje de Cuaresma, enviado el sábado 20 de febrero de 2021 a las 17:29.

Lamentablemente, al abandonar Venezuela, perdí contacto con la mayoría de mis amistades en el país, incluido él. Aun así, supe de su renuncia como obispo residencial de San Cristóbal y del progresivo deterioro de su salud como obispo emérito.

Conservo varios de sus libros en mi biblioteca en Venezuela. Uno de ellos fue fundamental para la revisión y citación de una tesis sobre el sacerdocio ministerial católico, que ayudé a redactar a un compañero teólogo en el seminario de Mérida. Siempre admiré su agudeza intelectual, la profundidad de sus enseñanzas y la claridad de sus homilías, especialmente en las grandes solemnidades litúrgicas.

Recuerdo también su cercanía con el difunto presidente Hugo Chávez, quien llegó a decir públicamente que, en su opinión, monseñor Moronta era el único obispo venezolano que merecía la dignidad cardenalicia. Sin embargo, tras la muerte del mandatario, monseñor Moronta se convirtió en un firme crítico de las injusticias cometidas por su sucesor, como también lo hicieron los demás obispos del país.

Hoy, al recordar a monseñor Mario Moronta, doy gracias a Dios por su vida, por su ministerio y por su testimonio como pastor fiel, hombre de fe y servidor incansable del pueblo venezolano —en especial del Táchira— y de los devotos del Santo Cristo del Rostro Sereno de La Grita.

domingo, 8 de junio de 2025

Sobre la elección del Santo Padre León XIV

HABEMUS PAPAM

“Nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde”, reza el adagio popular, y no hay frase que mejor represente el sentir de la gran mayoría de católicos tras la muerte del papa Francisco.

La madrugada del lunes después de Pascua, revisé mi teléfono casi por instinto y encontré una notificación reciente de un joven teólogo español en YouTube: “El Papa ha muerto”. Aún medio dormido y deslumbrado por la luz del celular, confirmé la noticia en la página oficial del Vaticano. La tristeza me invadió de inmediato. Apoyando la cabeza en la almohada, esperé el amanecer, sumido en pensamientos sobre el pontificado de quien, por más de doce años, había guiado con sencillez y profundidad la barca de Pedro: argentino, jesuita, cercano, de buen humor y de gran corazón.

Los días siguientes transcurrieron con ese aire solemne propio de un duelo oficial y personal. Pasados los funerales e iniciado el cónclave, me dediqué a hacer predicciones con entusiasmo. Estaba convencido de que el nuevo papa sería el diplomático italiano Pietro Cardenal Parolín. Su cercanía con Francisco y su experiencia como nuncio en Venezuela lo convertían, a mi juicio, en el candidato ideal. Incluso un medio católico respetado lo señaló como favorito. Todo parecía confirmar mis suposiciones… pero la realidad se encargó de sorprendernos.

El jueves 8 de mayo, segundo día de votaciones en el cónclave, salíamos de clases de Eucaristía en el seminario cuando vimos en redes sociales el humo blanco elevarse desde la chimenea de la Capilla Sixtina. Nos dirigimos apresurados a la sala de televisión para presenciar en vivo el esperado anuncio: habemus papam. Mientras el cardenal protodiácono pronunciaba las palabras solemnes, yo, con el teléfono en mano para grabar nuestra reacción, repetía en voz baja: “¡Parolín! ¡Pietro! ¡Parolín!”. Pero no fue él. El nombre anunciado fue Robertum Franciscum Cardinalem Prevost.

De inmediato supe que se trataba de Robert Prevost, el obispo agustino que había sido cardenal y prefecto del Dicasterio para los Obispos. Aunque no lo conocí personalmente durante su servicio en el Perú, sabía que había sido obispo de Chiclayo y que había dejado huella como un verdadero padre y guía espiritual. Curiosamente, un par de hermanos seminaristas ya lo habían señalado como favorito.

Nuestra transmisión de EWTN estaba ligeramente retrasada, por lo que uno de mis compañeros, al ver la noticia antes que nosotros, se acercó y me susurró al oído: “León XIV”. Me pareció un momento profético. Cuando finalmente lo escuchamos del cardenal, la emoción estalló. Grité de alegría y dejé de grabar para verificar la información en internet. Recordé entonces que mi arzobispo había sido uno de los tres obispos consagrantes de Prevost en 2015, y que en una conversación reciente me había confiado que sentía que él podría ser el próximo Papa.

Esperamos con expectación su salida al balcón. Queríamos ver con qué estilo se presentaría: ¿la austeridad de Francisco o la solemnidad de Benedicto XVI? León XIV apareció radiante, revestido con la muceta roja y el estolón de los Apóstoles, y bendijo a la ciudad y al mundo con emoción visible.

Sus primeras palabras fueron una verdadera catequesis. La mención especial a “mi querida diócesis de Chiclayo en el Perú” nos hizo vibrar de emoción. Recé con él el Padrenuestro en italiano y me signé con devoción al recibir su primera bendición urbi et orbi, consciente de que una nueva etapa había comenzado.

Nueva etapa, sí, pero no olvido del pasado. No parece tratarse de una simple continuidad, pero tampoco de una ruptura. El espíritu renovador de Francisco queda como legado vivo. León XIV es, sin duda, el Papa que necesitamos en este tiempo: un pastor con experiencia, arraigado en el Evangelio, abierto a los desafíos del mundo contemporáneo. Su elección es fruto del discernimiento humano guiado por la acción del Espíritu Santo.

Hoy, al mirar con fe los comienzos de este nuevo pontificado, solo me queda dar gracias a Dios. Por el testimonio de Francisco, por la elección de León XIV, por el amor constante de la Iglesia hacia sus hijos. Como católico, seminarista y creyente, rezo con esperanza: que el Señor lo fortalezca, lo ilumine y lo acompañe siempre, para que confirme en la fe a sus hermanos y conduzca con sabiduría la Iglesia de Cristo. ¡Viva el Papa! ¡Viva León XIV!

  • La Iglesia Católica se alegra
  • por el nuevo representante de Jesús
  • que vive en el Vaticano
  • su nombre es León del Perú.

  • De la Orden Agustiniana
  • nacido en la ciudad de Chicago
  • fue misionero en Chulucanas
  • y santo obispo de Chiclayo.

  • Es el papa León catorce
  • el patriarca universal
  • que con la ayuda de María
  • nos guiará hasta el final.

viernes, 25 de octubre de 2024

Servidor de la Iglesia perseguido por Sendero Luminoso

“EL CHOFER ARZOBISPAL”

         El grupo terrorista Sendero Luminoso se originó en Ayacucho, siendo la Universidad Nacional San Cristóbal de Huamanga el contexto propicio para su desarrollo. Esta casa de estudios, recién reabierta, contrató como profesor titular al controvertido Doctor en Filosofía Abimael Guzmán, fundador de esta organización. Sendero Luminoso, que se constituyó como un partido político de ideología comunista, buscó tomar el poder a través de la violencia, declarando la guerra al Estado peruano.

         Ayacucho fue la primera ciudad y departamento en sufrir las devastadoras consecuencias de las ideas revolucionarias de Sendero Luminoso, caracterizadas por el terror y la violencia. La Iglesia católica local fue testigo de estos acontecimientos. El 3 de diciembre de 1987, el padre Víctor Acuña Cárdenas fue brutalmente asesinado por jóvenes senderistas mientras celebraba la misa en el mercado de Magdalena, a plena luz del día y ante la presencia de sus feligreses. Este trágico suceso lo convirtió en el primer sacerdote en caer a manos del terrorismo. En esta ocasión, me enfocaré en otra persona cercana a la jerarquía eclesiástica de ese tiempo, que aún vive y que, en su ancianidad, sufre por la persecución que padeció.

         El Sr. Leoncio Atauje Calderón, oriundo de La Oroya, Junín, contrajo matrimonio a una edad temprana con una joven de origen ayacuchano, lo que lo llevó a establecer su residencia en esta ciudad. Allí, además de cumplir con su servicio militar, formó una numerosa familia con siete hijos. Durante su carrera militar, Leoncio se acercó al general huamanguino Pedro Ángel Richter Fernández-Prada, quien le presentó a su hermano, Mons. Federico Richter Fernández-Prada, arzobispo de Ayacucho, para que le ayudara como chofer. Así, con una prometedora carrera en el ejército y una familia que mantener, Leoncio decidió servir a la Iglesia ayacuchana como chofer del Arzobispado. En esta función, tuvo la oportunidad de trabajar junto al padre Víctor Acuña Cárdenas, encargado de Cáritas, manejando los camiones del Arzobispado para distribuir alimentos en las zonas periféricas y más empobrecidas de la jurisdicción eclesiástica andina.

         En una ocasión, recuerda don Leoncio, yendo a entregar una carga de alimentos a la Casa Hogar Juan Pablo II de Huancapi, en compañía de una religiosa franciscana, fueron interceptados por cuatro senderistas armados, quienes al encañonarlos les hicieron bajar del camión. El trato fue rudo y directo, querían la mercancía para ellos, porque, según su pensamiento, esos alimentos servirían para comprar a los pobres, y en cambio ellos los necesitaban para mantener su grupo. En principio Leoncio se negó, pero a falta de armas finalmente tuvo que acceder. Él y la religiosa pasaron el susto de sus vidas y, entre lamentos por la pérdida de los alimentos y la acción de gracias a Dios por mantener la vida, regresaron a Ayacucho sin lograr el cometido.

         En su trabajo como conductor, se ganó la plena confianza de Mons. Federico, quien lo trataba como a un hijo. Le encomendaba las tareas más delicadas e incluso le pedía que lo acompañara en sus viajes a la capital. De tanto viajar juntos, Leoncio llegó a ser confundido con un fraile franciscano, debido a su frecuente presencia en los conventos de esta orden en Lima, durante sus andanzas con el obispo ayacuchano.

         Leoncio trabajaba a tiempo completo para el Arzobispado, siempre había tareas que realizar, especialmente en el transporte de sacerdotes, religiosas y del propio obispo por toda la Arquidiócesis. Sin embargo, en sus ratos libres atendía un taller de planchado y pintura de vehículos, donde contaba con la ayuda de aprendices. Con el tiempo, algunos de ellos lo invitaron a unirse a Sendero Luminoso, dada su formación militar.

Una tarde, uno de los jóvenes del taller le propuso acompañarlo a la desolada zona del barrio Santa Ana, donde probarían las armas del grupo, aprovechando los conocimientos que Leoncio había adquirido en el ejército sobre el manejo de fusiles. Sin embargo, Leoncio rechazó la invitación, prefiriendo mantenerse alejado de cualquier vinculación con Sendero Luminoso, ya que era un hombre con valores cristianos, respetuoso de la vida y temeroso de Dios. Su negativa no fue bien recibida por los senderistas, lo que marcó un cambio en su vida, ya que comenzaron las amenazas y persecuciones hacia él y su familia.

Leoncio informó a monseñor Richter sobre la situación, y este decidió acogerlo a él y a su familia en su propia casa, que en ese momento correspondía a lo que hoy es el local del Seminario San Cristóbal, es decir, los anexos de la catedral de Ayacucho. Allí se instalaron, viviendo con la humillante sensación de ser perseguidos para ser asesinados, ya que Leoncio era considerado un enemigo de la revolución. Además, su dedicación a la Iglesia lo desacreditaba aún más ante la ideología atea de Sendero Luminoso. 

La protección del entonces arzobispo de Ayacucho se mantuvo hasta su remoción a inicios de la década de los noventa, lo que obligó a la familia Atauje a abandonar la ciudad y trasladarse a Huancayo, donde se sintieron más seguros, lejos de la persecución y del constante temor por su vida.

En Huancayo, Leoncio pudo dedicarse a trabajos menores tras dejar su querido Ayacucho. Sin embargo, sufrió un accidente en su taller cuando un trozo de soldadura caliente le cayó en el ojo, lo que le causó la pérdida de la vista en ese ojo. Impedido para trabajar, terminó cayendo en la mendicidad, acompañado por su esposa, quien ha estado a su lado en todo momento.

         Sus hijos son numerosos, pero no han podido hacerse cargo de sus ancianos padres. Solo uno de ellos los ha acogido en su casa, que es de alquiler, y les ha proporcionado un espacio donde acomodarse, a pesar de las limitaciones que enfrentan como dos personas mayores, enfermas y sin ningún apoyo económico periódico que alivie sus necesidades.

Don Leoncio y su esposa sufren por no contar con lo básico para vivir cómodamente. Ella recuerda con nostalgia cómo llegó a ser secretaria de asuntos menores de monseñor Federico, a quien evocan como un santo, por su bondad y gentileza, y especialmente por el incondicional apoyo que les brindó en sus momentos más difíciles.

Este par de ancianos a veces se acuestan sin comer, y prefieren no pedir a sus hijos, para no ser carga y motivo de discordia entre ellos, aún cuando por ley divina y humana les corresponde a ellos hacerse cargo de sus enfermos padres. En esta situación tan deprimente llevan ya varios años, y comenta don Leoncio que a veces, desesperado y desesperanzado ha deseado la muerte, para aliviar sus sufrimientos, a los que se le suma haber solicitado indemnización a la Iglesia por sus años de servicio, pero aún no tienen respuesta. Hay quienes los han animado a proceder legalmente, pero se niegan, pues por respeto a la memoria de Mons. Richter, prefieren sufrir con paciencia.

La historia de don Leoncio Atauje es un reflejo de la resistencia del espíritu humano frente a la adversidad. A pesar de los años de sufrimiento y la falta de apoyo en sus momentos más críticos, él y su esposa han mantenido su dignidad y fe, eligiendo el camino de la paciencia en lugar de la confrontación. Su experiencia, marcada por el sacrificio y la lealtad a sus principios, nos recuerda la importancia de la compasión y la solidaridad, especialmente hacia aquellos que han dedicado sus vidas al servicio de los demás.

A través de su dolorosa realidad, don Leoncio encarna la lucha por la justicia y la búsqueda de un reconocimiento que parece esquivo. Su historia no solo resalta el impacto de la violencia en las vidas de los inocentes, sino que también nos invita a reflexionar sobre el papel de la comunidad y la Iglesia en el cuidado de los más vulnerables. En tiempos de incertidumbre y sufrimiento, la voz de quienes como él han padecido se convierte en un poderoso llamado a la acción y a la memoria colectiva, recordándonos que el verdadero valor reside en la humanidad que mostramos hacia nuestros semejantes.

El Departamento de Cáritas del Arzobispado de Huancayo se ha comprometido a asistir a don Leoncio con víveres de manera periódica, gracias a la generosa gestión del administrador de la Arquidiócesis, el Ing. Luis Samaniego. En una ocasión anterior, él visitó personalmente a don Leoncio en su hogar, donde pudo constatar la difícil situación que enfrenta.

Además, yo mismo he solicitado ayuda al párroco del lugar, a instancias de don Leoncio, quien también ha respondido positivamente. Así como Cáritas Huancayo. Ojalá pueda hacer más por él, además de mantenerlo presente en mis oraciones.

Don Leoncio, bienaventurado eres cuando lloras, porque serás consolado; bienaventurado eres porque tienes hambre y sed de justicia, porque serás saciado.

lunes, 7 de octubre de 2024

Los obispos en el Perú de la Independencia (1821)

FORJADORES DE LA PERUANIDAD

En el contexto de la independencia del Perú, los obispos desempeñaron un papel crucial, reflejando la compleja relación entre la Iglesia y los movimientos patrióticos. En 1821, el Perú contaba con seis diócesis, cada una con un obispo que, a su vez, representaba no solo una autoridad religiosa, sino también un vínculo con el poder colonial. La postura de cada obispo variaba, desde el firme apoyo a la monarquía española hasta la aceptación de la independencia, lo que evidencia las tensiones internas dentro de la Iglesia y su adaptación a un nuevo orden social y político.

Estos líderes religiosos, la mitad de ellos peninsulares, enfrentaron desafíos significativos mientras el país se sumía en el tumulto de la emancipación. Desde la negativa a aceptar la independencia hasta el respaldo a los movimientos liberales, sus decisiones tuvieron repercusiones tanto en la vida espiritual de sus feligreses como en la estructura política emergente. Las cartas pastorales y las acciones de cada obispo no solo definieron su legado personal, sino que también reflejaron las luchas de una nación en búsqueda de su identidad.

De los seis Prelados de 1821 tres eran españoles: (De Las Heras, Carrión y Marfil y Sánchez Rangel) y tres criollos (Orihuela, Goyeneche y Gutiérrez de Coz), de éstos un boliviano -de la Real Audiencia de Charcas- (Orihuela) y los otros dos peruanos. De los seis, dos eran religiosos, (Sánchez Rangel –franciscano- y Orihuela –agustino-) y los otros cuatro del clero secular.

El pontificado de los obispos en este período fue sumamente complicado, ya que debían ponerse del lado de uno u otro bando, quedando a merced de la victoria o la derrota. Los obispos Carrión y Marfil, Gutiérrez de Coz y Sánchez Rangel enfrentaron la derrota tras el triunfo de San Martín, mientras que De Las Heras y Orihuela sufrieron las consecuencias de las decisiones arbitrarias de Monteagudo y Gamarra, que resultaron en su destierro. En contraste, Goyeneche logró sobrellevar las dificultades con notable paciencia y flexibilidad.

Es necesario analizar los casos de los seis obispos que gobernaban la Iglesia en el Perú durante ese período. Algunos mostraron perplejidad y vacilación ante el ambiente insurgente, mientras que otros adoptaron una postura de rechazo y negativa intransigente. También es relevante considerar la vigencia del régimen de patronato, donde la Santa Sede nombraba a los obispos, pero la "presentación" recaía en el Rey de España, un derecho consagrado en la legislación canónica. Así, cualquier actitud separatista o duda sobre la fidelidad monárquica se interpretaría en España como una falta de reconocimiento hacia el gobernante, a quien debían indirectamente su nombramiento episcopal.

El refrán de la época de la independencia que dice "Las monjas están rezando, en abierta oposición: unas piden por Fernando, otras ruegan por Simón" encapsula la tensión y la polarización que caracterizaban a la Iglesia en ese período. La imagen de las monjas, figuras tradicionalmente asociadas con la unidad y la paz, enfrentándose en sus rezos revela cómo las diferencias ideológicas y políticas permeaban incluso el ámbito espiritual. Fernando VII y Simón Bolívar, representan bandos opuestos en el conflicto realista-patriota, simbolizan la lucha entre lealtades en un contexto de crisis. Este refrán no solo refleja el ambiente de divisiones internas dentro de la Iglesia, sino que también ilustra cómo la espiritualidad se entrelazaba con la política, mostrando que la fe y la devoción podían ser profundamente influenciadas por las circunstancias históricas.

 

Seis diócesis en el Virreinato del Perú y sus obispos en 1821

1.    Lima: Creada Diócesis en 1541 y Arquidiócesis en 1546.

Arzobispo: Bartolomé María de las Heras Navarro (1743-1823)

 

17° arzobispo de Lima. Nacido en Carmona, Sevilla, España, el 24 de abril de 1743. Primero fue Obispo del Cusco. Le tocó presenciar el movimiento patriótico siendo arzobispo de Lima. El virrey don José de la Serna y Martínez de Hinojosa le invitó a adentrarse con él en el Cusco, pero no aceptó, poniendo por encima su papel de Pastor de la grey limeña, a la que no quiso abandonar en los momentos más imperiosos. Aunque de ideas monárquicas por su origen peninsular, firmó la Declaración de la Independencia el 15 de julio y acompañó a San Martín en la proclamación solemne en Lima, aquel 28 de julio de 1821.

Al General argentino le dejó claro que él y su clero en todo le obedecerían sin mayor resistencia, siempre y cuando se garantizara a la Iglesia su permanencia y unidad con el Romano Pontífice. Poco tiempo después fue desterrado a España por negarse a obedecer las arbitrariedades de Bernardo de Monteagudo, pues la Iglesia limeña estaba siendo acusada de propiciar el apoyo a los realistas, mientras que su arzobispo la defendía y aseguraba transparencia a San Martín. De espíritu sereno, una vez en España informó al Nuncio de cómo la gesta emancipadora fue bien acogida por el clero criollo, quienes deseaban un régimen independiente, pues, como San Martín “les ofrecía la independencia y libertad a que siempre habían sido tan inclinados, abrazaron con júbilo sus propuestas y siguieron sin dificultad todas sus máximas”.

Murió en Madrid el 5 de septiembre de 1823.

 

2.    Cusco: Creada Diócesis en 1536 y Arquidiócesis en 1943.

Obispo: José Calixto de Orihuela y Valderrama, O.S.A. (1767-1844)

 

Nació en Villa de Oropesa, actual Cochabamba-Bolivia, el 14 de octubre de 1767. Murió en Lima, el 1 de abril de 1844. De la Orden de San Agustín recibió y reconoció la lucha patriota siendo Administrador Apostólico de la diócesis de la que había sido obispo auxiliar, tiempo en el que había publicado una pastoral en contra de la emancipación, tratando de comprobar la incompatibilidad de los principios cristianos con los de la independencia.

Convivió con el virrey La Serna en el Cusco, pues la capital del Virreinato se había trasladado de Lima a la Ciudad Imperial. En 1820, en su paso por Huancayo le prometió al General Juan Antonio Álvarez de Arenales su adhesión a la causa patriota. Tras la Capitulación de Ayacucho en 1824 aceptó la Independencia como “obra divina”. La razón del cambio en su parecer la firmó con la siguiente frase: “Por el principio sentido de que toda potestad viene de Dios y porque el que resiste a la potestad constituida resiste a la voluntad de Dios”. Renunció al obispado por desavenencias con Agustín Gamarra, Prefecto del Cusco, pues este le exigía aportes monetarios a la causa libertaria, que el prelado juzgó improcedentes según el Derecho Canónico.

 

3.    Arequipa: Creada Diócesis en 1609 y Arquidiócesis en 1943.

Obispo: José Sebastián de Goyeneche y Barreda (1784-1824)

 

Arequipeño de origen, nació el 19 de enero de 1784. Entre 1826 y 1835 fue el único obispo en todo el Perú, Chile, Bolivia y Ecuador. Durante la proclamación y consolidación de la independencia se mostró ejemplar en su papel de obispo, pues no se turbó por consideraciones políticas, buscando ante todo el bien espiritual de su Iglesia local. Realista por tradición familiar, se mantuvo rodeado de este ambiente hasta la victoria de Ayacucho (1824), cuando cambiado el régimen, reconoció sin problemas la nueva gestión. Dejó escrito en este contexto: “La mano de Dios ha intervenido para levantar al Perú desde la humillación colonial al rango de las naciones libres.”

En años posteriores fue delegado papal para toda la República Peruana, pues la figura del Nuncio Apostólico no había llegado todavía la recién nacida nación.

Murió en Lima, 19 de febrero de 1872 como vigésimo segundo arzobispo metropolitano de la capital peruana, con un total de 55 años de ministerio episcopal.

 

4.    Trujillo: Creada Diócesis en 1577 y Arquidiócesis en 1943.

Obispo: José Carrión y Marfil (1747-1827)

 

Natural de Málaga, España, vino a América a ocupar sedes episcopales en los diferentes virreinatos. El intendente marqués de Torre Tagle proclamó la independencia de Trujillo el 29 de diciembre de 1820, lo que fue rechazado por el prelado, quien creía que su lealtad a Fernando VII y al Real Patronato estaba por encima de las aspiraciones de los rebeldes. De fuertes ideales realistas y anticriollos, destinó una buena suma de dinero a favor de la causa del Rey, además de abogar por la resistencia armada. Sus joyas las quiso poner a salvo, pero fueron interceptadas.

Se entrevistó con San Martín en Ancón, pero al negarse a reconocer la independencia del Perú fue finalmente desterrado en 1821. Esta acción motivó la publicación en 1821 de un folleto titulado Memoria interesante para servir a la historia de las persecuciones de la Iglesia en América, en defensa del obispo, cuyo autor podría haber sido el canónigo de Lima Pedro Fernández de Córdova. Ese mismo año, se publicó un Suplemento necesario que corregía un error sobre la apropiación de bienes del obispo por parte de Torre Tagle, aclarando que estos fueron retirados con un inventario.

Nombrado abad de la colegiata de Alcalá la Real (Jaén), falleció en la villa de Noalejo, de la misma provincia, el 13 de mayo de 1827.

 

5.    Huamanga (Ayacucho desde 1825): Creada Diócesis en 1609 y Arquidiócesis en 1966.

Obispo: Pedro Gutiérrez de Coz y Saavedra Seminario (1750-1833)

 

Nació el 24 de octubre de 1750 en Piura. Motivado por un espíritu prudente, no quiso firmar ni participar en la Independencia, con la esperanza de regresar a su diócesis, que estaba en manos de los realistas. Cuando el General Arenales llegó a Huamanga, el obispo se encontraba en una visita pastoral y, al enterarse de la situación, decidió huir a Lima.

En Huancayo se reunió con Arenales, pero optó por regresar a la capital, donde San Martín lo obligó a jurar la independencia. Él respondió: “No puedo prescindir de la suerte de mi diócesis ni oponerme a la Independencia en el territorio en que me hallo”, refiriéndose a que Huamanga seguía bajo control realista, aunque él estuviera en Lima. San Martín le pidió que redactara una pastoral en apoyo de la causa libertadora, pero el obispo no lo hizo. Esta actitud neutral le permitió evitar ser catalogado como un realista radical, aunque tampoco fue reconocido como un patriota.

La paciencia de San Martín se agotó rápidamente y decidió desterrarlo en 1821, dándole solo ocho días para abandonar el país, rechazando la solicitud de Gutiérrez de Coz para extender su plazo a treinta días para organizar su partida. Posteriormente, fue obispo de San Juan de Puerto Rico, donde falleció el 2 de abril de 1833. En 1822, la Junta Gubernativa del Perú lo declaró "americano desterrado sin causa".

 

6.    Maynas (Chachapoyas desde 1843): Creada Diócesis en 1803.

Obispo: Hipólito Sánchez Rangel OFM (1761-1839)

 

Nació en Villa de los Santos, Badajoz, España, el 2 de diciembre de 1761. Murió en Lugo, España. El 29 de abril de 1839. Antes de establecerse en su sede episcopal de Jéberos, que era la capital del territorio en febrero de 1808, comenzó una visita general a la diócesis que se extendió hasta 1810. Esta acción fue precedida por la primera medida significativa de su episcopado: logró la destitución del gobernador de Maynas, Diego Alfaro, a quien se le había denunciado por maltratar a los indígenas.

En marzo de 1820, con el inicio del proceso de independencia del Perú, los independentistas, ante su firme lealtad a la Monarquía española, saquearon su palacio episcopal y lo amenazaron de muerte. Así, huyó a pie de Moyobamba a Chachapoyas, cubierto solo con su breviario y báculo. A finales de 1820 y principios de 1821, tuvo que realizar una segunda huida, hasta que en octubre se refugió en Brasil. En 1822, viajó a Lisboa y en agosto de 1823 se trasladó a Madrid, donde al final del año solicitó al rey Fernando VI un nuevo destino.

Para el obispo franciscano, apartarse de la fidelidad al rey de España es un delito y un pecado. Sus cartas pastorales son vehementes y severas, y lanza excomuniones contra los separatistas. No acepta en absoluto que pueda haber legitimidad o justicia en el deseo de independizarse de la metrópoli. Dejó plasmada su opinión con las siguientes palabras: “Los Americanos, todos, naturalmente se inclinan al sistema de su Independencia. Obrando conforme a él, le hacían una grande brecha a la nación su madre, por consiguiente, daban más fermento a la discordia entre americanos y europeos; casi necesitados dañaban su conciencia y prostituían su ministerio.”

En resumen, es importante reiterar las reflexiones con las que comenzamos este artículo. El grupo de los obispos del Perú en la etapa sanmartiniana no constituye un bloque homogéneo, ni en contra ni a favor de la Independencia. La participación de la jerarquía en su conjunto se resiste a ser encasillada en afirmaciones o esquemas de carácter universal. La investigación histórica nos lleva ante la problemática de individuos como nosotros, con responsabilidades muy serias, quienes, por esa misma razón, ante situaciones no del todo claras, sienten en diversos grados vacilaciones, perplejidades y dudas; y en medio del tumultuoso vaivén de los acontecimientos, experimentan el deseo y la dificultad de encontrar un camino coherente y justo.

P.A

García

miércoles, 31 de julio de 2024

El fundamento jurídico de las bulas de demarcación del papa Alejandro VI

El poder temporal de los Papas

El fundamento jurídico de las bulas de demarcación emitidas por Alejandro VI en el siglo XV es un aspecto esencial para comprender la influencia de la autoridad papal en la expansión territorial y la evangelización durante la era de los descubrimientos. Estas bulas, en particular la serie de documentos papales emitidos en 1493, se enmarcan dentro de un contexto histórico en el que el poder papal había evolucionado significativamente desde el periodo del cesaropapismo hasta el desarrollo del derecho canónico y la supremacía del pontificado sobre las cuestiones temporales. La teoría jurídica promulgada por los papas anteriores, que afirmaba la propiedad papal sobre todas las islas, sentó las bases para la intervención papal en la delimitación de territorios recién descubiertos. En este contexto, las bulas de Alejandro VI, que establecieron límites específicos entre las esferas de influencia de España y Portugal, reflejan el papel central de la Iglesia en la legitimación de la conquista y la colonización, y subrayan cómo el papado actuó como árbitro en la configuración del nuevo orden mundial.

Antecedentes: lucha de poderes político-religiosos

Como antecedentes del alcance del poder papal respecto a temas temporales y las relaciones Iglesia-Estado tenemos el “cesaropapismo”, es decir, la injerencia del Imperio en los temas eclesiásticos. Fue así como Constantino, creyéndose “obispo exterior”, logra convocar el primer Concilio Ecuménico de la Iglesia, en el año 325, el Concilio de Nicea. Es cierto que solo el emperador mismo tenía la posibilidad de llevar a cabo una reunión de esta magnitud, con obispos de Oriente y Occidente.

El cesaropapismo se fortaleció en contexto oriental, pues Roma en Occidente había caído y esto sirvió al papado para consolidar su autonomía. El papa Gelasio I (492-496) planteó la dualidad de poderes, el del orden temporal y el del orden espiritual, con un difícil equilibrio a lo largo de los siglos. Tras la caída del Imperio Romano de Occidente, los pequeños reinos se disputaron la primacía, que solo fue provechosa en favor de la Iglesia, pues esta surgió como mediadora y reguladora de conflictos; aun cuando ella misma poseía territorios otorgados en el siglo VIII por Pipino el Breve: estos fueron los llamados Estados pontificios.

Con Gregorio VII (1073-1085) vio la luz el derecho canónico y así se puso fin a la injerencia de emperadores en asuntos del pontificado, pues hasta entonces los papas obedecían a la simpatía del monarca. En lo sucesivo, el papado fue concebido como la legislación de la Europa cristiana, en lo que colaboró la creación de universidades donde se impartieron ambos derechos, el civil y el canónico, ambos estrechamente relacionados entre sí.

El fundamento jurídico para la autoridad papal en el orden temporal

Desde el pontificado de Urbano II, en el año 1091, se promulgó la teoría jurídica, omni-insular, según la cual todas las islas son propiedad de san Pedro Apóstol, de su especial jurisdicción y de sus sucesores, los papas de Roma, los que pueden disponer de ellas libremente. Esta teoría fue una especificidad del derecho universal pontificio que venía elaborándose.

Fue Bonifacio VIII quien zanjó definitivamente la supremacía del poder espiritual sobre el temporal, mediante la bula Unam Sanctam, del 18 de noviembre de 1302, cuando concluyó que “es de absoluta necesidad para la salvación estar sometido al Romano Pontífice”; además de declarar, recordando la frase del obispo san Cipriano de Cartago (siglo III), que extra Ecclesiam nulla salus, fuera de la Iglesia no hay salvación y ella posee la plenitudo potestatis, es decir, la plenitud del poder y quienes se resistan al papa, resisten el ordenamiento divino, pues Bonifacio VIII declaró que “A la Iglesia y al poder de la Iglesia debe ser atribuida la profecía de Jeremías: ´Yo te he constituido sobre todas las naciones y reinos´" (Jr. 1, 10).

El papa, poseedor de los Estados pontificios ejercía la primacía de los reinos cristianos, cuya última legitimación se refería directamente a Dios. Para resolver conflictos entre el rey y sus súbditos se acudía al papa, así como también para mediar entre reinos cristianos, fue de esta manera como el papa se constituyó en un “árbitro soberano”, y en los sucesivo de los años surge por iniciativa de estos un derecho censuario pontificio, cuyo objetivo fue regular influencias políticas en regiones específicas entre los distintos Reinos, y más concretamente el reparto de las fuerzas políticas, de navegación y dominio entre el reino de Castilla y el de Portugal en el océano Atlántico.

Las Bulas Alejandrinas basadas en este fundamento jurídico

En el acontecer del siglo XV se llegó a nuevas rutas comerciales desde Europa prescindiendo de italianos y musulmanes, quienes hasta entonces estaban habituados al comercio marítimo. España y Portugal tuvieron la delantera frente a reinos más al norte como Holanda, Francia e Inglaterra. Esta exploración de nuevas rutas marítimas trajo consigo el natural contacto con tierras y personas desconocidas, quienes al no profesar la religión cristiana fueron considerados infieles, atribuyéndose de inmediato la facultad de conquistarlos para evangelizarlos, con el respaldo de la jerarquía de la Iglesia. No se concebía el mundo sin Dios, el Dios cristiano.

La intervención de los papas en la demarcación de territorios se dio por petición expresa de los reyes involucrados, pues para la época se tenía por ley que “el descubrimiento y la ocupación por un príncipe cristiano constituía un título suficiente de adquisición de” las tierras descubiertas, por lo que no era necesario apelar al Romano Pontífice. Sin embargo, el reino de Portugal sí había recurrido al papa para obtener de él bulas que precisaran los privilegios de sus dominios en el África, de esta manera, llegado el año de 1493, al tenerse noticias del descubrimiento de Colón en octubre del año anterior, los Reyes Católicos Fernando e Isabel, requirieron del papa Alejandro VI los mismos privilegios de los que gozaba Portugal, sobre las islas y territorios continentales descubiertos.

Alejandro VI

Rodrigo Borja, cardenal arzobispo de Valencia fue elegido papa el 11 de agosto de 1492. En su estancia en territorio ibérico, antes de subir a la cátedra de Pedro, apoyó el matrimonio de Fernando de Aragón e Isabel de Castilla, quienes siendo primos requerían de un permiso especial para contraer nupcias. Este permiso fue supuestamente falsificado por el cardenal Borja mientras era delegado Papal en la Península Ibérica, quien una vez electo papa, otorgó a sus amigos el título de Reyes Católicos, una altísima distinción.

El primer documento del papa Alejandro VI a Sus Majestades los Reyes Fernando e Isabel fue fechado el 3 de mayo de 1943, se trataba de la bula Inter caetera, mediante la cual hizo donación a los reyes de los territorios descubiertos navegando hacia occidente, hacia lo que se creía que eran las Indias, a no ser que ya fueran territorio de algún príncipe cristiano; este primer documento no demarcó límite alguno y mencionaba a Cristóbal Colón y el celo apostólico de Fernando e Isabel. La donación se hizo con el mandato de enviar misioneros para evangelizar esas tierras. El papa entregaba estas tierras para ser cristianizadas.

Esta generosa donación que hace Alejandro VI en favor de los reyes de Castilla y León es la donación de un derecho ad rem, no in re, es decir, les concede el señorío sobre unas tierras y sus habitantes de los que todavía no eran señores efectivos, ya que señores efectivos eran los jefes indígenas que había en dichos territorios.

Con idéntica fecha, el papa expide otra bula, la Eximiae devotionis, repitiendo en esta el contenido de la Inter caetera, pero con algunos añadidos, como los privilegios de administrar los bienes de la Iglesia en las Indias, o el nuevo mundo. Al día siguiente, 4 de mayo de 1493, el papa firma una tercera bula, de nuevo llamada Inter caetera, omitiendo en ella los privilegios anteriores y demarcando, ahora sí, “con la plenitud de la potestad apostólica” una línea divisoria en dirección norte a sur, se cree que por iniciativa del mismo Colón. Este límite, según la bula se ubicaría a cien leguas al oeste de las islas Azores y de Cabo Verde, quedando el occidente para Fernando e Isabel y el este para el rey de Portugal, Juan II.

A diferencia de las bulas papales a los portugueses, los castellanos sí tuvieron la obligación según el mandato pontificio de catequizar, evangelizar y cristianizar los territorios donados.

Conclusión

Conforme a los cánones eclesiásticos, el Romano Pontífice en su calidad de “pastor universal” encarnaba todo el poder sobre los infieles y sus tierras, por lo que podía disponer de ellas con libertad, otorgándolas a los príncipes cristianos de acuerdo con sus propios intereses y los de la Iglesia.

Como hemos visto, el papa Alejandro VI actuó siempre en favor de sus amigos y por petición expresa de estos, haciendo uso de sus facultades jurídicas universales como Romano Pontífice, aunque bien se sabe que sus bulas no tuvieron un efecto concreto, pues la demarcación planteada por el papa fue luego negociada por Portugal y Castilla, en el Tratado de Tordesillas del 7 de junio de 1494, fijándose a trescientas setenta leguas al oeste de Cabo Verde, pues parece que los territorios del Brasil ya habían sido descubiertos por navegantes y exploradores lusitanos. Este Tratado a su vez buscó el beneplácito del papa.

El fundamento jurídico de la demarcación fue ignorado por los reinos de Francia e Inglaterra, pues ambos desconocían la autoridad papal en asuntos temporales.

En conclusión, las bulas de demarcación emitidas por Alejandro VI en el siglo XV constituyen un hito crucial en la configuración del ordenamiento jurídico y territorial global durante la era de los descubrimientos. Estos documentos no solo reflejan la ambición de las potencias europeas, como España y Portugal, por expandir sus dominios, sino también el papel central de la autoridad papal en la validación y legitimación de estas expansiones. Al otorgar a los Reyes Católicos el derecho sobre las nuevas tierras descubiertas y establecer una línea divisoria que regulaba los intereses entre las coronas ibéricas, Alejandro VI consolidó el papel de la Iglesia en la colonización y evangelización del Nuevo Mundo. Este acto no solo marcó el inicio de una nueva fase en la historia de las relaciones internacionales, sino que también reforzó la supremacía del poder papal sobre las cuestiones temporales y territoriales, delineando un modelo que influiría en la configuración política y religiosa de los siglos venideros.

Bibliografía

Resumen y comentarios del artículo “Las Bulas Alejandrinas: Detonantes de la evangelización en el Nuevo Mundo” de María de Lourdes Bejarano Almada. Revista de El Colegio de San Luis. Nueva época. año VI, número 12. julio a diciembre de 2016.

P.A

García