SACERDOTE: EL QUE DA LO SAGRADO
Hoy todo se sitúa en un horizonte puramente
intramundano, sin referencia a la trascendencia. Ya no se vive coram Deo,
ante la presencia de Dios. Y cuando Dios deja de ocupar un lugar en la vida de
los hombres, también el sacerdote parece perder su razón de ser. Si supuestamente
“Dios ha muerto”, entonces ya para qué los sacerdotes.
El padre Javier Obón, sacerdote español
misionero en Ayacucho, solía decir en sus predicaciones que el cristiano debe
ser distinto, pero no distante. Con esta expresión hacía alusión a la novedad
del mensaje evangélico en un mundo que con frecuencia vive lejos de Dios. Si
esto se espera de todo cristiano, con mayor razón debe esperarse de los
sacerdotes, que son pastores y guías del rebaño de Dios. El sacerdote debe ser
distinto del común denominador de los hombres; solo así su presencia y su
ministerio podrán ser verdaderamente significativos y fecundos. Debe ser
distinto, pero no distante.
Esta
distinción sacerdotal —ese ser distinto de los demás—, precisamente porque
acerca a Dios y remite a lo sobrenatural, forma parte esencial de su identidad.
En la medida en que los sacerdotes sean reconocibles en medio del mundo, en que
su presencia sea fácilmente identificable por ser distinta, se mantendrá en la
sociedad ese signo que remite a Dios, una presencia que por sí misma puede
interpelar y mover el interior de los corazones. En este sentido ilumina
aquella conocida anécdota atribuida al “pobre de Asís”: en cierta ocasión
invitó a sus hermanos a salir a evangelizar por la ciudad y, tras recorrer las
calles en silencio, regresaron al convento. Uno de ellos le preguntó por qué no
habían pronunciado ni una sola palabra. Francisco respondió destacando que la
sola presencia de sus frailes había sido ya una predicación viva y eficaz.
Ante esta realidad surge una pregunta
fundamental: ¿cuál es el lugar del sacerdote en el mundo actual? La
respuesta es clara: ser un hombre de Dios y del Espíritu. El sacerdote está
llamado a hacer posible la intersección entre la línea horizontal de lo humano
y la línea vertical de lo divino. Su vida debe ser un grito sereno, pero
elocuente, de la presencia de Dios en el mundo. El sacerdote está llamado a ser
testigo de Dios y a reclamar su lugar —el lugar de Dios— en la vida de los
hombres.
Sin embargo, la cuestión de Dios sigue siendo
problemática para la conciencia contemporánea. Dios aparece hoy como una
posibilidad entre muchas otras, casi como un vecino que vive al lado, pero a
quien pocos conocen realmente. En verdad, Dios nunca ha sido plenamente
evidente para la conciencia humana. Al respecto, la figura y el apostolado
sacerdotal llama a despertar la conciencia ante lo sobrenatural.
En este contexto, la vida apostólica
sacerdotal encuentra su primer desafío: afirmar la presencia y la realidad
de Dios en el mundo, en medio de una comprensión predominantemente
científica de la realidad. Reducir toda explicación a la ciencia matemática se
ha convertido en una especie de imagen dogmática del mundo contemporáneo. Sin
embargo, ni la ciencia ni la estética pueden demostrar o refutar la existencia
de Dios. Por ello, la via creationis, el camino de la creación, continúa
abierta. Basta abrir los ojos y contemplar la belleza y la armonía del mundo
creado.
De aquí surge una pregunta decisiva: ¿puede
el sacerdote seguir transmitiendo la fe hoy? Su tarea consiste en expresar
la verdad de la fe con formas nuevas y audaces, desarrollando un lenguaje
religioso y teológico capaz de dialogar con el mundo actual, sin renunciar a la
verdad que supera modas e ideologías: la verdad de Jesucristo. Para este gran propósito,
una sencillo lema: Dios y audacia.
Este desafío se comprende mejor si observamos
el contexto cultural contemporáneo. La secularización y el pluralismo social y
cultural son expresión madura del principio moderno de autonomía y
subjetividad. La modernidad no ha conducido inevitablemente a la desaparición
de la religión, sino a un contexto en el que esta se vive de maneras diferentes
a las del pasado, dentro de un marco plural. La religiosidad no ha
desaparecido; más bien se ha transformado.
Dios ha perdido su hegemonía cultural, no
tanto por el secularismo ateo, sino por el pluralismo de opciones y propuestas.
Cada persona decide en qué creer. No es que hoy se crea menos; en muchos casos
se cree más, pero la pregunta sigue siendo: ¿en qué se cree? En todo y en
nada a la vez.
De hecho, la sociología de la religión
reconoce un cierto retorno de lo religioso, visible en las preguntas sobre el
sentido de la vida y el destino de la humanidad. Esta sed de espiritualidad es
un signo de los tiempos en el que la Iglesia está llamada a trabajar. Sin
embargo, muchas veces falta acompañamiento espiritual, en parte debido a la
escasez de vocaciones sacerdotales. Estamos ante un mundo que vaga, como oveja
sin pastor.
En el fondo, lo contrario de la fe no es
simplemente la duda, sino la increencia y la injusticia. Por eso adquiere
particular fuerza la conocida afirmación de Karl Rahner: «El cristiano del
mañana será un místico o no será». De ahí la importancia de una verdadera
mistagogía, es decir, de conducir a las personas a una auténtica experiencia de
Dios.
En definitiva, el cristianismo consiste en el
encuentro con una persona: Jesucristo, como recuerda Joseph Ratzinger. Antes de
que el hombre busque a Dios, es Dios quien ha salido en busca del hombre. “Él
nos amó primero”, dice san Pablo. El papel del sacerdote es precisamente
facilitar ese encuentro entre los hombres y Jesús.
El sacerdote está llamado a transparentar a
Jesucristo de Nazaret, el Hijo de Dios, que murió por nosotros para salvarnos
de la muerte eterna.
Por eso, los seminaristas y sacerdotes de hoy
tienen una tarea fundamental: afianzar su fe y responder con generosidad al
llamado de Dios, centrándose en lo verdaderamente importante. No deben
apartarse tanto del mundo como para ignorarlo, pero tampoco deben intentar
agradarlo en todo.
Se cuenta que un seminarista preguntó una vez
a san Alberto Hurtado en qué debía especializarse dentro de los estudios
teológicos. La respuesta del santo jesuita fue contundente: «Especialízate
en Jesucristo».
En el fondo, esa es la tarea esencial de todo
sacerdote y de todo seminarista: especializarse en Jesucristo.

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