domingo, 15 de febrero de 2026

El lugar del sacerdote en un mundo sin evidencia de Dios

SACERDOTE: EL QUE DA LO SAGRADO


Dios sigue llamando a hombres para que se consagren a su servicio. Actualmente existen más de 400.000 sacerdotes católicos en todo el mundo y cerca de 5.500 obispos. Sin embargo, se percibe con claridad que hacen falta más sacerdotes, y esta percepción no es infundada. ¿Qué está sucediendo entonces? Dios continúa llamando, pero cada vez son menos los hombres dispuestos a responder. La crisis del sacerdocio es, en el fondo, una crisis de fe.

Hoy todo se sitúa en un horizonte puramente intramundano, sin referencia a la trascendencia. Ya no se vive coram Deo, ante la presencia de Dios. Y cuando Dios deja de ocupar un lugar en la vida de los hombres, también el sacerdote parece perder su razón de ser. Si supuestamente “Dios ha muerto”, entonces ya para qué los sacerdotes.

El padre Javier Obón, sacerdote español misionero en Ayacucho, solía decir en sus predicaciones que el cristiano debe ser distinto, pero no distante. Con esta expresión hacía alusión a la novedad del mensaje evangélico en un mundo que con frecuencia vive lejos de Dios. Si esto se espera de todo cristiano, con mayor razón debe esperarse de los sacerdotes, que son pastores y guías del rebaño de Dios. El sacerdote debe ser distinto del común denominador de los hombres; solo así su presencia y su ministerio podrán ser verdaderamente significativos y fecundos. Debe ser distinto, pero no distante.

Esta distinción sacerdotal —ese ser distinto de los demás—, precisamente porque acerca a Dios y remite a lo sobrenatural, forma parte esencial de su identidad. En la medida en que los sacerdotes sean reconocibles en medio del mundo, en que su presencia sea fácilmente identificable por ser distinta, se mantendrá en la sociedad ese signo que remite a Dios, una presencia que por sí misma puede interpelar y mover el interior de los corazones. En este sentido ilumina aquella conocida anécdota atribuida al “pobre de Asís”: en cierta ocasión invitó a sus hermanos a salir a evangelizar por la ciudad y, tras recorrer las calles en silencio, regresaron al convento. Uno de ellos le preguntó por qué no habían pronunciado ni una sola palabra. Francisco respondió destacando que la sola presencia de sus frailes había sido ya una predicación viva y eficaz.

Ante esta realidad surge una pregunta fundamental: ¿cuál es el lugar del sacerdote en el mundo actual? La respuesta es clara: ser un hombre de Dios y del Espíritu. El sacerdote está llamado a hacer posible la intersección entre la línea horizontal de lo humano y la línea vertical de lo divino. Su vida debe ser un grito sereno, pero elocuente, de la presencia de Dios en el mundo. El sacerdote está llamado a ser testigo de Dios y a reclamar su lugar —el lugar de Dios— en la vida de los hombres.

Sin embargo, la cuestión de Dios sigue siendo problemática para la conciencia contemporánea. Dios aparece hoy como una posibilidad entre muchas otras, casi como un vecino que vive al lado, pero a quien pocos conocen realmente. En verdad, Dios nunca ha sido plenamente evidente para la conciencia humana. Al respecto, la figura y el apostolado sacerdotal llama a despertar la conciencia ante lo sobrenatural.

En este contexto, la vida apostólica sacerdotal encuentra su primer desafío: afirmar la presencia y la realidad de Dios en el mundo, en medio de una comprensión predominantemente científica de la realidad. Reducir toda explicación a la ciencia matemática se ha convertido en una especie de imagen dogmática del mundo contemporáneo. Sin embargo, ni la ciencia ni la estética pueden demostrar o refutar la existencia de Dios. Por ello, la via creationis, el camino de la creación, continúa abierta. Basta abrir los ojos y contemplar la belleza y la armonía del mundo creado.

De aquí surge una pregunta decisiva: ¿puede el sacerdote seguir transmitiendo la fe hoy? Su tarea consiste en expresar la verdad de la fe con formas nuevas y audaces, desarrollando un lenguaje religioso y teológico capaz de dialogar con el mundo actual, sin renunciar a la verdad que supera modas e ideologías: la verdad de Jesucristo. Para este gran propósito, una sencillo lema: Dios y audacia.

Este desafío se comprende mejor si observamos el contexto cultural contemporáneo. La secularización y el pluralismo social y cultural son expresión madura del principio moderno de autonomía y subjetividad. La modernidad no ha conducido inevitablemente a la desaparición de la religión, sino a un contexto en el que esta se vive de maneras diferentes a las del pasado, dentro de un marco plural. La religiosidad no ha desaparecido; más bien se ha transformado.

Dios ha perdido su hegemonía cultural, no tanto por el secularismo ateo, sino por el pluralismo de opciones y propuestas. Cada persona decide en qué creer. No es que hoy se crea menos; en muchos casos se cree más, pero la pregunta sigue siendo: ¿en qué se cree? En todo y en nada a la vez.

De hecho, la sociología de la religión reconoce un cierto retorno de lo religioso, visible en las preguntas sobre el sentido de la vida y el destino de la humanidad. Esta sed de espiritualidad es un signo de los tiempos en el que la Iglesia está llamada a trabajar. Sin embargo, muchas veces falta acompañamiento espiritual, en parte debido a la escasez de vocaciones sacerdotales. Estamos ante un mundo que vaga, como oveja sin pastor.

En el fondo, lo contrario de la fe no es simplemente la duda, sino la increencia y la injusticia. Por eso adquiere particular fuerza la conocida afirmación de Karl Rahner: «El cristiano del mañana será un místico o no será». De ahí la importancia de una verdadera mistagogía, es decir, de conducir a las personas a una auténtica experiencia de Dios.

En definitiva, el cristianismo consiste en el encuentro con una persona: Jesucristo, como recuerda Joseph Ratzinger. Antes de que el hombre busque a Dios, es Dios quien ha salido en busca del hombre. “Él nos amó primero”, dice san Pablo. El papel del sacerdote es precisamente facilitar ese encuentro entre los hombres y Jesús.

El sacerdote está llamado a transparentar a Jesucristo de Nazaret, el Hijo de Dios, que murió por nosotros para salvarnos de la muerte eterna.

Por eso, los seminaristas y sacerdotes de hoy tienen una tarea fundamental: afianzar su fe y responder con generosidad al llamado de Dios, centrándose en lo verdaderamente importante. No deben apartarse tanto del mundo como para ignorarlo, pero tampoco deben intentar agradarlo en todo.

Se cuenta que un seminarista preguntó una vez a san Alberto Hurtado en qué debía especializarse dentro de los estudios teológicos. La respuesta del santo jesuita fue contundente: «Especialízate en Jesucristo».

En el fondo, esa es la tarea esencial de todo sacerdote y de todo seminarista: especializarse en Jesucristo.

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