sábado, 28 de febrero de 2026

La prédica de Dios; una anécdota seminarística

“NO TE HAGAS SUPOSICIONES”

En una ocasión fuimos invitados a participar de una misa en la novena al Señor de la Divina Misericordia, en la que los parroquianos anfitriones oraban por nuestro seminario. Asistimos dos seminaristas y un sacerdote formador. Como la capilla quedaba cerca del seminario, decidimos ir caminando y, durante el trayecto, presenciamos cómo un auto golpeó en la cadera a un pequeño perrito que paseaba con sus amos y al cual se le ocurrió cruzar la calle sin mirar a los lados para ver si venía algún carro. Nosotros escuchamos el golpe y los chillidos de dolor del canino; volteamos a ver y se notaba que había quedado descaderado. Los dueños de la mascota, sin poder hacer mucho por aliviar su dolor, lo tomaron en brazos, y nosotros seguimos el recorrido conversando hasta llegar a la capilla, donde ya rezaban el santo rosario y nos esperaban.

En la secretaría parroquial saludamos a la encargada de atender. Yo la conocía de otra parroquia, donde habíamos coincidido: yo como seminarista de pastoral y ella como secretaria. Parece que se le da bien el trabajo, pues se dedica a ello a tiempo completo y donde sea, o donde se la necesite.

La susodicha secretaria parroquial no tardó en informarnos que había un sacerdote invitado para celebrar la misa y que esperaban únicamente la presencia de dos seminaristas para acolitar, pero no la de otro sacerdote. Sin embargo, añadió que, si el padre formador deseaba, podía quedarse y concelebrar. Este, un tanto acalorado por su innecesaria presencia, preguntó quién oficiaría la misa y, al ser mencionado tal padrecito, se desanimó por completo, pues aquel venerable anciano tenía por costumbre predicar cerca de una hora, es decir, casi sesenta minutos de discurso sagrado, algo que él no estaba dispuesto a sufrir. Aunque le suplicamos casi con lágrimas en los ojos que se quedara, prefirió dejarnos en el lugar y regresar él solo al seminario. Por un momento se planteó la posibilidad de pedirle al padre celebrante que le dejara predicar al formador, pero, llenos de prejuicios y miedos, dicha idea nunca le fue manifestada.

Mi hermano seminarista y yo, un tanto desanimados también, porque sabíamos lo que nos esperaba, fuimos resignados a la pequeña sacristía. Allí estaba el padre: bajito, gordito, de abundantes canas, con aparatos en las orejas para escuchar mejor; un cura que rondaba por toda la arquidiócesis allí donde se le solicitaba, pues, emérito ya por la vejez, no tenía cargo eclesiástico fijo.

Nos revestimos el alba, nos ceñimos el cíngulo y, luego de la monición de entrada, salimos al altar con el padre. Genuflexión al sagrario, venia al altar y empezó el santo sacrificio de la misa.

El padre tuvo serios problemas para encontrar la página de los ritos iniciales en el Misal Romano. Yo miré a mi compañero como diciéndole con los ojos que le ayudara a ubicarse, pero este -petrificado por la incomodidad de tal situación- no se movió, por lo que fui en ayuda del sacerdote.

Rezada la oración colecta, nadie subió al ambón a leer, así que lo hice yo mismo. Además, éramos los invitados en aquella ocasión. Después de proclamar el salmo y mientras se cantaba el aleluya, llevé el librito al padre, quien me preguntó en qué año de formación me encontraba y, al enterarse de que estaba a punto de salir del seminario, me pidió que por favor yo mismo leyera el santo evangelio, que “él me delegaba para eso”. Accedí con una sonrisa en el rostro, por lo inesperado del evento. Era el pasaje de los discípulos de Emaús que san Lucas relata tan vehementemente.

Concluida la lectura, hice ademán de llevarle el micrófono y el leccionario para que el padre se guiara en la que sabíamos sería una larguísima predicación; pero, ¡oh sorpresa!, el padrecito me pidió que por favor yo mismo predicara, “delegándome” nuevamente para ejercer este sagrado oficio. Mi hermano seminarista y yo cruzamos la mirada, como diciendo: “¿Qué está pasando aquí?”, pero a la vez tomándolo con humor y alegría. Era una auténtica sorpresa o, mejor dicho, una bofetada de Dios a nuestros pálidos rostros sonrojados de prejuicios y suposiciones.

Prediqué con toda la pasión de mi alma. No voy a escribir aquí lo que dije, pero lo recuerdo bien. Yo, con el micrófono en la mano y desde el ambón, con el discurso encendido, solo veía los rostros de los feligreses asintiendo de vez en cuando a mis palabras, lo mismo que el padre sentado en la sede, con una sonrisa bondadosa.

No conforme con pedirme que leyera el santo evangelio y luego encargarme la predicación, el padre me puso a dar la comunión y, para finalizar, me dijo: “Trabaja completo”, y me entregó el acetre y el hisopo para asperjar con agua bendita a los presentes. Yo, para mis adentros, no dejaba de sentirme avergonzado por lo que en un principio habíamos pensado de aquel padrecito y por lo que supuestamente soportaríamos.

Esa fue la prédica de Dios, que nos pide abandonarnos con confianza en Él. El Señor nos pide tener paciencia con todos, pero especialmente con los ancianos, los niños y todo aquel que represente vulnerabilidad. Jesús, nuestro hermano y Señor, nos pide ser mansos y humildes como Él. Nunca olvidaré esta prédica de Dios.

¿Qué hubiese sucedido si el padre formador le pedía a este anciano cura que le dejara predicar? O simplemente, ¿qué habría pasado si se hubiese quedado en la misa, concelebrando, a merced de lo que el celebrante principal le dejara hacer en la liturgia? Los caminos de Dios son perfectos, extraños y, a veces, difíciles de predecir, pero traen paz al alma.

Creo que todo pasó según el plan de Dios. La lección fue grande y esperemos que la moraleja sirva a todo aquel que hasta aquí haya acompañado con la lectura: "no te hagas suposiciones". 

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