“NO TE HAGAS SUPOSICIONES”
En una ocasión fuimos invitados a participar de una misa en la
novena al Señor de la Divina Misericordia, en la que los parroquianos
anfitriones oraban por nuestro seminario. Asistimos dos seminaristas y un
sacerdote formador. Como la capilla quedaba cerca del seminario, decidimos ir
caminando y, durante el trayecto, presenciamos cómo un auto golpeó en la cadera
a un pequeño perrito que paseaba con sus amos y al cual se le ocurrió cruzar la
calle sin mirar a los lados para ver si venía algún carro. Nosotros escuchamos
el golpe y los chillidos de dolor del canino; volteamos a ver y se notaba que
había quedado descaderado. Los dueños de la mascota, sin poder hacer mucho por
aliviar su dolor, lo tomaron en brazos, y nosotros seguimos el recorrido
conversando hasta llegar a la capilla, donde ya rezaban el santo rosario y nos
esperaban.
En la secretaría parroquial saludamos a la encargada de atender. Yo la conocía de otra parroquia, donde habíamos coincidido: yo como seminarista de pastoral y ella como secretaria. Parece que se le da bien el trabajo, pues se dedica a ello a tiempo completo y donde sea, o donde se la necesite.
La susodicha secretaria parroquial no tardó en informarnos que
había un sacerdote invitado para celebrar la misa y que esperaban únicamente la
presencia de dos seminaristas para acolitar, pero no la de otro sacerdote. Sin
embargo, añadió que, si el padre formador deseaba, podía quedarse y
concelebrar. Este, un tanto acalorado por su innecesaria presencia, preguntó
quién oficiaría la misa y, al ser mencionado tal padrecito, se desanimó por
completo, pues aquel venerable anciano tenía por costumbre predicar cerca de
una hora, es decir, casi sesenta minutos de discurso sagrado, algo que él no
estaba dispuesto a sufrir. Aunque le suplicamos casi con lágrimas en los ojos
que se quedara, prefirió dejarnos en el lugar y regresar él solo al seminario.
Por un momento se planteó la posibilidad de pedirle al padre celebrante que le
dejara predicar al formador, pero, llenos de prejuicios y miedos, dicha idea
nunca le fue manifestada.
Mi hermano seminarista y yo, un tanto desanimados también, porque
sabíamos lo que nos esperaba, fuimos resignados a la pequeña sacristía. Allí
estaba el padre: bajito, gordito, de abundantes canas, con aparatos en las
orejas para escuchar mejor; un cura que rondaba por toda la arquidiócesis allí
donde se le solicitaba, pues, emérito ya por la vejez, no tenía cargo
eclesiástico fijo.
Nos revestimos el alba, nos ceñimos el cíngulo y, luego de la
monición de entrada, salimos al altar con el padre. Genuflexión al sagrario,
venia al altar y empezó el santo sacrificio de la misa.
El padre tuvo serios problemas para encontrar la página de los
ritos iniciales en el Misal Romano. Yo miré a mi compañero como diciéndole con
los ojos que le ayudara a ubicarse, pero este -petrificado por la incomodidad
de tal situación- no se movió, por lo que fui en ayuda del sacerdote.
Rezada la oración colecta, nadie subió al ambón a leer, así que
lo hice yo mismo. Además, éramos los invitados en aquella ocasión. Después de
proclamar el salmo y mientras se cantaba el aleluya, llevé el librito al padre,
quien me preguntó en qué año de formación me encontraba y, al enterarse de que
estaba a punto de salir del seminario, me pidió que por favor yo mismo leyera
el santo evangelio, que “él me delegaba para eso”. Accedí con una sonrisa en el
rostro, por lo inesperado del evento. Era el pasaje de los discípulos de Emaús
que san Lucas relata tan vehementemente.
Concluida la lectura, hice ademán de llevarle el micrófono y el
leccionario para que el padre se guiara en la que sabíamos sería una larguísima
predicación; pero, ¡oh sorpresa!, el padrecito me pidió que por favor yo mismo
predicara, “delegándome” nuevamente para ejercer este sagrado oficio. Mi
hermano seminarista y yo cruzamos la mirada, como diciendo: “¿Qué está pasando
aquí?”, pero a la vez tomándolo con humor y alegría. Era una auténtica sorpresa
o, mejor dicho, una bofetada de Dios a nuestros pálidos rostros sonrojados de
prejuicios y suposiciones.
Prediqué con toda la pasión de mi alma. No voy a escribir aquí lo
que dije, pero lo recuerdo bien. Yo, con el micrófono en la mano y desde el
ambón, con el discurso encendido, solo veía los rostros de los feligreses
asintiendo de vez en cuando a mis palabras, lo mismo que el padre sentado en la
sede, con una sonrisa bondadosa.
No conforme con pedirme que leyera el santo evangelio y luego
encargarme la predicación, el padre me puso a dar la comunión y, para
finalizar, me dijo: “Trabaja completo”, y me entregó el acetre y el hisopo para
asperjar con agua bendita a los presentes. Yo, para mis adentros, no dejaba de
sentirme avergonzado por lo que en un principio habíamos pensado de aquel
padrecito y por lo que supuestamente soportaríamos.
Esa fue la prédica de Dios, que nos pide abandonarnos con
confianza en Él. El Señor nos pide tener paciencia con todos, pero
especialmente con los ancianos, los niños y todo aquel que represente
vulnerabilidad. Jesús, nuestro hermano y Señor, nos pide ser mansos y humildes
como Él. Nunca olvidaré esta prédica de Dios.
¿Qué hubiese sucedido si el padre formador le pedía a este anciano
cura que le dejara predicar? O simplemente, ¿qué habría pasado si se hubiese
quedado en la misa, concelebrando, a merced de lo que el celebrante principal
le dejara hacer en la liturgia? Los caminos de Dios son perfectos, extraños y,
a veces, difíciles de predecir, pero traen paz al alma.
Creo que todo pasó según el plan de Dios. La lección fue grande y esperemos que la moraleja sirva a todo aquel que hasta aquí haya acompañado con la lectura: "no te hagas suposiciones".

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