FORMACIÓN
INTEGRAL DEL SACERDOTE DIOCESANO
CAPÍTULO
I
INTRODUCCIÓN
En la existencia de la Iglesia Católica, en especial de nuestra Arquidiócesis
de Mérida, el tema de la formación sacerdotal ha sido llevado con especial
ahínco por los diferentes Pastores que se han preocupado por los sacerdotes que
guían a su pueblo, sobre todo si conocemos los problemas por los que pasó
nuestra Iglesia particular entre los años 1913-1916, bajo el pontificado de
Mons. Silva García primer Arzobispo de Mérida, donde el presbiterio sufrió el
escándalo de contar con sacerdotes de mala reputación, hecho que desangró la
honorable labor de la Iglesia, así como la estima del portador de la mitra
emeritense para su época.
Se requieren sacerdotes
que sepan desenvolverse en la cotidianidad del Pueblo de Dios, como verdaderos
Pastores y Maestros, acompañantes espirituales y sobre todo santificadores con
los dones que de Dios han recibido gratuitamente y los cuales obligados se ven
a suministrarlos gratuitamente. Para esta labor de formación sacerdotal la
Iglesia ha contado con la opinión de innumerables santos que a lo largo de los
siglos se han ido impregnando en el carácter mismo de los dispensadores de las
gracias de Dios. Esto es algo muy complejo, que amerita de una seriedad que la
distinga de cualquier otra labor
apostólica. Es necesario reconocer que esta formación sacerdotal aprecia
muy variados y complejos aspectos de los cuales hablaremos con sencillez y a
modo de resumen en este breve trabajo.
El presente trabajo,
sobre la formación integral del sacerdote diocesano, se ve impulsado por el
deseo de dar a conocer que la formación de los futuros sacerdotes debe estar
enmarcada por una serie de criterios específicos, sin los cuales no podría
darse la óptima formación que la Iglesia reclama para los hombres dedicados al
servicio de Dios y del pueblo en lo que se refiere a Dios.
En la actualidad existe
una carencia de información y formación acerca de este importante tema en las
casas de estudios eclesiásticos o Seminarios, y consecuencia de esto son la
gran cantidad de escándalos de toda índole que cometen los presbíteros una vez
ordenados o algún tiempo después de ello, pues han sido preparados y formados
con deficiencias y sin duda les hace falta conocer, asimilar y poner en
práctica las ideas que expresan los libros citados para la realización de esta
monografía, los cuales a su vez, en la medida que se van dando, han venido
perfeccionando esta labor minuciosa de la Iglesia para con sus sacerdotes.
Se tiene como principal
objetivo de este trabajo, presentar para la “formación sacerdotal” del
Seminario Arquidiocesano San Buenaventura de Mérida las áreas de formación
necesarias, éstas son la opinión que la Iglesia en su Magisterio plantea para
el éxito de la misión evangelizadora. Así como también explicar el verdadero
sentido de las áreas de formación, teniendo en cuenta que son 5 a saber:
formación espiritual, formación humana, formación comunitaria, formación
intelectual, formación pastoral, éstas cinco no llevan un orden de importancia,
al contrario, todas son necesarias y se complementan unas con otras, se está
hablando entonces de “integridad” en la formación.
CAPÍTULO II
FORMACIÓN
ESPIRITUAL
«Todo
Sumo Sacerdote es tomado de entre los hombres y está puesto en favor de los
hombres en lo que se refiere a Dios» (Heb 5, 1).
El futuro sacerdote es un
hombre llamado por Dios, es decir, su misión empieza por medio de un llamado
espiritual, por una experiencia trascendental en la vida de piedad. Dada la
importancia de este primer hecho, iniciamos las áreas de formación con la dimensión
espiritual, siendo ésta la más significativa y tajante para el candidato a las
sagradas órdenes. El joven que desea o aspira al sacerdocio ministerial debe
tener claro que él es protagonista de su propia formación, dejando el espacio
necesario al Espíritu Santo.
Indagando sobre la
primera dimensión, encontramos que para, Maciel. M. (1990) La formación
integral del sacerdote católico:
Se
trata de una formación vivencial más que intelectual. Es la experiencia del
amor: comienza por el amor a Dios y a los hombres, y termina en este mismo amor
fortalecido y perfeccionado: comenzar amando para terminar amando más. Esta
vivencia tiene su centro vital en Cristo y su fuente principal en el Evangelio.
(p.90)
Por su parte, el
Directorio General del Seminario Arquidiocesano San Buenaventura (2011) expresa
que la formación espiritual exige en la vida de los seminaristas una
disciplina, de modo que sean a futuro sacerdotes de fe y oración como lo pide
la Iglesia.
No
puede figurarse un sacerdote sin fe, es algo absurdo, sin embargo, se corre el
riesgo de tenerlos cuando en los seminarios no se le da la debida importancia a
las actividades espirituales, cuando se
le tolera a un formando la falta a las oraciones comunitarias o a la misma
Eucaristía que es el centro y culmen de la vida del cristiano, como nos lo
recuerda el Catecismo de la Iglesia Católica (1997) en su numeral 1324:
La
Eucaristía es fuente y cima de toda la vida cristiana. Los demás sacramentos,
como también todos los misterios eclesiales y las obras de apostolado, están
unidos a la Eucaristía y a ella se ordenan. La sagrada Eucaristía, en efecto,
contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo mismo, nuestra
Pascua. (p. 322)
Con
respecto al trato del seminarista con Jesucristo expresa la Exhortación
Apostólica Postsinodal Pastores Dabo Vobis (1993) de San Juan Pablo II que la
relación del sacerdocio con Jesucristo, y en Él con su Iglesia, — en virtud de
la unción sacramental — se sitúa en el ser y en el obrar del sacerdote, o sea,
en su misión o ministerio. (p. 31)
Espiritualidad
Mariana del futuro sacerdote
Debemos tener presente
que, como lo formula el Catecismo de la Iglesia Católica (1997), “lo que la fe
católica cree acerca de María se funda en lo que cree acerca de Cristo, pero lo
que enseña sobre María ilumina a su vez la fe en Cristo” (p.118)
Dentro de la vida
espiritual del futuro sacerdote hay un espacio que en la mayoría de los casos
ha llevado a mediocres a la santidad de vida recomendada por Cristo, es la
siempre victoriosa devoción mariana, ese amor filial a la Madre de Dios que es
madre nuestra también. Cuando un seminarista acostumbra en sus años de
formación el piadosísimo rezo del Santo Rosario, está forjando su alma con la
de María la llena de gracia, está uniendo toda su vida espiritual con la que no
tiene pecado alguno, de esa cercanía a María, la Santísima Virgen se recogen
frutos abundantes y bendiciones de parte de Dios, porque Ella es el camino más
rápido hacia Jesús su Hijo.
Nos recomienda San
Josemaría Escrivá de Balaguer, Surco (474), que “el Santo Rosario es eficacísimo
para los que emplean como arma la inteligencia y el estudio. Porque esa
aparente monotonía de niños con su Madre, al implorar a Nuestra Señora, va
destruyendo todo germen de vanagloria y de orgullo”.
También es muy de alabar
que los seminaristas tengan una advocación personal a la cual dirigir sus
oraciones, que tengan una imagen de la Virgen en sus habitaciones, para que
sientan como María está siempre presente en medio de sus días de configuración
con Cristo Buen Pastor.
Imposible es un sacerdote
sin fe y sin devoción a la Madre de Dios. Además de todas las actividades
espirituales, es recomendable que las festividades que la liturgia de la
Iglesia nos presenta acerca de la Virgen María, sean realizadas en los
seminarios con especial desarrollo, de modo que favorezca a la reflexión sobre
los misterios de la fe y de la vida de María Santísima. Si María es la Madre
Cristo, y el sacerdote es alter Christus,
otro Cristo, entonces el sacerdote es otro hijo de María, pero unido a ella con
especial filiación.
La Pastores Dabo Vobis (1993)
aporta su grano de arena en la formación del sacerdote y lo descubre de manera
especial cuando hace referencia a la espiritualidad mariana, en la que expresa
que:
Cada
aspecto de la formación sacerdotal puede referirse a María como la persona
humana que mejor que nadie ha correspondido a la vocación de Dios; que se ha
hecho sierva y discípula de la Palabra hasta concebir en su corazón y en su
carne al Verbo hecho hombre para darlo a la humanidad; que ha sido llamada a la
educación del único y eterno Sacerdote, dócil y sumiso a su autoridad materna.
Con su ejemplo y mediante su intercesión, la Virgen santísima sigue vigilando
el desarrollo de las vocaciones y de la vida sacerdotal en la Iglesia. (p. 155)
FORMACIÓN
HUMANA
En esta dimensión,
según el Directorio General del Seminario Arquidiocesano San Buenaventura (2011)
se exige que:
Los
candidatos deben ser ante todo hombres equilibrados psicológicamente, con
firmeza de voluntad, notable configuración humana, disciplinados, afectivamente
maduros, sensibles ante el sufrimiento humano, promotores de la fraternidad y
la amistad sincera, capaz de identificarse consigo mismo y con los demás.
En este interesante campo
de la formación, el seminarista debe aprender a ser humano, y con esto debe ser
un auténtico cristiano que sepa promover, en medio de su vida, el equilibrio
necesario para sobrellevar de manera adecuada la convivencia comunitaria a la
que está obligado, pues intrínsecamente unida a la vocación sacerdotal y
cristiana se encuentra la vida comunitaria que solo es posible desde lo humano,
por consiguiente se hace necesario comprender que a ejemplo del pueblo escogido
por Dios, Israel, deben ser también las comunidades cristianas, y el Seminario
es un campo hermosísimo para implementar lo que la misma Palabra de Dios
contiene con respecto a la fraternidad y a la comunidad de fe, regida siempre por
el amor como Jesús lo enseñó.
El seminarista, siempre
con la ayuda de sus superiores siendo el más idóneo su Director Espiritual,
debe superar todas las dificultades que en este campo de “lo humano” acontece.
Para que esto se lleve a cabo se parte de la transparencia y sinceridad que el
formando debe expresar a su guía, de manera que éste le pueda orientar
adecuadamente, porque si bien vemos es difícil que un doctor haga un
diagnóstico de un paciente que no le exprese con precisión los síntomas que
posee, y peor aún, le puede quitar la vida si éste miente con respecto a su
estado de salud, pues le puede aplicar una operación de corazón abierto cuando
en realidad lo que está fallando en él son los riñones, por poner un ejemplo.
Analicemos ahora una
situación con respecto a la formación humana del seminarista.
El Seminario
Arquidiocesano San Buenaventura de Mérida, es una comunidad de personas, en su
mayoría hombres, que viven en común, dentro de una misma estructura a la cual
se le puede llamar casa de formación sacerdotal. Estos hombres dirigen sus
vidas hacia una misma meta temporal, el sacerdocio. Teniendo en cuenta que los
superiores de la casa ya han logrado la meta, estos están allí para guiar y
acompañar a los formandos en el camino de ocho o nueve años antes de ser
ordenados presbíteros, que no sería el fin de la carrera, sino el comienzo de
una vocación social.
En este grupo de personas,
a la cual se puede denominar “sociedad”, por la gran diversidad de edades,
culturas, costumbres, educación, entre otros, se dan fenómenos que pueden ser
analizados con el método sociológico. En esta oportunidad se a indagará un
hecho muy particular y que debe llamar
la atención a todos: la formalidad en el vestir de los formandos. El buen
vestir que se debe interpretar como identificación para lo que se está
preparando. Hay que tener en cuenta que se considera este fenómeno como hecho
social porque afecta de manera general a una institución educativa (el
Seminario) y una institución religiosa como lo es la Iglesia Católica.
Como hipótesis tenemos
que, todos aquellos que se están preparando para una misión (profesión) tan
importante como lo es el sacerdocio, deben ir habituando en sus vidas una
manera específica de vestir, desde el principio de la estructuración del orden
sacerdotal se ha considerado muy importante la identificación de los candidatos
o de los mismos sacerdotes de entre todos los demás, pues como en toda
profesión, es necesaria la identificación: los doctores con sus batas, los
ingenieros con su casco, los bomberos con sus impermeables, los abogados con
sus trajes, los sacerdotes con sus sotanas o traje clerical.
Encontramos que, dentro
de las normativas propias del Seminario, esta pequeña sociedad pluricultural,
no es obligatorio para los formandos vestir la sotana todo el día, sin embargo,
por parte de los superiores de la casa se han hecho repetidas llamadas de
atención con respecto a la formalidad en el vestir de los formandos,
exhortándose en que es necesario que vistan de una forma específica al menos en
la capilla y ocasiones especiales, es decir, se exige el uso de camisas y no
franelas, pantalones y no monos deportivos ni bermudas ni shorts, zapatos y no
botas deportivas ni sandalias. Ahora nos cuestionamos ¿Por qué en la totalidad
de la casa de formación no se ha acatado a esta norma? ¿Cuáles con las causas
de ello? ¿Existe alguna solución?
La respuesta de una gran
mayoría de formandos ha sido negativa ante la exigencia de los formadores y
exigencia también de la misma formación y vocación, ya que diariamente se
encuentran formandos con franelas deportivas en las celebraciones eucarísticas,
y peor aún la ropa con la que frecuentemente hacen el deporte en el campo de
juego, la usan también para dirigir la oraciones comunitarias, lectio divina,
laudes, intermedias, vísperas y completas. Debemos considerar esta actitud
social como un hecho anormal, pues lo normal sería que la norma se cumpliera al
igual que cuando se exige la levantada a una hora específica, o tal vez cuando
se suspenden las actividades académicas. Especifiquemos ahora unas posibles
causas ante dichos resultados.
Tengamos en cuenta que,
en primer lugar, la mayoría de los formandos están dentro de lo que se denomina
la juventud, etapa en la cual todos se dejan llevar por lo exterior, por las
modas, por lo que dictan las masas, por el mundo, por los caprichos, no podemos
estampar la juventud como moralmente buena o mala, lo que si se debe traer al
asunto es el abuso de las posibilidades que ésta permite.
En segundo lugar, se
encuentra que no todos los formandos obtuvieron una misma formación familiar o
educativa (escuelas, liceos, seminarios menores) esto es clave necesaria en la
personalidad de un individuo, sobre todo cuando en la familia hay quienes
enseñen el buen vestir, abuelos, tíos, padres, madres, vecinos, no como
sacrificio para ser aceptado por el mundo de la madurez, sino como norma de
vida, como sana virtud viril. Sin embargo está de más aclarar que no en todos
los tiempos la manera de vestir ha sido la que se platea hoy en día, al
contario, parece que una generación se burla de la anterior en cuestiones de
moda, costumbres, creencias.
Tengamos presente que
estas exigencias van siempre orientadas a responder las necesidades que nos
reclama la actualidad, la sociedad sedienta de signos y señales, una sociedad
totalmente centrada en los sentidos.
En tercer lugar se debe
aclarar que los formandos son natos de diferentes regiones del país
(Venezuela), donde la multiplicidad en el clima también juega un papel decisivo
en el vestir y el comportarse, imposible sería exigir a las personas de la zona
calurosa (El Vigía, Machiques, la zona sur del Lago de Maracaibo) que vistiesen
en su tierra suéteres, trajes formales, camisas manga larga, de igual modo a
las personas de la zona fría (los andes venezolanos, Táchira, Mérida y
Trujillo) exigir que vistiesen franelillas, pantalones cortos entre otros.
En cuarto lugar se debe reconocer que, en lo
que se refiere a la comodidad de la persona, es más propicio no vestir
formalmente, pues una ropa cómoda facilitaría el caminar, el estudio, la
oración entre otras actividades rutinarias del Seminario, por ejemplo son
muchos los formandos que no toleran estar en zapatos de vestir un día completo,
sienten que van a perder los pies, esto sin duda alguna hay que tomarlo en
consideración, pero no está de más recalcar que en la formación de hábitos es
necesario el sacrificio y la constancia, perseverar en lo que se desea
alcanzar.
En el quinto punto se
podría ubicar el factor económico, sabiendo que
es más fácil encontrar y adquirir ropa deportiva que ropa formal, esta
última suele ser costosa y difícil de asimilar en los jóvenes.
Como sexto punto se tiene
que, en los sacerdotes, tampoco es muy común el uso de sotana o traje clerical,
esto desmaya de cierta manera a los formandos, o les dan ocasión para vestir de
la manera que les satisfaga, cayendo en el error a veces de estar totalmente
desubicados en actos protocolares, reuniones, celebraciones litúrgicas, etc.
Se ubica en séptimo
lugar, y no menos importante, la conciencia de cada formando, entendiendo ésta
como el impulso a obrar el bien, el amor por la vocación, el claro
discernimiento y el claro reconocimiento de que la vocación (profesión) me pide
la renuncia de muchas otras, o de que una cosa me exige otras pequeñas cosas
que son evidentemente necesarias para lograr el objetivo final tal y como es.
Dichos factores formulan
una conclusión ya asomada en el mismo planteamiento del hecho social, estas
dirigen su objetivo a que se refuerce el problema que tratamos, pues analizando
y sintetizando todos estos posibles factores se tiene como resultado la falta a
una normativa y la desorientación de los formandos en cuanto a sus hábitos y
costumbres o identificación con la específica vocación sacerdotal, es decir, un
fenómeno anormal causado por circunstancias muy normales dentro de la formación
humana.
En la voz del pueblo, lo único que no tiene compensación
es la muerte, y lógicamente es así, es por ello que se ve una posible solución
a esta carencia en la formación del seminario de Mérida. Cómo puede darse
solución a esto, comenzamos con el ejemplo que deben dar los sacerdotes
formadores, los superiores de la casa, porque al ellos llevar su sotana o traje
eclesiástico están facilitando credibilidad a lo que invitan y son un patrón a
duplicar, el formando encontrará en quien basarse para cumplir con la
normativa, su formador, que debe ser su amigo, una persona en quien confiar y a
quien imitar en lo bueno; otra factible motivación puede ser, brindar formación
e información a los formandos con respecto al uso de su distintivo como
sacerdotes, o en el caso de seminaristas al uso de ropa formal, que donde se
ponga de pie, se note que es un alma consagrada a Dios, que lleva una vida
ordenada y recta y así puede ser eficaz instrumento de evangelización,
interiorizando que el hábito no hace al monje, pero si lo distingue y lo libra de cometer actos
que van en contra de su perspectiva moral o legal.
Se culmina este análisis de una realidad indiscutible,
sin hacer énfasis en lo que respecta a las prendas de vestir que deberían
usarse por debajo de la sotana, comprendiéndose estas en: zapatos negros,
medias negras, pantalón negro y camisa manga larga blanca.
No se puede generalizar la negatividad del fenómeno
analizado, ya que es evidente de que sí existen individuos que mantienen un
hábito de buen vestir, de formalidad y cortesía que son un paso a la
caballerosidad y demuestran así su formación humana, al igual que los superiores,
estos sirven de ejemplo y motivación para todos aquellos que por diversas
circunstancias no acatan la norma o simplemente por rebeldía piensan ser la
excepción de la unidad y uniformidad a la que están llamados todos los
cristianos y muy especialmente los sacerdotes, dando origen de esta forma a un
hecho social totalmente anormal. Al que mucho se le da, mucho se le exige.
Ahora detengámonos
brevemente en lo psicológico de la formación humana, reconociendo que esta
ciencia (Psicología) es necesaria para lograr el objetivo que en el principio
se trazó.
Por el estudio y la sana
aplicación de la psicología, se puede comprender mejor al ser humano, pues éste
a lo largo de su complejo desarrollo psicosocial experimenta una serie de
etapas o estados, los cuales dejan en la mayoría de las personas unas
fijaciones, que a su vez son las que nos dictan un certero diagnóstico con
respecto a la etapa que más difícil le ha sido al individuo en su desarrollo
como persona, como miembro de una sociedad.
Éstas etapas que, son
impecablemente desarrolladas de modo más amplio por el psicólogo Erik Erikson,
deben ser conocidas por todo el equipo formador del Seminario, pues solo así
ellos responsablemente actuarán en la formación de los futuros sacerdotes, pues
fácilmente en una de las tantas “crisis vocacionales” que azotan a los jóvenes
seminaristas se puede dar el caso de la inmediata expulsión, sin comprender el
porqué de las actitudes juzgadas y sin saber que muchas veces el joven actúa en
relación a la etapa que está viviendo, (adolescencia y o juventud) y si no se
conoce la razón de sus comportamientos y actitudes se le puede hacer mucho daño
al determinar opiniones o decisiones sobre él.
FORMACIÓN
COMUNITARIA
Es común escuchar
en los formandos que la vida comunitaria se vive solo en su etapa de formación
en el seminario, que después de ordenados tendrán una vida solitaria y sin
nadie quien los moleste, esto no es así, pues la Iglesia siempre ha sostenido,
en la predicación de los sucesores de los Apósteles que, el presbiterio es también
una comunidad de hermanos donde deben convivir y ayudarse mutuamente.
Los
formadores del seminario siempre repiten que, como son las actitudes como
seminaristas, así mismo serán como sacerdotes, esto se puede interpretar
positivamente, o sea que si se esfuerzan los seminaristas por llevar su etapa
de formación con valores como la hermandad, honestidad, sinceridad y
disponibilidad se está garantizando un presbiterio a modo del colegio
apostólico y a ejemplo de las primeras comunidades cristianas, que lo tenían
todo en común.
En
el caso particular que concierne a este trabajo, es decir, la formación
integral del sacerdote “diocesano”, el campo de la formación comunitaria debe
ser visto en relación al fin mismo del ministerio sacerdotal, el cual generalmente
se va a desempeñar en un delimitado espacio eclesial que es la Parroquia.
Las
parroquias, que son la jurisdicción espiritual de un determinado territorio,
son la “comunidad” a la cual se dirige el sacerdote diocesano con especial
carisma, es por eso que en sus años de formación debe aprender a convivir en su
comunidad de seminario, ésta se le puede convertir desde la mejor perspectiva
cristiana en su “pequeña parroquia” a la que debe servir con humildad, más que
mandar autoritariamente.
Volviendo
al Seminario, se encuentra que en la vida de comunidad que abarca las 24 horas
del día, se debe trabajar en la santificación del tiempo, que a bien de los
seminaristas presenta el horario de la Casa de Formación, entendiéndose por
santificación como aquella sobrenatural disposición del seminarista por hacer
siempre lo máximo que pueda y dando siempre lo mejor de sí. Por su parte en
este tema de la santificación del tiempo, el Concilio Plenario de Venezuela
(2006) nos dice que:
Para
el cristiano, el tiempo es la categoría en que se realiza la salvación.
Santificar el tiempo es, fundamentalmente, dedicarlo al servicio de Dios,
convirtiéndolo en instrumento de comunicación y de dialogo con Él, para hacer
posible su acción salvadora en la historia y en la vida de los hombres. De ahí
el motivo por el que la Iglesia ha instituido el año litúrgico, y por el que
nos exhorta a llenar el tiempo con la oración constante, de tal modo que cada
actividad humana esté penetrada por la gracia. (p. 275)
Para
llevar a cabo esa santificación del tiempo, a la que anima el Concilio Plenario
de Venezuela hace falta poner en práctica unos valores concretos que permitan
clarificar esa piadosa labor, por su parte el Directorio General del Seminario Arquidiocesano
San Buenaventura (2011) los expresa de la siguiente manera:
Solidarios,
comprometidos, hospitalarios, serviciales, respetuosos, comprensivos, actitud
para la reconciliación y coherentes en su obrar. La vida comunitaria en la
formación del presbítero diocesano viene muchas veces interpelada, se cree es
una realidad distante de la que luego se vivirá en el desempeño del ministerio
pastoral. (p. 51)
Un aspecto importante en
el aspecto comunitario, es el deporte en el seminario, este favorece en muchos
sentidos la formación humana y comunitaria del formando, lo anima a esforzarse
por logar metas temporales y le ayuda a distraer un poco su mente del clima
académico que invade todos los rincones del seminario.
Pero es recomendable que,
cuando el horario de un seminario se vea interrumpido por cualquier actividad
extraordinaria, sea el tiempo del deporte el que se aplique para suplir los
momentos de estudio u oración.
FORMACIÓN
INTELECTUAL
Muchos de los seminaristas,
en su proceso de formación no le dan importancia al campo académico, pues
sostienen que dichos estudios no le serán útiles para sus futuras labores
pastorales, donde su principal objetivo es comprender a la gente, sus
problemas, atenderles y dirigir sus vidas hacia un encuentro personal con Dios,
sin embargo, los estudios en el proceso de formación son de gran importancia y
deben hacerse con el mayor esfuerzo y responsabilidad, pues de eso dependerá su
ministerio sacerdotal.
Si un seminarista no
estudia, por ejemplo, las Sagradas Escrituras, claro está que no conocerá al
Señor, pues como dice san Jerónimo, Padre de la Iglesia, el desconocimiento de
las Escrituras es el desconocimiento de Dios.
Discutiendo sobre este
atrayente tema de la formación intelectual se topa que para el Directorio
General del Seminario Arquidiocesano San Buenaventura (2011):
Dentro
del proceso de formación integral, es necesario un adecuado cultivo del aspecto
intelectual que les favorecerá en el ministerio sacerdotal en cuanto ser
teológicamente competentes, poseedores de la recta doctrina, hombres de
criterios sólidos, estudiosos, actualizados, promotores de la cultura. (p. 53)
En
relación a lo que se ha venido planteando, se demuestra también lo que el Santo
Padre Francisco ha expuesto en su Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium (La
alegría del Evangelio) con referente a la formación intelectual del sacerdote, específicamente en la
predicación. Expresa la Evangelii Gaudium (2013) que en la homilía:
Algunos
creen que pueden ser buenos predicadores por saber lo que tienen que decir,
pero descuidan el cómo, la forma
concreta de desarrollar una predicación. Se quejan cuando los demás no los
escuchan o no los valoran, pero quizás no se han empeñado en buscar la forma
adecuada de presentar el mensaje. (p. 142)
Acompañando estas ideas
sobre la formación intelectual del sacerdote diocesano, el Concilio Plenario de
Venezuela (2006) en su desafío 205 para con los seminarios expresa que “El
seminario procurará tanto una formación intelectual seria que tenga en cuenta
el conocimiento de la realidad personal y social, como la adquisición de un
hábito de estudio, de disciplina y orden, que garantice una buena formación
permanente”
Si desde el inicio de la
formación, es decir, desde el curso introductorio no se inculca en el joven el
hábito de la lectura, no se darán resultados de superación en el campo
intelectual, porque como lo indican los profesores del Seminario, con el hábito
de la lectura se van perfeccionando en el formando su vocabulario y su
capacidad de análisis y redacción, al igual que su manera de expresarse en
público y soltura en exposiciones o intervenciones. La lectura constituye entonces una pieza fundamental
en el proceso de formación, es la clave del éxito, por decirlo de algún modo.
En el seminario debe
existir una sana competencia intelectual, que haga favorable este aspecto de la
formación. Esta sana competencia intelectual se explica en relación al
entusiasmo que los alumnos manifiesten por las clases, los trabajos, exámenes e
incluso por el mejoramiento de sus aulas, lugar donde reciben toda la sabiduría
del mundo, el templo del saber.
FORMACIÓN
PASTORAL
En
este aspecto de la formación del sacerdote, el ámbito pastoral, al igual que
los otros ya mencionados, es de vital importancia, porque no se puede tener
sacerdotes que recién ordenados permanezcan ajenos a las realidades pastorales
en las que está inmerso el Pueblo de Dios. En la formación pastoral se le da la
oportunidad al seminarista de ir habituándose a lo que será en un futuro su
campo de trabajo, viéndolo desde la perspectiva espiritual, es decir, como el
servicio que prestan al pueblo en nombre de Dios, pues bien se sabe que un
sacerdote no es un funcionario que “trabaja” por un “salario”, sino un hombre
que se ha dado todo para todos, lejos de esto nada.
En
la formación pastoral el seminarista ha de aprender todo lo que su encargado de
pastoral le pueda facilitar, este encargado de pastoral es el nombrado por el
Ordinario del lugar al igual que cada uno de los sacerdotes a los cuales se les
ha destinado, sus parroquias, sus lugares donde llevan a cabo su ministerio
sacerdotal.
En
este aspecto de la formación pastoral del futuro sacerdote diocesano, el
Directorio General del Seminario Arquidiocesano San Buenaventura (2011) plantea
que:
Todas
las demás dimensiones encuentran sentido en la formación pastoral y esto se
determina principalmente porque es el lugar y el campo de trabajo donde los
futuros presbíteros de manera práctica asimilan cuanto han aprendido en los
años de formación. (p.54)
El Concilio Plenario de Venezuela
(2006) nos manifiesta que:
A lo
largo de su formación el seminarista va adquiriendo los rasgos de Jesús Buen
Pastor, en el trato asiduo con Jesús en la oración y la Eucaristía, en la
escucha de la palabra de Dios, la conversión, la práctica de los sacramentos,
el trato con María, la dirección espiritual y las diversas experiencias
pastorales. (p. 254)
Los
formadores del Seminario deberían tener en cuenta que el joven recién
ingresado, es decir, los que cursan el año introductorio y los años de
filosofía no están realmente preparados para afrontar una exigencia pastoral
como lo es la predicación, es por eso
que se recomienda esencialmente que antes de ser enviados a lugares donde deban
dirigir el mensaje del Evangelio a otros, sean preparados con talleres u otros
métodos que faciliten el aprendizaje de dicha labor, la cual es la que determina
el éxito mismo de una misión o actividad pastoral. Para esto también debe
existir un interés por parte del formando, que lo anime a aprovechar todo lo
que el equipo les facilita, hasta las mismas predicaciones de las misas comunes
del seminario son importantes que sean escuchadas con atención por los
seminaristas, y más aún que sean bien preparadas por los sacerdotes
celebrantes, porque como lo hemos expresado anteriormente, el ejemplo puede más
que las palabras.
En
fin, la pastoral es el campo al que el formando se está preparando, es más, se
podría afirmar que la pastoral que da el sentido del sacerdocio, pues para que
un hombre se hace sacerdote si no es para servir al Pueblo de Dios.
Es muy laudable que en
los momentos de vacaciones, el seminarista tenga la iniciativa de presentarse
en su parroquia de origen, para ponerse a disposición del Párroco, de manera
que en este tiempo de descanso pueda también ejercer actividades que le ayuden
en su formación pastoral, pues allí el seminarista tendrá el contacto necesario
con la feligresía que le demostrará las exigencias de la actualidad con
respecto al anuncio del Evangelio.
CAPÍTULO
III
CONCLUSIÓN
Al
culminar esta monografía dedicada a la formación integral del sacerdote
diocesano, se concluye afirmando que el éxito de una formación de jóvenes para
el ministerio sacerdotal tiene su origen en el pleno conocimiento y eficaz
aplicación de todo lo que la Iglesia ha escrito y opinado acerca de esta
importante misión. La formación sacerdotal es una labor apostólica muy
delicada, la cual exige necesariamente la santificación en las cosas ordinarias
de la rutina del Seminario. Los formadores deben ser los primeros amigos y
compañeros de los seminaristas, su función es guiar, levantar, acompañar a los
jóvenes, no ser sus enemigos y no pasar sus días haciendo todo lo posible por
expulsarlos de una casa en donde tranquilamente caben todos, claro está, esta
casa está llamada a la uniformidad y a la verdadera configuración con Cristo
Sumo y Eterno Sacerdote, modelo perfecto del sacerdote.
San
Juan María Vianney (Patrono de los Sacerdotes), ruega por nosotros.
REFERENCIAS
BIBLIOGRÁFICAS
Arquidiócesis de Mérida (2011). Directorio General del Seminario Arquidiocesano
San Buenaventura. Mérida,
Venezuela: Directorio Arquidiocesano.
Concilio Plenario de Venezuela (2006). Documento Conciliar Nº 10: La Celebración de
los misterios de la fe. Caracas, Venezuela: San Pablo
De Brouwer, D. (2009). Biblia de Jerusalén. Nueva Edición totalmente revisada. Bilbao,
España: Desclée De Brouwer.
Francisco (2013). Exhortación
Apostólica Postsinodal: Evangelii Gaudium (El anuncio del Evangelio en el mundo
actual). Caracas, Venezuela: Paulinas.
Marcial. M. (1990). La formación integral del sacerdote católico. Madrid, España: Biblioteca
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San Juan Pablo II (1993). Exhortación Apostólica: Pastores Dabo Vobis. Caracas, Venezuela:
Tripode.
San Juan Pablo II (1997) Catecismo de la Iglesia Católica. Caracas, Venezuela: Tripode.
San Josemaría Escrivá. (1965) Surco. Madrid, España: Rialp
ORACIÓN
POR LA VOCACIONES
Jesús, Buen
Pastor, que viniste a dar vida y a
entregarla vida, faltan
pastores que den vida y
entreguen la vida
como Tú.
Haz que de
nuestras familias, comunidades, grupos
y colegios, surjan
muchachos y muchachas que
respondan
generosamente a tu invitación de
seguirte como
religiosos, religiosas y sacerdotes.
Renueva la
fidelidad de los consagrados: obispos,
sacerdotes y
misioneros. Concede la gracia de la
perseverancia a
formandos y seminaristas.
Que la Virgen de
Coromoto, estrella de la Nueva
evangelización,
guíe nuestro caminar de discípulos
misioneros e
interceda por nuestra Arquidiócesis.
Que así sea.
Pastoral
Vocacional Diócesis de Machiques
(Adaptación de
Pedro García)
ORACIÓN
FINAL DE LA EVANGELII GAUDIUM
Virgen y Madre
María,
tú que, movida por
el Espíritu,
acogiste al Verbo
de la vida
en la profundidad
de tu humilde fe,
totalmente
entregada al Eterno,
ayúdanos a decir
nuestro “sí”
ante la urgencia,
más imperiosa que nunca,
de hacer resonar
la Buena Noticia de Jesús.
Tú, llena de la
presencia de Cristo,
llevaste la
alegría a Juan el Bautista,
haciéndolo exultar
en el seno de su madre.
Tú, estremecida de
gozo,
cantaste las
maravillas del Señor.
Tú, que estuviste
plantada ante la cruz
con una fe
inquebrantable
y recibiste el
alegre consuelo de la resurrección,
recogiste a los
discípulos en la espera del Espíritu
para que naciera
la Iglesia evangelizadora.
Consíguenos ahora un nuevo ardor de
resucitados
para llevar a
todos el Evangelio de la vida
que vence a la
muerte.
Danos la santa
audacia de buscar nuevos caminos
para que llegue a
todos
el don de la
belleza que no se apaga.
Tú, Virgen de la
escucha y la contemplación,
madre del amor,
esposa de las bodas eternas,
intercede por la
Iglesia, de la cual eres el icono purísimo,
para que ella
nunca se encierre ni detenga
en su pasión por
instaurar el Reino.
Estrella de la nueva evangelización,
ayúdanos
P.A
García