viernes, 18 de abril de 2025

Desde San Pedro de Huacaña, Sucre, Ayacucho

Reflexión del Viernes Santo 2025

Me llama profundamente la atención la primera lectura del Oficio de Lectura de este Viernes Santo, tomada del capítulo 3 del libro de las Lamentaciones, versículos del 1 al 33. En este pasaje se describe, de manera cruda y dolorosa, un sufrimiento que prefigura claramente la pasión del Señor. Se relata un proceso de humillación y aflicción tan intenso que parece llevar a la muerte y al abandono absoluto por parte de Dios. Sin embargo, el texto concluye con una poderosa afirmación: la fidelidad del Señor es grande y no abandona a nadie.

Esta lectura, por tanto, se puede aplicar en primer lugar a la vida del mismo Cristo, especialmente en su camino al Calvario. Él, siendo Dios, conocía las Escrituras, las profecías y la voluntad del Padre, y sabía que no sería abandonado. Su sufrimiento y humillación fueron reales, pero también lo fue su certeza de que Dios Padre lo acompañaba hasta el momento mismo de la cruz.

La fidelidad de Dios es inquebrantable. Al final del pasaje, las Lamentaciones proclaman que el amor del Señor es inmenso, y es ese mismo amor el que rescata a su siervo. Jesucristo murió en la cruz —y eso es lo que recordamos hoy, Viernes Santo— pero también resucitó, venciendo la muerte gracias al amor del Padre. Ese amor que Jesús predicó, que enseñó con sus palabras y obras, no defrauda. Fue ese amor el que lo rescató de la muerte y por eso, con alegría, celebramos su gloriosa resurrección el Domingo.

Pero esta lectura no solo nos habla de Cristo, sino también de cada uno de nosotros. En nuestras propias vidas, cuando sufrimos, cuando el camino se hace oscuro o incomprensible, cuando sentimos que no podemos más, debemos recordar que Dios no nos abandona. Es precisamente cuando más dolor sentimos que más fuertemente Dios nos toma de la mano. Me gusta repetir siempre que aún no ha nacido el primer desamparado de Dios. El Señor no se complace en castigar ni en afligir al ser humano; todo lo contrario: se goza en su vida, en su redención, en su salvación.

Hoy, al meditar la pasión de Jesucristo, pongamos también nuestras vidas ante la cruz. Muchas veces, nuestro día a día se asemeja a un calvario: lleno de caídas, humillaciones y tropiezos. Pero, así como Cristo cayó y se levantó, también nosotros estamos llamados a levantarnos una y otra vez —ya sea por el pecado o por las circunstancias de un mundo que se aleja de Dios y rechaza a quienes quieren seguirle fielmente.

La segunda lectura del Oficio también es profundamente rica. Se trata de un fragmento de las catequesis de san Juan Crisóstomo, en el que reflexiona sobre el poder de la sangre de Cristo. Alude a Moisés y al pasaje del Éxodo que leímos el Jueves Santo, donde se indicaba rociar con la sangre del cordero las jambas y el dintel de las puertas para que el ángel exterminador pasara de largo. Esa sangre era figura del verdadero Cordero: Jesucristo.

En la Eucaristía, al elevar el pan consagrado decimos: “Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”, tal como lo proclamó san Juan Bautista al ver a Jesús en el Jordán. Esa sangre tiene poder. San Juan Crisóstomo afirma que, si el ángel del mal pasaba de largo al ver la sangre del cordero en las casas, cuánto más se apartará si ve en nosotros la sangre del verdadero Cordero.

Hoy no rociamos puertas con sangre, pero nuestros labios son las nuevas puertas. Al recibir la Eucaristía —muchas veces bajo las dos especies: el Cuerpo y la Sangre de Cristo— nos unimos al misterio de la salvación. El mismo evangelista san Juan recuerda que Jesús dijo: “El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna; permanece en mí y yo en él”.

Muchos fieles, especialmente en este tiempo de misiones, expresan el deseo profundo de recibir a Jesús en la Eucaristía. Hay quienes no pueden comulgar por distintas razones, y eso les causa un verdadero sufrimiento. Aunque sabemos que el Señor perdona y acoge a todos, la Iglesia —en su sabiduría— nos enseña que es necesaria una mínima disposición para recibir el Cuerpo del Señor dignamente, como lo recuerda san Pablo: para no comer nuestra propia condenación.

También me conmueve otra enseñanza de san Juan Crisóstomo: que la Iglesia nace del costado abierto de Cristo. Cuando el soldado traspasa su costado, brotan sangre y agua: signos de la Eucaristía y del Bautismo. Estos dos sacramentos, junto con los demás, son la base de nuestra fe. Del costado de Cristo no solo brota vida, sino que se edifica la Iglesia. Así lo afirma también el Catecismo de la Iglesia Católica.

Reflexionaba sobre esto hace poco en clase de Eclesiología: decir que la Iglesia “nace” del costado abierto de Cristo no es negar su formación anterior. Al contrario, el nacimiento presupone una gestación. Jesús formó una comunidad, eligió a los Doce, instituyó la Eucaristía y el sacerdocio en la Última Cena. Todo eso fue preparando el nacimiento visible de la Iglesia, que se manifiesta plenamente desde el costado de Cristo en la cruz.

Por eso, este Viernes Santo es un día para agradecer profundamente a Dios por la Eucaristía, por los sacramentos y por su Iglesia, que es madre y maestra, que nos acoge y nos guía en la fe.

Meditemos, pues, en estas dos lecturas del Oficio del Viernes Santo: la de las Lamentaciones, que nos muestra el dolor humano y la fidelidad de Dios; y la de san Juan Crisóstomo, que nos habla del poder de la sangre del Cordero y del nacimiento de la Iglesia.

Vivamos este día santo con humildad, paciencia y auténtico espíritu cristiano, dispuestos a recibir todo lo que Dios quiera regalarnos.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.



martes, 15 de abril de 2025

Los pobres son sacramento de Cristo

Los pobres son sacramento de Cristo

         La tradición de la Iglesia ha reconocido constantemente en los pobres un signo privilegiado de la presencia del Señor. San Pablo VI, en su homilía durante la misa para los campesinos en Colombia (23 de agosto de 1968), afirmaba con fuerza: “El sacramento de la Eucaristía nos ofrece su escondida presencia, viva y real; vosotros sois también un sacramento, es decir, una imagen sagrada del Señor en el mundo, un reflejo que representa y no esconde su rostro humano y divino. […] Toda la tradición de la Iglesia reconoce en los pobres el sacramento de Cristo, no ciertamente idéntico a la realidad de la Eucaristía, pero sí en perfecta correspondencia analógica y mística con ella”.

En la misma línea, Benedicto XVI recuerda que Jesús se identifica con los pobres y necesitados —hambrientos, sedientos, forasteros, desnudos, enfermos y encarcelados—, de modo que “cada vez que lo hicisteis con uno de estos mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis” (Mt 25,40). Así, como enseña Deus caritas est (n. 15), el amor a Dios y el amor al prójimo se funden inseparablemente: en el más humilde encontramos a Cristo mismo, y en Cristo descubrimos el rostro de Dios.

No hay duda, servir a los pobres es servir a Dios mismo, ellos son la imagen viva del Dios vivo que se encarnó pobre en Belén. Los pobres son, como afirma san Pablo VI, el sacramento de Cristo, dicho de otra manera, la pobreza es el mejor signo de Dios, como lo recuerda Benedicto XVI, cuando afirma que el ángel dio a los pastores una señal: hallarían a un niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre. Se trataba de un signo de identificación, algo que podían constatar externamente con sus propios ojos. Sin embargo, no era una ‘señal’ en el sentido de una manifestación evidente de la gloria divina que revelara, sin lugar a dudas, que aquel niño era el Señor del mundo. Más bien, se trataba de un signo paradójico: la verdadera señal es la pobreza de Dios, que se oculta en la humildad del pesebre. Para los pastores, que ya habían contemplado el resplandor divino en los campos, este signo era suficiente, pues les permitía mirar desde la fe interior. Así reconocen que lo anunciado por el ángel es verdadero y, llenos de gozo, regresan dando gloria y alabanza a Dios por lo que han visto y oído (cf. Lc 2,20)[1].

De este modo, la pobreza, lejos de ser únicamente una condición social, se revela en la fe como un signo teológico: en ella resplandece el misterio de un Dios que se hace cercano en la humildad de Belén y que sigue manifestándose en el rostro de los pobres. Reconocer en ellos el sacramento de Cristo no significa idealizar la miseria, sino acoger el llamado evangélico a descubrir en los más pequeños la presencia misma del Señor y, en consecuencia, a servirlos con amor efectivo. Así, la comunión entre Eucaristía y caridad se hace inseparable: en el altar contemplamos el Cuerpo entregado de Cristo, y en los pobres encontramos ese mismo Cuerpo que interpela nuestra fe y orienta nuestra vida hacia la verdadera gloria de Dios, la que se oculta en la pobreza y se revela en el amor.

En definitiva, la señal-sacramento más auténtica del Mesías es, en efecto, la pobreza concreta y real. El Cristo del Evangelio se presenta como un Mesías pobre y solidario con los pobres, en clara contraposición a las expectativas alienadas de un mesianismo de poder y gloria que los hombres tantas veces han proyectado[2].

La mujer anónima de Betania reconoce en Jesús al auténtico pobre. En ese momento (de la Pasión que se avecina), Cristo aparece como el pobre por excelencia, el sacramento del Dios-pobre: rechazado por los poderosos, abandonado por la multitud, traicionado por uno de sus amigos, incomprendido por sus discípulos, sumido en la soledad, desprovisto de seguidores, de poder, de éxito y de apoyo alguno[3].

Los pobres son sacramento de Cristo porque, a diferencia de quienes se aferran a sus seguridades, ellos están dispuestos a entrar sin demora en el Reino, abandonando lo poco que poseen para seguir con generosidad a Jesús. Su corazón, generalmente libre y disponible, los convierte en verdaderos privilegiados, pues en medio de sus carencias y abandonos resplandece ya el germen de la resurrección. En esta misma línea, san Juan Crisóstomo exhorta: ‘Por esto, cuando veáis un pobre creyente, recordad que ante vuestros ojos tenéis un altar digno de respeto, no de desprecio’[4], los pobres son sacramento y altar de Cristo.

El justo Job hace de sí mismo una apología que refleja maravillosamente este respeto sobrenatural del pobre (29, 12-17): “Porque yo salvaba al pobre que pedía auxilio y al huérfano privado de ayuda. El desesperado me hacía llegar su bendición, y yo alegraba el corazón de la viuda. Me había revestido de justicia, y ella me cubría, mi rectitud era como un manto y un turbante. Yo era ojos para el ciego y pies para el lisiado, era un padre para los indigentes y examinaba a fondo el caso del desconocido. Rompía las mandíbulas del injusto y le hacía soltar la presa de sus dientes.”

El papa León XIV nos recuerda que, para san Agustín de Hipona, los pobres son un verdadero sacramento de Cristo[5], es decir, una presencia visible y concreta del Señor en medio de nosotros. No se trata solo de personas a las que debemos ayudar por compasión o justicia social, sino de hermanos en los que Cristo mismo se hace presente y nos interpela.

Por eso, todos los que han decidido seguir al Señor y servirle deben comprender que la forma más auténtica de hacerlo es sirviendo al pobre y al necesitado. Así lo entendieron y vivieron tantos santos y santas de nuestra Iglesia, que descubrieron en cada rostro doliente, en cada herida y en cada mirada sufriente, el rostro mismo de Jesús.

Servir al pobre, entonces, no es una obra secundaria o periférica, sino el lugar privilegiado del encuentro con Dios. En el amor concreto al necesitado, el discípulo toca la carne de Cristo y deja que su corazón sea transformado por la misericordia. Porque quien se inclina ante el pobre, se inclina ante Cristo; y quien lo ignora, corre el riesgo de pasar de largo frente al mismo Señor



[1] BENEDICTO XVI, (2012), La infancia de Jesús, Planeta, p.50.

[2] BOFF, C., y PIXLEY, J., (1986), Opción por los pobres, Paulinas, p. 128.

[3] PRONZATO, A., (1984), Un cristiano comienza a leer el evangelio de Marcos III, Sígueme, p. 19.

[4] TILLARD, J. M., (1968), La salvación misterio de pobreza, Sígueme, pp.41-44.

[5] DILEXI TE, n° 44.