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domingo, 18 de octubre de 2026

El Señor de los Milagros: imagen de Dios, luz que guía y compromiso de vida cristiana

AL CÉSAR LO QUE ES DEL CÉSAR

Queridos hermanos y hermanas, en este domingo cuando el Señor nos da la hermosa oportunidad de contemplarle en su imagen, en la devoción al Señor de los Milagros, nuestro corazón ha de abocarse en los sentimientos que tuvo el mismo Cristo allí, en el momento de su pasión, de su muerte y de su resurrección, y también en tantos episodios de la vida del Señor en los que pudo enseñar de una manera maravillosa con su palabra y con su ejemplo.

Y es lo que vemos hoy en el Evangelio de san Mateo. La devoción al Señor de los Milagros, para todos nosotros y de manera muy especial para los miembros de la hermandad, ha de significar ese sentimiento de sentirnos acompañados por Dios, en primer lugar, porque todo aquel que lleva en su corazón la devoción al Señor de los Milagros sabe que Él lo acompaña, lo bendice y le indica el camino a seguir, convirtiéndose entonces esta devoción en, como lo cantábamos al inicio en el himno, el faro que guía, la luz que ilumina, en ese Señor que nos conduce, que nos lleva de la mano por el camino de nuestra vida.

Cuando contemplamos esta imagen, debemos preguntarnos: ¿qué sentimientos llevaron a Cristo para que muriera en la cruz?

Y sabemos que no está solo Él allí. Le acompañan de una manera muy especial el discípulo amado, el discípulo joven, san Juan, y su santísima madre, la Virgen María.

¿En dónde nos identificamos nosotros?

Allí, en esa imagen, es fácil hacerlo. Los varones, en san Juan, el que sigue, el que persevera, el que no se llena de miedo, sino que acompaña a su maestro, incluso en ese momento cruento de la cruz; y las mujeres, en la venerable imagen y en el ejemplo de la santísima Virgen, que supo acompañar en medio del dolor a su hijo Jesucristo.

Pero ese Cristo que contemplamos en la cruz, muerto, pero no derrotado, sino victorioso, es aquel que nos ha enseñado hoy en el Evangelio cómo en nuestra vida debemos identificar las prioridades.

Por eso, cuando a Jesús se le acercan para ponerlo a prueba, aunque parece que le endulzan un poquito con las palabras, con halagos —«Maestro, sabemos que sabes discernir, sabemos que lo haces todo bien»—, para ponerle luego una trampa, Jesús aprovecha esta oportunidad de fariseos y de herodianos para enseñar esto: las prioridades en la vida.

Cuando el Señor indica: «Den al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios», nos está enseñando ciertamente que para todo debemos nosotros responder como humanos, como ciudadanos insertos en esta sociedad, pero, sobre todas las cosas, nuestra primera respuesta, nuestra primera obligación ha de ser con Dios.

Primero Dios y luego el César, digamos, y luego todo lo demás. Pero hay un dato muy particular en este Evangelio del que podemos nosotros fijarnos para meditar con mayor profundidad.

Y es la pregunta que hace Jesús, tratando de responder a la pregunta capciosa de fariseos y herodianos. Tomando la moneda, pregunta: «¿De quién es la imagen y la inscripción?».

Se entiende entonces que Jesús, en el contexto de sus discípulos y de quienes le interrogan, toma una moneda, un denario, aquello que era lo más común para el comercio, para la economía, para el pago de un trabajo en la época. ¿De quién es la efigie, la imagen y la inscripción de esta moneda?

Como era un denario, supieron responderle: «Del César». Y cuando Jesús pregunta de quién es la imagen, nos está entregando también otra gran enseñanza.

Nos recuerda con esto que todos nosotros somos imagen y semejanza de Dios. Por eso, si la moneda tiene la imagen del César, pues den al César lo que es del César. Y si nosotros somos la imagen y la semejanza de Dios, pues debemos entregar nuestra vida a Dios. Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.

Nos está invitando entonces el Señor a llevar una vida santa, a llevar una vida consagrada, para que todo aquel que nos vea sepa decir: «Ese conoce a Jesucristo, ese vive su fe porque la transmite, porque la vive, porque la testimonia».

De una manera muy particular, hoy, con la imagen del Señor de los Milagros, los miembros de la hermandad y todos los devotos, los que llevamos al Señor en nuestro corazón.

Seguir al Señor de los Milagros significa entonces transmitir con nuestra vida, con nuestras obras, esa fe que profesamos en el Señor, sabiendo que lo que Él nos pide lo encontramos en el Evangelio: es hacer el bien, es amar a los hermanos, es transmitir comprensión, bondad, generosidad; que no haya en nosotros, que no exista en nuestro corazón, en nuestras familias, en esta hermandad del Señor de los Milagros, ningún tipo de odio, de rencor.

Que, por el contrario, al mirar la imagen del Crucificado, comprendamos lo que Él vivió incluso hasta el final. Sabemos que Jesús murió perdonando, amando, abriendo el cielo al buen ladrón. Y de esta manera nosotros, sus devotos, nos acercamos un poquito más a Él y nos convertimos de verdad en su imagen, en su semejanza.

Queridos hermanos y hermanas, en este Evangelio, el Señor nos enseña entonces las prioridades de nuestra vida: que lo primero sea Dios y después todo lo demás.

Por eso es muy loable esta devoción al Señor de los Milagros, a su santísima madre en la parte trasera, que acompaña también la veneración a este Cristo poderoso y milagroso, para que nosotros aboquemos nuestra vida en imitar sus virtudes, en comprender su historia, en acercarnos a Él no solo a través de su imagen, sino leyéndole, comprendiéndole y conociéndole de una manera muy especial en las Escrituras, en los Evangelios.

El verdadero devoto del Señor de los Milagros lee las Escrituras, se esfuerza por conocer a Jesús y por comprender que Él lo llevó a dar su vida por nosotros allí, en la cruz. El verdadero devoto del Señor de los Milagros conoce cómo de su costado salió sangre y agua: la sangre y el agua de los sacramentos, donde se derrama la gracia para cada uno de nosotros.

Comprendemos también que esa gracia viene a nosotros de una manera muy particular cuando la buscamos, cuando nos sentimos necesitados de Dios. Y el estar aquí presentes con fe y devoción, y luego en la procesión, dice mucho de esa necesidad que nosotros profesamos de Dios.

Busquemos a Dios con un corazón limpio.

Acerquémonos a la Iglesia todos los días con el corazón deseoso de Dios, buscando al Señor, buscando su paz, deseando de Él sus bendiciones, la fortaleza para nuestra vida, para nuestra familia, porque sabemos que, si tenemos a Dios en el corazón, podemos así superar las dificultades.

El Señor de los Milagros, en este día, nos dé la fortaleza de ser como Él, el faro y la luz que guía esta sociedad tan necesitada de Dios. Y que ese incienso, los que se encargan de venerar al Señor con el incienso, refleje entonces la profunda oración que se eleva al cielo.

«Suba, Señor, mi oración como incienso en tu presencia», nos recuerdan las Sagradas Escrituras.

Que esta devoción sea compromiso, que esta devoción sea oración y sea el testimonio de una vida convertida a los sentimientos de Cristo: sentimientos de humildad, sentimientos de paciencia, de amor y, sobre todo, de caridad para con los más necesitados.

Porque mirar la cruz de Cristo nos ha de recordar también las cruces que llevan nuestros hermanos, los más pobres, los más necesitados.

Démonos con generosidad a los demás.

Busquemos a Jesús y veamos también la imagen de Jesús en todos aquellos que sufren. Demos al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.

Que así sea.

domingo, 20 de septiembre de 2026

Reflexión de la parábola de los trabajadores de la viña.

DIOS LLAMA A TODOS

Queridos hermanos y hermanas:

En este domingo que nos regala el Señor, su Palabra propone para nosotros el mismo dilema que a los trabajadores de esta parábola: ciertamente, tratar de comprender cómo Dios, que es infinitamente bondadoso y misericordioso, propone en su infinita bondad y misericordia tratarnos por igual.

Ciertamente, la parábola que propone Jesús, la de los viñadores, quiere hacernos entender que Dios a todos nos llama.

Es muy común pensar que en la viña del Señor trabajan solo aquellos elegidos, escogidos. Incluso hay citas bíblicas que mueven a pensar esto. En el caso de la vocación sacerdotal o la vocación religiosa, solo unos pocos trabajan en la viña del Señor. Pero la parábola de hoy propone algo distinto y amplía mucho más este llamado de Dios.

Ciertamente, Dios a todos nos llama para que trabajemos en su viña, para que aportemos juntos y construyamos el Reino de justicia y de paz.

Sin embargo, Jesús propone en esta parábola unos espacios o unos tiempos en los que ha llamado a algunos y en los que ha llamado a otros. Dice que este dueño sale al amanecer, a media mañana, al mediodía, al caer la tarde y en la noche. Cinco veces sale a buscar trabajadores.

Y ese es Dios, que se preocupa por sus hijos y sale a nuestro encuentro.

En el salmo responsorial decíamos algo muy hermoso: «Cerca está el Señor de los que lo invocan». Y, en este sentido, nos invita a nosotros, sus hijos, a invocarle, a buscarle, porque cerca está el Señor de los que lo invocan.

Pero el Evangelio quiere completar esta idea y hacernos entender que, antes de que nosotros tengamos alguna iniciativa de buscar a Dios, es el mismo Dios el que viene a nuestro encuentro. Es Dios el que sale, a lo largo de nuestra vida, en la mañana, al mediodía o en la noche, a buscarnos, a contratarnos, a llamarnos, a pedirnos que trabajemos en su viña, que construyamos su Reino.

Esto es un motivo de profunda esperanza, porque en este mundo existen muchas personas que tal vez viven desorientadas, sin saber el porqué de su existencia, o tal vez, en lo que hacen, se sienten insatisfechas.

Hace falta Dios. Hace falta escuchar y ser conscientes de este maravilloso llamado de Dios para trabajar.

Y eso de que unos son llamados en la mañana y otros en la tarde quiere significar ciertamente aquella disponibilidad que podemos tener en nuestra vida para dedicarle al Señor. Algunos toda su vida, todo su tiempo; otros, en espacios menores, porque ciertamente se dedicarán a otras cuestiones: el trabajo, la familia o aquello que quieran desempeñar en la sociedad.

Pero lo cierto es que todos somos necesarios para Dios. Todos somos necesarios y todos recibimos este hermoso llamado a trabajar, a trabajar por la viña del Señor.

Y es el dilema que también nos recuerda la lectura de san Pablo a los Filipenses.

San Pablo se sentía llamado por Dios. Esto es algo indiscutible, pero también quería ya vivir con Cristo. Por eso pensaba que la muerte para él era una ganancia. Y se debatía entonces entre desear su muerte y estar ya con Cristo en la gloria, o quedarse acá, en este mundo, trabajando por el bien de los cristianos.

Utiliza también esta expresión: el trabajar, el hacer.

Y por último concluye el Apóstol que ciertamente es más provechoso, es más necesario, quedarse, evangelizar, ayudar a sus hermanos, conducirlos a Dios a través de ese hermoso apostolado de la evangelización.

San Pablo elige entonces trabajar y, en ese sentido, está respondiendo al llamado de Dios.

«Ven a trabajar a mi viña».

Al igual nosotros, queridos hermanos, cuando somos conscientes de este llamado, no podemos quedarnos de brazos cruzados. No podemos permitir una vida cristiana quieta, como si no tuviésemos nada que hacer o como si Dios no nos hubiese llamado.

No. Por el contrario, el cristiano, cuando es consciente de su llamado desde el bautismo, o desde cualquier momento de la vida en el que el Señor le haga consciente de esto, debe salir a trabajar, construir ese mundo de justicia y de paz y, por sobre todo, de misericordia, que es lo que expresa finalmente en la parábola aquel dueño de la viña.

Al final, cuando encaraba a alguno de los trabajadores que le reprochaba esa bondad, decía: «¿Acaso no puedo ser yo bueno con lo mío?».

Y esas son las palabras de Dios, que a todos nos ama, que a todos nos quiere y que apuesta por la salvación de todos.

Es por eso, queridos hermanos, que en nuestra vida cristiana, en nuestras comunidades cristianas, no deberíamos sentir ningún tipo de recelo o de envidia por aquellos que se suman a la vida de la fe luego de haber vivido de cualquier manera o, digamos, de una manera no cristiana.

Y a veces es muy sencillo verlo y juzgarlo. Aquel o aquella que ha pasado tantos años lejos de la Iglesia y ahora, ya en la ancianidad o en la madurez, quiere venir y hacer lo que no ha hecho desde la juventud.

Pues el Evangelio es claro en esto: Dios a todos nos quiere llamar. A uno habrá llamado en la juventud, a otro en la adultez, a otro en la ancianidad. Pero ese llamado de Dios tiene la misma recompensa para todos: el Reino de los cielos.

Y más misteriosas son aún aquellas palabras con las que concluye la parábola y el Evangelio de hoy: «Los últimos serán los primeros y los primeros serán los últimos».

Allí es donde el sentido de justicia, la justicia humana, digamos, sale más a flor de piel. ¿Cómo es posible que Dios opte primero por aquellos que han llegado más tarde a trabajar y que los que tal vez han llegado más temprano queden al final?

La bondad de Dios, la misericordia de Dios, es ese gran misterio al que el corazón humano debe abrirse para comprender cuánto es su amor por nosotros.

En definitiva, todos estamos llamados a gozar de Dios en el cielo, pero ese gozo en el cielo pasa necesariamente por un trabajo fructífero acá en la tierra.

Nunca es tarde para responder al llamado del Señor. Nunca es tarde para seguirlo.

Sintamos entonces, en este domingo, este hermoso llamado. El Señor nos invita, el Señor sale a nuestro encuentro y quiere que trabajemos por su viña.

El cristiano comprometido con esta vocación no se queda de brazos cruzados y hace todo lo posible por llevar a sus hermanos a la fe y por vivir él mismo una fe auténtica, con la ayuda de Dios, con la fortaleza de Dios.

En todo esto, queridos hermanos y hermanas, nos ayuda la maternal protección de María Santísima, nuestra buena Madre.

Ella fue llamada desde muy jovencita a ser la Madre del Señor y trabajó toda su vida. Desde el pesebre de Belén hasta la cruz en el Calvario, María trabajó por el Reino de los cielos junto a su Hijo.

Como ella, también nosotros, fortalecidos por su protección y por su maternal amor, vayamos al encuentro de los hermanos y trabajemos por este mundo que tanto necesita de cristianos comprometidos con la vida, con la justicia, con la misericordia y con la paz.

Que así sea.

domingo, 6 de septiembre de 2026

Homilía sobre la corrección fraterna

DIOS CORRIGE PORQUE AMA

Queridos hermanos, con la venia del padre William, que me ha pedido compartir con ustedes esta reflexión de la Palabra de Dios.

Veámonos, queridos hermanos, profundamente amados por Dios cuando nos corrige.

Y es que, ciertamente, la corrección fraterna, que es de lo que tratan las lecturas del día de hoy, nace de un corazón que sabe amar.

Nosotros decimos en nuestra vida: «El Señor me pone a prueba, el Señor endereza mi camino, el Señor me corrige en aquello en lo que he fallado, en aquello en lo que pueda estar faltando».

Esa corrección, queridos hermanos y hermanas, proviene del amor misericordioso de Dios, del amor de Dios que ama a sus hijos, porque ciertamente el que ama corrige.

Ahora bien, Jesús, en el Evangelio de hoy, que escuchamos de san Mateo, nos propone como una pequeña metodología para poder corregir al hermano que se equivoca y para no equivocarnos tampoco nosotros en esa corrección.

Y, en primer lugar, es hablar a solas o dialogar, ciertamente, con aquel que vemos que está fallando o nos está haciendo algún tipo de daño.

Ese diálogo es la clave para que la corrección sea cristiana, para que la corrección provenga realmente de un amor nuestro hacia los demás.

Ese diálogo, sin duda alguna, no pretende humillar a nadie. No viene de una actitud de altivez o de soberbia, porque aquel que corrige se cree mejor que el otro que ha fallado.

No, de ninguna manera.

Sabemos que hoy se equivocan unos, mañana nos equivocamos otros. En esta vida cristiana es preciso tener la suficiente humildad para saber que, si yo corrijo hoy, mañana otro me corregirá a mí, porque en esto consiste la vida: en saber recibir la corrección también cuando nosotros nos equivocamos.

El diálogo, entonces, en primer lugar, para acercarnos a aquel que ha fallado: un diálogo sincero, un diálogo sereno que busque realmente el bien de los demás.

Por eso, en la primera lectura del Antiguo Testamento, ya el Señor Dios pone en la misión del profeta advertir, decir allí al malvado, podemos decir ahora, dialogar con el que se equivoca para que pueda corregir esa actitud.

«Si te hace caso», le dice Dios al profeta, «has salvado tu vida y la del hermano. Si no te hace caso, él pierde su vida, pero tú has salvado la tuya».

Es, entonces, un compromiso cristiano. Es una tarea que Dios nos pone a todos nosotros, como sacerdotes, profetas y reyes que somos desde el bautismo: el advertir, el dialogar, el corregir con misericordia a aquel que se equivoca.

Sin duda alguna, esto nos enseña que somos responsables unos de otros.

Ningún cristiano puede decir en este mundo que los demás hagan lo que quieran, con tal que yo cumpla la ley de Dios. Si dice esto, ya no está cumpliendo la ley de Dios, que nos pide ir al encuentro del que se equivoca y corregirle.

Ningún cristiano en este mundo, sin duda alguna, puede decir que está solo y que vive una relación con Dios directa y personal, y que los demás no me interesan.

No, nos equivocamos.

Somos responsables unos de otros desde el amor, desde la caridad.

Y es preciso, entonces, recordar aquella pregunta que hizo Dios en el Génesis a Caín: «¿Dónde está tu hermano?».

Y la respuesta de Caín, una vez que hubo asesinado a su hermano, fue: «¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano?».

Porque había cometido el mal contra Abel. Y resulta que sí, de algún modo somos custodios, somos guardianes unos de otros, porque si nos decimos hermanos es porque venimos de un mismo Padre celestial.

Y esa fraternidad y esa filiación divina es la que nos motiva a preocuparnos y a estar pendientes unos de otros.

Ahora bien, la mejor corrección, que sin duda alguna pasa por el diálogo y por la conversación con el hermano que se equivoca, la mejor corrección es, según la pedagogía de Dios, según como Cristo actuó.

Esto significa dando el ejemplo, porque no puedo yo pretender corregir a otro en lo que yo mismo me equivoco o incluso peor que los demás.

El testimonio, el ejemplo, la vida esforzada en el cumplimiento de los mandamientos de la ley de Dios por amor es la mejor corrección para todos aquellos que se equivocan.

Ese fue el ejemplo que nos dejó Cristo: enseñar con nuestra vida lo que está bien, dejarnos iluminar por la Palabra de Dios para actuar conforme a lo que ella nos invita y, de esa manera, ser testimonio para los demás.

Queridos hermanos y hermanas, tenemos ese gran compromiso, y Jesús nos lo dijo:

«Ustedes son la luz del mundo».

Una luz que ilumina, una luz que da ejemplo, una luz que corrige con misericordia, con caridad, desde el propio testimonio cristiano, para que así no nos convirtamos en aquello que estamos denunciando, para que no pequemos de igual manera en lo que queremos corregir, en lo que pretendemos nosotros aliviar en la comunidad.

Volviendo al Evangelio de hoy, de san Mateo, Jesús indica entonces, cómo no, en primer lugar, un diálogo personal con aquel que se equivoca. Luego, si no te escucha, llama a uno o a dos testigos. Y si finalmente no escucha a la comunidad, dice Jesús en el Evangelio que pueden parecernos palabras muy drásticas: «Considéralo como un pagano o como un publicano».

¿Qué significa esto? ¿Que hay que apartarlo de la comunidad? ¿Que hay que rechazarlo?

No, todo lo contrario.

Los primeros, los privilegiados en la obra de la misericordia de Dios, eran precisamente los pecadores, los publicanos, los paganos.

Si tu hermano no te escucha a la primera, a la segunda, a la tercera, según la reunión de la comunidad, no es la última: apartarlo y rechazarlo. Todo lo contrario: amarlo cada vez más, como Cristo amó y tuvo preferencia por los pobres, por los destruidos, por los pecadores, por los publicanos.

Este es el mensaje de Dios: la misericordia, siempre; el amor, siempre; la corrección cristiana desde la caridad, siempre; y, por sobre todas las cosas, el perdón.

Eso es lo que, sin duda alguna, nos va a garantizar una comunidad cristiana unida, fraterna, que camina junta, que se equivoca, pero que se levanta con el testimonio y con el ejemplo de los santos y de tantas personas que se esfuerzan por cumplir la voluntad de Dios.

San Pablo nos lo dice en la segunda lectura de hoy, en su carta a los Romanos, y se puede resumir en esta frase: ama y haz lo que quieras.

Los mandamientos de la ley de Dios, que son diez; las obras de misericordia espirituales y corporales, que son catorce; y tantas otras ideas que tenemos en nuestra fe para obrar y para demostrar nuestro cariño por Dios y por los demás, se resumen en esto: en el amor.

Por eso san Pablo indica: amar, cumplir la ley entera. Ama y haz lo que quieras. Ama y, de esa manera, corrige a los demás.

Y tengamos también nosotros la suficiente humildad para dejarnos corregir cuando nos equivocamos.

Como decíamos al principio: hoy se equivocan unos, mañana nos equivocamos otros.

Dice Jesús: «El que esté libre de pecado, que lance la primera piedra».

Nuestra fragilidad humana nos enseña a eso: a corregir con paciencia, con misericordia, y a dejarnos corregir también con humildad, con paciencia, porque también somos débiles y nos podemos equivocar.

Queridos hermanos y hermanas, que en todo esto nos ayude la Santísima Virgen María, esa mujer perfecta, esa mujer que no pecó y que entregó su vida a Dios como ejemplo para nosotros.

Como ella, seamos dóciles a la Palabra de Dios. Como ella, seamos humildes servidores unos de otros, para que esta comunidad cristiana se afiance en el amor, en la caridad, en la corrección fraterna.

Que así sea.

 

viernes, 4 de septiembre de 2026

Primera homilía diaconal

 EL VINO NUEVO DE LA ORDENACIÓN


Querido monseñor Luis Alberto; padre rector; padres formadores; hermano en el diaconado; hermanos todos:

La alegría que, sin duda alguna, sentimos en estos momentos, por la ordenación y, sobre todo, por compartir con ustedes esta respuesta vocacional, es una alegría que desearíamos contagiarles y que, de seguro, ustedes perciben; por eso nos acompañan.

Es una alegría que brota de un corazón agradecido.

Hace unas horas estábamos en el programa radial y allí, con las preguntas, ya nos preparaba monseñor para este momento, cuando nos indicó que debíamos compartir un poco nuestra experiencia personal, pero, por supuesto, dejándonos iluminar por la Palabra de Dios.

Y es que allí veíamos cómo todo es don y misericordia del Señor. Nada de esto podemos pensar que se trate de un mérito personal o de un logro.

Algunas de las personas que nos conocen podrán decir: «¡Qué bueno que ya se graduó! ¡Qué bueno que ya es profesional!». Pero no entienden en lo que estamos. Esto es totalmente una gracia, un regalo de Dios: el don de la vocación. Así se llama uno de los documentos de la formación.

Y por eso mi corazón está totalmente agradecido. El Señor confirma su llamada, no nos abandona. Y aquello que, cuando pequeños, era solo una ilusión o incluso un juego —cuando jugábamos a celebrar la misa—, pues ahora vemos que es una reafirmación del llamado de Dios.

El Señor nos ha elegido y, por pura bondad y por pura misericordia, a mi hermano Sixto y a mí nos ha entregado, el día miércoles 2 de septiembre, este hermoso compromiso del Orden Sacerdotal en su primer grado: el Orden de los Diáconos.

Por eso, yo me dejo iluminar también con lo que le está diciendo san Pablo a los corintios, que hemos escuchado en la primera lectura. Les dice a los corintios, pero pareciera que se refiriera a los nuevos ordenados y también a los sacerdotes:

«Que la gente solo vea en ustedes servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios».

Esto es lo que somos los diáconos, los sacerdotes, los hombres que Dios llama para su servicio: servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios.

Pero esto no es exclusivo. San Pablo no está hablando solamente a los diáconos y a los sacerdotes. Está hablando a la comunidad de los corintios, a todos.

Por eso, queridos hermanos, ustedes seminaristas —decía al principio— que nos acompañan en esta alegría, nos acompañan también en esta reflexión.

Todos nos hemos de mover por esto que dice san Pablo: de ustedes, seminaristas; de nosotros, los diáconos y sacerdotes; del obispo, se pide que sea «servidor de Cristo y administrador de esos misterios de Dios», con fidelidad.

Y es ahí, entonces, donde está el compromiso —no la dificultad, sino el compromiso— y, digamos, el motor para seguir todos los días adelante: la fidelidad que solo la otorga Dios a un corazón que sabe confiar en Él.

En nuestras fuerzas, ni a la esquina. Con Dios lo podemos todo.

Por eso, mi corazón, en este día, de manera especial, se aboca a pensar en esto y a meditar. El ministerio diaconal que estoy iniciando, por gracia de Dios, debe llevarse y debe desarrollarse con un corazón que confía solo en Aquel que me ha llamado; no en mis fuerzas, no en mis capacidades, que son pocas y limitadas.

Para que, definitivamente, el pueblo de Dios, a quien he decidido consagrarme, pueda ver en mí esto que dice san Pablo: a un servidor de Cristo, a un administrador de sus misterios.

Mi hermano Sixto y yo, cuando estábamos en Ocopa, en el retiro espiritual, vivimos profundamente todos los temas y todas las charlas que allí recibimos. Y, entre tantas cosas, comprendimos cómo el diácono también es un representante de Cristo cuando predica la Palabra, cuando dirige la oración, cuando bautiza, cuando casa, cuando lleva el Evangelio a todos aquellos que lo necesitan.

El diácono es también el representante de Cristo diácono, que vino a este mundo a servir y no a ser servido.

Ese es el lema de los diáconos y, no solo de los diáconos, seguramente de todos los cristianos, de todos los que nos llamamos cristianos porque seguimos a Cristo.

Nuestro ideal es, cómo no, la santidad. Pero una santidad que se alcanza en esta tierra con el servicio; con el servicio humilde, con el servicio desinteresado.

Esa es la reflexión y es el motivo, por supuesto, de súplica. Una reflexión que se convierte en súplica y oración a Dios para que nos otorgue la gracia de ser humildes y perseverantes en un servicio como la Iglesia lo necesita y como el seminario nos ha preparado.

Y, en segundo lugar, quiero tomar también en cuenta lo que dice san Lucas hoy en el Evangelio. Esta parábola de Jesús, como lo menciona monseñor cuando nos otorgó la palabra: «A vino nuevo, odres nuevos».

Veo que es, sin duda alguna, el vino nuevo que hemos recibido mi hermano Sixto y yo: el Orden Diaconal.

Y para ese vino nuevo era preciso y necesario un odre nuevo.

Ese odre es la formación.

Tantos años en el seminario. Yo entré a los quince años de edad, al seminario menor, de modo que han sido bastantes años de formación. Y no acaba; esto es hasta que el Señor nos llame.

Pero ese odre nuevo necesita de Dios para que el vino no se derrame. Es la formación que nuestros padres formadores nos han dado acá, en el seminario.

Y, sin duda alguna, a vino nuevo, a ordenación nueva, como dice el Señor, corresponde también un alma, un espíritu, un hombre nuevo, configurado con Cristo para responderle como Él quiere.

Ese es el vino que también tenemos cada uno de nosotros, ustedes, queridos hermanos. Ahora también nuestros hermanos ayacuchanos, con el ministerio del lector y del acólito.

Ese también es un vino nuevo que debe depositarse sobre un odre nuevo, puro, limpio; que tenga esas ganas de servir a Dios, que tenga esas ganas de dedicar la vida a lo que es nuestra ilusión: el sacerdocio, la santidad y el servicio de las personas.

De modo que, queridos hermanos, monseñor y padres, mi espíritu se eleva en agradecimiento a Dios por el don de la vocación.

E iluminado con la Palabra de Dios, con san Pablo en su carta a los Corintios y con este Evangelio de san Lucas, comienzo, de una manera muy satisfactoria, muy feliz, muy plena, mi ministerio diaconal, que sabemos es transitorio para poder proceder al presbiterado.

Y, como diácono significa servidor, espero servir con todas mis fuerzas y con todo mi corazón, y que Dios me dé la gracia de hacerlo como la Iglesia lo necesita y como ustedes, queridos hermanos, también se lo merecen.

María Santísima nos acompaña, nos bendice. Ella es la Madre de las vocaciones, Madre sacerdotal.

El día de mañana, de una manera muy especial, caminaremos con la imagen de la Santísima Virgen hasta Sapallanga. Y en esta peregrinación pongamos todos la vocación de los nuevos diáconos, del nuevo sacerdote, de todos ustedes, queridos hermanos seminaristas.

Pidamos para que Dios nos dé la gracia de perseverar y para que nuestro corazón solo confíe en Dios.

Que así sea.

jueves, 18 de junio de 2026

(2 Pe 1, 20-21): Escritura (γραφή), inspiración y autoridad profética

Cartas Católicas

 

«Hombres movidos por el Espíritu Santo hablaron de parte de Dios»

(2 Pe 1, 20-21): Escritura (γραφή), inspiración y autoridad profética

Introducción

La Sagrada Escritura constituye para la fe cristiana un testimonio privilegiado de la revelación divina. La Iglesia reconoce en ella una realidad profundamente misteriosa: es palabra humana, nacida dentro de circunstancias históricas concretas, pero al mismo tiempo verdadera Palabra de Dios transmitida bajo la acción del Espíritu Santo. La pregunta sobre la inspiración bíblica intenta precisamente explicar esta relación entre la acción divina y la colaboración humana.

Dentro del Nuevo Testamento, uno de los textos fundamentales para esta reflexión es 2 Pe 1, 20-21, donde se afirma que la profecía de la Escritura no procede de iniciativa humana, sino de hombres que hablaron “movidos por el Espíritu Santo”. Este pasaje constituye una referencia esencial para comprender tres conceptos centrales de la teología bíblica: γραφὴ (graphḗ) como Escritura inspirada, la autoridad normativa de la Biblia y la naturaleza de la profecía como palabra procedente de Dios. En este contexto, la afirmación petrina subraya que la verdadera profecía no nace de una interpretación autónoma o meramente humana, sino de una recepción y transmisión guiada por la acción divina; por ello, los autores sagrados no son simples intérpretes particulares de un mensaje religioso, sino testigos que comunican aquello que han recibido bajo la moción del Espíritu.

El texto no pretende ofrecer una teoría sistemática de la inspiración, sino defender la autoridad del testimonio apostólico y profético frente a quienes cuestionaban la esperanza cristiana. La advertencia sobre que ninguna profecía es de “interpretación propia” responde también a la problemática de los falsos maestros, quienes deformaban el sentido auténtico del mensaje recibido. Frente a ellos, el autor de 2 Pedro afirma que la interpretación de la revelación pertenece al mismo horizonte de la inspiración: Dios no solo comunica su palabra, sino que asiste a sus testigos para comprenderla y transmitirla fielmente. De este modo, aunque el pasaje surge en un contexto polémico concreto, su formulación se convirtió en un fundamento decisivo para la doctrina posterior de la Iglesia sobre la inspiración de la Sagrada Escritura[1].

El Concilio Vaticano II sintetizó esta comprensión afirmando que: “Las verdades reveladas por Dios que se contienen y manifiestan en la Sagrada Escritura se consignaron por inspiración del Espíritu Santo”[2]. Por tanto, estudiar 2 Pe 1, 20-21 permite comprender cómo la Iglesia confiesa simultáneamente a Dios como autor de la Escritura y al hombre como verdadero autor humano.

Texto griego de 2 Pe 1, 20-21

Texto según la edición crítica Nestle-Aland 28[3]: 20 Τοῦτο πρῶτον γινώσκοντες ὅτι πᾶσα προφητεία γραφῆς ἰδίας ἐπιλύσεως οὐ γίνεται· 21 οὐ γὰρ θελήματι ἀνθρώπου ἠνέχθη ποτέ προφητεία, ἀλλ᾽ ὑπὸ πνεύματος ἁγίου φερόμενοι ἐλάλησαν ἀπὸ θεοῦ ἄνθρωποι.

Traducción Biblia de Jerusalén (2019): 20 Pero, ante todo, tened presente que ninguna profecía de la Escritura puede interpretarse por cuenta propia, 21 pues nunca profecía alguna fue fruto de la voluntad humana. Los profetas fueron hombres que hablaban de parte de Dios movidos por el Espíritu Santo[4].

Traducción Reina-Valera (1960): 20 entendiendo primero esto, que ninguna profecía de la Escritura es de interpretación privada, 21 porque nunca la profecía fue traída por voluntad humana, sino que los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo[5].

Traducción Biblia de Nuestro Pueblo (2008): 20 Pero deben saber ante todo que nadie puede interpretar por sí mismo una profecía de la Escritura, 21 porque la profecía nunca sucedió por iniciativa humana, sino que los hombres de Dios hablaron movidos por el Espíritu Santo[6].

1. Contexto histórico y literario

La Segunda Carta de Pedro forma parte del grupo de escritos conocidos como cartas católicas. A diferencia de las cartas dirigidas a comunidades particulares, estos escritos poseen un horizonte más universal y buscan responder a situaciones generales de la vida cristiana.

El contexto inmediato de 2 Pedro está marcado por la preocupación ante falsos maestros y ante quienes cuestionaban la esperanza escatológica cristiana, especialmente la venida gloriosa del Señor (cf. 2 Pe 3, 3-4). Johann Michl señala que la finalidad fundamental de esta carta es fortalecer a los creyentes en la esperanza cristiana y recordarles que dicha esperanza no se fundamenta en invenciones humanas, sino en la acción salvadora de Dios[7].

La sección donde aparece nuestro texto (2 Pe 1, 12-21) desarrolla dos fundamentos de la certeza cristiana: El testimonio apostólico sobre Jesucristo (vv. 16-18); y la palabra profética de la Escritura (vv. 19-21). El autor afirma: “No les dimos a conocer el poder y la venida de nuestro Señor Jesucristo siguiendo mitos ingeniosos, sino como testigos oculares de su grandeza” (2 Pe 1, 16).

En este sentido, el autor de la carta une estrechamente la autoridad apostólica y la autoridad profética. La expresión inicial de 2 Pe 1, 19, “tenemos también” (καὶ ἔχομεν), indica que la palabra profética posee una autoridad que confirma el testimonio apostólico. La revelación cristiana no se apoya en interpretaciones particulares, sino en la continuidad entre la palabra anunciada por los profetas y el testimonio apostólico sobre Cristo[8].

La experiencia de la Transfiguración confirma el testimonio apostólico; pero junto a ella aparece la autoridad de la palabra profética. La Escritura no es simplemente un recuerdo religioso del pasado, sino una palabra iluminadora: “Tenemos más firme la palabra profética, a la cual hacen bien en prestar atención como a lámpara que brilla en lugar oscuro” (2 Pe 1, 19).

Por ello, los versículos 20-21 explican el fundamento de dicha autoridad: la Escritura posee origen divino porque los profetas hablaron impulsados por el Espíritu Santo.

2. Relación de 2 Pe 1, 20-21 con el Antiguo Testamento

La afirmación de Pedro sobre la profecía está profundamente arraigada en la comprensión veterotestamentaria del profeta. En Israel, el profeta no es principalmente alguien que anuncia acontecimientos futuros, sino un enviado que comunica la voluntad de Dios. Su autoridad no nace de su propio pensamiento, sino de haber recibido una palabra divina. Esta conciencia aparece claramente en la vocación profética: “Pondré mis palabras en su boca, y él les dirá todo lo que yo le mande” (Dt 18, 18). También Jeremías experimenta que la palabra profética procede de Dios: “He puesto mis palabras en tu boca” (Jr 1, 9).

La fórmula repetida en los profetas: “Así dice el Señor” expresa precisamente que la fuente última del mensaje no es la iniciativa humana. 2 Pe 1, 21 recoge esta tradición cuando afirma: “Nunca una profecía fue traída por voluntad humana”. La expresión no niega la participación del profeta, sino que afirma que el origen primero del mensaje está en Dios.

La relación entre Espíritu y profecía también es fundamental en el Antiguo Testamento: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido” (Is 61, 1). Asimismo, Joel anuncia: “Derramaré mi Espíritu sobre toda carne; sus hijos y sus hijas profetizarán” (Jl 3, 1). La novedad de 2 Pedro consiste en unir explícitamente esta acción del Espíritu con la Escritura escrita (graphḗ).

 

3. Traducción y análisis gramatical del texto griego

3.1          Γραφή (graphḗ): Escritura y autoridad

Uno de los términos centrales del pasaje es: γραφῆς (graphês) procedente del sustantivo: γραφή (graphḗ). Literalmente significa: escrito, documento, inscripción. Sin embargo, dentro del judaísmo helenístico y posteriormente dentro del cristianismo primitivo, el término adquiere un significado técnico: “la Escritura reconocida como sagrada y normativa para la comunidad creyente”.

En el Nuevo Testamento, el término γραφή (graphḗ) adquiere progresivamente un sentido técnico para designar los escritos reconocidos como portadores de autoridad divina. Aunque pueden encontrarse expresiones como “Sagradas Escrituras” (Rom 1, 2) o “Sagradas Letras” (2 Tim 3, 15), el uso más frecuente es simplemente “la Escritura” o “las Escrituras”, indicando así la conciencia de unidad de los diversos escritos recibidos como Palabra de Dios[9].

Por eso cuando 2 Pedro habla de “profecía de la Escritura” no se refiere a cualquier escrito religioso, sino a un texto recibido como portador de autoridad divina. La Escritura es considerada testimonio permanente de una palabra que procede de Dios y que continúa iluminando la vida del creyente.

Esta comprensión aparece ya en la tradición patrística. André Paul muestra que los Padres de la Iglesia designaron muy pronto los textos bíblicos como “Escrituras santas” o “Escrituras divinas”, expresando así su convicción acerca del origen sobrenatural de estos libros[10].

3.2          Πᾶσα προφητεία γραφῆς “Toda profecía de Escritura”

La expresión griega πᾶσα προφητεία γραφῆς puede traducirse literalmente como “Toda profecía de Escritura”. El genitivo γραφῆς puede comprenderse como “Toda profecía contenida en la Escritura”; o como “Toda Escritura que posee carácter profético”.

En ambos casos aparece una estrecha relación entre Escritura y revelación divina. Para 2 Pedro, la Escritura posee autoridad porque conserva la palabra pronunciada por hombres movidos por Dios. La profecía bíblica, por tanto, no es simplemente una reflexión religiosa humana, sino una palabra que nace bajo la acción del Espíritu Santo.

3.3          Ἰδίας ἐπιλύσεως οὐ γίνεται “No procede de interpretación propia”

El texto griego afirma πᾶσα προφητεία γραφῆς ἰδίας ἐπιλύσεως οὐ γίνεται. Literalmente “toda profecía de Escritura no llega a ser de interpretación propia”. Uno de los términos más discutidos del pasaje es ἐπίλυσις (epílysis), que puede traducirse como explicación, interpretación, solución, aclaración.

La dificultad consiste en determinar si Pedro está hablando principalmente de la interpretación posterior de la Escritura realizada por los lectores o del origen mismo de la profecía. Una primera interpretación entiende el texto como una advertencia contra una lectura individualista de la Escritura. Según esta perspectiva, la Palabra de Dios no debe ser separada de la fe recibida por la comunidad creyente.

Desde una perspectiva histórico-crítica, Rudolf Bultmann señala que esta advertencia refleja la situación de la comunidad cristiana ante el riesgo de interpretaciones arbitrarias de la Escritura. La profecía no puede ser comprendida desde criterios puramente subjetivos, porque debe interpretarse de acuerdo con aquello que constituye su fundamento: su origen en el Espíritu[11].

Esta lectura está en continuidad con la enseñanza católica sobre la interpretación bíblica. El Concilio Vaticano II afirma: “La Escritura se ha de leer e interpretar con el mismo Espíritu con que fue escrita”[12]. Sin embargo, atendiendo al versículo siguiente (2 Pe 1, 21), numerosos exegetas consideran que el sentido principal está relacionado con el origen de la profecía: esta no nace de una iniciativa privada del profeta, sino de Dios.

La frase siguiente explica la anterior οὐ γὰρ θελήματι ἀνθρώπου, “porque no por voluntad humana”. La partícula γάρ (“porque”) muestra que el versículo 21 ofrece la razón de la afirmación del versículo 20. Así, Pedro no está hablando únicamente de cómo interpretar la Escritura, sino principalmente de cómo llegó a existir la Escritura profética. Sin embargo, ambas dimensiones no se excluyen: precisamente porque la Escritura tiene su origen en el Espíritu Santo, su interpretación debe realizarse en apertura al mismo Espíritu.

3.4          Θελήματι ἀνθρώπου “Por voluntad humana”

La expresión θελήματι ἀνθρώπου procede de θέλημα (voluntad, deseo, decisión) y ἄνθρωπος (ser humano). El autor afirma que la profecía nunca tuvo su origen último en una decisión humana autónoma.

Esto no significa negar la colaboración del escritor sagrado. La Biblia no presenta al profeta como un instrumento inconsciente, sino como una persona llamada por Dios. La inspiración no elimina la inteligencia, la libertad, la cultura, el lenguaje ni el estilo propio del autor humano. La acción divina actúa dentro de la historia y mediante verdaderos autores.

3.5          Ὑπὸ πνεύματος ἁγίου φερόμενοι “Movidos por el Espíritu Santo”

La expresión central del texto es φερόμενοι (pherómenoi), del verbo φέρω (phérō) que significa llevar, transportar, conducir, impulsar. Gramaticalmente es participio, presente, pasivo y plural masculino. Por tanto, literalmente significa “siendo llevados” o “siendo impulsados”. El pasivo indica que los profetas reciben una acción: son movidos por Dios. Pero el presente expresa una acción dinámica, no una anulación de la persona.

El Espíritu Santo es presentado como aquel que guía la actividad profética. Johann Michl, comentando directamente 2 Pe 1, 20-21, traduce el sentido del texto afirmando que la profecía no fue producida por voluntad humana, sino que los hombres hablaron de parte de Dios siendo llevados por el Espíritu Santo[13].

4. Aporte teológico principal del texto

4.1 La inspiración de la Escritura en relación con 2 Tim 3, 16-17

La afirmación de 2 Pe 1, 20-21 encuentra una importante correspondencia teológica en otro texto fundamental del Nuevo Testamento sobre la inspiración bíblica: “Toda Escritura está inspirada por Dios y es útil para enseñar, para argüir, para corregir y para educar en la justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto y esté preparado para toda obra buena” (2 Tim 3, 16-17).

Mientras que la Segunda Carta de Pedro subraya el origen de la Escritura, afirmando que los autores sagrados hablaron “movidos por el Espíritu Santo” (ὑπὸ πνεύματος ἁγίου φερόμενοι), la Segunda Carta a Timoteo destaca la naturaleza y finalidad de la Escritura mediante una expresión única θεόπνευστος (theópneustos).

Este término procede de θεός (theós) (Dios) y πνέω (pnéō) (soplar, respirar). Literalmente significa “soplada por Dios” o “inspirada por Dios”. La imagen expresa que la Escritura tiene su origen en el aliento vivificador de Dios. Así como en la creación Dios comunica vida mediante su soplo (cf. Gn 2, 7), también la Escritura recibe su autoridad y eficacia de la acción del Espíritu divino.

Ambos textos se iluminan mutuamente. 2 Pe 1, 21 afirma que los autores humanos son impulsados por el Espíritu Santo. 2 Tim 3, 16 afirma que el resultado de esta acción es una Escritura inspirada por Dios. La inspiración, por tanto, no se limita únicamente al momento de escribir, sino que alcanza al texto mismo recibido por la Iglesia como Palabra de Dios.

Al mismo tiempo, 2 Timoteo muestra que la inspiración está orientada hacia una finalidad salvífica. La Escritura no ha sido entregada solamente para transmitir información religiosa, sino para transformar la vida del creyente mediante la enseñanza, la corrección y la formación en la justicia. Esta perspectiva será asumida posteriormente por el Concilio Vaticano II cuando afirma que los libros inspirados enseñan “firmemente, fielmente y sin error la verdad que Dios quiso consignar en las sagradas letras para nuestra salvación”[14].

Así, ambos testimonios neotestamentarios permiten una comprensión completa de la inspiración bíblica: Dios actúa por medio del Espíritu en los autores humanos (2 Pedro) para entregar a la Iglesia una Escritura inspirada y eficaz para conducir al hombre hacia la salvación (2 Timoteo).

 

4.2          La inspiración de la Sagrada Escritura en 2 Pe 1, 20-21

El aporte fundamental de 2 Pe 1, 20-21 consiste en afirmar el origen divino de la Escritura. La Biblia posee una doble dimensión: es verdadera palabra humana y es verdadera Palabra de Dios. Esta comprensión será formulada posteriormente por la doctrina católica mediante el concepto de inspiración.

El Concilio Vaticano II enseña: “En la composición de los libros sagrados, Dios eligió a hombres que utilizó usando ellos sus propias facultades y capacidades, de forma que obrando Él en ellos y por ellos escribieron como verdaderos autores todo y sólo aquello que Él quería”[15].

Esta afirmación evita dos errores: a) Reducir la Biblia a un libro solamente humano. Según esta postura, la Escritura sería únicamente producto de experiencias religiosas antiguas. b) Entender la inspiración como dictado mecánico. Según esta postura, Dios habría utilizado al escritor como un instrumento pasivo.

La comprensión católica sostiene una cooperación entre Dios y el autor humano. Karl Rahner insiste en que los escritores bíblicos no deben entenderse como simples copistas de un mensaje dictado desde fuera, sino como verdaderos autores humanos dentro de la acción salvadora de Dios[16].

4.3 La autoridad bíblica

La autoridad de la Escritura nace precisamente de su inspiración. La Biblia no posee autoridad únicamente porque una comunidad la considere valiosa, sino porque la Iglesia reconoce en ella una palabra nacida bajo la acción del Espíritu Santo. La Escritura es normativa porque transmite auténticamente aquello que Dios quiso comunicar para la salvación. Esta autoridad aparece reflejada ya en la fórmula bíblica “está escrito”, expresión que manifiesta que la palabra consignada en la Escritura posee una firmeza que supera la simple palabra humana y remite finalmente a Dios como garante de sus promesas[17].

Por esta razón, la tradición cristiana utilizó la expresión Sacra Scriptura para expresar que estos textos poseen un carácter diferente de cualquier otro escrito religioso. La palabra γραφὴ en el Nuevo Testamento apunta precisamente a esta realidad: un escrito recibido como palabra autorizada de Dios.

4.4          Profecía e inspiración

La profecía bíblica no debe reducirse a una predicción del futuro. El profeta es aquel que escucha la Palabra de Dios, interpreta la historia desde Dios y comunica su voluntad al pueblo. La inspiración escrita continúa esta dinámica profética: el mismo Espíritu que impulsó la predicación de los profetas conduce también la conservación escrita de la revelación.

André Paul, siguiendo la reflexión de Pierre Benoit, explica que puede distinguirse una inspiración que acompaña la historia del pueblo de Dios, una inspiración de la palabra profética y finalmente la inspiración de la Escritura que conserva aquello que Dios ha querido transmitir[18].

5. Principales debates interpretativos

5.1 Inspiración verbal e inspiración orgánica

Uno de los debates más importantes de la historia de la teología bíblica ha sido explicar cómo interviene Dios en la formación de los textos. Una comprensión demasiado rígida de la inspiración verbal puede terminar presentando al autor humano como un simple receptor pasivo. Sin embargo, la comprensión católica sostiene una cooperación entre Dios y el autor humano. La inspiración no debe entenderse como una sustitución de la actividad del escritor sagrado, sino como una acción del Espíritu que asume la totalidad de sus capacidades humanas: inteligencia, libertad, sensibilidad literaria y modo propio de expresión[19].

5.2          Interpretación privada y lectura eclesial

El texto ἰδίας ἐπιλύσεως οὐ γίνεται ha sido utilizado frecuentemente en las discusiones sobre la interpretación bíblica. La Iglesia afirma que la Escritura debe ser estudiada científicamente, atendiendo a lenguas originales, géneros literarios, contexto histórico y a la intención del autor.  Pero también debe ser interpretada dentro de la Tradición viva de la Iglesia. La Pontificia Comisión Bíblica recuerda que la interpretación bíblica requiere tanto el estudio histórico-crítico como la apertura creyente al mensaje teológico de la Escritura[20].

Esta dimensión eclesial de la interpretación aparece dentro de la misma Segunda Carta de Pedro. El problema no consiste solamente en afirmar que la Escritura tiene origen divino, sino también en determinar desde dónde debe ser interpretada. Joachim Gnilka señala que 2 Pe 1, 20-21, texto utilizado posteriormente para la doctrina de la inspiración, se encuentra originalmente dentro de un contexto hermenéutico: la Escritura, nacida del Espíritu, debe ser interpretada también en el Espíritu. Frente al riesgo de interpretaciones arbitrarias, el autor de la carta remite a la fe apostólica conservada en la comunidad eclesial[21].

5.3 Inspiración y canon bíblico

Otro debate importante consiste en la relación entre inspiración y reconocimiento canónico. La Iglesia no convierte un libro en inspirado; reconoce aquellos escritos que fueron recibidos como testimonio auténtico de la revelación. En este sentido resulta significativo que 2 Pe 3, 15-16 coloque las cartas paulinas en relación con “las demás Escrituras”, mostrando un proceso temprano por el cual ciertos escritos apostólicos comienzan a ser reconocidos con autoridad normativa dentro de la comunidad cristiana.

André Paul señala que desde los primeros siglos los cristianos hablaron de las Escrituras como textos “santos” y “divinos”, porque reconocían en ellos un origen vinculado al Espíritu Santo[22]. El canon expresa, por tanto, la recepción eclesial de aquellos libros considerados normativos para la fe.

5.4 Inspiración e inerrancia

Finalmente aparece la cuestión de la verdad bíblica. Si Dios inspira la Escritura, ¿qué significa afirmar que la Biblia enseña la verdad? El Vaticano II responde: “Los libros de la Escritura enseñan firmemente, fielmente y sin error la verdad que Dios quiso consignar en las sagradas letras para nuestra salvación”[23]. La finalidad principal de la Biblia no es ofrecer información científica o histórica según criterios modernos, sino comunicar la verdad salvadora revelada por Dios.

Conclusión

2 Pe 1, 20-21 constituye uno de los testimonios fundamentales del Nuevo Testamento sobre la inspiración de la Sagrada Escritura. El análisis del término γραφὴ muestra que la comunidad cristiana primitiva reconoce la Escritura como un texto dotado de autoridad divina. En este sentido, la γραφὴ no designa simplemente un escrito religioso, sino una realidad recibida por la comunidad creyente como testimonio normativo de la revelación divina.

La expresión προφητεία γραφῆς une la tradición profética de Israel con la Escritura recibida por la Iglesia. El Dios que habló por medio de los profetas continúa comunicándose mediante la palabra escrita.

Finalmente, el participio φερόμενοι revela el núcleo de la doctrina de la inspiración: los autores humanos hablan verdaderamente, pero lo hacen movidos por el Espíritu Santo. La Escritura nace del encuentro entre la iniciativa divina y la colaboración humana. Por eso la Iglesia puede confesar que la Biblia es plenamente palabra humana y plenamente Palabra de Dios.

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[1] Jerome H. Neyrey, “Segunda carta de Pedro”, en Raymond E. Brown, Joseph A. Fitzmyer y Roland E. Murphy (dirs.), Nuevo Comentario Bíblico San Jerónimo: Nuevo Testamento y artículos temáticos, trad. José Pedro Tosaus Abad et al. (Estella: Verbo Divino, 2004), 636-637.

[2] Concilio Vaticano II, Constitución dogmática Dei Verbum, n. 11.

[3] NESTLE-ALAND, (1995), Novum Testamentum Graece, Deutsche Bibelgesellschaft. p. 610.

[4] ESCUELA BÍBLICA Y ARQUEOLÓGICA FRANCESA DE JERUSALÉN, Biblia de Jerusalén. Nueva edición totalmente revisada, Bilbao: Desclée De Brouwer, 2019, p. 1922. En el comentario del v. 21, se explica: “La forma en que aquí se invoca la inspiración de las Escrituras por el Espíritu Santo, ver 2 Tm 3, 15-16+, sugiere que su lectura supone también la dirección del Espíritu y la tradición apostólica. Pero el autor no tiene la intención de desanimar de una lectura privada, personal, devota, de la Biblia”.

[6] SCHÖKEL, Luis Alonso, La Biblia de Nuestro Pueblo, adaptación del texto y comentarios del Equipo Internacional, XI ed., Bilbao: Ediciones Mensajero, 2008, p. 1984. A este apartado el jesuita comenta: “El contenido de los versículos 20s ha sido funda mental en la definición de los principios de inspiración e interpretación bíblica en la tradición de la Iglesia. La Escritura requiere del Espíritu para su interpretación. Esto no excluye la razón, lenguaje humano a través del cual actúa el Espíritu, ni la comunidad eclesial, lugar privilegiado donde actúa el Espíritu”.

[7] Cf. Johann Michl, “Segunda Carta de Pedro”, en Otto Kuss – Johann Michl, Carta a los Hebreos. Cartas Católicas, Comentario de Ratisbona al Nuevo Testamento VIII, Herder, Barcelona, 1977, p. 522.

[8] Armando J. Levoratti (dir.), Comentario Bíblico Latinoamericano. Nuevo Testamento, 2.ª ed. revisada, Estella (Navarra): Editorial Verbo Divino, 2007, pp. 1145-1146.

[9] Cf. Xavier Léon-Dufour, Vocabulario de Teología Bíblica, Barcelona: Editorial Herder, 1965, p. 249.

[10] Cf. André Paul, La inspiración y el canon de las Escrituras, Cuadernos Bíblicos 49, Verbo Divino, Estella, 1985, p. 14.

[11] Cf. Rudolf Bultmann, Teología del Nuevo Testamento, Salamanca: Ediciones Sígueme, 1981, pp. 555-556.

[12] Concilio Vaticano II, Constitución dogmática Dei Verbum, n. 12.

[13] Cf. Johann Michl, “Segunda Carta de Pedro”, en Otto Kuss – Johann Michl, Carta a los Hebreos. Cartas Católicas, Comentario de Ratisbona al Nuevo Testamento VIII, Herder, Barcelona, 1977, p. 542.

[14] Concilio Vaticano II, Constitución dogmática Dei Verbum, n. 11.

[15] Ibíd.

[16] Cf. Karl Rahner, Inspiración de la Sagrada Escritura, Herder, Barcelona, 1970, pp. 18-20.

[17] Cf. Xavier Léon-Dufour, Vocabulario de Teología Bíblica, p. 249.

[18] Cf. André Paul, La inspiración y el canon de las Escrituras, Cuadernos Bíblicos 49, Verbo Divino, Estella, 1985, p. 38.

[19] Cf. Luis Alonso Schökel, La palabra inspirada. La Biblia a la luz de la ciencia del lenguaje, Cristiandad, Madrid, 1986, pp. 53-55.

[20] Cf. Pontificia Comisión Bíblica, La interpretación de la Biblia en la Iglesia, 1993.

[21] Cf. Joachim Gnilka, Teología del Nuevo Testamento, trad. Juan M. Díaz Rodelas, Madrid: Editorial Trotta, 1998, p. 465.

[22] Cf. André Paul, La inspiración y el canon de las Escrituras, p. 14.

[23] Concilio Vaticano II, Dei Verbum, n. 11.