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jueves, 9 de abril de 2026

Los pobres son primero. Rafael López Aliaga

“DERECHA CRISTIANA”

A lo largo de sus 103 páginas, Derecha cristiana. Los pobres son primero, libro publicado por el candidato presidencial Rafael López Aliaga en coautoría con Ángelo Ramos Aguirre, los autores articulan una reflexión sobre la pobreza que no aparece como tema aislado, sino transversal a su propuesta filosófica, política y económica. Desde sus fundamentos en la política de Aristóteles hasta la influencia explícita de Rerum Novarum, el texto construye una noción del pobre, vinculada al orden moral, el bien común y la dignidad humana.

En este marco, la pobreza es presentada simultáneamente como consecuencia de desajustes éticos, fallas institucionales (como la corrupción) y limitaciones estructurales del desarrollo, pero también como un criterio prioritario para la acción pública bajo el principio de subsidiariedad y la “opción preferente por los más vulnerables”. Así, el libro no solo busca definir qué es la pobreza, sino situarla en el centro de su proyecto de “derecha cristiana”, en tensión tanto con el igualitarismo de izquierda como con el individualismo liberal.

Veamos, a continuación, una selección de párrafos en los que López Aliaga y Ramos Aguirre, hacen referencia al tema de los pobres y la pobreza y cómo lo conceptualizan según sus matices en contexto.

1. La pobreza como problema moral y estructural (no solo económico).

En la página 17 aparece una clave conceptual fuerte: la crítica simultánea a la “pobreza forzada” y a la acumulación ilimitada. Aquí la pobreza no es vista como algo inevitable, sino como resultado de desórdenes éticos (cuando el dinero se vuelve fin en sí mismo), y de una economía desvinculada del bien común. Esto sitúa la pobreza dentro de un marco moral clásico (aristotélico): no es solo falta de ingresos, sino síntoma de una sociedad mal ordenada.

Es pertinente aquí recordar la célebre afirmación de Papa Francisco, quien definió la política como “la forma más alta y más grande de la caridad”, una idea que revaloriza la acción pública como servicio al bien común y, en particular, a los más necesitados. A la luz de esta concepción, puede interpretarse que la propuesta desarrollada en Derecha cristiana. Los pobres son primero —y la propia incursión política de Rafael López Aliaga en los últimos años— busca inscribirse en esa tradición, en la que la gestión del Estado no se concibe únicamente como ejercicio de poder o administración técnica, sino como una forma de responsabilidad moral orientada a la atención de los sectores más vulnerables.

2. El pobre como sujeto de responsabilidad indirecta del Estado.

En la página 24 (subsidiariedad), el texto introduce una idea importante: El Estado no debe reemplazar a la sociedad civil, pero sí mantiene responsabilidad frente a la pobreza, informalidad y exclusión. Aquí el pobre no es concebido como completamente autónomo ni completamente dependiente, sino como alguien que debe ser apoyado cuando no puede valerse por sí mismo, pero sin caer en asistencialismo total. Esto encaja con la tradición de la doctrina social cristiana.

El principio de subsidiariedad es desarrollado en el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, particularmente en sus numerales 185 y 186 y siguientes, donde se presenta como una de las ideas centrales de esta tradición. Según este enfoque, la dignidad de la persona se protege y promueve fortaleciendo las instancias más cercanas a ella —como la familia, las asociaciones y las comunidades locales—, que constituyen el tejido vivo de la sociedad civil.

En virtud de este principio, las estructuras de orden superior, especialmente el Estado, están llamadas a ayudar, apoyar y promover a las instancias menores, pero sin sustituirlas ni absorber sus funciones. En consecuencia, resulta injusto privar a los individuos o a las comunidades de aquello que pueden realizar por sí mismos para transferirlo a niveles superiores, ya que ello debilita su autonomía, limita su desarrollo y afecta su dignidad.

3. La pobreza como objetivo a reducir mediante crecimiento “ético”.

En la página 42, la pobreza aparece como una situación que debe reducirse a través de empleo digno, ventajas comparativas y desarrollo económico. Pero con un matiz clave: esto no es solo eficiencia económica, sino una “obligación moral”. El pobre aquí es: beneficiario del crecimiento, especialmente si pertenece a “sectores vulnerables”.

Los autores así lo expresan: “Desarrollar ventajas comparativas no es solo una estrategia económica, sino una obligación moral: permitir que una nación genere empleo digno, reduzca la pobreza estructural y ofrezca oportunidades reales de progreso, especialmente a los sectores más vulnerables.”

La pobreza estructural no se entiende únicamente como falta de ingresos, sino como una situación persistente de privación originada por condiciones sociales, institucionales y morales que impiden el desarrollo integral de la persona. Desde esta perspectiva, la pobreza es “estructural” porque no depende solo de decisiones individuales, sino de un conjunto de condiciones que reproducen la desventaja en el tiempo. Sin embargo, a diferencia de enfoques más cercanos a la izquierda, la derecha cristiana no atribuye esta estructura principalmente al mercado en sí, sino a fallas éticas (corrupción, pérdida del sentido del bien común), distorsiones institucionales, y políticas inadecuadas (ya sea estatismo excesivo o liberalismo sin límites).

4. Crítica a la izquierda: el pobre como instrumento político.

En las páginas 43–44, el texto introduce una crítica ideológica, acusa a la izquierda de no querer “elevar a los más pobres”, sino de “nivelar hacia abajo”. Aquí el pobre aparece como una figura que puede ser utilizada discursivamente, y cuya situación no necesariamente mejora bajo políticas igualitaristas. Esto revela un uso polémico del concepto: el pobre también es un campo de disputa ideológica.

Se sabe que la izquierda utiliza a los pobres como instrumento político principalmente a través del discurso emocional, la promesa de soluciones fáciles y la construcción de antagonismos sociales.

En primer lugar, la izquierda presenta a “el pueblo” como una unidad homogénea y apela constantemente a emociones —amor, indignación, esperanza— para movilizar apoyo, prometiendo cambios radicales y un país ideal sin explicar cómo se lograrán. En este proceso, los pobres y la clase trabajadora son colocados en el centro del discurso, pero más como recurso retórico que como sujetos de desarrollo real.

En segundo lugar, la izquierda exagera o distorsiona los problemas sociales y atribuye la responsabilidad a grupos específicos, especialmente empresarios, fomentando la división de clases. De este modo, los pobres son presentados como víctimas de un sistema injusto, lo que facilita su adhesión política.

Asimismo, se afirma que, una vez en el poder, estos gobiernos recurren a medidas inmediatas y poco sostenibles (como la emisión de dinero o la redistribución directa), que generan dependencia en lugar de soluciones estructurales, manteniendo a la población en situación de vulnerabilidad.

Finalmente, es evidente que existe una incoherencia entre el discurso y la práctica: mientras se critica la riqueza y se habla en nombre de los pobres, los líderes acumulan poder y recursos, lo que refuerza la idea de que los pobres son utilizados como medio para alcanzar y conservar el poder, más que como un fin en sí mismo.

5. El pobre como principal víctima de la corrupción.

En la página 45 se formula una de las ideas más concretas, la corrupción afecta “de manera directa y cruel a los más pobres”. Se da una cadena causal: clara corrupción, luego falta de servicios, finalmente perjuicio directo al pobre. Aquí el pobre es el más vulnerable frente a fallas del Estado, quien sufre consecuencias materiales inmediatas (falta de hospitales, escuelas, etc.).

Esta lectura puede vincularse con lo planteado en el Documento de Puebla, en línea con la encíclica Populorum Progressio, donde se afirma que el desarrollo es condición para la paz y se advierte sobre la existencia de mecanismos que reproducen la desigualdad, haciendo que “los ricos sean cada vez más ricos a costa de los pobres cada vez más pobres”. Así, tanto la corrupción interna como las dinámicas estructurales más amplias comparten un mismo efecto: la consolidación de sistemas que profundizan la vulnerabilidad de los pobres, privándolos de condiciones básicas de desarrollo y perpetuando su exclusión.

6. Distinción implícita: pobreza material vs. pobreza espiritual.

En la página 50 aparece una idea muy relevante, una sociedad puede sobrevivir a la pobreza material, pero no al “vacío de sentido”. Esto introduce una jerarquía, la pobreza económica es grave, pero la crisis moral/espiritual es presentada como aún más profunda. Esto es típico de enfoques más conservadores en donde quizá se relativiza parcialmente la centralidad de la pobreza material.

Sin embargo, a partir del texto, la distinción entre pobreza material y pobreza espiritual se construye de manera implícita pero consistente, al establecer una jerarquía entre el bienestar económico y el sentido trascendente de la vida humana.

Por un lado, la pobreza material aparece asociada a la falta de bienes, ingresos o condiciones económicas adecuadas. El propio texto reconoce la importancia del mercado como generador de riqueza, crecimiento del PBI y movilidad social, es decir, como herramienta válida para superar este tipo de carencias. Sin embargo, también sugiere que este nivel es insuficiente para garantizar una sociedad plenamente desarrollada.

Por otro lado, se introduce la idea de una pobreza espiritual o existencial, que surge cuando la vida social pierde sus fundamentos morales, comunitarios y trascendentes. Esto se evidencia en afirmaciones como que las sociedades pueden mostrar éxito económico —“centros comerciales llenos”, “estabilidad macroeconómica”— pero estar “vacías por dentro”, con “depresión”, “desintegración familiar” y “pérdida de sentido trascendente”. En este contexto, el problema no es la falta de recursos, sino la ausencia de propósito, valores y vínculos humanos significativos.

La justificación central de la distinción radica en la crítica a la “idolatría del mercado”: cuando la economía se absolutiza y se convierte en el criterio supremo, el ser humano se reduce a productor y consumidor, y la libertad degenera en mero consumo. Así, incluso en ausencia de pobreza material, puede existir una forma más profunda de empobrecimiento: aquella que afecta el sentido de la vida, la comunidad y la moral.

De este modo, el texto establece una jerarquía clara: mientras la pobreza material es un problema real que debe ser atendido, la pobreza espiritual es presentada como más grave y determinante, ya que una sociedad puede sobrevivir a la primera, pero no al “vacío de sentido”. Esta distinción permite sostener que el verdadero desarrollo no depende únicamente de la riqueza económica, sino de su subordinación a un orden ético y trascendente.

7. El pobre como criterio técnico de política pública.

En la página 74, el concepto se vuelve operativo, se prioriza la vulnerabilidad sobre el criterio poblacional, usando indicadores como pobreza, carencias, riesgo social. Aquí el pobre es una categoría medible y administrable, base para asignación de recursos. López Aliaga y Ramos Aguirre así lo expresan: “priorizar la vulnerabilidad como criterio rector supone asumir que el presupuesto público debe ser una herramienta de corrección y no solo de mantenimiento del statu quo.”

En esta cita, junto con la siguiente, se recoge la conocida formulación de Puebla sobre la opción preferencial por los pobres. No obstante, los autores la presentan en forma de paráfrasis al referirse a “la opción preferente, aunque no excluyente, por quienes menos tienen”. A continuación, precisan: “No se trata de abandonar a los distritos con mayores ingresos ni de ignorar sus necesidades legítimas, sino de reconocer que, en una ciudad marcada por profundas brechas, la justicia distributiva exige priorizar a quienes enfrentan mayores obstáculos estructurales”. Se trata, en definitiva, de una praxis concreta de la opción preferencial por los pobres en el ámbito de la política pública.

8. El pobre como sujeto de “opción preferente”

En la página 80 aparece la formulación más cercana al lenguaje cristiano clásico “opción preferente por los más vulnerables”, romper “círculos de pobreza”. Aquí el pobre es: sujeto de prioridad ética, especialmente en la infancia (ejemplo: anemia).

La opción preferencial por los pobres no constituye una cuestión de adscripción a posturas políticas de derecha o de izquierda; se trata, más bien, de una postura eclesial surgida de la realidad latinoamericana, en respuesta a las profundas desigualdades y problemáticas estructurales del continente. Sin embargo, dado que sus desarrollos temáticos iniciales se inscriben en el marco de la Teología de la Liberación, resulta, cuando menos, llamativo que un político de derecha como López Aliaga recurra a este principio propio de la praxis liberadora. No obstante, lo hace introduciendo un matiz terminológico al sustituir el término “pobres” por “los más vulnerables”, expresión que, en gran medida, remite a una realidad equivalente. Este enfoque constituye, en esencia, el núcleo del título de su libro “Los pobres son primero”, frase que ha reiterado en sus mítines a lo largo del país.

Como hemos visto, el libro construye una visión del pobre con cuatro dimensiones principales. Moral: la pobreza surge de desórdenes éticos (no solo económicos). Política: es un problema que el Estado debe atender, pero sin reemplazar a la sociedad. Económica: se reduce mediante crecimiento con sentido social. Ideológica: es un punto de disputa frente a la izquierda.

Además, una posible tensión importante, pues, por un lado, se afirma una prioridad por los pobres (subsidiariedad, opción preferente), pero por otro, quizá se relativiza la pobreza material frente a valores como familia, moral o trascendencia.

Junto a las referencias explícitas a la pobreza, el libro desplaza progresivamente el foco hacia la noción de “vulnerabilidad”, que funciona como una categoría más amplia y operativa. En este marco, los “vulnerables” no son solo los pobres en sentido económico, sino aquellos expuestos a riesgos estructurales —desigualdad, exclusión o falta de capacidades—, lo que permite ampliar el alcance del diagnóstico sin abandonar su núcleo moral.

Así, en el plano doctrinal, la vulnerabilidad aparece vinculada al principio de solidaridad como obligación ética de no abandonar a los más débiles (p. 24); en el plano político, justifica la necesidad de la autoridad como garante del orden frente a la “ley del más fuerte” (p. 39); y en el plano económico, se convierte en criterio que legitima el desarrollo en la medida en que este reduce la pobreza estructural y genera oportunidades reales para estos sectores (p. 42).

Al mismo tiempo, la categoría de vulnerabilidad cumple una función clave en la traducción de principios abstractos a instrumentos concretos de política pública. En las secciones sobre gestión, la “prioridad por los más vulnerables” se transforma en un criterio técnico que permite focalizar el gasto, identificar territorialmente las mayores necesidades y orientar la planificación estatal (p. 74).

Esta lógica se refuerza con la reorganización del aparato público para redirigir recursos hacia obras y servicios destinados a estos sectores, combinando eficiencia administrativa con sensibilidad social (p. 76). Asimismo, se materializa en programas específicos como “Hambre Cero” y “Anemia Cero”, dirigidos a problemáticas que afectan especialmente a poblaciones vulnerables (pp. 79–80), así como en la denuncia de situaciones donde la corrupción impacta directamente sobre ciudadanos de bajos recursos (p. 92) y en políticas de protección a mujeres y niños en situación de riesgo (p. 96).

De este modo, el pobre —redefinido como vulnerable— deja de ser solo una figura moral para convertirse en un sujeto medible, priorizable y objeto de intervención estatal, sin perder su centralidad ética dentro del proyecto de la derecha cristiana.

En conjunto, el libro construye una noción de pobreza —y su correlato ampliado, la vulnerabilidad— que cumple una función estructurante dentro de su propuesta ideológica. Lejos de limitarse a una definición económica, el pobre es presentado simultáneamente como signo de un desorden moral, destinatario de una responsabilidad política limitada pero ineludible, y criterio de legitimación de la acción estatal y del desarrollo económico. Esta pluralidad de significados permite al texto articular una síntesis característica: una defensa del mercado y de la eficiencia administrativa que solo se justifica plenamente en la medida en que beneficia a los sectores más desfavorecidos. Al mismo tiempo, la sustitución progresiva del término “pobre” por “vulnerable” revela un desplazamiento conceptual que amplía el campo de intervención, pero también tecnifica la cuestión social, haciéndola susceptible de medición, focalización y gestión.

Sin embargo, esta construcción no está exenta de tensiones. Por un lado, el libro afirma con claridad una prioridad ética por los más necesitados, en línea con la tradición cristiana; por otro, parece relativizar la centralidad de la pobreza material al subordinarla a un orden moral y espiritual considerado superior. Asimismo, mientras critica tanto el asistencialismo como el igualitarismo, propone una intervención estatal selectiva cuya eficacia depende precisamente de su capacidad para identificar, clasificar y atender a los “vulnerables”.

En este sentido, la pobreza deja de ser solo una condición social para convertirse en una categoría normativa y operativa que organiza todo el proyecto de la “derecha cristiana”: un punto de convergencia —y también de tensión— entre moral, política y economía.

martes, 3 de febrero de 2026

La excomunión como lugar teológico

EL CASO DEL PADRE NATALIO PÉREZ


Las excomuniones en la Iglesia católica constituyen la pena eclesiástica más severa, pues impiden la recepción de los sacramentos y el ejercicio de determinados actos eclesiásticos. Su absolución, en consecuencia, solo puede ser concedida, conforme al derecho canónico, por el Papa, por el obispo del lugar o por sacerdotes expresamente autorizados por ellos[1]. Estar excomulgado significa, en sentido estricto, “estar fuera de la comunión de la Iglesia”, es decir, una separación formal de la vida de la fe como sanción por una falta cometida.


A continuación, se analizará la excomunión como lugar teológico a través del personaje del padre Natalio Pérez, interpretado por Damián Alcázar en la película mexicana El crimen del padre Amaro” (2002), adaptación cinematográfica de la novela homónima publicada en 1875 por el escritor portugués José María Eça de Queirós.

Primero conviene revisar los hechos que llevaron al padre Natalio a recibir la excomunión por parte de su obispo. En el largometraje mexicano “El crimen del padre Amaro”, protagonizado por Gael García Bernal, el padre Natalio es presentado como un sacerdote identificado con la Teología de la Liberación y párroco de una comunidad periférica, ubicada en la sierra. Se trata de una población campesina constantemente amenazada por el narcotráfico; al tomar cartas en el asunto para defenderse del crimen organizado, sus habitantes son catalogados como “guerrilleros”. En este contexto, el padre Natalio, por acompañar y proteger a su comunidad, es señalado como el supuesto cabecilla y protector de la guerrilla.

En una de las escenas clave, durante una reunión de sacerdotes de la región, el padre Natalio es increpado por otro presbítero, quien intenta hacerle ver su “error” al alzarse en armas junto a sus feligreses. Asimismo, se le advierte que el obispo no aprueba la actitud que ha asumido. Paralelamente, el padre Natalio invita en reiteradas ocasiones al joven padre Amaro a pasar algunos días en la sierra, con el fin de que conozca de primera mano la dura realidad que viven los campesinos.

Tiempo después, el padre Natalio recibe una nota de su Ordinario, entregada por el propio padre Amaro, en la que se le comunica su excomunión por desobediencia. El motivo inmediato es su negativa a aceptar el traslado como capellán de una comunidad de religiosas, medida concebida como un castigo por incitar —según la autoridad eclesiástica— a sus parroquianos a defenderse de los narcotraficantes, quienes eran asiduos bienhechores del obispado. La notificación le llega al salir del funeral de un hombre asesinado por el crimen organizado. Conmovido hasta las lágrimas, pero con plena claridad de conciencia, el padre Natalio decide no abandonar el lugar y renunciar, de hecho, a su condición clerical para convertirse en uno más entre los campesinos.

La trama se complejiza aún más cuando se entiende que el padre Natalio había actuado movido también por un deseo de represalia contra el sacerdote y el obispo que lo acusaban de guerrillero. En ese contexto, envía a uno de los suyos a robar unas fotografías comprometedoras, en las que dicho sacerdote aparece participando en el bautizo de un hijo del capo del cártel. Este acto provoca la muerte del emisario. Según la lógica narrativa de la película, el padre Natalio es etiquetado como exponente de la Teología de la Liberación fundamentalmente por haber decidido tomar las armas junto a su pueblo y compartir su destino, sin embargo, el tomar las armas no es ni lo más genuino de esta corriente teológica, ni mucho menos una malinterpretación de su puesta en práctica.

Según Elsa Aguilera[2], el padre Natalio es el personaje que dignifica la figura del sacerdote en la película, a diferencia de su homónimo en la novela. En el filme, este personaje encarna los principios de la Teología de la Liberación, particularmente la “opción por los pobres”, al buscar hacerlos realidad en la práctica pastoral. Vicente Leñero, guionista de la obra, afirma que el tratamiento de Natalio —así como la construcción de su breve pero dramática historia— fue uno de los aspectos que mayor satisfacción le produjo durante la escritura del guion.

La relación del padre Natalio con la guerrilla y con la Teología de la Liberación constituye uno de los aciertos más relevantes del guion, pues otorga vigencia a la historia dentro del contexto de la realidad mexicana de la época. Natalio es reprendido y posteriormente excomulgado por negarse a participar en la corrupción eclesiástica que se expone en la cinta. En contraste, en la novela todos los personajes clericales parecen actuar del mismo lado, siendo el cinismo el rasgo común que los define.

Los valores de Natalio se sitúan por encima de los intereses políticos y económicos de la jerarquía católica. No acepta los apercibimientos del obispo y se mantiene fiel al cumplimiento del Evangelio en la comunidad rural donde predica, independientemente de los conflictos que esto le genere con sus superiores.

Jorge Ayala Blanco coincide en destacar la relevancia simbólica del personaje al describirlo como “un barbudo teólogo de la liberación bastante extemporáneo, Natalio [...], que se ha asimilado a la guerrilla en las comunidades campesinas de la sierra, desafía al obispo y le vale la excomunión, para erigirse como el único personaje digno y positivo del filme, representando sin duda la esperanza, la huella de luz hacia el final del túnel, la certeza de que no todo está podrido”.

La excomunión del padre Natalio Pérez lo sitúa en un “lugar teológico”, este concepto, desarrollado por el teólogo dominico Melchor Cano, retoma la noción aristotélica de los “topoi” como ámbitos desde los cuales se construye la argumentación teológica. En términos simples, los lugares teológicos son espacios donde se reconoce y discierne la revelación de Dios[3].

Cano distingue entre los lugares constitutivos —la Sagrada Escritura y la Tradición— y aquellos históricos e interpretativos, como la Iglesia, los concilios ecuménicos, los Padres de la Iglesia y los teólogos escolásticos, a los que hoy podría añadirse la liturgia. Aunque estos últimos no tienen el mismo rango que la Escritura y la Tradición, siguen siendo expresiones de la acción de Dios que requieren escucha y discernimiento.

El padre Natalio abre la posibilidad de comprender la excomunión no como una ruptura, sino como una elección de encarnación. Desde su conciencia, decide permanecer junto al pueblo, fiel al Evangelio y comprometido con los más desfavorecidos, antes que someterse a una orden injusta emanada de un superior corrompido y cómplice de intereses ajenos al mensaje cristiano. En este sentido, Natalio encarna el principio bíblico de “obedecer a Dios antes que a los hombres” (cf. Hch 5, 29).

Así, su decisión de permanecer excomulgado en la montaña, viviendo como uno más entre los pobres, puede interpretarse no como un acto de rebeldía contra la Iglesia, sino como la radicalización de su opción evangélica. Al asumir hasta sus últimas consecuencias la vocación recibida de Cristo, Natalio hace vida el anuncio programático del Evangelio: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar la buena nueva a los pobres; me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón, a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, a poner en libertad a los oprimidos” (Lc 4, 18-19).

Aunque la excomunión lo separa jurídicamente de la comunión sacramental, el padre Natalio decide no separarse del pueblo. Esta elección revela una comprensión de la Iglesia que no se reduce al templo ni a la estructura institucional, sino que se reconoce presente allí donde el pastor comparte la vida concreta de los pobres. Natalio no deja de “ser Iglesia” aun estando excomulgado, pues, en su condición de bautizado, permanece inserto en la comunidad cristiana que primero lo acogió como padre y pastor, y que ahora lo reconoce como hermano entre hermanos.

Si bien la excomunión supone una dolorosa ruptura a nivel institucional, en este caso no se manifiesta como una amonestación orientada a hacer consciente al implicado de un supuesto “error”, sino como un acto de injusticia, viciado en su origen y dictado más por las entrañas del poder que por la razón evangélica.

Se establece así un contraste elocuente entre la comunión canónica y la comunión vivida. Aunque el excomulgado deja de actuar oficialmente en nombre de la Iglesia que le confió la misión evangelizadora, pasa a encarnar el Evangelio de manera más radical en medio del pueblo de Dios. De este modo, la separación jurídica no implica necesariamente una ruptura real cuando la fe es auténtica y constituye el fundamento de la vida.

Es cierto que la obediencia es un valor central en la vida eclesial, incluso cuando resulta difícil o incomprensible; sin embargo, existen situaciones —como esta— en las que la conciencia se convierte en ley interior y en voz de Dios que no puede ser silenciada. En definitiva, a los sacerdotes se les forma para obedecer, pero también para pensar y discernir.

La pregunta incómoda que invita a la reflexión es la siguiente: ¿es posible estar fuera de la institución y, al mismo tiempo, permanecer dentro del espíritu del Evangelio? En este sentido, la excomunión injusta se presenta más como una herida que como un triunfo de la verdad.

Existen decisiones eclesiales que resultan incomprensibles en su momento e incluso con el paso del tiempo; determinaciones que no benefician ni al individuo ni a la comunidad. Sin embargo, esto no autoriza a sospechar o cuestionar de manera indiscriminada cualquier orden o mandato de la autoridad legítima. Se impone, por tanto, el ejercicio del discernimiento y del sentido común, que paradójicamente suele ser el menos común de los sentidos. Y ahora, en esta Iglesia sinodal, se habla más de una obediencia dialogada y discernida en el Espíritu, más que de imperativos personales.

El padre Natalio desobedece la orden de abandonar la montaña, pero acata la excomunión que le ha sido impuesta. Permanece en la comunidad no ya en calidad de sacerdote, sino “como uno más” del pueblo. De este modo, incluso en su aparente rebeldía frente a la institución, opta por obedecer la condición de estar jurídicamente incapacitado para el ejercicio del ministerio, aun cuando el propio Código de Derecho Canónico contemple que, en situaciones extremas, puede ejercer aquello que ontológicamente es para siempre: sacerdote del Dios altísimo.

La excomunión del padre Natalio, entendida como lugar teológico, se ilumina al interpretar “la montaña” tanto como espacio concreto como símbolo bíblico. La montaña es lugar de revelación (cf. Ex 34, 27), ámbito de cercanía con Dios fuera del centro del poder (cf. Lc 6, 12) y escenario desde el cual se proclaman y se enseñan las bienaventuranzas (cf. Mt 5, 1-12). La excomunión como lugar teológico es el estado de preferencia de Dios por el que encarna la "pobreza" respecto de la comunión de la Iglesia, es decir, aquellos que, por razones justas o injustas, pasan a ser degregados, discriminados y apartados de la unidad. En la excomunión se revela Dios que no se muda, que nunca abandona al acusado, al perseguido, al pecador.

Al internarse en las montañas, el padre Natalio asume una posición de pequeñez y anonimato: se hace último y aparentemente insignificante para convertirse en el primero en el servicio. La montaña pone de manifiesto la incomodidad inherente al mandato misionero, marcada por las distancias geográficas y la aspereza de los caminos, pero revela también la autenticidad de la vocación de quienes siguen a Cristo y al Evangelio, y no sus propias seguridades o comodidades.

De este modo, la montaña, como símbolo bíblico y teológico, permite comprender la excomunión como un lugar teológico en el que se discierne y se vive concretamente la voluntad de Dios, manifestada no desde el poder, sino desde el dolor, la herida de la fractura y la radicalidad del mensaje evangélico. El padre Natalio no celebra los sacramentos, pero continúa celebrando la vida compartida; no preside la liturgia, pero permanece inserto en la historia concreta de su pueblo.

Resulta doloroso constatar que existen numerosos sacerdotes que, con o sin razones válidas, han sido apartados de su ministerio. Esta realidad no puede dejarnos indiferentes, pues “la mies es mucha y los obreros pocos” (cf. Mt 9, 35). Al mismo tiempo, es innegable que la Iglesia necesita personas íntegras, probadas en virtudes, capaces de asumir la triple misión de gobernar, santificar y enseñar, misión que los obispos ejercen y comparten con sus presbíteros.

Si el padre Natalio hubiera obedecido a su obispo y abandonado a su pueblo para asumir el cargo de capellán de monjas, ¿qué habría sido de aquellos campesinos pobres? ¿Quién les habría ayudado a descubrir a Dios en medio de su lucha cotidiana? ¿Quién les habría administrado los sacramentos? Tal decisión habría podido interpretarse como un abandono por parte de la Iglesia o, peor aún, como si Dios mismo los dejara solos. Sin embargo, no es así: Natalio permanece. Ya no como sacerdote, sino como hombre, y Dios permanece con él.

En definitiva, la excomunión del padre Natalio Pérez, lejos de clausurar su experiencia de fe, se convierte en un lugar teológico privilegiado desde el cual se revela un Dios que no se identifica con el poder ni con la autosuficiencia institucional, sino con la fragilidad, la conciencia y la fidelidad al Evangelio vivido. Su permanencia en la montaña, junto al pueblo empobrecido, interpela a la Iglesia a discernir continuamente entre legalidad y justicia, entre obediencia ciega y obediencia evangélica, entre comunión jurídica y comunión real. Desde esta herida abierta, la figura de Natalio recuerda que la Iglesia no se agota en sus estructuras, sino que se realiza allí donde el Evangelio se encarna en la historia concreta de los pobres, y donde la voz de Dios sigue hablando, incluso —y a veces con mayor claridad— desde los márgenes.

Hace trece años, cuando cursaba el propedéutico en el seminario, nos presentaron la película “El crimen del padre Amaro”. En aquel momento, más que un incentivo vocacional, provocó asombro y desconcierto. Sin embargo, trece años después, la mirada es distinta y el aprendizaje, más concreto: la Iglesia es santa porque su Fundador es santo, pero está conformada por pecadores, siempre necesitados del Espíritu y de una constante conversión.



[1] Catecismo de la Iglesia católica, 1463.

[2] Elsa Georgina Aguilera Castillo, (2006), Las virtudes de una historia vigente: El crimen del padre Amaro, UNAM.

domingo, 16 de noviembre de 2025

Fuera de los pobres no hay salvación

 Fuera de los pobres no hay salvación

Este título, tan sugerente como controversial, es el de uno de los libros del teólogo Jon Sobrino, publicado en 2007. También fue el título de la homilía dominical de un sacerdote jesuita venezolano[1] en la Jornada Mundial de los Pobres, el domingo 16 de noviembre de 2025, fecha en la que además se prologa este libro.

El padre Molina, desde la sede de Radio Nacional de Venezuela en Caracas, introduce su reflexión sobre el evangelio leído (Lc 10, 25-37, “El buen samaritano”), recordando que la Jornada Mundial de los Pobres fue instituida por el apreciado papa Francisco para recordarnos lo que, a su vez, caracterizó su pontificado: levantar la voz por los más excluidos, por los pobres, por los inmigrantes, por los pueblos atropellados, y por aquello a lo que estamos llamados como Iglesia.

Como testimonio de este llamado, el padre presentó la vida de Ignacio Ellacuría, S.I., uno de los seis jesuitas asesinados en El Salvador el 16 de noviembre de 1989. Ellacuría, entonces superior de la Universidad Centroamericana, fue ejecutado por el ejército junto a sus hermanos de comunidad y a una mujer laica con su hija.

Retomando el evangelio, el padre Molina resalta que la pregunta del Doctor de la Ley a Jesús es, en esencia, una pregunta por la salvación: “Maestro, ¿qué debo hacer para poseer la vida eterna?”. Recuerda de inmediato aquella conocida premisa de la doctrina católica que afirma que “fuera de la Iglesia no hay salvación”, para luego presentar la propuesta de Sobrino, teólogo centroamericano, quien afirmó: “fuera de los pobres no hay salvación”. Así, ante la pregunta del Doctor de la Ley sobre cómo alcanzar la salvación, Jesús no se limita al cumplimiento de los Mandamientos —amar a Dios y al prójimo como a uno mismo— que, aunque cruciales, no agotan su respuesta. Jesús va más allá y responde con la parábola del buen samaritano ante la nueva pregunta del Doctor de la Ley sobre quién es realmente su prójimo.

La parábola es conocida: un sacerdote y un levita pasaron junto al hombre medio muerto al borde del camino y lo ignoraron; pero un samaritano, al verlo, se compadeció de ese pobre, de ese hombre en extrema precariedad, despojado de todo por los salteadores. El padre Molina detalla entonces las actitudes del amor hacia los pobres y nuestras disposiciones para atenderlos. La primera es la compasión: ante los pobres, lo primero es compadecerse, es decir, sentir en nosotros lo que ellos viven. Compadecerse ante el rostro de los enfermos, los abandonados, los ancianos, los niños, los jóvenes en riesgo de caer en drogas o delincuencia, los indígenas, los inmigrantes, las madres que sufren porque tienen un hijo privado de libertad… El rostro del pobre de esta parábola era, además, el rostro de la muerte, pues el texto evangélico señala que lo habían dejado medio muerto. Lo primero es compadecerse.

En segundo lugar, el samaritano se acerca. Acercarse a los pobres significa ir donde ellos están y ponerse a su lado, sin rechazo ni distancia, superando la aporofobia —ese desprecio o repulsión hacia los pobres—. Esta actitud, señalada por el papa Francisco en la presentación del libro “Iglesia, pobre y para los pobres” del cardenal Gerhard Ludwig Müller, nos interpela cuando él pregunta: “¿Quién de nosotros no se siente incómodo incluso frente a la sola palabra «pobreza»?”[2]. Su reflexión subraya precisamente la dificultad humana de mirar la pobreza de frente, y al mismo tiempo nos invita a vencer ese miedo para imitar la cercanía compasiva del samaritano.

En tercer lugar, el samaritano lo unge con aceite y vino; con lo que llevaba consigo le brindó ayuda, un auxilio que le salvó la vida. Esta unción nos recuerda el gesto de la mujer anónima de Betania.

En cuarto lugar, luego de vendar sus heridas y montarlo en su cabalgadura, lo trasladó a una posada, a un lugar seguro. El padre Molina destaca que el samaritano dejó que el pobre encontrado en el camino cambiara su agenda. Y los cristianos de hoy estamos llamados a dejarnos cambiar la agenda por los pobres, quienes muchas veces no figuran en nuestros planes. El samaritano interrumpió su viaje, descendió de su mula, se puso al lado del pobre, lo atendió con lo poco que tenía en ese momento y luego derrochó en él su generosidad, dejando dos denarios para su cuidado y comprometiéndose a pagar cualquier gasto adicional a su regreso. El samaritano desaparece al final de la parábola porque sirve y ama sin hacer ruido.

Finalmente, es Jesús quien interroga al Doctor de la Ley, preguntándole cuál de los tres —el sacerdote, el levita o el samaritano— se había comportado como prójimo del hombre herido. La respuesta del Doctor de la Ley, aunque clara, es también evasiva, pues no menciona explícitamente al samaritano; se limita a decir: “el que tuvo compasión de él”.

El padre Molina concluye afirmando que aquel samaritano, ese día, se ganó el cielo: al atender al pobre, ganó la salvación, que era precisamente la pregunta inicial del Doctor de la Ley. En consecuencia, fuera de los pobres no hay salvación; o, dicho de otra manera, amar a Dios a través de la caridad hacia los pobres nos otorga la aprobación divina, nos hace más cercanos a Dios y, en definitiva, nos salva.

Como ya dijimos, el título del libro de Jon Sobrino, “Fuera de los pobres no hay salvación”, es a su vez el tercer capítulo de su obra "Extra pauperes nulla salus", frase que es tan novedosa como provocadora y, sin duda, profundamente contracultural. Como lo afirma el mismo autor en el prólogo de su libro, corresponderá al lector juzgar cuán racional o razonable resulta esta afirmación. Sobrino fue consciente de que, al abordar el tema, le asaltaron la perplejidad y el desasosiego; sin embargo, conservó la esperanza de que otros puedan criticar, enriquecer y completar esta reflexión. En cualquier caso, Sobrino mantiene el título como una llamada urgente a tomar en serio la postración de nuestro mundo y a reconocer que, en ese “abajo” de la historia tantas veces ignorado, incomprendido y despreciado, se encuentra también la posibilidad de salvación[3].

La soteriología no entra en conflicto con lo expuesto hasta ahora, pues nadie niega que la salvación nos viene de Jesús y solo de Él, el Hijo de María, a través de su muerte en la cruz y su gloriosa resurrección. Sin embargo, es igualmente cierto que el Cristo que murió en la cruz fue un Hombre-Dios pobre, porque —como ya hemos señalado— que el Verbo se haya hecho carne significa que Dios se hizo pobre. En consecuencia, fuera de Cristo pobre no hay salvación.



[2] MÜLLER, G., (2014), Iglesia pobre y para los pobres, con escritos de Gustavo Gutiérrez y Josef Sayer, San Pablo, p. 5.

[3] SOBRINO, J., (2007), Fuera de los pobres no hay salvación, pequeños ensayos utópico-proféticos, Trotta, p. 15.

sábado, 15 de noviembre de 2025

Jesús: ungido para los pobres

        Ungido para los pobres: una lectura pastoral de Mc 14,1-9

         No es casual que la crítica tan dura a la unción provenga de Judas, el traidor. Este detalle revela una gran verdad sintetizada por el papa Francisco: “quien no reconoce ni valora a los pobres, traiciona el corazón del mensaje de Jesús y no puede considerarse verdaderamente su discípulo”[1]. Es por eso que en esta exégesis se ha enfatizado en la estrecha relación de la unción con la opción de Jesús por los pobres.

Como se ha señalado, con este pasaje de Mc 14,1-9 comienza el relato de la pasión de Jesús. El contexto es claro: faltan solo dos días para la Pascua, la fiesta que conmemora la liberación de Israel, durante la cual el Mesías será entregado a la muerte y resucitará. En este momento decisivo, Jesús se encuentra en Betania, una localidad cercana a Jerusalén, en la casa de Simón, quien había sido leproso, pero fue sanado por el Señor. Ya no está frente a las multitudes enseñando en parábolas, sino que comparte una cena íntima con sus más cercanos. En medio de esta comida festiva, una mujer se acerca y, con un gesto de generosidad y ternura, unge a Jesús. Su acción transforma el ambiente: no busca protagonismo, sino que, a través de su gesto, sitúa a Jesús en el centro del encuentro. En ese instante, queda claro que lo más importante no es ella ni el perfume, sino Él y lo que está por acontecer.

La escena principal tiene lugar durante un banquete de los grandes preparativos ante las fiestas[2]. En aquella sociedad antigua, donde el pan era escaso y la mayoría del pueblo vivía en la pobreza, una comida abundante representaba una verdadera celebración. El anfitrión es Simón, llamado «el leproso», alguien que en su momento fue marginado por su enfermedad, pero que, una vez sanado, ahora abre su casa para compartir con otros. En este ambiente festivo —marcado por la comida, la alegría y el aroma de un perfume costoso que una mujer derrama sobre Jesús—, se anticipa, sin embargo, la cercanía de su pasión: la cruz ya proyecta su sombra sobre Él

Una mujer sin nombre —identificada como María, hermana de Lázaro, en Juan 12,3— derrama un costoso perfume de nardo puro sobre la cabeza de Jesús. Se trata de un ungüento de gran valor: teniendo en cuenta que un denario equivalía al salario de un día (Mt 20,2), el perfume representaba aproximadamente el sueldo de todo un año, unos trescientos denarios, según el cálculo de los hipócritas presentes. Frente a la cercanía de la muerte de Jesús, esta mujer “hizo lo que pudo”, al igual que la viuda del templo que “dio todo lo que tenía” (Mc 12,44). Mujeres como ellas transforman el mundo con gestos sencillos, pero profundamente significativos. La mujer de Betania realizó una “obra buena”: anticipó la unción del cuerpo de Jesús para su sepultura, tal como hacía Tobit (Tob 1,16-18). Por eso, Jesús la defiende con firmeza y la elogia con una promesa conmovedora: “dondequiera que se anuncie el evangelio en todo el mundo, se contará también lo que ella hizo, para que se recuerde su memoria”.

Jesús es el Mesías que sufre. En su evangelio, Marcos ofrece un detalle significativo: la mujer derrama el perfume “sobre la cabeza” de Jesús (Mc 14,3; Mt 26,3), a diferencia de lo que narran Juan y Lucas, donde el ungüento se vierte sobre los pies (Jn 12,3; Lc 7,38). En la tradición de Israel, la unción en la cabeza era un signo reservado para reyes, profetas y sacerdotes (1 Sam 10,1; 2 Re 9,3.6; Sal 133). Con este gesto, el evangelista insinúa que Jesús es el Mesías consagrado por Dios. Justo en el momento en que va a ser entregado a la muerte, una mujer piadosa reconoce su dignidad real y mesiánica. A pesar de la traición de los hombres, Jesús permanece como el escogido de Dios. Todo el relato gira en torno a Él: algunos buscan entregarlo, otros lo honran con amor. Jesús es, indiscutiblemente, el centro de la escena.

Así como Jesús ocupa el centro de la escena en Betania, también los pobres tienen un lugar central en su corazón y en todo su pensamiento. Su vida, su predicación y sus gestos lo confirman constantemente: Jesús no solo se acercó a los pobres, sino que se identificó con ellos hasta el extremo de decir que lo que se hace con ellos, se hace con él mismo (Mt 25,40). La opción preferencial por los pobres no es un añadido marginal al Evangelio, sino una consecuencia lógica y necesaria del seguimiento auténtico de Cristo.

Por eso, quien se proclame discípulo de Jesús —sea catequista, sacerdote, religioso o laico— no puede mantenerse indiferente ante el sufrimiento de los excluidos, ni vivir una espiritualidad desvinculada de la justicia. Ser amigo de los pobres no se reduce a un sentimiento pasajero de compasión, sino que implica un compromiso profundo, una relación de cercanía, respeto, escucha y solidaridad. Y es que, sin verdadera amistad con los pobres, no hay caridad real, porque la caridad evangélica no es dar desde arriba, sino compartir desde abajo, desde la humildad del servicio.

La mujer que unge a Jesús lo intuye: su gesto amoroso no es un lujo superfluo, sino un acto profético. Mientras algunos piensan en “el dinero que se podría haber dado a los pobres”, ella reconoce a Jesús, el primer pobre, el Mesías sufriente, y lo honra con lo mejor que tiene. En ese momento, sin palabras, ella recuerda que solo quien ama de verdad a Cristo, ama también a los pobres. Porque no se puede amar al Señor sin amar su cuerpo, que son los pequeños, los olvidados, los últimos. Allí donde están los pobres, está también el corazón de Cristo latiendo con fuerza.

Una Iglesia pobre y para los pobres puede parecer un mensaje revolucionario o novedoso, pero en realidad está enraizado profundamente en la tradición cristiana. Ya el Concilio Vaticano II afirmaba con claridad que “la Iglesia debe caminar, impulsada por el Espíritu Santo, por el mismo camino que recorrió Cristo: el camino de la pobreza, la obediencia y el servicio”[3]. La opción por los pobres no es una idea nueva, sino una llamada constante del cristianismo. En tiempos recientes, especialmente durante el pontificado del papa Francisco, se ha tomado mayor conciencia de que la Iglesia solo es fiel a Cristo si camina con los pobres y se deja evangelizar por ellos.

La homilía 50 de san Juan Crisóstomo sobre san Mateo sirve de resumen para esta opción preferencial por Jesús y por los pobres que se ha planteado; allí se trata sobre los frutos eficaces de la eucaristía y cómo proceder: “¿Queréis de verdad honrar el cuerpo de Cristo? No consintáis que esté desnudo. No lo honréis aquí con vestidos de seda y fuera le dejéis padecer de frío y desnudez (...) ¿Qué le aprovecha al Señor que su mesa esté llena toda de vasos de oro, si él se consume de hambre? Saciad primero su hambre y luego, de lo que os sobre, adornad también su mesa (...) Al hablar así, no es que prohíba que también en el ornato de la iglesia se ponga empeño; a lo que exhorto es que (...) antes que eso, se procure el socorro de los pobres (...) Mientras adornas, pues, la casa, no abandones a tu hermano en la tribulación, pues él es templo más precioso que el otro”[4].

La lógica del Evangelio es sencilla: primero los pobres. Primero está atender a Jesús, presente en los pobres, y luego todo lo demás: el ornato, la belleza de la liturgia, el orden, la pulcritud y la dignidad de los templos. Primero el vestido y el alimento de los demás, luego el nuestro. Esta es la enseñanza que nos deja Jesús en la unción de Betania: la preferencia por Jesús solo es auténtica cuando se expresa en la caridad, la amistad y el amor concreto hacia los pobres, sus predilectos.

No se puede servir a Dios y al dinero (Lc 16,13), expresó el Señor para darnos a entender que primero está él y los pobres y luego sí todo lo demás.



[3] CONCILIO VATICANO II, (1965), Decreto Ad Gentes, n°5.

[4] SAN JUAN CRISÓSTOMO, (1956), Obras completas II, Biblioteca de Autores Cristianos, pp. 80- 82.