Mostrando entradas con la etiqueta Semana Santa. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Semana Santa. Mostrar todas las entradas

domingo, 29 de marzo de 2026

Reflexión del Domingo de Ramos en Huacaña

SEÑOR DE RAMOS

Queridos hermanos y hermanas, acabamos de escuchar este largo relato de la pasión del Señor. Cada detalle, cada episodio nos recuerda todo lo que tuvo que sufrir Jesucristo, nuestro Señor, antes de morir en la cruz, para que muriendo en ella nos alcanzara la salvación, el perdón de los pecados.

Pero antes, en la procesión con la que iniciábamos esta liturgia del Domingo de Ramos, veíamos a un Jesús entrando de manera triunfal en la ciudad santa de Jerusalén. Por eso, las palmas que llevábamos en nuestras manos, los himnos, los cantos, los salmos que escuchábamos nos recordaban el triunfo del Mesías, que entra glorioso a la ciudad santa. Los niños hebreos cantan vivas y hosanas. Los hombres y mujeres ponen sobre el suelo sus mantos, cortan ramas de olivos y palmas y alfombran aquel lugar por donde pasará el rey de los judíos.

Pero este rey, aunque ingresa triunfante, victorioso, en medio de una multitud que le alaba y que lo proclama, es a su vez un rey humilde. El evangelio con el que inicia esta procesión de ramos nos indica que Jesús mandó buscar un asno, un burrito. Y nosotros también hemos traído la imagen del Señor de Ramos sobre un burrito con su pollina. Esto significa mucho. Es un rey poderoso, pero a la vez es un rey humilde que no ingresa en los mejores animales, no ingresa a caballo, no ingresa con una multitud que le protege o que le cubre. Al contrario, entra pobre y humilde, montado sobre un burrito y con niños, hombres y mujeres humildes también que le proclaman rey, que le proclaman el hijo de David.

Ese episodio lo hemos vivido nosotros también de manera simbólica con esta imagen del Señor de Ramos, con nuestra procesión por las calles del pueblo, en cada estación rezando y escuchando un fragmento del Evangelio y de las Sagradas Escrituras para revivir y para conmemorar también nosotros, como fieles católicos, esa entrada triunfal de Jesús.

Queridos hermanos y hermanas, a propósito de esta entrada de Jesús en el burrito, el gran santo Agustín de Hipona, en uno de sus sermones recordaba y recomendaba que así como se hicieron de un pequeño animal para cargar en sus espaldas al Rey de Reyes y Señor de Señores, para que todos lo vieran, para que todos le proclamaran, así también de igual manera nosotros, los cristianos, podemos ser como ese burrito. Es decir, cargar a Jesús en nosotros, de modo que todo aquel que nos vea, vea a Jesús reflejado en nuestro testimonio, en nuestra humanidad.

Sí, queridos hermanos y hermanas, nosotros, los hombres y mujeres cristianos de este siglo XXI, podemos reflejar a Jesús, podemos llevar a Cristo con nosotros, con nuestra vida, con nuestro testimonio, con nuestras palabras y obras. Y de esta manera somos apóstoles y evangelizadores, que es la vocación que hemos recibido desde el principio cuando fuimos bautizados.

De modo que, al recordar en este Domingo de Ramos a Jesús sobre la espalda de un burrito, cargado por las calles del pueblo, por la ciudad santa de Jerusalén, hagamos el compromiso de nosotros también llevar a Jesús en nuestra vida, conocerlo a través de su palabra y vivir con las actitudes que él ha vivido, que pasó por este mundo, nos dicen las Sagradas Escrituras, haciendo el bien.

Sin embargo, queridos hermanos, en esta liturgia del Domingo de Ramos, al escuchar el largo relato de la pasión del Señor, sabemos que aquel a quien en principio alababan y gritaban vivas y hosana, finalmente terminan crucificándolo. Aquel a quien proclamaban su rey y Mesías, luego piden para él la crucifixión.

Y esta es la vida de Jesús. Estos fueron sus últimos momentos en este mundo terrenal, de la gloria que para muchos era su entrada triunfal a la verdadera gloria de la cruz, donde muriendo restaura nuestra vida, restaura nuestra humanidad pecadora y nos abre así triunfalmente las puertas del cielo.

Esto, queridos hermanos y hermanas, hay que comprenderlo. Por eso, en la Semana Santa que iniciamos hoy con el Domingo de Ramos, vamos a acompañar a Jesús paso a paso en los últimos instantes de su vida, para comprender cómo fue ese amor tan grande que nos tuvo para aceptar la cruz, para dejarse traicionar por uno de los suyos, de sus discípulos, para dejarse apresar, los azotes, los insultos, los salivazos, los golpes, las bofetadas que sufre Jesús.

Y finalmente, al extender sus brazos en la cruz, nos habla de un gran amor. El mismo evangelio lo dice: nadie tiene más amor por sus amigos que el que da la vida. Y el Señor así lo manifiesta: “A mí nadie me quita la vida —dice Jesús—, yo la doy”. Él la entrega libremente por cada uno de nosotros.

Hermanos y hermanas, meditemos en este gran regalo. Aprovechemos una vez más esta Semana Santa 2026 que hoy iniciamos para encontrarnos con Jesús, para ver en cada una de las actividades de esta semana mayor los misterios de nuestra salvación. Acudamos con confianza al Señor. Dejémonos también acompañar por la Santísima Virgen María, la Virgen de los Dolores, nuestra madre que nos acompaña, que sufre también junto a su Hijo, junto a su pueblo fiel.

Y adquiramos nosotros en nuestra vida las actitudes de humildad y de sencillez de este Jesús, que siendo rey entra triunfante en un pequeño burrito, manifestando así su humildad, su pobreza, su caridad. Que, durante esta semana, al reunirnos aquí en este sagrado templo, casa de Dios, nos adentremos con profundidad y con convencimiento de corazón en ese misterio de nuestra salvación.

Porque aquel que muere en la cruz resucita y glorioso nosotros le veremos en esa resurrección, el domingo de Pascua, cuando le veamos triunfar sobre la muerte.

Que así sea. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

miércoles, 31 de diciembre de 2025

Exégesis del Salmo 22

 SALMO 22

Sufrimiento y esperanza del justo[1]

1 Del maestro de coro. Sobre “la cierva de la aurora”. Salmo. De David.

2 ¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado? Estás lejos de mi queja, de mis gritos y gemidos.

3 Clamo de día, Dios mío, y no respondes, también de noche, sin ahorrar palabras

4 ¡Pero tú eres el Santo, entronizado en medio de la alabanza de Israel!

5 En ti confiaron nuestros padres, confiaron y tú los libraste;

6 a ti clamaron y se vieron libres, en ti confiaron sin tener que arrepentirse.

7 Yo en cambio soy un gusano, no hombre, soy afrenta del vulgo, asco del pueblo;

8 todos cuantos me ven de mí se mofan, tuercen los labios y menean la cabeza:

9 “Se confió a Yahvé, ¡pues que lo libre, que lo salve si tanto lo quiere!”.

10 Fuiste tú quien del vientre me sacó, a salvo me tuviste en los pechos de mi madre;

11 a ti me confiaron al salir del seno, desde el vientre materno tú eres mi Dios.

12 ¡No te alejes de mí, que la angustia está cerca, que no hay quien me socorra!

13 Novillos sin cuento me rodean, me acosan los toros de Basán;

14 me amenazan abriendo sus fauces, como león que desgarra y ruge.

15 Como agua me derramo, mis huesos se dislocan, mi corazón, como cera, se funde en mis entrañas

16 Mi paladar está seco como teja y mi lengua pegada a mi garganta: tú me sumes en el polvo de la muerte.

17 Perros sin cuento me rodean, una banda de malvados de acorrala; mis manos y mis pies vacilan,

18 puedo contar mis huesos. Ellos me miran y remiran,

19 reparten entre sí mi ropa y se echan a suertes mi túnica.

20 Pero tú, Yahvé, no te alejes corre en mi ayuda, fuerza mía,

21 libra mi vida de la espada, mi persona de las garras de los perros;

22 sálvame de las fauces del león, mi pobre ser de los cuernos del búfalo.

23 Contaré tu fama a mis hermanos, reunido en asamblea te alabaré:

24 “Los que estáis por Yahvé, alabadlo, estirpe de Jacob, respetadlo, temedlo, estirpe de Israel.

25 Que no desprecia ni le da asco la desgracia del desgraciado; no le oculta su rostro, le escucha cuando pide auxilio”.

26 Tú inspiras mi alabanza en plena asamblea, cumpliré mis votos ante sus fieles.

27 Los pobres comerán, hartos quedarán, los que buscan a Yahvé lo alabarán: “¡Viva por siempre vuestro corazón!”.

28 Se acordarán, volverán a Yahvé todos los confines de la tierra; se postrarán en su presencia todas las familias de los pueblos.

29 Porque de Yahvé es el reino, es quien gobierna a los pueblos.

30 Ante él se postrarán los que duermen en la tierra, ante él se humillarán los que bajan al polvo. Y para aquel que ya no viva

31 su descendencia le servirá: hablará del Señor a la edad 32 venidera, contará su justicia al pueblo por nacer: “Así actuó el Señor”.

1.     Introducción[2]

El Salmo 22 presenta uno de los testimonios más intensos del sufrimiento humano en toda la literatura bíblica. En su primera parte (vv. 2–22), el yo poético aparece completamente agobiado: cercado por enemigos, debilitado por dolores, enfermo de muerte y experimentando la angustia suprema del silencio de Dios. Aunque sabe que pertenece a una tradición en la que Dios escucha el clamor de sus fieles, él se percibe como “antihistoria”: clama como sus antepasados, pero no recibe respuesta. La distancia entre Dios y el orante —«lejos de mi queja»— contrasta dramáticamente con la confesión insistente de su fe: «Dios mío», repetido tres veces. En medio de imágenes animales, acuáticas y de desintegración, el salmista se reconoce reducido a un “no-hombre”, objeto de burla y acoso.

A partir del v. 23, el salmo cambia radicalmente de tono. El lamento se transforma en una proclamación agradecida dirigida a la asamblea israelita. Ahora el centro es “el nombre” y la acción salvadora de Yahvé, quien no ha despreciado al humillado. El grito de muerte se vuelve grito de vida, y la experiencia personal de liberación se expande hasta abarcar a Israel, a todas las naciones e incluso a los muertos. El salmo culmina así en una visión universal en la que la cercanía divina sustituye a la soledad inicial y abre un horizonte de vida y esperanza.

Este movimiento —del abandono a la salvación, de la angustia extrema a la alabanza universal— convierte al Salmo 22 en una de las expresiones más profundas de la lucha contra la muerte y de la fe en la intervención vivificante de Dios.

2.     Género literario[3]

El Salmo 22 se inscribe plenamente en el género de la súplica individual, articulado en sus dos elementos clásicos: la petición de auxilio en la tribulación y la promesa de alabanza pública tras la liberación. La súplica se fundamenta en la descripción del sufrimiento extremo del orante y en la apelación a la identidad histórica y salvífica de Yahvé. Aunque la liberación es personal, el salmista se compromete a un agradecimiento comunitario y ritual.

Dentro del género, el poema destaca por su fuerte personalidad. Se trata de una súplica in extremis, nacida de repetidos clamores no escuchados, y expresada con extraordinaria urgencia e intensidad, combinando vigor retórico, imágenes hiperbólicas y descripciones que mezclan realismo y simbolismo. El orante no reconoce culpa alguna ni invoca castigos; más bien, su denuncia se expresa a través de la figura animalizada de los enemigos. La acción de gracias prevista ocupa una porción inusualmente amplia del salmo y aspira a una repercusión universal y duradera.

Por la fuerza de su dramatismo y por presentar a un inocente perseguido y luego salvado, este salmo ha ejercido una influencia decisiva en los relatos evangélicos de la pasión, y a su vez ha recibido de ellos una proyección interpretativa mayor. No obstante, el texto no debe vincularse a un individuo histórico concreto, sino que describe una situación humana típica, elaborada con un arte poético excepcional dentro del salterio.

3.     Estructura[4]

Respecto a la estructura de este salmo 22 hay diversas opiniones. Ahora presentamos el esquema de Aparicio (2005):

I.- Lamentación (vv. 2-22).

 Inicio: “¿por qué estás lejos?” (vv. 2-3).

 Primer movimiento: lejanía – cercanía (vv. 4-12).

 Segundo movimiento: animales y desmoronamiento físico (vv. 13-19).

 Final dramático: “no te alejes” (vv. 20-22).

 II.- Acción de gracias (vv. 23-27).

 Inicio: “anunciar – alabar” (v. 23).

 Enseñanza a la asamblea (vv. 24-25).

 Alabanza de un solista (v. 26).

 Final: “comer – alabar” (v. 27).

 III.- Himno a Yahvé, rey del universo (vv. 28-32).

 La realeza de Yahvé (v. 29).

           Cántico universal a Yahvé, rey (vv. 28.30-32).

            Por su parte, Alonso (1992)[5] propone un esquema bipartito para el Salmo 22, organizado en torno a elementos formales y repetitivos. El esquema puede resumirse así:

1. Primera parte: vv. 2–22 (Lamento y súplica)

Caracterizada por la repetición del término “lejos” en los vv. 2, 12 y 20, ubicados al inicio, en el centro y al final de esta sección.

Esta parte se estructura en tres momentos:

a) Primer “lejos” (v. 2) – Enunciativo

Le sigue una motivación contrastiva que recuerda lo que Dios fue para:

los antepasados (vv. 4–6), y para el orante en su infancia (vv. 7–11). 

b) Segundo “lejos” (v. 12) – Imperativo negativo

«No te quedes lejos».

Le sigue una descripción amplia del sufrimiento:

El enemigo: vv. 13–14, 17, 18b, 19 El orante: vv. 15–16, 18a 

Aquí también aparece la raíz “ayuda” en los vv. 12 y 20, reforzando la cohesión literaria.

c) Tercer “lejos” (v. 20) – Paralelo al segundo

Funciona como recapitulación de la súplica, acentuando nuevamente el poder del enemigo. Se introducen los verbos clásicos de liberación.

2. Segunda parte: vv. 23–31 (Acción de gracias y alabanza futura)

Empieza abruptamente en el v. 23 con un verbo que también aparece al final en v. 31b (narrar/contar), formando una inclusio que delimita claramente esta sección.

Aquí se desarrolla la alabanza futura y su expansión hacia:

la comunidad de Israel (“descendencia de Jacob e Israel”, v. 24), los pobres (v. 26), las naciones (vv. 28–29), y hasta “los que bajan al polvo”, es decir, los que están al borde de la muerte. 

Se observa además la repetición de la raíz “alabar” en:

v. 4 (primera parte), vv. 23, 24, 26, 27 (segunda parte). 

Esto muestra que la alabanza del pueblo antiguo se proyecta al futuro del orante, quien se integra a la tradición histórica de Israel.

4.     Exégesis[6]

El cántico de oración (v. 2-22) comienza con un repetido e insistente clamor: ¡Dios mío, Dios mío! La repetición de la invocación es señal de lo profunda que es la aflicción desde la cual el orante lanza su grito a Dios. A pesar de todo, la persona que se lamenta cree firmemente: Yahvé es «mi Dios»; ¡tengo derecho a esperar de él ayuda y salvación! El clamor atestigua que la persona ha asimilado y hecho suya la promesa del pacto, la promesa de salvación, dada a Israel.

El gravísimo e insondable sufrimiento de sentirse lejos de Dios y abandonado por él se expresa en la lamentación con un «¿por qué?» que sirve de introducción. El Dios de quien se tiene derecho a esperar ayuda y salvación es el Dios oculto y lejano (Jr 23,23). En densa yuxtaposición se hallan la invocación, llena de confianza, y el clamor desesperado “¿por qué me has abandonado?”. En el sufrimiento arquetípico del abandono por parte de Dios, aquel que se lamenta se aferra a «su Dios». Yahvé está lejos de la lamentación y del clamor del orante. En el verbo que designa el rugido del león (Is 5,29), se expresa de la manera más sombría el dolor extremo del sufrimiento. En esa profundísima aflicción de sentir se abandonado por Dios se vio sumido Cristo crucificado (Mt 27,46; Mc 15,34).

El v. 3 habla de incesante clamor y lamentación. El sufrimiento se extiende por un largo período de tiempo. Yahvé no responde. En eso consiste precisamente toda la amargura del abandono. Pero el que se lamenta no renuncia a Dios (Job 2,9). Se mantiene aferrado a «su Dios» y no calla.

El firme apoyo de la confianza, expresada en el clamor es el constante despliegue de poder y de actividad salvadora que ha hecho Yahvé en Israel (v. 4-6). Yahvé sigue siendo, inmutablemente, el mismo Dios. Está sentado en su trono como el Santo. La expresión “¡tú estás sentado en el trono como el Santo!” nos recuerda la de (Sal 99,1; 80,2), nos recuerda a aquel que tiene su trono en Sión (Sal 99,3; Is 6,3; 57,15). Yahvé está circundado de la acción de gracias y la alabanza de Israel. Yahvé es la causa, el objeto y la quintaesencia; y lo es, precisamente, porque los que confían están experimentando incesantemente, en demostraciones concretas de ayuda y salvación, el poder de Dios (v. 5). El verbo “confiar” arroja luz sobre la intención del lamento.

Está bien claro el sentido de las afirmaciones formuladas en los v. 4-6: el orante, en su lamentación, se consuela con el hecho de que Yahvé ha ayudado hasta ahora a quienes confiaban en él. La experiencia que Israel tiene de salvación (v. 4) es el consuelo del individuo. El poder de Yahvé se demostró cumplidamente en sus relaciones con los padres, y la persona que sufre se consuela con este hecho. Y, sin embargo, todo depende de la actitud que desencadena el poder salvador que se halla inmutablemente presente, actitud que significa: clamar de día y de noche, no cesar jamás (v. 3 y 6).

En el v. 7 el que se lamenta señala el hecho de que su vida 7-9 ha quedado desquiciada y que su dignidad humana está pisotea da en el polvo “he perdido toda semejanza con los hombres” (cf. Is 52,14; 53,3). Me parezco a un gusano que se arrastra por el polvo (a propósito de esta imagen, cf. Job 25,6; Is 41,14). A una persona así, humillada y desfigurada, la atacan inmediatamente los «enemigos». El escarnio y el oprobio ponen su sello de ignominia sobre aquella humillación y afirman que el que sufre está separado de Dios. “Menean la cabeza” significa un gesto de burla y escarnio (Sal 44,15; 64,9). El consejo mordaz de los «enemigos» se menciona luego en el lamento: ¡Que ponga su aflicción en manos de Yahvé! ¡Él le salvará de esa situación desesperada! ¿Acaso no le mira con simpatía? Esta recomendación de mordaz ironía nos hace escuchar en el fondo la idea de que: ¡Ayude Yahvé a quien se jacta de que Dios se complace en él!

Lo mismo que en los v. 4-6, el orante que entona la lamentación busca ahora apoyo en los v. 10.11. En el v. 10 se expresa la confianza: Tú me concediste graciosamente la vida. Y en el v. 11 esta afirmación se confirma con la viva certeza: Desde el instante mismo en que nací, mi vida se halla en tus manos. Sería concebible que en estas declaraciones del orante se escucharan prerrogativas reales, concedidas al ser «adoptado» el soberano como el «hijo de Dios». Lo que sucede es que el orante, en sus palabras que expresan confianza, adopta concepciones inspiradas en la manera en que el rey habla de su propia salvación.

En todo caso, las lamentaciones de los v. 2-11, interrumpidas dos veces por expresiones de confianza (v. 4-6 y 10-11), terminan en el v. 12 con una ardiente petición: ¡Quiera el «Dios lejano» (v. 2) poner fin al abandono de Dios en que se encuentra su siervo! La aflicción se halla cerca del orante y es como una fuerza independiente. ¡No hay nadie que pueda ayudar (con excepción de Yahvé)!

En el v. 13 comienza la descripción de esa «aflicción que está cerca» (v. 12). Y la descripción se hace por medio de imágenes y palabras simbólicas. «Toros» y «fuertes de Basán» rodean al que sufre. La expresión “fuertes de Basán” se refiere probablemente a una ganadería de toros de especial bravura que se criaban en Basán (cf. Am 4,1; Dt 32,14). Las comparaciones con las bestias no tenían nada ofensivo para la sensibilidad del mundo antiguo. Lejos de eso, el poeta, al hacer una comparación de esta clase, quiere darnos a entender únicamente que se trata de personas poderosas y principales, cuyo furor es muy de temer.

El v. 14 debe entenderse como mezcla de los más variados tipos de imágenes. Los poderes peligrosos abren amenazadoramente sus fauces; como leones, dando rugidos y zarpazos, se acercan al que sufre. Los v. 13.14 se refieren probablemente a demonios de enfermedades, como lo sugieren los v. 15s, que vienen a continuación. Los dos versículos 15 y 16 visualizan la agonía: el cuerpo se agota y se deshace bajo el ardor de la fiebre. El perfecto con sentido de presente describe el proceso con drásticas imágenes: «como agua» (cf. Jos 7,5; Ez 7,17; 21,12), «como cera» (cf. Dt 20,8; 2 Sam 17,10). Lo exterior y lo interior «se derriten». El ardor de la fiebre reseca la cavidad bucal (cf. el Sal 69,4). El que sufre se halla en el umbral mismo de la muerte.

Como una jauría de perros salvajes, “la cuadrilla de malhechores” rodea al que sufre y le ata de manos y pies. Los poderes demoníacos nos revelan de nuevo el rostro humano de los escarnecedores (v. 8.9). Caen sobre el que está enfermo de muerte. Por desgracia, el texto se halla defectuoso en este pasaje. No sabemos si lo de “me atan de manos y pies” representa una metáfora o un acontecimiento real. El que sufre ¿fue quizás apresado como trasgresor de los mandamientos de Dios? (Sal107, 10ss).

Los v. 18 y 19 nos indican que el que sufre fue despojado de sus vestiduras. Yace ahora, postrado y enflaquecido por la enfermedad y el sufrimiento (cf. Sal 102,6; Job 19,20; 33,21). Los malvados le miran con sorna. Se han apoderado de las vestiduras del moribundo encadenado y se las reparten echando suertes. A la persona marcada por el juicio de Dios, se le arrebata lo último. Lo de echar suertes sobre sus vestiduras le está diciendo al afligido: ¡Ya has muerto para nosotros! (Eclo 14,15). En un canto de Mesopotamia se dice: «Estaba abierto el féretro y cada uno se llevaba lo que le parecía bien de mis cosas preciosas; aun antes de que yo estuviera muerto, ya se había terminado la lamentación fúnebre».

En este punto en que se alcanza la máxima aflicción, escuchamos de nuevo (como en el v. 12) la petición dirigida a Yahvé de que no se quede lejos, que acuda pronto a socorrer a aquel desgraciado. La petición se extiende a lo largo de tres versículos (v. 20-22). “La espada” es, seguramente, una imagen del poder de la muerte (Sal 37,14), mientras que “perro” hace referencia al v. 17. En el fondo, el individuo que se lamenta pide que se le rescate de la mano de los poderes demoníacos que le separan de Dios. “León”, en el v. 22, hace referencia al v. 14.

La notable exclamación “¡Tú me has oído!” se halla entre las dos partes principales del salmo. Sirve de enlace entre la lamentación y el cántico de acción de gracias y de alabanza, que sigue ahora en los v. 23ss. Con una sola palabra el cantor declara: Yahvé me ha escuchado. La transición del lamento a la acción de gracias, que en algunos salmos es abrupta, se halla marcada en el Sal 22. Con ella se pone fin a la afirmación que se hacía en el v. 3 “no respondes”. Habrá que suponer que Yahvé, mediante un «oráculo de salvación», dio respuesta y concedió salvación al afligido que se lamentaba (Sal 107,20). Cuando las personas experimentan tal ayuda, «deben dar gracias a Yahvé» (Sal 107,21s). Aquí se halla claramente marcada la transición a los v. 23ss.

Las palabras “anunciaré tu nombre a mis hermanos” no son la fórmula de un voto que haga, en medio de su dolor, la persona que se lamenta, sino que son ya el comienzo del cántico de acción de gracias y de alabanza (Sal 66,16; 109,30; 107,32).

El cantor menciona el poder de Yahvé como el único tema de su cántico en presencia de la comunidad en adoración. El poder presente de Yahvé (cf. el comentario de Sal 20,2.6.8). Los oyentes del cántico son los que participan en la asamblea de culto de la comunidad de Israel (v. 4).

A todos los que han experimentado la realidad de Yahvé “los que teméis a Yahvé” se les invita a unir su voz a ese himno de alabanza. A este respecto, las construcciones en estado constructo “descendientes de Jacob” y “simiente de Israel” significan que se invita a la alabanza a todo el “verdadero Israel”. El v. 24b acentúa el estremecimiento ante el milagro en el que Yahvé manifiesta su presencia.

En el v. 25 se expresa el milagro de la salvación. Yahvé no ha menospreciado la aflicción del “pobre”. El que sufre se cuenta entre los “pobres”. A propósito de “no ha escondido de él su rostro”, podríamos preguntamos si, en el oráculo de salvación v. 22, una teofanía desempeñó también un papel auxiliar. En el v. 25b, la exclamación se expresa con las siguientes palabras “cuando él clamaba, le oyó”.

En sus actuaciones, Yahvé es un Dios que conduce a que se entonen alabanzas en su honor. A las obras de Yahvé, el hombre no puede responder sino con alabanza. La «gran asamblea» de la comunidad que se reúne con ocasión de las grandes fiestas del año. Con este motivo «se cumplen los votos». En medio de su aflicción, el que sufre promete ofrecer sacrificios (Lev 7,15-21) y dar gracias en los atrios del templo. «Semejante voto ofrecido en medio de la aflicción se entendería de manera totalmente errónea, si creyéramos que era una especie de negociación con Dios en el sentido de: 'Tú me das y yo te retribuyo'. No, sino que lo que se quiere expresar es que las relaciones entre el que ora ardientemente a Dios y Dios no terminan con el hecho de que Dios haya concedido la salvación, sino que continuarán después de experimentada la salvación, de tal manera que el que ha sido salvado proclame ante sus hermanos la salvación de que ha sido objeto».

Habrá que suponer probablemente que el cántico de alabanza 27 y de acción de gracias (v. 23-32) se entonaba probablemente con ocasión de un banquete sacrificial destinado a los pobres. Por lo menos, ésa es una buena manera de entender el v. 27. Los “pobres”, entre los que se cuenta el orante de nuestro salmo (v. 25), deben comer hasta saciarse. Ahora bien, este deseo-según el v. 27b- tiene un significado supremo: ¡Que los pobres experimenten la plenitud de vida que hay en todo momento en la cercanía de Dios!

Si ahora, en los v. 28s, se invita a todos «los confines de la tierra» y a «todos los linajes de los pueblos» a que entiendan, se conviertan y rindan homenaje, no se trata de una intensificación entusiástica del himno, sino de las tradiciones del culto de Jerusalén. El Dios que tiene su trono en Sión es el Creador y Señor del mundo entero. Ante esta realidad, válida en todos los tiempos, las naciones deben «reflexionar» y «convertirse». “Se postrarán” contiene la idea del homenaje rendido por los pueblos. Sobre todo, en el v. 29 aparece con claridad la relación con las tradiciones cultuales de Jerusalén. A Yahvé se le adora en Sión. Yahvé es el Señor del universo. Por eso, todos los pueblos tienen que tributarle alabanza.

Aun los muertos tienen que rendirle también ese gran homenaje. Esto es tanto más asombroso, cuanto más nos damos cuenta de que, según otros pasajes del antiguo testamento, existe una barrera infranqueable: los muertos no tienen ninguna conexión con Yahvé; los muertos no le alaban (cf. Sal 6,6; 88,11-13). El “Sheol” es un lugar muy alejado del culto. Pero ahora la barrera ha quedado rota. Aun los que duermen en la tierra.  (Dan 12,2) quedan incluidos en ese homenaje que se rinde a Yahvé.

En el v. 31 se da especial realce a los descendientes del que ha sido salvado. Estos deben servir a Yahvé. “Simiente” denota, como en el v. 24, la participación inmediata en la acción salvadora llevada a cabo por Dios. Se formará-nos asegura el salmista- una cadena irrompible de tradición, que trasmitirá a las generaciones venideras la noticia sobre las acciones salvadoras de Yahvé y que las proclame a las personas que todavía no han nacido. Mediante la trasmisión de la noticia sobre las grandes hazañas de Dios, las generaciones futuras herederán la certeza que el orante del Sal 32 expresaba en los v. 4-6.

5.     Lectura cristiana

Benedicto[7] XVI presenta el Salmo 22 como una de las oraciones más profundas y teológicamente ricas del Salterio, con un fuerte carácter cristológico, ya que aparece constantemente en los relatos de la pasión de Jesús. El salmo articula dos dimensiones inseparables: humillación y gloria, muerte y vida, y expresa la oración de un inocente perseguido cuya súplica se abre finalmente a la alabanza.

El papa subraya que el salmo alterna entre la realidad angustiosa del presente y la memoria consoladora de la acción de Dios en el pasado. El grito inicial, «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?», expresa el dolor por el silencio divino, pero también una radical confianza, pues el orante sigue llamando a Dios «mi Dios». Este mismo verso, citado por Jesús en la cruz, manifiesta que Cristo asume el sufrimiento humano hasta su extremo, pero no desde la desesperación, sino desde una fe que mira hacia la gloria.

El salmista evoca la fidelidad histórica de Dios con Israel y con su propia vida desde el nacimiento, lo que sostiene su esperanza aun en la situación presente de burla, agresión y aparente abandono. Las imágenes de los enemigos como fieras y de su propio cuerpo desmoronado acentúan la gravedad del peligro y evocan, proféticamente, escenas de la pasión de Cristo: la sed, el reparto de las vestiduras, el cerco hostil.

En el momento más oscuro surge la súplica decisiva: «Tú, Señor… ven en mi ayuda». Este clamor abre el paso a la intervención salvadora de Dios y transforma el lamento en alabanza: «Tú me has dado respuesta». La segunda parte del salmo se convierte así en un himno de acción de gracias que incluye al pueblo entero, a las generaciones futuras y a todas las naciones, proclamando la universalidad de la salvación.

Benedicto XVI concluye que el salmo conduce al creyente al misterio pascual: del Gólgota a la resurrección. Invita a leer la propia vida a la luz del camino de Cristo, descubriendo que incluso en el silencio y la aparente ausencia de Dios, la fe puede transformar el sufrimiento en esperanza y el grito de auxilio en canto de alabanza.

Tras mostrar cómo el Salmo 22 ilumina espiritualmente la pasión de Cristo, conviene situarlo dentro del conjunto de salmos que los evangelistas aplican al relato de la muerte de Jesús. Llama la atención, en primer lugar, la abundancia de referencias salmódicas en los relatos de la pasión: cerca de una veintena de citas o alusiones a unos diez salmos, concentradas sobre todo en los capítulos que narran la crucifixión y la muerte del Señor. Entre todos ellos, destacan de manera especial dos salmos: el Salmo 22 y el Salmo 69, utilizados masivamente para describir el misterio del Crucificado.

En el ciclo narrativo de la crucifixión, el Salmo 22 ocupa un lugar privilegiado. Todos los evangelistas —los tres sinópticos y también Juan— citan un mismo versículo del salmo (v. 19): «Se reparten mi ropa, se sortean mi túnica», viendo en él la clave para interpretar el gesto de los soldados al pie de la cruz. Del mismo modo, los evangelistas recogen diversas alusiones al versículo 8, que describe las burlas y gestos de desprecio hacia el inocente sufriente; Lucas destaca las mofas de los jefes, mientras que Marcos y Mateo evocan los meneos de cabeza de la multitud. Estos mismos evangelistas incorporan otra cita explícita del salmo (v. 9) en las palabras sarcásticas de quienes se burlan de Jesús: «Acudió al Señor; que lo ponga a salvo, si tanto lo quiere».

Pero la referencia más profunda al Salmo 22 se encuentra en los labios del propio Jesús. En Marcos y Mateo, su última palabra en la cruz es precisamente el verso inicial del salmo: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?», revelando que Jesús asume enteramente la oración del justo sufriente y la lleva a su pleno cumplimiento. Incluso la expresión «tengo sed» (Jn 19, 28) puede leerse como eco de este mismo salmo o del Salmo 69.

Así, los relatos de la pasión muestran cómo la Iglesia primitiva reconoció en el Salmo 22 —y en otros salmos del justo oprimido— la clave profética y teológica para comprender la muerte de Jesús, integrando sus padecimientos en la tradición bíblica del inocente perseguido cuya confianza inquebrantable en Dios abre el camino hacia la victoria pascual[8].

6.     Aplicación pastoral

Nuestra piedad cristiana conserva muy viva la imagen del salmo 22, pues en él reconocemos una de las siete palabras de Cristo en la cruz. Aquel “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” dirige inmediatamente nuestra mente al suplicio del Calvario, al sufrimiento del Justo y del Pobre por excelencia: Jesucristo. En la tarde del Viernes Santo, cuando los templos se llenan de fieles para la Meditación de las Siete Palabras, la cuarta de ellas resuena como un clamor profundamente humano y, al mismo tiempo, como una expresión de total confianza del Hijo en el Padre. De ahí que la interpretación unánime de la Iglesia reconozca en el salmo 22 un canto de confianza plena en el Señor.

Este salmo, que la Iglesia reza íntegro en la Liturgia de las Horas en la Hora Intermedia de los viernes de la tercera semana del salterio (bajo la numeración del Salmo 21), es a la vez un verdadero puente entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. El Señor Jesús ora con palabras que el pueblo de Israel conocía desde siglos atrás. Al pronunciarlas desde la cruz, no improvisa su testamento final, sino que hace suyo el clamor del justo sufriente y lo lleva a su pleno cumplimiento. Jesús no cita simplemente un lamento veterotestamentario: toma un salmo entero, que comienza en el desconsuelo y culmina en la más profunda confianza y alabanza por las obras de Dios.

Con este horizonte, el salmo 22 nos presenta con total claridad el clamor del abandono y la experiencia profundamente humana del sufrimiento. El salmista —y, más tarde, Jesús— pregunta angustiado: “¿por qué?”. Es la misma pregunta que brota del corazón del enfermo, del que se siente solo, del que ha fracasado o ha sido humillado. El hombre, herido por la vida, primero se interroga a sí mismo y luego dirige su pregunta hacia Dios. Cuando Jesús sufre y pronuncia ese mismo “¿por qué?”, se solidariza plenamente con todo dolor humano, porque Él mismo fue pobre, abandonado, sin apariencia atrayente, considerado por muchos un fracaso. Y, sin embargo, incluso en ese interrogante, la fe —don y virtud infundida por Dios— no elimina la pregunta, sino que la sostiene. Quien se atreve a preguntar a Dios lo hace porque, en el fondo, cree que Él escucha y que, aunque no sea inmediata, existe una respuesta.

Como se ha dicho, la confianza en Dios es la columna vertebral de este salmo. No concluye en la oscuridad ni en la muerte; por el contrario, avanza hacia la certeza de que Dios escucha, de que no abandona, y de que actúa ofreciendo salvación y liberación. En su estructura interior aparece un verdadero movimiento espiritual: del abandono a la esperanza, del gemido al canto. A este dinamismo está llamado todo ser humano, y solo se recorre plenamente cuando se aprende a entregarse con total confianza en el Señor. Este salmo, entonces, nos enseña oportunamente a rezar en la prueba siguiendo el mismo ritmo espiritual de Jesús en la cruz.

Ya mencionábamos que este salmo permanece vivo en la mente de los fieles durante la liturgia del Viernes Santo. La Iglesia lo propone como una interpretación viva del misterio de la cruz, invitándonos a no caer en la desesperación, sino a perseverar en la oración, especialmente cuando la calamidad y el dolor nos alcanzan. En este día santo, el silencio litúrgico, el clima de recogimiento y el tono espiritual que mezcla luto y esperanza en la resurrección se convierten en criterios cristianos para afrontar la prueba. Así, el salmo 22 y la celebración del Viernes Santo nos conducen juntos a contemplar la cruz desde la fe en la resurrección.

Cristo, el pobre y el justo, sufre siendo inocente; y este sufrimiento revela, al mismo tiempo, la gravedad del mal y la inmensidad del amor de Dios. Nadie le quita la vida al Señor: Él la entrega libremente, en perfecta unión con la voluntad del Padre del cielo. Por eso, cuando cualquiera de nosotros padece injustamente, puede contemplarse reflejado en Cristo y encontrar en Él un sentido para su dolor. De este modo, puede orar con el salmo 22, elevando a Dios el mismo grito que pregunta “¿por qué?”, pero que, a la vez, espera la respuesta con la confianza de que Dios no abandona y librará del mal.

Así, el sufrimiento está llamado a transformarse en misión. Este salmo —como el misterio pascual— transita del dolor a la proclamación de las maravillas de Dios. Del sufrimiento de Cristo brota la salvación para todos: Dios salva muriendo, una verdad inmensa que la fe contempla con asombro. Por eso, el fiel que sufre está invitado, como recuerda san Pablo, a “completar en su carne lo que falta a los padecimientos de Cristo”, ofreciendo sus dolores por los demás: por los enfermos, por los alejados, y por tantas necesidades que claman en nuestro mundo

Finalmente, el salmo 22 culmina con una marcada dimensión comunitaria: el sufrimiento expresado al inicio se convierte, al final, en una proclamación ante la asamblea. No se trata solo de un dolor individual, sino de una experiencia que encuentra eco en la comunidad creyente. La Iglesia, pobre y para los pobres, acompaña siempre a quienes sufren; por eso, nadie está solo en su propio “Viernes Santo”. De ningún hijo de Dios puede decirse que está abandonado, porque la comunidad de fe sostiene, abraza y anuncia que Dios permanece siempre a su lado.

7.     Bibliografía

  ÁNGEL APARICIO RODRÍGUEZ, cmf, (2005), SALMOS 1-41, Comentarios a la Nueva Biblia de Jerusalén, Desclée de Brouwer.

  BENEDICTO XVI, AUDIENCIA GENERAL, Sala Pablo VI, Miércoles 14 de septiembre de 2011.

BIBLIA DE JERUSALÉN, (2019), Desclée de Brouwer.

  HANS-JOACHIM KRAUS, (1993), LOS SALMOS Sal 1-59 vol. I, Sígueme.

  LUIS ALONSO SCHOKEL y CECILIA CARNITI, (1992), (Salmos 1-72) Traducción, introducciones y comentario, Verbo Divino.

  MICHEL GOURGUES, (1980), Los salmos y Jesús. Jesús y los salmos, Verbo Divino.

[1] BIBLIA DE JERUSALÉN, (2019), Desclée de Brouwer, pp. 737-739.

[2] ÁNGEL APARICIO RODRÍGUEZ, cmf, (2005), SALMOS 1-41, Comentarios a la Nueva Biblia de Jerusalén, Desclée de Brouwer, pp. 215-216.

[3] LUIS ALONSO SCHOKEL y CECILIA CARNITI, (1992), (Salmos 1-72) Traducción, introducciones y comentario, Verbo Divino, pp. 369-370.

[4] ÁNGEL APARICIO RODRÍGUEZ, cmf, (2005), SALMOS 1-41, Comentarios a la Nueva Biblia de Jerusalén, Desclée de Brouwer, p. 217.

[5] Páginas 370-371.

[6] HANS-JOACHIM KRAUS, (1993), LOS SALMOS Sal 1-59 vol. I, Sígueme, pp. 415-424.

[7] BENEDICTO XVI, AUDIENCIA GENERAL, Sala Pablo VI, Miércoles 14 de septiembre de 2011.

[8] MICHEL GOURGUES, (1980), Los salmos y Jesús. Jesús y los salmos, Verbo Divino, p. 24.

viernes, 18 de abril de 2025

Desde San Pedro de Huacaña, Sucre, Ayacucho

Reflexión del Viernes Santo 2025

Me llama profundamente la atención la primera lectura del Oficio de Lectura de este Viernes Santo, tomada del capítulo 3 del libro de las Lamentaciones, versículos del 1 al 33. En este pasaje se describe, de manera cruda y dolorosa, un sufrimiento que prefigura claramente la pasión del Señor. Se relata un proceso de humillación y aflicción tan intenso que parece llevar a la muerte y al abandono absoluto por parte de Dios. Sin embargo, el texto concluye con una poderosa afirmación: la fidelidad del Señor es grande y no abandona a nadie.

Esta lectura, por tanto, se puede aplicar en primer lugar a la vida del mismo Cristo, especialmente en su camino al Calvario. Él, siendo Dios, conocía las Escrituras, las profecías y la voluntad del Padre, y sabía que no sería abandonado. Su sufrimiento y humillación fueron reales, pero también lo fue su certeza de que Dios Padre lo acompañaba hasta el momento mismo de la cruz.

La fidelidad de Dios es inquebrantable. Al final del pasaje, las Lamentaciones proclaman que el amor del Señor es inmenso, y es ese mismo amor el que rescata a su siervo. Jesucristo murió en la cruz —y eso es lo que recordamos hoy, Viernes Santo— pero también resucitó, venciendo la muerte gracias al amor del Padre. Ese amor que Jesús predicó, que enseñó con sus palabras y obras, no defrauda. Fue ese amor el que lo rescató de la muerte y por eso, con alegría, celebramos su gloriosa resurrección el Domingo.

Pero esta lectura no solo nos habla de Cristo, sino también de cada uno de nosotros. En nuestras propias vidas, cuando sufrimos, cuando el camino se hace oscuro o incomprensible, cuando sentimos que no podemos más, debemos recordar que Dios no nos abandona. Es precisamente cuando más dolor sentimos que más fuertemente Dios nos toma de la mano. Me gusta repetir siempre que aún no ha nacido el primer desamparado de Dios. El Señor no se complace en castigar ni en afligir al ser humano; todo lo contrario: se goza en su vida, en su redención, en su salvación.

Hoy, al meditar la pasión de Jesucristo, pongamos también nuestras vidas ante la cruz. Muchas veces, nuestro día a día se asemeja a un calvario: lleno de caídas, humillaciones y tropiezos. Pero, así como Cristo cayó y se levantó, también nosotros estamos llamados a levantarnos una y otra vez —ya sea por el pecado o por las circunstancias de un mundo que se aleja de Dios y rechaza a quienes quieren seguirle fielmente.

La segunda lectura del Oficio también es profundamente rica. Se trata de un fragmento de las catequesis de san Juan Crisóstomo, en el que reflexiona sobre el poder de la sangre de Cristo. Alude a Moisés y al pasaje del Éxodo que leímos el Jueves Santo, donde se indicaba rociar con la sangre del cordero las jambas y el dintel de las puertas para que el ángel exterminador pasara de largo. Esa sangre era figura del verdadero Cordero: Jesucristo.

En la Eucaristía, al elevar el pan consagrado decimos: “Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”, tal como lo proclamó san Juan Bautista al ver a Jesús en el Jordán. Esa sangre tiene poder. San Juan Crisóstomo afirma que, si el ángel del mal pasaba de largo al ver la sangre del cordero en las casas, cuánto más se apartará si ve en nosotros la sangre del verdadero Cordero.

Hoy no rociamos puertas con sangre, pero nuestros labios son las nuevas puertas. Al recibir la Eucaristía —muchas veces bajo las dos especies: el Cuerpo y la Sangre de Cristo— nos unimos al misterio de la salvación. El mismo evangelista san Juan recuerda que Jesús dijo: “El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna; permanece en mí y yo en él”.

Muchos fieles, especialmente en este tiempo de misiones, expresan el deseo profundo de recibir a Jesús en la Eucaristía. Hay quienes no pueden comulgar por distintas razones, y eso les causa un verdadero sufrimiento. Aunque sabemos que el Señor perdona y acoge a todos, la Iglesia —en su sabiduría— nos enseña que es necesaria una mínima disposición para recibir el Cuerpo del Señor dignamente, como lo recuerda san Pablo: para no comer nuestra propia condenación.

También me conmueve otra enseñanza de san Juan Crisóstomo: que la Iglesia nace del costado abierto de Cristo. Cuando el soldado traspasa su costado, brotan sangre y agua: signos de la Eucaristía y del Bautismo. Estos dos sacramentos, junto con los demás, son la base de nuestra fe. Del costado de Cristo no solo brota vida, sino que se edifica la Iglesia. Así lo afirma también el Catecismo de la Iglesia Católica.

Reflexionaba sobre esto hace poco en clase de Eclesiología: decir que la Iglesia “nace” del costado abierto de Cristo no es negar su formación anterior. Al contrario, el nacimiento presupone una gestación. Jesús formó una comunidad, eligió a los Doce, instituyó la Eucaristía y el sacerdocio en la Última Cena. Todo eso fue preparando el nacimiento visible de la Iglesia, que se manifiesta plenamente desde el costado de Cristo en la cruz.

Por eso, este Viernes Santo es un día para agradecer profundamente a Dios por la Eucaristía, por los sacramentos y por su Iglesia, que es madre y maestra, que nos acoge y nos guía en la fe.

Meditemos, pues, en estas dos lecturas del Oficio del Viernes Santo: la de las Lamentaciones, que nos muestra el dolor humano y la fidelidad de Dios; y la de san Juan Crisóstomo, que nos habla del poder de la sangre del Cordero y del nacimiento de la Iglesia.

Vivamos este día santo con humildad, paciencia y auténtico espíritu cristiano, dispuestos a recibir todo lo que Dios quiera regalarnos.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.



viernes, 29 de marzo de 2024

Primera y segunda palabra del Viernes Santo

“SERMÓN DE LA AGONÍA”

Desde el púlpito del templo de Santa Clara de la Concepción en la ciudad de Ayacucho, el Viernes Santo 29 de marzo de 2024, compartí la meditación de las dos primeras palabras del Sermón acostumbrado. La primera palabra me la habían encargado con varios meses de anticipación, sin embargo, minutos antes de empezar la oración introductoria me pidieron por caridad compartir también la meditación de la segunda palabra, pues a quien le habían encargado se le presentó una dificultad y no pudo llegar. No lo dudé ni un segundo y acepté el reto, o, mejor dicho, aproveché la oportunidad de reafirmar en mi vida aquellas palabras que tanto me gustan, y que medito a diario, inspiradas en las Sagradas Escrituras: “Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad”.

La meditación de la primera palabra fue realizada de manera espontánea, es decir, no llevé guion para leer, ni apuntes, ni materiales, solo en mi cabeza estaban ideas puntuales de los textos de Benedicto XVI y otros teólogos famosos leídos en la mañana para comentar por la tarde. La segunda palabra igualmente fue espontánea, con la ligera diferencia de que no me había preparado para meditarla, así que lo hice en el momento, valiéndome de mis lecturas espirituales y estudios teológicos, además de recordar que en el año 2021 me correspondió esta palabra en la parroquia Santa Rosa de Lima.

Mientras entonaban el canto inicial, un acólito me presentó el turíbulo para incensar las imágenes del Calvario dispuestas detrás del altar que estaba desnudo y con los siete velones encendidos y alineados en el borde. Lo hice, aunque no estaba revestido con el alba, como debió hacerse, sin embargo, al no haber ningún otro ministro de la Iglesia presente, realicé la incensación sencilla a las imágenes de Jesús en la cruz y a sus pies Juan, Magdalena y la Santísima Virgen María.

El texto transcrito que a continuación dejo ha sido tomado del vídeo en vivo transmitido por el canal de Facebook del Templo del Monasterio de Santa Clara, que también he publicado en mi canal de YouTube.

Palabras introductorias:

Queridos hermanos y hermanas. Nos hemos reunido en esta casa de Dios para acompañar la agonía de nuestro Señor Jesucristo. El sermón de las siete palabras medita y recuerda los últimos acontecimientos de la vida de nuestro Señor, reflejan sus sentimientos en el sufrimiento de la cruz, y por eso nosotros, haciendo un espacio en nuestro día, en nuestra jornada, queremos acompañar al Señor en su agonía. La tradición nos indica que a las 12 Cristo es clavado en la cruz y luego a las 3 entrega su espíritu al Padre. Meditemos, pues, junto al Señor, acompañémosle en esta su agonía y que sus palabras sean para nosotros palabras de vida eterna. Digamos juntos: en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Primera palabra: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen” (Lc 24, 34)

Es el evangelista san Lucas quien en el capítulo 23 de su evangelio, versículo 34, copia textualmente esta primera palabra de Jesús. Hay que comprender la situación en la que se encuentra nuestro Señor, y para meditación nuestra, con estas imágenes de Jesús clavado en la cruz en compañía de aquellos que le amaron, de aquellos que creyeron en su palabra: en primer lugar la Santísima Virgen María, su madre y madre nuestra; la Magdalena también una de esas principales mujeres que, sintiéndose amadas por el Señor, le siguieron y en los momentos de mayor dificultad estuvieron presentes con él; y el apóstol joven san Juan, apóstol y evangelista. Con estas imágenes, entonces, nos adentramos a meditar y a comprender lo que Jesús pronuncia desde la cruz.

Hemos dicho al inicio, son sus últimas palabras, y Jesús, aunque está muriendo, aunque está agonizando en la cruz quiere morir perdonando, por eso menciona “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”. Recordemos, queridos hermanos y hermanas, la vida del Señor, su predicación, dice incluso el evangelio que Jesús pasó por este mundo haciendo el bien, y un mensaje central que se le escuchó y que repitió en sus sermones, en sus predicaciones era el mensaje que, también lo comprendemos como un mandato: orar por nuestros enemigos. Jesús, que comprende el mensaje que el Señor su Padre del cielo le ha entregado, aún en la cruz, aun agonizando quiere dar el ejemplo y por eso suplica a ese Padre del cielo el perdón para aquellos que le están asesinando. Nosotros meditamos y nos preguntamos ¿para quién exactamente el Señor suplica el perdón de sus culpas?

Quienes están llevando a cabo la condena son los romanos. En el tiempo del Señor el Imperio Romano dominaba toda la región y solamente a ellos se les permitía llevar a cabo una sentencia de muerte. En primer lugar, Jesús pide el perdón para aquellos soldados crueles y despiadados que, desde que lo toman preso, se habían burlado de él, le habían flagelado con dureza, con crueldad y ahora a las 12 del mediodía de aquel Viernes Santo le estaban clavando en la cruz. Jesús pide al Padre el perdón para sus verdugos, pero detrás de esta ejecución sabemos que se encuentran los judíos, los sumos sacerdotes, los fariseos, los escribas, todos aquellos que escucharon la palabra de Jesús, pero, su dureza de corazón no les permitió creer en esa palabra. Abiertamente se habían declarado enemigos de Jesús de Nazaret, el galileo, también para ellos, para los judíos, para sus compatriotas, también Jesús suplica el perdón y esto, queridos hermanos y hermanas, es ciertamente una gran lección.

Con razón llamaban a Jesús “maestro” y es un maestro desde que inicia su predicación en las orillas del río Jordán hasta el suplicio de la cruz. Jesús es auténticamente nuestro maestro, que no se cansa de amar, que no se cansa de enseñarnos, que no se cansa de perdonar. Recordamos con esto lo que el Señor había enseñado a sus discípulos, la oración del Padre nuestro, cuando en la intimidad alguno de ellos le pidió a Jesús: “Señor, enséñanos a orar” y en las palabras que el Señor les responde se encuentra esta frase, que guarda relación también en el evangelio de san Lucas con esta primera palabra del Sermón de las siete palabras: “perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. Jesús es el maestro del perdón. No tiene en cuenta todo el sufrimiento, no tiene en cuenta tanta humillación. Jesús perdona y ese es el mejor ejemplo, queridos hermanos y hermanas, que el Señor desde la cruz nos quiere otorgar. Por eso nosotros y todos los que, en este preciso momento en los distintos templos, en los distintos lugares donde subsiste la fe católica, meditamos y nos adentramos a estas palabras de Jesús. Hemos de adquirirlas también como una meditación al igual que un compromiso, un compromiso de vida, porque ciertamente nuestra sociedad está necesitada del perdón de Dios en primer lugar, pero también de esa fraternidad y de ese sentimiento que, como hermanos, estamos invitados a tener los unos para con los otros.

Cuántos errores se evitarían en este mundo cruel si antes no existiera el perdón, las disculpas, el dejar pasar, el no tomar en cuenta. Cuántas guerras se pudieran evitar si en el corazón de nosotros los seres humanos viviera al menos un poco de este sentimiento que Jesús desde la cruz transmite: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”.

Y, ciertamente, esa es nuestra situación. No sabemos lo que hacemos cuando desobedecemos los mandamientos del Señor. No sabemos lo que hacemos cuando pecamos. Somos débiles, somos ignorantes y en ese sentido también la súplica de Jesús desde la agonía de la cruz, también dirige al Padre por cada uno de nosotros, porque pecamos, porque nos equivocamos y porque no sabemos lo que hacemos, sin embargo, queridos hermanos y hermanas, la súplica del Señor desde la cruz es también la certeza y la esperanza de saber que él suplica por nosotros. Nuestro Señor intercede ante el Padre misericordioso por nosotros sus hijos y esto nos llena de esperanza para seguir adelante, para no quedarnos estancados, para superar la dificultad, para ver con ojos distintos, con un pensamiento cristiano los acontecimientos de nuestra vida.

Cuántas personas en este mundo existen, y ojalá y no seamos uno de nosotros que, aunque vivos se presentan para el mundo, viven realmente como si estuviesen muertos, porque hace falta Dios en el corazón, porque hace falta el perdón y el compromiso del perdón en nuestra vida, en nuestra mente, en nuestras actitudes.

Aprendamos de Jesús en la cruz. Pide el perdón para aquellos que lo entregan, para aquellos que se burlan de él, para aquellos que, aunque escucharon su mensaje prefirieron no aceptar el Reino de los cielos y vivir en un mundo lleno de injusticias, lleno de errores, lleno de contradicciones. Jesús, por el contrario, es distinto, es coherente en sus palabras y en sus obras, y es lo que vemos cuando lo observamos en la cruz. Entrega su vida, nadie se la quita, dice el evangelio, entrega su vida para el perdón de los pecados, y en esta primera palabra Jesús suplica al Padre el perdón y nosotros que le acompañamos en esta agonía nos adherimos a esta petición del Señor. Queremos que Dios, que es infinitamente misericordioso, se apiade de nosotros, se apiade de esta sociedad que, pareciera, cada vez está más perdida y más alejada del Señor.

Sin embargo, esa petición, esa súplica de perdón transfiere también a nuestra mente y a nuestro corazón la confianza de dirigirnos a un Padre, a un ser cercano, porque no es un Dios lejano, no es un Dios vengador, no es un Dios que está pendiente de lo que hacemos o dejamos de hacer para castigarnos, no, ese no fue el mensaje de Jesús, el mensaje de Cristo, aún más desde la cruz, es la presencia y la revelación de un Padre que es amor, que es misericordia y que, como al hijo pródigo, espera y recibe con los brazos abiertos para seguir adelante.

Queridos hermanos, comprendamos esto, Jesús nos enseña que Dios es un Dios de oportunidades. No todo está perdido, no todo se ha acabado, aún más, con la muerte de Cristo en la cruz, cuando el mundo se llena de tinieblas y parece que Satanás ha vencido, ha salido vencedor, sabemos que en el Domingo de la Resurrección este Cristo agonizante se presentará ahora para la expectación de todos nosotros vivo, resucitado y glorioso, y solo así tendrán sentido sus palabras de súplicas y de intercesión por aquellos que le estaban asesinando.

Aprendamos del Señor, nuestro único maestro, nuestro mejor referente, nuestro modelo. Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, que ha venido para enseñarnos que, con la oración del Padre nuestro y con su primera palabra en la cruz, nos transmite el deseo de amar a los enemigos, de perdonar las ofensas, aun cuando nos duela, aun cuando no comprendamos, cuando parezca difícil.

Que, como Jesús, nuestro alimento sea hacer la voluntad del Padre, y que nuestra vida toda se vea confiada en esas palabras, porque Dios es amor y es lo que hemos recibido. Debemos vivirlo, debemos asimilarlo y con el ejemplo del Señor agonizante sabemos que esta Semana Santa del 2024 no será una Semana Santa más, será distinta, porque nos encontramos con el Señor, porque comprendemos su palabra y porque junto a él en la cruz como Juan, la Magdalena y María, su madre, hacemos el compromiso firme de perdonar. Solo así este mundo cambiará.

Mírame, oh mi amado y buen Jesús, postrado a los pies de tu divina presencia. Te ruego y suplico con grande fervor de mi alma, te dignes grabar en mi corazón sentimientos vivísimos de fe, esperanza y caridad, arrepentimiento sincero de mis pecados y propósito firme de nunca más ofenderte. Mientras yo, con todo el amor y el dolor del que soy capaz, considero y medito tus cinco llagas, teniendo en cuenta aquello que dijo de ti, oh mi Dios, el santo profeta David: “Han taladrado mis manos y mis pies, y se pueden contar todos mis huesos”.

 Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal. Amén.

Dios te salve, María, llena eres de gracia; el Señor es contigo. Bendita tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.

Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

Segunda palabra “En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lc 23, 43)

Queridos hermanos, el mensaje central de la predicación de nuestro Señor sabemos, fue, el Reino de los cielos. Jesús predicó un Reino, Reino de justicia y de paz, en contraposición, ciertamente, a lo que vivía su contexto histórico en la Galilea y en la Jerusalén del siglo primero, Jesús propone el Reino de Dios, el Reino de los cielos como la mejor alternativa para que en este mundo vivamos como verdaderos y auténticos hijos de Dios.

El letrero que encabeza la cruz del Señor nos recuerda el motivo de su condena. El evangelio lo menciona, Pilato mandó a escribir en hebreo, en latín y en griego el motivo de la sentencia de Jesús, y allí decía: “Jesús Nazareno el rey de los judíos”. Cristo es Rey del universo, Rey de este mundo, Rey de nuestros corazones y desde la cruz, aunque no porta una corona lujosa, sino de espinas, el Señor es el Rey de ese nuevo Reino de Dios que predicó, y en esta predicación, queridos hermanos y hermanas, se encuentra lo novedoso del mensaje, de la vida eterna.

En aquel entonces muchos creían que después de la muerte se acababa la existencia de los seres, no habían profundizado en aquello que, al menos la secta de los fariseos sí se animaba a creer, que había una vida después de la muerte. Jesús, sabemos, ciertamente no fue fariseo, Jesús portó un mensaje novedoso y lo central en esta novedad era que después de la muerte había vida y no solo vida, sino vida verdadera, vida auténtica, porque de Dios hemos venido y a Dios vamos a volver. Ese es el sentimiento, esa es la actitud que nuestro Señor desde la cruz está viviendo y está sintiendo.

Por eso, en esta segunda palabra, que es ciertamente la respuesta de Jesús ante el buen ladrón, que san Lucas refleja también en el capítulo 23, versículo 43, el buen ladrón, que la tradición lo ha reconocido con el nombre de Dimas, quien dirige su palabra a Jesús para decirle también desde su propio sufrimiento: “acuérdate de mí cuando estés en tu Reino”, comprendamos esto: el buen ladrón ha escuchado el mensaje de Jesús, sabe que él es un Rey, sabe que ha predicado un Reino, por eso le pide: “acuérdate de mí cuando estés en tu reino”, y la respuesta de Jesús es precisamente esta segunda palabra: “Hoy estarás conmigo en el paraíso”.

La iglesia durante muchos años ha tratado de comprender esta frase del Señor, una respuesta que puede ser un poco contradictoria, porque sabemos, solo después de la resurrección de Cristo resucitan también el cuerpo de los justos y se abre para nosotros lo que habíamos perdido, el paraíso, es decir, el cielo. Pero Jesús es infinitamente generoso, por eso no presta atención ni a tiempos ni a lugares ni a conceptos teológicos y se adelanta para abrir las puertas del cielo al buen ladrón. Es como como si estuviese canonizándolo. La tradición ciertamente lo recuerda con el nombre de san Dimas, Dimas o san Dimas.

Jesús ha escuchado su petición sabe lo que pide este hombre, reconoce que está necesitado de la vida verdadera, por eso su respuesta es contundente, generosa, brota de un corazón lleno de amor y de misericordia, no pone más cargas, no pone condiciones, Jesús simplemente responde: “Hoy estarás conmigo en el paraíso”. Es el mejor regalo que pudo darle el Señor desde la cruz a uno de los ladrones que, nos dice el evangelio, fueron crucificados también a sus costados. Jesús nos regala el cielo y en el buen ladrón vemos nosotros, queridos hermanos y hermanas, una actitud que hay que imitar.

Hemos escuchado en distintas reflexiones cómo este buen ladrón fallece haciendo bien su oficio, es decir, robando el cielo, pidiéndolo con sus palabras, pero en sí robándole la misericordia, robándole el amor a Jesús y el Señor se desprende ciertamente, y por eso lo admite. Nosotros en nuestra dificultad, en nuestro día a día, ¿qué le pedimos a Dios?, ¿estamos realmente conscientes de que tenemos un puesto arriba en el cielo?, ¿creemos realmente en eso que repetimos en el Credo, en la vida del mundo futuro, en la resurrección de la carne?, ¿creemos realmente que de Dios venimos y a Dios debemos volver?

Queridos hermanos y hermanas, en esta segunda palabra del Señor, en esta respuesta de Jesús al buen ladrón, meditemos nosotros y preguntémonos ¿qué tan convencidos estamos de nuestra fe? Porque este mundo ciertamente nos propone una realización que, humanamente es comprensible, cuando se alcanza un logro, cuando se trabaja, cuando se forma una familia, cuando tenemos un triunfo material, un triunfo académico. Estas son felicidades muy auténticas, muy humanas, pero, en fin, pasajeras. Hay una felicidad eterna, hay una vida más allá de la muerte, y es lo que el Señor ha dicho: el cielo.

Y a nosotros, bien sabemos, sus seguidores, los que hemos creído en él y estamos bautizados, el Señor nos ha prometido un espacio allá en el Reino de su Padre, donde todos cabemos, donde no habrá distinción ni segregación, donde participaremos de esa alegría, de esa fiesta que no tiene fin, como el catecismo de la Iglesia Católica describe al cielo. Esa es la promesa del Señor. Después de la muerte no se acaba la vida, por el contrario, empieza la vida verdadera, la vida auténtica, porque estaremos con Dios, le veremos tal cual es, como lo reflejan los textos litúrgicos y allí seremos lo que Dios ha pensado para nosotros sus hijos en la unidad del amor en la comprensión de que estaremos junto a nuestros seres queridos. Tantos familiares que han compartido con nosotros y en el Reino de los cielos nos esperan. Queridos hermanos y hermanas, con esta respuesta del Señor en la segunda palabra de sus últimas siete en la cruz comprendemos nuestra auténtica, nuestra verdadera vocación.

El cristiano está llamado a la vida, a vivir la vida en este mundo con los pies bien puestos en la tierra, a vivir cristianamente con los mandamientos, con el amor de Dios en el corazón, pero no solo eso, a vivir hasta que, cuando Dios nos llame en la muerte, podamos entrar gloriosos también como el Señor en el Reino de los cielos. Para esto, queridos hermanos, hay que fijar la mirada en la cruz, hay que observar al Nazareno, hay que comprender que Cristo entrega el paraíso, abre las puertas del cielo a Dimas, el buen ladrón, y con este primero también a todos nosotros.

Seamos fieles a su palabra. Creamos cada día más en su mensaje. Creamos en Jesús y creámosle a Jesús, que no nos miente, que ha prometido estar con nosotros todos los días de nuestra vida hasta el fin del mundo. Y ese fin del mundo, que no debe ser para nosotros nada catastrófico ni temeroso, ese fin del mundo que es para cada quien su propia muerte, se convierte en el encuentro definitivo con aquel que nos ha enseñado que Dios es Padre amoroso, es Padre misericordioso y que, desde la cruz, en el mejor lenguaje, con sus brazos abiertos nos enseña que todos cabemos en su regazo.

Estas son las palabras de Jesús, el maestro de Galilea, nuestro Rey, nuestro Señor que no se deja ganar en generosidad. Este es el Jesús a quien nosotros debemos seguir. Este es el hombre a quien debemos imitar. Significa, entonces, que con nuestra vida debemos también abrir puertas a los demás, abrir el cielo con una actitud cristiana, caritativa y sobre todo pacífica, porque bien lo comentó el Señor en el sermón del monte: “Bienaventurados los pacíficos, los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios”.

Nosotros ciertamente nos sentimos y somos hijos de Dios, debemos entonces trabajar por la paz, y Jesús desde la cruz con sus palabras con sus lenguajes es el primer Pacífico. No responde con violencia, no responde con rabia, responde con amor, con serenidad, con misericordia a aquellos que le rodean.

Comprendamos una vez más, queridos hermanos, que el Señor nos quiere buenos, nos quiere santos y podemos hacer un mundo distinto si vivimos nuestra fe. Para esto hay que conocer a Dios, hay que conocer su mensaje, escucharle, escuchar la predicación de nuestros pastores en la Iglesia católica, comprender que el Señor nos quiere cada vez más cerca de Sí, en la oración, en la caridad cristiana, en la recepción de los sacramentos que es una riqueza inagotable que poseemos en la santa Iglesia católica.

Cada vez que acudamos a la Eucaristía, cada vez que recemos el Santo Rosario, que recibamos la comunión, que nos confesemos vivámoslo como un encuentro personal con Dios, porque la Iglesia cuando nos administra un sacramento vive y pone en evidencia las palabras de Cristo en la cruz: “Hoy estarás conmigo en el paraíso”. Que ese paraíso que perdió el pecado de Adán y Eva y que Dios nos ha recuperado con la muerte de su Hijo en la cruz sea nuestro único tesoro, porque allí donde está nuestro tesoro, dice la Palabra, estará nuestro corazón.

Finalmente, queridos hermanos, como el Señor andemos por este mundo haciendo el bien. No nos cansemos de predicar el Evangelio con nuestra vida pero que nuestra mirada, aunque con los pies bien puestos en la tierra, esté fija en el cielo nuestra patria definitiva, nuestro lugar auténtico, nuestra morada. Cristo ya nos ha abierto el paraíso, hagámonos nosotros también merecedores de esta herencia, deseemos con nuestra vida entrar en la vida de Dios, y cuando el Señor nos llame con la santa muerte vayamos confiados al encuentro de ese Padre que nos ama, que nos conoce y que nos perdona. Digamos:

Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal. Amén.

Dios te salve, María, llena eres de gracia; el Señor es contigo. Bendita tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.

Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén

P.A

García

viernes, 2 de abril de 2021

“Hoy estarás conmigo en el Paraíso” Lc 23, 43

“HODIE MECUM ERIS IN PARADISO”


         Hermanos: el evangelio de san Lucas nos demuestra en este capítulo 23, en el versículo 43, que Jesús no se cansa de hacer el bien. Nuestro Señor clavado en la cruz, después de perdonar a los que le estaban matando, abrió las puertas del cielo al buen ladrón, a quién la Tradición ha identificado con el nombre de Dimas.

         Este personaje, que fue crucificado a la derecha de Jesús, no participó de los insultos del otro ladrón, por el contrario, se dirigió a nuestro Señor para hacerle una petición: “Acuérdate de mí cuando estés en tu Reino” (Lc 23, 42).

         Dimas, lleno de humildad reconoció su pecado y esto le permitió ver con claridad que Jesús era el Santo Inocente. Las palabras del buen ladrón son el mejor ejemplo de una oración confiada; él no exige nada, no cree merecer nada de Jesús, pero confía en el Señor desde lo más profundo de su condenado corazón.

         Jesús, por su parte, sin importarle que aquel delincuente fuese judío o pagano, le responde con una frase grandiosa: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso” (Lc 23, 43). Estas palabras garantizan a aquel condenado la salvación.

         Hermanos, nuestro Señor nos enseña, desde el madero de la cruz, a ser receptivos con todos, a perdonar, a estar dispuestos a acoger al prójimo, sin mirar condiciones, sin que nos importe el qué dirán. Jesús desde la cruz no condena a nadie, no excluye ni discrimina, por el contrario, se da a sí mismo, prometiendo lo más valioso para el hombre: la vida eterna.

         Cuántos de nosotros, que nos llamamos seguidores de Cristo, colocamos dificultades en el camino de los demás y creemos estar haciendo el bien, pero no, pues en realidad estamos completamente cegados por nuestro orgullo, por nuestro pecado.

         En este Viernes Santo, el Señor nos suplica al oído, con voz agonizante, que aprendamos a confiar en él, que aprendamos a perdonar como él lo hizo, y sobre todo, que empecemos a abrir las puertas y a acoger a los demás, ya sean conocidos o desconocidos, coterráneos o forasteros.

         Señor Jesucristo: ¡qué grande es tu ejemplo!, ¡qué recto tu proceder!, ¡qué oportuna tu enseñanza! Aun cuando estás en medio del mayor sufrimiento, te preocupas más por los demás que por ti mismo. Tú mueres crucificado en medio de dos delincuentes; dos ladrones que nos muestran cómo se puede afrontar a vida y el sufrimiento: renegando y escupiendo al cielo, como Gestas, o aprovechando todas las dificultades de nuestras vidas para madurar y crecer en el amor y la comprensión hacia los demás, como lo hizo Dimas.

         Te pedimos que, como al buen ladrón, nos ayudes a entender que lo más importante es rectificar a tiempo, acudiendo a ti con humildad y confianza. Con corazón contrito te decimos: acuérdate de nosotros, Señor, que somos pecadores. Perdónanos, porque son nuestros pecados los que te han clavado en esa cruz. Enséñanos a ofrecer nuestras miserias y sufrimientos para que podamos, con generosidad, escuchar tu palabra: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”.

         Hermanos: “situados en el Calvario, donde Jesús ha muerto, la experiencia de nuestros pecados personales debe conducirnos al dolor, y a una decisión más madura y más honda, la de no ofenderle nunca más” (San Josemaría Escrivá, Forja, 402).

         “Señor, a quién iremos, sólo tú tienes palabras de vida eterna” (Jn 6, 68).

         Amén.

+++

         Palabras pronunciadas en la Parroquia Santa Rosa de Lima de la ciudad de Ayacucho, Perú, con motivo de la Meditación de las Siete Palabras del Señor en el Viernes Santo de la Pasión del Señor.

P.A

García