miércoles, 17 de junio de 2026

Entrevista: la cultura del cuidado.

LA CULTURA DEL CUIDADO

ALGUNAS PALABRAS

¿Podrías contarnos brevemente en qué consiste el servicio, trabajo o actividad que realizas actualmente y qué personas forman parte de ese camino contigo?

Buenas noches Flor de María, buenas noches a los dos compañeros invitados. Mi nombre es Pedro García, soy seminarista y en la pastoral en la que me estoy dedicando últimamente trabajo con niños, jóvenes, adultos y también personas mayores en lo que es la formación de la catequesis.

Soy el encargado de preparar junto con los catequistas de primera comunión y de confirmación las sesiones que ellos tienen los días domingo con el grupo de jóvenes y de niños que asisten a la parroquia. En este sentido soy como una especie de facilitador o de profesor de estos temas para tratar de comprenderlos y tratar de llegar a una profundización en la fe que luego ellos como catequistas lo transmiten a sus niños y a sus jóvenes.

 

¿Podrías compartir una experiencia reciente en la que hayas sentido que estabas cuidando de alguien o de algo? ¿Qué ocurrió y qué significó para ti?

 

Bien, en mi caso quisiera recordar una experiencia que tuve hace unos domingos atrás en la parroquia de Jauja, donde voy los fines de semana. Antes de la misa me propuse estar en la puerta para tratar de dar la bienvenida, para saludar a las personas, a los feligreses que iban ingresando a partir de las seis y media de la mañana. Esto no es la costumbre, pero se me ocurrió hacerlo como para hacer algo distinto y dar un poquito más, y se aparece entonces un joven que en principio no responde el saludo de los buenos días, pero ingresa con una piedad y con una preocupación, sale llorando de la iglesia y luego al salir pues expresa toda su situación.

Esto me llamó muchísimo la atención porque de no haber estado yo allí o cualquier otra persona que le pudiera escuchar, aquel joven se hubiese ido simplemente con las ganas de desahogarse, y más que el responderle o el solucionarle, estuvo en mí el hecho de estar en ese sitio, la presencia y la escucha que me parece marcó de manera muy positiva para este joven aquella situación que estaba desahogando, aquello por lo cual lloraba e incluso le pedía tanto al Señor. Esto es un momento en el que ciertamente me sentí que estaba cuidando a aquella persona, escuchándole, comprendiéndole, estando allí para él y no tanto enfrascado en hacerle preguntas y en tratar de buscar soluciones como si se tratase de una enfermedad con un remedio, sino que ciertamente dejándolo todo en las manos de Dios, pero estando en el lugar, escuchándole y siendo consciente de su problema. Me di cuenta que en esos lugares, en esos pequeños servicios, en esos detalles somos muy útiles para el cuidado de los demás.

 

Desde tu experiencia ¿quiénes o qué realidades consideras que hoy necesitan ser especialmente cuidadas y por qué?

 

Yo diría que todos, absolutamente todos necesitamos de cuidado y de atención, niños, jóvenes, adultos, ancianos, seminaristas, sacerdotes, catequistas, profesores, estudiantes, todos necesitamos en gran medida atención y cuidado, pero de todos estos los niños me parece a mí que es, o la infancia, la niñez es una etapa en la que hay que estar, en la que hay que cuidar y en la que hay que brindar todas las herramientas para que los niños se desarrollen de la mejor manera, sin duda alguna lo que se hace a un niño o lo que se le deja de hacer a un niño en la infancia repercute para toda la vida, ahí está el tema de la educación y coincido con la compañera en lo que ha mencionado, en las catequesis, en nuestras parroquias, los monaguillos, todos los niños con los que tenemos contacto nos damos cuenta de la importancia que tiene el cuidado, la atención, el tratarlos bien, el orientarlos, el escucharlos para que pues estos sean las bases, los fundamentos de un desarrollo sano, de un desarrollo feliz y aún así pues también la pastoral de la iglesia se centra, como no, en los enfermos, en los presos, en los ancianos, en los agonizantes, pero todos en gran medida, vuelvo al inicio, necesitamos de ayudas y de cuidados, los más vulnerables serían los niños.

 

¿Qué te mueve a dedicar tiempo, esfuerzo o incluso a hacer sacrificios por ese servicio o por otras personas?

 

Les comento, estoy en la última etapa de la formación del seminario, dentro de unos meses con el favor de Dios estaré siendo ordenado diácono y diácono significa servidor y esa ordenación será para mí ciertamente el volverle a decir sí al Señor en esta vocación a la que me ha llamado. Lo que me mueve entonces a servir, a donarme, a entregarme es sentirme parte de la obra de Dios, de la misión de Dios y sentirme instrumento suyo.

Si me transmito a mí mismo no tiene sentido, si transmito a Dios, si llevo a Dios, si comunico a Dios a las personas, hay entonces allí el gran motivo, el gran motor para seguir entregándome y para seguir sirviendo. En gran medida lo que me mueve es la alegría de las personas, la gratitud muchas veces de ellas y al sentirme instrumento de Dios.

 

En estos momentos ¿Quién o qué te sostiene a ti?

 

En el ámbito de la formación, los seminaristas tenemos a nuestro director espiritual y es esa persona que ayuda, que cuida, que fortalece y que guía, sobre todo en los momentos de cansancio, de dificultad, en los momentos de confusión. Lo vivimos muy a diario.

Nosotros en el seminario estamos durante toda la semana, pero los fines de semana vamos al encuentro de las personas, tratamos con ellas y nos llenamos de sus alegrías, de sus tristezas, de sus realidades. Luego esto ciertamente lo canalizamos con los amigos, en la oración, con el director espiritual, de modo que ciertamente hay personas que nos brindan esa ayuda, que a la vez nosotros brindamos a los demás. Se me viene a la mente aquella frase de san Pablo, el hecho de poder nosotros consolar con aquel consuelo con el que fuimos o con el que somos consolados por Dios.

 

¿Crees que el cuidado corresponde solamente a la familia o a ciertas personas o piensas que es una responsabilidad que debería asumir toda la comunidad y la sociedad? ¿Por qué?

 

A mí me ayuda a responder la parábola del buen samaritano.

El hecho de que no coincidamos con el idioma, con la cultura, con la religión, no significa que no sintamos responsabilidad por los demás. En ese sentido, el cuidado es sentirnos familia. Al ser familia, al ser todos hijos de Dios, reconocemos que tenemos este deber cristiano, este deber humano de velar por los demás.

Por eso, el cuidado, pues ciertamente, como dice el dicho, la caridad empieza desde casa, pero también ha de expandirse a todos aquellos incluso a los que no conocemos.

 

¿Qué has aprendido sobre ti mismo o sobre la vida gracias a las experiencias de cuidado que has vivido?

 

Ahora mismo estoy recordando la experiencia que viví cuando empecé a trabajar en el penal de Ayacucho. Fui con todas las ganas de llevarle a Dios a los internos, dice uno, cuando no ha ido por primera vez a una cárcel, pero después se da cuenta que en la cárcel está Dios y los internos también nos transmiten su experiencia de fe, su humanidad.

¿Qué he aprendido entonces en este servicio? Pues, como lo dice la compañera, a sentirme vulnerable, a sentirme necesitado, a saber que hay un montón de cosas que no sé y que debo aprender y que caminando en comunidad, yendo de la mano con aquellos que están a mi lado, puedo fortalecerme y no presentarme solo como aquel que plantea soluciones o como el que lo sabe todo. Esa es una gran tentación que tenemos en la iglesia, los seminaristas, los sacerdotes, los catequistas o aquellos que nos dedicamos al pastoreo o al cuidado, creer o pretender que no lo sabemos todo, pero en realidad no es así. Eso es lo que yo he aprendido.

Y la gran frase es la humildad de saberme hermano entre los hermanos para caminar juntos, para descubrir juntos.

 

Si pudieras cambiar una cosa en nuestra sociedad para fortalecer una verdadera cultura del cuidado, que ya han ido mencionando, ¿qué cambiarías?

 

Flor de María se está poniendo más difícil este cuestionario.

A ver, no quiero ser cursi, pero se me viene a la mente que cambiaría yo mismo, cambiaría mi actitud.

Porque todas estas preguntas providencialmente me llaman a la reflexión. Está muy bien lo que hago, lo poco que hago, pero hace falta hacer mucho más para calcar en esta cultura del cuidado, para sentirme protagonista del cuidado de los demás. Cambiaría yo mismo.

Y ahora que el papa León está en España, el himno de esta visita es “Alza la mirada”. Yo creo que por allí va un poquito eso de cambiar en el mundo, que ese alzar la mirada signifique darnos cuenta de las realidades de los demás y no ensimismarnos a nosotros mismos. Por eso mi respuesta va por allí.

Cambiaría yo mismo mi actitud para despertar, para darlo todo, para comprometerme mucho más y en definitiva para entregarme al mundo que me necesita.

 

¿Hay algo o alguien que como sociedad estamos dejando de cuidar y que te preocupe especialmente?

 

Yo respondería desde una perspectiva más espiritual, en el sentido de que, si descuidamos nuestra relación con Dios, si descuidamos a ese Alguien con mayúscula, pues ciertamente las consecuencias serán lo que estamos viendo.

Una cultura de guerra, de destrucción, una cultura que no respeta la vida humana, la dignidad de la persona humana, como nos está recordando actualmente el papa León XIV. Cuidar la relación con Dios, cuidar lo eterno, lo verdadero, lo que trasciende lo sobrenatural y no conformarnos simplemente con lo momentáneo, con lo que pasa y ya no se tiene más. Esto del cuidado de los demás y el cuidado de la casa común tiene su referente inicial en Dios.

Nuestra cultura cristiana nos enseña a reconocer que Dios es el Creador de todas las cosas y teniendo a Dios en la mente y en el corazón, cuidando nuestra relación con Él, pues sale todo lo demás, el amor por el prójimo, por la creación, por nosotros mismos. Pienso que esto es un punto importante. La razón de la que haya tanta enemistad, tanta guerra, tanta polarización es porque estamos descuidando a Dios.

 

¿Cómo definirían o cómo entienden el cuidado ustedes en vuestras propias palabras?

 

Hace días, cuando Flor de María me indicaba más o menos de qué sería esta entrevista interesante sobre el cuidado, me tomé el tiempo de ver en el diccionario de la Real Academia Española la etimología de la palabra cuidado, y es muy interesante. Parece que viene de cogitare en latín, que es pensar, y esto se devino en un castellano por allá antiguo, coidare, y ahora tenemos cuidar.

Pero cuidar, según esto, viene de pensar. Y coincido entonces con esto que ya nos ha dicho la compañera. Para mí, el cuidado o el cuidar sería, en principio, empezando, básicamente por pensar, pensar que es ya una acción que me pone en camino para estar, para ayudar, para colaborar.

Pero en este sentido, el cuidar es básicamente estar, pensar, y ya desde allí colaborar con lo que se pueda, desde las herramientas, desde las propias facultades, desde las dificultades que tengamos también. Pero principalmente eso, estar con los demás.

 

¿Algunas palabras finales?

 

Bueno, a mí en principio me enriquece bastante esta conversación. La verdad que todo lo que nos propone Flor de María es para crecer, gracias a Dios y bendito sea Dios por estas amistades. Escuchar al Padre, escuchar a Tania es enriquecedor porque cada uno tenemos nuestra manera de pensar, nuestra manera de responder, pero coincidimos en muchísimas cosas de las que hemos dicho.

Ciertamente somos seres humanos, somos cristianos y todo lo demás. Tenemos muchas cosas en común, pero cada uno me parece que ha aportado desde su particularidad y nos ha enriquecido a los demás. Es muy motivador. Gracias, Flor de María.

 

¿Un relato de tu infancia respecto al cuidado de la casa común y la cultura del cuidado en general?

Cuando era niño, aproximadamente entre los 8 y 10 años, ingresé al grupo de scouts (exploradores) de mi pueblo. Allí comencé a conocer el escultismo, movimiento fundado por Robert Baden-Powell, un militar inglés que, a partir de su experiencia y reflexión, propuso un camino educativo orientado a formar personas responsables, serviciales y comprometidas con la sociedad.

Mi experiencia en los scouts marcó profundamente mi vida. Allí aprendí tres dimensiones fundamentales del cuidado: el cuidado de la naturaleza, el cuidado de los demás y el cuidado de uno mismo. Estos valores, además, estaban muy unidos a la vida cristiana, pues nuestro grupo tenía una fuerte cercanía con la Iglesia: de hecho, el jefe y fundador del grupo en nuestro pueblo era el sacerdote párroco. Aquella experiencia fue una verdadera riqueza para la comunidad, para los jóvenes y para la vida eclesial.

Recuerdo especialmente las jornadas de reforestación que realizábamos en las montañas y en las nacientes de agua. Llevábamos árboles y arbustos, los sembrábamos y asumíamos el compromiso de regresar periódicamente para revisar su crecimiento, cuidarlos y regarlos. No era simplemente sembrar un árbol y marcharnos; era aprender la responsabilidad de acompañar la vida que habíamos ayudado a plantar.

También recuerdo las largas jornadas de limpieza por todo el pueblo. Éramos grupos numerosos, de 50 o 60 niños y jóvenes, caminando con bolsas para recoger los desperdicios de las calles. Recolectábamos basura, separábamos materiales como las latas de aluminio para reciclarlas y buscábamos que esos recursos pudieran tener un nuevo propósito en beneficio del grupo y del medio ambiente.

Pero el escultismo no solo nos enseñaba a cuidar la creación; también nos enseñaba a cuidar nuestra propia vida. Se nos hablaba sobre la prevención de las adicciones, el buen uso del tiempo, la importancia de ocupar la mente y el corazón en actividades positivas: el servicio al prójimo, la recreación sana, la contemplación de la naturaleza, la disciplina personal y la disposición permanente a ayudar. Todo esto estaba resumido en aquel ideal scout de estar “siempre listos” para servir, cumplir nuestros deberes y vivir con honor.

Aquella formación dejó una huella que permanece hasta hoy. Algo tan sencillo como no arrojar nunca un papel a la calle se convirtió para mí en un principio adquirido desde la infancia. Muchas veces vemos cómo algunas personas tiran envoltorios o desperdicios sin mayor preocupación, incluso desde un vehículo o caminando por la calle. Para mí, después de aquella experiencia, cuidar los espacios comunes se volvió un acto básico de respeto, educación y responsabilidad.

Por eso, cuando hoy escucho hablar de la cultura del cuidado, del respeto por la casa común y de la responsabilidad ecológica —temas que el papa Francisco ha profundizado bellamente en Laudato si’—, siento que son valores muy cercanos, porque de alguna manera ya los había vivido desde pequeño en el escultismo. Antes de conocer una reflexión teológica más elaborada sobre estos temas, ya había aprendido en la práctica que la naturaleza es un regalo que debemos custodiar.

En los scouts descubrí el amor por la creación, por las personas, por mi pueblo y por el servicio. Aprendí que cada cosa tiene su lugar, que nuestras acciones pequeñas tienen consecuencias y que cuidar aquello que Dios nos confía también es una manera concreta de vivir nuestra fe.

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