LA CULTURA DEL CUIDADO
ALGUNAS PALABRAS
¿Podrías contarnos brevemente en qué consiste el servicio, trabajo o actividad que realizas actualmente y qué personas forman parte de ese camino contigo?
Buenas noches Flor de María, buenas noches a los
dos compañeros invitados. Mi nombre es Pedro García, soy seminarista y en la
pastoral en la que me estoy dedicando últimamente trabajo con niños, jóvenes,
adultos y también personas mayores en lo que es la formación de la catequesis.
Soy el encargado de preparar junto con los
catequistas de primera comunión y de confirmación las sesiones que ellos tienen
los días domingo con el grupo de jóvenes y de niños que asisten a la parroquia.
En este sentido soy como una especie de facilitador o de profesor de estos
temas para tratar de comprenderlos y tratar de llegar a una profundización en
la fe que luego ellos como catequistas lo transmiten a sus niños y a sus
jóvenes.
¿Podrías compartir una experiencia reciente en la
que hayas sentido que estabas cuidando de alguien o de algo? ¿Qué ocurrió y qué
significó para ti?
Bien, en mi caso quisiera recordar una
experiencia que tuve hace unos domingos atrás en la parroquia de Jauja, donde
voy los fines de semana. Antes de la misa me propuse estar en la puerta para
tratar de dar la bienvenida, para saludar a las personas, a los feligreses que
iban ingresando a partir de las seis y media de la mañana. Esto no es la
costumbre, pero se me ocurrió hacerlo como para hacer algo distinto y dar un
poquito más, y se aparece entonces un joven que en principio no responde el
saludo de los buenos días, pero ingresa con una piedad y con una preocupación,
sale llorando de la iglesia y luego al salir pues expresa toda su situación.
Esto me llamó muchísimo la atención porque de no
haber estado yo allí o cualquier otra persona que le pudiera escuchar, aquel
joven se hubiese ido simplemente con las ganas de desahogarse, y más que el
responderle o el solucionarle, estuvo en mí el hecho de estar en ese sitio, la
presencia y la escucha que me parece marcó de manera muy positiva para este
joven aquella situación que estaba desahogando, aquello por lo cual lloraba e
incluso le pedía tanto al Señor. Esto es un momento en el que ciertamente me sentí
que estaba cuidando a aquella persona, escuchándole, comprendiéndole, estando
allí para él y no tanto enfrascado en hacerle preguntas y en tratar de buscar
soluciones como si se tratase de una enfermedad con un remedio, sino que
ciertamente dejándolo todo en las manos de Dios, pero estando en el lugar,
escuchándole y siendo consciente de su problema. Me di cuenta que en esos
lugares, en esos pequeños servicios, en esos detalles somos muy útiles para el
cuidado de los demás.
Desde tu experiencia ¿quiénes o qué realidades
consideras que hoy necesitan ser especialmente cuidadas y por qué?
Yo diría que todos, absolutamente todos
necesitamos de cuidado y de atención, niños, jóvenes, adultos, ancianos,
seminaristas, sacerdotes, catequistas, profesores, estudiantes, todos
necesitamos en gran medida atención y cuidado, pero de todos estos los niños me
parece a mí que es, o la infancia, la niñez es una etapa en la que hay que
estar, en la que hay que cuidar y en la que hay que brindar todas las
herramientas para que los niños se desarrollen de la mejor manera, sin duda
alguna lo que se hace a un niño o lo que se le deja de hacer a un niño en la
infancia repercute para toda la vida, ahí está el tema de la educación y
coincido con la compañera en lo que ha mencionado, en las catequesis, en
nuestras parroquias, los monaguillos, todos los niños con los que tenemos
contacto nos damos cuenta de la importancia que tiene el cuidado, la atención,
el tratarlos bien, el orientarlos, el escucharlos para que pues estos sean las
bases, los fundamentos de un desarrollo sano, de un desarrollo feliz y aún así
pues también la pastoral de la iglesia se centra, como no, en los enfermos, en
los presos, en los ancianos, en los agonizantes, pero todos en gran medida,
vuelvo al inicio, necesitamos de ayudas y de cuidados, los más vulnerables
serían los niños.
¿Qué te mueve a dedicar tiempo, esfuerzo o
incluso a hacer sacrificios por ese servicio o por otras personas?
Les comento, estoy en la última etapa de la
formación del seminario, dentro de unos meses con el favor de Dios estaré
siendo ordenado diácono y diácono significa servidor y esa ordenación será para
mí ciertamente el volverle a decir sí al Señor en esta vocación a la que me ha
llamado. Lo que me mueve entonces a servir, a donarme, a entregarme es sentirme
parte de la obra de Dios, de la misión de Dios y sentirme instrumento suyo.
Si me transmito a mí mismo no tiene sentido, si transmito a Dios, si
llevo a Dios, si comunico a Dios a las personas, hay entonces allí el gran
motivo, el gran motor para seguir entregándome y para seguir sirviendo. En gran
medida lo que me mueve es la alegría de las personas, la gratitud muchas veces
de ellas y al sentirme instrumento de Dios.
En estos momentos ¿Quién o qué te sostiene a ti?
En el ámbito de la formación, los seminaristas
tenemos a nuestro director espiritual y es esa persona que ayuda, que cuida,
que fortalece y que guía, sobre todo en los momentos de cansancio, de
dificultad, en los momentos de confusión. Lo vivimos muy a diario.
Nosotros en el seminario estamos durante toda la
semana, pero los fines de semana vamos al encuentro de las personas, tratamos
con ellas y nos llenamos de sus alegrías, de sus tristezas, de sus realidades.
Luego esto ciertamente lo canalizamos con los amigos, en la oración, con el
director espiritual, de modo que ciertamente hay personas que nos brindan esa
ayuda, que a la vez nosotros brindamos a los demás. Se me viene a la mente
aquella frase de san Pablo, el hecho de poder nosotros consolar con aquel
consuelo con el que fuimos o con el que somos consolados por Dios.
¿Crees que el cuidado corresponde solamente a la
familia o a ciertas personas o piensas que es una responsabilidad que debería
asumir toda la comunidad y la sociedad? ¿Por qué?
A mí me ayuda a responder la parábola del buen
samaritano.
El hecho de que no coincidamos con el idioma, con
la cultura, con la religión, no significa que no sintamos responsabilidad por
los demás. En ese sentido, el cuidado es sentirnos familia. Al ser familia, al
ser todos hijos de Dios, reconocemos que tenemos este deber cristiano, este
deber humano de velar por los demás.
Por eso, el cuidado, pues ciertamente, como dice
el dicho, la caridad empieza desde casa, pero también ha de expandirse a todos
aquellos incluso a los que no conocemos.
¿Qué has aprendido sobre ti mismo o sobre la vida
gracias a las experiencias de cuidado que has vivido?
Ahora mismo estoy recordando la experiencia que viví cuando empecé
a trabajar en el penal de Ayacucho. Fui con todas las ganas de llevarle a Dios
a los internos, dice uno, cuando no ha ido por primera vez a una cárcel, pero
después se da cuenta que en la cárcel está Dios y los internos también nos
transmiten su experiencia de fe, su humanidad.
¿Qué he aprendido entonces en
este servicio? Pues, como lo dice la compañera, a sentirme vulnerable, a
sentirme necesitado, a saber que hay un montón de cosas que no sé y que debo
aprender y que caminando en comunidad, yendo de la mano con aquellos que están
a mi lado, puedo fortalecerme y no presentarme solo como aquel que plantea
soluciones o como el que lo sabe todo. Esa es una gran tentación que tenemos en
la iglesia, los seminaristas, los sacerdotes, los catequistas o aquellos que
nos dedicamos al pastoreo o al cuidado, creer o pretender que no lo sabemos
todo, pero en realidad no es así. Eso es lo que yo he aprendido.
Y la gran frase es la humildad de
saberme hermano entre los hermanos para caminar juntos, para descubrir juntos.
Si pudieras cambiar una cosa en
nuestra sociedad para fortalecer una verdadera cultura del cuidado, que ya han
ido mencionando, ¿qué cambiarías?
Flor de María se está poniendo
más difícil este cuestionario.
A ver, no quiero ser cursi, pero
se me viene a la mente que cambiaría yo mismo, cambiaría mi actitud.
Porque todas estas preguntas
providencialmente me llaman a la reflexión. Está muy bien lo que hago, lo poco
que hago, pero hace falta hacer mucho más para calcar en esta cultura del
cuidado, para sentirme protagonista del cuidado de los demás. Cambiaría yo
mismo.
Y ahora que el papa León está en
España, el himno de esta visita es “Alza la mirada”. Yo creo que por allí va un
poquito eso de cambiar en el mundo, que ese alzar la mirada signifique darnos
cuenta de las realidades de los demás y no ensimismarnos a nosotros mismos. Por
eso mi respuesta va por allí.
Cambiaría yo mismo mi actitud
para despertar, para darlo todo, para comprometerme mucho más y en definitiva
para entregarme al mundo que me necesita.
¿Hay algo o alguien que como
sociedad estamos dejando de cuidar y que te preocupe especialmente?
Yo respondería desde una
perspectiva más espiritual, en el sentido de que, si descuidamos nuestra
relación con Dios, si descuidamos a ese Alguien con mayúscula, pues ciertamente
las consecuencias serán lo que estamos viendo.
Una cultura de guerra, de
destrucción, una cultura que no respeta la vida humana, la dignidad de la
persona humana, como nos está recordando actualmente el papa León XIV. Cuidar
la relación con Dios, cuidar lo eterno, lo verdadero, lo que trasciende lo
sobrenatural y no conformarnos simplemente con lo momentáneo, con lo que pasa y
ya no se tiene más. Esto del cuidado de los demás y el cuidado de la casa común
tiene su referente inicial en Dios.
Nuestra cultura cristiana nos
enseña a reconocer que Dios es el Creador de todas las cosas y teniendo a Dios
en la mente y en el corazón, cuidando nuestra relación con Él, pues sale todo
lo demás, el amor por el prójimo, por la creación, por nosotros mismos. Pienso
que esto es un punto importante. La razón de la que haya tanta enemistad, tanta
guerra, tanta polarización es porque estamos descuidando a Dios.
¿Cómo definirían o cómo entienden
el cuidado ustedes en vuestras propias palabras?
Hace días, cuando Flor de María
me indicaba más o menos de qué sería esta entrevista interesante sobre el
cuidado, me tomé el tiempo de ver en el diccionario de la Real Academia
Española la etimología de la palabra cuidado, y es muy interesante. Parece que
viene de cogitare en latín, que es pensar, y esto se devino en un castellano
por allá antiguo, coidare, y ahora tenemos cuidar.
Pero cuidar, según esto, viene de
pensar. Y coincido entonces con esto que ya nos ha dicho la compañera. Para mí,
el cuidado o el cuidar sería, en principio, empezando, básicamente por pensar,
pensar que es ya una acción que me pone en camino para estar, para ayudar, para
colaborar.
Pero en este sentido, el cuidar
es básicamente estar, pensar, y ya desde allí colaborar con lo que se pueda,
desde las herramientas, desde las propias facultades, desde las dificultades
que tengamos también. Pero principalmente eso, estar con los demás.
¿Algunas palabras finales?
Bueno, a mí en principio me
enriquece bastante esta conversación. La verdad que todo lo que nos propone
Flor de María es para crecer, gracias a Dios y bendito sea Dios por estas
amistades. Escuchar al Padre, escuchar a Tania es enriquecedor porque cada uno
tenemos nuestra manera de pensar, nuestra manera de responder, pero coincidimos
en muchísimas cosas de las que hemos dicho.
Ciertamente somos seres humanos,
somos cristianos y todo lo demás. Tenemos muchas cosas en común, pero cada uno
me parece que ha aportado desde su particularidad y nos ha enriquecido a los
demás. Es muy motivador. Gracias, Flor de María.
¿Un relato de tu infancia
respecto al cuidado de la casa común y la cultura del cuidado en general?
Cuando era niño, aproximadamente entre los 8 y 10 años, ingresé al
grupo de scouts (exploradores)
de mi pueblo. Allí comencé a conocer el escultismo, movimiento fundado por
Robert Baden-Powell, un militar inglés que, a partir de su experiencia y
reflexión, propuso un camino educativo orientado a formar personas
responsables, serviciales y comprometidas con la sociedad.
Mi experiencia en los scouts marcó profundamente mi vida. Allí
aprendí tres dimensiones fundamentales del cuidado: el cuidado de la
naturaleza, el cuidado de los demás y el cuidado de uno mismo. Estos valores,
además, estaban muy unidos a la vida cristiana, pues nuestro grupo tenía una
fuerte cercanía con la Iglesia: de hecho, el jefe y fundador del grupo en
nuestro pueblo era el sacerdote párroco. Aquella experiencia fue una verdadera
riqueza para la comunidad, para los jóvenes y para la vida eclesial.
Recuerdo especialmente las jornadas de reforestación que
realizábamos en las montañas y en las nacientes de agua. Llevábamos árboles y
arbustos, los sembrábamos y asumíamos el compromiso de regresar periódicamente
para revisar su crecimiento, cuidarlos y regarlos. No era simplemente sembrar
un árbol y marcharnos; era aprender la responsabilidad de acompañar la vida que
habíamos ayudado a plantar.
También recuerdo las largas jornadas de limpieza por todo el
pueblo. Éramos grupos numerosos, de 50 o 60 niños y jóvenes, caminando con
bolsas para recoger los desperdicios de las calles. Recolectábamos basura,
separábamos materiales como las latas de aluminio para reciclarlas y buscábamos
que esos recursos pudieran tener un nuevo propósito en beneficio del grupo y
del medio ambiente.
Pero el escultismo no solo nos enseñaba a cuidar la creación;
también nos enseñaba a cuidar nuestra propia vida. Se nos hablaba sobre la
prevención de las adicciones, el buen uso del tiempo, la importancia de ocupar
la mente y el corazón en actividades positivas: el servicio al prójimo, la
recreación sana, la contemplación de la naturaleza, la disciplina personal y la
disposición permanente a ayudar. Todo esto estaba resumido en aquel ideal scout
de estar “siempre listos” para servir, cumplir nuestros deberes y vivir con
honor.
Aquella formación dejó una huella que permanece hasta hoy. Algo
tan sencillo como no arrojar nunca un papel a la calle se convirtió para mí en
un principio adquirido desde la infancia. Muchas veces vemos cómo algunas
personas tiran envoltorios o desperdicios sin mayor preocupación, incluso desde
un vehículo o caminando por la calle. Para mí, después de aquella experiencia,
cuidar los espacios comunes se volvió un acto básico de respeto, educación y
responsabilidad.
Por eso, cuando hoy escucho hablar de la cultura del cuidado, del
respeto por la casa común y de la responsabilidad ecológica —temas que el papa
Francisco ha profundizado bellamente en Laudato si’—,
siento que son valores muy cercanos, porque de alguna manera ya los había
vivido desde pequeño en el escultismo. Antes de conocer una reflexión teológica
más elaborada sobre estos temas, ya había aprendido en la práctica que la
naturaleza es un regalo que debemos custodiar.
En los scouts descubrí el amor por la creación, por las personas,
por mi pueblo y por el servicio. Aprendí que cada cosa tiene su lugar, que
nuestras acciones pequeñas tienen consecuencias y que cuidar aquello que Dios
nos confía también es una manera concreta de vivir nuestra fe.

No hay comentarios:
Publicar un comentario