jueves, 18 de junio de 2026

(2 Pe 1, 20-21): Escritura (γραφή), inspiración y autoridad profética

Cartas Católicas

 

«Hombres movidos por el Espíritu Santo hablaron de parte de Dios»

(2 Pe 1, 20-21): Escritura (γραφή), inspiración y autoridad profética

Introducción

La Sagrada Escritura constituye para la fe cristiana un testimonio privilegiado de la revelación divina. La Iglesia reconoce en ella una realidad profundamente misteriosa: es palabra humana, nacida dentro de circunstancias históricas concretas, pero al mismo tiempo verdadera Palabra de Dios transmitida bajo la acción del Espíritu Santo. La pregunta sobre la inspiración bíblica intenta precisamente explicar esta relación entre la acción divina y la colaboración humana.

Dentro del Nuevo Testamento, uno de los textos fundamentales para esta reflexión es 2 Pe 1, 20-21, donde se afirma que la profecía de la Escritura no procede de iniciativa humana, sino de hombres que hablaron “movidos por el Espíritu Santo”. Este pasaje constituye una referencia esencial para comprender tres conceptos centrales de la teología bíblica: γραφὴ (graphḗ) como Escritura inspirada, la autoridad normativa de la Biblia y la naturaleza de la profecía como palabra procedente de Dios. En este contexto, la afirmación petrina subraya que la verdadera profecía no nace de una interpretación autónoma o meramente humana, sino de una recepción y transmisión guiada por la acción divina; por ello, los autores sagrados no son simples intérpretes particulares de un mensaje religioso, sino testigos que comunican aquello que han recibido bajo la moción del Espíritu.

El texto no pretende ofrecer una teoría sistemática de la inspiración, sino defender la autoridad del testimonio apostólico y profético frente a quienes cuestionaban la esperanza cristiana. La advertencia sobre que ninguna profecía es de “interpretación propia” responde también a la problemática de los falsos maestros, quienes deformaban el sentido auténtico del mensaje recibido. Frente a ellos, el autor de 2 Pedro afirma que la interpretación de la revelación pertenece al mismo horizonte de la inspiración: Dios no solo comunica su palabra, sino que asiste a sus testigos para comprenderla y transmitirla fielmente. De este modo, aunque el pasaje surge en un contexto polémico concreto, su formulación se convirtió en un fundamento decisivo para la doctrina posterior de la Iglesia sobre la inspiración de la Sagrada Escritura[1].

El Concilio Vaticano II sintetizó esta comprensión afirmando que: “Las verdades reveladas por Dios que se contienen y manifiestan en la Sagrada Escritura se consignaron por inspiración del Espíritu Santo”[2]. Por tanto, estudiar 2 Pe 1, 20-21 permite comprender cómo la Iglesia confiesa simultáneamente a Dios como autor de la Escritura y al hombre como verdadero autor humano.

Texto griego de 2 Pe 1, 20-21

Texto según la edición crítica Nestle-Aland 28[3]: 20 Τοῦτο πρῶτον γινώσκοντες ὅτι πᾶσα προφητεία γραφῆς ἰδίας ἐπιλύσεως οὐ γίνεται· 21 οὐ γὰρ θελήματι ἀνθρώπου ἠνέχθη ποτέ προφητεία, ἀλλ᾽ ὑπὸ πνεύματος ἁγίου φερόμενοι ἐλάλησαν ἀπὸ θεοῦ ἄνθρωποι.

Traducción Biblia de Jerusalén (2019): 20 Pero, ante todo, tened presente que ninguna profecía de la Escritura puede interpretarse por cuenta propia, 21 pues nunca profecía alguna fue fruto de la voluntad humana. Los profetas fueron hombres que hablaban de parte de Dios movidos por el Espíritu Santo[4].

Traducción Reina-Valera (1960): 20 entendiendo primero esto, que ninguna profecía de la Escritura es de interpretación privada, 21 porque nunca la profecía fue traída por voluntad humana, sino que los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo[5].

Traducción Biblia de Nuestro Pueblo (2008): 20 Pero deben saber ante todo que nadie puede interpretar por sí mismo una profecía de la Escritura, 21 porque la profecía nunca sucedió por iniciativa humana, sino que los hombres de Dios hablaron movidos por el Espíritu Santo[6].

1. Contexto histórico y literario

La Segunda Carta de Pedro forma parte del grupo de escritos conocidos como cartas católicas. A diferencia de las cartas dirigidas a comunidades particulares, estos escritos poseen un horizonte más universal y buscan responder a situaciones generales de la vida cristiana.

El contexto inmediato de 2 Pedro está marcado por la preocupación ante falsos maestros y ante quienes cuestionaban la esperanza escatológica cristiana, especialmente la venida gloriosa del Señor (cf. 2 Pe 3, 3-4). Johann Michl señala que la finalidad fundamental de esta carta es fortalecer a los creyentes en la esperanza cristiana y recordarles que dicha esperanza no se fundamenta en invenciones humanas, sino en la acción salvadora de Dios[7].

La sección donde aparece nuestro texto (2 Pe 1, 12-21) desarrolla dos fundamentos de la certeza cristiana: El testimonio apostólico sobre Jesucristo (vv. 16-18); y la palabra profética de la Escritura (vv. 19-21). El autor afirma: “No les dimos a conocer el poder y la venida de nuestro Señor Jesucristo siguiendo mitos ingeniosos, sino como testigos oculares de su grandeza” (2 Pe 1, 16).

En este sentido, el autor de la carta une estrechamente la autoridad apostólica y la autoridad profética. La expresión inicial de 2 Pe 1, 19, “tenemos también” (καὶ ἔχομεν), indica que la palabra profética posee una autoridad que confirma el testimonio apostólico. La revelación cristiana no se apoya en interpretaciones particulares, sino en la continuidad entre la palabra anunciada por los profetas y el testimonio apostólico sobre Cristo[8].

La experiencia de la Transfiguración confirma el testimonio apostólico; pero junto a ella aparece la autoridad de la palabra profética. La Escritura no es simplemente un recuerdo religioso del pasado, sino una palabra iluminadora: “Tenemos más firme la palabra profética, a la cual hacen bien en prestar atención como a lámpara que brilla en lugar oscuro” (2 Pe 1, 19).

Por ello, los versículos 20-21 explican el fundamento de dicha autoridad: la Escritura posee origen divino porque los profetas hablaron impulsados por el Espíritu Santo.

2. Relación de 2 Pe 1, 20-21 con el Antiguo Testamento

La afirmación de Pedro sobre la profecía está profundamente arraigada en la comprensión veterotestamentaria del profeta. En Israel, el profeta no es principalmente alguien que anuncia acontecimientos futuros, sino un enviado que comunica la voluntad de Dios. Su autoridad no nace de su propio pensamiento, sino de haber recibido una palabra divina. Esta conciencia aparece claramente en la vocación profética: “Pondré mis palabras en su boca, y él les dirá todo lo que yo le mande” (Dt 18, 18). También Jeremías experimenta que la palabra profética procede de Dios: “He puesto mis palabras en tu boca” (Jr 1, 9).

La fórmula repetida en los profetas: “Así dice el Señor” expresa precisamente que la fuente última del mensaje no es la iniciativa humana. 2 Pe 1, 21 recoge esta tradición cuando afirma: “Nunca una profecía fue traída por voluntad humana”. La expresión no niega la participación del profeta, sino que afirma que el origen primero del mensaje está en Dios.

La relación entre Espíritu y profecía también es fundamental en el Antiguo Testamento: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido” (Is 61, 1). Asimismo, Joel anuncia: “Derramaré mi Espíritu sobre toda carne; sus hijos y sus hijas profetizarán” (Jl 3, 1). La novedad de 2 Pedro consiste en unir explícitamente esta acción del Espíritu con la Escritura escrita (graphḗ).

 

3. Traducción y análisis gramatical del texto griego

3.1          Γραφή (graphḗ): Escritura y autoridad

Uno de los términos centrales del pasaje es: γραφῆς (graphês) procedente del sustantivo: γραφή (graphḗ). Literalmente significa: escrito, documento, inscripción. Sin embargo, dentro del judaísmo helenístico y posteriormente dentro del cristianismo primitivo, el término adquiere un significado técnico: “la Escritura reconocida como sagrada y normativa para la comunidad creyente”.

En el Nuevo Testamento, el término γραφή (graphḗ) adquiere progresivamente un sentido técnico para designar los escritos reconocidos como portadores de autoridad divina. Aunque pueden encontrarse expresiones como “Sagradas Escrituras” (Rom 1, 2) o “Sagradas Letras” (2 Tim 3, 15), el uso más frecuente es simplemente “la Escritura” o “las Escrituras”, indicando así la conciencia de unidad de los diversos escritos recibidos como Palabra de Dios[9].

Por eso cuando 2 Pedro habla de “profecía de la Escritura” no se refiere a cualquier escrito religioso, sino a un texto recibido como portador de autoridad divina. La Escritura es considerada testimonio permanente de una palabra que procede de Dios y que continúa iluminando la vida del creyente.

Esta comprensión aparece ya en la tradición patrística. André Paul muestra que los Padres de la Iglesia designaron muy pronto los textos bíblicos como “Escrituras santas” o “Escrituras divinas”, expresando así su convicción acerca del origen sobrenatural de estos libros[10].

3.2          Πᾶσα προφητεία γραφῆς “Toda profecía de Escritura”

La expresión griega πᾶσα προφητεία γραφῆς puede traducirse literalmente como “Toda profecía de Escritura”. El genitivo γραφῆς puede comprenderse como “Toda profecía contenida en la Escritura”; o como “Toda Escritura que posee carácter profético”.

En ambos casos aparece una estrecha relación entre Escritura y revelación divina. Para 2 Pedro, la Escritura posee autoridad porque conserva la palabra pronunciada por hombres movidos por Dios. La profecía bíblica, por tanto, no es simplemente una reflexión religiosa humana, sino una palabra que nace bajo la acción del Espíritu Santo.

3.3          Ἰδίας ἐπιλύσεως οὐ γίνεται “No procede de interpretación propia”

El texto griego afirma πᾶσα προφητεία γραφῆς ἰδίας ἐπιλύσεως οὐ γίνεται. Literalmente “toda profecía de Escritura no llega a ser de interpretación propia”. Uno de los términos más discutidos del pasaje es ἐπίλυσις (epílysis), que puede traducirse como explicación, interpretación, solución, aclaración.

La dificultad consiste en determinar si Pedro está hablando principalmente de la interpretación posterior de la Escritura realizada por los lectores o del origen mismo de la profecía. Una primera interpretación entiende el texto como una advertencia contra una lectura individualista de la Escritura. Según esta perspectiva, la Palabra de Dios no debe ser separada de la fe recibida por la comunidad creyente.

Desde una perspectiva histórico-crítica, Rudolf Bultmann señala que esta advertencia refleja la situación de la comunidad cristiana ante el riesgo de interpretaciones arbitrarias de la Escritura. La profecía no puede ser comprendida desde criterios puramente subjetivos, porque debe interpretarse de acuerdo con aquello que constituye su fundamento: su origen en el Espíritu[11].

Esta lectura está en continuidad con la enseñanza católica sobre la interpretación bíblica. El Concilio Vaticano II afirma: “La Escritura se ha de leer e interpretar con el mismo Espíritu con que fue escrita”[12]. Sin embargo, atendiendo al versículo siguiente (2 Pe 1, 21), numerosos exegetas consideran que el sentido principal está relacionado con el origen de la profecía: esta no nace de una iniciativa privada del profeta, sino de Dios.

La frase siguiente explica la anterior οὐ γὰρ θελήματι ἀνθρώπου, “porque no por voluntad humana”. La partícula γάρ (“porque”) muestra que el versículo 21 ofrece la razón de la afirmación del versículo 20. Así, Pedro no está hablando únicamente de cómo interpretar la Escritura, sino principalmente de cómo llegó a existir la Escritura profética. Sin embargo, ambas dimensiones no se excluyen: precisamente porque la Escritura tiene su origen en el Espíritu Santo, su interpretación debe realizarse en apertura al mismo Espíritu.

3.4          Θελήματι ἀνθρώπου “Por voluntad humana”

La expresión θελήματι ἀνθρώπου procede de θέλημα (voluntad, deseo, decisión) y ἄνθρωπος (ser humano). El autor afirma que la profecía nunca tuvo su origen último en una decisión humana autónoma.

Esto no significa negar la colaboración del escritor sagrado. La Biblia no presenta al profeta como un instrumento inconsciente, sino como una persona llamada por Dios. La inspiración no elimina la inteligencia, la libertad, la cultura, el lenguaje ni el estilo propio del autor humano. La acción divina actúa dentro de la historia y mediante verdaderos autores.

3.5          Ὑπὸ πνεύματος ἁγίου φερόμενοι “Movidos por el Espíritu Santo”

La expresión central del texto es φερόμενοι (pherómenoi), del verbo φέρω (phérō) que significa llevar, transportar, conducir, impulsar. Gramaticalmente es participio, presente, pasivo y plural masculino. Por tanto, literalmente significa “siendo llevados” o “siendo impulsados”. El pasivo indica que los profetas reciben una acción: son movidos por Dios. Pero el presente expresa una acción dinámica, no una anulación de la persona.

El Espíritu Santo es presentado como aquel que guía la actividad profética. Johann Michl, comentando directamente 2 Pe 1, 20-21, traduce el sentido del texto afirmando que la profecía no fue producida por voluntad humana, sino que los hombres hablaron de parte de Dios siendo llevados por el Espíritu Santo[13].

4. Aporte teológico principal del texto

4.1 La inspiración de la Escritura en relación con 2 Tim 3, 16-17

La afirmación de 2 Pe 1, 20-21 encuentra una importante correspondencia teológica en otro texto fundamental del Nuevo Testamento sobre la inspiración bíblica: “Toda Escritura está inspirada por Dios y es útil para enseñar, para argüir, para corregir y para educar en la justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto y esté preparado para toda obra buena” (2 Tim 3, 16-17).

Mientras que la Segunda Carta de Pedro subraya el origen de la Escritura, afirmando que los autores sagrados hablaron “movidos por el Espíritu Santo” (ὑπὸ πνεύματος ἁγίου φερόμενοι), la Segunda Carta a Timoteo destaca la naturaleza y finalidad de la Escritura mediante una expresión única θεόπνευστος (theópneustos).

Este término procede de θεός (theós) (Dios) y πνέω (pnéō) (soplar, respirar). Literalmente significa “soplada por Dios” o “inspirada por Dios”. La imagen expresa que la Escritura tiene su origen en el aliento vivificador de Dios. Así como en la creación Dios comunica vida mediante su soplo (cf. Gn 2, 7), también la Escritura recibe su autoridad y eficacia de la acción del Espíritu divino.

Ambos textos se iluminan mutuamente. 2 Pe 1, 21 afirma que los autores humanos son impulsados por el Espíritu Santo. 2 Tim 3, 16 afirma que el resultado de esta acción es una Escritura inspirada por Dios. La inspiración, por tanto, no se limita únicamente al momento de escribir, sino que alcanza al texto mismo recibido por la Iglesia como Palabra de Dios.

Al mismo tiempo, 2 Timoteo muestra que la inspiración está orientada hacia una finalidad salvífica. La Escritura no ha sido entregada solamente para transmitir información religiosa, sino para transformar la vida del creyente mediante la enseñanza, la corrección y la formación en la justicia. Esta perspectiva será asumida posteriormente por el Concilio Vaticano II cuando afirma que los libros inspirados enseñan “firmemente, fielmente y sin error la verdad que Dios quiso consignar en las sagradas letras para nuestra salvación”[14].

Así, ambos testimonios neotestamentarios permiten una comprensión completa de la inspiración bíblica: Dios actúa por medio del Espíritu en los autores humanos (2 Pedro) para entregar a la Iglesia una Escritura inspirada y eficaz para conducir al hombre hacia la salvación (2 Timoteo).

 

4.2          La inspiración de la Sagrada Escritura en 2 Pe 1, 20-21

El aporte fundamental de 2 Pe 1, 20-21 consiste en afirmar el origen divino de la Escritura. La Biblia posee una doble dimensión: es verdadera palabra humana y es verdadera Palabra de Dios. Esta comprensión será formulada posteriormente por la doctrina católica mediante el concepto de inspiración.

El Concilio Vaticano II enseña: “En la composición de los libros sagrados, Dios eligió a hombres que utilizó usando ellos sus propias facultades y capacidades, de forma que obrando Él en ellos y por ellos escribieron como verdaderos autores todo y sólo aquello que Él quería”[15].

Esta afirmación evita dos errores: a) Reducir la Biblia a un libro solamente humano. Según esta postura, la Escritura sería únicamente producto de experiencias religiosas antiguas. b) Entender la inspiración como dictado mecánico. Según esta postura, Dios habría utilizado al escritor como un instrumento pasivo.

La comprensión católica sostiene una cooperación entre Dios y el autor humano. Karl Rahner insiste en que los escritores bíblicos no deben entenderse como simples copistas de un mensaje dictado desde fuera, sino como verdaderos autores humanos dentro de la acción salvadora de Dios[16].

4.3 La autoridad bíblica

La autoridad de la Escritura nace precisamente de su inspiración. La Biblia no posee autoridad únicamente porque una comunidad la considere valiosa, sino porque la Iglesia reconoce en ella una palabra nacida bajo la acción del Espíritu Santo. La Escritura es normativa porque transmite auténticamente aquello que Dios quiso comunicar para la salvación. Esta autoridad aparece reflejada ya en la fórmula bíblica “está escrito”, expresión que manifiesta que la palabra consignada en la Escritura posee una firmeza que supera la simple palabra humana y remite finalmente a Dios como garante de sus promesas[17].

Por esta razón, la tradición cristiana utilizó la expresión Sacra Scriptura para expresar que estos textos poseen un carácter diferente de cualquier otro escrito religioso. La palabra γραφὴ en el Nuevo Testamento apunta precisamente a esta realidad: un escrito recibido como palabra autorizada de Dios.

4.4          Profecía e inspiración

La profecía bíblica no debe reducirse a una predicción del futuro. El profeta es aquel que escucha la Palabra de Dios, interpreta la historia desde Dios y comunica su voluntad al pueblo. La inspiración escrita continúa esta dinámica profética: el mismo Espíritu que impulsó la predicación de los profetas conduce también la conservación escrita de la revelación.

André Paul, siguiendo la reflexión de Pierre Benoit, explica que puede distinguirse una inspiración que acompaña la historia del pueblo de Dios, una inspiración de la palabra profética y finalmente la inspiración de la Escritura que conserva aquello que Dios ha querido transmitir[18].

5. Principales debates interpretativos

5.1 Inspiración verbal e inspiración orgánica

Uno de los debates más importantes de la historia de la teología bíblica ha sido explicar cómo interviene Dios en la formación de los textos. Una comprensión demasiado rígida de la inspiración verbal puede terminar presentando al autor humano como un simple receptor pasivo. Sin embargo, la comprensión católica sostiene una cooperación entre Dios y el autor humano. La inspiración no debe entenderse como una sustitución de la actividad del escritor sagrado, sino como una acción del Espíritu que asume la totalidad de sus capacidades humanas: inteligencia, libertad, sensibilidad literaria y modo propio de expresión[19].

5.2          Interpretación privada y lectura eclesial

El texto ἰδίας ἐπιλύσεως οὐ γίνεται ha sido utilizado frecuentemente en las discusiones sobre la interpretación bíblica. La Iglesia afirma que la Escritura debe ser estudiada científicamente, atendiendo a lenguas originales, géneros literarios, contexto histórico y a la intención del autor.  Pero también debe ser interpretada dentro de la Tradición viva de la Iglesia. La Pontificia Comisión Bíblica recuerda que la interpretación bíblica requiere tanto el estudio histórico-crítico como la apertura creyente al mensaje teológico de la Escritura[20].

Esta dimensión eclesial de la interpretación aparece dentro de la misma Segunda Carta de Pedro. El problema no consiste solamente en afirmar que la Escritura tiene origen divino, sino también en determinar desde dónde debe ser interpretada. Joachim Gnilka señala que 2 Pe 1, 20-21, texto utilizado posteriormente para la doctrina de la inspiración, se encuentra originalmente dentro de un contexto hermenéutico: la Escritura, nacida del Espíritu, debe ser interpretada también en el Espíritu. Frente al riesgo de interpretaciones arbitrarias, el autor de la carta remite a la fe apostólica conservada en la comunidad eclesial[21].

5.3 Inspiración y canon bíblico

Otro debate importante consiste en la relación entre inspiración y reconocimiento canónico. La Iglesia no convierte un libro en inspirado; reconoce aquellos escritos que fueron recibidos como testimonio auténtico de la revelación. En este sentido resulta significativo que 2 Pe 3, 15-16 coloque las cartas paulinas en relación con “las demás Escrituras”, mostrando un proceso temprano por el cual ciertos escritos apostólicos comienzan a ser reconocidos con autoridad normativa dentro de la comunidad cristiana.

André Paul señala que desde los primeros siglos los cristianos hablaron de las Escrituras como textos “santos” y “divinos”, porque reconocían en ellos un origen vinculado al Espíritu Santo[22]. El canon expresa, por tanto, la recepción eclesial de aquellos libros considerados normativos para la fe.

5.4 Inspiración e inerrancia

Finalmente aparece la cuestión de la verdad bíblica. Si Dios inspira la Escritura, ¿qué significa afirmar que la Biblia enseña la verdad? El Vaticano II responde: “Los libros de la Escritura enseñan firmemente, fielmente y sin error la verdad que Dios quiso consignar en las sagradas letras para nuestra salvación”[23]. La finalidad principal de la Biblia no es ofrecer información científica o histórica según criterios modernos, sino comunicar la verdad salvadora revelada por Dios.

Conclusión

2 Pe 1, 20-21 constituye uno de los testimonios fundamentales del Nuevo Testamento sobre la inspiración de la Sagrada Escritura. El análisis del término γραφὴ muestra que la comunidad cristiana primitiva reconoce la Escritura como un texto dotado de autoridad divina. En este sentido, la γραφὴ no designa simplemente un escrito religioso, sino una realidad recibida por la comunidad creyente como testimonio normativo de la revelación divina.

La expresión προφητεία γραφῆς une la tradición profética de Israel con la Escritura recibida por la Iglesia. El Dios que habló por medio de los profetas continúa comunicándose mediante la palabra escrita.

Finalmente, el participio φερόμενοι revela el núcleo de la doctrina de la inspiración: los autores humanos hablan verdaderamente, pero lo hacen movidos por el Espíritu Santo. La Escritura nace del encuentro entre la iniciativa divina y la colaboración humana. Por eso la Iglesia puede confesar que la Biblia es plenamente palabra humana y plenamente Palabra de Dios.

Bibliografía

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[1] Jerome H. Neyrey, “Segunda carta de Pedro”, en Raymond E. Brown, Joseph A. Fitzmyer y Roland E. Murphy (dirs.), Nuevo Comentario Bíblico San Jerónimo: Nuevo Testamento y artículos temáticos, trad. José Pedro Tosaus Abad et al. (Estella: Verbo Divino, 2004), 636-637.

[2] Concilio Vaticano II, Constitución dogmática Dei Verbum, n. 11.

[3] NESTLE-ALAND, (1995), Novum Testamentum Graece, Deutsche Bibelgesellschaft. p. 610.

[4] ESCUELA BÍBLICA Y ARQUEOLÓGICA FRANCESA DE JERUSALÉN, Biblia de Jerusalén. Nueva edición totalmente revisada, Bilbao: Desclée De Brouwer, 2019, p. 1922. En el comentario del v. 21, se explica: “La forma en que aquí se invoca la inspiración de las Escrituras por el Espíritu Santo, ver 2 Tm 3, 15-16+, sugiere que su lectura supone también la dirección del Espíritu y la tradición apostólica. Pero el autor no tiene la intención de desanimar de una lectura privada, personal, devota, de la Biblia”.

[6] SCHÖKEL, Luis Alonso, La Biblia de Nuestro Pueblo, adaptación del texto y comentarios del Equipo Internacional, XI ed., Bilbao: Ediciones Mensajero, 2008, p. 1984. A este apartado el jesuita comenta: “El contenido de los versículos 20s ha sido funda mental en la definición de los principios de inspiración e interpretación bíblica en la tradición de la Iglesia. La Escritura requiere del Espíritu para su interpretación. Esto no excluye la razón, lenguaje humano a través del cual actúa el Espíritu, ni la comunidad eclesial, lugar privilegiado donde actúa el Espíritu”.

[7] Cf. Johann Michl, “Segunda Carta de Pedro”, en Otto Kuss – Johann Michl, Carta a los Hebreos. Cartas Católicas, Comentario de Ratisbona al Nuevo Testamento VIII, Herder, Barcelona, 1977, p. 522.

[8] Armando J. Levoratti (dir.), Comentario Bíblico Latinoamericano. Nuevo Testamento, 2.ª ed. revisada, Estella (Navarra): Editorial Verbo Divino, 2007, pp. 1145-1146.

[9] Cf. Xavier Léon-Dufour, Vocabulario de Teología Bíblica, Barcelona: Editorial Herder, 1965, p. 249.

[10] Cf. André Paul, La inspiración y el canon de las Escrituras, Cuadernos Bíblicos 49, Verbo Divino, Estella, 1985, p. 14.

[11] Cf. Rudolf Bultmann, Teología del Nuevo Testamento, Salamanca: Ediciones Sígueme, 1981, pp. 555-556.

[12] Concilio Vaticano II, Constitución dogmática Dei Verbum, n. 12.

[13] Cf. Johann Michl, “Segunda Carta de Pedro”, en Otto Kuss – Johann Michl, Carta a los Hebreos. Cartas Católicas, Comentario de Ratisbona al Nuevo Testamento VIII, Herder, Barcelona, 1977, p. 542.

[14] Concilio Vaticano II, Constitución dogmática Dei Verbum, n. 11.

[15] Ibíd.

[16] Cf. Karl Rahner, Inspiración de la Sagrada Escritura, Herder, Barcelona, 1970, pp. 18-20.

[17] Cf. Xavier Léon-Dufour, Vocabulario de Teología Bíblica, p. 249.

[18] Cf. André Paul, La inspiración y el canon de las Escrituras, Cuadernos Bíblicos 49, Verbo Divino, Estella, 1985, p. 38.

[19] Cf. Luis Alonso Schökel, La palabra inspirada. La Biblia a la luz de la ciencia del lenguaje, Cristiandad, Madrid, 1986, pp. 53-55.

[20] Cf. Pontificia Comisión Bíblica, La interpretación de la Biblia en la Iglesia, 1993.

[21] Cf. Joachim Gnilka, Teología del Nuevo Testamento, trad. Juan M. Díaz Rodelas, Madrid: Editorial Trotta, 1998, p. 465.

[22] Cf. André Paul, La inspiración y el canon de las Escrituras, p. 14.

[23] Concilio Vaticano II, Dei Verbum, n. 11.

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