SANTA ROSA DE OCOPA
El retiro espiritual que viví con mi hermano seminarista Juan Sixto en
el Convento de Ocopa fue, para mí, una experiencia maravillosa y muy
significativa, un encuentro con Dios desde el estudio, el silencio y la oración.
Estar durante varios días en este convento tricentenario, marcado por la piedad,
la vida religiosa y la misión de tantos franciscanos, creó un ambiente especial
para prepararnos interiormente antes de recibir el diaconado.
Desde el primer día, jueves 27 de agosto, el ritmo de oración, silencio,
Eucaristía, meditación, estudio y lectura nos ayudó a dejar por unos días las
preocupaciones habituales y a concentrarnos en lo esencial. Fue un retiro para
aprender más sobre el diaconado y una oportunidad para preguntarnos delante de
Dios qué significa realmente entregar nuestra vida al servicio de la Iglesia. En
esta experiencia nos dejamos guiar por la lectura de un retiro para el
diaconado preparado por el padre Eusebio Pascual, operario diocesano, quien había
sido nuestro director espiritual, y que, con sus diez temas de meditación, no
ayudó a comprender lo que íbamos a recibir. Por cierto, los apuntes de nuestras
meditaciones con este material del padre Eusebio ya han sido transcritos y
publicados.
Las diferentes charlas fueron enriqueciendo esta experiencia. El jueves,
después de los primeros temas del retiro, tuvimos la oportunidad de conversar
durante la cena con el diácono Fray Luis Miguel, O.F.M., del Convento de Ocopa.
Él es diácono permanente célibe, y su testimonio, desde la experiencia concreta
del servicio diaconal, nos ayudó a mirar el ministerio con sencillez y
realismo. Ese día también profundizamos en el texto «El diaconado, fundamento e
identidad», en la audiencia general de san Juan Pablo II del 13 de octubre de
1993, «Funciones del diácono en el ministerio pastoral», y comenzamos la
lectura del documento de la Comisión Teológica Internacional, «El diaconado:
evolución y perspectivas» (2002).
El viernes tuvimos un encuentro virtual muy particular con el padre José
Numa Molina García, S.J., capellán de la Presidencia de la República
Bolivariana de Venezuela. Su experiencia sacerdotal y pastoral nos permitió
acercarnos al servicio de la Iglesia desde una perspectiva amplia y concreta. El
padre Numa nos habló con énfasis del aspecto más concreto de un diaconado
fructífero, que es el servicio humilde y alegre a los pobres y a todos en la
Iglesia. Desde la propia perspectiva teológica y espiritual del diaconado nos
animó a asemejarnos a Cristo sirviendo al hermano necesitado. Recordó a Jon
Sobrino que comprendió cómo fuera de los pobres no hay salvación, además de
profundizar con nosotros la parábola del buen samaritano, en la que el servicio
por el que sufre se constituye en un elemento esencial de la salvación. Continuamos
también con la lectura de «Apuntes en torno al diaconado», de Román Sánchez
Chamoso, operario diocesano venezolano, y seguimos profundizando en «El
diaconado: evolución y perspectivas» de la Comisión Teológica Internacional.
Estas lecturas ayudaron a comprender que el diaconado tiene una historia y una
identidad que deben ser conocidas para poder vivirlo adecuadamente en el
presente.
El sábado tuvimos la oportunidad de escuchar vía Meet al padre José
Antonio Fortea Cucurull, famoso sacerdote exorcista español. Su conversación
fue diferente a las anteriores y aportó otra perspectiva a nuestra preparación.
Con el padre Fortea tratamos aspectos más teológicos del primer grado del Orden
sacerdotal que es el diaconado. El padre Fortea nos había enviado su libro
sobre el Diaconado en la Iglesia y una vez leído su texto, él se conectó para
escuchar nuestras dudas o inquietudes al respecto. Ese día comenzamos a
trabajar con mayor profundidad el texto «El ministerio del diaconado en la
Iglesia ministerial», de E. Royón Lara, que nos ayudó a reflexionar sobre el
lugar del diácono dentro de una Iglesia llamada a ser verdaderamente
ministerial. La jornada terminó con otro momento de formación y reflexión
personal, que me permitió interiorizar mucho de lo escuchado durante el día.
El domingo fue especialmente significativo porque celebramos la
Eucaristía en honor a Santa Rosa de Lima, patrona del Convento y del pueblo de
Santa Rosa de Ocopa. Además de los momentos propios del retiro, tuvimos la
charla virtual con nuestro queridísimo profesor el padre Gustavo Gálvez
Campero, de Pro Ecclesia Sancta, cuyo testimonio y experiencia enriquecieron
nuestra preparación. El padre Gustavo se enfocó también en tres cosas muy
puntuales, el servicio del diácono en la Palabra, en la Liturgia y en la
Caridad, y recordó cómo él mismo vivió su diaconado sirviendo en Guayaquil con
la encargatura de la construcción de las bases de un templo parroquial. Ese día
continuamos con «El ministerio del diaconado en la Iglesia ministerial» y nos
acercamos también al texto «Sobre la historia del diaconado», de Jorge Medina
E.. Estas lecturas nos ayudaron a valorar todavía más la riqueza histórica del
ministerio y, al mismo tiempo, la responsabilidad de vivirlo de acuerdo con lo
que la Iglesia espera de un diácono.
El lunes, finalmente, tuvimos el encuentro con nuestro padrino de ordenación
y rector del seminario, el padre Carlos Boulanger, quien nos ayudó a
profundizar en el ritual de la ordenación diaconal. Este último momento tuvo
para mí un significado especial, porque ya no se trataba solamente de hablar
sobre el diaconado en términos generales, sino de acercarnos directamente a la
celebración que pronto viviríamos. Recuerdo que en esta última charla con sacerdote
predicador el corazón se nos iba acelerando al ir cayendo en la cuenta de los
maravilloso que íbamos a recibir. El diaconado es una ordenación, es una consagración
total a Dios, ya no nos pertenecemos, ahora somos todo de Dios y de la Iglesia.
Pero, más allá de las charlas y de las lecturas, creo que lo más valioso
del retiro fueron los momentos de silencio y oración. La Santa Misa, las
Laudes, el Rosario, el Viacrucis, la adoración eucarística, las meditaciones
personales y el examen de conciencia me permitieron mirar mi propia vida
delante del Señor. Hubo momentos para agradecer, para reconocer mis
limitaciones y también para volver a preguntarme con sinceridad si estoy
dispuesto a servir a Dios y a los hermanos con todo lo que soy. Aunque temeroso
por la debilidad humana, confiado siempre en el Señor que llama y da la gracia
para seguirle.
Este retiro me ayudó a comprender que la ordenación diaconal no es
simplemente recibir un ministerio o asumir nuevas responsabilidades. Es
responder a una llamada de Dios y comenzar una nueva etapa de servicio. El
diácono está llamado a configurarse con Cristo servidor, y eso exige humildad,
disponibilidad, oración y entrega.
Me siento especialmente agradecido por haber podido vivir esta
preparación junto con mi hermano seminarista Juan Sixto y en un lugar tan
especial como Ocopa. Caminar por sus espacios, rezar en sus oratorios y vivir
allí varios días de retiro hizo que todo tuviera un sentido particular. En un
convento con tres siglos de historia, donde tantas generaciones de religiosos
han buscado servir a Dios y a la Iglesia, nosotros pudimos detenernos para
preparar nuestro corazón antes de recibir el diaconado. Y no solo su claustro y
sus pasillos conventuales, sino también sus campos, arboledas y la caminata a
la Cruz en lo alto de la montaña, rezando el Viacrucis.
Me llevo de estos días mucha gratitud y también una mayor
responsabilidad. Llego a la ordenación con alegría, pero consciente de que el
diaconado será un camino de entrega. Le pido al Señor que me conceda un corazón
humilde y generoso, que me ayude a servir sin buscar protagonismo y que nunca
me permita olvidar que, antes que cualquier función, ser diácono significa
aprender a servir como Cristo.


