SÍNDICO DEL ARZOBISPADO DE AYACUCHO
Cuando ingresé a trabajar en la Curia Arzobispal de
Ayacucho como secretario de Mons. Salvador Piñeiro, una de las primeras
personas que conocí fue don Alejandro Cabrera Palomino. Desde hacía más de
treinta años se desempeñaba como administrador o síndico de la Arquidiócesis de
Ayacucho, encargado de velar por los bienes materiales de la Iglesia
ayacuchana. Había iniciado su labor en tiempos de Mons. Juan Luis Cipriani,
quien, siendo obispo auxiliar de Ayacucho y tras ser aceptada la renuncia de
Mons. Federico Richter Prada, fue nombrado primero administrador apostólico y,
posteriormente, arzobispo metropolitano de Ayacucho.
Pues bien, ahí estaba todavía don Alejandro cuando
llegué a la Curia: un hombre que inspiraba respeto por sus años, por las canas
que peinaba y, sobre todo, por el indiscutible profesionalismo con el que
durante más de tres décadas había desempeñado su labor administrativa. Era,
además, notario eclesiástico adjunto, de modo que, junto con sus
responsabilidades propias en la administración y la sindicatura, intervenía
también en la autenticación de partidas de bautismo y confirmación, así como de
otros documentos expedidos por la Curia Arzobispal.
Yo todas las mañanas llegaba muy temprano a la oficina
para organizar la agenda del día y avanzar en las distintas labores de
secretaría, principalmente en la redacción o transcripción de textos del señor
arzobispo: decretos, constancias, licencias eclesiásticas, oficios, cartas,
notas, comunicados, autorizaciones y tantos otros documentos. Todo ese mundo de
la secretaría requiere especial atención y dedicación, pues cualquier error del
secretario, por pequeño que sea, termina comprometiendo al mismo obispo. Por
eso procuraba desempeñar mi trabajo con particular cuidado y responsabilidad.
En medio de todo aquel panorama, don Alejandro
significaba una pausa serena y amena. De vez en cuando visitaba la oficina por
algún requerimiento y aquellas visitas, para mi provecho, terminaban
convirtiéndose casi siempre en exquisitas conversaciones. Él recordaba
episodios de su trayectoria laboral desde los años de su juventud y yo lo
escuchaba con especial interés, pues sus anécdotas solían terminar
convirtiéndose en una suerte de exhortación moral para mí, que, siendo todavía
muy joven, me encontraba desempeñando labores que exigían mucha seriedad,
responsabilidad y disciplina.
De muchas de aquellas conversaciones pude tomar
algunos apuntes en mi agenda personal, sobre todo cuando consideraba que había
algo digno de conservar. Del miércoles 15 de marzo tengo anotado: «En la mañana
estuve solo en la oficina. Subió don Alejandro Cabrera para charlar un rato
conmigo; me contó parte de su vida laboral y me animó a seguir adelante en mis
estudios para el sacerdocio».
El martes 18 de abril escribí: «Hoy el señor
Alejandro, síndico, fue hospitalizado. Ya está enfermo, ya agotado por tantos
años de trabajo. Dios le dé la salud».
Meses después, el miércoles 19 de junio de 2023, dejé
constancia de un acontecimiento más alegre: «Hoy, el señor Alejandro Cabrera
Palomino cumplió 32 años de servicio en el Arzobispado de Ayacucho. Actualmente
se desempeña como síndico y notario eclesiástico adjunto, por lo que su firma
da fe y validez a diversos documentos expedidos por el Arzobispado. Monseñor
nos convocó a las 11:00 a. m. a quienes nos encontrábamos trabajando en la
Curia, con el propósito de tener un sencillo momento de reconocimiento y
agradecer al señor Alejandro por sus años de servicio. Como muestra de
gratitud, le obsequiamos una botella de vino y un bonito reloj de pulsera.
Compartimos un momento agradable, nos tomamos algunas fotografías y,
posteriormente, publiqué en la página de Facebook un breve comentario con
motivo de este aniversario».
Finalmente, del jueves 5 de octubre de 2023 conservo
esta pequeña escena cotidiana: «Por la mañana fui a la Sindicatura para
autenticar unos documentos. Al llegar, noté a don Alejandro un poco nervioso y
atareado por la cantidad de documentos que tenía que atender. En medio de aquel
ajetreo, tuvo un pequeño despiste y colocó incorrectamente uno de los sellos.
Al final, tuvimos que sacar nuevas copias y realizar nuevamente la
autenticación. Don Alejandro, algo apenado por lo sucedido, no dejaba de disculparse
por su equivocación».
Don Alejandro tuvo siempre un trato muy especial hacia
mí, o al menos así lo percibí; incluso me llamaba “padre”, aun cuando sabía
perfectamente que todavía no lo era. Se dirigía a mí con muchísimo respeto y
solía augurarme un futuro brillante, incluso en los más altos cargos de
responsabilidad dentro de la Iglesia, pues según él, yo, viniendo del extranjero,
me había involucrado con pasión e interés a la vida arquidiocesana. Yo
simplemente sonreía y lo escuchaba con atención. Era también muy enfático al
hablar de la gratitud: insistía en que había que saber agradecer y aprovechar
el apoyo económico que brinda el Arzobispado para la formación de los
seminaristas. Con cierta tristeza me comentaba que algunos se beneficiaban de
esa formación y después tomaban otros rumbos, o sencillamente nunca mostraban
gratitud, como si todo cuanto habían recibido les correspondiese necesariamente
por derecho. Era una cuestión sobre la que volvía más de una vez y que
consideraba muy importante.
Cuando iba a su oficina en la Curia —es decir, cuando
su salud no lo obligaba a ausentarse—, le gustaba encender por un rato la
fuente de agua del jardín central para que los pajaritos se acercaran a beber.
Pero solo la dejaba encendida unos minutos, pues tampoco le gustaba
desperdiciar el agua. Era uno de esos pequeños gestos cotidianos que formaban
parte de su manera de ser.
En nuestras conversaciones me contó varias veces, y
siempre con especial entusiasmo, cómo siendo joven había ingresado al área
administrativa del Hospital Regional como un simple ayudante. Con el paso del
tiempo fueron confiándole responsabilidades cada vez mayores, hasta que llegó a
ocupar la jefatura de la administración de salud en Ayacucho, labor que
recordaba con legítimo orgullo y que, según relataba, procuró desempeñar
siempre con destreza y pulcritud.
También le agradaba recordar sus numerosas anécdotas
con Mons. Juan Luis Cipriani, de quien había sido estrecho colaborador y por
quien conservó una profunda admiración hasta los últimos días de su vida.
Cuando se hicieron públicas las acusaciones de abusos contra el cardenal
Cipriani, don Alejandro se mostraba profundamente afectado y le costaba creer
que tales cosas se dijeran de quien había sido su antiguo jefe. No daba crédito
a cuanto circulaba en las redes y, desde el conocimiento personal y la estima
que conservaba por Mons. Juan Luis, manifestaba que no podía concebirlo capaz
de aquellos hechos.
En su labor como síndico del Arzobispado, recordaba
con frecuencia cómo había contribuido a disponer y acondicionar las oficinas de
la Curia y cómo procuraba dejarlas en buenas condiciones para las futuras
generaciones. Ciertamente, fue un gran impulsor de la remodelación de los
distintos ambientes de aquella antigua casona, velando siempre por conjugar la
estética y la funcionalidad con una razonable austeridad.
Tenía también muy presentes los innumerables procesos
judiciales en los que, a lo largo de los años, había intervenido en defensa de
las propiedades de la Iglesia. Se sentía satisfecho de que aquellos procesos
hubieran concluido favorablemente; pero, en definitiva, quien había ganado no
era él, sino la Iglesia ayacuchana. Don Alejandro había dedicado buena parte de
su vida a defender lo que no era suyo, sino de la Iglesia, y precisamente por
eso lo cuidó, defendió y administró con particular responsabilidad.
A los 85 años de edad, rodeado del afecto de sus
familiares y amigos, falleció don Alejandro Cabrera Palomino. Sus exequias
fueron presididas en la Catedral de Ayacucho por el arzobispo, Mons. Salvador
Piñeiro. Después de la celebración, su féretro fue llevado en hombros hasta el
frontis de la Curia Arzobispal, aquel lugar al que durante más de treinta años
había acudido para servir a la Iglesia ayacuchana. Fue, de algún modo, su
última visita a aquella casa a la que había dedicado tantos años de su vida y de
su trabajo.
Posteriormente, sus restos fueron sepultados en el
Cementerio General de Ayacucho, en el pabellón Santa Victoria, letra B, número
30. Allí fui a rezar por él al día siguiente de su sepultura, lamentando no
haber podido acompañarlo en sus exequias y entierro, pues, aunque me encontraba
entonces en el seminario, no llegué a enterarme a tiempo de su fallecimiento.
Días después de su muerte, durante una entrevista,
pregunté a Mons. Salvador por don Alejandro. El arzobispo me respondió:
«Muy bien que me recuerde de don Alejo. En estos días
cumplió su misión, larga y pacientemente unido a la cruz de la enfermedad. Lo
ungimos con el óleo santo y cerró sus ojos al mundo, pero abrió su alma al
Creador. Un hombre de 85 años de edad, más de 30 cuidando los bienes de la
Iglesia con una generosidad y una honestidad tan grandes. Esos son los grandes
valores, fortalezas en el trabajo del obispo: sus sacerdotes y laicos
comprometidos; no entrometidos, sino laicos comprometidos en la obra de la Iglesia,
en el cuidado de la evangelización en todas sus áreas, porque también lo
administrativo, el ver los bienes, el cuidar del seminario, son tareas muy
necesarias».
Varios días después de su muerte escribo estas líneas
desde el Seminario San Pío X de Huancayo, dando gracias a Dios por la vida y el
testimonio de don Alejandro Cabrera Palomino. Guardo con gratitud el recuerdo
de aquellas conversaciones en la oficina, de sus consejos y de su ejemplo de
servicio a la Iglesia. Que descanse en paz aquel hombre que, durante más de
treinta años, cuidó con responsabilidad lo que no era suyo, sino de la Iglesia.
«Siervo bueno y fiel» (Mt 25, 23).








No hay comentarios:
Publicar un comentario