domingo, 23 de agosto de 2026

El reloj de Temu: ¿un escándalo innecesario, una compra innecesaria?

“LAS APARIENCIAS ENGAÑAN”

El pasado viernes 21 de agosto, mientras me encontraba en la cabina de emisión de Radio Cumbre 98.5 FM para nuestro segundo programa de “Código Vocación”, ocurrió un pequeño episodio que, aunque podría parecer insignificante, terminó dejándome una interesante reflexión. Tiene que ver con un reloj de Temu, un malentendido, un comentario provocador y un usuario bloqueado. Veamos.

Nuestro programa semanal no solo se transmite por las ondas radiales de la 98.5 FM en Huancayo. Al mismo tiempo, se emite a través del Facebook de la emisora y de las cuentas de TikTok del Seminario Mayor San Pío X y del Seminario Conciliar San Cristóbal de Huamanga. Y fue precisamente en esta última plataforma donde apareció el comentario que dio origen a esta historia.

Minutos antes de salir al aire, ya estábamos interactuando con quienes se habían conectado a TikTok. Mi compañero Juan Uziel se encargaba de la transmisión del San Cristóbal y yo de la cuenta del San Pío X. Sixto había dispuesto la cámara del teléfono para que cubriera mi imagen, pero era él quien tenía delante la pantalla y, por tanto, quien podía leer los comentarios y saber cuántas personas estaban conectadas. Yo, mientras tanto, bastante ajeno a todo aquello, me preparaba para el programa.

En determinado momento, Sixto me indicó que un usuario había preguntado por el reloj que llevaba puesto en mi mano izquierda: un reloj plateado, de caballero, con una esfera interior de un verde bastante llamativo. Algo así como: “¿Y ese reloj, qué?”.

Lo primero que percibí fue un comentario completamente sano, incluso un pequeño elogio a la —indiscutible, por supuesto— apariencia agradable de aquel reloj. Me reí espontáneamente y, si mal no recuerdo, no dije nada más.

Pero unos instantes después Sixto me avisó: “El mismo usuario sigue preguntando por tu reloj”. Y entonces apareció el comentario: “¿Y la pobreza dónde queda?”. Ahí sí me alarmé.

En cuestión de segundos pasaron muchas cosas por mi cabeza. Primero, una sana vergüenza: quizá había escandalizado a un hermano en las redes sociales. Pero, casi inmediatamente después, sentí una profunda paz y tranquilidad. Yo sabía perfectamente qué reloj llevaba puesto. No era una pieza de alta relojería, ni una joya, ni mucho menos un objeto de lujo. Era un reloj comprado por la aplicación Temu por S/ 9.90. Sí, nueve soles con noventa céntimos. Bueno, para ser completamente honesto, no compré uno, sino cuatro: cuatro relojes distintos, de diferentes colores, a S/ 9.90 cada uno. Antes de que alguien saque la calculadora, sí: gasté S/ 39.60 en relojes. No es una fortuna, ciertamente, pero tampoco voy a fingir que aquel reloj apareció milagrosamente en mi muñeca. Lo compré, y lo compré porque me gustaba. Un objeto que, por su calidad, probablemente tenga más vocación de ser desechable que de convertirse en una herencia familiar.

Quise indagar un poco más con Sixto para saber qué otras cosas decía Fernando, nuestro indignado interlocutor. Sin embargo, ya no hubo mayor interacción. Mi hermano seminarista decidió bloquearlo, pues la conversación había tomado otro rumbo y se había convertido en una serie de críticas provocadoras que, francamente, no nos iban a llevar a ninguna parte.

Pero el asunto del reloj se quedó conmigo. Y mientras le daba vueltas, comprendí que quizá Fernando había provocado, sin quererlo, una reflexión que yo mismo necesitaba hacer: El reloj y las apariencias.

Como ya he indicado la bajísima calidad del producto, no hace falta recalcarla demasiado. Pero sí me parece justo señalar algo: S/ 9.90 por un reloj no es precisamente una fortuna derrochada en un objeto de lujo por el que se me deba pedir cuentas. Bueno, siendo coherentes con el relato fueron S/ 39.60 en total. Ese dinero era mío; no se lo quité a nadie. Y, aun así, con S/ 39.60 difícilmente habría yo acabado con la pobreza del mundo.

Es más, si alguien quisiera juzgar mi situación económica únicamente por ese reloj, probablemente estaría viendo justamente lo contrario de lo que imaginó Fernando. Llevar un reloj chino de S/ 9.90 revela objetivamente mi propia pobreza material. No cuento con mayores recursos como para tener un reloj de S/ 1000 o más. Y, para ser sincero, tampoco lo quiero ni lo necesito.

Ahora bien, reconozco con toda franqueza las verdaderas razones por las que compré aquellos relojes: me gustaron. Evidentemente, no necesitaba cuatro relojes para saber la hora. Con uno bastaba, y probablemente con un celular habría sido suficiente. Los compré porque me gustaron, porque me parecieron bonitos y porque, por ese precio, me pareció que podía darme el gusto.

Me agradó su apariencia. Era plateado, tenía un diseño sencillo de caballero y aquella esfera verde viva me llamó la atención: “verde que te quiero verde…”. Un compañero me prestó su aplicación de Temu —porque yo, dicho sea de paso, no tengo precisamente la costumbre de comprar productos por Temu—, hice el pedido y, aproximadamente un mes después, tenía el famoso reloj en mi mano.

Cuando finalmente lo tuve delante, descubrí inmediatamente que una cosa era la fotografía de la aplicación y otra muy distinta el objeto real -como la mayoría de esos productos venidos de la China-. Lo que en la pantalla parecía un elegante reloj era, en la realidad, una especie de lata desechable con pretensiones de alta relojería. Pero decidí usarlo. Y estaba bastante orgulloso de mi compra. Miraba la hora cada vez que me venía en gana. Al fin y al cabo, para eso es un reloj: para saber ubicarse en el tiempo y en el espacio, como no.

Pero entonces comprendí algo más. El comentario de Fernando no tenía que ver realmente con el reloj. Tenía que ver con la persona que llevaba puesto el reloj. El reloj no era el problema.

Quisiera comprender a Fernando. Tal vez él no estaba viendo simplemente a un hombre con un reloj de S/ 9.90. Estaba viendo a un seminarista, es decir, a alguien que se prepara para ser sacerdote. Y, consecuentemente, esperaba de mí una vida austera, desprendida, libre de lujos, de egoísmos y de una excesiva afición por las cosas materiales. Y, si eso fue lo que pensó, déjame decirte, Fernando: tienes toda la razón.

Un seminarista y, mucho más todavía, un sacerdote, debe cuidar el testimonio que ofrece. No puede vivir de espaldas a la pobreza mientras anuncia a Cristo pobre. No puede escandalizar a los fieles con un estilo de vida incompatible con el Evangelio. No puede convertir los bienes materiales en el centro de su existencia. Nuestro Señor mismo lo dijo: El Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza (Mt 8,20). Por eso, Fernando, tu preocupación no era completamente absurda.

Lo curioso es que mi reloj de Temu te hizo caer en la misma trampa en la que yo había caído: la trampa de las apariencias. Porque aquel reloj parecía una cosa y era otra. Y quizá yo también. No porque yo pretenda esconder algo, sino porque ninguna persona puede ser conocida realmente por lo que lleva puesto. Ni un reloj, ni unos zapatos, ni una sotana, ni un automóvil, ni una fotografía en redes sociales pueden revelar por sí solos lo que hay en el corazón de una persona. Sí, Fernando, las apariencias engañan. No todo lo que brilla es oro. Y aquel reloj, desde luego, no era oro.

¿Por qué compré el reloj? Aquí la reflexión se vuelve un poco más incómoda. Porque, si soy completamente honesto, el problema no está en los soles gastados. La pregunta más interesante es otra: ¿Por qué quería yo ese reloj? ¿Era realmente necesario? ¿Lo compré porque necesitaba saber la hora? ¿O porque me gustaba cómo se veía en mi muñeca? ¿Había detrás de aquella compra un simple gusto legítimo o también un deseo de aparentar algo? Y ¿Cuatro? ¿Por qué no uno solo?

No voy a responder aquí todas esas preguntas. Sea suficiente para los interesados en saberlo que uno compra básicamente un reloj para ver la hora. Fuera de eso, ya no sé qué decir. Claro, si además de darme la hora es un objeto visualmente agradable, pues más sentido tiene comprarlo y usarlo.

Pero precisamente ahí está el punto que me interesa. La austeridad cristiana no consiste simplemente en comprar lo más barato que exista. Tampoco significa que todo objeto agradable sea automáticamente un lujo pecaminoso. La pobreza evangélica es, sobre todo, libertad frente a las cosas. No poseer las cosas hasta el punto de que ellas terminen poseyéndonos. No convertir lo material en nuestra seguridad, nuestra identidad o nuestra razón de vivir. Y esa es una lección mucho más profunda que el precio de un reloj.

Entonces, ¿qué hago con mi reloj de Temu? Al final de todo este episodio, me queda una pregunta bastante sencilla: ¿Qué hago ahora con mi reloj de Temu? ¿Será que lo dejo de usar? ¿Lo guardo en un cajón para que nadie se escandalice? ¿O, por el contrario, lo sigo usando, procurando que nadie vaya a descubrir en él una especie de símbolo de mi supuesta riqueza? Probablemente seguiré usándolo. Primero, porque todavía funciona. Segundo, porque me gusta. Y tercero, porque, después de todo este asunto, cada vez que mire la hora en aquella esfera verde recordaré algo mucho más importante que la hora.

Recordaré que las apariencias engañan. Recordaré que no debo juzgar a una persona por lo que lleva puesto. Pero también recordaré que, como seminarista y futuro sacerdote, debo ser especialmente cuidadoso con aquello que muestro y con el modo en que vivo. No porque tenga que aparentar pobreza, sino porque estoy llamado a vivir la libertad de Cristo, que no puso su corazón en las riquezas.

Así que, querido Fernando, gracias por tu comentario. Quizá no fue la forma más amable de plantearlo y quizá el bloqueo de Sixto te ahorró una conversación que no prometía terminar bien. Pero, entre la provocación y el malentendido, me dejaste una buena pregunta.

Y ahora, cada vez que mire mi reloj de S/ 9.90, intentaré recordar que el problema nunca fue realmente el reloj. El problema —o, mejor dicho, la pregunta— está siempre un poco más adentro. Porque, al final, no importa tanto qué llevamos en la muñeca como aquello que llevamos en el corazón. Y sí, Fernando: la pobreza sigue estando ahí. También en mí. Solo espero que, cuando algún día me toque anunciar el Evangelio como sacerdote, mi vida sea capaz de demostrar que lo que verdaderamente importa no es parecer pobre, sino ser libre para Cristo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario