miércoles, 22 de octubre de 2025

Un testimonio de amor a los pobres

Un testimonio de amor a los pobres

         El 15 de julio de 2024 tuve la dicha de conocer al padre Gustavo Gutiérrez-Merino, sacerdote limeño, padre de la Teología de la Liberación y referente mundial de la reflexión teológica sobre los pobres y el servicio a los más necesitados. Tenía entonces 96 años de edad cuando lo visité en su departamento, apenas tres meses antes de su fallecimiento, ocurrido el 22 de octubre de ese mismo año.

En la recepción le presenté dos de sus libros con la esperanza de que pudiera firmarlos: la última edición de Teología de la liberación. Perspectivas y La fuerza histórica de los pobres. Al tomar este último entre sus manos, nos dirigió una reflexión conmovedora. Señalando el texto, dijo con voz serena pero firme que, efectivamente, él había escrito aquel libro; sin embargo —añadió—, la misión aún no había concluido, porque todavía era necesario ir en busca de los pobres.

Consciente de sus limitaciones físicas y de su avanzada edad, reconoció que él ya no podía hacerlo, pero nos miró uno a uno y, señalándonos con profunda ternura y autoridad espiritual, nos confió esa tarea: amar a los pobres.

El padre Gustavo escribió mucho sobre esta realidad, pero más allá de sus libros, su vida misma fue un mensaje. Sus palabras y su testimonio siguen inspirando a tantos a optar con amor, decisión y esperanza por los pobres, en quienes Cristo continúa manifestando su rostro.

Y así es. La misión continúa, porque “pobres tendremos siempre con nosotros”, y debemos estar dispuestos a hacerles bien siempre, con todas nuestras fuerzas y desde nuestra propia pobreza. Darlo todo, darnos, donarnos, como Cristo, hasta la muerte.

Mons. Pedro Casaldáliga Pla escribió un hermoso poema[1] dedicado, principalmente, al padre Gustavo Gutiérrez. Sin embargo, su contenido no se centra tanto en la persona del teólogo, sino en la misión que compartimos todos los cristianos: la opción preferencial por Jesús presente en los pobres.

Comparto a continuación algunos de los versos que mejor expresan esta llamada a amar a Dios haciendo algo concreto por los pobres, quienes estarán siempre entre nosotros.

 

¿Por dónde iréis hasta el cielo

si por la tierra no vais?

¿Para qué vais al Carmelo

si subís y no bajáis?

Ese subir al Carmelo representa, sin lugar a dudas, la vocación del ser humano al encuentro con Dios en la oración. Sin embargo, no se trata de permanecer allí, en una elevación que ignore la realidad terrena, sino de saber descender: mirar el mundo con sus necesidades y actuar en consecuencia. Porque a la oración se lleva la acción, para que la acción misma se transforme en oración.

Esta idea la recuerda el papa León XIV en Dilexi te n.° 98, citando la Instrucción sobre algunos aspectos de la “Teología de la liberación” (1984), cuando afirma: “La preocupación por la pureza de la fe ha de ir unida a la preocupación por aportar, con una vida teologal integral, la respuesta de un testimonio eficaz de servicio al prójimo, y particularmente al pobre y al oprimido.”

Hay una frase atribuida a Ludwig Wittgenstein que ilumina profundamente este llamado a comprometernos con los pobres. El filósofo, al dirigirse a sus alumnos y animarlos a una experiencia viva y concreta, exclamó: “¡No piensen, miren!”.

De modo semejante, podemos decirnos nosotros al finalizar esta lectura reflexiva: no pensemos únicamente en los pobres, miremos a los pobres. Es decir, vayamos a su encuentro, contemplemos sus rostros, reconozcamos sus sufrimientos y percibamos su profunda necesidad de justicia.

Solo al mirar verdaderamente podremos actuar, porque el mirar es el primer paso para involucrarnos en la construcción del Reino de Dios, un Reino de paz, justicia y fraternidad.

 

¿Es la curia o es la calle

donde grana la misión?

Si dejáis que el Viento calle

¿qué oiréis en la oración?

Aquí encontramos una invitación muy particular dirigida a la curia, es decir, a todos aquellos que participan en el gobierno de la Iglesia. En primer lugar, se alude especialmente a los sacerdotes, a quienes se interpela acerca de su vivencia de la misión. No se trata de afirmar que la curia no sea misión —pues ciertamente necesitamos del buen pastoreo que se gesta y se bendice también desde las curias—, sino de recordar que no podemos quedarnos encerrados en la oficina, porque la misión florece en la calle, donde realmente grana el Evangelio.

Desde mi propia experiencia como trabajador de una curia, he podido comprobar que también allí llegan los pobres buscando ser escuchados y atendidos. La curia, en ese sentido, es también misión y evangelización, siempre que se acoja con espíritu de paternidad, cercanía y disponibilidad a quienes llegan. Muchos de ellos acuden con sus problemas, pero también con sus dones: con lo poco o mucho que producen sus manos, piden la ayuda espiritual y material que la Iglesia puede ofrecerles.

De modo que tanto la curia como la calle son espacios de misión. En ambos lugares se puede —y se debe— servir a los pobres. Porque en las calles hay pobres, y a las curias también llegan los pobres. Sin embargo, no basta con esperar a que vengan: lo más evangélico es salir a su encuentro, para encontrarnos nosotros mismos con Cristo en ellos.

 

Si el Señor es Pan y Vino

y el Camino por do andáis,

si al andar se hace camino

¿qué caminos esperáis?

Este último verso encierra una profundísima reflexión teológica, pues, en primer lugar, reconoce la presencia real de Cristo en la Eucaristía, pero enseguida lo presenta también como el Camino por donde se debe andar. Cristo es, efectivamente, el Camino, la Verdad y la Vida, y en Él la Iglesia encuentra su rumbo y su destino. La expresión evoca, además, aquella célebre frase de Antonio Machado: “se hace camino al andar”. Así, el camino que hoy recorre la Iglesia es el camino de la pobreza, entendido como testimonio concreto del amor de Dios.

La vocación a la que estamos llamados en este tercer milenio, como nos recuerda el papa Francisco, es la vocación a la sinodalidad: a escucharnos mutuamente, a encontrarnos, a salir de nuestros propios esquemas mentales y a poner a Cristo en el centro. Se trata de llevar el Evangelio en el corazón y manifestarlo en las obras, comenzando —como bien sabemos— por los más pobres, en quienes Cristo mismo se hace presente y nos sale al encuentro.

miércoles, 15 de octubre de 2025

La letanía de los santos que más amaron a los pobres

La letanía de los santos que más amaron a los pobres

         El Santo Padre León XIV en su primer documento pontificio de carácter magisterial, -su exhortación apostólica Dilexi te- propone y desarrolla una lista de santos y santas que se han caracterizado por un amor especial a los pobres, y a través de los pobres al mismo Señor. Estos cristianos lograron la santidad por su entrega, reconocimiento y servicio de Cristo en los más desfavorecidos del mundo. A ellos, pues, podemos rogar para tener nosotros sus mismos sentimientos y dedicarnos al hacer el bien siempre y en todo lugar a los más pequeños, los desposeídos, los maginados y desamparados.

         La lista la conforman un total de cuarenta santos mencionados por el Papa, que ahora presento ordenados cronológicamente, desde los primeros siglos del cristianismo hasta la época contemporánea. Cada uno de ellos, a su modo, encarnó el Evangelio del amor y del servicio, siendo testimonio vivo de la caridad que nace del encuentro con Cristo.

Y al final, me tomo la libertad de agregar un último santo, canonizado recientemente, cuyo ejemplo en el ejercicio de su profesión destaca por la caridad y la entrega a los pobres, signo luminoso de que la santidad sigue floreciendo en nuestros días desde el trabajo ordinario.

1.     San Pablo, que siempre se acordó de los pobres en su ministerio (Ga 2,10). (Dilexi te, n° 33).

2.     San Ignacio de Antioquía, que camino del martirio, exhortaba a los fieles de la comunidad de Esmirna a no descuidar el deber de la caridad para con los más necesitados. (Dilexi te, n° 39).

3.     San Justino Mártir, destacó que en el centro de la liturgia cristiana no se puede separar el culto a Dios de la atención a los pobres. (Dilexi te, n° 40).

4.     San Cipriano de Cartago, que durante una peste en la esta ciudad recordó a los cristianos la importancia del cuidado de los infectados. (Dilexi te, n° 49).

5.     San Lorenzo, diácono, que mostró a los pobres a las autoridades romanas, diciendo: “Estos son los tesoros de la Iglesia”. (Dilexi te, n° 38).

6.     San Basilio Magno, que no vio contradicción entre la vida de oración y recogimiento de los monjes y la acción en favor de los pobres. (Dilexi te, n° 53).

7.     San Gregorio Nacianceno, que, refiriéndose a la atención a los pobres, invitó a sus contemporáneos con etas palabras: “visitemos a Cristo, curemos a Cristo, alimentemos a Cristo, vistamos a Cristo, hospedemos a Cristo, honremos a Cristo…”. (Dilexi te, n° 118).

8.     San Juan Crisóstomo, que expresó “La limosna es el ala de la oración; si no le das alas a la oración, no volará”. (Dilexi te, n° 118).

9.     San Ambrosio de Milán, que manifestó “Lo que das al pobre no es tuyo, es suyo. Porque te has apropiado de lo que fue dado para uso común.” (Dilexi te, n° 43).

10.                       San Agustín de Hipona, que vio en el pobre no sólo a alguien a quien se ayuda, sino la presencia sacramental del Señor. (Dilexi te, n° 44).

11.                       San Benito de Nursia, que apuntó en su Regla monástica “Mostrad sobre todo un cuidado solícito en la recepción de los pobres y los peregrinos, porque sobre todo en ellos se recibe a Cristo”. (Dilexi te, n° 55).

12.                       San Gregorio Magno, que amonestó a sus fieles, diciendo: “Todos los días, si lo buscamos, hallamos a Lázaro, y, aunque no lo busquemos, le tenemos a la vista. Ved que a todas horas se presentan los pobres y que ahora nos piden ellos, que luego vendrán como intercesores nuestros…”. (Dilexi te, n° 108)

13.                       San Bernardo de Claraval, que “reclamó con decisión la necesidad de una vida sobria y moderada, tanto en la mesa como en la indumentaria y en los edificios monásticos, recomendando la sustentación y la solicitud por los pobres.” (Dilexi te, n° 58).

14.                       San Juan de Mata, fundador junto con san Félix de Valois de la Orden de la Santísima Trinidad, Redención de Cautivos (trinitarios), con el carisma específico de liberar a los cristianos esclavizados. (Dilexi te, n° 60).

15.                       San Félix de Valois, que junto con san Juan de Mata vivió el lema “Gloria Tibi Trinitas et captivis libertas (Gloria a Ti, Trinidad, y a los cautivos libertad)”. (Dilexi te, n° ).

16.                       San Francisco de Asís, que tomó la pobreza como esposa, e imitó a Cristo pobre, desnudo y crucificado. (Dilexi te, n° 64).

17.                       Santa Clara de Asís, fundadora de la Orden de las Damas Pobres (clarisas), que con su “vida orante y oculta fue un grito contra la mundanidad y una defensa silenciosa de los pobres y olvidados.” (Dilexi te, n° 65).

18.                       Santo Domingo de Guzmán, fundador de la Orden de Predicadores, que junto a sus hermanos vivió entre los pobres y aprendió la verdad del Evangelio “desde abajo”, como discípulos del Cristo humillado. (Dilexi te, n° 66).

19.                       San Pedro Nolasco, que con el apoyo de san Raimundo de Peñafort fundaron la Orden de la Bienaventurada Virgen María de la Merced (mercedarios), para ofrecer su propia vida a cambio de los esclavos. (Dilexi te, n° 60).

20.                       San Raimundo de Peñafort, que, con los mercedarios de san Pedro Nolasco, añadió un cuarto voto a la pobreza, castidad y obediencia, el de Redención, por el que prometen “dar la vida como Cristo la dio por nosotros, si fuere necesario, para salvar a los cristianos que se encuentran en extremo peligro de perder su fe, en las nuevas formas de cautividad.” (Dilexi te, n° 60).

21.                       San Juan de Dios, que fundó la Orden Hospitalaria, creando hospitales modelo que acogían a todos, independientemente de su condición social o económica, y viviendo el lema “¡Haced el bien, hermanos!”. (Dilexi te, n° 50).

22.                       San Camilo de Lelis, fundador de la Orden de los Ministros de los Enfermos (los camilos), dedicándose a “servir a todos los enfermos con el mismo afecto que una madre amorosa suele asistir a su único hijo enfermo.” (Dilexi te, n° 50).

23.                       San José de Calasanz, fundador de la Orden de Clérigos Regulares Pobres de la Madre de Dios de las Escuelas Pías (escolapios), con la que educó a los jóvenes pobres de Roma en la ciencia profana y la sabiduría del Evangelio. (Dilexi te, n° 69).

24.                       San Vicente de Paúl, fundador junto con santa Luisa de Marillac de las Hijas de la Caridad, congregación femenina de especialísima atención a los más necesitados. (Dilexi te, n° 51).

25.                       Santa Luisa de Marillac, que recordó a sus hermanas de congregación que habían “recibido una bendición especial de Dios para servir a los pobres enfermos en los hospitales.” (Dilexi te, n° 51).

26.                       San Juan Bautista de La Salle, que fundó a los Hermanos de las Escuelas Cristianas, para ofrecer educación gratuita, sólida formación y ambiente fraternal a los hijos de los obreros y campesinos. (Dilexi te, n° 69).

27.                       San Benito Menni, fundador de las Hermanas Hospitalarias del Sagrado Corazón de Jesús. (Dilexi te, n° 79).

28.                       San Marcelino Champagnat, fundó el Instituto de los Hermanos Maristas de las Escuelas, para dedicarse “de lleno, en una época en la que el acceso a la educación era todavía privilegio de unos pocos, a la misión de educar y evangelizar a los niños y jóvenes, sobre todo a los más necesitados”. (Dilexi te, n° 70).

29.                       San Juan Bosco, fundó la Pía Sociedad de San Francisco de Sales (salesianos), obra basada en los tres principios del “sistema preventivo”: razón, religión y amor, para educar a los jóvenes más marginados. (Dilexi te, n° 70).

30.                       San Juan Bautista Scalabrini, “obispo de Piacenza, fundó los Misioneros de San Carlos para acompañar a los migrantes en sus comunidades de destino, ofreciéndoles asistencia espiritual, jurídica y material.” (Dilexi te, n° 74).

31.                       Santa Francisca Javier Cabrini, patrona de todos los migrantes, construyó en Estados Unidos “escuelas, hospitales y orfanatos para multitud de desheredados que se aventuraban a buscar trabajo en el nuevo mundo.” (Dilexi te, n° 74).

32.                       Santa Katharine Drexel, estadounidense, fundó las Hermanas del Santísimo Sacramento, para atender a los grupos más desfavorecidos de Norteamérica (Dilexi te, n° 79).

33.                       San Carlos de Foucauld, apóstol de los pobres del Sahara, (Dilexi te, n° 79).

34.                       Beato Antonio Rosmini, fundó el Instituto de la Caridad, en “el que la ´caridad intelectual´ junto con la ´material´ y, en la cúspide, la ´espiritual-pastoral´ se presentaba como una dimensión indispensable para cualquier acción caritativa que mirase al bien y al desarrollo integral de la persona.” (Dilexi te, n° 70).

35.                       San Juan XXIII, pionero de la opción por los pobres, cuando dijo, al iniciar el Concilio Vaticano II: “La Iglesia se presenta como es y como quiere ser, como Iglesia de todos, en particular como la Iglesia de los pobres.” (Dilexi te, n° 84).

36.                       San Pablo VI, abogado de los pueblos pobres, que en su encíclica Populorum progressio, expresó que nadie puede considerarse autorizado a “reservarse en uso exclusivo lo que supera a la propia necesidad cuando a los demás les falta lo necesario” (Dilexi te, n° 86).

37.                       San Óscar Romero, arzobispo de San Salvador, que fue martirizado porque “sintió como propio el drama de la gran mayoría de sus fieles y los hizo el centro de su opción pastoral.” (Dilexi te, n° 89).

38.                       San Juan Pablo II, gran pontífice de nuestros tiempos que nos recordó que “en la persona de los pobres hay una presencia especial [de Cristo], que impone a la Iglesia una opción preferencial por ellos.” (Dilexi te, n° 79).

39.                       Santa Teresa de Calcuta, fundadora de las Misioneras de la Caridad e icono universal de la caridad vivida hasta el extremo en favor de los más indigentes y descartados por la sociedad. (Dilexi te, n° 77).

40.                       Santa Dulce de los Pobres, el ángel bueno de Bahía (Brasil), fundó una de las mayores obras sociales del país, atendiendo a miles de personas al día, sin perder nunca su dulzura, haciéndose pobre con los pobres por amor al sumamente Pobre. (Dilexi te, n° 78).

41.                       San José Gregorio Hernández Cisneros.

Este último (que yo agrego a estas letanías), san José Gregorio Hernández, canonizado el 19 de octubre de este año por el papa León XIV, es el primer santo venezolano, conocido con cariño como el Médico de los pobres. En el ejercicio de la medicina se distinguió por su profunda bondad y generoso desprendimiento. Era costumbre suya regalar las medicinas a los enfermos más necesitados y, en no pocas ocasiones, en lugar de recibir una remuneración, él mismo ofrecía ayuda económica a sus pacientes.

De él se recuerda una frase que expresa con sencillez su grandeza de alma: “La mayoría de estas personas no tienen recursos; no les voy a negar la consulta ni hacerles pasar la pena de decirme que no tienen dinero. Dios ayudará”.

San José Gregorio Hernández es, así, un testimonio luminoso de la caridad cristiana vivida en el ejercicio profesional, un modelo de servicio desinteresado y de amor concreto hacia los más pobres y enfermos.

El papa Francisco[1] destacó que san José Gregorio Hernández fue un hombre humilde, amable y siempre dispuesto a servir, movido por un profundo deseo de vivir para Dios y para los demás. Su fragilidad física no lo encerró en sí mismo, sino que lo hizo más compasivo y atento al sufrimiento ajeno. Confiando siempre en la providencia, José Gregorio orientó su vida a lo esencial, entendiendo que su vocación médica era una forma concreta de cumplir la voluntad de Dios, al curar a los enfermos, consolar a los pobres y dar testimonio de fe con su ejemplo más que con palabras. De este modo, asumió su profesión como un auténtico “sacerdocio del dolor humano”, expresión viva de su celo apostólico y caridad cristiana.

La pobreza que caracterizó su vida se transformó en una inmensa riqueza espiritual que atrajo a muchos hacia Dios. Su proceso de beatificación y canonización fue uno de los más anhelados por el pueblo venezolano: durante décadas se elevaron oraciones y se buscó con perseverancia el milagro que lo llevara a los altares. Finalmente, se comprobó un hecho extraordinario atribuido a la intercesión del “médico de los pobres”.

Para su canonización, el camino fue distinto. El papa Francisco dispensó la exigencia de un segundo milagro, considerando que el santo gozaba ya de una profunda y extendida fama de santidad. Además, en el proceso se registraron más de tres millones de testimonios de personas que afirmaron haber recibido favores por su intercesión. Todo ello confirma que, verdaderamente, el Señor enaltece a los humildes.

miércoles, 8 de octubre de 2025

La figura del sacerdote en “El extranjero” de Albert Camus

LA AGONÍA DE MEURSAULT


«Hoy ha muerto mamá. O quizá ayer. No lo sé». Con estas palabras de Meursault comienza El extranjero, la primera novela de Albert Camus, publicada en 1942. La obra narra la historia de un joven oficinista argelino que vive sumido en una profunda apatía frente a todo lo que lo rodea. Esta indiferencia lo hace sentirse como un extranjero, es decir, distanciado de la realidad y sin capacidad de identificarse con los acontecimientos que marcan su vida, incluso con la muerte de su anciana madre en el asilo de Marengo.

El fallecimiento de su madre se convierte en la ocasión para que Meursault enfrente el misterio de la muerte con una actitud de extrema frialdad, casi antirreligiosa. En este contexto, entra en contacto con un sacerdote, el “cura de Marengo”, a través del cual se revela la relación de Meursault —o, simbólicamente, del hombre del siglo XX— con Dios y con la religión institucional. Todo esto ocurre en el primer capítulo de la primera parte de la novela, que funciona como la puerta de entrada a la trama. Del mismo modo, en el capítulo quinto de la segunda parte, el protagonista vuelve a entablar un encuentro religioso, esta vez con un capellán carcelario que lo visita para asistirlo espiritualmente antes de su ejecución, dando lugar a un diálogo más intenso y revelador. De este modo, El extranjero puede entenderse como una historia enmarcada en el encuentro entre el protagonista y la figura sacerdotal, un espacio de tensión entre la apatía existencial y la religión.

A lo largo de toda la narración de Camus se encuentran más de catorce menciones directas a la figura sacerdotal (cura, sacerdote, padre y capellán). Sin embargo, es en la parte final de la obra donde se desarrolla un intenso diálogo entre el condenado a muerte y el religioso que intenta brindarle apoyo espiritual. A continuación, examinaremos los rasgos más significativos de las intervenciones y diálogos que Meursault mantiene con las dos figuras sacerdotales presentes en la novela: el cura de Marengo y el capellán de la cárcel.

En la primera aparición (capítulo primero de la parte primera), el cura de Marengo participa en el velorio y entierro de la madre de Meursault. Su intervención es breve, externa y estrictamente ceremonial. Se presenta puntualmente, acompañado de monaguillos e incensario. Se dirige a Meursault con fórmulas pastorales (“hijo mío”) y comienza las oraciones fúnebres. Finalmente encabeza el cortejo en dirección a la iglesia del pueblo.

«Ahí está el cura de Marengo. Viene antes de la hora.» Me advirtió que llevaría tres cuartos de hora de marcha, por lo menos, llegar a la iglesia, que se halla en el pueblo mismo. Bajamos, Delante del edificio estaban el cura y dos monaguillos. Uno de éstos tenía el incensario, y el sacerdote se inclinaba hacia él para regular el largo de la cadena de plata. Cuando llegamos, el sacerdote se incorporó. Me llamó «hijo mío» y me dijo algunas palabras. Entró; yo le seguí.

Aquí el sacerdote no tiene voz ideológica ni emocional: representa la religión institucional y su papel en los rituales sociales ligados a la muerte. Meursault observa todo con distancia emocional y existencial: no participa activamente, no comenta la fe ni el contenido de las oraciones, solo describe los gestos y la secuencia de acciones. El rito religioso aparece como parte de la estructura social funeraria, junto con el coche fúnebre, los empleados y la enfermera.

Camus destaca desde el comienzo que la religión aparece como un elemento externo, no interiorizado por el protagonista. “Me llamó ‘hijo mío’ y me dijo algunas palabras.” La escena revela lo efímero que puede llegar a ser el consuelo ofrecido por un sacerdote a los dolientes durante los rituales y actos litúrgicos de despedida. Para muchas personas, cada palabra y cada gesto de cercanía en esos momentos queda grabado con nitidez en la memoria; sin embargo, en el caso de Meursault no ocurre así. Él solo retiene el “hijo mío” y nada más, porque para él la religión pertenece a un ámbito ajeno, es algo que no le toca ni le pertenece.

Sin embargo, el cura de Marengo está allí, presente en medio de la incredulidad de Meursault, con sus ritos y palabras solemnes. Su sola presencia hace presente a Dios y a la religión, incluso cuando no se cree en ellos o no se les solicita. Para Meursault, la participación del sacerdote es irrelevante; le habría dado lo mismo que estuviera o no. No obstante, para muchas personas este gesto tiene un valor profundo. La asistencia religiosa acompaña la existencia de los creyentes en todos los momentos decisivos de la vida: desde el nacimiento, con el bautismo, hasta la muerte, con la misa exequial, como sucede en este caso.

El sacerdote caminaba delante; luego el coche; en torno de él, los cuatro hombres. Detrás, el director, yo y, cerrando la marcha, la enfermera delegada y Pérez.

Aunque a Meursault la religión no le interesa, Camus establece una jerarquía significativa en la marcha fúnebre hacia el cementerio: al frente va el sacerdote, seguido del cuerpo sin vida de la madre, luego los acompañantes y, finalmente, él. Esta disposición subraya el lugar central que ocupa la religión en el misterio de la muerte. Además, la figura sacerdotal recuerda que, en última instancia, lo esencial es Dios, y que quienes parten de este mundo se encaminan a su encuentro. Se crea o no, se acepte o no, la fe entrelaza la vida humana con la muerte, ese misterio inevitable que todos, tarde o temprano, habremos de afrontar.

Ya en el capítulo final (capítulo quinto de la parte segunda), aparece el capellán de la prisión -Meursault había asesinado a un árabe en la playa disparándole cinco veces con una pistola-. Su presencia es reiterada: Meursault rechaza tres veces recibirlo, señalando su falta de interés por la religión. Finalmente, el capellán entra en la celda antes de la ejecución y entabla un diálogo intenso. Intenta consolarlo con la fe, hablarle de Dios, de la esperanza, de la salvación. Meursault explota con furia, reafirma su incredulidad y experimenta una especie de revelación existencial sobre la indiferencia del mundo.

Por tercera vez he rehusado recibir al capellán. No tengo nada que decirle, no tengo ganas de hablar, demasiado pronto tendré que verle.

Por un lado, está la insistencia del capellán, que busca llevar consuelo al condenado; por el otro, el reo que no tiene nada que decir, porque no cree en la vida del más allá y, por tanto, no siente arrepentimiento por lo que ha hecho. El hombre del siglo XX, marcado por la indiferencia y el desprecio por la vida —guerras, genocidios, violencia—, ha perdido la conciencia del pecado. Algunos incluso han decretado su inexistencia, y mucho antes, otro había proclamado la muerte de Dios. La consecuencia de borrar a Dios y al pecado de la existencia humana es, precisamente, un profundo desprecio por la vida misma.

En un momento así me negué una vez más a recibir al capellán. Estaba acostado y por cierta rubia claridad del cielo adivinaba la proximidad de la tarde de verano. Acababa de rechazar la apelación y podía sentir las olas de sangre circular regularmente dentro de mí. No tenía necesidad de ver al capellán.

La desesperanza de Meursault es tal que, al saberse condenado, insiste en rechazar al capellán. Siente que la sentencia está ya dictada y que nada puede hacerse. No se preocupa por salvar su vida ni, mucho menos, su alma, porque carece de fe y de esperanza. Estas dos virtudes teologales —junto con la caridad— perfeccionan al cristiano, pues, al provenir del Espíritu Santo, lo mantienen en la presencia de Dios y lo capacitan para responder como verdadero hijo suyo ante cualquier adversidad de la vida.

En ese preciso momento entró el capellán. Cuando lo vi, sentí un ligero estremecimiento. Él lo notó y me dijo que no tuviera miedo. Le dije que su costumbre era venir a otra hora. Me respondió que era una visita amistosa que no tenía nada que ver con la apelación, de la que no sabía nada. Se sentó en el camastro y me invitó a acercarme más a él. Me negué. A pesar de todo, me parecía muy amable.

Cuanto más se acerca el final, parece que la actitud de Meursault comienza a transformarse. Ahora, ante la presencia del capellán, experimenta un “ligero estremecimiento” que este interpreta como “miedo”. En un gesto de cercanía, el capellán se sienta junto a él e intenta acortar la distancia que los separa. Meursault rechaza la invitación, aunque percibe el gesto con cierta bondad.

El miedo paraliza: impide pensar, no deja obrar el bien y se convierte en uno de los mayores obstáculos para dar pasos decisivos en la vida. Pero, ¿qué miedo pudo haber sentido aquel ateo? ¿Será que, finalmente, la figura del sacerdote removió en su conciencia la idea de Dios?

El capellán aclara que su visita es puramente amistosa y no parte de su deber institucional dentro de la prisión. Esa forma de amistad, ofrecida con respeto, muestra que la fe no busca imponerse con violencia, sino acercarse con ternura a quien no cree. La amistad con un sacerdote es algo profundo y fecundo, pues el sacerdote no puede disociar su ser personal de su ministerio. No “trabaja” de sacerdote durante ciertas horas del día: es sacerdote siempre, otro Cristo, llamado a conducir a los hombres hacia Dios. Por eso, la amistad con un sacerdote —creyente o no quien la reciba— es siempre una bendición.

El capellán me miró con cierta tristeza. Yo estaba ahora completamente pegado a la muralla y el día me corría sobre la frente. Dijo algunas palabras que no oí y me preguntó rápidamente si le permitía besarme. «No», contesté. Se volvió, caminó hacia la pared y la palpó lentamente con la mano. «¿Ama usted esta tierra hasta ese punto?», murmuró. No respondí nada.

El capellán insiste en hablar con Meursault, pero su presencia se vuelve insoportable para el condenado, que finalmente estalla en ira. El sacerdote intenta hacerle ver que en el fondo desea otra vida y que su corazón está ciego a Dios. Meursault responde con violencia verbal y física: lo toma por la sotana y descarga sobre él toda su rabia contenida. En ese momento experimenta una mezcla de gozo y furia, convencido de que posee la verdad: está seguro de su vida y de su muerte, y de que nada tiene importancia.

En su monólogo final, Meursault rechaza toda fe, toda moral y toda esperanza. Afirma que la existencia es absurda, que todos están condenados por igual y que ninguna diferencia —ni entre culpables e inocentes, ni entre amores, ni entre vidas— tiene sentido. Comprende que su destino es compartido por todos los hombres y, en ese reconocimiento, halla una especie de paz. Mientras el capellán se marcha con lágrimas en los ojos, Meursault se siente finalmente liberado, reconciliado con el absurdo y con su inminente muerte.

Me ahogaba gritando todo esto. Pero ya me quitaban al capellán de entre las manos y los guardianes me amenazaban. Sin embargo, él los calmó y me miró en silencio. Tenía los ojos llenos de lágrimas. Se volvió y desapareció.

Ante la violenta reacción de Meursault, el capellán mantiene la serenidad. En el fondo, comprende su actitud, pues conoce la complejidad del corazón humano y sabe que no todos afrontan del mismo modo la inminencia de la muerte. Las lágrimas del sacerdote son el signo del profundo dolor que experimenta al no poder ablandar el corazón endurecido de aquel condenado. Son también reflejo del dolor de Dios mismo, que contempla con compasión a sus hijos cuando se pierden, aun después de haberles mostrado incansablemente su amor. Conozco personalmente a un capellán carcelario a quienes los internos le han sacado lágrimas de dolor, por la insensatez en el actuar; esas lágrimas valen oro. ¡Llora, sacerdote! Llora y ora por tus hijos, que esa es tu misión. 

Como se ha visto, en esta parte final el sacerdote ya no es figura ritual, sino interlocutor ideológico: representa la propuesta religiosa frente a la muerte, en contraste con la visión absurda del protagonista. Su insistencia contrasta con la firme negativa de Meursault, que no busca sentido trascendente. Esta confrontación es el clímax filosófico de la novela, donde Camus hace visible el choque entre la fe tradicional y el absurdo existencialista.

Camus utiliza al sacerdote como figura en espejo: Al principio, la religión aparece como costumbre externa que acompaña la muerte de otros. Al final, la religión se enfrenta directamente al protagonista, en su propia muerte, y es rechazada con lucidez.

La novela contrapone dos respuestas humanas a la muerte: La religiosa (representada por el sacerdote), que ofrece consuelo, trascendencia y sentido. La absurda (encarnada por Meursault), que asume la muerte como inevitable, sin esperanza metafísica, y busca vivir con autenticidad frente a la indiferencia del mundo.

En ambos capítulos, el sacerdote funciona como punto de referencia externo frente al cual se define Meursault. La evolución va de la indiferencia pasiva (en el funeral de la madre) a la rebelión lúcida (en la celda), mostrando un desarrollo interior del personaje.

La figura del sacerdote en El extranjero no es secundaria: estructura la novela en dos momentos clave —el inicio y el desenlace— y permite a Camus articular el problema central de la obra: ¿Cómo enfrentar la muerte: con fe religiosa o con conciencia del absurdo? El sacerdote representa la respuesta colectiva, institucional y trascendente; Meursault, la respuesta individual, consciente y sin ilusiones. La novela no es un simple relato de un crimen, sino un itinerario existencial que se abre y se cierra con la presencia simbólica de la religión, finalmente rechazada.

Finalmente podemos aseverar que las menciones al sacerdote en ambos capítulos trazan un arco narrativo y filosófico que enmarca la trayectoria de Meursault: de la indiferencia social a la lucidez existencial, pasando por el contacto inevitable con la religión como discurso dominante sobre la muerte.