Mostrando entradas con la etiqueta Muerte. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Muerte. Mostrar todas las entradas

jueves, 6 de agosto de 2026

Falleció don Alejandro Cabrera Palomino

SÍNDICO DEL ARZOBISPADO DE AYACUCHO

Cuando ingresé a trabajar en la Curia Arzobispal de Ayacucho como secretario de Mons. Salvador Piñeiro, una de las primeras personas que conocí fue don Alejandro Cabrera Palomino. Desde hacía más de treinta años se desempeñaba como administrador o síndico de la Arquidiócesis de Ayacucho, encargado de velar por los bienes materiales de la Iglesia ayacuchana. Había iniciado su labor en tiempos de Mons. Juan Luis Cipriani, quien, siendo obispo auxiliar de Ayacucho y tras ser aceptada la renuncia de Mons. Federico Richter Prada, fue nombrado primero administrador apostólico y, posteriormente, arzobispo metropolitano de Ayacucho.

Pues bien, ahí estaba todavía don Alejandro cuando llegué a la Curia: un hombre que inspiraba respeto por sus años, por las canas que peinaba y, sobre todo, por el indiscutible profesionalismo con el que durante más de tres décadas había desempeñado su labor administrativa. Era, además, notario eclesiástico adjunto, de modo que, junto con sus responsabilidades propias en la administración y la sindicatura, intervenía también en la autenticación de partidas de bautismo y confirmación, así como de otros documentos expedidos por la Curia Arzobispal.

Yo todas las mañanas llegaba muy temprano a la oficina para organizar la agenda del día y avanzar en las distintas labores de secretaría, principalmente en la redacción o transcripción de textos del señor arzobispo: decretos, constancias, licencias eclesiásticas, oficios, cartas, notas, comunicados, autorizaciones y tantos otros documentos. Todo ese mundo de la secretaría requiere especial atención y dedicación, pues cualquier error del secretario, por pequeño que sea, termina comprometiendo al mismo obispo. Por eso procuraba desempeñar mi trabajo con particular cuidado y responsabilidad.

En medio de todo aquel panorama, don Alejandro significaba una pausa serena y amena. De vez en cuando visitaba la oficina por algún requerimiento y aquellas visitas, para mi provecho, terminaban convirtiéndose casi siempre en exquisitas conversaciones. Él recordaba episodios de su trayectoria laboral desde los años de su juventud y yo lo escuchaba con especial interés, pues sus anécdotas solían terminar convirtiéndose en una suerte de exhortación moral para mí, que, siendo todavía muy joven, me encontraba desempeñando labores que exigían mucha seriedad, responsabilidad y disciplina.

De muchas de aquellas conversaciones pude tomar algunos apuntes en mi agenda personal, sobre todo cuando consideraba que había algo digno de conservar. Del miércoles 15 de marzo tengo anotado: «En la mañana estuve solo en la oficina. Subió don Alejandro Cabrera para charlar un rato conmigo; me contó parte de su vida laboral y me animó a seguir adelante en mis estudios para el sacerdocio».

El martes 18 de abril escribí: «Hoy el señor Alejandro, síndico, fue hospitalizado. Ya está enfermo, ya agotado por tantos años de trabajo. Dios le dé la salud».

Meses después, el miércoles 19 de junio de 2023, dejé constancia de un acontecimiento más alegre: «Hoy, el señor Alejandro Cabrera Palomino cumplió 32 años de servicio en el Arzobispado de Ayacucho. Actualmente se desempeña como síndico y notario eclesiástico adjunto, por lo que su firma da fe y validez a diversos documentos expedidos por el Arzobispado. Monseñor nos convocó a las 11:00 a. m. a quienes nos encontrábamos trabajando en la Curia, con el propósito de tener un sencillo momento de reconocimiento y agradecer al señor Alejandro por sus años de servicio. Como muestra de gratitud, le obsequiamos una botella de vino y un bonito reloj de pulsera. Compartimos un momento agradable, nos tomamos algunas fotografías y, posteriormente, publiqué en la página de Facebook un breve comentario con motivo de este aniversario».

Finalmente, del jueves 5 de octubre de 2023 conservo esta pequeña escena cotidiana: «Por la mañana fui a la Sindicatura para autenticar unos documentos. Al llegar, noté a don Alejandro un poco nervioso y atareado por la cantidad de documentos que tenía que atender. En medio de aquel ajetreo, tuvo un pequeño despiste y colocó incorrectamente uno de los sellos. Al final, tuvimos que sacar nuevas copias y realizar nuevamente la autenticación. Don Alejandro, algo apenado por lo sucedido, no dejaba de disculparse por su equivocación».

Don Alejandro tuvo siempre un trato muy especial hacia mí, o al menos así lo percibí; incluso me llamaba “padre”, aun cuando sabía perfectamente que todavía no lo era. Se dirigía a mí con muchísimo respeto y solía augurarme un futuro brillante, incluso en los más altos cargos de responsabilidad dentro de la Iglesia, pues según él, yo, viniendo del extranjero, me había involucrado con pasión e interés a la vida arquidiocesana. Yo simplemente sonreía y lo escuchaba con atención. Era también muy enfático al hablar de la gratitud: insistía en que había que saber agradecer y aprovechar el apoyo económico que brinda el Arzobispado para la formación de los seminaristas. Con cierta tristeza me comentaba que algunos se beneficiaban de esa formación y después tomaban otros rumbos, o sencillamente nunca mostraban gratitud, como si todo cuanto habían recibido les correspondiese necesariamente por derecho. Era una cuestión sobre la que volvía más de una vez y que consideraba muy importante.

Cuando iba a su oficina en la Curia —es decir, cuando su salud no lo obligaba a ausentarse—, le gustaba encender por un rato la fuente de agua del jardín central para que los pajaritos se acercaran a beber. Pero solo la dejaba encendida unos minutos, pues tampoco le gustaba desperdiciar el agua. Era uno de esos pequeños gestos cotidianos que formaban parte de su manera de ser.

En nuestras conversaciones me contó varias veces, y siempre con especial entusiasmo, cómo siendo joven había ingresado al área administrativa del Hospital Regional como un simple ayudante. Con el paso del tiempo fueron confiándole responsabilidades cada vez mayores, hasta que llegó a ocupar la jefatura de la administración de salud en Ayacucho, labor que recordaba con legítimo orgullo y que, según relataba, procuró desempeñar siempre con destreza y pulcritud.

También le agradaba recordar sus numerosas anécdotas con Mons. Juan Luis Cipriani, de quien había sido estrecho colaborador y por quien conservó una profunda admiración hasta los últimos días de su vida. Cuando se hicieron públicas las acusaciones de abusos contra el cardenal Cipriani, don Alejandro se mostraba profundamente afectado y le costaba creer que tales cosas se dijeran de quien había sido su antiguo jefe. No daba crédito a cuanto circulaba en las redes y, desde el conocimiento personal y la estima que conservaba por Mons. Juan Luis, manifestaba que no podía concebirlo capaz de aquellos hechos.

En su labor como síndico del Arzobispado, recordaba con frecuencia cómo había contribuido a disponer y acondicionar las oficinas de la Curia y cómo procuraba dejarlas en buenas condiciones para las futuras generaciones. Ciertamente, fue un gran impulsor de la remodelación de los distintos ambientes de aquella antigua casona, velando siempre por conjugar la estética y la funcionalidad con una razonable austeridad.

Tenía también muy presentes los innumerables procesos judiciales en los que, a lo largo de los años, había intervenido en defensa de las propiedades de la Iglesia. Se sentía satisfecho de que aquellos procesos hubieran concluido favorablemente; pero, en definitiva, quien había ganado no era él, sino la Iglesia ayacuchana. Don Alejandro había dedicado buena parte de su vida a defender lo que no era suyo, sino de la Iglesia, y precisamente por eso lo cuidó, defendió y administró con particular responsabilidad.

A los 85 años de edad, rodeado del afecto de sus familiares y amigos, falleció don Alejandro Cabrera Palomino. Sus exequias fueron presididas en la Catedral de Ayacucho por el arzobispo, Mons. Salvador Piñeiro. Después de la celebración, su féretro fue llevado en hombros hasta el frontis de la Curia Arzobispal, aquel lugar al que durante más de treinta años había acudido para servir a la Iglesia ayacuchana. Fue, de algún modo, su última visita a aquella casa a la que había dedicado tantos años de su vida y de su trabajo.

Posteriormente, sus restos fueron sepultados en el Cementerio General de Ayacucho, en el pabellón Santa Victoria, letra B, número 30. Allí fui a rezar por él al día siguiente de su sepultura, lamentando no haber podido acompañarlo en sus exequias y entierro, pues, aunque me encontraba entonces en el seminario, no llegué a enterarme a tiempo de su fallecimiento.

Días después de su muerte, durante una entrevista, pregunté a Mons. Salvador por don Alejandro. El arzobispo me respondió:

«Muy bien que me recuerde de don Alejo. En estos días cumplió su misión, larga y pacientemente unido a la cruz de la enfermedad. Lo ungimos con el óleo santo y cerró sus ojos al mundo, pero abrió su alma al Creador. Un hombre de 85 años de edad, más de 30 cuidando los bienes de la Iglesia con una generosidad y una honestidad tan grandes. Esos son los grandes valores, fortalezas en el trabajo del obispo: sus sacerdotes y laicos comprometidos; no entrometidos, sino laicos comprometidos en la obra de la Iglesia, en el cuidado de la evangelización en todas sus áreas, porque también lo administrativo, el ver los bienes, el cuidar del seminario, son tareas muy necesarias».

Varios días después de su muerte escribo estas líneas desde el Seminario San Pío X de Huancayo, dando gracias a Dios por la vida y el testimonio de don Alejandro Cabrera Palomino. Guardo con gratitud el recuerdo de aquellas conversaciones en la oficina, de sus consejos y de su ejemplo de servicio a la Iglesia. Que descanse en paz aquel hombre que, durante más de treinta años, cuidó con responsabilidad lo que no era suyo, sino de la Iglesia.

«Siervo bueno y fiel» (Mt 25, 23).



miércoles, 8 de octubre de 2025

La figura del sacerdote en “El extranjero” de Albert Camus

LA AGONÍA DE MEURSAULT


«Hoy ha muerto mamá. O quizá ayer. No lo sé». Con estas palabras de Meursault comienza El extranjero, la primera novela de Albert Camus, publicada en 1942. La obra narra la historia de un joven oficinista argelino que vive sumido en una profunda apatía frente a todo lo que lo rodea. Esta indiferencia lo hace sentirse como un extranjero, es decir, distanciado de la realidad y sin capacidad de identificarse con los acontecimientos que marcan su vida, incluso con la muerte de su anciana madre en el asilo de Marengo.

El fallecimiento de su madre se convierte en la ocasión para que Meursault enfrente el misterio de la muerte con una actitud de extrema frialdad, casi antirreligiosa. En este contexto, entra en contacto con un sacerdote, el “cura de Marengo”, a través del cual se revela la relación de Meursault —o, simbólicamente, del hombre del siglo XX— con Dios y con la religión institucional. Todo esto ocurre en el primer capítulo de la primera parte de la novela, que funciona como la puerta de entrada a la trama. Del mismo modo, en el capítulo quinto de la segunda parte, el protagonista vuelve a entablar un encuentro religioso, esta vez con un capellán carcelario que lo visita para asistirlo espiritualmente antes de su ejecución, dando lugar a un diálogo más intenso y revelador. De este modo, El extranjero puede entenderse como una historia enmarcada en el encuentro entre el protagonista y la figura sacerdotal, un espacio de tensión entre la apatía existencial y la religión.

A lo largo de toda la narración de Camus se encuentran más de catorce menciones directas a la figura sacerdotal (cura, sacerdote, padre y capellán). Sin embargo, es en la parte final de la obra donde se desarrolla un intenso diálogo entre el condenado a muerte y el religioso que intenta brindarle apoyo espiritual. A continuación, examinaremos los rasgos más significativos de las intervenciones y diálogos que Meursault mantiene con las dos figuras sacerdotales presentes en la novela: el cura de Marengo y el capellán de la cárcel.

En la primera aparición (capítulo primero de la parte primera), el cura de Marengo participa en el velorio y entierro de la madre de Meursault. Su intervención es breve, externa y estrictamente ceremonial. Se presenta puntualmente, acompañado de monaguillos e incensario. Se dirige a Meursault con fórmulas pastorales (“hijo mío”) y comienza las oraciones fúnebres. Finalmente encabeza el cortejo en dirección a la iglesia del pueblo.

«Ahí está el cura de Marengo. Viene antes de la hora.» Me advirtió que llevaría tres cuartos de hora de marcha, por lo menos, llegar a la iglesia, que se halla en el pueblo mismo. Bajamos, Delante del edificio estaban el cura y dos monaguillos. Uno de éstos tenía el incensario, y el sacerdote se inclinaba hacia él para regular el largo de la cadena de plata. Cuando llegamos, el sacerdote se incorporó. Me llamó «hijo mío» y me dijo algunas palabras. Entró; yo le seguí.

Aquí el sacerdote no tiene voz ideológica ni emocional: representa la religión institucional y su papel en los rituales sociales ligados a la muerte. Meursault observa todo con distancia emocional y existencial: no participa activamente, no comenta la fe ni el contenido de las oraciones, solo describe los gestos y la secuencia de acciones. El rito religioso aparece como parte de la estructura social funeraria, junto con el coche fúnebre, los empleados y la enfermera.

Camus destaca desde el comienzo que la religión aparece como un elemento externo, no interiorizado por el protagonista. “Me llamó ‘hijo mío’ y me dijo algunas palabras.” La escena revela lo efímero que puede llegar a ser el consuelo ofrecido por un sacerdote a los dolientes durante los rituales y actos litúrgicos de despedida. Para muchas personas, cada palabra y cada gesto de cercanía en esos momentos queda grabado con nitidez en la memoria; sin embargo, en el caso de Meursault no ocurre así. Él solo retiene el “hijo mío” y nada más, porque para él la religión pertenece a un ámbito ajeno, es algo que no le toca ni le pertenece.

Sin embargo, el cura de Marengo está allí, presente en medio de la incredulidad de Meursault, con sus ritos y palabras solemnes. Su sola presencia hace presente a Dios y a la religión, incluso cuando no se cree en ellos o no se les solicita. Para Meursault, la participación del sacerdote es irrelevante; le habría dado lo mismo que estuviera o no. No obstante, para muchas personas este gesto tiene un valor profundo. La asistencia religiosa acompaña la existencia de los creyentes en todos los momentos decisivos de la vida: desde el nacimiento, con el bautismo, hasta la muerte, con la misa exequial, como sucede en este caso.

El sacerdote caminaba delante; luego el coche; en torno de él, los cuatro hombres. Detrás, el director, yo y, cerrando la marcha, la enfermera delegada y Pérez.

Aunque a Meursault la religión no le interesa, Camus establece una jerarquía significativa en la marcha fúnebre hacia el cementerio: al frente va el sacerdote, seguido del cuerpo sin vida de la madre, luego los acompañantes y, finalmente, él. Esta disposición subraya el lugar central que ocupa la religión en el misterio de la muerte. Además, la figura sacerdotal recuerda que, en última instancia, lo esencial es Dios, y que quienes parten de este mundo se encaminan a su encuentro. Se crea o no, se acepte o no, la fe entrelaza la vida humana con la muerte, ese misterio inevitable que todos, tarde o temprano, habremos de afrontar.

Ya en el capítulo final (capítulo quinto de la parte segunda), aparece el capellán de la prisión -Meursault había asesinado a un árabe en la playa disparándole cinco veces con una pistola-. Su presencia es reiterada: Meursault rechaza tres veces recibirlo, señalando su falta de interés por la religión. Finalmente, el capellán entra en la celda antes de la ejecución y entabla un diálogo intenso. Intenta consolarlo con la fe, hablarle de Dios, de la esperanza, de la salvación. Meursault explota con furia, reafirma su incredulidad y experimenta una especie de revelación existencial sobre la indiferencia del mundo.

Por tercera vez he rehusado recibir al capellán. No tengo nada que decirle, no tengo ganas de hablar, demasiado pronto tendré que verle.

Por un lado, está la insistencia del capellán, que busca llevar consuelo al condenado; por el otro, el reo que no tiene nada que decir, porque no cree en la vida del más allá y, por tanto, no siente arrepentimiento por lo que ha hecho. El hombre del siglo XX, marcado por la indiferencia y el desprecio por la vida —guerras, genocidios, violencia—, ha perdido la conciencia del pecado. Algunos incluso han decretado su inexistencia, y mucho antes, otro había proclamado la muerte de Dios. La consecuencia de borrar a Dios y al pecado de la existencia humana es, precisamente, un profundo desprecio por la vida misma.

En un momento así me negué una vez más a recibir al capellán. Estaba acostado y por cierta rubia claridad del cielo adivinaba la proximidad de la tarde de verano. Acababa de rechazar la apelación y podía sentir las olas de sangre circular regularmente dentro de mí. No tenía necesidad de ver al capellán.

La desesperanza de Meursault es tal que, al saberse condenado, insiste en rechazar al capellán. Siente que la sentencia está ya dictada y que nada puede hacerse. No se preocupa por salvar su vida ni, mucho menos, su alma, porque carece de fe y de esperanza. Estas dos virtudes teologales —junto con la caridad— perfeccionan al cristiano, pues, al provenir del Espíritu Santo, lo mantienen en la presencia de Dios y lo capacitan para responder como verdadero hijo suyo ante cualquier adversidad de la vida.

En ese preciso momento entró el capellán. Cuando lo vi, sentí un ligero estremecimiento. Él lo notó y me dijo que no tuviera miedo. Le dije que su costumbre era venir a otra hora. Me respondió que era una visita amistosa que no tenía nada que ver con la apelación, de la que no sabía nada. Se sentó en el camastro y me invitó a acercarme más a él. Me negué. A pesar de todo, me parecía muy amable.

Cuanto más se acerca el final, parece que la actitud de Meursault comienza a transformarse. Ahora, ante la presencia del capellán, experimenta un “ligero estremecimiento” que este interpreta como “miedo”. En un gesto de cercanía, el capellán se sienta junto a él e intenta acortar la distancia que los separa. Meursault rechaza la invitación, aunque percibe el gesto con cierta bondad.

El miedo paraliza: impide pensar, no deja obrar el bien y se convierte en uno de los mayores obstáculos para dar pasos decisivos en la vida. Pero, ¿qué miedo pudo haber sentido aquel ateo? ¿Será que, finalmente, la figura del sacerdote removió en su conciencia la idea de Dios?

El capellán aclara que su visita es puramente amistosa y no parte de su deber institucional dentro de la prisión. Esa forma de amistad, ofrecida con respeto, muestra que la fe no busca imponerse con violencia, sino acercarse con ternura a quien no cree. La amistad con un sacerdote es algo profundo y fecundo, pues el sacerdote no puede disociar su ser personal de su ministerio. No “trabaja” de sacerdote durante ciertas horas del día: es sacerdote siempre, otro Cristo, llamado a conducir a los hombres hacia Dios. Por eso, la amistad con un sacerdote —creyente o no quien la reciba— es siempre una bendición.

El capellán me miró con cierta tristeza. Yo estaba ahora completamente pegado a la muralla y el día me corría sobre la frente. Dijo algunas palabras que no oí y me preguntó rápidamente si le permitía besarme. «No», contesté. Se volvió, caminó hacia la pared y la palpó lentamente con la mano. «¿Ama usted esta tierra hasta ese punto?», murmuró. No respondí nada.

El capellán insiste en hablar con Meursault, pero su presencia se vuelve insoportable para el condenado, que finalmente estalla en ira. El sacerdote intenta hacerle ver que en el fondo desea otra vida y que su corazón está ciego a Dios. Meursault responde con violencia verbal y física: lo toma por la sotana y descarga sobre él toda su rabia contenida. En ese momento experimenta una mezcla de gozo y furia, convencido de que posee la verdad: está seguro de su vida y de su muerte, y de que nada tiene importancia.

En su monólogo final, Meursault rechaza toda fe, toda moral y toda esperanza. Afirma que la existencia es absurda, que todos están condenados por igual y que ninguna diferencia —ni entre culpables e inocentes, ni entre amores, ni entre vidas— tiene sentido. Comprende que su destino es compartido por todos los hombres y, en ese reconocimiento, halla una especie de paz. Mientras el capellán se marcha con lágrimas en los ojos, Meursault se siente finalmente liberado, reconciliado con el absurdo y con su inminente muerte.

Me ahogaba gritando todo esto. Pero ya me quitaban al capellán de entre las manos y los guardianes me amenazaban. Sin embargo, él los calmó y me miró en silencio. Tenía los ojos llenos de lágrimas. Se volvió y desapareció.

Ante la violenta reacción de Meursault, el capellán mantiene la serenidad. En el fondo, comprende su actitud, pues conoce la complejidad del corazón humano y sabe que no todos afrontan del mismo modo la inminencia de la muerte. Las lágrimas del sacerdote son el signo del profundo dolor que experimenta al no poder ablandar el corazón endurecido de aquel condenado. Son también reflejo del dolor de Dios mismo, que contempla con compasión a sus hijos cuando se pierden, aun después de haberles mostrado incansablemente su amor. Conozco personalmente a un capellán carcelario a quienes los internos le han sacado lágrimas de dolor, por la insensatez en el actuar; esas lágrimas valen oro. ¡Llora, sacerdote! Llora y ora por tus hijos, que esa es tu misión. 

Como se ha visto, en esta parte final el sacerdote ya no es figura ritual, sino interlocutor ideológico: representa la propuesta religiosa frente a la muerte, en contraste con la visión absurda del protagonista. Su insistencia contrasta con la firme negativa de Meursault, que no busca sentido trascendente. Esta confrontación es el clímax filosófico de la novela, donde Camus hace visible el choque entre la fe tradicional y el absurdo existencialista.

Camus utiliza al sacerdote como figura en espejo: Al principio, la religión aparece como costumbre externa que acompaña la muerte de otros. Al final, la religión se enfrenta directamente al protagonista, en su propia muerte, y es rechazada con lucidez.

La novela contrapone dos respuestas humanas a la muerte: La religiosa (representada por el sacerdote), que ofrece consuelo, trascendencia y sentido. La absurda (encarnada por Meursault), que asume la muerte como inevitable, sin esperanza metafísica, y busca vivir con autenticidad frente a la indiferencia del mundo.

En ambos capítulos, el sacerdote funciona como punto de referencia externo frente al cual se define Meursault. La evolución va de la indiferencia pasiva (en el funeral de la madre) a la rebelión lúcida (en la celda), mostrando un desarrollo interior del personaje.

La figura del sacerdote en El extranjero no es secundaria: estructura la novela en dos momentos clave —el inicio y el desenlace— y permite a Camus articular el problema central de la obra: ¿Cómo enfrentar la muerte: con fe religiosa o con conciencia del absurdo? El sacerdote representa la respuesta colectiva, institucional y trascendente; Meursault, la respuesta individual, consciente y sin ilusiones. La novela no es un simple relato de un crimen, sino un itinerario existencial que se abre y se cierra con la presencia simbólica de la religión, finalmente rechazada.

Finalmente podemos aseverar que las menciones al sacerdote en ambos capítulos trazan un arco narrativo y filosófico que enmarca la trayectoria de Meursault: de la indiferencia social a la lucidez existencial, pasando por el contacto inevitable con la religión como discurso dominante sobre la muerte.