VEN
ESPÍRITU SANTO
Se hace una lectura pausada y meditada de los Hechos de los Apóstoles,
capítulo 2, versículos del 1 al 13. Que a continuación se desarrollará en la reflexión.
La venida del Espíritu Santo no es un evento del pasado ni un recuerdo
piadoso de la Iglesia; es el modelo del nacimiento de la Iglesia y de toda
vocación sacerdotal. El sacerdote nace del fuego del Espíritu Santo. ¿Qué
impide al Espíritu obrar en mi vida?
En Pentecostés se dice que “nace” la Iglesia, pero, sabemos que no puede
“nacer” nada que antes no haya sido gestado. Por eso es que la Iglesia es una
realidad prepascual, pues Cristo la constituyó en su ministerio; nació de su
costado abierto en la cruz e inició la misión en Pentecostés.
Antes del fuego de Pentecostés hubo una comunidad que estaba reunida. No
estaban dispersos; están unidos en comunión con María, la madre del Señor. El
Espíritu Santo viene a la Iglesia reunida, a la Iglesia en comunión. La vocación
cristiana es la vocación a la comunidad. Es por eso que el individualismo
destruye la vocación. La vocación no es una simple autorrealización, sino
donación de sí mismo y oblación para la vida plena desde la perspectiva de Dios
en la comunidad.
Los carismas que da el Espíritu Santo están siempre al servicio de la
Iglesia, no son bienes personales, o para el simple lucro individual, eso no es
de Dios. A las personas perseverantes en la oración viene el Espíritu Santo,
aunque estén “solas” o no concretamente “reunidas” en comunidad. Lo que sí es
cierto es que, una persona que ora, que fiel a la Iglesia, está en comunión con
ella. La Iglesia nace en oración; la Iglesia nace de rodillas. El Espíritu
Santo busca personas que quieran vivir una vida de oración y de contemplación.
Por ejemplo, del Papa Francisco se sabe que se levantaba temprano para hacer su
oración: el Rosario, el Vía Crucis y la meditación de la Palabra de Dios todos
los días, aún cuando tenía una agenda cargada de eventos. O del papa san Juan
Pablo II se recuerda que en una oportunidad, después de una misa, se quedó cerca
de 15 minutos en acción de gracias, mientras todo el mundo estaba ansioso
esperando que saliera para saludarlo.
El Espíritu Santo busca personas que valoren el silencio en medio de una
sociedad que aturde con un sinfín de distracciones; personas capaces de buscar
momentos de oración y silencio, de intimidad con la Palabra de Dios y de una
fuerte devoción mariana.
El Espíritu Santo imprime dinamismo, movimiento y fuerza. No se le puede
encerrar. Los apóstoles estaban encerrados por el miedo, y el Espíritu Santo
los libera, los saca afuera. Pentecostés es la destrucción de ese miedo y de
ese encierro. El encierro no es de Dios. Precisamente en Hechos de los
Apóstoles, Dios abre las puertas de las cárceles donde sus discípulos estaban
encerrados, porque la Palabra de Dios no puede estar encerrada, la Palabra es
libre y da libertad.
No se puede vivir paralizados por el “qué dirán”. Hay que dejarse tocar
por el Espíritu; por lo menos, arriesgarse a equivocarse, convocar, intentar
hacer algo. El Espíritu no forma personas cómodas o instaladas, sino testigos,
gente que se arriesga en la vida. El seminarista, el cristiano comprometido con
el Evangelio no se queda quieto, “hace lío”, es decir, sale, busca, piensa,
idea, se propone metas, hace compromisos, todo en bien de la misión de la
Iglesia. Como san Pablo, expresa todos los días: “¡Ay de mí si no evangelizare!”.
Recordamos lo que el Libro de Ezequiel en el capítulo 37 no narra acerca
de la figura de los huesos secos. El Espíritu de Dios es el que da la vida;
nunca se le niega a quien lo pide. El Espíritu viene en ayuda de nuestra
debilidad. Los sacerdotes, antes de confesar, piden la ayuda del Espíritu Santo
para escuchar a la gente, porque muchas veces no se tiene claro qué decir ante
tantas situaciones, confusas, difíciles, penosas.
“Aparecieron lenguas como de fuego y todos quedaron llenos del Espíritu
Santo”. Este fuego simboliza la iluminación: un fuego que calienta, que
inflama; un fuego que purifica. Es símbolo de una purificación profunda y
total. Sabemos que el agua limpia por fuera, pero el fuego lo hace por dentro. “Como
oro en el crisol”.
La purificación remite a la remisión de los pecados, que se da por el
Espíritu Santo. Como lo menciona la fórmula de la absolución: «Dios, Padre
misericordioso, que reconcilió consigo al mundo por la muerte y la resurrección
de su Hijo y derramó el Espíritu Santo para la remisión de los pecados,
te conceda, por el ministerio de la Iglesia, el perdón y la paz. Y yo te
absuelvo de tus pecados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo».
Él enciende a la gente para ser fervientes. El fuego que calienta e inflama es
el fervor. El Espíritu Santo quiere quemar nuestros pecados e impurezas; nos
invita a ser apóstoles con ardor misionero.
Uno de los grandes protagonistas —o el gran protagonista— de los Hechos
de los Apóstoles es precisamente el Espíritu Santo. Que guía, conduce, mueve…
En Pentecostés, el milagro de las lenguas o idiomas consiste en que
todos entienden. La fidelidad de Pentecostés revierte la infidelidad de la
Torre de Babel. El sacerdote debe hablar a la gente directamente a sus
corazones. El Espíritu Santo no elige a personas perfectas, pero las perfecciona
en la lucha de cada día.
Hemos de ser hombres espirituales, no simples profesionales de lo
sagrado. La única prioridad ha de ser la santidad: cultivar la intimidad con
Cristo. Hemos de aprender la obediencia a la Iglesia, que es guiada por el
Espíritu de Dios. Lo que se es como seminarista marca un rumbo de lo que se
será como sacerdote.
Y algo importante: María estaba en Pentecostés. Ella parece que no
predica ni se dice que haya sido una gran misionera —al menos en los relatos
bíblicos—, pero donde está María está el Espíritu Santo. La presencia de María
es de vital importancia para la vida del cristiano. Un cristiano sin María no
es un auténtico cristiano, porque el mismo Cristo no se puede concebir sin María.
Pentecostés no ha terminado, sino que continúa. La Iglesia nos necesita
como sacerdotes santos, llenos del Espíritu y enamorados de Cristo. Nunca
debemos perder el centro de la misión y preguntarnos: ¿dejo que el Espíritu
transforme mi vida?
El Espíritu Santo quiere realizar en nosotros la obra del amor de Dios,
pues para eso ha venido en Pentecostés; para eso se ha derramado sobre todos:
para encender el mundo entero con la llama del amor divino. La misión del
cristiano, y aún más la del sacerdote, es la de prender el fuego del amor de
Dios en la frigidez del mundo actual. Hace falta mucha valentía para ponerse
manos a la obra y dejarse conducir por este Santo Espíritu de Dios.
Uno de los obstáculos para que el Espíritu Santo transforme la vida es
el hecho de no invocarlo con asiduidad, lo que es una falta de fe muy triste.
No se le invoca porque no se tiene conciencia de su existencia, de su presencia
y del gran poder que tiene sobre nosotros cuando le pedimos que venga a morar
en nuestras vidas. El padre Fortea siempre repite su experiencia propia, cuando
empezó a invocar al Espíritu de Dios, ya no todo fue igual en su vida. El Espíritu
Santo viene si se le invoca. Y es que, si en realidad se le invocara todos los
días, estaríamos mucho más dispuestos a dejar que transforme la vida para la
configuración con Cristo.
La venida del Espíritu, que me hace clamar: “¡Abbá, Padre!”, me recuerda
a su vez el gran compromiso que tengo para vivir auténticamente como hermano;
como hermano de todos, que da la vida por los demás y que da ejemplo con sus
actitudes. Cuánto me pesa no ser lo que quisiera, pero lucharé toda la vida
para agradar solo a Dios y serle fiel.
La vida del cristiano en nada debe dejarse llevar por la pusilanimidad,
pues el cristiano está llamado a ser caudillo, a ser sal de la tierra y luz de
las naciones. De modo que, si hay algún deseo de destacar, ha de ser solo para
que Jesús se luzca, para en todo dar gloria a Dios y así ser el instrumento que
Él desea para instaurar el Reino de justicia y de paz, sirviendo con amor a
todos, pero especialmente a los más pobres y necesitados. Si es que el
cristiano quisiera destacar, debería hacerlo de este magnífico modo.
El no encerrarse interiormente implica estar siempre en comunidad:
sirviendo, rezando, acompañando y haciendo el bien. El que se encierra es
porque tiene miedo; tal vez miedo de los demás o, lo que es peor aún, de sí
mismo. Pero donde está el Espíritu de Dios, ahí hay verdadera libertad y
confianza.
Cierto es que el Espíritu Santo no llena corazones superficiales.
También es cierto que el ruido interior no deja escuchar al Espíritu de Dios
que mora en nosotros. Ubi caritas et amor, Deus ibi est: donde hay
caridad y amor, ahí está el Señor, Dios que es amor.
Frente a la proximidad de Pentecostés, es preciso cultivar más el
silencio y la oración: un silencio que deje oír la voz de Dios y una oración
que le hable a Dios de todo; de la vida misma, de la alegría y la tristeza, de
los planes y proyectos, para dejarlo todo y confiarlo en sus manos providentes
y amorosas.
Es preciso menos redes sociales y más oración; menos música mundana y
más silencio para escuchar a Dios.
El Espíritu nos convoca, como ya se dijo antes, a ser hombres de
adoración, porque nunca se es más grande que cuando se pasa tiempo de rodillas.
Y ese arrodillarse ha de ser también un bajarse para servir al pobre que está
tirado por el camino de la vida: de rodillas para adorar y para servir, como
Cristo cuando lavó los pies de sus discípulos.
Hombres de intimidad con la Palabra, que se traduce en un constante
remitir o volver a ella; esa Palabra que es Cristo mismo, revelado y revelando
la misericordia del Padre eterno. Palabra viva, no letra muerta; palabra
eficaz, no inoperante; palabra que se actualiza todos los días y que quiere ser
vivida y no solo leída. “Habla, Señor, que tu siervo escucha”.
Hombres de amor a la Eucaristía, que consideren como mayor bien el
recibir sacramentado al Señor; que vivan la misa de manera fervorosa, siguiendo
activamente y comprendiendo a profundidad cada gesto, cada parte y cada
palabra.
Eucaristía que es presencia viva y resucitada del Señor, como con los
discípulos de Emaús, cuando les explicó las Escrituras mientras caminaban, para
luego partir el pan en la calidez del hogar. Eucaristía que es milagro de amor
y presencia del Señor.
Finalmente, hombres de devoción mariana, porque el cristiano no está
huérfano, sino que tiene a una Madre a cuyos brazos puede correr para obtener
su protección. Hombres que comprendan que la verdadera devoción a la Santísima
Virgen María es saber que, a través de ella, llegamos más rápido y más fácil a
Jesús, porque María es el puente y el camino por el que Dios y el hombre se
encuentran.
El “sí” de María trajo a Dios al mundo. La pureza, el testimonio, la
santidad y la grandeza de María nos hacen comprender que Dios tiene también un
plan para nosotros: la vida eterna y la felicidad.
Como María, humildes siervos y esclavos del Señor, acogiendo su Palabra
y acompañando a su Hijo desde el pesebre hasta la cruz. Amén.
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