domingo, 17 de mayo de 2026

El llanto del sinsentido

LLORA, RAÚL, LLORA...

Como todos los domingos, debía levantarme temprano para rezar Laudes e ir al templo unos minutos antes de las 6:30 a.m., hora de la santa misa dominical en la parroquia a la que asisto los fines de semana. Durante los domingos anteriores había cumplido, casi religiosamente, la misma rutina sencilla: despertar, alistarme rápidamente, pasar por el oratorio de la casa para rezar y luego dirigirme a la sacristía, donde seguramente ya estarían los pequeños monaguillos revistiéndose para la misa.

Pero este domingo tuve una idea distinta. Una idea simple, aunque exigía madrugar todavía más: quería estar temprano en la puerta del templo para recibir a los feligreses que iban llegando. Saludarlos. Darles la bienvenida. Ver sus rostros antes de entrar a misa. Y así lo hice.

A las 6:05 a.m. me revestí con el alba y, apenas cinco minutos después, ya estaba en la puerta de la iglesia. Mientras salía de la sacristía vi a algunas personas dentro del templo, arrodilladas frente al altar de san Antonio de Padua, haciendo oración en silencio. Las saludé al pasar, pero mi objetivo estaba afuera, en la puerta principal, esperando quizá cruzar alguna palabra con quienes iban llegando.

El gélido viento jaujino me recibió de inmediato. A esa hora, la temperatura difícilmente superaba los diez grados. Por un instante pensé: ¿qué hago aquí, soportando este frío, pudiendo estar sentado adentro, tranquilo y abrigado, esperando simplemente que empiece la misa? Y lo mismo me dijo con su mirada el pequeño sacristán de la parroquia, mientras recogía algunos desperdicios de fuegos artificiales en el frontis de la iglesia.

Pero no. Yo quería estar ahí.

Quería saludar a la gente, sonreírles, hacerles sentir que alguien los esperaba. Quería también observar cómo reaccionaban al encontrar al “hermano” ya en la puerta, cumpliendo ese pequeño ministerio de acogida.

Y la experiencia fue sencilla de resumir: saludé a todos y todos respondieron con respeto y amabilidad. Algunos devolvían la sonrisa; otros asentían con la cabeza mientras apresuraban el paso para refugiarse del frío. Sin embargo, hubo una persona que rompió por completo aquel patrón sereno y cordial: Raúl.

La mayoría de los que iban entrando eran personas mayores. Algunos llegaban solos; otros, en parejas. Entraban de uno en uno o en pequeños grupos, apresurados quizá por escapar del clima inclemente o tal vez por comenzar a disponerse interiormente para la Eucaristía.

Entonces apareció él.

Venía solo, cabizbajo, abstraído en la pantalla de su teléfono móvil. Parecía escribir un mensaje, moviendo rápidamente el pulgar sobre la pantalla. Vestía un suéter negro, un blue jean y unas zapatillas deportivas blancas que le daban un aire juvenil imposible de ocultar.

Como a todos los demás, le dirigí un saludo en voz alta y amable:

—¡Buenos días! Bienvenido.

Pero él no respondió.

Ni siquiera levantó la mirada del teléfono. No hizo un gesto, no sonrió, no murmuró una respuesta obligada. Simplemente siguió caminando y entró al templo sin dejarme siquiera verle el rostro.

Extrañamente, no lo juzgué. Nosotros, que queremos racionalizarlo todo, solemos buscar explicaciones inmediatas para cada cosa que sucede; y, en ese intento, terminamos elaborando juicios, sospechas y suposiciones. Pero con Raúl no ocurrió eso. Simplemente lo vi entrar y seguí en lo mío: repartiendo sonrisas a cuanto ser humano se me pusiera enfrente.

Algunos minutos después volvió a salir.

Eso me llamó la atención inmediatamente, porque todos entraban… y nadie salía. Pero él sí.

Venía llorando.

Llevaba las manos en los bolsillos del pantalón y esta vez ya no tenía el teléfono en las manos; lo había guardado en el bolsillo trasero. Caminó directamente hacia mí y, sin siquiera saludar, me dijo:

—Estoy un poco mareado.

Confieso que mi primer pensamiento fue inmediato y poco caritativo:

“Nunca falta un borracho en misa…”

Sin embargo, mientras seguían llegando personas y aquel muchacho permanecía frente a mí, noté algo extraño: hablaba con demasiada claridad para alguien realmente ebrio. Su postura era firme. No tambaleaba. No luchaba por mantener el equilibrio.

—¿Por qué lloras? —le pregunté.

Entonces, haciendo un gran esfuerzo por contener las lágrimas, me respondió que había venido al templo para pedirle ayuda a Dios, porque se sentía muy mal. Aclaró, casi justificándose, que estaba un poco mareado, pero que eso no significaba que estuviera mal llorar.

—¿No tienes trabajo? —le pregunté, intentando encontrar la causa de aquella tristeza que parecía desbordarlo.

Él negó con la cabeza.

—No… sí trabajo. A veces nomás, pero trabajo. Ese no es el problema.

Comprendí entonces que su dolor no tenía que ver con el dinero. Había algo más profundo quebrándolo por dentro.

Aquel muchacho lloraba porque aquello que más le había pedido a Dios no se le había concedido. Tenía, a su corta edad, un sueño frustrado.

—¿Y qué le pides a Dios? —le pregunté.

Raúl levantó un poco la mirada por primera vez y respondió con una sinceridad desarmante:

—Quiero ser policía nacional… pero cuando me presenté, mi enamorada me denunció. Y yo no he hecho nada malo. Nada. Pero con esa denuncia todo se vino abajo… y yo no soy una mala persona… yo no he hecho nada malo…

Mientras hablaba, sollozaba. Se secaba las lágrimas rápidamente con las manos y luego volvía a esconderlas en los bolsillos de su pantalón, como si quisiera ocultar también su dolor.

Yo lo escuchaba en silencio.

¿Qué habrá pasado realmente con este muchacho?, pensé. Traté de no imaginar lo peor. En estos tiempos abundan historias complejas, acusaciones delicadas, verdades mezcladas con rabia, heridas y resentimientos. Pero, mientras lo veía llorar frente a mí, no encontraba en él el rostro de alguien violento, sino el de un joven confundido, derrotado y profundamente herido.

—¿Cómo te llamas? —le pregunté, tratando de acercarme más a él y de serenarlo un poco.

—Raúl. Tengo veinte años… y este martes 19 de mayo voy a cumplir veintiuno.

Lo dijo ya más calmado, aunque todavía con la voz entrecortada.

—No quiero verte llorar, Raúl —le dije—. Quiero verte sonreír. Voy a acordarme de ti en mi oración y pedirle a Dios que te ayude a cumplir tus sueños.

Entonces lo invité a quedarse en la misa.

Pero apenas mencioné la Eucaristía, respondió con cierta brusquedad:

—No… yo no creo en la misa. Yo solo creo en Dios y vengo a confiar en Él.

Intenté insistirle con suavidad.

—Quédate unos minutos. Si quieres, después puedes salir tranquilo.

Pero él seguía negando con la cabeza. No quería entrar a misa. Sin embargo, de pronto recordó la última vez que había venido al templo.

Me contó que, cuando cumplió dieciocho años —la misma época en la que había postulado sin éxito a la Policía Nacional—, también había llegado hasta aquella iglesia llorando, buscando respuestas de Dios. Tenía demasiadas preguntas y ninguna respuesta clara.

—Ese día no había nadie —me dijo—. Solo una chica… más o menos de mi edad. Ella también estaba llorando y rezando.

Hizo una pequeña pausa y añadió:

—Y no sé… eso me consoló un poco. Al menos no era el único que lloraba.

Ya acercándose el final de nuestra conversación, le hablé con firmeza, pero también con cariño:

—Quiero que estés bien, Raúl. No gastes tu dinero en alcohol y lucha por cumplir tu sueño de ser policía.

Él bajó la mirada.

—Sí… reconozco que estoy un poco mareado. Pero no hago esto siempre. Y también me siento mal por eso.

Le extendí la mano para despedirme, pensando que nuestra conversación había terminado. Pero entonces Raúl me miró nuevamente y me dijo:

—¿Puedo pedirte un favor?

—Claro, Raúl. ¿Qué necesitas?

—Quiero que me acompañes adentro… hasta donde está el agua bendita… para que me enseñes cómo hacer la señal…

Y levantó lentamente su mano derecha, intentando dibujar en el aire la señal de la cruz.

—Por supuesto —le respondí—. Vamos.

Entramos juntos al templo y nos acercamos a la fuente de agua bendita, junto a la primera columna de la entrada. Raúl metió lentamente los dedos en el agua y, mientras intentaba persignarse, yo pronuncié despacio:

—En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.

Él siguió el gesto con torpeza, pero no alcanzó a repetir las palabras.

Sin embargo, algo en su rostro había cambiado.

La tensión del llanto comenzó a desaparecer poco a poco y el rubor de sus mejillas cedió nuevamente a su tono trigueño. Parecía más tranquilo. Más liviano.

Tomando mi mano derecha entre las suyas, salimos nuevamente hacia la puerta del templo. Allí me despedí de él deseándole un feliz cumpleaños adelantado.

—Voy a venir ese día a la iglesia —me dijo—. Voy a venir a rezarle a Dios.

—Muy bien, Raúl. Que tengas éxito en tu vida.

Él no respondió más. Solo asintió levemente con la cabeza.

Después comenzó a alejarse despacio, volvió a sacar su teléfono móvil y, ya en la calle, levantó la mano para pedir un taxi.

Y se fue.

Raúl llora porque siente que la vida le arrebató aquello que más deseaba. Llora porque no entiende por qué su sueño quedó truncado. Y, aun así, busca a Dios.

Tal vez estaba “un poco mareado”, como él mismo reconocía, pero eso no hacía menos sincero su dolor. Porque hay lágrimas que nacen del alcohol… y otras que brotan del alma. Las de Raúl pertenecían a las segundas.

Estoy seguro de que Raúl es católico, aunque diga que no cree en la misa. Ha olvidado incluso cómo hacerse la señal de la cruz. Sin embargo, todavía sabe llorar delante de Dios. Y mientras exista alguien capaz de llorar así, todavía hay esperanza.

A sus veinte años vive una crisis profunda. Sufre porque no logra ser aquello que soñó. Ese es el dolor de muchos jóvenes: tener una meta clara y encontrarse, de pronto, con un muro imposible de atravesar.

Raúl buscaba a Dios… y yo terminé encontrando a Dios en él.

Precisamente, en el Evangelio de aquel domingo de la Ascensión, Jesús enviaba a sus discípulos a bautizar “en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo”. Las mismas palabras que Raúl no pudo pronunciar cuando intentó persignarse con agua bendita… pero que yo pronuncié por él.

Dios suele revelarse en circunstancias extrañas.

Llora, Raúl, llora…

Porque Dios también lloró. Y quizá hoy llora contigo el sinsentido de la vida.

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