no son “solterones”
El celibato sacerdotal no es una
renuncia estéril, sino una forma de amor llamada a ser profundamente fecunda.
En este sentido, el papa Francisco recuerda que «todos nosotros, para ser
maduros, debemos sentir la alegría de la paternidad» y que, para el sacerdote,
esta se realiza como «paternidad pastoral» o «paternidad espiritual», es decir,
en la capacidad de dar vida a los demás.[1] El
sacerdote célibe no deja de ser padre; por el contrario, su paternidad se
ensancha y se expresa en el acompañamiento, la evangelización, la celebración
de los sacramentos y el cuidado del Pueblo de Dios. Como Abrahán, cuya vocación
estuvo marcada por el deseo de engendrar y proteger la vida, el presbítero está
llamado a custodiar la vida espiritual de aquellos que el Señor le confía.
Esta dimensión encuentra un
complemento luminoso en las palabras que el papa Francisco dirigió a las
religiosas con ocasión de la Asamblea Plenaria de la Unión Internacional de
Superioras Generales, las cuales pueden aplicarse igualmente al ministerio sacerdotal:
es necesaria «una castidad fecunda, una castidad que engendre hijos
espirituales en la Iglesia».[2] “La consagrada es madre (el sacerdote es padre), debe ser
madre (debe ser padre) y no «solterona» (y no un solterón). El celibato por el Reino no significa ausencia de afectividad, sino
una afectividad madura, libre y plenamente entregada a Dios y a los hermanos.
Cuando el sacerdote vive auténticamente su consagración, su corazón se hace
capaz de acoger, formar, corregir, consolar y conducir a muchos hijos
espirituales. Por ello, una castidad que no genera vida, cercanía y servicio
corre el riesgo de reducirse a una simple condición jurídica; en cambio, una
castidad vivida como don se convierte en signo de la primacía de Dios y de la
fecundidad del Reino.
Esta enseñanza armoniza con el
magisterio de Benedicto XVI, quien afirmó que el celibato sacerdotal manifiesta
una entrega total a Cristo y a la Iglesia, configurando al sacerdote con Cristo
Esposo para amar con un corazón indiviso.[3]
Desde esta perspectiva, la paternidad espiritual brota de una profunda unión
con Cristo y se traduce en una vida completamente entregada al servicio del
Pueblo de Dios. En continuidad con esta enseñanza, el pontificado de León XIV
ha insistido desde sus primeras intervenciones en la necesidad de un ministerio
sacerdotal profundamente enraizado en la amistad con Cristo y cercano a las
personas, para que el ministerio ordenado sea verdaderamente fecundo.
En consecuencia, la verdadera
fecundidad del sacerdote no se mide por los hijos según la carne, sino por las
vidas transformadas por la gracia de Dios a través de su ministerio. Allí donde
un sacerdote anuncia el Evangelio, administra los sacramentos, acompaña con
misericordia, forma discípulos y conduce a los fieles hacia la santidad, ejerce
una auténtica paternidad espiritual. El celibato, lejos de empobrecer la
capacidad de amar, la dilata hasta hacer del sacerdote un padre para todos,
reflejo de la paternidad de Dios y signo vivo de la fecundidad del amor de
Cristo por su Iglesia.
[1] Francisco, La alegría de la paternidad pastoral, homilía en la
capilla de la Domus Sanctae Marthae, Ciudad del Vaticano, 26 de junio de 2013,
en L'Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, n.º 26, 28
de junio de 2013
[2] Francisco, Discurso a la Asamblea Plenaria de la Unión Internacional de
Superioras Generales, Aula Pablo VI, Ciudad del Vaticano, 8 de mayo de 2013.
[3] Benedicto XVI, Exhortación apostólica postsinodal Sacramentum Caritatis
(Ciudad del Vaticano: Libreria Editrice Vaticana, 2007), n. 24.

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