“LA CASADA INFIEL”
La educación no consiste únicamente en transmitir conocimientos;
consiste, sobre todo, en despertar el deseo de conocer.
Esa convicción parece resumir una de las experiencias más hermosas de la
vida docente del entonces joven jesuita Jorge Mario Bergoglio, mucho antes de
convertirse en el papa Francisco. En una época en que muchos profesores se
preguntan cómo lograr que los jóvenes lean, Bergoglio encontró una respuesta
sencilla y profundamente humana: comenzar por aquello que despertaba su
interés.
La anécdota, recordada por el propio pontífice en 2024, revela una
faceta poco conocida de Francisco: la del profesor apasionado por la
literatura. Entre 1964 y 1965, con apenas veintiocho años, enseñaba Literatura
en un colegio jesuita de Santa Fe, Argentina. El programa académico exigía
estudiar el Cantar de Mio Cid, una de las obras fundacionales de la
literatura española. Sin embargo, sus alumnos mostraban escaso entusiasmo por
aquel clásico medieval. Ellos querían leer otra cosa. Pedían leer a Federico
García Lorca, el famoso poeta español asesinado treinta años antes. Muchos
profesores habrían respondido con una negativa rotunda. El profesor Bergoglio
hizo exactamente lo contrario.
En la carta Sobre el papel de la literatura en la
formación, publicada el 17 de julio de 2024, el papa recuerda
aquella experiencia con sorprendente naturalidad:
"Los chicos no les gustaba. Pedían leer a García Lorca. Así que
decidí que estudiarían El Cid en casa, y durante las
clases trataría a los autores que más les gustaban a los chicos... A medida que
leían esas cosas que les atraían en ese momento, fueron teniendo un gusto más
general por la literatura, por la poesía, para luego pasar a otros autores."[1]
Estas palabras revelan una intuición pedagógica extraordinaria.
Francisco no renunció a enseñar los clásicos; simplemente comprendió que el
camino para llegar a ellos debía comenzar por despertar el gusto por la
lectura. El profesor no rebajó el nivel académico, sino que cambió el método.
En tiempos donde la educación suele reducirse al cumplimiento de
programas y evaluaciones, aquella decisión resulta sorprendentemente actual.
Bergoglio comprendió que nadie ama lo que primero no ha descubierto con
alegría. La literatura, antes que una obligación escolar, debía convertirse en
una experiencia.
No deja de llamar la atención que el autor elegido fuera Federico García
Lorca. El poeta granadino no era precisamente una figura cómoda para todos los
ambientes educativos de la época. Su muerte durante la Guerra Civil Española,
su personalidad artística y algunos prejuicios ideológicos hicieron que durante
décadas fuera visto con reservas en ciertos sectores. Sin embargo, Bergoglio
supo distinguir entre las etiquetas ideológicas y la grandeza literaria. Su
objetivo ciertamente no era formar partidarios de una corriente política, sino
lectores capaces de emocionarse ante la belleza de un poema.
Esta convicción quedó confirmada pocos meses después de la publicación
de aquella carta. El 19 de septiembre de 2024, Francisco recibió en audiencia
privada al poeta español don Luis García Montero, director del Instituto
Cervantes. Durante la conversación, el Papa volvió espontáneamente sobre
aquellos años como profesor de literatura.
Según relató posteriormente García Montero, Francisco confesó que los
poemas de García Lorca habían sido decisivos para despertar el interés de sus
alumnos por la asignatura. En particular recordó, entre risas, un poema muy
concreto: "La casada infiel", del Romancero gitano.[2]
No deja de sorprender que un Papa recuerde con humor haber utilizado un
poema de "tono picante" para captar la atención de unos adolescentes.
Sin embargo, detrás de esa anécdota hay una profunda lección educativa.
Francisco conocía el mundo juvenil. Sabía que los adolescentes se sienten
atraídos por aquello que despierta su curiosidad. En lugar de combatir ese
interés, decidió convertirlo en un puente hacia una formación literaria más
amplia. No era una estrategia improvisada, sino una auténtica pedagogía.
El papa Francisco siempre defendió la lectura de novelas y poemas como
parte indispensable de la formación intelectual y espiritual. En la misma carta
de 2024 sostiene que la literatura permite ampliar la experiencia humana,
comprender mejor los sentimientos propios y ajenos, desarrollar la empatía y
cultivar una imaginación capaz de abrirse al misterio del otro.[3]
No es casual que un sacerdote con esa visión haya terminado
convirtiéndose en un Papa que insistió constantemente en la cultura del
encuentro. La buena literatura enseña precisamente eso: salir de uno mismo para
entrar en la vida del otro.
En un tiempo dominado por las pantallas, la velocidad y la lectura
fragmentaria, la experiencia pedagógica del joven Bergoglio ofrece una
enseñanza que conserva toda su vigencia. Muchos educadores siguen preguntándose
cómo obligar a leer a los jóvenes. Francisco planteó la pregunta de otra
manera: ¿qué desean leer los jóvenes? Y desde esa respuesta comenzó un
itinerario que terminó conduciéndolos hacia los grandes clásicos. No
sustituyó el Cantar de Mio Cid por García Lorca. Utilizó a García Lorca
para llegar al Cantar de Mio Cid.
Esa diferencia cambia por completo la perspectiva educativa. Quizá
ahí resida una de las lecciones más fecundas del profesor Bergoglio. Educar no
consiste únicamente en transmitir contenidos, sino en despertar el deseo de
conocer. El verdadero maestro no impone el camino; descubre dónde está el
corazón de sus alumnos y, desde allí, los conduce hacia horizontes más amplios.
Federico García Lorca fue, para aquellos adolescentes argentinos de
1965, mucho más que un poeta. Fue la puerta de entrada al mundo de la
literatura. Él mismo dijo “No sólo de pan vive el hombre. Yo, si tuviera
hambre y estuviera desvalido en la calle no pediría un pan, sino que pediría
medio pan y un libro.”[4]
Y el joven profesor jesuita comprendió, mucho antes de ser Papa, que la
belleza tiene una fuerza educativa que ningún programa académico puede
reemplazar.
Anexo
Federico
García Lorca
La casada
infiel[5]
A Lydia Cabrera y a su negrita
Y que yo me la llevé al río
creyendo que era mozuela,
pero tenía marido.
Fue la noche de Santiago
y casi por compromiso.
Se apagaron los faroles
y se encendieron los grillos.
En las últimas esquinas
toqué sus pechos dormidos,
y se me abrieron de pronto
como ramos de jacintos.
El almidón de su enagua
me sonaba en el oído,
como una pieza de seda
rasgada por diez cuchillos.
Sin luz de plata en sus copas
los árboles han crecido,
y un horizonte de perros
ladra muy lejos del río.
Pasadas las zarzamoras,
los juncos y los espinos,
bajo su mata de pelo
hice un hoyo sobre el limo.
Yo me quité la corbata.
Ella se quitó el vestido.
Yo el cinturón con revólver.
Ella sus cuatro corpiños.
Ni nardos ni caracolas
tienen el cutis tan fino,
ni los cristales con luna
relumbran con ese brillo.
Sus muslos se me escapaban
como peces sorprendidos,
la mitad llenos de lumbre,
la mitad llenos de frío.
Aquella noche corrí
el mejor de los caminos,
montado en potra de nácar
sin bridas y sin estribos.
No quiero decir, por hombre,
las cosas que ella me dijo.
La luz del entendimiento
me hace ser muy comedido.
Sucia de besos y arena
yo me la llevé del río.
Con el aire se batían
las espadas de los lirios.
Me porté como quien soy.
Como un gitano legítimo.
Le regalé un costurero
grande de raso pajizo,
y no quise enamorarme
porque teniendo marido
me dijo que era mozuela
cuando la llevaba al río.
[1] Papa
Francisco, Carta sobre el papel de la literatura en la formación, 17 de julio
de 2024, n. 7.
[2]
Luis García Montero, "El papa Francisco recibe al director del Instituto
Cervantes", Instituto Cervantes, 19 de septiembre de 2024.
[3]
Papa Francisco, Carta sobre el papel de la literatura en la formación, nn. 1–6.
[4]
Federico García Lorca, Prosa, 1 (ed. Miguel García-Posada), Akal, Madrid, 1994,
pp. 380-392. Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes
[5] Federico
García Lorca, (1943), Romancero
Gitano, Editorial Losada, Buenos Aires, pp. 35-39

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