ENTREVISTA A LA MADRE SIOMARA
Entrevistador: Queridos amigos, acá en el Seminario San Pío X hemos contado con una
grata visita: la madre Siomara, quien nos ha acompañado durante esta semana. Ha
sido para nosotros realmente una bendición contar con su presencia. La madre
Siomara es docente de algunos de nuestros hermanos seminaristas, y los momentos
que hemos compartido con ella, así como las experiencias que nos ha
transmitido, sin duda nos animan.
Por eso
queremos entrevistarla en esta oportunidad.
Madre
Siomara, bienvenida al Perú. Bienvenida al Seminario San Pío X.
Madre
Siomara: Muchas gracias. La bendecida soy yo por conocer
una tierra tan linda y una gente tan linda.
Entrevistador: Acá nos acompañan algunos de nuestros hermanos seminaristas y
quisiéramos conocer, madre Siomara, desde su propia descripción: ¿quién es
Siomara Elena Garro?
Madre
Siomara: Bueno, en primer lugar, soy de nacionalidad
argentina. Nací en una provincia muy bella de la Argentina que se llama Entre
Ríos.
Pertenezco
a la Congregación de Hermanas Mercedarias del Niño Jesús, una congregación
fundada en Argentina por un sacerdote argentino.
El carisma
fundacional tiene que ver con la redención de los cautivos; ese es el carisma
de mi congregación.
Soy
docente. Trabajé siempre en la escuela primaria y también en niveles
superiores. Por lo tanto, toda mi vida ha estado profundamente enraizada en el
servicio educativo.
Actualmente
vivo en la provincia de Entre Ríos, donde nací, en una comunidad formada por
cuatro hermanas. Nuestra misión está dedicada a la animación de los equipos de
conducción de cinco obras educativas de la provincia, acompañando y trabajando
junto con los laicos.
Entrevistador: Madre, cuando hablamos de una religiosa o de un sacerdote,
inevitablemente nos preguntamos por la vocación.
En su caso,
¿cómo sintió la vocación? ¿Cómo experimentó ese llamado? ¿Hubo personas o
momentos particulares que la llevaron a consagrar su vida y decirle
"sí" al Señor?
Madre
Siomara: Voy a tratar de sintetizar.
En primer
lugar, nací y crecí en una familia no practicante. Mi padre militaba en un
movimiento político claramente antieclesial. De modo que recibí una formación
en valores humanos, pero no propiamente una formación cristiana o evangélica.
Nunca
estudié en un colegio religioso; siempre asistí a escuelas estatales.
Cuando
estaba terminando la secundaria, estudiaba en una escuela normal porque quería
ser docente, como lo eran mis padres. Practicaba atletismo y tenis en un club
deportivo.
En ese
grupo se incorporó un muchacho muy cristiano, muy practicante, alumno de los
jesuitas. Él constantemente nos preguntaba si habíamos ido a misa y nos hacía
reflexionar sobre la vida cristiana.
Todo eso
comenzó a inquietarme.
Un día me
invitó a acompañarlo a una casa de acogida para niños con síndrome de Down.
Yo acepté
casi por desafío, porque siempre fui una persona muy independiente y bastante
desafiante.
Cuando
llegué allí quedé profundamente impactada. Ese lugar estaba muy cerca de mi
casa. Había visto muchas veces a esos niños tomando sol en verano, pero jamás
se me había ocurrido entrar.
Aquella
experiencia empezó a moverme interiormente. Comencé a preguntarme:
—¿Quién es
Dios?
Por otra
parte, estudiaba en un colegio estatal con bastante mala fama. Mis compañeras,
muchas veces, antes de entrar al colegio, decidían si asistirían o no a clases.
Recuerdo
perfectamente un día en que cruzaba la plaza camino al colegio. Vi a mis
compañeras deliberando si entrar o no. Fue un momento muy fuerte para mí.
Allí volví
a preguntarme:
—¿Quién es
Dios?
Hoy, cuando
leo el Evangelio, pienso que quizá esa fue una pequeña experiencia de la
compasión que Jesús sintió por la humanidad.
Miré a
aquellas chicas y pensé:
—¡Pobres!
Porque, al
fin y al cabo, si yo no quería ir al colegio, simplemente no iba. No hacía
falta "hacerse la rata", como decimos en Argentina.
Todo eso
comenzó a dar vueltas dentro de mí.
Tenía una
amiga llamada Susana que estudiaba en un colegio de las Hermanas Mercedarias.
Un día le
pregunté:
—Vos que
vas al colegio de las monjas, ¿qué hacen las monjas?
Hasta ese
momento nunca había conocido de cerca una religiosa.
Ella me
respondió:
—Mirá, las
monjas son unas taradas...
Perdón por
la expresión, pero fue exactamente lo que ella me dijo.
Después
empezó a contarme que eran aburridas, que hacían esto o aquello. Claro, ella
estaba obligada por sus padres a estudiar allí.
Entonces le
dije:
—A mí me
gustaría conocerlas.
Ella
insistía:
—¿Qué vas a
conocer? Son reaburridas.
Sin
embargo, un día pasé frente al Colegio San Pedro Nolasco, que era el colegio de
las Mercedarias donde estudiaba mi amiga. Toqué el timbre y entré.
Le dije a
la portera que tenía una amiga allí y que quería conocer a las monjas.
Había una
fiesta en ese momento, así que la portera me dijo que sería difícil encontrar a
alguna hermana disponible, pero de todos modos llamó a una religiosa.
Apareció la
hermana Carolina.
Le conté:
—Yo no sé
nada de Dios, pero quiero saber quién es Dios y quiénes son las monjas. Quiero
saber qué hacen ustedes.
Ella me
respondió con mucha sencillez:
—Vení otro
día.
Yo repetía
constantemente:
—Pero yo no
sé nada de Dios.
Y ella me
contestaba:
—No
importa.
Comencé
entonces a visitarlas.
La primera
vez me recibió ella sola.
Otra vez me
atendieron en el comedor junto con toda la comunidad.
Y cuando
entré allí sentí algo muy fuerte.
Pensé
inmediatamente:
—Este es mi
lugar.
Lo sentí
profundamente.
A partir de
entonces comencé a conversar mucho con la hermana Carolina.
Ella un día
me preguntó:
—¿No querés
venir en enero a hacer una experiencia con nosotras en Córdoba?
Todos los
años yo iba de vacaciones a Mar del Plata.
Ese año
renuncié al mar y me fui al convento.
Entré
llevando solamente una muda de ropa, pensando que iba por un fin de semana para
conocer la comunidad.
Nunca más
regresé.
Así fue.
Por eso
creo profundamente en el llamado de Dios.
Nadie
influyó sobre mí.
No estaba
escapando de ningún problema.
Estaba de
novia, quería casarme, quería ser maestra, quería formar una familia.
Pero cuando
uno se encuentra verdaderamente con Jesús y descubre la fe, comienza a
reordenar todas las prioridades.
Todo
aquello que era bueno y hermoso sigue siendo bueno, pero deja de ocupar el
primer lugar.
Hasta el
club deportivo, que era prácticamente mi vida, pasó a un segundo plano.
Y así me
quedé.
Entrevistador: Madre, en todos estos años de vida consagrada, ¿podría decir que ha
sido feliz?
Madre
Siomara: Muy feliz.
Mirá que
normalmente hago mi examen de conciencia cada noche antes de acostarme.
Como
vivimos con distintos horarios pastorales, muchas veces regreso sola a la
comunidad.
Y todos los
días siento que tengo muchísimo que agradecerle a Dios, porque cada jornada Él
siempre me regala algo.
¿Hay
dificultades? Sí. ¿Hay problemas? Sí. ¿Hay cansancio? Sí. Pero el Señor nunca
te abandona.
Entrevistador: Eso precisamente es lo que nosotros hemos percibido en usted.
Hay
hermanos que han sido sus alumnos y otros que no, pero cuando usted llegó al
comedor y saludó a todos con una sonrisa y con tanta alegría, inmediatamente
pensamos:
"Esta
religiosa realmente es feliz."
Y eso es
precisamente lo que queremos transmitir.
Por eso es
tan importante conversar con sacerdotes y religiosas.
A nosotros,
los seminaristas, nos llena muchísimo escuchar su testimonio, porque nosotros
también estamos caminando hacia ese ideal.
Queremos
responder al Señor, y el testimonio de ustedes realmente nos anima.
Madre
Siomara: Claro que sí.
Entrevistador: Gracias, madre, por su testimonio, por su alegría y por transmitirnos a
Dios desde toda la experiencia que tiene.
Madre
Siomara: Gracias.
Cuando hice
mis primeros votos recé mucho al Señor y le pedí que me regalara un lema para
toda mi vida.
Desde
entonces lo tengo escrito en un cuadro en mi habitación.
Dice: "Quiero
ser libre, alegre y orante." Ese es mi lema.
Cada
mañana, cuando me levanto, lo miro y le digo al Señor:
—Jesús, eso
es lo que quiero vivir.
Y me
esfuerzo por hacerlo.
Pero
también sé que todo es puro don de Dios.
Por eso me
gusta compartirlo.
Los lemas
ayudan mucho.
Entrevistador: Sí, ayudan mucho. Nos centran.
Madre,
queremos hablar de diversos temas aprovechando su presencia y toda su
experiencia.
En primer
lugar, tratemos el tema de la mujer en la Iglesia. En su caso particular, como
religiosa y como mujer, se suele decir que la Iglesia tiene rostro femenino.
¿Cómo entender esta expresión?
Madre
Siomara: Creo que esta es una expresión con un profundo
sentido teológico y pastoral.
En los
documentos de la Iglesia se presenta siempre a la Iglesia como madre:
una madre que engendra, alimenta y acompaña la vida.
Al mismo
tiempo, aparece también la figura de la Iglesia como esposa de Cristo.
Me parece
muy hermosa esa imagen de la Iglesia como esposa y como madre. Precisamente eso
es lo que le da ese rostro femenino.
Entrevistador:
Sabemos que la mujer aporta muchísimo a la Iglesia.
¿Qué aporta
la mujer que quizá el varón no aporta?
Madre
Siomara: En esto he seguido mucho al papa Francisco.
Siempre me
quedó grabado cómo él habla de la presencia de la mujer en la Iglesia,
resaltando especialmente su intuición, su sensibilidad, su capacidad
de acompañar y su cercanía.
Todo eso
hace visible, de alguna manera, la misericordia y la cercanía de Dios.
Ese creo
que es el aporte específico de la mujer.
No porque
el varón no pueda ser sensible, intuitivo o misericordioso, sino porque son
rasgos muy propios del ser femenino.
Me alegró
mucho escuchar al papa Francisco expresarse tantas veces en esos términos.
Entrevistador:
Con el pontificado del papa Francisco hemos visto
cambios importantes en la Iglesia.
Por
ejemplo, hoy tenemos a una mujer laica al frente de un dicasterio y a una
religiosa como gobernadora de la Ciudad del Vaticano.
Todo esto
significa un avance y una manera de reconocer el protagonismo que la mujer
siempre ha tenido en la Iglesia.
Más
adelante hablaremos sobre la diaconía femenina.
Pero antes
quisiera preguntarle: ¿cómo entender la diferencia entre tener poder y
tener autoridad?
Madre
Siomara: En la vida religiosa hacemos voto de pobreza,
castidad y obediencia.
Durante
mucho tiempo la autoridad fue entendida y vivida como poder.
Sin
embargo, desde hace bastante tiempo la Iglesia viene reflexionando sobre esto,
porque tenemos el mejor modelo: Jesús.
Él nos
enseñó que la autoridad es servicio.
En mi
congregación hemos trabajado mucho este tema y considero que ha sido uno de los
cambios más importantes que he visto durante mi vida religiosa.
La
autoridad es una mediación, un servicio que acompaña y anima la vida personal y
comunitaria, buscando siempre la voluntad de Dios.
Esa es su
verdadera función.
Por eso,
toda forma de autoridad que pretenda imponerse sobre las personas deja de ser
evangélica.
No son
compatibles el poder entendido como dominio y la autoridad cristiana.
Yo fui
parte del gobierno general de mi congregación durante veinticuatro años: doce
años como vicaria general y luego doce años como superiora general.
Aprendí
muchísimo.
Es posible
vivir la autoridad como servicio, pero exige despojarse de uno mismo,
comprender al otro, ponerse en su lugar y buscar juntos la voluntad de Dios.
Uno no
posee toda la verdad; la buscamos comunitariamente.
Para eso
sirve la autoridad.
Si no es
servicio, deja de tener sentido.
Entrevistador:
Entonces podríamos decir que el verdadero poder y
la verdadera autoridad en la Iglesia son el servicio al Pueblo de Dios para
discernir y realizar la voluntad del Señor.
Madre
Siomara: Exactamente.
Entrevistador:
Hablemos ahora de la vida religiosa.
Después de
tantos años de experiencia, incluso como superiora general, ¿qué ha cambiado
desde que usted hizo su profesión religiosa hasta hoy?
Madre
Siomara: Cuando ingresé a la congregación ya había terminado
el Concilio Vaticano II.
Después del
Concilio, la Iglesia pidió a todas las congregaciones religiosas, masculinas y
femeninas, revisar sus constituciones y directorios para adecuarlos a las
orientaciones conciliares.
Por lo
tanto, cuando ingresé ya existían muchas modificaciones.
Sin
embargo, desde entonces hasta hoy han cambiado muchísimas cosas.
No ha
cambiado lo esencial.
En nuestras
constituciones existe un capítulo dedicado a la identidad de la congregación:
nuestro carisma y nuestra espiritualidad.
Eso no se
toca, porque forma parte del Evangelio y del don recibido por nuestro fundador.
Lo que sí
cambia son las formas concretas de vivir los consejos evangélicos.
Por
ejemplo, la pobreza.
Hace
treinta años era muy distinta.
Nosotras
hacemos voto de pobreza y todo debe ser común.
Nada es
mío; todo es de todas.
Pero hoy
vivimos en un mundo con cuentas bancarias, tarjetas de débito y otros sistemas
económicos que antes no existían.
Cada
hermana trabaja y recibe su sueldo en una cuenta personal.
Entonces
aparecen desafíos nuevos para vivir realmente el compartir.
Por eso
tenemos un fondo común donde todas aportamos.
Seguimos
cultivando el espíritu de que todo es para el bien común y que ninguna hermana
pase necesidad.
No importa
quién gane más o menos.
La igualdad
sigue siendo un valor fundamental.
También
cambió la manera de vivir la castidad.
Cuando yo
ingresé existía mucho temor frente a las expresiones afectivas.
Había
desconfianza hacia las amistades particulares o las relaciones demasiado
cercanas.
Todo
parecía peligroso.
Eso ha
cambiado mucho.
Hoy somos
hermanas.
Es normal
que algunas tengan una amistad más cercana con otras.
Tenemos
también amigos y amigas laicos.
Naturalmente
debemos cuidarnos mutuamente porque seguimos siendo personas humanas y
necesitamos ayudarnos a custodiar la propia vocación.
Respecto al
voto de obediencia también hubo un cambio importante.
Antes el
superior tenía prácticamente la última palabra y muchas hermanas no expresaban
realmente lo que pensaban.
Eso
prácticamente ha desaparecido.
Incluso el
modo de tratarnos ha cambiado.
Nosotras
somos todas hermanas.
Existen los
cargos de gobierno porque son necesarios organizativamente, pero en la vida
cotidiana somos hermanas.
Antes la
superiora tenía su asiento propio en el comedor, su lugar exclusivo en la
capilla, y nadie podía ocuparlo.
Hoy todo es
mucho más fraterno, cercano y circular.
En
definitiva, han cambiado las formas, pero no la esencia.
Entrevistador:
Estos cambios pueden parecer un avance e incluso
hacer más atractiva la vida religiosa para los jóvenes.
Sin
embargo, muchas veces se habla de una crisis vocacional.
Desde su
experiencia, ¿ve esperanza para el futuro de la vida religiosa?
Madre
Siomara: No sé si la esperanza la veo tanto en lo
cuantitativo, pero sí la veo claramente en lo cualitativo.
En mi
congregación tenemos aproximadamente diez jóvenes entre aspirantes y hermanas
de votos temporales.
En
Argentina eso ya es un número importante, sobre todo comparado con otras
congregaciones que llevan años sin recibir ninguna vocación.
Yo observo
en nuestras hermanas jóvenes un enorme deseo de vivir con fidelidad y
coherencia su consagración.
Quizá lo
viven de un modo distinto al nuestro.
A las
generaciones mayores nos cuesta más porque fuimos formadas dentro de esquemas
muy estructurados.
Ellas, en
cambio, nos ayudan a descubrir maneras nuevas de vivir el mismo carisma sin
perder la esencia.
Nosotras,
las hermanas mayores, tratamos de recordar aquello que es irrenunciable la vida
espiritual; la vida fraterna; la vida compartida; el
compromiso pastoral; la responsabilidad; la corresponsabilidad en
la misión de la congregación y de la Iglesia.
Eso no
puede negociarse.
Ellas, por
su parte, nos aportan espontaneidad, libertad para expresarse, cercanía y una
manera distinta de relacionarse.
También nos
ayudan a relativizar cosas que antes considerábamos fundamentales y que quizá
no lo eran tanto.
Nos vamos
humanizando mutuamente.
Cuando
pienso en estos cambios, creo que el mayor beneficio ha sido precisamente la humanización.
Antes
existían estructuras muy rígidas que, sin ser malas, podían hacernos perder
humanidad.
Hoy podemos
decir con naturalidad:
—Hoy estoy
muy mal. Necesito un poco de silencio.
Antes eso
era impensable.
Y esa
posibilidad de expresar lo que vivimos también forma parte de la vida fraterna.
Entrevistador:
Hace un momento usted decía que la esperanza está
más en lo cualitativo que en lo cuantitativo.
Hay una
frase atribuida a san Juan Pablo II que dice, aproximadamente: "La
Iglesia, depositaria de la verdad, debe defenderla, aunque lleguemos a ser
solamente doce."
¿Qué piensa
usted de esa afirmación?
Madre
Siomara: En la vida religiosa solemos repetir una expresión:
"Somos pocas y pobres."
Pero eso
nunca debe hacernos perder la esperanza.
Cuando
hablaba de lo cuantitativo me refería precisamente a eso.
Podemos ser
pocas y pobres, pero debemos renovar constantemente la centralidad de
Jesucristo y del Evangelio.
Esa es la
esencia de la vida religiosa.
Más que
preocuparnos por cuántas somos, debemos preocuparnos por ser un signo creíble y
profético del Reino de Dios.
Tampoco
podemos escondernos porque seamos pocas.
El
Evangelio habla de la levadura en la masa.
La levadura
es pequeña, pero transforma toda la masa.
No se trata
de conformarnos con ser pocas.
Se trata de
seguir siendo presencia significativa.
A veces se
dice que quizá un día desaparezca este modo concreto de vida religiosa.
Puede
ocurrir.
Tal vez
desaparezcan ciertos formatos.
Lo que
nunca desaparecerá será el seguimiento radical de Jesucristo.
Quizá
llegue un tiempo en que ya no existan religiosas con hábito.
Nosotras
todavía lo usamos, pero podría cambiar.
La Iglesia
tendrá que preguntarse de qué manera seguirá siendo presencia en un mundo cada
vez más secularizado.
Habrá que
repensar cómo ser levadura en medio de la sociedad.
Eso supone
un gran despojo.
Antes
éramos muchas y podíamos sostener solas nuestras obras.
Hoy
necesitamos caminar junto a otras congregaciones.
Nosotras
tenemos comunidades intercongregacionales donde religiosas de distintas
familias compartimos la misión.
Trabajamos
en red porque solas ya no alcanzaríamos.
Pero no
creo que la vida religiosa desaparezca.
Dios sigue
llamando.
La vida
religiosa no es un invento humano; es un don de Dios para la Iglesia.
Por eso
miro el futuro con esperanza.
Entrevistador:
Ciertamente. Nosotros, en el ambiente del
seminario, repetimos con frecuencia aquella petición del Evangelio: «Rueguen
al dueño de la mies para que envíe obreros a su mies.» No solo sacerdotes,
sino también religiosas, familias misioneras y tantos otros llamados al
servicio del Reino.
Madre,
dentro de todo lo que el papa Francisco ha impulsado en la Iglesia, y siendo
usted argentina, seguramente siente una conexión especial con el tema de la sinodalidad.
¿Cómo
debemos entenderla? ¿Qué quiso enseñarnos el Papa?
Madre
Siomara: Creo que lo que ha hecho Francisco es recoger lo
que ya planteó el Concilio Vaticano II.
En
realidad, ninguno de estos temas es completamente nuevo. Todos los papas han
ido realizando una recepción y actualización del Concilio.
Lo que
Francisco nos propone es un llamado muy fuerte a renovar la Iglesia para que
sea fiel al hombre y a la mujer de hoy, sin perder nunca su esencia.
Uno de los
objetivos fundamentales de la sinodalidad es actualizar la presencia de Cristo
Resucitado en la vida del cristiano.
Es volver a
poner a Jesús en el centro.
Si uno lee
el documento final del Sínodo, verá que todo está atravesado por un gran
llamado a la conversión.
No habrá
cambios verdaderos en la Iglesia mientras no haya conversión.
Y la
primera conversión consiste en volver a la presencia del Espíritu Santo que
habita en nosotros.
¿Y para qué
nos convierte el Espíritu?
Para
identificarnos con el proyecto redentor del Padre y asociarnos plenamente a la
misión de Jesucristo.
Todos
estamos llamados a eso: bautizados, ministros ordenados y personas consagradas.
Después
vendrán las demás conversiones que el documento menciona: la conversión de las
relaciones, la conversión de los procesos y la conversión de las estructuras.
Pero todo
comienza en el corazón.
Desde ahí
entiendo la sinodalidad.
Esto
implica también revisar nuestra identidad bautismal.
Tenemos que
preguntarnos seriamente cómo vive hoy el bautizado su fe en medio de un mundo
tan complejo.
Vivimos muy
influenciados por la cultura contemporánea y, casi sin darnos cuenta, podemos
ir diluyendo el Evangelio.
Por eso
considero que lo primero es recuperar con fuerza nuestra identidad de hijos de
Dios.
Después
vendrán naturalmente el caminar juntos, el escucharnos, el respetarnos y el
valorarnos mutuamente.
Todo eso
será consecuencia de una auténtica conversión interior.
Entrevistador:
Hemos dicho que este camino sinodal fue impulsado
especialmente por el papa Francisco.
¿Cree usted
que el papa León XIV le está dando continuidad?
Madre
Siomara: Creo que sí.
Naturalmente,
con su propio estilo y con sus propios aportes.
Eso me
alegra mucho.
A veces los
católicos vivimos demasiado pendientes de comparar a un Papa con otro.
Nos
preguntamos si continuará la misma línea, si cambiará todo o si se opondrá a lo
anterior.
Yo veo que
el papa León está marcando su propio estilo, pero al mismo tiempo está dando
continuidad.
Y eso evita
desorientar a la Iglesia.
Si un Papa
impulsa una Iglesia entendida como Pueblo de Dios, corresponsable, que
discierne y camina unida, y luego viniera otro diciendo que todo corresponde
exclusivamente a los ministros ordenados, se produciría una ruptura muy grande.
Por eso me
alegra ver que continúa promoviendo la corresponsabilidad, el trabajo conjunto
y la participación de todos los bautizados.
Entrevistador:
Precisamente dentro de esa participación de todos
aparece también la mujer.
Ayúdenos,
por favor, a distinguir entre diaconía femenina y diaconado femenino.
Son dos
conceptos que hoy se escuchan mucho y que, en la práctica, suelen confundirse.
Madre
Siomara: Creo que la diaconía femenina tiene que ver con un
servicio pastoral específico.
Es un
ministerio confiado a mujeres para realizar determinadas tareas pastorales
concretas, normalmente respaldadas por un envío o una bendición de la Iglesia.
Esto ya
existía en las primeras comunidades cristianas.
Las mujeres
ejercían diversos servicios: acompañaban comunidades, cuidaban de los más
vulnerables, trabajaban con los pobres y asumían responsabilidades pastorales
importantes.
Eso
pertenece al ámbito de la diaconía.
Y hoy
muchas religiosas siguen realizando esas tareas, especialmente en lugares donde
no hay presencia estable de sacerdotes.
Otra cosa
distinta es el diaconado femenino entendido como ministerio ordenado.
Ahí
entramos ya en el ámbito del sacramento del Orden.
No es
simplemente desempeñar un servicio pastoral durante un tiempo, sino recibir un
ministerio estable con carácter sacramental.
Francisco
amplió los ministerios instituidos, como el lectorado y el acolitado, y creó
también el ministerio instituido del catequista.
Incluso se
habla de reconocer oficialmente otros servicios, como el de quienes trabajan en
Cáritas.
Pero cuando
se habla del diaconado femenino, la cuestión cambia porque ya no se trata
únicamente de un ministerio instituido, sino de un ministerio ordenado.
Y ahí la
reflexión todavía continúa.
Entrevistador:
Ese es justamente el punto más debatido.
Madre
Siomara: Exactamente. La diaconía ya existe. El
problema es el ministerio ordenado.
He leído
investigaciones sobre las llamadas diaconisas de los primeros siglos y sobre
mujeres que colaboraban estrechamente con los obispos, llegando incluso a
representarlos en determinadas comunidades.
Pero la
Iglesia todavía considera que no existen todos los elementos necesarios para
equiparar esas experiencias históricas con el diaconado permanente tal como hoy
lo entendemos.
También
pienso en otro dato.
El
diaconado permanente fue restaurado después del Concilio Vaticano II.
Han pasado
más de sesenta años y todavía hay lugares donde cuesta comprender plenamente su
identidad y misión.
En
Argentina, por ejemplo, existen diócesis donde aún genera ciertas reservas,
mientras que en otras el diaconado permanente ha dado frutos extraordinarios.
Entonces,
pensar ahora en un diaconado femenino requerirá también un largo proceso de
reflexión eclesial.
Ojalá pueda
darse, si esa es la voluntad de Dios y de la Iglesia.
Porque, en
realidad, el ministerio del diácono tiene funciones concretas y limitadas.
Por
ejemplo, no preside la Eucaristía.
No se trata
de un ministerio que concentre todo el gobierno de la Iglesia.
Muchas de
esas tareas perfectamente podrían ser realizadas por mujeres.
Pero yo no
soy teóloga ni biblista.
Solo
comparto mi percepción personal.
Entrevistador:
En la evolución histórica de este tema, algunos
estudios han sostenido que el desarrollo de la figura de Febe, la diaconisa
mencionada por san Pablo, habría desembocado, de alguna manera, en la vida
religiosa femenina actual.
¿Está usted
de acuerdo con esa interpretación?
Madre
Siomara: A medias. Reconozco que existen semejanzas.
Pero no
creo que pueda hacerse una identificación completa.
Si una
mujer ocupa determinados espacios únicamente para suplir la ausencia de
sacerdotes, me parece que esa no es una fundamentación suficientemente sólida.
La mujer no
está llamada simplemente a llenar vacíos. Eso no le da verdadero
protagonismo.
Otra cosa
muy distinta sería que ese ministerio surgiera naturalmente como parte del
desarrollo de la vida y de la misión de la Iglesia.
Entonces sí
me parecería muy interesante.
No solo
para colaborar donde falta un sacerdote, sino para participar de manera estable
en la vida eclesial, con voz, con presencia y con capacidad de contribuir al
discernimiento y a la toma de decisiones.
Y aclaro
algo. No digo esto porque sea feminista. No soy feminista. Simplemente
soy mujer.
Entrevistador:
Madre, usted nos ha hablado de su experiencia como
docente, catequista y formadora. ¿Cómo anunciar hoy el Evangelio? ¿Cómo
catequizar a una generación que vive permanentemente conectada a las redes
sociales?
Madre
Siomara: Primero tengo que reconocer que soy bastante
analfabeta digital. Manejo solamente lo básico. Sí leo y utilizo
algunas redes sociales. Aprendo mucho de ellas.
Creo que
quienes las usan para evangelizar deben estar muy bien preparados para ofrecer
contenidos verdaderamente valiosos.
Pero
pensando en los jóvenes de hoy, creo que el desafío principal no consiste
únicamente en competir con las redes.
La Iglesia
nos propone construir comunidades acogedoras.
Comunidades
donde cada joven se sienta reconocido, valorado y amado.
Cuando un
joven encuentra una comunidad que realmente lo recibe y le da un lugar, poco a
poco comienza a ordenar sus prioridades.
No se trata
de demonizar las redes sociales.
No son
malas en sí mismas.
El problema
aparece cuando terminan absorbiendo a la persona y deshumanizándola.
Por eso
insisto tanto en formar comunidades vivas, tanto en las parroquias como en los
colegios y movimientos.
Cuando uno
descubre su vocación sucede algo parecido.
Antes había
muchas cosas importantes.
Pero cuando
uno se enamora de Jesucristo, todo comienza a reorganizarse.
No es que
aquello anterior fuera malo.
Simplemente
deja de ocupar el primer lugar.
Creo que
ese mismo proceso puede vivir un joven cuando encuentra una comunidad cristiana
donde es acogido, escuchado y valorado.
Muchas
veces no encuentra eso ni en su familia, ni entre sus amigos, ni en la
sociedad.
Vivimos en
un mundo muy competitivo y muy narcisista.
Por eso la
comunidad cristiana puede convertirse en ese espacio donde la persona descubre
su verdadero valor.
Entrevistador:
El papa Benedicto XVI hablaba del mundo digital
como un "sexto continente", un nuevo espacio que necesita ser
evangelizado.
Y la
primera encíclica del papa León XIV, Magnifica Humanitas, al reflexionar
sobre la inteligencia artificial y la dignidad humana, nos ayuda precisamente a
situarnos ante estos desafíos.
No demoniza
la tecnología, pero tampoco la absolutiza.
Nos invita
a usarla con discernimiento para que contribuya verdaderamente a nuestra
humanización.
Ahí parece
estar uno de los grandes retos de la Iglesia: formar personas capaces de usar
estos medios con espíritu crítico y con una conciencia iluminada por el
Evangelio.
Entrevistador:
Madre, todo lo que empieza también termina. Estamos
llegando al final de esta entrevista.
He
preparado unas preguntas rápidas. Las preguntas serán rápidas, pero las
respuestas no necesariamente tienen que serlo.
Comencemos.
Un santo.
Madre
Siomara: Como mercedaria tengo que decir san Pedro
Nolasco. Soy una enamorada de san Pedro Nolasco. Además, fue laico,
no sacerdote. Era un mercader que vio cómo muchos cristianos eran
tomados como esclavos por los musulmanes. Era un hombre rico, dedicado al
comercio, pero cambió completamente el rumbo de su vida y la entregó a la
redención de los cautivos.
Todo lo que
leo sobre san Pedro Nolasco me apasiona, porque alimenta profundamente mi
propio carisma redentor.
Entrevistador:
Un libro.
Madre
Siomara: El mercader de la libertad, de Carlo Pronzato. Es una biografía de san Pedro Nolasco. La
he leído muchísimas veces.
Me gusta
mucho porque establece un paralelo muy hermoso entre el mercader de mercancías
y el mercader que compra la libertad de las personas.
El lema
mercedario dice: «Mi vida por tu libertad». Eso resume perfectamente la
vida de san Pedro Nolasco. Pronzato lo explica de una manera
extraordinaria.
Entrevistador:
Ojalá podamos conseguir ese libro aquí.
Madre
Siomara: Yo lo tengo digitalizado. Se los voy a
enviar.
Entrevistador:
Una virtud.
Madre
Siomara: La esperanza.
A veces
hablamos mucho de la fe y de la caridad, pero la esperanza parece quedar como
la "Cenicienta" de las virtudes teologales.
Sin
embargo, hace tiempo descubrí que es precisamente la esperanza la que sostiene
mi fe.
El amor
concreta la fe, pero es la esperanza la que me mantiene caminando hacia aquello
que aún no poseo plenamente.
Por eso,
para mí, la esperanza ocupa un lugar muy especial.
Entrevistador:
Precisamente acabamos de vivir el Año Santo
convocado por el papa Francisco bajo el signo de la esperanza.
Madre
Siomara: Fue un verdadero regalo. Aunque san Pablo
diga que un día pasarán la fe y la esperanza y permanecerá únicamente el amor,
hoy, mientras caminamos en esta vida, es la esperanza la que nos sostiene.
Entrevistador:
Un Papa.
Madre
Siomara: Aquí voy a dejar hablar un poco al corazón. Diría
el papa Francisco. Sobre todo, por su cercanía pastoral. Lo
siento muy cercano, muy humano. Incluso entiendo perfectamente muchas
expresiones propias de su lenguaje argentino cuando habla de
"balconear", "ningunear" y tantas otras. Eso, para
un argentino, tiene un sabor muy especial.
Entrevistador:
Un pasaje del Evangelio.
Madre
Siomara: La samaritana. Cuando descubrí la fe y
aprendí a rezar siendo novicia, me encontré con ese pasaje del Evangelio. Recuerdo
haber pensado inmediatamente: «Esta soy yo.» Me siento
profundamente identificada con el camino de fe de la mujer samaritana.
Cuando
celebré mis bodas de plata de vida religiosa, toda la celebración estuvo
inspirada precisamente en ese relato.
Nunca me
canso de leerlo, rezarlo, subrayarlo y volver sobre él.
Siempre
encuentro algo nuevo.
Entrevistador:
¿Ha escrito algo sobre ese pasaje?
Madre
Siomara: No exactamente. Más bien he elaborado muchos
esquemas catequísticos. Mi dificultad es otra. Soy muy
esquemática. Leo mucho, estudio bastante y voy organizando todo en
esquemas que después utilizo en mis clases, cursos y conferencias.
Muchas
personas me han insistido para que escriba. Pero me cuesta sentarme a
redactar. Tengo el contenido, pero no la facilidad para convertirlo en
una narración. Ese es uno de mis propósitos actuales: comenzar a
escribir.
Entrevistador:
Pues no parece que le cueste tanto, porque nos ha
mantenido muy atentos durante toda esta conversación. Solo habría que
transcribir todo lo que nos ha dicho.
Madre Siomara: (Ríe). Lo difícil es justamente sentarme a escribir.
Entrevistador: Mate o café.
Madre
Siomara: Mate. Desde siempre. Indiscutiblemente.
Entrevistador:
Yo, en cambio, café. Muchas gracias, madre
Siomara. Hemos disfrutado muchísimo esta entrevista. Sabemos que
muchos hermanos seminaristas y muchas personas que verán este video también lo
harán.
Antes de
terminar, ¿qué mensaje quisiera dejar a quienes nos estamos preparando para el
sacerdocio?
Madre
Siomara: En primer lugar, doy gracias a Dios porque sigue
llamando a jóvenes a la vida sacerdotal. Agradezco profundamente a estos
muchachos que se han animado a responder al Señor en una sociedad llena de
tantas propuestas y alternativas.
Dar ese
paso requiere mucho coraje, mucha fe y mucha valentía. Pero no basta con
comenzar.
Después hay
que sostener la vocación.
Al
principio uno está lleno de entusiasmo. Todo parece maravilloso.
Pero luego
llegan la convivencia, los desgastes propios del ministerio, las dificultades
pastorales y las pruebas de la vida. Entonces uno puede empezar a
aflojar. Por eso les diría que nunca dejen de mirar a Jesucristo.
No
solamente al Cristo resucitado, sino también al Jesús histórico que caminó,
sufrió, lloró, compartió la vida de la gente y entregó su existencia por amor.
Ese Jesús
es el que debe inspirar siempre nuestro modo de ser sacerdotes.
Solo así
podrán ser verdaderos pastores, padres, hombres cercanos y profundamente
humanos.
La
humanidad nunca debe perderse.
También
quiero insistir en algo que considero absolutamente innegociable: la formación.
No para
caer en el enciclopedismo del que hablaba el papa Francisco.
No para
convertirse en un sacerdote que solo acumula conocimientos.
Sino porque
el estudio debe fortalecer la fe.
Si la
teología no me ayuda a crecer espiritualmente, pierde su sentido.
No estudien
solamente por la ciencia misma.
Estudien
para conocer mejor al Señor y servir mejor al Pueblo de Dios.
Nunca dejen
de sentirse discípulos. Estamos llamados a configurarnos con Jesucristo.
Configurar nuestra vida con la suya. Asumir su estilo de pastor y de
padre. Cuando hablo de padre, pienso en alguien que tiene un corazón
lleno de misericordia, que acompaña, sostiene, escucha y ofrece seguridad.
Y cuando
hablo de pastor, pienso en alguien que camina junto a su pueblo, que no se
escandaliza fácilmente y que permanece cercano a las personas.
Además, les
digo algo que siempre repito a los seminaristas con quienes trabajo:
Estudien
mucho. Estudien teología, dogmática, patrística, Sagrada
Escritura. Lean, investiguen y profundicen.
Un sacerdote necesita conocer mucho para poder
anunciar bien el Evangelio.
Solo quien posee herramientas podrá traducir
después todo ese conocimiento en una verdadera acción pastoral.
Cuanto más conozco, mejor preparado estoy para
hacer una auténtica bajada pastoral.
La pastoral no es otra cosa que la vida concreta de
la Iglesia.
Por eso, no pierdan nunca el norte.
Ustedes están aquí para vivir radicalmente el
seguimiento de Jesucristo.
No basta
haberlo encontrado una vez. Hay que volver a reconocerlo todos los días. Porque,
poco a poco, otras cosas pueden ir ocupando su lugar. Defiendan su vocación. Vendrán
tentaciones.
Llegarán
noches oscuras. Habrá momentos de cansancio. Pero no abandonen el camino.
Hoy vemos
que muchas personas, incluso en el matrimonio, abandonan el compromiso ante la
primera dificultad.
La vocación
también necesita ser defendida y cuidada.
Porque
viene de Dios.
Yo estoy
absolutamente convencida de eso.
Cuando
alguien entra solamente por un impulso pasajero o por motivos superficiales,
termina marchándose o vive una vocación mediocre.
Y también
existen sacerdotes que sufren mucho.
Por ellos
debemos rezar.
Entrevistador: Madre, realmente lo ha dicho todo. Muchísimas gracias por estas
palabras, por su presencia y por esta visita. Ojalá podamos volver a recibirla.
Algunos de
nosotros estamos terminando la formación y otros apenas comienzan este camino.
Sabemos que
su oración nos ayudará mucho.
Y esta
amistad que nace con su visita es un verdadero regalo para todos nosotros.
Gracias de
corazón.
Madre
Siomara: Gracias a ustedes. Gracias por este espacio. Siempre
que compartimos la fe y dialogamos, todos salimos enriquecidos.
También les
pido perdón porque uno nunca llega a ser completamente el signo que Dios
quisiera que fuera.
Pero
seguimos luchando.
Entrevistador: Gracias, madre.
Y gracias
también a todos los que verán esta entrevista a través de las redes sociales.
Que este
testimonio pueda difundirse. Que siga anunciándose la Palabra de Dios. Sabemos
que el Señor nos mira siempre con misericordia, nunca nos abandona y continúa
sosteniendo a su Iglesia por medio de testimonios como el suyo.
Nosotros
queremos agradecerle con un fuerte aplauso.
(Aplausos.)
Madre
Siomara: Muchas gracias a todos. Ha sido una alegría
compartir este momento con ustedes. Que el Señor los bendiga y los acompañe
siempre en su camino vocacional.





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