sábado, 1 de agosto de 2026

Conversación con Mons. Salvador Piñeiro por sus Bodas de Plata Episcopales

EPISCOPADO FECUNDO

Queridos amigos de mi canal de YouTube, sean bienvenidos a un nuevo video. Me encuentro en la oficina de Monseñor Salvador Piñeiro. Él es el actual arzobispo de esta arquidiócesis de Ayacucho, mi arzobispo. Y en este tiempo de vacaciones he querido encontrarme con monseñor para entrevistarlo y sobre todo para tener una conversa amena y cordial en vista de sus 25 años como obispo que se cumplirán el próximo 2 de septiembre, una fiesta en la que nos reuniremos como arquidiócesis para festejar a nuestro arzobispo por estos 25 años como pastor de la Iglesia; 16 años en Ayacucho y anteriormente como obispo castrense del Perú.

Monseñor, buenos días. ¿Cómo está?

Contento en el trabajo y sobre todo invitando a las parroquias, a las capellanías para que me acompañen con la oración y la preocupación vocacional. El mejor regalo para el obispo es ver el seminario con jóvenes que apuestan por Jesús, que quieren ser sacerdotes.

Bueno, monseñor, si usted menciona esto de los regalos, quisiera dejar claro que usted me hizo un gran regalo a mí y fue el hecho de invitarme a trabajar con usted en estas oficinas durante un año y medio aproximadamente en el año 2023 hasta mediados del 2024, cuando después decide enviarme para el seminario de Huancayo a culminar mis estudios teológicos. Entonces, que quede claro que estoy muy agradecido, monseñor, por esa oportunidad de conocer el trabajo en la curia arzobispal, de conocerlo a usted de cerca en el trabajo como su secretario y pues ahora como su seminarista.

Decíamos al principio que queremos conocer un poco más sobre su vida como obispo. Sabemos que cumplirá estos 25 años de consagración o de ordenación episcopal el próximo 2 de septiembre, pero nos gustaría, monseñor, que nos contara cómo fue este llamado al episcopado, el momento en el que usted se encuentra como párroco en Lima, como sacerdote con más de 25 años de experiencia, habiendo pasado también por la rectoría del seminario en Lima y pues cómo el Santo Padre lo llama para ejercer esta función episcopal.

Estaba de párroco en Santa Rosa de Lince, que tiene también 50 años. En esos días se fundaba una parroquia muy fraterna que cultivaba el primer colegio parroquial del Perú. Yo no tenía mucha experiencia en las cosas educativas, pero uno va aprendiendo en el camino y recibo la llamada a nunciatura, me citan a una reunión. Acudo y el nuncio de aquel entonces, monseñor Rino Pacigato, me dice al grano: “Lo he llamado porque el Santo Padre quiere que sea usted el obispo militar del Perú”.

Y le digo: “Señor Nuncio, ¿tendré cualidades para eso?” “Ya quienes lo han presentado sabrán por qué.” “¿Puedo consultar a alguien?”.

“No, no hay que consultar. Vamos a la capilla”.

Y me llevó, me hizo una oración, me dio unos documentos y me dijo: “Tenga usted la noticia en reserva porque es el único obispo en el Perú que tiene que tener el mandato, el encargo del Gobierno; hay que consultarlo al Estado. Tiene que ser peruano de nacimiento y el beneplácito del presidente de la República”, que en esos días era don Valentín Paniagua, porque ciertamente pues es un cargo especial cuidar del soldado, del policía de la patria.

11 años he caminado por todos los lugares donde ellos sirven para darnos libertad para poder vivir en democracia y acercarme a las familias de los soldados, estar en las escuelas militares, en los colegios, un trabajo muy especial, una diócesis que está en todo el Perú.

Y bueno, el nuncio me dijo: “Quiero estar con usted el día de su ordenación”. Digo: “Pues yo soy párroco de Santa Rosa”. “Ya verá otro la fiesta”. “Bueno, que sea el primer domingo de septiembre”.

Por eso muchos me preguntan por qué se ordenó el 2 de septiembre, porque el nuncio me pidió esa fecha, quería estar conmigo. Después me he enterado que es un día bonito. Ya se los comentaré.

Monseñor, cuando usted dice que le pregunta al nuncio si es que tiene cualidades, habría que recordar que durante sus más de 25 años como presbítero en la Arquidiócesis de Lima llevó cargos de gobierno, ¿no? Sobre todo, como vicario.

Acompañé al cardenal Augusto Vargas todo su pontificado. Fui su vicario general y también un año con el cardenal Cipriani me confió ese trabajo que es importante porque es acompañar a los sacerdotes, a la pastoral, es un pensar con los criterios del obispo y ayudarlo en las cosas administrativas.

Monseñor, recuérdenos ese día de su ordenación episcopal. Estamos hablando del domingo primero de septiembre, que es 2 de septiembre del año 2001. ¿Qué obispo lo ordenó y quiénes la acompañaron allí?

Fue bonito porque todos los capellanes castrenses, militares, fuimos a la iglesia de la Merced porque ella es la patrona de las armas de la patria. Y con la imagen de la Virgen de la Merced fuimos a catedral en peregrinación. Yo salía de la diócesis de Lima, le pedí que el ordenante fuera el cardenal Cipriani, el nuncio que quería estar conmigo y pedí también a monseñor Juan Luis Martín, obispo vicario apostólico en Pucallpa y le dije: “Juan Luis, quiero que tú seas de los ordenantes para agradecer a todos los misioneros, -él es canadiense-, que han venido desde lejos a trabajar en mi patria”.

Fue en la catedral de Lima. Mi catedral castrense es muy pequeña. Inmediatamente que me ordenaron obispo, tomé posesión canónica de la Iglesia castrense. Me acompañaron los altos dignatarios de las fuerzas armadas y policía. Fue una celebración muy especial porque también, como miembro del Consejo Interreligioso, asistieron de todas las confesiones, el obispo anglicano, los pastores luteranos, el rabino judío me acompañaron. Fue un acontecimiento eclesial y ecuménico.

Monseñor, ese día le acompañaron sus familiares, ¿estaban sus padres vivos?

No, ya no. Desde el cielo. Ellos me acompañaron desde el cielo, mis hermanos, la familia más cercana, por cierto, me acompañó delegaciones de las parroquias donde yo había servido, el Carmen en San Miguel, Santísima Cruz de Barranco y Santa Rosa de Lince.

Por eso en mi escudo, que es como un lema, un programa, puse la bandera patria, el monte Carmelo, la Cruz y la Rosa Heráldica. Las tres parroquias es lo que yo podía, servir a la Iglesia con la experiencia que he tenido de párroco, y como lema, el que trabajó tanto santo Toribio de Mogrovejo: “El Señor es mi fortaleza”. El salmo que nos recuerda que no estamos solos, que estas obras no son humanas, yo nunca pensé ser obispo y menos castrense, pero uno va aprendiendo, el Señor le asiste y fue el regalo que me dio san Juan Pablo II, que cuando fui a agradecerle le dije “me ha puesto usted en un momento muy especial en la patria. Han cambiado los jefes militares, hay un nuevo amanecer en la política y también como trabajo ya no hay obligación del servicio militar, con lo cual esas historias negras, esas esclavitudes fueron desapareciendo y por eso ahora el soldado, el policía, pues opta de una manera libre para servir a la patria”.

Sabemos, monseñor, que el orden sacerdotal comprende el diaconado, presbiterado y el episcopado. ¿Qué puede hacer un obispo que no hace un sacerdote?

El Obispo puede delegar muchas cosas al sacerdote, pero este no puede ordenar, no puede consagrar diáconos, presbíteros a otros hermanos. Esa es función apostólica, es un encargo muy especial del obispo.

Y en estos 25 años como obispo, habrá ordenado usted muchos diáconos, sacerdotes y obispos a su vez. Coméntenos.

Sí, muchos. Una cincuentena tendré en la lista. Cuando era obispo en Lima, pues algunas familias religiosas me pedían también que ordenase a sus estudiantes. Y entre los de gran emoción, cuando era presidente de la Conferencia Episcopal, Robert Prevost me llama y me dice: “Quiero que seas tú de los ordenantes”. Y tuve que ir a Chiclayo, emoción, ordenar al que es hoy día el Papa.

Y por eso en enero cuando fui a saludarlo con los obispos del Perú me emocionó cuando me dijo: “Salvador, ¿te acuerdas que me arrodillé delante tuyo para que me hicieras obispo? Ahora reza para que sea buen papa”.

Un corazón humilde, un hermano muy querido entre nosotros como obispo, cómo nos acompañaba en todas las actividades, jubileos, celebraciones, identificado con este Perú, por eso tiene corazón peruano.

Monseñor, me alegra muchísimo saber que esas manos que consagraron obispo al que hoy es el Papa, me consagrarán a mí como diácono el mismo día 2 de septiembre.

Es el mejor regalo para mis Bodas de Plata ordenar a dos diáconos y a un sacerdote, porque es lo único que no puedo delegar y es lo que nos hace grandes ante los ojos de Dios.

Como decía san Juan María Vianney, me postro con humildad y me levanto sacerdote, me levanto lleno de las bendiciones de Dios. Que nos acerquemos con un corazón humilde para que el Señor nos dé su bendición, su fortaleza y podamos cumplir la misión del diaconado que te voy a confiar que es tan sencillo, proclamar la Palabra, ese mensaje de Jesús que convierte, ser el servidor del altar, ser el que cuida de las obras apostólicas, especialmente de aquellas tareas, como lo haces con dedicación, donde más se necesita el consuelo y la esperanza, la cárcel, el hospital, el asilo, el puericultorio donde hay tantos hermanos que sufren y esperan.

El obispo, hemos dicho, ha recibido la plenitud del orden sacerdotal, de modo que también ha sido alguna vez ordenado diácono. Monseñor, ¿recuerda esa época en su vida?

Sí, me ordenó de diácono el cardenal Juan Landázuri, que era mi obispo de Lima y yo estaba en la parroquia de Barranco, en la Santísima Cruz. Era los que, de último año, pasábamos a hacer la pastoral en esa parroquia. Y un 2 de julio, en ese tiempo era en el calendario la fiesta de la Visitación de María. Fue el cardenal a Barranco, me ordenó, me acompañaron mis papás y estuve un año de diácono en Barranco, al lado de un gran obispo, un gran maestro de la vida apostólica, monseñor Germán Smith.

Soy testigo de su entrega, de su vida y por esas cosas de la historia, cuando él era encargado del cono sur de la gran Lima, cayó enfermo, un cáncer. Y el cardenal Vargas me dijo: “Acércate donde Germán, acompáñalo y tú te vas a encargar del trabajo que él tenía”. Y por esos 7 años también, además de ser párroco en Barranco, era el coordinador en el cono sur, lo que hoy es la diócesis de Lurín.

Monseñor. Y en el episcopado está el pastoreo de una diócesis, usted unos años como castrense y luego como arzobispo de acá de Ayacucho. ¿Qué sería lo más difícil de gobernar una iglesia?

Bueno, este es un examen que me estás tomando.

Vine aquí a los Andes traído por Benedicto XVI. Estaba trabajando en la diócesis castrense como ordinario militar del Perú y me pide venir aquí y encontrar pues una comunidad piadosa, unos Andes que nos dificultan los traslados, pero también en el corazón de todos estos fieles que han conocido las horas del terror, del odio, de la muerte. Pero un pueblo que sufre, pero que cree, que lleva la cruz de Cristo con esperanza.

Y por eso, si han habido dificultades, hemos sabido superarlas y esperamos pronto que se consuelen esos corazones entristecidos, más de 16,000 desaparecidos; que ojalá se sigan esos trabajos para aliviar el recuerdo, el dolor en el corazón de tantas madres, de tantas esposas que no pueden olvidar la memoria del esposo, los hijos. Hay mucho dolor, pero hay también esperanza.

Sabemos, monseñor, que esta carga del episcopado, del gobierno de una Iglesia, muchas veces los obispos saben sobrellevarla con la ayuda de sus sacerdotes, pero también de tantos laicos que se comprometen y que entregan su vida al servicio. Yo quisiera recordar ahora a don Alejandro Cabrera Palomino, que fue durante 30 años el síndico de este arzobispado y que hace unos días atrás hemos despedido, que ha partido a la casa del Padre. ¿Qué recuerda de don Alejandro y qué podríamos rescatar de su vida entregada al servicio de la iglesia?

Ciertamente los sacerdotes son la corona y la gloria del obispo y son sus primeros colaboradores, pero también la presencia del laicado, y muy bien que me recuerde de don Alejo. En estos días cumplió su misión, larga y pacientemente unido a la cruz de la enfermedad. Lo ungimos con el óleo santo y cerró sus ojos al mundo, pero abrió su alma al Creador. Un hombre 85 años de edad, más de 30, cuidando los bienes de la Iglesia con una generosidad y una honestidad tan grande.

Esos son los grandes valores, fortalezas en el trabajo del obispo, sus sacerdotes y laicos comprometidos, no entrometidos, sino laicos comprometidos en la obra de la Iglesia, en el cuidado de la evangelización en todas sus áreas, porque también lo administrativo, el ver los bienes, el cuidar del seminario, son tareas muy necesarias.

Esa obra de la Iglesia entendemos que es responsabilidad principal del obispo, pero de todos quienes le colaboramos y entendemos que la vocación de la Iglesia, según nuestra teología en Latinoamérica, es esa opción preferencial por los pobres. Monseñor, ¿cómo ha vivido usted este llamado, este despertar de la opción preferencial por los pobres en su época como presbítero y también como obispo?

Desde la reflexión en Medellín y sobre todo en Puebla, la opción es muy clara. No podemos olvidar esa dimensión en la pastoral del anuncio, de la celebración y del acompañamiento. Allí donde hay sufrimiento, donde hay dolor. Ese es el evangelio de Jesús. Estas son las bienaventuranzas. Trabajar para lidiar, para construir una civilización de amor, no con odios, con rencores, sino con la fuerza del perdón, el sacrificio.

San Agustín, el gran maestro de la teología, dice que el episcopado es honor y carga, honor et onus. Hay fatiga, hay trabajo, pero también hay el honor de poder servir, de poder ayudar a los hermanos.

El Santo Padre Francisco llevó, digamos, muy presente esta opción preferencial por los pobres en sus palabras y sobre todo en sus gestos. Y eso lo agradecemos mucho como Papa latinoamericano que fue. Pero también nos introdujo a esa vocación de la Iglesia del tercer milenio que es la sinodalidad. En este caso, monseñor, ¿qué tan sinodal ha sido usted como obispo y en qué hechos concretos podemos comprender que la Iglesia vive este camino de sinodalidad?

Aquella palabra griega tan antigua, caminar juntos. El obispo tiene que estar, como decía el Papa Francisco, delante llevando las ilusiones o quizás en medio acompañando o al final empujando a todos para que caminemos. El obispo es el pastor. Por eso el báculo es para llamar, para guiar, para orientar.

Es lo hermoso de la Iglesia, que prestamos nuestra voz aquí también en Ayacucho. Otoniel, Juan Luis, Luis Abilio, hoy Salvador, proclamamos la palabra de Jesús usando nuestra voz, nuestros gestos, nuestra manera de ser. Por eso agradezco tanto esa actitud de escucha de nuestro pueblo. Siempre están atentos a la llamada del obispo, a los programas que hacemos.

No son fáciles las reuniones por las distancias, por las dificultades que se presentan en el camino, pero hemos tenido buenos momentos y sobre todo mucho me han acompañado los profesores de religión, que son también las manos del obispo. Yo no puedo llegar a todas las aulas. Y ellos, a los niños, a los jóvenes, les están recordando el mensaje de Jesús, la historia de la Iglesia.

En estos 25 años de obispo, monseñor, sabemos que ha tenido muchísimas oportunidades para llevar a cabo la misión de la Iglesia. Ha conocido cuatro papas, ha estado en dos misiones episcopales, el obispado castrense y la Arquidiócesis de Ayacucho. Pero de estos 25 años, algún momento o algunos momentos culmen eh de alegría, de satisfacción en los que has sentido que realmente vale la pena entregar toda una vida a Cristo con más de 50 años también como sacerdote.

Cómo en el mundo castrense esperaban con ilusión la llegada del obispo y estaban atentos a mi mensaje. Los capellanes me preparaban el camino para celebrar. Yo creo que era el obispo que más confirmaba jóvenes en el servicio militar, en los colegios, en las academias.

Entonces, el Señor nos ha dado muchas alegrías y en estos Andes tuve oportunidad de participar en varios sínodos, como me has recordado, cuatro papas me han recibido a los que he podido darles mis confidencias, mis ilusiones. Siempre me he sentido acompañado.

Cuando alguien me preguntaba, ¿ha visto algún momento de frustración? Les soy honesto. En mis 53 años de cura nunca me he sentido frustrado. El Señor nos da fortaleza. Ciertamente hay horas de fatiga, no faltan las incomprensiones, pero también los consuelos, la bendición de Dios. Él siempre nos fortalece, nos acompaña en el camino.

Esa vida de entrega y de consagración a través del orden sacerdotal, sabemos, se hace a través de unas promesas especiales. Los religiosos hacen votos de pobreza, castidad y obediencia. Los diocesanos hacemos promesas. ¿Cuáles son estas promesas, monseñor, y cómo las ha vivido? ¿Y qué consejos también nos da los que nos vamos a adentrar a este mundo de consagración?

San Benito dice: “Todos los cristianos tenemos que tener un corazón limpio. Tenemos que ser generosos, nada de avaricias. Tenemos que ser humildes, sencillos”. Los consejos del evangelio son para todos, pero para nosotros la nupcialidad, el desposorio.

Yo me caso con mi parroquia, no voy a estar aquí por 2 años, el tiempo que Dios me permite. 16 años me tuvo en San Miguel, 8 años en Barranco, 2 años en Lince y los viví intensamente.

Aquí no es que voy a estar un tiempito, voy a ver, no, no, no. La opción es para siempre. Y escuchando la voz de nuestros superiores, cumplir el mandato de estabilidad, de verdadera entrega a la comunidad. No hay que ponerle a Dios límites. Hay que ser generosos.

Monseñor, nosotros los que hemos compartido con usted acá en la curia, en la Arquidiócesis durante estos años, damos gracias a Dios por su testimonio, por la misericordia de Dios que se derrama a través de sus manos, de sus gestos, de sus palabras. Y no nos gustan las despedidas, pero sabemos que todo lo que empieza acaba y en algún momento también el Santo Padre aceptaría la renuncia que de rigor corresponde por los años de servicio a los obispos al cumplir sus 75 años de edad. A nosotros, ciertamente, nos gustaría que permaneciera en Ayacucho todo el tiempo que sea posible, pero ¿cómo le gustaría a usted ser recordado por la Iglesia y por la Arquidiócesis de Ayacucho?

Ya cumplí lo que manda el canon. Entregué personalmente mi dimisoria al Papa Francisco y le dije: “Santidad, no voy a ser un obispo jubilado, sino jubiloso”. Y me dijo: “Me gusta, me gusta eso”. Me agradeció el trabajo. Estoy en espera de que los superiores, el Papa León, nombre a mi sucesor.

Pero no hay que ponernos plazos, límites. Ya veremos hasta cuándo. Lo que sí, regresaré a Lima por una razón, mi familia de sangre y también los años que he servido allá y dejarle libertad al que viene. Le dejamos una Iglesia unida, misionera, para que siga anunciando ese cariño, ese amor fraterno que tenemos que vivir los cristianos.

Y nosotros, los laicos y los sacerdotes y diáconos, seminaristas de la Arquidiócesis, que amamos mucho a monseñor Salvador, también recibiremos con alegría y con mucha esperanza al nuevo obispo, que el Santo Padre decida para esta iglesia arquidiocesana.

Monseñor, para ir culminando esta conversación, ¿qué mensaje nos daría usted a los que nos va a ordenar el 2 de septiembre, miércoles, a las 10 de la mañana en la catedral en las bodas de plata episcopales? Dos diáconos y un sacerdote.

El mejor regalo para el obispo son sus sacerdotes. Y que esta jornada jubilar nos haga amar al seminario. 400 años que fundaron el seminario de San Cristóbal en Ayacucho. Que sigan viniendo jóvenes que le digan sí a Jesús. Cuenta conmigo. Apuesto por la Iglesia. Quiero trabajar en nuestros Andes para que no falte el anuncio del evangelio, para que la Virgen desde Cocharcas nos siga cuidando, para que se alejen los males en el alma y en el cuerpo, porque ella es salud de los enfermos, porque ella es refugio de los pecadores.

Muchísimas gracias, monseñor, por sus palabras, por recibirnos aquí en su oficina y antes de dejarlo tranquilo para que siga trabajando, por favor impártanos su bendición y a todos aquellos que verán este video en mi canal de YouTube.

A través de la imagen televisiva, Pedro me ha confesado, pero ahora yo con mucha alegría les doy la bendición. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Amén. Muchas gracias, monseñor.

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