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sábado, 28 de febrero de 2026

Misiones Aucará febrero 2026

CHACRALLA, LA CAPITAL DEL CHIMAYCHA

El año pasado estuvimos de misiones en la selva ayacuchana, en la zona del VRAEM, a orillas del río Apurímac; pero ahora correspondió la sierra ayacuchana, en sus parroquias más al sur, en los límites de la arquidiócesis con la vecina prelatura de Caravelí. Específicamente, en las dos parroquias con párrocos: San Cristóbal de Cabana y San Miguel Arcángel de Aucará (Apuccará). En Cabana está el padre Leoncio Cotaquispe Mascco y en Aucará su ex vicario, el padre Luis Eduardo Montaño Chávez, sacerdote joven recién ordenado.

En la parroquia de Aucará estuvimos seis seminaristas distribuidos en tres pueblos diferentes: dos en la viceparroquia de Santa Ana de Huaycahuacho, dos en el pueblito de San Diego (de Alcántara) de Ishua, que tiene el templo mejor conservado del valle del Sondondo, y mi compañero de misiones y yo en la viceparroquia de San Juan Bautista de Chacralla, la población más pequeña y alejada de estas tres.

Chacralla se llama así, según creen sus pobladores, por la gran cantidad de chacras o parcelas destinadas al cultivo y la crianza de animales, que son numerosas y están bien dispuestas para su fin, pues el agua de los puquiales cercanos las mantiene siempre verdes. El centro poblado es pequeño; las casas son, en su mayoría, de adobe. La población parece no superar los 200 habitantes y los niños son muy pocos: en la escuelita solo hay seis matriculados.

El templo, frente a la plazuela, es muy hermoso y antiguo; además, es patrimonio cultural de la nación. Está dedicado a San Juan Bautista y tiene la categoría de viceparroquia, según consta en los libros de inventario que allí se encuentran, cuya data es de 1906. Católicos en su gran mayoría, los chacrallinos son dados a participar en las actividades religiosas. Muchos que han nacido allí han sido bautizados en ese templo y, cuando regresan a su pueblo en estas épocas vacacionales, frecuentan con sus hijos aquella casa de Dios que, ya con solo verla, invita a la oración.

Los ecónomos en estos pueblos ayacuchanos son quienes, elegidos por la feligresía y aprobados por el párroco, cuidan de los bienes de la Iglesia, siendo los principales encargados de abrir y cerrar el templo según las actividades programadas. En este caso, el ecónomo de Chacralla estaba recién elegido, por lo que iniciaba sus responsabilidades con el entusiasmo de quien ha aceptado servir al Señor.

Como en Chacralla, también en los otros pueblos, son los ecónomos quienes abren camino a la misión que realizan los seminaristas. Ellos procuran organizar el hospedaje y la alimentación de los misioneros; convocan a su gente, invitan a las celebraciones y canalizan todas las iniciativas que se tengan en beneficio del templo y de la Iglesia, distinguiéndose aquí entre la estructura física destinada para el culto católico y el grupo de bautizados que persevera en la fe.

Solo nueve días estuvimos en Chacralla, y la razón fue sencilla: llegamos el martes 3, pero a partir del sábado 14 de febrero el pueblo recibiría gran cantidad de visitantes e hijos del lugar para las celebraciones culturales propias de aquel poblado, llamadas “Chimaycha”, siendo Chacralla la capital de este evento tradicional de baile y canto carnavalesco de los Andes ayacuchanos. Cierto es que esta festividad tiene gran atractivo también por el consumo de bebidas alcohólicas, en las que —según cuentan los mismos pobladores— se llega al descontrol total; por ello, la presencia de los seminaristas en esas circunstancias resultaba totalmente innecesaria.

Las celebraciones de la Palabra de casi todos esos días, presididas por mí, fueron a las 7:00 p. m. Comenzaban con el rezo del Santo Rosario, durante el cual iban llegando los feligreses, encendían sus velas y se ubicaban en las bancas para responder al rezo.

Según iban llegando, solicitaban al ecónomo que encendiera una vela a San Juan Bautista, otra a la Asunción y otra a San Isidro Labrador, que son las tres imágenes que presiden el retablo del altar mayor. Por ello era común ver a dicho señor montado en el altar retablo, al cual se accede por una escalera que está a la vista de todos. Incluso durante las celebraciones de la Palabra el ecónomo cumplía fielmente las peticiones lumínicas de sus paisanos.

Nunca le dijimos que, una vez iniciada la celebración o la misa, ya no se debía estar subiendo al altar, porque distrae el acto litúrgico; al menos así nos parecía.

Después de cada celebración, en la puerta de la iglesia, se repartía algún mate caliente o café con galletas, servido voluntariamente por alguno de los participantes. Era el momento de socializar entre todos antes de despedirnos y esperarnos hasta el día siguiente.

El sábado 7 habíamos programado visitar el cementerio para rezar por los difuntos. La gente se animó y varios se apuntaron para asistir; pero, a la hora fijada, nadie llegó al punto de partida, que era la puerta de la iglesia. Por ello, mi compañero y yo fuimos a dejar todo lo preparado en el hospedaje —parlante, albas, libros litúrgicos y agua bendita— para disponernos a caminar solos, como pensábamos.

Al salir hacia el cementerio, ya sin nada, vimos al grupito de personas que nos esperaba para ir a rezar. Ellos no habían ido hasta la puerta de la iglesia, sino que se habían congregado una cuadra más atrás; por eso no los vimos y por un momento pensamos que nadie había llegado.

Fuimos todos, unas doce personas. Al llegar al cementerio hicimos un responso por todos los difuntos, mencionando a los familiares de los presentes que se apuntaron rápidamente en una libretita de uno de los acompañantes. Curiosamente, luego de rezar por los muertos, uno me avisó que un primo suyo presente estaba cumpliendo años, por lo que solicitó unas palabras y una bendición especial para el cumpleañero. Accedí con gusto, haciendo al final la acotación de que de eso se trata la vida: de dar gracias a Dios por los difuntos y por los vivos, orando por ambos gremios, como lo pide la obra de misericordia espiritual.

El domingo 8 bajamos, luego de la Celebración de la Palabra a las 6:00 a. m., caminando hasta Santa Ana de Huaycahuacho. Queríamos saludar a nuestros hermanos y participar de la misa dominical en ese pueblito, además de aprovechar para conocer las aguas termales, atractivo turístico del lugar.

De estos objetivos solo pudimos lograr uno: visitar a los hermanos. El padre no celebró misa allí, pues dedicó el tiempo a las confesiones. Luego de almorzar todos juntos, nos llevó hasta San Diego de Ishua, donde sí tuvimos misa dominical, y de ahí hasta Aucará, pues al día siguiente él iría a Chacralla y así lo juzgó conveniente. Las aguas termales de Huaycahuacho perdieron la oportunidad de conocernos.

El padre Luis Eduardo, párroco de 25 años de edad, nos llevó de regreso el lunes 9 de febrero, pues tenía una misa programada con antelación por el eterno descanso de unos chacrallinos. Además, aprovechó para bautizar a dos menores, una pareja de hermanos que días antes, en compañía de su madre y padrinos, habían asistido fervorosos a las charlas de catequesis para recibir dicho sacramento, catequesis que yo mismo les impartí durante tres tardes lluviosas.

El jueves 5 de febrero, y el siguiente, jueves 12, participamos de las tradiciones propias del lugar. En esos días, desde las 4:00 a. m., el templo está abierto a la espera de que se reúnan los fieles para lo que ellos llaman “compadres” y “comadres”, celebraciones que se intercalan cada jueves para ellos y para ellas.

Llevan frutas y hacen un pequeño altar a los pies de alguna imagen de la iglesia, que ha sido ornamentada con flores y papeles de colores en la tarde del día anterior. Nosotros hicimos lo que nos pidieron: celebrar la Palabra y acompañarlos en la procesión con la Santa Cruz alrededor de la plazuela, con cantos y oraciones.

Ellos veneran la Santa Cruz antes de salir en procesión. Cuando es día de compadres lo hacen primero los varones, poniéndose de rodillas y besando el pie de la cruz, para luego retroceder caminando de espaldas, es decir, sin quitar la mirada de la cruz; después lo hacen las mujeres. Y cuando es día de comadres, lo realizan primero ellas de igual manera.

Al regresar de la procesión, uno a uno se arrodilla frente al altar y recibe tres chicotazos por parte del adulto mayor más venerable entre los presentes, quien ya está designado para ello y es, además, quien canta el responso por los difuntos en un canto que entremezcla balbuceos confusos con frases en latín castellanizado; pero con fe, todo se puede.

Los días en Chacralla se pasaron muy rápido. Las comidas las recibíamos en el pequeño restaurante de la esquina, vecino del hospedaje donde dormíamos. Cuando no llovía toda la mañana, llovía toda la tarde, por lo que los tiempos despejados y con sol eran los propicios para salir a caminar y, con suerte, encontrarnos con algunos pobladores, pues la mayoría salía a trabajar a sus chacras.

Los hombres, por esos días, destinaban sus fuerzas al arreglo de la carretera de tierra que conecta Chacralla con Huaycahuacho. Durante nuestras horas en el hospedaje aproveché de leer varias cosas, entre ellas el libro de los hermanos Boff titulado “Cómo hacer teología de la liberación”, lo que me ayudó muchísimo para delimitar mi tema de estudio para la tesis de Teología que realizaré en este 2026.

Una tarde dimos un breve recorrido por las empedradas callejuelas del pueblo y vimos a un grupo de personas que trabajaba levantando una pared de adobes con una puerta y escaleras: era el ingreso a su casa. Al día siguiente nos invitaron a desayunar justo en la casa del frente y, cuando llegamos, vimos todo en el suelo y a las mismas personas, apenadas, levantando los escombros para ver qué se podía recuperar.

Había llovido toda la noche y el agua que corría por la vereda hizo que el suelo se debilitara y todo se viniera abajo. Yo comenté a quienes nos invitaron que las pérdidas eran pocas, pues el adobe es tierra y se puede reutilizar; pero el señor de la casa respondió que igualmente era una pérdida grande, por el tiempo y el trabajo empleados en la faena que no prosperó.

Como fruto de esta misión, el señor ecónomo se comprometió públicamente a abrir todos los domingos la iglesia en el horario de 6:00 a. m. a 8:00 a. m., para que todos puedan venir a hacer sus oraciones y encender velas a sus santos de devoción sin interrumpir ningún acto litúrgico.

Los habitantes quedaron conformes con las actividades realizadas y nosotros agradecidos con Dios por la sencillez y humildad en las que nos movimos durante esos nueve días en Chacralla.

El jueves 12, que era el último día de misión, con la autorización del párroco adelantamos la ceremonia de imposición de las cenizas. Ese día asistieron cerca de 40 personas, estando el pequeño templo “repleto de gente”. En esa oportunidad repartimos todas las estampitas de santos y oraciones que traíamos con nosotros, y ellos quedaron muy agradecidos con ese pequeño gesto de recuerdo de la misión.

Por eso yo no boto al tacho ninguna estampa que llega a mis manos; es más, cuando otros lo hacen yo las recupero y las guardo para estos momentos. Cuando voy a lugares lejanos y las reparto, las valoran mucho, porque son de difícil acceso.

En lo que respecta a la convivencia con mi hermano seminarista, compañero de misiones, conversamos bastante, nos conocimos un poco más y rezamos juntos Laudes, Oficio de Lectura, Vísperas y Completas, y algunas veces también la Hora Sexta al mediodía. En las caminatas escuchábamos música con un pequeño parlante o desde el mismo teléfono. Como yo no tenía disponible la red móvil, él tuvo la gentileza de compartirme WiFi desde su teléfono, por lo que pude estar comunicado durante todo el tiempo de misión.

De Chacralla solo lamenté tres cosas. La primera es que no pudimos acceder todas las mañanas al templo para rezar, como es mi costumbre cuando estoy de misiones y se tiene el templo cerca. No se pudo porque el ecónomo no tenía tiempo y no creyó conveniente prestarnos la llave para entrar por nuestra cuenta.

La segunda fue que, a pesar de que insistimos en que se avisara por parlante de nuestra presencia y de las actividades, esto no se logró, lo cual fue una desventaja, porque siempre que se avisa por ese medio todos se enteran y se garantiza mayor participación.

Y la tercera fue que no se nos permitió tocar las campanas para llamar a la gente a las celebraciones, pues solo podía hacerlo don tal, que es el único en el pueblo que dice saber tocarlas, porque —según él— hay un ritmo para los difuntos y otro para la misa.

Sin embargo, el trabajo se logró, a pesar de que estas tres cosas no las pudimos tener.

El 12 llegamos a Aucará, donde permanecimos hasta el domingo 22. Allí colaboramos mucho con el padre Luis, que está recién llegado al pueblo: organizamos la casa parroquial, le hicimos el techo del garaje para que no se le moje el carro, yo le ayudé a poner orden en los libros de bautizos y confirmaciones, avanzando bastante con los índices para facilitar la búsqueda de partidas de estos sacramentos.

También lo acompañamos en las misas diarias e hicimos muchas arepas, tequeños y empanadas con Harina PAN, que él mismo mandó traer desde Ayacucho para probar comida venezolana preparada por mí. De modo que estas misiones de febrero de 2026 fueron atípicas en los tiempos y lugares, pero novedosas en todos los sentidos. Gracias a Dios.

El domingo 22 regresamos a Ayacucho por otra vía que nos hizo pasar por el pueblo de Huancasancos, donde no estaba el párroco, pero sí sus representantes, quienes nos dieron una acogida muy calurosa y nos brindaron un rico almuerzo para continuar el viaje.

Por el camino, mientras recorríamos a gran velocidad las ahuecadas trochas de tierra, mi parlante se cayó de la parte trasera del carro y se destruyó por completo. Al bajar del vehículo fui a recogerlo y, cuando lo destapé de la bolsa negra que lo cubría, lo vimos todo vuelto añicos.

Como para consolarme por la pérdida material, quise probar si todavía servía y, por suerte, encendió con normalidad.

De modo que el parlante es ahora una moraleja: se pueden haber recibido los golpes más duros, se puede tener una apariencia fea y desacomodada según los estándares del mundo, pero lo importante está por dentro. Lo importante es funcionar, es decir, hacer las cosas que uno sabe hacer, sin importar el qué dirán.

Yo soy como ese parlante: al que, por descuido, alguna vez han dejado caer al suelo y ha recibido golpes muy duros, pero que todavía sirve. Y, es más: ahora es cuando más quiere servir.



jueves, 4 de septiembre de 2025

El pueblo de las casas vacías

     SANTA ROSA DE LIMA, RUEGA POR NOSOTROS

Dentro del plan pastoral de la parroquia Santo Domingo de Guzmán de Sicaya, se nos encomendó a mi hermano seminarista y a mí cumplir una misión en la comunidad más alejada de la parroquia: el pueblito de Santa Rosa de Tistes, o simplemente “Tistes”. La similitud del nombre con la palabra “tristes” —cuyo significado desconocíamos— nos causó una impresión inmediata. Lo primero que pensé al escuchar al párroco decir que iríamos a Tistes fue en aquel sentimiento contrario a la felicidad. Con el tiempo descubrí que no era solo una ocurrencia personal: un día, viajando hacia allí, un chofer respondió al teléfono y al dar su ubicación dijo con toda naturalidad que iba subiendo a “Tristes”.

Nuestra misión consistía en catequizar a niños, jóvenes y adultos que aún no habían recibido los sacramentos de iniciación cristiana: bautismo, eucaristía y confirmación. El primer acercamiento fue una visita para conocer el lugar y entregar una carta firmada por el párroco a una de las tres autoridades del pueblo, donde se explicaba el motivo de nuestra presencia.

El viaje inicia en Chupaca, desde donde parten los vehículos hacia Tistes. El recorrido atraviesa paisajes de la puna peruana, dignos de revista. Hay un punto especial en el camino: una altura desde la que se contempla, al mismo tiempo, la ciudad de Huancayo y el nevado Huaytapallana, siempre blanco y traslúcido. En la ruta se pasa por varios pueblitos, siendo Chambará el más importante: capital de distrito, con la mayor concentración de casas y población de la zona.

Ya cerca de Tistes, se observan las ruinas de tapia de una antigua capilla y, a su costado, grandes muros de lo que probablemente fue una hacienda ganadera. Al llegar, lo primero que aparece ante los ojos es un gran campo deportivo, ocupado no por futbolistas ni atletas, sino por centenares de ovejas que pastan tranquilamente, vigiladas desde lejos por su pastor. El silencio solo se rompe con el motor del vehículo que lleva y trae a los pobladores cada hora aproximadamente.

El transporte nos dejó en la plazuela del pueblo, justo frente a la capilla. Tistes es una pequeña comunidad de la puna alta de Junín, con no más de medio centenar de casas, en su mayoría de tapia, algunas de adobe y muy pocas de cemento, lo que en el Perú se llama “material noble”. La plazuela está dedicada a Santa Rosa de Lima: su imagen, de tamaño mediano, está resguardada en un nicho de cemento con rejas y vidrios, sobre una fuente en el centro. Alrededor de la plaza se encuentran el salón comunal, la escuelita y la capilla; detrás de esta última, una posta médica, quizá la más inútil de todo el hemisferio occidental.

La paz de Tistes puede parecer envidiable a algunos, pero para otros resulta desconcertante, incluso preocupante. Apenas bajamos del vehículo, vimos a lo lejos a un pastor con sus ovejas. Nos acercamos a preguntarle por alguna autoridad para entregar la carta, y resultó ser él mismo uno de los tres representantes del pueblo. Se llamaba don Demetrio. Firmó el recibido y, tras escuchar nuestro plan, nos desalentó de inmediato de visitar las casas, dándonos una razón evidente: en Tistes todos se dedican al pastoreo de ovejas y vacas, y salen a las pampas lejanas en busca de pastos. Además, el sábado —justamente el día de nuestra llegada— es el momento en que bajan a Chupaca a vender sus productos o hacer compras. De seguro, no encontraríamos a nadie en sus hogares. Y así es: Tistes es, literalmente, el pueblo de las casas vacías.

Nos despedimos de don Demetrio y buscamos a la encargada de la llave de la capilla, doña Eda. No estaba en casa, pero uno de sus hijos nos facilitó la llave. Al ingresar, descubrimos un templo de buenas proporciones para un lugar tan pequeño. El cuidado de su frontis y el tallado de sus puertas de madera demuestran el tiempo y el esfuerzo que los habitantes han dedicado a su iglesia. En el interior, suficientes bancas, imágenes de santos —dos de Santa Rosa, una de Santo Domingo de Guzmán, dos de la Virgen María— revelan la fe sencilla y perseverante de este pueblo de pastores.

Los sábados, la pastoral en Tistes consistía en salir a las 2:00 p.m. del seminario hacia Chupaca. Allí debíamos esperar a que al menos siete personas tuvieran como destino Tistes para que saliera un auto o una combi completa. El pasaje costaba 5 soles y el recorrido duraba aproximadamente 45 minutos.

Al llegar a la capilla, nos poníamos a barrer y a ordenar un poco todo para la catequesis. También poníamos música católica con un pequeño parlante que yo llevaba, para animar el ambiente y la celebración de la Palabra. El tema de la catequesis era muy sencillo: con no más de diez encuentros nos dedicamos a tratar aspectos generales para recibir la Confirmación.

Con el paso de los sábados y domingos, se fueron apuntando diversas personas de Tistes que necesitaban el Bautismo, la Primera Comunión o la Confirmación. Sin embargo, ninguna de ellas asistió a las charlas preparatorias. Permanecíamos en la capilla hasta las 6:00 p.m., con o sin catequesis. A veces aprovechábamos para rezar el Santo Rosario o las Vísperas.

Como la capilla no contaba con fluido eléctrico, a pesar de nuestras insistencias al encargado, no podíamos quedarnos más tiempo allí. Por ello, nos dirigíamos a la casa de don Teodoro Morales, quien nos la había facilitado para hospedarnos, entregándonos un juego de llaves. En la casa preparábamos nuestra cena y conversábamos hasta tarde en la noche, escuchando música o viendo alguna película.

Al día siguiente, los domingos, después de desayunar, íbamos a la capilla donde rezábamos las Laudes. Si había concurrencia de fieles, celebrábamos la Liturgia de la Palabra. No eran muchos los asistentes: dos o tres habitantes de Tistes solían participar en la celebración. En la capilla teníamos la reserva del Santísimo, lo que nos permitía dar la comunión y comulgar nosotros.

Finalizada la liturgia, esperábamos el transporte para bajar a Pilcomayo, donde nos aguardaban algunas actividades de apoyo. Solo una vez no hubo transporte, y tuvimos que bajar caminando de Tistes a Chambará, en un trayecto de una hora por caminos de tierra y pastizales.

Una noche, conversando con la señora de la casa donde nos hospedábamos, ella nos contó que en la antigua capilla —la que hoy está en ruinas— se había casado hace muchos años con su esposo. Más tarde, añadió que había tenido un sueño, o más bien una pesadilla muy particular: en ella se encontraba dentro de esa misma capilla, cuando de pronto el suelo se abrió y de allí salió el mismísimo demonio. Ella luchaba desesperadamente por no caer en aquel hueco, que parecía conducir directamente al infierno. Fue un relato un tanto extraño, pero lo cierto es que nos dejó profundamente impactados.

A esta pareja, don Teodoro Morales y su señora esposa, les estuvimos muy agradecidos por la hospitalidad. Como gesto de generosidad de nuestra parte, les obsequiamos un cuadro de buen tamaño de la Virgen Mama Percca, el cual colocamos en la habitación de la casa que funciona como capilla. En ese espacio se encuentran también gran cantidad de cuadros de diversas vírgenes y advocaciones peruanas del Señor y de su Santísima Madre, por lo que es prácticamente imposible dudar de la catolicidad de estas personas.

Desde el inicio de nuestra misión habíamos corrido la voz de que la fiesta de Santa Rosa sería el sábado 30, a las 12 del mediodía, y que ese día se llevarían a cabo los sacramentos. Llegado el momento, yo no pude acompañar, pues solo fueron mi hermano seminarista y el sacerdote celebrante. Yo tuve que asumir otros compromisos en Pilcomayo y Sicaya, ya que, ante la ausencia de uno de los tres sacerdotes de la parroquia, se hacía necesaria mi colaboración.

Mi hermano seminarista me comentó después cómo se desarrolló la fiesta. Efectivamente, los cinco habitantes de Tistes fueron confirmados y varios recibieron la Primera Comunión. Los mayordomos de la santa patrona estaban en primera fila; eran personas desconocidas para nosotros, aun siendo ellos de Tistes.

Al final, hubo un pequeño percance con la colaboración por los sacramentos recibidos. Y es que, lamentablemente, la gente no suele comprender que la Iglesia se sostiene con la ayuda de los fieles, siendo este uno de los cinco mandamientos de la institución.

Al terminar nuestra misión comprendimos mejor por qué Tistes es el pueblo de las casas vacías. No se trataba únicamente de la ausencia física de sus habitantes, dedicados al pastoreo o al comercio en Chupaca, sino también de una realidad espiritual: muchas veces las casas estaban cerradas, pero también los corazones parecían necesitar abrirse para recibir plenamente la gracia de Dios. Sin embargo, en medio de esa aparente soledad, la capilla, con el Santísimo presente, era como un corazón palpitante que mantenía viva la fe de aquel rincón alto y silencioso de la puna.

Quizá nuestra breve estadía no llenó todos los vacíos, pero sí dejó una semilla. Allí donde parecía que todo estaba vacío, descubrimos que Dios se hace presente y sostiene la esperanza. Por eso, cuando recordemos Tistes, no lo haremos solo como un punto remoto en el mapa, sino como un signo: el pueblo de las casas vacías, que nos enseñó a valorar la perseverancia sencilla de unos pocos fieles y la certeza de que, aun en la soledad, el Señor nunca abandona a su pueblo.

viernes, 28 de febrero de 2025

21 días en el VRAEM ayacuchano

MISIÓN FEBRERIANA

Sábado 1 de febrero: Rumbo a la misión: esperanza, fraternidad y entrega.

Hoy he estado preparando la maleta para el viaje a Sivia. Ya tengo todo listo, especialmente los materiales que me servirán mucho —eso espero— en la tarea evangelizadora: la computadora, el proyector y el parlante con micrófono.

Por la noche, después de la misa de las 6:00 p.m. y de la cena, tuvimos una reunión con el padre César. Después de llamarnos la atención por ciertas actitudes de descuido y algunos supuestos hurtos, nos comunicó los destinos misioneros y los equipos en los que iríamos.

A mí me tocó ir con los jóvenes Santiago y Paúl a la comunidad de San Gerardo. Deseo de corazón que todo salga bien, que podamos hacer un buen trabajo y dejar una huella positiva en esa comunidad.

También espero tener una buena convivencia con los dos hermanos seminaristas que me acompañarán. Quisiera que vivamos como verdaderos hermanos, los tres. Y, por mi parte, deseo ser el primero en rezar y en hacer.

Domingo 2 de febrero: un viaje a Sivia bajo la luz de la Candelaria

Celebramos la festividad de Nuestra Señora de la Candelaria con una jornada intensa y significativa. A las 7:00 a.m. participamos de la Santa Misa en el templo de Santa Clara, presidida por Monseñor, junto con todos los seminaristas. Más tarde, a las 10:00 a.m., celebramos una segunda Eucaristía en la catedral, también en comunidad.

Después del almuerzo, alrededor de la 1:30 p.m., emprendimos el viaje rumbo a Sivia, hacia la parroquia Inmaculada Concepción. Tras una travesía de siete horas —serena y agradable— llegamos a nuestro destino a las 7:30 p.m.

En Sivia, el padre Ronald nos recibió con calidez, nos presentó a los feligreses y compartimos una cena fraterna. Luego, nos mostró la casa parroquial y salimos a caminar por la plaza del pueblo, donde conversamos hasta las 10:00 p.m., hora en la que regresamos para descansar.

La misión apenas comienza y, por lo visto, me ha tocado el pueblito más pequeño… pero también el de mejor clima.

Lunes 3 de febrero: oración, reflexión y deporte en Sivia.

Con buena disposición iniciamos este primer día en la parroquia Inmaculada Concepción de Sivia. A las 7:30 a.m. nos reunimos los seminaristas en el templo para el rezo de Laudes. Luego de un suculento desayuno, realizamos una limpieza ligera en la casa parroquial, especialmente en los espacios que habíamos utilizado. Yo pasé la noche en la habitación que normalmente se reserva para el obispo.

El padre Ronald preparó unas charlas a modo de retiro espiritual para comenzar la misión con profundidad y recogimiento. Compartió con nosotros parte de su propia experiencia pastoral y se explayó en un tema inspirado en san Ignacio de Loyola, el gran santo de los Ejercicios Espirituales. La mañana se dividió en estos momentos de meditación y enseñanza.

Después del almuerzo, el padre nos animó a jugar fútbol en el grass sintético más cercano, curiosamente llamado "Balón de Oro". Estuvimos bien distribuidos en los equipos, equilibrando a los que tienen habilidad natural con el balón y a los que no tanto. En mi caso, mi participación estuvo, digamos, bien enmarcada —y uso esta palabra con intención—, pues me dediqué a custodiar el arco y detener los intentos del equipo contrario. Fue una experiencia divertida, vivida con mucho entusiasmo y en un ambiente de verdadera fraternidad.

Al terminar, intentamos integrarnos a un grupo que jugaba vóley, pero recibimos un rechazo directo. Prefirieron seguir su peculiar juego recreativo: dos mujeres contra un hombre.

A las 7:00 p.m. celebramos la Misa, en la que tuve la oportunidad de servir como acólito. Luego compartimos la cena y vimos una película sobre un sacerdote australiano que llegó a ser el primer cardenal de su país.

Martes 4 de febrero: viajes, lluvias y fraternidad.

Comenzamos el día rezando Laudes luego de que el padre Ronald concluyera la Misa de las 7:00 a.m. Nos encontramos todos en el templo y, después de la oración canónica, pasamos a tomar el desayuno. Las comidas se han convertido en verdaderos espacios de fraternidad, donde he procurado participar con humor y alegría. También he sido objeto de varias bromas, que lejos de incomodarme, han servido para fortalecer la confianza y el compañerismo entre los seminaristas.

Después del desayuno hicimos una breve limpieza en la casa parroquial. A las 9:00 a.m. salimos juntos para llevar a los dos grupos de seminaristas que debían instalarse en sus respectivas comunidades de misión. Viajamos en la camioneta blanca que utiliza el padre Ronald. Por falta de espacio, cuatro “desventurados” —entre ellos José Félix, Santiago, Brewin y yo— nos acomodamos en la parte trasera del vehículo.

En medio del trayecto, una lluvia intensa y tropical nos sorprendió. Nos cubrimos con una lona, que no solo nos protegió a nosotros, sino también evitó que se mojaran las maletas de los que iban adelante.

Pasamos por Anato y Llochegua, hasta llegar a Mayapo, donde se quedaron François, Juan José, Bryan Giancarlo. Celebramos la Misa allí y luego compartimos el almuerzo. Después, el padre continuó el viaje con los seminaristas destinados a Canayre, la comunidad más alejada atendida desde Sivia. En Canayre se quedaron Ernesto Huamán Tonccochi, Juan Sixto y Alex Cirilo.

Al regresar a la parroquia, llamé la atención a los pequeños Juan Uziel y Andrés Leonel, quienes inexplicablemente se habían quedado en la casa sin justificación. Por la noche, celebramos la Misa a las 7:00 p.m., en la cual me tocó predicar. Luego, continuamos con la segunda parte de la película que habíamos empezado la noche anterior.

Miércoles 5 de febrero: San Gerardo: entre la incomodidad y la bendición.

Hoy, por fin, llegamos a la comunidad de San Gerardo, que nos fue asignada a Santiago Ferrer y a mí. Partimos de Sivia a las 12:30 p.m. con rumbo a Huamanpata, donde se encuentran en misión nuestros hermanos José Félix y Juan Uziel. Allí celebramos la Santa Misa y luego compartimos el almuerzo.

Durante la comida, supe que muchas personas de Huamanpata y comunidades cercanas siguen al padre Luis Toro, un conocido apologista venezolano que ha ganado popularidad en redes sociales por sus intensos debates con protestantes. Me contaron que estuvo recientemente en Pichari y que su presencia hizo mucho bien a la comunidad católica de Sivia y del VRAEM.

Luego continuamos nuestro viaje, y a las 4:00 p.m. llegamos finalmente a la capilla de San Gerardo. En el camino habíamos probado una sopa de "paco", un sabroso pescado local que puede llegar a pesar hasta medio kilo.

La capilla es de reciente construcción, de dimensiones regulares. En su interior hay un pequeño cuadro de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro y otro más grande de San Gerardo María Mayela, el santo patrono, de origen italiano y redentorista. Una cruz grande pintada de azul y varias sillas de plástico completan el mobiliario, suficiente para los asistentes.

Después de la misa, bajamos a la casa donde nos hospedaremos durante estos días. Nuestro anfitrión es el hermano Rodrigo Gutiérrez, quien se presenta como predicador católico. Nos asignó una de las habitaciones que aún está en construcción, sin puertas ni ventanas. Colocó dos mosquiteros, y allí pasamos nuestra primera noche, con bastante calor y casi a la intemperie... o como se diga.

La misión es, sin duda, una mezcla de incomodidad y bendición.

Jueves 6 de febrero: Una jornada entre avispas, caminos y oración.

En el recuerdo litúrgico de san Pablo Miki y sus compañeros mártires del Japón, comenzamos nuestra jornada saliendo temprano rumbo a la capilla de San Gerardo. La travesía fue a pie desde la casa de Rodrigo —donde nos hospedamos— hasta el centro poblado, pues la vivienda está bastante alejada. Caminamos por más de una hora cargando nuestras pertenencias: yo con el parlante que traje para animar las celebraciones, y Santiago con su guitarra, que ha sido de gran ayuda en los cantos litúrgicos.

Al llegar a la capilla, nos pusimos manos a la obra e hicimos una limpieza general: barrimos el piso, reordenamos objetos, acomodamos las sillas, retiramos unas cadenetas colgadas del techo que daban mal aspecto y, con cierta valentía, eliminamos dos panales de avispas que se habían formado cerca del altar.

Al mediodía, almorzamos en un pequeño restaurante en la calle principal. Después de un breve descanso, salimos a visitar algunas casas. Sin embargo, nos encontramos con un detalle que no nos habían advertido: durante las mañanas y buena parte de la tarde, la mayoría de los habitantes sale a trabajar, por lo que encontramos muchas casas vacías.

Al llegar la noche, Santiago y yo rezamos el Santo Rosario y las Vísperas mientras esperábamos que la gente llegara a la capilla. Alrededor de las 8:30 p.m. dimos inicio a la celebración de la Palabra, con un pequeño grupo de fieles. Al final, compartimos algunos avisos respecto a las actividades de la misión.

A pesar de que un grupo de niños no dejó de moverse durante toda la celebración —distrayéndonos tanto a nosotros como a los feligreses—, la experiencia fue, para mí, profundamente grata. Poco a poco vamos sembrando con esperanza.

Viernes 7 de febrero: Sembrar en lo pequeño: visita a Torre Rumi.

Temprano, después del desayuno, partimos hacia la comunidad de Torre Rumi —nombre que significa "piedra de torre" o "torre de piedra"—. Cada uno fue trasladado en moto. Esta comunidad no cuenta con una capilla católica, aunque sí tiene tres templos protestantes.

Llegamos alrededor de las 9:00 a.m. y, para las 10:00 a.m., ya habíamos recorrido todo el lugar, que más bien parece un pequeño caserío. Nuevamente encontramos muchas casas cerradas, y se confirmó lo que ya nos habían advertido: la gran mayoría de personas sale a trabajar durante el día y solo unos pocos permanecen en casa. Visitamos a esos pocos, más como un saludo y una invitación para la celebración que, aunque anunciada para las 5:00 p.m., terminó empezando alrededor de las 8:20 p.m.

Antes de la celebración, rezamos el Santo Rosario con los niños, a quienes obsequié 14 camándulas que me habían sobrado de las que compré para visitar los penales de varones en Ayacucho y mujeres en Huanta. Fue un momento sencillo pero muy significativo.

Desde las 10:00 a.m. hasta la 1:00 p.m., estuvimos simplemente sentados en el grass sintético de la comunidad. Confieso que en ese rato experimenté una pequeña frustración: sentía que estaba perdiendo el tiempo, cuando bien podría haber estado leyendo o escribiendo con mis libros y mi computadora. Sin embargo, a veces la misión también exige ese “estar”, incluso sin hacer mucho.

Después de almorzar, volvimos al mismo lugar para esperar la tarde y la noche. Algunos niños se acercaron con sus preguntas, y junto a Santiago y su guitarra, cantaron con entusiasmo varias canciones. Fue una forma sencilla de compartir y sembrar.

Ya entrada la noche, cuando por fin se reunió la gente, celebramos la Palabra. La participación fue alegre y acogedora, y todos quedaron muy contentos. Nos pidieron volver y, con entusiasmo, ya pautamos una próxima visita… con película incluida.

Sábado 8 de febrero: Donde el corazón habla quechua: un día en familia.

Un día más en nuestra misión de febrero de 2025. La familia que nos ha acogido en su hogar está compuesta por don Rodrigo Gutiérrez, un hombre de Dios, conocedor de la Palabra y trabajador incansable; y doña Florentina, su esposa, una mujer profundamente humilde y abnegada, que no se deja limitar por estereotipos: trabaja codo a codo con su esposo como una obrera más del campo.

Tienen dos hijas. La mayor está culminando este año el quinto de secundaria. Es sonriente, servicial y colabora en todo lo que puede con sus padres. La menor es una niña vivaz e inteligente; le encanta traducir frases largas del quechua al castellano y viceversa, como si el lenguaje fuera para ella un juego y un puente al mismo tiempo.

Las comidas con ellos se han convertido en momentos entrañables de compartir y conversar. Aunque la mayoría de las veces hablan en quechua, se cuentan anécdotas y ríen a carcajadas. Santiago, que sí los entiende, se ríe con ellos con naturalidad. Yo, en cambio, tengo que esperar a que don Rodrigo me traduzca lo que se ha dicho, lo cual también da pie a nuevas risas.

Hoy tuvimos una nueva celebración en la capilla de San Gerardo. La misión avanza, y con ella también crecen el cariño y el aprendizaje mutuo.

Domingo 9 de febrero: Entre divisiones y fidelidad: desafío pastoral.

Hoy domingo también tuvimos la celebración de la Palabra en la capilla de San Gerardo. La asistencia fue escasa, y hay una razón clara detrás de ello: con motivo de la construcción de la capilla —que aún está inconclusa—, la comunidad se ha dividido.

Por un lado, están quienes han colaborado generosamente para ver avanzar la obra; por otro, aquellos que no lo hicieron, en parte porque se resistieron a la propuesta de no realizar fiestas patronales con grandes gastos, licor y grupos musicales. Parece que, para muchos que se dicen católicos, esos elementos siguen siendo lo más atractivo y esencial de su participación religiosa.

Rodrigo, con su actitud recta y su fidelidad al Evangelio, ha mantenido una postura firme, pero eso también ha contribuido a que algunos se alejen. Él no ha querido ceder ante prácticas que desvían el sentido auténtico de la fe. Irónicamente, su coherencia ha generado distancia entre los mismos miembros del pueblo.

Roguemos para que sea él mismo, con la gracia de Dios, quien pueda ayudar a reunir nuevamente a esta pequeña comunidad dividida, y que la construcción de la capilla sea, finalmente, también una obra de reconciliación.

Lunes 10 de febrero: Miel dulce y fe sencilla: visita a Caservine Norte.

Después del desayuno, salimos bajo la lluvia rumbo a la comunidad de Caservine Norte, donde fuimos recibidos con gran amabilidad por don Percy Landeo. Nos ofreció pan con miel de abeja y café con leche, y compartió con nosotros una larga conversación sobre la riqueza frutal de la zona, especialmente la de su propia chacra. Habló con entusiasmo de la pitahaya, una fruta deliciosa, aunque poco consumida, que cultiva con dedicación.

Don Percy también nos explicó —según sus conocimientos— el posible origen del nombre del lugar. "Caservine", decía él, provendría de la frase “a cazar vine”, en alusión a que ese territorio era muy propicio para la caza de animales. Así se distinguen hoy Caservine Norte, donde nos encontrábamos, y Caservine Sur, un poco más abajo.

La capilla de Caservine Norte es pequeña e improvisada, hecha de madera, y se llena fácilmente con apenas 25 o 30 personas. Allí, en la noche, nos reunimos para rezar el Rosario y celebrar la Palabra. Supimos que la patrona es la Asunción de María, cuya imagen está resguardada en la escuelita del pueblo.

En cambio, Caservine Sur, a pesar de ser una comunidad más pequeña, cuenta con una capilla en construcción bastante más sólida y bonita. Le faltan solo las puertas, ventanas, el piso y el tarrajeado de las paredes. A la celebración en el Norte acudieron los fieles con piedad y fervor; también llegaron algunos vecinos de San Gerardo, entre ellos Rodrigo y sus más cercanos colaboradores.

Es admirable cómo la gente sencilla y humilde espera con ilusión la visita de los misioneros. En sus gestos y palabras se descubre una fe viva, que florece en medio de lo cotidiano.

Martes 11 de febrero: A veinte años de la vaguada: la memoria y la misión.

Hoy es imposible no recordar el trágico suceso que marcó nuestra niñez: la vaguada del Mocotíes, aquel viernes 11 de febrero de 2005. Se cumplen ya veinte años de aquel desastre natural. En las redes sociales varios se pronunciaron al respecto; entre ellos, Baltazar Porras, aunque en mi opinión con un mensaje un tanto deslucido, más por cumplir que por convicción. Las imágenes difundidas correspondían solo a Santa Cruz de Mora, la zona más afectada. Sin embargo, todo el Valle del Mocotíes fue cubierto de lodo y piedras aquella fatídica mañana.

Desde entonces, una palabra se incrustó para siempre en nuestro vocabulario: "damnificados", y se contaban por cientos. Recuerdo que ese mismo día tomé un lápiz y escribí en una hoja de cuaderno un breve texto sobre lo que había pasado. Cuando llegó Concha a casa, se lo mostré. Ella agradeció el gesto y alabó la idea de que escribiera algo, al menos, para dejar testimonio. No sé qué fue de ese papel; no lo conservo y ni siquiera puedo decir que lo guardé alguna vez.

Volviendo a nuestra misión: hoy regresamos por segunda vez a la comunidad de Torre Rumi, con el compromiso de proyectar una película para los vecinos. Lamentablemente, casi nadie acudió, ya que la mayoría se encontraba en el velorio de un difunto apellidado Sánchez, quien era protestante. Terminada la jornada, nos dirigimos a la comunidad de Guayaquil, donde pasamos la noche en casa de la hermana Maribel.

Miércoles 12 de febrero: Guayaquil: entre montañas, niños y misión.

Pasamos una noche muy placentera en Guayaquil. El clima aquí es más fresco, incluso frío, lo que se agradece después del calor de otras comunidades. Al ingresar al centro poblado, noté un letrero que indicaba que se encuentra a 1250 metros sobre el nivel del mar, es decir, a la misma altitud que mi querido pueblo de La Playa, entre Tovar y Bailadores.

Guayaquil debe su nombre a una variedad local de plátano comestible. La capilla es impresionante: de buenas dimensiones y, aunque aún en construcción, deja ver el esmero con que ha sido edificada. Se nota el uso de buenos materiales y criterios técnicos adecuados. La torre, por ejemplo, ha sido vaciada en cemento, lo que le da solidez y una presentación limpia tanto por dentro como por fuera. Aunque aún le faltan las ventanas, ya cuenta con una hermosa puerta corrediza de madera que le da un carácter sagrado muy especial.

Nos sorprendió saber que esta capilla se utiliza solo una vez al año, el 30 de agosto, durante la fiesta patronal en honor a Santa Rosa de Lima. El resto del año permanece cerrada.

En la mañana trabajamos con más de treinta niños que se reunieron en el lugar. Cantamos, bailamos, rezamos y finalmente les proyectamos una película animada con historias bíblicas. Por la tarde llovió intensamente, y permanecimos en la capilla con los niños, quienes se entretuvieron dibujando el Sagrado Corazón de Jesús.

La celebración del Rosario y la Liturgia de la Palabra comenzó a las 7:00 p.m., aunque con poca asistencia de la comunidad. Aun así, fue una jornada de gracia. Regresamos a casa de la hermana Maribel para pasar la noche, pues nos pidieron quedarnos un día más.

Jueves 13 de febrero: Un sacerdote entre balas y la esperanza que me sostiene.

Este jueves eucarístico y sacerdotal terminé de leer la fascinante historia del padre Gereon Goldmann, un franciscano alemán que narró en su autobiografía su experiencia como seminarista en las SS, dentro del régimen nazi. Su relato me hizo muchísimo bien. Fue conmovedor descubrir cómo, en medio de la guerra, sin haber culminado formalmente sus estudios teológicos y con una dispensa especial del papa de aquel tiempo, logró ser ordenado sacerdote en Argelia por un obispo francés.

El padre Goldmann fue, como su apellido lo sugiere, un verdadero "hombre de oro": testigo y protagonista del poder de la oración. Muchas personas intercedieron constantemente por él, deseando que algún día pudiera llegar al sacerdocio.

También yo me siento sostenido por la oración de muchas personas. Sueño cada noche con el día de mi ordenación sacerdotal y con la primera Misa que celebraré en mi pueblo, con mi gente. Ese día —lo presiento— seré el hombre más feliz del mundo. Y quién sabe si tanta felicidad pueda caber en un ser humano; quizás, en ese momento, Dios me llame a su encuentro, y eso sería lo mejor: morir después de haber sido, siquiera por un día, sacerdote del Altísimo.

Esta noche volvimos a celebrar en la capilla de Guayaquil. La asistencia fue aún menor, probablemente por la intensa lluvia. Luego regresamos a casa de don Rodrigo. Allí pudimos asearnos como corresponde y descansar en nuestra habitación, que compartimos con la mayor de las presencias: Jesús Sacramentado.

Viernes 14 de febrero: La cruz de la misión: un signo que permanece.

Hoy empecé a leer El proceso, el fascinante relato de mi amigo Franz Kafka. Ya lo había escuchado como audiolibro, pero esta vez me he propuesto disfrutarlo con mis propios ojos. Este, junto con otro libro, fue uno de los únicos textos que traje conmigo para la misión.

Durante la mañana, fui un rato a ver el trabajo en la chacra de don Rodrigo y su familia. Todos colaboran: desde Rodrigo y su esposa, hasta las hijas, especialmente la menor, quien se encarga de traer agua, buscar herramientas, y ayudar con diligencia. Me ofrecieron una mazorca de cacao, que curiosamente me supo como guanábana. Me la comí completa.

Por la noche regresamos por segunda vez a Caservine Norte. Teníamos el compromiso de bendecir una cruz de madera que sugerí hacer como recuerdo de esta misión, y para ser colocada en el altar de la capilla. Don Percy Landeo se comprometió a fabricarla, y felizmente cumplió. Allí estaba: una gran cruz de casi tres metros de altura, sólida, pesada, hecha con buen material.

La cruz me sirvió como punto de partida para predicar sobre el amor de Cristo, simbolizado en ese madero. También meditamos los Misterios Dolorosos del Rosario, ya que era viernes. Al finalizar la celebración de la Palabra, tuvimos un espacio de preguntas y respuestas, centrados en cómo organizar una verdadera fiesta patronal que sea religiosa, significativa y sin los excesos que muchas veces distraen del verdadero sentido.

Después compartimos cacao con galletas, y nos despedimos alegres. Nos queda ahora un recuerdo visible y duradero de esta visita: la Santa Cruz, que más adelante será secada, pintada y embellecida. Un signo sencillo, pero profundo, de que Jesús estuvo presente en esta misión.

Sábado 15 de febrero: Sábado de diálogo y testimonio bajo la lluvia.

La conversación con don Rodrigo se hace cada vez más interesante. Es un hombre que conoce profundamente las Sagradas Escrituras; tiene memorizadas muchas citas tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento, y sabe emplearlas correctamente en la apologética de la Iglesia católica. Nos ha contado que, en su juventud, deseó formarse para ser pastor evangélico, pero en su estudio autodidacta de la Biblia llegó al convencimiento de que el centro de la vida cristiana es la Eucaristía. Este descubrimiento lo llevó, finalmente, a profundizar y abrazar con firmeza su fe católica.

En otro plano más cotidiano, ya llevo más de 15 días sin afeitarme, y tengo una barba bastante crecida. Lejos de agradarme, con sinceridad, me ha resultado un fastidio frecuente, provocándome picazón. He decidido que, apenas regrese a Ayacucho y antes de volver al Seminario de Huancayo, retomaré el hábito de afeitarme diariamente como he hecho hasta ahora.

Por la noche tuvimos la celebración de la Palabra con el rezo del Santo Rosario en la capilla de San Gerardo. A pesar de la lluvia y de no contar con energía eléctrica, la gente se reunió con entusiasmo. La sencillez del momento, iluminado solo por la fe de los presentes, hizo de esta noche una auténtica ofrenda de oración.

Domingo 16 de febrero: Recuerdos que resuenan en el silencio de la misión.

Hoy es el segundo domingo de estas misiones tan particulares. El compartir con Santiago me ha permitido conocerlo un poco más, aunque siento que no ha estado tan abierto conmigo como yo lo he estado con él.

Durante estos días he recordado mucho mi época de seminarista en Mérida, rememorando las bondades y todo lo positivo que aquella casa de formación me ofreció en ese tiempo glorioso. Solo yo sé cuánto disfruté en ese seminario, tanto con los compañeros como con algunos sacerdotes que marcaron mi camino.

Hoy, nuevamente celebramos en San Gerardo, tal como lo ha solicitado el padre Ronald.

Lunes 17 de febrero: Vocación, memoria y caminos que se cruzan.

Me afano y me esfuerzo por leer a Franz Kafka, pero siento que estoy perdiendo el tiempo. Mi verdadero deber y anhelo debería ser la lectura y el conocimiento de la Biblia, la Palabra de Dios, de la que soy ministro desde hace un año. Fue precisamente por estas fechas cuando recibí el ministerio del lectorado y el acolitado en la catedral de Ayacucho, de manos de monseñor Salvador Piñeiro. Aquel día fui feliz… y lo sigo siendo hasta ahora.

Hoy, conversando con José Alfonso Rosales Morales, seminarista venezolano, me enteré de que nuestro compañero Carlos Vivas fue convocado por el obispo de Acarigua-Araure, monseñor Gerardo Salas, para retomar su formación hacia el sacerdocio. Sin embargo, finalmente el obispo villorro decidió no continuar con el apoyo, comunicándole mediante un escueto mensaje al celular.

Pobre Carlos... ha sufrido tanto como yo para seguir este camino que nos fue truncado —con razón— en el seminario de Mérida en el año 2019. De cualquier manera, le deseo lo mejor en su camino vocacional. Espero que, si es voluntad de Dios, algún día nos reencontremos ya como sacerdotes del Altísimo, otros Cristos.

Hacia las 3:30 de la tarde, miembros de la comunidad de Rosario Ancón vinieron por nosotros. El viaje fue largo, agradable, aunque por caminos difíciles. Al llegar, cenamos y luego fuimos a la capilla, que logramos preparar adecuadamente.

Durante la noche, el hermano Rodrigo nos acompañó en la celebración. Al finalizar, se dirigió a los presentes, desarrollando algunos temas de apologética católica, apoyado por citas bíblicas que leía el hermano Santiago.

Martes 18 de febrero: Bajo la lluvia y entre verdades.

Anoche llovió como nunca: una lluvia intensa y persistente, con apenas breves pausas de minutos o incluso segundos. Nos quedamos en una casita de madera, típica de la zona, en el segundo piso. Una pequeña gotera caía justo sobre mí y logró empapar la mitad de la colcha con la que me arropaba.

Desayunamos en la casa vecina, donde tuvimos una grata conversación con los integrantes de la familia, especialmente con uno de los hijos, un joven casi de nuestra edad. Mostró gran inteligencia y empatía al hablar sobre Venezuela, haciendo comentarios certeros y realistas sobre la dura situación política y económica del país.

Rosario Ancón es un pequeño pueblo de altitud intermedia. Personalmente, no lo consideraría parte de la selva, sino más bien de la sierra. Sin embargo, sus habitantes se identifican como parte de la selva o de la ceja de selva. El lugar cuenta con una buena fuente de agua, de mejor calidad que la de San Gerardo: más limpia, más cristalina y de mejor sabor. Aun así, por recomendación médica, no la hemos bebido directamente, sino hervida y aromatizada.

La familia nos confió que, en ocasiones, han vendido su producción de hojas de coca a los llamados “pozos”, lugares donde se procesa la droga —cocaína— para su comercialización y distribución. Una realidad dura y compleja que convive con la sencillez de la vida rural.

Pasamos nuevamente la noche en Rosario Ancón, ya sin la amenaza de aquellas lluvias que tanto daño hacen a los caminos de tierra.

Miércoles 19 de febrero: Caminos difíciles, corazones abiertos.

A las 4:00 a.m. salimos de Rosario Ancón rumbo a San Gerardo, a la casa de Rodrigo, quien ya nos esperaba con el siguiente destino pautado: Corazonpata. Al llegar, apenas descargamos las maletas y nos cambiamos de ropa, pues de inmediato vinieron a buscarnos.

Primero subimos a un vehículo que nos llevó hasta cierto punto del camino, donde el paso vehicular se había interrumpido por un pequeño riachuelo que excavó la tierra. Caminamos el breve trayecto a pie, y enseguida abordamos el vehículo de la gente de Corazonpata, una pequeña comunidad a la que llegamos a media mañana. Allí nos ofrecieron el desayuno, descansamos un poco y luego salimos a visitar las casas. Fue una tarea casi imposible, pues estos son pueblos que parecen fantasmas: como ya sabemos, todos —hombres, mujeres y hasta niños— salen temprano a trabajar.

Por la tarde, a pesar de no haber electricidad, logramos congregarnos en buen número en la capilla. Rezamos el Santo Rosario y celebramos la Palabra. Le pedí al hermano Santiago que predicara, pero no quiso. Ojalá esto no nos traiga alguna reprimenda, pues ambos somos seminaristas y debemos cumplir con nuestra misión. Yo intenté hacerlo de la mejor manera posible, tratando de enseñarle con el ejemplo, aunque sé que no soy ejemplo de nada. Me equivoco mucho, y en realidad estoy también para aprender de los demás.

Rodrigo nos acompañó también en Corazonpata y pernoctó con nosotros.

Jueves 20 de febrero: Palabra, chacra y niños atentos.

Segundo día en la comunidad de Corazonpata, aún con la compañía del hermano Rodrigo, ya que las lluvias frecuentes no le permitieron regresar a casa. Desayunamos en la vivienda donde nos hospedábamos y, poco después, fuimos los tres —Pedro, Santiago y Rodrigo— a otra casa vecina para compartir un segundo desayuno.

Las conversaciones con el hermano Rodrigo giran casi siempre en torno a la Biblia y las numerosas citas que tiene memorizadas. La gente lo escucha con mucha atención y suele hacerle preguntas, especialmente sobre cómo organizar una fiesta patronal. Rodrigo es un verdadero especialista en el tema, y suele explayarse con claridad cuando surge la preocupación por los festejos desordenados y las borracheras que empañan estas celebraciones.

Por la tarde, Rodrigo salió con los miembros de la casa para acompañarlos a la chacra. Nosotros preferimos quedarnos para descansar un poco. A las 4:00 p.m. ya estábamos en la capilla, preparando todo para la proyección del video sobre el Jardín del Edén, un tema que los niños dominan con facilidad.

Como en Rosario Ancón y otras comunidades, compramos gaseosa y galletas para compartir con ellos durante la actividad. La merienda se ofreció a mitad del video, que duró solo 44 minutos. Al finalizar, hicimos preguntas relacionadas con el contenido, y quienes respondieron correctamente recibieron como premio chupetines Boom Boom Bum. Este ha sido, sin duda, el grupo de niños con mejor comportamiento que hemos tenido hasta ahora.

La celebración de la Palabra se realizó a las 7:00 p.m., después del rezo del Santo Rosario. En esta ocasión se congregó el mayor número de fieles que hemos visto en esta comunidad: quizá unas treinta personas. La conversación se prolongó hasta tarde, pero nos acostamos temprano, pues al día siguiente nos esperaba un viaje de madrugada.

Viernes 21 de febrero: Compromisos que nacen al final del camino.

Nos despertamos a las 4:00 a.m. para salir de Corazonpata rumbo a San Gerardo. El viaje fue tranquilo. Al llegar al paso dañado por las lluvias, tuvimos que detenernos y esperar a que pasara algún vehículo que pudiera cruzar. Por suerte, no tardó en llegar uno, nos cambiamos y continuamos el trayecto hasta San Gerardo, a donde llegamos felizmente sin novedad.

Desayunamos y descansamos un rato en la habitación. Por la tarde nos dirigimos a una comunidad que está equidistante tanto de San Gerardo como de Huamanpata: Chuvivana. Allí fueron antes que nosotros los hermanos José Félix y Juan Uziel. La capilla de esta comunidad es una de las más bonitas y mejor construidas de la zona, aunque, como suele ocurrir en el campo, algo descuidada y sucia.

Sabíamos que José Félix y Juan Uziel ya habían visitado esta comunidad durante la primera semana de las misiones. Su celebración fue a las 3:00 p.m., mientras que la nuestra estaba programada para las 7:00 p.m., iniciando con el rezo del Santo Rosario. Me llamó la atención el ambón de cristal azul, de proporciones muy armoniosas.

Al finalizar la celebración, ocurrió algo inesperado. El hermano encargado de la comunidad se dirigió a los presentes con el objetivo de comprometer a algunos de ellos como catequistas. Lo logró, después de varios minutos de insistencia, utilizando el quechua para expresarse con mayor cercanía. A mí me pidió que hiciera una oración para sellar ese momento, lo cual acepté hacer, aunque soy consciente de que no es el modo más adecuado de proceder en estos casos.

Aun así, los compromisos quedaron hechos. Que Dios los acompañe y fortalezca en esta nueva responsabilidad.

Comentario postmissionem

Terminadas ya las visitas, los caminos polvorientos, los amaneceres fríos y las noches bajo lluvia; terminado el reparto de galletas, los rosarios rezados, las palabras proclamadas con temor y esperanza... queda el silencio. Un silencio lleno de nombres, de gestos sencillos, de niños atentos, de hermanos que escucharon, de capillas pobres y corazones dispuestos.

Miro hacia atrás y comprendo que, aunque llevábamos la Palabra, también fuimos evangelizados. La fe de los más humildes nos interrogó; su perseverancia nos empujó a seguir, incluso cuando el cuerpo ya pedía descanso.

Ahora, en la quietud, sólo me queda decir: Gracias, Señor, por confiar en nosotros. Gracias por enviarnos. No somos más que servidores inútiles, pero felices de haber trabajado en tu viña, aunque solo haya sido por unos días.

Evaluación de las misiones y propuestas para la vida comunitaria y pastoral.

Los seminaristas compartieron sus experiencias durante las misiones, destacando los siguientes aspectos:

La misión fue una experiencia profundamente enriquecedora para todos los participantes. Se valoró la buena coordinación y el acompañamiento de los catequistas locales, así como el trabajo en equipo y el compartir entre los misioneros. Varios manifestaron su deseo de retornar a la selva en el futuro, motivados por la acogida y el compromiso de las comunidades.

Algunos misioneros vivieron cambios en sus lugares asignados, lo que les permitió adaptarse a nuevas realidades. Realizaron visitas domiciliarias y a comunidades, y destacaron el valor formativo de estas experiencias. Se subrayó la numerosa presencia de jóvenes y niños en algunas zonas, lo que permitió un trabajo pastoral más dinámico con ellos.

Fue significativo misionar en comunidades de origen de algunos participantes, quienes valoraron el esfuerzo diario de su gente y su constante búsqueda de Dios en medio de una realidad compleja. El acompañamiento entre los misioneros y la presencia del sacerdote también fueron aspectos muy valorados, así como el testimonio de fe y servicio de la población local.

Se evidenció la diferencia entre la realidad de la sierra y la selva, y se resaltó la importancia de contar con medios de movilidad adecuados para el desarrollo eficaz de la misión. Las dificultades en el idioma en algunas zonas fueron un obstáculo, lo que lleva a proponer una preparación previa en lenguas originarias, como el quechua.

Asimismo, se notó la escasa participación de jóvenes en ciertos lugares, lo que plantea el desafío de revitalizar la pastoral juvenil. También se recomendó que no se realicen misiones de manera individual y se refuerce el trabajo en equipo.

Algunas comunidades presentaron dificultades internas y poca asistencia, por lo que se sugirió priorizar las misiones en tiempos como Semana Santa, cuando hay mayor presencia de personas. También se propuso priorizar zonas con presencia pastoral permanente, más allá de la sola celebración de la misa.

Finalmente, se hizo un llamado a fomentar el respeto mutuo y el apoyo entre los misioneros, especialmente hacia quienes tienen mayor experiencia. Se destacó la unidad y el entusiasmo del grupo misionero, como signo de comunión y compromiso con la evangelización.