AL CÉSAR LO QUE ES DEL CÉSAR
Queridos hermanos y hermanas, en este
domingo cuando el Señor nos da la hermosa oportunidad de contemplarle en su
imagen, en la devoción al Señor de los Milagros, nuestro corazón ha de abocarse
en los sentimientos que tuvo el mismo Cristo allí, en el momento de su pasión,
de su muerte y de su resurrección, y también en tantos episodios de la vida del
Señor en los que pudo enseñar de una manera maravillosa con su palabra y con su
ejemplo.
Y es lo que vemos hoy en el Evangelio
de san Mateo. La devoción al Señor de los Milagros, para todos nosotros y de
manera muy especial para los miembros de la hermandad, ha de significar ese
sentimiento de sentirnos acompañados por Dios, en primer lugar, porque todo
aquel que lleva en su corazón la devoción al Señor de los Milagros sabe que Él
lo acompaña, lo bendice y le indica el camino a seguir, convirtiéndose entonces
esta devoción en, como lo cantábamos al inicio en el himno, el faro que guía,
la luz que ilumina, en ese Señor que nos conduce, que nos lleva de la mano por
el camino de nuestra vida.
Cuando contemplamos esta imagen,
debemos preguntarnos: ¿qué sentimientos llevaron a Cristo para que muriera en
la cruz?
Y sabemos que no está solo Él allí.
Le acompañan de una manera muy especial el discípulo amado, el discípulo joven,
san Juan, y su santísima madre, la Virgen María.
¿En dónde nos identificamos nosotros?
Allí, en esa imagen, es fácil
hacerlo. Los varones, en san Juan, el que sigue, el que persevera, el que no se
llena de miedo, sino que acompaña a su maestro, incluso en ese momento cruento
de la cruz; y las mujeres, en la venerable imagen y en el ejemplo de la
santísima Virgen, que supo acompañar en medio del dolor a su hijo Jesucristo.
Pero ese Cristo que contemplamos en
la cruz, muerto, pero no derrotado, sino victorioso, es aquel que nos ha
enseñado hoy en el Evangelio cómo en nuestra vida debemos identificar las
prioridades.
Por eso, cuando a Jesús se le acercan
para ponerlo a prueba, aunque parece que le endulzan un poquito con las
palabras, con halagos —«Maestro, sabemos que sabes discernir, sabemos que lo
haces todo bien»—, para ponerle luego una trampa, Jesús aprovecha esta
oportunidad de fariseos y de herodianos para enseñar esto: las prioridades en
la vida.
Cuando el Señor indica: «Den al César
lo que es del César y a Dios lo que es de Dios», nos está enseñando ciertamente
que para todo debemos nosotros responder como humanos, como ciudadanos insertos
en esta sociedad, pero, sobre todas las cosas, nuestra primera respuesta,
nuestra primera obligación ha de ser con Dios.
Primero Dios y luego el César,
digamos, y luego todo lo demás. Pero hay un dato muy particular en este
Evangelio del que podemos nosotros fijarnos para meditar con mayor profundidad.
Y es la pregunta que hace Jesús,
tratando de responder a la pregunta capciosa de fariseos y herodianos. Tomando
la moneda, pregunta: «¿De quién es la imagen y la inscripción?».
Se entiende entonces que Jesús, en el
contexto de sus discípulos y de quienes le interrogan, toma una moneda, un
denario, aquello que era lo más común para el comercio, para la economía, para
el pago de un trabajo en la época. ¿De quién es la efigie, la imagen y la
inscripción de esta moneda?
Como era un denario, supieron
responderle: «Del César». Y cuando Jesús pregunta de quién es la imagen, nos
está entregando también otra gran enseñanza.
Nos recuerda con esto que todos
nosotros somos imagen y semejanza de Dios. Por eso, si la moneda tiene la
imagen del César, pues den al César lo que es del César. Y si nosotros somos la
imagen y la semejanza de Dios, pues debemos entregar nuestra vida a Dios. Al
César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.
Nos está invitando entonces el Señor
a llevar una vida santa, a llevar una vida consagrada, para que todo aquel que
nos vea sepa decir: «Ese conoce a Jesucristo, ese vive su fe porque la
transmite, porque la vive, porque la testimonia».
De una manera muy particular, hoy,
con la imagen del Señor de los Milagros, los miembros de la hermandad y todos
los devotos, los que llevamos al Señor en nuestro corazón.
Seguir al Señor de los Milagros
significa entonces transmitir con nuestra vida, con nuestras obras, esa fe que
profesamos en el Señor, sabiendo que lo que Él nos pide lo encontramos en el
Evangelio: es hacer el bien, es amar a los hermanos, es transmitir comprensión,
bondad, generosidad; que no haya en nosotros, que no exista en nuestro corazón,
en nuestras familias, en esta hermandad del Señor de los Milagros, ningún tipo
de odio, de rencor.
Que, por el contrario, al mirar la
imagen del Crucificado, comprendamos lo que Él vivió incluso hasta el final.
Sabemos que Jesús murió perdonando, amando, abriendo el cielo al buen ladrón. Y
de esta manera nosotros, sus devotos, nos acercamos un poquito más a Él y nos
convertimos de verdad en su imagen, en su semejanza.
Queridos hermanos y hermanas, en este
Evangelio, el Señor nos enseña entonces las prioridades de nuestra vida: que lo
primero sea Dios y después todo lo demás.
Por eso es muy loable esta devoción
al Señor de los Milagros, a su santísima madre en la parte trasera, que
acompaña también la veneración a este Cristo poderoso y milagroso, para que
nosotros aboquemos nuestra vida en imitar sus virtudes, en comprender su
historia, en acercarnos a Él no solo a través de su imagen, sino leyéndole,
comprendiéndole y conociéndole de una manera muy especial en las Escrituras, en
los Evangelios.
El verdadero devoto del Señor de los
Milagros lee las Escrituras, se esfuerza por conocer a Jesús y por comprender
que Él lo llevó a dar su vida por nosotros allí, en la cruz. El verdadero
devoto del Señor de los Milagros conoce cómo de su costado salió sangre y agua:
la sangre y el agua de los sacramentos, donde se derrama la gracia para cada
uno de nosotros.
Comprendemos también que esa gracia
viene a nosotros de una manera muy particular cuando la buscamos, cuando nos
sentimos necesitados de Dios. Y el estar aquí presentes con fe y devoción, y
luego en la procesión, dice mucho de esa necesidad que nosotros profesamos de
Dios.
Busquemos a Dios con un corazón
limpio.
Acerquémonos a la Iglesia todos los
días con el corazón deseoso de Dios, buscando al Señor, buscando su paz,
deseando de Él sus bendiciones, la fortaleza para nuestra vida, para nuestra
familia, porque sabemos que, si tenemos a Dios en el corazón, podemos así
superar las dificultades.
El Señor de los Milagros, en este
día, nos dé la fortaleza de ser como Él, el faro y la luz que guía esta
sociedad tan necesitada de Dios. Y que ese incienso, los que se encargan de
venerar al Señor con el incienso, refleje entonces la profunda oración que se
eleva al cielo.
«Suba, Señor, mi oración como
incienso en tu presencia», nos recuerdan las Sagradas Escrituras.
Que esta devoción sea compromiso, que
esta devoción sea oración y sea el testimonio de una vida convertida a los
sentimientos de Cristo: sentimientos de humildad, sentimientos de paciencia, de
amor y, sobre todo, de caridad para con los más necesitados.
Porque mirar la cruz de Cristo nos ha
de recordar también las cruces que llevan nuestros hermanos, los más pobres,
los más necesitados.
Démonos con generosidad a los demás.
Busquemos a Jesús y veamos también la
imagen de Jesús en todos aquellos que sufren. Demos al César lo que es del
César y a Dios lo que es de Dios.
Que así sea.

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