domingo, 18 de octubre de 2026

El Señor de los Milagros: imagen de Dios, luz que guía y compromiso de vida cristiana

AL CÉSAR LO QUE ES DEL CÉSAR

Queridos hermanos y hermanas, en este domingo cuando el Señor nos da la hermosa oportunidad de contemplarle en su imagen, en la devoción al Señor de los Milagros, nuestro corazón ha de abocarse en los sentimientos que tuvo el mismo Cristo allí, en el momento de su pasión, de su muerte y de su resurrección, y también en tantos episodios de la vida del Señor en los que pudo enseñar de una manera maravillosa con su palabra y con su ejemplo.

Y es lo que vemos hoy en el Evangelio de san Mateo. La devoción al Señor de los Milagros, para todos nosotros y de manera muy especial para los miembros de la hermandad, ha de significar ese sentimiento de sentirnos acompañados por Dios, en primer lugar, porque todo aquel que lleva en su corazón la devoción al Señor de los Milagros sabe que Él lo acompaña, lo bendice y le indica el camino a seguir, convirtiéndose entonces esta devoción en, como lo cantábamos al inicio en el himno, el faro que guía, la luz que ilumina, en ese Señor que nos conduce, que nos lleva de la mano por el camino de nuestra vida.

Cuando contemplamos esta imagen, debemos preguntarnos: ¿qué sentimientos llevaron a Cristo para que muriera en la cruz?

Y sabemos que no está solo Él allí. Le acompañan de una manera muy especial el discípulo amado, el discípulo joven, san Juan, y su santísima madre, la Virgen María.

¿En dónde nos identificamos nosotros?

Allí, en esa imagen, es fácil hacerlo. Los varones, en san Juan, el que sigue, el que persevera, el que no se llena de miedo, sino que acompaña a su maestro, incluso en ese momento cruento de la cruz; y las mujeres, en la venerable imagen y en el ejemplo de la santísima Virgen, que supo acompañar en medio del dolor a su hijo Jesucristo.

Pero ese Cristo que contemplamos en la cruz, muerto, pero no derrotado, sino victorioso, es aquel que nos ha enseñado hoy en el Evangelio cómo en nuestra vida debemos identificar las prioridades.

Por eso, cuando a Jesús se le acercan para ponerlo a prueba, aunque parece que le endulzan un poquito con las palabras, con halagos —«Maestro, sabemos que sabes discernir, sabemos que lo haces todo bien»—, para ponerle luego una trampa, Jesús aprovecha esta oportunidad de fariseos y de herodianos para enseñar esto: las prioridades en la vida.

Cuando el Señor indica: «Den al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios», nos está enseñando ciertamente que para todo debemos nosotros responder como humanos, como ciudadanos insertos en esta sociedad, pero, sobre todas las cosas, nuestra primera respuesta, nuestra primera obligación ha de ser con Dios.

Primero Dios y luego el César, digamos, y luego todo lo demás. Pero hay un dato muy particular en este Evangelio del que podemos nosotros fijarnos para meditar con mayor profundidad.

Y es la pregunta que hace Jesús, tratando de responder a la pregunta capciosa de fariseos y herodianos. Tomando la moneda, pregunta: «¿De quién es la imagen y la inscripción?».

Se entiende entonces que Jesús, en el contexto de sus discípulos y de quienes le interrogan, toma una moneda, un denario, aquello que era lo más común para el comercio, para la economía, para el pago de un trabajo en la época. ¿De quién es la efigie, la imagen y la inscripción de esta moneda?

Como era un denario, supieron responderle: «Del César». Y cuando Jesús pregunta de quién es la imagen, nos está entregando también otra gran enseñanza.

Nos recuerda con esto que todos nosotros somos imagen y semejanza de Dios. Por eso, si la moneda tiene la imagen del César, pues den al César lo que es del César. Y si nosotros somos la imagen y la semejanza de Dios, pues debemos entregar nuestra vida a Dios. Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.

Nos está invitando entonces el Señor a llevar una vida santa, a llevar una vida consagrada, para que todo aquel que nos vea sepa decir: «Ese conoce a Jesucristo, ese vive su fe porque la transmite, porque la vive, porque la testimonia».

De una manera muy particular, hoy, con la imagen del Señor de los Milagros, los miembros de la hermandad y todos los devotos, los que llevamos al Señor en nuestro corazón.

Seguir al Señor de los Milagros significa entonces transmitir con nuestra vida, con nuestras obras, esa fe que profesamos en el Señor, sabiendo que lo que Él nos pide lo encontramos en el Evangelio: es hacer el bien, es amar a los hermanos, es transmitir comprensión, bondad, generosidad; que no haya en nosotros, que no exista en nuestro corazón, en nuestras familias, en esta hermandad del Señor de los Milagros, ningún tipo de odio, de rencor.

Que, por el contrario, al mirar la imagen del Crucificado, comprendamos lo que Él vivió incluso hasta el final. Sabemos que Jesús murió perdonando, amando, abriendo el cielo al buen ladrón. Y de esta manera nosotros, sus devotos, nos acercamos un poquito más a Él y nos convertimos de verdad en su imagen, en su semejanza.

Queridos hermanos y hermanas, en este Evangelio, el Señor nos enseña entonces las prioridades de nuestra vida: que lo primero sea Dios y después todo lo demás.

Por eso es muy loable esta devoción al Señor de los Milagros, a su santísima madre en la parte trasera, que acompaña también la veneración a este Cristo poderoso y milagroso, para que nosotros aboquemos nuestra vida en imitar sus virtudes, en comprender su historia, en acercarnos a Él no solo a través de su imagen, sino leyéndole, comprendiéndole y conociéndole de una manera muy especial en las Escrituras, en los Evangelios.

El verdadero devoto del Señor de los Milagros lee las Escrituras, se esfuerza por conocer a Jesús y por comprender que Él lo llevó a dar su vida por nosotros allí, en la cruz. El verdadero devoto del Señor de los Milagros conoce cómo de su costado salió sangre y agua: la sangre y el agua de los sacramentos, donde se derrama la gracia para cada uno de nosotros.

Comprendemos también que esa gracia viene a nosotros de una manera muy particular cuando la buscamos, cuando nos sentimos necesitados de Dios. Y el estar aquí presentes con fe y devoción, y luego en la procesión, dice mucho de esa necesidad que nosotros profesamos de Dios.

Busquemos a Dios con un corazón limpio.

Acerquémonos a la Iglesia todos los días con el corazón deseoso de Dios, buscando al Señor, buscando su paz, deseando de Él sus bendiciones, la fortaleza para nuestra vida, para nuestra familia, porque sabemos que, si tenemos a Dios en el corazón, podemos así superar las dificultades.

El Señor de los Milagros, en este día, nos dé la fortaleza de ser como Él, el faro y la luz que guía esta sociedad tan necesitada de Dios. Y que ese incienso, los que se encargan de venerar al Señor con el incienso, refleje entonces la profunda oración que se eleva al cielo.

«Suba, Señor, mi oración como incienso en tu presencia», nos recuerdan las Sagradas Escrituras.

Que esta devoción sea compromiso, que esta devoción sea oración y sea el testimonio de una vida convertida a los sentimientos de Cristo: sentimientos de humildad, sentimientos de paciencia, de amor y, sobre todo, de caridad para con los más necesitados.

Porque mirar la cruz de Cristo nos ha de recordar también las cruces que llevan nuestros hermanos, los más pobres, los más necesitados.

Démonos con generosidad a los demás.

Busquemos a Jesús y veamos también la imagen de Jesús en todos aquellos que sufren. Demos al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.

Que así sea.

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