“POBRES TENDRÉIS SIEMPRE CON VOSOTROS Y PODRÉIS
HACERLES BIEN CUANDO QUERÁIS”
INTRODUCCIÓN
El relato
de la unción en Betania (Mc 14,1-9) nos sitúa en el umbral de la pasión de
Cristo, en un ambiente de tensión y misterio donde el amor y la traición se
entrecruzan. En medio de esta escena íntima y profética, resuena una afirmación
desconcertante del Señor: “A los pobres siempre los tendrán con ustedes” (v.
7). Tomada fuera de contexto, esta frase podría interpretarse como una
resignación ante la injusticia o como una aparente desvalorización del
compromiso con los necesitados. Sin embargo, en el conjunto del Evangelio y dentro
del drama que se despliega en la casa de Simón el leproso, estas palabras
revelan una enseñanza profunda sobre la identidad de Jesús, la urgencia de su
pasión y la verdadera naturaleza del discipulado. Cristo no relativiza la
atención a los pobres, sino que la sitúa en el horizonte de su entrega
redentora, subrayando que el amor a su persona no excluye la caridad, sino que
la fundamenta: “a ellos podrán hacerles bien siempre que lo deseen” (v. 7). De
este modo, el gesto de la mujer que lo unge no es solo un acto de devoción
personal, sino un signo profético que anticipa su pasión y expresa el núcleo
del Evangelio: amar y servir como Él amó y sirvió.
La unción
de Betania se convierte así en una parábola viva del discipulado. En ella se
revela que la verdadera relación con Jesús no se reduce a una experiencia
espiritual intimista, sino que se traduce en obras de amor concreto hacia los
demás. Quien ha sido tocado por la misericordia de Dios, como Zaqueo o la mujer
del perfume, experimenta una conversión que lo impulsa a compartir, reparar y
servir. No se puede amar a Dios sin amar al hermano; la fe auténtica exige
compasión y compromiso. La Iglesia ha reconocido siempre en los pobres un signo
privilegiado de la presencia de Cristo, porque en ellos brilla el misterio del
Dios que se hizo pobre para enriquecernos con su gracia. Por eso, servir al
necesitado no es un gesto opcional, sino una dimensión esencial del seguimiento
de Cristo y del testimonio evangélico.
La
pobreza, en la visión bíblica y cristiana, no es solo una condición social,
sino un signo teológico. En ella resplandece la humildad y cercanía de un Dios
que se manifiesta en lo pequeño y lo frágil. El pobre, en la Escritura, no es
solo quien carece de bienes materiales, sino quien, privado de recursos
humanos, confía únicamente en el Señor. De ahí que el “pobre de espíritu” sea
aquel que reconoce su total dependencia de Dios y encuentra en Él su única
seguridad. Al mismo tiempo, la pobreza denuncia el drama del pecado humano y de
las estructuras injustas que generan desigualdad y exclusión. Pero, desde la
fe, esta realidad adquiere un sentido redentor: Dios elige a los pobres para
enriquecerlos en la fe y hacer de ellos los primeros herederos del Reino. Por
eso, la Iglesia está llamada no solo a servir a los pobres, sino a ser pobre,
humilde y solidaria, reflejando así la pobreza misma de Cristo.
Frente a
esta comprensión evangélica, el marxismo propone una visión puramente terrenal
de la liberación humana. Al negar a Dios y reducir la salvación a la lucha de
clases o a la conquista de una justicia material, resulta incompatible con la
fe cristiana, que reconoce en Dios la fuente de toda liberación y en el amor la
vía auténtica hacia la justicia. Si bien la Teología de la Liberación surgió en
América Latina como un intento de vivir el Evangelio desde la realidad de los
pobres, la Iglesia, mediante documentos como Libertatis nuntius (1984) y
Libertatis conscientia (1986), discernió la necesidad de purificar esta
corriente de todo influjo ideológico marxista, conservando su impulso
evangélico y pastoral. En efecto, la verdadera liberación no nace de la
violencia ni de la lucha, sino de la conversión del corazón y del compromiso
con el prójimo desde la caridad. El cristiano sabe que no puede acabar con toda
la pobreza del mundo, pero está llamado a hacer algo —aunque sea pequeño—,
confiando en que la salvación definitiva proviene solo de Dios.
Esta
espiritualidad de servicio encuentra un eco particular en la figura femenina
dentro de la Iglesia. La unción de Betania, realizada por una mujer anónima, y
la figura de Febe en el Nuevo Testamento, inspiran una reflexión sobre la
auténtica diaconía femenina: no una reivindicación de poder o de
clericalización, sino una vocación de amor, servicio y liderazgo evangélico.
Desde los primeros siglos, las mujeres han sostenido la vida eclesial a través
de obras de misericordia, educación y acompañamiento espiritual, sin necesidad
de ocupar ministerios ordenados. Su testimonio, que continúa hoy en religiosas,
misioneras, catequistas y laicas comprometidas, muestra que la verdadera
grandeza está en servir. Como enseña el papa Francisco, la Iglesia necesita reconocer
y valorar este aporte decisivo, expresión viva del estilo de María, la humilde
sierva del Señor.
María,
Madre de Dios y de los pobres, es el modelo perfecto de esta espiritualidad
encarnada. Su vida sencilla en Nazaret, marcada por la pobreza, la fe y la
entrega, revela el amor preferencial de Dios por los pequeños. En el
Magnificat, proclama la justicia divina que derriba a los poderosos y enaltece
a los humildes, convirtiéndose en signo de esperanza para los marginados. Su
experiencia de migrante —al huir con José y Jesús a Egipto— la hace también
“Consuelo de los migrantes”, capaz de comprender el dolor de los que hoy son
desplazados por la violencia o la miseria. En ella, los pobres y los exiliados
encuentran fortaleza, consuelo y fe en el Dios que no abandona.
Finalmente,
el Papa León XIV, en su exhortación Dilexi te, recoge la “letanía de los santos
que más amaron a los pobres”, una verdadera historia de la caridad cristiana.
Desde san Pablo, san Lorenzo y san Francisco de Asís hasta santa Teresa de
Calcuta y san Óscar Romero, estos santos encarnaron el Evangelio del amor en
obras concretas de misericordia, educación, hospitalidad y justicia. A ellos se
une san José Gregorio Hernández, el “Médico de los pobres”, canonizado
recientemente, cuya vida muestra que la santidad florece también en lo
cotidiano, en el trabajo profesional hecho con amor y servicio. Su ejemplo,
lleno de humildad, compasión y fe, recuerda que toda vocación —médica, docente,
familiar o pastoral— puede convertirse en un camino de santidad cuando se vive
como don.
Así, el
relato de Betania resume todo el Evangelio: el amor a Cristo inseparable del
amor al pobre, la adoración unida al servicio, la fe encarnada en la justicia y
la esperanza que florece en medio del dolor. “A los pobres siempre los tendrán
con ustedes” no es una excusa para la indiferencia, sino una invitación a
reconocer en ellos la presencia permanente del Señor, que sigue siendo ungido
cada día en los corazones generosos de sus discípulos.
PROFUNDIZACIÓN
El texto elegido Mc 14,1-9
Para el
desarrollo del presente trabajo exegético se utilizará la Biblia de Jerusalén,
en su quinta edición completamente revisada, publicada por la editorial Desclée
de Brouwer y aprobada por la Conferencia Episcopal Española el 2 de octubre de
2018.
1
Faltaban dos días para la Pascua y los Ázimos. Los sumos sacerdotes y los
escribas buscaban cómo prenderle con engaño y matarlo.
2
Pero comentaban: «Durante la fiesta no, no sea que haya una algarada entre la
gente.»
3
Estando Jesús en Betania, en casa de Simón el leproso, recostado a la mesa,
vino una mujer que traía un frasco de alabastro con perfume puro de nardo, de
mucho precio; quebró el frasco y lo derramó sobre su cabeza.
4
Algunos de los presentes comentaban entre sí indignados: «¿Para qué este
despilfarro de perfume?
5
Se podía haber vendido este perfume por más de trescientos denarios y
habérselos dado a los pobres.» Y refunfuñaban contra ella.
6
Mas Jesús dijo: «Dejadla. ¿Por qué la molestáis, si ha hecho una buena obra
conmigo?
7
Porque pobres tendréis siempre con vosotros y podréis hacerles bien
cuando queráis, pero a mí no me tendréis siempre.
8
Ha hecho lo que ha podido. Se ha anticipado a embalsamar mi cuerpo para el
entierro.
9
Yo os aseguro que dondequiera que se proclame la Buena Nueva, en el mundo
entero, se hablará también de lo que ésta ha hecho, para que su recuerdo
perdure.»
Ubicación del texto (14,1-9) en el contexto del
evangelio de Marcos
El
evangelio de Marcos presenta un relato cargado de tensiones, paradojas y giros inesperados
que desafían la comprensión del lector y transforman su visión del mundo. En
él, Jesús emerge como una figura sorprendente en medio de conflictos morales,
políticos y espirituales. Lejos de ofrecer respuestas fáciles, Marcos narra con
intención pedagógica y transformadora, usando recursos narrativos para invitar
al lector a cuestionar sus expectativas y abrirse al Reino de Dios.
En este sentido, la narración inicial de la Pasión comienza con el complot de
los adversarios de Jesús para darle muerte, seguido por la disposición de Judas
Iscariote a entregarlo. Dentro de esta sección tradicional, Marcos ha
introducido el episodio de la unción en Betania (Mc 14,3-9).
Así, la
ubicación del relato de la unción en Betania dentro del marco de la pasión no
es casual: actúa como un contraste significativo frente a la traición y la
violencia inminentes, anticipando simbólicamente la muerte de Jesús y
revelando, a través del gesto de la mujer, una comprensión profunda de su
identidad y destino, a la par de la incitación de Jesús de hacer el bien a los
necesitados, quicio sobre el cual se sostiene la auténtica fe cristiana.
Autor y fecha del evangelio de Marcos
Existen algunos testimonios antiguos, aunque
escasos y tardíos, provenientes de los padres de la Iglesia que hablan de
Marcos como personaje histórico. El primero en mencionarlo es Papías, obispo de
Hierápolis, hacia el año 140, es decir, unos 80 años después de la posible redacción
del evangelio. Papías lo describe como “intérprete de Pedro”, recopilador de
relatos sobre Jesús, aunque aparentemente sin un orden estructurado, lo que le
lleva a considerar su obra como una colección algo desordenada. A pesar de su
juicio crítico, resulta significativo que lo relacione directamente con Pedro y
lo ubique en Roma. Más adelante, san Ireneo también afirma que Marcos escribió
su evangelio en Roma, basándose en las enseñanzas de Pedro, pero después de la
muerte del apóstol. A partir de estos y otros indicios, se deduce que el
evangelio de Marcos fue compuesto en Roma, probablemente en torno al año 64-70,
en el contexto posterior al martirio de Pedro.
Entonces,
se puede identificar en Marcos a un catequista cristiano que recoge y redacta
la tradición sobre Jesús para responder a las necesidades de comunidades
cristianas primitivas de Roma. Estas comunidades atravesaban una crisis de fe
al confesar a Jesús como Mesías e Hijo de Dios, pero sin experimentar su poder
en la historia concreta, marcada por la violencia del Imperio y el culto al
emperador. Marcos escribe para corregir una visión triunfalista de Jesús y
ayudar a los creyentes a descubrir al verdadero Jesús, el Mesías que se revela
en el sufrimiento y la cruz.
En la
iconografía de los cuatro evangelistas, inspirada en la visión de Ezequiel 1,
10 y reforzada por la visión de Juan en Apocalipsis 4, 6-7, san Marcos se
representa con el león porque empieza su evangelio diciendo que Juan, el
Bautista, grita en el desierto, de manera similar que los leones (Mc 1, 3). El
evangelio de Marcos fue el primero en escribirse. Retrata a Jesús como una persona
activa que salva obrando milagros y aceptando el sufrimiento que viene al hacer
la voluntad de Dios.
Justificación de la unidad literaria
La perícopa abarca los nueve primeros versículos del
capítulo catorce del Evangelio según san Marcos. A primera vista, los
versículos 1 y 2 —que sitúan la acción dos días antes de la Pascua y presentan
la intención de los sumos sacerdotes y escribas de dar muerte a Jesús— podrían
parecer desconectados del episodio en Betania (vv. 3-9). Sin embargo, el
versículo 8 establece un vínculo esencial: “se ha anticipado a embalsamar mi
cuerpo para la sepultura”. Esta afirmación da sentido y profundidad a la acción
de la mujer, aparentemente extraña, y justifica la inclusión de la introducción
como parte integral de la unidad literaria.
La
tradición exegética de Mc 14,1-9 o 3-9 ha centrado su atención principalmente
en el gesto de la mujer que unge a Jesús —acto que da título al relato— “La
unción en Betania”. No obstante, en el presente trabajo se pondrá especial
énfasis en el tema de los pobres y en la significativa frase pronunciada por
Jesús, sin dejar de valorar el simbolismo de la unción.
Asimismo,
la estructura literaria de la perícopa revela un contraste intencional entre
las motivaciones ocultas de las autoridades religiosas y la entrega silenciosa
de la mujer. Mientras los jefes de los sacerdotes traman la muerte de Jesús
movidos por el temor y la conveniencia, ella, sin palabras, realiza un gesto de
reconocimiento y amor que anticipa el misterio pascual. Este contraste no solo
realza la densidad teológica del episodio, sino que prepara al lector para
comprender la enseñanza de Jesús sobre los pobres desde una perspectiva más
profunda, enmarcada en el camino hacia su pasión.
Breve visión sinóptica
del relato
El relato de la unción en Betania que se lee
en Marcos 14,3-9 tiene paralelos en Mateo 26,6-13 y Juan 12,1-8, lo que permite
una lectura sinóptica de estos pasajes. Por su parte, el evangelista Lucas
presenta una narración distinta en el capítulo 7,36-50 —el encuentro de Jesús
con la mujer pecadora—, aunque guarda un sentido aproximado. En todos los
casos, se mantienen como elementos centrales la figura de Jesús, la mujer y el
perfume, este último cargado de un profundo valor simbólico. Así, pese a las diferencias
narrativas y teológicas, estos relatos coinciden en resaltar el gesto
significativo de la mujer hacia Jesús.
En el Evangelio de Marcos, el episodio de la unción
interrumpe el desarrollo narrativo que une el complot de los sumos sacerdotes
(14,1-2) con la traición de Judas (14,10-11), creando así un contraste
intencionado. Tanto en Marcos como en Mateo, la mujer unge la cabeza de Jesús,
lo que puede interpretarse como un gesto simbólico que reconoce su dignidad
real. En cambio, en Juan y en la escena paralela de Lucas (7,36-50), la unción
se realiza en los pies, lo que puede sugerir una actitud de humildad y entrega.
Ninguno
de los evangelistas explicita claramente la intención de la mujer, aunque es
posible ver en su acción un gesto profético que proclama, de forma simbólica,
la realeza de Jesús. Mateo introduce una diferencia significativa respecto a
Marcos: mientras este habla de unos presentes que critican la acción, Mateo
atribuye esa reacción a los discípulos en general (26,8), quienes la consideran
un derroche que podría haberse destinado a los pobres. Juan, por su parte,
identifica al autor de la queja: Judas Iscariote.
La frase
de Jesús: “a los pobres los tendréis siempre con vosotros” aparece en los tres
relatos evangélicos: Mc 14,7; Mt 26,11 y Jn 12,8. Sin embargo, solo Marcos
añade una matización significativa: “y podréis hacerles bien cuando queráis”,
subrayando la disponibilidad permanente para ejercer la caridad, un imperativo
que Jesús instituyó en su ministerio. Los tres evangelistas coinciden en
concluir el versículo con la expresión: “pero a mí no me tendréis siempre”,
destacando la singularidad del momento presente con Jesús. Además, tanto Marcos
como Juan coinciden en mencionar el valor del perfume, estimado en 300
denarios, lo cual resalta la generosidad del gesto de la mujer y el escándalo
que provoca entre los presentes.
Este
“escandalizarse” se entiende como el rechazo o abandono de la fe, motivado por
la dificultad de comprender muchas de las palabras y obras de Jesús. Así
ocurrió, por ejemplo, cuando sus propios paisanos no reconocieron su autoridad
y, a causa de su incredulidad, quedaron escandalizados, impidiendo que
realizara más milagros en Nazaret. El escándalo conduce al alejamiento de la
fe; por eso el mismo Jesús advierte en Mc 9,42: “¡Ay de aquellos que
escandalicen a uno de estos pequeños!”.
Estructura del
evangelio de Marcos
Se puede estructurar
en dos partes, de acuerdo con las dos facetas del Evangelio respecto a la
persona de Jesús: Mesías e Hijo de Dios. Las subdivisiones son determinadas por
las diversas reacciones ante esta revelación, especialmente las de los
discípulos.
•
Introducción (1,1-13). Título (1,1): la promesa-evangelio se cumple en Jesús de
Nazaret, el Mesías que instaura el Reino de Dios.
• Primera
parte (1,14 – 8,30): ¿Quién es Jesús? Tres tipos básicos de respuesta ante la
revelación de Jesús:
A. Jesús
y los fariseos (1,14 – 3,6)
B. Jesús
y el pueblo (3,7 – 6,6a)
C. Jesús
y los discípulos (6,6b – 8,30)
• Segunda
parte (8,31 – 16,8): ¿Cómo es Mesías? o el Misterio del Hijo del hombre.
A. Catequesis
a los discípulos sobre el modo del mesianismo (8,31 – 10,52).
B. El
juicio de Jerusalén (11-13).
C. Proclamación
de la pasión, muerte y resurrección de Jesús (14,1 – 16,8).
Un
apéndice
(16,9-20), añadido muy pronto a la obra, resume algunas apariciones de Jesús
resucitado y termina con el mandato misionero universal.
La unción
de Betania se enmarca en la segunda parte del Evangelio de Marcos, dentro de lo
que puede considerarse la recta final del camino de Jesús. Ya cerca de
Jerusalén —y, por tanto, del momento de su muerte—, Jesús intensifica sus
gestos y palabras, que adquieren un claro tono testamentario para sus
seguidores. Después de episodios tan impactantes como su entrada mesiánica en
Jerusalén (Mc 11,1-11), la expulsión de los vendedores del Templo (Mc
11,15-19), y las prolongadas enseñanzas mediante parábolas y confrontaciones
con las autoridades, Jesús se encuentra en Betania. Este es un lugar que, en el
Evangelio de Marcos, parece frecuentar con normalidad.
Desde la
casa de Simón el leproso, y “faltando dos días para la Pascua”, se desarrolla
el episodio que será recordado como “la unción”. Con este gesto simbólico,
Marcos da inicio a los relatos de la Pasión y resurrección de Jesús. En el
transcurso de la narración, el Señor anima a sus discípulos a hacer siempre el
bien, no solo con los pobres, sino también con él, pues —como les advierte— “no
siempre lo tendrán”.
EXÉGESIS POR VERSÍCULO
Composición literaria en cuatro secciones:
Introducción contextual (vv. 1-2)
1 Faltaban
dos días para la Pascua y los Ázimos. Los sumos sacerdotes y los escribas
buscaban cómo prenderle con engaño y matarlo.
Casi desde el inicio del ministerio
público del Señor algunos escribas, príncipes de los sacerdotes, etc., buscaban
«cómo perderle» (Mc 3,6). Esta decisión se ha hecho más persistente en los
últimos días (11,18; 12,12). Ahora deciden prenderle con engaño, (v. 1) y
encuentran un aliado en Judas, que desde entonces comienza a buscar el momento
oportuno para hacerlo (v. 11).
Jesús, pobre e indefenso ante los jefes
de Israel, conocía profundamente los corazones y las verdaderas intenciones de
sus adversarios, como lo expresa claramente en Mt 23,1-12. Allí, dirigiéndose a
la multitud y a sus discípulos, declara: “En la cátedra de Moisés se han
sentado los escribas y fariseos. Hagan, pues, todo lo que ellos les digan, pero
no imiten sus obras, porque dicen una cosa y hacen otra”. Esta denuncia de su
hipocresía revela la raíz del rechazo hacia Jesús: los líderes religiosos, al
sentirse desenmascarados, buscan eliminarlo, incluso recurriendo a métodos
contrarios a la misma ley que profesan. La mentira y el falso testimonio,
condenados por la Ley de Moisés, son precisamente los medios que emplean para
llevar a cabo su condena, lo que pone en evidencia la contradicción entre su
apariencia de piedad y sus acciones reales.
Para la reflexión personal:
¿Reconozco en mi vida actitudes de hipocresía,
es decir, momentos en que digo una cosa, pero hago otra, especialmente en lo
que se refiere a mi fe y testimonio cristiano?
¿Cómo reacciono cuando alguien me corrige o me
desenmascara con la verdad? ¿Busco humildemente cambiar, o me defiendo como los
escribas y fariseos ante Jesús?
¿He utilizado alguna vez la mentira o el
engaño para justificar una acción, aun sabiendo que contradice los valores del
Evangelio?
¿Qué significa para mí seguir a Jesús pobre e
indefenso, sabiendo que Él enfrentó la incomprensión y la traición sin dejar de
amar y perdonar?
¿Cómo puedo vivir esta Pascua con un corazón
más sincero y transparente, purificando mis intenciones ante Dios y los demás?
Oremos al Señor:
Señor Jesús,
Tú que conoces lo más profundo de mi corazón,
mírame con la misma ternura con que miraste a quienes te traicionaron y
abandonaron.
Tú no respondías al engaño con odio, ni al
rechazo con venganza, sino con un amor más grande, más puro y más libre.
Hoy quiero presentarte mi fragilidad, mis
contradicciones, las veces en que digo creer en Ti, pero mis obras te niegan;
las ocasiones en que mi palabra no refleja mi fe, y cuando me excuso con
mentiras o justificaciones para no cambiar.
Purifica mi interior, Señor, para que mi vida
no sea una apariencia, sino un testimonio verdadero del Evangelio.
Enséñame a aceptar la corrección con humildad,
a reconocer mis errores sin miedo, y a caminar cada día con un corazón más
sincero y transparente.
Quiero seguirte, Jesús pobre e indefenso,
confiando solo en la fuerza de tu amor.
Hazme servidor de la verdad, constructor de
paz, y testigo fiel de tu misericordia en medio del mundo. Amén.
2 Pero comentaban: «Durante la fiesta no, no
sea que haya una algarada entre la gente.»
Durante la Pasión de Jesús se cometen diversos
atropellos legales y religiosos. Uno de los más notorios es la reunión nocturna
del Sanedrín, llevada a cabo de manera irregular y sin validez formal, que
luego intentan legitimar con una sesión matutina. Marcos, con aguda ironía,
subraya que los líderes religiosos no evitan arrestar a Jesús por respeto a la
Pascua o por reverencia al carácter sagrado de la fiesta, sino simplemente por
miedo a que el pueblo se subleve. Lo único que frena su decisión es el temor a
una revuelta popular. De hecho, si no fuera por esa posible reacción del
pueblo, no dudarían en capturarlo en plena celebración. Así, la paradoja es estremecedora:
en la fiesta que recuerda la liberación de Israel, planean asesinar al Mesías,
al auténtico liberador enviado por Dios.
Como
se ve, finalmente, la aparente cautela de los líderes religiosos judíos, que
buscaban evitar disturbios durante las festividades en Jerusalén, termina
siendo dejada de lado cuando deciden condenar a Jesús. Paradójicamente, su
ejecución se lleva a cabo precisamente en los días previos a la Pascua, una de
las celebraciones más sagradas y concurridas del calendario judío. Este
contraste resalta no solo la gravedad de su decisión, sino también la tensión
entre el deseo de mantener el orden y el temor que Jesús despertaba en las
autoridades. Al actuar en vísperas de la Pascua, estos líderes revelan que su
afán por eliminar a Jesús pesaba más que cualquier precaución religiosa o
política, lo que a su vez subraya el carácter profundamente injusto y apresurado
del proceso que lo condujo a la cruz.
Para
la reflexión personal:
¿He
antepuesto alguna vez el miedo a la opinión de los demás o la búsqueda de
tranquilidad personal al cumplimiento de la verdad y la justicia del Evangelio?
¿Qué lugar ocupa Jesús en mis decisiones más
difíciles? ¿Soy capaz de mantenerme fiel a Él aun cuando hacerlo pueda traerme
conflictos o incomodidades?
¿Reconozco las contradicciones en mi fe, como
los líderes que celebraban la Pascua mientras planeaban la muerte del Mesías?
¿Vivo mi religiosidad como signo de amor y conversión, o como simple apariencia
exterior?
¿Me doy cuenta de que la Pascua que celebro
cada año es un llamado a liberarme de mis propias esclavitudes, especialmente
del egoísmo, la indiferencia o el miedo?
¿Cómo puedo acompañar a Jesús en su Pasión
hoy, evitando las actitudes de cálculo y conveniencia que llevaron a su
condena?
Oremos al Señor:
Señor Jesús, en los días santos de tu Pasión,
muchos callaron por miedo, otros te juzgaron para conservar su poder o su
tranquilidad.
Y yo también reconozco que, a veces, el temor
al qué dirán o el deseo de no complicarme la vida me hacen quedarme en silencio
cuando debería defender la verdad.
Tú, Señor, no temiste perderlo todo por amor a
nosotros.
Te entregaste con valentía, aun sabiendo el
precio de la cruz.
Enséñame a no esconder mi fe, a no negociar
mis principios por conveniencia, y a poner siempre tu voluntad por encima de
mis miedos y cálculos humanos.
Haz que mi religiosidad no sea una rutina
vacía, sino una respuesta sincera a tu amor que libera.
Que cada Pascua me encuentre más dispuesto a
cambiar, más libre de mis egoísmos, más valiente para acompañarte en el dolor
de los demás.
Señor, quiero seguirte con un corazón entero,
sin temor, sin doblez, sin máscaras.
Dame la gracia de ser testigo fiel de tu
Evangelio, aun cuando hacerlo me cueste el consuelo o la aprobación del mundo. Amén.
Primera Sección: la acción iniciadora (v.3)
3 Estando Jesús en Betania, en casa de Simón
el leproso, recostado a la mesa, vino una mujer que traía un frasco de
alabastro con perfume puro de nardo, de mucho precio; quebró el frasco y lo
derramó sobre su cabeza.
Betania significa "casa de la
obediencia". Pero, san Jerónimo comentando este pasaje se pregunta: ¿cómo
es que, en Betania, precisamente en la casa de la obediencia, se encuentra la
casa de Simón el leproso? ¿Qué hace el Señor en casa de un leproso? La
respuesta es clara: Jesús entra en esa casa porque ha venido a purificar, a
sanar al leproso. A Simón se le llama “leproso”, no porque aún padezca la
enfermedad, sino porque alguna vez la tuvo. Fue leproso antes de acoger al
Señor, pero una vez que Jesús entró en su casa y fue roto el frasco de perfume,
la lepra desapareció. Sin embargo, conserva su antiguo nombre para que quede en
evidencia el poder del Salvador.
El elemento clave de esta escena es el gesto
que una mujer realiza sobre Jesús. El hecho de que ella entre en un ambiente de
intimidad y celebración sin generar sorpresa entre los presentes sugiere que
probablemente era alguien conocida del grupo, ya que la crítica no se dirige a
su presencia, sino al aparente derroche del perfume. Es posible, entonces, que
perteneciera al grupo de mujeres discípulas mencionadas en Marcos 15,41.
Además, en Marcos 14,9 se destaca que esta mujer queda estrechamente vinculada,
de un modo sorprendente y único, a la proclamación del Evangelio. De manera
semejante, las mujeres identificadas por Marcos tienen un papel central y
reiterado en los relatos de la pasión, sepultura y resurrección de Jesús. Sin
embargo, la mujer que unge a Jesús permanece anónima en el relato de Marcos. El
versículo 9 deja una inquietud: ¿por qué Marcos no menciona su nombre, si le
atribuye una acción tan significativa? Este silencio podría tener una intención
catequética: el anonimato permite que cualquier creyente se vea reflejado en
ella, como una nueva "mirófora", es decir, portadora de perfume. Lo
esencial del relato no es su identidad, sino el gesto de amor desbordante hacia
Jesús que ella representa.
El gesto de la mujer forma parte de la antigua
hospitalidad oriental que honraba a los huéspedes ilustres con agua perfumada.
La delicadeza y generosidad es interpretada por algunos como un derroche (v. 4).
Para la reflexión personal:
¿Qué “lepras” espirituales o heridas llevo en
mi vida que necesitan ser purificadas por la presencia de Jesús en mi casa
interior, como lo fue la de Simón el leproso?
¿Dejo realmente que Cristo entre en mi
intimidad, en lo más vulnerable y “manchado” de mí, o le reservo solo los
espacios más seguros y decorosos?
La mujer anónima derrama un perfume precioso
sobre la cabeza de Jesús. ¿Qué gesto de amor gratuito, desinteresado y total
puedo ofrecer hoy al Señor?
¿Soy capaz de reconocer a Cristo presente en
los lugares y personas marginadas, como lo hizo Él al entrar en casa de un
antiguo leproso?
El nombre de la mujer no se menciona para que
todo creyente pueda verse reflejado en ella. ¿Me identifico con su amor
silencioso y generoso, o con los que la critican por “derrochar”?
Oremos
al Señor:
Señor
Jesús, tú que no temes acercarte a las casas heridas, entra también hoy en la
mía, aunque esté marcada por las manchas de mi pasado, por las lepras
interiores del egoísmo, del orgullo o del miedo. Solo tu presencia puede
sanarme, solo tu amor puede renovarlo todo.
Como la mujer anónima de Betania, quiero
acercarme a ti sin palabras, con el corazón lleno de amor y gratitud.
Tal vez mi perfume sea pobre, pero quiero
derramarlo por entero sobre ti, sin cálculos, sin reservas, sin miedo a que los
demás me juzguen.
Enséñame, Señor, a reconocerte en los
márgenes, en los rostros olvidados y en las casas donde pocos se atreven a
entrar.
Que mi fe no sea apariencia, sino un gesto
concreto de amor generoso y silencioso, como el de aquella mujer que comprendió
tu misterio antes de todos.
Purifica, Señor, mi casa interior.
Haz de mi vida un lugar donde Tú puedas
descansar, donde el perfume de la oración, la misericordia y el servicio suba
hasta Ti como ofrenda agradable.
Y cuando mi nombre se pierda en el anonimato,
que quede solo el recuerdo de tu presencia en mí, porque eso bastará para que
mi vida tenga sentido. Amén.
Segunda Sección: la objeción de los comensales (v.4)
4 Algunos de los presentes comentaban entre sí
indignados: «¿Para qué este despilfarro de perfume?
Hasta este momento, Jesús ha dedicado su atención
al cuidado del cuerpo de los demás: sanando a poseídos, enfermos y marginados.
Ahora, en un giro sorprendente, es una mujer anónima quien se ocupa de su
cuerpo. El relato no nos revela sus motivaciones, pero su gesto es
significativo. La acción se interpreta de dos maneras opuestas: para algunos
presentes es un derroche innecesario (v. 4), mientras que para Jesús se trata
de un acto simbólico y anticipatorio, propio de un rito funerario (vv. 7-8),
una "unción anticipada" de su cuerpo para la sepultura.
Marcos prefiere no mencionar los nombres de
quienes se indignan ante el gesto de la mujer que unge a Jesús; en cambio, el
evangelio de Juan identifica claramente a Judas Iscariote como el autor de esa
protesta (Jn 12,4-6). Judas, encargado de la bolsa común y administrador de los
bienes destinados al sostenimiento del ministerio de Jesús, representa una
figura ambigua: por un lado, es responsable de manejar los recursos que
permitían la vida itinerante del Maestro, quien no tenía ni siquiera “dónde
reclinar la cabeza” (Lc 9,58); pero, por otro, su crítica al gesto de la mujer
no nace de un verdadero interés por los pobres, sino de la codicia disfrazada
de preocupación social. Juan incluso subraya que Judas robaba de lo que se
depositaba en la bolsa. Así, su reacción no solo revela su hipocresía, sino que
sirve de contraste con la entrega generosa y gratuita de la mujer, cuyo gesto
expresa una comprensión profunda del destino de Jesús, mientras Judas
representa el uso interesado y corrupto de los bienes destinados a Dios y a los
demás.
Para la reflexión personal:
¿Cómo reacciono ante los gestos de amor y
entrega de los demás? ¿Soy capaz de reconocer su valor, o los juzgo con dureza
desde criterios de utilidad o apariencia?
¿He criticado alguna vez la generosidad ajena,
escondiendo detrás de mis palabras una actitud de envidia, incomodidad o falta
de empatía?
El gesto de la mujer brota del amor; la
protesta de Judas, del cálculo y la codicia. ¿Desde qué motivaciones realizo yo
mis obras buenas y mis servicios a los demás?
Jesús acoge con gratitud el perfume derramado
sobre Él. ¿Sé recibir también los gestos de amor que otros me ofrecen, o los
rechazo por orgullo o desconfianza?
¿Uso los bienes materiales que tengo con un
corazón limpio y desprendido, o los manejo desde el interés, el control o la
apariencia de solidaridad?
Oremos al Señor:
Señor Jesús, cuántas veces, como aquellos
comensales indignados, he juzgado los gestos de amor de los demás porque no los
comprendí o porque me incomodaban.
Perdóname cuando reduzco lo sagrado del amor a
simples criterios de utilidad o conveniencia.
Tú miras el corazón, Señor, y valoras la
entrega más que la apariencia.
Enséñame a reconocer la belleza de lo
gratuito, a descubrir en cada gesto generoso un reflejo de tu amor que se
derrama sin medida.
Líbrame del cálculo que enfría la caridad, de
la codicia que disfraza el egoísmo con palabras piadosas, y del orgullo que me
impide recibir con gratitud el amor de los demás.
Hazme capaz de servir sin buscar recompensa,
de dar sin medir, de amar sin condiciones.
Que cada perfume derramado, cada acto de
ternura o sacrificio escondido, sea para mí una invitación a imitar tu entrega.
Y que, cuando mi corazón tienda a criticar o
controlar, tu voz me recuerde que el verdadero amor siempre parece un derroche
a los ojos del mundo, pero es tesoro eterno a los tuyos. Amén.
Tercera Sección: la
respuesta de Jesús (vv. 5-8)
5 Se podía haber vendido este perfume por más
de trescientos denarios y habérselos dado a los pobres.» Y refunfuñaban contra
ella.
Πτωχος (ptojós) “pobre, mendigo, mendicante”
designa a quien no posee absolutamente
nada y tiene que proporcionarse mendigando lo indispensable para vivir, es decir,
designa al pobre de solemnidad, al mendigo;
este término griego aparece 34 veces en el Nuevo Testamento: 5 en Mt (5,3;
11,5; 19,21; 26,9 y 26,11), otras 5 en Mc (10,21; 12,42; 12,43; 14,5 y 14,7),
10 veces en Lc (4,18; 6,20; 7,22; 14,13; 14,21; 16,20; 16,22; 18,22; 19,8 y
21,3), 4 veces en Jn (12,5; 12,6; 12,8 y 13,29), 1 en Rm (15,26), 1 en 2 Co
(6,10), 2 en Ga (2,10 y 4,9), 4 en St (2,2; 2,3; 2,5 y 2,6) y 2 en Ap (3,17 y
13,16). En la Galilea de los tiempos de Jesús, la mayoría de la población era
pobre (penetes), aunque contaban con una modesta vivienda y una pequeña parcela
de tierra que les permitía sobrevivir gracias a un trabajo arduo y constante.
Sin embargo, los evangelios no se centran en estos pobres trabajadores, sino en
los indigentes (ptojós): personas sin tierras, a menudo sin hogar, que vivían
en condiciones extremas, expuestas permanentemente al hambre, la miseria y la
exclusión.
En las páginas del Antiguo Testamento, más
precisamente durante la conquista de Judea por los babilonios, alrededor del 90
% de la población se encontraba en condiciones de pobreza. Esta situación no
mejoró con el regreso del exilio, ya que la política fiscal impuesta por los
persas generó nuevamente una profunda crisis económica. En este contexto, la
antigua creencia de que la prosperidad era signo de justicia y que la pobreza
era castigo por una mala conducta comenzó a perder validez. Frente a la dura
realidad, el pueblo de Israel empezó a comprender que Dios no está del lado de
los poderosos, sino que se manifiesta cercano precisamente a los pobres. En su
humildad y necesidad, ellos reconocen su dependencia total de Dios, mientras
que los ricos, con su autosuficiencia y arrogancia, se alejan de Él al confiar
únicamente en sus propias fuerzas. Así, la pobreza dejó de verse como un
castigo y comenzó a ser comprendida como un lugar privilegiado de encuentro con
el corazón de Dios.
La relación de Jesús con los pobres más
desamparados es profunda y directa; no solo se preocupa por ellos, sino que se
identifica con su situación, compartiendo sus sufrimientos y su precariedad.
Jesús no los contempla desde una distancia condescendiente, sino que se hace
uno de ellos, abrazando una vida de sencillez, sin posesiones, dependiendo
muchas veces de la hospitalidad ajena. Su cercanía no es solo compasiva, sino
también teológica: en su enseñanza, los pobres ocupan un lugar central como
destinatarios privilegiados del Reino de Dios. Es más, Jesús los propone como
modelo para entrar en ese Reino, como lo muestra claramente al elogiar el gesto
de la viuda pobre que, a pesar de su extrema necesidad, entrega todo lo que
tiene para vivir (Mc 12,41-44). En este acto ve una expresión de fe radical y
de total confianza en Dios, una actitud que contrasta con la autosuficiencia de
los ricos y poderosos. Para Jesús, los pobres no solo merecen ayuda, sino que
encarnan las disposiciones interiores que hacen posible la auténtica relación
con Dios: humildad, dependencia, generosidad y apertura al prójimo.
Una cuestión debe quedar clara, la pobreza no
es ni el propósito divino (Gn 1 y 2) ni el destino del hombre (Ap 21 y 22),
pues Dios Creador es rico (Sal 24) y capaz de suplir las necesidades de sus
hijos (Mt 6,33), es más, él mismo está determinado a lograr la justicia para
los pobres (Lc 1,51-53). La pobreza como mal es resultado de la caída (Gn
3,17-19) y la Biblia recoge una multiplicidad de factores que la producen: la
explosión demográfica, la opresión de las minorías, la opresión económica por
naciones extranjeras, la explotación por los ricos, las guerras y el hambre, la
enfermedad, el mal gobierno, la burocracia, la muerte prematura, la emigración,
entre otras, como consecuencia del pecado.
Para la reflexión personal:
¿Cómo miro yo a los pobres? ¿Los contemplo
desde la distancia, con compasión superficial, o reconozco en ellos el rostro
mismo de Cristo que se hace cercano y solidario con los más necesitados?
¿Vivo con espíritu de pobreza evangélica, es
decir, con la libertad interior de quien confía en Dios más que en los bienes,
o me aferro a mis seguridades materiales y afectivas?
Jesús se identifica con los pobres y los
presenta como modelo de fe. ¿Qué me enseña su estilo de vida sencillo y su
dependencia del Padre sobre el verdadero sentido de la riqueza y el poder?
El gesto de la mujer que unge a Jesús revela
un amor que no calcula. ¿Soy capaz de “derramar mi perfume” —mi tiempo, mis
dones, mis bienes— por amor a Cristo y a los pobres, sin miedo a parecer
insensato ante el mundo?
Dios no quiere la pobreza como destino, sino
la justicia para los pobres. ¿Qué puedo hacer, desde mi realidad concreta, para
colaborar con esa justicia que el Señor sueña para todos sus hijos?
Oremos al Señor:
Señor Jesús, tú que siendo rico te hiciste
pobre por amor a nosotros, mírame hoy y ayúdame a comprender que la verdadera
riqueza no está en poseer, sino en amar.
Tú elegiste vivir entre los pequeños,
compartir su mesa, su cansancio, su esperanza; y en ellos nos dejaste tu rostro
más humano y divino.
Perdóname cuando miro a los pobres desde
lejos, cuando mi compasión es palabra y no gesto, cuando mis seguridades valen
más que tu llamada al desprendimiento.
Hazme capaz de “derramar mi perfume” en favor
de los que sufren y de los que nadie mira, aunque parezca un derroche a los
ojos del mundo.
Que mi amor no sea cálculo, sino entrega; que
mis manos no acumulen, sino repartan; y que mi vida entera sea un signo de tu
Reino de justicia y fraternidad.
Tú, Señor, no glorificas la pobreza, pero
prometes tu Reino a los pobres de espíritu, a los que saben depender de ti y
confiar en tu providencia.
Hazme uno de ellos, Señor: pobre de
ambiciones, rico en misericordia, sencillo en el vivir y generoso en el amar. Amén.
6 Mas Jesús dijo: «Dejadla. ¿Por qué la
molestáis, si ha hecho una buena obra conmigo?
Aunque la gente lo ve como un derroche, para
Jesús es un gesto de misericordia total que lo involucra plenamente y crea un
vínculo solidario que llega hasta la entrega de su vida. Al anunciar su muerte,
Jesús reafirma la dignidad de su condición humilde, ofreciéndolo todo, incluso
su propia vida, para la redención de la humanidad.
La obra buena que Jesús reconoce en el gesto de la mujer hace referencia al
“enterrar a los muertos”, obra buena para la cultura judía, desvelando así la
consecuente vinculación entre aquella unción y su próxima muerte, además, el
Señor recibió de aquella mujer un derroche de riqueza con las que logra su
plenitud humana.
Jesús conocía a fondo los corazones de quienes
lo seguían de cerca, pero también de aquellos que se mantenían a distancia.
Incluso a estos últimos, al revelarles la verdad de sus vidas e intenciones,
lograba que lo reconocieran como profeta. Este conocimiento divino de la
condición humana lo llevó a acoger con total libertad un gesto profundamente
simbólico: la unción realizada por una mujer. Lejos de rechazarlo por
contradecir su estilo de vida austero y desprendido de lujos, Jesús lo reconoce
inmediatamente como una “obra buena”. En esta escena, lo vemos aceptando con
gratitud la ofrenda generosa y voluntaria de una mujer que desea expresarle su
amor y entrega total. Su aceptación no es solo una validación del gesto, sino
una verdadera manifestación de misericordia: acoge el amor sincero sin juzgar
la forma, y le da un valor eterno, elevando una acción humana al plano de lo
sagrado.
El tesoro más valioso que posee la Iglesia es
Jesús Eucaristía, entonces, todo lo que se refiera a la adoración de la Eucaristía
es por esencia una obra buena. Recuerda el Catecismo de la Iglesia Católica que
la Eucaristía implica un compromiso con los pobres, y que, para participar
verdaderamente del Cuerpo y la Sangre de Cristo, entregados por nosotros, es
necesario reconocer a Cristo en los más necesitados, sus hermanos (Mt 25,40).
Así mismo, san Juan Crisóstomo profundiza la idea y le da practicidad: Has
probado la sangre del Señor, pero no reconoces a tu hermano. Estás despreciando
esta mesa sagrada si no consideras digno de compartir tus bienes a quien Dios
ha considerado digno de sentarse contigo en ella. Si el Señor te ha perdonado
todos tus pecados e invitado a su banquete, ¿cómo es posible que tú no te
vuelvas más misericordioso con los demás?
Para la reflexión personal:
Jesús defiende a la mujer que lo unge y la
llama “buena”. ¿Sé reconocer y valorar los gestos de amor sincero que otros
ofrecen a Dios, aunque no sigan los criterios que yo considero correctos?
El Señor acoge el perfume derramado como signo
de amor y misericordia. ¿Permito que mi fe se exprese también en gestos
concretos y gratuitos de ternura hacia Dios y hacia los demás?
Jesús vincula la unción con su entrega total
en la cruz. ¿Estoy dispuesto a unir mis pequeños actos de amor y servicio con
el sacrificio de Cristo, convirtiéndolos en ofrenda viva por los demás?
La Eucaristía es la “obra buena” por
excelencia. ¿Vivo mi participación en la misa como un verdadero encuentro con
el Señor que me impulsa a ser más misericordioso con los pobres y los hermanos
necesitados?
San Juan Crisóstomo recuerda que no se puede
comulgar sin reconocer a Cristo en el prójimo. ¿Mi adoración al Señor se
traduce en obras concretas de justicia, compasión y fraternidad?
Oremos al Señor:
Señor Jesús, tú que conoces el corazón humano
y ves más allá de las apariencias, enséñame a reconocer el valor de los gestos
sencillos, de esas obras ocultas que nacen del amor verdadero.
Tú defendiste a la mujer que te ungió, porque
viste en su acción no un derroche, sino un acto de ternura, una ofrenda que
anticipaba tu entrega total en la cruz.
Hazme comprender, Señor, que toda obra buena
tiene su raíz en el amor, y que no hay gesto pequeño si se hace con un corazón
sincero.
Purifica mi mirada para no juzgar a quienes te
sirven de modo distinto, y enséñame a alegrarme del bien que los demás hacen
por ti.
Tú, que recibiste el perfume como anticipo de
tu sepultura, recibe también mi vida, mis esfuerzos y mis debilidades como
ofrenda humilde que deseo unir a tu sacrificio redentor.
Que cada Eucaristía que celebre sea para mí
escuela de misericordia, de justicia y de fraternidad, donde aprenda a
reconocer tu rostro en los pobres, en los enfermos, en los que sufren y esperan
consuelo.
Hazme, Señor, más compasivo y agradecido,
capaz de traducir mi fe en gestos concretos de amor.
Que mi adoración no se quede en palabras, sino
que se haga servicio, entrega y solidaridad.
Y que, al igual que aquella mujer de Betania,
mi vida entera se convierta en un perfume derramado que te honre, te agrade y
te glorifique. Amén.
7 Porque pobres tendréis siempre con vosotros y podréis
hacerles bien cuando queráis, pero a mí no me tendréis siempre.
Jesús se presenta como alguien plenamente
consciente de su destino de muerte, al que se entrega libremente. Por eso, a
pesar de las críticas de los presentes, acoge el gesto de la mujer como una
unción anticipada de su cuerpo para la sepultura. Invita así a no oponer esta
acción al cuidado de los pobres. La enseñanza que deja a su comunidad es clara:
deben honrar tanto al Señor como a los pobres, sin separar la devoción hacia
Jesús del compromiso con los más necesitados.
En el cristianismo, la pobreza no se entiende
solo como carencia o marginación, sino también como un estilo de vida inspirado
en los "pobres de Yahvé" del Antiguo Testamento y proclamado por
Jesús como una bienaventuranza. San Pablo enseña que los cristianos deben usar
los bienes del mundo sin absolutizarlos, reconociendo su carácter transitorio.
Esta forma de vivir, conocida como “pobreza evangélica”, es una exigencia para
todos los creyentes.
Si bien la vida religiosa ha asumido la
pobreza evangélica como un modo particular de santificación, esta no es una
exclusividad de los consagrados. La posibilidad de vivirla está abierta a todos
los bautizados, cada uno según su condición y posibilidades, pues tanto la
pobreza como la santidad constituyen una vocación común de los hijos de Dios.
San Buenaventura, al hablar de la vida
perfecta en las religiosas, enseñaba: “También la pobreza es virtud necesaria
para la integridad de la perfección, de tal manera que sin ella nadie puede ser
perfecto, según afirma el Señor en el Evangelio: Si quieres ser perfecto, ve,
vende todo lo que posees y dáselo a los pobres…”. Y más adelante, el Doctor
Seráfico aclara que esta vocación no se limita al ámbito religioso, sino que
alcanza a todo cristiano: “Dos motivos deben movernos al amor de la pobreza, no
solo a cualquier religioso, sino también a cualquier hombre. En primer lugar,
el ejemplo divino, que es irreprensible; en segundo lugar, la promesa divina,
que es inestimable.”
La frase “a los pobres siempre los tendréis
con vosotros, pero a mí no siempre” no debe entenderse como un distanciamiento
de Jesús respecto a los pobres, como si se colocara en un nivel diferente. Por
el contrario, Jesús es el pobre por excelencia. Las Escrituras lo presentan
como el Mesías humilde y necesitado: nace en Belén en condiciones de extrema
precariedad (Lc 2,7); crece en Nazaret, identificado como el hijo de un simple
carpintero, lo que genera escepticismo sobre su autoridad (Mt 13,55); vive su ministerio
público sin posesiones ni seguridad material (Mt 8,20); y muere en la cruz
completamente despojado, al punto de que hasta sus vestiduras son repartidas
entre los soldados (Mt 27,35).
Desde esta perspectiva, el perfume derramado
sobre Jesús no es solo un acto dirigido a su persona, sino que se convierte
también en un gesto de consagración hacia todos los pobres de Dios. Es un signo
que revela el valor sagrado de la pobreza asumida con libertad, como actitud
interior que libera al ser humano de la esclavitud del tener y lo dispone al
amor y al servicio. Lejos de contradecir su opción por los pobres, Jesús eleva
ese gesto como expresión profunda de entrega y comunión con ellos, pues lo que
pretende realmente es proteger la unción recibida contra la falsa
interpretación de ser un quebrantamiento de la obligación, reconocida
incuestionablemente, de cuidar de los pobres.
En este apartado del relato de la unción en
Betania se comprende que la mujer ha participado a su manera y por anticipado
en la sepultura de Jesús, entonces para la limosna habrá tiempo después. Cuando
el Señor dice “pobres tendréis siempre con vosotros” está citando
el Antiguo Testamento, pues ciertamente se dice en Dt 15,11 “Pues no
faltarán pobres en esta tierra”, y el contexto veterotestamentario lo
explica: por vuestra mezquindad, por no cumplir el mandato de Dios. El obsequio
rendido a la persona de Jesús y la fama divulgada de los que le son fieles
serán norma práctica de la comunidad.
Esta afirmación sobre la permanente presencia
de los pobres no implica que la pobreza deba entenderse como una institución
social inevitable o necesaria. La expresión retoma la enseñanza global de Dt
15,11: ‘Nunca dejará de haber pobres en medio de ti’. Sin embargo, en el
contexto del Evangelio se coloca en contraste con la frase ‘pero a mí no me
tendréis siempre’, que concentra el énfasis del pasaje. En el Deuteronomio,
dicha afirmación se complementa con un imperativo ético: ‘Por eso te ordeno
abrir generosamente la mano a tu hermano necesitado y pobre en tu tierra’.
El padre Gustavo Gutiérrez, en su libro
póstumo reflexiona a profundidad sobre esta cita del Deuteronomio, al respecto
explica que la frase “siempre tendrán pobres con ustedes” (Dt 15,11), citada
por Jesús en Betania, no es una justificación de la pobreza, sino que debe
entenderse dentro del marco del Deuteronomio. Este capítulo 15, inspirado en la
perspectiva sabática y jubilar, presenta tres pasos:
La meta: “No debería haber ningún pobre junto
a ti” (Dt 15,4). El objetivo de Israel es construir una sociedad sin pobres,
rechazando la marginación y reconociendo el don de Dios.
La actitud concreta: Ante la indigencia, el
mandato es abrir el corazón y la mano al hermano necesitado (Dt 15,7-8),
actuando con solidaridad y respeto a su dignidad.
La constatación realista: “Nunca dejará de
haber pobres entre ustedes” (Dt 15,11). La persistencia de la pobreza no
cancela la meta, sino que motiva aún más la práctica permanente de la
solidaridad.
El Deuteronomio recuerda que Dios liberó a su
pueblo de Egipto, y esa memoria exige abrir la mano y el corazón, tanto hacia
el hermano israelita como hacia el extranjero. Hoy, aunque en un contexto
social distinto y más complejo, el mandato sigue vigente: luchar por una
sociedad justa y fraterna, combatir las desigualdades y atender inmediatamente
al necesitado.
En este sentido, la vivencia del amor
fraterno, concebida como una propuesta concreta para erradicar la pobreza
—entendida en su raíz como consecuencia del pecado—, ha de situarse en íntima
relación con la vida de la gracia y la comunión con Dios, puesto que la praxis
cristiana encuentra en la oración su fundamento esencial, su oxígeno.
A este respecto comenta Benedicto XVI: “Quien
reza no desperdicia su tiempo, aunque todo haga pensar en una situación de emergencia
y parezca impulsar sólo a la acción. La piedad no escatima la lucha contra la
pobreza o la miseria del prójimo”.
Que siempre tendremos pobres con nosotros es
una verdad innegable; sin embargo, no es menos cierto que, en el designio de
Dios, no debería existir la pobreza. Precisamente por eso, al comentar esta
afirmación, es necesario subrayar que se trata de una constatación de hecho, no
de una justificación teológica de la miseria, y que el Evangelio remite a la
responsabilidad ética de abrir la mano al hermano necesitado.
Por eso, comentando la iglesia idealizada por
Lucas en Hch 2,44-45, Benedicto XVI recuerda la generosidad que caracterizó a
la Iglesia desde sus orígenes y se interroga sobre la posibilidad de sostener
de manera estable aquel precepto. Reconoce que, con la expansión de la
comunidad cristiana, resultó inviable mantener una forma tan radical de
comunión de bienes. Sin embargo, subraya que lo esencial permanece: en la
comunidad eclesial no puede admitirse una pobreza tal que prive a alguien de
los bienes necesarios para llevar una vida digna”.
El Santo Padre León XIV, comentando este
versículo comenta: “Aquel Jesús que dice: «A los pobres los tendrán siempre con
ustedes» (Mt 26,11) expresa el mismo concepto que cuando promete a los
discípulos: «Yo estaré siempre con ustedes» (Mt 28,20). Y al mismo tiempo nos
vienen a la mente aquellas palabras del Señor: «Cada vez que lo hicieron con el
más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo» (Mt 25,40). No estamos en el
horizonte de la beneficencia, sino de la Revelación; el contacto con quien no tiene
poder ni grandeza es un modo fundamental de encuentro con el Señor de la
historia. En los pobres Él sigue teniendo algo que decirnos.”
¿Qué nos dice Jesús en los pobres? El Señor
nos habla a través de los pobres, porque en ellos se hace presente de un modo
misterioso y real. No se trata solo de una metáfora: cada rostro necesitado es
un rostro de Cristo que nos interpela. Al mirar a los pobres, estamos mirando
al mismo Señor, que eligió hacerse pobre para enriquecernos con su amor.
Por eso, no podemos llamarnos verdaderamente
cristianos si cerramos los ojos ante el sufrimiento de los demás. La fe sin
compasión se vuelve estéril, y el amor a Dios se verifica en el amor concreto
al hermano. Sin embargo, “el cristianismo no tiene por qué eliminar la pobreza
-´siempre habrá pobres entre vosotros´-, pero debe hacerla cristiana. Debe
transformar la pobreza infrahumana, en la cual es imposible toda virtud, en
pobreza evangélica, que es una virtud. Sólo es virtud la pobreza cuando es
voluntaria (por supuesto, no quiero decir libremente escogida, pero sí
aceptada, no maldecida), igual que la castidad”.
En definitiva, Jesús está siempre en los
pobres, y servirlos con ternura y justicia es servir al mismo Cristo que vive
en ellos y nos espera en cada gesto de misericordia. La mirada agradecida de un
pobre atendido es la mirada divina que penetra el alma y que invita a amar sin
medida, amar hasta darlo todo por los demás, a ejemplo del mismo Jesucristo,
nuestro Señor.
Para la reflexión personal:
Jesús reconoce que los pobres estarán siempre
entre nosotros, pero no justifica su existencia. ¿He asumido mi responsabilidad
personal y comunitaria de luchar contra las causas de la pobreza, o me limito a
aceptar la realidad como algo inevitable?
El Deuteronomio enseña que la meta es que “no
haya pobres entre ustedes”. ¿Qué gestos concretos de solidaridad, justicia y
comunión puedo realizar hoy para acercar mi entorno a esa meta del Reino de
Dios?
La mujer de Betania honra a Jesús con un gesto
de amor gratuito. ¿Cómo equilibro en mi vida la adoración al Señor y el
servicio al prójimo, evitando separar la oración de la acción?
Jesús, el pobre por excelencia, se identifica
con los necesitados. Cuando miro a una persona marginada o en sufrimiento,
¿reconozco en ella el rostro de Cristo, o la miro con indiferencia o compasión
superficial?
La pobreza evangélica no es carencia, sino
libertad interior. ¿Vivo con un corazón libre del apego a los bienes, dispuesto
a compartir, o busco mi seguridad en lo que poseo?
Benedicto XVI enseña que la oración no
sustituye la acción, sino que la sostiene. ¿Cómo cultivo un equilibrio real
entre mi vida de oración y mi compromiso con la justicia social, para que una
alimente y purifique a la otra?
La primera comunidad cristiana compartía lo
que tenía para que nadie pasara necesidad. ¿Qué pasos concretos puedo dar en mi
comunidad parroquial, grupo o familia para hacer visible hoy esa comunión de
bienes materiales y espirituales?
Oremos al Señor:
Señor Jesús, tú que dijiste: “Siempre tendrán
pobres con ustedes, pero a mí no siempre”, enséñanos a comprender la
profundidad de tus palabras, para que no las usemos como excusa de
indiferencia, sino como un llamado a la conversión del corazón y de la
sociedad.
Tú, que naciste en la pobreza de Belén,
viviste sin tener dónde reclinar la cabeza y moriste desnudo en la cruz, haznos
entender que la verdadera riqueza está en el amor, y que solo quien se despoja
de sí mismo puede llenarse de Dios.
Señor, despierta en nosotros la sensibilidad
para reconocer tu rostro en los rostros de los que sufren: en los pobres, los
migrantes, los enfermos, los sin hogar, en los que callan su dolor por
vergüenza o abandono.
Que no pasemos indiferentes ante ellos, sino
que aprendamos a servirte en su necesidad.
Concédenos un corazón generoso, capaz de abrir
la mano y el alma, no por obligación ni por compasión pasajera, sino movidos
por el amor que nos une a ti.
Que nuestra fe no sea un refugio egoísta, sino
un impulso para transformar el mundo según tu Evangelio.
Haznos comprender, Señor, que luchar contra la
pobreza no es un acto filantrópico, sino una expresión de nuestra fe viva, un
signo del Reino que comienza aquí y ahora cuando compartimos lo que somos y
tenemos.
Que no absoluticemos los bienes materiales,
sino que los usemos como medios para el bien común, como instrumentos de
comunión y de esperanza.
Señor, enséñanos también a vivir la pobreza
evangélica, esa libertad interior que no depende del tener, sino del ser y del
amar.
Que sepamos desprendernos de los apegos, de la
vanidad, del deseo de poder o reconocimiento, para seguirte con un corazón
simple y confiado.
Tú que defendiste el gesto de amor de la mujer
de Betania, recibe también nuestras ofrendas pequeñas y sinceras: el tiempo que
damos, la ayuda silenciosa, la oración fiel, la compasión que se hace gesto, el
perdón que libera.
Que sepamos unir, como ella, adoración y
servicio, oración y compromiso, contemplación y acción.
Que cada vez que te honremos en el altar,
sepamos reconocerte también en los pobres de la tierra.
Y que, al compartir el Pan de la Eucaristía,
renovemos nuestra decisión de construir una comunidad donde nadie pase
necesidad, donde el amor sea la norma y la justicia su expresión.
Señor Jesús, pobre y glorioso, haz que la
fragancia de nuestra entrega perfume el mundo con el aroma del Evangelio.
Que nuestras manos abiertas sean signo de tu
Reino, y que, al final de los tiempos, cuando nos llames por nuestro nombre,
podamos oír de tus labios: “Lo que hiciste a uno de estos pequeños, a mí me lo
hiciste”. Amén.
8 Ha hecho lo que ha podido. Se ha anticipado
a embalsamar mi cuerpo para el entierro.
Jesús vincula el gesto de la mujer con el
sufrimiento que está por venir. Esta podría ser la razón por la que Marcos
ubica este episodio al inicio del relato de la Pasión, destacando así que dicha
unción adquiere su verdadero significado a la luz de la Pasión y Resurrección
de Jesús.
En la Palestina del tiempo de Jesús, las
mujeres vivían en condiciones de marginación y, en última instancia, de pobreza
en su dignidad. Sin embargo, este panorama comienza a transformarse
profundamente con el ministerio de Jesús. Él no solo las acogió, sino que
también las integró activamente a su comunidad: tuvo discípulas, mujeres
piadosas que escucharon su mensaje, lo acompañaron con fidelidad y lo
sostuvieron con sus bienes y su presencia constante.
La participación femenina se hace aún más
evidente en los momentos más decisivos de la vida de Jesús. Esta presencia
comienza con la unción en Betania, un gesto profético realizado por una mujer,
y se intensifica en la pasión, cuando algunas de ellas permanecen junto a Jesús
mientras otros lo abandonan. Al pie de la cruz están su madre y otras dos
mujeres, testigos silenciosas de su entrega final. Y aún después de su muerte,
son las mujeres quienes, muy de madrugada el domingo de la resurrección, van al
sepulcro y reciben la gracia de ser las primeras en encontrar al Resucitado.
Este recorrido revela una verdad fundamental
del Evangelio: las mujeres, al igual que los pobres, ocupan un lugar
privilegiado en el corazón del Señor. A ellos se ha revelado con predilección,
mientras que a los soberbios y autosuficientes los ha rechazado, como proclama la
Santísima Virgen María en el Magnificat: “derribó del trono a los poderosos y
exaltó a los humildes” (Lc 1,52).
Para la reflexión personal:
“Ha hecho lo que ha podido” ¿Reconozco y
valoro los gestos sencillos de amor y servicio que puedo ofrecer a Cristo y a
los demás, o me dejo paralizar por la idea de no poder hacer “lo suficiente”?
Una mujer se anticipa a la pasión de Jesús con
un gesto profético. ¿Cómo respondo yo al sufrimiento de los demás? ¿Sé ofrecer
consuelo, ternura y presencia antes de que lleguen los momentos difíciles?
Jesús dignifica a la mujer marginada y la
convierte en testigo de su amor. ¿De qué manera contribuyo a valorar, respetar
y promover la dignidad y el papel de las mujeres en la comunidad cristiana y en
la sociedad?
Las mujeres permanecen junto a la cruz cuando
otros huyen. ¿Soy fiel en los momentos de prueba, o me alejo cuando la fe se
vuelve exigente y dolorosa?
Las mujeres son las primeras en anunciar la
resurrección. ¿Estoy dispuesto a ser, como ellas, mensajero del Evangelio con
alegría y valentía, aun cuando otros no crean o me ignoren?
Oremos al Señor:
Señor Jesús, tú que miraste con ternura el
gesto de la mujer que te ungió, enséñame a ofrecerte lo mejor de mí, aunque
parezca poco ante la grandeza de tu amor.
Que no espere a los grandes momentos para
servirte, sino que te reconozca en lo sencillo, en el consuelo ofrecido, en la
escucha, en el perdón.
Dame un corazón atento al dolor de los demás,
capaz de anticiparse con ternura, como aquella mujer que comprendió tu pasión
antes que nadie.
Hazme fiel en la prueba, constante en el amor,
valiente para permanecer a tu lado cuando otros se alejan.
Y que, como las mujeres del amanecer pascual,
sea testigo alegre de tu resurrección en medio del mundo. Amén.
Cuarta Sección: la afirmación rotunda de Jesús (v. 9)
9 Yo os aseguro que dondequiera que se
proclame la Buena Nueva, en el mundo entero, se hablará también de lo que ésta
ha hecho, para que su recuerdo perdure.»
Esta mujer sin nombre representa a la discípula auténtica, ejemplo
de fidelidad para aquellos seguidores que no habían comprendido el mensaje. Se
convierte en un modelo universal, válido "en cualquier lugar del
mundo".
El hecho de que el episodio de la unción en Betania sea
recogido por los cuatro evangelios —cada uno con matices propios, pero todos
resaltando su importancia— es ya en sí mismo un testimonio del cumplimiento de
la profecía pronunciada por Jesús en este versículo final de la perícopa
estudiada. Esta afirmación del Señor no es solo una alabanza puntual, sino una
declaración profética que eleva el gesto de la mujer a la categoría de memoria
sagrada, inseparable del anuncio evangélico.
En
efecto, a lo largo de la historia y en todas las culturas donde el Evangelio ha
sido predicado, este episodio ha sido leído, meditado y venerado, haciendo que
el acto de amor de esta mujer anónima permanezca vivo en la conciencia
cristiana. Su gesto, aparentemente simple y desmesurado a los ojos del mundo,
se convierte en un símbolo del amor radical, de la entrega sin cálculos, de la
adoración que brota del corazón. Ella encarna el verdadero discipulado: aquel
que reconoce la dignidad de Jesús y lo honra con lo más valioso que posee.
Al
recordar su acción junto con la Pasión del Señor, los evangelios enseñan que el
amor generoso, incluso si es incomprendido o criticado, nunca es en vano. Su
historia permanece como parte esencial del kerigma, del anuncio mismo del
misterio pascual. Así, la memoria de esta mujer no solo ha perdurado, sino que
ha sido canonizada por el propio Jesús, integrada para siempre en la historia
de la salvación, y como esta mujer, es válido el reconocimiento de otras tantas
que siguieron al Señor y llevaron su mensaje en lo más profundo de su ser, pues
en la Iglesia, la mujer comparte plenamente los dones de Cristo y transmite su
testimonio a través de una vida de fe y caridad. Así lo vemos reflejado en
figuras como la samaritana; en las mujeres que siguieron a Jesús y lo
asistieron con sus bienes; en aquellas que estuvieron presentes al pie de la
cruz; en las que fueron enviadas por el mismo Señor a anunciar a los apóstoles
la noticia de su resurrección; y también en las que formaron parte activa de
las primeras comunidades cristianas.
Para la
reflexión personal:
“Dondequiera
que se proclame el Evangelio, se hablará también de lo que ésta ha hecho.” ¿Qué
gestos de amor, sencillos pero auténticos, deseo que permanezcan como
testimonio de mi fe en Jesús?
El gesto
de la mujer anónima se convierte en memoria sagrada. ¿Qué lugar ocupa la
memoria agradecida en mi relación con Dios? ¿Sé reconocer y agradecer los
gestos de amor que otros han tenido conmigo?
Jesús
eleva el amor generoso a la categoría de Evangelio. ¿Cómo puedo vivir un
discipulado más profundo, donde mis obras —más que mis palabras— anuncien la
Buena Nueva?
El
testimonio femenino ha sido esencial en la historia de la salvación. ¿Reconozco
y valoro suficientemente el papel de las mujeres en la vida de la Iglesia, en
mi comunidad y en mi propia fe?
El
recuerdo de la mujer de Betania permanece como parte del misterio pascual. ¿De
qué manera mi vida, marcada por la fe y el servicio, puede convertirse también
en una memoria viva del amor de Cristo en el mundo?
Oremos al
Señor:
Señor
Jesús, tú que prometiste que el gesto de la mujer de Betania sería recordado
dondequiera que se anuncie tu Evangelio, haz que también mi vida, con sus
pequeños actos de amor y fidelidad, forme parte de esa historia que no se
apaga.
Enséñame
a amar sin medida, a servir sin esperar reconocimiento, a ofrecerte lo mejor de
mi corazón, como aquella mujer que te honró antes de tu Pasión.
Haz que
mi fe no se quede en palabras, sino que se exprese en obras concretas de
compasión, de justicia, de entrega generosa a los demás.
Que, al
igual que ella, aprenda a reconocer tu presencia en cada persona que sufre, en
cada hermano que espera consuelo.
Te doy
gracias, Señor, por todas las mujeres y hombres que, en silencio, mantienen
viva la llama del Evangelio con su testimonio.
Que su
memoria inspire a la Iglesia a ser siempre fiel al amor primero, a servir con
alegría y a proclamar con esperanza que tu misericordia no tiene fin.
Y cuando
mi paso por este mundo termine, haz que quede, aunque sea una huella pequeña,
de amor, de fe y de entrega, como perfume derramado ante Ti. Amén.