Mostrando entradas con la etiqueta Exégesis. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Exégesis. Mostrar todas las entradas

miércoles, 31 de diciembre de 2025

Exégesis del Salmo 22

 SALMO 22

Sufrimiento y esperanza del justo[1]

1 Del maestro de coro. Sobre “la cierva de la aurora”. Salmo. De David.

2 ¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado? Estás lejos de mi queja, de mis gritos y gemidos.

3 Clamo de día, Dios mío, y no respondes, también de noche, sin ahorrar palabras

4 ¡Pero tú eres el Santo, entronizado en medio de la alabanza de Israel!

5 En ti confiaron nuestros padres, confiaron y tú los libraste;

6 a ti clamaron y se vieron libres, en ti confiaron sin tener que arrepentirse.

7 Yo en cambio soy un gusano, no hombre, soy afrenta del vulgo, asco del pueblo;

8 todos cuantos me ven de mí se mofan, tuercen los labios y menean la cabeza:

9 “Se confió a Yahvé, ¡pues que lo libre, que lo salve si tanto lo quiere!”.

10 Fuiste tú quien del vientre me sacó, a salvo me tuviste en los pechos de mi madre;

11 a ti me confiaron al salir del seno, desde el vientre materno tú eres mi Dios.

12 ¡No te alejes de mí, que la angustia está cerca, que no hay quien me socorra!

13 Novillos sin cuento me rodean, me acosan los toros de Basán;

14 me amenazan abriendo sus fauces, como león que desgarra y ruge.

15 Como agua me derramo, mis huesos se dislocan, mi corazón, como cera, se funde en mis entrañas

16 Mi paladar está seco como teja y mi lengua pegada a mi garganta: tú me sumes en el polvo de la muerte.

17 Perros sin cuento me rodean, una banda de malvados de acorrala; mis manos y mis pies vacilan,

18 puedo contar mis huesos. Ellos me miran y remiran,

19 reparten entre sí mi ropa y se echan a suertes mi túnica.

20 Pero tú, Yahvé, no te alejes corre en mi ayuda, fuerza mía,

21 libra mi vida de la espada, mi persona de las garras de los perros;

22 sálvame de las fauces del león, mi pobre ser de los cuernos del búfalo.

23 Contaré tu fama a mis hermanos, reunido en asamblea te alabaré:

24 “Los que estáis por Yahvé, alabadlo, estirpe de Jacob, respetadlo, temedlo, estirpe de Israel.

25 Que no desprecia ni le da asco la desgracia del desgraciado; no le oculta su rostro, le escucha cuando pide auxilio”.

26 Tú inspiras mi alabanza en plena asamblea, cumpliré mis votos ante sus fieles.

27 Los pobres comerán, hartos quedarán, los que buscan a Yahvé lo alabarán: “¡Viva por siempre vuestro corazón!”.

28 Se acordarán, volverán a Yahvé todos los confines de la tierra; se postrarán en su presencia todas las familias de los pueblos.

29 Porque de Yahvé es el reino, es quien gobierna a los pueblos.

30 Ante él se postrarán los que duermen en la tierra, ante él se humillarán los que bajan al polvo. Y para aquel que ya no viva

31 su descendencia le servirá: hablará del Señor a la edad 32 venidera, contará su justicia al pueblo por nacer: “Así actuó el Señor”.

1.     Introducción[2]

El Salmo 22 presenta uno de los testimonios más intensos del sufrimiento humano en toda la literatura bíblica. En su primera parte (vv. 2–22), el yo poético aparece completamente agobiado: cercado por enemigos, debilitado por dolores, enfermo de muerte y experimentando la angustia suprema del silencio de Dios. Aunque sabe que pertenece a una tradición en la que Dios escucha el clamor de sus fieles, él se percibe como “antihistoria”: clama como sus antepasados, pero no recibe respuesta. La distancia entre Dios y el orante —«lejos de mi queja»— contrasta dramáticamente con la confesión insistente de su fe: «Dios mío», repetido tres veces. En medio de imágenes animales, acuáticas y de desintegración, el salmista se reconoce reducido a un “no-hombre”, objeto de burla y acoso.

A partir del v. 23, el salmo cambia radicalmente de tono. El lamento se transforma en una proclamación agradecida dirigida a la asamblea israelita. Ahora el centro es “el nombre” y la acción salvadora de Yahvé, quien no ha despreciado al humillado. El grito de muerte se vuelve grito de vida, y la experiencia personal de liberación se expande hasta abarcar a Israel, a todas las naciones e incluso a los muertos. El salmo culmina así en una visión universal en la que la cercanía divina sustituye a la soledad inicial y abre un horizonte de vida y esperanza.

Este movimiento —del abandono a la salvación, de la angustia extrema a la alabanza universal— convierte al Salmo 22 en una de las expresiones más profundas de la lucha contra la muerte y de la fe en la intervención vivificante de Dios.

2.     Género literario[3]

El Salmo 22 se inscribe plenamente en el género de la súplica individual, articulado en sus dos elementos clásicos: la petición de auxilio en la tribulación y la promesa de alabanza pública tras la liberación. La súplica se fundamenta en la descripción del sufrimiento extremo del orante y en la apelación a la identidad histórica y salvífica de Yahvé. Aunque la liberación es personal, el salmista se compromete a un agradecimiento comunitario y ritual.

Dentro del género, el poema destaca por su fuerte personalidad. Se trata de una súplica in extremis, nacida de repetidos clamores no escuchados, y expresada con extraordinaria urgencia e intensidad, combinando vigor retórico, imágenes hiperbólicas y descripciones que mezclan realismo y simbolismo. El orante no reconoce culpa alguna ni invoca castigos; más bien, su denuncia se expresa a través de la figura animalizada de los enemigos. La acción de gracias prevista ocupa una porción inusualmente amplia del salmo y aspira a una repercusión universal y duradera.

Por la fuerza de su dramatismo y por presentar a un inocente perseguido y luego salvado, este salmo ha ejercido una influencia decisiva en los relatos evangélicos de la pasión, y a su vez ha recibido de ellos una proyección interpretativa mayor. No obstante, el texto no debe vincularse a un individuo histórico concreto, sino que describe una situación humana típica, elaborada con un arte poético excepcional dentro del salterio.

3.     Estructura[4]

Respecto a la estructura de este salmo 22 hay diversas opiniones. Ahora presentamos el esquema de Aparicio (2005):

I.- Lamentación (vv. 2-22).

 Inicio: “¿por qué estás lejos?” (vv. 2-3).

 Primer movimiento: lejanía – cercanía (vv. 4-12).

 Segundo movimiento: animales y desmoronamiento físico (vv. 13-19).

 Final dramático: “no te alejes” (vv. 20-22).

 II.- Acción de gracias (vv. 23-27).

 Inicio: “anunciar – alabar” (v. 23).

 Enseñanza a la asamblea (vv. 24-25).

 Alabanza de un solista (v. 26).

 Final: “comer – alabar” (v. 27).

 III.- Himno a Yahvé, rey del universo (vv. 28-32).

 La realeza de Yahvé (v. 29).

           Cántico universal a Yahvé, rey (vv. 28.30-32).

            Por su parte, Alonso (1992)[5] propone un esquema bipartito para el Salmo 22, organizado en torno a elementos formales y repetitivos. El esquema puede resumirse así:

1. Primera parte: vv. 2–22 (Lamento y súplica)

Caracterizada por la repetición del término “lejos” en los vv. 2, 12 y 20, ubicados al inicio, en el centro y al final de esta sección.

Esta parte se estructura en tres momentos:

a) Primer “lejos” (v. 2) – Enunciativo

Le sigue una motivación contrastiva que recuerda lo que Dios fue para:

los antepasados (vv. 4–6), y para el orante en su infancia (vv. 7–11). 

b) Segundo “lejos” (v. 12) – Imperativo negativo

«No te quedes lejos».

Le sigue una descripción amplia del sufrimiento:

El enemigo: vv. 13–14, 17, 18b, 19 El orante: vv. 15–16, 18a 

Aquí también aparece la raíz “ayuda” en los vv. 12 y 20, reforzando la cohesión literaria.

c) Tercer “lejos” (v. 20) – Paralelo al segundo

Funciona como recapitulación de la súplica, acentuando nuevamente el poder del enemigo. Se introducen los verbos clásicos de liberación.

2. Segunda parte: vv. 23–31 (Acción de gracias y alabanza futura)

Empieza abruptamente en el v. 23 con un verbo que también aparece al final en v. 31b (narrar/contar), formando una inclusio que delimita claramente esta sección.

Aquí se desarrolla la alabanza futura y su expansión hacia:

la comunidad de Israel (“descendencia de Jacob e Israel”, v. 24), los pobres (v. 26), las naciones (vv. 28–29), y hasta “los que bajan al polvo”, es decir, los que están al borde de la muerte. 

Se observa además la repetición de la raíz “alabar” en:

v. 4 (primera parte), vv. 23, 24, 26, 27 (segunda parte). 

Esto muestra que la alabanza del pueblo antiguo se proyecta al futuro del orante, quien se integra a la tradición histórica de Israel.

4.     Exégesis[6]

El cántico de oración (v. 2-22) comienza con un repetido e insistente clamor: ¡Dios mío, Dios mío! La repetición de la invocación es señal de lo profunda que es la aflicción desde la cual el orante lanza su grito a Dios. A pesar de todo, la persona que se lamenta cree firmemente: Yahvé es «mi Dios»; ¡tengo derecho a esperar de él ayuda y salvación! El clamor atestigua que la persona ha asimilado y hecho suya la promesa del pacto, la promesa de salvación, dada a Israel.

El gravísimo e insondable sufrimiento de sentirse lejos de Dios y abandonado por él se expresa en la lamentación con un «¿por qué?» que sirve de introducción. El Dios de quien se tiene derecho a esperar ayuda y salvación es el Dios oculto y lejano (Jr 23,23). En densa yuxtaposición se hallan la invocación, llena de confianza, y el clamor desesperado “¿por qué me has abandonado?”. En el sufrimiento arquetípico del abandono por parte de Dios, aquel que se lamenta se aferra a «su Dios». Yahvé está lejos de la lamentación y del clamor del orante. En el verbo que designa el rugido del león (Is 5,29), se expresa de la manera más sombría el dolor extremo del sufrimiento. En esa profundísima aflicción de sentir se abandonado por Dios se vio sumido Cristo crucificado (Mt 27,46; Mc 15,34).

El v. 3 habla de incesante clamor y lamentación. El sufrimiento se extiende por un largo período de tiempo. Yahvé no responde. En eso consiste precisamente toda la amargura del abandono. Pero el que se lamenta no renuncia a Dios (Job 2,9). Se mantiene aferrado a «su Dios» y no calla.

El firme apoyo de la confianza, expresada en el clamor es el constante despliegue de poder y de actividad salvadora que ha hecho Yahvé en Israel (v. 4-6). Yahvé sigue siendo, inmutablemente, el mismo Dios. Está sentado en su trono como el Santo. La expresión “¡tú estás sentado en el trono como el Santo!” nos recuerda la de (Sal 99,1; 80,2), nos recuerda a aquel que tiene su trono en Sión (Sal 99,3; Is 6,3; 57,15). Yahvé está circundado de la acción de gracias y la alabanza de Israel. Yahvé es la causa, el objeto y la quintaesencia; y lo es, precisamente, porque los que confían están experimentando incesantemente, en demostraciones concretas de ayuda y salvación, el poder de Dios (v. 5). El verbo “confiar” arroja luz sobre la intención del lamento.

Está bien claro el sentido de las afirmaciones formuladas en los v. 4-6: el orante, en su lamentación, se consuela con el hecho de que Yahvé ha ayudado hasta ahora a quienes confiaban en él. La experiencia que Israel tiene de salvación (v. 4) es el consuelo del individuo. El poder de Yahvé se demostró cumplidamente en sus relaciones con los padres, y la persona que sufre se consuela con este hecho. Y, sin embargo, todo depende de la actitud que desencadena el poder salvador que se halla inmutablemente presente, actitud que significa: clamar de día y de noche, no cesar jamás (v. 3 y 6).

En el v. 7 el que se lamenta señala el hecho de que su vida 7-9 ha quedado desquiciada y que su dignidad humana está pisotea da en el polvo “he perdido toda semejanza con los hombres” (cf. Is 52,14; 53,3). Me parezco a un gusano que se arrastra por el polvo (a propósito de esta imagen, cf. Job 25,6; Is 41,14). A una persona así, humillada y desfigurada, la atacan inmediatamente los «enemigos». El escarnio y el oprobio ponen su sello de ignominia sobre aquella humillación y afirman que el que sufre está separado de Dios. “Menean la cabeza” significa un gesto de burla y escarnio (Sal 44,15; 64,9). El consejo mordaz de los «enemigos» se menciona luego en el lamento: ¡Que ponga su aflicción en manos de Yahvé! ¡Él le salvará de esa situación desesperada! ¿Acaso no le mira con simpatía? Esta recomendación de mordaz ironía nos hace escuchar en el fondo la idea de que: ¡Ayude Yahvé a quien se jacta de que Dios se complace en él!

Lo mismo que en los v. 4-6, el orante que entona la lamentación busca ahora apoyo en los v. 10.11. En el v. 10 se expresa la confianza: Tú me concediste graciosamente la vida. Y en el v. 11 esta afirmación se confirma con la viva certeza: Desde el instante mismo en que nací, mi vida se halla en tus manos. Sería concebible que en estas declaraciones del orante se escucharan prerrogativas reales, concedidas al ser «adoptado» el soberano como el «hijo de Dios». Lo que sucede es que el orante, en sus palabras que expresan confianza, adopta concepciones inspiradas en la manera en que el rey habla de su propia salvación.

En todo caso, las lamentaciones de los v. 2-11, interrumpidas dos veces por expresiones de confianza (v. 4-6 y 10-11), terminan en el v. 12 con una ardiente petición: ¡Quiera el «Dios lejano» (v. 2) poner fin al abandono de Dios en que se encuentra su siervo! La aflicción se halla cerca del orante y es como una fuerza independiente. ¡No hay nadie que pueda ayudar (con excepción de Yahvé)!

En el v. 13 comienza la descripción de esa «aflicción que está cerca» (v. 12). Y la descripción se hace por medio de imágenes y palabras simbólicas. «Toros» y «fuertes de Basán» rodean al que sufre. La expresión “fuertes de Basán” se refiere probablemente a una ganadería de toros de especial bravura que se criaban en Basán (cf. Am 4,1; Dt 32,14). Las comparaciones con las bestias no tenían nada ofensivo para la sensibilidad del mundo antiguo. Lejos de eso, el poeta, al hacer una comparación de esta clase, quiere darnos a entender únicamente que se trata de personas poderosas y principales, cuyo furor es muy de temer.

El v. 14 debe entenderse como mezcla de los más variados tipos de imágenes. Los poderes peligrosos abren amenazadoramente sus fauces; como leones, dando rugidos y zarpazos, se acercan al que sufre. Los v. 13.14 se refieren probablemente a demonios de enfermedades, como lo sugieren los v. 15s, que vienen a continuación. Los dos versículos 15 y 16 visualizan la agonía: el cuerpo se agota y se deshace bajo el ardor de la fiebre. El perfecto con sentido de presente describe el proceso con drásticas imágenes: «como agua» (cf. Jos 7,5; Ez 7,17; 21,12), «como cera» (cf. Dt 20,8; 2 Sam 17,10). Lo exterior y lo interior «se derriten». El ardor de la fiebre reseca la cavidad bucal (cf. el Sal 69,4). El que sufre se halla en el umbral mismo de la muerte.

Como una jauría de perros salvajes, “la cuadrilla de malhechores” rodea al que sufre y le ata de manos y pies. Los poderes demoníacos nos revelan de nuevo el rostro humano de los escarnecedores (v. 8.9). Caen sobre el que está enfermo de muerte. Por desgracia, el texto se halla defectuoso en este pasaje. No sabemos si lo de “me atan de manos y pies” representa una metáfora o un acontecimiento real. El que sufre ¿fue quizás apresado como trasgresor de los mandamientos de Dios? (Sal107, 10ss).

Los v. 18 y 19 nos indican que el que sufre fue despojado de sus vestiduras. Yace ahora, postrado y enflaquecido por la enfermedad y el sufrimiento (cf. Sal 102,6; Job 19,20; 33,21). Los malvados le miran con sorna. Se han apoderado de las vestiduras del moribundo encadenado y se las reparten echando suertes. A la persona marcada por el juicio de Dios, se le arrebata lo último. Lo de echar suertes sobre sus vestiduras le está diciendo al afligido: ¡Ya has muerto para nosotros! (Eclo 14,15). En un canto de Mesopotamia se dice: «Estaba abierto el féretro y cada uno se llevaba lo que le parecía bien de mis cosas preciosas; aun antes de que yo estuviera muerto, ya se había terminado la lamentación fúnebre».

En este punto en que se alcanza la máxima aflicción, escuchamos de nuevo (como en el v. 12) la petición dirigida a Yahvé de que no se quede lejos, que acuda pronto a socorrer a aquel desgraciado. La petición se extiende a lo largo de tres versículos (v. 20-22). “La espada” es, seguramente, una imagen del poder de la muerte (Sal 37,14), mientras que “perro” hace referencia al v. 17. En el fondo, el individuo que se lamenta pide que se le rescate de la mano de los poderes demoníacos que le separan de Dios. “León”, en el v. 22, hace referencia al v. 14.

La notable exclamación “¡Tú me has oído!” se halla entre las dos partes principales del salmo. Sirve de enlace entre la lamentación y el cántico de acción de gracias y de alabanza, que sigue ahora en los v. 23ss. Con una sola palabra el cantor declara: Yahvé me ha escuchado. La transición del lamento a la acción de gracias, que en algunos salmos es abrupta, se halla marcada en el Sal 22. Con ella se pone fin a la afirmación que se hacía en el v. 3 “no respondes”. Habrá que suponer que Yahvé, mediante un «oráculo de salvación», dio respuesta y concedió salvación al afligido que se lamentaba (Sal 107,20). Cuando las personas experimentan tal ayuda, «deben dar gracias a Yahvé» (Sal 107,21s). Aquí se halla claramente marcada la transición a los v. 23ss.

Las palabras “anunciaré tu nombre a mis hermanos” no son la fórmula de un voto que haga, en medio de su dolor, la persona que se lamenta, sino que son ya el comienzo del cántico de acción de gracias y de alabanza (Sal 66,16; 109,30; 107,32).

El cantor menciona el poder de Yahvé como el único tema de su cántico en presencia de la comunidad en adoración. El poder presente de Yahvé (cf. el comentario de Sal 20,2.6.8). Los oyentes del cántico son los que participan en la asamblea de culto de la comunidad de Israel (v. 4).

A todos los que han experimentado la realidad de Yahvé “los que teméis a Yahvé” se les invita a unir su voz a ese himno de alabanza. A este respecto, las construcciones en estado constructo “descendientes de Jacob” y “simiente de Israel” significan que se invita a la alabanza a todo el “verdadero Israel”. El v. 24b acentúa el estremecimiento ante el milagro en el que Yahvé manifiesta su presencia.

En el v. 25 se expresa el milagro de la salvación. Yahvé no ha menospreciado la aflicción del “pobre”. El que sufre se cuenta entre los “pobres”. A propósito de “no ha escondido de él su rostro”, podríamos preguntamos si, en el oráculo de salvación v. 22, una teofanía desempeñó también un papel auxiliar. En el v. 25b, la exclamación se expresa con las siguientes palabras “cuando él clamaba, le oyó”.

En sus actuaciones, Yahvé es un Dios que conduce a que se entonen alabanzas en su honor. A las obras de Yahvé, el hombre no puede responder sino con alabanza. La «gran asamblea» de la comunidad que se reúne con ocasión de las grandes fiestas del año. Con este motivo «se cumplen los votos». En medio de su aflicción, el que sufre promete ofrecer sacrificios (Lev 7,15-21) y dar gracias en los atrios del templo. «Semejante voto ofrecido en medio de la aflicción se entendería de manera totalmente errónea, si creyéramos que era una especie de negociación con Dios en el sentido de: 'Tú me das y yo te retribuyo'. No, sino que lo que se quiere expresar es que las relaciones entre el que ora ardientemente a Dios y Dios no terminan con el hecho de que Dios haya concedido la salvación, sino que continuarán después de experimentada la salvación, de tal manera que el que ha sido salvado proclame ante sus hermanos la salvación de que ha sido objeto».

Habrá que suponer probablemente que el cántico de alabanza 27 y de acción de gracias (v. 23-32) se entonaba probablemente con ocasión de un banquete sacrificial destinado a los pobres. Por lo menos, ésa es una buena manera de entender el v. 27. Los “pobres”, entre los que se cuenta el orante de nuestro salmo (v. 25), deben comer hasta saciarse. Ahora bien, este deseo-según el v. 27b- tiene un significado supremo: ¡Que los pobres experimenten la plenitud de vida que hay en todo momento en la cercanía de Dios!

Si ahora, en los v. 28s, se invita a todos «los confines de la tierra» y a «todos los linajes de los pueblos» a que entiendan, se conviertan y rindan homenaje, no se trata de una intensificación entusiástica del himno, sino de las tradiciones del culto de Jerusalén. El Dios que tiene su trono en Sión es el Creador y Señor del mundo entero. Ante esta realidad, válida en todos los tiempos, las naciones deben «reflexionar» y «convertirse». “Se postrarán” contiene la idea del homenaje rendido por los pueblos. Sobre todo, en el v. 29 aparece con claridad la relación con las tradiciones cultuales de Jerusalén. A Yahvé se le adora en Sión. Yahvé es el Señor del universo. Por eso, todos los pueblos tienen que tributarle alabanza.

Aun los muertos tienen que rendirle también ese gran homenaje. Esto es tanto más asombroso, cuanto más nos damos cuenta de que, según otros pasajes del antiguo testamento, existe una barrera infranqueable: los muertos no tienen ninguna conexión con Yahvé; los muertos no le alaban (cf. Sal 6,6; 88,11-13). El “Sheol” es un lugar muy alejado del culto. Pero ahora la barrera ha quedado rota. Aun los que duermen en la tierra.  (Dan 12,2) quedan incluidos en ese homenaje que se rinde a Yahvé.

En el v. 31 se da especial realce a los descendientes del que ha sido salvado. Estos deben servir a Yahvé. “Simiente” denota, como en el v. 24, la participación inmediata en la acción salvadora llevada a cabo por Dios. Se formará-nos asegura el salmista- una cadena irrompible de tradición, que trasmitirá a las generaciones venideras la noticia sobre las acciones salvadoras de Yahvé y que las proclame a las personas que todavía no han nacido. Mediante la trasmisión de la noticia sobre las grandes hazañas de Dios, las generaciones futuras herederán la certeza que el orante del Sal 32 expresaba en los v. 4-6.

5.     Lectura cristiana

Benedicto[7] XVI presenta el Salmo 22 como una de las oraciones más profundas y teológicamente ricas del Salterio, con un fuerte carácter cristológico, ya que aparece constantemente en los relatos de la pasión de Jesús. El salmo articula dos dimensiones inseparables: humillación y gloria, muerte y vida, y expresa la oración de un inocente perseguido cuya súplica se abre finalmente a la alabanza.

El papa subraya que el salmo alterna entre la realidad angustiosa del presente y la memoria consoladora de la acción de Dios en el pasado. El grito inicial, «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?», expresa el dolor por el silencio divino, pero también una radical confianza, pues el orante sigue llamando a Dios «mi Dios». Este mismo verso, citado por Jesús en la cruz, manifiesta que Cristo asume el sufrimiento humano hasta su extremo, pero no desde la desesperación, sino desde una fe que mira hacia la gloria.

El salmista evoca la fidelidad histórica de Dios con Israel y con su propia vida desde el nacimiento, lo que sostiene su esperanza aun en la situación presente de burla, agresión y aparente abandono. Las imágenes de los enemigos como fieras y de su propio cuerpo desmoronado acentúan la gravedad del peligro y evocan, proféticamente, escenas de la pasión de Cristo: la sed, el reparto de las vestiduras, el cerco hostil.

En el momento más oscuro surge la súplica decisiva: «Tú, Señor… ven en mi ayuda». Este clamor abre el paso a la intervención salvadora de Dios y transforma el lamento en alabanza: «Tú me has dado respuesta». La segunda parte del salmo se convierte así en un himno de acción de gracias que incluye al pueblo entero, a las generaciones futuras y a todas las naciones, proclamando la universalidad de la salvación.

Benedicto XVI concluye que el salmo conduce al creyente al misterio pascual: del Gólgota a la resurrección. Invita a leer la propia vida a la luz del camino de Cristo, descubriendo que incluso en el silencio y la aparente ausencia de Dios, la fe puede transformar el sufrimiento en esperanza y el grito de auxilio en canto de alabanza.

Tras mostrar cómo el Salmo 22 ilumina espiritualmente la pasión de Cristo, conviene situarlo dentro del conjunto de salmos que los evangelistas aplican al relato de la muerte de Jesús. Llama la atención, en primer lugar, la abundancia de referencias salmódicas en los relatos de la pasión: cerca de una veintena de citas o alusiones a unos diez salmos, concentradas sobre todo en los capítulos que narran la crucifixión y la muerte del Señor. Entre todos ellos, destacan de manera especial dos salmos: el Salmo 22 y el Salmo 69, utilizados masivamente para describir el misterio del Crucificado.

En el ciclo narrativo de la crucifixión, el Salmo 22 ocupa un lugar privilegiado. Todos los evangelistas —los tres sinópticos y también Juan— citan un mismo versículo del salmo (v. 19): «Se reparten mi ropa, se sortean mi túnica», viendo en él la clave para interpretar el gesto de los soldados al pie de la cruz. Del mismo modo, los evangelistas recogen diversas alusiones al versículo 8, que describe las burlas y gestos de desprecio hacia el inocente sufriente; Lucas destaca las mofas de los jefes, mientras que Marcos y Mateo evocan los meneos de cabeza de la multitud. Estos mismos evangelistas incorporan otra cita explícita del salmo (v. 9) en las palabras sarcásticas de quienes se burlan de Jesús: «Acudió al Señor; que lo ponga a salvo, si tanto lo quiere».

Pero la referencia más profunda al Salmo 22 se encuentra en los labios del propio Jesús. En Marcos y Mateo, su última palabra en la cruz es precisamente el verso inicial del salmo: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?», revelando que Jesús asume enteramente la oración del justo sufriente y la lleva a su pleno cumplimiento. Incluso la expresión «tengo sed» (Jn 19, 28) puede leerse como eco de este mismo salmo o del Salmo 69.

Así, los relatos de la pasión muestran cómo la Iglesia primitiva reconoció en el Salmo 22 —y en otros salmos del justo oprimido— la clave profética y teológica para comprender la muerte de Jesús, integrando sus padecimientos en la tradición bíblica del inocente perseguido cuya confianza inquebrantable en Dios abre el camino hacia la victoria pascual[8].

6.     Aplicación pastoral

Nuestra piedad cristiana conserva muy viva la imagen del salmo 22, pues en él reconocemos una de las siete palabras de Cristo en la cruz. Aquel “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” dirige inmediatamente nuestra mente al suplicio del Calvario, al sufrimiento del Justo y del Pobre por excelencia: Jesucristo. En la tarde del Viernes Santo, cuando los templos se llenan de fieles para la Meditación de las Siete Palabras, la cuarta de ellas resuena como un clamor profundamente humano y, al mismo tiempo, como una expresión de total confianza del Hijo en el Padre. De ahí que la interpretación unánime de la Iglesia reconozca en el salmo 22 un canto de confianza plena en el Señor.

Este salmo, que la Iglesia reza íntegro en la Liturgia de las Horas en la Hora Intermedia de los viernes de la tercera semana del salterio (bajo la numeración del Salmo 21), es a la vez un verdadero puente entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. El Señor Jesús ora con palabras que el pueblo de Israel conocía desde siglos atrás. Al pronunciarlas desde la cruz, no improvisa su testamento final, sino que hace suyo el clamor del justo sufriente y lo lleva a su pleno cumplimiento. Jesús no cita simplemente un lamento veterotestamentario: toma un salmo entero, que comienza en el desconsuelo y culmina en la más profunda confianza y alabanza por las obras de Dios.

Con este horizonte, el salmo 22 nos presenta con total claridad el clamor del abandono y la experiencia profundamente humana del sufrimiento. El salmista —y, más tarde, Jesús— pregunta angustiado: “¿por qué?”. Es la misma pregunta que brota del corazón del enfermo, del que se siente solo, del que ha fracasado o ha sido humillado. El hombre, herido por la vida, primero se interroga a sí mismo y luego dirige su pregunta hacia Dios. Cuando Jesús sufre y pronuncia ese mismo “¿por qué?”, se solidariza plenamente con todo dolor humano, porque Él mismo fue pobre, abandonado, sin apariencia atrayente, considerado por muchos un fracaso. Y, sin embargo, incluso en ese interrogante, la fe —don y virtud infundida por Dios— no elimina la pregunta, sino que la sostiene. Quien se atreve a preguntar a Dios lo hace porque, en el fondo, cree que Él escucha y que, aunque no sea inmediata, existe una respuesta.

Como se ha dicho, la confianza en Dios es la columna vertebral de este salmo. No concluye en la oscuridad ni en la muerte; por el contrario, avanza hacia la certeza de que Dios escucha, de que no abandona, y de que actúa ofreciendo salvación y liberación. En su estructura interior aparece un verdadero movimiento espiritual: del abandono a la esperanza, del gemido al canto. A este dinamismo está llamado todo ser humano, y solo se recorre plenamente cuando se aprende a entregarse con total confianza en el Señor. Este salmo, entonces, nos enseña oportunamente a rezar en la prueba siguiendo el mismo ritmo espiritual de Jesús en la cruz.

Ya mencionábamos que este salmo permanece vivo en la mente de los fieles durante la liturgia del Viernes Santo. La Iglesia lo propone como una interpretación viva del misterio de la cruz, invitándonos a no caer en la desesperación, sino a perseverar en la oración, especialmente cuando la calamidad y el dolor nos alcanzan. En este día santo, el silencio litúrgico, el clima de recogimiento y el tono espiritual que mezcla luto y esperanza en la resurrección se convierten en criterios cristianos para afrontar la prueba. Así, el salmo 22 y la celebración del Viernes Santo nos conducen juntos a contemplar la cruz desde la fe en la resurrección.

Cristo, el pobre y el justo, sufre siendo inocente; y este sufrimiento revela, al mismo tiempo, la gravedad del mal y la inmensidad del amor de Dios. Nadie le quita la vida al Señor: Él la entrega libremente, en perfecta unión con la voluntad del Padre del cielo. Por eso, cuando cualquiera de nosotros padece injustamente, puede contemplarse reflejado en Cristo y encontrar en Él un sentido para su dolor. De este modo, puede orar con el salmo 22, elevando a Dios el mismo grito que pregunta “¿por qué?”, pero que, a la vez, espera la respuesta con la confianza de que Dios no abandona y librará del mal.

Así, el sufrimiento está llamado a transformarse en misión. Este salmo —como el misterio pascual— transita del dolor a la proclamación de las maravillas de Dios. Del sufrimiento de Cristo brota la salvación para todos: Dios salva muriendo, una verdad inmensa que la fe contempla con asombro. Por eso, el fiel que sufre está invitado, como recuerda san Pablo, a “completar en su carne lo que falta a los padecimientos de Cristo”, ofreciendo sus dolores por los demás: por los enfermos, por los alejados, y por tantas necesidades que claman en nuestro mundo

Finalmente, el salmo 22 culmina con una marcada dimensión comunitaria: el sufrimiento expresado al inicio se convierte, al final, en una proclamación ante la asamblea. No se trata solo de un dolor individual, sino de una experiencia que encuentra eco en la comunidad creyente. La Iglesia, pobre y para los pobres, acompaña siempre a quienes sufren; por eso, nadie está solo en su propio “Viernes Santo”. De ningún hijo de Dios puede decirse que está abandonado, porque la comunidad de fe sostiene, abraza y anuncia que Dios permanece siempre a su lado.

7.     Bibliografía

  ÁNGEL APARICIO RODRÍGUEZ, cmf, (2005), SALMOS 1-41, Comentarios a la Nueva Biblia de Jerusalén, Desclée de Brouwer.

  BENEDICTO XVI, AUDIENCIA GENERAL, Sala Pablo VI, Miércoles 14 de septiembre de 2011.

BIBLIA DE JERUSALÉN, (2019), Desclée de Brouwer.

  HANS-JOACHIM KRAUS, (1993), LOS SALMOS Sal 1-59 vol. I, Sígueme.

  LUIS ALONSO SCHOKEL y CECILIA CARNITI, (1992), (Salmos 1-72) Traducción, introducciones y comentario, Verbo Divino.

  MICHEL GOURGUES, (1980), Los salmos y Jesús. Jesús y los salmos, Verbo Divino.

[1] BIBLIA DE JERUSALÉN, (2019), Desclée de Brouwer, pp. 737-739.

[2] ÁNGEL APARICIO RODRÍGUEZ, cmf, (2005), SALMOS 1-41, Comentarios a la Nueva Biblia de Jerusalén, Desclée de Brouwer, pp. 215-216.

[3] LUIS ALONSO SCHOKEL y CECILIA CARNITI, (1992), (Salmos 1-72) Traducción, introducciones y comentario, Verbo Divino, pp. 369-370.

[4] ÁNGEL APARICIO RODRÍGUEZ, cmf, (2005), SALMOS 1-41, Comentarios a la Nueva Biblia de Jerusalén, Desclée de Brouwer, p. 217.

[5] Páginas 370-371.

[6] HANS-JOACHIM KRAUS, (1993), LOS SALMOS Sal 1-59 vol. I, Sígueme, pp. 415-424.

[7] BENEDICTO XVI, AUDIENCIA GENERAL, Sala Pablo VI, Miércoles 14 de septiembre de 2011.

[8] MICHEL GOURGUES, (1980), Los salmos y Jesús. Jesús y los salmos, Verbo Divino, p. 24.

martes, 1 de julio de 2025

Los seis Herodes del Nuevo Testamento (a propósito de una corrección fraterna)

Ἡρώδης

En la solemnidad de los santos Pedro y Pablo, me correspondió presidir la Celebración de la Palabra en la capilla de Miraflores, perteneciente a la parroquia de Pilcomayo. Durante la reflexión sobre las lecturas del día, cometí una imprecisión cronológica al referirme al Herodes mencionado en la primera lectura, la cual narraba la prisión de Pedro y su milagrosa liberación. Identifiqué erróneamente a este Herodes —Herodes Agripa I, también llamado el Mayor— con Herodes Antipas, su antecesor.

La confusión no pasó desapercibida. Para mi fortuna, al finalizar la celebración, uno de los asistentes se me acercó para aclarar el asunto, gesto que recibí con profunda gratitud como una auténtica corrección fraterna. Se trataba de un hermano exseminarista y docente licenciado en Teología, quien, con gran caridad, quiso invitarme —con su actitud y palabras— a preparar mejor las reflexiones o, al menos, a evitar afirmar con seguridad aquello de lo que no se tiene certeza. Al menos, ese fue el mensaje que yo recogí.

Como remedio a mi lapsus, me propongo ahora ofrecer una breve explicación sobre los Herodes que aparecen en el Nuevo Testamento, limitándome únicamente a aquellos que tienen referencia directa en los textos bíblicos[1].

Estos seis monarcas hebreos homónimos eran originarios de Idumea —aunque no todos habían nacido allí— y practicaban el judaísmo, aunque su fidelidad política se inclinaba claramente hacia el Imperio romano. Dependientes del poder imperial, enviaban a sus hijos a formarse en Roma y erigieron ciudades en honor de sus protectores, como Cesarea, Sebaste y Tiberíades, entre otras.

1.  Herodes el Grande:

Fundador de la última dinastía judía, fue rey de Judea desde el año 37 hasta el 4 a.C. Hijo de Antípatro, procurador de Judea designado por Julio César, Herodes fue reconocido por Roma como “monarca aliado”, lo que le otorgaba autonomía administrativa en su reino. Gobernó un amplio territorio que incluía Idumea, Judea, Samaria, Galilea, Perea y regiones al noreste del Jordán. A él se le atribuye la tristemente célebre matanza de los inocentes (Mt 2,13-18), así como el ambicioso proyecto de reconstrucción del Templo de Jerusalén, iniciado en el año 20 a.C.

 

2.  Herodes Felipe I o simplemente Filipo:

Hijo de Herodes el Grande, es mencionado en los evangelios de Marcos (6,17) y Mateo (14,3) como el primer esposo de Herodías, quien era hija de su medio hermano Aristóbulo. Herodías lo abandonó para unirse a Herodes Antipas. A diferencia de otros hijos de Herodes el Grande, Felipe I no ejerció ningún cargo de gobierno, pues fue desheredado.

 

3.  Herodes Antipas:

Hijo de Herodes el Grande y de Maltace, fue hermano menor de Arquelao (cf. Mt 2,22) y gobernó como tetrarca sobre Galilea y Perea, según señala Lucas (3,1.19). Convivió escandalosamente con su sobrina Herodías, quien era esposa de su hermanastro Herodes Felipe I. Fundó la ciudad de Tiberíades. Casi todo su gobierno coincidió con la vida pública de Jesús. Es recordado por diversos episodios evangélicos: fue llamado “zorro” por Jesús (Lc 13,32), se encontraba en Jerusalén como peregrino durante la Pascua (Lc 23,7), mandó decapitar a Juan el Bautista (Mc 6,27), creyó que Jesús era Juan resucitado (Lc 9,7-9), y finalmente, tuvo un breve encuentro con el Señor durante su pasión (Lc 23,8).

 

4.  Herodes Felipe II:

También hijo de Herodes el Grande, fue nombrado tetrarca de los territorios situados al este del Jordán, función en la que es mencionado por Lucas (3,1). Se le reconoce como el reconstructor de Cesarea de Filipo, ciudad edificada en honor del emperador romano y destinada a servir como centro administrativo de su región.

 

5.  Herodes Agripa I o el Mayor:

Hijo de Aristóbulo y nieto de Herodes el Grande, fue nombrado tetrarca de Galilea y Perea, y más tarde obtuvo el título de rey sobre un territorio casi tan extenso como el de su abuelo. Es recordado en los Hechos de los Apóstoles por haber hecho decapitar a Santiago, el hermano de Juan (Hch 12,2), y por haber mandado encarcelar a Pedro (Hch 12,3). Murió repentinamente en el año 44 d.C., según el relato lucano, “comido por gusanos” tras aceptar honores divinos (Hch 12,23). Tres de sus hijos son mencionados en el Nuevo Testamento: Agripa II, Berenice y Drusila.

 

6.  Herodes Agripa II o el Menor:

Hijo de Herodes Agripa I, nació en Roma en el año 27 d.C. Fue el último representante de la dinastía herodiana en ejercer alguna autoridad. Aparece en los Hechos de los Apóstoles como oyente de la defensa de san Pablo ante el procurador Festo, en Cesarea (Hch 25,13; 26,32). Se le atribuye la conclusión de las obras del Templo iniciado por su abuelo, Herodes el Grande. Con él se extinguió la línea judía de la casa de Herodes.

Esta breve exposición ha querido ser una modesta reparación del desliz cometido durante la reflexión litúrgica del 29 de junio. La confusión entre Herodes Agripa I —el rey responsable de la prisión del apóstol Pedro, según Hechos 12— y Herodes Antipas —tetrarca de Galilea en tiempos de Jesús— fue fruto de una simplificación apresurada y no de una contradicción doctrinal. Aunque ambos personajes pertenecen a la misma familia herodiana, vivieron en momentos distintos y ejercieron funciones diversas. Reconocer este error no solo me permite crecer en humildad, sino también reafirmar la importancia de una interpretación bíblica seria, contextualizada y bien informada.

Este episodio me ha recordado que el estudio de la Sagrada Escritura no se agota nunca y que nuestra tarea como predicadores y agentes de pastoral exige una constante actitud de aprendizaje. La Biblia no es un libro cualquiera: es Palabra viva de Dios, cuyo mensaje se nos desvela progresivamente, en la medida en que nos acercamos a ella con fe, responsabilidad y amor. Que este sencillo repaso a los Herodes del Nuevo Testamento sirva de aliento para todos los que desean conocer mejor la historia de la salvación y comunicarla con verdad, claridad y fidelidad evangélica.


[1] Nelson, W. (1974), Diccionario Ilustrado de la Biblia, Editorial Caribe, pp. 277-280.

miércoles, 19 de marzo de 2025

Exégesis de la Segunda Carta de san Juan (1-13)

“que caminéis en el amor”

INTRODUCCIÓN:

El Presbítero, con entrañable solicitud pastoral, se dirige a una de sus queridas Iglesias del Asia Menor (2 Jn). Con tono paternal y lleno de afecto, saluda a la comunidad encarnada en la figura simbólica de la “Señora Elegida y sus hijos” (v. 1). Su mensaje, breve pero denso en contenido espiritual, gira en torno a dos ejes fundamentales: el mandamiento del amor (vv. 4-6) y la fidelidad a la verdad revelada en Jesucristo hecho carne (vv. 7-11).

La opinión tradicional ha identificado al autor de esta epístola con Juan[1], el Anciano que escribe como quien acompaña de cerca a sus hijos en la fe, incluso a la distancia. Los exhorta a permanecer firmes en el mandamiento que han recibido “desde el principio” (v. 5), a perseverar en el amor fraterno, y al mismo tiempo, los previene contra los falsos maestros —los anticristos— que niegan que Jesucristo ha venido en la carne (v. 7). Esta negación es una herejía doctrinal y constituye una ruptura con el corazón mismo del Evangelio encarnado.

No habla como teólogo abstracto, sino como testigo privilegiado: el discípulo amado, aquel que estuvo junto al Señor en la Última Cena, que se recostó en su pecho y escuchó los latidos del Verbo hecho carne (Jn 13,25). Desde esa intimidad con Cristo, el autor transmite con autoridad y ternura su llamado a vivir en la verdad y en el amor. Y al concluir, expresa su deseo de no limitarse a escribir con tinta y papel, sino de acudir en persona a la comunidad, para que “nuestro gozo sea completo” (v. 12).

Esta breve carta (2 Jn), con solo 13 versículos, es el libro más breve de la Biblia y una joya de la literatura joánica que condensa con fuerza y sencillez las grandes temáticas del Evangelio: amor, verdad, fidelidad y comunión. En esta exégesis nos proponemos desentrañar su riqueza teológica y pastoral, acogiendo su mensaje como palabra viva también para nuestras comunidades de hoy.

 

PROFUNDIZACIÓN:

El texto elegido 2 Jn 1-13 en griego koiné[2] y castellano:

Para el desarrollo del presente trabajo exegético se utilizará la Biblia de Jerusalén, en su quinta edición completamente revisada, publicada por la editorial Desclée de Brouwer y aprobada por la Conferencia Episcopal Española el 2 de octubre de 2018.

1 Ὁ πρεσβύτερος ἐκλεκτῇ κυρίᾳ καὶ τοῖς τέκνοις αὐτῆς, οὓς ἐγὼ ἀγαπῶ ἐν ἀληθείᾳ, καὶ οὐκ ἐγὼ μόνος ἀλλὰ καὶ πάντες οἱ ἐγνωκότες τὴν ἀλήθειαν,

El Presbítero a la Señora Elegida y a sus hijos, a quienes amo en la verdad; y no solo yo, sino también todos los que han conocido la Verdad.

2 διὰ τὴν ἀλήθειαν τὴν μένουσαν ἐν ἡμῖν, καὶ μεθ’ ἡμῶν ἔσται εἰς τὸν αἰῶνα.

Os amo en razón de la verdad que se mantiene en nosotros y que estará con nosotros para siempre.

3 ἔσται μεθ’ ἡμῶν χάρις ἔλεος εἰρήνη παρὰ θεοῦ πατρός, καὶ παρὰ Ἰησοῦ Χριστοῦ τοῦ υἱοῦ τοῦ πατρός, ἐν ἀληθείᾳ καὶ ἀγάπῃ.

La gracia, la misericordia y la paz de parte de Dios Padre y de Jesucristo, el Hijo del Padre estarán con nosotros según la verdad y el amor.

4 Ἐχάρην λίαν ὅτι εὕρηκα ἐκ τῶν τέκνων σου περιπατοῦντας ἐν ἀληθείᾳ, καθὼς ἐντολὴν ἐλάβομεν παρὰ τοῦ πατρός.

Me alegré mucho al encontrar entre tus hijos a quienes viven conforme a la verdad, al mandamiento que recibimos del Padre.

5 καὶ νῦν ἐρωτῶ σε, Κυρία, οὐχ ὡς ἐντολὴν καινὴν γράφων σοι ἀλλὰ ἣν εἴχαμεν ἀπ’ ἀρχῆς, ἵνα ἀγαπῶμεν ἀλλήλους.

Y ahora te ruego, Señora -y no te escribo un mandamiento nuevo, sino el que tenemos desde el principio-, que nos amemos unos a otros.

6 καί αὕτη ἐστὶν ἡ ἀγάπη, ἵνα περιπατῶμεν κατὰ τὰς ἐντολὰς αὐτοῦ· αὕτη ἡ ἐντολή ἐστιν, ἵνα καθὼς ἠκούσατε ἀπ’ ἀρχῆς, ἵνα ἐν αὐτῇ περιπατῆτε.

Y el amor consiste en que vivamos según sus mandamientos. Éste es el mandamiento que oísteis desde el principio: que caminéis en el amor.

7 ὅτι πολλοὶ πλάνοι ἐξῆλθαν εἰς τὸν κόσμον, οἱ μὴ ὁμολογοῦντες Ἰησοῦν Χριστὸν ἐρχόμενον ἐν σαρκί· οὗτός ἐστιν ὁ πλάνος καὶ ὁ ἀντίχριστος.

Han venido al mundo muchos seductores negando que Jesucristo haya venido en carne mortal. Ése es el Seductor y el Anticristo.

8 βλέπετε ἑαυτούς, ἵνα μὴ ἀπολέσητε ἃ εἰργάσασθε, ἀλλὰ μισθὸν πλήρη ἀπολάβητε.

Cuidad de vosotros, para no perder el fruto de vuestro trabajo, sino para que recibáis una amplia recompensa.

9 πᾶς ὁ προάγων καὶ μὴ μένων ἐν τῇ διδαχῇ τοῦ Χριστοῦ θεὸν οὐκ ἔχει· ὁ μένων ἐν τῇ διδαχῇ, οὗτος καὶ τὸν πατέρα καὶ τὸν υἱὸν ἔχει.

Todo el que se excede y no permanece en la doctrina de Cristo, no posee a Dios. En cambio, el que permanece en la doctrina posee al Padre y al Hijo.

10 εἴ τις ἔρχεται πρὸς ὑμᾶς καὶ ταύτην τὴν διδαχὴν οὐ φέρει, μὴ λαμβάνετε αὐτὸν εἰς οἰκίαν καὶ χαίρειν αὐτῷ μὴ λέγετε·

Si alguno va a visitaros y no os lleva esta doctrina, no lo recibáis en casa ni lo saludéis,

11 ὁ λέγων γὰρ αὐτῷ χαίρειν κοινωνεῖ τοῖς ἔργοις αὐτοῦ τοῖς πονηροῖς.

pues el que lo saluda se hace solidario de sus malas obras.

12 Πολλὰ ἔχων ὑμῖν γράφειν οὐκ ἐβουλήθην διὰ χάρτου καὶ μέλανος, ἀλλὰ ἐλπίζω γενέσθαι πρὸς ὑμᾶς καὶ στόμα πρὸς στόμα λαλῆσαι, ἵνα ἡ χαρὰ ἡμῶν πεπληρωμένη ᾖ.

Aunque me queda mucho por escribir, prefiero no hacerlo con papel y tinta, pues espero ir a veros y hablar de viva voz, para que nuestro gozo sea completo.

13 ἀσπάζεταί ἀσπάζομαι σε τὰ τέκνα τῆς ἀδελφῆς σου τῆς ἐκλεκτῆς.

Te saludan los hijos de tu hermana Elegida.

Autor y fecha de 2 Jn

         Las tres cartas atribuidas a san Juan guardan profundas afinidades con el cuarto evangelio. Las semejanzas son notorias, especialmente en lo doctrinal, en el uso del vocabulario y en el estilo literario. Estos escritos revelan un universo teológico y un modo de expresión que son propios y característicos del Apóstol Juan. Su lenguaje, a la vez sencillo y elevado, comunica con claridad un mensaje esencial centrado en la verdad, la luz, la pureza y el amor. Todo el pensamiento teológico que contienen lleva el sello inconfundible de Juan[3].

         El autor de la Segunda Carta de san Juan se identifica como “el Presbítero”. Este título sugiere que se trataba de una figura conocida y respetada por la comunidad, alguien cuya autoridad era ampliamente reconocida. El uso de este término, en lugar de su nombre propio, es coherente con el estilo del apóstol Juan, quien en el cuarto evangelio se refiere a sí mismo como “el discípulo a quien Jesús amaba”. Aunque “presbítero” no implica necesariamente que se trate de un apóstol, tampoco lo excluye —como lo demuestra el caso de san Pedro, que se llama a sí mismo “copresbítero” (1 Pe 5,1). En los escritos de los Padres apostólicos, el término griego presbyteros designa a los líderes de la comunidad, y su uso está más relacionado con la autoridad que con la edad. Así, el título de “el Presbítero” aplicado a san Juan refleja sobre todo su prestigio y autoridad espiritual, más que su condición de anciano[4].

Respecto al año de composición, ni la tradición ni los datos internos de la carta permiten establecer con certeza la fecha exacta en que fue redactada. Tampoco es posible determinar con precisión el orden cronológico entre las cartas de san Juan. Sin embargo, se puede suponer que tanto 2 Jn como 3 Jn fueron escritas en un período cercano al de 1 Jn, aproximadamente entre los años 90 y 110 d.C[5].

 

Ubicación del texto (2 Jn 1-13) en el contexto de los escritos joánicos

2 Jn muestra claras afinidades con 1 Jn, evidentes tanto en el contenido como en la forma. Entre las coincidencias más destacadas se encuentran: la mención conjunta de Dios Padre y Jesucristo, su Hijo (v. 3; 1 Jn 1,3); la insistencia en el mandamiento del amor fraterno recibido desde el principio, expresado como “amarse unos a otros” (v. 5; 1 Jn 2,7-11); el uso de fórmulas típicas para resumir el mensaje, como “este es el mandamiento” (v. 6; 1 Jn 4,21); la advertencia sobre la presencia de numerosos seductores en el mundo, identificados con el Anticristo (v. 7; 1 Jn 4,2); y el uso de contrastes tajantes para expresar la verdad (v. 4; 1 Jn 3,19). Además, ambas cartas comparten la expresión “para que nuestro gozo sea completo” (v. 12; 1 Jn 1,4), reflejo del tono pastoral y afectuoso del autor[6].

 

Justificación de la unidad literaria

         La presente perícopa comprende los trece versículos del único capítulo de la Segunda Carta de san Juan. Esta delimitación se justifica por las razones previamente mencionadas: se trata del libro más breve de toda la Sagrada Escritura y presenta una estructura clara, con un desarrollo temático coherente y lineal, lo que permite abordar el texto como una unidad literaria completa y bien definida.

         El autor de la 2 Jn se muestra claro y directo en lo que desea comunicar. Tal como lo revela la estructura del escrito —un saludo inicial, un cuerpo central en dos bloques temáticos bien definidos y una conclusión—, toda la perícopa se presenta como una unidad textual coherente y digna de ser estudiada en su conjunto. No obstante, esto no impide que ambos bloques temáticos puedan ser analizados por separado, dada la riqueza y profundidad que ofrecen para un estudio detallado.

 

Estructura de 2 Jn[7]

La Segunda Carta de Juan presenta claramente el formato típico de una nota epistolar. A diferencia de 1 Jn, en esta se observan con nitidez las convenciones habituales de una carta, lo que permite identificar su estructura de forma más precisa. Así, se puede reconocer:

Una sección de apertura, donde "el Anciano" dirige su saludo a "la Señora Elegida" (vv. 1-3).

Un cuerpo central que se puede dividir en dos bloques bien diferenciados: el mandamiento del amor (vv. 4-6) y los anticristos (8-11), los cuales están conectados por un versículo que funciona como puente temático: el v. 7.

Finalmente, los saludos de cierre se ajustan al estilo tradicional de conclusión epistolar (vv. 12-13).

 

 

 

 

 

 

EXÉGESIS POR VERSÍCULO

Composición literaria en cuatro partes:

Sección de apertura (vv. 1-3)

1 El Presbítero a la Señora Elegida y a sus hijos, a quienes amo en la verdad; y no solo yo, sino también todos los que han conocido la Verdad.

         El término “πρεσβύτερος” (presbítero) se emplea para designar a los líderes de las comunidades cristianas, como se observa en Tt 1,5, y en este caso hace referencia al apóstol Juan, figura principal al frente de las iglesias del Asia Menor. La expresión “Señora Elegida” o “Gran Señora” es una metáfora poética que alude a una comunidad concreta, cuya identidad permanece desconocida, pero que se encuentra bajo la autoridad del presbítero y amenazada por la influencia de falsos maestros. Por su parte, la fórmula “los que han conocido la Verdad”, con un matiz levemente polémico similar al de 1 Timoteo 4,3, se utiliza para referirse a los auténticos creyentes que, a diferencia de los seductores mencionados en el versículo 7, se han mantenido fieles a la verdad y a la doctrina de Cristo (v. 9)[8].

         Este encabezamiento epistolar se ajusta perfectamente al modelo habitual de las cartas cristianas. La Segunda de Juan sigue el esquema típico de las epístolas paulinas, con la única diferencia de que sustituye el título de apóstol por el de Presbítero. San Juan dirige su segunda carta a la “señora Electa y a sus hijos”, un título que, aunque parece referirse a una persona, muy probablemente simboliza una comunidad cristiana del Asia Menor. Esto se deduce del uso alternado del singular y plural en la carta. Los “hijos” de esta señora representan a los fieles, amados por quienes conocen la verdad. En el versículo final, se menciona a la “hermana” de la Electa, igualmente llamada Elegida, lo que refuerza el carácter simbólico de estos nombres, similares a expresiones usadas por san Pedro (1 Pe 5,13). Esta representación de comunidades como figuras femeninas es común en la Biblia, tanto en los profetas como en el Apocalipsis, donde se personifican iglesias locales y a la Iglesia entera como una mujer[9].

         El autor expresa un afecto profundo hacia la “Señora Elegida” y sus hijos, diciendo que los ama “en la verdad”. Esta expresión no se limita a un amor sincero, sino que implica una comunión en la fe. Además, aclara que este amor no es solo suyo, sino compartido por todos los que han conocido la Verdad, es decir, por los miembros de su comunidad. En este contexto, la “Verdad” hace referencia a Jesucristo, tal como se afirma en Jn 8,32, donde se dice que conocer la Verdad libera al discípulo[10].

 

2 Os amo en razón de la verdad que se mantiene en nosotros y que estará con nosotros para siempre.

         Juan insiste repetidamente en la importancia de permitir que la palabra de Dios penetre y transforme interiormente nuestra vida. Cuando la verdad habita en el corazón del creyente, se convierte en la fuente que nutre y sostiene el amor cristiano; a esto es a lo que el autor se refiere con la expresión “estar en la verdad y el amor” (v. 3)[11].

         El fundamento profundo del amor cristiano es la verdad que habita en los creyentes. Esta verdad no es solo una idea, sino una fuerza viva que permanece en el alma, similar a la Palabra de Dios mencionada en 1 Jn 2,14. Algunos interpretan esta verdad como el Espíritu Santo, llamado también Espíritu de verdad, pero es más probable que se refiera a la doctrina de Cristo. Mientras esta verdad revelada por Jesús permanezca en el creyente, éste estará unido a Dios[12].

En el Evangelio de san Juan 14,6, Jesús dice: “Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí”. Esta frase concentra una profunda enseñanza teológica y espiritual, primero porque Jesús no solo enseña el camino a Dios, sino que Él mismo es el camino. Seguirlo implica vivir como Él vivió: con fe, amor y obediencia al Padre; segundo porque Jesús revela la verdad de Dios y del ser humano. En Él se manifiesta plenamente quién es Dios y cuál es nuestro destino; y, finalmente, Jesús es fuente de vida eterna. Quien cree en Él tiene vida en abundancia, no solo después de la muerte, sino ya aquí, en una existencia transformada por su amor. Esta declaración no es una simple información doctrinal; es una invitación a una relación viva y personal con Cristo.

 

3 La gracia, la misericordia y la paz de parte de Dios Padre y de Jesucristo, el Hijo del Padre estarán con nosotros según la verdad y el amor.

Solo una referencia a la misericordia se puede conseguir en los escritos joánicos y es este versículo[13]. La verdad que habita en el cristiano, entendida como la presencia del Espíritu Santo o la doctrina de Cristo, atrae consigo tres grandes dones: gracia, misericordia y paz. La gracia es el favor divino; la misericordia, la compasión de Dios que perdona y auxilia; y la paz no es solo un saludo, sino la reconciliación con Dios y la seguridad interior que Cristo trae, algo que el mundo no puede ofrecer. Estos dones provienen tanto del Padre como del Hijo, lo que revela su unidad divina. San Beda subraya que el Hijo, igual al Padre, concede los mismos dones. Todo esto refleja el mensaje del Evangelio de Juan, donde se enseña que el Padre envía al Hijo para darnos vida, verdad y el perdón de los pecados. Estos dones crecen en la vida del creyente por medio de la fe y el amor, vividos en la verdad[14].

El autor desea a los fieles estos tres dones: gracia, misericordia y paz. La gracia representa el amor salvador de Dios; la misericordia amplía esta idea, mostrando la compasión divina; y la paz es el don mesiánico de reconciliación, expresado en el término bíblico shalom. Todos estos bienes provienen de Dios Padre y de Jesucristo, el Hijo del Padre, afirmando así la fe cristiana en la divinidad y filiación de Jesús. Esta mención es clave, ya que responde a las herejías que negaban la verdadera identidad de Cristo[15].

El saludo de la Segunda Carta de san Juan —“La gracia, la misericordia y la paz estarán con nosotros de parte de Dios Padre y de Jesucristo, el Hijo del Padre, en la verdad y en el amor”— encuentra eco en la liturgia de la Iglesia, particularmente en los ritos iniciales de la Santa Misa. Tras santiguarse el sacerdote y la asamblea, el celebrante, extendiendo las manos, proclama: “La gracia y la paz de parte de Dios, nuestro Padre, y de Jesucristo, el Señor, estén con todos vosotros”. Este saludo litúrgico no es una fórmula vacía ni un simple gesto de cortesía, sino una profunda expresión de comunión eclesial y de presencia trinitaria. Invocar la gracia, la misericordia y la paz es reconocer que toda la vida cristiana brota del don gratuito de Dios, que nos perdona, nos acompaña y nos reconcilia.

 

Cuerpo central (vv. 4-11)

El mandamiento del amor (vv. 4-6)

 

4 Me alegré mucho al encontrar entre tus hijos a quienes viven conforme a la verdad, al mandamiento que recibimos del Padre.

         El apóstol expresa su alegría por haber encontrado creyentes de la comunidad que viven según la verdad, es decir, que cumplen los mandamientos. Esta fidelidad no es un reproche, sino un motivo de alabanza, pues refleja bien a toda la Iglesia a la que escribe. “Caminar en la verdad” significa vivir de acuerdo con la enseñanza evangélica, especialmente creyendo en Jesucristo y practicando la caridad fraterna, un mandamiento que no es nuevo, sino parte fundamental de la enseñanza cristiana desde el inicio[16].

“Vivir conforme a la verdad”, o más literalmente “caminar en la verdad”, es una expresión que indica la fidelidad a los mandamientos de Dios, los cuales se cumplen auténticamente cuando se viven en el amor[17]. Aquí los tres empleos del verbo “caminar” ponen ritmo al texto: “caminar en verdad” (v. 4), “caminar según sus mandamientos (v. 6), “caminar en él”, es decir, en el amor o en el mandamiento (v. 6). La palabra “mandamiento” es la palabra clave de la sección[18].

Recordemos brevemente el pasaje del hombre rico (Mc 10,17-22), en el que Jesús enseña que el cumplimiento auténtico de los mandamientos no se limita a una observancia externa, sino que exige una entrega radical: “Vende lo que tienes, dáselo a los pobres, y luego ven y sígueme” (v. 21). Con estas palabras, el Señor revela que seguirlo implica desprenderse de todo lo que impide el amor pleno a Dios y al prójimo, pues solo en esa libertad se puede vivir verdaderamente según la voluntad del Padre. Amar a los pobres y, en consecuencia, trabajar por erradicar la pobreza, es una prueba concreta e irrefutable de que se vive en fidelidad a los mandamientos del Señor. No se trata solo de un deber moral, sino de una exigencia evangélica: el amor auténtico a Dios se manifiesta en el amor efectivo al prójimo, especialmente al más necesitado. Allí donde se defiende la dignidad del pobre, se hace visible el Reino de Dios y se confirma que el mandamiento del amor está verdaderamente en el corazón de la vida cristiana.

 

5 Y ahora te ruego, Señora -y no te escribo un mandamiento nuevo, sino el que tenemos desde el principio-, que nos amemos unos a otros.

         El amor verdadero se demuestra cumpliendo todos los mandamientos del Señor, pero hay uno que destaca por encima de los demás: amar al prójimo. San Juan, retomando lo dicho en su primera carta, afirma que el amor a Dios se verifica, ante todo, en el amor hacia los hermanos. Es esta actitud la que prueba que realmente somos hijos de Dios[19].     Este versículo destaca por dos aspectos importantes. Primero, su coincidencia con la enseñanza de la primera Carta de Juan, tanto en las palabras como en el mensaje. Segundo, el uso de la expresión “amarse unos a otros”, una fórmula característica de la tradición joánica, presente también en su evangelio y en otras partes del Nuevo Testamento, como una síntesis del mandamiento cristiano fundamental[20].

Esta idea se extiende más en la Primera Carta de san Juan, pues lo expresa con contundencia: “Si alguien dice: Yo amo a Dios, pero odia a su hermano, es un mentiroso. Porque quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve” (1 Jn 4,20). Aquí desmonta cualquier forma de espiritualismo vacío o de religiosidad desconectada del amor concreto. El amor a Dios no se verifica en palabras ni en intenciones abstractas, sino en la relación real con el prójimo. El hermano visible —especialmente el pobre, el marginado, el herido— se convierte en el lugar tangible donde se pone a prueba la autenticidad de nuestra fe. Así, el amor al pobre no es opcional, ni un gesto accesorio de la caridad cristiana: es el criterio por el cual se reconoce si verdaderamente se ama a Dios. Donde hay indiferencia o desprecio por el hermano, se niega de hecho la comunión con Dios, por más que se invoque su nombre.

 

6 Y el amor consiste en que vivamos según sus mandamientos. Éste es el mandamiento que oísteis desde el principio: que caminéis en el amor.

Otras versiones expresan este versículo de la siguiente manera. “Este mandamiento lo debéis observar tal como habéis oído desde el comienzo”[21]. La expresión “caminar en la verdad” equivale a vivir según los mandamientos de Dios, al igual que “caminar en la luz”. El mandamiento central, antiguo y recibido desde el principio, es el amor. El versículo 6 establece una equivalencia clara entre amor y obediencia a los mandamientos, usando una estructura paralela: primero dice que amar es cumplir los mandamientos, y luego que el mandamiento es vivir en el amor. Así, se identifica “caminar en la verdad” con “caminar en el amor”, mostrando que vivir en la verdad cristiana es, esencialmente, amar a los demás[22].

Juan tiene claro que Jesús es el Camino (Jn 14,6), mientras que Lucas nos lo presenta como el Caminante, aquel que se acerca a los suyos en el camino de Emaús, los escucha, camina a su paso y les abre las Escrituras (Lc 24,13-35). En Él se unen el rumbo y la compañía, el sentido del viaje y la presencia fiel.

Jesús es, entonces, el Camino y el que camina con nosotros. Con Él, se avanza en la verdad, se crece en la fe y, sobre todo, se camina en el amor y con el Amor. Su presencia transforma cada trayecto humano en una peregrinación hacia el Padre, donde el corazón arde y los ojos se abren al partir el Pan.

 

Puente temático (v. 7)

7 Han venido al mundo muchos seductores negando que Jesucristo haya venido en carne mortal. Ése es el Seductor y el Anticristo.

El versículo 7 marca un giro en el tono de la carta y actúa como un puente entre sus dos partes. Aunque parece interrumpir la continuidad de los versículos 4–6, en realidad amplía la reflexión sobre “caminar en la verdad” al presentar su opuesto: “salir al mundo”, una expresión joánica que identifica a los falsos hermanos. Aquí el autor introduce un lenguaje apocalíptico, denunciando a quienes han salido como “el seductor y el anticristo”, figuras que simbolizan la oposición directa a Cristo y que solo aparecen en la literatura joánica. La negación de la encarnación —no confesar que Cristo ha venido en carne— es un signo claro de esta desviación del verdadero mensaje cristiano. Además, el uso del término “ahora” resalta la urgencia de la situación, pues sitúa el conflicto en un contexto escatológico: la comunidad vive un momento decisivo y está amenazada por la presencia activa del anticristo.[23].

La exhortación a vivir la caridad se vuelve más urgente debido a la presencia de falsos maestros en la comunidad. Estos negaban la encarnación de Jesucristo, rechazando así el amor que Dios mostró al hacerse hombre y morir por nosotros. Para San Juan, fe y caridad son inseparables: negar a Cristo encarnado es también rechazar el modelo del amor cristiano. Estos herejes, ya mencionados en la primera carta como seudoprofetas, son identificados ahora con el “seductor” y el “anticristo”. A diferencia de la primera epístola, donde la encarnación se presenta como un hecho pasado, aquí se afirma como una realidad permanente. El “anticristo” actúa ya en el mundo a través de estos falsos maestros, quienes, al negar la verdad, ejercen una influencia contraria al Evangelio[24].

Entonces, el autor advierte que muchos falsos maestros han salido al mundo, como ya se decía en 1 Jn 2,18 y 4,1-6. Su error principal es negar que Jesucristo haya venido en carne verdadera, es decir, en una naturaleza humana real. Esta enseñanza, también atribuida a los falsos profetas en la primera carta, refleja la doctrina de los gnósticos, especialmente los docetas, quienes sostenían que la humanidad de Cristo fue solo una apariencia y que su muerte no fue auténtica. Tal negación contradice el fundamento del cristianismo, por lo que el autor emite una seria advertencia en los versículos siguientes[25].

El hermoso prólogo del Evangelio de Juan lo expresa con fuerza y claridad: “Y la Palabra se hizo carne” (Jn 1,14). En este versículo, el término carne no alude simplemente al cuerpo, sino que designa a la humanidad en su condición de fragilidad, vulnerabilidad y mortalidad.

Así, al hacerse carne, la Palabra de Dios —el Hijo— asumió plenamente nuestra condición humana, con todas sus limitaciones, excepto el pecado (Hb 4,15). En Cristo, Dios no solo habla al hombre, sino que entra en su historia, abraza su debilidad e incluso experimenta la muerte, manifestando un amor sin medida que redime desde dentro la existencia humana. Negar esto es imposible para Juan.

 

Los anticristos (vv. 8-11)

8 Cuidad de vosotros, para no perder el fruto de vuestro trabajo, sino para que recibáis una amplia recompensa.

         La expresión “vuestro trabajo” —o, según algunas variantes, “nuestro trabajo”— hace referencia al esfuerzo apostólico o comunitario por mantenerse fieles a la verdad. Aunque Pablo, desde otra perspectiva, distingue e incluso contrapone la fe y las obras, el evangelista Juan orienta todas las obras del creyente hacia la obra de la fe (Jn 6,29). En este contexto, dichas obras aluden a la profesión de fe en Jesucristo y a la fidelidad a su enseñanza (vv. 7 y 9). Las expresiones “perder el fruto” y “recibir una recompensa” deben entenderse en clave escatológica, es decir, en relación con el juicio final y la plenitud de la vida eterna[26].

El apóstol advierte a los fieles que estén alerta frente al error, ya que dejarse arrastrar por él significaría perder todo lo alcanzado con esfuerzo. La vida cristiana implica lucha y sacrificio, pero trae consigo una gran recompensa ante Dios. Quienes se mantengan firmes en la fe transmitida por los apóstoles recibirán el premio completo: la vida eterna. En cambio, quienes abandonen esa verdad habrán trabajado en vano. Llamar “recompensa” o “galardón” a la vida eterna indica que, aunque es un don de Dios, puede ser verdaderamente merecida por las buenas obras hechas en la gracia[27].

Renegar de la verdadera fe en Cristo haría inútiles todos los sacrificios realizados por mantenerse fiel a Él. Por eso, el autor exhorta a la perseverancia, recordando que solo la fidelidad sostiene la esperanza de la recompensa. Esta misma llamada a mantenerse firmes aparece también en el Apocalipsis, en las cartas a las iglesias de Esmirna, Tiatira y Filadelfia, donde se anima a los creyentes a conservar lo que tienen hasta el final para recibir la corona de la vida[28].

El autor aquí recuerda una enseñanza central que proviene del mismo Cristo: “El que persevere hasta el final, se salvará” (Mt 24,13). Estas palabras nos recuerdan que la fidelidad constante en medio de las pruebas, dificultades y tentaciones es condición para alcanzar la salvación. No basta un momento de fervor o una adhesión pasajera; el seguimiento de Jesús exige constancia, paciencia y esperanza firme, hasta el último día. La perseverancia es, por tanto, la expresión concreta del amor fiel a Dios en el caminar de la vida.

 

9 Todo el que se excede y no permanece en la doctrina de Cristo, no posee a Dios. En cambio, el que permanece en la doctrina posee al Padre y al Hijo.

         Los que se exceden son los herejes, quienes se autodenominaban “avanzados” al pretender ir más allá de los límites establecidos por la enseñanza apostólica, incurriendo así en meras especulaciones, como se observa en 1 Jn 2,18.23. La expresión “la doctrina de Cristo” puede referirse tanto a la enseñanza impartida por Cristo como a la enseñanza que tiene a Cristo como contenido central[29].

La expresión «ir demasiado lejos» (v. 9) se refiere a abandonar la auténtica doctrina cristiana siguiendo a los falsos maestros, y equivale a “salir al mundo”. Aunque podría interpretarse como una crítica a los “progresistas”, en realidad el verbo proagó (“avanzar” o “adelantarse”) debe entenderse en contraste con “permanecer en” la enseñanza de Cristo. El uso de “caminar” asociado a la “verdad” en la primera parte de la carta muestra que la tradición joánica no rechaza el crecimiento espiritual. De hecho, en el Evangelio de Juan, Jesús anuncia que el Espíritu Santo guiará a sus discípulos a una comprensión más profunda de su palabra. Sin embargo, este progreso solo es auténtico si permanece en comunión con Cristo. “Tener al Padre y al Hijo” significa participar de la vida divina, algo que solo es posible a través del Hijo, quien revela al Padre[30].

En este versículo 9, el autor presenta una clara antítesis para contrastar a los falsos maestros con los verdaderos creyentes. Quienes “se exceden”, es decir, los seductores que se apartan de la doctrina apostólica en busca de supuestos avances gnósticos, no poseen a Dios. En cambio, quien permanece fiel a la enseñanza de Cristo, expresada en la fe recta y el amor fraterno, tiene al Padre y al Hijo. Esta oposición entre “excederse” y “permanecer” refleja una constante en la tradición joánica, donde se usan fórmulas breves y contundentes para afirmar la fidelidad como camino de comunión con Dios[31]. Esta perseverancia tiene su modelo en el mismo Cristo, cuya fidelidad no cambia con el tiempo, porque “Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre” (Heb 13,8).

 

10 Si alguno va a visitaros y no os lleva esta doctrina, no lo recibáis en casa ni lo saludéis,

         El verbo “saludar” debe entenderse aquí en el sentido de “dar la bienvenida”. El autor no prohíbe un simple saludo cordial, como lo comprendemos hoy, sino que desaconseja acoger al hereje en la propia casa, brindarle hospitalidad como a un hermano y establecer con él vínculos de comunión. Este enfoque riguroso, que también se encuentra en Pablo (1 Co 5,6.9), responde a la necesidad de proteger la pureza de la fe cristiana y resguardarla del riesgo de contaminación por la herejía[32].

Este versículo refleja una situación concreta: algunos predicadores de doctrinas falsas llegan a la comunidad, y acogerlos implicaría compartir su enseñanza y, por tanto, participar en sus malas obras (v. 11). Esto rompería la comunión con el autor y con los verdaderos creyentes, tal como se expresa en 1 Jn 1,3. La auténtica comunión cristiana exige rechazar las tinieblas y mantenerse libre de la influencia del error. La firmeza contra los falsos profetas se enmarca en un contexto de fuerte tensión escatológica, ante la amenaza del anticristo. Sin embargo, esta postura plantea una tensión dentro del mismo pensamiento joánico: ¿cómo conciliar la exclusión de los herejes con el mandamiento del amor? Si “amarse unos a otros” se limita al círculo interno, corre el riesgo de volverse excluyente, en contraste con el mensaje universal del Evangelio: “amad a vuestros enemigos” (Mt 5,43.46-47). Esto deja abierta una pregunta sobre cómo equilibrar fidelidad doctrinal y apertura evangélica[33].

El recibir a un hereje implicaría estar en la capacidad de defender la fe, y al respecto es sabido lo que san Pedro en su Primera Carta recomienda, a estar preparados para dar razón de la esperanza que hay en nosotros, lo cual implica una defensa firme y a la vez respetuosa de la fe frente a las críticas o enseñanzas erróneas. El pasaje clave se encuentra en 1 Pe 3,15: “Estén siempre dispuestos a dar razón de su esperanza a todo el que les pida una explicación. Pero háganlo con dulzura y respeto, y con buena conciencia…”. El estar siempre dispuestos es necesario, pues la fe no es algo pasivo, sino que exige preparación constante. Dar razón se refiere a la apologética cristiana, es decir, poder explicar con argumentos y testimonio personal por qué creemos en Cristo, pero no de cualquier forma, sino con dulzura y respeto, ya que la defensa de la fe no debe ser agresiva ni altanera, sino humilde, como corresponde a quien sigue a Cristo, y con buena conciencia, en lo que se requiere coherencia de vida; no basta con saber, sino también vivir lo que se cree. Este llamado cobra especial importancia en contextos donde hay falsos maestros, como también señala san Pedro en su Segunda Carta (2 Pedro 2), donde advierte con fuerza contra quienes introducen herejías y desvían a los fieles.

 

11 pues el que lo saluda se hace solidario de sus malas obras.

         La expresión “hacerse solidario de sus malas obras” no se limita a conductas moralmente censurables, como la falta de amor fraterno, sino que alude principalmente a la actitud herética en sí misma: el rechazo de la verdad de Cristo y la difusión de una doctrina falsa y dañina[34].

Aquí se advierte que quien acoge o saluda a los herejes se convierte en cómplice de sus malas acciones, compartiendo su responsabilidad y sus errores. Por eso, el apóstol insiste en proteger a los creyentes del riesgo de contaminarse con falsas doctrinas. Esta enseñanza puede aplicarse más ampliamente: no solo se refiere a los herejes, sino también a las malas influencias en general, como amistades perjudiciales, lecturas o medios que pongan en peligro la fe y la moral cristiana[35].

El rechazar tajantemente a los que se equivocan en la profesión de la fe puede parecer dura o contraria al espíritu evangélico, pero en este contexto responde a una situación crítica de confusión y división dentro de la comunidad. En contextos así, medidas firmes son necesarias para preservar la fe. Incluso el Evangelio de Mateo (18,17) habla de romper la relación con quien no escucha a la Iglesia. En estos casos, una actitud demasiado tolerante —irenismo— no sería caridad, sino participación en el error y en el mal[36].

La Iglesia católica, a lo largo de los siglos, se configuró como una firme defensora del depósito de la fe, asumiendo con responsabilidad su misión de custodiar la verdad revelada. En este propósito, se erigieron instituciones como el Santo Oficio —hoy Congregación para la Doctrina de la Fe— que actuaban como tribunales doctrinales, encargados de discernir y condenar las herejías, así como de corregir a quienes las sostenían. Aunque estos mecanismos hoy se perciben con recelo y son calificados por muchos como expresiones de autoreferencialidad o incluso de fanatismo religioso, no se puede negar que existía un claro criterio de verdad y error. La doctrina era reconocida como un bien a preservar, y se actuaba en consecuencia, buscando proteger a los fieles de enseñanzas desviadas que pudieran poner en peligro su salvación.

En contraste, en el contexto actual, esta claridad doctrinal parece haberse diluido. Las advertencias públicas frente a errores teológicos o espirituales son cada vez menos frecuentes, y en muchos casos, los canales oficiales guardan silencio ante la proliferación de nuevas formas de sincretismo religioso, como el New Age, el Yoga con enfoque esotérico, la astrología, las terapias energéticas y otras expresiones que, aunque presentadas como inofensivas o incluso complementarias a la fe, en realidad contradicen elementos fundamentales del cristianismo.

Esta falta de discernimiento y advertencia, sumada a una actitud de aparente indiferencia doctrinal, ha permitido que muchas de estas prácticas penetren incluso en ambientes eclesiales, sin que los fieles sean suficientemente formados para distinguir entre lo auténticamente cristiano y lo que no lo es. El riesgo es claro: una fe debilitada, difusa, carente de identidad, vulnerable a modas espirituales que, lejos de acercar a Dios, desvían de la verdad revelada en Jesucristo.

 

Conclusión epistolar (vv. 12-13)

12 Aunque me queda mucho por escribir, prefiero no hacerlo con papel y tinta, pues espero ir a veros y hablar de viva voz, para que nuestro gozo sea completo.

El cierre de la carta, similar al de 3 Jn 13-14 y a los finales del evangelio (Jn 20,30; 21,25), expresa el deseo del autor de visitar pronto a la comunidad para que el gozo compartido sea pleno, en línea con la comunión anhelada (1 Jn 1,4). El término “gozo” crea una inclusión con el versículo 4, donde se alegraba al ver que algunos caminaban en la verdad. El autor espera encontrarse con una comunidad fiel a la enseñanza recibida. Queda la interrogante de si la carta logró convencer a los “hijos de la Señora Elegida” de rechazar al anticristo y sus falsas doctrinas[37].

En este versículo el autor señala que tiene mucho más que decir, pero prefiere hacerlo en persona, “de viva voz”, lo que refleja su papel de líder con autoridad para dirigirse a una iglesia hermana. Esta actitud ha llevado a la tradición a atribuir la carta al apóstol Juan. La expresión «para que nuestro gozo sea completo» refuerza la conexión con el mismo ambiente espiritual de la primera carta y del evangelio de Juan (15,11), donde la plenitud del gozo se encuentra en la comunión con Jesucristo y en la fraternidad entre los creyentes[38].

De todos los apóstoles, san Juan es uno de los que ofrece mayores evidencias históricas respecto a la sucesión apostólica. Se sabe con razonable certeza que tuvo discípulos directos, entre ellos san Ignacio de Antioquía, uno de los Padres Apostólicos más destacados de la Iglesia primitiva. Ignacio no solo fue obispo de una de las comunidades cristianas más importantes del mundo antiguo, sino que también dejó por escrito una serie de cartas profundamente teológicas y eclesiológicas, que testimonian la vitalidad del cristianismo en su tiempo y la transmisión fiel de la enseñanza recibida de los apóstoles.

A su vez, san Ignacio de Antioquía habría influido en otros grandes personajes de la Iglesia primitiva, entre ellos san Policarpo de Esmirna, quien también fue discípulo directo de san Juan. San Policarpo, por su parte, fue maestro de san Ireneo de Lyon, otro gigante de la teología patrística, quien en sus obras (especialmente Adversus Haereses) defendió vigorosamente la fe apostólica frente a las herejías de su tiempo, como el gnosticismo.

Este linaje espiritual y doctrinal —san Juan → san Ignacio/Policarpo → san Ireneo— constituye una de las cadenas de sucesión más claras y documentadas de la Iglesia primitiva. No se trató solo de una transmisión de autoridad episcopal, sino de una verdadera transmisión viva de la fe, con nombres, rostros, obras y martirios concretos, que dan fe de la autenticidad de lo que se enseñaba y vivía.

Este testimonio histórico refuerza la comprensión católica de la sucesión apostólica no solo como una línea jerárquica, sino también como una garantía de fidelidad al Evangelio tal como fue recibido por los apóstoles y custodiado en la Iglesia. Así, se muestra que la fe católica no es una interpretación tardía ni un desarrollo artificial, sino una tradición viva, enraizada directamente en la enseñanza de Cristo y sus testigos inmediatos, y en parte gracias a estas cartas escritas por los apóstoles para animar a las comunidades, aunque también lo hicieron de “viva voz”.

 

13 Te saludan los hijos de tu hermana Elegida.

La “Elegida” mencionada se refiere a la Iglesia a la que pertenecía el “Presbítero” del versículo 1. La profunda comunión entre las comunidades cristianas, como señala 1 Jn 1,3, permitía que se considerasen mutuamente como Iglesias “hermanas”. Algunos estudiosos sostienen que esta “Elegida” podría haber sido la Iglesia de Éfeso[39].

San Juan cierra la carta con un saludo de parte de los hijos de la hermana de la “señora Electa”, también llamada Electa (v. 13). Estos “hijos” representan a los miembros de la comunidad desde donde escribe, probablemente Éfeso, como se ha visto. El apóstol no envía un saludo individual porque se considera parte de esa misma iglesia que saluda, subrayando así el fuerte sentido de comunión eclesial entre las comunidades joánicas[40].

Vemos aquí que el hecho de que el autor de la carta transmita saludos de unos miembros a otros no es un simple detalle epistolar, sino un signo elocuente de comunión eclesial. Esta práctica revela que su intención de escribir —e incluso de visitar personalmente a las comunidades— no era un asunto reservado o individual, sino algo comunicado y compartido entre todos los miembros de la Iglesia. En otras palabras, era “puesto en común”, lo que expresa con fuerza una vivencia concreta de la sinodalidad, en su sentido más original: caminar juntos, en la fe, en el discernimiento y en la misión.

Estos saludos personales, que encontramos frecuentemente en las cartas paulinas y joánicas, dan cuenta de una Iglesia viva y fraterna, donde cada miembro era reconocido, donde existían vínculos reales entre las distintas comunidades, y donde la autoridad apostólica se ejercía en un tono de cercanía y afecto, más que de distancia jerárquica.

Así, la práctica de enviar saludos o comunicar intenciones de visita no solo fortalece la unidad doctrinal, sino también la unidad afectiva y pastoral entre las Iglesias. Este detalle, muchas veces pasado por alto, es en realidad una expresión concreta del carácter sinodal de la Iglesia primitiva, donde la comunión no era teórica, sino vivida en el intercambio mutuo, la preocupación por el otro, y la construcción del Cuerpo de Cristo en sus diversas comunidades locales.

Hoy, en un tiempo en que la Iglesia ha recuperado con fuerza el concepto de sinodalidad, conviene redescubrir estos elementos aparentemente simples, pero profundamente significativos, como verdaderas raíces de nuestra identidad eclesial.

 

SÍNTESIS TEOLÓGICA

Et Verbum caro factum est, et habitavit in nobis (Jn 1,14)

Esta Segunda Carta de san Juan, aunque breve, ofrece enseñanzas esenciales que siguen teniendo vigencia. Entre ellas destaca el llamado a mantener la fe íntegra frente a las falsas doctrinas, especialmente aquellas que niegan la encarnación real de Jesucristo. A diferencia de la Primera Carta, 2Jn resalta con más fuerza la necesidad de permanecer en la enseñanza recibida y advierte contra el “propasarse”, entendido no como un progreso sano en la fe, sino como una desviación peligrosa, como la de los gnósticos, que rompen con la verdad revelada en Jesús.

El autor insiste en que apartarse de esta doctrina esencial equivale a perder la comunión con Dios y con Cristo. Aunque estas advertencias pueden parecer duras o incluso contrarias al espíritu evangélico de apertura, deben entenderse en un contexto de crisis y amenaza para la comunidad. Más que integrismo, se trata de defender el núcleo del cristianismo: la fe en Jesús como Dios encarnado.

 

Deus caritas est

El amor es, sin duda, uno de los temas fundamentales de la Segunda Carta de San Juan, el libro más breve de toda la Sagrada Escritura. Lejos de ser un simple sentimiento o una exhortación genérica, el amor se presenta aquí como una forma concreta de vida: caminar en el amor significa vivir según los mandamientos que la comunidad ha recibido desde el principio.

El autor no introduce un mensaje nuevo ni pretende imponer normas inéditas. Al contrario, recuerda un precepto ya conocido y fundamental: el mandamiento del amor, que constituye el corazón mismo del Evangelio y el cimiento sobre el cual se ha edificado la comunidad cristiana. Por eso, Juan no hace otra cosa que reavivar la conciencia de pertenecer al Señor, en quien se ha manifestado plenamente el amor del Padre.

Recordar este mandamiento no es un gesto autoritario, sino una llamada a la fidelidad y autenticidad del discipulado cristiano. Tal como Jesús lo expresó en el Evangelio de Juan: “En esto conocerán todos que son mis discípulos: en que se aman los unos a los otros” (Jn 13,35). Así, el apóstol busca que el amor fraterno sea la señal visible de que la comunidad permanece en la verdad y no se deja engañar por los falsos maestros ni por doctrinas extrañas. Por eso, el amor no es una opción secundaria, sino el criterio decisivo de la fe auténtica. Recordarlo —como lo hace Juan— es también una forma de custodiar la comunión, renovar la identidad cristiana y proteger a la Iglesia de toda forma de división o engaño.

 

Adversus haereses

Los versículos 10-11 de la Segunda Carta de san Juan, en los que se prohíbe acoger o saludar a quienes no traen la verdadera doctrina, pueden resultar chocantes a la sensibilidad actual, especialmente si se leen fuera de contexto o de manera literalista. Sin embargo, es importante comprender que estas palabras expresan una seria advertencia frente al peligro real de diluir el Evangelio hasta desfigurarlo, y no una invitación al rechazo indiscriminado de las personas.

El autor no está promoviendo una actitud de intolerancia hacia quienes buscan sinceramente la verdad o atraviesan dudas de fe. Más bien, se refiere a quienes, con conciencia y persistencia, difunden errores doctrinales —en aquel contexto, los misioneros gnósticos— y ponen en riesgo la fidelidad de la comunidad. Frente a este peligro, la carta exhorta a mantener una clara delimitación entre la verdad del Evangelio y los mensajes que lo contradicen.

Aunque hoy estas directrices no se aplican del mismo modo que en el siglo I, su espíritu permanece vigente: proteger la fe sin caer en el rechazo humano. Se trata de discernir el error sin deshumanizar al que yerra, y de recordar que la acogida cristiana no puede hacerse a costa de la verdad revelada. La hospitalidad, signo distintivo del cristianismo primitivo, encuentra su límite cuando el acogido pone en peligro la unidad y la fidelidad doctrinal de la comunidad.

Es también relevante destacar que la carta está dirigida a toda la comunidad eclesial, no solo a individuos. Por tanto, el llamado a la vigilancia y al discernimiento es una responsabilidad compartida. La comunidad entera está llamada a custodiar el depósito de la fe y a vivir en la verdad y el amor. Fe y caridad no pueden separarse, porque renunciar a lo esencial de la fe equivale también a romper la comunión, fundamento de la vida cristiana.

 

Pastor bonus sicut Bonus Pastor

La epístola joánica halla su razón de ser en una profunda motivación pastoral: proteger a la comunidad de la desviación doctrinal y custodiar la unidad de la fe. Impulsado por un amor paternal que no conoce distancias, el anciano apóstol toma la pluma y empapa la tinta con afecto y desvelo. Sus palabras no son meros recordatorios de la verdad; son un gesto concreto de cercanía que hace palpable su aprecio por cada miembro de la Iglesia y su anhelo de confirmarles en la verdad recibida.

Más aún, Juan declara su deseo de estar físicamente con ellos—un detalle que revela cuánto valora la presencia personal como medio privilegiado para fortalecer la comunión. Sabe que, frente a la amenaza del error, nada sustituye el encuentro cara a cara, donde la fe se robustece mediante la palabra viva, la mirada y el testimonio. Así, el autor demuestra que la auténtica autoridad apostólica se ejerce no desde la distancia, sino desde la proximidad afectuosa y el acompañamiento concreto; su carta es, en definitiva, una extensión de ese abrazo pastoral que aspira a mantener a la comunidad “en la verdad y en el amor” (2 Jn 3).

Todo pastor auténtico en la Iglesia —sea obispo, presbítero, diácono o incluso un agente pastoral laico— está llamado a configurarse con Cristo, el Buen Pastor, y no simplemente a ejercer una función. Ser pastor bonus sicut Bonus Pastor implica mucho más que guiar o administrar; significa vivir una entrega de sí mismo al estilo del mismo Jesús, que dice en el Evangelio: “Yo soy el Buen Pastor. El Buen Pastor da la vida por sus ovejas” (Jn 10,11). Esta frase encierra una verdad clave: Cristo no solo enseña, sino que se entrega. No se limita a conducir, sino que se ofrece por completo por su rebaño. Por tanto, el pastor cristiano debe ser imagen visible y concreta de este amor oblativo, que no busca el beneficio propio, sino la salvación de las almas.

 

APLICACIÓN PASTORAL

         ¡Somos los hijos de la Iglesia Elegida por Dios! ¡San Juan nos ha escrito una hermosa carta!

         Es una gran verdad: la Segunda Carta de san Juan posee una vigencia indiscutible, como toda Palabra de Dios, viva y eficaz, que actúa como espada de doble filo y penetra hasta lo más profundo del alma (Hb 4,12). Dejémonos interpelar por estas breves líneas que el anciano apóstol Juan nos dirige, como un susurro al oído o como una proclamación solemne en nuestras asambleas litúrgicas, para que acojamos con el corazón abierto este mensaje de amor y verdad.

Al atardecer de su peregrinación terrena, el anciano apóstol Juan—último testigo ocular del Verbo hecho carne—vela con esmero por el rebaño que el Señor le confió. Con la ternura de un padre y la firmeza de un pastor, se dirige a la “Señora Elegida y a sus hijos” (v. 1), imagen de la Iglesia local, y les dirige un saludo colmado de densidad teológica: gracia, misericordia y paz que brotan del Padre y del Hijo, inseparables en el lazo del Amor, que es el Espíritu Santo (v. 3). No se trata de una fórmula de cortesía; en esas tres palabras se condensa el anuncio cristiano: la gratuidad del don divino (gracia), el entrañable desvelo de Dios por el pecador (misericordia) y la plenitud de la reconciliación alcanzada en Cristo (paz).

A renglón seguido, Juan elogia a sus destinatarios porque “caminan en la verdad”. Para él, la verdad no es un simple enunciado doctrinal, sino la persona misma de Jesús (“Yo soy la verdad”, Jn 14,6) y la vida que brota de su Espíritu. Permanecer en la verdad equivale a permanecer en Cristo (Jn 15,4), y ese arraigo se verifica en la práctica concreta del amor fraterno. Al reconocer la fidelidad de la comunidad elegida, Juan fortalece su ánimo frente a las tensiones internas y las doctrinas desviadas que amenazan su unidad. Así, sus breves líneas se convierten en un doble llamado: conservar la pureza de la fe recibida y encarnarla en un amor que haga visible, aquí y ahora, la comunión trinitaria.

¡Qué hermoso debió ser aquel momento en que el anciano Presbítero, con manos marcadas por los años y el alma llena de celo pastoral, tomó un sencillo pergamino, pluma y tinta, y comenzó a trazar aquellas líneas! Palabras que sus primeros destinatarios leyeron con lágrimas en los ojos, y que hoy nosotros, con corazón reverente, estudiamos y queremos acoger como dirigidas también a nosotros, en la certeza de que la Palabra de Dios no envejece ni pierde su fuerza.

Tras el saludo inicial, el apóstol expone el motivo de su alegría (v. 4): ha hallado “hijos”, es decir, creyentes que viven conforme a la verdad recibida del Padre. Vivir en la verdad supone siempre la posibilidad de caer en la mentira—fuente de tristeza y, en última instancia, de condenación—; pero ese no es el caso de la Iglesia Elegida. Los hijos de la Señora permanecen fieles y ello colma de gozo a san Juan. Si así se regocija un servidor del Señor, ¡cuánto más no se alegrará el mismo Jesús al ver que sus hermanos perseveran en la obediencia, la gracia y la paz, esforzándose cada día por mantenerse en la verdad!

Y a eso precisamente estamos llamados los católicos del siglo XXI: a vivir de tal manera que llenemos de alegría el corazón de Dios, llevando nuestras vidas en el amor y la fidelidad. No se trata de una tarea fácil; implica superar pruebas, sortear obstáculos y permanecer vigilantes en la oración para no caer en la tentación. Pero en ese esfuerzo perseverante por ser coherentes con nuestra fe, contribuimos a instaurar el Reino de Dios, ese Reino de justicia, paz y verdad que tanto necesita nuestro mundo herido y fragmentado. Ser discípulos hoy es, más que nunca, ser luz en medio de las tinieblas.

Continúa san Juan (v. 5), con tono sereno y paternal, sin la intención de imponer nuevas cargas ni añadir normas adicionales a la vida de los creyentes. Muy por el contrario, el apóstol se limita a recordar lo esencial, aquello que han oído desde el principio—desde el momento en que él mismo fundó la comunidad y les anunció el kerigma con la fuerza del Espíritu y la alegría del Resucitado—: que se amen los unos a los otros. No hay en sus palabras una novedad doctrinal, sino una llamada a la permanencia en lo fundamental, porque el amor fraterno no es una opción secundaria, sino el mandamiento que resume y da cumplimiento a toda la vida cristiana. Para Juan, amar es caminar en la verdad; es hacer visible a Cristo en medio de la comunidad.

Y entonces nos preguntamos, con humildad y sinceridad: ¿conservamos hoy los cristianos aquella clara conciencia del amor mutuo que animaba a los hijos de la Señora Elegida? ¿Vivimos con la misma sencillez y grandeza ese mandamiento que es a la vez el corazón del Evangelio y el distintivo del verdadero discípulo? O, por el contrario, ¿nos hemos dejado arrastrar por la indiferencia, el juicio fácil, la frialdad espiritual y la comodidad que nos alejan del amor con que Dios mismo nos ha amado? Es un cuestionamiento necesario y urgente, porque solo desde el amor —auténtico, concreto, perseverante— el mundo podrá reconocer que somos verdaderamente hijos de Dios.

¿Pero en qué consiste ese amor? San Juan, con la claridad que lo caracteriza, nos responde: “en proceder según sus mandamientos” (v. 6). Y, a su vez, ¿cuáles son esos mandamientos? El apóstol vuelve a recordarlo con firmeza y ternura: es el mismo que habéis recibido desde el principio, es decir, “que viváis en el amor”. Así, Juan establece un círculo virtuoso en el que amar es cumplir los mandamientos, y el mandamiento por excelencia es amar.

Hay, por tanto, una fuerza gravitacional que recae sobre el amor: no como un sentimiento pasajero o una idea abstracta, sino como un compromiso concreto de vida que se expresa en la obediencia a la voluntad de Dios y en el trato fraterno hacia los demás. El amor cristiano, tal como lo entiende Juan, es fidelidad activa, entrega sostenida, coherencia entre lo que se cree y lo que se vive. No hay espacio para duplicidades: quien ama, camina en la verdad; quien permanece en la verdad, ama de verdad.

¿Vivimos realmente en el amor?

Cuando nos alejamos de quienes menos nos agradan y no somos capaces de soportar con paciencia las deficiencias del prójimo: ¿Vivimos en el amor?

Cuando, ante las múltiples necesidades de los demás, no somos capaces ni de dar ni de darnos: ¿Vivimos en el amor?

Cuando no nos interesa siquiera pensar, y mucho menos orar, por el cese de las guerras sangrientas que sufren tantos pueblos oprimidos: ¿Vivimos en el amor?

¿Vivimos en el amor cuando parcializamos a la Iglesia según ideologías mundanas y pretendemos, con grosera simpleza, dividir a los bautizados entre “conservadores” y “progresistas”?

¿Es verdadero amor cuando no nos esforzamos por conocer nuestra fe, cuando ignoramos la doctrina católica, desoímos los documentos del Magisterio y no nos preocupamos por poner en práctica el Evangelio?

Estas preguntas no son acusaciones, sino un llamado a la conversión. Porque amar, en la lógica del Evangelio, no es un vago sentimiento, sino una decisión constante, concreta, exigente y liberadora. Y sólo quien ama verdaderamente puede decir que camina en la verdad.

San Juan ha conocido al Amor. Él es el discípulo amado, el que reposó su cabeza sobre el pecho del Señor, y por eso puede hablar con autoridad del amor que ha tocado, visto y oído. Con él, también nosotros queremos conocer ese Amor de Dios. Pero para conocerlo de verdad, no basta con una vaga emoción: es necesario creer en Él. Creer de verdad implica profesar la fe en Jesucristo, el Hijo de Dios hecho carne (v. 7), que vino al mundo por medio del virginal vientre de la bienaventurada Virgen María. Negar esta verdad no es una opción secundaria: es, en el fondo, decirle “no” a Dios.

La irrupción de Dios en la historia no es un mito ni una leyenda piadosa, sino una verdad que salva y libera. Salva, porque Jesús es “la salvación de Dios” (Lc 2,30); y libera, porque Él mismo, siendo la Verdad, nos hace libres para amar (Jn 8,32). Por eso, no podemos quedarnos en una fe superficial o cultural: es necesario profesar con firmeza, de palabra y con la vida, que creemos en Jesucristo, el Hijo de Dios, nacido de Santa María Virgen, verdadero hombre sin dejar de ser verdadero Dios. Solo desde esta fe encarnada en la vida podremos, como san Juan, vivir en el Amor, caminar en la Verdad y permanecer fieles al Dios que se nos ha revelado en Jesucristo.

Y, sin embargo, hubo quienes negaron esta verdad que para nosotros hoy resulta tan evidente.

Sí, esta Segunda Carta de san Juan da testimonio de que ya en la Iglesia primitiva surgieron quienes rechazaron el misterio de la Encarnación. Cayeron en la herejía al afirmar que la venida de Cristo al mundo no se había realizado por medios naturales y humanos, sensibles y palpables, sino por caminos oscuros y pseudofísicos, propios de fantasías religiosas más que de la auténtica fe cristiana. Sus mentes se enredaron en suposiciones absurdas, incapaces de acoger la desbordante simplicidad del Dios hecho Niño.

Olvidaron —o rechazaron— que el Verbo eterno se encarnó en la historia concreta, en la carne frágil de un niño que nació en una noche fría, en la humildad de un portal en Belén, de una madre virgen y bajo el patrocinio venturoso del justo san José. Frente a toda especulación vacía, la fe apostólica proclama con firmeza: Dios se hizo hombre, verdadero hombre, sin dejar de ser verdadero Dios, y vino a habitar entre nosotros para salvarnos desde dentro de nuestra humanidad.

San Juan no duda en calificar a estos desviados de la fe como “anticristos”. Es una palabra que solemos asociar al género apocalíptico, cargada de imágenes sombrías y dramáticas, pero que aparece también con toda claridad en esta breve carta que hoy meditamos. Y aunque suene dura o incluso estremecedora, el término “anticristo” no es una exageración ni un recurso literario, sino una seria advertencia.

El anticristo —como lo define san Juan en el versículo 7— es el gran impostor, aquel que niega que Jesucristo ha venido en carne mortal. Es decir, todo aquel que se opone a la verdad central del cristianismo: la encarnación del Hijo de Dios. No se trata simplemente de una opinión equivocada o de un matiz doctrinal, sino de una ruptura frontal con la fe apostólica. Negar que el Verbo se hizo carne es negar la salvación misma, es poner en entredicho el misterio de Dios que ha querido habitar entre nosotros.

Por eso, para Juan, el anticristo no es solamente una figura futura y apocalíptica, sino una realidad presente en todo aquel que —por engaño, indiferencia o soberbia— se opone a la verdad de Cristo. Frente a ello, el creyente está llamado a permanecer firme en la doctrina recibida, discernir los espíritus y no dejarse seducir por discursos brillantes pero vacíos de verdad.

Y entonces no podemos sino asombrarnos —y dolernos— al constatar la multitud de “anticristos” que pululan en nuestro mundo actual. No se trata solo de figuras oscuras o de personajes de fantasía apocalíptica, sino de actitudes concretas, visibles, que se oponen frontalmente a Cristo y a su Evangelio.

Son anticristos quienes aprueban el aborto y la pena de muerte, negando el valor inviolable de la vida humana desde la concepción hasta su fin natural.

Son anticristos quienes cierran el corazón y las fronteras a los migrantes, ignorando el rostro sufriente de Cristo en el extranjero, el desplazado, el refugiado.

Son anticristos los que invaden territorios por ambición de poder o intereses económicos, tiñendo de sangre inocente los mapas del mundo.

Son anticristos quienes oprimen a sus pueblos bajo regímenes totalitarios, secuestrando la libertad, sembrando miedo, y sumiendo en la miseria a naciones enteras.

Son anticristos, también, quienes se conmueven más por el bienestar de una mascota que por el hambre de un huérfano o el abandono de un anciano, perdiendo el sentido de la justicia y de la verdadera compasión.

Estas realidades nos gritan que el espíritu del anticristo no es una teoría lejana, sino una amenaza presente, contra la cual debemos mantenernos vigilantes, firmes en la verdad y activos en el amor. Porque cada vez que se niega a Cristo en el rostro del hermano, cada vez que se desprecia la vida, la dignidad y la libertad, se le vuelve a decir “no” al Verbo encarnado.

En medio de tanta distracción sembrada por el maligno, la exhortación de san Juan es clara y urgente (v. 8): estar atentos, vigilantes, para no perder el fruto de nuestro trabajo, sino más bien recibir la recompensa perfecta.

La salvación es, sin duda, obra gratuita de Dios, pero perseverar en la gracia requiere nuestra colaboración libre, nuestra disposición constante a hacer su voluntad. En esto, María Santísima es nuestro modelo supremo: libre entre todas las criaturas, se declaró esclava del Señor, porque su corazón siempre estuvo abierto al fiat, al “hágase” que permitió al Verbo hacerse carne en ella.

Estar atentos significa vivir con los ojos del alma bien abiertos, y con los oídos del corazón dispuestos a escuchar la voz de Dios que habla en los signos de cada día. Es discernir con la luz del Espíritu Santo qué nos conduce a Dios y qué nos aleja de Él. Como nos recuerda san Pablo: “Todo me está permitido, pero no todo me conviene” (1 Cor 6,12). No basta con evitar el mal; es necesario buscar activamente lo que nos santifica.

La verdadera recompensa es la salvación, la comunión eterna con Dios, la gloria de la patria celestial. No está en los honores de este mundo, ni en el éxito ni en la aprobación humana. Aunque el Señor, en su bondad, bendice también aquí en la tierra a quienes le son fieles, su promesa más alta es la vida eterna. Y esa promesa se alcanza pidiendo con fe, pero sobre todo pidiendo lo que nos haga santos, lo que nos conforme cada vez más con la voluntad de Dios.

La doctrina (v. 9) de la que nos habla san Juan no es un tratado complejo ni un sistema teológico reservado para unos pocos ilustrados. No, de ninguna manera. La doctrina de Cristo es, en su esencia más pura y verdadera, el amor. Un amor concreto, exigente, encarnado; un amor que llega hasta el dolor, como bien lo han recordado nuestros santos contemporáneos.

Lejos de ser inaccesible o abstracta, la auténtica enseñanza de Cristo es clara, sencilla y profundamente transformadora: él es el Hijo de Dios, que murió por nosotros para nuestra salvación; que, siendo rico, se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza (2 Cor 8,9). Esta es la buena nueva, la verdad que libera, la luz que no se apaga.

La doctrina de Cristo es su vida misma, es su entrega sin medida, su perdón, su compasión, su fidelidad al Padre y su cercanía a los más pequeños.

Y su voluntad —como lo expresa san Pablo— es clara: que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad (1 Tim 2,4). Esa es la misión, esa es la enseñanza: un amor que se dona, una verdad que se comunica, una salvación que se ofrece a todos sin excepción.

Como hemos visto, el amor que el apóstol profesa por la Señora Elegida —es decir, por su amada comunidad— es un amor radical, profundo y auténtico. Este amor lo impulsa a tomar posiciones igualmente firmes, como se evidencia en el versículo 10 de esta Segunda Carta de Juan, cuando, casi al despedirse de su breve misiva, advierte con claridad que no es bueno acoger, aceptar ni dialogar con quienes se presentan con enseñanzas o normas distintas a las ya recibidas. En especial, muestra preocupación por aquellos que niegan la encarnación del Señor Jesús, pues dicha negación socava el fundamento mismo de la fe cristiana.

Esto nos lleva a reflexionar, por ejemplo, sobre aquellas denominaciones cristianas que, puerta por puerta, realizan proselitismo religioso. Muchas veces son recibidos por católicos poco formados o incluso por personas sin fe, y con un notable poder de persuasión —más basado en la manipulación emocional que en la verdad del Evangelio— logran atraer hacia sus filas a los más vulnerables. Por eso, la advertencia del apóstol cobra una gran vigencia para nosotros, los fieles católicos: cuando no nos preparamos, cuando no conocemos ni vivimos nuestra fe, nos volvemos fácilmente manipulables y propensos a extraviarnos del camino verdadero.

Pienso ahora en denominaciones como los mormones, quienes abiertamente se presentan con “otro testamento de Jesucristo”. En un primer momento se muestran muy respetuosos, amables y acogedores, lo cual genera una buena disposición en quienes los reciben. Sin embargo, con el tiempo y con perseverancia, van desglosando sus creencias que, lejos de ser auténticamente cristianas, configuran una cosmovisión totalmente ajena a lo que la Tradición y el Magisterio, junto con la Sagrada Escritura, han custodiado fielmente en el seno de la Iglesia católica. De ellos y de otras tantas creencias menos capaces hay que cuidar al rebaño del Señor.

Y así como los mormones, existen muchas otras denominaciones que promueven el llamado “evangelio de la prosperidad”, donde la pobreza es vista como un signo de maldición divina y las bendiciones de Dios se miden exclusivamente en términos de progreso económico y bienestar material. Lejos de ofrecer un mensaje verdaderamente esperanzador, presentan a un dios manipulable y complaciente, que solo favorece a quienes pertenecen a sus propias filas.

Muchas de estas agrupaciones, que se autodenominan cristianas, en sus prédicas, canciones y en su peculiar manera de interpretar las Escrituras, reducen a Cristo a un simple hombre favorecido con una gracia extraordinaria, pero sin reconocerlo como el verdadero Hijo de Dios. Tal es el caso de la peligrosísima secta de los Testigos de Jehová, quienes no vacilan en afirmar que Jesucristo no es Dios, sino una reencarnación del arcángel Miguel, negando así frontalmente el misterio central de nuestra fe: la encarnación del Verbo eterno.

No seamos nosotros “cómplices de sus malas acciones” (2 Jn 11), porque la Verdad es una sola: Cristo el Señor. Y su Iglesia también es una, y no solo una, sino una, santa, católica y apostólica. Esta es parte esencial de la enseñanza que todos hemos recibido desde el principio.

Sin embargo, ante este panorama, el católico no está llamado a cerrarse o a refugiarse en una autorreferencialidad estéril y peligrosa. Todo lo contrario: estamos llamados a salir de nuestra comodidad y, mediante el testimonio de vida, hacer apostolado. Es decir, a dar a conocer, con nuestras obras concretas, la fe que profesamos. Porque, en definitiva, es nuestra vida la que puede convencer a otros de que Dios existe. Como dice el conocido adagio popular: nuestra vida puede ser la única página de la Biblia que los demás lleguen a leer.

Ya en los versículos finales de esta carta (vv. 12-13), el apóstol vuelve a manifestar su profundo amor por la comunidad. Deja en claro que son muchas las cosas que aún quisiera compartir, pero reconoce que no todo puede escribirse en una carta. Esta idea nos remite al final de su Evangelio, donde afirma que Jesús hizo muchas otras obras que no están escritas, y que, si se quisieran contar una por una, “ni en el mundo cabrían los libros que se habrían de escribir” (Jn 21,25).

De este modo, san Juan expresa su deseo de continuar enseñando, guiando y acompañando, pero sabe que esto solo podrá realizarlo plenamente mediante su presencia personal. Por eso añade con ternura y esperanza que espera poder ir a visitarlos, para que la alegría —la suya y la de ellos— sea completa.

La conmovedora imagen del anciano apóstol Juan, visitando personalmente a sus comunidades, adquiere hoy una profunda resonancia para los católicos de nuestro tiempo. Esta experiencia se actualiza cada vez que nuestras parroquias reciben la visita de los sucesores de los apóstoles: los obispos. En esos momentos (de la Visita Pastoral), no solo se fortalece nuestra comunión con la Iglesia universal, sino que también se experimenta de forma tangible la continuidad apostólica. Al escuchar sus enseñanzas, al participar en la liturgia presidida por ellos, comprendemos mejor que la Iglesia es una, santa, católica y apostólica, sostenida por la Palabra, los sacramentos y el ministerio pastoral.

Este sentimiento se intensifica aún más cuando nuestros países tienen el privilegio de acoger una visita del Papa, el sucesor de Pedro y Vicario de Cristo en la tierra. La llegada del Santo Padre no es simplemente un evento protocolar o mediático, sino un acontecimiento profundamente espiritual y eclesial. Todo el pueblo de Dios —autoridades civiles y religiosas, creyentes y no creyentes, jóvenes y ancianos— se moviliza para recibirlo. En su presencia, muchos perciben la voz del Buen Pastor que quiere hablar al corazón de su rebaño; otros reconocen en él al signo visible de la unidad de la Iglesia y al mensajero de esperanza que viene a confirmar en la fe a sus hermanos.

Así como las primeras comunidades cristianas del Asia Menor esperaban con anhelo la visita de los apóstoles, sabiendo que traían consigo el consuelo del Espíritu y la autoridad de Cristo, así también nosotros acogemos con alegría y devoción a quienes hoy continúan esa misma misión apostólica. Ellos no vienen por sí mismos, sino en nombre de Aquel que los envió. Vienen a exhortar, a consolar, a edificar, a comunicar una gracia: la gracia de sentirse parte viva del Cuerpo de Cristo, guiado y amado por sus pastores.

En el Papa y en los obispos vemos reflejados a Juan, a Pedro y a los demás apóstoles: hombres elegidos por Dios para guiar, exhortar y cuidar con solicitud pastoral al rebaño del Señor. A través de ellos, Cristo continúa conduciendo a su Iglesia con la misma ternura y firmeza con que lo hizo en los primeros tiempos. Su voz, su enseñanza y su presencia nos recuerdan que no estamos solos, que formamos parte de una Iglesia viva, enraizada en la fe apostólica y sostenida por el Espíritu Santo.

El sentimiento de gratitud y fidelidad que la Señora Elegida expresó en su tiempo, ha de ser también el nuestro. Su actitud de acogida, obediencia y permanencia en la verdad es un modelo para todo creyente que desea ser discípulo auténtico del Señor. Porque si permanecemos fieles a la verdad revelada, si escuchamos y seguimos a nuestros pastores con un corazón dócil, entonces podemos tener la certeza de que Dios habita en nosotros, y nosotros en Él.

Permanecer en la comunión con los sucesores de los apóstoles no es solo un acto de disciplina eclesial, sino una expresión de amor a Cristo y a su Iglesia. Es la señal visible de que caminamos en la luz, de que no nos dejamos seducir por doctrinas extrañas ni por voces que siembran división. En esa fidelidad se manifiesta la comunión plena con Dios, que se hace presente en medio de su pueblo, conduciéndolo con amor hacia la plenitud de la verdad y la vida.

 

 

 

 

BIBLIOGRAFÍA

BIBLIA DE JERUSALÉN, (2019), Introducción a las epístolas católicas, Desclée de Brouwer.

BIBLIA DE JERUSALÉN, (2019), Segunda epístola de san Juan, Desclée de Brouwer.

DÍAZ, R., (1954), Las epístolas católicas, en la Biblia de Monserrat vol. 22, Monestir de Montserrat.

MORGEN, M., (1988), Las cartas de Juan, Verbo Divino.

MUÑOZ, D., (2010), Cartas de Juan, comentarios a la Nueva Biblia de Jerusalén, Desclée de Brouwer.

NESTLE-ALAND, (1995), Novum Testamentum Graece, Deutsche Bibelgesellschaft.

RAMOS, F., (1971), Escritos de san Juan, Evangelio, Cartas, Apocalipsis, PPC.

SALGUERO, J, (1960), Biblia comentada, vol. VII, epístolas católicas y Apocalipsis, Biblioteca de Autores Cristianos.



[2] NESTLE-ALAND, (1995), Novum Testamentum Graece, Deutsche Bibelgesellschaft, pp.625.626.

[3] DÍAZ, R., (1954), Las epístolas católicas, en la Biblia de Monserrat vol. 22, Monestir de Montserrat, p. 164.

[5] RAMOS, F., (1971), Escritos de san Juan, Evangelio, Cartas, Apocalipsis, PPC, p. 133.

[6] MUÑOZ, D., (2010), Cartas de Juan, comentarios a la Nueva Biblia de Jerusalén, Desclée de Brouwer, p. 210.

[8] BIBLIA DE JERUSALÉN, (2019), Segunda epístola de san Juan, Desclée de Brouwer, p.1875.

[9] SALGUERO, J, (1960), Biblia comentada, vol. VII, epístolas católicas y Apocalipsis, Biblioteca de Autores Cristianos, p. 265.

[13] BIBLIA DE JERUSALÉN, (2019), Segunda epístola de san Juan, Desclée de Brouwer, p.1875.

[15] MUÑOZ, D., (2010), Cartas de Juan, comentarios a la Nueva Biblia de Jerusalén, Desclée de Brouwer, pp. 214-215.

[18] MORGEN, M., (1988), Las cartas de Juan, Verbo Divino, p. 62.

[21] BIBLIA DE JERUSALÉN, (2019), Segunda epístola de san Juan, Desclée de Brouwer, p.1875.

[25] MUÑOZ, D., (2010), Cartas de Juan, comentarios a la Nueva Biblia de Jerusalén, Desclée de Brouwer, p. 217.

[28] MUÑOZ, D., (2010), Cartas de Juan, comentarios a la Nueva Biblia de Jerusalén, Desclée de Brouwer, p. 217.

[29] BIBLIA DE JERUSALÉN, (2019), Segunda epístola de san Juan, Desclée de Brouwer, p.1875.

[30] MORGEN, M., (1988), Las cartas de Juan, Verbo Divino, p. 63.

[31] MUÑOZ, D., (2010), Cartas de Juan, comentarios a la Nueva Biblia de Jerusalén, Desclée de Brouwer, p. 218.

[34] BIBLIA DE JERUSALÉN, (2019), Segunda epístola de san Juan, Desclée de Brouwer, p.1875.

[35] SALGUERO, J, (1960), Biblia comentada, vol. VII, epístolas católicas y Apocalipsis, Biblioteca de Autores Cristianos, p. 270.

[36] MUÑOZ, D., (2010), Cartas de Juan, comentarios a la Nueva Biblia de Jerusalén, Desclée de Brouwer, p. 218.

[37] MORGEN, M., (1988), Las cartas de Juan, Verbo Divino, p. 64.

[38] MUÑOZ, D., (2010), Cartas de Juan, comentarios a la Nueva Biblia de Jerusalén, Desclée de Brouwer, p. 219.

[39] BIBLIA DE JERUSALÉN, (2019), Segunda epístola de san Juan, Desclée de Brouwer, p.1875.

[40] SALGUERO, J, (1960), Biblia comentada, vol. VII, epístolas católicas y Apocalipsis, Biblioteca de Autores Cristianos, p. 270.