domingo, 21 de septiembre de 2025

“No pueden servir a Dios y al dinero”

MARCATUNA


         El domingo 21 de septiembre, XXV del Tiempo Ordinario me correspondió la Celebración de la Palabra en la capilla del sector Marcatuna, en Huachac. A las 10:00 a.m. inició la Liturgia. Uno de los presentes transmitió en vivo toda la celebración, por lo que mi reflexión de la palabra quedó grabada. La extraje de su página de Facebook y la sometí a la IA, la que me dio como resultado el texto que comparto a continuación:

Homilía sobre Lc 16,1-13

Queridos hermanos:

Iluminados por la Palabra del Señor, reflexionemos hoy sobre la verdadera riqueza que Dios nos propone.

1. Jesucristo, modelo de pobreza

Cristo, el Hijo de Dios, no fue un hombre rico ni poderoso en medio de su contexto histórico. Nació en la humildad de un pesebre y creció en un hogar sencillo: José, María y el pequeño Jesús formaban una familia pobre, sostenida por el trabajo del carpintero de Nazaret. Jesús mismo aprendió ese oficio, pero nunca vivió con grandes bienes materiales.
De hecho, Él dijo: “El Hijo del Hombre no tiene dónde reclinar la cabeza”.

Jesús vivió en pobreza, y desde allí anunció que existe una riqueza más grande que la terrena: el tesoro del cielo.

2. La parábola del administrador astuto

El Evangelio de hoy nos presenta la parábola del administrador astuto. Este hombre, al enterarse de que perdería su puesto, buscó asegurarse el futuro reduciendo las deudas de los acreedores de su amo. Actuó con malicia, sí, pero también con astucia.

Jesús no alaba la corrupción del administrador, sino la capacidad de prever y actuar con decisión frente a una dificultad. El Señor nos invita a ser también astutos, pero no para el mal, sino para hacer el bien, para vivir con rectitud y buscar el Reino de Dios.

3. El dinero y el peligro de la idolatría

Al final del pasaje, Jesús es claro y contundente: “Nadie puede servir a dos señores… No pueden servir a Dios y al dinero.”
El dinero tiene su valor: permite vivir con dignidad y el trabajador merece su salario. Pero no debe ocupar el lugar de Dios en nuestra vida.

Lamentablemente, muchas veces hemos puesto al dinero en primer lugar y hemos relegado a Dios al último. Pensemos: ¿cuántas personas dedican incluso el domingo —día del Señor— enteramente al trabajo y al dinero, olvidándose de la Eucaristía?

El dinero puede convertirse en un ídolo que roba la paz, sobre todo cuando nos endeuda o nos esclaviza. San Pablo nos recuerda que la única deuda del cristiano es la del amor.

4. El llamado a la solidaridad

Aunque la mayoría de nosotros vivimos con recursos limitados, siempre hay quienes tienen menos que nosotros. El Evangelio y los profetas nos piden tender la mano al pobre, al necesitado, al que sufre.

El salmo de hoy lo expresa bellamente: “Dios alza de la basura al pobre.”

También nosotros debemos levantar al hermano caído y compartir de lo poco o mucho que tengamos. Porque nadie puede decir que ama a Dios si no ayuda al hermano necesitado.

5. María, sierva del Señor

En este camino nos acompaña la Santísima Virgen María. Ella se presentó como la “esclava del Señor”, escuchó su Palabra, fue humilde y servicial. Puso sus talentos al servicio de Dios y de los demás.

Sigamos su ejemplo: no todos servimos para todo, pero todos servimos para algo. Ese “algo” debemos ofrecerlo a Dios y al prójimo con generosidad.

Conclusión

Queridos hermanos:

La verdadera riqueza no está en el dinero ni en los bienes materiales —que son pasajeros—, sino en Dios mismo. Lo que realmente permanece es el amor, la justicia, la misericordia y el servicio.

Vivamos como pobres de espíritu, confiados en Dios y generosos con los demás. Así tendremos nuestro tesoro en el cielo.

Que así sea.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.

lunes, 15 de septiembre de 2025

María, Madre de los pobres y Consuelo para los migrantes

María, madre de los pobres y Consuelo para los migrantes

         Como se ha visto, a lo largo de esta exégesis bíblica y pastoral sobre la unción de Betania hemos procurado mantener la centralidad cristológica que exige el texto evangélico. Sin embargo, como verdaderos cristianos, nos resulta imposible hablar de Jesús sin referirnos a su santísima Madre, la Virgen María, la humilde sierva de Nazaret. Por ello, detengámonos ahora a contemplar quién es María: la Madre de Dios y la Madre de los pobres.

         De María sabemos lo que nos revelan los evangelistas: que desempeña un papel protagónico en el misterio de la Encarnación del Hijo de Dios. Ante el mensaje del ángel, ella respondió con su fiat —“hágase”—, proclamándose sierva del Señor (Lc 1,38). Esta primera y esencial identificación de María, después de quedar manifiesta su virginidad, es la de humilde servidora de Dios. En ello se revela su lugar entre los más sencillos y desprendidos de este mundo, aquellos que, con total disponibilidad, se abren a la voluntad divina.

         María es Madre de Dios, y el Hijo que concibió fue generoso, pues siendo rico se hizo pobre por nosotros, para enriquecernos con su pobreza (2 Co 8,9). Como hemos visto, en Jesús reconocemos al pobre entre los pobres; por tanto, María, al ser Madre de Dios, es también Madre de los pobres, precisamente en virtud de su Hijo.

         Esta pobreza y humildad, que no son solo rasgos propios de María o de Jesús por separado, sino que abarcan también al justo José —y, por tanto, a toda la Sagrada Familia de Nazaret—, se manifiestan claramente en el nacimiento del Señor. Sabemos que Jesús no vino al mundo en un palacio, rodeado de lujos y riquezas, sino en un pesebre, el lugar más humilde, donde se alimentan los animales (Lc 2,7).

         Toda la grandeza teológica de María tiene su fundamento en la humildad de su vida concreta. Ella es María de Nazaret, una mujer sencilla del pueblo, que vivía la fe con la religiosidad popular de su tiempo: presentando a su Hijo en el templo, peregrinando a Jerusalén (Lc 2,21ss; 41ss), visitando a sus familiares (Lc 1,39ss), participando en las celebraciones de su comunidad, como las bodas (Lc 2,48.51; Mc 3,31-32), y permaneciendo fiel junto a la cruz, como una madre totalmente entregada (Jn 19,25). En esa pequeñez —y precisamente por ella, no a pesar de ella—, María llegó a ser todo lo que la fe proclama de su persona, porque el Señor hizo en ella maravillas (Lc 1,49)[1].

         Un hecho especialmente significativo fue la ayuda que María prestó a su parienta Isabel (Lc 1,56). La ancianidad de Isabel y su inesperado embarazo la colocaban entre las personas más pobres y vulnerables de su tiempo; sin embargo, allí estuvo María para asistirla. Fue en su ayuda sin demora ni reservas, “a toda prisa”, movida no por interés propio, sino por el deseo sincero de servir. Esta actitud refleja el corazón generoso de María, Madre de los pobres y Auxilio de los cristianos, como la invocamos en las letanías.

         ¿No acudirá María en nuestra ayuda si la invocamos con fe? ¿Podríamos acaso dudar de su auxilio maternal, especialmente para con los pobres? “La mediación de María es la prueba de su amor de madre para con los hombres”[2]. María, pobre y humilde, permanece siempre atenta a las necesidades de los demás, no solo de sus parientes, sino también de sus amigos. Recordemos la escena de las bodas de Caná, donde Jesús fue invitado junto con sus discípulos y también su Madre (Jn 2,1ss). Ante la falta de vino, es María quien primero percibe la necesidad y, movida por compasión, intercede ante su Hijo para que devuelva la alegría a los novios y a todos los presentes. Por eso, con razón, la llamamos Causa de nuestra alegría.

         Toda la vida y el testimonio de María proclaman la predilección de Dios por los pobres y su opción amorosa por ellos. Llena del Espíritu Santo, María profetizó en el Magnificat una auténtica revolución evangélica, social y espiritual, al cantar que el Señor “derribó a los poderosos de su trono y elevó a los humildes; colmó de bienes a los hambrientos y despidió a los ricos con las manos vacías” (Lc 1,52-53). En ella comprendemos con mayor claridad la preferencia de Dios por los últimos, porque María experimentó que el Señor exalta a los despreciados y sacia de bienes a quienes padecen hambre. La verdadera esperanza del pobre no eres tú ni yo: es Dios mismo, y María lo supo y lo vivió en lo más profundo de su existencia.

         Como primera discípula de su Hijo, María sale a nuestro encuentro para conducirnos hacia Él. Pensemos en las dos grandes mariofanías que guarda con amor la fe de América Hispana: Guadalupe, en México, y Coromoto, en Venezuela. En ambas, la Madre de los pobres elige a los más humildes y se acerca a los últimos, pues en san Juan Diego Cuauhtlatoatzin y en el cacique Coromoto están representados nuestros pueblos originarios, los excluidos y los desamparados. El mensaje de María es siempre un anuncio de salvación y liberación, una invitación a la confianza en Dios y a la fidelidad a su Hijo, porque la auténtica piedad mariana es cristocéntrica y soteriológica.

         El libro del Apocalipsis nos recuerda que quienes obedecen los mandamientos de Dios y conservan el testimonio de Jesús son la descendencia de María, sus verdaderos hijos, contra los cuales se desata la furia de Satanás (Ap 12,17). María, Madre de los pobres y Madre de la Iglesia, es para nosotros refugio seguro e inspiración constante en la lucha contra el mal y todas sus formas, la principal de ellas: la pobreza.

         En junio de 2020 el papa Francisco agregó tres nuevos títulos a la lista de las Letanías Lauretanas a la Santísima Virgen María: Mater misericordiae –Madre de la misericordia-, Mater spei –Madre de la esperanza- y Solacium Migrantum –Consuelo para los migrantes-. Meditemos ésta última letanía a continuación[3]. Por solacium se pueden tener como sinónimos: alivio, consuelo o ayuda. María Santísima es el alivio, el consuelo y la ayuda para los migrantes.

Primero que todo agradezcamos al Santo Padre Francisco por este noble gesto de presentarnos a María como modelo a seguir y a acudir en la situación de migrantes. El mismo Papa es hijo de inmigrantes italianos residenciados en Argentina, y no le avergonzó decirlo, pues lo recordó en el discurso de su primera visita a la Casa Blanca en la capital de los Estados Unidos de América. Definitivamente, nuestro mundo es uno solo, y en este planeta cabemos todos. Las naciones históricamente están acostumbradas a recibir personas de otras procedencias, las mismas que a lo largo de los siglos han ayudado en el desarrollo de los países donde han llegado, basta solo con echar una mirada al pasado y nos convenceremos de que esto es así.

Consuelo para los migrantes -hermoso título mariano- encuentra su fundamento teológico en las Sagradas Escrituras, específicamente en el evangelio de Mateo, capítulo 2, versículos 13-21; donde se narra la huida de la Sagrada Familia a Egipto, para escapar de la persecución del rey Herodes, seguida de la matanza de los inocentes y culminando el relato con la vuelta de José, María y el niño Jesús a la tierra de Israel. Analicemos pausadamente este pasaje y veamos por qué María es el Consuelo para los migrantes.

El relato de la huida a Egipto está precedido por el relato de la visita de los magos (2, 1-12), en cuyo final los tres visitantes depositan sus regalos a los pies del recién nacido: oro, incienso y mirra. De este episodio podemos deducir que José y María experimentaron una gran alegría, pues su pequeño era reconocido como Dios y Señor por estos magos de Oriente, además, habían recibido unos regalos que, dadas las circunstancias del viaje y el repentino parto de María, les vendría muy bien. Podríamos pensar que la Sagrada Familia de Nazaret estaba experimentando una bonanza económica, pues ciertamente el oro recibido habría de invertirse en la crianza del Mesías. Pero es en estas circunstancias en las que parece llegar la supuesta desgracia.

Relata el evangelista que, una vez retirados los magos, el Arcángel Gabriel “se apareció en sueños a José y le dijo: «Levántate, toma contigo al niño y a su madre y huye a Egipto; y estate allí hasta que yo te diga. Porque Herodes va a buscar al niño para matarle»”. Imaginemos la confusión de José y María, ya que, después de una escena tan gloriosa como la visita de los magos, ahora Dios les pedía huir de su tierra, dejar sus cosas, sus propiedades por muchas o pocas que tuvieran -la carpintería de José, por ejemplo- para partir hacia una tierra lejana y desconocida para los tres.

José, el humilde hombre elegido por Dios para ser Custodio del Mesías, no se acobardó ni titubeó ante semejante noticia, por el contrario, “él se levantó, tomó de noche al niño y a su madre, y se retiró a Egipto; y estuvo allí hasta la muerte de Herodes”. Notemos cómo la respuesta de José fue inmediata –salieron de noche-, pues un padre de familia hace lo que sea por cuidar de los suyos, sin importar el qué dirán. En Belén más de uno hubo de preguntarse cómo era posible que José hubiera levantado a su mujer y al recién nacido para partir; tal vez alguno le hubiese aconsejado quedarse y soportar la persecución de Herodes, aun cuando la vida del pequeño corría peligro, porque para algunos, resistir es un acto heroico, pero en este caso, como en muchos, significaba un auténtico suicidio. José no dudó, se armó de valor y emprendió el viaje hacia Egipto, enfrentándose a una cultura, una religión y hasta una lengua diferente. Y en todas estas ¿qué podemos decir de María?

María es la humilde esclava del Señor, en ella se cumplió la Palabra del Altísimo. Pensemos en la joven nazarena al lado de su valiente esposo y con su hijito en brazos. Imaginemos a María siempre optimista y entusiasta en la huida a Egipto, pendiente de la criatura y bondadosa también con el fatigado José, cariñosa en palabras y gestos. Ella, la Reina del cielo y de la tierra fue, de seguro, el mejor refugio de José y Jesús. Hermosa Madre y Esposa.

Tras largos días de caminata, expuestos al sol y al peligro de los ladrones y viandantes de aquellas regiones desérticas, una vez ubicados en tierras lejanas, es posible que José repitiera la escena de Belén, con María y el niño sobre el jumento, de posada en posada buscando un lugar para resguardarse. ¿Qué harían José y María en sus primeros días de migrantes? De seguro José no se quedó de brazos cruzados, ni mucho menos se abandonó a las limosnas de las gentes. ¡Qué hermoso es verlo caminar de un lado a otro, esperanzado en conseguir un encargo para dedicarse al arte de trabajar la madera, que era lo que mejor sabía hacer! ¡Qué hermosa es María, atentísima en los quehaceres del hogar, pendiente de Jesusito y siempre puntual con la comida de san José obrero! Esa es María, la más humilde e importante a la vez, la más necesaria. Es ahí donde podemos comprender que, efectivamente, es María el Consuelo para los migrantes.

El texto evangélico continúa explicando la matanza de los inocentes, esto se llevó a cabo por orden de Herodes, quién consideró oportuno asesinar a todos los niños varones menores de dos años, para asegurarse así de que el Mesías pereciera también. Mateo finalmente agrega: “Muerto Herodes, el Ángel del Señor se apareció en sueños a José en Egipto y le dijo: «Levántate, toma contigo al niño y a su madre, y ponte en camino de la tierra de Israel; pues ya han muerto los que buscaban la vida del niño»”. Él se levantó, tomó consigo al niño y a su madre, y entró en tierra de Israel. Amigos, qué final tan oportuno. La Sagrada Familia volvió a su tierra, una vez muerto Herodes.

En nuestra actualidad son muchas las familias que se ven obligadas por los nuevos Herodes a abandonar sus naciones, en busca de un futuro mejor. Todas esas familias deben verse reflejadas en la Sagrada Familia de Nazaret y saber que la situación de migrantes, en el mejor de los casos, no durará toda la vida. Así como Jesús, María y José sufrieron persecución y destierro, pero finalmente volvieron a su tierra natal, asimismo aquellos que sobrellevan actualmente la situación de migrantes, algún día retornarán a sus casas. María es el Consuelo para los migrantes porque ella misma fue migrante, y con la ayuda de Dios y el esfuerzo de José logró superar esa etapa de su vida, saliendo victoriosa y –como siempre- alegre y optimista.

Concluyo esta reflexión con unas palabras de Benedicto XVI en su famoso libro La infancia de Jesús: “Con la huida a Egipto y su regreso a la tierra prometida, Jesús concede el don del éxodo definitivo. Él es verdaderamente el Hijo. Él no se irá para alejarse del Padre. Vuelve a casa y lleva a casa. Él está siempre en camino hacia Dios y con eso conduce del destierro al hogar, a lo que es esencial y propio. Jesús, el verdadero Hijo, ha ido él mismo al «exilio» en un sentido muy profundo para traernos a todos desde la alienación hasta casa”.

No olvidemos que, Jesús es la única y verdadera razón de esta hermosa letanía a María Santísima, pues es Jesús el gran migrante. Primero lo fue en su infancia, con la huida a Egipto, y luego en el ejercicio de su ministerio, pues como lo relata (Lc 4, 24) Jesús fue rechazado por los mismos aldeanos y vecinos suyos, de ahí que pronunció con dolor las siguientes palabras: “ningún profeta es bien recibido en su patria”, o como lo decimos comúnmente, nadie es profeta en su tierra.

El Señor en su evangelio no es ajeno a la situación de los que abandonan su patria para ir a lejanos lugares, como le pasó a él mismo, por eso lo dejó claro en Mateo 25, 44-45: “Ellos replicarán: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento, emigrante o desnudo, enfermo o encarcelado y no te socorrimos? Él responderá: Les aseguro que lo que no hicieron a uno de estos más pequeños no me lo hicieron a mí”.

jueves, 4 de septiembre de 2025

El pueblo de las casas vacías

     SANTA ROSA DE LIMA, RUEGA POR NOSOTROS

Dentro del plan pastoral de la parroquia Santo Domingo de Guzmán de Sicaya, se nos encomendó a mi hermano seminarista y a mí cumplir una misión en la comunidad más alejada de la parroquia: el pueblito de Santa Rosa de Tistes, o simplemente “Tistes”. La similitud del nombre con la palabra “tristes” —cuyo significado desconocíamos— nos causó una impresión inmediata. Lo primero que pensé al escuchar al párroco decir que iríamos a Tistes fue en aquel sentimiento contrario a la felicidad. Con el tiempo descubrí que no era solo una ocurrencia personal: un día, viajando hacia allí, un chofer respondió al teléfono y al dar su ubicación dijo con toda naturalidad que iba subiendo a “Tristes”.

Nuestra misión consistía en catequizar a niños, jóvenes y adultos que aún no habían recibido los sacramentos de iniciación cristiana: bautismo, eucaristía y confirmación. El primer acercamiento fue una visita para conocer el lugar y entregar una carta firmada por el párroco a una de las tres autoridades del pueblo, donde se explicaba el motivo de nuestra presencia.

El viaje inicia en Chupaca, desde donde parten los vehículos hacia Tistes. El recorrido atraviesa paisajes de la puna peruana, dignos de revista. Hay un punto especial en el camino: una altura desde la que se contempla, al mismo tiempo, la ciudad de Huancayo y el nevado Huaytapallana, siempre blanco y traslúcido. En la ruta se pasa por varios pueblitos, siendo Chambará el más importante: capital de distrito, con la mayor concentración de casas y población de la zona.

Ya cerca de Tistes, se observan las ruinas de tapia de una antigua capilla y, a su costado, grandes muros de lo que probablemente fue una hacienda ganadera. Al llegar, lo primero que aparece ante los ojos es un gran campo deportivo, ocupado no por futbolistas ni atletas, sino por centenares de ovejas que pastan tranquilamente, vigiladas desde lejos por su pastor. El silencio solo se rompe con el motor del vehículo que lleva y trae a los pobladores cada hora aproximadamente.

El transporte nos dejó en la plazuela del pueblo, justo frente a la capilla. Tistes es una pequeña comunidad de la puna alta de Junín, con no más de medio centenar de casas, en su mayoría de tapia, algunas de adobe y muy pocas de cemento, lo que en el Perú se llama “material noble”. La plazuela está dedicada a Santa Rosa de Lima: su imagen, de tamaño mediano, está resguardada en un nicho de cemento con rejas y vidrios, sobre una fuente en el centro. Alrededor de la plaza se encuentran el salón comunal, la escuelita y la capilla; detrás de esta última, una posta médica, quizá la más inútil de todo el hemisferio occidental.

La paz de Tistes puede parecer envidiable a algunos, pero para otros resulta desconcertante, incluso preocupante. Apenas bajamos del vehículo, vimos a lo lejos a un pastor con sus ovejas. Nos acercamos a preguntarle por alguna autoridad para entregar la carta, y resultó ser él mismo uno de los tres representantes del pueblo. Se llamaba don Demetrio. Firmó el recibido y, tras escuchar nuestro plan, nos desalentó de inmediato de visitar las casas, dándonos una razón evidente: en Tistes todos se dedican al pastoreo de ovejas y vacas, y salen a las pampas lejanas en busca de pastos. Además, el sábado —justamente el día de nuestra llegada— es el momento en que bajan a Chupaca a vender sus productos o hacer compras. De seguro, no encontraríamos a nadie en sus hogares. Y así es: Tistes es, literalmente, el pueblo de las casas vacías.

Nos despedimos de don Demetrio y buscamos a la encargada de la llave de la capilla, doña Eda. No estaba en casa, pero uno de sus hijos nos facilitó la llave. Al ingresar, descubrimos un templo de buenas proporciones para un lugar tan pequeño. El cuidado de su frontis y el tallado de sus puertas de madera demuestran el tiempo y el esfuerzo que los habitantes han dedicado a su iglesia. En el interior, suficientes bancas, imágenes de santos —dos de Santa Rosa, una de Santo Domingo de Guzmán, dos de la Virgen María— revelan la fe sencilla y perseverante de este pueblo de pastores.

Los sábados, la pastoral en Tistes consistía en salir a las 2:00 p.m. del seminario hacia Chupaca. Allí debíamos esperar a que al menos siete personas tuvieran como destino Tistes para que saliera un auto o una combi completa. El pasaje costaba 5 soles y el recorrido duraba aproximadamente 45 minutos.

Al llegar a la capilla, nos poníamos a barrer y a ordenar un poco todo para la catequesis. También poníamos música católica con un pequeño parlante que yo llevaba, para animar el ambiente y la celebración de la Palabra. El tema de la catequesis era muy sencillo: con no más de diez encuentros nos dedicamos a tratar aspectos generales para recibir la Confirmación.

Con el paso de los sábados y domingos, se fueron apuntando diversas personas de Tistes que necesitaban el Bautismo, la Primera Comunión o la Confirmación. Sin embargo, ninguna de ellas asistió a las charlas preparatorias. Permanecíamos en la capilla hasta las 6:00 p.m., con o sin catequesis. A veces aprovechábamos para rezar el Santo Rosario o las Vísperas.

Como la capilla no contaba con fluido eléctrico, a pesar de nuestras insistencias al encargado, no podíamos quedarnos más tiempo allí. Por ello, nos dirigíamos a la casa de don Teodoro Morales, quien nos la había facilitado para hospedarnos, entregándonos un juego de llaves. En la casa preparábamos nuestra cena y conversábamos hasta tarde en la noche, escuchando música o viendo alguna película.

Al día siguiente, los domingos, después de desayunar, íbamos a la capilla donde rezábamos las Laudes. Si había concurrencia de fieles, celebrábamos la Liturgia de la Palabra. No eran muchos los asistentes: dos o tres habitantes de Tistes solían participar en la celebración. En la capilla teníamos la reserva del Santísimo, lo que nos permitía dar la comunión y comulgar nosotros.

Finalizada la liturgia, esperábamos el transporte para bajar a Pilcomayo, donde nos aguardaban algunas actividades de apoyo. Solo una vez no hubo transporte, y tuvimos que bajar caminando de Tistes a Chambará, en un trayecto de una hora por caminos de tierra y pastizales.

Una noche, conversando con la señora de la casa donde nos hospedábamos, ella nos contó que en la antigua capilla —la que hoy está en ruinas— se había casado hace muchos años con su esposo. Más tarde, añadió que había tenido un sueño, o más bien una pesadilla muy particular: en ella se encontraba dentro de esa misma capilla, cuando de pronto el suelo se abrió y de allí salió el mismísimo demonio. Ella luchaba desesperadamente por no caer en aquel hueco, que parecía conducir directamente al infierno. Fue un relato un tanto extraño, pero lo cierto es que nos dejó profundamente impactados.

A esta pareja, don Teodoro Morales y su señora esposa, les estuvimos muy agradecidos por la hospitalidad. Como gesto de generosidad de nuestra parte, les obsequiamos un cuadro de buen tamaño de la Virgen Mama Percca, el cual colocamos en la habitación de la casa que funciona como capilla. En ese espacio se encuentran también gran cantidad de cuadros de diversas vírgenes y advocaciones peruanas del Señor y de su Santísima Madre, por lo que es prácticamente imposible dudar de la catolicidad de estas personas.

Desde el inicio de nuestra misión habíamos corrido la voz de que la fiesta de Santa Rosa sería el sábado 30, a las 12 del mediodía, y que ese día se llevarían a cabo los sacramentos. Llegado el momento, yo no pude acompañar, pues solo fueron mi hermano seminarista y el sacerdote celebrante. Yo tuve que asumir otros compromisos en Pilcomayo y Sicaya, ya que, ante la ausencia de uno de los tres sacerdotes de la parroquia, se hacía necesaria mi colaboración.

Mi hermano seminarista me comentó después cómo se desarrolló la fiesta. Efectivamente, los cinco habitantes de Tistes fueron confirmados y varios recibieron la Primera Comunión. Los mayordomos de la santa patrona estaban en primera fila; eran personas desconocidas para nosotros, aun siendo ellos de Tistes.

Al final, hubo un pequeño percance con la colaboración por los sacramentos recibidos. Y es que, lamentablemente, la gente no suele comprender que la Iglesia se sostiene con la ayuda de los fieles, siendo este uno de los cinco mandamientos de la institución.

Al terminar nuestra misión comprendimos mejor por qué Tistes es el pueblo de las casas vacías. No se trataba únicamente de la ausencia física de sus habitantes, dedicados al pastoreo o al comercio en Chupaca, sino también de una realidad espiritual: muchas veces las casas estaban cerradas, pero también los corazones parecían necesitar abrirse para recibir plenamente la gracia de Dios. Sin embargo, en medio de esa aparente soledad, la capilla, con el Santísimo presente, era como un corazón palpitante que mantenía viva la fe de aquel rincón alto y silencioso de la puna.

Quizá nuestra breve estadía no llenó todos los vacíos, pero sí dejó una semilla. Allí donde parecía que todo estaba vacío, descubrimos que Dios se hace presente y sostiene la esperanza. Por eso, cuando recordemos Tistes, no lo haremos solo como un punto remoto en el mapa, sino como un signo: el pueblo de las casas vacías, que nos enseñó a valorar la perseverancia sencilla de unos pocos fieles y la certeza de que, aun en la soledad, el Señor nunca abandona a su pueblo.