miércoles, 10 de diciembre de 2025

Mi cumpleaños n° 30

Inicio los treinta y a por muchos más...


Cuenta la Tradición que Cristo inició su vida pública a los treinta años, luego de haber permanecido “oculto” en Nazaret y sus alrededores, dedicado al oficio de constructor o carpintero. A partir de esa edad comenzó la predicación del Reino durante tres años, hasta su crucifixión en Jerusalén. Hoy, precisamente, he alcanzado yo también esa cifra simbólica: treinta años de vida. Veinticinco vividos intensamente en Venezuela y los últimos cinco en el Perú, tierra que me ha acogido y donde continúo mi camino vocacional.


Mi esperado 10 de diciembre comenzó muy temprano. A las 5:30 de la mañana debíamos estar listos para dirigirnos al aeropuerto de Ayacucho con destino a Lima. Viajé acompañado de mis hermanos seminaristas de Ayacucho y de mis dos padres formadores, pues se trataba del paseo de fin de año programado para estas fechas decembrinas. En Lima, sin embargo, tuve que separarme momentáneamente del grupo y adelantar mi vuelo hacia Arequipa debido a una corrección en mi segundo apellido que figuraba en el boleto. La situación fue curiosa: bajé del avión y volví a subir al mismo, esta vez con rumbo a la llamada “ciudad blanca”.

Durante el trayecto aéreo, un tanto pensativo por la fecha que celebraba, recibí una grata sorpresa por parte de la tripulación de Latam. Uno de los azafatos se acercó para felicitarme por mi cumpleaños y me entregó una pequeña bolsa con galletas junto a una tarjeta de salutación. El gesto me tomó desprevenido y me conmovió sinceramente. Aunque no se tratara de amigos cercanos o conocidos, agradecí de corazón aquella delicadeza tan humana.

Ya en Arequipa aguardé en el aeropuerto a mis hermanos, muchos de los cuales —a pesar de conocer la fecha de mi onomástico— la habían pasado por alto, para mi desánimo. Nos instalamos en el hostal y luego salimos a almorzar al centro de la ciudad, en un mercado donde degustamos comida típica de la región. Por la tarde descansamos brevemente y después nos dirigimos a la Plaza de Armas y a la Catedral. Allí realizamos una visita devota y aprovechamos para tener un momento de oración ante el Santísimo Sacramento, en la capilla del sagrario. De rodillas ante el Señor, le presenté mis deseos e intenciones en este día en que cumplía treinta años. Dios sabe lo que le pedí con fe para el año 2026; solo Él conoce lo que es verdaderamente bueno para mí, y así lo acepto.

Esa noche participamos en la Santa Misa en un templo cercano a la catedral. Pude vivirla con especial recogimiento y gratitud, agradeciendo a Dios por el don de la vida y de la vocación, ahora con treinta años y cada vez más cerca de la meta, que no es un final, sino el comienzo de una vida consagrada totalmente a Dios y a su pueblo.

Más tarde, antes de cenar en una chifa, visitamos el imponente convento-museo de Santa Catalina de Siena, en Arequipa, lugar donde vivió y se santificó la beata Sor Ana de los Ángeles Monteagudo. Ya de regreso en el hostal, me adelanté para ducharme y descansar. Sin embargo, al estar listo, me llamaron a una pequeña sala donde me esperaban todos mis hermanos seminaristas junto a los dos formadores, con una torta improvisada para cantarme el “Cumpleaños feliz”. No había vela, pero uno de ellos, con notable ingenio, colocó en su teléfono la imagen de una vela encendida; al soplarla, apagó la pantalla con el dedo, haciendo ver que efectivamente había cumplido el rito. Luego siguieron las palabras de cada uno: mensajes sinceros, atentos y cargados de buenos deseos, que agradecí profundamente al final.

Este fue otro de tantos cumpleaños lejos de la familia. Ellos, no obstante, me habían escrito desde temprano, haciéndome sentir su cercanía. Mi mejor regalo fue, sin duda, la oportunidad de conocer el sur del Perú en un periplo que terminó siendo incluso binacional.

Desde Arequipa, el día 11 de diciembre, nos dirigimos al Santuario de la Virgen de Chapi, un moderno recinto de enormes proporciones, donde celebramos la Santa Misa. Luego, por la noche, continuamos hacia Puno, a donde llegamos el día 12, visitando su catedral y el lago Titicaca con sus islas flotantes. Al día siguiente, 13 de diciembre, arribamos a Desaguadero, la frontera entre Perú y Bolivia. A pesar de la negativa inicial de las autoridades migratorias bolivianas para permitirme el ingreso, finalmente crucé junto al grupo de seminaristas y sacerdotes, rogando a Dios que no encontráramos ningún control terrestre. El Señor escuchó nuestra súplica.

En Bolivia conocimos Tiawanaco, El Alto y La Paz, donde pasamos la noche. Al día siguiente, 14 de diciembre, partimos hacia Copacabana para visitar el Santuario de la Virgen; allí alcanzamos a escuchar media misa antes de emprender el regreso a Puno. Finalmente, el 15 de diciembre, nos dirigimos a Juliaca, desde donde tomamos un vuelo a Lima y regresamos ese mismo día a Ayacucho.

Así cumplí mis treinta años con alegría, en tres ciudades distintas del Perú: Ayacucho, Lima y Arequipa, recorriendo nuevos lugares y completando, casi sin buscarlo, mi paso por los cinco países liberados por Simón Bolívar. Dios me ha concedido conocer Caracas, en Venezuela; Bogotá, en Colombia; Quito, en Ecuador; Lima, en Perú; y La Paz, en Bolivia. Un itinerario geográfico que acompaña, silenciosamente, otro más profundo: el del alma que camina, agradecida, bajo la providencia de Dios.