martes, 3 de febrero de 2026

La excomunión como lugar teológico

EL CASO DEL PADRE NATALIO PÉREZ


Las excomuniones en la Iglesia católica constituyen la pena eclesiástica más severa, pues impiden la recepción de los sacramentos y el ejercicio de determinados actos eclesiásticos. Su absolución, en consecuencia, solo puede ser concedida, conforme al derecho canónico, por el Papa, por el obispo del lugar o por sacerdotes expresamente autorizados por ellos[1]. Estar excomulgado significa, en sentido estricto, “estar fuera de la comunión de la Iglesia”, es decir, una separación formal de la vida de la fe como sanción por una falta cometida.


A continuación, se analizará la excomunión como lugar teológico a través del personaje del padre Natalio Pérez, interpretado por Damián Alcázar en la película mexicana El crimen del padre Amaro” (2002), adaptación cinematográfica de la novela homónima publicada en 1875 por el escritor portugués José María Eça de Queirós.

Primero conviene revisar los hechos que llevaron al padre Natalio a recibir la excomunión por parte de su obispo. En el largometraje mexicano “El crimen del padre Amaro”, protagonizado por Gael García Bernal, el padre Natalio es presentado como un sacerdote identificado con la Teología de la Liberación y párroco de una comunidad periférica, ubicada en la sierra. Se trata de una población campesina constantemente amenazada por el narcotráfico; al tomar cartas en el asunto para defenderse del crimen organizado, sus habitantes son catalogados como “guerrilleros”. En este contexto, el padre Natalio, por acompañar y proteger a su comunidad, es señalado como el supuesto cabecilla y protector de la guerrilla.

En una de las escenas clave, durante una reunión de sacerdotes de la región, el padre Natalio es increpado por otro presbítero, quien intenta hacerle ver su “error” al alzarse en armas junto a sus feligreses. Asimismo, se le advierte que el obispo no aprueba la actitud que ha asumido. Paralelamente, el padre Natalio invita en reiteradas ocasiones al joven padre Amaro a pasar algunos días en la sierra, con el fin de que conozca de primera mano la dura realidad que viven los campesinos.

Tiempo después, el padre Natalio recibe una nota de su Ordinario, entregada por el propio padre Amaro, en la que se le comunica su excomunión por desobediencia. El motivo inmediato es su negativa a aceptar el traslado como capellán de una comunidad de religiosas, medida concebida como un castigo por incitar —según la autoridad eclesiástica— a sus parroquianos a defenderse de los narcotraficantes, quienes eran asiduos bienhechores del obispado. La notificación le llega al salir del funeral de un hombre asesinado por el crimen organizado. Conmovido hasta las lágrimas, pero con plena claridad de conciencia, el padre Natalio decide no abandonar el lugar y renunciar, de hecho, a su condición clerical para convertirse en uno más entre los campesinos.

La trama se complejiza aún más cuando se entiende que el padre Natalio había actuado movido también por un deseo de represalia contra el sacerdote y el obispo que lo acusaban de guerrillero. En ese contexto, envía a uno de los suyos a robar unas fotografías comprometedoras, en las que dicho sacerdote aparece participando en el bautizo de un hijo del capo del cártel. Este acto provoca la muerte del emisario. Según la lógica narrativa de la película, el padre Natalio es etiquetado como exponente de la Teología de la Liberación fundamentalmente por haber decidido tomar las armas junto a su pueblo y compartir su destino, sin embargo, el tomar las armas no es ni lo más genuino de esta corriente teológica, ni mucho menos una malinterpretación de su puesta en práctica.

Según Elsa Aguilera[2], el padre Natalio es el personaje que dignifica la figura del sacerdote en la película, a diferencia de su homónimo en la novela. En el filme, este personaje encarna los principios de la Teología de la Liberación, particularmente la “opción por los pobres”, al buscar hacerlos realidad en la práctica pastoral. Vicente Leñero, guionista de la obra, afirma que el tratamiento de Natalio —así como la construcción de su breve pero dramática historia— fue uno de los aspectos que mayor satisfacción le produjo durante la escritura del guion.

La relación del padre Natalio con la guerrilla y con la Teología de la Liberación constituye uno de los aciertos más relevantes del guion, pues otorga vigencia a la historia dentro del contexto de la realidad mexicana de la época. Natalio es reprendido y posteriormente excomulgado por negarse a participar en la corrupción eclesiástica que se expone en la cinta. En contraste, en la novela todos los personajes clericales parecen actuar del mismo lado, siendo el cinismo el rasgo común que los define.

Los valores de Natalio se sitúan por encima de los intereses políticos y económicos de la jerarquía católica. No acepta los apercibimientos del obispo y se mantiene fiel al cumplimiento del Evangelio en la comunidad rural donde predica, independientemente de los conflictos que esto le genere con sus superiores.

Jorge Ayala Blanco coincide en destacar la relevancia simbólica del personaje al describirlo como “un barbudo teólogo de la liberación bastante extemporáneo, Natalio [...], que se ha asimilado a la guerrilla en las comunidades campesinas de la sierra, desafía al obispo y le vale la excomunión, para erigirse como el único personaje digno y positivo del filme, representando sin duda la esperanza, la huella de luz hacia el final del túnel, la certeza de que no todo está podrido”.

La excomunión del padre Natalio Pérez lo sitúa en un “lugar teológico”, este concepto, desarrollado por el teólogo dominico Melchor Cano, retoma la noción aristotélica de los “topoi” como ámbitos desde los cuales se construye la argumentación teológica. En términos simples, los lugares teológicos son espacios donde se reconoce y discierne la revelación de Dios[3].

Cano distingue entre los lugares constitutivos —la Sagrada Escritura y la Tradición— y aquellos históricos e interpretativos, como la Iglesia, los concilios ecuménicos, los Padres de la Iglesia y los teólogos escolásticos, a los que hoy podría añadirse la liturgia. Aunque estos últimos no tienen el mismo rango que la Escritura y la Tradición, siguen siendo expresiones de la acción de Dios que requieren escucha y discernimiento.

El padre Natalio abre la posibilidad de comprender la excomunión no como una ruptura, sino como una elección de encarnación. Desde su conciencia, decide permanecer junto al pueblo, fiel al Evangelio y comprometido con los más desfavorecidos, antes que someterse a una orden injusta emanada de un superior corrompido y cómplice de intereses ajenos al mensaje cristiano. En este sentido, Natalio encarna el principio bíblico de “obedecer a Dios antes que a los hombres” (cf. Hch 5, 29).

Así, su decisión de permanecer excomulgado en la montaña, viviendo como uno más entre los pobres, puede interpretarse no como un acto de rebeldía contra la Iglesia, sino como la radicalización de su opción evangélica. Al asumir hasta sus últimas consecuencias la vocación recibida de Cristo, Natalio hace vida el anuncio programático del Evangelio: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar la buena nueva a los pobres; me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón, a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, a poner en libertad a los oprimidos” (Lc 4, 18-19).

Aunque la excomunión lo separa jurídicamente de la comunión sacramental, el padre Natalio decide no separarse del pueblo. Esta elección revela una comprensión de la Iglesia que no se reduce al templo ni a la estructura institucional, sino que se reconoce presente allí donde el pastor comparte la vida concreta de los pobres. Natalio no deja de “ser Iglesia” aun estando excomulgado, pues, en su condición de bautizado, permanece inserto en la comunidad cristiana que primero lo acogió como padre y pastor, y que ahora lo reconoce como hermano entre hermanos.

Si bien la excomunión supone una dolorosa ruptura a nivel institucional, en este caso no se manifiesta como una amonestación orientada a hacer consciente al implicado de un supuesto “error”, sino como un acto de injusticia, viciado en su origen y dictado más por las entrañas del poder que por la razón evangélica.

Se establece así un contraste elocuente entre la comunión canónica y la comunión vivida. Aunque el excomulgado deja de actuar oficialmente en nombre de la Iglesia que le confió la misión evangelizadora, pasa a encarnar el Evangelio de manera más radical en medio del pueblo de Dios. De este modo, la separación jurídica no implica necesariamente una ruptura real cuando la fe es auténtica y constituye el fundamento de la vida.

Es cierto que la obediencia es un valor central en la vida eclesial, incluso cuando resulta difícil o incomprensible; sin embargo, existen situaciones —como esta— en las que la conciencia se convierte en ley interior y en voz de Dios que no puede ser silenciada. En definitiva, a los sacerdotes se les forma para obedecer, pero también para pensar y discernir.

La pregunta incómoda que invita a la reflexión es la siguiente: ¿es posible estar fuera de la institución y, al mismo tiempo, permanecer dentro del espíritu del Evangelio? En este sentido, la excomunión injusta se presenta más como una herida que como un triunfo de la verdad.

Existen decisiones eclesiales que resultan incomprensibles en su momento e incluso con el paso del tiempo; determinaciones que no benefician ni al individuo ni a la comunidad. Sin embargo, esto no autoriza a sospechar o cuestionar de manera indiscriminada cualquier orden o mandato de la autoridad legítima. Se impone, por tanto, el ejercicio del discernimiento y del sentido común, que paradójicamente suele ser el menos común de los sentidos. Y ahora, en esta Iglesia sinodal, se habla más de una obediencia dialogada y discernida en el Espíritu, más que de imperativos personales.

El padre Natalio desobedece la orden de abandonar la montaña, pero acata la excomunión que le ha sido impuesta. Permanece en la comunidad no ya en calidad de sacerdote, sino “como uno más” del pueblo. De este modo, incluso en su aparente rebeldía frente a la institución, opta por obedecer la condición de estar jurídicamente incapacitado para el ejercicio del ministerio, aun cuando el propio Código de Derecho Canónico contemple que, en situaciones extremas, puede ejercer aquello que ontológicamente es para siempre: sacerdote del Dios altísimo.

La excomunión del padre Natalio, entendida como lugar teológico, se ilumina al interpretar “la montaña” tanto como espacio concreto como símbolo bíblico. La montaña es lugar de revelación (cf. Ex 34, 27), ámbito de cercanía con Dios fuera del centro del poder (cf. Lc 6, 12) y escenario desde el cual se proclaman y se enseñan las bienaventuranzas (cf. Mt 5, 1-12). La excomunión como lugar teológico es el estado de preferencia de Dios por el que encarna la "pobreza" respecto de la comunión de la Iglesia, es decir, aquellos que, por razones justas o injustas, pasan a ser degregados, discriminados y apartados de la unidad. En la excomunión se revela Dios que no se muda, que nunca abandona al acusado, al perseguido, al pecador.

Al internarse en las montañas, el padre Natalio asume una posición de pequeñez y anonimato: se hace último y aparentemente insignificante para convertirse en el primero en el servicio. La montaña pone de manifiesto la incomodidad inherente al mandato misionero, marcada por las distancias geográficas y la aspereza de los caminos, pero revela también la autenticidad de la vocación de quienes siguen a Cristo y al Evangelio, y no sus propias seguridades o comodidades.

De este modo, la montaña, como símbolo bíblico y teológico, permite comprender la excomunión como un lugar teológico en el que se discierne y se vive concretamente la voluntad de Dios, manifestada no desde el poder, sino desde el dolor, la herida de la fractura y la radicalidad del mensaje evangélico. El padre Natalio no celebra los sacramentos, pero continúa celebrando la vida compartida; no preside la liturgia, pero permanece inserto en la historia concreta de su pueblo.

Resulta doloroso constatar que existen numerosos sacerdotes que, con o sin razones válidas, han sido apartados de su ministerio. Esta realidad no puede dejarnos indiferentes, pues “la mies es mucha y los obreros pocos” (cf. Mt 9, 35). Al mismo tiempo, es innegable que la Iglesia necesita personas íntegras, probadas en virtudes, capaces de asumir la triple misión de gobernar, santificar y enseñar, misión que los obispos ejercen y comparten con sus presbíteros.

Si el padre Natalio hubiera obedecido a su obispo y abandonado a su pueblo para asumir el cargo de capellán de monjas, ¿qué habría sido de aquellos campesinos pobres? ¿Quién les habría ayudado a descubrir a Dios en medio de su lucha cotidiana? ¿Quién les habría administrado los sacramentos? Tal decisión habría podido interpretarse como un abandono por parte de la Iglesia o, peor aún, como si Dios mismo los dejara solos. Sin embargo, no es así: Natalio permanece. Ya no como sacerdote, sino como hombre, y Dios permanece con él.

En definitiva, la excomunión del padre Natalio Pérez, lejos de clausurar su experiencia de fe, se convierte en un lugar teológico privilegiado desde el cual se revela un Dios que no se identifica con el poder ni con la autosuficiencia institucional, sino con la fragilidad, la conciencia y la fidelidad al Evangelio vivido. Su permanencia en la montaña, junto al pueblo empobrecido, interpela a la Iglesia a discernir continuamente entre legalidad y justicia, entre obediencia ciega y obediencia evangélica, entre comunión jurídica y comunión real. Desde esta herida abierta, la figura de Natalio recuerda que la Iglesia no se agota en sus estructuras, sino que se realiza allí donde el Evangelio se encarna en la historia concreta de los pobres, y donde la voz de Dios sigue hablando, incluso —y a veces con mayor claridad— desde los márgenes.

Hace trece años, cuando cursaba el propedéutico en el seminario, nos presentaron la película “El crimen del padre Amaro”. En aquel momento, más que un incentivo vocacional, provocó asombro y desconcierto. Sin embargo, trece años después, la mirada es distinta y el aprendizaje, más concreto: la Iglesia es santa porque su Fundador es santo, pero está conformada por pecadores, siempre necesitados del Espíritu y de una constante conversión.



[1] Catecismo de la Iglesia católica, 1463.

[2] Elsa Georgina Aguilera Castillo, (2006), Las virtudes de una historia vigente: El crimen del padre Amaro, UNAM.

viernes, 23 de enero de 2026

“¡Cayó el hombre, Tomasa, cayó el hombre!”

DÍA DE LA DEMOCRACIA EN VENEZUELA

Hace apenas veinte días se reavivó la esperanza de que Venezuela pueda volver a ser la democracia que merece. La captura del presidente de facto, Nicolás Maduro, por parte de los Estados Unidos marcó para muchos el inicio de una posible ruta hacia la recuperación democrática. Es un anhelo largamente esperado por la mayoría de los venezolanos, que durante años hemos padecido las consecuencias del llamado “Socialismo del Siglo XXI”, ideado por el teniente coronel Hugo Chávez y continuado por su antiguo guardaespaldas, Nicolás Maduro Moros, junto a su esposa, la abogada Cilia Flores.

Hoy, además, es 23 de enero: el Día de la Democracia en Venezuela. Esta fecha remite inevitablemente a aquel 23 de enero de 1958, cuando el general Marcos Evangelista Pérez Jiménez, presionado por el país y por su propia conciencia, decidió no derramar la sangre de sus compatriotas. Optó por abandonar el poder y salir del país en un vuelo rumbo al Caribe, evitando así una tragedia mayor. Con ese acto se abrió el camino hacia una Venezuela democrática y próspera, a la cual él mismo había contribuido desde su concepción del llamado “Nuevo Ideal Nacional” que solo ejecutó durante un lustro.

En mi familia, esta efeméride se recuerda con especial viveza. Mi abuela materna, que entonces tenía apenas trece años, vivió aquel momento con profunda emoción. Siempre nos contaba cómo su tío Juan Bautista llegó corriendo a casa y, todavía alterado y temblando por lo que acababa de escuchar en la radio, exclamó: “¡Cayó el hombre, Tomasa, cayó el hombre!”. Esa frase quedó grabada para siempre en su memoria y, cada 23 de enero, la evocaba con una emoción intacta.

Enero podría convertirse, así, en el “mes de la democracia” para Venezuela. Sin embargo, ello dependerá de que se convoquen elecciones libres, con participación de todos los candidatos, garantías de transparencia y reconocimiento de los resultados. La democracia venezolana no está en manos de Donald Trump ni de ningún actor externo, sino en las de los propios venezolanos. Solo hay democracia cuando existe sufragio universal, participación ciudadana y libertad real para elegir.

La dictadura de Maduro dista mucho de la de Pérez Jiménez. La del cucuteño de bigote es mísera y decadente; la del tachirense, en cambio, fue próspera. Lo único que ambas comparten es la feroz represión contra sus opositores. Pérez Jiménez no toleró la corrupción dentro de su gobierno, pero tampoco permitió la disidencia. Maduro, conductor de autobús devenido en político, se dejó arrastrar por la tentación del poder y de la riqueza, y persiguió sin contemplaciones a quienes se alzaron en protesta pacífica.

El dictador militar actuó con inteligencia: huyó antes de empuñar las armas. En el fondo, su decisión evidenció un doble instinto de conservación, tanto por su propia vida como por la Patria, al evitar un enfrentamiento sangriento entre venezolanos. En contraste, el sucesor de Chávez, confiado en la protección del reducido círculo de los treinta y dos cubanos que lo rodeaban, fue incapaz de aceptar la salida del país que se le ofrecía: un exilio dorado en Rusia, facilitado mediante la mediación de la Santa Sede. Hay que ser realmente necio para rechazar esa oportunidad y terminar capturado, como ocurrió en la madrugada del sábado 3 de enero de este venturoso año 2026.

Hoy, a tan solo veinte días de su captura, comienzan a llegar noticias sobre el estado de salud de Maduro, quien, al parecer, atraviesa un cuadro depresivo en su celda neoyorquina. En la soledad del encierro surge inevitable la pregunta: ¿a quién rezará en estos momentos?, ¿conservará su fe en Dios? Lo cierto es que, según pude saber, se trata de un hombre profundamente católico, asiduo a la misa y a la comunión dominical. Así me lo manifestó en su momento su propio capellán, durante una ocasión en la que me trasladé con él por las calles de Caracas en un vehículo del SEBIN, acompañado por dos funcionarios de ese cuerpo.

La moraleja que deja enero para los venezolanos es clara: las dictaduras caen, al menos en Venezuela. Ojalá pronto ocurra lo mismo en Cuba, Nicaragua y en tantos otros países despojados de su soberanía y de su libertad. Mientras tanto, seguiremos trabajando por una Venezuela libre y verdaderamente de los venezolanos.

Que este enero no sea solo una fecha en el calendario ni un recuerdo histórico, sino un compromiso activo con la democracia. La libertad no se hereda ni se decreta: se construye cada día con participación, memoria y responsabilidad ciudadana. Venezuela tiene ante sí una nueva oportunidad, y dependerá de todos nosotros que no se diluya, para que nunca más el poder se imponga sobre la voluntad del pueblo.

jueves, 15 de enero de 2026

Ayahuanquino por la gracia de Dios

AYAHUANCO, HUANTA, AYACUCHO

     El jueves 15 de enero amaneció lluvioso en San José de Secce, como en toda la zona y en gran parte del Perú y de Sudamérica, según los informes meteorológicos. La lluvia, bendición de Dios que cae sobre justos e injustos, en estas tierras no solo es signo de gracia, sino también anuncio casi seguro de dificultades: caminos de tierra amenazados por derrumbes, ríos y quebradas crecidos. Esa era precisamente la advertencia que teníamos presente cuando, muy temprano, junto al padre Yoni Palomino Bolívar, párroco de San José de Secce, y tres feligreses, nos dispusimos a partir rumbo al distrito de Ayahuanco, hacia la pequeña comunidad homónima que nos esperaba esa mañana.

 Iniciamos la travesía bien abrigados y rezando las Laudes, acompañados por un canal de YouTube que nos iba guiando en la oración matutina, mientras nuestros ojos se deleitaban con los paisajes paradisíacos de aquellas montañas verdes y escarpadas. El camino fue relativamente tranquilo, aunque fue necesario esquivar algunas rocas de considerable tamaño que habían caído sobre la carretera de tierra. La conversación fue amena y la oración constante, como suele suceder en estos viajes por los Andes peruanos junto al padre Yoni y sus fieles acompañantes.

    Nos dirigíamos a Ayahuanco por dos motivos muy concretos. El primero y más importante era celebrar la Santa Misa en aquella comunidad alejada, ubicada a dos horas y media de San José de Secce, y, junto a la Eucaristía, reunirnos con los pobladores y sus autoridades para dialogar sobre el proyecto de restauración del templo católico, bastante deteriorado desde que su techo colapsó hace más de treinta años. El segundo motivo, más personal, era conocer el lugar que figura como mi residencia ante Migraciones Perú, pues, por razones desconocidas, en mi Carnet de Extranjería no aparece Ayacucho, Huamanga, como corresponde, sino Ayahuanco, Huanta. Este detalle se lo había comentado al padre Yoni Palomino Bolívar, quien, inspirado por Dios, me prometió llevarme a conocer este lugar que forma parte de su jurisdicción parroquial.

     Ayahuanco nos recibió también bajo la lluvia. Nos dirigimos directamente a la casa del presidente de la comunidad para anunciar nuestra llegada y permitir que él convocara a los pobladores. Debido al mal tiempo, la misa y la reunión no podían realizarse al aire libre, por lo que se acordó llevarlas a cabo en la casa comunal. Mientras tanto, aprovechamos para visitar las ruinas del templo, que desde 1992 se encuentra en constante deterioro tras el desplome de su techo.

     La parroquia de San Lucas de Ayahuanco fue creada hace más de 125 años. El 24 de julio de 1901 se registra la visita pastoral del obispo de Ayacucho, monseñor Fidel Olivas Escudero, quien fue recibido por el cura interino Pedro Castillo. Durante aquella visita, el prelado constató los graves daños ocasionados al templo por el incendio de 1896. En ese momento, el techo había sido reconstruido de manera precaria con paja. El obispo ordenó entonces la mejora de la infraestructura, la adquisición de paramentos litúrgicos y la construcción de un nuevo altar. Monseñor Olivas Escudero permaneció en Ayahuanco hasta el 27 de julio, confirmando a 528 personas. En la plazuela frente a la iglesia se dejó una cruz de madera como memoria de aquella Santa Visita Pastoral, realizada luego de la visita del obispo Cristóbal de Castilla y Zamora.

     Los habitantes recuerdan con claridad los años del terrorismo, cuando la población ayahuanquina fue totalmente desplazada y el pueblo quedó desolado. No fue sino hasta 1996 que se inició el retorno de sus pobladores, quienes poco a poco reconstruyeron sus viviendas, muchas de ellas incendiadas o destruidas por el paso del tiempo. El templo, sin embargo, no corrió la misma suerte: desde entonces no ha sido restaurado y ha perdido no solo su techo, sino también una de sus torres y el muro del altar mayor. La torre que aún está firme está coronada por una secilla cruz de metal con la fecha "1970" y en su interior dos campanas, una pequeñita en buenas condiciones y la otra más grande y con rajaduras provocadas supuestamente por el impacto de balas.

     Las dimensiones del templo resultan adecuadas para la pequeña comunidad en la que se encuentra, pues Ayahuanco no debe superar los 300 habitantes, o incluso menos. Su fachada presenta diversos nichos con decoraciones en alto relieve de yeso, y su estructura está compuesta por piedra, adobe y ladrillo. La puerta original de madera yace caída, con sus dos hojas apoyadas contra el muro. En el interior, la vegetación crece de manera abundante y acelerada debido a las lluvias. Al ingresar, es inevitable pensar en las innumerables personas que allí se congregaron para orar y recibir los sacramentos. Lejos de desanimar, el estado actual del templo fortalece el ánimo y aviva la esperanza de que, al menos en este año 2026, se inicien los trabajos de movimiento de tierra y la fabricación de los diez mil adobes necesarios para la reconstrucción de sus muros.

     Tras la visita a las ruinas, nos dirigimos a la casa comunal, donde ya se encontraba reunido un pequeño grupo de pobladores, encabezados por el presidente de la comunidad, quien tomó la palabra para dar inicio a la reunión. En ella se expusieron los avances en gestiones y recursos destinados a fortalecer el Comité Pro Restauración del Templo de Ayahuanco, previamente conformado por el párroco y las autoridades comunales.

     El padre Yoni aprovechó la ocasión para compartir con los asistentes el dato curioso de mi residencia oficial en el Perú. Esto causó gran emoción entre los pobladores, quienes inmediatamente me acogieron como un ayahuanquino más, asegurando, entre bromas y buen humor, que debía quedarme para siempre en aquel lugar. Cuando se me concedió la palabra, los animé a continuar este proyecto con mucha fe, asegurándoles al menos mis oraciones para que la obra se concrete cuanto antes. Asimismo, dejé el compromiso de regresar a Ayahuanco para celebrar la Santa Misa cuando yo sea sacerdote y cuando el templo esté nuevamente operativo, dos acontecimientos que, con la gracia de Dios, no parecen lejanos. Finalmente, invitado por el padre Yoni, recé en voz alta el padrenuestro en quechua, para deleite de todos.

     Durante la celebración de la Santa Misa, que siguió a la reunión, se bautizó a un joven ayahuanquino, Luis Jaime, quedando su Primera Comunión y Confirmación para una próxima ocasión. Luego de compartir el almuerzo en la casa del presidente, el señor Yuber, emprendimos el regreso a San José de Secce, que transcurrió en un ambiente de serena gratitud. La lluvia, ya más tenue, parecía acompañar nuestros pensamientos mientras la neblina se disipaba y dejaba al descubierto la cuenca baja del Mantaro y las montañas lejanas de Huancavelica, en diálogo silencioso con las de Ayacucho. El cansancio del camino se mezclaba con la paz interior que deja el haber compartido la fe, la palabra y el pan con una comunidad pequeña en número, pero grande en esperanza y en memoria.

     Ayahuanco quedó atrás entre cerros y nubes, pero no fuera del corazón. Su templo herido, su historia marcada por el dolor y la perseverancia, y la fe sencilla de su gente se convierten en un llamado a no olvidar, a volver y a reconstruir. Con la confianza puesta en Dios, queda sembrada la certeza de que llegará el día en que esas ruinas vuelvan a ser casa de oración, y en que, reunidos nuevamente en torno al altar, la comunidad pueda celebrar no solo la restauración de un templo, sino la renovación viva de su fe.

miércoles, 14 de enero de 2026

Cayó la dictadura

POR UNA VENEZUELA LIBRE Y DE LOS VENEZOLANOS


Cuando de Maduro las trabas

el 3 de enero rompimos,

otra cosa más no hicimos

que cambiar mocos por babas.

Venezuela seguirá esclava

y presa de otra nación:

mudamos de condición

en la operación fugaz,

del poder de Nicolás

al poder de Donald Trump. 


Muchos creen que fue un favor,

pero cuánto nos costará,

pues todo se pagará

con petróleo, sí señor.

Solo hay que estar convencidos

de que el cambio se está dando;

poco a poco irán regresando

los hijos de Simón Bolívar

para iniciar nuevas vidas,

con fe en Dios y trabajando. 


Mientras tanto, se mantiene

en la presidencia “la fea”,

acatando lo que sea

cuanto Marco Rubio ordene.

A ver si más adelante

repetimos elecciones

para medir las opciones

y retomar otra vez la cima,

que ya lo hizo María Corina:

de Venezuela y la paz, la Nobel. 


En cuanto a los que estamos fuera,

seguiremos al pendiente

de todo lo que se intente

para que la dictadura muera.

Sabemos que lleva tiempo

y que ese tiempo ha llegado,

pues el hombre fue capturado,

pero allá quedaron varios

que no son más que sicarios

del clan que está desalmado.


San José de Secce, 14 de enero de 2026