CHACRALLA, LA CAPITAL DEL CHIMAYCHA
El año pasado estuvimos de misiones en la
selva ayacuchana, en la zona del VRAEM, a orillas del río Apurímac; pero ahora
correspondió la sierra ayacuchana, en sus parroquias más al sur, en los límites
de la arquidiócesis con la vecina prelatura de Caravelí. Específicamente, en
las dos parroquias con párrocos: San Cristóbal de Cabana y San Miguel Arcángel
de Aucará (Apuccará). En Cabana está el padre Leoncio Cotaquispe Mascco y en
Aucará su ex vicario, el padre Luis Eduardo Montaño Chávez, sacerdote joven
recién ordenado.
En la parroquia de Aucará estuvimos seis
seminaristas distribuidos en tres pueblos diferentes: dos en la viceparroquia
de Santa Ana de Huaycahuacho, dos en el pueblito de San Diego (de Alcántara) de
Ishua, que tiene el templo mejor conservado del valle del Sondondo, y mi
compañero de misiones y yo en la viceparroquia de San Juan Bautista de
Chacralla, la población más pequeña y alejada de estas tres.
Chacralla se llama así, según creen sus
pobladores, por la gran cantidad de chacras o parcelas destinadas al cultivo y
la crianza de animales, que son numerosas y están bien dispuestas para su fin,
pues el agua de los puquiales cercanos las mantiene siempre verdes. El centro
poblado es pequeño; las casas son, en su mayoría, de adobe. La población parece
no superar los 200 habitantes y los niños son muy pocos: en la escuelita solo
hay seis matriculados.
El templo, frente a la plazuela, es muy
hermoso y antiguo; además, es patrimonio cultural de la nación. Está dedicado a
San Juan Bautista y tiene la categoría de viceparroquia, según consta en los
libros de inventario que allí se encuentran, cuya data es de 1906. Católicos en
su gran mayoría, los chacrallinos son dados a participar en las actividades
religiosas. Muchos que han nacido allí han sido bautizados en ese templo y,
cuando regresan a su pueblo en estas épocas vacacionales, frecuentan con sus
hijos aquella casa de Dios que, ya con solo verla, invita a la oración.
Los ecónomos en estos pueblos ayacuchanos son
quienes, elegidos por la feligresía y aprobados por el párroco, cuidan de los
bienes de la Iglesia, siendo los principales encargados de abrir y cerrar el
templo según las actividades programadas. En este caso, el ecónomo de Chacralla
estaba recién elegido, por lo que iniciaba sus responsabilidades con el
entusiasmo de quien ha aceptado servir al Señor.
Como en Chacralla, también en los otros
pueblos, son los ecónomos quienes abren camino a la misión que realizan los
seminaristas. Ellos procuran organizar el hospedaje y la alimentación de los
misioneros; convocan a su gente, invitan a las celebraciones y canalizan todas
las iniciativas que se tengan en beneficio del templo y de la Iglesia,
distinguiéndose aquí entre la estructura física destinada para el culto
católico y el grupo de bautizados que persevera en la fe.
Solo nueve días estuvimos en Chacralla, y la
razón fue sencilla: llegamos el martes 3, pero a partir del sábado 14 de
febrero el pueblo recibiría gran cantidad de visitantes e hijos del lugar para
las celebraciones culturales propias de aquel poblado, llamadas “Chimaycha”,
siendo Chacralla la capital de este evento tradicional de baile y canto
carnavalesco de los Andes ayacuchanos. Cierto es que esta festividad tiene gran
atractivo también por el consumo de bebidas alcohólicas, en las que —según
cuentan los mismos pobladores— se llega al descontrol total; por ello, la
presencia de los seminaristas en esas circunstancias resultaba totalmente
innecesaria.
Las celebraciones de la Palabra de casi todos
esos días, presididas por mí, fueron a las 7:00 p. m. Comenzaban con el rezo
del Santo Rosario, durante el cual iban llegando los feligreses, encendían sus
velas y se ubicaban en las bancas para responder al rezo.
Según iban llegando, solicitaban al ecónomo
que encendiera una vela a San Juan Bautista, otra a la Asunción y otra a San
Isidro Labrador, que son las tres imágenes que presiden el retablo del altar
mayor. Por ello era común ver a dicho señor montado en el altar retablo, al
cual se accede por una escalera que está a la vista de todos. Incluso durante
las celebraciones de la Palabra el ecónomo cumplía fielmente las peticiones
lumínicas de sus paisanos.
Nunca le dijimos que, una vez iniciada la
celebración o la misa, ya no se debía estar subiendo al altar, porque distrae
el acto litúrgico; al menos así nos parecía.
Después de cada celebración, en la puerta de
la iglesia, se repartía algún mate caliente o café con galletas, servido
voluntariamente por alguno de los participantes. Era el momento de socializar
entre todos antes de despedirnos y esperarnos hasta el día siguiente.
El sábado 7 habíamos programado visitar el
cementerio para rezar por los difuntos. La gente se animó y varios se apuntaron
para asistir; pero, a la hora fijada, nadie llegó al punto de partida, que era
la puerta de la iglesia. Por ello, mi compañero y yo fuimos a dejar todo lo
preparado en el hospedaje —parlante, albas, libros litúrgicos y agua bendita—
para disponernos a caminar solos, como pensábamos.
Al salir hacia el cementerio, ya sin nada,
vimos al grupito de personas que nos esperaba para ir a rezar. Ellos no habían
ido hasta la puerta de la iglesia, sino que se habían congregado una cuadra más
atrás; por eso no los vimos y por un momento pensamos que nadie había llegado.
Fuimos todos, unas doce personas. Al llegar
al cementerio hicimos un responso por todos los difuntos, mencionando a los
familiares de los presentes que se apuntaron rápidamente en una libretita de
uno de los acompañantes. Curiosamente, luego de rezar por los muertos, uno me
avisó que un primo suyo presente estaba cumpliendo años, por lo que solicitó
unas palabras y una bendición especial para el cumpleañero. Accedí con gusto,
haciendo al final la acotación de que de eso se trata la vida: de dar gracias a
Dios por los difuntos y por los vivos, orando por ambos gremios, como lo pide
la obra de misericordia espiritual.
El domingo 8 bajamos, luego de la Celebración
de la Palabra a las 6:00 a. m., caminando hasta Santa Ana de Huaycahuacho.
Queríamos saludar a nuestros hermanos y participar de la misa dominical en ese
pueblito, además de aprovechar para conocer las aguas termales, atractivo
turístico del lugar.
De estos objetivos solo pudimos lograr uno:
visitar a los hermanos. El padre no celebró misa allí, pues dedicó el tiempo a
las confesiones. Luego de almorzar todos juntos, nos llevó hasta San Diego de
Ishua, donde sí tuvimos misa dominical, y de ahí hasta Aucará, pues al día
siguiente él iría a Chacralla y así lo juzgó conveniente. Las aguas termales de
Huaycahuacho perdieron la oportunidad de conocernos.
El padre Luis Eduardo, párroco de 25 años de
edad, nos llevó de regreso el lunes 9 de febrero, pues tenía una misa
programada con antelación por el eterno descanso de unos chacrallinos. Además,
aprovechó para bautizar a dos menores, una pareja de hermanos que días antes,
en compañía de su madre y padrinos, habían asistido fervorosos a las charlas de
catequesis para recibir dicho sacramento, catequesis que yo mismo les impartí
durante tres tardes lluviosas.
El jueves 5 de febrero, y el siguiente,
jueves 12, participamos de las tradiciones propias del lugar. En esos días,
desde las 4:00 a. m., el templo está abierto a la espera de que se reúnan los
fieles para lo que ellos llaman “compadres” y “comadres”, celebraciones que se
intercalan cada jueves para ellos y para ellas.
Llevan frutas y hacen un pequeño altar a los
pies de alguna imagen de la iglesia, que ha sido ornamentada con flores y
papeles de colores en la tarde del día anterior. Nosotros hicimos lo que nos
pidieron: celebrar la Palabra y acompañarlos en la procesión con la Santa Cruz
alrededor de la plazuela, con cantos y oraciones.
Ellos veneran la Santa Cruz antes de salir en
procesión. Cuando es día de compadres lo hacen primero los varones, poniéndose
de rodillas y besando el pie de la cruz, para luego retroceder caminando de
espaldas, es decir, sin quitar la mirada de la cruz; después lo hacen las
mujeres. Y cuando es día de comadres, lo realizan primero ellas de igual
manera.
Al regresar de la procesión, uno a uno se
arrodilla frente al altar y recibe tres chicotazos por parte del adulto mayor
más venerable entre los presentes, quien ya está designado para ello y es,
además, quien canta el responso por los difuntos en un canto que entremezcla
balbuceos confusos con frases en latín castellanizado; pero con fe, todo se
puede.
Los días en Chacralla se pasaron muy rápido.
Las comidas las recibíamos en el pequeño restaurante de la esquina, vecino del
hospedaje donde dormíamos. Cuando no llovía toda la mañana, llovía toda la
tarde, por lo que los tiempos despejados y con sol eran los propicios para
salir a caminar y, con suerte, encontrarnos con algunos pobladores, pues la
mayoría salía a trabajar a sus chacras.
Los hombres, por esos días, destinaban sus
fuerzas al arreglo de la carretera de tierra que conecta Chacralla con
Huaycahuacho. Durante nuestras horas en el hospedaje aproveché de leer varias
cosas, entre ellas el libro de los hermanos Boff titulado “Cómo hacer teología
de la liberación”, lo que me ayudó muchísimo para delimitar mi tema de estudio
para la tesis de Teología que realizaré en este 2026.
Una tarde dimos un breve recorrido por las
empedradas callejuelas del pueblo y vimos a un grupo de personas que trabajaba
levantando una pared de adobes con una puerta y escaleras: era el ingreso a su
casa. Al día siguiente nos invitaron a desayunar justo en la casa del frente y,
cuando llegamos, vimos todo en el suelo y a las mismas personas, apenadas,
levantando los escombros para ver qué se podía recuperar.
Había llovido toda la noche y el agua que
corría por la vereda hizo que el suelo se debilitara y todo se viniera abajo.
Yo comenté a quienes nos invitaron que las pérdidas eran pocas, pues el adobe
es tierra y se puede reutilizar; pero el señor de la casa respondió que
igualmente era una pérdida grande, por el tiempo y el trabajo empleados en la
faena que no prosperó.
Como fruto de esta misión, el señor ecónomo
se comprometió públicamente a abrir todos los domingos la iglesia en el horario
de 6:00 a. m. a 8:00 a. m., para que todos puedan venir a hacer sus oraciones y
encender velas a sus santos de devoción sin interrumpir ningún acto litúrgico.
Los habitantes quedaron conformes con las
actividades realizadas y nosotros agradecidos con Dios por la sencillez y
humildad en las que nos movimos durante esos nueve días en Chacralla.
El jueves 12, que era el último día de
misión, con la autorización del párroco adelantamos la ceremonia de imposición
de las cenizas. Ese día asistieron cerca de 40 personas, estando el pequeño
templo “repleto de gente”. En esa oportunidad repartimos todas las estampitas
de santos y oraciones que traíamos con nosotros, y ellos quedaron muy
agradecidos con ese pequeño gesto de recuerdo de la misión.
Por eso yo no boto al tacho ninguna estampa
que llega a mis manos; es más, cuando otros lo hacen yo las recupero y las
guardo para estos momentos. Cuando voy a lugares lejanos y las reparto, las
valoran mucho, porque son de difícil acceso.
En lo que respecta a la convivencia con mi
hermano seminarista, compañero de misiones, conversamos bastante, nos conocimos
un poco más y rezamos juntos Laudes, Oficio de Lectura, Vísperas y Completas, y
algunas veces también la Hora Sexta al mediodía. En las caminatas escuchábamos
música con un pequeño parlante o desde el mismo teléfono. Como yo no tenía
disponible la red móvil, él tuvo la gentileza de compartirme WiFi desde su
teléfono, por lo que pude estar comunicado durante todo el tiempo de misión.
De Chacralla solo lamenté tres cosas. La
primera es que no pudimos acceder todas las mañanas al templo para rezar, como
es mi costumbre cuando estoy de misiones y se tiene el templo cerca. No se pudo
porque el ecónomo no tenía tiempo y no creyó conveniente prestarnos la llave
para entrar por nuestra cuenta.
La segunda fue que, a pesar de que insistimos
en que se avisara por parlante de nuestra presencia y de las actividades, esto
no se logró, lo cual fue una desventaja, porque siempre que se avisa por ese
medio todos se enteran y se garantiza mayor participación.
Y la tercera fue que no se nos permitió tocar
las campanas para llamar a la gente a las celebraciones, pues solo podía
hacerlo don tal, que es el único en el pueblo que dice saber tocarlas, porque
—según él— hay un ritmo para los difuntos y otro para la misa.
Sin embargo, el trabajo se logró, a pesar de
que estas tres cosas no las pudimos tener.
El 12 llegamos a Aucará, donde permanecimos
hasta el domingo 22. Allí colaboramos mucho con el padre Luis, que está recién
llegado al pueblo: organizamos la casa parroquial, le hicimos el techo del
garaje para que no se le moje el carro, yo le ayudé a poner orden en los libros
de bautizos y confirmaciones, avanzando bastante con los índices para facilitar
la búsqueda de partidas de estos sacramentos.
También lo acompañamos en las misas diarias e
hicimos muchas arepas, tequeños y empanadas con Harina PAN, que él mismo mandó
traer desde Ayacucho para probar comida venezolana preparada por mí. De modo
que estas misiones de febrero de 2026 fueron atípicas en los tiempos y lugares,
pero novedosas en todos los sentidos. Gracias a Dios.
El domingo 22 regresamos a Ayacucho por otra
vía que nos hizo pasar por el pueblo de Huancasancos, donde no estaba el
párroco, pero sí sus representantes, quienes nos dieron una acogida muy
calurosa y nos brindaron un rico almuerzo para continuar el viaje.
Por el camino, mientras recorríamos a gran
velocidad las ahuecadas trochas de tierra, mi parlante se cayó de la parte
trasera del carro y se destruyó por completo. Al bajar del vehículo fui a
recogerlo y, cuando lo destapé de la bolsa negra que lo cubría, lo vimos todo
vuelto añicos.
Como para consolarme por la pérdida material,
quise probar si todavía servía y, por suerte, encendió con normalidad.
De modo que el parlante es ahora una
moraleja: se pueden haber recibido los golpes más duros, se puede tener una
apariencia fea y desacomodada según los estándares del mundo, pero lo
importante está por dentro. Lo importante es funcionar, es decir, hacer las
cosas que uno sabe hacer, sin importar el qué dirán.
Yo soy como ese parlante: al que, por
descuido, alguna vez han dejado caer al suelo y ha recibido golpes muy duros,
pero que todavía sirve. Y, es más: ahora es cuando más quiere servir.



