sábado, 28 de febrero de 2026

Misiones Aucará febrero 2026

CHACRALLA, LA CAPITAL DEL CHIMAYCHA

El año pasado estuvimos de misiones en la selva ayacuchana, en la zona del VRAEM, a orillas del río Apurímac; pero ahora correspondió la sierra ayacuchana, en sus parroquias más al sur, en los límites de la arquidiócesis con la vecina prelatura de Caravelí. Específicamente, en las dos parroquias con párrocos: San Cristóbal de Cabana y San Miguel Arcángel de Aucará (Apuccará). En Cabana está el padre Leoncio Cotaquispe Mascco y en Aucará su ex vicario, el padre Luis Eduardo Montaño Chávez, sacerdote joven recién ordenado.

En la parroquia de Aucará estuvimos seis seminaristas distribuidos en tres pueblos diferentes: dos en la viceparroquia de Santa Ana de Huaycahuacho, dos en el pueblito de San Diego (de Alcántara) de Ishua, que tiene el templo mejor conservado del valle del Sondondo, y mi compañero de misiones y yo en la viceparroquia de San Juan Bautista de Chacralla, la población más pequeña y alejada de estas tres.

Chacralla se llama así, según creen sus pobladores, por la gran cantidad de chacras o parcelas destinadas al cultivo y la crianza de animales, que son numerosas y están bien dispuestas para su fin, pues el agua de los puquiales cercanos las mantiene siempre verdes. El centro poblado es pequeño; las casas son, en su mayoría, de adobe. La población parece no superar los 200 habitantes y los niños son muy pocos: en la escuelita solo hay seis matriculados.

El templo, frente a la plazuela, es muy hermoso y antiguo; además, es patrimonio cultural de la nación. Está dedicado a San Juan Bautista y tiene la categoría de viceparroquia, según consta en los libros de inventario que allí se encuentran, cuya data es de 1906. Católicos en su gran mayoría, los chacrallinos son dados a participar en las actividades religiosas. Muchos que han nacido allí han sido bautizados en ese templo y, cuando regresan a su pueblo en estas épocas vacacionales, frecuentan con sus hijos aquella casa de Dios que, ya con solo verla, invita a la oración.

Los ecónomos en estos pueblos ayacuchanos son quienes, elegidos por la feligresía y aprobados por el párroco, cuidan de los bienes de la Iglesia, siendo los principales encargados de abrir y cerrar el templo según las actividades programadas. En este caso, el ecónomo de Chacralla estaba recién elegido, por lo que iniciaba sus responsabilidades con el entusiasmo de quien ha aceptado servir al Señor.

Como en Chacralla, también en los otros pueblos, son los ecónomos quienes abren camino a la misión que realizan los seminaristas. Ellos procuran organizar el hospedaje y la alimentación de los misioneros; convocan a su gente, invitan a las celebraciones y canalizan todas las iniciativas que se tengan en beneficio del templo y de la Iglesia, distinguiéndose aquí entre la estructura física destinada para el culto católico y el grupo de bautizados que persevera en la fe.

Solo nueve días estuvimos en Chacralla, y la razón fue sencilla: llegamos el martes 3, pero a partir del sábado 14 de febrero el pueblo recibiría gran cantidad de visitantes e hijos del lugar para las celebraciones culturales propias de aquel poblado, llamadas “Chimaycha”, siendo Chacralla la capital de este evento tradicional de baile y canto carnavalesco de los Andes ayacuchanos. Cierto es que esta festividad tiene gran atractivo también por el consumo de bebidas alcohólicas, en las que —según cuentan los mismos pobladores— se llega al descontrol total; por ello, la presencia de los seminaristas en esas circunstancias resultaba totalmente innecesaria.

Las celebraciones de la Palabra de casi todos esos días, presididas por mí, fueron a las 7:00 p. m. Comenzaban con el rezo del Santo Rosario, durante el cual iban llegando los feligreses, encendían sus velas y se ubicaban en las bancas para responder al rezo.

Según iban llegando, solicitaban al ecónomo que encendiera una vela a San Juan Bautista, otra a la Asunción y otra a San Isidro Labrador, que son las tres imágenes que presiden el retablo del altar mayor. Por ello era común ver a dicho señor montado en el altar retablo, al cual se accede por una escalera que está a la vista de todos. Incluso durante las celebraciones de la Palabra el ecónomo cumplía fielmente las peticiones lumínicas de sus paisanos.

Nunca le dijimos que, una vez iniciada la celebración o la misa, ya no se debía estar subiendo al altar, porque distrae el acto litúrgico; al menos así nos parecía.

Después de cada celebración, en la puerta de la iglesia, se repartía algún mate caliente o café con galletas, servido voluntariamente por alguno de los participantes. Era el momento de socializar entre todos antes de despedirnos y esperarnos hasta el día siguiente.

El sábado 7 habíamos programado visitar el cementerio para rezar por los difuntos. La gente se animó y varios se apuntaron para asistir; pero, a la hora fijada, nadie llegó al punto de partida, que era la puerta de la iglesia. Por ello, mi compañero y yo fuimos a dejar todo lo preparado en el hospedaje —parlante, albas, libros litúrgicos y agua bendita— para disponernos a caminar solos, como pensábamos.

Al salir hacia el cementerio, ya sin nada, vimos al grupito de personas que nos esperaba para ir a rezar. Ellos no habían ido hasta la puerta de la iglesia, sino que se habían congregado una cuadra más atrás; por eso no los vimos y por un momento pensamos que nadie había llegado.

Fuimos todos, unas doce personas. Al llegar al cementerio hicimos un responso por todos los difuntos, mencionando a los familiares de los presentes que se apuntaron rápidamente en una libretita de uno de los acompañantes. Curiosamente, luego de rezar por los muertos, uno me avisó que un primo suyo presente estaba cumpliendo años, por lo que solicitó unas palabras y una bendición especial para el cumpleañero. Accedí con gusto, haciendo al final la acotación de que de eso se trata la vida: de dar gracias a Dios por los difuntos y por los vivos, orando por ambos gremios, como lo pide la obra de misericordia espiritual.

El domingo 8 bajamos, luego de la Celebración de la Palabra a las 6:00 a. m., caminando hasta Santa Ana de Huaycahuacho. Queríamos saludar a nuestros hermanos y participar de la misa dominical en ese pueblito, además de aprovechar para conocer las aguas termales, atractivo turístico del lugar.

De estos objetivos solo pudimos lograr uno: visitar a los hermanos. El padre no celebró misa allí, pues dedicó el tiempo a las confesiones. Luego de almorzar todos juntos, nos llevó hasta San Diego de Ishua, donde sí tuvimos misa dominical, y de ahí hasta Aucará, pues al día siguiente él iría a Chacralla y así lo juzgó conveniente. Las aguas termales de Huaycahuacho perdieron la oportunidad de conocernos.

El padre Luis Eduardo, párroco de 25 años de edad, nos llevó de regreso el lunes 9 de febrero, pues tenía una misa programada con antelación por el eterno descanso de unos chacrallinos. Además, aprovechó para bautizar a dos menores, una pareja de hermanos que días antes, en compañía de su madre y padrinos, habían asistido fervorosos a las charlas de catequesis para recibir dicho sacramento, catequesis que yo mismo les impartí durante tres tardes lluviosas.

El jueves 5 de febrero, y el siguiente, jueves 12, participamos de las tradiciones propias del lugar. En esos días, desde las 4:00 a. m., el templo está abierto a la espera de que se reúnan los fieles para lo que ellos llaman “compadres” y “comadres”, celebraciones que se intercalan cada jueves para ellos y para ellas.

Llevan frutas y hacen un pequeño altar a los pies de alguna imagen de la iglesia, que ha sido ornamentada con flores y papeles de colores en la tarde del día anterior. Nosotros hicimos lo que nos pidieron: celebrar la Palabra y acompañarlos en la procesión con la Santa Cruz alrededor de la plazuela, con cantos y oraciones.

Ellos veneran la Santa Cruz antes de salir en procesión. Cuando es día de compadres lo hacen primero los varones, poniéndose de rodillas y besando el pie de la cruz, para luego retroceder caminando de espaldas, es decir, sin quitar la mirada de la cruz; después lo hacen las mujeres. Y cuando es día de comadres, lo realizan primero ellas de igual manera.

Al regresar de la procesión, uno a uno se arrodilla frente al altar y recibe tres chicotazos por parte del adulto mayor más venerable entre los presentes, quien ya está designado para ello y es, además, quien canta el responso por los difuntos en un canto que entremezcla balbuceos confusos con frases en latín castellanizado; pero con fe, todo se puede.

Los días en Chacralla se pasaron muy rápido. Las comidas las recibíamos en el pequeño restaurante de la esquina, vecino del hospedaje donde dormíamos. Cuando no llovía toda la mañana, llovía toda la tarde, por lo que los tiempos despejados y con sol eran los propicios para salir a caminar y, con suerte, encontrarnos con algunos pobladores, pues la mayoría salía a trabajar a sus chacras.

Los hombres, por esos días, destinaban sus fuerzas al arreglo de la carretera de tierra que conecta Chacralla con Huaycahuacho. Durante nuestras horas en el hospedaje aproveché de leer varias cosas, entre ellas el libro de los hermanos Boff titulado “Cómo hacer teología de la liberación”, lo que me ayudó muchísimo para delimitar mi tema de estudio para la tesis de Teología que realizaré en este 2026.

Una tarde dimos un breve recorrido por las empedradas callejuelas del pueblo y vimos a un grupo de personas que trabajaba levantando una pared de adobes con una puerta y escaleras: era el ingreso a su casa. Al día siguiente nos invitaron a desayunar justo en la casa del frente y, cuando llegamos, vimos todo en el suelo y a las mismas personas, apenadas, levantando los escombros para ver qué se podía recuperar.

Había llovido toda la noche y el agua que corría por la vereda hizo que el suelo se debilitara y todo se viniera abajo. Yo comenté a quienes nos invitaron que las pérdidas eran pocas, pues el adobe es tierra y se puede reutilizar; pero el señor de la casa respondió que igualmente era una pérdida grande, por el tiempo y el trabajo empleados en la faena que no prosperó.

Como fruto de esta misión, el señor ecónomo se comprometió públicamente a abrir todos los domingos la iglesia en el horario de 6:00 a. m. a 8:00 a. m., para que todos puedan venir a hacer sus oraciones y encender velas a sus santos de devoción sin interrumpir ningún acto litúrgico.

Los habitantes quedaron conformes con las actividades realizadas y nosotros agradecidos con Dios por la sencillez y humildad en las que nos movimos durante esos nueve días en Chacralla.

El jueves 12, que era el último día de misión, con la autorización del párroco adelantamos la ceremonia de imposición de las cenizas. Ese día asistieron cerca de 40 personas, estando el pequeño templo “repleto de gente”. En esa oportunidad repartimos todas las estampitas de santos y oraciones que traíamos con nosotros, y ellos quedaron muy agradecidos con ese pequeño gesto de recuerdo de la misión.

Por eso yo no boto al tacho ninguna estampa que llega a mis manos; es más, cuando otros lo hacen yo las recupero y las guardo para estos momentos. Cuando voy a lugares lejanos y las reparto, las valoran mucho, porque son de difícil acceso.

En lo que respecta a la convivencia con mi hermano seminarista, compañero de misiones, conversamos bastante, nos conocimos un poco más y rezamos juntos Laudes, Oficio de Lectura, Vísperas y Completas, y algunas veces también la Hora Sexta al mediodía. En las caminatas escuchábamos música con un pequeño parlante o desde el mismo teléfono. Como yo no tenía disponible la red móvil, él tuvo la gentileza de compartirme WiFi desde su teléfono, por lo que pude estar comunicado durante todo el tiempo de misión.

De Chacralla solo lamenté tres cosas. La primera es que no pudimos acceder todas las mañanas al templo para rezar, como es mi costumbre cuando estoy de misiones y se tiene el templo cerca. No se pudo porque el ecónomo no tenía tiempo y no creyó conveniente prestarnos la llave para entrar por nuestra cuenta.

La segunda fue que, a pesar de que insistimos en que se avisara por parlante de nuestra presencia y de las actividades, esto no se logró, lo cual fue una desventaja, porque siempre que se avisa por ese medio todos se enteran y se garantiza mayor participación.

Y la tercera fue que no se nos permitió tocar las campanas para llamar a la gente a las celebraciones, pues solo podía hacerlo don tal, que es el único en el pueblo que dice saber tocarlas, porque —según él— hay un ritmo para los difuntos y otro para la misa.

Sin embargo, el trabajo se logró, a pesar de que estas tres cosas no las pudimos tener.

El 12 llegamos a Aucará, donde permanecimos hasta el domingo 22. Allí colaboramos mucho con el padre Luis, que está recién llegado al pueblo: organizamos la casa parroquial, le hicimos el techo del garaje para que no se le moje el carro, yo le ayudé a poner orden en los libros de bautizos y confirmaciones, avanzando bastante con los índices para facilitar la búsqueda de partidas de estos sacramentos.

También lo acompañamos en las misas diarias e hicimos muchas arepas, tequeños y empanadas con Harina PAN, que él mismo mandó traer desde Ayacucho para probar comida venezolana preparada por mí. De modo que estas misiones de febrero de 2026 fueron atípicas en los tiempos y lugares, pero novedosas en todos los sentidos. Gracias a Dios.

El domingo 22 regresamos a Ayacucho por otra vía que nos hizo pasar por el pueblo de Huancasancos, donde no estaba el párroco, pero sí sus representantes, quienes nos dieron una acogida muy calurosa y nos brindaron un rico almuerzo para continuar el viaje.

Por el camino, mientras recorríamos a gran velocidad las ahuecadas trochas de tierra, mi parlante se cayó de la parte trasera del carro y se destruyó por completo. Al bajar del vehículo fui a recogerlo y, cuando lo destapé de la bolsa negra que lo cubría, lo vimos todo vuelto añicos.

Como para consolarme por la pérdida material, quise probar si todavía servía y, por suerte, encendió con normalidad.

De modo que el parlante es ahora una moraleja: se pueden haber recibido los golpes más duros, se puede tener una apariencia fea y desacomodada según los estándares del mundo, pero lo importante está por dentro. Lo importante es funcionar, es decir, hacer las cosas que uno sabe hacer, sin importar el qué dirán.

Yo soy como ese parlante: al que, por descuido, alguna vez han dejado caer al suelo y ha recibido golpes muy duros, pero que todavía sirve. Y, es más: ahora es cuando más quiere servir.



domingo, 15 de febrero de 2026

El lugar del sacerdote en un mundo sin evidencia de Dios

SACERDOTE: EL QUE DA LO SAGRADO


Dios sigue llamando a hombres para que se consagren a su servicio. Actualmente existen más de 400.000 sacerdotes católicos en todo el mundo y cerca de 5.500 obispos. Sin embargo, se percibe con claridad que hacen falta más sacerdotes, y esta percepción no es infundada. ¿Qué está sucediendo entonces? Dios continúa llamando, pero cada vez son menos los hombres dispuestos a responder. La crisis del sacerdocio es, en el fondo, una crisis de fe.

Hoy todo se sitúa en un horizonte puramente intramundano, sin referencia a la trascendencia. Ya no se vive coram Deo, ante la presencia de Dios. Y cuando Dios deja de ocupar un lugar en la vida de los hombres, también el sacerdote parece perder su razón de ser. Si supuestamente “Dios ha muerto”, entonces ya para qué los sacerdotes.

Benedicto XVI recordaba en 2010 que, en diciembre de 1944, cuando fue llamado al servicio militar, el comandante de la compañía preguntó a cada uno de los jóvenes qué deseaban ser en el futuro. El joven Joseph Ratzinger respondió con sencillez que quería ser sacerdote católico. Ante esta respuesta, el subteniente replicó con tono despectivo: “Entonces tendrá que buscar otra cosa. En la nueva Alemania ya no habrá necesidad de curas”. Sin embargo, el mismo Joseph Ratzinger comprendía que la locura del régimen nazi exigía, con mayor urgencia aún, la presencia de sacerdotes capaces de reconstruir la fe y devolver la esperanza en medio de aquella profunda devastación. En todos los ámbitos de la vida humana se hace necesaria la figura del sacerdote. Él está llamado a ser otro Cristo que apacienta el rebaño de Dios, cura sus heridas y lo guía hacia verdes praderas.

El padre Javier Obón, sacerdote español misionero en Ayacucho, solía decir en sus predicaciones que el cristiano debe ser distinto, pero no distante. Con esta expresión hacía alusión a la novedad del mensaje evangélico en un mundo que con frecuencia vive lejos de Dios. Si esto se espera de todo cristiano, con mayor razón debe esperarse de los sacerdotes, que son pastores y guías del rebaño de Dios. El sacerdote debe ser distinto del común denominador de los hombres; solo así su presencia y su ministerio podrán ser verdaderamente significativos y fecundos. Debe ser distinto, pero no distante.

Esta distinción sacerdotal —ese ser distinto de los demás—, precisamente porque acerca a Dios y remite a lo sobrenatural, forma parte esencial de su identidad. En la medida en que los sacerdotes sean reconocibles en medio del mundo, en que su presencia sea fácilmente identificable por ser distinta, se mantendrá en la sociedad ese signo que remite a Dios, una presencia que por sí misma puede interpelar y mover el interior de los corazones. En este sentido ilumina aquella conocida anécdota atribuida al “pobre de Asís”: en cierta ocasión invitó a sus hermanos a salir a evangelizar por la ciudad y, tras recorrer las calles en silencio, regresaron al convento. Uno de ellos le preguntó por qué no habían pronunciado ni una sola palabra. Francisco respondió destacando que la sola presencia de sus frailes había sido ya una predicación viva y eficaz.

Ante esta realidad surge una pregunta fundamental: ¿cuál es el lugar del sacerdote en el mundo actual? La respuesta es clara: ser un hombre de Dios y del Espíritu. El sacerdote está llamado a hacer posible la intersección entre la línea horizontal de lo humano y la línea vertical de lo divino. Su vida debe ser un grito sereno, pero elocuente, de la presencia de Dios en el mundo. El sacerdote está llamado a ser testigo de Dios y a reclamar su lugar —el lugar de Dios— en la vida de los hombres.

Sin embargo, la cuestión de Dios sigue siendo problemática para la conciencia contemporánea. Dios aparece hoy como una posibilidad entre muchas otras, casi como un vecino que vive al lado, pero a quien pocos conocen realmente. En verdad, Dios nunca ha sido plenamente evidente para la conciencia humana. Al respecto, la figura y el apostolado sacerdotal llama a despertar la conciencia ante lo sobrenatural.

En este contexto, la vida apostólica sacerdotal encuentra su primer desafío: afirmar la presencia y la realidad de Dios en el mundo, en medio de una comprensión predominantemente científica de la realidad. Reducir toda explicación a la ciencia matemática se ha convertido en una especie de imagen dogmática del mundo contemporáneo. Sin embargo, ni la ciencia ni la estética pueden demostrar o refutar la existencia de Dios. Por ello, la via creationis, el camino de la creación, continúa abierta. Basta abrir los ojos y contemplar la belleza y la armonía del mundo creado.

De aquí surge una pregunta decisiva: ¿puede el sacerdote seguir transmitiendo la fe hoy? Su tarea consiste en expresar la verdad de la fe con formas nuevas y audaces, desarrollando un lenguaje religioso y teológico capaz de dialogar con el mundo actual, sin renunciar a la verdad que supera modas e ideologías: la verdad de Jesucristo. Para este gran propósito, una sencillo lema: Dios y audacia.

Este desafío se comprende mejor si observamos el contexto cultural contemporáneo. La secularización y el pluralismo social y cultural son expresión madura del principio moderno de autonomía y subjetividad. La modernidad no ha conducido inevitablemente a la desaparición de la religión, sino a un contexto en el que esta se vive de maneras diferentes a las del pasado, dentro de un marco plural. La religiosidad no ha desaparecido; más bien se ha transformado.

Dios ha perdido su hegemonía cultural, no tanto por el secularismo ateo, sino por el pluralismo de opciones y propuestas. Cada persona decide en qué creer. No es que hoy se crea menos; en muchos casos se cree más, pero la pregunta sigue siendo: ¿en qué se cree? En todo y en nada a la vez.

De hecho, la sociología de la religión reconoce un cierto retorno de lo religioso, visible en las preguntas sobre el sentido de la vida y el destino de la humanidad. Esta sed de espiritualidad es un signo de los tiempos en el que la Iglesia está llamada a trabajar. Sin embargo, muchas veces falta acompañamiento espiritual, en parte debido a la escasez de vocaciones sacerdotales. Estamos ante un mundo que vaga, como oveja sin pastor.

En el fondo, lo contrario de la fe no es simplemente la duda, sino la increencia y la injusticia. Por eso adquiere particular fuerza la conocida afirmación de Karl Rahner: «El cristiano del mañana será un místico o no será». De ahí la importancia de una verdadera mistagogía, es decir, de conducir a las personas a una auténtica experiencia de Dios.

En definitiva, el cristianismo consiste en el encuentro con una persona: Jesucristo, como recuerda Joseph Ratzinger. Antes de que el hombre busque a Dios, es Dios quien ha salido en busca del hombre. “Él nos amó primero”, dice san Pablo. El papel del sacerdote es precisamente facilitar ese encuentro entre los hombres y Jesús.

El sacerdote está llamado a transparentar a Jesucristo de Nazaret, el Hijo de Dios, que murió por nosotros para salvarnos de la muerte eterna.

Por eso, los seminaristas y sacerdotes de hoy tienen una tarea fundamental: afianzar su fe y responder con generosidad al llamado de Dios, centrándose en lo verdaderamente importante. No deben apartarse tanto del mundo como para ignorarlo, pero tampoco deben intentar agradarlo en todo.

Se cuenta que un seminarista preguntó una vez a san Alberto Hurtado en qué debía especializarse dentro de los estudios teológicos. La respuesta del santo jesuita fue contundente: «Especialízate en Jesucristo».

En el fondo, esa es la tarea esencial de todo sacerdote y de todo seminarista: especializarse en Jesucristo.

martes, 3 de febrero de 2026

La excomunión como lugar teológico

EL CASO DEL PADRE NATALIO PÉREZ


Las excomuniones en la Iglesia católica constituyen la pena eclesiástica más severa, pues impiden la recepción de los sacramentos y el ejercicio de determinados actos eclesiásticos. Su absolución, en consecuencia, solo puede ser concedida, conforme al derecho canónico, por el Papa, por el obispo del lugar o por sacerdotes expresamente autorizados por ellos[1]. Estar excomulgado significa, en sentido estricto, “estar fuera de la comunión de la Iglesia”, es decir, una separación formal de la vida de la fe como sanción por una falta cometida.


A continuación, se analizará la excomunión como lugar teológico a través del personaje del padre Natalio Pérez, interpretado por Damián Alcázar en la película mexicana El crimen del padre Amaro” (2002), adaptación cinematográfica de la novela homónima publicada en 1875 por el escritor portugués José María Eça de Queirós.

Primero conviene revisar los hechos que llevaron al padre Natalio a recibir la excomunión por parte de su obispo. En el largometraje mexicano “El crimen del padre Amaro”, protagonizado por Gael García Bernal, el padre Natalio es presentado como un sacerdote identificado con la Teología de la Liberación y párroco de una comunidad periférica, ubicada en la sierra. Se trata de una población campesina constantemente amenazada por el narcotráfico; al tomar cartas en el asunto para defenderse del crimen organizado, sus habitantes son catalogados como “guerrilleros”. En este contexto, el padre Natalio, por acompañar y proteger a su comunidad, es señalado como el supuesto cabecilla y protector de la guerrilla.

En una de las escenas clave, durante una reunión de sacerdotes de la región, el padre Natalio es increpado por otro presbítero, quien intenta hacerle ver su “error” al alzarse en armas junto a sus feligreses. Asimismo, se le advierte que el obispo no aprueba la actitud que ha asumido. Paralelamente, el padre Natalio invita en reiteradas ocasiones al joven padre Amaro a pasar algunos días en la sierra, con el fin de que conozca de primera mano la dura realidad que viven los campesinos.

Tiempo después, el padre Natalio recibe una nota de su Ordinario, entregada por el propio padre Amaro, en la que se le comunica su excomunión por desobediencia. El motivo inmediato es su negativa a aceptar el traslado como capellán de una comunidad de religiosas, medida concebida como un castigo por incitar —según la autoridad eclesiástica— a sus parroquianos a defenderse de los narcotraficantes, quienes eran asiduos bienhechores del obispado. La notificación le llega al salir del funeral de un hombre asesinado por el crimen organizado. Conmovido hasta las lágrimas, pero con plena claridad de conciencia, el padre Natalio decide no abandonar el lugar y renunciar, de hecho, a su condición clerical para convertirse en uno más entre los campesinos.

La trama se complejiza aún más cuando se entiende que el padre Natalio había actuado movido también por un deseo de represalia contra el sacerdote y el obispo que lo acusaban de guerrillero. En ese contexto, envía a uno de los suyos a robar unas fotografías comprometedoras, en las que dicho sacerdote aparece participando en el bautizo de un hijo del capo del cártel. Este acto provoca la muerte del emisario. Según la lógica narrativa de la película, el padre Natalio es etiquetado como exponente de la Teología de la Liberación fundamentalmente por haber decidido tomar las armas junto a su pueblo y compartir su destino, sin embargo, el tomar las armas no es ni lo más genuino de esta corriente teológica, ni mucho menos una malinterpretación de su puesta en práctica.

Según Elsa Aguilera[2], el padre Natalio es el personaje que dignifica la figura del sacerdote en la película, a diferencia de su homónimo en la novela. En el filme, este personaje encarna los principios de la Teología de la Liberación, particularmente la “opción por los pobres”, al buscar hacerlos realidad en la práctica pastoral. Vicente Leñero, guionista de la obra, afirma que el tratamiento de Natalio —así como la construcción de su breve pero dramática historia— fue uno de los aspectos que mayor satisfacción le produjo durante la escritura del guion.

La relación del padre Natalio con la guerrilla y con la Teología de la Liberación constituye uno de los aciertos más relevantes del guion, pues otorga vigencia a la historia dentro del contexto de la realidad mexicana de la época. Natalio es reprendido y posteriormente excomulgado por negarse a participar en la corrupción eclesiástica que se expone en la cinta. En contraste, en la novela todos los personajes clericales parecen actuar del mismo lado, siendo el cinismo el rasgo común que los define.

Los valores de Natalio se sitúan por encima de los intereses políticos y económicos de la jerarquía católica. No acepta los apercibimientos del obispo y se mantiene fiel al cumplimiento del Evangelio en la comunidad rural donde predica, independientemente de los conflictos que esto le genere con sus superiores.

Jorge Ayala Blanco coincide en destacar la relevancia simbólica del personaje al describirlo como “un barbudo teólogo de la liberación bastante extemporáneo, Natalio [...], que se ha asimilado a la guerrilla en las comunidades campesinas de la sierra, desafía al obispo y le vale la excomunión, para erigirse como el único personaje digno y positivo del filme, representando sin duda la esperanza, la huella de luz hacia el final del túnel, la certeza de que no todo está podrido”.

La excomunión del padre Natalio Pérez lo sitúa en un “lugar teológico”, este concepto, desarrollado por el teólogo dominico Melchor Cano, retoma la noción aristotélica de los “topoi” como ámbitos desde los cuales se construye la argumentación teológica. En términos simples, los lugares teológicos son espacios donde se reconoce y discierne la revelación de Dios[3].

Cano distingue entre los lugares constitutivos —la Sagrada Escritura y la Tradición— y aquellos históricos e interpretativos, como la Iglesia, los concilios ecuménicos, los Padres de la Iglesia y los teólogos escolásticos, a los que hoy podría añadirse la liturgia. Aunque estos últimos no tienen el mismo rango que la Escritura y la Tradición, siguen siendo expresiones de la acción de Dios que requieren escucha y discernimiento.

El padre Natalio abre la posibilidad de comprender la excomunión no como una ruptura, sino como una elección de encarnación. Desde su conciencia, decide permanecer junto al pueblo, fiel al Evangelio y comprometido con los más desfavorecidos, antes que someterse a una orden injusta emanada de un superior corrompido y cómplice de intereses ajenos al mensaje cristiano. En este sentido, Natalio encarna el principio bíblico de “obedecer a Dios antes que a los hombres” (cf. Hch 5, 29).

Así, su decisión de permanecer excomulgado en la montaña, viviendo como uno más entre los pobres, puede interpretarse no como un acto de rebeldía contra la Iglesia, sino como la radicalización de su opción evangélica. Al asumir hasta sus últimas consecuencias la vocación recibida de Cristo, Natalio hace vida el anuncio programático del Evangelio: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar la buena nueva a los pobres; me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón, a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, a poner en libertad a los oprimidos” (Lc 4, 18-19).

Aunque la excomunión lo separa jurídicamente de la comunión sacramental, el padre Natalio decide no separarse del pueblo. Esta elección revela una comprensión de la Iglesia que no se reduce al templo ni a la estructura institucional, sino que se reconoce presente allí donde el pastor comparte la vida concreta de los pobres. Natalio no deja de “ser Iglesia” aun estando excomulgado, pues, en su condición de bautizado, permanece inserto en la comunidad cristiana que primero lo acogió como padre y pastor, y que ahora lo reconoce como hermano entre hermanos.

Si bien la excomunión supone una dolorosa ruptura a nivel institucional, en este caso no se manifiesta como una amonestación orientada a hacer consciente al implicado de un supuesto “error”, sino como un acto de injusticia, viciado en su origen y dictado más por las entrañas del poder que por la razón evangélica.

Se establece así un contraste elocuente entre la comunión canónica y la comunión vivida. Aunque el excomulgado deja de actuar oficialmente en nombre de la Iglesia que le confió la misión evangelizadora, pasa a encarnar el Evangelio de manera más radical en medio del pueblo de Dios. De este modo, la separación jurídica no implica necesariamente una ruptura real cuando la fe es auténtica y constituye el fundamento de la vida.

Es cierto que la obediencia es un valor central en la vida eclesial, incluso cuando resulta difícil o incomprensible; sin embargo, existen situaciones —como esta— en las que la conciencia se convierte en ley interior y en voz de Dios que no puede ser silenciada. En definitiva, a los sacerdotes se les forma para obedecer, pero también para pensar y discernir.

La pregunta incómoda que invita a la reflexión es la siguiente: ¿es posible estar fuera de la institución y, al mismo tiempo, permanecer dentro del espíritu del Evangelio? En este sentido, la excomunión injusta se presenta más como una herida que como un triunfo de la verdad.

Existen decisiones eclesiales que resultan incomprensibles en su momento e incluso con el paso del tiempo; determinaciones que no benefician ni al individuo ni a la comunidad. Sin embargo, esto no autoriza a sospechar o cuestionar de manera indiscriminada cualquier orden o mandato de la autoridad legítima. Se impone, por tanto, el ejercicio del discernimiento y del sentido común, que paradójicamente suele ser el menos común de los sentidos. Y ahora, en esta Iglesia sinodal, se habla más de una obediencia dialogada y discernida en el Espíritu, más que de imperativos personales.

El padre Natalio desobedece la orden de abandonar la montaña, pero acata la excomunión que le ha sido impuesta. Permanece en la comunidad no ya en calidad de sacerdote, sino “como uno más” del pueblo. De este modo, incluso en su aparente rebeldía frente a la institución, opta por obedecer la condición de estar jurídicamente incapacitado para el ejercicio del ministerio, aun cuando el propio Código de Derecho Canónico contemple que, en situaciones extremas, puede ejercer aquello que ontológicamente es para siempre: sacerdote del Dios altísimo.

La excomunión del padre Natalio, entendida como lugar teológico, se ilumina al interpretar “la montaña” tanto como espacio concreto como símbolo bíblico. La montaña es lugar de revelación (cf. Ex 34, 27), ámbito de cercanía con Dios fuera del centro del poder (cf. Lc 6, 12) y escenario desde el cual se proclaman y se enseñan las bienaventuranzas (cf. Mt 5, 1-12). La excomunión como lugar teológico es el estado de preferencia de Dios por el que encarna la "pobreza" respecto de la comunión de la Iglesia, es decir, aquellos que, por razones justas o injustas, pasan a ser degregados, discriminados y apartados de la unidad. En la excomunión se revela Dios que no se muda, que nunca abandona al acusado, al perseguido, al pecador.

Al internarse en las montañas, el padre Natalio asume una posición de pequeñez y anonimato: se hace último y aparentemente insignificante para convertirse en el primero en el servicio. La montaña pone de manifiesto la incomodidad inherente al mandato misionero, marcada por las distancias geográficas y la aspereza de los caminos, pero revela también la autenticidad de la vocación de quienes siguen a Cristo y al Evangelio, y no sus propias seguridades o comodidades.

De este modo, la montaña, como símbolo bíblico y teológico, permite comprender la excomunión como un lugar teológico en el que se discierne y se vive concretamente la voluntad de Dios, manifestada no desde el poder, sino desde el dolor, la herida de la fractura y la radicalidad del mensaje evangélico. El padre Natalio no celebra los sacramentos, pero continúa celebrando la vida compartida; no preside la liturgia, pero permanece inserto en la historia concreta de su pueblo.

Resulta doloroso constatar que existen numerosos sacerdotes que, con o sin razones válidas, han sido apartados de su ministerio. Esta realidad no puede dejarnos indiferentes, pues “la mies es mucha y los obreros pocos” (cf. Mt 9, 35). Al mismo tiempo, es innegable que la Iglesia necesita personas íntegras, probadas en virtudes, capaces de asumir la triple misión de gobernar, santificar y enseñar, misión que los obispos ejercen y comparten con sus presbíteros.

Si el padre Natalio hubiera obedecido a su obispo y abandonado a su pueblo para asumir el cargo de capellán de monjas, ¿qué habría sido de aquellos campesinos pobres? ¿Quién les habría ayudado a descubrir a Dios en medio de su lucha cotidiana? ¿Quién les habría administrado los sacramentos? Tal decisión habría podido interpretarse como un abandono por parte de la Iglesia o, peor aún, como si Dios mismo los dejara solos. Sin embargo, no es así: Natalio permanece. Ya no como sacerdote, sino como hombre, y Dios permanece con él.

En definitiva, la excomunión del padre Natalio Pérez, lejos de clausurar su experiencia de fe, se convierte en un lugar teológico privilegiado desde el cual se revela un Dios que no se identifica con el poder ni con la autosuficiencia institucional, sino con la fragilidad, la conciencia y la fidelidad al Evangelio vivido. Su permanencia en la montaña, junto al pueblo empobrecido, interpela a la Iglesia a discernir continuamente entre legalidad y justicia, entre obediencia ciega y obediencia evangélica, entre comunión jurídica y comunión real. Desde esta herida abierta, la figura de Natalio recuerda que la Iglesia no se agota en sus estructuras, sino que se realiza allí donde el Evangelio se encarna en la historia concreta de los pobres, y donde la voz de Dios sigue hablando, incluso —y a veces con mayor claridad— desde los márgenes.

Hace trece años, cuando cursaba el propedéutico en el seminario, nos presentaron la película “El crimen del padre Amaro”. En aquel momento, más que un incentivo vocacional, provocó asombro y desconcierto. Sin embargo, trece años después, la mirada es distinta y el aprendizaje, más concreto: la Iglesia es santa porque su Fundador es santo, pero está conformada por pecadores, siempre necesitados del Espíritu y de una constante conversión.



[1] Catecismo de la Iglesia católica, 1463.

[2] Elsa Georgina Aguilera Castillo, (2006), Las virtudes de una historia vigente: El crimen del padre Amaro, UNAM.