EL CASO DEL PADRE NATALIO PÉREZ
Las excomuniones en la Iglesia
católica constituyen la
pena eclesiástica más severa, pues impiden la recepción de los
sacramentos y el ejercicio de determinados actos eclesiásticos. Su absolución,
en consecuencia, solo puede ser concedida, conforme al derecho canónico, por el
Papa, por el obispo del lugar o por sacerdotes expresamente autorizados por
ellos[1]. Estar
excomulgado significa, en sentido estricto, “estar fuera de la comunión de la Iglesia”,
es decir, una separación formal de la vida de la fe como sanción por una falta
cometida.
A continuación, se analizará la
excomunión como lugar teológico
a través del
personaje del padre Natalio Pérez, interpretado por Damián Alcázar en la
película mexicana “El crimen del padre Amaro”
(2002),
adaptación cinematográfica de la novela homónima publicada en 1875 por el
escritor portugués José María Eça de Queirós.
Primero conviene revisar los hechos que
llevaron al padre Natalio a recibir la excomunión por parte de su obispo. En el
largometraje mexicano “El crimen del padre Amaro”, protagonizado por Gael
García Bernal, el padre Natalio es presentado como un sacerdote identificado
con la Teología de la Liberación y párroco de una comunidad periférica, ubicada
en la sierra. Se trata de una población campesina constantemente amenazada por
el narcotráfico; al tomar cartas en el asunto para defenderse del crimen
organizado, sus habitantes son catalogados como “guerrilleros”. En este
contexto, el padre Natalio, por acompañar y proteger a su comunidad, es
señalado como el supuesto cabecilla y protector de la guerrilla.
En una de las escenas clave, durante una
reunión de sacerdotes de la región, el padre Natalio es increpado por otro
presbítero, quien intenta hacerle ver su “error” al alzarse en armas junto a
sus feligreses. Asimismo, se le advierte que el obispo no aprueba la actitud
que ha asumido. Paralelamente, el padre Natalio invita en reiteradas ocasiones
al joven padre Amaro a pasar algunos días en la sierra, con el fin de que
conozca de primera mano la dura realidad que viven los campesinos.
Tiempo después, el padre Natalio recibe una
nota de su Ordinario, entregada por el propio padre Amaro, en la que se le
comunica su excomunión por desobediencia. El motivo inmediato es su negativa a
aceptar el traslado como capellán de una comunidad de religiosas, medida
concebida como un castigo por incitar —según la autoridad eclesiástica— a sus
parroquianos a defenderse de los narcotraficantes, quienes eran asiduos
bienhechores del obispado. La notificación le llega al salir del funeral de un
hombre asesinado por el crimen organizado. Conmovido hasta las lágrimas, pero
con plena claridad de conciencia, el padre Natalio decide no abandonar el lugar
y renunciar, de hecho, a su condición clerical para convertirse en uno más
entre los campesinos.
La trama se complejiza aún más cuando se
entiende que el padre Natalio había actuado movido también por un deseo de
represalia contra el sacerdote y el obispo que lo acusaban de guerrillero. En
ese contexto, envía a uno de los suyos a robar unas fotografías
comprometedoras, en las que dicho sacerdote aparece participando en el bautizo
de un hijo del capo del cártel. Este acto provoca la muerte del emisario. Según
la lógica narrativa de la película, el padre Natalio es etiquetado como
exponente de la Teología de la Liberación fundamentalmente por haber decidido
tomar las armas junto a su pueblo y compartir su destino, sin embargo, el tomar
las armas no es ni lo más genuino de esta corriente teológica, ni mucho menos
una malinterpretación de su puesta en práctica.
Según Elsa Aguilera[2],
el padre Natalio es el personaje que dignifica la figura del sacerdote en la
película, a diferencia de su homónimo en la novela. En el filme, este personaje
encarna los principios de la Teología de la Liberación, particularmente la
“opción por los pobres”, al buscar hacerlos realidad en la práctica pastoral.
Vicente Leñero, guionista de la obra, afirma que el tratamiento de Natalio —así
como la construcción de su breve pero dramática historia— fue uno de los aspectos
que mayor satisfacción le produjo durante la escritura del guion.
La relación del padre Natalio con la guerrilla
y con la Teología de la Liberación constituye uno de los aciertos más
relevantes del guion, pues otorga vigencia a la historia dentro del contexto de
la realidad mexicana de la época. Natalio es reprendido y posteriormente
excomulgado por negarse a participar en la corrupción eclesiástica que se
expone en la cinta. En contraste, en la novela todos los personajes clericales
parecen actuar del mismo lado, siendo el cinismo el rasgo común que los define.
Los valores de Natalio se sitúan por encima de
los intereses políticos y económicos de la jerarquía católica. No acepta los
apercibimientos del obispo y se mantiene fiel al cumplimiento del Evangelio en
la comunidad rural donde predica, independientemente de los conflictos que esto
le genere con sus superiores.
Jorge Ayala Blanco coincide en destacar la
relevancia simbólica del personaje al describirlo como “un barbudo teólogo de
la liberación bastante extemporáneo, Natalio [...], que se ha asimilado a la
guerrilla en las comunidades campesinas de la sierra, desafía al obispo y le
vale la excomunión, para erigirse como el único personaje digno y positivo del
filme, representando sin duda la esperanza, la huella de luz hacia el final del
túnel, la certeza de que no todo está podrido”.
La excomunión del padre Natalio Pérez lo sitúa
en un “lugar teológico”, este concepto, desarrollado por el teólogo dominico
Melchor Cano, retoma la noción aristotélica de los “topoi” como ámbitos desde
los cuales se construye la argumentación teológica. En términos simples, los
lugares teológicos son espacios donde se reconoce y discierne la revelación de
Dios[3].
Cano distingue entre los lugares constitutivos
—la Sagrada Escritura y la Tradición— y aquellos históricos e interpretativos,
como la Iglesia, los concilios ecuménicos, los Padres de la Iglesia y los
teólogos escolásticos, a los que hoy podría añadirse la liturgia. Aunque estos
últimos no tienen el mismo rango que la Escritura y la Tradición, siguen siendo
expresiones de la acción de Dios que requieren escucha y discernimiento.
El padre Natalio abre la posibilidad de
comprender la excomunión no como una ruptura, sino como una elección de encarnación.
Desde su conciencia, decide permanecer junto al pueblo, fiel al Evangelio y
comprometido con los más desfavorecidos, antes que someterse a una orden
injusta emanada de un superior corrompido y cómplice de intereses ajenos al
mensaje cristiano. En este sentido, Natalio encarna el principio bíblico de
“obedecer a Dios antes que a los hombres” (cf. Hch 5, 29).
Así, su decisión de permanecer excomulgado en
la montaña, viviendo como uno más entre los pobres, puede interpretarse no como
un acto de rebeldía contra la Iglesia, sino como la radicalización de su opción
evangélica. Al asumir hasta sus últimas consecuencias la vocación recibida de
Cristo, Natalio hace vida el anuncio programático del Evangelio: “El Espíritu
del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar la buena nueva a los
pobres; me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón, a proclamar la
liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, a poner en libertad a los
oprimidos” (Lc 4, 18-19).
Aunque la excomunión lo separa jurídicamente de
la comunión sacramental, el padre Natalio decide no separarse del pueblo. Esta
elección revela una comprensión de la Iglesia que no se reduce al templo ni a
la estructura institucional, sino que se reconoce presente allí donde el pastor
comparte la vida concreta de los pobres. Natalio no deja de “ser Iglesia” aun
estando excomulgado, pues, en su condición de bautizado, permanece inserto en
la comunidad cristiana que primero lo acogió como padre y pastor, y que ahora
lo reconoce como hermano entre hermanos.
Si bien la excomunión supone una dolorosa
ruptura a nivel institucional, en este caso no se manifiesta como una
amonestación orientada a hacer consciente al implicado de un supuesto “error”,
sino como un acto de injusticia, viciado en su origen y dictado más por las
entrañas del poder que por la razón evangélica.
Se establece así un contraste elocuente entre
la comunión canónica y la comunión vivida. Aunque el excomulgado deja de actuar
oficialmente en nombre de la Iglesia que le confió la misión evangelizadora,
pasa a encarnar el Evangelio de manera más radical en medio del pueblo de Dios.
De este modo, la separación jurídica no implica necesariamente una ruptura real
cuando la fe es auténtica y constituye el fundamento de la vida.
Es cierto que la obediencia es un valor central
en la vida eclesial, incluso cuando resulta difícil o incomprensible; sin
embargo, existen situaciones —como esta— en las que la conciencia se convierte
en ley interior y en voz de Dios que no puede ser silenciada. En definitiva, a
los sacerdotes se les forma para obedecer, pero también para pensar y
discernir.
La pregunta incómoda que invita a la reflexión
es la siguiente: ¿es posible estar fuera de la institución y, al mismo tiempo,
permanecer dentro del espíritu del Evangelio? En este sentido, la excomunión
injusta se presenta más como una herida que como un triunfo de la verdad.
Existen decisiones eclesiales que resultan
incomprensibles en su momento e incluso con el paso del tiempo; determinaciones
que no benefician ni al individuo ni a la comunidad. Sin embargo, esto no
autoriza a sospechar o cuestionar de manera indiscriminada cualquier orden o
mandato de la autoridad legítima. Se impone, por tanto, el ejercicio del
discernimiento y del sentido común, que paradójicamente suele ser el menos
común de los sentidos. Y ahora, en esta Iglesia sinodal, se habla más de una
obediencia dialogada y discernida en el Espíritu, más que de imperativos
personales.
El padre Natalio desobedece la orden de
abandonar la montaña, pero acata la excomunión que le ha sido impuesta.
Permanece en la comunidad no ya en calidad de sacerdote, sino “como uno más”
del pueblo. De este modo, incluso en su aparente rebeldía frente a la
institución, opta por obedecer la condición de estar jurídicamente incapacitado
para el ejercicio del ministerio, aun cuando el propio Código de Derecho
Canónico contemple que, en situaciones extremas, puede ejercer aquello que
ontológicamente es para siempre: sacerdote del Dios altísimo.
La excomunión del padre Natalio, entendida como
lugar teológico, se ilumina al interpretar “la montaña” tanto como espacio
concreto como símbolo bíblico. La montaña es lugar de revelación (cf. Ex 34, 27),
ámbito de cercanía con Dios fuera del centro del poder (cf. Lc 6, 12) y
escenario desde el cual se proclaman y se enseñan las bienaventuranzas (cf. Mt
5, 1-12). La excomunión como lugar teológico es el estado de preferencia de Dios por el que encarna la "pobreza" respecto de la comunión de la Iglesia, es decir, aquellos que, por razones justas o injustas, pasan a ser degregados, discriminados y apartados de la unidad. En la excomunión se revela Dios que no se muda, que nunca abandona al acusado, al perseguido, al pecador.
Al internarse en las montañas, el padre Natalio
asume una posición de pequeñez y anonimato: se hace último y aparentemente
insignificante para convertirse en el primero en el servicio. La montaña pone
de manifiesto la incomodidad inherente al mandato misionero, marcada por las
distancias geográficas y la aspereza de los caminos, pero revela también la
autenticidad de la vocación de quienes siguen a Cristo y al Evangelio, y no sus
propias seguridades o comodidades.
De este modo, la montaña, como símbolo bíblico
y teológico, permite comprender la excomunión como un lugar teológico en el que
se discierne y se vive concretamente la voluntad de Dios, manifestada no desde
el poder, sino desde el dolor, la herida de la fractura y la radicalidad del
mensaje evangélico. El padre Natalio no celebra los sacramentos, pero continúa
celebrando la vida compartida; no preside la liturgia, pero permanece inserto en
la historia concreta de su pueblo.
Resulta doloroso constatar que existen
numerosos sacerdotes que, con o sin razones válidas, han sido apartados de su
ministerio. Esta realidad no puede dejarnos indiferentes, pues “la mies es
mucha y los obreros pocos” (cf. Mt 9, 35). Al mismo tiempo, es innegable que la
Iglesia necesita personas íntegras, probadas en virtudes, capaces de asumir la
triple misión de gobernar, santificar y enseñar, misión que los obispos ejercen
y comparten con sus presbíteros.
Si el padre Natalio hubiera obedecido a su
obispo y abandonado a su pueblo para asumir el cargo de capellán de monjas,
¿qué habría sido de aquellos campesinos pobres? ¿Quién les habría ayudado a
descubrir a Dios en medio de su lucha cotidiana? ¿Quién les habría administrado
los sacramentos? Tal decisión habría podido interpretarse como un abandono por
parte de la Iglesia o, peor aún, como si Dios mismo los dejara solos. Sin
embargo, no es así: Natalio permanece. Ya no como sacerdote, sino como hombre,
y Dios permanece con él.
En definitiva, la excomunión del padre Natalio
Pérez, lejos de clausurar su experiencia de fe, se convierte en un lugar
teológico privilegiado desde el cual se revela un Dios que no se identifica con
el poder ni con la autosuficiencia institucional, sino con la fragilidad, la
conciencia y la fidelidad al Evangelio vivido. Su permanencia en la montaña,
junto al pueblo empobrecido, interpela a la Iglesia a discernir continuamente
entre legalidad y justicia, entre obediencia ciega y obediencia evangélica,
entre comunión jurídica y comunión real. Desde esta herida abierta, la figura
de Natalio recuerda que la Iglesia no se agota en sus estructuras, sino que se
realiza allí donde el Evangelio se encarna en la historia concreta de los
pobres, y donde la voz de Dios sigue hablando, incluso —y a veces con mayor
claridad— desde los márgenes.
Hace trece años, cuando cursaba el propedéutico
en el seminario, nos presentaron la película “El crimen del padre Amaro”. En
aquel momento, más que un incentivo vocacional, provocó asombro y desconcierto.
Sin embargo, trece años después, la mirada es distinta y el aprendizaje, más
concreto: la Iglesia es santa porque su Fundador es santo, pero está conformada
por pecadores, siempre necesitados del Espíritu y de una constante conversión.
[1] Catecismo de
la Iglesia católica, 1463.
[2] Elsa
Georgina Aguilera Castillo, (2006), Las virtudes de una historia vigente: El
crimen del padre Amaro, UNAM.
[3] Mons. Felipe
Arizmendi Esquivel en https://es.catholic.net/op/articulos/73548/cat/573/la-amazonia-lugar-teologico.html#google_vignette
