DIÁCONO-SERVIDOR
«El agua unida al vino sea
signo de nuestra participación en la vida divina de quien ha querido compartir
nuestra condición humana.»
Ayer, 24 de junio, en la solemnidad de la Natividad de san Juan
Bautista, fui examinado por los padres operarios diocesanos Carlos Boulanger,
rector venezolano, y Enrique Torres Navarro, director espiritual mexicano, como
paso previo al anuncio de la fecha de mi próxima ordenación de diácono.
La cita fue a las cuatro y treinta de la tarde, en el auditorio
del pabellón de estudios del seminario. Allí estuvimos puntuales mi hermano
seminarista Juan Sixto y yo, esperando a los padres y conversando de las
posibles preguntas que nos harían. Una vez reunidos los cuatro, a iniciativa
del padre rector, se nos pidió elegir uno de los dos papeles que estaban sobre
la mesa. Cada uno contenía un número que indicaría el orden de la examinación,
ya que esta sería de forma individual. Me correspondió ser el primero, pues
efectivamente el papel que tomé tenía escrito el número uno.
Sixto salió del auditorio y yo permanecí con los dos sacerdotes.
Me ubiqué frente a ellos, al otro lado de la mesa, y, habiendo invocado ya los
cuatro al Espíritu Santo, comenzó el interrogatorio, que duró cerca de treinta
y cinco minutos. Ellos, los sacerdotes, de espaldas a la galería de arzobispos
de Huancayo presidida por la imagen de san Pío X, y yo, frente a todos ellos,
de modo que me sentía como en un sanedrín, con los doctores examinándome.
Cada sacerdote fue formulando preguntas correspondientes a la
teología, el rito, la espiritualidad, los deberes y derechos, y demás
cuestiones canónicas alusivas al orden del diaconado. Todas las respondí desde
mi conocimiento y citando la documentación que se nos había compartido para la
preparación de este examen. También aproveché de leer otros materiales alusivos
al orden de los diáconos, como homilías y reflexiones espirituales. Hubo
algunas preguntas en las que se me pidió mayor precisión, para que ellos, los
sacerdotes, tuvieran claro que yo también lo tenía claro. Fue insistente el
tema del celibato y de las obligaciones litúrgicas propias del diaconado.
Transcurrida la media hora de examinación, salí para que ingresara
Juan Sixto, no sin antes comentarle enfáticamente que la materia del sacramento
del Orden es la imposición de manos del obispo y que la forma es la oración
consecratoria que él mismo pronuncia, pues teníamos nuestras elucubraciones al
respecto.
Con Juan Sixto la cosa fue más rápida, pues, un cuarto de hora
después de haber iniciado, ya estaba afuera del auditorio de nuevo. Yo esperé
en las caminerías del viacrucis del seminario, bajo la sombra de los pinos,
mientras veía con tristeza y asombro las noticias del doble terremoto que azotó
mi país, Venezuela.
Al finalizar, nos tomamos una fotografía los cuatro, aprovechando
la presencia de un africano que estudiaba en la biblioteca contigua. Este
hermano, que fungió como fotógrafo, al tomar la instantánea con el teléfono
móvil del padre rector, comentó que Sixto se parecía a él por la tez oscura, lo
que despertó una sincera carcajada entre los cuatro.
De modo que aquello que le pedí al Señor en la oración, desde
septiembre del año pasado, ya se está concretando con estos pasos, porque es la
voluntad de Dios, que Él ha sembrado en mi corazón como un deseo genuino y
recto. “Lo que Dios te quiere dar él mismo te lo hará desear”.
Recuerdo ahora cuando en febrero de este año 2026, al regresar de
las misiones en Chacralla, al sur de Ayacucho, decidí conversar con monseñor
Salvador en la sacristía de la catedral, después de la misa de la tarde. Allí
le expuse con sinceridad y directamente mi intención de ser ordenado diácono
por él el día de sus bodas de plata episcopales, como gesto de unión hacia su
persona, en cuanto mi obispo que es, por la gracia de Dios.
Él acogió muy bien esta posibilidad y de inmediato me dijo que,
por su parte, estaba contento con ella; sin embargo, era muy necesario
consultar la opinión del padre rector del Seminario de Huancayo. Por ello me
encargó que hablara con él al volver de las vacaciones y de las misiones, lo
que efectivamente sucedió con toda normalidad.
Estando de acuerdo el mismo rector, hablamos nuevamente con
monseñor después de las misiones de Semana Santa. Esta vez lo hice junto a
Sixto, quien en un principio no se había unido a mí en esta intención. Y es así
como hemos llegado a este 24 de junio para presentar el examen correspondiente.
Bendito sea el Señor por el don de la vocación. Alabado sea Dios
por la gracia de su llamado. Glorificado sea Jesucristo, porque me hace su
amigo y me configura servidor como Él.
María, mujer servidora y esclava del Señor, yo también quiero
servir como tú, llevando a tu Hijo con mis palabras y mis obras, y disponiendo
toda mi vida y toda mi humanidad para desgastarme por el Reino de Cristo y para
la gloria de Dios. Amén.
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