domingo, 6 de septiembre de 2026

Homilía sobre la corrección fraterna

DIOS CORRIGE PORQUE AMA

Queridos hermanos, con la venia del padre William, que me ha pedido compartir con ustedes esta reflexión de la Palabra de Dios.

Veámonos, queridos hermanos, profundamente amados por Dios cuando nos corrige.

Y es que, ciertamente, la corrección fraterna, que es de lo que tratan las lecturas del día de hoy, nace de un corazón que sabe amar.

Nosotros decimos en nuestra vida: «El Señor me pone a prueba, el Señor endereza mi camino, el Señor me corrige en aquello en lo que he fallado, en aquello en lo que pueda estar faltando».

Esa corrección, queridos hermanos y hermanas, proviene del amor misericordioso de Dios, del amor de Dios que ama a sus hijos, porque ciertamente el que ama corrige.

Ahora bien, Jesús, en el Evangelio de hoy, que escuchamos de san Mateo, nos propone como una pequeña metodología para poder corregir al hermano que se equivoca y para no equivocarnos tampoco nosotros en esa corrección.

Y, en primer lugar, es hablar a solas o dialogar, ciertamente, con aquel que vemos que está fallando o nos está haciendo algún tipo de daño.

Ese diálogo es la clave para que la corrección sea cristiana, para que la corrección provenga realmente de un amor nuestro hacia los demás.

Ese diálogo, sin duda alguna, no pretende humillar a nadie. No viene de una actitud de altivez o de soberbia, porque aquel que corrige se cree mejor que el otro que ha fallado.

No, de ninguna manera.

Sabemos que hoy se equivocan unos, mañana nos equivocamos otros. En esta vida cristiana es preciso tener la suficiente humildad para saber que, si yo corrijo hoy, mañana otro me corregirá a mí, porque en esto consiste la vida: en saber recibir la corrección también cuando nosotros nos equivocamos.

El diálogo, entonces, en primer lugar, para acercarnos a aquel que ha fallado: un diálogo sincero, un diálogo sereno que busque realmente el bien de los demás.

Por eso, en la primera lectura del Antiguo Testamento, ya el Señor Dios pone en la misión del profeta advertir, decir allí al malvado, podemos decir ahora, dialogar con el que se equivoca para que pueda corregir esa actitud.

«Si te hace caso», le dice Dios al profeta, «has salvado tu vida y la del hermano. Si no te hace caso, él pierde su vida, pero tú has salvado la tuya».

Es, entonces, un compromiso cristiano. Es una tarea que Dios nos pone a todos nosotros, como sacerdotes, profetas y reyes que somos desde el bautismo: el advertir, el dialogar, el corregir con misericordia a aquel que se equivoca.

Sin duda alguna, esto nos enseña que somos responsables unos de otros.

Ningún cristiano puede decir en este mundo que los demás hagan lo que quieran, con tal que yo cumpla la ley de Dios. Si dice esto, ya no está cumpliendo la ley de Dios, que nos pide ir al encuentro del que se equivoca y corregirle.

Ningún cristiano en este mundo, sin duda alguna, puede decir que está solo y que vive una relación con Dios directa y personal, y que los demás no me interesan.

No, nos equivocamos.

Somos responsables unos de otros desde el amor, desde la caridad.

Y es preciso, entonces, recordar aquella pregunta que hizo Dios en el Génesis a Caín: «¿Dónde está tu hermano?».

Y la respuesta de Caín, una vez que hubo asesinado a su hermano, fue: «¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano?».

Porque había cometido el mal contra Abel. Y resulta que sí, de algún modo somos custodios, somos guardianes unos de otros, porque si nos decimos hermanos es porque venimos de un mismo Padre celestial.

Y esa fraternidad y esa filiación divina es la que nos motiva a preocuparnos y a estar pendientes unos de otros.

Ahora bien, la mejor corrección, que sin duda alguna pasa por el diálogo y por la conversación con el hermano que se equivoca, la mejor corrección es, según la pedagogía de Dios, según como Cristo actuó.

Esto significa dando el ejemplo, porque no puedo yo pretender corregir a otro en lo que yo mismo me equivoco o incluso peor que los demás.

El testimonio, el ejemplo, la vida esforzada en el cumplimiento de los mandamientos de la ley de Dios por amor es la mejor corrección para todos aquellos que se equivocan.

Ese fue el ejemplo que nos dejó Cristo: enseñar con nuestra vida lo que está bien, dejarnos iluminar por la Palabra de Dios para actuar conforme a lo que ella nos invita y, de esa manera, ser testimonio para los demás.

Queridos hermanos y hermanas, tenemos ese gran compromiso, y Jesús nos lo dijo:

«Ustedes son la luz del mundo».

Una luz que ilumina, una luz que da ejemplo, una luz que corrige con misericordia, con caridad, desde el propio testimonio cristiano, para que así no nos convirtamos en aquello que estamos denunciando, para que no pequemos de igual manera en lo que queremos corregir, en lo que pretendemos nosotros aliviar en la comunidad.

Volviendo al Evangelio de hoy, de san Mateo, Jesús indica entonces, cómo no, en primer lugar, un diálogo personal con aquel que se equivoca. Luego, si no te escucha, llama a uno o a dos testigos. Y si finalmente no escucha a la comunidad, dice Jesús en el Evangelio que pueden parecernos palabras muy drásticas: «Considéralo como un pagano o como un publicano».

¿Qué significa esto? ¿Que hay que apartarlo de la comunidad? ¿Que hay que rechazarlo?

No, todo lo contrario.

Los primeros, los privilegiados en la obra de la misericordia de Dios, eran precisamente los pecadores, los publicanos, los paganos.

Si tu hermano no te escucha a la primera, a la segunda, a la tercera, según la reunión de la comunidad, no es la última: apartarlo y rechazarlo. Todo lo contrario: amarlo cada vez más, como Cristo amó y tuvo preferencia por los pobres, por los destruidos, por los pecadores, por los publicanos.

Este es el mensaje de Dios: la misericordia, siempre; el amor, siempre; la corrección cristiana desde la caridad, siempre; y, por sobre todas las cosas, el perdón.

Eso es lo que, sin duda alguna, nos va a garantizar una comunidad cristiana unida, fraterna, que camina junta, que se equivoca, pero que se levanta con el testimonio y con el ejemplo de los santos y de tantas personas que se esfuerzan por cumplir la voluntad de Dios.

San Pablo nos lo dice en la segunda lectura de hoy, en su carta a los Romanos, y se puede resumir en esta frase: ama y haz lo que quieras.

Los mandamientos de la ley de Dios, que son diez; las obras de misericordia espirituales y corporales, que son catorce; y tantas otras ideas que tenemos en nuestra fe para obrar y para demostrar nuestro cariño por Dios y por los demás, se resumen en esto: en el amor.

Por eso san Pablo indica: amar, cumplir la ley entera. Ama y haz lo que quieras. Ama y, de esa manera, corrige a los demás.

Y tengamos también nosotros la suficiente humildad para dejarnos corregir cuando nos equivocamos.

Como decíamos al principio: hoy se equivocan unos, mañana nos equivocamos otros.

Dice Jesús: «El que esté libre de pecado, que lance la primera piedra».

Nuestra fragilidad humana nos enseña a eso: a corregir con paciencia, con misericordia, y a dejarnos corregir también con humildad, con paciencia, porque también somos débiles y nos podemos equivocar.

Queridos hermanos y hermanas, que en todo esto nos ayude la Santísima Virgen María, esa mujer perfecta, esa mujer que no pecó y que entregó su vida a Dios como ejemplo para nosotros.

Como ella, seamos dóciles a la Palabra de Dios. Como ella, seamos humildes servidores unos de otros, para que esta comunidad cristiana se afiance en el amor, en la caridad, en la corrección fraterna.

Que así sea.

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario