DIOS CORRIGE PORQUE AMA
Queridos
hermanos, con la venia del padre William, que me ha pedido compartir con
ustedes esta reflexión de la Palabra de Dios.
Veámonos,
queridos hermanos, profundamente amados por Dios cuando nos corrige.
Y es que,
ciertamente, la corrección fraterna, que es de lo que tratan las lecturas del
día de hoy, nace de un corazón que sabe amar.
Nosotros
decimos en nuestra vida: «El Señor me pone a prueba, el Señor endereza mi
camino, el Señor me corrige en aquello en lo que he fallado, en aquello en lo
que pueda estar faltando».
Esa
corrección, queridos hermanos y hermanas, proviene del amor misericordioso de
Dios, del amor de Dios que ama a sus hijos, porque ciertamente el que ama
corrige.
Ahora bien,
Jesús, en el Evangelio de hoy, que escuchamos de san Mateo, nos propone como
una pequeña metodología para poder corregir al hermano que se equivoca y para
no equivocarnos tampoco nosotros en esa corrección.
Y, en
primer lugar, es hablar a solas o dialogar, ciertamente, con aquel que vemos
que está fallando o nos está haciendo algún tipo de daño.
Ese diálogo
es la clave para que la corrección sea cristiana, para que la corrección
provenga realmente de un amor nuestro hacia los demás.
Ese
diálogo, sin duda alguna, no pretende humillar a nadie. No viene de una actitud
de altivez o de soberbia, porque aquel que corrige se cree mejor que el otro
que ha fallado.
No, de
ninguna manera.
Sabemos que
hoy se equivocan unos, mañana nos equivocamos otros. En esta vida cristiana es
preciso tener la suficiente humildad para saber que, si yo corrijo hoy, mañana
otro me corregirá a mí, porque en esto consiste la vida: en saber recibir la
corrección también cuando nosotros nos equivocamos.
El diálogo,
entonces, en primer lugar, para acercarnos a aquel que ha fallado: un diálogo
sincero, un diálogo sereno que busque realmente el bien de los demás.
Por eso, en
la primera lectura del Antiguo Testamento, ya el Señor Dios pone en la misión
del profeta advertir, decir allí al malvado, podemos decir ahora, dialogar con
el que se equivoca para que pueda corregir esa actitud.
«Si te hace
caso», le dice Dios al profeta, «has salvado tu vida y la del hermano. Si no te
hace caso, él pierde su vida, pero tú has salvado la tuya».
Es,
entonces, un compromiso cristiano. Es una tarea que Dios nos pone a todos
nosotros, como sacerdotes, profetas y reyes que somos desde el bautismo: el
advertir, el dialogar, el corregir con misericordia a aquel que se equivoca.
Sin duda
alguna, esto nos enseña que somos responsables unos de otros.
Ningún
cristiano puede decir en este mundo que los demás hagan lo que quieran, con tal
que yo cumpla la ley de Dios. Si dice esto, ya no está cumpliendo la ley de
Dios, que nos pide ir al encuentro del que se equivoca y corregirle.
Ningún
cristiano en este mundo, sin duda alguna, puede decir que está solo y que vive
una relación con Dios directa y personal, y que los demás no me interesan.
No, nos
equivocamos.
Somos
responsables unos de otros desde el amor, desde la caridad.
Y es
preciso, entonces, recordar aquella pregunta que hizo Dios en el Génesis a
Caín: «¿Dónde está tu hermano?».
Y la
respuesta de Caín, una vez que hubo asesinado a su hermano, fue: «¿Acaso soy yo
el guardián de mi hermano?».
Porque
había cometido el mal contra Abel. Y resulta que sí, de algún modo somos
custodios, somos guardianes unos de otros, porque si nos decimos hermanos es
porque venimos de un mismo Padre celestial.
Y esa
fraternidad y esa filiación divina es la que nos motiva a preocuparnos y a
estar pendientes unos de otros.
Ahora bien,
la mejor corrección, que sin duda alguna pasa por el diálogo y por la
conversación con el hermano que se equivoca, la mejor corrección es, según la
pedagogía de Dios, según como Cristo actuó.
Esto
significa dando el ejemplo, porque no puedo yo pretender corregir a otro en lo
que yo mismo me equivoco o incluso peor que los demás.
El
testimonio, el ejemplo, la vida esforzada en el cumplimiento de los
mandamientos de la ley de Dios por amor es la mejor corrección para todos
aquellos que se equivocan.
Ese fue el
ejemplo que nos dejó Cristo: enseñar con nuestra vida lo que está bien,
dejarnos iluminar por la Palabra de Dios para actuar conforme a lo que ella nos
invita y, de esa manera, ser testimonio para los demás.
Queridos
hermanos y hermanas, tenemos ese gran compromiso, y Jesús nos lo dijo:
«Ustedes
son la luz del mundo».
Una luz que
ilumina, una luz que da ejemplo, una luz que corrige con misericordia, con
caridad, desde el propio testimonio cristiano, para que así no nos convirtamos
en aquello que estamos denunciando, para que no pequemos de igual manera en lo
que queremos corregir, en lo que pretendemos nosotros aliviar en la comunidad.
Volviendo
al Evangelio de hoy, de san Mateo, Jesús indica entonces, cómo no, en primer
lugar, un diálogo personal con aquel que se equivoca. Luego, si no te escucha,
llama a uno o a dos testigos. Y si finalmente no escucha a la comunidad, dice
Jesús en el Evangelio que pueden parecernos palabras muy drásticas:
«Considéralo como un pagano o como un publicano».
¿Qué
significa esto? ¿Que hay que apartarlo de la comunidad? ¿Que hay que
rechazarlo?
No, todo lo
contrario.
Los
primeros, los privilegiados en la obra de la misericordia de Dios, eran
precisamente los pecadores, los publicanos, los paganos.
Si tu
hermano no te escucha a la primera, a la segunda, a la tercera, según la
reunión de la comunidad, no es la última: apartarlo y rechazarlo. Todo lo
contrario: amarlo cada vez más, como Cristo amó y tuvo preferencia por los
pobres, por los destruidos, por los pecadores, por los publicanos.
Este es el
mensaje de Dios: la misericordia, siempre; el amor, siempre; la corrección
cristiana desde la caridad, siempre; y, por sobre todas las cosas, el perdón.
Eso es lo
que, sin duda alguna, nos va a garantizar una comunidad cristiana unida,
fraterna, que camina junta, que se equivoca, pero que se levanta con el
testimonio y con el ejemplo de los santos y de tantas personas que se esfuerzan
por cumplir la voluntad de Dios.
San Pablo
nos lo dice en la segunda lectura de hoy, en su carta a los Romanos, y se puede
resumir en esta frase: ama y haz lo que quieras.
Los
mandamientos de la ley de Dios, que son diez; las obras de misericordia
espirituales y corporales, que son catorce; y tantas otras ideas que tenemos en
nuestra fe para obrar y para demostrar nuestro cariño por Dios y por los demás,
se resumen en esto: en el amor.
Por eso san
Pablo indica: amar, cumplir la ley entera. Ama y haz lo que quieras. Ama y, de
esa manera, corrige a los demás.
Y tengamos
también nosotros la suficiente humildad para dejarnos corregir cuando nos
equivocamos.
Como
decíamos al principio: hoy se equivocan unos, mañana nos equivocamos otros.
Dice Jesús:
«El que esté libre de pecado, que lance la primera piedra».
Nuestra
fragilidad humana nos enseña a eso: a corregir con paciencia, con misericordia,
y a dejarnos corregir también con humildad, con paciencia, porque también somos
débiles y nos podemos equivocar.
Queridos
hermanos y hermanas, que en todo esto nos ayude la Santísima Virgen María, esa
mujer perfecta, esa mujer que no pecó y que entregó su vida a Dios como ejemplo
para nosotros.
Como ella,
seamos dóciles a la Palabra de Dios. Como ella, seamos humildes servidores unos
de otros, para que esta comunidad cristiana se afiance en el amor, en la
caridad, en la corrección fraterna.
Que así
sea.
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