viernes, 4 de septiembre de 2026

Primera homilía diaconal

 EL VINO NUEVO DE LA ORDENACIÓN


Querido monseñor Luis Alberto; padre rector; padres formadores; hermano en el diaconado; hermanos todos:

La alegría que, sin duda alguna, sentimos en estos momentos, por la ordenación y, sobre todo, por compartir con ustedes esta respuesta vocacional, es una alegría que desearíamos contagiarles y que, de seguro, ustedes perciben; por eso nos acompañan.

Es una alegría que brota de un corazón agradecido.

Hace unas horas estábamos en el programa radial y allí, con las preguntas, ya nos preparaba monseñor para este momento, cuando nos indicó que debíamos compartir un poco nuestra experiencia personal, pero, por supuesto, dejándonos iluminar por la Palabra de Dios.

Y es que allí veíamos cómo todo es don y misericordia del Señor. Nada de esto podemos pensar que se trate de un mérito personal o de un logro.

Algunas de las personas que nos conocen podrán decir: «¡Qué bueno que ya se graduó! ¡Qué bueno que ya es profesional!». Pero no entienden en lo que estamos. Esto es totalmente una gracia, un regalo de Dios: el don de la vocación. Así se llama uno de los documentos de la formación.

Y por eso mi corazón está totalmente agradecido. El Señor confirma su llamada, no nos abandona. Y aquello que, cuando pequeños, era solo una ilusión o incluso un juego —cuando jugábamos a celebrar la misa—, pues ahora vemos que es una reafirmación del llamado de Dios.

El Señor nos ha elegido y, por pura bondad y por pura misericordia, a mi hermano Sixto y a mí nos ha entregado, el día miércoles 2 de septiembre, este hermoso compromiso del Orden Sacerdotal en su primer grado: el Orden de los Diáconos.

Por eso, yo me dejo iluminar también con lo que le está diciendo san Pablo a los corintios, que hemos escuchado en la primera lectura. Les dice a los corintios, pero pareciera que se refiriera a los nuevos ordenados y también a los sacerdotes:

«Que la gente solo vea en ustedes servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios».

Esto es lo que somos los diáconos, los sacerdotes, los hombres que Dios llama para su servicio: servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios.

Pero esto no es exclusivo. San Pablo no está hablando solamente a los diáconos y a los sacerdotes. Está hablando a la comunidad de los corintios, a todos.

Por eso, queridos hermanos, ustedes seminaristas —decía al principio— que nos acompañan en esta alegría, nos acompañan también en esta reflexión.

Todos nos hemos de mover por esto que dice san Pablo: de ustedes, seminaristas; de nosotros, los diáconos y sacerdotes; del obispo, se pide que sea «servidor de Cristo y administrador de esos misterios de Dios», con fidelidad.

Y es ahí, entonces, donde está el compromiso —no la dificultad, sino el compromiso— y, digamos, el motor para seguir todos los días adelante: la fidelidad que solo la otorga Dios a un corazón que sabe confiar en Él.

En nuestras fuerzas, ni a la esquina. Con Dios lo podemos todo.

Por eso, mi corazón, en este día, de manera especial, se aboca a pensar en esto y a meditar. El ministerio diaconal que estoy iniciando, por gracia de Dios, debe llevarse y debe desarrollarse con un corazón que confía solo en Aquel que me ha llamado; no en mis fuerzas, no en mis capacidades, que son pocas y limitadas.

Para que, definitivamente, el pueblo de Dios, a quien he decidido consagrarme, pueda ver en mí esto que dice san Pablo: a un servidor de Cristo, a un administrador de sus misterios.

Mi hermano Sixto y yo, cuando estábamos en Ocopa, en el retiro espiritual, vivimos profundamente todos los temas y todas las charlas que allí recibimos. Y, entre tantas cosas, comprendimos cómo el diácono también es un representante de Cristo cuando predica la Palabra, cuando dirige la oración, cuando bautiza, cuando casa, cuando lleva el Evangelio a todos aquellos que lo necesitan.

El diácono es también el representante de Cristo diácono, que vino a este mundo a servir y no a ser servido.

Ese es el lema de los diáconos y, no solo de los diáconos, seguramente de todos los cristianos, de todos los que nos llamamos cristianos porque seguimos a Cristo.

Nuestro ideal es, cómo no, la santidad. Pero una santidad que se alcanza en esta tierra con el servicio; con el servicio humilde, con el servicio desinteresado.

Esa es la reflexión y es el motivo, por supuesto, de súplica. Una reflexión que se convierte en súplica y oración a Dios para que nos otorgue la gracia de ser humildes y perseverantes en un servicio como la Iglesia lo necesita y como el seminario nos ha preparado.

Y, en segundo lugar, quiero tomar también en cuenta lo que dice san Lucas hoy en el Evangelio. Esta parábola de Jesús, como lo menciona monseñor cuando nos otorgó la palabra: «A vino nuevo, odres nuevos».

Veo que es, sin duda alguna, el vino nuevo que hemos recibido mi hermano Sixto y yo: el Orden Diaconal.

Y para ese vino nuevo era preciso y necesario un odre nuevo.

Ese odre es la formación.

Tantos años en el seminario. Yo entré a los quince años de edad, al seminario menor, de modo que han sido bastantes años de formación. Y no acaba; esto es hasta que el Señor nos llame.

Pero ese odre nuevo necesita de Dios para que el vino no se derrame. Es la formación que nuestros padres formadores nos han dado acá, en el seminario.

Y, sin duda alguna, a vino nuevo, a ordenación nueva, como dice el Señor, corresponde también un alma, un espíritu, un hombre nuevo, configurado con Cristo para responderle como Él quiere.

Ese es el vino que también tenemos cada uno de nosotros, ustedes, queridos hermanos. Ahora también nuestros hermanos ayacuchanos, con el ministerio del lector y del acólito.

Ese también es un vino nuevo que debe depositarse sobre un odre nuevo, puro, limpio; que tenga esas ganas de servir a Dios, que tenga esas ganas de dedicar la vida a lo que es nuestra ilusión: el sacerdocio, la santidad y el servicio de las personas.

De modo que, queridos hermanos, monseñor y padres, mi espíritu se eleva en agradecimiento a Dios por el don de la vocación.

E iluminado con la Palabra de Dios, con san Pablo en su carta a los Corintios y con este Evangelio de san Lucas, comienzo, de una manera muy satisfactoria, muy feliz, muy plena, mi ministerio diaconal, que sabemos es transitorio para poder proceder al presbiterado.

Y, como diácono significa servidor, espero servir con todas mis fuerzas y con todo mi corazón, y que Dios me dé la gracia de hacerlo como la Iglesia lo necesita y como ustedes, queridos hermanos, también se lo merecen.

María Santísima nos acompaña, nos bendice. Ella es la Madre de las vocaciones, Madre sacerdotal.

El día de mañana, de una manera muy especial, caminaremos con la imagen de la Santísima Virgen hasta Sapallanga. Y en esta peregrinación pongamos todos la vocación de los nuevos diáconos, del nuevo sacerdote, de todos ustedes, queridos hermanos seminaristas.

Pidamos para que Dios nos dé la gracia de perseverar y para que nuestro corazón solo confíe en Dios.

Que así sea.

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