EL VINO NUEVO DE LA ORDENACIÓN
Querido
monseñor Luis Alberto; padre rector; padres formadores; hermano en el
diaconado; hermanos todos:
La alegría
que, sin duda alguna, sentimos en estos momentos, por la ordenación y, sobre
todo, por compartir con ustedes esta respuesta vocacional, es una alegría que
desearíamos contagiarles y que, de seguro, ustedes perciben; por eso nos
acompañan.
Es una
alegría que brota de un corazón agradecido.
Hace unas
horas estábamos en el programa radial y allí, con las preguntas, ya nos
preparaba monseñor para este momento, cuando nos indicó que debíamos compartir
un poco nuestra experiencia personal, pero, por supuesto, dejándonos iluminar
por la Palabra de Dios.
Y es que
allí veíamos cómo todo es don y misericordia del Señor. Nada de esto podemos
pensar que se trate de un mérito personal o de un logro.
Algunas de
las personas que nos conocen podrán decir: «¡Qué bueno que ya se graduó! ¡Qué
bueno que ya es profesional!». Pero no entienden en lo que estamos. Esto es
totalmente una gracia, un regalo de Dios: el don de la vocación. Así se llama
uno de los documentos de la formación.
Y por eso
mi corazón está totalmente agradecido. El Señor confirma su llamada, no nos
abandona. Y aquello que, cuando pequeños, era solo una ilusión o incluso un
juego —cuando jugábamos a celebrar la misa—, pues ahora vemos que es una
reafirmación del llamado de Dios.
El Señor
nos ha elegido y, por pura bondad y por pura misericordia, a mi hermano Sixto y
a mí nos ha entregado, el día miércoles 2 de septiembre, este hermoso
compromiso del Orden Sacerdotal en su primer grado: el Orden de los Diáconos.
Por eso, yo
me dejo iluminar también con lo que le está diciendo san Pablo a los corintios,
que hemos escuchado en la primera lectura. Les dice a los corintios, pero
pareciera que se refiriera a los nuevos ordenados y también a los sacerdotes:
«Que la
gente solo vea en ustedes servidores de Cristo y administradores de los
misterios de Dios».
Esto es lo
que somos los diáconos, los sacerdotes, los hombres que Dios llama para su
servicio: servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios.
Pero esto
no es exclusivo. San Pablo no está hablando solamente a los diáconos y a los
sacerdotes. Está hablando a la comunidad de los corintios, a todos.
Por eso,
queridos hermanos, ustedes seminaristas —decía al principio— que nos acompañan
en esta alegría, nos acompañan también en esta reflexión.
Todos nos
hemos de mover por esto que dice san Pablo: de ustedes, seminaristas; de
nosotros, los diáconos y sacerdotes; del obispo, se pide que sea «servidor de
Cristo y administrador de esos misterios de Dios», con fidelidad.
Y es ahí,
entonces, donde está el compromiso —no la dificultad, sino el compromiso— y,
digamos, el motor para seguir todos los días adelante: la fidelidad que solo
la otorga Dios a un corazón que sabe confiar en Él.
En nuestras
fuerzas, ni a la esquina. Con Dios lo podemos todo.
Por eso, mi
corazón, en este día, de manera especial, se aboca a pensar en esto y a
meditar. El ministerio diaconal que estoy iniciando, por gracia de Dios, debe
llevarse y debe desarrollarse con un corazón que confía solo en Aquel que me ha
llamado; no en mis fuerzas, no en mis capacidades, que son pocas y limitadas.
Para que,
definitivamente, el pueblo de Dios, a quien he decidido consagrarme, pueda ver
en mí esto que dice san Pablo: a un servidor de Cristo, a un administrador de
sus misterios.
Mi hermano
Sixto y yo, cuando estábamos en Ocopa, en el retiro espiritual, vivimos
profundamente todos los temas y todas las charlas que allí recibimos. Y, entre
tantas cosas, comprendimos cómo el diácono también es un representante de
Cristo cuando predica la Palabra, cuando dirige la oración, cuando bautiza,
cuando casa, cuando lleva el Evangelio a todos aquellos que lo necesitan.
El diácono
es también el representante de Cristo diácono, que vino a este mundo a servir y
no a ser servido.
Ese es el
lema de los diáconos y, no solo de los diáconos, seguramente de todos los
cristianos, de todos los que nos llamamos cristianos porque seguimos a Cristo.
Nuestro
ideal es, cómo no, la santidad. Pero una santidad que se alcanza en esta tierra
con el servicio; con el servicio humilde, con el servicio desinteresado.
Esa es la
reflexión y es el motivo, por supuesto, de súplica. Una reflexión que se
convierte en súplica y oración a Dios para que nos otorgue la gracia de ser
humildes y perseverantes en un servicio como la Iglesia lo necesita y como el
seminario nos ha preparado.
Y, en
segundo lugar, quiero tomar también en cuenta lo que dice san Lucas hoy en el
Evangelio. Esta parábola de Jesús, como lo menciona monseñor cuando nos otorgó
la palabra: «A vino nuevo, odres nuevos».
Veo que es,
sin duda alguna, el vino nuevo que hemos recibido mi hermano Sixto y yo: el
Orden Diaconal.
Y para ese
vino nuevo era preciso y necesario un odre nuevo.
Ese odre es
la formación.
Tantos años
en el seminario. Yo entré a los quince años de edad, al seminario menor, de
modo que han sido bastantes años de formación. Y no acaba; esto es hasta que el
Señor nos llame.
Pero ese
odre nuevo necesita de Dios para que el vino no se derrame. Es la formación que
nuestros padres formadores nos han dado acá, en el seminario.
Y, sin duda
alguna, a vino nuevo, a ordenación nueva, como dice el Señor, corresponde
también un alma, un espíritu, un hombre nuevo, configurado con Cristo para
responderle como Él quiere.
Ese es el
vino que también tenemos cada uno de nosotros, ustedes, queridos hermanos.
Ahora también nuestros hermanos ayacuchanos, con el ministerio del lector y del
acólito.
Ese también
es un vino nuevo que debe depositarse sobre un odre nuevo, puro, limpio; que
tenga esas ganas de servir a Dios, que tenga esas ganas de dedicar la vida a lo
que es nuestra ilusión: el sacerdocio, la santidad y el servicio de las
personas.
De modo
que, queridos hermanos, monseñor y padres, mi espíritu se eleva en
agradecimiento a Dios por el don de la vocación.
E iluminado
con la Palabra de Dios, con san Pablo en su carta a los Corintios y con este
Evangelio de san Lucas, comienzo, de una manera muy satisfactoria, muy feliz,
muy plena, mi ministerio diaconal, que sabemos es transitorio para poder
proceder al presbiterado.
Y, como
diácono significa servidor, espero servir con todas mis fuerzas y con todo mi
corazón, y que Dios me dé la gracia de hacerlo como la Iglesia lo necesita y
como ustedes, queridos hermanos, también se lo merecen.
María
Santísima nos acompaña, nos bendice. Ella es la Madre de las vocaciones, Madre
sacerdotal.
El día de
mañana, de una manera muy especial, caminaremos con la imagen de la Santísima
Virgen hasta Sapallanga. Y en esta peregrinación pongamos todos la vocación de
los nuevos diáconos, del nuevo sacerdote, de todos ustedes, queridos hermanos
seminaristas.
Pidamos
para que Dios nos dé la gracia de perseverar y para que nuestro corazón solo
confíe en Dios.
Que así
sea.

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