LA VOCACIÓN ES SERVIR
Amigos del seminario San Pío X de Huancayo, en esta oportunidad nos
encontramos con nuestro hermano Julio, quien el próximo jueves 19 de marzo
recibirá el orden del diaconado por imposición de manos de Monseñor Luis
Alberto Huamán Camayo O.M.I., arzobispo de Huancayo. Nosotros, sus hermanos
seminaristas, hemos querido venir hasta su parroquia, donde ha llevado un
tiempo de pastoral, para conversar con él, para entrevistarle propiamente
acerca de su vocación, de cómo se ha preparado para recibir este orden del
diaconado y de tantas otras cosas que surgen en la vida de un candidato al
sacerdocio como lo es nuestro hermano Julio. Por eso les invitamos a quedarse
en esta entrevista donde conoceremos más acerca de su persona y de seguro que
aquellos jóvenes que se animan también y que sienten el llamado, con el
testimonio de nuestro hermano que recibirá el orden del diaconado, recibirán
ese impulso para decirle sí al Señor como lo estamos haciendo nosotros, como lo
hará el día jueves 19 de marzo en la catedral de Huancayo nuestro hermano
Julio.
Julio, bienvenido.
Acá estamos en esta casa donde usted nos recibe con mucho gusto para
entrevistarlo, para conocer un poco más de su vida, de su vocación, porque
sabemos que este camino es marcado, es iniciado por la vocación. En primer
lugar, coméntanos qué es para ti la vocación y cómo sentiste propiamente la
vocación en tu vida, el llamado de Dios.
Bueno, muchas gracias, Pedro, por venir a mi casa para poder tener esta
entrevista. En primer lugar, para mí la vocación es un llamado de Dios, es un
llamado que hace Dios a todos, pero en especial ese llamado Dios me ha hecho a
mí. Un llamado, un camino que yo he tenido durante todo este tiempo de
formación, de proceso para llegar hoy, para llegar el gran día que es la
ordenación diaconal y por supuesto seguir todavía. Y bueno, mi vocación empezó
cuando yo estaba en el tercero de secundaria en mi pueblo llamado Guadalupe.
Empecé ahí a ser monaguillo. Iba todos los días a ayudar al párroco de mi
parroquia en la parroquia San Agustín de Guadalupe en el norte, La Libertad,
provincia de Pacasmayo, distrito de Guadalupe.
Entonces, yo salía del colegio e iba a mi casa a comer, pero después iba
con mis cuadernos, con mi mochila a la parroquia, a hacer mis tareas hasta
esperar que el párroco hiciera la misa. No iba yo solo, también íbamos otros
jóvenes que eran monaguillos. Íbamos y así surgió mi vocación. Gracias a Dios
que él me fue llevando, tuvo su pedagogía conmigo durante todo este tiempo.
Entonces terminé los estudios secundarios y todavía seguía siendo
monaguillo, ya grande, con 16 años seguía siendo monaguillo en mi pueblo.
Después me mandaron a Lima a estudiar para la universidad, pero no terminé la
carrera de sociología, la dejé y después ingresé al seminario. Pero también no
es que ingresé de un día para otro, sino que hubo un proceso. Estuve un año en
mi parroquia en Lima, un año en que el párroco me estaba acompañando. El
siguiente año el párroco recién manda la carta para yo ir a la parroquia donde
se hacían las jornadas vocacionales y después fui a la propedéutica.
Como no terminé la propedéutica porque todos se iban retirando, quedamos
dos. Uno de mis compañeros ya es sacerdote en Lima. Entonces yo, por la gracia
de Dios, seguí. Pero mis padres no lo tomaron con buen ánimo el hecho de ser
sacerdote porque ellos querían que yo terminara la universidad. Entonces tomé
valor y se los dije. Mi papá, que tenía formación militar, no quiso. En cambio,
mi mamá fue comprendiendo y al final dijo que sí me apoyaba. Y con el tiempo mi
papá también fue viendo mi proceso y terminó apoyándome.
Julio, has resaltado ese proceso tan significativo como lo fue la
infancia y el hecho de servir en el altar en tu parroquia. En perspectiva,
viendo al pequeño Julio como monaguillo, como servidor del altar, ahora próximo
a la ordenación diaconal, ¿qué podrías decir? ¿Para qué te llamó el Señor en
concreto?
Me llamó el Señor para servir dentro de la Santa Madre Iglesia, para
servir, para salvar almas, para ser un buen sacerdote santo y para ser un
sacerdote al servicio del pueblo santo de Dios, en especial en el grado del
diaconado, al servicio del pueblo de Dios, al servicio de la palabra, al
servicio de las mesas, de las viudas, de los huérfanos, de los abandonados y el
servicio del altar y de la palabra.
Claro que sí, Julio. Sabemos que los sacerdotes no salen de la tierra ni
caen del cielo, sino que vienen de las familias y se forman. Coméntenos un poco
su proceso de formación, las dos etapas que conocemos en el seminario:
filosófica y teológica, los estudios y la exigencia propia de estas etapas en
la vida de un candidato.
Mira, yo ingresé a los 21 años al seminario, ahora tengo 36 años.
Entonces es un proceso que va haciendo la Santa Madre Iglesia con el candidato.
No es que ingresas, terminas la etapa filosófica, pasas a la teológica y te
ordenan rápido, sino que tiene que haber un proceso.
En el proceso filosófico es más humano. Entonces la Iglesia tuvo que
formarme, ayudarme en las carencias humanas que traía. Fue un proceso muy
peculiar porque venía con costumbres de mi casa. En el seminario tienes que
barrer, lavar, hacer servicio, y eso a mí no me gustaba. Entonces la Iglesia
tuvo que formarme también en eso.
Hubo momentos en que no comprendía la formación, me preguntaba por qué
tenía que hacer ciertas cosas. Pero algo que me dijeron mis formadores fue: “el
que obedece nunca se equivoca”. En ese proceso también estaban los estudios
filosóficos, que me costaron mucho porque no tenía base.
Luego ingresé a la teología y ahí ya vi el proceso de configuración con
Cristo. La teología me gustó más porque es más cercana a Jesucristo:
cristología, mariología, Trinidad. A diferencia de la filosofía que es más
racional.
En el seminario la vida es muy estructurada: nos levantábamos temprano,
rezábamos, estudiábamos, hacíamos labores, deporte y más estudio. Todo centrado
en la formación.
La formación, como dice la Iglesia, tiene cuatro áreas: humana
comunitaria, espiritual, académica y pastoral. De estas cuatro, ¿cuál fue tu
fuerte?
Yo creo que un poco de cada una. Todas deben estar equilibradas. No
puedes destacar solo en una y descuidar las otras.
Ya terminé mis estudios en 2024 y luego me enviaron a la parroquia Santo
Cura de Ars, donde tuve todo el año 2025 de pastoral. Eso es parte de la
formación: aprender del párroco, convivir con la gente, servir. Recién en 2026
me dieron la noticia de la ordenación diaconal.
¿Cómo recibiste esa noticia?
Con mucha alegría. Todo seminarista espera ese momento.
También tuviste un retiro espiritual especial para prepararte.
Sí, fue con el padre rector Carlos Bolencher Limonchi. Los temas fueron
sobre el diácono San Esteban, su servicio a la palabra, a la liturgia y a las
mesas. Fue muy enriquecedor.
¿Qué hace un diácono en la Iglesia?
El diácono es servidor: de los necesitados, de los enfermos. Puede
llevar el viático, celebrar bautismos y matrimonios, proclamar el Evangelio,
predicar y realizar exequias.
Para concluir, vemos que te acompañas de una imagen de la Virgen.
Cuéntanos sobre ella.
Para mí es muy importante. Es la Virgen tres veces admirable de
Schoenstatt. Me ha acompañado en todo mi proceso. La Virgen es la madre de los
sacerdotes, nos acompaña en momentos alegres y difíciles. Ser sacerdote o
diácono no es fácil, también hay crisis, pero la Virgen guía y educa.
Estamos muy contentos por tu testimonio. Gracias a todos los que han
visto esta entrevista. Recordemos la importancia de orar por las vocaciones.
Invito a todos los jóvenes a no tener miedo, a apostar todo por Cristo,
porque en Él está la verdadera felicidad. Muchas gracias.

No hay comentarios:
Publicar un comentario