domingo, 15 de marzo de 2026

Entrevista a Julio Díaz

LA VOCACIÓN ES SERVIR

Amigos del seminario San Pío X de Huancayo, en esta oportunidad nos encontramos con nuestro hermano Julio, quien el próximo jueves 19 de marzo recibirá el orden del diaconado por imposición de manos de Monseñor Luis Alberto Huamán Camayo O.M.I., arzobispo de Huancayo. Nosotros, sus hermanos seminaristas, hemos querido venir hasta su parroquia, donde ha llevado un tiempo de pastoral, para conversar con él, para entrevistarle propiamente acerca de su vocación, de cómo se ha preparado para recibir este orden del diaconado y de tantas otras cosas que surgen en la vida de un candidato al sacerdocio como lo es nuestro hermano Julio. Por eso les invitamos a quedarse en esta entrevista donde conoceremos más acerca de su persona y de seguro que aquellos jóvenes que se animan también y que sienten el llamado, con el testimonio de nuestro hermano que recibirá el orden del diaconado, recibirán ese impulso para decirle sí al Señor como lo estamos haciendo nosotros, como lo hará el día jueves 19 de marzo en la catedral de Huancayo nuestro hermano Julio.

Julio, bienvenido.

Acá estamos en esta casa donde usted nos recibe con mucho gusto para entrevistarlo, para conocer un poco más de su vida, de su vocación, porque sabemos que este camino es marcado, es iniciado por la vocación. En primer lugar, coméntanos qué es para ti la vocación y cómo sentiste propiamente la vocación en tu vida, el llamado de Dios.

Bueno, muchas gracias, Pedro, por venir a mi casa para poder tener esta entrevista. En primer lugar, para mí la vocación es un llamado de Dios, es un llamado que hace Dios a todos, pero en especial ese llamado Dios me ha hecho a mí. Un llamado, un camino que yo he tenido durante todo este tiempo de formación, de proceso para llegar hoy, para llegar el gran día que es la ordenación diaconal y por supuesto seguir todavía. Y bueno, mi vocación empezó cuando yo estaba en el tercero de secundaria en mi pueblo llamado Guadalupe. Empecé ahí a ser monaguillo. Iba todos los días a ayudar al párroco de mi parroquia en la parroquia San Agustín de Guadalupe en el norte, La Libertad, provincia de Pacasmayo, distrito de Guadalupe.

Entonces, yo salía del colegio e iba a mi casa a comer, pero después iba con mis cuadernos, con mi mochila a la parroquia, a hacer mis tareas hasta esperar que el párroco hiciera la misa. No iba yo solo, también íbamos otros jóvenes que eran monaguillos. Íbamos y así surgió mi vocación. Gracias a Dios que él me fue llevando, tuvo su pedagogía conmigo durante todo este tiempo.

Entonces terminé los estudios secundarios y todavía seguía siendo monaguillo, ya grande, con 16 años seguía siendo monaguillo en mi pueblo. Después me mandaron a Lima a estudiar para la universidad, pero no terminé la carrera de sociología, la dejé y después ingresé al seminario. Pero también no es que ingresé de un día para otro, sino que hubo un proceso. Estuve un año en mi parroquia en Lima, un año en que el párroco me estaba acompañando. El siguiente año el párroco recién manda la carta para yo ir a la parroquia donde se hacían las jornadas vocacionales y después fui a la propedéutica.

Como no terminé la propedéutica porque todos se iban retirando, quedamos dos. Uno de mis compañeros ya es sacerdote en Lima. Entonces yo, por la gracia de Dios, seguí. Pero mis padres no lo tomaron con buen ánimo el hecho de ser sacerdote porque ellos querían que yo terminara la universidad. Entonces tomé valor y se los dije. Mi papá, que tenía formación militar, no quiso. En cambio, mi mamá fue comprendiendo y al final dijo que sí me apoyaba. Y con el tiempo mi papá también fue viendo mi proceso y terminó apoyándome.

Julio, has resaltado ese proceso tan significativo como lo fue la infancia y el hecho de servir en el altar en tu parroquia. En perspectiva, viendo al pequeño Julio como monaguillo, como servidor del altar, ahora próximo a la ordenación diaconal, ¿qué podrías decir? ¿Para qué te llamó el Señor en concreto?

Me llamó el Señor para servir dentro de la Santa Madre Iglesia, para servir, para salvar almas, para ser un buen sacerdote santo y para ser un sacerdote al servicio del pueblo santo de Dios, en especial en el grado del diaconado, al servicio del pueblo de Dios, al servicio de la palabra, al servicio de las mesas, de las viudas, de los huérfanos, de los abandonados y el servicio del altar y de la palabra.

Claro que sí, Julio. Sabemos que los sacerdotes no salen de la tierra ni caen del cielo, sino que vienen de las familias y se forman. Coméntenos un poco su proceso de formación, las dos etapas que conocemos en el seminario: filosófica y teológica, los estudios y la exigencia propia de estas etapas en la vida de un candidato.

Mira, yo ingresé a los 21 años al seminario, ahora tengo 36 años. Entonces es un proceso que va haciendo la Santa Madre Iglesia con el candidato. No es que ingresas, terminas la etapa filosófica, pasas a la teológica y te ordenan rápido, sino que tiene que haber un proceso.

En el proceso filosófico es más humano. Entonces la Iglesia tuvo que formarme, ayudarme en las carencias humanas que traía. Fue un proceso muy peculiar porque venía con costumbres de mi casa. En el seminario tienes que barrer, lavar, hacer servicio, y eso a mí no me gustaba. Entonces la Iglesia tuvo que formarme también en eso.

Hubo momentos en que no comprendía la formación, me preguntaba por qué tenía que hacer ciertas cosas. Pero algo que me dijeron mis formadores fue: “el que obedece nunca se equivoca”. En ese proceso también estaban los estudios filosóficos, que me costaron mucho porque no tenía base.

Luego ingresé a la teología y ahí ya vi el proceso de configuración con Cristo. La teología me gustó más porque es más cercana a Jesucristo: cristología, mariología, Trinidad. A diferencia de la filosofía que es más racional.

En el seminario la vida es muy estructurada: nos levantábamos temprano, rezábamos, estudiábamos, hacíamos labores, deporte y más estudio. Todo centrado en la formación.

La formación, como dice la Iglesia, tiene cuatro áreas: humana comunitaria, espiritual, académica y pastoral. De estas cuatro, ¿cuál fue tu fuerte?

Yo creo que un poco de cada una. Todas deben estar equilibradas. No puedes destacar solo en una y descuidar las otras.

Ya terminé mis estudios en 2024 y luego me enviaron a la parroquia Santo Cura de Ars, donde tuve todo el año 2025 de pastoral. Eso es parte de la formación: aprender del párroco, convivir con la gente, servir. Recién en 2026 me dieron la noticia de la ordenación diaconal.

¿Cómo recibiste esa noticia?

Con mucha alegría. Todo seminarista espera ese momento.

También tuviste un retiro espiritual especial para prepararte.

Sí, fue con el padre rector Carlos Bolencher Limonchi. Los temas fueron sobre el diácono San Esteban, su servicio a la palabra, a la liturgia y a las mesas. Fue muy enriquecedor.

¿Qué hace un diácono en la Iglesia?

El diácono es servidor: de los necesitados, de los enfermos. Puede llevar el viático, celebrar bautismos y matrimonios, proclamar el Evangelio, predicar y realizar exequias.

Para concluir, vemos que te acompañas de una imagen de la Virgen. Cuéntanos sobre ella.

Para mí es muy importante. Es la Virgen tres veces admirable de Schoenstatt. Me ha acompañado en todo mi proceso. La Virgen es la madre de los sacerdotes, nos acompaña en momentos alegres y difíciles. Ser sacerdote o diácono no es fácil, también hay crisis, pero la Virgen guía y educa.

Estamos muy contentos por tu testimonio. Gracias a todos los que han visto esta entrevista. Recordemos la importancia de orar por las vocaciones.

Invito a todos los jóvenes a no tener miedo, a apostar todo por Cristo, porque en Él está la verdadera felicidad. Muchas gracias.

No hay comentarios:

Publicar un comentario