SEÑOR DE RAMOS
Queridos hermanos y hermanas,
acabamos de escuchar este largo relato de la pasión del Señor. Cada detalle,
cada episodio nos recuerda todo lo que tuvo que sufrir Jesucristo, nuestro
Señor, antes de morir en la cruz, para que muriendo en ella nos alcanzara la
salvación, el perdón de los pecados.
Pero antes, en la procesión con
la que iniciábamos esta liturgia del Domingo de Ramos, veíamos a un Jesús
entrando de manera triunfal en la ciudad santa de Jerusalén. Por eso, las
palmas que llevábamos en nuestras manos, los himnos, los cantos, los salmos que
escuchábamos nos recordaban el triunfo del Mesías, que entra glorioso a la
ciudad santa. Los niños hebreos cantan vivas y hosanas. Los hombres y mujeres
ponen sobre el suelo sus mantos, cortan ramas de olivos y palmas y alfombran
aquel lugar por donde pasará el rey de los judíos.
Pero este rey, aunque ingresa
triunfante, victorioso, en medio de una multitud que le alaba y que lo
proclama, es a su vez un rey humilde. El evangelio con el que inicia esta
procesión de ramos nos indica que Jesús mandó buscar un asno, un burrito. Y nosotros
también hemos traído la imagen del Señor de Ramos sobre un burrito con su
pollina. Esto significa mucho. Es un rey poderoso, pero a la vez es un rey
humilde que no ingresa en los mejores animales, no ingresa a caballo, no
ingresa con una multitud que le protege o que le cubre. Al contrario, entra
pobre y humilde, montado sobre un burrito y con niños, hombres y mujeres
humildes también que le proclaman rey, que le proclaman el hijo de David.
Ese episodio lo hemos vivido
nosotros también de manera simbólica con esta imagen del Señor de Ramos, con
nuestra procesión por las calles del pueblo, en cada estación rezando y
escuchando un fragmento del Evangelio y de las Sagradas Escrituras para revivir
y para conmemorar también nosotros, como fieles católicos, esa entrada triunfal
de Jesús.
Queridos hermanos y hermanas, a
propósito de esta entrada de Jesús en el burrito, el gran santo Agustín de
Hipona, en uno de sus sermones recordaba y recomendaba que así como se hicieron
de un pequeño animal para cargar en sus espaldas al Rey de Reyes y Señor de
Señores, para que todos lo vieran, para que todos le proclamaran, así también
de igual manera nosotros, los cristianos, podemos ser como ese burrito. Es
decir, cargar a Jesús en nosotros, de modo que todo aquel que nos vea, vea a
Jesús reflejado en nuestro testimonio, en nuestra humanidad.
Sí, queridos hermanos y
hermanas, nosotros, los hombres y mujeres cristianos de este siglo XXI, podemos
reflejar a Jesús, podemos llevar a Cristo con nosotros, con nuestra vida, con
nuestro testimonio, con nuestras palabras y obras. Y de esta manera somos
apóstoles y evangelizadores, que es la vocación que hemos recibido desde el
principio cuando fuimos bautizados.
De modo que, al recordar en este
Domingo de Ramos a Jesús sobre la espalda de un burrito, cargado por las calles
del pueblo, por la ciudad santa de Jerusalén, hagamos el compromiso de nosotros
también llevar a Jesús en nuestra vida, conocerlo a través de su palabra y
vivir con las actitudes que él ha vivido, que pasó por este mundo, nos dicen
las Sagradas Escrituras, haciendo el bien.
Sin embargo, queridos hermanos,
en esta liturgia del Domingo de Ramos, al escuchar el largo relato de la pasión
del Señor, sabemos que aquel a quien en principio alababan y gritaban vivas y
hosana, finalmente terminan crucificándolo. Aquel a quien proclamaban su rey y
Mesías, luego piden para él la crucifixión.
Y esta es la vida de Jesús.
Estos fueron sus últimos momentos en este mundo terrenal, de la gloria que para
muchos era su entrada triunfal a la verdadera gloria de la cruz, donde muriendo
restaura nuestra vida, restaura nuestra humanidad pecadora y nos abre así
triunfalmente las puertas del cielo.
Esto, queridos hermanos y
hermanas, hay que comprenderlo. Por eso, en la Semana Santa que iniciamos hoy
con el Domingo de Ramos, vamos a acompañar a Jesús paso a paso en los últimos
instantes de su vida, para comprender cómo fue ese amor tan grande que nos tuvo
para aceptar la cruz, para dejarse traicionar por uno de los suyos, de sus
discípulos, para dejarse apresar, los azotes, los insultos, los salivazos, los
golpes, las bofetadas que sufre Jesús.
Y finalmente, al extender sus
brazos en la cruz, nos habla de un gran amor. El mismo evangelio lo dice: nadie
tiene más amor por sus amigos que el que da la vida. Y el Señor así lo
manifiesta: “A mí nadie me quita la vida —dice Jesús—, yo la doy”. Él la entrega
libremente por cada uno de nosotros.
Hermanos y hermanas, meditemos
en este gran regalo. Aprovechemos una vez más esta Semana Santa 2026 que hoy
iniciamos para encontrarnos con Jesús, para ver en cada una de las actividades
de esta semana mayor los misterios de nuestra salvación. Acudamos con confianza
al Señor. Dejémonos también acompañar por la Santísima Virgen María, la Virgen
de los Dolores, nuestra madre que nos acompaña, que sufre también junto a su
Hijo, junto a su pueblo fiel.
Y adquiramos nosotros en nuestra
vida las actitudes de humildad y de sencillez de este Jesús, que siendo rey
entra triunfante en un pequeño burrito, manifestando así su humildad, su
pobreza, su caridad. Que, durante esta semana, al reunirnos aquí en este
sagrado templo, casa de Dios, nos adentremos con profundidad y con
convencimiento de corazón en ese misterio de nuestra salvación.
Porque aquel que muere en la
cruz resucita y glorioso nosotros le veremos en esa resurrección, el domingo de
Pascua, cuando le veamos triunfar sobre la muerte.
Que así sea. En el nombre del
Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

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