LOS GOLPISTAS
Publicada
en Lima por Revuelta Editores en enero de 2026, la nueva novela de Jaime Bayly
reconstruye literariamente dos episodios decisivos de la historia reciente de
Venezuela: el intento de golpe de Estado de febrero de 1992 y el golpe de abril
de 2002. El primero fue protagonizado por Hugo Chávez cuando aún era teniente
coronel del Ejército venezolano; el segundo, una década después, fue ejecutado
contra el propio Chávez, ya presidente de la República. Aunque este último
logró concretarse de manera momentánea, no prosperó y culminó con la
restitución del mandatario en el Palacio de Miraflores.
La obra
intenta responder una pregunta central: ¿por qué fracasó el movimiento de abril
de 2002 y cómo fue posible que Chávez regresara al poder tras haber sido
depuesto? Para ello, Bayly construye una narración paralela que alterna los
acontecimientos de 1992 y 2002, e intercala episodios significativos de la vida
del líder barinés: su campaña presidencial, sus encuentros con Fidel Castro e
incluso aspectos de su intimidad. El resultado es un relato dinámico que
combina hechos históricos con recursos propios de la ficción política.
Sin
embargo, el punto que merece especial atención es la presunta implicación de la
jerarquía de la Iglesia católica en los sucesos de 2002. En la novela —y
también en diversas presentaciones públicas— Bayly señala como figuras clave al
cardenal Velasco, entonces arzobispo de Caracas, y a monseñor Baltazar Porras,
para ese momento arzobispo de Mérida y presidente de la Conferencia Episcopal
Venezolana.
Según el
relato novelado, el golpe de abril habría sido impulsado por sectores
disidentes del alto mando militar con la bendición, o al menos el beneplácito,
del cardenal Velasco. Incluso se describe un supuesto encuentro entre Pedro
Carmona Estanga —quien se autoproclamó presidente interino— y el cardenal, a
quien habría solicitado interceder para que los generales le confiaran la
presidencia transitoria de la República.
Asimismo,
Bayly narra que, durante su detención en la isla La Orchila, Chávez habría
pedido la presencia de monseñor Baltazar Porras para confesarse, temiendo ser
fusilado por traición a la patria tras los sucesos del paro nacional de abril
de 2002. El autor detalla con tono casi cinematográfico los pecados del
mandatario y las palabras del arzobispo. Sin embargo, un episodio de tal
naturaleza resulta altamente improbable de conocerse con semejante precisión,
dado que el sigilo sacramental obliga a los sacerdotes, bajo cualquier
circunstancia, a guardar absoluto secreto sobre lo escuchado en confesión.
Lo cierto
es que dicho encuentro nunca ocurrió. Baltazar Porras no estuvo en La Orchila
ni sostuvo confesión alguna con el presidente Chávez en esos días.
Ante esta
inexactitud, tomé la iniciativa de contactar directamente al cardenal Porras
por correo electrónico. Amablemente, respondió aclarando que no estuvo en La
Orchila, que varias afirmaciones del libro no se ajustan a la realidad y que su
testimonio sobre aquellos acontecimientos fue escrito desde los mismos días de
abril de 2002 bajo el título Memorias de un obispo, texto que —según
indica— nunca fue cuestionado ni por Chávez ni por sus seguidores. Asimismo,
negó que el cardenal Velasco hubiera sido un “golpista”, afirmando que tales
acusaciones carecen de fundamento.
A partir de
esa recomendación, revisé dichas memorias, en las que se precisan varios
elementos relevantes.
Abril de
2002 fue uno de los momentos más críticos de la historia política reciente de
Venezuela. El país vivía una profunda polarización, marcada por el conflicto
entre el gobierno, la oposición y diversos sectores sociales. Entre los
detonantes se encuentran los despidos públicos en PDVSA, que intensificaron el
malestar nacional y derivaron en la convocatoria de una gran marcha el 11 de
abril. Ese día, tras el desvío de la movilización hacia el centro de Caracas y
la activación del Plan Ávila por orden presidencial, se produjeron
enfrentamientos armados con el trágico saldo de muertos y heridos en Puente
Llaguno.
En ese
contexto, monseñor Porras —quien había regresado de Buenos Aires el 9 de abril—
hizo llamados públicos a la calma y procuró mantener una postura pastoral no
partidista, en un intento de que la Iglesia actuara como factor de
pacificación.
La
madrugada del 12 de abril marcó un momento decisivo. Según su testimonio, a las
12:30 a.m. el presidente Chávez lo llamó directamente: pidió perdón por ofensas
pasadas, solicitó garantías para preservar su vida y manifestó su disposición a
abandonar el poder, condicionando su renuncia a la posibilidad de salir del
país. Porras se trasladó a Fuerte Tiuna y sostuvo allí su único encuentro
personal con el mandatario durante esos acontecimientos. Chávez reiteró su
intención de viajar a Cuba, pero los mandos militares decidieron no autorizar
su salida, quedando bajo custodia.
Entre el 12
y el 13 de abril se produjo un vacío de poder en cuyo marco ocurrió la
autoproclamación de Pedro Carmona, hecho que sigue siendo objeto de debate
sobre su legalidad constitucional. Durante esas horas, la Iglesia intentó
mediar. Chávez fue trasladado a La Orchila y recibió la visita del cardenal
Velasco por iniciativa propia de este último. Finalmente, el 13 de abril fue
restituido en la presidencia.
El 24 de
abril tuvo lugar un encuentro formal entre los obispos y el presidente Chávez,
quien expresó públicamente su agradecimiento a monseñor Porras por su
actuación, aunque las diferencias políticas persistieron.
En medio
del poder, la crisis y la confrontación, emergió un episodio profundamente
humano: un presidente solicitando protección y un sacerdote dispuesto a
preservar la vida por encima de las diferencias.
Conviene
además precisar las visitas de monseñor Porras a Miraflores el 12 de abril.
Tras la proclamación de Carmona —acto que observó por televisión— acudió al
Palacio acompañado de monseñor Azuaje a petición de diputados preocupados por
el respeto al procedimiento constitucional. Intentó dialogar con Carmona,
transmitiéndole la necesidad de encauzar la situación dentro del marco legal.
No participó en juramentaciones ni en decisiones políticas. Más tarde regresó
para insistir en una salida constitucional y se retiró al advertir que se
estaban tomando decisiones al margen del orden institucional.
Su
actuación, según su propio relato, se enmarcó en un esfuerzo de mediación y
preservación del hilo constitucional, no en la promoción de una ruptura.
Finalmente,
agradecemos a Jaime Bayly la fuerza narrativa y el atractivo literario de su
relato. Sin embargo, no puede considerarse una “novela histórica” en sentido
estricto, pues no se ajusta con fidelidad a los hechos documentados.
Y quizá
tampoco pretende hacerlo. Se trata, ante todo, de una obra de ficción inspirada
en sucesos reales, que se permite las licencias propias del género novelístico.
Por ello, aunque reconocemos su calidad narrativa, resulta indispensable
distinguir entre recreación literaria e historia verificable.




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