domingo, 1 de marzo de 2026

Los golpistas, de Jaime Bayly: la participación de la Iglesia

LOS GOLPISTAS


Publicada en Lima por Revuelta Editores en enero de 2026, la nueva novela de Jaime Bayly reconstruye literariamente dos episodios decisivos de la historia reciente de Venezuela: el intento de golpe de Estado de febrero de 1992 y el golpe de abril de 2002. El primero fue protagonizado por Hugo Chávez cuando aún era teniente coronel del Ejército venezolano; el segundo, una década después, fue ejecutado contra el propio Chávez, ya presidente de la República. Aunque este último logró concretarse de manera momentánea, no prosperó y culminó con la restitución del mandatario en el Palacio de Miraflores.

La obra intenta responder una pregunta central: ¿por qué fracasó el movimiento de abril de 2002 y cómo fue posible que Chávez regresara al poder tras haber sido depuesto? Para ello, Bayly construye una narración paralela que alterna los acontecimientos de 1992 y 2002, e intercala episodios significativos de la vida del líder barinés: su campaña presidencial, sus encuentros con Fidel Castro e incluso aspectos de su intimidad. El resultado es un relato dinámico que combina hechos históricos con recursos propios de la ficción política.

Sin embargo, el punto que merece especial atención es la presunta implicación de la jerarquía de la Iglesia católica en los sucesos de 2002. En la novela —y también en diversas presentaciones públicas— Bayly señala como figuras clave al cardenal Velasco, entonces arzobispo de Caracas, y a monseñor Baltazar Porras, para ese momento arzobispo de Mérida y presidente de la Conferencia Episcopal Venezolana.

Según el relato novelado, el golpe de abril habría sido impulsado por sectores disidentes del alto mando militar con la bendición, o al menos el beneplácito, del cardenal Velasco. Incluso se describe un supuesto encuentro entre Pedro Carmona Estanga —quien se autoproclamó presidente interino— y el cardenal, a quien habría solicitado interceder para que los generales le confiaran la presidencia transitoria de la República.

Asimismo, Bayly narra que, durante su detención en la isla La Orchila, Chávez habría pedido la presencia de monseñor Baltazar Porras para confesarse, temiendo ser fusilado por traición a la patria tras los sucesos del paro nacional de abril de 2002. El autor detalla con tono casi cinematográfico los pecados del mandatario y las palabras del arzobispo. Sin embargo, un episodio de tal naturaleza resulta altamente improbable de conocerse con semejante precisión, dado que el sigilo sacramental obliga a los sacerdotes, bajo cualquier circunstancia, a guardar absoluto secreto sobre lo escuchado en confesión.

Lo cierto es que dicho encuentro nunca ocurrió. Baltazar Porras no estuvo en La Orchila ni sostuvo confesión alguna con el presidente Chávez en esos días.

Ante esta inexactitud, tomé la iniciativa de contactar directamente al cardenal Porras por correo electrónico. Amablemente, respondió aclarando que no estuvo en La Orchila, que varias afirmaciones del libro no se ajustan a la realidad y que su testimonio sobre aquellos acontecimientos fue escrito desde los mismos días de abril de 2002 bajo el título Memorias de un obispo, texto que —según indica— nunca fue cuestionado ni por Chávez ni por sus seguidores. Asimismo, negó que el cardenal Velasco hubiera sido un “golpista”, afirmando que tales acusaciones carecen de fundamento.

A partir de esa recomendación, revisé dichas memorias, en las que se precisan varios elementos relevantes.

Abril de 2002 fue uno de los momentos más críticos de la historia política reciente de Venezuela. El país vivía una profunda polarización, marcada por el conflicto entre el gobierno, la oposición y diversos sectores sociales. Entre los detonantes se encuentran los despidos públicos en PDVSA, que intensificaron el malestar nacional y derivaron en la convocatoria de una gran marcha el 11 de abril. Ese día, tras el desvío de la movilización hacia el centro de Caracas y la activación del Plan Ávila por orden presidencial, se produjeron enfrentamientos armados con el trágico saldo de muertos y heridos en Puente Llaguno.

En ese contexto, monseñor Porras —quien había regresado de Buenos Aires el 9 de abril— hizo llamados públicos a la calma y procuró mantener una postura pastoral no partidista, en un intento de que la Iglesia actuara como factor de pacificación.

La madrugada del 12 de abril marcó un momento decisivo. Según su testimonio, a las 12:30 a.m. el presidente Chávez lo llamó directamente: pidió perdón por ofensas pasadas, solicitó garantías para preservar su vida y manifestó su disposición a abandonar el poder, condicionando su renuncia a la posibilidad de salir del país. Porras se trasladó a Fuerte Tiuna y sostuvo allí su único encuentro personal con el mandatario durante esos acontecimientos. Chávez reiteró su intención de viajar a Cuba, pero los mandos militares decidieron no autorizar su salida, quedando bajo custodia.

Entre el 12 y el 13 de abril se produjo un vacío de poder en cuyo marco ocurrió la autoproclamación de Pedro Carmona, hecho que sigue siendo objeto de debate sobre su legalidad constitucional. Durante esas horas, la Iglesia intentó mediar. Chávez fue trasladado a La Orchila y recibió la visita del cardenal Velasco por iniciativa propia de este último. Finalmente, el 13 de abril fue restituido en la presidencia.

El 24 de abril tuvo lugar un encuentro formal entre los obispos y el presidente Chávez, quien expresó públicamente su agradecimiento a monseñor Porras por su actuación, aunque las diferencias políticas persistieron.

En medio del poder, la crisis y la confrontación, emergió un episodio profundamente humano: un presidente solicitando protección y un sacerdote dispuesto a preservar la vida por encima de las diferencias.

Conviene además precisar las visitas de monseñor Porras a Miraflores el 12 de abril. Tras la proclamación de Carmona —acto que observó por televisión— acudió al Palacio acompañado de monseñor Azuaje a petición de diputados preocupados por el respeto al procedimiento constitucional. Intentó dialogar con Carmona, transmitiéndole la necesidad de encauzar la situación dentro del marco legal. No participó en juramentaciones ni en decisiones políticas. Más tarde regresó para insistir en una salida constitucional y se retiró al advertir que se estaban tomando decisiones al margen del orden institucional.

Su actuación, según su propio relato, se enmarcó en un esfuerzo de mediación y preservación del hilo constitucional, no en la promoción de una ruptura.

Finalmente, agradecemos a Jaime Bayly la fuerza narrativa y el atractivo literario de su relato. Sin embargo, no puede considerarse una “novela histórica” en sentido estricto, pues no se ajusta con fidelidad a los hechos documentados.

Y quizá tampoco pretende hacerlo. Se trata, ante todo, de una obra de ficción inspirada en sucesos reales, que se permite las licencias propias del género novelístico. Por ello, aunque reconocemos su calidad narrativa, resulta indispensable distinguir entre recreación literaria e historia verificable.



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